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Generalito Banderas metía el tejuelo por la boca de la rana. Doña Lupita, muy peripuesta de anillos y collares, presidía el juego sentada entre el anafre del café y el metate de las tortillas, bajo un rayado parasol, en los círculos de un ruedo de colores:
– ¡Rana!
– ¡Cuá! ¡Cuá!
Nachito, adulón y ramplón, asistía en la rueda de compadritos, por maligna humorada del Tirano. La mueca verde remegía los venenos de una befa aún soturna y larvada en los repliegues del ánimo: Diseñaba la vírgula de un sarcasmo hipocondriaco:
– Licenciado Veguillas, en la próxima tirada va usted a ser mi socio. Procure mostrarse a la altura de su reputación, y no chingarla. ¡Ya está usted como un bejuco temblando! ¡Pero qué flojo se ha vuelto, valedor! Un vasito de limón le caerá muy bueno. Licenciadito, si no serena los pulsos perderá su buena reputación. ¡No se arrugue, Licenciado! El refresquito de limón es muy provechoso para los pasmos del ánimo. Signifíquese, no más, con la vieja rabona, y brinde a los amigos la convidada. Despídase rumboso y le rezaremos cuando estire el zancajo.
Nachito suspiraba meciéndose sobre el pando compás de las piernas, rubicundo, inflada la carota de lágrimas:
– ¡La sílfide mundana me ha suicidado!
– ¡No divague!
– ¡Generalito, me condena un juego ilusorio de las Ánimas Benditas! ¡Apelo de mi martirio! ¡Una esperanza! ¡Una esperanza no más! En el médano más desamparado da sus flores el rosal de la esperanza. No vive el hombre sin esperanza. El pájaro tiene esperanza, y canta aunque la rama cruja, porque sabe lo que son sus alas. El rayo de la aurora tiene esperanza. ¡Mi Generalito, todos los seres se decoran con el verde manto de la Deidad! ¡Canta su voz en todos los seres! ¡El rayo de su mirada se sume hasta el fondo de las cárceles! ¡Consuela al sentenciado en capilla! ¡Le ofrece la promesa de ser indultado por los Poderes Públicos!
Niño Santos extraía de su levitón el pañuelo de dómine y se lo pasaba por la calavera:
– ¡Chac! ¡Chac! Una síntesis ha hecho, muy elocuente, Licenciadito. El Doctor Sánchez Ocaña le ha dado, sin duda, sus lecciones, en Santa Mónica. ¡Chac! ¡Chac!
Hacían bulla los compadres, celebrando el rejo maligno del Tirano.
Doña Lupita, achamizada, zalamera, servía en un rayo de sol el iris de los refrescos. Niño Santos, alternativamente, ponía los labios en el vidrio de limón y fisgaba a la comadreja: Sartas de corales, mieles de esclava, sonrisa de Oriente:
– ¡Chac! ¡Chac! Doña Lupita, me está pareciendo que tenés vos la nariz de la Reina Cleopatra. Por mero la cachiza de cuatro copas, un puro trastorno habéis vos traído a la República. Enredáis vos más que el Honorable Cuerpo Diplomático. ¿Cuántas copas os había quebrado el Coronel de la Gándara? ¡Doña Lupita, por menos de un boliviano me lo habéis puesto en la bola revolucionaria! No hacia más la nariz de la Reina Faraona. Doña Lupita, la deuda de justicia que vos me habéis reclamado ha sido una madeja de circunstancias fatales: Es causa primordial en la actuación rebelde del Coronel de la Gándara: Ha puesto en Santa Mónica al chamaco de Doña Rosa Pintado. Cucarachita la Taracena reclama contra la clausura de su lenocinio, y tenemos pendiente una nota del Ministro de Su Majestad Católica. ¡Pueden romperse las relaciones con la Madre Patria! ¡Y vos, mi vieja, ahí os estás, sin la menor conturbación por tantas catástrofes! Finalmente, cuatro copas de vuestra mesilla, un peso papel, menos que nada, me han puesto en el trance de renunciar a los conciertos batracios del Licenciadito Veguillas.
– ¡Cuá! ¡Cuá!
Nachito, por congraciarse, hostigaba la befa, mimando el canto y el compás saltarín de la rana. Con cuáqueros vinagres le apostrofó el Tirano:
– No haga el bufón, Señor Licenciado. Estos buenos amigos que van a juzgarle, no se dejarán influenciar por sus macanas: Espíritus cultivados, el que menos, ha visto funcionar los Parlamentos de la vieja Europa.
– ¡Juvenal y Quevedo!
El ilustre gachupín se acariciaba las patillas de canela, rotunda la botarga, inflado el papo de aduladores énfasis. Se santiguaba la vieja rabona:
– ¡Virgen de mi Nombre, la jugó Patillas!
– ¡Pues hizo saque!
– ¡De salir siempre tan enredada la madeja del mundo, no se libraba ni el más santo de verse en el Infierno!
