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¡Famosas aquellas ferias de Santos y Difuntos! La Plaza de Armas, Monotombo, Arquillo de Madres, eran zoco de boliches y pulperías, ruletas y naipes. Corre la chusma a los anuncios de toro candil en los portalitos de Penitentes: Corren las rondas de burlones apagando las luminarias, al procuro de hacer más vistoso el candil del bulto toreado. Quiebra el oscuro en el vasto cielo, la luna chocarrera y cacareante: Ahúman las candilejas de petróleo por las embocaduras de tutilimundis, tinglados y barracas: Los ciegos de guitarrón cantan en los corros de pelados. El criollaje ranchero -poncho, facón, jarano- se estaciona al ruedo de las mesas con tableros de azares y suertes fulleras. Circula en racimos la plebe cobriza, greñuda, descalza, y por las escalerillas de las iglesias, indios alfareros venden esquilones de barro con círculos y palotes de pinturas estentóreas y dramáticas. Beatas y chamacos mercan los fúnebres barros, de tañido tan triste que recuerdan la tena y el caso del fraile peruano. A cada vuelta saltan risas y bravatas. En los portalitos, por las pulperías de cholos y lepes, la guitarra rasguea los corridos de milagros y ladrones:
Era Diego Pedernales,
de buena generación.
El Congal de Cucarachita encendía farolillos de colores en el azoguejo, y luces de difuntos en la Recámara Verde. Son consorcios que aparejan las ferias. Lupita la Romántica, con bata de lazos y el moño colgante, suspiraba caída en el sueño magnético, bajo la mirada y los pases del Doctor Polaco: Alentaba rendida y vencida, con suspiros de erótico tránsito:
– ¡Ay!
– Responda la Señorita Médium.
– ¡Ay! Alumbrándose sube por una escalera muy grande… No puedo. Ya no está… Se me ha desvanecido.
– Siga usted hasta encontrarle, Señorita.
– Entra por una puerta donde hay un centinela.
¿Habla con él?
– Sí. Ahora no puedo verle. No puedo… ¡Ay!
– Procure situarse, Señorita Médium.
– No puedo.
– Yo lo mando.
– ¡Ay!
– Sitúese. ¿Qué ve en torno suyo?
– ¡Ay! Las estrellas grandes como lunas pasan corriendo por el cielo.
– ¿Ha dejado el plano terrestre?
– No sé.
– Sí, lo sabe. Responda. ¿Dónde se sitúa?
– ¡Estoy muerta!
– Voy a resucitarla, Señorita Médium.
El farandul le puso en la frente la piedra de un anillo. Después fueron los pases de manos y el soplar sobre los párpados de la daifa durmiente:
– Señorita Médium, va usted a despertarse contenta y sin dolor de cabeza. Muy despejada, y contenta, sin ninguna impresión dolorosa.
Hablaba de rutina, con el murmullo apacible del clérigo que reza su misa diaria. Gritaba en el corredor la Madrota, y en el azoguejo, donde era el mitote de danza, aguardiente y parcheo, metía bulla del Coronelito Domiciano de la Gándara.
El Coronelito Domiciano de la Gándara templa el guitarrón: Camisa y calzones, por aberturas coincidentes, muestran el vientre rotundo y risueño de dios tibetano: En los pies desnudos arrastra chancletas, y se toca con un jaranillo mambís, que al revirón descubre el rojo de un pañuelo y la oreja con arete: El ojo guiñate, la mano en los trastes, platica leperón con las manflotas en cabellos y bata escotada: Era negrote, membrudo, rizoso, vestido con sudada guayabera y calzones mamelucos, sujetos por un cincho con gran broche de plata: Los torpes conceptos venustos, celebra con risa saturnal y vinaria. Niño Domiciano nunca estaba sin cuatro candiles, y como arrastraba su vida por bochinches y congales, era propenso a las tremolinas y escandaloso al final de las farras. Las niñas del pecado, desmadejadas y desdeñosas, recogían el bulle-bulle en el vaivén de las mecedoras: El rojo de los cigarros las señalaba en sus lugares. El Coronelito, dando el último tiento a los trastes, escupe y rasguea cantando por burlas el corrido que rueda estos tiempos, de Diego Pedernales. La sombra de la mano, con el reflejo de las tumbagas, pone rasgueo de luces en el rasgueo de la guitarra:
Preso le llevan los guardias,
sobre caballo pelón,
que en los Ranchos de Valdivia
le tomaron a traición.
