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Primera parte. TODO LO QUE HA QUEDADO CUBIERTO DE NIEVE

No tenemos tiempo de ser nosotros mismos, sólo tenemos tiempo de ser felices.

Albert Camus

1. Introducción

En la calma de la memoria, y sobre todo cuando cierro fuertemente los ojos, en el momento que quiero, veo los rostros de muchas bellas personas que he conocido en la vida y de algunas de las cuales fui amigo; entonces me vienen los recuerdos, uno tras otro, cada vez más hermosos. Y me parece que fue ayer cuando hablé con toda aquella gente. Aún siento el calor de las manos que estreché.

Aún oigo la risa feliz de Salda, la voz irónica de Toman y la silenciosa manera de contar de Hora; y en esos momentos tengo la sensación de que sería una lástima que no anotase por lo menos algunos de aquellos instantes, aunque sólo se trate de una frase fugaz o de un cuento corto, no más largo de lo que suele ser una anécdota. Eran personas bellas e interesantes, y posiblemente yo soy uno de los últimos que tuvo encuentros amistosos con ellas y que les conoció bien en la vida literaria. ¿Y quién podrá escribir sobre lo que quedará olvidado para siempre cuando yo también entre en sus filas mudas e invisibles en la oscuridad?

Todos están muertos; pero no me pondré a llorar, aunque las lágrimas, según dice Juvenal, representan la parte más hermosa de nuestros sentidos. Lacrimae nostri pars óptima sensus, si no recuerdo mal lo aprendido en la escuela. No serán unas memorias lo que escribiré. En mi casa no hay ni un solo trocito de papel con apuntes o datos. Además, me falta paciencia para esa clase de escritura. No tengo más que recuerdos. ¡Y una sonrisa!

A finales del mes de enero del año veintisiete, Hora me trajo al café Tümovka la nueva edición de su Árbol florido. He encontrado esa fecha debajo de la dedicatoria del libro. Naturalmente, ya no recuerdo de qué estuvimos hablando entonces. Seguramente de alguien que ahora ya está muerto. Posiblemente de Wolker, porque en aquella época discutimos bastante sobre su poesía. De repente, Hora me pidió que le dejara su libro un momento y me escribió en la penúltima página los siguientes versos:

La sombra se extiende sobre una tumba,tamborcito del vacío.Los muertos también tienen celos:el enhiesto sauce lloróndifunde su voz a través del silencio.Allá abajo nos están criticando.

Estos versos que Hora improvisó entonces, me han traído súbitamente a la memoria la época, hace casi medio siglo, en que me hallaba internado en el hospital de Vinohrady, construido delante de la tapia del cementerio de aquel barrio. Desde la ventana de mi habitación veía muchos sepulcros y cruces, y la triste y extraña arquitectura de un pequeño columbario.

Una noche nevó un poco y la nieve cayó sobre los sepulcros y la tapia. Era como cuando un fotógrafo echa harina sobre un viejo relieve de piedra, delante de su objetivo, para dar realce a los contornos que se están esfumando en las tinieblas.

Más tarde, por la noche, cuando el edificio del hospital ya se estaba sumiendo en el silencio nocturno, oí llegar de algún sitio, por debajo de mí, dos voces que se entrelazaban sin armonía. Probablemente uno de los médicos escuchaba un transistor y algún paciente se habría olvidado de apagar otra de las radios que había en todas las habitaciones. En la liviana construcción moderna, las voces sonaban profundas, pero bastante claras; y yo miré sin querer el cementerio a través de la ancha ventana sin cortinas. Parecía como si las voces surgieran de la tierra, de debajo de la superficie del cercano cementerio.

Disipé en seguida aquella alucinación. Los muertos están mudos, obstinadamente mudos.

Así que más bien seré yo quien criticará a los de abajo. Pero lo haré cariñosamente, con amor. También me criticaré a mí mismo.

2. El mercado de la plaza Staroméstské

Durante varios años, siempre a principios de diciembre, me escribí con el poeta Géza Vcelicka, gravemente enfermo; eran unas cartas llenas de recuerdos nostálgicos y alegres.

Hace tiempo, por esas fechas, en la plaza Staroméstské se instalaba un mercado, primero el de San Nicolás y casi en seguida el de Navidad. Y los dos, unos niños que, naturalmente, no se conocían, estuvimos allí perdidos entre la muchedumbre, con los bolsillos vacíos, pero con el corazón lleno de anhelo, mirando los puestecillos y los tenderetes. Sin descanso y casi a diario. La plaza estaba llena de puestos y de tiendas. El monumento a Jan Hus todavía no estaba allí y la pobre Virgen María, cuyos escalones también servían para poner tiendas, miraba aquel hormigueo desde su alta columna, entre cuatro ángeles.

Hoy ya es difícil evocar con la mente la atmósfera única de aquel mercado. El aire olía a naranjas y el ambiente estaba impregnado con la fragancia de las lámparas de carbón encendidas y de los fogones. ¡Cuántos perfumes había allí! Era embriagador, y yo nunca me pude saciar de aquel formidable espectáculo. Erraba por aquellos lugares hasta avanzadas horas de la noche.

La feria de San Mateo, a finales de febrero o a principios de marzo, solía ser alegre, llena de regocijo, porque la primavera se acercaba. El mercado de Navidad era más solemne y tranquilo. Había incluso una cierta santidad en aquel hormigueo, en el que muchas cuerdas vocales hacían un esfuerzo para que el dinero se mudara de un bolsillo a otro.

El mercado de San Nicolás solía estar bajo el signo de miles de ramas doradas con lazos de papel y rosas rojas. A veces la nieve volaba por el aire y los copos se quedaban pegados al cabello y a las pieles, junto a pequeñas partículas de polvo dorado que caían de las ramas de San Nicolás; las madres, con oro en el pelo, sonreían felizmente.

Después de San Nicolás, por la noche, desaparecían del mercado las ramas, los muñecos de papel de San Nicolás y de los demonios. Y en las paradas surgía un sinnúmero de figuritas de gentecilla caminante hacia lo que en el futuro sería el belén. Las solía mirar durante mucho tiempo lleno de emoción. En las partes más altas de los escaparates había castillos con torres y murallas, con almenas y casitas minúsculas. Aquello tenía que ser el orgulloso Jerusalén. Lo fabricaban los pobres de las montañas Orlické y de Pfíbram. Todo era barato, valía pocas coronas; pero aun así inaccesible para un niño que apretaba en la mano unas moneditas y a veces ni eso.

Pero no tenéis que compadecerle. Era feliz.

Con indiferencia, pasaba de largo ante las tiendas llenas de juguetes de madera y de hojalata y volvía una y otra vez a las figurillas de belén que olían a cola y pintura barata. Totalmente hechizado, contemplaba sus posturas fijas, preparadas para ver el ángel o la estrella. Iba corriendo al mercado varias veces cada semana, durante casi un mes, hasta las fiestas, siempre que tenía un rato libre. Cuando más me gustaba era a última hora de la tarde; entonces solía haber más compradores y los vendedores no tenían tiempo para apartar a aquel que solamente miraba, que no parecía querer comprar nada y que no hacía más que molestar delante de las paradas.

Siempre emocionado y siempre esperando nuevos milagros, erraba por el mercado, hasta que me paraba delante del teatro de títeres de Hubicka. De él estaban hablando no sólo Géza Vcelicka, sino también la señora Maryna Alsová. Y allá, al final, gastaba mis moneditas, sin pensarlo y sin preocupación. Cuando se acababa el espectáculo, que por desgracia no era demasiado largo, me quedaba todavía un ratito detrás del teatro y escuchaba a través de la fina tela los ruidosos diálogos y el castañeteo de los brazos y las piernas del conjunto teatral de Hubicka.

El pintor Mikulás Ales, que también venía al teatro con sus niños, dejaba caer, con magnanimidad y generosidad, una gran moneda de plata sobre la fuente de hojalata que vigilaba atentamente a la entrada la señora Hubicková.

Imaginaos una ocasional tempestad de nieve y viento que sopla con fuerza, como si se quisiera llevar a la gente y las telas de las tiendecitas. Cuando las lonas de los techos cedían bajo el peso de la nieve, los vendedores la echaban sobre las cabezas de los transeúntes. Pero no parecía molestarles. ¡Y qué! Caminábamos en la nieve, la gente sonreía, las fiestas más bonitas del año empezaban dentro de pocos días. ¿Habéis visto alguna vez un montón de naranjas cubiertas de nieve?

Debajo de las torres de la catedral de Tyn, más o menos en el lugar sobre el que se enseña uno de los guerreros husitas del monumento, se hallaban siempre las paradas con mercancía de papel. Allá podríais encontrar rollos de papel de seda y de crespón de todos los colores, pantallas para lámparas, reproducciones de santos para enmarcar, postales y papel de cartas.

Yo no buscaba ninguna de estas cosas; a mí me interesaban las hojas recortables con figuritas de belén en color. Estaban mal impresas, los colores a veces se salían fuera de las formas, pero yo no veía nada de esto. La fea palabra Krippen en la cabecera indicaba de dónde provenían. Pero eran baratísimas, valían muy poco. También tenían hojas más pequeñas, con figuritas impresas sobre cartulina con ricos colores y su superficie brillante permitía no solamente un resplandor deslumbrante de los hábitos de los reyes, sino hasta que la pobreza y la sencillez de los trajes de los pastores pareciese más espectacular. A estas figuras no había que pegarles nada detrás. Bastaba con separarlas, encolar abajo un trocito fino de madera y pincharlas dentro del musgo blando. Aquellas hojas que me podía permitir comprar por poco dinero, se tenían que pegar primero sobre un papel duro, y sólo entonces, se podían recortar con mucho cuidado. Era demasiado trabajo, pero se hacía a gusto.

Montar un bonito belén era el deseo de muchos niños, aunque, según recuerdo, no les inspiraba un sentimiento religioso; aquellos belenes eran más bien testigos de un idilio y un anhelo románticos. Era el tiempo de los juegos, y de las fiestas que se acercaban. Yo me olvidaba del tema central de la leyenda navideña, del establo con Jesucristo acabado de nacer, y prestaba mucha más atención al castillo pagano, y al palacio del rey Herodes y a los palacios de Jerusalén. ¡Qué bonita y qué misteriosa era aquella ciudad medieval, o quizás posterior, que se veía sobre el establo del belén! Ningún color fue nunca tan jubiloso, ninguna almena tan dentada ni ningún palacio tan dorado y vistoso. Muchas ventanas se podían recortar, pegar en ellas papel transparente rojo y detrás de él encender una vela. Yo, con paciencia, recortaba una ovejita tras otra y, con ellas, los dos pastores que dormían en el suelo entre el rebaño. Porque un gran rebaño de ovejas es una parte importante dentro de la belleza de un belén. Lo más difícil era recortar el largo palo del pastor que se alzaba por encima de su amplio sombrero. ¡Cuántos había estropeado! A veces se me iba la mano con las tijeras, otras veces el palo se encorvaba tanto que ya no parecía un palo. Hasta que alguien me aconsejó que pusiera a los pastores en la mano un trocito de madera largo y fino. Esto me salió bien y, al final, la caja estaba llena de figuras pobres y primitivas, pero sagradas y hechizadas.

Todavía hoy veo el grandioso elefante con un baldaquín rojo y con flecos y borlas dorados, el camello con un tapiz de colores entre las jorobas y, también, el esbelto caballo blanco, con la cabeza levantada y un precioso gorro rojo. Las tres majestades se pararon cerca del establo del belén. El elefante era conducido por un negrito con turbante blanco, el camello por un árabe con una lanza y el caballo por un muchacho con un fez turco y un sable encorvado en la cintura, mientras que sus reales amos estaban humildemente arrodillados en el musgo, delante del pesebre. Sólo el rey negro estaba un poco perplejo, algo más atrás, para que no se cumpliesen las palabras de una antigua canción navideña.

El placer más grande consistía en agrupar el rico rebaño de ovejas, con el perro que corría alrededor, sobre una roca de papel. Algunos pastores estaban durmiendo, otros daban de beber a las ovejas. En el fondo del belén había un cielo azul con estrellas doradas; éstas también se podían comprar bajo las torres del Tyn, en la plaza Staroméstské, en pequeñas hojas de papel, y separarlas fácilmente una de otra. Por último, hubo que poner la estrella de Navidad sobre un alambre para que temblara cuando la tocaran y pareciera viva. El belén estaba listo. Sólo faltaba una cosa: espolvorearlo todo con nieve artificial, sin tener en cuenta que los pastores iban descalzos y que de las palmeras colgaban unos enormes racimos de dátiles y que había otras llenas de flores de rojo vivo.

Karel Capek decía que la gente quiere los belenes porque les hacen ver el mundo más humano e idílico. Pero yo los adoraba porque estaban inseparablemente unidos a la época de fiestas hermosas, cuando todo estaba perfumado y la gente era distinta. Mi padre, mi madre y todos los demás. Parecían más felices, sonreían y eran más amables. Toda la casa respiraba bienestar. Yo deseaba que aquel tiempo tan feliz transcurriera muy despacito. No quiero jactarme de ello, pero nosotros éramos pobres de verdad. Sin embargo, lo que pudo hacer mi madre con lo poco que poseíamos parecía un milagro. Nos sentíamos sumergidos sin interrupción en un permanente bienestar festivo.

Y cada rincón de la calle, incluso el más vulgar, parecía vestido de fiesta en aquella época navideña. Todo era distinto, más gracioso, más hermoso.

Eso pasa cuando se tiene el espíritu festivo en el corazón y no solamente escrito con letras rojas en el calendario.

3. EL RAMO DE VIOLETAS ARTIFICIALES

Ahora ya soy un hombre mayor y las piernas no me responden. Pero hasta hace muy poco subía al monte de Petfín. Incluso en el invierno. Pasaba por todo el jardín y no me olvidaba ni de los tranquilos y poco frecuentados caminos que hay sobre el gimnasio de la Mala Strana. En la curva de uno de ellos conocía un sitio que, en la primavera, estaba azul de tantas violetas. Pero se había de saltar sobre unas grandes piedras que rodean el camino y protegen la tierra en la pendiente. Desde el camino mismo no se veían las violetas, pero los transeúntes podían oler su suave aroma.

Hace tiempo me reprochaba un crítico el que recurriera muchas veces en mis versos a los abanicos. El reproche estaba fundado. Pero se olvidaba de las violetas; en mis poemas, también las hay de sobra. Que me perdonen. Los abanicos y las violetas fueron muy importantes para mí desde pequeño y los amaba.

Cuando yo era un niño, el perfume de las violetas estaba de moda. Hasta mi madre, que no era una coqueta, guardaba en el fondo del armario un frasquito barato con este perfume. Sus dos ricas y elegantes hermanas parecían flotar sobre este aroma. Entonces, la moda no era tan voluble como lo es hoy en día, no cambiaba con tanta frecuencia y tanta rapidez. De las pocas clases de perfumes que había casi todas eran de flores y la fragancia de las violetas era la más popular. Era el olor del estilo modernista que reinaba entonces. Desde la profundidad de los años, todavía me llega hoy aquel perfume.

Delante de las ventanas del jardín Rajská estaba la pista del Club Deportivo Cechie. Así lo anunciaba un gran letrero sobre el cercado. Hace mucho tiempo que aquel lugar está ocupado por casas de vivienda, rodeadas por mi tristeza. Ignoro lo que pasaba en aquella pista en verano. Probablemente se jugaba al tenis. Pero en el invierno había allí una vasta y despejada pista de hielo. Estaba en la frontera misma de los barrios Zizkov y Vinohrady. A veces, yo saltaba sobre la valla y miraba con placer cómo la muchedumbre gritaba de alegría, siempre cambiante pero al mismo tiempo sin dejar de ser la misma; sin sentido, pero con gozo, circulaba por la pista, entrelazaba sus caminos y, durante unos momentos, escribía en la superficie helada su alegría y su despreocupación. El panorama me gustaba, pero nunca sentí ganas de mezclarme con aquel ruidoso pelotón de gente.

Aquello me sucedió de pronto. En la entrada de la pista de hielo advertí a la chica de la casa vecina, que yo miraba desde hacía tiempo y seguía por la calle. La chica vivía un piso más abajo y yo pasaba bastantes ratos esperando que apareciera su lazo rojo en el balcón. Cuando la veía, sonreía; nada más.

Desapareció en el tumulto cubierto de nieve detrás de la puerta de la pista. Yo la busqué desde la cerca y al fin vi cómo dibujaba elegantes curvas sobre el hielo con sus patines. Me decidí rápidamente. Se lo pedí a mi madre; y ella, con complacencia, fue a comprarme unos patines en la ferretería más cercana. Eran baratos y corrientes. A ella le parecía que para aprender bastaban. Incluso estaban un poco oxidados, pero yo los pulí con papel de lija y los engrasé con petróleo. Hasta mucho más tarde no pude permitirme el lujo de unos nuevos, niquelados, con una elegante curva en la punta. Los llamábamos patines «con narices». Pero los de entonces también eran ajustables. Los puse en la correa que saqué de la cartera de los libros escolares, me los colgué del hombro y me dirigí directamente a la pista de hielo. Pero no a Cechie, claro está, porque allá iban todos los amigos de la escuela. No es que me diera vergüenza patinar delante de ellos, pero temía encontrarme con la chica de la casa vecina. Nunca había patinado. ¡Qué lamentable le parecería!

A las cuestas heladas sí que me atrevía a ir desde hacía tiempo; incluso iba a menudo, aunque siempre buscaba las cortas y no demasiado pendientes. En el terreno montañoso de Zizkov había algunas que realmente daban vértigo. Las calles estaban situadas sobre unas duras cuestas y a veces ocurría que los chicos, al llegar, estaban a punto de ser atropellados por un tranvía, cuyas vías cruzaban la pendiente helada. Los guardias municipales llamaban a veces a los porteros y les obligaban a esparcir cenizas sobre las cuestas heladas. Pero los chicos no tardaban en limpiarlas con las gorras o preparaban en seguida otro sitio para deslizarse por él. En el jardín de lo que hoy es Savarin había un restaurante al aire libre. Alrededor del agradable espacio, en medio de las casas, crecían unos castaños. En el invierno aquello se convertía en una pista de hielo, aunque no tan frecuentada como la otra. Era bastante más pequeña. Seguramente no estaría allí ninguno de mis amigos; por eso la elegí.

Mi entrada en el hielo no fue precisamente gloriosa. En cuanto me ponía sobre los patines, me caía. Lo intentaba de cualquier manera. Incluso cuando me apoyaba en la cerca, se me deslizaban los pies y acababa otra vez en el suelo. Después de un par de horas de hacer miserables intentos, aprendí a dar unos cuantos pasitos que, naturalmente, acababan en una aparatosa caída. Si no hubiera tenido delante de mis ojos un rostro de chica enmarcado de cabello castaño y con un lazo rojo, me habría echado los malditos patines al hombro y hubiera vuelto a casa, muy desilusionado. Pero los ojos de la chica no dejaron de animar mi voluble y débil voluntad.

Desde el margen de la pista de hielo, una señora agradable y guapa observaba mis ineficaces esfuerzos. Evidentemente, era una madre; su hijo, más o menos de mi edad, corría sobre el hielo. Tampoco era un experto todavía, pero se sostenía bien sobre los patines y, vacilando un poco, circulaba por la pista. Cuando se acercó a su madre, la hermosa señora buscó en su profundo manguito, decorado con un gran ramo de violetas artificiales, y le puso al chico un bombón en la boca. Seguramente estaba muy satisfecha de lo bien que patinaba.

Yo, tímidamente, me tambaleaba al pasar por su lado con regularidad. Cada vez que llegaba hasta ella, medía el hielo, y llegaba tumbado hasta sus pies. Realmente la cosa ya resultaba bastante vergonzosa. Cuando aquello ocurrió tal vez por quinta vez, probablemente le di pena. Me ayudó a ponerme en pie. Luego entró en la pista, me sujetó con mano firme por debajo de la axila y me condujo por el hielo. Me daba un poco de vergüenza, pero era tan amable y hablaba conmigo de una manera tan agradable, que me dejé guiar con mucho gusto por su afable brazo. Algunas veces, mis pies resbalaron de nuevo, pero me tenía asido con fuerza, así que, cuando caía, me desplomaba con la cara sobre el enorme ramo de violetas de su manguito. Esta pieza imprescindible de la vestimenta femenina de invierno se llamaba por aquella época «estufilla». Al cabo de una media hora me dejó que probara yo solo. Me miraba de cerca. Me caía ya mucho menos y, al final, logré dar toda la vuelta a la pista. Me pareció un milagro. Es verdad que iba con unas precauciones exageradas y muy despacio, pero, sea como fuera, conseguí hacer todo el círculo y, de una manera u otra, logré estar de pie sobre el hielo. Cuando llegué hasta el manguito con violetas, dos sedosos dedos femeninos me pusieron un bombón en la boca. Y luego recibí unos cuantos más. Con el último bombón me puso suavemente sobre la boca su cálida, dulce palma de la mano. Aquello era el adiós. Se iba con su hijo y yo, apenado, los miraba.

Al día siguiente volví a aquella pista de hielo. Ya no encontré el manguito con violetas, es verdad, pero aprendí a patinar un poco más y, el día después, me atreví a ir a Cechie. Pero a causa de la palma de la mano y del ramo de violetas empecé a olvidar el lazo rojo en el pelo; hasta que lo olvidé del todo.

4. LO QUE DIJO EL ARPONERO NED LAND

Aquel edificio nuevo, recién inaugurado, del instituto de Zizkov, en la calle Libusin, estaba casi en la frontera de Zizkov y Vinohrady. Hoy en día estos barrios se han unido, pero hubo épocas en que la frontera era bien clara. La calle hace mucho ya que se llama calle de Kubelík y aquel instituto de estudios clásicos está clausurado. Y he de decir que realmente es una lástima.

Yo no era un buen estudiante, pero recuerdo con lágrimas en los ojos los años pasados en aquel instituto. Le estoy agradecido por muchas cosas.

El edificio del instituto, uno de estos grises bloques de pisos, no muy notable por fuera, era de un nuevo resplandeciente. Las ventanas, para aquella época enormemente grandes, llenaban las aulas y los pasillos de luz y de un agradable ambiente. Lo que más me llamó la atención fue el bonito linóleo, seguramente de buena calidad. Era rojo, de un rojo un poco más oscuro que la rosa centifolia, y llenaba el ambiente de un olor extraño, pero agradable. ¡Qué lástima!, pensé. Tendrá que soportar la invasión de las botas escolares, casi siempre claveteadas con pequeñas herraduras.

Pero el linóleo aguantó, y yo no. No acabé mis estudios en aquellas hermosas aulas llenas de sol y de hexámetros latinos. En los primeros años fui uno de los mejores alumnos, pero después ya no. Lo que más me gustaba era el latín y tenía notas excelentes en religión.

En el segundo curso, durante la clase de religión, el cura me miró, y como nos hablaba de usted, me dijo:

– Venga a verme mañana a la sala de profesores.

Me hizo monaguillo. Un pequeño y buen monaguillo. La capilla del instituto se hallaba en el gimnasio. Aquello, al principio, se me hacía insoportable, pero luego me acostumbré. El domingo, durante la misa, olía a la piel fresca de los instrumentos del gimnasio y el lunes, durante la clase de gimnasia, la sala estaba perfumada de incienso. Sobre todo cerca del techo, cuando nos ejercitábamos en las barras verticales.

¡Qué suave es el aroma del incienso!

Fui un monaguillo entusiasta, a pesar de que sólo podía ayudar a misa los días laborables, y estábamos solos, el cura y yo, en el gimnasio vacío. Los domingos se cuidaban de ello los alumnos mayores, que parecían más dignos y que, ya durante los estudios, proclamaban que después continuarían en el seminario. Luego no fue allí ni uno solo de ellos.

El órgano, que estaba en el fondo del gimnasio, solía tocarlo el bajito, un poco gordo pero simpático profesor Otakar Zich. ¿Quién no le conocía? Para mi sorpresa, en nuestro instituto daba clases de matemáticas.

Por la mañana, temprano, como una hora antes de las clases, llamábamos al portero del instituto para preparar en la sacristía la casulla, cuyos colores nos indicaba el portero para toda la semana, y encendíamos unas pequeñas velas en el altar que, durante los días ordinarios, estaba cercado con una persiana metálica.

Las oraciones del principio las recitábamos dos, pero, tan pronto como el cura llegaba al altar, uno de los chicos se apartaba de los escalones del altar y corría a toda prisa a casa del profesor de religión en busca del desayuno. Nos turnábamos. Vivía cerca, al lado del misterioso cementerio judío donde terminaba el barrio de Yikov. Al volver, la misa se había acabado, el profesor ya estaba cambiado y esperaba su café. En el invierno, llevábamos la cafetera envuelta en un chal de lana para que el café no se enfriara.

En la primavera y en el verano, aquellos viajes eran agradables. Corríamos alrededor del cementerio y pasábamos por el campo de deportes del instituto, donde solíamos jugar al fútbol. ¡El fútbol! ¡Qué juego! Teníamos una sola pelota para todas las clases y nos peleábamos por ella. El cementerio estaba cerrado durante casi todo el año, y las raras veces que su puerta se abría, el sepulturero nos echaba fuera. Y no sólo porque teníamos otra religión. Este cementerio se convirtió en un lugar donde dormían los gatos y en el que sonaba, sobre las ramas de los árboles, un canto polifónico. Más de una vez vi, allí, en el otoño, un pico manchado. Y por primera y última vez en mi vida, pude observar en aquel sitio un búho en pleno vuelo; agitando el aire, voló sin ruido junto a mi cabeza.

El compañero que se sentaba conmigo en el mismo pupitre vivía en un antiguo bloque de viviendas al otro lado del cementerio. Una vez se vanaglorió de que sabía llegar al otro lado del muro del cementerio y me prometió que me lo enseñaría. Por el otro lado, según él, se podía bajar tan fácilmente como por una escalera. Al parecer, se podía pisar en un ladrillo que sobresalía del muro y apoyarse en el poste de la electricidad.

Una tarde, cuando oscurecía, cumplió su promesa. Y ocurrió algo sorprendente. Subimos fácilmente al muro, pero casi nos caímos del susto. Al menos yo. Detrás del muro, apoyada sobre un sepulcro por el cual queríamos bajar, se estaba besando con pasión una pareja de enamorados que seguramente habrían entrado allí de la misma manera que nosotros. Me sentí como si chocara con la frente en el cristal de un escaparate que no había visto. Los enamorados también estaban asustados; la chica nos miraba con los ojos desmesuradamente abiertos de asombro. Saltamos al suelo rápidamente y el corazón me latía tanto que apenas podía respirar.

Nunca olvidaré aquel instante. Por primera vez había visto un abrazo amoroso y por primera vez miré al amor directamente a los ojos. Aunque antes ya me importunaban diversas visiones, esta inesperada escena amorosa me dejó atónito por su realismo. Llevaba conmigo a la vida una imagen fija de la pasión humana que, aunque tierna y púdica, era aplastante por su veracidad. Esperé con impaciencia la confesión colectiva escolar que debía tener lugar durante las próximas fiestas de Semana Santa, para deshacerme de toda clase de pensamientos pecaminosos que empezaban a perseguirme. Cuando me arrodillé al fin en la iglesia, arrojé mi pecado, con un cierto alivio, a la reja del confesionario; un pecado del que no era responsable: había visto cosas inmorales.

Eso pasa cuando uno se mira vanidosamente en el espejo de la Confesión.

En principio, estaba convencido de que había purgado toda la culpa caída sobre mí cuando subí al maldito muro. Pero la imagen de un excitado rostro de muchacha y el detalle de la piel femenina se me aparecían en la mente a todas horas. Sobre todo por la mañana, cuando corría con la cafetera del señor cura al lado de la puerta del cementerio. En vano me defendía y apartaba los ojos de los sepulcros llenos de signos extraños. No podía dejar de ver delante de mí los excitados ojos de la chica. La confesión no hizo su efecto.

Con este acontecimiento me empezó a deprimir el estereotipo de mi vida, sobre todo de mis servicios a Dios y al señor cura. Entonces la palabra estereotipo no tenía aún su significado amplio, y más básico, que le fue adjudicado más tarde. Pero me sirve para describir la sensación que se apoderó de mí.

La astucia y la maña demostradas por el cura cada día a través del misterio del servicio divino, a pesar de que en las clases de religión teníamos que hablar de él con palabras grandilocuentes y majestuosas, no me gustaban. Yo conocía ya con exactitud cada gesto y cada paso suyo, hasta el último detalle. El ofertorio me espantaba. Todo era frío, poco convincente y profesional: arrodillado delante del altar, me di cuenta de que aquel a quien estaba contestando no creía en lo que decía. Me golpeaba obedientemente el pecho, pero mi alma de monaguillo se rebelaba contra la hipocresía que advertía a mi lado. Así pues, mi fervor fue desapareciendo, poco a poco y casi sin darme cuenta. No había nadie que pudiera evitarlo.

En momentos así, que más bien eran tristes, me gustaba recordar lo bueno que era cuando, por diciembre, a primera hora de la mañana, caminaba con mi madre por las calles heladas del barrio hacia la iglesia de San Procopio. Llevaba a mi madre sujeta por la axila y me arrimaba a ella. Delante de la gente me habría dado vergüenza esa manifestación de cariño y amor infantil, pero las calles estaban vacías. ¡Cuánta belleza hubo en aquellos momentos fugaces! Los árboles de Navidad en las esquinas, atados con alambres, olían bien y delante de nosotros brillaban vagamente las vidrieras de la iglesia. Mi madre solía arrodillarse en el banco y yo encendía una vela; la desenvolvía de su papel amarillo o rojo y cantaba al mismo tiempo a pleno pulmón. Me fascinaba cantar los salmos de entrada de la misa, llenos de santidad y de maléfica belleza. Los primeros versos se cantaban tres veces, cada vez en un tono más alto. Esto me encantaba, era conmovedor, aunque no entendía cómo desde el cielo pudo llover el justo y cómo el Salvador brotó de la tierra. Todo aquello era muy sincero y ameno, incluido el beso que solía dar a mi madre cuando me iba a la escuela.

Tampoco puedo olvidar la Semana Santa, que yo acostumbraba a pasar con los padres de mi madre en la ciudad de Kralupy. Estaba allí cuando, el jueves santo, el cura encendía los aceites; el viernes santo cantaba en el coro de la iglesia local; me arrodillaba ante el sepulcro de Jesús y, luego, acompañado del estruendo de las campanas y del acariciador y suave repique de las campanillas de la misa, salía con la procesión a la misa de la resurrección. Las campanas invadían literalmente las calles y el párroco, el señor Zamba, vestido de oro y color crema, caminaba despacio, con gravedad, a través de la mísera plaza de Kralupy. Sin embargo, el cielo ya era azul y la ciudad, llena de humo, estaba cercada por las alondras y las amas de casa habían pulido las ventanas, que brillaban como soles. Qué triste me ponía al acabar aquella belleza cuando la procesión doblaba la esquina, al lado del taller del hojalatero, y por el estrecho camino volvía a la iglesia, cantando siempre.

En fin. Otra vez en el instituto de Praga. Cuando ante el altar recito el confíteor, declamándolo devotamente, sólo que un poco más despacio, el cura que está al lado se vuelve hacia mí:

– ¡A ver si se va a dormir aquí!

No, aquí había algo que no funcionaba. De mi corazón, que temblaba debajo de la camisa medio abierta, en la que faltaba un botón porque a mi madre no le daba tiempo cosérmelos todos, empezó a marcharse lentamente la ingenua devoción infantil. Y junto con ella, la fe de un niño. Lo que se ofreció a cambio fueron la duda y el asombro. Estaba desilusionado. Hasta que me sucedió lo siguiente: Una hermosa mañana de primavera, en la casa donde vivía el cura, me quedé mirando por la ventana abierta que daba al patio. Contemplaba un gato que torturaba refinadamente a un gorrión. Era un espectáculo desagradable, pero yo tenía curiosidad y me sentía impotente. El patio estaba cerrado. Algo excitado, observé el astuto y cruel juego del gato. Llegué con el café un poco más tarde. Cuando puse la cafetera sobre el armario oblongo donde poníamos las casullas, el café estaba tibio.

– Mañana ya se puede quedar en casa -dijo el cura silbando.

Me asusté. Tenía miedo del profesor de religión, que nunca se mostraba demasiado amable con los estudiantes y que, al mismo tiempo, era el consejero íntimo del director de la escuela. También me sentí ofendido. ¿Cómo me hace esto, después de mis fieles y sinceros servicios de muchos meses? Eso sí que era ingratitud. Pero más tarde se apoderó de mí una sensación, casi alegre, de alivio. Ya no tendría que llevar la cafetera, no estaría obligado a levantarme tan temprano cada mañana. Y en el mismo momento, volvió a mis ojos la escena amorosa que había visto al lado de la pared del cementerio no hacía mucho. Me resultó agradable recordar a la joven abrazada por el muchacho. ¡Qué cosas! Pero ya no rechazaba el recuerdo; al contrario. Mandé a paseo el espejo confesonario. ¡Por qué iba a tener miedo del cura!

En cambio, me entregué por completo a nuestro nuevo profesor de lengua. Se llamaba Kasík, y era un hombre joven, simpático, elegante y, según nos enteramos, no creyente; y odiaba al profesor de religión. Varias veces oímos sus conversaciones indignadas con el cura detrás de la puerta de la sala de profesores. Por la mañana, en su primera clase de lengua, cuando todos estaban obligados a rezar el Ave María en alta voz, él se ponía junto a la ventana.

Y decía como de paso: ¡Empezad!, y miraba la fachada de la casa de enfrente. Es verdad que una vez me puso en ridículo, pero eso no hizo disminuir mi cariño por él. Estábamos escribiendo una redacción en la que aparecía el nombre de Jesucristo. Cometí en él un error de ortografía. Se quedó parado delante de mí y comentó en voz alta, con una mueca:

– ¡Qué vergüenza, no sabe ni cómo se llama su Dios!

Cayó durante las primeras semanas de la Primera Gue rra Mundial.

Por aquella época, yo ya estaba familiarizado con la tripulación del célebre Nautilus. Una vez fui testigo de una violenta conversación entre el capitán Nemo y el arponero Ned Land. El valiente arponero reprochaba al capitán que, injustamente, no les dejara salir de a bordo. El capitán le replicaba que en el barco estaban libres y que participaban en un viaje único para ver las maravillas submarinas. Ned Land le contestaba con estas famosas palabras:

– Donde hay obligación no hay alegría, señor capitán.

Sí; cerré el libro de texto de catecismo y, por dos coronas, me compré una minuciosa edición del Mayo de Macha, que había editado Lorenz de Tfebíc.

Desde aquella historia, me había parado muchas veces al lado de la verja de hierro del cementerio judío, en la frontera entre dos barrios, Zizkov y Vinohrady. Y meditando y recordando, miraba la oscura piedra arenisca de los sepulcros. Tal vez los que pasaban de largo pensaban que estaba observando las incomprensibles inscripciones de los sepulcros. Pero yo pensaba en lo mío, que me resultaba perfectamente comprensible.

¡Hay olores más dulces en el mundo que el olor del incienso achicharrado!

5. Thank you, so blue

Solía pasar por la noche, cuando en el río Moldava se resquebrajaban los hielos. Durante varios días, aparecían charcos en el río helado. Entonces ya estaba prohibida la entrada al hielo. Luego llegaban unas aguas turbias y, bajo su presión, el hielo empezaba a romperse. Al día siguiente, ya flotaban los témpanos que llegaban de aguas arriba del Moldava, del Sázava y del Berounka y chocaban con estruendo en los pilares de los puentes y se trituraban en el hierro del espolón de los rompehielos, delante del puente de Carlos. Desde que se acabaron las construcciones conductoras del río, el Moldava ya no se congela en Praga. La gente de hoy ya no conocerá seguramente el placer de poder despreciar los puentes y atravesar de una orilla a la otra sobre el hielo, o de correr a lo largo del río y sólo a veces hacerse a un lado para no chocar con los abrigados pescadores que miraban en silencio, y generalmente en vano, sus cañas, al lado de los agujeros tajados en el hielo.

Cierta primavera, una repentina e inesperada riada soltó los hielos del río Berounka antes que los de otros ríos, y cerca del pueblo de Modfany se creó una enorme barrera de hielo que amenazaba con una inundación. Tuvieron que acudir los soldados y partir a tiros los témpanos de hielo amontonados. Las detonaciones se sentían hasta en Praga y los puentes estaban repletos de gente.