– Una buena sentencia, Doña Lupita. ¿Pero su alma no siente el sobresalto de haber concitado el tumulto de tantas acciones, de tantos vitales relámpagos?
– ¡Mi jefecito, no me asombre!
– Doña Lupita, ¿no temblás vos ante el problema de nuestras eternas responsabilidades?
– ¡Entre mí estoy rezando!
Recalaba sobre el camino la mirada Tirano Banderas:
– ¡Chac! ¡Chac! El que tenga de ustedes mejor vista, sírvase documentarme y decirme qué tropa es aquélla. ¿El jinete charro que viene delante no es el ameritado Don Roque Cepeda?
Don Roque, con una escolta de cuatro indios caballerangos, se detenía al otro lado del seto, sobre el camino, al pie de la talanquera. La frente tostada, el áureo sombrero en la mano, el potro cubierto de platas, daban a la figura del jinete, en las luces del ocaso, un prestigio de santoral románico. Tirano Banderas, con cuáquera mesura, hacía la farsa del acogimiento:
– ¡Muy feliz de verle por estos pagos! A Santos Banderas le correspondía la obligación de entrevistarle. Mi Señor Don Roque, por qué se ha molestado? Era este servidor quien estaba en el débito de acudir a su casa y darle excusas con todo el Gobierno. A este propósito ha sido el enviarle uno de mis ayudantes, suplicándole audiencia y usted no más, extremando la cortesía, que se molesta, cuando el obligado era Santos Banderas.
Apeábase Don Roque, y abría los brazos con encomio amistoso el Tirano. Largas y confidenciales palabras tuvieron en el banco miradero de los frailes, frente al recalmado mar ecuatorial, con caminos de sol sobre el vasto incendio del poniente:
– ¡Chac! ¡Chac! Muy feliz de verle.
– Señor Presidente, no he querido ausentarme para la campaña sin pasar a visitarle. Al acto de cortesía se suma mi sentimiento de amor a la República. He recibido la visita de su ayudante, Señor Presidente, y recién la de mi antiguo compañero Lauro Méndez, Secretario de Relaciones. He actuado en consecuencia de la plática que tuvimos, y de la cual supongo enterado al Señor Presidente.
– El Señor Secretario ha hecho mal si no le dijo que obedecía mis indicaciones. Me gusta la franqueza. Amigo Don Roque, la independencia nacional corre un momento de peligro, asaltada por todas las codicias extranjeras. El Honorable Cuerpo Diplomático -una ladronera de intereses coloniales- nos combate de flanco con notas chicaneras que divulga el cable. La Diplomacia tiene sus agencias de difamación, y hoy las emplea contra la República de Santa Fe. El caucho, las minas, el petróleo, despiertan las codicias del yanqui y del europeo. Preveo horas de suprema angustia para todos los espíritus patriotas. Acaso nos amenaza una intervención militar, y a fin de proponer a usted una tregua solicitaba su audiencia. ¡Chac! ¡Chac!
Repetía Don Roque:
– ¿Una tregua?
– Una tregua hasta que se resuelva el conflicto internacional. Fije usted sus condiciones. Yo comienzo por ofrecerle una amplia amnistía para todos los presos políticos que no hayan hecho armas.
Don Roque murmuró:
– La amnistía es un acto de justicia que aplaudo sin reservas. ¿Pero cuántos no han sido acusados injustamente de conspiración?
– A todos alcanzará el indulto.
– ¿Y la propaganda electoral, será verdaderamente libre? ¿No se verá coaccionada por los agentes políticos del Gobierno?
– Libre y salvaguardada por las leyes. ¿Puedo decirle más? Deseo la pacificación del país y le brindo con ella. Santos Banderas no es el ambicioso vulgar que motejan en los círculos disidentes. Yo sólo amo el bien de la República. El día más feliz de mi vida será aquel en que, oscurecido, vuelva a mi predio, como Cincinato. En suma, usted, sus amigos, recobran la libertad, el pleno ejercicio de sus derechos civiles: Pero usted, hombre leal, espíritu patriota, trabajará por derivar la revolución a los cauces de la legalidad. Entonces, si en la lucha el pueblo le otorga sus sufragios, yo seré el primero en acatar la voluntad soberana de la Nación. Don Roque, admiro su ideal humanitario y siento el acíbar de no poder compartir tan consolador optimismo. ¡Es mi tragedia de gobernante! Usted, criollo de la mejor prosapia, reniega del criollismo. Yo, en cambio, indio por las cuatro ramas, descreo de las virtudes y capacidades de mi raza. Usted se me representa como un iluminado, su fe en los destinos de la familia indígena me rememora al Padre Las Casas. Quiere usted aventar las sombras que han echado sobre el alma del indio trescientos años del régimen colonial. ¡Admirable propósito! Que usted lo consiga es el mayor deseo de Santos Banderas. Don Roque, pasadas las actuales circunstancias, vénzame, aniquíleme, muéstreme con una victoria -que seré el primero en celebrar- todas las dormidas potencialidades de mi raza. Su triunfo, apartada mi derrota ocasional, sería el triunfo de la gravitación permanente del indio en los destinos de la Historia Patria. Don Roque, active su propaganda, logre el milagro, dentro de las leyes, y crea que seré el primero en celebrarlo. Don Roque, le agradezco que me haya escuchado y le ruego que me puntualice sus objeciones con toda la franqueza. No quiero que ahora se comprometa con una palabra que acaso luego no pudiera cumplir. Consulte a los conspicuos de su facción y ofrézcales el ramo de oliva en nombre de Santos Banderas.