Celos de niña ranchera
hicieron la delación.
Tecleaba un piano hipocondríaco, en la sala que nombraban Sala de la Recámara Verde. Como el mitote era en el patio, la sala agrandábase alumbrada y vacía, con las rejas abiertas sobre el azoguejo y el viento en las muselinas de los vidrios. El Ciego Velones, nombre de burlas, arañaba lívidas escalas, acompañando el canto a una chicuela consumida, tristeza, desgarbo, fealdad de hospiciana. En el arrimo de la reja, hacían duelo, por la contraria suerte en los albures, dos peponas amulatadas: El barro melado de sus facciones se depuraba con una dulzura de líneas y tintas en el ébano de las cabezas pimpantes de peines y moñetes, un drama oriental de lacres y verdes. El Ciego Velones tecleaba el piano sin luces, un piano lechuzo que se pasaba los días enfundado de bayeta negra. Cantaba la chicuela, tirantes las cuerdas del triste descote, inmóvil la cara de niña muerta, el fúnebre resplandor de la bandejilla del petitorio sobre el pecho:
– ¡No me mates traidora ilusión!
¡Es tu imagen en mi pensamiento
una hoguera de casta pasión!
La voz lívida, en la lívida iluminación de la sala desierta, se desgarraba en una altura inverosímil:
– ¡Una hoguera de casta pasión!
Algunas parejas bailaban en el azoguejo, mecidas por el ritmo del danzón: Perezosas y lánguidas, pasaban con las mejillas juntas por delante de las rejas. El Coronelito, más bruja que un roto, acompañaba con una cuerda en el guitarrón la voz en un trémolo:
– ¡No me mates, traidora ilusión!
La cortina abomba su raso verde en el arco de la recámara: Brilla en el fondo, sobre el espejo, la pomposa cama del trato y por veces todo se tambalea en un guiño del altarete. Suspiraba Lupita:
– ¡Animas del Purgatorio! ¡No más, y qué sueño se me ha puesto! ¡La cabeza se me parte!
La tranquilizó el farandul:
– Eso se pasa pronto.
– ¡Cuando yo vuelva a consentir que usted me enajene, van a tener pelos las tortugas!
El Doctor Polaco, desviando la plática, felicitó a la daifa con ceremonia de farandul:
– Es usted un caso muy interesante de metempsicosis. Yo no tendría inconveniente en asegurarle a usted contrata para un teatro de Berlín. Usted podría ser un caso de los más célebres. ¡Esta experiencia ha sido muy interesante!
La daifa se oprimía las sienes, metiendo los dedos con luces de pedrería por los bandós endrinos del peinado:
– ¡Para toda la noche tengo ya jaqueca!
– Una taza de café será lo bastante… Disuelve usted en la taza una perla de éter, y se hallará prontamente tonificada, para poder intentar otra experiencia.
– ¡Una y no más!
– ¿No se animaría usted a presentarse en público? Sometida a una dirección inteligente, pronto tendría usted renombre para actuar en un teatro de Nueva York. Yo le garanto a usted un tanto por ciento. Usted, antes de un año, puede presentarse con diplomas de las más acreditadas Academias de Europa. El Coronelito me ha tenido conversación de su caso, pero muy lejano, que ofreciese tanto interés para la ciencia. ¡Muy lejano! Usted se debe al estudio de los iniciados en los misterios del magnetismo.
– ¡Con una cartera llena de papel, aun no cegaba! ¡A pique de quedar muerta en una experiencia!
– Ese riesgo no existe cuando se procede científicamente.
– La rubia que a usted acompañaba pasados tiempos, se corrió que había muerto en un teatro.
– ¿Y que yo estaba preso? Esa calumnia es patente. Yo no estoy preso.
– Habrá usted limado las rejas de la cárcel.
– ¿Me cree usted con poder para tanto?
– ¿No es usted brujo?
– El estudio de los fenómenos magnéticos no puede ser calificado de brujería. ¿Usted se encuentra libre ya del malestar cefálico?
– Sí, parece que se me pasa.
Gritaba en el corredor la Madrota:
– Lupita, que te solicitan.