Yo también miraba desde un puente, lleno de curiosidad, la desierta pista de hielo donde precisamente aquel invierno iba a patinar casi a diario. A veces incluso con una encantadora muchacha, que llevaba un gracioso peinado pero ya un poco pasado de moda. Dos moñitos de color avellana sobre las orejitas. Se entregó a mí y a mi dudoso arte de patinar y cogidos de la mano circulábamos por la espaciosa pista. Estaba limitada por la nieve barrida, y en las esquinas había unos frescos árboles de Navidad, adornados con cintas de papel coloreado.

Sobre el largo banco en que nos atábamos los patines o nos calzábamos los zapatos con patines había también un viejo tocadiscos, con una enorme trompeta azul celeste. Al lado estaba una barraca, en la que cobraban una entrada mínima y preparaban el té.

Todo esto lo habían quitado hacía unos días y sólo cuatro abetos abandonados surgían de la blanda nieve.

Al cabo de un momento, después de las detonaciones, llegaron las primeras olas y, con un tremendo estampido, se rompió la placa de hielo sobre la superficie. Fue un espectáculo fascinante. Los abetos cayeron a la corriente y los témpanos de hielo, que jugaban flotando, a veces los sujetaban y los ponían de pie con sus cantos, llevándoselos luego a toda prisa. Pero también se llevaban todo lo demás. Incluso la alegría de los momentos fugaces en que sentía muy adentro la proximidad de una chica bonita y el placer de circular por el hielo con ella, cruzando los pies por delante con elegancia; al menos, eso me parecía a mí. El patinaje artístico estaba entonces comenzando a conocerse. La turbia corriente que nadie había llamado se llevaba consigo también la encantadora melodía y el texto de un hermoso tango inglés: Thank you, so blue. Todo esto se me escapaba a lo irremisible. Y como todo había sido tan hermoso, yo lo acompañaba con una mirada nostálgica. Con el hielo flotante se me escapaba también la jovencita, y en el preciso momento en que ya estaba a punto de enamorarme de ella. Después de una larga vacilación, me reveló su nombre. Confesó que vivía en el barrio de Hradcany, pero no me dijo dónde. Manifestó de paso que estudiaba en un instituto, pero no me dijo en cuál. Me permitió acompañarla hasta el barrio de Klárov. Allí subió a un tranvía, me sonrió dulcemente y no la vi hasta al cabo de unos días, cuando la descubrí, feliz, entre la muchedumbre de gente que patinaba en el hielo. Tenía miedo de su estricta madre, que la cuidaba como oro en paño y que seguramente le habría prohibido patinar, y le asustó mi idea irreflexiva de esperarla delante de su casa. Yo estaba seguro de que lo conseguiría. Creía que no necesitaba más que un poco de paciencia; y la tenía. Seguramente habría logrado deshacer aquellos moñitos pasados de moda sobre sus orejitas y corregir un poco las consecuencias de la educación de la madre. Pero el hielo no resistió tanto tiempo y la primavera ya estaba al alcance de la mano. Es verdad que lo de patinar no era mi fuerte, pero en cambio sabía hablar bien. Y por eso no dudaba que lograría convencer a la chica. Como ya he revelado, la primavera se me anticipó.

La muchacha se marchó flotando con las aguas primaverales. ¡Lástima! Así que sólo me quedaron los recuerdos de cómo me arrodillaba a sus pies y le abrochaba torpemente las botas altas, lamentando que las botas de patinar no fueran más altas todavía.

Tuve la suerte de, puesto de rodillas, entrever bajo su falda plisada, allí donde acababa la media, un pequeño círculo de su desnudez que involuntariamente dejaba descubierta la orla de la media, un poco arrugada. Aquél era el único premio por mis servicios y por las bellas palabras que susurraba entre aquellos dos moñitos.

Cuando al atardecer ya había llevado la chica al banco, se me aparecía en la oscuridad el círculo luminoso que en el cielo del cuerpo de la muchacha me hacía pensar en la luna creciente.

¡Creciente de la luna!

No hacía mucho que había leído una novela de Verne sobre un viaje a la Luna. ¿Pero qué podía saber entonces sobre un audaz viaje por los espacios cósmicos hacia el cráter lunar?

Aquello no era más que un tímido anhelo estudiantil. La mujer era para mí un misterio aún más grande que la luna en el cielo. Acompañaba con la mirada el hielo flotante en las olas sucias, y en aquel preciso instante empezaba la primavera en las calles de Praga. Thank you, so blue!

6 . El nacimiento del poeta

Tengo una nieta pequeña y la quiero mucho, como es natural. Le gusta pintar. En principio, le bastaba con un bolígrafo común. Pero cuando su madre descubrió esta afición suya, no tardó en comprarle tizas y lápices de color. ¡Muchos! Estos utensilios, afilados de cualquier manera, los lleva en una caja de zapatos y yo, a veces, bastante inútilmente, trato de afilárselos. No es posible: hay demasiados.

– Abuelito, dibújame una princesa.

De mala gana busco un lápiz amarillo y pinto antes que nada una corona de oro. Una especie de dientes dentro de una elipse que hace pensar en la boca de un tiburón. Pero mi nieta me quita el lápiz en seguida:

– ¡Así no! Primero tienes que pintar la cabeza y luego la corona.

Mueve los dedos menudos sobre el papel y al cabo de un momento nos mira una princesa un poco atónita, con un vestido de color rosa lleno de puntillas multicolores.

– Píntame ahora un elefante.

Pinto torpemente una masa de carne monstruosa sobre cuatro columnas, adornada por delante con una especie de manguera de bomberos y, por detrás, con una colita de cerdo graciosamente ondulada. Pero esta vez la niña tampoco queda contenta y, al cabo de un momento, tenemos sobre el papel un elefante inimitable, lleno de una graciosa ingenuidad. Le alabo el dibujo y, en el fondo, me siento avergonzado. Tantos años de ir diligentemente a las clases de dibujo y al parecer no había aprendido nada.

Alguien de la familia ha expresado su preocupación: ¡por Dios, que no se le ocurra ser pintora! Eso sí que sería una desgracia. Pero no creo que esto ocurra. Su afición de hoy probablemente se cambiará pronto por otra diferente. Yo, de niño, también llené muchas hojas de papel con mis dibujos. Y cuando una vez mis padres me regalaron una pequeña paleta metálica con un pincel, experimenté una alegría tan grande que todavía guardo un vivo recuerdo de ella. Y la noche en que dormí con la paleta debajo de la almohada fue la noche más hermosa de mi infancia. No recuerdo un regalo mejor. ¡A veces, uno no necesita mucho para ser feliz! Y, al mismo tiempo, no son muchos los momentos felices de la vida.

Durante largas horas me quedaba sentado ante una hoja de papel, dibujando y pintando. Luego me olvidé de esta pasión. Por mucho tiempo.

Íbamos entonces a la primera clase del instituto en el edificio nuevo en la calle de Libuse en Zizkov. Cuando yo entré por primera vez en la sala de dibujo, se me cortó la respiración. Olía a nuevo. Era una luz fabulosa. Estaba provista de modernas mesas de dibujo, con tableros móviles y plegables. Me hizo pensar en un estudio de un pintor que ya conocía entonces. Estaba hechizado y en seguida me volvió el deseo de pintar. Así que decidí ser pintor otra vez.

Mi primer profesor de dibujo fue un pariente del pintor Kremlicka; y luego tuve a R. Marek. Era ágil, de estatura más bien baja, por la cual, y también por su cara, me recordaba al escritor francés André Maurois. Era una persona excelente, no sin encanto personal; un dibujante de primera, tan familiarizado con nuestra pintura como con la universal. Solía contarnos cosas muy interesantes. Escribía reseñas sobre las artes plásticas en las Hojas nacionales y dibujaba a la señora Kamila Neumannová en las portadas de sus libros.

Así que me metí otra vez, inútilmente, en el arte plástico e intenté dibujar. El profesor Marek tenía un lema para animarnos. Solía decir que cualquier tonto puede aprender a dibujar. Entonces yo me consolaba a mí mismo pensando que lo lograría también, porque, sobre todo, no me consideraba tonto. ¡Eso sí que no! Sólo cuando hubiese aprendido a dibujar tendría ganada la batalla. Con los colores sería más fácil. Sí, pintaría.

De todas maneras, no llegué a ser pintor. Porque ocurrió lo siguiente: en la cuarta o en la quinta clase, más o menos, nos sugirió el profesor Marek que trajéramos de casa los modelos con los que montaríamos en la clase el bodegón propio. Mis compañeros de clase traían manzanas, naranjas, limones, floreros con rosas, diversas cajitas y candeleros.

Yo también traje conmigo objetos para hacer una naturaleza muerta muy proletaria, que armonizara con el barrio obrero de ZiZkov: una botella de cerveza, un vaso, una rebanada de pan y una salchicha envuelta en un papel grasiento.

Monté el bodegón sobre la mesa de dibujo y esperé, con los demás, a que el profesor diera su visto bueno.

Cuando se me acercó, me miró y soltó con violencia:

– Por Dios, Seifert, quite esa salchicha. ¡No permitiré por nada del mundo que la pinte!

No tardé más que un par de segundos en comprender su preocupación. Y me quedé estupefacto.

Y en aquel momento memorable decidí que sería mejor escribir versos.

7. Mirando por la ventana del café Slávie

Ya ni me acuerdo de qué razón nos hacía a veces abandonar el afable y acogedor Café Nacional y cambiar su atmósfera llena de humo por el humo igual y el mal olor del antiguo Slávie de los actores, situado en la esquina, frente al Teatro Nacional. Nos sentábamos al lado de la ventana que daba al muelle y sorbíamos el ajenjo. Era una pequeña coquetería con París; nada más.

Un día vino a vernos allí la señora Wolkrová, y en homenaje a su Jifí nos invitó a aquel veneno verde. No quisimos estropearle su triste alegría. Pero la verdad es que Wolker no venía con nosotros a Slávie ni bebía ajenjo.

Junto al río, bajo los árboles, a lo largo de la barandilla de hierro, había un paseo. Era muy frecuentado al anochecer, pero sobre todo el domingo antes del mediodía. En cierta época paseaban por allí los actores del Teatro Nacional. Nosotros ya sólo vimos allí al anciano señor Króssing con su recto y terriblemente alto sombrero de copa. Nadie, en todo Praga, llevaba un sombrero tan extraño.

Aunque durante el invierno el paseo se despejaba notablemente, los hermanos Capek paseaban por allí incluso cuando nevaba. Los dos llevaban el mismo sombrero duro, la misma bufanda de colores llamativos, guantes amarillos y un bastón de caña. Llamaban la atención, pero seguramente era su propósito. Paseaban sin decir una palabra. Algunas veces les acompañaba un hombrecito inquieto, con gafitas de alambre y viva gesticulación. Se detenía a cada momento y parecía atacar a los dos hermanos. Éste era el estilo de su apasionada conversación. Se trataba del pintor Václav Spála. Los hermanos también tenían que detener sus pasos mudos. A veces se unía a ellos el pintor Jan Zrzavy, y otras veces el serio y regordete arquitecto Hofman, con las manos en la espalda. Aparte del alto y elegante Rudolf Kremlicka, teníamos allí a todo el grupo de los Obstinados. A veces veíamos incluso a Marvánek, pero para nosotros él estaba en la periferia del mundo de los pintores.

Sólo Teige conocía personalmente a los Obstinados. Desde hacía unos años escribía reseñas sobre artes plásticas en Tiempo y Tribuna y conocía a los pintores gracias a las inauguraciones de las exposiciones. Los demás éramos demasiado jóvenes y poco conocidos todavía, y no nos permitíamos ni pensar en presentarnos a aquellos personajes.

Por su arte y por el mundo que reflejaba en sus pinturas, nos parecía más próximo Jan Zrzavy. De los dos hermanos Capek, preferíamos a Josef. Estábamos convencidos de que si Karel era más grande como prosista, Josef era más importante como artista y poeta. Y, naturalmente, como pintor.

Más tarde nos hicimos buenos amigos de todos, aunque en principio hacíamos valer en alta voz el derecho a una actitud crítica de la nueva generación entrante con respecto a la generación más antigua. Pero los acontecimientos políticos y el peligro del fascismo nos acercaron y, en los años anteriores a la segunda guerra, entre las peticiones y los llamamientos, nuestros nombres estaban amistosamente unidos.

Luego vinieron los malos tiempos. A Karel Capek se le derrumbó su mundo. Karel era más frágil y sutil que Josef. Le sugerían en vano que viajase a Inglaterra. Seguramente tenían razón cuando le aseguraban que ayudaría más a la causa checoslovaca en Londres que en Praga. Rechazó la emigración y tal vez abandonó la lucha por su vida. Murió poco antes de la ocupación. Luego, la Gestapo se llevó a su hermano.

Un año después de la liberación, en el mes de mayo, entre las flores que pintaba con tanta alegría, se fue Václav Spála. Me hice muy amigo de Kremlicka y, cuando se rompió su matrimonio, pasamos juntos muchas horas paseando por el monte de Letná. Murió joven, a los treinta y dos años.

Después de la guerra me encontré con Jan Zrzavy en la exposición postuma de Spála. Caminamos de un cuadro a otro y Zrzavy no ocultó su emoción.

– Mira, amigo -se dirigió a mí de repente-, la verdad es que Spála es el mejor de nosotros. ¡Y tan checo!

También yo soy ahora un hombre de edad y no me gusta el invierno. Ni me agrada la nieve. Cuando cae muy espesa, cuando la ventana se oscurece con las familiares tinieblas blancas, prefiero imaginarme en medio de la nieve los claros colores de los ramos de flores de Spála. ¡Qué hermosura! Y en seguida me siento mejor. Y espero con más ilusiónala primavera.

Spála no era ni un artista indescifrable ni una persona complicada. Era tan comprensible como lo son sus cuadros. Con su amena simplicidad, que no era fingida, más de una vez causó sorpresas.

Durante los años del Protectorado [de Bohemia y Moravia, durante la Segunda Guerra Mundial.], le hice una visita y encontré al artista en su estudio, entre cinco lienzos recién pintados, todavía frescos. Eran cinco ramos de flores casi iguales. Y el modelo estaba todavía en un florero, sobre una caja, medio marchito. Sin ningún oculto pensamiento, el pintor me explicó:

– El ramo me costó treinta coronas en el Uhelny trh. Así que le tenía que sacar provecho.

Al escritor Josef Kopta le gustaba muy en especial un poema de Dyk y solía recitar una estrofa sobre la genciana:

Florece genciana azul: a lo largo de la cuesta desnuda te murmurará la fuente una dulce mentira. Cualquiera que sea tu dolor, seguramente sonreirás.

Estoy convencido de que los dos últimos versos nos los podemos decir ante los ramos de flores felices y optimistas de Spála.

8. La llave en un montón de nieve

Nunca se me había ocurrido que podría tratar literariamente aquella historia extraña y casi increíble. Pero estoy obligado a hacerlo. Mi mujer me aconsejaba que sería preferible que me la callara hasta con mis mejores amigos. Sólo se la he confiado a unos pocos íntimos. Y éstos, seguramente sin mala fe, la iban contando por ahí y, al cabo de algún tiempo, la historia volvía a mí tan cambiada y deformada, a veces en forma de chisme o de anécdota, que he decidido escribir lo que sucedió en realidad.

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial vivimos durante poco tiempo en el Castillo de Praga. No os asustéis, no se trataba de nada oficial ni majestuoso. Estuvimos en la parte este del área del Castillo, entre la Torre Negra y la Ca llejuela Dorada. Vivíamos en una casita pequeña de un solo piso, paredaña con el palacio del burgrave. Ambas casas, con dos casitas más, pertenecían a la Junta Directiva del país, en la que trabajaba mi mujer. El edificio estaba detrás del pórtico, y los empleados que vivían en el territorio del Castillo no estaban demasiado orgullosos de ello. Cuatro pasos más atrás de nuestra casita estaba la Daliborka, conocida torre, con una cárcel histórica, que formaba parte de las murallas del Castillo. Desde las ventanas veíamos la lúgubre Torre Negra, al pie de la cual había otra casita, un poco más vistosa y con una terraza. Todavía está allí. Y luego, en la entrada del patio había una tercera casita, también de un solo piso; ahora hay en su lugar una espaciosa entrada a la Casa de los Niños. De esta forma cambió el nombre de la casa de los antiguos burgraves, y allí donde en su época fue juzgada tanta gente checa tienen hoy lugar los juegos de los niños. No creo que este cambio sea de lo más feliz. Pero aquí no vamos a tratar de esto.

Nuestra casita de una planta era bastante espaciosa. Se entraba a ella por unos pocos escalones situados debajo de un peral. Entre las pequeñas ventanas, sobre una pared como de pueblo, había tres blasones de los señores burgraves, entre ellos los de Jaroslav Bofita de Martinice y Vilém Slavata, aquellos señores que afortunadamente cayeron sobre el estiércol en el foso del Castillo. Después de aquel acontecimiento, como es sabido, empezó una larga guerra [La Guerra de los Treinta Años.]. Los grandes y ricos blasones daban importancia a nuestra casita y los turistas y visitantes de la Daliborka miraban a través de nuestras ventanas. En el extenso terreno de la casita había unas enormes tinajas de agua, instaladas en prevención de los incendios. Aquel terreno estaba a nivel un poco más alto que la Callejuela Dorada, así que los peatones nos podían pegar patadas en el techo. Pero no tenían por qué hacerlo.

Hoy, en el antiguo emplazamiento de nuestra casita, hay un espacio empedrado, unos bancos y unas enormes macetas decorativas. La casita fue derribada cuando restauraban la parte este del Castillo y los blasones fueron trasladados a los muros del edificio de los burgraves. A veces voy allí a llorar silenciosamente. Es verdad que la casita no era muy indicada para vivir en ella, pero era hermosa.

Yo no era el único escritor que había vivido en aquel lugar. Un poco más arriba, en la Callejuela Dorada, había residido Franz Kafka durante algún tiempo. Luego descubrió su habitación olvidada Storch-Marien. Y nuestro vecino más próximo de arriba era Jif i Maránek, que habitaba dos piezas minúsculas. Ahora, atravesando esta casa de varios pisos, hay una entrada directa a Daliborka.

También tuvo aquí su vivienda durante cierto tiempo el mismo emperador romano y rey checo Carlos IV, también escritor.

Cuando volvió de Francia al trono de su padre, encontró el Castillo en un estado tan lamentable que decidió arreglarlo y restaurarlo; y mientras tanto hizo su residencia en la casa de los burgraves. Y fue precisamente en esa casa donde el emperador pasó aquella noche singular y donde ocurrió la historia que cuenta en su autobiografía. La historia es bien conocida, pero me parece oportuno recordarla en esta ocasión.

No se trata de un cuento inventado. Como es sabido, el emperador era una persona profundamente creyente. Por eso no era capaz de mentir. Además hay un testigo, y es un testigo muy digno de fe; el señor Buselc de Velhartice.

En una fea noche de invierno estos dos señores regresaron a Praga desde Kfivoklát y, cansados del viaje, se dispusieron a reposar en la sala -o sea, al lado mismo de nuestra casa-, en sus lechos de pieles. Helaba, y en la sala chisporroteaba el fuego y creaba un ambiente acogedor. También es bien sabido que tanto el emperador Carlos como el señor Busek bebían vino de buen grado. Lo sabemos incluso por el famoso romance de Jan Neruda. Tan cansados estaban los señores, que se durmieron rápidamente.

Pero su descanso no duró mucho. De repente los despertó el ruido de unos pasos en la sala. El emperador pidió al señor Busek, que descansaba al lado, que fuera a ver quién andaba paseando por la sala. Sin embargo, Busek no vio a nadie. Entonces, encendió unas cuantas velas y las colocó sobre la mesa; bebió un sorbo de vino de un cáliz y puso unos trozos de madera en la chimenea. Luego, se disponían a dormir de nuevo cuando, a la luz de las velas y del fuego, vieron cómo caía uno de los cálices sobre la mesa sin ser tocado por nadie. Y en el mismo instante advirtieron cómo el cáliz, lanzado con gran fuerza, volaba por encima del lecho del señor Busek hacia el otro rincón de la sala y desde allí iba rodando otra vez a la parte delantera de la estancia. Y no había nadie extraño en ninguna parte. Solamente se oyeron los pasos de un desconocido e invisible visitante, que se alejaban con estruendo. Como esta vez tampoco vieron a nadie, se persignaron y se durmieron de nuevo. Y descansaron sin interrupción hasta la mañana siguiente. Pero, cuando se despertaron, encontraron en medio de la sala el cáliz caído.

Hoy, cuando hasta mi querido amigo Jiri Maránek ha fallecido, puedo revelar que incluso en su piso en la Calle juela Dorada, donde a veces paseábamos, ocurrían escenas similares. Pero todas eran fácilmente explicables: no se caía ningún cáliz ni volaba a un rincón sin que la mano que lo envió fuese bien notable. De todas maneras, a Maránek, aunque muy amigo de diversiones, no le gustaban escenas de este estilo. Tenía unos hermosos muebles antiguos, herencia de su madre. No, en su casa no había nada de misterioso ni de enigmático. Al contrario. Su ama de llaves le cuidaba mejor que el señor Busek.

Desde la ventana de nuestra tercera habitación se divisaba un panorama espléndido. Muy cerca se adivinaba el techo redondo y el oscuro muro de la Daliborka, que en su mayor parte estaba cubierta por la espesa selva de árboles y matorrales salvajes del Foso de los Ciervos. Encima de las cimas de estos árboles verdecía el techo del Palacete de la Reina Ana. Era una vista amorosa, plácida y tranquila. Y en mayo, cuando abríamos la única ventana de aquella salita, ésta se llenaba de rosas salvajes que crecían en libertad y florecían directamente delante de la ventana. Aquello era inolvidable.

Sin embargo, vivir en aquella casa no fue demasiado agradable. En el invierno, no lográbamos que la estufa se encendiese bien. Las entradas de aire por las chimeneas no son muy convenientes para las estufas modernas. La casa era un barómetro desagradable. Antes de empezar a llover, o de una tormenta, las paredes -más de dos metros de grosor- estaban ya humedecidas. Las sábanas también se ponían húmedas y, cuando helaba, se llenaban de escarcha. En el suelo nos crecieron hongos… Pero en verano, se vivía allí muy a gusto. Como si estuviera hecho expresamente para mi inclinación romántica.

Por las demás ventanas sólo se veía la pared de un pequeño patio y los techos del palacio Lobkovicky; pero delante de ellas teníamos un viejo y frondoso castaño y, en la acera empedrada, se advertía el lugar en donde había estado el tajo de ejecución, del cual había caído rodando la cabeza del caballero Dalibor.

¿Podría haber algo más hermoso? Ante aquel tajo se habían arrodillado muchos pobres y muchos canallas a lo largo de los siglos.

La casita que estaba al lado mismo del portal del patio parecía un poco más pequeña y oscura que la nuestra, pero era seca y tenía, delante de las ventanas, un jardincillo donde apenas resistían unas rositas; pero, en cambio, florecían allí, generosamente, unas margaritas de tallos muy largos. En la casa vivían tres mujeres solitarias. Una abuelita ya bastante anciana con su hija viuda, la señora T., a quien la Junta Directiva Territorial le encargó las visitas de la Dali borka; y la nieta, una muchacha joven y elegante, empleada en la Junta como mi mujer. La madre y la señora mayor se turnaban en acompañar a los visitantes de la Daliborka a la torre y el calabozo, en cuyas negras paredes, seguramente mil veces malditas, sólo se veían unos dibujos hechos con la sangre de los prisioneros. Iban allí muchos visitantes, sobre todo los domingos, y nos pisoteaban el jardín que estaba bajo las ventanas. Aparte de la hierba y de unos tristes narcisos, teníamos allí un rosal único, de color amarillo. En verano solía trepar por alrededor del blasón, hasta el lugar en que encontraba el sol y donde creaba una flor bellísima.

Yo tenía muchos problemas con la llave de la enorme puerta de madera de la calle Jifská. Una llave gigantesca. Pesaba casi un kilo. Era tan voluminosa que la llevaba en la cartera, pero a disgusto. Algunas veces, cuando me detenía demasiado tiempo en la ciudad, me daba cuenta de que no tenía la llave. Es verdad que al lado del portal había una campana que servía de timbre, pero ninguna de las tres mujeres durmientes tenía la obligación de venirme a abrir, especialmente cuando era muy tarde. Y además el timbre era muy anticuado. Se tiraba de una manga con alambre y delante de la ventana donde dormía la abuela se oía el fuerte tintineo de una campana de hojalata.

Siempre temía este momento. Y siempre era la abuela quien me venía a abrir. Tenía el sueño más frágil que las otras dos. Aunque de día nos entendíamos bastante bien, no puedo decir que de noche me recibiera con una cortesía social. Me reprochaba el hecho de no llevar la llave, me decía que tomaba copas hasta muy tarde y cosas por el estilo. No digo que no tuviera razón. Era ya muy viejecita y tenía derecho a un poco de mal humor, sobre todo en el invierno, cuando había que caminar con los pies metidos en la nieve. Eso sí: al día siguiente, yo la saludaba respetuosamente; pero la abuela fruncía el ceño.

Como esto volvió a pasar varias veces, a mi mujer se le ocurrió una buena idea. Las mujeres suelen tener ideas bastante a menudo, pero los hombres no somos lo suficientemente agradecidos. Si por la noche no llegaba antes de cerrar el portal y la llave monstruosa estaba colgada a la entrada de nuestra casa, mi mujer iba a poner la llave debajo de la ancha puerta, allí donde el margen no llegaba hasta el suelo. Desde la calle la llave no se veía, pero sólo bastaba con pasar la mano para cogerla. ¡Ya estaba tranquilo!

Los resultados fueron excelentes hasta cierta noche de invierno. Al atardecer comenzaron a volar por el cielo unos ligeros copitos de nieve que no me preocuparon en absoluto. Pero antes de medianoche estalló una fuerte tormenta de nieve. Y como la calle Jirská desciende hacia la puerta de la Torre Negra y por la noche esa puerta está cerrada y sólo permanece abierta una puertecilla lateral donde en otro tiempo había estado la guardia, el viento barría la nieve de la calle y de los tejados hacia nuestra pared y nuestra puerta. Cuando volví a casa a medianoche encontré un montón de nieve de un metro de altura; y detrás de él, debajo de la puerta, estaba la maldita llave.

En principio intenté remover la nieve con las manos, pero fue imposible. La nieve estaba seca y se volvía a caer en el lugar de donde la sacaba. Tampoco logré apartar la nieve con la cartera. Era demasiado blanda. Y la torre de la catedral dio la medianoche. El címbalo del reloj sonó en el silencio colmado de nieve como cuando en España, durante la fiesta de Pascua, caminan los monjes cubiertos de capas negras. Con rigidez y mal agüero. Y cuando pasaron varios minutos, pisé dentro del montón y, aguantando la respiración, tiré del cordón de la campana. La campana sonó de una manera monstruosa. Siguieron unos momentos de perplejidad. Yo no respiraba. Al cabo de dos o tres minutos, toqué la campana de nuevo. Esta vez, al cabo de un instante más bien largo, la puerta dio un crujido y en el cerrojo helado se oyó el estruendo de la llave.

– Qué vergüenza, señor redactor -me acogió la abuela-. Estaba profundamente dormida y me ha costado despertarme.

Y en seguida volaron detrás de mí unas cuantas frases desagradables, pero yo me apresuré sobre la superficie cubierta de nieve hacia nuestro portal para no oír sus palabras. La anciana señora no se tranquilizó ni en su casa, donde desapareció en seguida. Esta vez le pedí perdón en vano. Estuvo inflexible. No le importaban mis palabras. Ni me escuchaba.

Mi mujer dormía. En el sueño, no oyó la campana. Para disipar sus reproches y disculpar de alguna manera mi tardanza, empecé a quejarme con vehemencia de lo mucho que se enfadó conmigo la abuela, que había estado tan colérica como descortés.

Mi mujer me escuchó unos instantes con los ojos desorbitados. Luego acercó una silla para poder sentarse y rompió en sollozos desconsolados:

– ¡Por Dios, qué estás diciendo! ¡Si la abuela está muerta desde ayer, tendida sobre una tabla, en la antesala! Mira, hay velas encendidas allí.

Así era. A través de la ventanilla de encima de la puerta se entreveía una luz amarilla intermitente. Y reinaba un silencio sepulcral.

¿Qué podía hacer? Me desnudé y me fui a dormir. Con el sueño entrante, pensé: por algo me extrañó que en un día de entre semana llevara una chaqueta de fiesta, con lentejuelas negras en las mangas y el cuello. Sólo se la ponía los domingos, cuando corría a misa a la catedral de San Vito. ¡Y por eso tenía los ojos tan hundidos! ¡Y en vez de una linterna llevaba una vela encendida!

9. La batalla de Lipany de Marold por fin destruida

Una noche de febrero de 1929 hubo en Praga una fuerte nevisca. En la ciudad cayó mucha nieve pesada y húmeda. Las ramas de los árboles se rompían y, bajo el peso, se derrumbó también el tejado del pabellón artístico de los ingenieros y arquitectos del área de exposiciones de entonces, donde durante años había estado instalada la pintura panorámica de la batalla de Lipany. La obra monumental en forma de círculo fue gravemente dañada por el tejado derrumbado y por la nieve.

¡Pero tengo que empezar por otra parte!

Karel Teige, mi principal y gran amigo, fue una persona abnegada y buena. Como compañero fue amable, pero como artista no dejó de ser estricto y ortodoxo y supo aplicar su voluntad de una manera autoritaria. En el grupo Devétsil decidíamos las cosas democráticamente, pero lo que establecíamos solía ser lo que quería Teige. Seguía su idea con obstinación y perseverancia, no perdonaba nada a nadie. El difunto pintor y poeta Karel Vanék dijo una vez, de paso, viendo en una revista un dibujo de Marold, de París, que este artista no sólo sabía dibujar sino que también sentía los colores.

El resultado fue pésimo. Teige se rió de él cruelmente. Aquello pasó en un círculo de gente y Vanék se puso rojo de vergüenza, pero no replicó nada.

También me acuerdo de Jifí Voskovec. Aquel hombre, guapo y joven, representó el papel de Risa -seguramente sólo por el sueldo- en la película sentimental El cuento de mayo, y por esto tuvo que dejar Devétsil. Así de estricto era el grupo. Pero yo no tuve la impresión de que Voskovec se sintiera demasiado infeliz por aquel hecho.

Cuando el pintor soviético Malevich pintó por fin su legendario círculo negro en un cuadrado y proclamó que aquel cuadro representaba el fin de la pintura y de todo el arte, expresó exactamente lo que afirmaba Teige y lo que nuestro amigo de entonces, Ilya Ehrenburg, resumió en una sola y explícita frase: «El arte nuevo dejará de ser arte.»

Adorábamos la sonrisa de Chaplin, su bigote, su bastón y sus enormes zapatos, pero considerábamos un empeño inútil todo el esfuerzo de los pintores, por famosos que fuesen. Al menos fue así en cierta época, antes de que Nezval y Teige aceptaran el surrealismo de Bretón, que se aclimató rápidamente en Praga.

Cuando Teige y yo estuvimos en París, pasábamos diariamente de largo, con un gesto de desdén, por la puerta del Louvre. ¡Sería perder el tiempo! Logré entrar allí a escondidas una vez que Teige estaba invitado en casa del arquitecto Perret.

No obstante, cuando Marinetti sugirió al gobierno italiano que vendiera todos los cuadros famosos de sus galerías a los americanos ricos y que, con el dinero, comprara pinturas futuristas, Teige no se unió a su llamamiento. Entendía el arte demasiado bien para aceptar esta demagogia. Durante varios años escribió reseñas sobre arte en un diario de Praga. Y lo hacía muy bien. Sin embargo, su interés estaba absorbido completamente por el arte más moderno, que, según afirmaba, nacía en las pistas de los circos, en las pantallas del cine, y no en los estudios de los pintores. Nacía también en todos aquellos lugares donde aparecía algo nuevo. ¡A lo mejor por la calle, en la luz de los anuncios de neón! Porque ¿hay algo más hermoso que una avenida llena del fulgor de las palabras ardientes y las imágenes eléctricas bajo los tejados? Naturalmente, bajo los tejados parisinos. Praga era entonces demasiado pobre para estas sensaciones ópticas. Así que estuvimos buscando el nuevo arte moderno en los bares nocturnos, con pistas de baile y los primeros sonidos de los conjuntos de jazz, en los cafés y en los teatros de revista. En el Folies Bergéres abría los ojos desorbitadamente cuando, desde la oscuridad, surgían varias decenas de hermosos cuerpos femeninos desnudos que comenzaban a bailar.

Es decir, que yo también estaba totalmente cautivado por el nuevo arte moderno, que dejó de ser arte.

Y en medio de todo esto me llegó la noticia de que La batalla de Lipany de Marold en el parque de Stromovka había sido destruida. Supe esta acción de la nieve que causó la aniquilación de una pintura por un periódico de entonces, que la comentaba con una charlatanería llena de entusiasmo. Prefiero no nombrar el diario. El artículo estaba escrito con torpeza, más bien con un palo que con una pluma. Y más bien era eso una piedra lanzada sobre un escaparate burgués que un artículo serio sobre arte.

En primer lugar, eché las cuentas con el señor Marold. Ya no le dolía, hacía tiempo que había muerto. Su nombre estaba ya medio olvidado. Poca gente conocía entonces a un pintor de París que, con sus dibujos en color y su sabor mundano, había captado al público parisino. Sus cuadros dejaron de interesar cuando cambió la moda y ésta, como es sabido, se muda con frecuencia. En sus dibujos expresó el encanto de las damas de su época, sus puntillas, sus sombreros y sus abanicos, y supo captar sugestivamente el ambiente erótico de los tocadores. Sabía dibujar con maestría, aunque en la época cubista expresábamos nuestro desprecio por esa clase de arte.

A este pintor que casi se convirtió en parisino le fue encargada la composición de La batalla de Lipany y la parte mayor de la pintura monumental. En el artículo que escribí después de la calamidad de la nieve, me preguntaba yo cómo había tenido valor (él, pintor de las damas parisinas y del bajo mundo) para decidirse a pintar una enorme tela sobre aquella trágica batalla nacional.

Después de esta introducción, criticaba también, con osadía, a los demás pintores y coautores. El pintor Vacátko, hoy ya casi olvidado -el tema de todas sus pinturas eran caballos-, pintaba los caballos debajo de los guerreros. Jansa era el autor de un paisaje no demasiado expresivo de Lipany. Ya he olvidado lo que hizo en la tela Hilser, «el colorista del estilo decorativo». Rasek ayudó a pintar y, finalmente, Stopfer construyó un terreno real delante de la pintura que tenía que causar la impresión de fundirse con la superficie vertical de la obra. Así que en una tierra real, deshecha por las ruedas, estaban esparcidas armas de verdad.

En el artículo todos recibieron su ración de mi menosprecio. Pero yo tenía ya veintiocho años y podía haber tenido un poco más de sentido común.

El destrozo de la famosa pintura no fue lo único que hizo alborotarse a mi pluma periodística, joven y poco experimentada. La catástrofe alarmó especialmente a la prensa burguesa y patriótica. El diario del partido agrario no dijo ni una palabra cuando se tuvo que derribar la base de la Ga lería Nacional porque ocupaba el espacio indicado para el restaurante del parlamento. Pero después de la catástrofe de la nieve se dirigió al pueblo con lamentos terribles. Esta fue otra de las razones de mi indignación.

¡La obra más importante del arte checo está en peligro!, clamaban sus títulos por todo el espacio de la primera página, alentando a una colecta nacional para la restauración de la pintura dañada. Las elegías eran interminables y la curiosa gente de Praga caminaba a miles por encima de los montones de nieve mojada del parque para ver la obra. Y una tal señorita L. Maskova fue la primera que, de su escaso sueldo de oficinista, entregó el primer billete de diez coronas. Los periodistas recogían las contribuciones de las profundidades de la demagogia patriótica, aprovechándolo todo astutamente para sus partidos políticos.

En fin: entonces, la pintura se salvó. Y no hace mucho tiempo que fui a ver con mi nieta el panorama de La batalla de Lipany. Cuando subimos por los escalones de madera a la plataforma y vimos la superficie artificialmente iluminada, recordé mi joven y necia indignación. De ello hacía ya más de medio siglo. Recordándolo, me eché a reír en silencio.