Don Roque le miraba con honrada y apacible expresión, tan ingenua que descubría las sospechas del ánimo:
– ¡Una tregua!
– Una tregua. La unión sagrada. Don Roque, salvemos la independencia de la Patria.
Tirano Banderas abría los brazos con patético gesto. Llegaba, cortado en ráfagas, el choteo de los compadritos, que en el fondo crepuscular de la campa se divertían con befas y chuelas al Licenciado Veguillas.
Don Roque, trotando por el camino, saludaba de lejos con el pañuelo. Niño Santos, asomado a la talanquera, respondía con la castora. Caballo y jinete ya iban ocultos por los altos maizales, y aún sobresalía el brazo con el blanco saludo del pañuelo:
– ¡Chac! ¡Chac! ¡Una paloma!
La momia alargaba humorística el veneno de su mueca y miraba a la vieja rabona, que en los círculos del ruedo, entre el anafre del café y el metate de las tortillas, pasaba las cuentas del rosario, sobrecogida, estremecida en el terror de una noche sagrada. Se alzó a una seña del Tirano:
– Mi Generalito, los enredos del mundo meten al más santo en las calderas del Infierno.
– Mi vieja, vos tendrés que amputar la nariz de Cleopatra.
– Si con ello arreglase el mundo, ñata me quedaba esta noche mesma.
– Un zafarrancho de cuatro copas en vuestra mesilla, ha sacado una baza de Lucifer. ¡Vea, no más, a este filarmónico amigo en desgracia, acusado de traición! ¡Posiblemente le caerá sentencia de muerte!
– ¿Y la culpa de mi tajamar?
– Ese problema se lo habrán de proponer los futuros historiadores. Licenciado Veguillas, despídase de la vieja rabona y otórguele su perdón: Manifieste su ánimo generoso: Revístase la clámide, y asombre a estos amigos que le ven chuela, con un gesto magnánimo.
– ¡Juvenal y Quevedo!
La momia miró al gachupín con avinagrado sarcasmo:
– Ilustre Don Celestino, usted ocasionará que me saquen alguna chufla. Ni Quevedo ni Juvenal: Santos Banderas: Una figura en el continente del Sur. ¡Chac! ¡Chac!
El Doctor Carlos Esparza, Ministro del Uruguay, oía con gesto burlón y mundano las confidencias de su caro colega el Doctor Aníbal Roncali, Ministro del Ecuador. Cenaban en el Círculo de Armas:
– Me ha creado una situación enojosa el Barón de Benicarlés. Digá vos, no más, que tengo muy brillantes ejecutorias de macho para temer murmuraciones, pero no dejan de ser molestas esas actitudes del Ministro de España. ¡Qué sonrisas! ¡Qué miradas, amigo!
– ¡Ché! Una pasión.
El Doctor Esparza, calvo, miope, elegante, se incrustaba en la órbita el monóculo de concha rubia. El Doctor Aníbal Roncali le miró entre quejoso y risueño:
– Vos estás de chirigota.
El Ministro del Uruguay se disculpó con un aspaviento burlón:
– Aníbal, te veo próximo a dejar la capa entre las manos del Barón de Benicarlés. ¡Y eso puede aparejar un conflicto diplomático, y hasta una reclamación de la Madre Patria!
El Ministro del Ecuador hizo un gesto de impaciencia, acentuado por el revuelo de los rizos:
– ¡Sigue el choteo!
– ¿Qué pensás vos hacer?
– No lo sé.
– ¿Sin duda no aceptar el puesto de secretario para colaborar en la gran empresa que tan elocuentemente tenés vos expuesto esta noche?
– Indudablemente.
– ¡Por una meticulosidad!…
– No jugués vos del vocablo.
– Sin juego. Repito que no te asiste razón suficiente para malograr una aproximación de tan lindas esperanzas. El águila y los aguiluchos que abren las juveniles alas para el heroico vuelo. ¡Has estado muy feliz! ¡Eres un gran lírico!
– No me veás vos chuela, Doctorcito.
– ¡Lírico, sentimental, sensitivo, sensible, exclamaba el Cisne de Nicaragua! Por eso no lográs vos separar la actuación diplomática y el flirt del Ministro de España.
– Hablemos en serio, Doctorcito. ¿Qué opinión te merece la iniciativa de Sir Jonnes?
– Es un primer avance.
– ¿Y qué ulteriores consecuencias le asignás vos a la Nota?