– ¿Quién es?
– Un amigo. ¡No pasmes!
– ¡Voy! De hallarme menos carente, esta noche la guardaba por devoción de las Benditas.
– Lupita, puede usted obtener un suceso público en un escenario.
– ¡Me da mucho miedo!
Salió de la recámara con bulle-bulle de faldas, seguida del Doctor Polaco. Aquel tuno nigromante, con una barraca en la feria, era muy admirado en el Congal de Cucarachita.
– En borrico de justicia
le sacan con un pregón,
hizo mamola al verdugo
al revestirle el jopón,
y al Cristo que le presentan,
una seña de masón.
En la Recámara Verde, iluminada con altarete de luces aceiteras y cerillos, atendía, apagando una cuchicheo, la pareja encuerada del pecado. Llegaba el romance prendido al son de la guitarra. En el altarete, las mariposas de aceite cuchicheaban y los amantes en el cabezal. La daifa:
– ¡Era bien ruin!
El coime:
– ¡Ateo!
– En la noche de hoy, ese canto de verdugos y ajusticiados, parece más negro que un catafalco.
– ¡Vida alegre, muerte triste!
– ¡Abrenuncio! ¡Qué voz de corneja sacaste! Veguillas, tú, vista la hora final, ¿confesarías como cristiano?
– ¡Yo no niego la vida del alma!
– ¡Nachito, somos espíritu y materia! ¡Donde me ves con estas carnes, pues una romántica! De no haber estado tan bruja, hubiera guardado este día. ¡Pero es mucho el empeño con el ama! Nachito, ¿tú sabes de persona viviente que no tenga sus muertos? Los hospicianos, y aun ésos porque no les conocen. Este aniversario merecía ser de los más guardados: ¡Trae muchos recuerdos! Tú, si fueses propiamente romántico, ahora tenías un escrúpulo: Me pagabas el estipendio y te caminabas.
– ¿Y caminarme sin aflojar la plata?
– También. ¡Yo soy muy romántica! Yo te digo que de no hallarme tan en deuda con la Madrota…
– ¿Quieres que yo te cancele el crédito?
– Pon eso claro.
– ¿Si quieres que yo te pague la deuda?
– No me veas chuela, Nachito.
– ¿Debes mucho?
– ¡Treinta Manfredos! ¡Me niega quince que le entregué por las Flores de Mayo! ¡Como tú te hicieses cargo de la deuda y me pusieses en un pupilaje, ibas a ver una fiel esclava!
– ¡Siento no ser negrero!
La daifa quedóse abstraída mirando las luces de sus falsos anillos. Hacía memoria. Por la boca pintada corría un rezo:
Esta conversación pasó otra vez de la misma manera: ¿Te acuerdas, Veguillas? Pasó con iguales palabras y prosopopeyas.
La moza del pecado, entrándose en sí misma, quedó abismada, siempre los ojos en las piedras de sus anillos.
Percibíase embullangado el guitarro, el canto y la zarabanda de risas, chapines y palmas con que jaleaban las del trato. Gritos, carrerillas y cierre de puertas. Acezo y pisadas en el corredor. Los artejos y la voz de la Taracena:
– ¡El cerrojo! Horita vos va con una copla Domiciano. El cerrojo, si no lo tenéis corrido, que ya le entró la tema de escandalizar por las recámaras.
Siempre abismada en la fábula de sus manos, suspiró la romántica:
– ¡Domiciano toma la vida como la vida se merece!
– ¿Y el despertar?
– ¡Ave María! ¿Esta misma plática no la tuvimos hace un instante? Veguillas, ¿cuándo fueron aquellos pronósticos tuyos, del mal fin que tendría el Coronelito de la Gándara?
Gritó Veguillas:
– ¡Ese secreto jamás ha salido de mis labios!
– ¡Ya me haces dudar! ¡Patillas tomó tu figura en aquel momento, Nachito!
– Lupita, no seas visionaria.
Venía por el corredor, acreciéndose, la bulla de copla y guitarra, soflamas y palmas. Cantaba el valedor un aire de los llaneros:
– Licenciadito Veguillas,
saca del brazo a tu dama para
beber una copa
a la salud de las Animas.
– ¡Santísimo Dios! ¡Esta misma letra se ha cantado otra vez estando como ahora, acostados en la cama!
