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Desde que era niño me apeno siempre por la calidad pasajera del tiempo. Esperaba con ilusión los alegres días del año y, cuando se acercaban, me ponía triste pensando en lo pronto que pasarían.
Ni siquiera hoy me puedo entregar despreocupadamente a la belleza amorosa de la primavera. Tengo miedo de que llegue el verano y de que el bienestar huya para siempre.
Me siento más feliz cuando, por debajo de la capa de nieve vieja, oigo el primer sonido del hielo que se derrite y que fluye a no sé dónde, junto a mis zapatos, cuando el velo de la nieve es horadado por las agudas puntas de las campanillas blancas. Son los momentos en que la primavera está a punto de comenzar, tiempo de esperanzas y de anhelos. Respiro con alegría el aire templado y húmedo que en febrero nos sopla en las ventanas desde los bosques que rodean el castillo de Kfivoklát, detrás de cuyos muros el joven Carlos IV abrazaba a la bella Blanca de Valois. En esos instantes pienso con ilusión en el primer trino del mirlo, ya preparado para romper a cantar.
¡Qué poco tiempo duran las flores violeta de los albaricoques! Antes de darte cuenta, su confeti blanco vuela alocadamente por el aire. Y luego, cuando florecen los cerezos, ¡qué pronto se derraman sus pequeñas alas rotas en la hierba!
Falta poco tiempo para que comience otro largo año antes de que los árboles vuelvan a florecer. El tiempo nos trata despiadadamente. En vano intentamos retener algo de su soplo; no detenemos nada, todo pasa muy de prisa y al curso del tiempo le importa poco nuestra tristeza. ¡Qué poco sonríe la rosa silvestre que habíamos traído a casa para alegrarla!
Únicamente cuando uno se enamora tiene la sensación de que el amor y los besos durarán siempre. ¡Qué embriagador suele ser este sentimiento! ¡Y qué corto, tantas veces! Al que se enamora, no se le ocurre, en principio, que en la mayoría de los casos, su amor no llegará más lejos que el agua que ha cogido en las palmas de las manos unidas.
Una calurosa tarde de primavera paseaba yo por los patios del Castillo. Por la puerta abierta de par en par de la catedral de San Vito entraba un aire frío, impregnado de los perfumes de las flores marchitas. Aquellas fragancias se habrían quedado allí después de una gran festividad eclesiástica. Entré y fui hasta la parte antigua de la catedral. La capilla de San Václav estaba abierta.
Hace mucho tiempo que la vida me disuadió de tratar de buscar una esperanza arrodillándome. No obstante, la antigua capilla me envolvió en su santidad. Estaba vacía. Me detuve al lado de la pared llena de piedras semipreciosas y su frialdad resplandeciente atrajo a mi rostro: lo apreté contra las piedras tal como lo juntamos con la mejilla de la mujer a quien amamos. En aquel contacto fresco también hubo amor.
Sí que hay cosas en nuestras vidas que podemos retener con las manos y con el corazón: amándolas. De esta forma será posible conservar su amor hasta la muerte.
No sólo se trata de las piedras de esta capilla, ni de los granitos de la Catedral, sino también de las antiguas murallas que ciñen el Castillo en la colina que está sobre el Moldava.
Aquellas murallas están fijadas no solamente por sus fundamentos, sino también por nuestras mentes y nuestros corazones. Para nuestras vidas, son eternas. Por eso las amamos. Y su belleza no huye como la fragancia primaveral de los árboles en flor.
Hace años vino a visitarme una joven periodista de una revista semanal. Sacó de su bolso, sobre mi escritorio, una cajita de maquillaje, un lápiz de labios, las llaves, un cuaderno y un bolígrafo. Cuando lo volvió a echar todo dentro del bolso y sólo dejó sobre la mesa el cuaderno y el bolígrafo, empezó la entrevista antes acordada. Tenía que escribir un artículo sobre Praga para su revista. Su primera pregunta ya descubría su poca experiencia como periodista. Me miró en la cara con confianza y me preguntó inocentemente desde cuándo quería a esta ciudad.
¡Qué casualidad! Esta pregunta, ingenua hasta dar ganas de llorar, la pude contestar con precisión y de buen grado.
Cuando era niño iba a menudo a visitar a la familia de mi madre, en la cercana ciudad de Kralupy, sobre el Moldava. Si cogéis un tren rápido, no vale la pena ni sentarse. Siempre me hacía mucha ilusión la visita a Kralupy. Sin embargo, cuando las vacaciones habían llegado a más de la mitad, empezaba a añorar mi casa y mi madre. Y de esta manera sucedió que un día me eché a correr, pasando del cementerio de Kralupy al pueblo de Debrno y de allí a Tursko. Después de atravesar Tursko me sentí tan cansado que tuve que sentarme sobre la hierba, al lado de la carretera, para descansar. Y en aquel momento la vi. Muy menuda, pero para mí, en aquel instante, era agradablemente sorprendente: la silueta del castillo de Praga. No era mayor que un dibujo sobre una caja de cerillas de las que se usaban en aquella época. Me puse a llorar de alegría y las lágrimas me corrieron sobre la cara llena de polvo y entraron por el cuello de mi camisa. Y aquel llanto, el llanto del anhelo y el amor, unió estas dos fuertes sensaciones en una sola. Ahora, también suele ocurrirme que, al salir de la ciudad a través del túnel de Vinohrady, empiezo ya a añorar Praga. ¡Y la echaba de menos incluso en París, y eso ya es algo!
La gente mayor se pone a llorar fácilmente. Y tiene por qué. La vida nunca suele ser tan hermosa para que al final uno no deje de sonreír. Una vez le hablaba al amigo y poeta Karel Toman sobre el pueblo de Pansky Tynec, donde estuve una vez por casualidad. Lo interesante de allí es la magnífica ruina de una catedral gótica sin acabar. Y de repente, vi lágrimas en los ojos de Toman. Es que cerca de Tynec está su pueblo natal: Kokovice.
Estoy sentado al lado de la vidriera del café Slávie y me divierto observando las dos aceras de la avenida Národní. Están llenas. Hace tiempo esto era un paseo tranquilo. Por aquí paseaba incluso Jan Neruda.
Me imagino vivamente su figura. Le conocemos bien. Era un hombre guapo, en cuya cara se fijarían muchos ojos femeninos. Pero si hoy hubiera caminado por aquí, los cristales de las ventanas hubieran tintineado bajo sus pasos. ¡Sí, con toda seguridad! Es una preciosa tarde primaveral y llega desde Petfín el perfume de las lilas en flor.
Supongo que nadie se opondrá a que este importante poeta nuestro sea al mismo tiempo el escritor más grande de Praga. En su obra poética, sin embargo, no encontraríamos poemas con este
Uno de mis críticos, cuando reseñaba el libro Vestida de luz, me reprochaba que en mis poemas me limitase a las bellezas de la Praga histórica, pero que en cambio evitara los barrios proletarios, donde tiempo atrás vivían los pobres de Praga y donde hoy están los obreros y las fábricas. Eso no era verdad ni lo ha sido nunca. Me tengo que defender. Nací en Zizkov y esta periferia praguesa fue y sigue siendo una parte íntegra de mí, con su aspecto pintoresco, sus alegrías, sus miserias y sus tristezas. Si algún día alguien me vendase los ojos y me condujera desde el barrio de Vinohrady al vecino Zizkov, yo sabría indicar la frontera exactamente. Conocía muy bien la atmósfera de sus calles; había pisado mucho sus aceras, así como los caminos de las parcelas y los parques, si es que había alguno. Naturalmente, no quiero evaluarme y juzgarme a mí mismo, pero el mundo proletario sigue viviendo en mis versos como vivía hacía tiempo. Pero puedo estar escribiendo, al mismo tiempo, sobre las joyas de la coronación, por ejemplo.
En las calles desiguales, inclinadas y pintorescas de Zizkov, solía mirar a Praga. Desde la esquina de la calle U Sklenáfky se veía muy bien el Castillo. Tal vez por esto estaba tan hechizado cuando desde aquel universo de tiendecillas, pequeñas cervecerías y bares en edificios ajados, entré en la antigua belleza de las piedras históricas y puse la frente sobre el frescor de las ágatas de la Catedral.
En Zizkov había pasado toda mi infancia y mi juventud. No hacía tanto tiempo. La vida no pasaba tan de prisa. Había vivido tempestuosas manifestaciones de gente que protestaba contra la subida del pan. Recuerdo que me encargaron de llevar una pancarta en la que estaba fijado un panecillo con un alambre y enérgicamente tachado el precio después de la subida. Allí pasé la época de las agitadas elecciones al parlamento vienes, de las luchas entre los socialdemócratas y los clérigos encabezados por el legendario padre Roudinicicy. Este cura no fue popular ni con los creyentes.
El tiempo que tardaba en subir al atrio -su cintura era bastante voluminosa- bastaba para que la iglesia se quedase vacía. Eso lo contaba mi madre en casa. Cogido de la mano de mi padre llegué también a unos sitios muy distintos: a las sedes de agitación socialdemócrata y hasta a las mismas urnas electorales. Estas primeras y fuertes experiencias me llevaron hasta el Lidovy dum, no muy lejos de la frontera con Zizkov.
Zizkov, ese barrio legendario y célebre, construido hace tiempo rápidamente a base de una especulación sobre una colina inclinada hacia el valle al pie de la montaña histórica, había sido para mí, antes que nada, el lugar de mis primeras aventuras infantiles, desde el juego de las canicas hasta las primeras miradas enamoradas, desde la pelota de fútbol hasta los primeros abrazos por la noche al lado del desván o del sótano. Pero cuando mis pasos iban acompañados por otros pasos con faldas y salía de las calles de Zizkov, éstas ya no me parecían tan seguras y me refugiaba, en el parque, sobre la colina Petfín, y en los sombríos rincones de la enorme Stromovka, bajo los antiguos árboles sobre cuyos troncos habían escrito muchos nombres.
Petfín, jardín de los amores y lecho amoroso, tiembla desde la primavera con el canto de las ramas. El viento, peinado por las almenas del Muro del Hambre, trae las fragancias de los bosques de Kfivóklát, para añadir a ellas también las de los matorrales de Petfín; luego las distribuye por las calles de Praga. Este jardín es muy bello cuando el fuerte sol del verano golpea sus árboles y matorrales; y tiene un encanto melancólico cuando Praga queda cubierta por las nieblas otoñales. Pero cuando más hermoso está es en la primavera con toda la blancura de las flores.
Královská obora es un nombre demasiado largo para el lenguaje coloquial de Praga. ¡Entonces Stromovka! Pero lo real hasta hoy murmura desde las coronas de estos preciosos árboles de cientos de años. Los tonos que emite su vegetación son tan profundos que no los sabrían tocar ni las cuerdas más fuertes, ni las palabras humanas.
Si en Petfín la atención de peatones solitarios y de enamorados concentrados en sí mismos es atraída con frecuencia por alguna vista única sobre el Castillo o sobre los antiguos monumentos de Mala Strana que se entrevén a través de los árboles, y viendo tal espectáculo los enamorados hasta dejan de besarse, en los rincones nostálgicos de Stromovka se pueden sumergir en su amor tan profundamente que hasta se pueden ahogar en él. Y les acompaña la fragancia embriagadora de las matas de viejas azaleas.
Pero tenemos que empezar por otra parte.
Una nación tan pequeña en cuanto al número de habitantes como la nuestra, en los momentos de peligro se une estrechamente a la memoria y la obra de su gente grande y famosa. Estas sombras vivientes no se pueden separar de los muros de nuestra capital, donde la mayoría de ellos vivió y trabajó. Y en momentos así, toda la nación se aferra también a estos muros, que no enmudecen ni mueren jamás.
Me guardo de tocar una cuerda sentimental para que no suene a la melodía que hoy canta cualquier ensalzador de los tiempos antiguos. En los tiempos antiguos, eso es verdad, todos los caminos conducían a esta ciudad, mientras que la capital estaba atravesada por el único camino hacia la esperanza. ¡Cuánto temíamos por su destino -y por el destino de la nación- cuando aullaban las sirenas en los tejados! Esta especie de cariño tiene un nombre sencillo: es el amor.
Los sentimientos cubren suavemente el pasado lejano y cercano con un velo de leyendas y cuentos que, sin intentar dañar la verdad, aligeran los destinos y ayudan, en las épocas de desgracia, a pensar en tiempos mejores. ¡Acordaos cuando sobre el Castillo levantaron una bandera con la cruz gamada!
Estamos callados mirando los sepulcros de nuestros reyes. Sólo un poeta de una nación grande tiene el coraje natural de describir a sus reyes tal como eran de verdad. Nosotros, más bien, los queremos o callamos.
Un extranjero, aunque venga con buenas intenciones, no puede entender mucho estas actitudes nuestras. El poder penetrar su telaraña inmaterial queda sólo para aquellos que consideran a esta ciudad y a este país como natales.
Pero aun así, nuestra capital nos absorbe por la belleza del panorama de sus calles, casas y palacios, cambiante con el tiempo y creada de nuevo después de haber sido destruida por las llamas. ¡Y siempre sigue teniendo para todos nosotros todo su encanto y toda su belleza! Los agrupa según el orden misterioso de los tiempos y del genio de sus arquitectos, bajo el dominio del Castillo y de la Catedral. La han incluido en el pequeño número de las ciudades más bellas del mundo. ¡Qué consuelo y qué alegría para los miembros de esta nación! Pero hay que preocuparse algo más si recordamos el destino reciente de otras ciudades europeas.
Las narraciones entusiasmadas de los poetas y los científicos no acabarán nunca. Escucho con alegría e interés las palabras sobre sus destinos, sus encantos y muchas historias estrambóticas, tan características de su rostro de piedra, según la crearon los diversos estilos arquitectónicos y los acontecimientos tempestuosos. Pero el día de hoy no influye menos en la evolución de la ciudad; es la prisa de los segundos presentes la que subraya la historia expresiva; y ella es también la garantía y el testimonio de nuestros derechos y de nuestro esfuerzo de muchos siglos en este centro del continente no demasiado feliz.
El mismo nombre de la ciudad, en nuestra lengua materna nuevamente modelado por los labios y el aliento, tiene el género que pertenece a las madres, las mujeres y las amantes. Para nosotros representa sin duda la madre y la amante y suele ser dibujada en forma de mujer sonriente a quien no le falta la nobleza de una figura esbelta. Esta circunstancia añade un afecto amoroso a nuestras relaciones con ella, a nuestras miradas y palabras. Y aunque sus viejos muros fueron quemados por las llamas de las guerras y demostraron una dureza más asociada con los hombres, nos refugiamos con gusto en la tibia y húmeda feminidad de sus jardines, parques y rincones. Naturalmente, en el cielo de Praga no brillan estrellas más resplandecientes que en otras metrópolis de este continente; pero, en cambio, no dejamos de descubrir en ella amenos rincones en los cuales podemos reposar y entregarnos con todo el corazón, pensando en la vida y los vanos sueños. Y aquellas cualidades que nosotros mismos dejamos de ver por culpa de su cotidianidad, las descubre un extranjero en cuanto llega aquí. En otras ciudades no hay ni tiempo ni lugar para esta clase de reflexiones.
Pero ahora hay que guardar silencio. Dentro de unos segundos, cuento hasta cien, empezarán a reventar pegajosamente los húmedos capullos de las castañas. Voy a contar: uno, dos, tres, cuatro… noventa… ¡ahora!
Habíamos acabado. La chica ponía el bolígrafo y el cuaderno lleno de signos taquigráficos al lado del maquillaje, del lápiz de labios y de las llaves, y se despedía. Me incliné hacia su rostro y, medio amistosamente, medio paternalmente, la besé en la frente. Durante medio segundo se quedó vacilando, luego me sonrió de una manera deliciosa y me besó en los labios.
Estoy plenamente satisfecho con esta clase de agradecimiento. ¡A mi edad valoro ya muy alto una sonrisa así!
En la época en que no se podía ni pensar en la enseñanza mixta, en nuestro instituto estudiaban, en una clase inferior, cuatro chicas. Eran guapísimas. Nosotros, los de las clases superiores, teníamos prohibido relacionarnos con ellas. Nos lo habían ordenado. Las muchachas no salían de su clase ni durante el descanso. Sólo las solíamos ver cuando alguien abría la puerta. Antes de cerrarla, les mandábamos besos y ellas se reían. Las cuatro estaban sentadas en la última fila, como unas gallinitas encaramadas a la percha. Al cabo de unos años, se quedaron con cada una de ellas nuestros compañeros de instituto mayores que nosotros. A una de ellas la mató de un disparo un tirador imprudente en la barricada de mayo. Ahora me gusta recordar sus caras bonitas y amistosas. Embellecieron nuestros años escolares, no siempre muy agradables.
En los años perplejos de la juventud, cuando a uno le cuesta tanto revelar sus secretos a los demás, a la criatura joven le aflige un sinnúmero de preocupaciones difíciles de resolver. Pero hay algo que sí puede superarse por ser joven.
En la primavera, cuando los árboles empezaban a florecer, me iba a menudo a Petfín, al jardín Semináfská zaharada, a lamentarme en silencio, rodeado de la blanca belleza. En la paz de la primavera consultaba a las nubes flotantes. ¿A quién, si no? Con ellas no me sentía tan solo y además despertaban mis anhelos. Antes que nada, anhelos de las lejanías. Naturalmente: no me dijeron gran cosa, pero por lo menos me alegraron. Siempre se dice que la juventud es despreocupada. Sí, ya sé que los motivos pueden ser fútiles y ridículos, pero las tristezas y tribulaciones no son menos graves que las de una persona mayor. Los mayores suelen olvidarse de su juventud y no suelen recordarla.
En el jardín Semináfská me sentaba en un banco desvencijado, bajo un viejo frutal. Un verano dio por última vez una cantidad extraordinaria de frutas y el tronco se partió por la mitad bajo su peso. Una señora viejecita que venía allí a menudo miraba el árbol destrozado y lloraba desconsoladamente. Ella también tenía ya bastantes años. Probablemente aquél fuese su último pariente próximo.
En algunos campanarios del barrio de Mala Strana tocaban las dos de la tarde. Estas mismas campanas las escucharía también el señor Vorel al abrir su tiendecilla. Encendería su pipa y observaría la desierta calle de Ostruhovní. ¡Ay, Dios, ya hace más de cien años!
Cuando la primavera llena todos los caminos de Petfín con su aire perfumado, no sé qué tema sería más conveniente para un joven que el de pensar en las muchachas. Mentalmente, yo abrazaba a las cuatro muchachas del instituto. Una tras otra, según me iba enamorando. Pero no sólo amaba a éstas, sino a muchas otras de aquellas chicas que no podía dejar pasar por la calle sin volverme y que me sonreían.
En la primavera, todas las chicas parecen hechas de aire y de perfume, aligeradas por la brisa como para ir a bailar. Resplandecen con colores nuevos y frescos. Son especialmente dulces y al mismo tiempo frágiles como unas preciosas muñecas de porcelana que nunca dejan de sonreír. Sobre el respaldo del banco, todo cubierto de inscripciones, yo escribía a veces cartas enteras con la uña.
