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Alfonso abre los ojos y mira el descascarado techo de su pieza. Por la ranura de la puerta se cuela el olor de los choricillos friéndose en la sartén. La cortina no es capaz de atajar el sol que entra por la ventana. Alfonso observa el crucifijo colgado en la pared y un viejo globo terráqueo cubierto de polvo que descansa sobre la cómoda. Se levanta, se pone una polera y mira la hora. Dos y media de la tarde.
La casa de la madre de Alfonso se encuentra en Chorrillos y está pareada con otra que pertenece a una familia con niños chicos que gritan y lloran. No tiene vista al mar ni a la ciudad. A lo más se divisa la línea del tren. La mesa del comedor es de vidrio ahumado y al centro hay una fuente con frutas plásticas. El televisor está en una esquina y la imagen es Antonio Vodanovic recordando a aquéllos que cantaron en Viña un día. Alfonso vigila su plato de huevos revueltos, choricillos y papas fritas. Su hermana Gina, pálida y sin maquillaje, con evidente sobrepeso, abre el tarro de Nescafé y echa dos cucharadas grandes dentro de una taza con la figura de Mafalda adherida. Su abuela le pasa el termo celeste con el agua caliente.
– Alfonsito, ¿no quiere más huevos? Queda el raspado, lo más rico.
– No, gracias, mamá. Incluso no sé si me voy a comer los choricillos. Creo que anoche tomé un poco de más.
– Tenga cuidado, no me vaya a salir como su padre.
– Era Año Nuevo, no se puede ir a una fiesta y no tomar. Te obligan.
– Me da miedo. Tanta cosa a la que te pueden obligar.
– Usted no se preocupe, tampoco es para tanto.
– Pero no me salga como él. Usted sabe a lo que me refiero. Me da pánico que en sus genes se le haya infiltrado algo de ese pobre infeliz.
– Nada, mamá. Ni el apellido.
La madre de Alfonso tiene el pelo recién teñido y se ve demasiado negro. Tal como Gina, tiene al menos quince kilos de más. Su pulsera Óptima, de cobre, brilla al sol cada vez que esparce mantequilla en su pan amasado.
– ¿Y la Nadia, Alfonsito?
– Regresó a Santiago.
– ¿Cómo? -dice la abuela-. Pensé que iba a pasar la tarde con nosotros. Me dijo que pensaba ir a la playa.
– Mejor, mamá -le responde la madre de Alfonso-. Mientras menos esté esa niñita por aquí, mejor.
– La Nadiacita es un encanto, Eugenia. En Santiago me ayuda mucho. Es tan resuelta, no se asusta ante nada. Es una excelente influencia para Alfonso.
Gina toma el control remoto y cambia el canal. Lo deja en un show musical mejicano.
– ¿No le toca turno, mijita?
– No, abuela, cerramos hoy. Y ayer. Hace tiempo que no nos toca ser la farmacia de turno.
La madre de Alfonso abre con dificultad una caja de jugo de naranjas. Le sirve un vaso a Gina.
– Pero cuénteme algo, Alfonsito. ¿Cómo estuvo el ambiente? ¿Alcanzaron a ver los fuegos? ¿No había mucho tráfico?
– Llegamos hasta Libertad y de ahí corrimos hasta el muelle. No se podía ingresar, pero encontramos un sitio en la Avenida Perú. Ahí nos topamos después con gente de mi Escuela, como habíamos acordado. Nos fuimos a Valparaíso.
– Qué horror -opina la Gina.
– Pero no fuimos al Cinzano. Nos juntamos en una casa en el cerro Concepción, de unos amigos. Arrendaron una casona durante el verano. Les tocó hacer la práctica en La Estrella.
– Eso debería haber hecho usted. Escribir para La Estrella acá, cerca, donde corresponde. Nos iríamos juntos al puerto. Tú al diario y yo al Registro.
– El Clamor es más famoso.
– Pero me da miedo que sea más peligroso. ¿Policía? Y si te pasa algo, Alfonso.
– Mamá, voy a cubrir crímenes que ya ocurrieron. No voy a ser un policía. Ni corresponsal de guerra. Voy a estar lejos de las balas.
– La pura idea de que te quedes allá solo me enferma. Y además con esa famosa Nadia.
– Mamá, por favor.
– Es mejor que ande con una sola -interviene la abuela- a que sea mujeriego como el canalla de tu marido, que te engañó cada vez que pudo.
– Si sé, mamá, no tiene para qué recordármelo.
– La que lo recuerda eres tú, Eugenia. Lo menos que podrías hacer es sacarte esa argolla. Ya han pasado más de veinte años.
La madre de Alfonso se levanta, da un portazo y se encierra en su pieza.
– Ustedes tienen que ayudarla. Ha tenido mala suerte.
Gina mira a la abuela y le contesta:
– ¿Y nosotros?