Nacho Veguillas, entre humorístico y asustadizo, azotó las nalgas de la moza, con gran estallo:
– ¡Lupita, que te pasas de romántica!
– ¡No me pongas en confusión, Veguillas!
– Si me estás viendo chuela toda la noche.
Tornaba la copla y el rasgueo, a la puerta de la recámara. Oscilaba el altarete de luces y cruces. Susurró la del trato:
– Nacho Veguillas, ¿llevas buena relación con el Coronel Gandarita?
– ¡Amigos entrañables!
– ¿Por qué no le das aviso para que se ponga en salvo?
– ¿Pues qué sabes tú?
– ¿No hablamos antes?
– ¡No!
– ¿Lo juras, Nachito?
– ¡Jurado!
– ¿Qué nada hablamos? ¡Pues lo habrás tenido en el pensamiento!
Nacho Veguillas, sacando los ojos a flor de la cara, saltó en el alfombrín con las dos manos sobre las vergüenzas:
– ¡Lupita, tú tienes comercio con los espíritus!
– ¡Calla!
– ¡Responde!
– ¡Me confundes! ¿Dices que nada hemos hablado del fin que le espera al Coronel de la Gándara?
Batían en la puerta, y otra vez renovábase la bulla, con el tema de copla y guitarro:
– Levántate, valedor, y
vístete los calzones, para
jugarnos la plata en los
albures pelones.
Abrióse la puerta de un puntapié, y rascando el guitarrillo que apoya en el vientre rotundo, apareció el Coronelito. Nacho Veguillas, con alegre transporte de botarate, saltó de cucas, remedando el cantar de la rana:
– ¡Cuá! ¡Cuá!
El Congal, con luminarias de verbena, juntaba en el patio mitote de naipe, aguardiente y buñuelo. Tenía el naipe al salir un interés fatigado: Menguaban las puestas, se encogían sobre el tapete, bajo el reflejo amarillo del candil, al aire contrario del naipe. Viendo el dinero tan receloso, para darle ánimo, trajo aguardiente de caña y chicha la Taracena. Nacho Veguillas, muy festejado, a medio vestir, suelto el chaleco, un tirante por rabo, saltaba mimando el dúo del sapo y la rana. La música clásica, que, cuando esparcía su ánimo sombrío, gustaba de oír Tirano Banderas. Nachito, con una lágrima de artista ambulante, recibía las felicitaciones, estrechaba las manos, se tambaleaba en épicos abrazos. El Doctor Polaco, celoso de aquellos triunfos, en un corro de niñas, disertaba, accionando con el libro de los naipes abierto en abanico. Atentas las manflotas, cerraban un círculo de ojeras y lazos, con meloso cuchicheo tropical. La chamaca fúnebre pasaba la bandejilla del petitorio, estirando el triste descote, mustia y resignada, horrible en su corpiño de muselinas azules, lívidos lujos de hambre. Nachito la perseguía en cuclillas con gran algazara:
– ¡Cuá! ¡Cuá!
Con las luces del alba la mustia pareja del ciego lechuzo y la chica amortajada, escurríase por el Arquillo de las Madres Portuguesas. Se apagaban las luminarias. En los Portalitos quedaba un rezago de ferias: El tiovivo daba su última vuelta en una gran boqueada de candilejas. El ciego lechuzo y la chica amortajada llevan fosco rosmar, claveteado entre las cuatro pisadas:
– ¡Tiempos más fregados no los he conocido!
Habló la chica sin mudar el gesto de ultratumba:
– ¡Donde otras ferias!
Sacudió la cabeza el lechuzo:
– Cucarachita no renueva el mujerío, y así no se sostiene un negocio. ¿Qué tal mujer la Panameña? ¿Tiene partido?
– Poco partido tiene para ser nueva. ¡Está mochales!
– ¿Qué viene a ser eso?
– ¡Modo que tiene una chica que llaman la Malagueña! Con ello significa los trastornos.
– No tomes el hablar de esas mujeres.
La amortajada puso los tristes ojos en una estrella:
– ¿Se me notaba que estuviese ronca?