Dulce y amada: Estoy suspirando y lamentándome y tú no me oyes. No puedes imaginar con cuánta ansia te espero. Si estuvieras aquí conmigo, te prepararía un ramito de violetas y te leería unos poemas que ayer escribí para ti. Y luego pasearíamos cogidos de la mano por este exquisito camino, bajo los árboles, que parecen acabarse en sus copas. Después vagaríamos por las amenas callejuelas de Mala Strana y llegaríamos hasta debajo de las esbeltas ventanas de la catedral. Están repletas de ángeles. El antiguo órgano tocaría dulcemente una melodía de amor. Al menos a mí me parece que es una melodía amorosa, porque, cuando la oigo, siento un ligero y agradable escalofrío y tengo que pensar en las chicas que se miran al espejo.
Aquí acabaría la carta.
No obstante, escuchando aquella tonalidad me imagino además que me estoy acercando a la chica del espejo. La abrazo y le inclino la cabeza hacia atrás para poder fijar mi boca con más pasión en la suya, sorber su aliento y su saliva hasta que los besos tengan el color de la sangre. Por aquella época había leído esto en alguna parte.
¡No, no! No escribí allí una tontería como ésta. Eso sólo se me ocurría viendo sobre mi cabeza las vedijas rosadas de las flores del manzano.
Como de costumbre, no tenía ni la dirección ni el nombre pertenecientes a uno de aquellos rostros de chica en los que entonces pensaba. Por suerte, no era más que un anhelo inocente que venía, hacía un poco de daño y luego desaparecía para siempre.
Las golondrinas volaban a mi lado y espantaban con su vuelo rápido los sedosos pasitos de aquellos sueños juveniles.
Cuando las golondrinas vuelan tan cerca de la tierra, es que está a punto de llover. Que llueva, pues, y que la lluvia cálida lave todas estas remotas necedades.
El compañero que estaba sentado a mi lado en el instituto me contó que había una pequeña callejuela en Mala Strana que se llamaba Umrlcí [Del muerto] donde hay unas cuantas casas de citas con rameras. Según él, las chicas no podían salir de allí, estaban estrictamente vigiladas. Los que más iban allí eran los soldados húngaros. Las señoritas, que así las llamaban, llevaban ropa interior, sentaban a los soldados sobre la falda y los soldados las besaban cuando les apetecía. El compañero no sabía nada más. Estrechándole la mano, le juré que no revelaría nada.
Eran los últimos meses de la guerra y Praga estaba llena de soldados húngaros.
Rápidamente, al día siguiente, me dirigí a Mala Strana. Un poco por curiosidad y un poco por otra cosa. Desde Zizkov había un buen trecho de camino. El corazón me palpitaba con violencia. En el mercado quedaban, desde por la mañana, unas pocas paradas de fruta y de verdura. El carnicero que tenía su tienda en una casa vendía aún en su puestecito, donde también tenía su tajo. En el pequeño escaparate colgaban unos corderos muy blancos. En los cuellos degollados llevaban un lacito rosa. Yo iba caminando entre las paradas, vacilando; pero rápidamente me decidí y fui a la callejuela Umrlcí. Estaba a unos pasos. Intuía qué calle era y resultó ser aquélla. Según el rótulo de hojalata se llamaba Bfetislavova, pero según averigüé más tarde, nadie la llamaba de esta forma. Era la callejuela Umrlcí, porque tiempo atrás pasaban por allí los cortejos fúnebres que iban al cementerio. El nombre le quedó, aunque el cementerio había desaparecido hacía tiempo. Era corta y estrecha.
¡Y desierta! No había nadie. Subí a lo largo de las casas y miré con curiosidad las ventanas de la planta baja. En ninguna parte se movió la sucia cortina. Seguramente la primera hora de la tarde no era el momento del amor. Tal vez las chicas dormían la siesta. En la colina, me volví con decepción y bajé otra vez. Al llegar a la última casa de abajo, oí unos suaves golpecitos en la ventana. Miré hacia allí. La cortina se corrió y al lado de la ventana había una chica con una trenza morena sobre el hombro. Me quedé petrificado de sorpresa.
Cuando se dio cuenta de mi mirada de espanto, sonrió y me dijo algo. Pero yo no oí su voz a través del cristal, la calle es tan estrecha que me hubieran bastado dos pasos para atravesarla. Se la puede saltar fácilmente. Miré otra vez, ahora con más tranquilidad, a la ventana cerrada. La chica era bonita; al menos, así me lo parecía. Me sonreía amablemente y yo dejé de sentirme asustado. Cuando reconoció mi tímida vacilación, con un solo gesto se desabrochó la blusa blanca. Creo que me puse pálido del susto y que, después, se me subió toda la sangre a las mejillas, mientras que miraba intimidado los desnudos pechos de la muchacha. Me quedé allí, perplejo, como si a mi lado hubiese caído un rayo. La chica sonreía y yo me tambaleaba. Todo aquello duró sólo unos segundos. Mientras tanto, la muchacha se volvió a abrochar, muy lentamente, y con un gesto de la mano me invitaba a entrar. Luego, la cortina se cerró.
Emprendí una confusa huida.
Quería estar solo y corrí a toda prisa a lo largo de la calle Vlasská; no paré hasta llegar al final de la escalera de Petfín. Después, me dirigí al jardín Semináfská.
El jardín estaba inundado de flores. ¡Qué suerte que los árboles floreciesen precisamente entonces! Debajo de sus ramas envueltas en flores me sentía bien. La belleza nos hace reconciliarnos con el mundo. En el melódico zumbido de las abejas ordené mis pensamientos hasta cierto punto y me tranquilicé. Obligué al corazón a que se quedara callado.
Desde mi juventud, cuando aún no me daba cuenta de ello, pertenecía a los fieles partidarios de uno de los más bellos mitos que hay en el mundo. Creía en el mito amoroso de la mujer. Hoy ya es difícil de encontrar. Las mujeres han abandonado su aureola invisible y por eso se peinan de otra manera. ¡Qué lástima! No hay en el mundo nada más hermoso que una flor desnuda y una mujer desnuda. Ya sé que estas bellezas son muy conocidas, pero aun así siguen siendo misteriosas y queremos redescubrirlas otra y otra vez.
No es que quiera ensalzar los viejos tiempos. Seguramente también fueron malos y no valieron nada. No obstante, me tengo que preguntar a dónde se fue la timidez amorosa en la mayoría de los hombres, en dónde desapareció el respeto caballeresco hacia la mujer. En el juego del amor, éstas eran unas ceremonias encantadoras que lo enriquecían y lo hacían durar más. De verdad que no soy ningún moralista, pero me parece que la mayoría de las mujeres también desprecia ahora esta clase de comportamiento y lo ha rechazado.
La primera aparición del cuerpo femenino que me ofreció una ventana en la planta baja llena de polvo cayó en mi corazón como una bomba de efecto retardado. No dejaba de tener su imagen clara y resplandeciente ante los ojos. Me acompañaba siempre y representaba para mí todo lo que más anhelaba en aquella época, cuando ya empezaba a tener unas verdaderas ansias de amor.
¡Qué púdicas y enrojecidas, como de virgen, me parecían aquellas dos flores redondeadas, con las cuales florece el cuerpo de la mujer al encuentro del amor, cuando el tiempo de la infancia se acerca a la móvil frontera de la feminidad! No deseaba otra cosa que poder descansar la cabeza entre ellas y apretar la boca sobre aquella delicia y aquella fragancia. Pero el miedo me ataba los pies con una cuerda invisible.
Tenía la sensación de que era el amor lo que me sollozaba en el pecho, de que oía la pulsación de su sangre en la mía. La pobre muchacha de la calle Umrlcí se bañaba en mis ocultas lágrimas, en el fondo de mis ojos. Así como la circunstancia deplorable de la casa de citas me tenía que repugnar, la imagen de la chica me empezó a atraer inexorablemente. Estaba convencido de que esta fuerza sólo puede venir del poder de un amor verdadero. Y eso me daba miedo. Tenía una sensación como de estar comprometido con aquella chica. Para siempre.
En aquel tiempo, los cuatro rostros amenos, puros y bonitos de los bancos estudiantiles de nuestro instituto se hundían entre las sombras y desaparecían como cuando bajamos despacio la mecha de lino en una lámpara de petróleo encendida.
¡Vaya por Dios -hubiera dicho mi madre-, qué broma!
Pero no me atrevía a entrar en el sombrío pasillo en busca de la chica. Como si en el umbral hubiera un perro rabioso y violento, como si el pomo de la puerta hubiera estado incandescente, vagué muchos días por aquellos lugares. Algunas veces ni iba al instituto. Pero ya no volví a ver a la chica. La ventana estaba muda y ciega. Yo inventaba que tal vez estaba enferma y me convencía a mí mismo de que quizás necesitaría que yo me sentara sobre su lecho y le tomara la mano. Pero no me atrevía a entrar en la casa. Maldecía mi propia timidez pero cada vez que me volvía a encontrar delante de la casa, aunque antes había decidido firmemente que entraría, que esta vez sí entraría, me decepcionaba a mí mismo y, casi mecánicamente, mis pies me llevaban a lo largo de la negra entrada. Hasta yo mismo me sentí ridículo.
La pobre chica, desgraciada y tal vez ni siquiera bonita, me acompañaba a todas partes mientras erraba. Estaba conmigo todo el día, era la muda acompañante de mis tristes pensamientos. Iba incluso por la noche y sus pechos, seguramente manoseados hasta llorar por las ávidas manos masculinas, me brillaban, seductores, a través de la oscuridad. Conmocionado, le ponía sobre su cabello moreno una corona verde, una vez con violetas, otra con prímulas. Me miraba con algo de asombro. Llevaba una falda chafada y sucia. ¿Y qué? ¿Qué clase de poeta era yo? Malo, o mejor dicho ninguno. ¿Y qué clase de amante?
Al final me esforcé y decidí firmemente que tenía que dar aquellos pocos pasos fatales. Me compelía el deseo. Si me atrevo a girar el pomo de la puerta todo será fácil. ¡Sólo dar esos pasos! Iba a cerrar los ojos y a apretar los labios. ¡Era cuestión de unos segundos! Con esta resolución llegué hasta la casa. Pero en el umbral había una vieja desconocida. En seguida se dio cuenta de mi miedo y me cogió del brazo para llevarme dentro. Con su boca sin dientes me susurraba algo obsceno sobre señoritas guapas que estaban esperando que las eligiesen. Me arranqué de su mano y me alejé apresuradamente.
Durante unos cuantos días, no volví al barrio de Mala Strana. Y otra vez me juraba a mí mismo que superaría aquel miedo, aquella cobardía. Pero esta vez, cuando acababa de entrar en la calle, vi, delante de la casa adonde me dirigía, una rata enorme sobre el pavimento. Arrastraba en los dientes algo sucio. Me vio en seguida, pero se paró tranquilamente y me observó con sus ojos rosados. Sólo al cabo de un momento saltó sobre el umbral y desapareció por el pasillo en el que yo estaba a punto de entrar. Me volví asqueado y nunca más he vuelto a pasar por aquella callejuela.
Pero durante mucho tiempo estuve convencido de que en mi vida no sentiría nunca una felicidad tan grande, de que nunca vería algo tan milagrosamente sorprendente como lo que sentí y vi aquel hermoso día en la ventana llena de polvo en la calle Umrlcí, en Mala Strana. En abril, cuando florecían casi todos los árboles en el jardín Semináfská y hacía tan buen tiempo.
¡Qué hermoso era!
Cuántas veces, recordando esta aventura, he suspirado: ¡Cómo es posible equivocarse tanto!
Hace unos años, el arquitecto parisino August Perret, el que construyó la catedral de Raincy, vino de visita a Praga. Apenas salió de la estación, sus alumnos y amigos le preguntaron qué es lo que le gustaría ver primero. Y Perret contestó, un poco sorprendido de la pregunta:
– ¡El antiguo cementerio judío, naturalmente!
Este famoso monumento es como un reproche. ¿Cómo pudieron permitir, los encargados y los no encargados, que se cortasen partes del cementerio judío para obtener parcelas y construir allí unos estúpidos edificios de pisos, que todavía están allí para vergüenza de sus promotores? Las cinco sinagogas, el cementerio y los restos del ghetto constituirían hoy un área histórica, significativa también por la tradición de los sabios rabinos de Praga y coronada por las leyendas judías, famosas mundialmente.
Una vez estuve en el antiguo cementerio judío con el poeta Nezval. Fue por aquellos años en que nuestros versos eran tan jóvenes como las muchachas de las primeras clases del instituto.
En aquellos tiempos, aunque creo que más tarde también, a Nezval le excitaba todo lo que estaba marcado por el misterio y el romanticismo. Sé positivamente que visitaba a las clarividentes, que soñaba con una bola de cristal, que se hacía adivinar el futuro por la letra y por la mano, y este último arte incluso lo aprendió. Estudiaba cuidadosamente los libros sobre astrología y los horóscopos. En el oficio de interpretar los horóscopos le inició el dramaturgo Jan Bartos. Es sabido que hasta se predijo su propia muerte. Afirmaba que moriría en Semana Santa. Si no recuerdo mal, murió en Sábado Santo. Pero seguramente no esperaba que sería tan pronto.
Nos alejábamos del café Hanavsky pavilón; donde algunas veces nos tomábamos una copa de ajenjo. Esta era nuestra ceremonia entre los poetas. No solíamos tener dinero para otra cosa. Luego Nezval me propuso que fuéramos a ver el antiguo cementerio judío.
Los judíos ponían siempre piedrecitas sobre el sepulcro del rabino Lówe y pronunciaban sus deseos, pidiendo al rabino milagroso que atendiera a su ruego. Pero según decían, era más eficiente escribir el deseo sobre un trozo de papel y echarlo por un agujerito que había entre dos tablas. Nezval arrancó de la agenda dos papelitos y me dio a mí uno. El escribió: «Quiero ser un célebre poeta checo y vivir hasta los noventa años.» Y, envuelto en un aire de misterio, echó la nota en el sepulcro. Como sabéis, el rabino atendió su primer ruego. El segundo no.
Yo escribí un solo deseo, menudo, pero ardiente, y se hizo realidad poco tiempo después. Fue un hermoso día de primavera, en el parque de Stromovka.
Nunca he dormido hasta tarde por la mañana. Solían despertarme mis poemas y escuchaba con gusto el murmullo melódico de sus palabras. Me gustaba el cielo amarillo y rosado de la mañana y esos besos que se dan cuando uno está medio dormido aún. Pero cuando los versos más insistentes me arrastraban por el cabello fuera de las tibias sábanas, me sentaba en la mesa y escribía. Todo lo demás podía esperar.
Me gustaba escribir los poemas incluso sentado a la mesa de la cocina, mientras mi mujer trabajaba ablandando escalopas o rellenando un pollo. Me gusta el olor de algunas especias. También solía escribir en un café lleno de gente y humo.
Pero empezaré por otra parte.
Delante de nuestra casa de Zizkov, en la antigua avenida de Hus, a la hora en que volvían los obreros de las fábricas, solía encontrar a una chica extraña, pero interesante. Durante mis años estudiantiles, las mujeres todavía no llevaban pantalones con tanta naturalidad como hoy.
La muchacha, que probablemente regresaba a casa, llevaba pantalones de lino burdo, una camisa de pana masculina y una gorra de visera en la cabeza. Calzaba unos feos zapatos.
Pero su rostro de chico tenía algo atractivo y dulce. Incluso cuando sonreía, su expresión era más melancólica que llena de despreocupación juvenil. Esto contrastaba mucho con su tosco exterior de trabajo. Varias veces me volví a mirarla. Cuando ella se dio cuenta de esto y vio que no lo hacía sólo por curiosidad, me sonrió. Desde entonces éramos en cierto modo como amigos, aunque nunca me atreví a dirigirme a ella.
Hasta unos años después no me enteré de que entonces trabajaba en un taller donde se fabricaba jabón. Tenía las manos resquebrajadas y quemadas por los corrosivos. Pero un día desapareció y la busqué en vano desde entonces a la hora acostumbrada.
En la vida del hombre suele haber unos cuantos momentos, pero no muchos, que incluso después de años, se quedan frescos en nuestra memoria. Y son más que inolvidables. Después de largo tiempo tenemos todavía la impresión de que hace muy poco que los experimentamos. Un momento así representa para mí el primer encuentro completamente casual con Karel Teige. Veo con precisión su rostro sin afeitar desde hacía tiempo, su sombrero de tela arrugado, «graciosamente descascarado», según decía Milena Jesenská, nuestra posterior amiga, sus gestos firmes y sus bellos ojos negros. El escritor S. K. Neumann me presentó a Teige en un bar de la calle Stépánská. Me lo presentó informalmente:
– Aquí tienes a uno más. Todavía no es nada, pero seguramente será un poeta lírico. Ocúpate de él y ya veremos. Tengo aquí algo suyo y no está mal del todo.
Luego volvimos con Teige, a través de la plaza Václavské, a nuestro viejo café Slávie. Pero no entramos. Era una bonita tarde de primavera y aquella parte de Praga estaba llena de los perfumes de Petfín. Hasta el río olía en aquella última hora de la tarde y nosotros caminábamos por el muelle, a lo largo de la antigua barandilla, por el paseo al que entonces iban muchos escritores y artistas que yo, en aquella época, conocía muy poco. Teige me recitaba poemas que encontraba rápidamente en su amplia y rica memoria. De esta manera, oí de su boca por primera vez el poema de Apollinaire «Sous le pont Mirabeau», que más tarde traduje por sugerencia de Teige y que se ha citado mucho en nuestro país. Luego, cuando empezó a alabar la lengua francesa, me lo ilustró con una silenciosa recitación de los poemas más conocidos de Verlaine. Sí, silenciosamente. Más bien los susurraba, como si sólo lo hiciera para sí mismo. Más tarde me di cuenta de que, después de la recitación de Salda en una de sus actuaciones públicas, creo que en el café Manes, era la recitación más apropiada que jamás había oído, quizás más efectivo que la lectura misma. No soy muy partidario de la recitación. Pero Teige más bien exhalaba los versos y, cuando aspiraba, parecía como si inhalase la belleza y la fragancia. Los decía ardientemente, pero no era un fervor intencionado. Y de la misma manera sonaba su melodía oculta. Durante mucho tiempo estuvimos paseando desde Slávie hasta el puente Novotného lávka y cada vez que nos acercábamos a los molinos donde el agua emitía su fuerte murmullo, tenía que hablar en voz alta para que le oyera.
Hace tiempo que aquellas palabras y rimas han volado a la eternidad; hace tiempo que enmudeció la voz de Teige; pero la presa de los molinos no ha dejado de murmurar.
Teige sabía el francés muy bien. Más tarde, en París, volví a darme cuenta de la belleza de esta lengua; me parecía que hasta un sencillo vendedor del mercado recitaba versos cuando hablaba.