– ¿De qué te ríes? -me preguntó la niña, un poco sorprendida.

Le acaricié la mejilla y contesté suavemente:

– De nada.

Como si esto fuera una respuesta.

10. «Basta de Wolker»

Nos sentamos a la larga mesa de la casa de los Wolker, en la plaza de Prostéjov. Delante de mí sentaron a una muchacha jovencita a quien la señora Wolkrova, la madre de Jifí Wolker, había vestido de riguroso luto; estaba toda envuelta en crespón negro y puntillas negras. Antes, mientras caminaba detrás del féretro, al lado del hermano de Jifí, su cara estaba cubierta con un espeso velo; hasta que nos sentamos a la mesa no pudimos ver los ojos llorosos del último amor de Wolker.

Sólo habían pasado unos instantes desde el entierro de Wolker. Cuando dejaron de oírse las alocuciones fúnebres, Marie Majerova echó una ramita fresca de laurel sobre el féretro que estaban bajando a la fosa. Helados y mudos, nos pusimos en camino de vuelta. Se acercaba rápidamente la noche de invierno. Los campos y las llanuras moravas estaban cubiertos de nieve.

Habíamos vuelto de la tumba y delante de nosotros se abría toda una larga vida. En la puerta del cementerio quisimos despedirnos y tomar en seguida el tren nocturno.

Pero la señora Wolkrová no nos dejó, invitándonos a su casa, de donde hacía una hora había salido la comitiva.

Wolker no fue el primer hombre de la literatura checa cuyo destino había sido trágico. Cien años atrás moría el joven poeta Macha y, después de él, Bohdan Jelínek. Casi cada generación tiene un muerto que ha dejado su obra apenas comenzada. Luego fue Karel Hlavácek y, después Jifí Wolker, a quien acabábamos de dejar en el cementerio de Prostéjov. Jifí Orten no tenía entonces más de cinco años. La naturaleza que les había ofrecido tan poco tiempo de vida les dio, en cambio, una doble fuerza creadora. En el corto plazo de su existencia dijeron más de lo que otros dicen en muchos años. Tal vez sólo me lo parece a mí, no lo sé, pero deseémoselo. Casi todos ellos fueron mucho más amados después de su muerte. Pero a Wolker, sus lectores le amaban ya cuando aún vivía.

Ya no recuerdo con exactitud cuántos éramos en casa de los Wolker. Quizás doce o quince.

Al lado de la muchacha cubierta de lágrimas estaba sentado el poeta Konstantin Biebl, un joven de ojos dulces, amable y bello como un efebo; junto con Pisa, era el amigo más íntimo de Wolker y se dirigía galantemente a la joven novia vestida de negro.

No era ningún secreto que muchas de las mujeres jóvenes que, durante aquellos años, estuvieron cerca de nosotros, miraban con arrobo el rostro juvenil de Biebl. Ni tampoco era un secreto que Biebl acogía de buen grado aquellas miradas y las devolvía.

Es probable que Jirí Wolker hubiese encontrado a aquella muchachita en las clases de baile de Prostéjov, pero al parecer no se conocieron íntimamente hasta el gran baile de la facultad, en enero de 1923; es decir, un año antes de su muerte. Aquel amor queda testimoniado en el poema A la chica feliz, que compuso dos meses después.

Antes de cenar, el señor Wolker nos hizo pasar, a Hora y a mí, a su despacho y trajo el libro de contabilidad, uno de aquellos libros que se veían sobre las mesas y mostradores de los bancos y las cajas de ahorro. Era alargado y estaba encuadernado en tela verdosa con rayas oscuras. En la cubierta habían escrito, con letra muy cuidada: «La enfermedad de Jifi.» El señor Wolker era director de la caja de ahorros de Prostéjov. Abrió el libro, lo puso ante nosotros y nos fue explicando las sumas anotadas que había tenido que emplear en la enfermedad de su hijo, en los médicos, en el sanatorio de Tatranská Polianka y, luego, en las pompas fúnebres de Prostéjov. Nos alegramos mucho cuando la señora Wolkrova nos llamó para cenar y pudimos huir del reino de las tristes cifras.

También se sentaron a la mesa unos invitados de Brno: Lev Blatny y Dalibor Chalupa. El pobre Blatny sufría de la misma enfermedad que Wolker y murió unos años más tarde. Estaban allí asimismo los profesores de Wolker, Kamenáf y Dokoupil, y unos cuantos compañeros de clase del instituto de Prostéjov.

El nombre del profesor Dokoupil suele aparecer en el contexto por el hecho de que Wolker fuera miembro del partido comunista y suele recalcarse su influencia sobre el joven poeta. Pero no fue exactamente así. En este sentido, Wolker estuvo mucho más influido por su amistad con Zdenék Kalista, con quien compartía la misma habitación en el barrio pragués de Smíchov, en la calle Na Celné, durante los años de sus estudios de derecho. La señora Wolkrova negaba esta influencia, pero no tenía razón. Fue Kalista quien llevó a aquel estudiante temperamental, pero serio, miembro de la joven generación del partido nacional demócrata, al que también pertenecía su padre, a la izquierda política y le introdujo en el ambiente de los estudiantes agrupados alrededor del profesor Zdenék Nejedly, en la casa Kaulich de la plaza de Carlos. De la misma manera influyó Kalista sobre la atmósfera juvenil del primer libro de poemas de Wolker. Faltaban varios años para que Wolker conociera al poeta Hora y a todos aquellos que se reunían con Hora, y para que comenzase a sonar en la poesía la nota revolucionaria que luego se convirtió en la suya propia.

Yo estuve presente varias veces cuando Hora aconsejaba a Wolker que dejara de emplear sus amaneradas conversaciones con Dios. Aquello iba dirigido también a mí, porque yo tampoco me había podido deshacer de la terminología bíblica y religiosa y trataba de unir el puño obrero y Lenin con las alas de los ángeles.

En medio de la cena, la señora Wolkrova, pidiendo un poco de atención, se levantó de la mesa y se puso a hablar de una manera conmovedora de su hijo; sobre su afecto, y que venía desde la infancia de Wolker y que no había ternura en los años en que Jifí se hizo adulto. El se lo confesaba todo. Le leía sus primeros intentos literarios, y más tarde le ponía al corriente de sus primeras inclinaciones amorosas y de los éxitos que obtenía con las muchachas de Prostéjov. Todo lo que tenía algo que ver con Jifí lo acompañaba con un afectuoso interés. Pero luego se quejó de que Jifí llevaba en Praga una vida bohemia y tempestuosa que originó la enfermedad que lo mató. Y en aquel instante me miró a mí.

Y aquí no puedo dejar de hacer una observación, aunque después de tantos años es bastante inútil: si hay algo que odio con todo mi corazón, es eso que llaman ser bohemio. Nunca he intentado hacer una cosa así. Y ya que la señora Molkrova, pronunciando estas palabras, fijó los ojos en mí, me gustaría, tal vez también inútilmente, añadir lo siguiente:

Wolker y yo fuimos una sola vez a un bar pobre y triste, el bar estaba en las afueras del barrio de Smíchov. Se llamaba «Finale» y Wolker escribió sobre él uno de sus poemas más flojos. Si no nos encontrábamos en casa de los Teige, donde vivió un poco más tarde, nos veíamos casi siempre en los cafés, pero estos encuentros tampoco eran demasiado frecuentes. De todas maneras, después de la muerte de Wolker, no tardamos en quedar libres de toda sospecha. El hermano de Wolker murió de la misma enfermedad y alguien me reveló que también habían muerto así el «viejecito» y la «viejecita» (como se llamaba cariñosamente a los bisabuelos en Moravia), que vivían en aquellos lugares y a los que Wolker visitaba a menudo.

Es decir, que más bien había sido una enfermedad hereditaria, que Wolker contrajo antes por su vida llena de privaciones. Tenía poco dinero y se lo gastaba en libros. Su padre era muy estricto.

Finalmente, la señora Wolkrova se dirigió también a la muchacha. Fijó los ojos en su carita y, con una voz algo más alta, le pidió que, en memoria de Jifí y de su amor, renunciara a todo lo mundano y entrara de monja en un monasterio.

En aquel momento noté que en la cara de Biebl aparecía una corta y furtiva sonrisa. De lo que pensaba la novia de negro no tengo ni idea. Dicen que hoy tiene hijos ya mayores y que ha sido feliz en su vida.

Por el camino de la estación, Kostá Biebl me reveló que, en el momento en que la señora Wolkrova mandaba a la chica al monasterio, su atrevida mano intentaba, bajo el largo mantel, estrechar la rodilla de la joven.

El mismo año en que falleció Jifí Wolker, murió en París Anatole France.

No sólo París, sino toda Francia estaba llena de él. Y Francia, cuyo nombre eligió como apellido, celebró por su gran escritor un funeral tal como él se lo merecía según los puestos oficiales: se hicieron unas honras fúnebres estatales con toda la pompa. Hubo una comitiva de brillantes sombreros de copa y uniformes militares. ¡Francia sabe hacer muy bien las cosas! Sin embargo, los surrealistas franceses imprimieron para esta ocasión unas octavillas volantes con el lema:

Ilfaut tuer le cadavre.

Y, enormemente serios, entregaban las octavillas a los sombreros de copa.

De esta manera se vengaron de France, por su postura contraria a su movimiento y, también -y esto era lo más importante-, por principios: se negaban a quitarse el sombrero y a hacer reverencias delante de la grandeza y la gloria poética oficialmente petrificadas.

Pero ¿por qué estoy contando esto?

Después de su muerte, la popularidad de Jifí Wolker fue creciendo. No sólo entre los jóvenes comunistas que recibieron el patrimonio revolucionario de sus manos de poeta; había mucha gente que se identificaba también con él. Incluso en los círculos políticamente contrarios o enemigos. Sus versos sonaban hasta en los sitios donde menos lo esperábamos. Esta popularidad se debía, no sólo a la propia poesía de Wolker, muy contemporánea por sus ideas y próxima por su feliz carácter comunicativo, sino también al final trágico y prematuro de una vida joven y prometedora. Hasta los muertos nos aseguraban en sus anuncios funerarios que con sus fallecimientos no cambiaría nada en el mundo: sólo temblarían unos pocos corazones.

El editor volvía una y otra vez a publicar nuevas ediciones de los libros de Wolker y preparaba su obra completa. Se publicaba todo. Hasta los primeros intentos poéticos estudiantiles, los primeros poemas infantiles, el diario, todo lo que se pudo encontrar.

En la serie de impresiones bibliófilas, como los Poemas en prosa, Klytia y Niños, de la época estudiantil, Petr editó también los Apuntes de la enfermedad y Cartas a la señorita K. que Wolker escribió a su último amor. El editor hizo una copia caligráfica de las cartas, el célebre Cyril Bouda dibujó el retrato del poeta, y su madre, la señora Wolkrova, escribió el prólogo. Del libro se publicó un solo ejemplar. Al cabo de algún tiempo, la señora Wolkrova pidió al editor que le prestara este ejemplar singular y retiró su prólogo de la publicación. Es verdad que antes se había enfadado mucho con el editor, pero parece ser que ésta no fue la única razón de tan importante medida.

En fin, toda la vida pública estaba sumergida en el culto de la poesía de Wolker y su coyuntura seguía durando.

Seguro que habríamos deseado esta gloria a nuestro infeliz amigo si en este culto no hubiera algo de retardatorio que nos irritaba por sí solo y que para nosotros significaba un obstáculo en una época en la que llegábamos al principio de nuestra propia obra, que, según deseábamos, lógicamente, no debía quedarse a la sombra de la poesía de Wolker.

Nos identificábamos con la corriente europea de la poesía, personificada en el nombre de Apollinaire. Pero muchos de nuestros críticos demostraban que Wolker se había alejado de Apollinaire para conectar con la tradición checa de Erben.

La poesía inveterada de Erben nos decía muy poco por aquella época; en cambio adorábamos a Apollinaire. Y con Nezval, pero sobre todo con Teige, inventábamos el poetismo, poesía de la tranquilidad vital y de los momentos felices.

Pero no fuimos sólo nosotros, los más jóvenes, sino también Hora, aquel magnus parens de la poesía de la posguerra, quien se alejó de la poesía proletaria y revolucionaria hacia las áreas del alma para llegar a ser el poeta de sus dos o tres libros más hermosos.

Así que, después de unas discusiones apasionadas, nos pusimos de acuerdo en una acción contrawolkerina e inventamos el expresivo lema de batalla «¡Basta de Wolker!». No puedo dejar de advertir que Nezval no estaba demasiado entusiasmado con la acción, pero al final ya no protestaba. Y como en aquel tiempo no teníamos ninguna revista, informamos a Cerník, el redactor de la revista Pasmo, del grupo Devétsil de Brno. En el siguiente número apareció un comentario, no muy largo ni demasiado afortunado, bajo este lema; y empezó el escándalo. Más tarde apareció, creo que en la revista Hojas del arte y la crítica, un llamamiento de varios autores para salir del Devétsil. Entre ellos estaba Vilém Závada. Según me acuerdo, el contraataque que vino después, promovido por los partidarios de Wolker, se concentró sobre Závada, incluso adjudicándole a él la autoría de aquellas dos duras palabras. Injustamente. Las inventé yo. ¡Ya hace mucho tiempo de eso!

El culto de Wolker, naturalmente, continuó. Pero ya no nos importaba, porque, por lo menos en nuestra imaginación, teníamos despejado el camino. Y la generación de vanguardia, sobre la cual habla alguna gente joven de hoy como de una leyenda, no tardó en lograr el éxito en todos los campos: en la poesía, en el arte, en la música, en la arquitectura. Especialmente en esta última. Y también en la poesía.

Y si hace falta indicar algún nombre de generación para la historia del arte, creedme: fue la generación de Teige.

Si en este momento habéis oído un silencioso suspiro, no hagáis caso. Soy yo quien ha suspirado por la belleza de aquellos tiempos pasados, cuando éramos felices y no lo sabíamos.

Ahora ya lo sabemos.

11. El ramo de flores de Macha

Desde la calle U Ladronky donde vivo en Bfevnov hasta el Jardín Rosado, en el monte Petfín, hay un camino de campo. Antes caminaba por allí con el poeta Toman, que vivía cerca, cuando su corazón enfermo se lo permitía. El camino estaba irregularmente bordeado por matas de rosas silvestres. A Toman le gustaban mucho. A finales de mayo, cuando estaban en flor, ofrecían una vista muy hermosa. También le gustaba a Toman contemplar el paisaje por encima del humo del barrio de Smíchov, hacia Zbraslav y Ládvi, donde acababa el horizonte.

Una noche de invierno, antes de las fiestas navideñas, Praga fue invadida por una tormenta de nieve. Al cabo de un instante, la tempestad pasó, pero durante unas horas siguió cayendo una espesa nieve. La gente, que dormía, no se enteró de nada. Cuando por la mañana abrieron el portal de sus casas, encontraron delante un metro de nieve.

Al lado de nuestra puerta hay como una especie de olivo. Florece a finales de la primavera y el olor de sus florecitas amarillas es uno de los perfumes más hermosos de la estación. Una vez visité al profesor Henner. En su despacho tenía un florero grande con ramas floridas de ese árbol. La fragancia era tan espesa y embriagadora que, por un momento, tuvo que abrir todas las ventanas.

El árbol suelta sus hojas secas en el invierno, así que las ramas llenas de hojas tienen que aguantar a menudo una gran cantidad de nieve. Después de aquella tormenta, una de las ramas más grandes se quebró bajo el peso de la nieve húmeda. La mitad del árbol quedó destruida y el espectáculo era deplorable.

Los coches que aquella noche estaban aparcados en la calle quedaron enterrados hasta las ventanillas y los trozos de hielo y de nieve caían de los tejados y arrastraban los canalones que luego colgaban de los tejados como trapos.

Aquella mañana, al apartar la mayor parte de nieve para poder pasar por la acera, y cuando en el triste cielo de diciembre apareció un sol frío y turbio, no pude resistir más y salí a dar un paseo invernal. El monte Petfín no está lejos. Me puse las pesadas botas de invierno que, por otra parte, despiertan ganas de caminar con su forro sedoso y abrigado, y salí a la nieve. ¿Cómo iba a perderme un espectáculo así? Caminé en silencio por el camino de Ladronka a Petfín. Las únicas huellas que vi eran las de un camión que, sin embargo, se desvió hacia Smíchov. Entonces llegué hasta la blancura virgen de la sábana de nieve que había detrás del estadio. No quería estropear aquella belleza con mis huellas, pero el anhelo de encontrar la ciudad, aún sorprendida por la sábana blanca, me empujó a pisar su blancor inmaculado.

Tenía ganas de hacer el amor con Praga; sólo con los ojos, de la misma manera que cuando miramos a una mujer, enamorados, desde el cabello hasta los pies. En aquel caso, desde el Castillo hasta el campanario de San Procopio de Zizkov, difuminado en la niebla blanca. Y un poco bárbaramente, comencé a pisar la nieve.

Algunas veces no pude resistir la tentación y me volví. No había nadie: sólo las dos profundas rayas de mis bastones enmarcaban las huellas de mis pies. Estaba completamente solo en el jardín. Era un día laborable.

Hace mucho tiempo que no he visto Praga tan cubierta de nieve. La nieve cubría todos los tejados, y el color verde de las cúpulas resaltaba vivamente sobre el blanco, y los colores suaves de las paredes sobresalían con más plasticidad entre el brillo de la nieve.

Fue un momento festivo de verdad. Alguna vez, y quizás precisamente en estos sitios, había escuchado por la noche todas las campanas. Parecía que su estruendo, con el repique de las campanillas pequeñas, intentaba levantar el peso de la ciudad de su hoyo de siempre.

Esta vez el momento fue extremadamente festivo. Quizás las campanas repicaban también. Pero los badajos que tocaban en ellas estaban hechos de tiernos copos de algodón. Fue sublime, embriagador y excitante.

Llegué cojeando a través de la nieve hasta el monumento a Macha. Estaba cubierto de nieve. Con sorpresa fijé los ojos en el ramo de flores que, como sabéis, contempla el poeta. Aquel día el ramo estaba hecho de rosas blancas y la estatua estaba cubierta con un velo blanco.

Un ramo irreal para una boda que no se llevó a cabo. Sí, seguramente uno parecido tenía que haber llevado Macha a su novia Lori a la iglesia de San Esteban. Pero, con el día de la boda ya fijado, se llevaban al poeta a su tumba en el cementerio de Litoméfice.

Muchas veces han negado y rechazado esta imagen del poeta, tal como la creó el escultor Myslbek para este monumento.

Max Brod afirmó en cierta ocasión que el río Moldava fluye en si mayor -porque Smetana lo quiso así-. Entonces, ¿por qué no tendríamos que aceptar el hermoso rostro del poeta en su monumento de Petan? Myslbek lo quería así.

Un hombre joven y hermoso, en la entrada de este singular parque de Praga, da la bienvenida a todos aquellos que llegan con amor en el corazón. Petfín pertenece a Macha y a los enamorados. ¡Para siempre!

Cuando en abril y en mayo la primavera barre las flores polícromas de los jardines y cuando el viento extiende el perfume de jazmín hasta lo que fue antaño el convento de las ursulinas de la avenida Národni, los enamorados están esperando que la noche cubra el cielo con sus viejas cortinas de oscuridad y estrellas, y comienzan a buscar un banco para sentarse, acurrucados muy cerca el uno del otro. ¿Y quién no les desearía aquel feliz momento de soledad?

No todos los bancos son igualmente cómodos. Algunos están situados en la pendiente y sentarse en ellos resulta bastante molesto. Y casi todos están a merced de los ojos curiosos de los que pasan de largo. En cambio, dicen que aquí canta el ruiseñor para acompañar los besos. Lo escribió Neruda. Pero yo no lo he oído nunca.

¡Los bancos de Petfín! Me gustaría acariciarlos con mimo. Estuve sentado en ellos muchas veces. Y tenía la sensación de estar escondido entre las rosas y de que nadie veía mi felicidad. En ellos susurré mis primeros versos.

Hoy todo ha cambiado. El amor ya no es tan tímido ni tan temeroso. Ahora se resiste menos, no se tiene paciencia. Nos tenemos que conformar con eso. No quiero que alguien piense que entono odas a los tiempos pasados, pero he de decir de todas maneras que, en mi tiempo, lo que hay de bello en el amor era todavía un poco más hermoso.

Pero no lo puedo asegurar y no pondría la mano sobre el fuego.

Hoy todo está silencioso y vacío. No se oye ni un pájaro. Ni tampoco hay parejas de enamorados. ¡Ahora! De repente ha caído ante mis pies un poco de nieve y en seguida se ha oído un piar leve y tímido. También he encontrado a una pareja. Caminaban muy juntos, sin decirse nada, arropados en el velo de su respiración. Al cabo de un momento desaparecieron en el vasto silencio blanco.

En la atmósfera vaporosa del café en la plaza Malostranské, donde el humo de los cigarrillos y el olor de los abrigos húmedos se mezcla con el perfume de café, los vi otra vez. Seguramente eran los mismos de Petfín. Los reconocí muy bien. Llegaron muertos de frío y se calentaban las manos con el aliento. El frío se les metía debajo de las uñas.

¿Acaso es posible abrazarse con guantes?

12. ESCALOPAS A LA VIENESA

En el comienzo de los años veinte, cuando ya me había despedido para siempre de la idea de que, como estudiante externo, llegaría a acabar el bachillerato -por cierto que todavía me acosa la pesadilla de que aún me espera el horrible examen-, S. K. Neumann me preguntó, con un tono amistoso en el que no dejé de notar un poco de severidad, cómo imaginaba mi futura existencia. Esta pregunta me sorprendió un poco, viniendo de Neumann, pero no tanto como para desconcertarme.

Escribiré poesía.

Neumann sonrió, me echó un brazo sobre los hombros y nos fuimos a tomar una cerveza. Al cabo de una semana, me encontró un empleo en una editorial comunista de Praga. Era un puesto de redactor; lo estaban buscando. No había mucho trabajo, ni tampoco era difícil. Tenía que preparar los manuscritos para la imprenta y conseguir o corregir yo mismo las pruebas de galeradas de los libros y otras publicaciones en preparación. El sueldo no era demasiado alto, pero esto pasaba en todas las empresas comunistas de la época. Sin embargo, no sabía qué hacer con mi primera paga. Nunca había tenido tanto dinero en las manos. Los de casa se pusieron muy contentos.

La editorial y librería comunista estaba situada en la calle Na Perstyné, en un antiguo almacén. En aquel edificio, cuyo patio daba a la calle Ulhelny, estaba el popular cine América, especializado en películas de aventuras. Frantisek Tichy pintaba unos grandes carteles de color para ellos; los colocaban al lado de la entrada. La editorial consistía en una única sala larga, con ventanas grandes que daban a un patio bastante feo. Estaba dividida en tres secciones por unas paredes de madera. En la primera, estaba la expedición; en la segunda, una oficina con unas seis mesas, y en la tercera, un almacén de libros, donde se hallaba también la mesa del jefe. No era precisamente muy lujoso. Cuando venían a verme a mi escritorio varias personas, cosa que ocurría con frecuencia, los demás no podían trabajar. Me visitaban los amigos del grupo Devétsil para tratar de ponernos de acuerdo sobre nuestros asuntos. Cuando aparecía Nezval, con su temperamento, divertía a toda la sala. A veces venía Hora y, con regularidad y a menudo, llegaba Neumann.

Al lado de la editorial había una habitación oscura con una ventana que daba a un patio de luces poco iluminado; ahí teníamos el almacén, con montones de cajas llenas de polvo y repletas de postales imposibles de vender. Los compañeros de trabajo que estaban empleados allí desde el principio afirmaban que había alrededor de un millón de ellas.

El antiguo inquilino había puesto como condición para marcharse que la editorial comprase también su almacén de postales. No quedó otro remedio. En aquellos tiempos, había una terrible falta de locales en los lugares del centro de Praga.

Empecé a trabajar precisamente en aquellos días, cuando el jefe se rompía la cabeza para decidir qué iba a hacer con aquellas postales. Eran malísimas y se tenían que haber tirado. Pero ya que el jefe pensaba en cada corona dos o tres veces antes de gastarla, no quería deshacerse tan fácilmente de ellas. Por aquel entonces, no había mucho dinero y las coronas de los obreros tenían que ser respetadas. Así que el jefe dio orden de que intentásemos vender al menos una parte de ellas. Según él, no eran peores que las que se vendían en las tiendas y en los mercados de los pueblos.

No, no creo que hubiese un millón de ellas, pero sí unos cuantos cientos de miles. Las cajas estaban amontonadas unas sobre otras y eran innumerables.

Ya que trabajo editorial había en realidad muy poco, me encargaron a mí de la tarea propagandística: mandar diariamente a la redacción del diario comunista Rudé pravo un anuncio publicitario conveniente y unas cuantas noticias. Y al mismo tiempo me tuve que encargar también de las malditas postales.

La verdad es que lo hice sin gran entusiasmo. Sobre todo en la prensa provincial. En Rudé pravo no podían permitirme volar muy alto.

No tenía ni el más mínimo espíritu comercial; pero, en cambio, no me faltaba imaginación, y empecé a inventar nuevas fórmulas para convencer a los lectores de la belleza de las postales.

En principio, examinamos parcialmente las postales y apartamos todas aquellas con temas de borrachos que vuelven tarde a casa. Eran repugnantes. Igual que las imágenes de las esposas esperando a estos hombres con un rodillo en la mano. Había unas cuantas cajas de cosas de este estilo.

No obstante, hacía pocos años que las postales como éstas estaban muy de moda. En la calle Hybernská había una tienda de ellas, y todo el escaparate estaba lleno de productos así. De niño me pasé largos ratos leyendo versitos tontos en esa clase de imágenes.

Luego nos detuvimos en los retratos de mujeres desnudas. Los colores eran provocadores y de muy mal gusto. Los salvó el jefe, que afirmó que hasta los camaradas mirarían con placer la belleza femenina. Y esto fue un argumento. Pero cuando escribí un anuncio con el título «La vista de las bellezas desnudas complace a los ojos y al corazón», la redacción del periódico se negó a publicarlo.

Lo que más abundaba era toda clase de paisajes. Con icebergs y sin ellos, con ciervos, con pastores y ovejas en lugares indefinidos. El arte ya era de por sí malo, pero lo más triste era la manera repelente de ser reproducido, en que los colores no correspondían a las formas. En la oficina las utilizábamos para escribir listas de suscriptores.

Pero la gran mayoría de las postales estaban bajo el signo del amor. Chicas tristes y abandonadas esperando en vano al amante, y parejas de enamorados en un dulce abrazo. Algunas llevaban versos de las Canciones nocturnas dejan Neruda. Una gran parte de ellas eran amantes con túnicas romanas, sentadas o apoyadas sobre columnas jónicas. Estas dos clases resultaron ser los bienes más vendidos.

En algunas cajas había un abecedario amoroso: grandes letras adornadas con puñados de flores y de cupidos que utilizaban las letras como instrumentos de gimnasio. Estas postales se las mandaban los jóvenes hasta que completaban sus nombres de pila.

A veces las adquirían también los comerciantes de las ferias, que compraban mucho, eso sí, pero escogiendo con mucho cuidado. Compraban casi gratis. Sin embargo, los montones de postales no bajaban, aunque yo veía que mi promoción tan poco especializada daba sus resultados.

Una vez vino a la editorial una muchacha bastante bonita y preguntó si le podíamos vender una postal con la letra B. Probablemente se llamaba Bozenka y le faltaba esa letra para tener el nombre entero. Me la enviaron maliciosamente a mí. Como durante toda mi vida he intentado no negar nada a las mujeres, estuve buscando durante una hora en las cajas llenas de polvo hasta que encontré la letra. Cuando me preguntó el precio, le dije que quería un beso a cambio. No me lo dio y yo le di la postal gratis. Cuando se hubo marchado, fui a acabar la reseña sobre un libro de Karel Gorovsky: El amor libre y el comunismo.

Al final conseguimos tirar el contenido de las cajas. Siento mucho no haberme quedado unas cuantas como recuerdo. Hoy serían una rareza. Mandé varias al escritor Jaromir John. Entre ellas había paisajes impresos y sembrados con trocitos de cristal coloreado. Tenían un aspecto impresionante. John se puso contentísimo. Coleccionaba curiosidades, objetos de mal gusto y cosas kitsch.

Después de este éxito, más bien relativo, empecé a dedicar mi tiempo a un trabajo más digno, con libros cuyo número iba aumentando. Publicamos entonces bastantes nombres sonoros: France, Nexo, Hugo, Ehrenburg, London y otros. Las novelas salían en una especie de cuadernos semanales y se vendían bastante bien.

Conseguí recomendar también una buena selección de poemas de Heinrich Heine, traducidos por Zdenék Kalista, y los primeros cuentos de Karoslav Húlka, cuyo destino fue parecido al de Wolker. Sólo que después de su muerte ya no fue tan brillante. Y también publicamos una colección de poemas de A. M. Pisa: Pozdravy. Cuando vimos la necesidad de una antología de poesía revolucionaria, preparé una, con S. K. Neumann, titulada Tardes comunistas. Neumann me trajo un poema de Richepin que me gustó y cuyo ritmo dado por el poeta Vrchlicky todavía resuena en mi cerebro:

Filisteos,tenderos,mientras acariciáis a vuestras mujerespensandoen los hijosque vuestros groseros apetitosengendran,imagináisque seránnotarios,de gran papaday rotundo vientre.Pero para castigaros bien,veréis llegar un díaa este mundounos hijos no deseadosque se convertirán en melenudospoetas.

Aquella selección de poemas tuvo éxito. Cuando la vi hace poco en una librería de viejo, me extrañó su pobreza exterior.

Neumann venía a menudo a la editorial. A veces le pedía al jefe que me diera permiso para salir y nos íbamos a tomar unas copitas de vino. Bebiendo, hacíamos proyectos o dirigíamos la revista Reflektor: Neumann llevaba en la cartera toda la redacción. En una de estas reuniones, me preguntó cuántos poemas había escrito hasta entonces. Que lo mirara en casa. Aquella misma noche ordené todos mis manuscritos y al día siguiente se los llevé.

Neumann me ordenó los manuscritos de una manera diferente, expresó que estaba de acuerdo con el titulo y me recomendó que me los hiciera pasar a máquina y que diera una copia a la editorial y otra a Teige; él seguramente me dibujaría la portada y el frontispicio. Teige lo grabó en unos pocos días y el escritor Vancura me escribió un prólogo corto pero expresivo: «Un poema no es una aparición, sino una obra difícil como el trabajo de un obrero. La revolución se está infiltrando en el mundo, comienzan nuevas reglas de creación nueva…», etc. Hasta hoy se suele citar este prólogo en relación con Vancura, cuyo nombre hoy en día no se pronuncia frecuentemente. Al cabo de un mes encontré sobre mi escritorio las pruebas de imprenta: escribí en ellas una dedicatoria a Neumann y un mes después el libro estaba hecho.

Trajeron los ejemplares en una gran caja y, cuando el empleado se puso a abrir la tapa, estaba excitadísimo.

El primer ejemplar se lo dediqué a mi futura mujer, el segundo a Neumann y el tercero me lo metí en el bolsillo. Vi a Neumann al día siguiente. Hojeó rápidamente el libro y cuando leyó la dedicatoria, para mi sorpresa, me miró con un gesto de reproche. Guardó el libro en la cartera y me dijo:

– Recuerde que un poema no es ningún acontecimiento y el primer libro, como la primera golondrina, todavía no hace un poeta.

Y me invitó a comer.

Fuimos a Chodéra, en la avenida Národní. ¡Qué aroma más tentador se percibía! Neumann pidió escalopas a la vienesa y una botella de vino blanco Ludmila. Cuando trajeron las escalopas, doradas, resplandecientes, en una bandeja de plata, comentó:

– ¡Así debe ser! Cuando las traen a la mesa deben estar todavía cubiertas de mantequilla hirviendo.

13. La cesta de regalo

Bohumil Novák ya estaba preparando una antología de obras manuscritas para cuando Palivec cumpliera noventa años -de esta manera queríamos estrechar la mano al más viejo poeta checo- cuando nos sorprendió la súbita noticia de su muerte trágica.

El jueves 30 de enero de 1975, un poco después de mediodía, Josef Palivec salía del restaurante Savarin en la avenida Na Pfíkopech y cruzaba la calle hacia Détskydüm. No oía muy bien y, además, seguramente iba ensimismado; no se dio cuenta del estruendo del tranvía que se acercaba, y cruzó la vía. El tranvía le derribó al suelo. La ambulancia que por casualidad pasaba por allí en aquel momento se llevó en seguida al herido, pero éste ya no salió del estado inconsciente y murió por la tarde, al cabo de unas tres horas.

Al llegar a este punto debo citar unas cuantas palabras de la corta, pero hermosa, necrología que Josef Heyduk, amigo del difunto, escribió en el diario Lidovd demokracie:

Este hijo de un cochero señorial poseía algo de un aristócrata, si entendemos por esta palabra dignidad unida con amor a los más humildes, comprensión para cualquier persona que se le presentase en una hora de tristeza, compasión con todo lo que vive, sufre y muere.

Sí, así fue el poeta Josef Palivec tal como lo conocimos durante cuarenta años.

Cierta vez, hace ya muchos años, un poco antes de las fiestas navideñas, dos hombres aparecieron en la puerta del piso del barrio de Bubenec para entregarnos una gran cesta de regalo. Era realmente de un tamaño enorme y su variedad no le iba a la zaga. Se necesitaban dos para llevarla. La colocaron en el recibidor, nos hicieron firmar el recibo y, al preguntarles quién la enviaba, afirmaron que no tenían la menor idea. Estábamos convencidos de que se trataba de una equivocación. No encontramos en la cesta ninguna tarjeta de visita. ¿Quién nos podría mandar una cesta así? Y no nos atrevimos ni a tocarla. Con respeto y vacilación empezamos a examinar su inagotable contenido. Por encima reinaba el color dorado de un jamón sólo parcialmente oculto en una brillante cresta de papel de plata, con una ramita de abeto clavada en el centro. Hacia el jamón se elevaban los largos cuellos de unas botellas de vino francés y del Rhin, y entre ellas dos de champán. Una lata de caviar servía de pedestal a una gran bola de mortadela que se apoyaba por un lado en una confitura plateada de picantones franceses en su salsa. En nuestro país no se fabricaba nada así. En los lados de la cesta estaban bien ordenados diversos quesos y, sobre ellos, envueltos en un papel de plástico, nos contemplaban alegremente los ojos grasientos de un gran corte de emmental. Hacía tiempo que alguien me había ofrecido un trocito de drops inglés; no pude olvidar su sabor durante mucho tiempo. Y aquí había un bote de un kilo de drops inglés. Los chocolates suizos estaban desplegados en abanico como cartas en la mano y todos los huecos vacíos estaban ocupados con latas de sardinas, naranjas y manzanas tirolesas. Y todo este rico montón de formas, olores y gustos estaba cruzado como con una espada por una larga y delgada longaniza húngara, adornada de puntillas de moho y una pequeña chapa metálica. Pero seguramente he olvidado muchas cosas aún. Hace ya muchos años de esto. Para un hogar modesto era un regalo casi regio.

Le confesé esto a Halas y él me tranquilizó. No se trataba de una equivocación.

– Seguramente ha sido Josef Palivec, que acaba de volver de París y tiene una costumbre extraña y poco corriente: le gusta hacer regalos. Probablemente se lo pueda permitir y le satisface. Está traduciendo poesía checa al francés. Hay también unos poemas tuyos y te ha mandado eso como recompensa.

Después de esta explicación, deshicimos la cesta. Entre las botellas de vino encontré un Cháteau-Mont-Bazillac. Al probarlo pensé que era el mejor vino de todos los buenos vinos. Sin embargo, no tenía derecho a proclamar una cosa así. Debería haber dicho que era el mejor vino que había probado.

¡Pero creedme, era un vino delicioso!

Al cabo de poco tiempo conocí a Palivec personalmente en casa de los Halas. ¡Pobre Bunka Halasová! Tenía mucho trabajo y preocupaciones con los invitados, pero era amable y atractiva. Su marido le solía decir: ¡Sé agradable y calla! Y ella no se quejaba nunca de los invitados.