– No más que al atacar las primeras notas. La pasión de esta noche es de una verdadera artista. Sin cariño de padre, creo que hubieses tenido un triunfo en una sala de conciertos: No me mates, traidora ilusión. ¡Ahí has rayado muy alto! Hija mía, es preciso que cantes pronto en un teatro, y me redimas de esta situación precaria. Yo puedo dirigir una orquesta.
– ¿Ciego?
– ¡Operándome las cataratas!
– ¡Ay mi viejo, cómo soñamos!
– ¿No saldremos, alguna vez de esta pesadumbre?
– ¡Quién sabe!
– ¿Dudas?
– No digo nada.
– Tú no conoces otra vida, y te conformas.
– ¡Vos tampoco la conocés, taitita!
– La he visto en otros, y comprendo lo que sea.
– Yo, puesta a envidiar, no envidiaría riquezas.
– Pues ¿qué envidiarías?
– ¡Ser pájaro! Cantar en una rama.
– No sabes lo que hablas.
– Ya hemos llegado.
En el portal dormía el indio con su india, cubiertos los dos por una frazada. La chica fúnebre y el ciego lechuzo pasaron perfilándose. El esquilón de las monjas doblaba por las Ánimas.
Nacho Veguillas también tenía el vino sentimental de boca babosa y ojos tiernos. Ahora, con la cabeza sobre el regazo de la daifa, canta su aria en la Recámara Verde:
– ¡Dame tu amor, lirio caído en el fango!
Ensoñó la manflota:
– ¡Canela! ¡Y decís vos que no sos romántico!
– ¡Ángel puro de amor, que amor inspira! ¡Yo te sacaré del abismo y redimiré tu alma virginal! ¡Taracena! ¡Taracena!
– ¡No armés escándalo, Nachito! Dejá vos al ama, que no está para tus fregados.
Y le ponía los anillos sobre la boca vinaria. Nachito se incorporó:
– ¡Taracena! ¡Yo pago el débito de esta azucena, caída en el barro vil de tu comercio!
– ¡Calla! ¡No faltés!
Nachito, llorona la alcuza de la nariz, se volvía a la niña del trato:
– ¡Calma mi sed de ideal, ángel que tienes rotas las alas! ¡Posa tu mano en mi frente, que en un mar de lava ardiente mi cerebro siento arder!
– ¿Cuándo fue que oí esas mismas músicas? ¡Nachito, aquí se dijeron esas mismas palabras!
Nachito se sintió celoso:
– ¡Algún cabrón!
– O no se habrán dicho… Esta noche se me figura que ya pasó todo cuanto pasa. ¡Son las Benditas!… ¡Es ilusión ésta de que todo pasó antes de pasar!
– ¡Yo te llamaba en mis solitarios sueños! ¡El imán de tu mirada penetra en mí! ¡Bésame, mujer!
– Nachito, no seás sonso y déjame rezar este toque de Ánimas.
– ¡Bésame, Jarifa! ¡Bésame, impúdica, inocente! ¡Dame un ósculo casto y virginal! ¡Caminaba solo por el desierto de la vida, y se me aparece un oasis de amor, donde reposar la frente!
Nachito sollozaba, y la del trato, para consolarle, le dio un beso de folletín romántico, apretándole a la boa el corazón de su boca pintada:
– ¡Eres sonso!
Tembló el altarete de Ánimas: El aleteo de un reflejo desquicié los muros de la Recámara Verde: Se abrió la puerta y entró sin ceremonia el Coronelito de la Gándara. Veguillas volvió la nariz de alcuza y puso el ojo de carnero:
– ¡Domiciano, no profanes el idilio de dos almas!
– Licenciadito, te recomiendo el amoniaco. Mírame a mí, limpio de vapores. Guadalupe, ¿qué haces sin darle el agua bendita?
El Coronelito de la Gándara, al pisar, infundía un temblor en la luminaria de Animas: La fanfarria irreverente de sus espuelas plateras ponía al guiño del altarete un sinfónico fondo herético: Advertíase señalada mudanza en la persona y arreo del Coronelito: Traía el calzón recogido en botas jinetas, el cinto ajustado y el machete al flanco, viva aún la rasura de la barba, y el mechón endrino de la frente peinado y brillante:
– Veguillas, hermano, préstame veinte soles, que bien te pintó el juego. Mañana te serán reintegrados.
– ¡Mañana!