En seguida intimé con Teige. Desde aquel día, nos vimos casi a diario. En su casa o en un café. En él encontré una persona cuya amistad fue realmente positiva; entre otras cosas, me abrió las puertas del mundo del arte.
Bueno, el grupo Devétsil no se dejó esperar. En el instituto de la calle Kfemencova estudiaban entonces varias personas muy dotadas. Entre todos Adolf Hoffmeister, un poco mimado por su familia rica, y no obstante un buen amigo. Y éste no forma parte en aquella época de los miembros más activos. No era nada difícil conocer a esta gente y así nació Devétsil. Vladimír Stulc fue uno de los primeros. Habíamos decidido de antemano con Teige el programa y la misión de la asociación. Pero tengo que admitir que yo no hice más que secundarle, porque Teige ya lo tenía todo pensado y preparado.
Entre los primeros miembros, aparte de Adolf Hoffmeister, tengo que citar a los pintores B. Wachsman y Ladislav Süss. El primero tenía mucho talento desde el principio. Luego, al escritor Karel Vañék y a los arquitectos Jaromír Krejcar y Karel Honzík. Y también a un miembro un poco alejado, autor de un solo libro, pero bastante interesante: la colección de poemas Flores artificiales, de Josef Fric.
Eramos exactamente nueve. Pero, de hecho, no fue ésta la razón del nombre de la asociación. En aquella época acababa de salir el libro El jardín de Krakonos, de los hermanos Capek, y lo estuvimos hojeando en busca de algún nombre apropiado. Hoffmeister sugería «heléchos de oro». Fue rechazado. Y en el mismo libro, Teige descubrió: «fárfara». Este nombre fue aceptado unánimente.
El nombre de una planta medicinal, misteriosa y extraña, que además incluía en la palabra la mágica cifra nueve, nos parecía el más apropiado.
¡Viva Devétsil!
Y Hoffmeister tocó en el piano de la casa de Teige un aire de fanfarria lleno de júbilo. En aquellos días éramos nueve, pero nuevos miembros venían sin parar. Lástima, no sé llevar crónicas; pero espero que todo esto esté escrito en alguna parte. ¡Aunque no sé dónde!
Una noche, un poco tarde, me dirigí como casi cada día, para pasar un ratito, al café Národní. Me encontré allí con Teige y Nezval, éste bastante excitado. En seguida me di cuenta de aquel estado de Nezval. Junto al pintor Jindfich Styrsky, también estaba sentada allí una muchacha interesante y sonriente que no conocíamos. Era la pintora Manka; nos la presentó rápidamente su acompañante. Venían para hacerse miembros de Devétsil.
Nezval estaba entusiasmado.
Era Manka Cermínova. Cuando me estrechó la mano durante unos segundos, yo no podía respirar y estaba sorprendidísimo. Aquella muchacha era mi conocida de la calle de Hus. Sobre su rostro puro también voló una sonrisa llena de asombro. Pero ninguno de los dos dijo nada. Styrsky sólo le llamaba sencillamente Manka. Decían que no le gustaba su apellido. No sé por qué. Ahora, en vez de unos zapatos feos, llevaba un ligero y elegante calzado, aunque en la calle había fango de nieve. Tenía unas medias de última moda. Así que Devétsil contaba con dos miembros más, pintores, gente joven e interesante. Los dos admiraban con todo su corazón a Braque y a Picasso; al parecer la joven pintora trabajaba un poco a la sombra de su amigo mayor. Pero como vimos en seguida, no era exactamente así. Poco tiempo después de incorporarse a nosotros sus cuadros cubistas se hicieron más líricos, seguramente bajo la influencia del poetismo, que entonces inventábamos y propagábamos a toda prisa. Y unos años más tarde, cuando André Bretón abrió las ventanas del surrealismo, Nezval, Teige y ambos pintores aceptaron de buena gana las ricas posibilidades de su universo fantástico e inexorable. Pero entonces ya hacía tiempo que se había expresado el talento personal y femenino de Manka Cermínová.
¡Pobre Styrsky! Pasó sus años jóvenes enfermo. Murió joven, durante la guerra, en medio de su obra artística excepcional. Acortó su vida bebiendo mucho. Éste era el destino de su familia. Su padre había sido alcohólico y murió de una manera terrible. Estando borracho, cayó sobre una estufa encendida y murió literalmente quemado vivo. Styrsky mismo nos lo contó.
Manka se sentaba fielmente junto a su lecho.
Pero me estoy adelantando.
A Styrsky y a Manka los aceptamos con alegría entre nosotros, como a buenos amigos. Admirábamos sinceramente sus cuadros. A la pareja se agregó más tarde otro pintor, éste con menos talento: Jifí Jelínek, de Beroun. Pero era un buen amigo. Ya ni me acuerdo de sus pinturas. No había muchas. Durante la guerra, fue ejecutado por su abnegada actividad ilegal.
Manka Cermínová nos pidió durante mucho tiempo, a Nezval y a mí, que le buscásemos un buen seudónimo. Se nos ocurrieron tal vez una docena de nombres, pero a ella no le gustó ninguno. De hecho, a nosotros tampoco. Hasta un día en que estaba sentado con Manka en el café Nacional. Manka estaba a punto de inaugurar una exposición suya. Y no quería exponer bajo su propio nombre por nada del mundo. Mientras se alejó un momento para ir a buscar una revista, le escribí sobre una servilleta con letras grandes: toyen. Cuando lo leyó a la vuelta, lo aceptó sin pensárselo dos veces y todavía lo lleva hoy; nadie la llama de otra forma y no creo que su verdadero nombre figure en otro sitio, a no ser en su pasaporte, de todas maneras caducado.
Seguramente habrá olvidado aquel momento del rincón del café Nacional. Después de muchos años le hicieron una entrevista en París y, a la pregunta de un checo, contestó que su nombre tuvo su origen en la palabra francesa «citoyen». Sí, parecía probable, pero no fue así. Como padrino de su seudónimo, he fracasado. Lástima: si se hubiera recordado más exactamente, tendría un recuerdo de la ventana del café que ya no existe y de un bello momento de nuestra juventud.
Nezval, que en aquella época estaba empleado en la redacción del diccionario de lengua checa de Masaryk, estaba, como siempre, un poco impaciente. No pudo esperar hasta llegar a la letra T, y ya que los manuscritos sólo habían llegado hasta la C, escribió rápidamente la entrada Cermínova Marie. La escribió con entusiasmo. Cuando se publicó el diccionario, en una reseña de un periódico se sorprendieron por esta entrada, porque a Marie Cermínova la conocía muy poca gente.
Creo que pocos pintores fueron honrados de esta forma en los siguientes volúmenes del diccionario.
Era una chica agradable y bonita. La queríamos todos.
De la misma manera que no le agradaba su apellido, también se avergonzaba de su sexo femenino. Siempre hablaba de sí misma en forma masculina. En principio esto nos parecía algo extraño y grotesco, pero con el tiempo nos acostumbramos.
Recuerdo un hermoso diálogo, después de medianoche, en una calle praguesa. Nos detuvimos a tomar una copa; fuera, helaba. Toyen estaba viviendo en casa de su hermana, en la estación de Smíchov. Su cuñado trabajaba allí como jefe de estación. Llamamos un taxi y sentamos a Manka adentro, pero antes de ponerse el coche en marcha, Manka abrió la ventanilla, abrazó a Teige y le comunicó con voz trágica:
– ¡Adiós! Soy un pintor triste.
Teige le recomendó que se sentase en un rinconcito y todos le deseamos de todo corazón que durmiese bien. ¡Y buenas noches!
No lo oyó todo, porque el coche se alejaba ya, llevándose a la pintora triste a Smíchov. Naturalmente no creíamos en su tristeza. Toyen era animada y alegre; hablando, decía directamente lo que pensaba y nos encontrábamos bien en su compañía.
¡Los cafés de Praga! Los restos que nos quedan hoy no pueden ser un testimonio sobre la vida de los cafés entre las dos guerras. Tenían carácter, a menudo muy distinto el uno del otro. A los más tranquilos iban los estudiantes, y los lectores de diarios tenían allí toda la prensa conseguible de Europa. Algunos periódicos extranjeros llegaban el mismo día. En el centro de la ciudad había cafés de lujo, muy visitados por las damas mundanas. En esta clase de cafés los camareros se afeitaban dos veces al día, cosa que entonces me parecía increíble. Luego hubo cafés frecuentados por los artistas. Los actores iban a Slávie. También nosotros nos sentábamos allí cuando queríamos estar solos. Pero en el café Nacional que hoy ya no existe, solíamos estar a diario. En cierta época visitábamos también el Metro.
Al café Unionca, situado en un palacio de la esquina de las avenidas Národní y Perstyn, iba la gente en tiempos más viejos. Cuando se acercaba su fin -estaba bastante decrépito- sólo lo visitaban los contemporáneos, los amigos y los deudores del amo, el señor Patera. Yo también le debo dos cafés. A los cafés de invierno iban los enamorados para poder estar cogidos de la mano por debajo de la mesa. En el café Nacional, los muchachos invitaban a sus amigas a una copa de arroz helado con melocotón y nata.
Unos antiguos versos de Gellner, con los que el poeta se despedía de los cafés vieneses, eran incomprensibles para nosotros:
Dura es la despedida del teatro de revistas donde cantaba un pobre coro por la noche; y de los cafés. ¡Cuánto me gustaba su aburrimiento! Dos años jóvenes pasé sentado allí.
Pero nosotros, en los cafés de entonces, no nos aburríamos nunca. Todo lo contrario. Las salas estaban llenas del murmullo de las alegres voces, del ruido de los pasos, de las sillas y sillones arrastrados y del tintineo de los vasos y los platos. No, silencio no había allí. O tal vez sólo lo había por la mañana. Pero tengo un amargo recuerdo de una visita matinal. En el café se discutía, se hacían planes, se producían polémicas apasionadas y nunca se tenía la sensación de haber perdido el tiempo. Allí se podían leer todas las revistas culturales y las caras revistas extranjeras con fotografías. La erótica La vie parisienne era de las más leídas y al cabo de unos días estaba rota como una bandera después de una guerra. Las señoras miraban las modas extranjeras y algunas incluso arrancaban las páginas cuando el camarero no miraba. Y sonreían cuando se enfadaba el camarero que compraba las revistas.
Después de una noche pasada en vela discutiendo, el poeta Hora y yo estábamos en el café Nacional, medio vacío.
En el guardarropa todavía no había nadie, así que echamos los abrigos y los sombreros sobre las sillas vacías y continuamos en la larga conversación nocturna. Llevaba más o menos una semana de casado y mi mujer me regaló con sus ahorros un precioso abrigo de tela inglesa y me compró, en la mejor tienda, un elegante sombrero de terciopelo y unos guantes de gamuza. Hasta me consiguió un bastón de bambú. Entonces estaban de moda. Vestido así, seguramente tenía un aspecto extraordinario. Todos me tomaban el pelo. Cuando al cabo de dos horas nos levantamos para irnos a casa, no encontramos en la silla ni el abrigo, ni el sombrero ni los guantes. Incluso el bastón desapareció. Hora comentó fríamente que era el castigo por mi elegancia exagerada. Me sentí muy triste. El ajado abrigo de Hora, naturalmente, lo encontramos sobre la silla.
Lo único que nadie tomaba en las cafeterías era café. Era legendariamente malo. Las dos coronas que valía eran como pagar la entrada, en el invierno, a una sala cálida y, en el verano, a un local lleno de humo. Además, el ambiente amistoso siempre valía la pena. En el café Nacional nos solíamos sentar al lado de la ventana, en un rincón. Cerca de nuestra mesa hubo el asiento del profesor Pekár. Se sentaba al lado de un montón de diarios. Fumaba puros y a veces parecía que nos escuchaba con un oído. ¡Pues que escuchase!
Con la señorita Toyen -pero no, así no la llamábamos nunca- hojeábamos, desdeñosos, la revista Volné Smery.
¿Dónde están aquellos hermosos y un poco traviesos días cuando no nos tomábamos en serio casi nada? Éramos jóvenes, nos gustaban las señoritas bellas y elegantes y Toyen nos aseguraba con insistencia que ella pecaba de lo mismo; pero creo que aquello no era más que un juego y una parte de su autoestilización masculina, que tanto le agradaba.
De todos modos, no teníamos nada en contra.
El arquitecto Bedfich Feuerstein era, me parece, un poquito mayor que nosotros. Pero ya era un hombre y artista hecho. Ya se estaba acabando su edición monumental del Instituto Geográfico y el Teatro Nacional había hecho varias escenificaciones suyas, plásticamente elegantes, sorprendentes. Cuando Teige y yo estuvimos en París por primera vez, ya en las primeras horas topamos con Feuerstein. Junto con Sima nos iniciaron en la complicada belleza de esta ciudad. Según me acuerdo, este hombre elegante e interesante no compartía con nosotros muchas de las locuras que hacíamos al principio de nuestra carrera artística, como, por ejemplo, la primera exposición de Devétsü.
El era entonces amigo de los hermanos Capek y de los Tvrdosíjny. No obstante, entraba también en nuestros círculos, se hizo amigo nuestro y al final se encariñó con nosotros. Le correspondíamos con una cierta confianza y respeto.
Y este hombre, de repente, se enamoró de Toyen. Me parece que con bastante insistencia. Sabíamos que no solía tener suerte con las chicas. El mismo lo admitía. Por eso prefirió confesar su súbito ardor a alguien. Me eligió a mí. Naturalmente se lo conté en seguida a Manka. Esperaba que me despidiera con unas palabras frías. Pero no fue así. Lo escuchó con una sonrisa que podría decirlo todo o nada al mismo tiempo.
Un día Feuerstein apareció en el café y sacó de su cartera una rosa muy graciosamente envuelta. La desenvolvió y se la dio a Toyen con estas palabras:
– A la musa de Devétsil.
Las rosas no eran lo que más agradaba a Manka. Puso la hermosa flor en un vaso con agua y dejó de hacerle caso. Temía que se le olvidara en la mesa. No consideraba esa manera de galanteo como la más agradable.
Ya no me acuerdo cómo terminó aquella pequeña historia de amor. Creo que de ninguna manera. Se deshizo silenciosamente. También por el hecho de que Feuerstein, al cabo de poco tiempo, se fue al Japón, invitado por el arquitecto checo Reimann. Pero la palabra musa se quedó colgada de alguna manera en las nubéculas de humo de encima de la mesa.
Admito que una tal designación de una mujer joven y bella me complacía, aunque Teige lo comentó con una burla. Seguramente no tenía a Toyen por la más ideal para esa antigua misión, ni la palabra musa le cabía en el diccionario moderno. En cambio yo, en silencio, inauguré a Toyen en esta gloriosa función. Aunque no había bebido con las hijas de Zeus de la sagrada fuente de Hipocrene, la cual, según el profesor Entlich del instituto de Zizkov, salió bajo el golpe del casco de Pegaso, Manka era bastante bonita y amaba la poesía; entonces, ¿por qué no?
El destino de Feuerstein fue trágico. Una grave enfermedad nerviosa le condujo hasta el puente Trojsky y allí terminó su vida con un salto al agua. Como hombre y como artista era inapreciable. Nezval compuso un bello poema sobre él. Pero creo que se merecía uno aún más hermoso.
Con su presencia, Toyen incrementaba una agradable atmósfera creadora. Participaba en todas las conversaciones y polémicas y tenía una firme fe artística. Gustaba a muchos. Es que también creaba atmósfera con su atractivo de chica. Escribí unos poemas sobre ella. Publiqué algunos y Toyen me sugirió que tradujera el ciclo de sonetos lesbianos de Verlaine. Tres de ellos publicó Styrsky en su Revista Erótica.
Poco después de acabar la guerra -Styrsky ya no existía-, Toyen se marchó a Francia.
Desapareció en París como en una ventisca de nieve. ¿Pero nieva en Francia tan espesamente como aquí? No lo sé. El caso es que desapareció en la inundación de luces en los bulevares. O se perdió en el brillo de los diamantes exhibidos en la Rué de la Paix. Se convirtió en francesa y hay poca probabilidad de que algún día atraviese de nuevo el puente Carlos.
Ahora ya no me levanto tan temprano. Pocas veces los versos me arrancan de las sábanas. Me gusta dormir aunque el cielo esté todo rosado. Una persona de edad a punto de llorar en cada emoción. Y con frecuencia me duermo aunque truene. Los ancianos duermen para irse acostumbrando: cuando se duerman para siempre, dormirán una eternidad tras otra. Ya han muerto Teige y Nezval. También Styrsky, Feuerstein, Wachsman y Muzika. Han desaparecido Josef Havlícek y Honzík, y los poetas Halas, Biebl, Hofejsí, Vancura y Hora. Han muerto muchos de aquellos con los que vivíamos y con los que experimentábamos nuestras alegrías.
Sólo quedamos Toyen y yo. Hace poco, Toyen me envió un recuerdo de París.
Ya está llegando mi hora. Pero tengo un deseo arbitrario e irrealizable. Me gustaría vivir hasta el próximo milenio. Al menos un día, o dos, o tres, y echar un vistazo sobre los mejores tiempos de los años que vienen.
De todos modos, este siglo parecía un trapo de carnicero: No dejaba de correr en él la espesa sangre negra.
A partir del momento en que me topé, al lado del Teatro Nacional, con dos marineros austríacos, decidí firmemente que sólo trabajaría como marinero. Aquellos hombres estaban bronceados, tenían unas figuras esbeltas y a primera vista parecían atrevidos y valientes. Al menos así los vi yo. Tenía diez años, iba a cuarto curso y conocía el mar sólo por lo que me habían contado. En sus elegantes gorros tenían escrito con letras doradas «Viribus unitis» y el aire del río jugaba con las dos cintas negras que colgaban por detrás del gorro. No podía apartar la vista de ellos y los seguí como hechizado hasta la calle Ovocny trh. Las cintas ondeantes me encantaron de tal modo que, desde aquel momento, me entregué a las bellezas enigmáticas del mar.
En la sala de estar de mi casa teníamos la reproducción de un óleo de Knüpfer. Representaba el mar hasta perderse de vista y en las rocas de la costa estaban sentadas tres ninfas. Las olas que rodeaban las rocas acariciaban amorosamente su graciosa desnudez.
Me gustaba mirar el cuadro cuando pasaba ante él, al menos de reojo, aunque tengo que admitir que me atraían más las ninfas que el mismo mar. En cambio, me paraba regularmente delante de los escaparates de las pescaderías donde tenían algunas veces unos cangrejos y unas gambas que habían sido cocidos hasta ponerse rojos. Me inventaba la belleza exótica del fondo del mar para acompañarlos y me imaginaba cómo los cangrejos huían, al lado de las actinias, y agitaban las pinzas de una manera amenazadora.
Era septiembre, empezaba el colegio y mi madre decidió comprarme un traje nuevo. En el viejo ya se me salían los codos.