Palivec era un hombre relativamente alto y muy guapo. Le debía de favorecer mucho el sombrero de copa diplomático. Siempre iba bien vestido y «totalmente iluminado por la cultura francesa». Tenía casi veinte años más que nosotros. En su juventud fue durante algún tiempo secretario de Jaroslav Vrchlicky. Entendía de poesía como pocas personas.

Tenía dos grandes amores: la lengua materna y la poesía. Nos veíamos en los años en que estaba traduciendo a Valéry. El crítico Salda proclamó que aquella traducción era perfecta y que estaba, desde todos los puntos de vista, al nivel del original. Nezval dijo algo muy acertado sobre Palivec: Escribía tan buena poesía en checo cuando traducía a Valéry como en francés cuando traducía a los poetas checos.

En la época en que nos conocimos no hablaba nunca de su poesía. Estaba tan introducido en el secreto de ésta, la conocía tan bien y la entendía tanto que al final no tuvo otro camino que ponerse a escribir él mismo. No sé si ya había hecho algunos poemas antes de insistir nosotros en que tenía que escribir o si se dio por vencido bajo nuestra insistencia, pero el hecho es que un día nos trajo varios manuscritos suyos que más tarde incluyó en el Anillo de sellar. Estaba entre ellos, si no recuerdo mal, el ciclo cósmico Estrellas. Lo leímos fascinados. En su poesía había algo que la aproximaba incluso a Halas. Amasaba las palabras y creaba otras nuevas, a primera vista sorprendentes y divertidamente monstruosas. Era muy interesante hablar con él del lenguaje poético.

A finales de los años sesenta publicó Miada Fronta una antología de su obra y me pidieron que escribiera unas palabras como prólogo.

Estuve reflexionando sobre la poesía de Palivec y, cuando tomé la pluma, me vinieron inesperadamente a la memoria dos versos del poema con que Jaroslav Hilbert dedicaba uno de sus libros a Vrchlicky:

Nosotros los poetas nos entendemos bien y yo no escribo esto para nadie más.

Sin el gesto altivo del último verso y en un aspecto diferente, esto se podía aplicar a toda la poesía de Palivec. En toda mi vida he estado siempre muy lejos de la exclusividad poética. Seguramente hasta Hilbert se ponía contento cuando el teatro se llenaba para ver una obra suya. Pero Palivec era algo especial. No pondré énfasis en el hecho evidente de que cada poeta busca a sus lectores. En su interés, confortante o enemistoso, su poesía resuena y vive. La poesía de Palivec no necesita tiradas de diez mil ejemplares. Es excepcional, si puedo usar esta palabra, en cuanto a su nobleza y a su calidad.

Los poetas -al menos en la mayoría de los casos- suelen tener una capacidad más intensa para reconocer y apreciar esta clase de poesía. El juego de Palivec es magistral y los ojos apenas lo pueden seguir. ¡Pero sí! Reconocen su profunda experiencia poética, que tiene muy poco en común con la habilidad y el virtuosismo del oficio.

Releí sus versos una y otra vez y, para mi sorpresa, me di cuenta de que su complicada y refinada belleza estaba inyectada hasta en las sencillas rosas silvestres; es decir, que había crecido de esta tierra. ¡Y yo que me preguntaba por qué era tan sincera, tan fresca y tan checa!

La poesía de Palivec tenía su origen en lo que domina la misteriosa vida, y en el movimiento de las palabras humanas, en su magnetismo asociativo, en su melodía y en su brillo.

Recuerdo que hace poco llegó Palivec y en sus ojos le chispeaba la alegría. ¡Estaba contento! A la antología de traducciones de Valéry había añadido un poema más y durante mucho tiempo había estado luchando con un verso, hasta que consiguió encontrar dos palabras, exactas, pero al mismo tiempo melódicas y sedosas, que no sólo se unen en cuanto al sentido, sino también sonoramente. Valéry habla de una mujer desnuda y el poeta traduce: vábivost záhybu (el encanto de las curvas).

Es perfecto. ¡Qué hermosa es la lengua checa! ¡Y qué amorosa!

Palivec negó que hubiera estado buscando las palabras y que inventara la sintaxis. Las palabras son vivas, traídas por su propia belleza, su propio ritmo. No hay ninguna duda, de que, para todos nosotros, fue muy útil hablar con él de poesía y del lenguaje poético. Sabía mucho, más de lo que cabía en sus propios versos.

Dentro de un año habría cumplido noventa años. ¿Cuál de nuestros poetas lo ha logrado? ¿Y quién lo logrará? Pensando en una edad tan avanzada se impone el recuerdo de otro poeta que influyó profundamente en el desarrollo de nuestra poesía y que, por desgracia, murió muy joven. Pero los números dicen muy poco, si es que dicen algo. Hay otras relaciones más íntimas que conducen desde la poesía de Palivec hasta la de Macha, el autor del poema Mayo. Está claro que estas relaciones son imperceptibles a simple vista. Es como si bajo la tierra crecieran unos finos hilos de raíces de flores que unieran el Mayo con los versos de Palivec. No obstante, estas raíces son fuertes y de evolución natural.

El primero lanzó el lenguaje poético a unas decenas de años más adelante, mientras que el otro alargó la mano, cien años atrás, para buscar la antigua belleza de este lenguaje.

En la segunda mitad de su vida, Palivec se encariñó con varios poetas mucho más jóvenes que él. Quería a Hora, admiraba a Holán, pero humanamente y poéticamente se sentía más cerca de Frantisek Halas, que además vivía bastante cerca; los dos poetas se veían muy a menudo.

Cuando fue detenido por la Gestapo y durante el interrogatorio le enseñaron unos poemas contra Hitler escritos por Halas para que confirmase lo que se había averiguado de la autoría de Halas, Palivec negó que los hubiera escrito Halas. Y a la pregunta de quién era entonces su autor, respondió que él mismo. De esta forma salvó a Halas de ser detenido. Por cierto, aquellos poemas no eran precisamente de los mejores suyos. Sonriendo, Palivec comentó luego que esto era lo único que le apenaba. De esta manera, con su valentía y su amistad fiel, intervino en la vida de un amigo ya enfermo.

Cuando Halas publicó su célebre Mujeres ancianas, sobre la cual escribió Salda que era «una pieza de virtuosismo de Paganini tocada en una sola cuerda…, si no tuvieran aquel sentido de la humanidad y su tragedia», al margen de este poema contó frívolamente sus aventuras en Ginebra con mujeres jóvenes.

Después de la independencia en 1918, Palivec fue nombrado director de la agencia de prensa checoslovaca en la ONU de Ginebra. La joven república heredó del viejo Imperio austro-húngaro un inmenso edificio en el cual instalaron las oficinas y la gran vivienda de Palivec.

Era durante los animados tiempos de la primera coyuntura de la posguerra y, después de cuatro años pesados de la Primera Guerra Mundial, el mundo vivía el ambiente de paz con alegría y despreocupación.

Parecía una invasión amistosa: un día a Palivec le visitó un diplomático occidental y sin andar con rodeos le pidió que le dejara su piso por una tarde. Era un buen amigo y no hablaba sólo por sí mismo. Era imposible negarle aquel favor.

Al cabo de unos días, Palivec vio cómo se acercaban al edificio una serie de coches y cómo, ante su sorpresa, bajaban de ellos unas guapas muchachas; el diplomático las había seleccionado cuidadosamente en las salas de fiestas y los bares nocturnos de la bella ciudad del lago azul, tan bien conocida por las envolturas de los chocolates. Las sonrientes señoritas se acomodaron en las habitaciones de Palivec. No fue difícil convencerlas luego de que se vistiesen con los pijamas de Palivec. Había exactamente una docena de pijamas. El espectáculo de las chicas con pijamas de caballero que les quedaban demasiado grandes era bastante grotesco. Por fortuna, aquel espectáculo no duró mucho tiempo. Al cabo de un momento empezaron a llegar los señores de otras embajadas que asistían a las reuniones de las Naciones Unidas. Y todo quedó absolutamente claro cuando saltó el corcho de la primera botella de champán.

¡Se trataba de un concurso de belleza! Decidieron elegir la reina y las princesas sin prisas, detallada y estrictamente. Consideraban no sólo la belleza del rostro, sino también la del pecho, los brazos, las piernas y los muslos. Observaban «el todo de las mujeres jóvenes», según dice el poeta sobre las diferentes partes de los cuerpos femeninos.

Palivec no estaba demasiado contento con esa empresa. Su propio jefe, el ministro del exterior, a pesar de todos los miramientos políticos, probablemente no habría estado de acuerdo con un hecho de esta clase. Ginebra, la ciudad de Calvino, es puritana a la manera de los protestantes. Y por eso los invitados de Palivec no habían querido arriesgarse por su cuenta. Por otra parte, una pequeña república nueva de la Europa central saltaba menos a la vista. Por suerte, todo acabó bien. El hombre que lo organizó todo, recogió en un sombrero de copa una cantidad increíble de billetes para las señoritas. Estas, muy satisfechas con el éxito y con la recompensa, se despidieron y no hablaron más de ello.

Halas escuchó atentamente la narración y al cabo de un instante se sentó y rápidamente escribió una versión contraria de las Mujeres ancianas. Sus Mujeres jóvenes no fueron seleccionadas para una antología de poesía de Halas después de su muerte, pero se publicaron. Y varias veces. En Praga y en Frenstát pod Radhostém, donde Halas solía veranear:

Oh días espumantes oh noches espumantes cuando el aire está colmado de menudas

chicas desnudas bailando entre las columnas

de nuestros deseos.

Luego copió los versos con cuidado y Frantisek Bidlo los ilustró con unos dibujos en color que se caracterizaban por una línea poco realista, pero graciosa… El poema se lo dedicaron a Palivec, infatigable y entusiasta coleccionista de libros, manuscritos, dibujos, encuadernaciones de diversos textos y de correspondencia.

Aceptó con agrado el manuscrito como regalo por sus cincuenta años.

Antes de la Segunda Guerra Mundial se estaba muy bien en nuestro país, sólo con nosotros y entre nosotros. Es porque éramos jóvenes. Es agradable recordarlo. Lástima que en estos recuerdos de hoy suene con espanto la sirena de una ambulancia que se lleva al poeta gravemente herido que había vivido tantos momentos junto a nosotros para acabar tan súbita y trágicamente su larga, interesante y rica vida.

14. El libro de memorias

En la calle Kfemencova, en el barrio pragués de Nové Mésto, a unos pasos del instituto en el que se han de buscar los orígenes del grupo Devétsil, junto al edificio histórico de la cervecería U Flekuü en cuya entrada está colgado un gran reloj luminoso, hay una puerta pequeña, apenas perceptible. A esta puerta sólo le falta una campanilla como aquellas de los comercios de antes. Porque detrás de la puerta hubo, en efecto, un mostrador. Sin embargo, a través de la tienda sólo se pasaba a otra sala, parecida a una oficina; ahí, junto a un antiguo escritorio, se hallaba una mesa para los invitados, con sillas a su alrededor.

Cualquiera que lo deseaba, encontraba siempre en aquella sala a Jan Goldhammer, a quien todo el mundo llamaba Goldi.

Ese nombre pertenecía a un joven, hoy casi legendario propietario de unas cavas de vino en aquella casa.

¡Devétsil! Y para poder susurrar otra vez esta palabra agradable y encantada de nuestra juventud de hace tiempo, diré todavía que el edificio en que estaban aquellas salas, lo heredó Vladimír Sulc, uno de los primeros miembros de Devétsil.

A Goldi le visitaba gente todo el día. Conversaban, hacían su negocio, se tomaban una copita de vino y se iban.

Pero casi cada noche se reunía allí una pequeña compañía de personas que se conocían íntimamente y que tenían cosas que decirse las unas a las otras. En su tiempo, iba allí el escritor Eduard Bass con su acompañante Ladislav Khás. Miraba el mundo por debajo de sus gafitas, que parecían ser demasiado pequeñas para su cara llena. No obstante, su mirada inteligente y sonriente expresaba bienestar y amistad. A menudo acudía también allí V. V. Stech.

Si menciono a éstos, no puedo dejar de nombrar a los demás. Antes que a nadie al invitado fiel, el profesor Josef Cibulka y también a Václav Talich. Eran cuatro nombres notables en la vida cultural checa y los demás venían con mucho gusto para estar con ellos. Ladislav Khás conoció ahí a su futura mujer, la competidora en carreras de automóviles Eliska Junkova. Algunas veces aparecían los poetas Nezval y Holán; de los prosistas, Jan Drda solía ser un invitado frecuente. De los pintores solía venir el agradablemente pulido Muzika, el charlatán Bauch y el travieso Frantisek Tichy. Y de los escultores, el narrador inolvidable Karel Dvofák y, a veces, también un amigo ameno: Josef Wagner, el escultor-poeta. De cuando en cuando, también se unía a nosotros la seductora actriz Eliska Poznerova, elegida por entonces reina de la belleza.

Goldi era un hombre de buen corazón y mano generosa. Quería a sus invitados y pensaba siempre en qué sorpresa agradable podía prepararles. Cuando se reunía una compañía especialmente buena, se sentía feliz si a los invitados les gustaba el vino. Y no hacía economías, aunque en aquellos primeros años de después de la guerra no siempre había suficiente vino.

Después del golpe de Estado del año cuarenta y cinco invitaba también a algunos oficiales del Ejército rojo. Había venido E. Registan, el autor del himno soviético. No sé cómo ni de dónde, pero Goldi, como un mago, siempre supo sacar algunas preciosas joyas líquidas del Rhin o del Mosela o viejos vinos alegremente espumosos de la región de Champaña.

Ambos profesores, Stech y Cibulka, eran unos conocidos gourmets. Stech entendía perfectamente todo lo que llegaba a la mesa de las cocinas de Europa entera. Cibulka era especialista, no sólo en comida, sino también en todo aquello que traían de las cavas.

Era un verdadero placer escuchar a Stech cuando hablaba de Italia. Lo conocía todo: cualquier iglesia o capilla, y de los santos romanos estaba tal vez mejor informado que un canónigo del Vaticano. Conocía su aspecto, lo mismo si estaban pintados en color sobre el lienzo que grabados en la piedra o en un mosaico. Y eso, desde Venecia hasta Nápoles, y de ahí a Palermo, y de vuelta por otros caminos muy diferentes. Además, nunca olvidaba dónde preparaban una buena pizza. Y lo mismo que conocía un mosaico colocado sobre el pórtico de una catedral, sabía también el restaurante en que preparaban un delicioso agnello rostito (cordero asado). El mejor helado se consigue en Milán, a unos cuantos pasos de la catedral. Esta información la tengo de Stech y me gustaría mucho visitar un verano ese lugar. La memoria del profesor Stech era vertiginosa. Hasta sus últimos años se acordaba de todo.

El profesor Cibulka era un especialista en todos los vinos que se producen en nuestro continente. En su cava en la calle Valentinská tenía una pequeña colección y, para los invitados especialmente apreciados, sacó de allí botellas durante toda la guerra. Y nunca se olvidaba de la cocina. Cuando viajaba por Francia en coche, paraba en un pequeño pueblo provenzal e iba a una fonda; la especialidad de aquel lugar era la morcilla blanca y el vino de la propia viña, que no era peor que el mejor chablis.

Sobre estas raras cualidades del señor profesor hallaron ocasión de convencerse todos aquellos que tuvieron la suerte de ser invitados a comer en su casa.

Los acontecimientos de mayo sorprendieron, al final de la guerra, a algunos de los invitados de Cibulka en su generoso comedor. Es cierto que la comida estaba bastante afectada por la economía de guerra, pero el vino seguía siendo delicioso. Sin embargo, los invitados no sufrían hambre, aunque estuvieran obligados a quedarse varios días. El escritor Jan Drda encontró en la casa un viejo casco checoslovaco, se lo puso y se puso a la disposición de la guardia militar checoslovaca. Le destinaron como guardia nocturno delante de la Biblioteca Municipal y, para las horas nocturnas, se metió en el bolsillo una botella de pomard, regalo del señor profesor. Pero el comandante no tuvo comprensión para la sed de Drda, le quitó la botella y derramó su exquisito contenido aromático en una cloaca. A Drda se le partió el corazón y lo estuvo recordando durante mucho tiempo.

Todavía hoy siento el olor y el gusto de todas aquellas comidas en que pude participar. ¡Qué lástima! Hace mucho que el fuego está extinguido en la cocina del profesor; la señorita Marie, la cocinera y mujer de su casa, dejó la fría cocina llorando. Estuvo con él durante treinta años, aunque al tercer día de su servicio ya se había dado cuenta de que había cometido un error. El profesor era muy exigente. Pero la señorita sabía cocinar milagrosamente. Preparaba poemas aromáticos.

Hay una afirmación de un invitado de mucho renombre que proclamó la casa del señor profesor territorio francés, porque, en los buenos tiempos, allí se cocinaba y se comía igual que en Francia.

Josef Cibulka, profesor de arqueología cristiana y de historia del arte eclesiástico en la Universidad de Carlos, ex cantante de la Capilla Sixtina, canónigo en la iglesia de Todos los Santos del Castillo de Praga, científico, autor de muchos importantes trabajos de investigación, historiador que hizo retroceder la historia checa cien años más atrás, no era un hombre aburrido. ¡Al contrario! Sabía reír de todo corazón y le gustaba cualquier clase de bromas y anécdotas.

Su amigo Karel Kopf iva, también un invitado frecuente de Goldi, fue víctima de muchas ideas divertidas del señor profesor. Kopfiva era representante de una empresa inglesa exportadora de whisky, pero su verdadera profesión fue el amor a la música. Tenía una discoteca de nivel europeo y nosotros le visitábamos por las tardes para escuchar exquisitos conciertos mientras tomábamos una taza de té aromatizado con flores de azahar.

Cuando su amigo Rafael Kubelík dirigía en la Sala Smetana un concierto basado en la ópera de Janácek De la casa del muerto, Kopriva iba a los ensayos, en esa ópera, Janácek utilizó hasta el estruendo de las cadenas para llenar la música con efectos simbólicos; pero, durante los ensayos, estos efectos le salían mal. Kopriva escribió entonces a Kubelík que era virtuoso en tocar cadenas y que se ponía a su disposición.

Kopriva no debía haber comentado esta carta en las cenas de Goldi. El profesor organizó en seguida una amplia colección de toda clase de cadenas, que sus amigos mandaban o llevaban después a casa de Kopriva. Entre ellas había cadenas fuertes y pesadas para encadenar personas y llevar animales al matadero, pero también cadenitas de relojes de bolsillo y esas que los niños se ponen como colgantes. También había cadenas de las esposas policíacas y esas cadenas de papel que se cuelgan en el árbol de Navidad. El profesor no cejó en su empeño hasta que explotó todas las posibilidades; y sólo se lamentaba de que en nuestra lengua se dijera «una corona de morcillas» en vez de «una cadena de morcillas», giro que, además de ser más expresivo, serviría para que una cadena de morcillas rematara la colección de una manera triunfal.

No tengo ni idea de lo que Kopriva hizo con sus cadenas. Pero, por lo que yo sabía, nunca estropeó ninguna broma. ¿Dónde están aquellos días despreocupados y llenos de risas, en los que había tiempo y humor para bromas como ésta? ¡Cómo le favorecía la risa a Cibulka!

A Ustí nad Orlicí, donde el profesor Cibulka nació y donde solía pasar mucho tiempo, le fue a visitar su apreciado amigo el arquitecto S. Era un viernes y ambos eran católicos. Como es sabido, la Iglesia católica es estricta en cuanto a la observancia de la abstinencia, pero permite algunas excepciones. Por ejemplo los peregrinos, los enfermos o los obreros de trabajo pesado no tienen que observar la abstinencia. Cibulka cogió a su invitado del brazo, le llevó a la estación y se sentaron en el primer tren. No fueron demasiado lejos: bajaron en la ciudad de Ceská Tfebová y Cibulka condujo a su invitado al restaurante de la estación. Pidió costillas a la brasa y cuando trajeron los platos, pronunció: Peregrini sumus.

No me gustaría que juzgarais con severidad al señor profesor, inventor de ésta y otras bromas inocentes. Fue encantador en todos los sentidos de la palabra. El domingo, todos sus amigos, creyentes o no, se apresuraban a la misa matinal de la iglesia praguesa U krizovníkuú, donde su hermosa voz se entrelazaba con las nubéculas de incienso, mientras aquel que cantaba el coro gregoriano con la perfecta y fina gracia de los eclesiásticos del Vaticano, oficiaba su ceremonia sagrada.

Luego, a veces, durante toda una semana, trabajaba en sus libros sobre la basílica de San Jorge de Praga, sobre las joyas de la coronación del Reino de Bohemia y sobre los santos Cirilo y Metodio y su largo camino hacia nuestras tierras.

Después de una de mis largas visitas a la calle Valentinská, cuando ya me hallaba en la antesala del profesor, noté que mi cartera estaba bastante más pesada. Se me ocurrió que se trataba de una pequeña broma y no quise estropearle la diversión al señor profesor.

Le salió una broma buena de verdad. Me había puesto en secreto, dentro de la cartera, una botella del maravilloso vino Clos de Vougeot, que habíamos bebido durante la comida y que yo no dejaba de alabar. Y si no tengo otro remedio que revelar lo que comimos para acompañar aquel vino, os lo diré: espalda de corzo; y, de postre, cestitos rellenos de arándanos rojos. Aquel vino de Borgoña era uno de los predilectos del profesor y mi amigo Goldi le hacía los más grandes honores. Sobre todo al de la viña Cote d'or, loada hasta por el poeta Joris-Karl Huysmans. Pero este señor ya no nos interesa tanto hoy en día.

Guardé la botella en casa. Me daba pena abrirla. Al cabo de poco tiempo empeoró la salud del señor profesor y se vio obligado a guardar cama. Se acabaron las deliciosas comidas y cenas en la generosa mesa. Poco después, el infatigable y querido anfitrión desapareció. Ni después de su muerte me sedujo la botella. Cuando la veía, la acariciaba con cariño; me recordaba a una gran persona y esperaba con paciencia una ocasión más apropiada y festiva para degustarla.

Esa ocasión se presentó al cabo de cierto tiempo. Me visitó el historiador del arte Jan Tomes, alumno y joven amigo de Cibulka. Sabía mucho de su maestro y contaba historias de él con verdadera gracia.

A los profesores V. V. Stech y Josef Cibulka les gustaba acompañar a sus alumnos en los viajes de estudios. El primero, por Italia; el otro, por Francia y Europa occidental. Jan Tomes estuvo con Cibulka en aquel antiguo cháteau vinícola de Clos de Vougeot, y le acompañó incluso en el momento en que fue armado caballero. La ceremonia tuvo lugar en una antigua bodega del castillo del siglo doce. Le fue otorgado el título de chevalier du taste-vin. La ceremonia no se llevó a cabo con la espada tradicional, sino con una vieja raíz vinícola y el caballero se llevaba como símbolo una copita para catar vino. En aquella ocasión pronunció un brillante discurso sobre la historia de nuestro país y su relación con Francia.

Otra exquisita historia es la que narra Tomes sobre una excursión a Znojmo.

En la iglesia de San Nicolás de aquella ciudad tienen sobre el altar de la nave lateral derecha una estatuilla de la Virgen. El profesor Cibulka sabía de la existencia de tal estatuilla, pero nunca la había tocado con sus propias manos. Cuando llegaron al altar, el profesor apartó las cortinas, para poder llegar hasta la mesa del altar. No dejó que nadie le acompañase en esa ceremonia. Abrió el tabernáculo de cristal en que se encuentra la estatuilla, Sacó ésta y la llevó hasta donde estaban sus alumnos. Igual que el Niño Jesús de Praga, la Virgen estaba adornada de ricos vestidos. Pero el señor profesor metió la mano por debajo de las faldas de la Virgen y afirmó triunfalmente con una sonrisa:

– ¡Es gótica!

Cuando le quitaron la ropa, se demostró que tenía razón.

Serví el rojo vino de Borgoña de la bodega del profesor y brindamos por su memoria.

Aunque V. V. Stech rechazaba el arte moderno, que no le gustaba -no reconocía ni a la generación de Josef Capek y Jan Zrzavy-, no se puede decir de ningún modo que desconociese el arte antiguo. Su escepticismo empezaba con los impresionistas; proclamaba que habían destruido las reglas del arte. Sin embargo, su amplia monografía sobre Rembrandt es excelente. Se publicó antes de su muerte. Los artistas modernos no le apreciaban: cuando el pintor Otto Gutfreund exhibió el retrato de Stech, Pacovsky, el redactor de Veraicon comentó delante de la pintura:

– ¡Parece vivo! ¡Sólo falta que diga una estupidez!

Pero las conversaciones con él, aun no estando de acuerdo, siempre eran interesantes. Amaba a Praga auténtica y profundamente. Eso fue lo que nos acercó. Podía hablar de la ciudad con cariño durante horas.

En aquellas veladas bebíamos mucho vino. Me parecía que, cuanto más bebíamos, con más entusiasmo traía Goldi nuevas botellas y más satisfecho se sentía. Treinta años después incluso me dijo que no supo invertir el dinero de mejor manera: aún amaba el recuerdo de aquellas personas.

Yo quería mucho a Cibulka; y le respetaba. Pero a Talich le adoraba. Cuando hablaba de música, era encantador. Fascinante. Cuando, como director de la ópera del Teatro Nacional, estudiaba Pelléas y Mélisande, yo le acompañaba a los ensayos. Lástima que aquella bella ópera no llegara al escenario. Talich se fue de repente del Teatro Nacional. En aquel tiempo empezó a tener sus primeros éxitos la Orques ta de cámara checa de Talich, compuesta en su mayoría por gente joven. Y una vez (fue precisamente en casa de Goldi)

Talich me apartó un poco y, lleno de convencimiento, me propuso que escribiera para esta joven orquesta unos poemas que se podrían recitar acompañando la Serenata para instrumentos de viento en re mayor. Esta serenata es muy difícil para los músicos de ahora. En la época de Mozart se tocaba en los banquetes, con pausas, según exigían los diversos platos que servían a la mesa. Hoy se tiene que tocar seguida, cosa muy penosa para los músicos de los instrumentos de viento. Les falta la respiración. De este modo, los poemas podrían llenar las necesarias pausas. Se lo prometí de buen grado. Escribí un ciclo de trece rondós llamado Mozart en Praga. Talich leyó los versos y se alegró mucho. Era exactamente lo que necesitaba. Luego me miró y me comentó:

– Oye, me parece que los asuntos de este muchacho, Mozart, no eran tan idílicos como los pintas tú en estos versos. Aquel hombre tenía que tener unas pasiones que hoy desconocemos y que, junto con la exaltación creadora, aceleraron su muerte.

A Talich le gustaba explicar una anécdota sobre el compositor Suk. Suk está sentado en una tasca y habla de Mozart: «Si ahora se abriera la puerta y entrara Beethoven, le saludaría educadamente y le invitaría a mi mesa y charlaríamos sobre música. Pero si viniera Mozart, me caería debajo de la mesa.»

Talich tampoco llegó a dirigir la Serenata de Mozart. Ni ninguna otra persona. Se puso enfermo y la joven orquesta se desintegró al faltarle su director. Al cabo de poco tiempo Talich se refugió en su torre sobre el río Berounka y le vimos muy poco por Praga. Su asiento en casa de Goldi se quedó vacío y, de vez en cuando, nos llegaban noticias alarmantes. Algunas veces le visitamos con los amigos de Beroun. Pero ya era otra persona. Una vez nos contó con énfasis que en su jardín había encontrado a un oso. Talich se apresuraba hacia su oscuro final. La música había muerto para él. Era una cosa insospechadamente triste.

Recordé entonces las palabras de Talich sobre la muerte de Mozart cuando, en el otoño del 1976, se publicó en la revista Horizontes musicales un amplio artículo sobre el final de dicho músico. No habían sido ni las mujeres ni el alcohol los que habían quemado su frágil cuerpo. Aquel joven genial fue un jugador incorregible. Jugaba al billar y a las cartas. Y ambas cosas las hacía mal. En un artículo lleno de datos convincentes, su autor, Uwe Kraemer, insinuaba esta secreta pasión de Mozart. El músico dejó unas deudas enormes. El autor las estimaba en ochenta mil marcos.

¡No, no eran las mujeres! Vladislav Vancura solía decir: -¡En el mundo hay pasiones más fuertes que las mujeres!

Hace ya tiempo que quitaron y trasladaron los grandes barriles de la bodega de Goldhammer y convirtieron la sala en un almacén. Probablemente siguieron oliendo a vino durante mucho tiempo. Es como si convirtieran una antigua iglesia en un almacén: sus paredes estarían profundamente penetradas del incienso y de las oraciones.

Hace poco me vino a ver Goldi y me trajo el libro de memorias de la calle Kfemencova. Naturalmente, estaba manchado de vino en muchas páginas. Al lado de los versos eróticos de Vítézslav Nezval había poemas polémicos de Jan Drda y, unas páginas más adelante, encontré una exclamación de Vladimír Holán:

¡Que el diablo se lleve los libros de memorias! ¡Pero no se los llevará!

Y así, nombre tras nombre, una tumba y un recuerdo con cada uno, y una copa que resuena suavemente con cada nombre. Bass, Talich, Cibulka, Nezval, Stech, Muzika, Konrád y muchos más. Los amigos que iban desapareciendo con el precipitado paso del tiempo, que se apresuraba inconteniblemente. Menos mal que los nombres quedan y no callan.

Hace poco que volvía del café Manes y no pude resistir la tentación de ir a mirar la vacía calle Kfemencova. Fue de noche. El gran reloj de la cervecería U Flekú brillaba quebradamente entre los copos de nieve que caían y recordaban una luna que había tenido una avería en aquella calle memorable.

15. Tiempo lleno de canciones

Creo o, dicho más sinceramente, tengo la impresión, de que lo que corrientemente llamamos poesía es un gran secreto del que cada poeta revela un poquito o algo más. Luego aparta la pluma o cierra la máquina de escribir, se queda pensativo y, a última hora de la tarde, muere. Como por ejemplo Nezval.

Tenía yo once años cuando mi madre volvió un día del funeral de Jaroslav Vrchlicky. Estaba muy excitada y tenía el vestido medio roto. Consiguió llegar al cementerio a través de la puertecita que se abría al lado de la entrada de la iglesia de Vysehrad. Quería llegar hasta la escalera del cementerio Slavín para ver el féretro y oír al que pronunciaba el discurso. La gente que acudió al entierro después de ella llenó rápidamente los caminos y senderos abiertos entre las tumbas y derribó a mi madre al suelo. Cayó con la cara sobre la tumba vecina a la del poeta Václav Bolemír Nebesky.

¡Qué horror! ¡Ésta iba a ser en el futuro la tumba de Vítézslav Nezval!

Para mí, que esperaba a mi madre en casa, aquel acontecimiento también fue terrible y extraordinario. No podía apartar de mi mente el nombre de Jaroslav Vrchlicky. En la excitación y en su historia hubo algo oscuramente hermoso.

¡Vrchlicky! Era algo muy distinto de las canciones que cantaban las vecinas mientras lavaban la ropa en los patios interiores.

En aquella época alguien me preguntó qué quería ser cuando fuese mayor. Contesté que poeta. Mi madre, que lo oyó, susurró preocupada: ¡Dios mío!

Los conocidos trataron de persuadirme:

– Chico, con eso no llegarás lejos. Hoy en día ya no se lee poesía. Piensa en alguna cosa práctica.

Pero yo no quería pensar en nada práctico.

¿Qué me quedó para mi vida posterior de aquellos años de mi infancia y primera juventud que pasé en la terraza interior y luego en los rincones de la calle, allí donde no llegaba el chorro de plata del camión que regaba?

Tal vez la melancolía y el deseo de soledad, pero también la alegría de estar entre la gente, la curiosidad, la arbitrariedad y también una cierta dosis de despreocupación que le ayuda a uno mucho cuando se encuentra mal. Y además una vieja flautita medio rota, herencia del padre de mi padre, al que vi una sola vez. La parte rota la pegué con un trozo de miga. Sí, claro: entonces las flautas eran de madera.

– Sí, cógela -sonrió mi madre-, ¡podría ser mágica!

No lo era. Nunca aprendí a tocarla; ni tampoco lo intenté.

En nuestra casa nunca se hablaba demasiado sobre este abuelo paterno.

– Tu abuelo era una persona buena y alegre. A veces demasiado -decía mi madre.

Cuando empecé a ir al colegio, me preguntaban qué quería ser cuando fuera mayor.

– Quisiera ser poeta -contestaba con firmeza, y algunos se echaban a reír a carcajadas. En el instituto leímos a Cayo Julio César y, más tarde, al divino Virgilio, pero el tiempo de las canciones estaba lejos aún.

Sin embargo, he de confesar que mis años en la torre del observatorio astrológico volaron bastante de prisa.

Hasta que un día tuve la impresión de que el tiempo se detenía. De repente, todo a mi alrededor estaba lleno de música, de canciones, de alegría. Fue embriagador y bello. Me gusta recordarlo.

Si Frantisek Halas apretaba, estrechaba las palabras de sus poemas como si les quisiera retorcer el cuello para que le dieran más de lo que había dentro de ellas a simple vista, yo hacía todo lo contrario. Las palabras que tal vez me trajo el viento por la ventana abierta, las guardaba cuidadosamente entre las dos palmas de las manos para que no se escapara el polen virgen de la primavera.

¡Creedme, fue un tiempo bellísimo!

Como os sentiréis curiosos por saber quién de nosotros era entonces el mejor poeta, os lo revelaré directamente: fue Vladimír Holán, el ángel negro.

Y algo más: si Vladimír Holán hubiera sido un blanco oficial de la marina en la cubierta de un barco que se dirigiera a Split, las mujeres bonitas le hubieran esperado paseando por el muelle, mirándolo desde lejos con sus prismáticos.

Apenas había acabado Halas algunos de los preciosos poemas de los que se pudo decir que hicieron temblar la tierra, estalló la guerra más grande del mundo. Los poetas no pudieron quedarse callados.

El tiempo no nos trató nada bien. Los años pasaban despacio. Cuando se vive mal, el tiempo no se apresura para darnos tiempo a saborear todos sus horrores. Despacio nos deja olvidar, aún más despacio cura las heridas, pero las cicatrices no las borra nunca.

En la segunda mitad de la guerra publiqué un pequeño libro de poemas y lo titulé El puente de piedra.

Halas, tras haberlo leído, me dijo malhumorado:

– Está muy bien, me gusta, pero creo que hoy en día los versos no tendrían que sonar de esta manera tan dulce y hechizada. En nuestros tiempos la poesía tendría que gemir como una tormenta de viento de otoño, ladrar como los perros sueltos y chillar como las aves salvajes.

Supongo que tenía razón.

¡Pero yo no sabía hacerlo!

Me gusta Mozart y quiero creer que una canción tocada por una flauta puede abrir las puertas de la sabiduría.

¡Qué habrá sido de mi flautita de niño!

Los templos de la sabiduría en nuestro país no estaban solamente cerrados. Estaban en ruinas, mirases a donde mirases. Entonces ¿qué hacer con la cantinela, la reina de la noche?

No obstante, otra vez llegó un tiempo en que, con nuestra despreocupación, los años se contaban por sí solos porque nosotros ya no contábamos tanto los días y éramos felices.

Poco tiempo después de la guerra, el enfermo Halas murió. Cuando aún estaba en el hospital, se oyeron voces extrañas que decían que no se defendía de la muerte, que tenía ganas de morir. Yo sé que no era verdad. No quería morir. Se aferraba a la vida como una abeja a una flor rota con la que ha caído al agua. Tenía sus dolores, pero eran de esa clase que suelen rechazar la muerte y que, cuando uno se vuelve viejo, movilizan todas las fuerzas humanas, levantan el cuerpo del cansancio y el alma del desvanecimiento. Pero Halas no era viejo. Estaba cansado. Antes de su muerte mencionó que quería hacerse un traje nuevo y pidió a su mujer que le limpiase su abrigo de invierno. No, Halas no pensaba en la muerte. Estuvimos todos muy tristes. ¡Adiós!

Unos años después de Halas se fue también su elegante y efébica mujer. ¡No lo podíamos creer! Hoy están tendidos uno junto a otro, cogidos de la mano.