Nachito, tras la palabra que se desvanece en la verdosa penumbra, queda suspenso sin cerrar la boca. Oíase el doble de una remota campana. Las luces del altarete tenían un escalofrío aterrorizado. La manflora en camisa rosa -morena prieta- se santiguaba entre las cortinas. Y era siempre sobre su tema el Coronelito de la Gándara:
– Mañana. ¡Y si no, cuando me entierren!
Nachito estalló en un sollozo:
– Siempre va con nosotros la muerte. Domiciano, recobra el juicio; la plata, de nada te remedia.
Por entre cortinas salía la daifa, abrochándose el corsé, los dos pechos fuera, tirantes las medias, altas las ligas rosadas:
– ¡Domiciano, ponte en salvo! Este pendejo no te lo dice, pero él sabe que estás en las listas de Tirano Banderas.
El Coronelito aseguró los ojos sobre Veguillas. Y Veguillas, con los brazos abiertos, gritó consternado:
– ¡Ángel funesto! ¡Sierpe biomagnética! Con tus besos embriagadores me sorbiste el pensamiento.
El Coronelito, de un salto estaba en la puerta, atento a mirar y escuchar: Cerró, y corrida la aldaba, abierto el compás de las piernas, tiró de machete:
Trae la palangana, Lupita. Vamos a ponerle una sangría a este doctorcito de guagua.
Se interpuso la daifa en corsé:
– Ten juicio, Domiciano. Antes que con él toques, a mí me traspasas. ¿Qué pretendes? ¿Qué haces ya aquí sofregado? ¿Corres peligro? ¡Pues ponte en salvo!
Se tiró de los bigotes con sorna el Coronelito de la Gándara:
– ¿Quién me vende, Veguillas? ¿Qué me amenaza? Si horita mismo no lo declaras, te doy pasaporte con las Benditas. ¡Luego, luego, ponlo todo de manifiesto!
Veguillas, arrimado a la pared, se metía los calzones, torcido y compungido. Le temblaban las manos. Gimió turulato:
– Hermano, te delata la vieja rabona que tiene su mesilla en el jueguecito de la rana. ¡Ésa te delata!
– ¡Puta madre!
– Te ha perdido la mala costumbre de hacer cachizas, apenas te pones trompeto.
– ¡Me ha de servir para un tambor esa cuera vieja!
– Niño Santos le ha dado la mano con promesa de chicotearte.
Apremiaba la daifa:
– ¡No pierdas tiempo, Domiciano!
– ¡Calla, Lupita! Este amigo entrañable, luego, luego, me va a decir por qué tribunal estoy sentenciado.
Gimió Veguillas:
– ¡Domiciano, no la chingues, que no eres súbdito extranjero!
El Coronelito relampagueaba el machete sobre las cabezas: La daifa, en camisa rosa, apretaba los ojos y aspaba los brazos: Veguillas era todo un temblor arrimado a la pared, en faldetas y con los calzones en la mano: El Coronelito se los arrancó:
¡Me chingo en las bragas! ¿Cuál es mi sentencia?
Nachito se encogía con la nariz de alcuza en el ombligo:
¡Hermano, no más me preguntes! Cada palabra es una bala… ¡Me estoy suicidando! La sentencia que tú no cumplas vendrá sobre mi cabeza.
– ¿Cuál es mi sentencia? ¿Quién la ha dictado?
Desesperábase la manflota, de rodillas ante las luces de Ánimas:
– ¡Ponte en salvo! ¡Si no lo haces, aquí mismo te prende el Mayorcito del Valle!
Nachito acabó de empavorizarse:
– ¡Mujer infausta!
Se ovillaba cubriéndose hasta los pies con las faldas de la camisa. El Coronelito le suspendió por los pelos: Veguillas, con la camisa sobre el ombligo, agitaba los brazos. Rugía el Coronelito:
– ¿El Mayor del Valle tiene la orden de arrestarme? Responde. Veguillas sacó la lengua:
– ¡Me he suicidado!