– ¡Qui lo si! La Nota puede ser precursora de otras Notas… Ello depende de la actitud que adopte el Presidente. Sir Jonnes, tan cordial, tan evangélico, sólo persigue una indemnización de veinte millones para la West Company Limited. Una vez más, el florido ramillete de los sentimientos humanitarios esconde un áspid.
– La Nota, indudablemente, es un sondeo. Pero ¿cómo opinás vos respecto a la actitud del General? ¿Acordará el Gobierno satisfacer la indemnización?
– Nuestra América sigue siendo, desgraciadamente, una Colonia Europea… Pero el Gobierno de Santa Fe, en esta ocasión, posiblemente no se dejará coaccionar: Sabe que el ideario de los revolucionarios está en pugna con los monopolios de las Compañías. Tirano Banderas no morirá de cornada diplomática. Se unen para sostenerlo los egoísmos del criollaje, dueño de la tierra, y las finanzas extranjeras. El Gobierno, llegado el caso, podría negar las indemnizaciones, seguro de que los radicalismos revolucionarios en ningún momento merecerán el apoyo de las Cancillerías. Cierto que la emancipación del indio debemos enfocarla como un hecho fatal. No es cuerdo cerrar los ojos a esa realidad. Pero reconocer la fatalidad de un hecho, no apareja su inminencia. Fatal es la muerte, y toda nuestra vida se construye en un esfuerzo para alejarla. El Cuerpo Diplomático actúa razonablemente, defendiendo la existencia de los viejos organismos políticos que declinan. Nosotros somos las muletas de esos valetudinarios crónicos, valetudinarios como aquellos éticos antiguos, que no acaban de morirse.
La brisa ondulaba los estores, y el azul telón de la marina se mostraba en un lejos de sombras profundas, encendido de opalinos faros y luces de masteleros.
Humeando los tabacos salieron a la terraza los Ministros del Ecuador y del Uruguay. El Ministro del Japón, Tu-Lag-Thi, al verlos, se incorporó en su mecedora de bambú, con un saludo falso y amable, de diplomacia oriental: Saboreaba el moka y tenía las gafas de oro abiertas sobre un periódico inglés. Se acercaron los Ministros Latino-Americanos. Zalemas, sonrisas, empaque farsero, cabezadas de rigodón, apretones de mano, cháchara francesa. El criado, mulato tilingo, atento a los movimientos de la diplomacia, arrastraba dos mecedoras. El Doctor Roncali, agitando los rizos, se lanzó en un arrebato oratorio, cantando la belleza de la noche, de la luna y del mar. Tu-Lag-Thi, Ministro del Japón, atendía con su oscura mueca premiosa, los labios como dos viras moradas recogidas sobre la albura de los dientes, los ojos oblicuos, recelosos, malignos. El Doctor Esparza insinuó, curioso de novelerías exóticas:
– ¡En el Japón, las noches deben ser admirables!
– ¡Oh!… ¡Ciertamente! ¡Y esta noche no está falta de cachet japonés!
Tu-Lag-Thi tenía la voz flaca, de pianillos desvencijados, y una movilidad rígida de muñeco automático, un accionar esquinado de resorte, una vida interior de alambre en espiral: Sonreía con su mueca amanerada y oscura:
– Queridos colegas, anteriormente no he podido solicitar la opinión de ustedes. ¿Qué importancia conceden ustedes a la Nota?
– ¡Es un primer paso!…
El Doctor Esparza daba intención a sus palabras con una sonrisa ambigua, llena de reservas. Insistió el Ministro del Japón:
– Todos lo hemos entendido así. Indudablemente. Un primer paso. ¿Pero cuáles serán los pasos sucesivos? ¿No se romperá el acuerdo del Cuerpo Diplomático? ¿Adónde vamos? El Ministro inglés actúa bajo el imperativo de sus sentimientos humanitarios, pero este generoso impulso acaso se vea cohibido. Las Colonias Extranjeras, sin exclusión de ninguna, representan intereses poco simpatizantes con el ideario de la Revolución. La Colonia Española, tan numerosa, tan influyente, tan vinculada con el criollaje en sus actividades, en sus sentimientos, en su visión de los problemas sociales, es francamente hostil a la reforma agraria, contenida en el Plan de Zamalpoa. En estos momentos -son mis informes- proyecta un acto que sintetice y afirme sus afinidades con el Gobierno de la República. ¿No ocurrirá que se vea desasistido en su humanitaria actuación el Honorable Sir Scott?
Guiñaba los ojos con miopía inteligente y maliciosa el Doctor Carlos Esparza:
– Querido colega, convengamos en que las relaciones diplomáticas no pueden regirse por las claras normas del Evangelio. Tu-Lag-Thi repuso con flébiles maullidos:
– El Japón supedita intereses de sus naturales, aquí radicados, a los principios del Derecho de Gentes. Pero en el camino de las confidencias, y aun de las indiscreciones, no he de ocultar mis pesimismos respecto al apoyo moral que presten algunos colegas a los laudables sentimientos del Ministro inglés. Como hombre de honor, no puedo dar crédito a las insinuaciones y malicias de ciertos rotativos, demasiado afectos al Gobierno de la República. ¡La West Company! ¡Aberrante!