Cuando en la primavera colgaba del tejado la bandera de la república, me cayó en las manos una caja de sombreros. ¡Estaba llena! No pude resistir la tentación y la abrí. ¡Ay, cuántas cosas había dentro! Cintas doradas, flores artificiales, un antifaz rosa con puntillas. Sin embargo, con aquellas baratijas anticuadas mi memoria palpitó unas cuantas horas en una loca felicidad que me estremeció el corazón. También había invitaciones a diversos bailes, una pluma de avestruz rota, un fajo de cartas y de fotografías atada con una cinta dorada, unas ampollitas de perfumería de todas las formas que todavía hoy no han expulsado todos sus aromas.

Del fondo de la caja saqué también mi vieja flautita, que se quedó muda. Estaba ya tan vieja y seca que no pesaba más que unas plumas de pájaro. ¡Doce plumas y pico!

En el fondo de la caja rodaban, como si estuvieran espantadas unas cuentas rojas cuyo hilo se había roto. Y entre ellas se hallaba una fotografía amarillenta. Rápidamente, la cogí. En ella estaba Frantisek Halas cuando tenía seis años y empezaba a ir al colegio.

16. EL LÁPIZ MILAGROSO

Una vez aparecimos en el estudio del pintor Ludvík Kuba. Éramos, Vítézslav Nezval y yo. Por entonces se ponía en marcha la preparación de la monografía monumental del pintor. Nezval estaba encargado de escribir uno de los prólogos y yo prometí escribir unos poemas. Ludvík Kuba era un señor bastante mayor, pero admirablemente animado y activo. Y no nos olvidemos de añadir que también era muy gracioso. Hablar con él constituía un verdadero placer. Era muy guasón y alegremente optimista. Muchas eran las sorpresas que nos esperaban en su estudio. Antes que nada estaban, naturalmente, sus nuevos cuadros, llenos de colores brillantes y de una animación creadora incontenible. ¡Cuanto más viejo, mejor pintaba! Nada de «ropa sucia», según se llamaba en aquella época a los cuadros aburridos, sin ningún interés, pintados por artistas aburridos y sin ningún interés. Los cuadros de Kuba atacaban a todo el mundo con fuerza y pasión. Es verdad que su modo de pintar no era exactamente moderno en aquella época. Pero gracias a su creador, el arte de Kuba sobrevivió a su época. Influía y excitaba con su frescura de colores igual que las mejores obras de los impresionistas, y con la calidad del trabajo del pintor. Además, Kuba fue un sabio coleccionista. En el estudio había colecciones de objetos de arte muy valiosos, especialmente de China, y varias copias de las estatuas clásicas. En un rincón al lado de la ventana había un busto de Venus mayor que el natural. Cuando Nezval se aproximó a él, el pintor Kuba le susurró fuertemente al oído:

– No hace falta vociferarlo; pero como se ve, soy el primer terrestre que ha conseguido arrinconar a Venus.

Luego nos sentamos a la mesa que el artista acercó a una pared donde estaba colgado un nuevo autorretrato de Ludvík Kuba. Estuvimos mirando, Nezval y yo, envueltos en el espíritu del cuadro, hasta que el pintor cortó nuestra contemplación con su sonrisa.

– Están mirando mi nuevo retrato, y les tengo que contar una pequeña anécdota al respecto. Nos visitó una señorita, amiga de mi mujer. Bastante bonita, por cierto. Se quedó mirando este cuadro y luego me preguntó con inocencia y desvelada curiosidad por qué me pinto tantas veces. Seguramente quería decir: ¿a ver qué hay de interesante y de gracioso en ti? Le revelé el secreto: me pinto de malicia conmigo mismo. En seguida me di cuenta de que no entendía la broma y seguí asegurándole que le diría la verdad.

»Verá lo que pasa: a veces no llega el modelo encargado y yo no tengo tiempo ni ganas de buscar otro. Paso por un espejo, miro en él y me digo, oye, aquí está el modelo y, por casualidad, es eso exactamente lo que tú querías. Lo siento delante de la escalera, abro la caja con los colores y le aconsejo que sonría. Me obedece en seguida y sigue haciendo todo lo que me parece necesario. Algunas veces le pongo de otra forma, hasta que encuentro la postura adecuada. Es paciente y obediente. Le digo por ejemplo: a ver si sacas la pipa de la boca por un momento… En seguida pone la pipa sobre la mesa y está listo para las indicaciones siguientes. Luego le aconsejo que no ponga esa cara de tonto. No se enfada; en seguida, pone cara de sabio, como aquel Buda de allí. Le halago y empiezo a trabajar de buena gana. Se queda de pie mucho tiempo hasta que le digo que ya está bien, que yo también estoy cansado.

Después, el pintor buscó algo en el bolsillo y sacó de él un lápiz corriente, de esos que no sirven para los pintores, y en un momento nos dibujó su retrato sobre una servilleta de papel. Con pocas líneas, pero que bastaban para que fuera no sólo gracioso, sino también fiel. Sí, era una semejanza exacta con su rostro, con el gorro en su cabeza, con la pipa que llevaba entre los dientes y con la sonrisa de sus labios. Lástima que el pintor tomó en seguida la servilleta, hizo con ella una pelota y la arrojó a la papelera.

– Bien -continuó-, que no me olvide de acabar de contar mi conversación con la señorita. Al final le confié que el trabajo sobre el propio autorretrato es barato. El modelo no pide dinero. Lo tengo gratis. Y eso es importante en una época en que las pinturas se venden tan mal. Pero tiene un inconveniente: el rostro no es fácil de pintar. ¡Pero para eso están los pintores! Me remango la camisa y pongo manos a la obra. A esta ingeniosa explicación añadí para la señorita una pequeña historieta, que, de hecho, ayuda a acabar el dibujo de mi propio retrato. Un día llamó a nuestra puerta una vecina que vino a pedir un poco de azafrán para el caldo de su carne. Por casualidad la puerta de mi estudio estaba entreabierta y la señora vio allí, sobre la escalera, mi bodegón con una fuente llena de tortas. Con sorpresa se dirigió a mi mujer:

– ¡Señora Kubová, qué bien os funciona el horno!

– Qué va -dice mi mujer-, ¡es mi marido que pinta muy bien!

No había pasado ni la mitad de los días aquellos que la primavera vierte cada primavera en la belleza de mayo, cuando en mi oficina de la redacción sonó el teléfono lleno de polvo. El sol iluminaba mi escritorio y el polvo temblaba en sus rayos. Me llamaban de la radio. Desde el departamento literario me anunciaban que incluían en el programa media hora de mis poemas de la primavera. Los tenían que recitar Eduard Kohout y Vlasta Fabiánova. Y me pedían que, para esta media hora, escribiera algo sobre mí mismo. Algo así como un autorretrato dibujado con unas pocas líneas. Que leído no durara más de cinco minutos. O incluso un minuto menos. Eduard Kohout era amigo mío y Vlasta Fabiánova una aparición de una belleza seductora. Ambos parecían muy agradables, y dije que sí sin pensarlo dos veces.

Es evidente que no tenía que haberlo hecho; tenía que haber reflexionado antes. Siempre me fue sumamente desagradable hablar de mí mismo. Cada frase, incluso cada palabra que se me ocurría, o era banal o era falsa. O infundada, o aparatosa. ¿Qué les importaba a los oyentes lo que yo pensara de mí mismo? Para esto hay críticos. Y los mismos lectores. Para que se formen su propia opinión de un autor. Intenté explicárselo a los de la radio. Pero ya era tarde: el programa estaba en marcha.

Entonces recordé al pintor Kuba y su lápiz milagroso. Su don de ver y su arte de dibujar. Le bastaron unas cuantas líneas y todo el mundo le podía reconocer. Nunca he pensado de esta forma sobre mí mismo. Caminaba por el despacho, fumaba un cigarrillo tras otro, pero no se me ocurría nada inteligente. De vez en cuando miraba de reojo en el espejo y fruncía el ceño cada vez. Tan pronto como cogía la pluma, parecía que la mano se cansaba con su peso. No se me ocurrió nada. Absolutamente nada.

Al final, sí que intervine en la emisión. Pero en mi charla intenté evitar cualquier cosa que se pudiera parecer a un autorretrato. Creía que lo hacía por modestia. Pero fue más bien por la ausencia en mi cabeza de aquel lápiz milagroso que el pintor Kuba llevaba en el bolsillo de su chaleco.

Al cabo de medio año, una triste madrugada volvía a casa bajo la nieve que caía. Había trasnochado con mis amigos hablando de poesía y de poetas, y me sentía bastante cansado. En la escalera de mi casa resbalé con la nieve helada que llevaba en la suela de los zapatos y me caía con la cara sobre la barandilla. Me herí la mejilla sobre una rosita de hierro dorada. Vino a abrir mi mujer, con el niño en los brazos. Yo estaba en un estado lamentable, en el umbral de mi propia casa y con el sombrero debajo de la barbilla para que gotease en él la sangre de mi cara. No hace falta repetir lo que tuve que oír en aquella ocasión. Evidentemente, mi mujer tenía razón. Pero aquel día, por casualidad, también estaba con nosotros mi madre, que me había estado esperando toda la noche. Se oyó el corazón maternal:

– Mafenka, ¡no le permites ninguna alegría!

No lo escribo por esta voz maternal, que es bonita, pero incomprensible. Cuando me acosté, vino mi madre y se sentó en mi cama. Tuve que contárselo todo e incluso revelar quiénes eran mis amigos. A Halas ya le conocía. Y entonces me dijo mi madre con su acento pragués puro, como cantando:

– El vino y los poemas, eso sí. La gente puede hacer contigo lo que le da la gana. ¡Qué se le va a hacer, tú eres así!

Yo era todo oídos.

¡Ah! ¡Mira por dónde!

17. Una breve oración en una sala del Louvre

Desde la antigua Altamira y las célebres cuevas de Francia, la gente ha estado intentando adornar las vacías paredes de sus viviendas con pinturas bonitas. No se hubieran sentido alegres entre unas paredes desnudas. Desde aquellas rocas salvajes hasta las casas y torres elegantes de los ricos y nobles romanos, y las residencias de los magnates medievales y los castillos del Loira, sus habitaciones colgaban en sus paredes cuadros según el gusto y el estilo que en cada época reinaba en Europa. Hasta nuestras cabañas provincianas estaban llenas de pinturitas sobre cristal y los salones burgueses eran inimaginables sin toda clase de cuadros de mal gusto, pero también de obras maestras.

Luego vino Karel Teige. En principio, rechazó categóricamente los cuadros en general, luego redujo un poco su purismo admitiendo que los cuadros podían estar en las galerías, pero que en casa bastaban reproducciones impresas. Él mismo, en su casa, no tenía ni cortinas en las ventanas; las rechazaba también, y las paredes desnudas de su piso se adornaban únicamente con un tubo de la ventilación cuya necesaria naturalidad enfatizó con un color distinto. ¡El rojo! Tengo que admitir que en un piso arreglado de esta forma ya no se sentía uno tan a gusto como cuando tenía en la pared un precioso carbón de Zrzavy y el autorretrato del pintor Sima.

Pero me parece que tendría que empezar por otra parte.

Era ya el tercer año de la Primera Guerra Mundial y fue una época terrible. El pan dejó de ser pan y la gente había perdido la esperanza. Cuando en casa abrimos una pequeña barra, se desintegró sobre la mesa en unos cuantos puñados de trocitos de maíz. ¿Y para qué la esperanza? Dicen que es de Dios. ¡Pues devuélvansela si quieren!

No sé qué pasó con ella. Seguramente se convirtió en desesperación. A los heridos se les helaban las mal cuidadas heridas en los transportes interminables, y a los mendigos, las palmas de las manos extendidas en vano. Todos éramos mendigos en las largas colas delante de las tiendas despiadadamente cerradas. Nos tocaba nuestro turno a cada uno para hacer la cola del pan, de la harina, de la carne y de los cigarrillos. En marzo aún helaba y delante de las pequeñas tiendecitas de carbón la gente esperaba, acurrucada, el carbón prometido. Era inútil. Después de una larga espera se daban cuenta de que las tiendas permanecerían cerradas durante mucho tiempo. Si se pudieran vaciar esos espacios de arriba abajo, de dentro no habría salido nada mas que una negra oscuridad. Estaban vacíos hasta del último trocito de carbón. Y en aquella oscuridad saltaría y bailaría una alegre urraca. En casa muchas veces no podíamos ni calentarnos la sopa del día anterior, sobre la cual había hielo.

Entonces, mi padre se decidió de pronto. Cogió un hacha y mi madre y yo empezamos a bajar cuadros desde el desván. Eran los restos del negocio de mi padre, que le salió muy mal. Hacía tiempo había tenido en la calle Karlova de Zizkov una tienda de cuadros. Las arañas escapaban rápidamente de las caras de las vírgenes llenas de polvo, cuyos vestidos habían agujereado ya hacía tiempo las menudas ratitas. Cuando sacábamos el polvo de los cuadros, nos sonreían nostálgicamente las bonitas caras de las vírgenes y en los silenciosos bodegones descansaban manzanas y sandías rojas. Los cisnes con alas medio levantadas nadaban por el lago, quién sabe hacia dónde, y el cazador, después de su tiro magistral, estaba sentado sobre un tronco; el ciervo caído estaba tendido al lado y los perros con la lengua fuera olían su herida fresca. Pero, para nosotros, todo esto representaba un pasado no muy feliz.

Cayó el hacha despiadada y se desintegraron los marcos. Después trajimos, con mi madre, un ángel de la guarda con un marco pesado, pero descantillado. Un hermoso ángel esbelto con alas enormes conducía a una niña con un cestito lleno de fresas a través de una estrecha pasarela, sobre un precipicio. ¡Crac, crac!, hizo el precipicio y al ángel se le cayeron sus magníficas alas blancas de la espalda. Con un solo gesto apartó mi padre al príncipe Oldfich mientras miraba con enamoramiento a la atractiva y redondeada Bozena, de pie sobre un arroyo. Se acabó el flirteo. Al cabo de pocos instantes ambos se estaban quemando en la estufa. Cuando mi padre quemó a la joven Virgen en pie sobre la luna, rodeada por toda una nube de pequeños ángeles, no dejó de observar, como un especialista, que era la famosa obra de Murillo. Así que quemamos su amorosa Inmaculada y junto con ella la aún más célebre Madonna de Rafael. Ambas estaban ya bastante deterioradas por el polvo y el agua que se filtraban a través del tejado.

El hacha volaba ligeramente en la mano de mi padre, pero caía impíamente sobre los marcos, que estaban secos y se rompían. No era sólo la desesperada falta de combustible lo que conducía a aquella mano a dar buenos golpes, sino seguramente también la rabia. En aquellos cuadros se quemó también un montón de dinero austríaco.

Jamás ha habido tanta miseria y hambre en nuestro país como en aquellos últimos años de la guerra. Además, mi padre se quedó parado y las pocas coronas que habíamos ahorrada desaparecían a toda prisa.

Durante la semana, pensábamos con ilusión en el trocito de carne del domingo. Un lejano pariente nuestro era carnicero y trabajaba en el matadero de Holesovice. Algunas veces nos traía un poco de carne de cerdo o de ternera. La pasaba por la puerta oculta en los calzones fuertemente atados encima de los tobillos. Nos enteramos de esto. Compraba demasiado barato y vendía bastante caro. Corría un riesgo. Y yo que me preguntaba por qué mi madre lavaba la carne siempre, desesperadamente, en varias aguas.

Cuando se encendía fuego en nuestra pequeña estufa de la cocina, cuando la madera se rompía y las telas pintadas silbaban, nos sentábamos alrededor del ansiado calor. La estufa se encendía rápidamente, pero se enfriaba con la misma rapidez. En aquellos momentos, que invitaban a la palabra íntima, queríamos que el padre nos contara algo sobre él mismo. Por ejemplo, de cuando era pequeño. Pero nunca quiso contar nada. Mi madre, en cambio, lo hacía de buen grado, pero su vida había sido sencilla, sin sorpresas. Mi padre se quedaba mudo. Su vida había sido una cadena de desilusiones, de lo más variadas y desesperadas. Así que lo que sé, lo sé por otras fuentes.

Aprendió a ser cerrajero en una fábrica de muebles metálicos. Pero no era la profesión lo que alimentaba su esperanza para la vida futura. Anhelaba llegar a ser negociante. Sin embargo, como se vio más tarde, no tenía ninguna habilidad para ello. O sólo poca. Durante un breve tiempo había trabajado como empleado en una Caja de Ahorros en la calle Dlouhá. Hoy todavía está en aquella animada calle el edificio antiguo, con columnas jónicas en el portal, donde estaban las oficinas. Después de la bancarrota de la importante Caja de Ahorros de San Václav, a principios de siglo, se derrumbaron también las cajas menores, entre ellas aquella donde trabajaba mi padre. Naturalmente, perdió el pequeño caudal que tenía allí y cayó en una enorme deuda que estuvo pagando durante mucho tiempo y que nos dejó arruinados.

¡Mamá, por favor, no llores!

En aquel instante desesperado mi padre decidió abrir una tienda de cuadros en Zizkov. La idea era fantástica, si no absolutamente quijotesca. Pidió más dinero prestado y alquilamos un piso espacioso en un edificio nuevo, al lado de Sklenáfka, en la avenida Karlova. Dos salas en el entresuelo estaban dedicadas a los cuadros. No obstante, mi padre no quería hacer negocios con cromolitografías que se vendían por poco dinero en las ferias o en la tienda de Lobl en la calle de Hus. Conoció a un pintor que pintaba con gracia y rapidez lo que fuera. Ésta también era -al menos en su opinión- la propaganda más eficaz de mi padre. Ofrecía cuadros sobre tela pintados a mano. El pintor se llamaba Barnás y vivía lejos, en Hostivaf.

Entonces yo repetía su nombre: Barnás-Barnás; me sonaba como los palillos en un tambor y me hacía pensar en Barrabás, el malo de la Pasión. Pero era una persona buena y honrada que se alimentaba honradamente con un arte deshonrado.

Venían vacilando los primeros y escasos clientes de Zizkov. En su mayoría eran novios tímidos o unos recién casados ya un poco menos tímidos. Venían a elegir algún cuadro de la modesta reserva de Barrabás. Mi padre les enseñaba también un álbum de fotografías. Al cabo de algún tiempo empezó a aumentar el número de los cuadros en la tienda y ya hubo de qué elegir. Lo que más se vendía eran las vírgenes. Virgen corriente y trivial, modernista, cuyo autor he olvidado; o vírgenes de autores superconocidos, como la famosa de Rafael o la de Murillo, que volaban en su danza con pequeños angelitos.

En aquella época estaba de moda tener la cama con dosel. Más o menos simbólico. Del antiguo y pesado dosel quedaron sólo dos tiras ricamente plisadas de tela blanca, unidas por debajo del techo por una corona metálica. Y entre ellas había sobre la pared una de las vírgenes. Probablemente para velar por el amor matrimonial.

Naturalmente, acudían también aquellos clientes que buscaban un bodegón para el comedor. Un gallo silvestre con perdices y con un fusil de caza, una sandía cortada por el medio y uvas con manzanas en una fuente de plata, etc. Las variaciones eran innumerables, según los gustos de los clientes. El pintor Barnás siempre atendía de buen grado. Para sus salas de estar, los clientes escogían copias de las famosas pinturas históricas de Doubrava y de Zenísek. El pintor sabía producirlas con gracia. Así que entregábamos a los hogares de Zizkov las históricas parejas de Ctirad y Sárka, y el príncipe Oldfich con Bozena. Hasta hubo patriotas que decidieron comprar el cuadro que representaba Jan Hus ante el concilio Kostnice, en Brozík. Naturalmente, esta pintura era más cara. Era más trabajo para Barnás, porque en él había más figuras. Pero según me acuerdo, hasta estos cuadros le salían bastante bien.

Y el pintor Barnás, a pesar de todos sus problemas en casa, trabajaba infatigablemente. Y guardaba la palabra. Llegaba siempre puntual, con su ancho sombrero de pintor y con un largo lazo negro debajo del cuello, marcado por el aceite y los colores. Mi padre pedía luego, rápidamente, unos dorados marcos de yeso. Cuando el cuadro se secaba un poco, claro. Porque el pintor los traía frescos; no podía esperar, necesitaba dinero.

Barnás vivía en Hostivaf, adonde no se podía llegar entonces de otra forma que a pie; y desde la última parada del tranvía quedaba un buen trozo de camino campo a través. El pintor era de estatura más bien baja, pero muy activo. Llevaba una perilla, igual a la que había llevado su maestro, Frantisek Zenísek, el hombre elegante de las calles praguesas. Era viudo, su mujer le dejó siete hijos. Los cuidaba para que se alimentaran; para otras cosas ya no le quedaba dinero. En Hostivaf tenía una pequeña cocinita negra y una sala un poco más espaciosa y clara. Ésta le servía de todo: de estudio, de dormitorio y de comedor. Mientras trabajaba, los siete hijos se arracimaban a sus pies. Por suerte, eso no le molestaba en el trabajo. Los hijos jugaban con los colores y los pinceles, y con la pobre caja de pintura hicieron un carrito que conducían por la sala. Nada le molestaba. Cuando necesitaba un color que se le había acabado en la paleta, lo buscaba en todos los rincones de la habitación hasta que lo encontraba en el puñito de uno de los niños más pequeños. De la misma manera buscaba los pinceles. Pero se quedaba extraordinariamente tranquilo. Seguramente su actitud frente al arte era muy seria cuando era joven, pero la vida le amasó con esta imagen grotesca. Probablemente sabía pintar bien, pero tenía que pintar de aquella forma para poder alimentar a sus hijos.

Después de la muerte de mi padre, encontré en el armario un retrato suyo enrollado y caído. El pintor se lo había dedicado por su generosidad. Mi padre no regateaba nunca. Creo que el retrato estaba bastante bien pintado, el parecido era sorprendentemente exacto. Arte realista. Sí, indudablemente sabía pintar, pero no era un arte elevado. Además, tenía una excelente memoria de pintor. El conocido original de Liska, Cristo en el huerto de los olivos, lo pintó de memoria. Éste también era uno de los cuadros preferidos de los que teníamos. Vendimos al menos veinte de ellos. Los cuadros eran fieles en cuanto al colorido y al dibujo. Cuando mi padre le pidió algunos de sus propios paisajes, no hizo más que apuntarse en el bloque de notas unas pocas líneas ligeras. Estos dibujos en su bloque de notas me imponían. Sin embargo, a veces copiaba desvergonzadamente a Corot, cuyos paisajes conocía gracias a un gran catálogo alemán. A las vírgenes también las solía pintar de memoria. Mi padre decía que parecían vivas. ¡Hasta se les podía rezar! Pero rni padre no era creyente y lo decía para enfadar a mi madre.

El pintor Barnás arreglaba los precios según el contenido de cada pintura. La Inmaculada con angelitos de Murillo era un poco más barata que el príncipe Oldrich con Bozena y con un montón de cazadores y perros. Desde luego, lo que más caro salía era Jan Hus ante el concilio de Kostnice. Requería mucho trabajo. También el conocido cuadro patriótico de la batalla en el monte de Vítkov pertenecía a los más caros, por la muchedumbre de ambos ejércitos.

Me casé en el ayuntamiento de Zizkov en una sala donde estaba colgado el original de Liebscher. Me hizo gracia y no pude reprimir una sonrisa.

Ya sé que estáis a punto de lamentaros ante este arte, pero no lo hagáis. Con el tiempo me di cuenta de que este modesto arte tiene su significación. Si no por otra cosa, porque a la gente le gusta y hay que mirarlo con silenciosa comprensión. Vosotros diréis que es mejor una buena reproducción que esta pintura al óleo falsa. Pues sí, claro. Pero a ver, entonces ¿quién daría de comer a aquellos siete niños hambrientos? La vista del estudio de Barnás era triste y grotesca, pero al mismo tiempo era él testimonio de una vida que no se podía aplastar.

Yo acompañaba a mi padre cuando iba a Hostivaf a pedir nuevos cuadros. Barnás siempre quería un anticipo más bien grande. Al oír aquellas conversaciones, observaba a veces lo listo que era el pintor y, también, que mi padre no sabía negociar. Algunas veces hasta tuve la impresión de que mi padre le daba lástima al pintor. ¿Pero qué podía hacer?

Los niños no dejaban de tener hambre y Barnás se solía quejar de que no le quedaba dinero para los colores y las telas.

Hasta la guerra, no nos pudimos quejar en mi casa. Vivíamos modestamente y mi padre ganaba lo bastante para una subsistencia humilde. El pintor pintaba y los cuadros no tenían tiempo de secarse. No obstante, la mayoría de las ventas de mi padre las hacía a plazos mensuales. Algunos clientes pagaban, pero a otros se les quitaban las ganas. Cuando las reclamaciones no daban resultado, mi padre los tenía que ir a ver personalmente. No eran visitas agradables. Mi padre vacilaba y los clientes lo notaban en seguida y se lo quitaban de encima con una promesa. Mucho dinero se le quedó en manos de la gente. Algunas veces que acompañé a mi padre tuve oportunidad de ver hogares proletarios, donde, después de las ilusiones del casamiento, reinaban la miseria y la penuria. A veces era un espectáculo terrible. En vez de un dosel blanco, encima de la cama no había más que una pared sucia y su rectángulo algo más claro. El cuadro estaba desde hacía tiempo en el Monte de Piedad de Praga. En las sábanas sucias jugaban unos niños mugrientos y enfermos.

Al empezar la guerra, el final fue súbito e ineludible. Los hombres se marchaban a las trincheras y las mujeres se quedaban con los niños, cada vez más hambrientos. La ayuda estatal era pequeña e insuficiente. ¿Quién iba a comprar entonces bodegones con generosas mesas, cuando lo único que se tenía entre las manos eran cupones de suministro de pan, harina y carne? Eran raras las veces que venía alguna viuda, con lágrimas en los ojos, y pedía un retrato de su marido. No tenía nada más que una vieja fotografía de boda. Hasta eso lo sabía hacer Barnás. Pintaba a un hombre diez años mayor, y de forma que la viuda estaba contenta.

El último golpe se lo asestó a mi padre un viejo ricachón del mercado que vino a pedir un cuadro grande. Quería que midiera tres por dos metros. Había tenido un vivo y rico sueño: soñó con la Santísima Trinidad, el emperador y la emperatriz Elisabet, y su difunta mujer. Se encontraba con todos ellos en su pueblo natal, cerca de la ciudad de Cáslav. Lo quería tener todo en el cuadro, hasta su pueblo con la iglesia en la colina. Entregó un pequeño anticipo, pero mi padre no tenía muchas ganas de cerrar aquel negocio.

El pintor Barnás, que, por otra parte, estaba dispuesto hasta pintar una aureola a Mona Lisa y a ponerle el niño Jesús en los brazos, en principio rechazaba también aquel pedido. Dijo resueltamente que era una tontería increíble y que no lo pintaría. ¡Fue una lástima que se dejara convencer! Un gran anticipo ayudó a acabar con su disgusto. Encontró todo lo necesario y puso manos a la obra. Al cabo de tres semanas trajo el cuadro. Mientras tanto mi padre pidió hacer un pesado marco dorado que le costó bastante caro. Y aún tuvo que subirle el anticipo al pintor.

En el primer plano del cuadro estaba el cliente y propietario del sueño: a su lado, el retrato de su mujer. Sobre ellos, el emperador y la emperatriz, a la que vistió con un traje de puntillas blancas; y detrás de la pareja de emperadores, el Dios Padre, con cetro y esfera; a su lado, el Hijo, con una pesada cruz en la mano. Entre ellos volaba el Espíritu Santo, como una paloma blanca con las uñas hacia dentro.

Mi padre enmarcó el cuadro e hizo venir al viejo. Ése miró el cuadro y afirmó que no lo quería porque estaba en él de espaldas al emperador. Mi padre no consiguió convencerle. Se puso el sombrero y se fue enfadado. No se le pudo detener. Mi padre estaba derrotado. Tal vez se podía haber presentado una demanda judicial, pero era durante la guerra, en el cuadro estaba el emperador, y una demanda judicial requiere mucho tiempo y es cara. Así que mi padre le pagó al pintor, puso el cuadro cara a la pared y olvidó aquel dudoso negocio. Al cabo de un tiempo encontré en el cuadro un gran agujero. Probablemente mi padre le habría dado una patada. Se fue a trabajar otra vez a la fábrica. Pero la fábrica quebró y mi padre, ya un poco mayor, buscó en vano otro trabajo. Quería entrar como voluntario en un ejército paramilitar que buscaba las minas sin estallar fuera del campo de batalla. Pero, en el último momento, encontró trabajo en un taller ortopédico donde fabricaban prótesis para los soldados mutilados. Y allí se quedó, trabajando hasta su muerte. Una vida fallida, llena de amargura y de decepción. Mi madre lloró en silencio.

Las pinturas del maestro Barnás llenaron no sólo nuestras dos habitaciones, una de ellas bastante espaciosa, sino también mi cabeza. El olor a pintura fresca y el perfume del barniz que mi padre ponía en los cuadros más viejos para que brillaran como nuevos me despertaban en mis sueños de niño. Pintaba hasta cuando dormía. La cajita de aluminio, con una docena de colores de acuarela, la ponía debajo de la almohada antes de dormir. Pero como no estaba contento con mis primeros intentos de pintor, probé a escribir versos; y de esta manera, dudaba entre las dos artes. Pero la poesía me parecía más fácil. Porque no conseguía pintar una buena figura. No obstante, no era sólo el interés por el arte lo que atraía en nuestros cuadros de las habitaciones. En las escenas históricas que nos mandaba Barnás eran pocas las mujeres, pero solían dominar el cuadro entero. La siniestra Sárka era una guapa muchacha y, según la moda de entonces, suavemente redondeada, pero no llevaba corsé. Al contrario. La lanza que se dirigía al pecho de Ctirad no me interesaba. Le deseaba ese destino. En cambio, contemplé a Sárka largos ratos. También Bozena, sobre la ropa que lavaba, ocupaba constantemente mi interés. Ella tampoco intentaba ocultar sus encantos ante el príncipe. El caballo se encabritaba, pero el príncipe lo sujetaba por la crin hasta que Bozena se sentaba en su silla. Yo tenía una sincera envidia al príncipe Oldfich. En la casa adonde nos mudamos después, conocí a una mujer joven que se parecía mucho a la princesa Bozena. También solía ir vestida muy ligeramente mientras lavaba ropa en la terraza interior. Y cantaba. Yo observaba atentamente los mecánicos movimientos de sus brazos sobre la tabla de lavar. La saludaba respetuosamente y ella me sonreía con alegría e inocencia.

La hermosa mujer que Murillo retrató como la Virgen Inmaculada era mi amor platónico. Era pura, rodeada de una nube llena de angelitos. Admiraba su rostro increíblemente dulce durante largos ratos, y me sentía feliz.

Me permitía aquellos bellos instantes frente a las pinturas cuando mi padre se iba a alguna parte. Mi madre no sospechaba nada. Estaba convencida de que era un chico bueno, inocente, sin malicia.

Cuando, muchos años más tarde, caminaba cierto día por las alfombras del Louvre, súbitamente me dejó clavado en el suelo un gran cuadro. Era la Inmaculada de Murillo. No pensaba encontrarla allí. Creía que estaba en el Prado. En principio me pareció que era la amiga de mis años adolescentes. Pero no lo era. Hay que admitir que Murillo sabía pintar mejor que nuestro amigo de Hostivaf. Por un momento, perdí la respiración y durante mucho tiempo fui incapaz de ordenar mis pensamientos. Fue un gran momento de mi vida. Tuve que sentarme en un banco colocado delante del cuadro y, durante mucho tiempo, estuve contemplando fijamente a la Virgen para llenarme de su belleza.

¡No obstante, era ella!

¡Qué blasfemo y qué pillo era aquel Barnás! Sistemáticamente nos robaba angelitos barrocos. En el original hay por lo menos veinticinco de ellos, mientras que Barnás pintaba siete como máximo. Solamente los que vuelan por debajo de los pies de la Virgen; a los demás, los dejó plantados.

En el pequeño banco recé rápidamente una corta, pero sincera oración: «Virgen María: tú eres de Sevilla mientras que yo he venido de la lejana Bohemia: ambos estamos un poco perdidos en esta fascinante ciudad, la más interesante del mundo, en la cual, según dicen, se vive más felizmente que en cualquiera otra parte.

»Al volver a verte después de muchos años, por una fracción de segundo, tal vez con la velocidad de la luz, me encontré otra vez contigo en casa, al lado de una estufa con cuatro patas cubierta de herrumbre, cerca de la desvencijada cama metálica sobre la que colgaba una cruz y donde solía dormir mi padre. En aquella pobre estufa quemaba mi padre los cuadros viejos. ¡El tuyo también! Pero tú resplandeces aquí, en tu eterna belleza española.

»Tal vez te acuerdes de cuánto te adoraba; te amaba con devoción. Miraba largos instantes esos ojos que levantas hacia el cielo. Aparentemente, en el paraíso, allá arriba, hay más alegría y felicidad que en este mundo. Con esa larga mirada temblaba mi corazón de niño. Entonces todavía no sabía muy bien por qué. Hoy veo tu rostro y ya lo sé.

»Por eso te ruego, si hay una pequeña posibilidad, que intercedas en mi favor para que encuentre en la vida a una muchacha parecida a ti. Que tenga también unos ojos cariñosos y dulces como tú, que sea hermosa y buena. Amén.»

Y la Virgen Inmaculada de Bartolomé Esteban Murillo atendió a mi ruego.

Sin embargo, apenas salido del Louvre y huido del hechizo de la pintura de Murillo, me sumergí otra vez con entusiasmo en el universo de Picasso.

Nombres como Braque, Juan Gris, Kandinski, Matisse, Chagall, Vlaminck y otros, los pronunciábamos Teige y yo como una letanía a todos los santos. Y París ofrecía más y más aventuras. Intercalábamos los gritos de sorpresa con tazas de café que tomábamos varias veces al día bajo los toldos de los cafés en los bulevares, mirando a las bonitas vendedoras que no olvidaban de añadir a un ramito de flores su amable y tal vez inolvidable sonrisa.

La buena y complaciente señora que nos ayudaba a ordenar nuestro hogar cuando mi mujer y yo nos acabábamos de casar, en cuanto vio por primera vez las dos desnudas camas al lado de la pared, confió a mi mujer su decepción:

– ¿Por qué no habéis puesto encima de la cama un dosel blanco?

Sí, un dosel blanco, generosamente plisado, unido con una corona dorada bajo el techo, y entre tela y tela, una Virgen. Una de aquellas bellas vírgenes que tanto adoraba en mi juventud.

18. La corona putrefacta

Un amigo de la juventud y antiguo compañero de clase, que como yo, después de seguir caminos tortuosos a través de la vida, se encontró al final en el barrio de Bfevnov, y además bastante cerca de nosotros, llamó a la puerta del jardín una mañana de invierno:

– Ven a ver mañana cómo tiran a tierra nuestra vieja casa de la calle Lupácova, allí donde a veces me ibas a ver y donde fabricábamos pólvora.

Al principio vacilé. Las detonaciones de perunito no me parecían exactamente la canción de cuna más adecuada para mi viejo corazón. Pero al final dije que sí. Hacía tiempo que no había estado en Zizkov y a veces lo añoraba.

Al día siguiente por la mañana, salimos. Era un agradable día de invierno.

La calle, en la que toda una hilera de casas estaba destinada a la demolición, estaba cerrada y sólo la pudimos ver de lejos. Las casas tenían los ojos sacados y la vida se le había sido extirpada por la fuerza como las agallas rosadas de las carpas navideñas. Las paredes estaban desnudas y preparadas para sus últimos momentos. Las casas callaban enfadadas.

Aparcamos cerca del mercado y subimos por la escalera a la parte sur de la colina de Zizkov, sobre el negro túnel del ferrocarril. No éramos los primeros. Hasta los empleados de la televisión estaban ya preparados. Tuvimos delante de los ojos todo el Zizkov antiguo, cuya mayor parte tenía que hacer espacio a los nuevos edificios blancos y a las modernas y aireadas avenidas.