Me costó mucho trabajo persuadir a mi madre de que, en vez de un traje normal, me comprara uno de marinero, con una gorra en lugar del vulgar sombrero acostumbrado. Ocurría que mi madre había visto una vez a dos chicos que se peleaban en la calle, golpeándose con los gorros, e imaginaba qué aspecto podría tener una gorra marinera. Pero al final, sí, levantó una de las tazas de un armario y contó las coronas. Y nos fuimos. Cerca del teatro Stavovské, en la calle Zelezná, tenía el señor Hirsch una tienda con vestimenta de chicos. Los padres nos enseñaban las quietas figuras de los maniquís que había en el escaparate y las ponían como modelos:
¡Un aspecto así tendrías que tener! ¡Por lo menos el domingo!
Y entre aquellos maniquís había también un pequeño marinero, con la mano sobre la frente como si estuviera mirando las luces del faro desde su barco. Los trajes marineros estaban de moda, pero yo no lo sabía. Al ver al chico me emocioné tanto que el corazón me empezó a palpitar fuertemente. Mi madre estuvo mirando el escaparate durante mucho tiempo y aún me quería persuadir. Pero cuando vio mi cara bañada en lágrimas, no dijo nada más y entramos en la tienda.
La marinera y los pantalones eran de tela barata; la gorra, en cambio, estaba rodeada de una cinta sobre la cual estaba escrito con letras doradas «San Marino» y llevaba dos cintas negras. El mismo día fui a la calle Krásova, que era muy pendiente y dos veces bajé a galope hasta el tranvía. Casi me atropello en una de ellas. Todo esto para que me ondeasen las cintas. Y las cintas volaban en el aire y yo estaba en la cima de la felicidad.
Mis sueños marineros continuaban, con pequeñas evoluciones.
En mi clase en la calle de Palacky tenía un compañero; corrían rumores de que estaba enfermo. Era de familia pobre y numerosa. El muchacho, llamativamente pálido y flaco, tosía a veces. El maestro, al que todos queríamos sinceramente y que quedó grabado imborrablemente en nuestras memorias, miraba a veces el rostro del chico lleno de preocupación. Y probablemente fue él quien avisó a una organización caritativa que se ocupaba de la salud de los niños escolares e hizo que se encargase del muchacho. Y la organización mandó a nuestro compañero al mar Adriático.
Al cabo de dos meses el chico regresó. Había cambiado.
Las mejillas morenas se le rellenaron, los ojos, antes como inundados y tristes, miraban alegremente el mundo. ¡Nos costó reconocerle! Y cuando volvió a sentarse en el banco, entre nosotros, el maestro le invitó a que nos contara algo sobre su estancia a la orilla del mar.
Al día siguiente trajo al colegio una caja de cartón llena de toda clase de conchas y piedrecitas de todos los colores que había recogido en la playa donde los niños tomaban el sol y se bañaban. La caja pasaba por todas las manos y su feliz dueño comenzó a contar.
La casa donde se curaban los muchachos estaba cerca de la costa. Desde las ventanas se veían las rocas, la playa y el mar abierto. El compañero narró con frases sencillas, pero ininterrumpidamente, su mayor experiencia en la vida: una tormenta en el mar.
Una tarde se estaban bañando todavía y de repente el cielo se cubrió con una nube negra. Apenas les dio tiempo para llegar a casa. El viento levantaba las olas muy alto y golpeaban las rocas costeras y el puerto con un fuerte estruendo. La gente corría desconcertada por la playa, tratando de salvar lo que podía. Algunos barcos estaban aún en el mar, entre ellos varias lanchas de pescadores.
En el rostro del muchacho se veían aún rastros del horror experimentado. Los relámpagos eran mucho más largos que los nuestros del mes de agosto y el estruendo del mar y de los truenos era terrorífico. Las casas del puerto temblaban con el eco. Al final todo acabó bien. La tormenta no duró más de una hora. En el mar aparecieron las barcas grandes y pequeñas y en el puerto lanzaron un suspiro de alivio. La gente del país aseguraba a los niños que al día siguiente encontrarían en la playa nuevas bonitas conchas.
Yo escuchaba al chico atentamente y con excitación. Está claro que, en uno de los barcos que volvían hacia la costa, me veía a mí mismo. Pero cuando vi ante mí la caja con las conchas, experimenté unos momentos de una sorpresa y un estupor indescriptibles. Era algo así como una repentina aparición. Nunca más, en toda mi vida, han vuelto a ver mis ojos una tal riqueza. Como si estuviera soñando, tocaba las formas afiladas de los caracoles de mar y acariciaba con placer el nácar del fondo de las conchas grandes. Temblaba de emoción todo mi cuerpo y aquel instante para mí fue más importante y vertiginoso que cuando conocí el mar de verdad.
Al cabo de muchos años pude observar en las vitrinas del Kremlin moscovita el antiguo tesoro de los zares, las cascadas de perlas, los montones de piedras preciosas y la inundación de oro; pero todo aquello no era nada comparado con lo que admiré sin aliento aquella vez, hace años, en una caja de margarina, en el colegio de la calle Palacky.
Cuando el chico, un poco jadeante, acabó su narración, cerró la tapa de su cajita y la colocó a un lado, se produjo un momento de emocionado silencio. En medio de la calma, alguien llamó a la puerta de la clase.
¡Fue el capitán Nemo!
Es que empezaba la temporada de los libros de aventuras. ¡Y yo que me preguntaba por qué la infancia suele ser tan movida y rica!
En aquellos años leía cualquier cosa que me viniera a las manos. Sobre todo las novelas de Julio Verne, que me entusiasmaban. En cambio, los libros de Karl May no me interesaban demasiado. Es que las novelas del señor Verne eran verdaderas y humanas. Y las de Karl May, no. Como si ya entonces hubiera sabido que eran falsas, que mentían. Pero a los libros de Verne volvía siempre en los momentos en que la tristeza y la desesperación se apoderaban de mí.
– No estés siempre metido entre los libros. Sal a la calle un poco -me solía decir mi madre-. Entonces yo escondía el libro debajo del abrigo, decía adiós a mi madre y me iba corriendo al desván.
Un libro tras otro hacían durar todos mis anhelos y estimulaban mis sueños de chico. Nuestro desván no era cómodo ni acogedor. En los rincones, como fantasmas, había trastos viejos, llenos de polvo y de mugre. Pero cuando abría la pequeña ventanilla del tejado, respiraba un aire libre y embriagador.
Parecía que esta clase de lectura no llegaría nunca al final, pero un día se acabó. Fue en el momento en que, en vez de una novela de aventuras, deseé un librito pequeño en cuya portada roja estaba grabado con letras rojas: Canciones del atardecer. En el libro había una marca, un trozo de lino con un corazón en llamas bordado en él. Nada más que un pequeño corazón humano de hilo rojo. Y en vez de las pesadas y gruesas cuerdas de un barco, deseé tener en la mano dos ligeras y sedosas palmas de una mano femenina. Y entonces pasó algo sorprendente. Un día, al abrir la ventana y mirar encima de mi cabeza, me di cuenta de que el cielo era infinitamente bello. Nunca me había fijado en él.
Pero la historia marinera aún no se había acabado. Volvía, pero un poco transformada.
Esto fue por la época en que nuestro país, después de la Primera Guerra, vivió la época de la joven poesía checa. En las revistas empezaban a aparecer los primeros poemas y de vez en cuando salía algún libro de poesía. Pusilánime y tímido. Y en ellos, los ángeles. Y junto a los ángeles, los marineros. ¡Quién sabe lo que hacían tan amistosamente juntos! ¡Pero era así! En mis poemas también. Hasta que el escritor S. K. Neumann ahuyentó a los ángeles con un gesto de su pipa. Los hizo desaparecer tan fácilmente como a las mariposas de las flores violetas de los cardos. Los marineros duraron algo más. De todos modos, con el tiempo desaparecieron también, por su propio deseo.
Llegué a París con Teige después de dar una pequeña vuelta por Venecia y Milán. Teníamos prisa. Sobre todo Teige. Ardíamos en el deseo de ver el arte moderno en el sitio donde nació, creció, esplendorosamente, como unos resplandecientes fuegos artificiales de cada día. Teige se ponía nervioso y no quería detenerse en ningún lado hasta que nuestros pies no tocasen el pavimento de los bulevares parisinos. De este modo, no nos quedamos en Venecia ni dos días; en Milán sólo probamos el helado que fabricaba allí un pastelero cerca de la Catedral y que entonces tenía fama de ser el mejor de toda Italia. Y nos dirigimos hacia la Costa Azul. Entonces, Francia, para nosotros, representaba una maravilla.
A la Costa Azul sólo la acariciamos con los ojos, Saludamos al mar, con un pequeño acorazado en el horizonte, cuyas dos chimeneas expulsaban negras nubes de humo, y poco después estábamos en un tranvía en Marsella y nos dirigíamos desde La Cannebiére hasta el Viejo Puerto, donde iban a ser aniquilados unos sueños marineros que llevaba conmigo desde que era pequeño. Ya para siempre y sin dolor. ¡Porque, en el mundo, siempre pasa todo de una forma muy diferente de la que nosotros imaginamos!
Era un día soleado de un verano del sur y en un parque oculto entre las casas y que no podíamos ver desde el tranvía, olían los árboles en flor; una especie que no conocíamos y cuya fragancia profunda y espesa inhalábamos por primera vez.
Marsella nos dio una bienvenida bastante amistosa. En un cruce bullicioso había un sonriente guardia urbano vestido con una pequeña capa. En una mano tenía una gorra blanca con la que señalaba el camino, y debajo del otro brazo llevaba una gran col. Aquello me pareció simpático.
No obstante, en el Viejo Puerto no hay mucho que ver, y ya que yo no podía esperar más para poder abrazar la mar, me fui en un barco de motor lleno de gente al Chateau d'If, cuyas ruinas ocupan toda una islita que está enfrente de Marsella. El Chateau d'If está lleno de historia romántica y desde sus muros medio caídos es posible ver el mar hasta donde llega la vista. Me sentí un poco decepcionado. El mar estaba tranquilo, era oscuro y me pareció triste. Y recordé las ninfas, allá, muy lejos, en mi casa. ¡Harían un buen efecto aquí, sobre las rocas costeras, tan sin vida, tan desiertas!
Felices los pueblos que tienen mar. Las olas que azotan sus costas traen, no sólo riquezas, sino también una gran literatura. Al menos aquí, en Europa.
Al atardecer regresábamos al puerto. El sol estaba encima de la línea del horizonte y al cabo de unos segundos se escondió dentro del mar, igual que una moneda de oro dentro de un bolsillo vacío. Sólo la estatua dorada de la Virgen que habían puesto no solamente en la colina, sino también muy arriba, sobre el campanario de una iglesia, brillaba a lo lejos. Mirando el sol unos segundos más, cuando los barcos que había en el mar ya estaban rodeados por unas tinieblas transparentes.
Al día siguiente por la mañana fuimos a ver el barrio portuario, que se llamaba la Fuente del Amor. Éste también era el nombre de una de las calles por donde se entraba en aquella red de callejuelas del vicio. Allí se amontonaban las casas de citas, las tabernas y las sucias pocilgas de las prostitutas. El barrio estaba estrechamente unido con el Viejo Puerto y, durante la Segunda Guerra los alemanes lo hicieron derribar. Porque allí se escondían fácilmente todos aquellos a quienes buscaban.
Salimos temprano. Pensábamos que, después de trasnochar, las callejuelas estarían vacías porque los habitantes estarían durmiendo. Pero las tiendas estaban seguramente abiertas día y noche. La atmósfera era muy animada. Los barcos llegaban a todas horas y sus tripulaciones se mostraban impacientes.
Primero topamos con una chica de Montenegro. Estaba vagando por la calle vestida en el traje tradicional de su país y sobre la frente le sonaban unos abalorios de metal. Las muchachas, al igual que sus visitantes, procedían de todo el mundo. Inmediatamente después vimos a unas cuantas españolas. Algunas sólo llevaban un pañuelo rojo sobre la cabeza, pero otras tenían una peineta alta en la cabeza, cubierta con un velo. Había aquí alemanas con sus trajes rojos y verdes e incluso encontramos a una checa vestida con la ropa Plzen, pero sus mangas estaban en un estado deplorable. Las chicas vestidas en trajes nacionales estaban sentadas en unas sillas apoyadas contra la pared de las casas en que vivían. Dentro no había nada más que una cama ajada, un lavabo metálico y una percha donde los soldados colgaban sus cinturones.
Junto con estas mujeres que intentaban vender el amor vestidas festivamente, erraban por las calles muchas chicas vestidas con ropa normal, que sólo podían ofrecer a los visitantes una dudosa belleza o su fingida juventud. Y luego quedaban aquellas otras que no poseían nada más que su desventurado y gastado sexo femenino.
En una de estas callejuelas fuimos testigos de una pequeña escena dramática: Un soldado francés se ponía de acuerdo con una chica apoyada en la puerta y seguramente le pedía que antes le enseñara sus pechos. Ella hizo lo que él quería, pero en aquel momento el soldado se volvió y rompió a reír. La chica le siguió corriendo y apuntó un abundante escupitajo directamente detrás de su cuello; luego, rápidamente, se escondió en la casa.
Unos pasos más adelante topamos con una menuda rubia que conducía con orgullo a dos negros. Eran robustos y mucho más altos que ella. Ambos eran llamativamente feos. No es que yo sea racista, pero con sus rasgos malvados y bárbaros se parecían a Idi Amin, el legendario dictador de Uganda. A los negros les gustan las rubias.
Atravesamos el curioso barrio en una hora corta y salimos al lado de la catedral, que está situada debajo del barrio, como si quisiera ocultárselo al mar. Nos alegrábamos de que ya se hubiese acabado aquel espectáculo denigrante que alguien nos había recomendado con entusiasmo. Nos refregamos los ojos con el aire frío del mar y, caminando por el muelle, llegamos otra vez al Viejo Puerto.
Era antes del mediodía, hacía calor y teníamos mucha sed. Entonces nos dejamos seducir por un gran rótulo, «Bar», y por una pequeña inscripción sobre una placa de hojalata: «Pilsner Bier.» Entramos en una de esas pequeñas tabernas que son innumerables en Marsella. En la entrada del bar había una cortina movediza, de cuentas coloreadas. Al abrirla nos encontramos en una pequeña salita donde no había más que unas pocas mesas y una barra muy pobre. Sobre ella había tres botellas, nada más. Al principio estuvimos a punto de marchar, pero luego decidimos que, ya que estábamos allí, tomaríamos una cerveza. Fue horrible. Si fuera un poco más caliente, tendría gusto de té sin azúcar. Nos sentamos con los vasos al lado de la entrada. El camarero era un alemán que había vivido en Bohemia, en la ciudad de Chomutov, y nos saludó como a unos compatriotas. En el rincón, delante de nosotros, estaban sentados tres clientes bastante llamativos, probablemente miembros de la tripulación de algún barco mercante. Hablaban bien el francés, pero tenían un aspecto más bien exótico y no se les entendía claramente. Los tres tenían los codos apoyados sobre la mesa y estaban fumando. En el mismo rincón estaba sentada una mujer negra, vestía una blusa de color de rosa. Casi no se la veía, entre tantos brazos y tanto humo. Busqué sus ojos con precaución, pero sólo encontré una mirada algo asustada. Era joven y no parecía fea.
Los hombres hablaban animadamente y llegamos a entender que hacían comentarios sobre la chica. Al cabo de un momento su conversación se transformó en una discusión. Cuando uno de ellos se levantó de la silla, era evidente que la pelea iba a comenzar. Y salió un puño. La mesa se volcó, sonó un ruido de vasos rotos y uno de los hombres se desplomó al suelo. En los segundos siguientes irrumpieron en el bar tres policías, se arrojaron sobre los hombres y, rápidamente, se los llevaron. No se defendieron demasiado. La chica se levantó, tratando de seguirlos, pero uno de los policías la hizo volverse, cosa que pareció disgustar al camarero.
La chica se sentó pasivamente en su lugar, pero no durante mucho tiempo. Se levantó y vino a nuestra mesa para pedirnos, con voz de sueño, una copa de ron. El camarero le sirvió de mala gana algún corrosivo oscuro, y a la hora de pagar se acercó Teige y le susurró en alemán que valía más que nos fuéramos. Los hombres seguramente volverían pronto en busca de la chica y el resultado podría ser desagradable.
Al darse cuenta la chica de que estábamos a punto de irnos, se inclinó, sentada, sobre la mesa, apoyó la barbilla en la palma de la mano y con la otra mano, sin decir una palabra, se medio desabrochó la blusa, bastante sucia, por cierto; en seguida nos pidió un franco a cada uno.
Un franco entonces no era mucho dinero y además no se lo dimos gratuitamente del todo.
En seguida, después de oír el tamborileo de las puertas a nuestras espaldas, nos miramos silenciosamente el uno al otro. Sobre el agua se balanceaba un sinnúmero de barcas de variado colorido. Despedían todo tipo de olores, buenos, malos, dulzones, amargos, todo al mismo tiempo. Se percibía el perfume de las naranjas y de otras frutas y el mal husmo del pescado. Pero se olía algo más todavía. Era la mar, a la cual le dijimos adiós en aquel momento. Fuimos al hotel en donde vivíamos, y en el restaurante pedimos un pescado frito. Estaba exquisito, y además era el último. Luego hicimos las maletas, ¡y adelante! ¡A París!
Desde entonces han pasado más de cincuenta años; es decir, casi toda una vida humana. Y yo ya duermo mal.
Por la noche me suelo despertar y reencontrar con mis recuerdos, como si fueran objetos perdidos en el cajón de un viejo armario. Y de repente, en la oscuridad, me está mirando la cara de una chica negra. Tiene unos ojos soñolientos y tristes, unos dientes violentamente blancos, una blusa desabrochada y en ella dos pechos pequeños, negros como un puñado de moras recién cogidas.
Dios mío, pienso, ¿será ella? Y me dirijo, sorprendido, hacia la cara:
– Est-ce toi?
Y desde la profundidad de los largos cincuenta años se oye silenciosamente, con suavidad, como si resbalara una aguja sobre terciopelo:
– Oui, c'est moi!
En las primeras clases del instituto de Zizkov nos enseñaba biología el profesor Saska. Era un señor mayor, bastante delgado y bastante alto. Caminaba entre los bancos y acompañaba sus explicaciones con amplios gestos; parecía un abejorro que corría sobre nuestras cabezas. Y este apodo se le quedó. Pero no era malo. Su predilección eran las mariposas. Solía acabar las lecciones sobre su vida y sobre la belleza de sus alas frágiles con el consejo de que no fuésemos perezosos y visitáramos el Museo Nacional de la plaza Václavské, donde hay todo un departamento de mariposas con unas colecciones muy ricas en ejemplares exóticos. Y añadía que, al igual que el mar tiene sus conchas multicolores, la tierra firme posee sus pájaros y mariposas.