¡Fue como truco de melodrama! El Coronelito, en el instante de pisar la calle, ha visto los fusiles de una patrulla por el Arquillo de las Portuguesas. El Mayor del Valle viene a prenderle. El peligro le da un alerta violento en el pecho: Pronto y advertido, se aplasta en tierra y a gatas cruza la calle: Por la puerta que entreabre un indio medio desnudo, lleno el pecho de escapularios, ya se mete. Veguillas le sigue arrastrado en un círculo de fatalidades absurdas: El Coronelito, acarrerado escalera arriba, se curva como el jinete sobre la montura. Nachito, que hocica sobre los escalones, recibe en la frente el resplandor de las espuelas. Bajo la claraboya del sotabanco, en la primera puerta, está pulsando el Coronelito. Abre una mucama que tiene la escoba: En un traspiés, espantada y aspada, ve a los dos fugitivos meterse por el corredor: Prorrumpe en gritos, pero las luces de un puñal que ciega los ojos, la lengua le enfrenan.
Al final del corredor está la recámara de un estudiante. El joven, pálido de lecturas, que medita sobre los libros abiertos, de codos en la mesa. Humea la lámpara. La ventana está abierta sobre la última estrella. El Coronelito, al entrar, pregunta y señala:
– ¿Adónde cae?
El estudiante vuelve a la ventana su perfil lívido de sorpresa dramática. El Coronelito, sin esperar otra respuesta, salta sobre el alféizar, y grita con humor travieso:
– ¡Ándele, pendejo!
Nachito se consterna:
– ¡Su madre!
– ¡Jip!
El Coronelito, con una brama, echa el cuerpo fuera. Va por el aire. Cae en un tejadillo. Quiebra muchas tejas. Escapa gateando. A Nachito, que asoma timorato la alcuza llorona, se le arruga completamente la cara:
– ¡Hay que ser gato!
Y por las recámaras del Congal fulgura su charrasco el Mayor del Valle: Seguido de algunos soldados entra y sale, sonando las charras espuelas: A su vera, jaleando el nalgario, con ahogo y ponderaciones, zapato bajo y una flor en la oreja, la Madrota:
– ¡Patroncito, soy gaditana y no miento! ¡Mi palabra es la del Rey de España! ¡El Coronel Gandarita no hace un bostezo que dijo: "¡Me voy!" ¡Visto y no visto! ¡Horitita! ¡Si no se tropezaron fue milagro! ¡Apenas llevaría tres pasos, cuando ya estaban en la puerta los soldados!
– ¿No dijo adónde se caminaba?
– ¡Iba muy trueno! Si algún bochinche no le tienta, buscará la cama.
El Mayor miró de través a la tía cherinola y llamó al sargento:
Vas a registrar la casa. Cucarachita, si te descubro el contrabando te caen cien palos.
– Niño, no me encontrarás nada.
La Madrota sonaba las llaves. El Mayor, contrariado, se mesaba la barba chivona, y en la espera, haciendo piernas entróse por la Sala de la Recámara Verde. El susto y el grito, la carrera furtiva, un rosario de léperos textos, concertaban toda la vida del Congal, en la luz cenicienta del alba. Lupita, taconeando, surgió en el arco de la verde recámara, un lunar nuevo en la mejilla: Por el pintado corazón de la boca vertía el humo del cigarro:
– ¡Abilio, estás de mi gusto!
– Me mandé mudar.
– Oye, ¿y tú piensas que se oculta aquí Domiciano? ¡Poco faltó para que le armases la ratonera! ¡Ahora, échale perros!
Y Nachito Veguillas aún exprime su gesto turulato frente a la ventana del estudiante. El tiempo parece haber prolongado todas las acciones, suspensas absurdamente en el ápice de un instante, estupefactas, cristalizadas, nítidas, inverosímiles como sucede bajo la influencia de la marihuana. El estudiante, entre sus libros, tras de la mesa, despeinado, insomne, mira atónito: A Nachito tiene delante, abierta la boca y las manos en las orejas:
– ¡Me he suicidado!
El estudiante cada vez parece más muerto:
– ¿Usted es un fugado de Santa Mónica?
Nachito se frota los ojos:
– Viene a ser como un viceversa… Yo, amigo, de nadie escapo. Aquí me estoy. Míreme usted, amigo. Yo no escapo… Escapa el culpado. No soy más que un acompañante… Si me pregunta usted por qué tengo entrado aquí, me será difícil responderle. ¿Acaso sé dónde me encuentro? Subí por impulso ciego, en el arrebato de ese otro que usted ha visto. Mi palabra le doy. Un caso que yo mismo no comprendo. ¡Biomagnetismo!