El campanario de la iglesia de San Procopio seguía encaramado encima de los tejados sucios de humo, y su reloj, con los números recién dorados, brillaba sobre el barrio. Las calles se unen allí, después de haber corrido pendiente abajo, en la pequeña plaza triangular de San Procopio, donde antes había un mercado. Me habría gustado correr entre los puestos. Cuando empezaba la primavera, en una de las esquinas de la plaza vendían ramos de flores medio marchitas. Olían bien. A finales de la primavera, de costumbre antes de la fiesta del Corpus, aparecían peonías rojas y varitas de lirios. Mi madre traía lirios del mercado. Le gustaban. Perfumaban todo el apartamento y la hacían pensar en la iglesia. En el invierno, antes de las fiestas de Navidad, se podía comprar allí musgo para los belenes. En el mercado me sorprendían los grandes mostradores inclinados, con agujeros redondos en donde ponían las mitades de los huevos con los ojos dorados de las yemas. Las claras las guardaban los vendedores en altas regaderas. Las esperaban los pasteleros para hacer con ellas frágiles dulces de espuma.

Como nos quedaba un poco de tiempo, fuimos a ver nuestro edificio por detrás; estaba cerca. ¡Cómo no reconocer nuestra casa entre otras casas casi iguales! Estaba unida por tres terrazas, y no faltaba ni la artesa, tal como yo lo conocí cuando era niño. Las viejas acacias negras y torcidas escaseaban. Hasta el viejo semáforo estaba allí y todavía saludaba obedientemente. No ha cambiado nada; sólo yo he cambiado. Y si tuviera que volver allí, ya nadie me reconocería.

Hace casi medio siglo que Zizkov no es mi hogar; pero, a pesar de ello, cada vez que vuelvo allí me siento en sus calles como en casa. Miro la red de callejuelas, la arrugada superficie de los tejados, y por todas partes me llegan insistentes recuerdos y se me ponen ante los ojos. Hay muchos de ellos que me gustaría acariciar, pero son tantos, y llegan más y más, y el tiempo se apresura. Queda poco tiempo para el lúgubre acontecimiento. Sólo un cuarto de hora; sólo doce, diez, nueve minutos.

Mis días presentes vuelan tan de prisa como copos de nieve con el viento y ni siquiera me da tiempo a sentirme desgraciado. Y miro conmovido dentro de los recuerdos, en los espacios solares de su tiempo, cuando un año parecía casi un siglo y un día no llegaba nunca a su fin.

Apenas me hice un poco mayor y empecé a observar mi pequeño universo limitado, lo quería poseer todo con todos los sentidos. Descubría las primeras bellezas del mundo y no tenía tiempo para digerirlas. Mi corazón se alegraba continuamente. Deseaba poseerlo todo a la vez, precipitadamente y sin pensarlo. Cada día vivía nuevas aventuras que no me dejaban dormir. Hoy, esto me hace pensar en una pequeña historia de mi primera infancia.

Me encontraba de vacaciones en Smrzovka, cerca de la frontera. Los alemanes la llamaban entonces Morchenstern. Detrás de la pared de las fábricas de vidrio descubrí un almacén donde ponían las piezas rotas o mal hechas y, sobre todo, trozos cortados de bastones de color. Parecían carámbanos rotos. Los pedazos estaban llenos de hilos y cintas de colores que formaban pequeños ornamentos. Los más bonitos eran los trozos de cristal mate, rojo por dentro y con pequeñas estrellitas doradas por fuera. En aquel momento me sentía como la mujer del poema de Erben, ante la cual se abrió una roca repleta de tesoros. Me llenaba de cristal todos los bolsillos y el sombrero y tenía miedo de que mi pasión no se acabase antes de tiempo y viniera algún guardia con su bastón. Todavía conservo algunos de aquellos trozos, como recuerdo de la felicidad vertiginosa que experimenté sobre el montoncito de basura de vidrio.

Sí, más o menos de esta forma vivía también los momentos de cuando me fui a las calles de Zizkov por primera vez. Ya no se trata de lo que había podido encontrar allí, sino de la alegría y la sorpresa que, con el paso de los años, eran cada vez más raras.

El poeta Robinson Jeffers dice que todas las cosas del mundo son bellas y que depende del poeta el saber elegir lo que puede durar. Yo lo formularía de otra forma. Todas las cosas del mundo no son bellas, pero las que el poeta elige, duran. Por lo menos mientras viva el poema que escribe.

¡Viva la poesía!

El núcleo histórico de nuestra capital está, en su aglomeración, rodeado de barrios periféricos, cuyos edificios, en su mayoría del siglo pasado, se caracterizan por ser viejos y ruinosos. Se construyeron sin pensar en sus habitantes. Y eso precisamente es Zizkov, cuya mayor parte es así. Los arquitectos y urbanistas llaman «corona putrefacta» a este círculo de construcciones y están comenzando a liquidarlo.

¡Corona putrefacta! Durante años he vagado entre las tumbas del cementerio OlSansky y sé lo que es una corona putrefacta. El término es terrible, pero exacto. Y también sé lo que pasa después de la muerte: unas cuantas coronas en la tumba.

En el barrio periférico me acostumbré a la triste melodía de la putrefacción y al olor de la pobreza. Porque la pobreza y la miseria huelen mal. ¡Y cómo se esfuerza la gente que vive en ellas para mantener su pequeña felicidad! Me enamoré de aquellas callejuelas feas, llenas de polvo, de mugre y de hierba sucia entre los adoquines de piedra del pavimento. Por los momentos de alegría que experimentábamos sin saber lo que es la felicidad. Y por los días en que vivíamos intensamente sin saber lo que es la vida.

Ahora desde la colina de Zizkov estoy mirando y sonriendo a mi propia vida, con sus primeros recuerdos, y estoy esperando que salga el humo y que, después, en seguida, se oiga una detonación estruendosa, y una casa tras otra se derrumben por dentro.

No hace mucho que, en la pantalla de la televisión, había oído la declaración de un joven deportista. A la pregunta de si se iba a casar empezó una charla: antes que nada quiere destacar en su deporte y llegar a la cima. Luego acabará los estudios universitarios y sólo después empezará a buscar una pareja indicada. Qué bien se le ha delineado. ¡Cuánto éxito tendrá este hombre!

Por suerte, no me parezco a él. En nada.

Mentiría si afirmase que a Venus se le fue la mano y que me proporcionó más que a los demás cuando medía la pasión más noble y más dulce de la vida. De todos modos, que me dio bastante y, lo mismo que Anatole France, tengo que darle las gracias y hacerle una reverencia con cortesía y sinceridad. ¡Vive eternamente, bella Anadiomene! ¡Te acataré hasta la muerte! El vivificante deseo no me deja ni en los años tardíos. No desaparecerá hasta que muera yo.

Y si en aquellos momentos en la colina donde había pasado mi juventud recordaba tantas cosas variadas, ¿cómo no iba a recordar, cómo iba a olvidar el mayor encanto y gracia del pasado que me acompañó en la vida?

Desde la infancia, me atrajo el perfume del pelo femenino. Todavía no sabía leer y ya tenía ganas de acariciar el cabello de mis pequeñas compañeras. Sólo la vergüenza, ay, la maldita vergüenza que no he sabido superar durante mucho tiempo, me lo impedía en el último momento.

En la primera clase, me enamoré de manera un poco confusa, pero intensa, de la señorita maestra. Ella misma fue un poco culpable. Estaba sentado en la primera fila y ella me distinguía de tal forma que me dejaba recoger los cuadernos de la clase. A veces se sentaba en el borde de mi pupitre y yo sentía la fragancia del jabón de sus manos. Y cuando conseguía leer algo del libro de texto sin parar, me acariciaba la cabeza. En aquel momento me temblaba el corazón y la sangre me subía a las mejillas. Cuando salía de la escuela, la seguía secretamente y vagaba alrededor de su casa mirando las ventanas. ¡Todas! No sabía cuál era la suya. Luego, por la noche, con la boca en la almohada, conversaba con ella susurrando, tuteándola valerosamente en un diálogo ficticio. Caminaba como sonámbulo; hasta mis padres se fijaron en ello y estaban preocupados temiendo que estuviera enfermo. No, estaba sano, completamente sano; únicamente me sentía triste, porque todos los grandes amores acaban infelizmente. La señorita maestra se llamaba Marie Gebauerová y me parece que era de la antigua y culta familia del profesor Gebauer, cuyo nombre teníamos en el instituto como autor del libro de texto de lengua checa. Cuando la señorita se fue de nuestra escuela, lloré sinceramente.

Si aún está viva, cosa que le desearía de todo corazón, en la primavera le mandaré una carta. Al menos, por una golondrina que el año pasado hizo su nido debajo de nuestro tejado.

Como es natural, me recuperé muy pronto de aquel amor infantil. En un edificio donde hubo un montón de pisos y en estos pisos un montón de habitantes, no solía ser difícil.

Un piso más abajo vivía una muchacha salvaje, sólo un poco mayor que yo. Tenía unos cabellos negros, mi madre decía que gitanos, y en ellos un gran lazo rojo. La encontraba casi a diario y siempre me sonreía. Una vez, cuando pasé por su puerta, me atrajo adentro y se puso a abrazarme y besarme con furia. Pero antes de poder darme cuenta de mi súbita felicidad, me sacó otra vez fuera. Como un trozo de trapo arrugado. Había oído a su madre que volvía del sótano con el carbón.

Al cabo de poco tiempo se mudó a un piso vecino una pareja de recién casados. En aquella ocasión fue la joven desposada la que sacudió mi corazón. Algunas veces me invitaba a la cocina para ofrecerme una tarta o un dulce todavía caliente. Me enamoré de ella en seguida, después de nuestro primer encuentro, y en vano reflexionaba cómo acercarme más estrechamente a ella. Por el carnaval, me llamó cariñosamente por mi nombre de pila y me ofreció una tarta con mermelada de grosella. Cuando me la acabé, cogí su mano y la besé con todo el corazón. Me dio otra tarta y medio en serio medio en broma me echó una bronca: por una tarta no hace falta besar la mano. No comprendió, por desgracia, que no era una expresión de agradecimiento, sino una declaración de amor y un torpe deseo de acercarme a su atractivo cuerpo.

No sólo por las ricas y espaciosas avenidas del centro de la ciudad, sino también sobre el polvo y el barro de la periferia, caminaban zapatitos de mujeres, chicas guapas y apasionadas, con muchas flores, cintas y sonrisas en todas partes. Así que me veía muy a menudo atado por las miradas de aquellos bonitos ojos.

Acostumbraba a sentarme con un amigo en una valla metálica que rodeaba el pequeño parque de la plaza Kostnické. En la primavera, sólo crecieron allí unas pocas ramas de lila que los chicos cogieron antes de que tuvieran tiempo de florecer; y un mirlo. Pero por encima de nuestras cabezas flotaban unas nubes blancas y nos bastaba con poder respirar el aire perfumado de la primavera.

Siempre me ha gustado el perfume fuerte y espeso, como crema de leche, de las violetas nocturnas. En la colina de Zizkov había huertos enteros de ellas. Iba allá a sentarme a su lado y soñaba casi con furia. Y en un cuaderno apuntaba versos. De tanto olor de violeta, a veces me dolía la cabeza. El querer volver a esos lugares después de tantos años era inútil. Todo había cambiado. Quise acariciar el respaldo del banco, lleno de inscripciones escritas y raspadas con cuchillo y mirar si debajo del banco seguía habiendo horquillas perdidas; pero el banco ya no estaba allí.

Se aproximaba la hora de la detonación. Estaba observando las demás casas. Muy ajadas, eso sí, pero tengo la impresión de que hoy poseen una especie de amabilidad humana, como si durante aquellos largos años las hubieran acariciado muchas manos de hombres y mujeres.

Al cabo de unos segundos se oyó un estruendo y las casas se derrumbaron y se cubrieron con una espesa nube negra de polvo. Miré el rostro de mi compañero. Tenía lágrimas en los ojos.

– No te rías de mí -me dijo cuando subíamos al coche y chorros de agua derribaban al suelo las nubes de polvo-. Es que vi en la nube a mi madre que estaba untando una rebanada de pan con manteca y chicharrones.

Cuando construían en París la alta torre de hierro, el señor Paul Verlaine, que pasaba al lado, se tapó los ojos con el sombrero, para no entrever siquiera aquel monstruo. Y al cabo de poco tiempo, los poetas franceses enviaban a la To rre Eiffel sus besos entusiasmados en las puntas de los dedos y los acompañaban con los versos amorosos de sus poemas.

Y hoy en día, los turistas y los parisinos difícilmente podrían imaginar París sin esa torre.

Si llegase a vivir hasta el día en que nuestra calle de Zizkov esté rodeada de blancos edificios de panel, no me taparía los ojos, pero caminaría por esa calle como un extranjero por una ciudad ajena y absolutamente indiferente.

19. LOS AMORES DEL CAPITÁN STRATTON

Nos mudábamos al piso nuevo del barrio de Bfevnov cuando desde las ventanas abiertas de las casas vecinas se oía el ruido de los altavoces de la radio. Hitler gritaba y amenazaba. Era en junio del año treinta y ocho.

La alegría del nuevo ambiente, lleno de aire fresco y de sol, fue estropeada por las amenazas nazis. Una vez más se acercaba un desastre a nuestra nación, a través de aquellos campos que se veían desde las ventanas. El monte Bíla hora [En la batalla de Bíla hora (1620), al principio de la Guerra de los Treinta Años, Bohemia perdió su independencia y no la recuperó hasta trescientos años más tarde] no estaba lejos.

Al cabo de poco tiempo, y directamente delante de las ventanas, apareció un día una hilera de esbeltos cañones antiaéreos. Tenían un aspecto amenazador y estaban dirigidos contra el cielo occidental.

Pero todavía cantaban los pájaros y en los campos se bamboleaban con frecuencia las bandadas de perdices o saltaban las jóvenes liebres. ¡Aún era la paz! En Bfevnov, entonces, había más color verde que tejados y desde los bosques de Kfivoklát soplaba un aire perfumado.

Aunque no cuento algunas estancias cortas en otros barrios, de hecho cambié la vivienda de un barrio periférico oriental, que fue el lugar de mi juventud, por la residencia en la parte occidental donde hoy transcurre mi vejez. Pero mientras las demoliciones continuas se van comiendo a trozos mi Zizkov natal, Bfevnov se está volviendo un barrio más moderno y que va creciendo. No digo que sea hermoso. Por la época en que vivimos aquí, la mayor parte de las casas estaban en un lado de la avenida Bélohorska. En el otro lado había un anchuroso valle, cerrado por los terrenos de un monasterio. Así fue el Bfevnov antiguo. Era un idilio de verdad. Todavía queda allí una pequeña plazoleta en donde, hasta hace poco, tocaban el Ángelus. Actualmente, en aquellos sitios donde antes olía a eneldo y a comino, hay edificios modernos y largas calles bordeadas de hileras de coches de todos los colores. Y debajo de los coches, manchas de aceite. No siempre es una vista agradable. De todos modos, todavía se oye allí el canto de las alondras, aunque cada vez hay menos.

Conozco Bfevnov desde mi infancia. Caminábamos por aquí desde Pohofelec hasta el monasterio y, luego, por el camino de árboles de Zeyer hasta Hvézda. Para coger violetas y muguetes. Estos últimos ya no crecen allí. Por el camino, nunca dejábamos de parar delante del hostal Na Marjánce. En el portal de esta famosa sala de baile había un cuadro primitivamente expresivo de la Batalla de Bíla hora. Los días de baile en Na Marjánce eran célebres. El énfasis, la fama y la calidad pintoresca también procedía de los dos cuarteles que estaban cerca de allí, en Pohofelec. En uno de ellos había infantes, en el otro dragones. El toque de retreta se oía por todo Bfevnov.

Vivimos en la avenida Bélohorska, sobre el llano de Strahov, cerca de ambos estadios. En verano oímos los tiros de salida de las pistolas. Cuando acabábamos de llegar aquí, desde las ventanas se veía el monte Ríp. Eso era muy agradable. Y Milesovka y Kletecná, algunas veces. Al ampliar el hospital militar se acabó la vista. Ahora vemos el triste edificio del hospital, y del paisaje, nada en absoluto. Dicen que desde el edificio de la radio de la comisaría en septiembre se pueden ver las montañas de Krkonose. Cada año me prometo verlas pero de costumbre me olvido.

En la imprenta de Lidovy düm trabajaba el impresor Václav Chlumecky. Cuando se enteró de que me había mudado a Bfevnov, vino a verme.

– Tengo un hermano en Bfevnov. Está enfermo de poesía. Cuando sepa que estás allí, no tardará en asaltarte. Pero no te preocupes, es una buena persona. ¡Salvo en los poemas!

Tenía razón. Al cabo de un par de días vino. Y era una buena persona. Nos hicimos buenos amigos.

Bohuslav Chlumecky nació en el seno de la familia de un conserje de una nueva escuela de Bfevnov, todavía inundada por el verdor de los jardines. Tenía unos años menos que yo, pero era ya conocedor del barrio.

Más tarde, me hablaba algunas veces del antiguo Bfevnov y de su infancia. Antes había sido un pueblo independiente, sin relación con Praga. En la antigua fonda El castaño se había fundado el partido socialdemócrata. La gente que vivía allí era, en su mayoría, pobre: obreros, proletarios. Los habitantes, tal como suele ocurrir en los pueblos, se conocían de la tienda, de sus clubs y de sus bares. Praga, que estaba tan cerca, les parecía lejana. En aquella atmósfera de pueblo obrero se había formado Chlumecky. Por las ventanas de la escuela se olía a comino y a hojas de apio.

Digo que se había formado. Pero se formó mal. Aunque nació con la columna vertebral recta, desde la infancia se le iba torciendo perniciosamente. Creció pequeño. Me da vergüenza decirlo, pero me hacía pensar en las estatuas barrocas que hay delante de la entrada del castillo en la ciudad de Nové Mésto nad Metují. Era un poco más alto, eso sí, pero su cara se parecía mucho. Hasta que no le conocí perfectamente, me sentí cohibido en su presencia. Como había dicho su hermano, adoraba la poesía. Los poemas representaban para él lo que el aire representa para un árbol verde. Le hacía vibrar y vivía completamente sumergido en su ondear vivificante y en su música. Le devolvía lo que no tuvo en la vida. Al menos parcialmente.

No obstante, en aquel cuerpo torcido se albergaba un espíritu elevado y recto. Hacía tiempo que tocaba el violoncelo, pero más tarde se dedicó enteramente a la poesía. Cuando le conocí, ya tenía una rica biblioteca, poética de verdad. Sabía renunciar a casi todo en la vida con el fin de tener dinero para los libros. Se los hacía encuadernar en las pieles más preciosas. Estoy hablando de los mejores encuadernadores. Casi todos están muertos y con ellos ha muerto el hermoso libro cheko. A Chlumecky le encantaban los libros bien hechos, pero no era un bibliófilo esnob.

Pequeñas joyitas al lado de joyas grandes: el corazón y los ojos temblaban de emoción. Se compró dos armarios-biblioteca antiguos y los tenía llenos en dos hileras. Logró conseguir todo (hoy libros de mucho valor) lo del antiguo imperio. Adoraba a Barbey d'Aurevilly; y a Léon Bloy, aquel insolente genial y espléndido, dueño de la joyería de todas las injurias del mundo, lo tenía encuadernado en tafilete fino de color rosa.

Tal vez se podría decir que la profesión vital de Chlumecky fue la poesía. Le dedicó la mayor parte de su tiempo. El resto de tiempo lo pasaba en una oficina del ayuntamiento de Praga, donde estaba encargado de los impuestos de los perros pragueses.

No sólo le gustaba leer los poemas, sino que le encantaba recitarlos. Aunque no le fue dada una figura elegante, intentó al menos cultivar histriónicamente su voz un poco ronca. Y lo logró. Tuvo un gran ejemplo en Zdenék Stépánek. Y ese modelo lo eligió bien.

En su segunda visita en mi casa me dejó estupefacto. Aprendió de memoria mi colección de poemas Vestida de luz y me la recitó. Aunque no era bebedor de vino, aprendió de buen grado con interés todas mis romanzas del vino y las decía agradablemente.

El número magistral de su repertorio era un poema del autor inglés John Masefield: «El amor del capitán Stratton.»

Antes de la guerra se publicó en Zlín una pequeña antología de este poeta. En nuestro país fue, y me parece que sigue siendo, poco conocido, aunque Masefield era poeta laureatus. En Inglaterra siempre tienen a un solo poeta premiado de esta forma. No sé inglés ni conozco el original, pero puedo decir que lo que conozco es malo. Incluso muy malo, torpe. De todas maneras, el poema sobre el capitán Stratton es una pieza agradecida para la recitación. La antología fue seguramente un asunto puramente de Zlín, porque no recuerdo haber visto el libro en el mercado pragués. Así que no tengo ni idea de cómo lo consiguió Chlumecky. Fue precisamente aquel poema el que llamó la atención del recitador, aunque también era precisamente aquel poema el que estaba peor traducido. Aprenderlo era facilísimo. Le prometí traducirlo mejor. Pero no cumplí la promesa. Hoy esta traducción está marcada por la muerte de Chlumecky, al menos para mí. ¡Qué le vamos a hacer! Dejaré su versión.

¡Eh! -algunos quieren el vino tinto, otros lo quieren blanco, o están locos por el baile, cuando la luna brilla blanca, pero sólo el ron, cuando bebes ron, vives bien el tiempo, piensa el viejo y valiente capitán Stratton.

Estos versos los recitaba con un patetismo silencioso, pero creíble. Hasta hoy los oigo en la mente cuando le recuerdo. Ni estaba loco por el baile, ni bebía ron; sólo unas gotitas en el té por Navidad.

¡Eh! -algunos quieren el vino francés, otros el de la lejana España,

otros piensan -ay, qué tontos- que cada chica es un ángel, pero a mime gusta el ron -el ron de Jamaica, ¿quién se puede quejar de él? dice el viejo y valiente capitán Stratton.

Lo dice el poeta. Pero creo que si Chlumecky lo pudiera decidir, en vez de sentarse a la mesa con botellas de alcohol, preferiría arrodillarse delante de la imagen de una mujer e inventaría las palabras más hermosas en su honor. Aunque fuese sin esperanzas, aunque fuese en vano.

¡Eh! -algunos quieren lirios y otros quieren rosas,

pero yo quiero la caña de azúcar, sólo la isla de Jamaica puede

sacar tal flor que apreciará la piel morena de mi nariz,

dice el viejo y valiente capitán Stratton,

¡Eh! -algunos quieren el violín, otros prefieren canto, otros bonitas palabras para hechizar corazones de muchachas, pero los labios están hechos para el vaso y sólo el ron limpia la

sangre, opina el viejo y valiente capitán Stratton.

En su juventud Chlumecky había estado aprendiendo a tocar el violoncelo. Sabía bastante y seguramente habría logrado una cierta perfección. Tenía un buen sentido para la música. Pero no podía continuar con el violoncelo. Se lo prohibió el corazón. Escribía versos. Y no estaban mal. Cuando volvió con su amiga de un concierto donde habían tocado el cuarteto en do mayor de Dvoíák, escribió unos interesantes versos que llamó Cantabile. En este poema se habla de la música de violoncelo, que con su voz llama a los ángeles. Como entonces no podía tocar ese instrumento él mismo, tenía que ponerse de acuerdo con los ángeles directamente. Era católico.

Hay algunos obsesionados con las cartas mientras otros miran

allí donde se baila,

otros prefieren rojos labios y el encanto de unos ojos, pero sólo un litro de Jamaica es lo que me conmueve, dice el viejo y valiente capitán Stratton.

Algunos, que son buenos, piensan que es pecado

ver las copas y sus dólares en ellas;

yo quiero la armonía de la copa, ¿por qué vivir como un monje?,

dice el viejo y valiente capitán Stratton.

No, Chlumecky tampoco jugaba a las cartas, y naturalmente aún menos intentaba bailar. No obstante, tampoco vivía como un monje. Tenía bastante fuerza y creó su propio mundo. Y éste fue lo suficientemente bello para que pudiera vivir en él cuando el destino le privó de tanto.

¡Eh! -algunos que visten de seda no son más que gamberros, otros que parecen honrados son unos ladrones, yo bebo honestamente y moriré calzado como el viejo y valiente capitán Stratton.

Al final de esta estrofa, con un acento de cierto orgullo, el recitador daba un vivo taconazo. Sin embargo, no logró acabar calzado. Le hacía falta algo para un final así. ¡Un detalle! La mar tempestuosa.

Una amiga de Chlumecky, una joven profesora del Colegio femenino de Praga, Marta Husákova, se casó con el doctor Hodgkiss y se fue con él a Inglaterra. Apenas se encontró en tierra inglesa, escribió al poeta John Masefield: en la lejana Bohemia hay un joven que se ha enamorado de su poesía. Recita sus versos y los da a conocer a los jóvenes checos. El poema sobre el curioso amor del capitán Stratton figura entre sus poemas preferidos. El poeta invitó a la señora de Hodgkiss a su casa y se sintió muy conmovido con su historia sobre Chlumecky. Le escribió una amistosa carta. Desde entonces, entre las primeras felicitaciones navideñas cada año figura la de este poeta. Yo tampoco salí de aquella visita con las manos vacías. Recibí un ramito verde del laurel de su casa. Lo guardé detrás del cristal de mi biblioteca. Con el tiempo se secó y se volvió marrón. Cada vez que lo miraba no podía reprimir una sonrisa, acordándome de Svata Kadlec. Durante la guerra, cuando visitábamos a Jifí Mafánek, Kadlec nunca se olvidó de coger en secreto unas hojas de laurel de las coronas que colgaban de las paredes. Le gustaba cocinar y necesitaba las hojas para las salsas. En aquel entonces, no se podía conseguir laurel.

Hablando de la señora de Hodgkiss y Bohuslav Chlumecky, no puedo dejar de contar la historia del Colegio femenino de Praga y el de Kosinka, en el barrio de Liben. Bajo su techo hospitalario encontró Chlumecky su escenario y, ante él, un público femenino joven y curioso.

– Sólo después de ingresar en Kosinka empecé a vivir. Antes no hacía más que sobrevivir miserablemente -cometaba Chlumecky.

En Liben todavía existe la enorme torre. ¡Pero qué digo, torre! Es todo un palacete. Había pertenecido al industrial Grabe, quien se mudó a Viena antes de la guerra. La torre se llamaba Kosinka y las muchachas que encontraron en ella un pasajero hogar feliz se llamaban a sí mismas Kosinkáfky. La torre fue alquilada por la directora del Colegio femenino de Praga, montado aquí según el modelo del colegio parisino del Sacré-Coeur. La torre fue rodeada de jardines franceses y de pistas de tenis.

No he preguntado cómo fue que Chlumecky cayó entre estas chicas; pero, en realidad, no se trata de eso. Los que le vieron allí hablan de él con entusiasmo.

«Chlumecky se convirtió en el alma de los programas culturales y esa acción fue muy amplia e importante. Estaba en su salsa, buscaba, organizaba, preparaba, negociaba con entusiasmo inapagable los proyectos culturales.»

Esto cuenta de él su amigo J. V. Viktorin. Un ambiente único de amistad lo creaba en Kosinka la frecuente presencia de artistas jóvenes. El contacto con los universitarios y alumnos del conservatorio se hizo una regla. Los jóvenes estaban entre ellos. Los artistas, actores y músicos que empezaban necesitaban probarse a sí mismos en una actuación delante del público. Allí iba E. F. Burian con M. Buresova y con su conjunto teatral. Chlumecky llevó a muchos invitados célebres a aquel ambiente agradable y animado de muchachas inteligentes. Las escritoras M. Majerova y J. Glazarova estuvieron allí. Majerova me había hablado de la escuela con sincero interés. Los poetas Nezval y Halas también. B. Mathesius solía ser un invitado frecuente, al igual que Jan Drda y Albert Vyskocil. Hasta el interesante Max Brod visitó el Colegio. Pero es difícil recordarlos a todos.

En Un verano caprichoso el señor Dura, propietario de una piscina, observa: «Hay pocas chicas guapas en el mundo, pero algunas sí hay.» Si tuviera razón, aunque yo no lo creo, en Kosinka habrían estado todas las muchachas bonitas de Praga.

Chlumecky recitaba versos a las jóvenes bellezas y las chicas escuchaban con interés. Creó una buena atmósfera y gracias a él la poesía estaba allí en su casa. Y él era feliz.

Varias veces en su vida Chlumecky intentó acercarse a las mujeres, pero siempre fue rechazado y cruelmente burlado. Se dio cuenta de que tendría que conformarse con su soledad. Ninguna mujer quiso unir sus pasos a los de él. Tal vez no haya que extrañarse. La puerta en el deseado jardín del amor le fue cerrada con cadena y estaba guardada por un perro rabioso.

En Kosinka se vio de repente totalmente rodeado de mujeres jóvenes, que le sorprendieron y alegraron con su interés y su amistad. Se podría decir que era directamente mimado por su atención.

¡Ay, pero aquel perfume embriagador de la belleza y la juventud femeninas! Ya no me acuerdo qué poeta dijo que la mujer es más hermosa que el cielo azul.

Parece, sin embargo, que las mujeres de hoy desprecian el mito que habían creado ellas mismas, con una pequeña intervención de los hombres. Éstos les responden ahora con su rudeza y su grosería machista, y a veces hasta con cinismo. Es una lástima. ¡El mundo había sido antes, quizás, un poco más bonito!

Pero volvamos a Chlumecky, que respetaba a las mujeres profundamente. Seguramente mucho más que cualquier hombre normal. Y así encontró un sendero por el que se pudo acercar al corazón femenino. Sólo tenía que saber dónde estaba el límite que no podía ni tenía que traspasar. Las chicas se acostumbraron a su desafortunado exterior e intentaron no ver su lamentable aspecto. Eran muy buenas y lo lograron. No quiero afirmar que fuera feliz del todo. Le era bastante difícil y amargo moverse en un ambiente de tanto encanto femenino como un descalzo sobre el cristal roto. Una sala llena de mujeres jóvenes y alegres no es una silenciosa capilla para arrodillarse sobre losas frías.

Pero para Chlumecky lo era.

Creo que gasto demasiadas palabras para describir una cosa tan sencilla y evidente. Chlumecky se enamoró de las chicas. En principio de todas a la vez. A primera vista, esto fue más o menos platónico, y por lo tanto inocente y sin dolor. Querer a toda una clase de bellas jóvenes no es un gran arte. Pero fue peor cuando se enamoró de una tras otra.

Una cosa era segura para él. Si no quería estropear todo lo que había logrado, no debía demostrar sus sentimientos; ni con una mirada, ni con una palabra, ni con el más mínimo movimiento de los ojos. Pero el amor siempre ha sido muy ingenioso. Si existe la transmisión de los pensamientos en alguna parte, seguramente es en este ámbito, en el universo de las relaciones amorosas. Naturalmente, cada una de ellas reconoció su sentimiento en seguida, y tal como suele pasar, no lo guardó para sí misma.

Naturalmente esta clase de amor secreto no es cómodo ni, menos aún, feliz. Ni el mismo Dante supo callar. Pero Chlumecky tuvo que hacerlo. Y de esta manera las llamas de sus amores disminuían y palidecían cada vez más, aunque nunca se apagaban del todo y siempre estaban preparadas para brotar otra vez. Pero la razón suprimía constantemente el corazón y lo apretaba cuando el corazón no quería resistir de ninguna manera. Pero lo que la razón no pudo controlar fue el dolor del corazón.

Sin embargo, las chicas también eran un poco culpables, si es posible llamar culpa a la despreocupación juvenil y al encanto de la juventud. La verdad es que no se hubieran podido tapar las caras ni vestir las bonitas piernas con un saco.

¡Pobre Chlumecky! El corazón se le rompía. Me confesó que a veces le latía con tanta intensidad que lo sentía en la garganta. Pero las chicas se comportaban con él de una manera amable y gentil. ¡Tal vez eso era lo peor!

Con aquel constante fuego de sus ojos algunas veces llegó a tambalearse. No obstante, puso en su voz ronca tanto amor y cariño, tanto fervor sincero, que se ganó el corazón de todas las alumnas.

Vino a verme y me confesó que las chicas le habían pedido varias veces que les dijera qué es de hecho la poesía. Le di una definición de la poesía de la que yo sabía que no expresaba nada: «La poesía es belleza vestida de palabras y palabras vestidas de belleza.»

El se dio cuenta de que esta frase no quería decir nada y se mostró descontento.

En Bfevnov, allí abajo, en Na Petynce, vivía su amigo Albert Vyskocil. Él le dijo algo mucho más expresivo y le reveló su secreto:

Que nunca podemos llegar a descubrir lo que es la poesía, que nunca logramos apoderarnos de ella. Que nunca la podemos aprender. Que la poesía es algo que se nos aparece. Que sencillamente es una Aparición. Y que todo lo que tenemos que hacer nosotros es sorprendernos.

Estas palabras respondían mucho mejor al respeto que él sentía por la poesía y por el camino que conduce a ella, aunque este camino no se acabe nunca.

Tal vez la explicación era bastante incomprensible para aquellos espíritus tan jóvenes; pero no importa: se hicieron a la idea y siguieron escuchando y amando la poesía. Los poetas tenían en Chlumecky un fiel mensajero para el pensamiento y el interior de los jóvenes.

Cuando Chlumecky volvía por la noche a casa -eso me lo estoy inventando- abría las bibliotecas antiguas y buscaba en ellas los libros que más estimaba. Los acariciaba -con ellos sí le estaba permitido- y se ponía a leer. Luego cerraba el libro y los ojos. Svatopluk Cech escribió una vez un bello verso sobre su soledad:

Las sirenas de la vida me cantaban bellas canciones.

¿Qué clase de canciones habrá oído el valiente y pobre Chlumecky en su soledad? ¡Horror!

Durante la guerra, los alemanes cerraron Kosinka en 1942 y echaron a los profesores y a las alumnas. Algunas chicas empezaron a añorar la vida alegre del colegio. Kosinka se convirtió en una leyenda y las muchachas decidieron reunirse allí regularmente. Chlumecky, claro está, también acudió allí. Y desde entonces siguen reuniéndose.

Los años corrían de prisa. Ya tenían hijas mayores y éstas acompañaban a sus madres a las reuniones. Y de hecho, las hijas mismas tienen ya hijas y ocurre lo de la Canción del marinero de Paul Fort: «Eh, hija, prepárame a tu hija.»

Hasta hace poco Chlumecky les escribía invitaciones en verso. He leído un puñado de ellas. Son graciosas y agradables.

Delante del escaparate de la editorial Melantrich, en la plaza Václavské, encontré una vez al profesor V. V. Stech. Miraba con interés, detenidamente, la cabeza de una virgen gótica.

– Es una copia en yeso de la virgen de madera que está en el pueblo de Tismice. Se llama de los Claveles. Tiene claveles pintados sobre el vestido.

Le di las gracias por la información, entré en la tienda y compré la cabeza. Me gustó y no era cara. El día siguiente era el cumpleaños de mi mujer y así tenía un regalo. La puso sobre la biblioteca y allí está desde entonces.

Primero busqué en el mapa: Tismice, en Bohemia del sur, hogar de las vírgenes góticas más bellas, pero, para mi sorpresa, me enteré de que Tismice está muy cerca de Praga, a unos pasos de Cesky Brod. Me lo dijo Chlumecky, que conocía la virgen. Un día de otoño me fui a Tismice. La pequeña basílica románica está situada sobre una suave colina, en medio de unas cabañas rústicas. La estatua es verdaderamente preciosa. Esbelta, a la manera gótica, con un atractivo rostro de muchacha y unos menudos labios cerrados. Está sobre el altar mayor. El anciano párroco, para mezclar sus encantos y su santidad, había extendido encima de ella un baldaquino de tela celeste que además hizo bordar con rositas de papel. A decir verdad, no era de muy buen gusto, sino todo lo contrario. Pero ahora recuerdo un conocido cuento de Anatole France en que el malabarista homenajea a la Virgen en el altar enseñándole unos cuantos juegos de manos y trucos malabares. Pues, ¡por qué no!

Poco después de mi visita a Tismice me vino a ver un joven redactor del periódico Kulturní tvorba, para hacerme una entrevista. Cuando nos quitamos de encima la conversación, el joven miró la casa y decidió añadir a la entrevista la descripción del ambiente.