En una de las clases apuntó su largo dedo sobre mí y me sorprendió con la pregunta de si ya había ido a ver el museo. Rápidamente contesté que tenía intención de hacerlo aquel mismo día y que iría por la tarde. Y fui de verdad. Invité también a mi amigo Suk. Coleccionaba mariposas. Era de la ciudad de Sobotka y durante las vacaciones había empezado una colección de mariposas. Yo no he coleccionado nunca nada. Tal vez solamente sonrisas de chicas. ¡Pero no está mal mi colección!
Durante mucho tiempo estuvimos mirando las vitrinas repletas de aquella belleza sedosa de todos los rincones del mundo. Estábamos a punto de pasar a otra sala cuando entró una muchacha. Era muy joven y parecía bonita. Sus pasos -ay- fueron una orden penetrante de la corneta a un regimiento de dragones al galope. Nos detuvimos en seco y empezamos a examinar las colecciones otra vez. Dirigimos nuestros pasos de modo que nos encontrásemos con la chica para poder mirarla bien a la cara. A primera vista, parecía demasiado tímida; pero muy bonita, eso sí. De eso estoy muy seguro. Al ver una chica o una mujer hermosa, en seguida me empiezan a temblar las rodillas. ¡Y de repente me siento triste! Porque mucha de esta belleza desaparece de mis ojos para siempre. Y mejor no hablar de las manos.
Aunque estaba fijamente inclinada sobre las vitrinas, la obligué con mis miradas a que levantara la cabeza y me viera. Lo hizo y en seguida enrojeció, como si se hubiera dado cuenta de que, en aquel mismo momento, me acababa de enamorar de ella. Nuestras miradas se cruzaron varias veces, pero sus ojos me llevaban de nuevo a las selvas del Amazonas. Durante unos momentos, me puse a reflexionar y me di cuenta de que estaba perdido y toda la belleza de las mariposas perdió para mí su brillo. Tenía que confesarle mi secreto a mi amigo Suk. Era un compañero bastante sabio, ahora lo veo. Me aconsejó que me acercase a la muchacha y concertara una cita con ella, por ejemplo en el monte Zizkov. Allí solían ir los enamorados. Hacía tiempo que su ambiente estaba perfumado por las violetas nocturnas que tanto me gustan. Pero eso no me parecía demasiado apropiado. La chica estaba entre las vitrinas como en una jaula. ¡Cuando salga del museo! Entonces volvimos a mirar las colecciones, pero superficialmente y sin prestar atención. Yo pensaba intensamente en la chica, y el profesor Saska, en aquel momento, no habría estado muy contento de mí.
Al cabo de un rato la muchacha se volvió hacia la salida. Echó atrás los cabellos que le caían en el rostro y bajó de prisa. Tenía el pelo de color miel. Esa miel de las primeras flores de la primavera, la más clara de todas.
– Acércate a ella en la escalera del Museo; será un momento oportuno -me aconsejaba Suk.
Pero la chica bajó la escalera tan de prisa que no tuve tiempo ni de recuperar el aliento. La fuente que había bajo el museo murmuraba en vano.
La vi mientras cruzaba la plaza Václavské, por delante de un tranvía. Me miró y sonrió con algo de ironía. Suk y yo corrimos tras ella y casi nos atropello el tranvía. Cogí a Suk del brazo y le pedí que no me dejase solo. Mientras tanto, la chica bajaba corriendo por la plaza. Y nosotros detrás de ella. Suk era un buen amigo y en su presencia me sentí más cómodo y no estaba tan desesperadamente confundido. El amigo entendía bien cualquier situación y se decidía rápidamente. Pero de mí se estaba apoderando el acostumbrado miedo de amor, que mata en la garganta las palabras, tan útiles y necesarias.
Por el camino hacia Mustek, la muchacha se detuvo primero delante de un escaparate de telas. En vano me incitó mi compañero. Así que nos quedamos delante de una tienda de lotería. Después la chica se quedó mirando las plumas de avestruz, que, junto con unas flores artificiales, ofrecía el señor Lindt. Nosotros, quisiéramos o no, observamos los pasteles de nata en un escaparate. Allí donde empieza la calle Ovocná estaba la famosa tienda de sombreros de moda del señor Weider. También se detuvo delante de ella, naturalmente; y en esta carrera nos ofreció anillos con diamantes y collares de perlas del señor Kersch en la esquina. Cuando se apartó de la maravillosa sombrerería, se apresuró, sin detenerse, hasta el Teatro Nacional. Por la avenida Národní fluía una muchedumbre. No, allí no era conveniente. Cuando llegamos al muelle le prometí a Suk que en el Puente de Carlos seguro que le dirigiría la palabra. Sin ninguna clase de duda. Si fuera menos bonita, hubiera tenido más valor.
– En el Puente de Carlos tienes que hablar con ella, pase lo que pase. Seguramente va al barrio de Mala Strana, allí se te perderá en una casa y todo estará perdido. La chica se ríe de nosotros. Parecemos tontos y damos pena corriendo detrás de ella de esta manera -pensó Suk en voz alta.
Tenía razón. Le prometí que acabaría esta carrera de amor y que en el puente me acercaría. Cualquiera que fuera el resultado.
Era un precioso atardecer del mes de mayo. No podría ser de otro modo. En la isla de Kampa colgaban sobre el río flores de lilas. ¿No sabéis que la flor de la lila crece con el pedúnculo hacia arriba, igual que los racimos de uvas? El río estaba lleno de pequeñas cintas de colores que ponía allí el sol poniente, y se desperezaba con placer como una mujer que acaba de hacer el amor. El peine de la presa peinaba el agua.
Me decidí firmemente. Delante de la torre Malostranská empecé a caminar más rápido, y casi pisé los talones de la chica y respiré en sus cabellos. Sin embargo, en el momento decisivo, me detuve para recuperar el aliento, y otra vez huyó por la calle Mostecká hasta la plaza Malostranské. Esta vez Suk se enfadó de verdad y proclamó que, si no me acercaba a ella en la plaza, él se volvería a casa.
Con el corazón en la garganta me aproximé otra vez a la chica. Pero antes de poder decir nada, fue ella, algo asustada, la que me dirigió la palabra.
– ¡Ay, por Dios, aquí no! Aquí viene mi madre a comprar. Podría vernos.
Estas últimas palabras me dieron valor y dije rápidamente:
– ¿Cuándo pues?
Contestó con presteza:
– Mañana por la tarde, delante de la iglesia de Loreto.
Suspiré de alivio y, con un feliz hasta mañana, me quedé allí parado. Al cabo de un momento, fui al encuentro de mi compañero que me estaba esperando. Suk estaba convencido que la chica me había rechazado. Le eché un brazo sobre los hombros y sonreí con suprema felicidad.
– ¡Y ahora vamos a tomar una cerveza!
La iglesia de la Virgen de Loreto, dominada por el Palacio Cernínsky, oscura y lúgubre, hace pensar en un fuerte antiguo que no sonríe ni cuando le da el sol en primavera. Las ventanas de su fachada podrían ser negros agujeros para cañones.
Ya estaba allí a las dos. En nuestro primer encuentro, tan fugaz, nos olvidamos de precisar la hora. Llené los largos momentos de espera observando los antiguos retablos que parecían olvidados y deteriorados por la vejez. No me sentí cómodo entre ellos; deseé el verde de los árboles.
Cada vez que atravesaba el claustro, salía al atrio para mirar. Hasta eso de las cuatro no la vi. Apareció debajo de las arcadas de la calle Loretánská y bajó rápidamente hacia la escalera. Tuve la sensación de que la oscuridad que llevaba conmigo del claustro desaparecía a toda prisa y de que un sacristán invisible encendía una vela tras otra a cada paso que me acercaba a ella. Y cuando nos estrechamos la mano, encima de la cabeza se me encendió una gran araña de cristal que colgaba del cielo.
No era una chica, sino una flor y yo sentí eso que a veces se llama la felicidad humana.
¡Y basta! No me pondré a contar la historia trivial de un amor estudiantil que empezó, tal como suele pasar, con una tímida conversación sobre nada en concreto. Naturalmente, nos dirigimos a los jardines de Petfín, a través de la puerta de Strahov, por entre las murallas. Desde el mirador panorámico bajamos al jardín Kinského y dimos la vuelta pasando por el monumento a Macha.
Yo, lleno de emoción, miraba el rostro de la muchacha y a partir de entonces ya no podía imaginar mi vida sin ella. Nos detuvimos un instante al lado de la estatua de Macha. Contemplé el bello rostro del poeta y mentalmente suspiré:
– ¡Por favor, haz que esta chica tan bonita me dé un beso hoy mismo!
Pero Macha no escuchó mi ruego.
Sólo pude acompañar a la chica hasta la estación del funicular. En la calle Karmelitská, según ella, nos podría ver alguna vecina de su casa. Rápidamente se despidió. Y me reveló que se llamaba Kamila N. Pero prometió que nos volveríamos a encontrar a los dos días al lado de la iglesia de Loreto. ¡Mentalmente, daba gritos de júbilo!
La seguí a escondidas.
Primero, porque no me quería despedir tan rápidamente de ella, y luego, por saber dónde vivía.
Desapareció de mi vista en la casa de al lado del hostal El gato, allí donde empieza la calle Neruda.
– ¿Adonde vas, que te pones tan guapo? -me preguntó mi madre-. ¡A que sales con alguna chica!
– Pero, mamá -contesté sorprendido-, ¿cómo se te ha podido ocurrir una cosa así?
¡Pero me puse muy contento con aquella sospecha!
En la segunda cita emprendimos el mismo camino de Petfín. Las cabinas del funicular nos pasaban tranquilamente. Pero esta vez hablé con la muchacha con más atrevimiento. No quiero halagarme a mí mismo, pero creo que entonces ya dominaba bien este arte, Quería un beso. Pronto me di cuenta, sin embargo, de que con Kamila este asunto no sería fácil. Me sentía como un cobarde. Lori, la novia de K. H. Macha, sí que sabía obedecer.
– Sería un pecado -repetía la chica una y otra vez, en réplica a mis ruegos-. ¡Eso no se puede hacer! No nos conocemos siquiera y ya quieres que nos besemos.
Amenacé al viejo confesionario, apoyado en la pared del claustro. Pero tuve la sensación de que el apolillado mueble me hacía una mueca.
No sabía qué hacer con Kamila, y cuando ya eran varias la veces que habíamos paseado por Loreto, el claustro me pareció más lúgubre que nunca. Siete retablos ajados y llenos de polvo testimoniaban lo muy solo y abandonado que está Dios en estos lugares.
La Santa Starosta, en la capilla del rincón, realmente era una miserable figura colgada en la cruz. De sagrado no tenía nada. Hoy en día, después de muchos años, los chicos con cuatro pelos sobre la barbilla todavía observan con cierta envidia su espesa barba. En cambio, el viejo confesionario parece una cosa bastante pasada en nuestros días; como no se le alimenta con pecados, está muy desmejorado. Cuántos criminales y malhechores corren por el mundo y no se les ocurre la idea de ponerse a pensar en su vida pecaminosa.
Un beso silencioso y tímido de una criatura inocente de dieciocho años no se puede denominar con la palabra pecado. ¡Un pecado es algo completamente distinto! Alguien se lo tendría que explicar a Kamila. Yo mismo, con toda mi elocuencia, me sentí desconcertado.
El césped, extendido bajo los pies de todos aquellos que quieren mirar la capilla en medio del claustro, está gastado y lleno de polvo. Y nadie camina sobre él. Sólo de vez en cuando pasa algún capuchino para ver la capilla. Ésta es oscura, sin ventanas. La única luz que hay son unas cuantas velas dentro de las lamparitas rojas, cosa que aumenta la lobreguez del lugar. Por un monje llegué a saber que, en los tenebrosos rincones, encontraron varias veces a los enamorados que, sin ninguna vergüenza, se estaban besando y abrazando allí.
¡Y una niña me negaba un beso, entre las flores, bajo el resplandeciente cielo azul!
Por duodécima vez estoy paseando por el claustro y no ha pasado aún ni una hora breve. Detrás del grueso muro en la puerta está oculto el tesoro loretano. Otra vez paré al viejo monje para preguntarle sobre el tesoro célebre. Levantó sus espesas cejas y se puso a contar. En él hay muchos vasos que servían para las ceremonias religiosas y hábitos preciosos bordados de oro. Entre toda esa riqueza destaca una gran custodia de diamantes. El monje hizo sonar el rosario que le rodeaba la cintura y continuó su explicación. Hay seis mil quinientos diamantes en sus rayos. Alzó significativamente el dedo. La custodia es magnífica, una verdadera maravilla del mundo.
Después de muchos años fui a verla. Cuando vi la vertiginosa tormenta de oro y diamantes, noté que incluso una pequeña rosita, ese antiguo símbolo del sentimiento amoroso, es más bella que esta célebre custodia de diamantes.
¡Qué diría del amor, pues!
Mediada la Segunda Guerra Mundial, llamó a la puerta de mi casa un hombre desconocido, de mediana edad, y me pidió que le escribiera sobre un papel especial que llevaba en la cartera mis versos sobre la iglesia de la Virgen de Loreto.
Etc.
Se lo prometí de buen grado. Volvió al cabo de una semana y me puso sobre el escritorio la conocida botella de cerámica de la marca Bols. En ella había pérsico, licor hecho con huesos de albaricoque.
Nunca había probado una cosa semejante. Primero se extiende por la lengua un fuerte perfume que domina en seguida el delicioso sabor de los huesos amargos.
Durante la guerra, cuando esta clase de placeres eran más que raros, probaba el licor en dedales y con los ojos cerrados. Hoy busco en vano aquella delicia. Ya no la importan.
Pero el recuerdo es tan fuerte que, cuando me encuentro cerca de la Virgen de Loreto y veo su campanario, me vuelve a aparecer en la lengua el gusto de los huesos amargos.
Con un deseo torturante, me apresuré a una nueva cita. Ya no sé cuántas veces nos habíamos visto; muchas. Cada vez que volvía a ver a la chica, me despedía con rabia del antiguo confesionario.
La chica vino sonriente, como si no hubiera pasado nada. Me olvidé rápidamente de todo y caminamos por los sitios acostumbrados, llenos del canto de los pájaros, hacia el mirador del monte Petfín. En su sombra me confesó esta chica de la cercana calle Neruda que nunca había subido al mirador. Fuimos allí. El ascensor no funcionaba y tuvimos que subir a pie. Arriba, estuvimos solos. La chica estaba emocionada y parecía conmovida… La tomé cariñosamente por las muñecas y le miré fijamente en los ojos. La sujetaba firmemente para poderla atraer hacia mí. Naturalmente, se dio cuenta de mi intención y antes de poder besarla puso su rostro debajo de mi barbilla y no se movió hasta que le solté las manos. Después se me escurrió a toda prisa.
Dios mío, qué vergüenza. ¡Toda Praga alrededor había visto mi fracaso ridículo! Y antes de recobrar el aliento se oyó el tintineo de sus zapatos sobre la escalera metálica. Perplejo y avergonzado, no tuve más remedio que seguirla. Por el camino, desde el mirador, no hablamos nada. No me dio un beso. Que no y que no.
¡No, no me lo dio!
Ésta fue mi última cita con la muchacha. A la próxima, que me prometió de mala gana, ya no fue. El amor joven, del cual se canta que es el paraíso, se acabó. Así termina también una antigua canción de amor escocesa: primero con un llanto desgarrador, luego con un susurro doloroso y al final con un silencio. Pensé que ella se había comportado injustamente conmigo, pero por otro lado estaba avergonzado y ofendido. Aún no conocía bien a las mujeres.
En vano caminaba por la acera, delante de su casa, durante las horas de nuestras citas habituales. Sólo la vi una vez: en el primer piso se movió la cortina. ¡Nada más! Y nunca más volví a ver a aquella graciosa niña.
La cervecería El gato era entonces una tranquila sala de los antiguos tiempos de Neruda. Hoy está llena a rebosar. ¡Dicen que allí tienen la mejor cerveza del mundo!
Durante todos estos años he aprendido a reconocer a los que vienen a visitarnos: según los sonidos de su entrada. Según la manera de cerrar la puerta de la casa, según el modo de caminar, de llamar a la puerta y, a menudo, según la fuerza con que suena el timbre.
Hace pocos años que alguien llamó a la puerta. Debe de ser una chica, pensé. Lo era.
Entró una estudiante de unos dieciséis años y que traía, en un bolso transparente unos cuantos libros míos para que se los firmara. La esbelta jovencita tenía unos cabellos rubios llamativamente despeinados sobre las sienes. Y eso le favorecía mucho. Probablemente lo sabía. En principio, fue con cumplidos, pero en seguida me pidió que le firmase los libros.
Le miré bien a la cara y me pareció conocida.
No faltaba más, le dije y tomé los libros de sus manos. Al ver mi buena voluntad me preguntó si en uno de los libros no podría escribirle una dedicatoria. ¡Claro que sí, con mucho gusto!
– ¿Cómo se llama?
– Kamila V.
Me quedé sorprendido, volví a mirar sus ojos puros de niña y pregunté con cuidado:
– ¿Kamila como su madre?
– No, como mi abuela. Mi madre se llama Vlasta.
– ¿Y su abuela vive en la calle Neruda?
– No, ya no vive allí. Está con nosotros en la plaza Arbesovo… -y me miró con asombro. Mentalmente conté los años y susurré algo silenciosamente. Había pasado casi toda una vida humana.
Estaba a punto de preguntar a la chica por su abuela; tenía unas cuantas frases bonitas en la punta de la lengua e incluso pensé que la podría ver. Pero sobre los cristales de mi biblioteca tenía apoyadas las dos muletas; al verlas, volví rápidamente a la realidad de hoy y olvidé las palabras bonitas que le habría querido decir.
Os tengo que recordar lo siguiente:
No mucho tiempo antes de su muerte, el rey Carlos IV visitó a su sobrino, el rey francés Carlos V. Después de la visita y las asambleas en el palacio real nuestro rey Carlos se fue por el Sena a visitar a la reina en su palacio Saint Pol, donde pasaba una temporada esperando un niño. Abrazó a la reina y, una tras otra, a todas sus damas, que eran sus parientes. Luego pidió que viniera también la duquesa de Borbón, la hermana de su primera mujer, Blanca, y una antigua compañera de su infancia y juventud en el palacio. Al ser conducida la duquesa a su camilla -por culpa de su gota avanzada, el rey ya no podía caminar-, y al mirarse mutuamente en la cara, los dos rompieron en un llanto desgarrador.
Lo anotó un cronista seco y sabio añadiendo que el espectáculo fue lamentable.
Volví a mirar el rostro de mi bonita y joven visitante, a quien de hecho ya conocía, y en broma le pregunté qué me daría si le escribía una dedicatoria en todos los libros. Después de un segundo de vacilación me contestó que no tenía nada, pero que si quería, me daría por lo menos un beso. Protesté diciendo que hay más libros y que quería al menos tres besos.
De buena gana, sólo un poco torpemente, me ofreció sus labios y yo, sobre su boca un poquito entreabierta, húmeda y dulce, besé a mi propia juventud.