La truculenta palabra final se desgarró, transformada en un chifle de eles y efes, entre la asiática y lipuda sonrisa de Tu-Lag-Thi. El Doctor Aníbal Roncali se acariciaba el bigote, y a flor de labio, con leve temblor, retocaba una frase sentimental. Se lanzó con aquel tic nervioso que agitaba eréctiles, como rabos de lagartijas, los rizos de su negra cabellera:
– El Doctor Banderas no puede ordenar el cierre de los expendios de bebidas. Si tal hiciese, sobrevendría un motín de la plebe. ¡Estas ferias son las bacanales del cholo y del roto!
Llegaban ecos de la verbena. Bailaban en ringla las cuerdas de farolillos, a lo largo de la calle. Al final giraba la rueda de un tiovivo. Su grito luminoso, histérico, estridente, hipnotizaba a los gatos sobre el borde de los aleros. La calle tenía súbitos guiños, concertados con el rumor y los ejercicios acrobáticos del viento en las cuerdas de farolillos. A lo lejos, sobre la bruma de estrellas, calcaba el negro perfil de su arquitectura San Martín de los Mostenses.
Tirano Banderas, en la ventana, apuntaba su catalejo sobre la ciudad de Santa Fe:
– ¡Están de gusto las luminarias! ¡Pero que muy lindas, amigos!
La rueda de compadres y valedores rodeaba el catalejo y la escalerilla astrológica con la mueca verde encaramada en el pináculo:
– No puede negársele al pueblo pan y circo. ¡Están pero que muy lindas las luminarias!
De Santa Mónica, el viento del mar traía los opacos estampidos de una fusilada:
– ¡El pueblo, libre de propagandas funestas, es bueno! ¡Y el rigor muy saludable!
La trinca de compadritos, abierta en círculo, tenía la atención pendiente del Tirano.
Tirano Banderas dejó su pináculo, y metiéndose en el círculo de valedores y compadres, sacó de una oreja al Licenciado Veguillas:
– Vamos a oír por última vez su concierto batracio. ¿Cómo tiene la gola? ¿Quiere aclararse la voz con algún gargarismo?
En torno, adulando la befa, reía la trinca, asustada, complaciente y ramplona. Aleló Nachito:
– Qué limpieza de notas se le puede pedir a un presunto cadáver?
– Hace mal rehusando amansar con la música a sus jueces. Señores, este amigo entrañable aparece como reo de traición, y de no haberse descubierto su complicidad, pudo fregarles a todos ustedes. Recordarán cómo en la noche de ayer, actuando en el seno de la confianza, les declaré el propósito justiciero en que estaba con respecto a las subversiones del Coronel Domiciano de la Gándara. Fuera de este recinto han sido divulgadas las palabras que profirió en el seno de la amistad Santos Banderas. Ustedes van a instruirme, en cuanto a la pena que corresponde a este divulgador de mis secretos. Han sido citados los testigos de su defensa, y si lo autorizan, se les hará comparecer y oirán sus descargos. Según tiene manifestado, una mundana con sonambulismo le adivinó el pensamiento. Con antelación, esta niña había estado sometida a los pases magnéticos de un cierto Doctor Polaco. ¡Estamos en un folletín de Alejandro Dumas! Ese Doctor que magnetiza y desenvuelve la visión profética en las niñas de los congales, es un descendiente venido a menos de José Balsamo. ¿Se recuerdan ustedes la novela? Un folletín muy interesante. ¡Lo estamos viviendo! ¡El Licenciadito Veguillas, observen no más, émulo del genial mulato! Merito va a decirnos adónde emigraba en compañía del rebelde Coronel Domiciano de la Gándara.
Hipaba Nachito:
– Pues no más que salíamos platicando de un establecimiento.
– ¿Los dos briagos?
– ¡Patroncito, dimanante de las ferias, es una pura farra toda Santa Fe! Pues no más aquel macaneador, tal como íbamos platicando, da una espantada y se mete por una puerta. Merito merito la abría un encamisado. Y en el atolondro, yo metí detrás las orejas como un guanaco.
– ¿Puede manifestarnos el establecimiento donde se habían juntado para la farra?
– Mi Generalito, no me sonroje, que es un lugar muy profano para nombrarlo en esta Sala de Audiencia. Ante su noble figura patricia, mi cara se cubre de vergüenza.
– Conteste a la pregunta. ¿En qué crápula se halló con el Coronel de la Gándara, y qué confidencias tuvieron en este presunto lugar? Licenciadito, usted conocía la orden de arresto, y con alguna palabra pronunciada durante la embriaguez puso en sospecha al fugado.
– ¿Mi lealtad de tantos años, no me acredita?
– Pudo ser un acto irreflexivo, pero el estado de alcoholismo no es atenuante en el Tribunal de Santos Banderas. Usted es un briago que se pasa las noches de farra en los lenocinios. Sepa que todos sus pasos los conoce Santos Banderas. Le antepongo que solamente con la verdad podrá desenojarme. Licenciadito, quiero tenderle una mano y sacarle de la ciénaga donde cornea atorado, porque el delito de traición apareja una penalidad muy severa en nuestros Códigos.