¿Cómo miró por la ventana? Se ve que se orientó mal y lo confundió todo. Luego, insultó a nuestra escalera. Dijo que rechinaba. Que yo sepa, una escalera de hormigón no puede rechinar. Luego miró la máscara del difunto F. X. Salda que tengo encima de la mesa y se la atribuyó a Josef Hora. Eso se lo perdonaría, porque no podía conocer ni a uno de ellos. Hubo algún otro error en el artículo, pero ya no me acuerdo bien. Lo peor fue cuando miró la cabeza de la virgen de Tismice y me preguntó qué hacía allí. Sin sospechar nada malo le describí sin ninguna mala intención mi viaje a Tismice. Hablaba con él como un viejo periodista lo hace con otro y me imaginaba que luego arreglaría todas las informaciones para presentarlas a la prensa. Le describí Tismice como un pequeño pueblo lleno de barro. ¡Si estaban en plena recolección de la remolacha! Incluso delante mismo de la basílica había un charco negro tan grande que costaba mucho atravesar. También le describí, con plasticidad, el gusto del señor párroco que decoró a la virgen con azul celeste, así que aquello parecía una casa de citas. Sí, desgraciadamente hice esta observación. ¡Y ahora ha empezado todo! Porque aquel hombre lo escribió todo, tal como yo se lo había dicho.

Primero recibí una carta enfadada de la cooperativa agrícola de Tismice. Decían que son una cooperativa ejemplar, cuya administración funciona muy bien y que se cuida incluso del buen aspecto del pueblo. Estaban ofendidos.

El señor párroco mandó una carta de queja. Me reprochaba que en la iglesia me había enseñado y explicado todo y que yo ahora se lo pagaba con desagradecimiento y mala educación. Y demostraba lo bien que cuidaba la iglesia.

También me escribió una carta de protesta un historiador del arte de la cercana ciudad de Cesky Brod. La virgen no se llama de los Claveles y consideraba mi afirmación un error grave. Yo dejé este error en los hombros de V. V. Stech. Lo habrá llevado con toda tranquilidad.

Recibí unas cuantas cartas llenas de sentido común de los habitantes de las cercanías. Opinaban, y creo que justificadamente, que no hace falta hacer notar una joya única de nuestro arte en una época en que ocurren tantos robos de objetos de arte en las iglesias y en otras partes. La virgen de Tismice no está bien vigilada y el párroco es ya anciano. No pude dejar de estar de acuerdo con ellos.

Primero me disculpé con la cooperativa agrícola enfadada. Luego escribí al historiador de arte de Cesky Brod y finalmente di la razón a los que habían expresado su preocupación por el peligro que corría la virgen. Sólo faltaba el párroco. Estuve vacilando. Y entonces apareció el sabio Chlumecky y me reveló que conocía un poco al párroco de Tismice y que lo arreglaría con él. Él mismo se ofreció. Junto con un amigo, tomaron dos bicicletas y el domingo siguiente se fueron a Tismice.

En el dispensario de Bfevnov teníamos un médico excelente. Desde sus comienzos en Bfevnov cuidaba de la salud de Chlumecky y curaba su enfermedad con mucho cuidado. Cuando le vio una vez en bicicleta cómo subía por la avenida Bélohorská, le llamó y le prometió entre amigos que si le veía otra vez en bicicleta, le daría un par de bofetadas en plena calle. Tenía razón.

Por el camino a Tismice, ya cerca de Cesky Brod, Chlumecky frenó en seco delante de las barreras y su amigo chocó con él por detrás. Chlumecky cayó de la bicicleta y se rompió una pierna. Desde entonces hasta su muerte se fue arrastrando por Brévnov con dos muletas.

Sin embargo, esta desgracia no le dejó compungido. Durante algún tiempo fue cojeando a su oficina, siguió escribiendo sus invitaciones en verso a las Kosináfky y se reunió con ellas regularmente.

Hasta llegaba, cojeando, a nuestra casa en la calle U Ladronky. Cuando venía, no se sentaba. Sentarse le producía dolor. Se quedaba de pie al lado de mi escritorio y hablaba a mi mujer sobre la poesía, sobre las chicas de Kosinka y no sé qué más.

Conocía bien su pobre casa y sé lo que quedó en ella cuando él murió en el hospital de Strahov: ¡Nada! Sólo dos armarios antiguos, llenos de libros muy valiosos. Y una veintena de chicas de Kosinka estuvo llorando encima de su tumba abierta.

Al cabo de poco tiempo empezaron a aparecer por casa algunos conocidos de Chlumecky diciendo que habían visto sus libros en tiendas de libros de viejo. Pero los vendedores de las tiendas no querían revelar quién les había vendido los libros. No importa. ¡Ya lo sabemos!

… El Dios, mi Señor, que me condujo fuera de Egipto y de la casa de la esclavitud, me encargó un rico rebaño. Pastoreaba en los prados verdes, pero yo no le corté la lana. Entonces vinieron los lobos, mataron a los corderos e hicieron correr a las ovejas por toda la región.

No busquéis esta cita en la Biblia. La he inventado yo cuando me enteré del lastimoso fin de la biblioteca de Chlumecky.

Los antiguos estantes de libros se llenaron de ropa.

20. Declaración testimonial

En aquellos años -me refiero al tiempo de la guerra- empezó en este país una mala época. Nos parecía que los manantiales se habían vuelto amargos y que los pozos perdían su maravilloso sabor a agua. Hasta el canto de los pájaros se nos volvió algo vacilante. Quizás ni lo oíamos, y detrás de la oscura ventana estaba acurrucada la vida. Los enamorados se besaban con encogimiento respetuoso, como si el tierno acercamiento de unos labios a otros, este dulce símbolo del deseo de un ser humano por otro, no perteneciera ya a la vida y al amor; en muchos casos, resultó ser la despedida para siempre. La vida se convirtió en desalentada, agria y pesada, cada vez más pesada.

El atentado [contra Heydrich] de la vecina calle de Bulovka, el miércoles 27 de mayo de 1942, dividía aparentemente la ocupación de nuestras tierras en dos partes. La segunda fue más terrible.

Una noche, días después de aquel acontecimiento, volvía a casa a través de una Praga sin luz y me encontré con un cortejo fúnebre, que se arrastraba lentamente, pero rítmicamente, desde el barrio de Vysocany hasta el Castillo. Los tambores, revestidos de negro, retumbaban en los lentos pasos y las antorchas iluminaban unas caras extrañas y malvadas. Fue la negra máscara sobre los ojos de la venganza. Fue el horror en marcha lenta.

En el primer patio del Castillo creció rápidamente un sombrío catafalco y los pesados toques de la fanfarria fúnebre caían como piedras por las calles de Praga, bajo el Castillo. Y todo se quedó silencioso, invadido por un presentimiento nefasto. Dicen que no les dio tiempo a bajar del cuerpo del muerto los trozos de crin arrancados por los disparos del asiento del coche.

¡No hay ningún infierno! ¡Lástima! ¡Tendría que existir!

El cuarto día después del atentado, a principios del mes de junio, vino a vernos Svata Kadlec con su mujer. Recuerdo aquella noche demasiado bien. Nuestro amigo el escritor Vladislav Vancura estaba detenido desde hacía unas semanas y le torturaba la Gestapo. Estuvimos sentados al lado de la radio, todos emocionados, para oír las noticias sobre las nuevas medidas de los nazis y sobre los asesinatos que prometían. Al oír el nombre de Vancura entre los primeros nombres de los ejecutados, nos levantamos de nuestros asientos como disparados por el horror y nos quedamos petrificados, sin aliento.

¡Vladislav Vancura!

Con este nombre consiguieron herir a toda nuestra generación; con él estaba el destino de todos nosotros. Con este nombre quedaba herido hasta las entrañas todo nuestro país.

¡Lástima, tampoco existe ese ameno lugar, el paraíso, aunque tendría que existir! Al menos para aquellos que mueren de esta forma. Es una pena, pero después de la muerte no hay nada.

Pero si no hay paraíso, ¿no tendría que existir, allí abajo, en alguna parte, por lo menos un lugar tenebroso en donde vagasen las sombras de los muertos, por la otra ribera, entre las pálidas flores de lirio cuyo olor ya no pertenece a los vivos?

¿Por qué no tendríamos que creer hoy en el lúgubre tártaro si todavía suenan y nos excitan los nobles versos de los poetas clásicos, si con tanto afán prestamos nuestros oídos a sus hermosas canciones amorosas y los héroes de sus famosas tragedias zapatean aún por nuestros escenarios?

Cada uno de nosotros lleva en su corazón sus pensamientos y en su memoria una gran parte de ese mundo de los muertos. Y las sombras de aquellos que amó y que se encontraban cerca de él en la vida, aparecen de cuando en cuando no sólo en nuestros sueños, sino incluso cuando estamos despiertos.

¡Cuántas veces he querido abrazar a mi padre, cuántas veces he conversado despierto con mi madre! ¡Sí, eran ellos! Hablaban como si estuvieran vivos y escuchaban mis palabras. Pero si les hubiera intentado estrechar la mano, sólo habría tocado sombras coloreadas. ¡Cuántas veces me despierto disgustado porque los tengo que dejar! Estaba bien con ellos. Lástima, se fueron a un mundo suyo, desconocido, a donde yo no podía ir a buscarles.

De vez en cuando también me encontraba con Vancura. Sobre todo cuando los recuerdos eran demasiado frescos o vivos. Pero en estos encuentros nocturnos no había nada de aquel horror. Veía hasta los familiares gestos de sus manos; pero cuando me quería dirigir a él, se marchaba a su oscuridad. El corazón me palpitaba rápido y me despertaba. Ya estaba despierto, pero en la negra noche todavía veía su rostro y lo miraba con alegría.

Ya sé, tal vez no todos son culpables, ¡pero nadie, ni el cambio del sistema político, me puede obligar a que olvide! A que olvide y a que perdone. ¡Eran demasiado crueles y eran muchos!

Sin embargo, estoy cubriendo una circunstancia cuando digo que los muertos vienen a nosotros. No es así. Es una aparición y un engaño porque de hecho somos nosotros los que… nos acercamos a ellos. Cada día estamos más y más cerca.

Un día nos uniremos a sus filas y con ellos esperaremos para entrar en los sueños de aquellos que habíamos dejado.

En la vida, dejamos demasiado pronto atrás los placenteros paisajes de nuestra juventud. Y hasta el final de nuestras existencias nos parecerá que la juventud no sólo fue corta, sino que huyó con una rapidez vertiginosa. Que aún no habíamos probado todas sus dulzuras, sus perfumes y flores. Durante mucho tiempo nos quedará en la lengua el sabor de todas estas cosas, pero sólo en forma de recuerdos reiteradores. La vida no deja de llevarnos a algún lugar lejano, y nosotros no hacemos más que decir adiós a las riberas que desaparecen.

Aquella época fue la más hermosa. La de los años veinte, cuando Vancura estaba en Praga. Nos veíamos a menudo. Le visitábamos en su casa de la calle Pffená. Pero, más frecuentemente, venía él a buscarnos a nuestros cafés. No obstante, al casarse se mudó, con su bonita mujer, una médico muy joven, a Zbraslav. A menudo cogíamos el tren y le íbamos a ver los domingos. Vancura había sido el director de Devétsil y, aunque algunas veces aparecía, en Praga lo echábamos de menos. Eso pasaba en los tiempos inolvidables en que publicábamos nuestros primeros libros. En cuanto a Vancura, sacó La corriente de la Amazona y El largo, el ancho y el penetrante, dos libritos pequeños que hacían presentir a un futuro poeta, su manera de narrar, su estilo, y que se publicaban en la agradable y sonriente atmósfera de Devétsil, aunque había preparado su pluma para sus primeros intentos desde hacía tiempo.

Vancura, además, sabía pintar muy bien. Y hubo una época en que quería entrar en la Academia de Bellas Artes. En una antología de la obra del pintor Mikolás Ales hay un dibujo más bien grande de San Václav que Vancura había hecho, libremente según Ales. Ni él mismo sabía qué hacía en la antología. Ni la hija del artista Ales, Maryna, que conocía a fondo la obra de su padre, reconoció la mano ajena.

Creo que de todos los amigos yo era el que visitaba a Vancura durante más tiempo. En una cierta época, acudía allí casi cada domingo. Me gustaba mucho estar en Zbraslav. Allí iba a pasear con la que ahora es mi mujer.

Vancura no estimaba demasiado su profesión de médico. Quería escribir, pero la medicina le ocupaba demasiado tiempo. Éste no era ningún secreto y la señora Lída, una médico buena y escrupulosa, lo sabía perfectamente.

Un domingo ocurrió un terrible accidente. La motocicleta en que iba un joven con su amiga chocó con un árbol. El chico dio un salto de medio círculo, acabó en la hierba y no le pasó nada. En cambio, la muchacha resultó gravemente herida. Tenía ambas piernas rotas; y era bailarina. Mientras ambos médicos asistían a la herida, me pidieron que les sostuviera la lámpara de petróleo. Y bastante cerca de la herida. Entonces, en Zbraslav todavía no había electricidad. Cuando vi manar la sangre, me tembló la mano con la lámpara. La señora Lída me dijo que me fuera y Vancura mismo se ocupó de la lámpara. Más tarde confesó que no se asustó tanto de la herida como de la futura suerte de la chica herida. Al final la señora Lída tuvo que hacer otra cosa. Tras haber asistido a la paciente, la hizo trasladar al hospital.

Vancura no era un mal médico, pero la profesión no le llenaba. No obstante la señora Lída afirma de él que algunas intervenciones médicas las había ejecutado con maestría. Pero él mismo estaba convencido de que no iba bien para esta profesión.

Tenía razón. Deseaba trabajar en otra cosa muy distinta.

En mi primera colección de poemas escribió un prólogo corto pero poético de verdad y al mismo tiempo lapidario. En él se dirigió a los lectores. El prólogo todavía es citado hoy. Al acabar de leerlo me sentí excitado. Lo había leído tantas veces que llegué a saberlo de memoria. Paseaba por la habitación y recitaba sus hermosas frases a la ventana abierta, como si en ella hubiera algún público.

«Un poema no es una aparición, sino una obra difícil y no muy grande, igual que el trabajo de un obrero. La revolución se está infiltrando en el mundo, está empezando un nuevo orden de una creación nueva. La época retumba con el sonido de las guerras…»

Miraba hacia la ventana y esperaba de allí aplausos de un público invisible. En aquel entonces yo era muy joven y un poco ridículo. No, mejor tendría que decir un poco joven y muy ridículo. Espero que me disculpen después de más de cincuenta años. Se perdonan cosas peores.

Zbraslav en aquella época había sido como un ramo verde resplandeciente, lleno de luz y de bienestar. Desde el barrio de Smíchov se ve la iglesita sobre una colina, como símbolo de un tranquilo idilio campesino. Vancura quería mucho a Zbraslav; o digamos mejor que la amaba. El río estaba a sus pies como un broche de plata y nada estropeaba su felicidad. Para él, ésta era la felicidad del hogar. Algunas veces, sonriendo, recordaba las palabras de Václav, uno del linaje de los Pfemyslovci, quien había declarado que Zbraslav no se la daría a nadie. Sólo a la Virgen María, pero tendría que pedirlo mucho.

De su lugar de nacimiento en la región de Silesia no hablaba nunca. Seguramente no era su sitio preferido, debido también a la manera nómada de la vida de sus padres. En cambio hablaba mucho de la cercana Davle. Había pasado allí varios hermosos años de adolescente. ¡Pero Zbraslav era su favorita!

Estoy explicando los amores de Vancura, pero hay que decir antes que nada que, sobre todo, adoraba a su hermosa mujer. Esta se ocupaba de la mayor parte de los quehaceres y, con un gran sentido práctico ante las cosas necesarias de la vida, imprimía un orden a su existencia que su marido aceptaba y necesitaba; por eso la amaba aún más.

Que no se me olvide: también amaba al río, con su brillo y su sonido fluido que había oído desde niño. Y se sentía bien con los perros; también los necesitaba para su bienestar.

Un día laborable me fui por la mañana a Zbraslav con las pruebas de imprenta del libro El panadero Jan Marboul. La señora Lída tenía la sala de espera llena de enfermos y me mandó para que fuera al encuentro de su marido. Había ido al pueblo de Bañé, a visitar a un enfermo. Le vi por el camino, en la carretera, bajando en bicicleta desde Bañe a Zbraslav. Su perro Rek corría detrás de él. Cuando nos encontramos, bajó de la bicicleta y me preguntó si sabía montar en bicicleta. No, no sabía. Me aseguró que tenía que aprender. ¡Y en seguida! No tenía prisa para llegar al consultorio. Los enfermos preferían a su mujer y la esperaban. A veces hasta lo confesaban sinceramente. ¡Claro que no se ofendía! Al contrario. Se reía de ello de todo corazón.

En seguida me ordenó que subiera a la bicicleta. Al final lo conseguí, aunque con torpeza. El perro hacía unas diabluras terribles. Mientras Vancura me tenía cogido por el asiento, más o menos me aguantaba. Pero tan pronto como me soltaba, las barras empezaban a oscilar y yo me caía con la bicicleta en medio de la carretera. Subía otra vez y el perro Rek se ponía a ladrar de nuevo. Vancura me aguantaba pacientemente, pero, al soltarme, en seguida me encontraba en el suelo. Lo intenté muchas veces y al cabo de una hora hice unos metros en bici y rápidamente tuve que saltar abajo. Los tres estábamos cansados. Rek de tanto ladrar. Así que dejamos los demás intentos y nos fuimos en dirección a Zbraslav, a tomar un café preparado por la señora Lída. Rek corría tranquilamente tras de nosotros y de vez en cuando espantaba las ocas.

Vancura no logró enseñarme a montar en bicicleta.

El poeta Jifí Mahen y Vladislav Vancura eran parientes. No sé exactamente cómo, pero me parece que eran primos. Su linaje se originó en la ciudad de Cáslav. Jifí Mahen, antes de adoptar su pseudónimo, se había llamado Vancura, y un día de otoño llamó a la puerta de su primo.

Cuando habían conversado hasta la saciedad de sus antepasados -pero esto son conjeturas mías- ambos se fueron a pasear a lo largo del río hasta el pueblo de Vrany. Por el camino de vuelta Mahen se detuvo y Vancura siguió caminando lentamente. Era en el mes de octubre, hacía frío y sobre el valle del Moldava soplaba mucho viento. Pero no había hecho ni veinte pasos cuando oyó un fuerte chapuzón al agua y Rek se puso a ladrar. Vancura se volvió para ver qué hacía Mahen y le vio nadar en medio del río. Nadaba a favor de la corriente y resoplaba con placer como un contento dios de los mares y el agua le chorreaba de su negra barba. Rek, un poco sorprendido, miraba al nadador sin entender nada y estaba derecho, apoyándose sobre sus cuatro patas abiertas.

Vancura se divertía contándome esta historia y cuando acabó se dirigió a mí preguntándome si sabía nadar. Naturalmente, no sabía, en Zizkov no hay ningún río y entonces Praga estaba lejos. Al menos, de esta forma me justificaba. Vancura me prometió con entusiasmo que me enseñaría. Yo estaba convencido de que se olvidaría de su promesa porque el verano quedaba aún muy lejos.

Pero no se olvidó. Cuando el sol empezó a calentar un poco, nos fuimos a la piscina de Zbraslav, después del mediodía, cuando había menos gente.

En Zbraslav la piscina se encontraba cerca del puente. Sí, es la misma que más tarde se convirtió en escenario para las conversaciones de los tres protagonistas de la novela El verano caprichoso. En esta piscina estaban sentados el comandante, el canónigo y el maestro de natación Dura y en los días calurosos tomaban cerveza que les traía Dura. En este papel vistió Vancura al verdadero maestro de natación Süra.

Cuando llegamos el maestro estaba sentado sobre su silla verde y melancólicamente bebía. La piscina estaba vacía.

En seguida me tenía que poner en la piscina y Vancura me enseñaba expresivamente los movimientos: uno, dos, tres, uno, dos, tres. Luego me mandó que me tumbase sobre el agua, me cogió por la cintura y yo me puse a agitar los brazos y las piernas convulsiva e irregularmente. Al mismo tiempo tragaba agua. Entonces el río estaba todavía limpio. Pero al soltarme me caí rápidamente al fondo de madera de la piscina.

¡Uno, dos, tres! Me cogió otra vez y yo fingía nadar pero cuando me dejó pasé unos segundos el terror de una persona que se ahoga. Vancura era un buen nadador y, otra vez me forzó en nuevos intentos y no entendía cómo era posible que yo fuese tan torpe como para no poder nadar ni unos cuantos metros. ¡Uno, dos, tres! Pero todo era inútil. Siempre volvía a caerme al fondo.

Sura miraba desde arriba el bueno pero vano afán de Vancura y mi involuntaria impotencia. Esto duraba ya bastante tiempo y, como se aburría, nos llamó para que subiéramos arriba y tomásemos una cerveza.

Vancura saltó al río, seguramente para refrescarse después de tanto esfuerzo. Me saqué el agua de las orejas, en las que me resonaba aún el un, dos, tres amenazador, y me vestí de prisa. Y desde entonces nunca más he intentado nadar.

O sea, que Vancura tampoco consiguió enseñarme a nadar.

Todos conocimos los tres pisos del matrimonio Vancura en Zbraslav. El primero no era demasiado agradable, pero sí el más sencillo de todos, una especie de subarriendo. Estuvimos allí una sola vez. El segundo estaba en la calle mayor de Zbraslav y era algo más de lujo. Fue allí donde les visitamos más a menudo. Y luego el tercero, en la cuesta, bajo la iglesita, en una torre que les diseñó un amigo de Devétsil, Jaromír Krejcar. Esta casa era hermosa y perfecta. Estaba muy bien situada en un sitio desde donde se veía un amplio panorama, tanto desde la terraza como desde el estudio.

También he conocido a todos los perros de Vancura. No lo sé exactamente, pero creo que el que más tiempo habían tenido era el barbudo y despeinado Rek, a quien Vancura quería más que a ninguno.

Una vez, al llegar, encontramos a Vancura luchando con Rek sobre el sofá.

– ¡Si tiene pulgas! -exclamó con sorpresa el compañero Vladimír Stulc con quien había venido.

– ¿Y qué? -contestó Vancura-. Yo también las tengo.

Probablemente no hubiese podido existir sin un perro y una vez pidió a su mujer que, cuando él muriera, le pusiera en la mano un cachorro. Pero entonces la señora Lída pensó seguramente que la muerte estaba aún lejos.

Al estudio de Vancura en la torre se subía por una cómoda escalera. El estudio daba a la terraza. En aquella época Vancura había dejado el trabajo de médico y la bata blanca, que tanto le pesaba, la colgó alegremente sobre un clavo, abandonando así el gremio. Desde entonces se dedicó plenamente a la tarea literaria y le salía un libro tras otro.

He mencionado la escalera de su estudio porque aquí había pasado algo increíble. Una noche, en medio de la tranquilidad nocturna, sonó un golpe. En el rellano de la escalera había una pequeña biblioteca. Cuando se levantaron por la mañana, encontraron sobre un escalón la Biblia abierta, con la portada hacia abajo. El libro, pesado y enorme, cayó de la biblioteca de una manera inexplicable. Cuando, al cabo de una semana volví a Zbraslav con Nezval, éste soltó lamentos apasionados porque a nadie se le había ocurrido leer el texto en ambas páginas abiertas. ¡Seguramente allí había un signo o un aviso! O tal vez una señal, buena o mala.

¡Allí habría habido una mala señal!

El jardín de encima de la torre estaba construido sobre una empinada cuesta. Los huertos eran soportados por las terrazas de abajo. En la terraza más alta, Vancura había improvisado un pequeño campo de tiro. Durante una visita le encontré cuando insistentemente daba en el blanco con su escopeta de aire comprimido. Después de estrecharnos la mano mi amigo me puso inmediatamente en las manos su ligera y elegante escopeta. No he ido al servicio militar y nunca he tenido entre las manos un fusil, ni siquiera tan inocente como aquél. Me enseñó cómo se cargaba y se apuntaba.

Intenté apuntar y el tiro fue lejos del centro del blanco. El brazo me temblaba y otra vez apunté mal. Me volvió a explicar cómo se tiene que apuntar. Al cabo de un rato, aburrido, dejé el fusil, con gran pena por parte de Vancura.

Desgraciadamente, tampoco tuvo suerte Vancura al enseñarme a tirar en aquella hermosa tarde de verano.

La estación de ferrocarril de Zbraslav está en el otro lado del río, atravesando el puente. A menudo nos apresurábamos para tomar el tren, cuando éste ya estaba silbando en el cercano Vrané. Sin embargo, tenía un mal recuerdo de este pueblo.

Durante su estancia en París, Karel Teige conoció al pintor moderno Foujita. El artista le había regalado un dibujo bastante grande, que representaba una mujer desnuda, dibujado en la línea japonesa, pero ya con el espíritu de la escuela moderna parisina. El cuadro era precioso y la japonesa también. Los ojos no podían dejar de sonreír y el corazón de temblar. Al ver mi explosión de entusiasmo y habiendo reflexionado unos momentos, Teige me lo regaló. Era muy bueno. Sin embargo, yo no tenía en casa espacio donde ponerlo y lo guardé enrollado sobre el armario. Pero como Vancura estaba arreglando su piso y tenía las paredes vacías todavía, decidí regalárselo. Al llegar a Zbraslav olvidamos el dibujo en el tren, en una estantería para las maletas. La señora Lída en seguida saltó en el coche y se fue a Vrané, la última parada. El tren estaba allí, pero el dibujo había desaparecido.

A veces ocurría que el tren se nos escapaba, y entonces teníamos que caminar hasta Smíchov para coger un tranvía, o esperar el tren de medianoche, que solía ir lleno de excursionistas. No tengo nada contra éstos, pero los vagones temblaban con sus canciones y, dicho sinceramente, no era nada agradable.

Una vez se me escapó el tren delante de las narices. Como Vancura me había acompañado a la estación, me invitó al restaurante de enfrente, donde tenía una cita con un ciudadano de Zbraslav, Hugo Marek, a quien yo conocía bastante bien de Praga. Era un alto funcionario de la dirección de ferrocarril y ex militar. Además, contaba con una cantidad innumerable de historias que había vivido en el servicio militar y en otras partes y que a Vancura le gustaba escuchar de vez en cuando. Y Marek las contaba de buena gana.

Al sentarnos a la mesa, topamos también con el maestro de natación Sura, que hacía un momento había cerrado la piscina en la otra ribera. Vancura le dio la bienvenida con toda la formalidad.

– Venga, maestro, siéntese con nosotros. Pero díganos antes, ¿qué significan las mesas en su piscina cuando las mesas en cualquier taberna de pueblo significan la salida en el mundo?

Entonces no existía aún la novela El verano caprichoso, pero dos de sus protagonistas estaban sentados con nosotros en la misma mesa. Vancura obsequió a Süra con una actitud hacia el mundo un poco filosófica y escéptica, pero el comandante de la novela es el retrato exacto de Hugo Marek, hasta con su quiste de sebo en la mejilla. Ambos protagonistas son un expresivo testimonio del bienestar del autor bajo el cielo de Zbraslav. Pero la historia sobre Arnostek y su bella Anna es una ficción de Vancura. El último de la trinidad de héroes vino de no sé dónde; no creo que proviniese de Zbraslav.

Estuvimos sentados durante mucho tiempo bajo los árboles. A través de los huecos de su bóveda caía la luz de la luna y añadía un color verdoso a la variedad de historias caballerescas que Marek gustaba sacar del profundo pozo de su memoria. Las breves experiencias de Sura en la piscina también eran dignas de ser oídas. Süra entendía bien a la gente y a los peces. Vancura decía de él que era un buen amigo de todos los peces que hay entre Zbraslav y Vrané; «si por la mañana le pedís una trucha, por la noche ya se estará dorando en la sartén».

Vancura también contaba a gusto sus historias. Pero esto no solía ocurrir con demasiada frecuencia. Había pasado una infancia feliz en la cercana Davle. Me acuerdo muy bien de una de las historias que narró aquella noche.

Fue en la época de la cosecha. El sol abrasaba con todas sus fuerzas. En aquel bochorno, llegó un carro lleno de trigo. Encima iba sentada una pareja de jóvenes campesinos que llevaban la corona del amo para la fiesta de la cosecha. Llegaron al patio y comenzaron a meter el trigo en el granero, mientras abajo esperaba la gente el momento festivo de la entrega. Cuando la chica pasaba el trigo con la horca, la gavilla le cogió el borde de la falda. Como hacía mucho calor, no llevaba mucha ropa. Esto sirvió de impulso al joven campesino para tirar de la horca y, ante los ojos de la gente, abrazó a la chica, que no se resistió demasiado. Y acompañado por la alegría de la gente, la echó sobre el trigo e hizo el amor con ella hasta que se le acabó la pasión. Después, terminaron de meter la carretada en el granero y el amo recibió su corona.

Para las cosas del ámbito amoroso, Vancura no sólo tenía una comprensión de médico de pueblo, sino también una más profunda, desde el punto de vista de un poeta. No obstante, él mismo fue una persona altamente moral y noblemente honrada. Era un personaje refinado hasta el último pliegue de su alma. Y de su abrigo también. Tenía el sentido de una agradable elegancia masculina, no ostentosa, sino natural. Una vez ocurrió que hasta despidió de su consultorio a una señorita que se desnudaba de una manera que no correspondía a la sala de consulta de un médico. Decía de sí mismo que podría ser el sirviente en un harén a plena satisfacción del amo.

Aquella noche del restaurante no fue de hecho más que unos momentos que pasaron de prisa, de esos que por desgracia no abundan en la vida. Pero precisamente por horas como aquélla amamos la vida. Cerca de nosotros se hizo su nido un ruiseñor. La luna brillaba de tal manera que hubiera sido posible localizar una aguja en la hierba. La corriente del río susurraba y era bella como la mujer de quien nos acabamos de enamorar.

En Vrané silbó el tren. Me quedaba aún un breve instante.

Poco tiempo después a los Vancura les nació una niña. Al principio les causó muchas preocupaciones. De pequeña había estado gravemente enferma; pero luego se convirtió en una niña preciosa que sembraba alegría a su alrededor. En medio de la sala de estar, los Vancura tenían una gran mesa en estilo imperio, cuya tabla era sostenida por patas con cariátides doradas. Esta palabra la pronunciaba la niña con un singular encanto infantil y, en general, su lenguaje parecía el balbuceo de esos pequeños angelitos que vuelan alrededor de las faldas de las vírgenes renacentistas. Así que ya por este diminuto miembro de la familia valía la pena emprender el viaje desde Praga a Zbraslav. Rek también la adoraba a su manera de perro, a pesar de que ella a veces intentaba tocarle los ojos salvajes con su dedito.

En una palabra, se estaba allí según cantan las ratitas en el estribillo de una canción escrita por el señor Kenneth Gráname:

«En alegrías se les pasaba el día.»

Vancura, liberado por completo de las preocupaciones médicas, se dedicó a escribir y lo hizo con extremada diligencia. Todas las obligaciones de médico en la región hospitalaria las llevaba a cabo la señora Lída. Nosotros testimoniábamos que lo manejaba, no sólo con coraje, sino incluso con sentido del humor.

A Vancura le daba lástima ver la sala de espera llena de gente; tenía remordimientos, pero creo que eran absolutamente infundados. La señora Lída no tenía otro deseo que verlo trabajar con tranquilidad.

Sí Vancura hablaba algunas veces de su mujer, no dejaba de expresar su admiración de lo bien que sabía tratar a la gente. Y, sonriendo, contaba sus milagros médicos.

Al consultorio vino un abuelito sordo. Una rápida inspección demostró que tenía el canal auditivo completamente lleno de cera. Cuando la médico acabó la intervención, se dio cuenta de la chispa que de repente le brilló en los ojos. El abuelito soltó con entusiasmo:

– ¡Señora doctora, oigo violines!

Luego caminaba por Zbraslav proclamando que la señora doctora tenía las manos de oro.

A estas alturas, el grupo Devétsil empezó a desintegrarse. Sus miembros, de las más diversas ramas artísticas, no necesitaban, en el frente cultural una defensa de la asociación. Y la disciplina, aunque con el tiempo más relajada, les empezó a molestar. De esta manera se iban silenciosamente arquitectos, artistas teatrales y cinematográficos, músicos y, al final, hasta los fundadores. Karel Teige dedicó todo su tiempo y la mayoría de sus intereses a la arquitectura y la teoría del arte.

El fin de esta asociación era lógico. Devétsil había cumplido su misión completamente. Por su atmósfera amistosa y artísticamente fructífera habían pasado la mayoría de los miembros de la generación de entre guerras y éstos llenaron el mundo cultural con significativas obras. Incluso los artistas mayores (como, por ejemplo, Josef Hora), estuvieron marcados, aunque por poco tiempo, por el poetismo. La asociación se desintegró, pero su influencia fue evidente hasta más tarde y, de hecho, es visible incluso hoy.

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial nos vimos con Vancura otra vez en Praga.

La nueva guerra se acercaba a golpes rápidos. Hacía falta que los escritores se reunieran cada vez con más frecuencia y que demostraran su apasionado y firme rechazo del fascismo y la fidelidad a la democracia que, después de la invasión de Austria por los nazis, estaba peligrosamente amenazada. Vancura participaba en todas estas acciones y, en cuanto a su iniciativa, estaba entre los primeros.

Los hermosos días del bienestar de Zbraslav se acabaron y pronto llegó aquel día mojado, nevado, en que los ejércitos nazis llenaron Praga y toda la república.

Para Vancura y muchos otros, aquel día no sólo significaba una dolorosa humillación, sino también un reto a la esperanza y sobre todo una llamada a la lucha. La lucha fue difícil, cruel y larga, y Vancura no llegó a ver su final.

Nos encontrábamos bajo el amistoso techo de Druzstevní práce y en su consejo de redacción. Esta empresa pertenecía en su tiempo a las mayores casas editoriales y el resultado de sus intenciones modernas fueron sus publicaciones en los campos más diversos de aquellos años. La cooperativa contaba entonces con cincuenta mil miembros. Estas también solían ser las tiradas de los libros. Pero en las reuniones no se trataba sólo de los libros. También resolvíamos problemas económicos. En el consejo de redacción hubo también miembros que se ocupaban de la prosperidad de Krásná jizba en la planta baja de la avenida Národní. El escritor Jaromír John se expresaba acerca de ellos con desdén, pero no tenía razón del todo. En los momentos en que se discutían estos problemas, nos aburríamos un poco, como es lógico. Yo me sentaba al lado de Vancura y miraba cómo, en un instante, con la punta del lápiz, llenaba los agujeros de la mesa con trozos de papel arrugado. Le pregunté seriamente qué estaba haciendo. Me miró igualmente serio y contestó que empastaba los dientes.

Me gusta recordar aquellas reuniones. No era tiempo perdido. Y no eran nada aburridas. Más bien al contrario. Y no carecían de momentos alegres, como cuando el director Cerman ponía sobre la mesa algún libro nuevo de Druztevní práce, que todavía olía a imprenta.

Dos obras importantes se crearon en la redacción en aquella época. El Año checo de Plicka, con ilustraciones de Karel Svolinsky e Imágenes de la historia de la nación checa, esas magníficas «narraciones fieles sobre la vida, los acontecimientos y el espíritu de la intelectualidad».

Durante los debates de la redacción sobre el libro de Plicka, cuyos cuatro tomos tuvieron un éxito clamoroso no sólo entre los miembros de la cooperativa sino también entre los demás lectores, Vancura expresó que no estaba de acuerdo con el arreglo del texto de Plicka. Echaba en falta en un libro un acercamiento más científico al material de canciones populares que, como sabemos, es casi infinito. Al final se reconcilió con el libro, porque el texto dio la oportunidad a Svolinsky de desarrollar su talento único y excepcional de dibujante. El libro está lleno de dibujos tan graciosamente checos que es imposible no enamorarse de ellos, al igual que en los dibujos de Manes o de Ales.

La ocupación alemana puso a Druztevní práce, como a las demás editoriales, muchas trabas insolubles. A la hora de intentar solucionar una de ellas, nos dimos cuenta de la posición moral y de las cualidades de Vancura.

A través de un proceso ilegal, una editorial praguesa nos quitó la autorización de una interesante novela americana, que prometía tener un éxito financiero y de lector. Fue uno de los últimos libros americanos que se permitieron en nuestro país en aquella época. La autorización de las opciones, la teníamos casi asegurada ya. La cosa clamaba por un pleito que nosotros seguramente hubiéramos ganado. Pero Vancura se negó. Consideraba indigno de un editor checo tener que tratar con autoridades del Protectorado alemán. A pesar de una cierta vacilación de los demás llegó a imponerse. Al final el libro se publicó en ambas editoriales.

¿Para qué guardar el secreto? Se trataba de Las uvas de la ira de Steinbeck.