Aún hoy, cuando bajo las rocas negras cercanas a Podbaba silba el tren y por debajo de las garitas de alambre me mira el rostro afable de Václav Benes Tfebízsky-nos conocemos hace tiempo-, todavía hoy, cuando viajo por aquí en tren, busco con la vista, arriba, sobre la colina, el idílico pueblo de Klecany, donde hay, cerca de la carretera, bajo los castaños, una parroquia bajita. Tampoco puedo resistir mirar la iglesia en Novy Hradec. La tenebrosa ruina del palacio de Chvatéruby me sigue frunciendo el ceño. Siempre me digo que tengo que volver a leer los cuentos sobre estos lugares, pero a la hora de la verdad no lo hago o dejo el libro a medio leer. El hechizo de los cuentos de Tfebízsky ha desaparecido. Pero, para mí, el nombre del escritor sigue envuelto en el dulce y silencioso brillo de los tiempos pasados. De las novelas de Tfebízsky a los poemas de Apollinaire hay un camino largo y hermoso.
Me encantaba viajar a la ciudad de Kralupy. Siempre esperaba este momento con mucha ilusión. ¡El camino hacia la estancia de las vacaciones era lo más anhelado! El viaje para pasar las fiestas navideñas en aquella ciudad era algo lleno de magia sagrada. Y durante la Semana Santa el camino estaba lleno de regocijo. Conocía de memoria las paradas y me las recitaba con la impaciencia de llegar. Una vez en la estación de Kralupy, me precipitaba para abrazar al padre de mi madre; sólo después de muchos años comprendí que representaba para mí lo que para Bozena Némcova era su abuela. Y no tengo que embellecer nada. Ojalá pudiera dar a la gente tanta belleza como me dejó él a mí mientras estuvimos paseando durante horas y horas por el campo de Kralupy. Primero me enseñó a apreciar a Tfebízsky, luego a Hálek, allí cerca, y al final me inculcó el amor a la poesía. ¡Qué pasado de moda suena todo esto hoy en día! Pero con aquellos recuerdos vivificadores he ido cobrando fuerzas y ánimo durante toda mi vida. Y otra cosa que no quisiera olvidar: me enseñó el amor a los árboles. Trabajaba de bibliotecario en la entonces pobre biblioteca municipal, pero al mismo tiempo era el director de la Asociación embellecedora de Kralupy. ¡Asociación embellecedora! Qué antiguo que suena esto hoy y mucha gente ya ni sabe lo que era. Con obreras alquiladas, plantaba árboles y arbustos en la ciudad y sus alrededores.
En un grupo de árboles, detrás del colegio de niñas, descubrí dos álamos plateados. Eran enormes. Cuando los plantaban, aguantaba sus esbeltos troncos y pisoteaba la tierra en su agujero. Los plantaron uno junto a otro. Hace poco estaba debajo de ellos y esperaba oír su murmullo. No soplaba nada de viento, pero los árboles temblaban silenciosamente, como los enamorados cuando susurran con su boca sobre la boca del otro.
¡Adiós, árboles!
El viaje en tren por Semana Santa estaba lleno de sorpresas primaverales. Lo más hermoso eran las flores doradas sobre las negras rocas. Ondeaban encima del río y el tren soltaba un estruendo de alegría.
La gran sensación -siempre nueva y sorprendente- era el enorme elefante en el pueblo de Sedlec.
De las ricas atracciones instaladas en la exposición del Banco comercial en Holesovice no se me quedaron grabados ni los caballitos, ni los columpios, ni el castillo misterioso donde temblaban los suelos y los esqueletos estiraban sus patas hacia los visitantes, ni tan sólo el tobogán por donde se deslizaban unas muchachas alegres para ser recogidas abajo por sus jóvenes amigos. Ya he olvidado todo esto. En cambio, el enorme elefante, en cuya panza había una cómoda cervecería, eso sí que era una experiencia para largos años. Todavía me veo subiendo con mi padre por la escalera hasta su cabeza, donde también había unas cuantas mesas. Todo esto era de mal gusto. Pero no era así para mí. Estaba emocionado.
El elefante causó una gran sensación en la exposición. Por eso, cuando ésta se acabó, lo volvieron a poner en Sedlec, al lado mismo de las vías del tren. Estaba de pie al lado de la ventanilla del tren y desde que salíamos de Praga solía buscar con la vista su cuerpo enorme. Cerca había una estación y el tren a veces la pasaba de largo. Cuando paraba, me sentía más afortunado.
El restaurante pronto perdió su atractivo. Sedlec era un lugar para excursionistas pragueses y éstos preferían sentarse en una terraza, debajo del elefante, y mirar el río. Pronto empezó a desmoronarse. Primero se le cayeron los colmillos, luego se desmigó la trompa apoyada en la arena amarilla del jardín, después las orejas y todo lo demás. Hace poco tiempo encontré cuatro columnas de ladrillos que formaban sus patas y sostenían su cuerpo.
Mientras estuvo entero, nunca me había olvidado de asomarme por la ventana y mirar aquel monumento en decadencia, que siguió allí, en aquel estado miserable, durante muchos años: desde el año 1908 hasta el umbral de mi vejez. Desde el tren en marcha me parecía que era el elefante el que estaba en marcha, y yo fomentaba esta sensación. Una vez me venía a ver, otras veces se alejaba. En la primavera, caminaba entre las flores blancas, en verano entre las rosas y en el invierno atravesaba la nieve.
Cuando se me alejaba, me decía que se iba hacia el pasado, en aquella hermosa tierra donde un pájaro salta sobre las ramas y canta. Tiene plumas rojas, azules y verdes.
¡Es la juventud!
Kralupy sobre el Moldava, hoy casi un barrio periférico industrial de la capital, era ya medio siglo atrás una ciudad llena de fábricas y empresas. Al atardecer, el humo y el mal olor entraban en las calles de Kralupy. Los habitantes cerraban rápidamente las ventanas. Lo que más olor producía eran las refinerías de aceites. ¡Las petrolíferas! Nadie las habría llamado de otra forma. Algunas veces el humo invadía toda la ciudad.
Había también otras fábricas que envenenaban el aire de esta ciudad. La fábrica de sopas Maggi y una factoría de productos químicos delante mismo de la estación de tren. De allí sacaban, de tanto en tanto, la escoria maloliente, no sólo de los caminos que había dentro del área de la fábrica, sino también a lo largo de las aceras, delante de las largas paredes. Caminar por esta carretera era extremadamente desagradable. Había también una destilería de alcohol, unas azucareras, una fábrica de cerveza, una curtiduría y no sé qué más. El molino de vapor pertenecía a los padres del pintor Kars, a quien veía algunas veces allí. El pintor Utrillo le había pintado allí, con el molino y la iglesia detrás de él.
La ciudad atravesaba el torrente Zákolansky, que tampoco exhalaba muy buen olor. Según la intensidad de ese olor se adivinaba la lluvia o el cambio de tiempo.
¡Repicad otra vez para mí, campanas de Kralupy! Y sonad mucho tiempo… Me sentaré sobre la pasarela, escucharé y juro que no diré ni pío. Quiero oír vuestra voz metálica otra vez.
Y tú, ciudad, aunque has cambiado después de las recientes catástrofes -pienso sobre todo en el horroroso bombardeo del final de la guerra y en la terrible inundación de poco tiempo después-, eres mi dulce rosita, querida, eternamente apedreada por la grasienta mugre.
Sí, estoy hablando de la música. Tal vez sería mejor que dijera sólo para mí, mentalmente, lo que seguirá. Entro en el mundo de la música como un bárbaro despeinado y miro la partitura de una sinfonía de Beethoven como miraría un analfabeto una novela de Proust.
Pero no soy un esnob. Y por eso en los conciertos no cierro los ojos para poder escuchar profundamente, ni apoyo la cabeza en la palma de la mano. Durante la música me gusta observar las bellas e interesantes mujeres que hay en el escenario y en los asientos. Y escucho con verdadero interés, apasionadamente. No puedo imaginar en absoluto cómo sería mi vida sin música.
Adoro a Mozart.
Ya sé que éste no es un mérito especial. Pero tengo que empezar desde el principio. Eso pertenece aquí. Y además con todo el derecho. Sin contar con las canciones de cuna que, naturalmente, ya no recuerdo, ni con las canciones de los organillos que sonaban casi a diario en los patios de los edificios y en los cuales casi no me fijaba, mis primeras experiencias empezaron en las aceras. La verdad es que ya lo he contado en alguna parte y este hecho hasta se escribió en la contraportada de algún libro, pero me gustaría narrarlo también en esta oportunidad.
Los chicos de Zizkov solíamos sentarnos en los escalones de las cervecerías. En aquella época, en los bares se cantaba con pasión. A veces por la tarde, y hasta bien entrada la noche. Con interés y curiosidad, escuchaba las canciones sentimentales del amor y las canciones de moda baratas con la temática típica. Hace unos años volvieron a esta clase de canciones en la televisión. Estaban reproducidas con una dosis de ironía, y obviamente ésta rompió su sentimentalismo superficial y su magia barata. Ya no era lo mismo. Al atardecer me venía a recoger mi madre y me llevaba a la liturgia de mayo o alguna otra. De esta forma me encontraba, después del olor de las cervecerías, directamente rodeado del perfume de las flores y del incienso y me dejaba llevar por la dulce y cálida melodía de las canciones barrocas. Seguramente las conocéis. En las iglesias se cantan todavía hoy. Acerca de una de ellas, Te saludamos mil veces, Antonin Dvofák opinó que era la canción más hermosa del mundo. El canto es más bello que las flores. Y cuando flota en la iglesia, hasta una estatua de yeso revive y sonríe graciosamente a los que están arrodillados a sus pies. No os extrañéis de que la gente la quiera y le confíe sus problemas.
Si quisiera hablar sólo de mí mismo, tal vez tendría que confesar estas dos fuentes de inspiración tan disparatadas. Tal como solían decir los críticos hace tiempo, las canciones baratas y las canciones litúrgicas barrocas.
No era mucho mayor cuando empecé a ir a Kralupy.
Y allí también me sentaba sobre el borde de la acera. Esta vez era debajo de las ventanas donde la asociación Fibich ensayaba los oratorios de Dvofák; primero el consagrado a Santa Ludmila y más tarde el Stabat Mater. No quiero dar lecciones a nadie, pero creo que en el ámbito de la música litúrgica Antonin Dvofák llegó a alzar la música checa hasta el cielo, especialmente gracias a este segundo oratorio. En nuestro país, esta composición ha sido siempre relacionada con las fiestas de Semana Santa y de la primavera. Durante muchos años, e incluso hoy, este oratorio me conmueve extremadamente. No puedo imaginar la primavera -la primerísima, la más bella, cuando aún nada florece, pero cuando todo está a punto- sin esta canción amorosa de Dvofák.
Recientemente estuve hablando con un amigo, un ateo convencido y estricto. Al mencionar este oratorio de Dvofák, súbitamente le brillaron los ojos y se animó con un vivo interés. Algunas veces había cantado esta composición. No digo que en aquel momento fuera una persona completamente diferente, pero sin duda cambió. Luego sonrió con tristeza y dijo sólo:
– ¡Lástima!
Me temo que defraudaré al lector. Tal como me pinto, pareceré seriamente extasiado ante la belleza de la música desde la infancia. ¡Nada de eso!
Apenas salí de los pantalones infantiles y di la impresión de ser un poco mayor, iba al menos dos veces a la semana al Teatro Municipal de Vinohrady, en cuyo gallinero me entregaba con toda el alma a la travesura, la belleza dudosa y el placer de las operetas vienesas. A la cantante Mafenka Zieglerová la iba a ver hasta el teatro Arena de Smíchov, aunque no hacía mucho tiempo que, en los carteles, le pintábamos bigotes y le pinchábamos los pechos con una aguja. A veces tengo que sonreír. Todos aquellos condes de Luxemburgo, pequeños duques, viudas alegres de los círculos de los millonarios vieneses, se oyen aún hoy de vez en cuando por la radio y la televisión. Han perdido mucho de su encanto. Y los jóvenes de hoy en día los escuchan sin interés. Lo comprendo. Se ha acabado.
De todos modos, tengo la impresión de que las canciones modernas checas, a través de las cuales vive la juventud de hoy y que se oyen tanto en las cabañas del pueblo como en los edificios modernos, no son mejores. Hasta diría que no llegan al nivel de la opereta. No me gusta hablar de la calidad de esta clase de canciones. No tengo derecho a ello, aunque sepa que su música es sentimentaloide y superficial. Pero sí puedo hablar de sus textos. Si sus autores no son poetas verdaderos, como por ejemplo Jifí Suchy, la letra suele ser literalmente horrorosa. Comprendo el interés desorbitado de los jóvenes por esta inflación de canciones. Probablemente la necesitan. Pero el objeto de su exaltación es estúpido y este entusiasmo parece incomprensible en una nación tan culta como la nuestra. Ni en París, ni en Moscú, ni en Roma, el nivel de este arte vulgar ha caído tan bajo como aquí. Entendedme: no moralizo. Sé que esta clase de producción es necesaria y natural. Siempre ha existido y ninguna crítica ni lamento subirán su nivel. Pero quiero decirlo simplemente para que haya alguien que lo diga. ¡Probablemente es una manera fácil de ganar dinero! Pero basta ya. ¡No obstante, incluso esto pertenece a la música!
Para tranquilizarme un poco de esta excitación inútil, os contaré una pequeña historia. Dos años antes de su muerte, el poeta Nezval se hacía una cura de aguas en el balneario de Karlovy Vary. Nos encontramos allí y visitamos juntos la tienda de discos Ultrafon, donde trabajaba una conocida nuestra que nos dejaba escuchar los discos nuevos. Un día -y tengo que recordar que fue en el año 1956, cuando en Karlovy Vary estaba también el mariscal ruso Budionny- se acercó al mostrador una bonita señora rusa. Llevaba cerezas encima del sombrero, sobre la frente un pequeño velo plateado y le susurró algo a la vendedora. Nos gustaba y prestamos oídos. Y de debajo del velo nos llegó una sola palabra: jazz. Cuando le miramos a los ojos fijamente enrojeció. En aquella época, el jazz era un pecado en Moscú.
En el instituto de Zizkov conocí al profesor Zich. No habló mucho de música. Daba clases de matemáticas. Los domingos tocaba el armónium en la capilla del instituto y, antes de las fiestas de Semana Santa, ensayaba con los alumnos la Pasión de Nesvera. Era un hombre excelente. No sólo entendía de música, sino que era un experto en estética y, según me di cuenta más tarde, tenía una comprensión excelente para la poesía. A mí, las matemáticas no me interesaban mucho. Pero bastaron unas pocas palabras desdeñosas suyas, pronunciadas más bien de paso, para que yo empezase a odiar el telón modernista del Teatro de Vinohrady, sin dejar de estar, con la misma frecuencia que antes, ante la taquilla del Teatro Nacional y conociendo una ópera tras otra. Al final me fijé en La novia vendida de Smetana.
De esta encantadora fuente checa he bebido profunda y largamente. A través de esta ópera he aprendido a estimar esta tierra, esta gente y su arte.
Hacía mucho tiempo que habíamos fundado con Teige la asociación Devétsil y que habíamos conocido en los conciertos a Stravinski, Milhaud o Satie; pero yo seguía yendo muchas veces al Teatro Nacional a ver La novia vendida. ¡Para que Teige no lo supiera! Era muy estricto en estas cosas y sabía ser irónico; aunque conocía bien a nuestro Suk, sólo respetaba a los seis de París.
En casa de los Teige, en la habitación vecina de la de Wolker, solían tocar Wolker y Nezval. Nezval tocaba tempestuosamente a Janácek y a Martinu, a quien conocíamos. Y de esta manera empecé a observar el nuevo mundo musical y a intentar comprenderlo todo. Me gustaban Suk y Martinü. Pavel Bofkovec era nuestro compañero generacional, aunque un poco mayor. Me fascinaba Honegger, me excitaba Bartók. Hindemith me estimulaba. Pero a quien amaba, a quien adoraba, era a Mozart.
Karel Capek me contó una vez, y luego creo que lo publicó en alguna parte, que escribía sobre el fondo murmurante de la música de su tocadiscos. Yo lo intenté también, pero la música me atraía siempre hacia ella y se me secaba la pluma.
Sin embargo, la música me aportó hasta una cierta decepción. Bebiendo vino en la taberna Goldhammerova, Talich me insistía que intentara escribir una nueva versión poética del no muy buen libreto de la ópera de Janácek Dos viudas. Me hizo escuchar varias veces las conocidas arias, tanto en casa como en las salas de ensayo del Teatro Nacional. Intentaba hacerlo en mi casa, pero sin éxito. No pude superar el maldito texto antiguo, tan conocido, y lo tuve que dejar.
En cambio, según el deseo de Talich, escribí el ciclo Mozart en Praga, que se tenía que recitar entre las secciones de la serenata de Mozart para instrumentos de viento. Los músicos no aguantan con la respiración para toda la composición y la recitación de los poemas les hubiera proporcionado el descanso necesario. Sin embargo, Talich se puso enfermo y sus proyectos no se realizaron. Así que los poemas tuvieron que vivir su propia vida.
Y ahora os revelaré otra cosa. Hace tiempo que me gustan las expresivas y románticas melodías de Marta de Flotow. Me las canta en un antiguo disco el propio Enrico Caruso. Me da un poco de vergüenza. Pero eran las canciones de nuestras abuelas y madres. Al oír estas arias me tengo que acordar de algo muy hermoso.
Fui amigo del encuadernador Alois Jirout durante muchos años. Le apreciaba. Algunas veces, más bien pocas, nos sentábamos en el jardín de su vieja casa en la calle Nové zámecké schody. La casa se llamaba La Cruz. El jardín era estrecho, como todos los de estas gradas, y tenía forma de terraza. Su punto de arriba era vecino de la muralla del jardín Navalech, perteneciente al Castillo. Por la noche solíamos oír a la guardia, que caminaba por allí.
El acceso al jardín era bastante complicado y difícil. Se tenía que subir por el desván de la casa, caminar allí sobre obstáculos de madera, bajar otra vez por una pasarela que unía la casa con el jardín. ¡Pero qué vista tan preciosa! Encima de los tejados del barrio antiguo de Mala Strana que se abría bajo los pies, aparecía en una proximidad sorprendente la iglesia de San Nicolás. Su pesada masa llena de colores y luces se elevaba hacia el cielo con una gracia airosa, ligera.
Había otra cosa allí que le dejaba a uno cautivado. Una casa más abajo, sobre las gradas, estaba la embajada de la India. Ahora ya se han mudado a otro sitio. Si no os hubierais fijado en el escudo de la soberanía de este subcontinente, lo reconoceríais por los graciosos niños de los empleados que jugaban en las ventanas de la planta baja. En el pequeño jardincito, o mejor dicho patio, de la embajada había una vieja, anchurosa magnolia.