– Señor Presidente, hay enredos en la vida que sobrecogen y hacen cavilar, enredos que son una novela. La noche de autos he visitado a una gatita que lee los pensamientos.
– ¿Y una gatita con tanta ciencia está en un lenocinio para que usted la festeje?
– Pues la pasada noche así sucedió en lo de Cucarachita. Quiero declararlo todo y desahogar mi conciencia. Estábamos los dos pecando. ¡Noche de Difuntos era la de ayer, Generalito! Valedores, por mi honor lo garanto, aquella morocha tenía un cirio bendito desvelándole los misterios. ¡Leía los pensamientos!
– Licenciadito, ésas son quimeras alcohólicas, pues la pasada noche se hallaba usted totalmente briago cuando entró con la chinita. Me ha sido usted traidor, divulgando mis secretos en vitando comercio con una mundana, y por primera providencia, para templar esa carne tan ardorosa, le está indicado el cepo. Licenciadito, reléguese a un rincón, arrodíllese y procure elevar el pensamiento al Ser Supremo. Estos amigos dilectos van a juzgarle, y de sus deliberaciones puede salirle una sentencia de muerte. Licenciadito, van a comparecer los testigos que ha nominado en su defensa, y si le favorecen sus declaraciones, será para mí de sumo beneplácito. Señor Coronel López de Salamanca, luego luego ejecute las diligencias para que acudan a esclarecernos la niña mundana y el Doctor Polaco.
El Coronel Licenciado López de Salamanca, arrestándose a un canto de la puerta, hizo entrar al Doctor Polaco. Detrás, pisando de puntas, asomó Lupita la Romántica. El Doctor Polaco, alto, patilludo, gran frente, melena de sabio, vestía de fraque con dos bandas al pecho y una roseta en la solapa. Saludó con una curvatura pomposa y escenográfica, colocándose la chistera bajo el brazo:
– Presento mis homenajes al Supremo Dignatario de la República. Michaelis Lugín, Doctor por la Universidad del Cairo, iniciado en la Ciencia Secreta de los Brahmanes de Bengala.
– ¿Profesa usted las doctrinas de Allán Kardec?
– Soy no más un modesto discípulo de Mesmer. El espiritismo allankardiano es una corruptela pueril de la antigua nigromancia. Las evocaciones de los muertos se hallan en los papiros egipcios y en los ladrillos caldeos. La palabra con que son designados estos fenómenos se forma de dos griegas.
– ¡Este Doctorcito se expresa muy doctoralmente! ¿Y ganás vos la plata con el título de Profeta del Cairo?
– Señor Presidente, mi mérito, si alguno tengo, no está en ganar plata y amontonar riquezas. He recibido la misión de difundir las Doctrinas Teosóficas y preparar al pueblo para una próxima era de milagros. El Nuevo Cristo arrastra su sombra por los caminos del Planeta.
– ¿Reconoce haber dormido a esta niña con pases magnéticos?
– Reconozco haber realizado algunas experiencias. Es un sujeto muy remarcable.
– Puntualice cada una.
– El Señor Presidente, si lo desea, puede ver el programa de mis experiencias en los Coliseos y Centros Académicos de San Petersburgo, Viena, Nápoles, Berlín, París, Londres, Lisboa, Río Janeiro. Últimamente se han discutido mis teorías sobre el karma y la sugestión biomagnética en la gran Prensa de Chicago y Filadelfia. El Club Habanero de la Estrella Teosófica me ha conferido el título de Hermano Perfecto. La Emperatriz de Austria me honra frecuentemente consultándome el sentido de sus sueños. Poseo secretos que no revelaré jamás. El Presidente de la República Francesa y el Rey de Prusia han querido sobornarme durante mi actuación en aquellas capitales. ¡Inútilmente! El Sendero Teosófico enseña el menosprecio de honores y riquezas. Si se me autoriza, pondré mis álbumes de fotografías y recortes a las órdenes del Señor Presidente.
– ¿Y cómo doctorándose en tan austeras doctrinas, y con tan alto grado en la iniciación teosófica, corre la farra por los lenocinios? Sírvase iluminarnos con su ciencia y justificar la aparente aberración de esa conducta.
– Permítame el Señor Presidente que solicite el testimonio de la Señorita Médium. Señorita, venciendo el natural rubor, manifieste a los señores si ha mediado concupiscencia. Señor Presidente, el interés científico de las experiencias biomagnéticas, sin otras derivaciones, ha sido norma de mi actuación. He visitado ese lugar porque me habían hablado de esta Señorita. Deseaba conocerla y, si era posible, trascender su vida a otro círculo más perfecto. ¿Señorita, no le propuse a usted redimirla?
– ¿Pagarme la deuda? El que toda la noche no paró con esa sonsera fue el Licenciado.