El estudiante le mira perplejo sin descifrar el enredo de pesadilla donde fulgura el rostro de aquel que escapó por la lívida ventana, abierta toda la noche con la perseverancia de las cosas inertes, en espera de que se cumpla aquella contingencia de melodrama. Nachito solloza, efusivo y cobarde:
– Aquí estoy, noble joven. Solamente pido para serenarme un trago de agua. Todo es un sueño.
En este registro, se le atora el gallo. Llega del corredor estrépito de voces y armas. Empuñando el revólver, cubre la puerta la figura del Mayor Abilio del Valle. Detrás, soldados con fusiles:
– ¡Manos arriba!
Por otra puerta una gigantona descalza, en enaguas y pañoleta: La greña aleonada, ojos y cejas de tan intensos negros que, con ser muy morena la cara, parecen en ella tiznes y lumbres: Una poderosa figura de vieja bíblica: Sus brazos de acusados tendones, tenían un pathos barroco y estatuario. Doña Rosita Pintado entró en una ráfaga de voces airadas, gesto y ademán en trastorno
– ¿Qué buscan en mi casa? ¿Es que piensan llevarse al chamaco' ¿Quién lo manda? ¡Me llevan a mí! ¿Éstas son leyes?
Habló el Mayor del Valle:
– No me vea chuela, Doña Rosita. El retoño tiene que venirse merito a prestar declaración. Yo le garanto que cumplida esa diligencia, como se halle sin culpa, acá vuelve el muchacho. No tema ninguna ojeriza. Esto lo dimanan las circunstancias. El muchacho vuelve, si está sin culpa, yo se lo garanto.
Miró a su madre el mozalbete, y con arisco ceño, le recomendó silencio. La gigantona, estremecida, corrió para abrazarle, en desolado ademán los brazos. La arrestó el hijo con gesto firme:
– Mi vieja, cállese y no la friegue. Con bulla nada se alcanza. Clamó la madre:
– ¡Tú me matas, negro de Guinea!
– ¡Nada malo puede venirme!
La gigantona se debatió, asombrada en una oscuridad de dudas y alarmas:
– ¡Mayorcito del Valle, dígame usted lo que pasa!
Interrumpió el mozuelo:
– Uno que entró perseguido y se fugó por la ventana.
– ¿Tú qué le has dicho?
– Ni tiempo tuve de verle la cara.
Intervino el Mayor del Valle:
– Con hacer esta declaración donde corresponde, todo queda terminado.
Plegó los brazos la gigantona:
– ¿Y el que escapaba, se sabe quién era?
Nachito sacó la voz entre nieblas alcohólicas:
– ¡El Coronel de la Gándara!
Nachito, luciente de lágrimas, encogido entre dos soldados, resoplaba con la alcuza llorona pingando la moca. Aturdida, en desconcierto, le miró Doña Rosita:
– ¡Valedor! ¿También usted llora?
– ¡Me he suicidado!
El Mayor del Valle levanta el charrasco y la escuadra se apronta, sacando entre filas al estudiante y a Nachito.
Despeinadas y ojerosas atisbaban tras de la reja las niñas de Taracena. Se afanan por descubrir a los prisioneros, sombras taciturnas entre la gris retícula de las bayonetas. El sacristán de las monjas sacaba la cabeza por el arquillo del esquilón. Tocaban diana las cornetas de fuertes y cuarteles. Tenía el mar caminos de sol. Los indios, trajinantes nocturnos, entraban en la ciudad guiando recuas de llamas cargadas de mercaderías y frutos de los ranchos serranos: El bravío del ganado recalentaba la neblina del alba. Despertábase el Puerto con un son ambulatorio de esquilas, y la patrulla de fusiles desaparecían con los dos prisioneros, por el Arquillo de las Portuguesas. En el Congal, la Madrota daba voces ordenando que las pupilas se recogiesen a la perrera del sotabanco, y el coime, con una flor en el pelo, trajinaba remudando la ropa de las camas del trato. Lupita la Románica, en camisa rosa, rezaba ante el retablo de Luces en la Recámara Verde. Murmuró el coime con un alfiler en los labios, al mismo tiempo que estudiaba los recogidos de la colcha:
– ¡Aún no se me fue el sobresalto!