Cuando el árbol florecía en la primavera -como estaba protegido por los muros y el edificio, no se congelaba y sus flores eran ricas y espesas-, desde las murallas de al lado dirigían sobre el árbol unos fuertes focos. La vista del árbol en flor era algo único. Debajo de él, sobre mesitas pequeñas, se movían unas menudas señoras con saris color crema y de algún lado se oía una música tranquila.
Pero, por Dios; esto no es de lejos lo que quiero contar. Es que los recuerdos, tal como saben hacerlo los recuerdos queridos, llevan al narrador a otra parte.
Con el paso de los años he aprendido a conocer y querer el trabajo de las hábiles manos humanas. A menudo hasta he envidiado a nuestros antepasados que tenían la posibilidad y oportunidad de observar a los maestros artesanos y ver sus manos hábiles que, ayudadas por sus instrumentos, daban formas bellas e insólitas a la cálida y agradable madera o al frío metal. Ver cómo se creaban los grabados en madera, tan populares en una época y las admirables jarras de estaño mate o de estaño brillante y las cosas más frágiles del feo hierro. La cálida belleza en que quedaba algo de las ardientes manos humanas pertenece al pasado.
Pero al menos he tenido tiempo de apreciar una de estas hermosas ramas de la artesanía. Sólo una, y todavía en pleno auge: el oficio de Jirout. Seguramente no era el único en nuestro país, pero sí uno de los últimos que encuadernaban libros para que el contenido y la encuadernación formaran una perfecta unión, dirigiéndose no sólo a nosotros, en el presente, sino también a los lectores futuros si es que aman el libro. No pasará mucho tiempo antes de que este oficio desaparezca.
Todavía he tenido la suerte de poder estar al lado de las mesas de trabajo de Jirout. Todavía he podido mirar con interés cómo sus manos cogían los pequeños instrumentos que, colgados sobre una tabla, hacían pensar en los caracteres chinos; cómo trabajaba con ellos una piel más fina que el cutis de una adolescente, cómo la hacía cada vez más fina para que sus bordes se unieran a la tapa, cómo ponía sobre ella los colores y el oro. Pero esto que estoy contando es sólo una pequeña parte del largo proceso de trabajo, interrumpido por el peso y el silencio de la prensa.
Hasta este interesante, raro oficio, antes natural y conocido, diferenciado por la calidad del material y la minuciosidad del trabajo, está hoy hecho por las máquinas. Su forma más elevada, cuando el oficio se ha acercado ya al arte y en algunos casos se ha convertido en un arte plástico, está irremediablemente desapareciendo.
Ya casi no quedan personas a quienes les guste tener en su biblioteca libros arreglados de esta forma. Y si las hay, difícilmente pueden sacrificar todo el dinero que costaría; de hecho, en nuestro país es inaccesible, incluso pagando, tanto tafilete y cordobán. Y ya ni hablo del trabajo del encuadernador. Conozco a uno o dos coleccionistas. El tercero ha muerto hace poco. Ya está. El tiempo ha apartado estos intereses y deseos del centro de la vida contemporánea. Y la prisa del paso de los días ya casi ni nos permite entrar en los talleres con libros hermosos. Tal vez os diréis que tampoco nos servimos ya el vino en cálices de estaño. Los encuadernadores se van despacio con su noble oficio. Ya no hacen falta.
Las máquinas de la imprenta vomitan diariamente decenas de miles de encuadernaciones baratas que echan en el mercado del libro, que lucha por nuestra atención con libros en rústica, que los lectores después de leer tiran a las papeleras igual que viejos diarios.
Al abrir un libro encuadernado a máquina, se le revienta el lomo. Lo habéis desnucado. En cambio, un libro trabajado por las manos humanas se abre suavemente, amorosamente, sus páginas se doblan con delicadeza y se unen silenciosamente en un lomo flexible, sólidamente trabajado.
Observábamos con placer los libros que salían del taller del matrimonio Jirout. Los dos son de los últimos creadores de libros bellos. O más bien lo eran. Hace tiempo que Alois Jirout ha dejado el taller donde se crearon tantas encuadernaciones únicas. Tres años más había trabajado en él su mujer, Ludmila Jiroutova, y con gran esfuerzo, o casi diría con un esfuerzo sagrado, acabó todos los trabajos para que en las salas de la librería Ceskoslovensky spisovatel pudiese instalarse una hermosa e inolvidable exposición de los trabajos de su taller. Mucha gente hablaba de la señora Jiroutova como de la que mejor sabía trabajar el oro en todo el país. Ella también había aprendido su profesión en París y, con su futuro marido, visitó el taller de Kupka. No sin beneficio, según quedó en evidencia. Después de la exposición intentó trabajar durante algún tiempo, pero luego, súbitamente, fue a reunirse con su difunto marido, a quien tanto amaba.
¡Una obra de arte acabada del todo!
Pero yo todavía tuve la suerte de poder observar cómo sus manos trabajaban la piel, todavía pude ver cómo combinaban el complicado mosaico del escudo de la república cuando encuadernaban la Constitución. Vi cómo ponían los folios en el corte del libro y los pulían para que brillaran más. También podría testimoniar cuánta exactitud microscópica es necesaria en el trabajo sobre el forro del libro para que el libro ligeramente caiga en la palma de la mano extendida. Y hasta hoy no dejo de maravillarme de la producción de los originales papeles de guardas, sobre musgo mojado. El musgo, los colores de agua y las manos hábiles creaban unas imágenes fantásticas que no sabría inventar ni un pintor abstracto.
Bueno, pues todo esto se está acabando y desaparece del mundo. ¡Directamente ante nuestros ojos! Los libros de hoy en día ya no están destinados a los tiempos futuros como los incunables. No estarán en las estanterías de las bibliotecas, aunque cubiertos de polvo, dentro de unos siglos. Nuestros libros de hoy, con sus encuadernaciones, morirán mucho antes. Se desintegrarán. Mientras tanto, aún podemos estar contentos con el patrimonio que nos dejaron los Jirout y otros. Ese arte desaparecerá de nuestra vida. Hasta en París, donde había llegado a la perfección, se está acabando. De todos modos, el mundo, que se está arrojando frenéticamente al futuro -quién sabe a cuál-, ya empieza a no tener ni aquel momento de tiempo en el que uno se podía sentar, tranquilo y despreocupado, con un hermoso libro bien encuadernado y disfrutar de todas sus bellezas.
Un día me detuve en la avenida Národní delante de un escaparate de libros en lengua extranjera. Mientras examinaba los libros, se acercaron dos señoras hindúes, con unos saris envueltos con elegancia. Seguramente eran de aquellas que habíamos visto hacía poco debajo del magnolio en flor, en las gradas del Castillo. La más joven de las dos llevaba incrustada debajo de la piel, sobre la frente y ya crecida, una gran perla, quebradamente resplandeciente.
Los santos tallados en madera
consiguieron en el mundo más que los vivos.
G. Christoph Lichtenberg
No soy un buen narrador. Cuento demasiado de prisa. Las palabras y las frases se me precipitan, como si quisiera acabar rápido y sacármelas de encima. Como si tuviera que perder algo. No perdería nada. Es sólo falta de experiencia, o mejor dicho falta de saber. No tengo sentido para el detalle sobre el cual hay que detenerse, ejecutar unas cuantas piruetas verbales y continuar despacio y tranquilamente para que el lector impaciente pueda tomar aliento. No tengo sentido para la morosidad intencionada ni me atrevo a incluir digresiones que dramatizarían la narración. No sé hacerlo. Por eso siempre he escrito poemas. Me parecían más fáciles. Escribiendo cuentos no ganaría ni para gaseosa. Pero aun así hay momentos en que tengo ganas de buscar y busco interlocutores.
En la vida me ha ocurrido más de un acontecimiento extraño, aunque yo no he buscado nunca ninguna aventura singular. Es igual que estas historias fueran precedidas por algunas copas. Siempre me ha gustado el vino. Y no dudo en afirmar que es una bebida que hace milagros.
Una vez leí algo sobre una santa. He olvidado su nombre. Hasta he olvidado el nombre del convento en que vivía. Lo único que sé es que era muy devota, además de ser extraordinariamente amable y buena. Muchedumbres de mendigos esperaban delante del portal del convento y aquella mujer piadosa, y por cierto muy bonita, repartía dinero y alimentos entre ellos. Durante la vendimia recogía racimos de uva de la parra que cultivaba para ellos en las tapias del convento. Un verano la uva no creció. La pía hermana caminó a lo largo de los muros y puso su bella mano sobre las ramas vacías. Y en cada sitio que tocaron sus largos y dulces dedos apareció un maravilloso racimo lleno de mosto. Y toda la gente se llevó del portal del convento la cosecha milagrosa. No puedo dejar de pensar en aquella mano prodigiosa cuando levanto una copa de vino y busco la llama chispeante. Por esta razón, también me gusta besar la mano de las mujeres. La palma de la mano. Es más dulce.
Llevo en el corazón uno de los extraños acontecimientos de mi vida. Tengo que decir que no se trata de una mera anécdota. No, no es una anécdota. Hace muchos años, en el teatro Komorní, representaron una obra de Józa Gótzova. La autora utilizó mi historia como una anécdota. No estoy enfadado con ella, ya se lo he perdonado. Pero no estaba bien informada. ¡Sí, ya empiezo!
Era un bello atardecer del mes de mayo, lleno de aromas. Estuve, con los poetas Bohumil Mathesius y el querido Josef Hora, sentado en una pequeña taberna. Eran las vísperas de la fiesta de san Juan Nepomuceno, que en otro tiempo se celebraba con mucha pompa y ruido en Praga. La taberna se encontraba en la calle Pstrossova, cerca del gran crucifijo en una plazuela simpática, una parte de la cual formaba la pared de la iglesia de San Vojtéch. Me acuerdo muy bien del lugar. En una de aquellas casas había vivido mi mujer de soltera y yo la esperé allí muchas veces. A menudo veía a la señora Marie Hübnerova arrodillada en la iglesia, antes de la representación de la noche. Dicen que vivía allí cerca.
No íbamos habitualmente a aquella taberna. Sólo de vez en cuando. Un par o tres de veces estuvo allí F. X. Salda y el poeta Josef Mach, que sabía todos sus poemas de memoria. Pero, por Dios, no penséis que el distinguido Salda iba con nosotros de juerga por las tascas. Nos costaba mucho trabajo atraerlo. Y, cuando por fin llegaba, parecía más bien la visita de un obispo y todo el humor cambiaba de dirección; se volvía festivo y noble. Y se bebía poco. Al menos hasta que Salda se levantaba y se iba a su casa en un taxi.
Se acercaba la medianoche y Hora, Mathesius y yo estábamos absorbidos en una conversación sobre el acento en el verso checo. Éste era el tema predilecto de Mathesius. Nos convencía animadamente de que el desvío de la línea acentuada de Erben es una refinada intención del poeta. De que el autor subrayó así la rítmica belleza del verso y huyó del estereotipo de la regularidad. La conversación era extremadamente interesante, cautivadora. Lo peor era que, en medio de los problemas poéticos, sin ser todavía solucionados, nos dimos cuenta de que no teníamos dinero para más vino. Era desagradable acabar cuando empezaba lo mejor.
Hacía un rato que estaba tocando un trocito de papel fino en que tenía envueltos tres ducados austríacos, guardados en el bolsillo del chaleco. Era una pequeña herencia del padre de mi madre a quien había amado mucho. Los había guardado durante años y, antes de morir, se los había prometido a sus nietos. Yo era el mayor de éstos y recibí tres monedas de oro. Mi madre me encarecía, llorando, que no los perdiera, que los guardase para mis hijos. Estaba sinceramente conmovida.
Varias veces quise sacar el paquetito, pero siempre lo volvía a dejar caer en el fondo del bolsillo. Hasta que no pude resistir más y los expuse ante los ojos de mis amigos.
Entonces, naturalmente, las monedas de oro austríacas valían más de lo que estaba grabado sobre la otra cara de la moneda, con la cabeza del emperador y una corona de laurel. Al explicar el origen de mi pequeño tesoro dorado, Hora me ordenó con enfado que lo envolviese y guardase otra vez, amenazándome estrictamente con que le contaría a mi mujer lo frívolo que era; y le aconsejaría que ella misma guardase los ducados. Obedecí y volví a esconder el oro en la oscuridad del bolsillo. Y Mathesius, persona bondadosa y generosa, golpeó con el anillo de boda sobre su copa; así hizo venir al camarero y, sin otra palabra puso, sobre la bandeja aquella prenda. No era la primera vez. Pero esta vez la cosa tenía un fondo algo curioso. Mathesius estaba en el proceso de divorciarse de su primera mujer. Después de aquella pequeña pantomima aparecieron sobre la mesa unas jarritas llenas, y no fueron las últimas. Confieso que se me quitó un peso de encima y que seguí bebiendo despreocupadamente y con un silencioso alivio.
El tiempo avanzó. Iban a cerrar y el importe del anillo ya estaba consumido. Nos levantamos de mala gana, con tristeza. Hora tenía un largo camino hasta su casa, hasta el barrio de Kosíre; Mathesius vivía por allí cerca y yo emprendí la marcha hacia el nuevo puente Trojsky.
Durante el día no resultaba un viaje agradable. Pero era una noche de mayo y yo, con la llama del vino en la sangre, tenía los pies ligeros. Caminé contento y despreocupado hasta la torre Prasná brána. En momentos como aquéllos inventaba versos por el camino a casa. Aquella noche me parecía que eran especialmente buenos. Me sentía alegre y bien, aunque me tenía que parar de vez en cuando para reposar. Siempre consideraba lógico que me acordaría de los versos hasta la mañana siguiente y que los anotaría luego. Por desgracia, por la mañana no recordaba ni uno y tenía un desagradable dolor de cabeza.
Praga estaba casi desierta. Era ya bastante tarde cuando sentí unas ganas insuperables de fumarme un cigarrillo. En el bolsillo no me quedaba ni uno. También me vino hambre. Pero lo peor era que tenía una sed horrible. En vano soplaba un aire dulce del monte de Petfin, como si se estuvieran agitando las alas invisibles de un ángel que volaba detrás de mí, sobre los cables del tranvía. Pero el demonio, como sabemos todos, se disfraza de muchas maneras. El más frecuente es su disfraz de mujer bella; otras veces, el de un Mefisto elocuente y de dos caras. A mí me esperaba vestido con un delantal blanco, en forma de salchichero nocturno. ¿Por qué no había atravesado la calle? Dos veces pasé de largo su parada con una olla dentro y dos veces volví al perfume de salchichas calientes en el agua grasienta. Incluso vi una caja con cien cigarrillos y me quedé jadeando. La tercera vez ya fui decidido al vendedor y le pregunté si no me cambiaría un ducado. Que me gustaría comprarme una salchicha y cigarrillos. Saqué el papel fino y le di una moneda de oro. Me lo cogió de la mano, se puso las gafas y me preguntó si no tenía más. Sin pensar nada malo se los entregué todos. Los observó y afirmó con toda naturalidad que me los compraría. Me dio un sucio y grasoso billete de veinte coronas, una salchicha con un panecillo y un puñado de cigarrillos que guardé en el bolsillo, luego sacó de alguna parte una botella de agua mineral y me sirvió en un vaso un aguardiente fuerte y oliente. Con gana me comí la salchicha, luego con sed me bebí todo el vaso de aguardiente y encendí un cigarrillo. Después emprendí el resto del camino a casa. Dos pájaros de noche pintados esperaban al lado y silenciosamente reían. Despacio tambaleaba hasta el puente Hlávkuv, y de allí al matadero. Ya que era una noche cálida, se olían de lejos los restos podridos de las entrañas de los animales que los jardineros a veces utilizaban como fertilizantes. El ganado vacuno mugía en los vagones que daba lástima. Olía la sangre y la muerte de sus compañeros. El llanto me horrorizaba. A veces lo oíamos hasta en casa.
De cuando en cuando buscaba mecánicamente en el bolsillo del chaleco. Naturalmente, estaba vacío. Los reproches se volvían más intensos.
El camino entre el matadero y la estación no era bonito. Entonces había allí una cerca de madera cubierta de alquitrán que no se acababa nunca. Por la noche no se encontraba a un alma viviente allí. Así que aprendí a dormir mientras caminaba. Llegué a tal grado de perfección que durante estas cabezadas incluso soñaba un poco y me despertaba en el preciso momento en que pisaba el pavimento de la calle por donde iban los tranvías. Allí estaba a pocos pasos de mi casa.
Por la mañana, cuando uno se despierta, suele acordarse de los acontecimientos de la noche anterior. Salté y me precipité a mirar mi traje. De los bolsillos no saqué nada más que unos trozos rotos de cigarrillos. En la cartera encontré un grasiento billete de veinte coronas y en el chaleco un papelito fino, arrugado y vacío. Intenté por lo menos recordar los versos que inventé por el camino. No me pude acordar ni de uno solo. Cuando me miré en el espejo me dio horror mi propia cara. Tenía tabaco desmigado hasta en el pelo. Lo único que quedaba de los ducados era una preocupación en el corazón y, en la boca, un gusto desagradable de la salchicha y el aguardiente.
Mi mujer se había levantado mucho antes que yo y naturalmente no me dio una bienvenida afectuosa. Todavía no sabía que el silencio es peor que las palabras. No llevábamos mucho tiempo de casados y se imaginaba el matrimonio de otra forma. Aun no había llegado a la tranquila sabiduría de una de sus amigas mayores, que le había aconsejado a su marido que, en vez de dar tantas excusas y pretextos, se hiciera imprimir una tarjeta con este texto:
Y que la pusiera siempre por la noche sobre la mesa.
Después de unas amargas palabras llenas de reproches, mi mujer me anunció brevemente que la noche anterior había venido mi madre preguntando por unos ducados. Y que volvería esa noche. Eso me cogió de sorpresa. Me vestí a toda prisa y me apresuré a salir de casa, avergonzado.
Era la fiesta de san Juan Nepomuceno y Praga estaba llena de peregrinos de provincias. Vivíamos a unos pasos del parque de Stromovka. Corrí, me dirigí al jardín y me senté en el primer banco. Entonces, todavía atravesaban el parque los tranvías. Me quedé pensando un momento. La fiesta, a mediados de mayo, me hizo recordar el rostro de una bella persona.
En las primeras clases del instituto de Zizkov nos enseñaba lengua checa el profesor Kasík. Toda la clase le tenía cariño. Imponía. Y mientras hablaba, le mirábamos fijamente la boca. Era un hombre guapo de edad mediana que se vestía con una elegancia llamativa. Tenía una personalidad agradable, encantadora. Pero no lo recordé por casualidad. En sus explicaciones se iba a menudo por las ramas y nosotros seguíamos conmovidos su despiste. A san Juan Nepomuceno no le tenía mucho afecto. Y nos informaba bastante detalladamente de las polémicas con los círculos religiosos y la lucha contra este santo barroco que hacía años llenaba las columnas de la prensa progresista. Según él, se trataba del cambio de dos personas. El verdadero Juan Nepomuceno se hizo famoso, no como cura, sino como banquero que prestaba dinero a los sacerdotes a un interés usurario. Lo que se suele contar acerca de él pertenece a una hábil leyenda y maquinación del Vaticano. Todo esto tenía un solo motivo, concebido por los jesuitas en un país humillado: exterminar la luminosa memoria de Jan Hus entre el pueblo checo y reemplazar su veracidad por un santo falso con las cinco estrellas alrededor de su cabeza. Era una cosa ridícula y malvada al mismo tiempo. Y el profesor dio un ligero golpe sobre el escritorio con las articulaciones de la mano. Sí, así es. Y así fue.