– ¡Señorita Guadalupe, recuerde usted que como un padre la he propuesto acompañarme en la peregrinación por el Sendero!
– ¡Sacarme en los teatros!
– Mostrar a los públicos incrédulos los ocultos poderes demiúrgicos que duermen en el barro humano. Usted me ha rechazado, y he tenido que retirarme con el dolor de mi fracaso. Señor Presidente, creo haber disipado toda sospecha referente a la pureza de mis acciones. En Europa, los más relevantes hombres de ciencia estudian estos casos. El Mesmerismo tiene hoy su mayor desenvolvimiento en las Universidades de Alemania.
– Va usted a servirse repetir, punto por punto, las experiencias que la pasada noche realizó con esa niña.
– El Señor Presidente me tiene a sus órdenes. Repito que puedo ofrecerle un programa selecto de experiencias similares.
– Esa niña, en atención a su sexo, será primeramente interrogada. El Licenciado Veguillas tiene manifestado como evidente que en determinada circunstancia le fue sustraído el pensamiento por los influjos magnéticos de la interfecta.
La niña del trato bajaba los ojos a las falsas pedrerías de sus manos:
– A tener esos poderes, no me vería esclava de un débito con la Cucaracha. Licenciadito, vos lo sabés.
– Lupita, para mí has sido una serpiente biomagnética.
– ¡Que así me acusés vos, con todito que os di el amoniaco!
– Lupita, reconoce que estabas la noche pasada con un histerismo magnético. Tú me leíste el pensamiento cuando alborotaba en el baile aquel macaneador de Domiciano. Tú le diste el santo para que se volase.
– ¡Licenciado, si estaban los dos ustedes puntos briagos! Yo quise no más verlos fuera de la recámara.
– Lupita, en aquella hora tú me adivinaste lo que yo pensaba. Lupita, tú tienes comercio con los espíritus. ¿Negarás que te has revelado médium cuando te durmió el Doctor Polaco?
– Efectivamente, esta Señorita es un caso muy remarcable de lucidez magnética. Para que la distinguida concurrencia pueda apreciar mejor los fenómenos, la Señorita Médium ocupará una silla en el centro, bajo el lampadario. Señorita Médium, usted me hará el honor.
La tomó de la mano y, ceremonioso, la sacó al centro de la sala. La niña, muy honesta, con pisar de puntas y los ojos en tierra, apenas apoyaba el teclado de las uñas suspendida en el guante blanco del Doctor Polaco.
– ¡Chac! ¡Chac!
Tenía una verde senectud la mueca humorística de la momia indiana. El Doctor Polaco sacó del fraque la vara mágica, forjada de siete metales, y con ella tocó los párpados de Lupita: Finalizó con una gran cortesía, saludando con la vara mágica. Entre suspiros, enajenóse la daifa. Veguillas, arrodillado en un rincón, esperaba el milagro: Iba a resplandecer la luz de su inocencia: Lupita y el farandul le apasionaban en aquel momento con un encanto de folletín sagrado: Oscuramente, de aquellos misterios, esperaba volver a la gracia del Tirano. Se estremeció. La mueca verde mordía la herrumbre del silencio:
– ¡Chac! ¡Chac! Va usted a servirse repetir, punto por punto, como creo haberle indicado, las experiencias que la noche de ayer realizó con la niña de autos.
– Señor Presidente, tres formas adscritas al tiempo adopta la visión telepática: Pasado, Actual, Futuro. Este triple fenómeno rara vez se completa en un médium. Aparece disperso. En la Señorita Guadalupe, la potencialidad telepática no alcanza fuera del círculo del Presente. Pasado y Venidero son para ella puertas selladas. ¿Y dentro del fenómeno de su visión telepática, el ayer más próximo es un remoto pretérito. Esta Señorita está imposibilitada, absolutamente, para repetir una anterior experiencia. ¡Absolutamente! Esta Señorita es un médium poco desenvuelto: ¡Un diamante sin lapidario! El Señor Presidente me tiene a sus órdenes para ofrecerle un programa selecto de experiencias similares, en lo posible.
La acerba mueca llenaba de arrugas la máscara del Tirano:
– Señor Doctor, no se raje para dar satisfacción al deseo que le tengo manifestado. Quiero que una por una repita todas las experiencias de anoche en el lenocinio.
– Señor Presidente, sólo puedo repetir experimentos parejos. La Señorita Médium no logra la mirada retrospectiva. Es una vidente muy limitada. Puede llegar a leer el pensamiento, presenciar un suceso lejano, adivinar un número en el cual se sirva pensar el Señor Presidente.
– ¿Y con tantos méritos de perro sabio se prostituye en una casa de trato?
– La gran neurosis histérica de la ciencia moderna podría explicarlo. Señorita, el Señor Presidente se dignará elegir un número con el pensamiento. Va usted a tomarle la mano y a decirlo en voz alta, que todos lo oigamos. Voz alta y muy clara, Señorita Médium.
– ¡Siete!
– Como siete puñales. ¡Chac! ¡Chac!