En la editorial teníamos la costumbre de consultar con los lectores su opinión, sus deseos y sus predilecciones. A los miembros les gustaba expresarse y en la mesa del director se amontonaban las cartas. Durante la ocupación nazi los lectores pedían libros de carácter patriótico que estimulasen el amor al país y a la nación, reforzasen el rechazo a la violencia nazi e iluminasen la oscuridad que había caído sobre nosotros. Algunos pedían una nueva edición de la His toria, otros aclamaban a los clásicos Jirásek y Tfebízsky, este último entonces ya fuera del interés del lector.

Como respuesta a estos deseos lógicos, salió al cabo de poco tiempo las Imágenes de la historia de la nación checa, de Vancura.

El principio no fue nada fácil. Después de llevar a cabo unas cuantas reuniones, más bien agitadas, decidimos que editaríamos la historia de nuestra nación, pero en versión de ficción, que, naturalmente, se movería entre los límites de los hechos investigados científicamente. O sea que el proyecto era claro.

Apenas tomada la decisión, todos los ojos se fijaron en Vancura. Al principio no pensábamos que el libro tuviese más de un tomo, pero de todos modos Vancura se negó. Ya tenía la pluma preparada para su próxima novela, cuya idea llevaba en la mente desde hacía tiempo, y en casa tenía ya preparadas las cuartillas para ponerse a escribir. Entonces sugirió que se eligieran varios autores. Él mismo escribiría el prólogo y se encargaría de la revisión de toda la obra.

Ya no me acuerdo exactamente lo que tenía que escribir cada cual. Sólo sé que Karel Novy eligió la época de los husitas y del rey Václav IV. Y, ¡horror!, a mí se me encargó escribir sobre los Lucemburk. Con bastante osadía acepté el tema. No sabía negarle nada a Vancura, pero en el fondo de mi alma estaba convencido que de alguna manera u otra me libraría de esta tarea y no escribiría sobre esta desesperada, rica y más tarde hasta hermosa época de Carlos. Estaba convencido que se encontraría alguien más indicado. El rey Carlos IV me interesaba enormemente; varias veces había mirado a los ojos de sus cuatro mujeres, pero aun así este tema me resultaba inaccesible. Es que no era ni soy prosista. No lo sabría abordar, de esto estaba convencido; pero no quería causarle problemas a Vancura desde el principio mismo. Ya tenía muchos. Pero como él mismo también sintió la necesidad urgente de esta especie de obra, se encargó de este trabajo difícil.

Por suerte, la historia le ha gustado desde siempre. Era un lector diligente de crónicas antiguas, una de las cuales, la de Petr Zitavsky, estaba influida por su Zbraslav, y conocía bien la historia de nuestro país. Una vez, cuando fuimos con Hora de visita a casa de Karel y Josef Capek, Karel nos reveló que, en una de las reuniones de los viernes, Vancura estuvo polemizando durante más de dos horas con el presidente de la república sobre el sentido de la historia de Bohemia. A Masaryk le encantaba cada polémica factual y a Vancura esta manera de conversar no le era desagradable. Y fue un verdadero concierto, añadía Capek.

Menciono esto porque Vancura era un gran especialista en la historia de Bohemia, pero aun así invitó a tres jóvenes historiadores cercanos a la editorial para asistir en la gran tarea. Quería que controlasen los trabajos, suministrasen los datos necesarios y que ayudasen a planear la amplia materia. Seguramente empleando a estos colaboradores, para Vancura se trataba de aplicar la ideología moderna que profesaba y sin la cual no se podía imaginar un trabajo histórico moderno.

La forma de imágenes históricas que Vancura eligió demostró ser muy adecuada para esta clase de obra.

Poco tiempo después, quizás al cabo de quince días, Vancura me llamó para leerme las primeras páginas del prólogo.

Me di prisa y nos citamos en la calle Spálená, en el restaurante U Jezíska, adonde íbamos algunas veces después de las reuniones de la editorial. Quería que lo escuchara antes de entregarles el manuscrito a los historiadores. Nos sentamos en el rincón donde en el siglo pasado se sentaba el poeta Jan Neruda. Vancura comenzó a leer.

La voz de aquellos que nos dejaron suele ser lo primero que olvidamos; pero la voz de Vancura, suavemente ronca y algo velada pero melódica, la oigo siempre que le recuerdo. Y así, seguramente el segundo -porque Vancura siempre leía sus manuscritos a su mujer- escuchaba entonces las bellas y nobles oraciones del prólogo:

«En la profundidad de la historia, la frontera norte de los conocidos paisajes estaba cubierta por un bosque que se extendía a lo ancho y a lo largo de las regiones del mundo…»

Aunque estaba convencido de que Vancura lo escribiría estupendamente, no podía dejar de estar absolutamente encantado. Y cuanto más escuchaba su escrito, más seguro estaba de que el libro lo tendría que escribir Vancura solo. Y ya que veía que estaba leyendo con un interés interior y con sincero entusiasmo, no me cabía duda de que lo aceptaría y que se prestaría para el trabajo de todo el libro. Y quizás con una buena dosis de perfidia, le propuse que leyera estas páginas en la próxima reunión de la editorial. Invitamos también a Karel Novy, Vancura al final quedó de acuerdo. En la reunión leyó otra vez su prólogo.

Al oírlo, ocurrió lo que yo suponía que pasaría. Como primero se levantó Karel Novy, un amigo fiel de hacía tiempo de Vancura y, totalmente capturado por la belleza de su trabajo, afirmó que después de este prólogo sería imposible que cualquier otra persona continuase la obra y que era necesario que él mismo siguiera una obra comenzada de esta forma, luego me tomé la libertad de agregarme a la postura de Novy, y ya que sabía que Vancura estaba realmente interesado en el trabajo, también sugerí que Vancura fuera su único autor. Y así sucedió. Aunque estaba asustado del importante y amplio trabajo, Vancura ya no protestaba. El trabajo le absorbió enteramente. Al final aceptó y continuó rápidamente.

Me apresuré a decir adiós a mi estimado Carlos Cuarto y a sus cuatro mujeres y, al día siguiente, cuando atravesaba el puente de Carlos, me parecía que el rey me sonreía desde la fachada de la torre Mostecká y me hacía señas amistosas con el cetro.

El tiempo de la edición testimonia con qué rapidez y diligencia trabajó el autor. El primer libro salió en el año 1939, el otro un año más tarde. El tercer tomo, apenas empezado, fue bruscamente terminado por un tiro y la bella voz de uno de los más grandes escritores checos quedó muda.

Desde el día en que fue expresada por primera vez la idea de aquella obra han pasado cuarenta años. Repletos de acontecimientos, tanto en nuestro país como en toda Europa.

Sin embargo, este magnífico monumento de Vancura se alza hacia el cielo checo y nosotros caminamos a su lado con veneración y amor. Ya que ni sabemos dónde está su tumba, tendríamos que quitarnos el sombrero delante de su libro.

La editorial Druztevní práce ya no existe. Los miembros se fueron cada uno por su lado o murieron. Quisiera mencionar unas cosas en su memoria. Para su época fue una estupenda empresa moderna y progresista. También hace falta subrayar que, durante los largos años de su existencia, se portó muy bien con sus autores y no recuerdo que hubiera habido ninguna lucha. De hecho, así lo tenía codificado en su programa.

En cuanto al mismo Vancura, la cuestión de cobrar no era la primordial para él. Que yo sepa, el dinero nunca le había interesado excesivamente. No obstante, cuando se trataba del sueldo de los historiadores, en las reuniones pedía el sueldo más alto posible para ellos. Lo sé porque lo oí. Y así ocurrió. En lo que respecta a Vancura, tengo entendido que estaban satisfechos.

Las Imágenes han salido hace poco en su décima edición, y ellos, después de cuarenta años, se hicieron oír. No todos. Uno de ellos, y creo que el más importante, había muerto. Decían que su colaboración con Vancura no fue lo suficientemente apreciada. Fue mucho más intensa. Según ellos, no se trataba de colaboración, sino de coautoría. Y presentaron una demanda judicial contra el editor de ahora pidiendo que les fuera pagado el dinero de todas las ediciones.

En junio de 1976 me hicieron comparecer como testigo en el juzgado de Praga I.

Bueno, ¿qué ocurrió en la colaboración de los jóvenes, hoy ya mayores, historiadores con Vladislav Vancura?

Según lo veo yo, le dije al fiscal, se trata de lo siguiente:

Cuando Alois Jirásek decidió escribir una de sus conocidas novelas históricas, probablemente se levantó de su escritorio para acercarse a su biblioteca. Fácilmente encontró la Historia de Palacky. Sacó el volumen que necesitaba, buscó las páginas que quería consultar, copió los datos e informaciones necesarias para el tema que tenía pensado. Luego mojó la pluma en la tinta y puso manos a la obra.

Vancura probablemente no hubiese hecho otra cosa al empezar a escribir sus Imágenes. Y aparte de la Historia de Palacky consultó también lo que le habían preparado los historiadores. Luego abrió la máquina de escribir y empezó a trabajar.

Y me gustaría añadir otra cosa más: igual que a Jirásek no se le ocurrió copiar pasajes enteros del libro de la historia, obviamente tampoco se le ocurrió a Vancura. Si Vancura hubiera tenido la sensación de que la obra que escribía no era suya hasta el último punto, nunca hubiese permitido que en la cubierta figurase solamente su nombre. Tal vez esta afirmación, para la cual teóricamente no hay testigos, no tiene valor judicial de cara a la ley. ¡Puede ser! Pero yo insisto en que esta demanda judicial es un insulto al escritor muerto. Evidentemente defender la autoría de Vancura me parece una cosa completamente absurda.

La gran personalidad de Vancura es, por lo menos para nosotros, sus amigos y lectores, más que la misma ley que puede ser utilizada. ¡Pues no se trata de una acusación entre tratantes de caballos!

Vladislav Vancura fue un magistral especialista e inventor -si se puede hablar de esta forma sobre literatura- de un estilo nuevo, absolutamente personal, impunemente inimitable. Era único y extraordinario.

¿Por qué entonces tendría que montar textos ajenos en sus escritos? ¿Es que lo necesitaba? Posiblemente el escribir no se le daba fácilmente. Su estilo no era sencillo. ¡Pero escribía perfectamente! Y estaba en la cima de su época creativa y de su vida. Cualquier lector un poco iniciado en su obra reconocería una intervención ajena en su texto. Si yo hubiese sido uno de los historiadores, habría considerado un honor poder colaborar con un autor de estas cualidades. Figuró entre los escritores más grandes, no sólo de la época de entreguerras, sino también en la literatura checa de todos los tiempos.

Basta con leer en su libro el capítulo sobre el cronista Kosma. ¿Qué podrían decirle al autor sobre este personaje los historiadores, aparte de unos datos secos que averiguó la historia? ¡Qué concierto de oraciones tan lleno de ingenio y de gracia supo escribir Vancura!

Acabaré esta declaración testimonial, esta defensa que ante mi conciencia considero superflua. Incluso me da un poco de vergüenza ante la memoria de Vancura. Defiendo una cosa bien clara y tendría que ser evidente.

Concluiré mi declaración en una sola frase. Los historiadores tal vez suministraron a Vancura el metal, pero nadie más que el propio autor hizo de él una joya.

Así suele ser la vida. Corre y, en su prisa, pierde muchas cosas, sólo para poder seguir avanzando, para continuar en sí mismo. Olvida mucho para renovarse. A muchas cosas les da la oportunidad de volver a brillar para que sea evidente la unidad y la sucesión de las cosas y los caminos del pensamiento humano. La lluvia de los segundos lava las señales blancas sobre el pavimento, pero los signos en el cielo siguen brillando; apaga las luces de las velas mientras los fuegos siguen encendiéndose y nunca dejan de arder.

Vancura fue uno de los grandes personajes checos que tuve la oportunidad y la suerte de tratar. Y cuando al respeto se le une el amor, lo único que falta es la fidelidad, que dura para siempre.

Fue un hombre con un gran sentido de la belleza y el esplendor del mundo, pero también de la grandeza y la fuerza de su arte. Era noble y valiente. Valiente por su nobleza de ánimo y su bondad. Fue un aristócrata con el corazón democrático.

Incluso a través de los anchos muros del palacio donde anidó la Gestapo, penetraron noticias. Vancura sufría, pero contestaba con un silencio que no tenía nada que ver con la pasividad. Hasta cuando le torturaban se comportaba valientemente.

Es difícil imaginarse sobre qué reflexionaban aquellas innumerables personas que iban a la muerte. En qué pensaban, qué es lo que hubieran querido decir aún en los últimos momentos de su vida. No sabría ni de mí mismo qué hubiera hecho y pensado sí me encontrara en una situación así. Pero me parece y creo que puedo asegurar lo que hacía Vancura. Ya lo había entredicho a través de toda su vida. Seguramente era en aquellos momentos tal como le habíamos conocido. Callaba y desdeñaba. Era honrado y valiente aun cuando veía cómo levantaban los cañones de los fusiles hacia su corazón.

Pero Vancura ni siquiera consiguió enseñarme ese gran gesto que es ser valiente siempre y bajo todas las condiciones, hasta cuando se acercó la misma muerte.

21. El último cuento de Navidad en Bohemia

Mientras estoy escribiendo estas páginas, la habitación se me está inundando de un cálido aire primaveral, lleno de toda clase de aromas, que entra por la ventana abierta de par en par. Florecen las lilas. Pero ni la alegre primavera me puede hacer desistir de este tema tan invernal. Muchos podrían pensar que tengo olas enteras de nieve en la ventana, la misma que en la calle produce crujidos bajo los zapatos, y que el termómetro está bajo cero. ¡Qué va! Precisamente ahora me acaba de traer mi hija unas cuantas enormes peonías chinas y me las ha puesto sobre la mesa. Me parezco a Vladímir Holán, quien en una de sus cartas revela que está esperando las Navidades desde el Año Nuevo. Me gustan esas fiestas. Y las agradables imágenes del idilio navideño, las puedo ver mentalmente, aunque sea sobre la arena caliente, al lado de un río estival. ¿Entonces por qué me tendrían que molestar las lilas en flor?

De niño solía leer ávidamente los cuentos navideños, estuvieran donde estuvieran. En el suplemento dominical del periódico, en un calendario humorístico, o en las estampas del aguinaldo que antes de las fiestas solían traer los carteros. Estaba agradecido por cualquier poemita corto u otra pieza que me hiciera pensar en las Navidades.

Recuerdo todavía hoy uno de estos cuentos de estampa de un cartero. Y lo leí hace setenta años. ¡Dios mío! ¡Hace setenta años!

Era tan sencillo que hacía llorar, pero lo contaré igual. Un hombre a quien gustaba pasar el tiempo en las cervecerías, se olvidó hasta de la Nochebuena. En vano le esperaba su joven mujer en casa. Muy tarde, cuando regresó, estaba cayendo una nieve espesa que lo cubrió todo. El borracho vagó por la carretera blanca hasta que, cerca de uno de los palos telegráficos, se mareó de tal manera que se sentó y se durmió sobre la madera empapada. Pero al cabo de un momento oyó voces desde el palo. ¡Era la voz de su mujer! Hablaba con un joven ayudante del guardabosques. Que venga, sí, su marido no está en casa y tardará mucho en llegar. ¡Estarán solos! Se despertó de prisa, se puso de pie y según podía, se apresuraba a su casa. El final del cuento lo dejaba claro un dibujito. El borracho está arrodillado delante de su mujer, con la cabeza en su vientre, y la mujer, contenta, sonríe.

Pues, ¡felices fiestas!

Es tonto y primitivo, ¿verdad? Sí, realmente es así. Pero entonces me gustaba mucho por su final agradable y navideño. A menudo he recordado aquella estampita de aguinaldo. Algunas veces en unas situaciones bastante adecuadas. ¡Quizá por eso no lo he olvidado!

Hace tiempo que no se escriben cuentos navideños. Han pasado de moda. Es otra época. Pero las fiestas tampoco son las mismas de mis años jóvenes. La nieve ya no cae tan espesa, ni se va a la misa de adviento y las fiestas navideñas ya no son una oportunidad para una quieta meditación.

Todavía se encienden los árboles de Navidad, eso sí, pero ya no se cantan canciones navideñas delante de ellos. Se pone el tocadiscos y las parejas bailan danzas modernas. Tampoco se bebe el aromático y dulce ponche después de cenar, sino algo mucho más fuerte. ¿Y quién va ahora a la misa del gallo? Y por lo tanto, ¿quién leería los cuentos navideños hoy en día?

No obstante, yo he decidido escribir uno. Probablemente será el último cuento navideño de Bohemia. Algo parecido al último oso en las montañas. ¿Pero no soy algo vanidoso? Más vale que deje las reflexiones y empiece.

En nuestra calle del antiguo llano de Bfevnov hay una torre en la que hasta hace poco había una estación herpetológica. Eran nuestros vecinos de enfrente, así que no era difícil conocerlos. La torre estaba construida sobre dos parcelas, porque sobre una de ellas hay una capilla de peregrinos barroca, y está guardada. Por eso hay un jardín bastante grande al lado de la torre. En la estación herpetológica habían trabajado ya dos generaciones.

El Dr. Frantisek Kornalík con su hijo Frantisek. Les ayudaba la señora Kornalíkova, su mujer. Criaban víboras y les sacaban el veneno de los dientes, que entregaban al instituto farmacológico.

Ellos mismos llevaban a cabo experimentos con un medicamento contra el cáncer y utilizaban para ello veneno de serpiente. En el sótano luminoso y espacioso tenían unos veinte viveros con víboras.

La vista de las serpientes me decepcionó. Las víboras estaban inmóviles, dormían. Algunas veces miraba el trabajo de la familia Kornalík y no dejaba de maravillarme de la habilidad con que trataban a las serpientes. Las cogían en la mano y las forzaban a dejar el veneno en un platito preparado. Eran dos o tres gotitas de líquido amarillo que cristalizaba sobre el platito. Es verdad que Kornalík padre aparecía a veces con un dedo vendado, pero me aseguraba sonriendo que todos ellos eran inmunes contra el veneno de serpiente. Lástima de las gotas en el dedo, decía. El quería a las víboras.

Nuestros vecinos eran grandes amigos de los animales. Amaban extraordinariamente a todo lo vivo, con un sincero sentido para las necesidades de los animales. Delante de la puerta que daba al jardín muchas veces tomaban el sol dos bulldogs. Estaban tendidos como dos leones que guardaran el portal de un reino. Sacaban las lenguas rosadas de las bocas negras y eran verdaderamente hermosos. Dentro de la casa los Kornalík también tenían cosas vivas: peces exóticos en un acuario y unas graciosas tortuguitas con corazas de ámbar. Los perros tenían su pequeña madriguera en un rincón del recibidor, y como se agitaban y movían allí, lustraron un trozo de pared hasta ponerlo de un negro brillante.

Los muchachos del barrio cazaban en los cercanos campos pequeñas ratitas y se las traían a las víboras. Con este botín se compraban la oportunidad de ver a las serpientes. Los Kornalík no recibían solamente ratones, sino que la gente les traía también serpientes ordinarias. Una vez, cuando no estaban en casa, el cartero llamó a nuestra puerta para que les entregáramos un paquete con una inscripción que avisaba: «¡Cuidado, hay víboras!» Según nos aseguró, se sacaba este paquete de encima con mucho gusto. Nosotros también nos alegramos cuando los Kornalík lo recogieron.

Una historia divertida pero seguramente no demasiado agradable le ocurrió al Dr. Kornalík cuando traía una caja llena de ratoncitos blancos para las víboras desde el Instituto de vacunación. En el tranvía se puso la caja sobre las rodillas y tranquilo inició su viaje. Pero las ratitas silenciosamente hicieron un agujero en la caja a base de mordisquearla y en poco tiempo se salieron todas afuera y alegremente corrían por el vagón. Entre los pasajeros estalló el pánico. Especialmente las señoras querían saltar del tranvía en marcha. Los demás intentaron coger a las ratitas. Los animalitos, además, estaban marcados con distintos colores para los diversos experimentos, cosa que seguramente era muy pintoresca pero aún reforzaba la alarma. Los pasajeros pensaban que estaban inyectadas con virus de enfermedades peligrosas. Al final todo se arregló. Las ratitas fueron recogidas y los viajeros se tranquilizaron.

Era interesante observar el comportamiento de las ratas entre las víboras. Las ratitas blancas tranquilamente corrían sobre las cabezas de las víboras; no las habían visto nunca. Y estaban absolutamente tranquilas. En cambio los ratones del campo, que ya tenían codificado el antiguo miedo de las víboras, estaban acurrucados con espanto en un rincón. Su desgracia venía cuando se encendía en el vivario una bombilla que irradiaba ondas calientes. Las víboras se despertaban en seguida de su letargo y luego todo era cuestión de un momento. Con un movimiento rápido como un relámpago y casi imperceptible la víbora picaba a la ratita, por unos momentos la dejaba retorcerse en espasmos y luego comenzaba a tragarla. Tengo que decir que esos instantes no eran precisamente agradables. ¿Pero con qué derecho podemos nosotros los humanos afirmar que una escena así es horrorosa y fea? ¿Con qué derecho?

Un donante solícito mandó una vez una serpiente a los Kornalík. Lo miré en una enciclopedia: se trataba de una culebra de Escolapio, a la cual se le llamaba dorada o amarillenta. Para los Kornalík era inútil y la soltaron en el jardín. Al día siguiente cundió el rumor de que a los Kornalík se les había escapado una víbora, y la gente apedreó a la pobre culebra indefensa. El doctor se lamentaba. Era un precioso ejemplar y le daba lástima.

Si los Kornalík eran inmunes contra el veneno de las serpientes, no lo eran en absoluto contra la música. A menudo visitaban los conciertos pragueses, bajo cuyo generoso techo se reunían los médicos del hospital de Motol y célebres músicos solían ser invitados con frecuencia. El pianista Jan Panenka y el violoncelista Josef Chuchro figuraban entre los amigos de la casa; pero, aparte de ellos, les solía visitar también el amable Ancerl y el inolvidable violinista Ladislav Cerny, de quien éramos buenos amigos. No sólo era un excelente músico, sino también un cocinero estupendo. Aparte de llevar muy bien la batuta, sabía manejar la cuchara a la perfección. Sus cenas tenían mucha fama. A casa de los Kornalík solían venir también otros músicos; entre ellos, los magníficos Dobiás y Smetácek.

Pero no fue este camino el que condujo allí al gran pintor Jan Zrzavy. Estaba preocupado (y hoy ya podemos decir que sus preocupaciones no eran infundadas) por una enfermedad mortal y fue allí para consultar un remedio a base de veneno de serpiente. Al cabo de tres días me contaba su visita y en los ojos le quedaba todavía algo del terror que había pasado y se le veía excitado.

Estaba sentado a la mesa, conversando amistosamente, cuando un repentino sobresalto le levantó rápidamente de la silla. A unos pasos de la mesa tomaba el sol un cocodrilo vivo.

Hablando de los animales en casa de los Kornalík, he olvidado el cocodrilo. También lo criaban en su casa. En la cocina, debajo de la mesa, tenían una gran caja de hojalata con agua dentro y allí vivía un joven cocodrilo. No era demasiado grande, pero sí lo suficientemente para aterrorizar al amigo Zrzavy. Habría salido de la caja atraído por el sol, que seguramente le faltaba debajo de la mesa.

Zrzavy contó esta historia muchas veces. Estaba seriamente convencido de que en casa de los Kornalík podía suceder una desgracia. Se le explicaba que el cocodrilo era aún muy joven y nada peligroso, pero el pintor no se dejaba convencer. Francamente, yo tampoco tendría demasiada confianza en sus hermosos dientes.

Y ahora, por fin, llego al punto de mi cuento navideño. No será largo. Se trataba de las segundas o las terceras fiestas navideñas después de la guerra y eran un poco extrañas. Dos días antes de la Nochebuena estaba yo plantando los bulbos de unos tulipanes y de unos narcisos en el jardín, porque un amigo me los trajo tarde. En la mañana del día de Nochebuena corté unos capullos de rosas un poco marchitos. Los tulipanes y los narcisos crecieron en la primavera con todo esplendor; las rositas, en cambio, tuvieron unas flores más bien tristes para las fiestas. Así eran las Navidades de aquel año: nada de frío, nada de nieve, un diciembre cálido, otoñal.

En Navidad me gusta salir a pasear por las calles cubiertas de nieve. En nuestro barrio todavía suele haber nieve cuando en Praga hace ya tiempo que se ha fundido. Y por el camino me agradaba mirar las ventanas, donde por la noche resplandecen los árboles de Navidad. Son unos momentos agradables de última hora de la tarde y el corazón se me alegra. ¡Qué felicidad sentarse luego al lado de la estufa, con una gran taza de té y recordar las remotas Navidades en mi casa!

También había pocos peces aquel año. Al lado de las tradicionales artesas, había largas colas de gente.

Después de haber esperado bastante tiempo, la señora Kornalíkova había traído una buena carpa de tres kilos que, según la costumbre, soltó viva dentro de la bañera. En casa de mis padres en Zizkov no teníamos cuarto de baño, así que poníamos los peces en la cocina, dentro de una artesa. En la terraza se hubieran congelado. Entonces helaba mucho más. Matar a las carpas era una tarea de hombres. Mi padre lo hacía y yo también, con muy pocas ganas.

Así se acercó la Nochebuena. El señor Kornalík mató la carpa y la llevó a la cocina, donde su mujer estaba afilando el cuchillo para limpiar y cortar en porciones el pescado. En aquel instante se oyó un golpe sordo debajo de la mesa. El cocodrilo golpeó el suelo con la cola y rompió en ladridos, primero suaves y luego rabiosos.

Le dieron al compañero del Nilo unos restos de comida, como de costumbre; pero los ladridos no cesaron. A diferencia del cangrejo que el poeta Gérald de Nerval sacaba a pasear con una cuerda y sobre el cual afirmaba que no ladraba como un perro y en cambio conocía el misterio del mar, el cocodrilo de los Kornalík sólo conocía el misterio del Nilo, eso es verdad, pero ladraba como dos perros juntos.

Entonces se llevaron a la carpa fuera del olfato despierto del cocodrilo, pero fue inútil. Seguramente el ambiente de la cocina estaba tan lleno del excitante olor de pescado que el cocodrilo seguía ladrando.

Cuando esto duraba ya bastante tiempo, la señora Kornalíkova miró interrogativamente a su marido. El hizo una señal de que sí. Entonces la señora trajo la carpa y la tiró en la caja debajo de la mesa. Los ladridos terminaron en seco y se oyó un crujido de espinas de carpa entre los dientes del cocodrilo. En un momento se le acabó la cena al animal. ¡Pero a los Kornalík también!

Y por eso, ¡feliz Navidad!

22. LO QUE HAY QUE LLEVARSE A LA TUMBA

En Praga sólo volaba de vez en cuando algún copo de nieve, pero por el camino a la ciudad de Radotín el tren procedente de Praga entró en una espesa ventisca de nieve. Desde allí no se veía nada más. Ni los edificios del ferrocarril. Desaparecieron las colinas y el río debajo de las vías. En vano me hacía la ilusión de ver el castillo de Karlstejn a través de un espacio que limpiaba en la ventana con mi aliento. El castillo estaba completamente sumergido en la niebla de la nieve.

Cuando llegué a la ciudad de Beroun, la nieve cesó como si se lo hubieran ordenado y toda la ciudad estaba vestida de blanco. En aquel momento empezó también el conocido silencio de la nieve cuando lo único que se oye es el crujido de la nieve bajo los pies.

Durante todo el camino de la estación no podía dejar de recordar las cosas de mí vida que han quedado cubiertas de nieve, tanto en esta ciudad como en la región de alrededor.

Primero fue una excursión de verano, llena de perfumes de agua y de cálamo aromático, cuando, niños de diez años con nuestro profesor predilecto, Jaroslav Berger, nos apresurábamos a invadir con nuestros gritos y risas infantiles las murallas fortificadas del castillo de Karlüv Tyn. De esta alegre excursión del fin del año escolar no me quedó en la memoria más que un poco de brillo del oro imperial de la capilla y la inmensa felicidad de la hermosa infancia.

Me acuerdo mucho más exactamente de cómo fui errando en el frío crudo de las salas del castillo de Kfivoklát. Entonces era mucho mayor y durante la visita del castillo tenía una sola preocupación fija: cómo detenerme un poco y, al menos por un momento, huir del grupo numeroso. Lo conseguí bajo una pequeña ventanilla de la fría cárcel en que había pasado momentos amargos el obispo August con su escribiente.

Hasta aquel lugar inhospitalario no conseguí apoderarme de los labios de la chica a quien quería.

Entonces aún no sabía mucho de la tristeza de la bella princesa Blanca de Valois, que se sentía tan nostálgica en el castillo extranjero. Menos mal que su joven marido ordenó coger ruiseñores de los alrededores para que le cantasen bajo sus ventanas. Y estos trovadores hacían lo que podían para que su cara triste se despejase al menos por un instante. Lástima que cualquier ornitólogo pueda fácilmente refutar esta hermosa leyenda. ¡Es tan bonita y tan antigua!

Hoy ya conozco a aquella bella dama y no puedo apartar los ojos de su hermoso rostro.

Entre estos dos castillos famosísimos está situada la ciudad de Beroun, al lado del veloz río. Es callada, un poco ajada y, sobre todo, está cubierta de las cenizas blancas de la fábrica de cemento. Pero entonces, cuando yo caminaba por allí, estaba blanquita con puntillas de nieve en los campanarios y los tejados que parecían enagüillas de monaguillo recién planchadas.

Cuando quiero recordar, tengo que desenterrar muchas cosas de la alta nieve en esta ciudad.

Antes que nada hay innumerables días y noches en la casa de solterón de Karel Kfízek. Es verdad que el protagonista de nuestras reuniones era Frantisek Hampl, quien había nacido junto al río Labe, pero se enamoró de esta ciudad sobre el río Berounka. Más tarde lo homenajeó en varios libros suyos. Karel Kfízek era el mayor y a él pertenecía el honor. Tiempo atrás había trabajado como revisor de ferrocarriles, más tarde dirigió un diario obrero en la ciudad y, al final, decidió ser un buen y fiel amigo de los que nos reuníamos de vez en cuando en su casita. El tiempo pasaba en una atmósfera agradable y amistosa y, cuanto mayores éramos, más cariñosa era nuestra relación.

Cuando llegó la ocupación, y después de ella la guerra, en los días de la desesperación, la tristeza y el hambre, Krízek era infatigable. Conocía a mucha gente en la región y en la ciudad. A los molineros y a los campesinos. Y muchos de ellos, sobre todo los que tuvieron un miembro de su familia detenido por los nazis, llegaron a conocer su noble y valiente corazón. En aquellos tiempos fue detenido Frantisek Hampl.

Ni yo mismo puedo imaginar cómo Krízek pudo encontrar todo aquello. Tenía una jubilación muy baja, era pobre, pero mucha gente llamaba a la ventana, siempre un poco cubierta de polvo. El mismo era un solitario, pero le daba a todo el mundo, de la misma manera que les damos migajas de pan en el invierno a los pájaros hambrientos.

Lo más curioso era que todo eso sucedía delante mismo de las ventanas de la Gestapo. Una vez se quedó enredado en sus dedos impertinentes, pero tuvo la suerte de poder huir.

A pesar de todo llegó a engordar a dos cerdos que luego regaló en su mayor parte. Tranquilamente, sólo un poco asustado. Los cerdos chillaban bastante. Después, cuando estaba ahumando la carne y el olor era penetrante, no hubo otro remedio que abrir el pozo de la letrina y esparcir su contenido por el desordenado jardincillo.

Un recuerdo enciende la mecha de los demás. Nos reuníamos en Beroun durante toda la guerra. Cuando detuvieron a Hampl, estas reuniones fueron más tristes. Pero la tristeza también refuerza la amistad.

Durante mis viajes a Beroun viví tres aventuras. Para mí, que no había visto la guerra de cerca, estas historias fueron emocionantes e inolvidables.

En principio conocí lo que era un ataque aéreo en profundidad. Por primera vez oí el silbar de las balas literalmente alrededor de los oídos. Esto fue en Dusníky, hoy Rudná. Al acercarse los pilotos el tren se detuvo y todos salimos hacia el bosque. La locomotora estaba totalmente agujereada de balas y por los agujeros salía vapor y agua caliente. El libro infantil que llevaba a Beroun estaba horadado también. Quería guardarlo. Pero lo vio un militar alemán, me lo arrancó y se lo llevó. A Beroun llegamos a pie.

La segunda vez, los guerrilleros del cercano pueblo de Dobfichovice hicieron saltar la locomotora y descarrilar el tren. La locomotora volcada yacía no muy lejos de las vías. Su parte inferior hacía pensar en un escarabajo panza arriba, intentando en vano darse la vuelta.

La tercera vez llegué a Beroun en el momento preciso en que los aviones bombardeaban la estación. El tren se quedó a una cierta distancia y vimos cómo caían las bombas. La estación se incendió en seguida, pero esto ocurría en el mes de mayo y en nuestros corazones había seguridad en vez de esperanza. Sólo faltaban unas cuantas lluvias primaverales para lavar las riberas llenas de polvo y las calles desordenadas, preparándolas para la celebración de mayo.

En el cementerio de Beroun está la tumba de Václav Talich.

Eran inolvidables aquellos momentos, cuando Talich llegaba a su torre del bosque en el que se quedó hasta su muerte. Por el camino a su casa iba a menudo a la de Krízek. Una o dos veces tuve la suerte de encontrar a Talich allí. Talich quería mucho a Krízek. Mientras Krízek buscaba en casa algún mantel limpio para la mesa desvencijada colocada al lado de la colmena en el jardín, Talich, con una sonrisa misteriosa, sacó de la cartera una esbelta botella y la sumergió en una artesa con agua fría. Luego, acompañados del silencioso murmullo de las abejas, bebimos el delicioso mosto de las uvas del Rhin. Y antes de acabarla, Talich hizo enfriar la segunda y la tercera, y sonreía cordialmente. Podía sonreír, por qué no, pero tal vez ya no tenía que haber bebido. No sé. Kíízek se negaba a abrir la segunda y la tercera botellas. Decía que era un vino muy caro y valioso, que Talich se lo había traído para el domingo, para bebérselo él. Y estaba dispuesto a ir a buscar otras botellas a la ciudad. ¡Pero Talich no quería!

– Tú calla -le decía-. Tú mismo sabes mejor que nadie que uno se lleva a la tumba sólo aquello que ha regalado en la vida. No hay otro remedio que beber las tres.

Talich, una persona extremadamente amena, siempre con un interés amistoso por las vidas de los que quería, que después regaba caprichosamente con sus ricos recuerdos. El único sitio donde se ponía estricto era cuando tenía la batuta en la mano. Una vez cuando el primer violinista protestó que tocar un cierto pasaje de la manera como lo quería él era absolutamente imposible, contestó tajantemente:

– ¡De un artista siempre pido lo imposible!

Le gustaba narrar cosas sobre sus amigos. Casi todos habían muerto ya. Pero escuchando sus palabras animadas era como si los difuntos se unieran a la mesa con su sonrisa de antes; sus recuerdos creaban un agradable bienestar. Lástima, la etapa en aquella ciudad de Talich representaba ya el principio de su larga y triste partida desde un mundo lleno de música hasta el universo de silencio. Hubo bastantes iniquidades que las circunstancias le obligaron a experimentar en los últimos años. Luego vino una enfermedad grave, nuevos dolores y nuevos pesares.

Entonces éramos nosotros los que le íbamos a ver a él, en su torre, en lo que hoy se llama el Valle de Talich. Durante una de las visitas contó a Kfízek cómo se había topado en su jardín con un gran oso negro al que tuvo que echar con las manos vacías. Luego, ya sólo pasábamos bajo sus ventanas, donde el enfermo estaba tumbado, esperando la muerte.

Karel Krízek había pedido al sepulturero un sitio cerca de la tumba de Talich. Esto no se cumplió, pero no están lejos el uno del otro.

Aquella vez las tumbas estaban cubiertas con una capa de nieve tan alta que sólo las losas sepulcrales y las cruces sobresalían de ella. Mirando aquella sábana blanca me acordé de la antigua sabiduría popular: que en la vida no hay más que una única certeza. Llega, tiene que llegar un momento en que cesan todos los dolores y penas.

Y habrá un gran silencio y la nieve lo cubrirá todo. Una nieve blanca y sedosa, como la que hubo aquel día.