Gimió en su destierro Nachito:
– ¡Con ese juego ilusorio me adivinaste ayer el pensamiento!
Tirano Banderas se volvió, avinagrado y humorístico:
– ¿Por qué visita los malos lugares, mi viejo?
– Patroncito, hasta en música está puesto que el hombre es frágil.
El Tirano, recogiéndose en su gesto soturno, clavó los ojos con suspicaz insistencia en la pendejuela del trato. Desmayada en la silla, se le soltaban los peines y el moño se le desbarata en una cobra negra. Tirano Banderas se metió en la rueda de compadres:
– De chamacos hemos visto estos milagros por dos reales. Tantos diplomas, tantas bandas y tan poca suficiencia. Se me está usted antojando un impostor, y voy a dar órdenes para que le afeiten en seco la melena de sabio alemán. No tiene usted derecho a llevarla.
– Señor Presidente, soy un extranjero acogido en su exilio bajo la bandera de esta noble República. Enseño la verdad al pueblo, y le aparto del positivismo materialista. Con mis cortas experiencias, adquiere el proletariado la noción tangible de un mundo sobrenatural. ¡La vida del pueblo se ennoblece cuando se inclina sobre el abismo del misterio!
– ¡Don Cruz! Por lo lindo que platica le harés, no más, la rasura de media cabeza.
El Tirano remegía su mueca con avinagrado humorismo, mirando al fámulo rapista, que le presentaba un bodrio peludo, suspendido en el prieto racimo de los dedos:
– ¡Es peluca, patrón!
La niña del trato se despertaba suspirante, salía a las fronteras del mundo con lívido pasmo, y en el pináculo de la escalerilla, la momia indiana apuntaba su catalejo sobre la ciudad. El guiño desorbitado de las luminarias brizaba clamorosos tumultos de pólvoras, incendios y campanas, con apremiantes toques de cornetas militares:
– ¡Chac! ¡Chac! ¡Zafarrancho tenemos! Don Cruz, andate a disponerme los arreos militares.
El guaita de la torre ha desclavado su bayoneta de la luna, y dispara el fusil en la oscuridad poblada de alarmas. El reloj de Catedral difunde la rueda sonora de sus doce campanadas, y sobre la escalerilla dicta órdenes el Tirano:
– Mayor del Valle, tome usted algunos hombres, explore el campo y observe por qué cuarteles se ha pronunciado el tiroteo.
Cuando el Mayor del Valle salía por la puerta, entraba el fámulo, que abiertos los brazos, con pinturera morisqueta, portaba en bandeja el uniforme, cruzado con la matona de su Generalito Banderas. Se han dado de bruces, y rueda estruendosa la matona. El Tirano, chillón y colérico, encismado, batió con el pie, haciendo temblar escalerilla y catalejo:
– ¡Sofregados, ninguno la mueva! ¡Vaya un augurio! ¿Qué enigma descifra usted, Señor Doctor Mágico?
El farandul, con nitidez estática, vio la sala iluminada, el susto de los rostros, la torva superstición del Tirano. Saludó:
– En estas circunstancias, no me es posible formular un oráculo.
– ¿Y esta joven honesta, que otras veces ha mostrado tan buena vista, no puede darnos referencia, en cuanto al tumulto de Santa Fe? Señor Doctor, sírvase usted dormir e interrogar a la Señorita Médium. Yo paso a vestirme el uniforme. ¡Que ninguno toque mi espada!
Un levantado son de armas rodaba por los claustros luneros, retenes de tropas acudían a redoblar las guardias. La morocha del trato suspira bajo los pases magnéticos del pelón farandul, vuelto el blanco de los ojos sobre el misterio:
– ¿Qué ve usted, Señorita Médium?
El reloj de Catedral enmudece. Aún quedan en el aire las doce campanadas, y espantan la cresta los gallos de las veletas. Se consultan sobre los tejados los gatos y asoman por las guardillas bultos en camisa. Se ha vuelto loco el esquilón de las Madres. Por el Arquillo cornea una punta de toros y los cabestros, en fuga, tolodrean la cencerra. Estampidos de pólvora. Militares toques de cornetas. Un tropel de monjas pelonas y encamisadas acude con voces y devociones a la profanada puerta del convento. Por remotos rumbos ráfagas de tiroteos. Revueltos caballos. Tumultos con asustados clamores. Contrarias mareas del gentío. Los tigres, escapados de sus jaulones, rampan con encendidos ojos por los esquinales de las casas. Por un terradillo blanco de luna, dos sombras fugitivas arrastran un piano negro. A su espalda, la bocana del escotillón vierte borbotones de humo entre lenguas rojas. Con las ropas incendiadas, las dos sombras, cogidas de la mano, van en un correr por el brocal del terradillo, se arrojan a la calle cogidas de la mano. Y la luna, puesta la venda de una nube, juega con las estrellas a la gallina ciega, sobre la revolucionada Santa Fe de Tierra Firme.
Lupita la Romántica suspira en el trance magnético, con el blanco de los ojos siempre vuelto sobre el misterio.