– Seifert, venga a la pizarra y explíquenos -y yo corría, casi tropezaba con la tarima delante de la pizarra.
Respirando el aire fresco y perfumado de Stromovka se me pasó el dolor de cabeza y, como rodeado por una niebla que llevaba dentro desde la noche anterior, cogí un tranvía y al cabo de un momento zigzagueaba entre los peregrinos de San Juan en el patio del Castillo. La tumba del santo, en la catedral de San Vito, estaba literalmente invadida. Luché por abrirme camino hasta llegar al sepulcro plateado del santo, donde se quemaban las velas en medio de un montón de flores. Delante de la tumba se celebraba una misa tras otra. En fin, había mucha pompa; y yo me coloqué bajo el oratorio real, tan cerca que podría conversar con la figura del santo, arrodillada sobre su propio sepulcro.
La pequeña oración que dirigí hacia su rostro de plata no era demasiado pía. Con más de una frase intenté echar abajo sus estrellas. Le conté todo aquello con lo que hacía años nos había llenado la memoria el difunto profesor Kasík. Y además, algunas observaciones del libro de texto anticlerical, entre las cuales había muchas contra este santo desgraciado. ¡Pero le di una oportunidad! Al final de mi blasfema oración, le di a entender que, en mi opinión, podría hacer un pequeño milagro y hacerme encontrar mis ducados perdidos. Era audaz, pero le señalé que, si realmente está entre los coros de los ángeles, un milagro tan pequeño es una cosa facilísima de la que no vale la pena hablar. También le recordé que mi madre es una admiradora suya y que se trajo de un peregrinaje a la Montaña Santa la imagen de porcelana que puso al lado mismo de la Virgen, de igual procedencia. Que tiene las imágenes sobre el armario y reparte flores entre los dos. Las blancas para la Virgen, las de otros colores para él. ¡Qué amargo sería si se enterase de mi mal comportamiento! Atacaba a su sentimiento de santo. Le recordé que el donante de los tres ducados fue también un ser obediente y que seguramente le rezaba a él. No mencioné que era absurdo haber cambiado oro puro por una salchicha pasada, un aguardiente apestoso y unos cuantos cigarrillos. No, estas cosas no las mencioné.
Mi oración en la catedral no duró mucho. Al cabo de un cuarto de hora ya había acabado. Y para añadirle la necesaria efectividad, toqué el hueso del santo que está debajo del cristal en un marco de plata, igual que lo hacían los demás peregrinos, y me persigné. Pero con negligencia. Luego me despedí y bajé corriendo a Praga por las escaleras del Castillo. Por el camino me tomé una cerveza de Pilsen en la taberna U Schnellü. Primero, porque tenía mucha sed; pero también porque me quería deshacer del billete de veinte coronas que me estaba quemando en el bolsillo.
Llegué a casa a primera hora de la tarde. Mi mujer estaba todavía enfadada. Callaba, no decía nada. Pero la curiosidad, esa característica común a todas las mujeres, le hizo preguntarme de repente:
– ¿Sabes qué me ha pasado?
La escuché con atención.
– Imagínate que estoy comprando verdura en la tienda de abajo y después pago. La vendedora cuenta el dinero y me devuelve una moneda que le he dado. No señora, ésta no la quiero. Es extraña. Déme otra. -Durante la primera república, las monedas eran de color amarillo naranja, casi dorado. Especialmente cuando eran nuevas-. Pues le doy otra y, ya en casa, la miro bien y era este pequeño ducado.
Y me lo enseñó.
– Dime, ¿cómo ha llegado a mi monedero?
– ¡Dios Santo! -grité estupefacto-. Déjame tu monedero un momento.
Cuando lo abrí, vi en otra sección una segunda moneda, y en otra una tercera. ¡Dios mío, qué caprichoso es este san Juan! Puse las tres sobre la mesa una al lado de la otra y me desplomé sobre el sofá con el corazón palpitante.
En aquel momento, alguien llamó a la puerta.
– Debe de ser tu madre -dijo mi mujer.
Se oyen rumores de que usted se está preparando para escribir unas memorias. Nada me haría una mayor ilusión. En los últimos tiempos leo casi exclusivamente literatura de memorias. ¿Cómo ve usted esta clase de literatura? ¿Y qué sintió y pensó leyendo el libro de Nezval De mi vida? ¿Estaba usted presente en casi todo lo que Nezval recuerda hablando de la época de los años veinte?
Como todo el mundo, arrastro detrás de mí, en una larga cuerda, diversas sombras. Algunas de ellas sonríen, otras están enfadadas conmigo y otras callan avergonzadas. A algunas de ellas me gustaría darles un puntapié para que cayeran en el precipicio del olvido; a otras quisiera estrecharlas contra mi corazón. Pero están todas juntas, no se las puede separar. Todas dicen que me conocen. Pero no escribiré unas memorias. Porque tampoco confío en mi memoria. Nunca he escrito diarios, no he guardado documentos, y los textos de las conferencias, bastante frecuentes, eran rasgados en jirones y arrojados a la primera cloaca o puente abajo. Porque, después de las conferencias, solía tener una insistente sensación de vergüenza. Las palabras habladas se van volando, pero las escritas quedan. ¡Pues afuera con ellas!
Pero para que no me acusen de querer apartar muchas cosas para mí desagradables, he decidido que con el tiempo escribiría una veintena o treintena de cartas largas a mis amigos y conocidos a los que elegiría según la necesidad y las condiciones, para poder explicar muchas cosas del pasado, para confesarme de mis errores y opiniones equivocadas, y también para añadir algo a los retratos de los difuntos, que se olvidan tan rápidamente. En la vida llegan momentos en que preferimos la literatura de los hechos a la más tentadora ficción. Para decirlo sencillamente, nos hartamos de la prosa. Con la poesía esto no pasa jamás, la necesitamos hasta el final de las cosas. Y por eso nos gusta buscar de vez en cuando un libro de recuerdos.
Leí De mi vida de Nezval con emoción. Parcialmente, es también el testimonio de mi propia vida. Entre las palabras «verosimilitud» y «poesía» la manecilla del reloj imaginario enseña más bien el segundo término, pero esto no me importa en absoluto. Nezval no escribió su libro para ayudar a los historiadores de la literatura, sino para sus lectores.
Algunas veces elevó la realidad sobria y gris a un luminoso nivel poético, e hizo bien.
De hecho, ¿es que nos interesa hoy en día si los retratos de los antiguos romanos eran lo bastante fieles?
Tenía veinte años cuando me encontré por primera vez con Frantisek Halas. Al cabo de poco tiempo me sentaba con usted y con Hora. Sólo de vista conocía a Karel Tiege. Estuve sentado con él en la misma mesa en los preciosos tiempos de la juventud; y eso, gracias a usted. Entonces todavía frecuentaba el instituto y mi compañero de clase, Frantisek Necásek, le adoraba, y en el Club literario de nuestro instituto le calificaba de «pequeño genio checo». ¿Qué significó de hecho Teige para usted y para su generación? Nosotros, los más «jóvenes», ya no nos encontramos con él; para nosotros ya era sólo un mito.
A Karel Teige le amaba de verdad. Hoy lo veo más claramente que entonces. No pasaba ni un día sin vernos. Era una persona sinceramente amable, amistosamente generosa y, en los asuntos del arte, brillantemente orientador e insobornable. ¡Cuántas cosas dominaba y sabía aquel hombre! Cuando conseguimos atraer a Vancura, las conversaciones en presencia de éste tenían cada vez más profundidad y altura, y me abrieron el mundo espiritual de par en par.
Entonces, las librerías estaban todavía llenas de libros extranjeros y Teige compraba todo lo que podía. Y en seguida, en el café Slávie, improvisaba la traducción, tomando un café.
Pero empezaré por otra parte. Ya no sé en qué año fue. Una vez estuvimos caminando juntos por el muelle del Sena. Y de repente apareció delante de nosotros una parisina extremadamente atractiva, vestida con una elegancia fuera de lo común. Le brillaban los diamantes en sus orejas y en su mano. Parecía salir de la portada de una revista de modas. Salió de su coche y nos pasó de largo sin hacernos el menor caso. Teige se pasó la pipa de una comisura de los labios a la otra, tocó el borde de su sombrero y dijo con una cierta naturalidad, volviéndose detrás de la bella:
– Lástima que no tengamos tiempo, a ésta me la ligaría.
Algo parecido pasó en nuestro encuentro con París.
El Louvre, Teige lo pasó de largo con desdén. Allí no había nada interesante para nosotros. No llegué allí hasta más tarde. En cambio, pasamos por todas las tiendas de los marchantes de pinturas modernas.
Estuvimos durante horas sentados en las terrazas de los cafés y no omitimos ni el circo ni el panóptico. Porque todo esto estaba de acuerdo con nuestro programa artístico, cuando el arte dejaba de ser arte, cuando Malevich, con su famoso cuadrado, terminó la evolución del arte gráfico. Allí empezaba el poetismo.
¿Qué significaba Teige para nosotros? Mucho. Cuando nos invitaban a dar conferencias en Bohemia y Moravia, era Teige el que nos aconsejaba, nos formulaba definiciones exactas, e incluso nos dictaba pasajes enteros allí donde le importaba la exactitud. La disciplina era entonces bastante estricta.
Era un estilista extraordinariamente bueno. Escribía con prontitud y rapidez. Decía que lo había aprendido cuando les escribía redacciones de la asignatura de la lengua checa a la mitad de su clase.
Era la primera y la última autoridad en asuntos de poesía, de artes plásticas y de arquitectura. Creo que no les restaré nada de su fama a los arquitectos Havlícek y Honzlík si digo que, en un alto edificio de Zizkov, suelo ver a Karel Teige agitando desde el tejado su sombrero de lona.
Fue Karel Capek el que invitó a la poesía de Apollinaire a Praga. Pero fue Karel Teige el que le dio la bienvenida y el que se preocupó de que lo pasara bien en nuestro país.
El profesor Dominois, que había residido bastante tiempo en Praga, solía decir que un profesor de francés en París no estaba tan bien informado sobre el arte moderno francés como un estudiante de instituto en Praga. Todo esto gracias a Teige.
Cuando silenciaron su nombre en nuestro país, no dudé ni un momento que un día tendría que volver. Y ha vuelto contento de haber vivido hasta ese momento.
En la poesía moderna ningún barrio de Praga está tan unido con el nombre de un poeta como Zizkov con el suyo.
Profeso de buen grado esta «fuente inspiracional» de mi poesía: Zizkov. Hoy hasta me emociona. En el antiguo Zizkov han cambiado pocas cosas. Al menos en cuanto al aspecto físico. Pero tendría que decir que no fui yo sólo quien descubrió está antigua periferia para la poesía moderna. Fue S. K. Neumann. Su Cuesta de amores pobres, un bello poema de su juventud, fue creado en la legendaria torre de Olsany donde, entre los huertos con lirios, solía sentarse toda una generación de anarquistas barbudos cuando intentaban asaltar victoriosamente la literatura checa. La cuesta de amores pobres no estaba lejos. Pero ya no existe. Sobre ella se han construido unos edificios.
Se ha vuelto a publicar el libro Serbales de Zahradnícek. Es una de las colecciones de poemas básicos en la poesía checa de los años treinta. No sé si hoy alguien se da cuenta de qué influencia tan fructífera había tenido Josef Hora sobre este libro; sobre todo el Hora de Tu voz (y no sólo sobre la poesía de Zahradnícek, sino sobre todos nosotros sin excluir a Holán). ¿La obra de Hora pertenece sólo a vuestra generación? ¿Volverá a resplandecer su obra e influirá otra vez en la evolución de la poesía checa?
De la generación de los años veinte se escribe como de la generación de Wolker. Esto no es justo. Era más bien Teige el que decidía el carácter de esta generación en toda su dimensión, desde la poesía y las artes plásticas hasta la arquitectura. Y en cuanto al grupo de poetas, fue Josef Hora quien en principio -quisiera o no- fue su dirigente. Me lo podéis creer. Él influyó mucho en ella. En principio, se trataba de poesía proletaria. De hecho, incluso Teige mismo, entonces, según es bien sabido, descubría y propagaba la poesía proletaria. Hasta el momento en que los poetas -Hora incluido- comenzaron a dejar los temas proletarios y en que Teige empezó a formular el nuevo programa del poetismo. Fue una época de búsqueda precipitada y de esfuerzo para encontrar formas nuevas. Y después, cuando Hora ya iba por caminos un poco distintos, tampoco cesó su influencia.
Si hoy nombráis sus colecciones Tu voz y Cuerdas en el viento, y si me acuerdo de aquellos poemas, me parece que delante mío se ilumina una luz resplandeciente y temblorosa de una lámpara de cristal. De hecho, precisamente en Cuerdas en el viento distinguió el crítico Salda, que estimaba mucho a Hora, una cierta influencia del poetismo. A Hora le considerábamos nuestro compañero generacional y él no protestaba.
La época de este «poeta del alma» volverá. Tiene tiempo, puede esperar si se piensa en la influencia potencial sobre los futuros poetas. De hecho la poesía de Hora está siempre presente. Su belleza no se ha extinguido con los años de ninguna manera.
Abre la puerta al lector, en su tarea de orientarse allí dentro. De un modo parecido, lo cito muy libremente, se expresó el poeta Léon Paul Fargüe. ¿Qué le parecen las ideas que de vez en cuando aparecen (y durante los treinta y siete años que nos conocemos han aparecido más de una vez), de que el lector no importa para nada, de que el poeta le puede dejar delante de la puerta cerrada?
Recuerdo F. X. Salda. Por desgracia, en este momento no puedo recordar dónde escribe exactamente sobre la misión y el lugar del poeta dentro de la nación y, al mismo tiempo, lo mide por la fuerza de la influencia de su poesía sobre las masas de los lectores. Lo evalúa según el tamaño del interés que su voz sabe despertar. No estimemos demasiado alto la profundidad de la capa cultural dentro de la nación. Al mismo tiempo, seguramente tampoco sería posible desacreditar el esfuerzo creador de aquellos que hoy intentan -tal vez con testarudez, pero a conciencia- una forma nueva y ganan nuevos terrenos para su obra. Las primeras respuestas a los libros de Vancura entre los lectores no eran demasiado ruidosas. Acepto la idea de Teige sobre la única poesía, que no puede ser otra que revolucionaria. El mismo Jan Neruda era un poeta revolucionario por excelencia, desde Flores del cementerio hasta Cantos del viernes. Ninguna evolución, aun la seguida por un número limitado de lectores -me refiero sólo a la literatura-, será insignificante para el desarrollo de la poesía. La medida de la calidad decide el presente. Pero estoy diciendo cosas evidentes.
¿Qué significa, entonces, el concepto de la modernidad en la poesía? Creo que aquello que hace resonar la forma nueva con la nueva realidad que estamos viviendo en aquel momento, y que intenta contenerla, moverla o cambiarla. Y eso, con los instrumentos propios de la poesía. Una vez fue pronunciado un aforismo: La poesía tendenciosa es buena cuando es buena. Pero esto no significa de ninguna manera que la poesía tenga que ser solamente tendenciosa, aunque estoy convencido de que, en un momento apropiado, tiene una fuerza incomparable. ¡Recordad tan sólo Canciones silesianasl Sobre el mal uso de la poesía para la tendencia dijo una vez Viktor Shklovski: Es posible clavar un clavo con un samovar; pero ¿por qué, precisamente, con un samovar?
Las masas de los lectores, como sabemos, están inclinadas más bien hacia el conservadurismo y la comodidad conocida de las formas antiguas. Así que un poeta muchas veces pasa de largo ante sus lectores, o más bien choca con ellos. Sin hacer concesiones, tiene que volver a intentar convencerlos. ¿Cómo podría apartarse de ellos si su obra sólo puede vivir a través de ellos? Escribir para las nubes que huyen y con tinta negra sobre papel negro no tiene sentido.
Creo que con una pequeña modificación podríamos aceptar la definición de la historia humana también para la poesía. La historia de la poesía es la historia de los grandes creadores que componen su obra en contra de la voluntad de las más amplias masas de lectores. Y siempre para la futura poesía, si es que es posible, a través de un esfuerzo incansable, ganar a los lectores para las ideas nuevas. Ninguna obra ha conquistado a todo el mundo, eso es seguro. Y de la misma manera es seguro que, si el lector se queda para siempre delante de la puerta cerrada, no es por su culpa: la obra es inútil y mala.
Cada poeta quiere ser oído, hasta el más excluyente.
Estoy de acuerdo con la poesía que toma partido, a condición de que el escritor tenga plena libertad. Los asuntos de un pueblo y una nación no pueden dejar indiferente a ningún poeta. Y menos aún a un poeta de una nación tan pequeña y tan frecuentemente amenazada como la nuestra. El hecho de tomar partido naturalmente no significa estar de acuerdo. La poesía es un diálogo sobre la verdad y tendría que ser un diálogo apasionado y arrebatador.
El año 1967 es el año del aniversario de Salda. Seguramente mucha gente apelará a él, se atribuirá el derecho a hablar de él, para que Salda le tome sobre la espalda igual que san Cristóbal tomó sobre su espalda al niño Jesús, y le lleve al futuro. ¿Podría usted decirme qué significó Salda para los poetas, cómo se manifestó su influencia en la viva creación poética?
El apego de Salda hacia la generación de los veinte nunca había significado una amistad idílica en una taberna, según se piensa a veces. La defensa de Salda de esta generación, contra Peroutka y Kodícek y los demás, tampoco era un gesto de amable misericordia. Salda siempre defendía firmemente su derecho y el derecho de cada personalidad a desarrollarse según sus reglas interiores, a crecer e iluminarse. Y de esta forma sucedió que se encontró más cerca de nuestra generación, que le era más lejana en el tiempo que la generación de Capek.
Como es sabido, eso no ocurrió sin que la pluma de Salda dejase rasguños sobre los rostros de los afectados. Nezval los sintió varias veces. Salda chocó incluso con A. M. Pisa, criticó con intransigencia a Hora, a quien quería, y no hablo de los demás. Eso fue natural y muy dentro de su estilo. No se dejó sobornar ni con sonrisas ni con halagos. El amor y el afecto hacia su persona no eran el pago de su postura afable. Su presencia en nuestro tiempo significaba para nosotros la autoridad decisiva más alta. Aunque en la historia no ha habido autoridades que no tuvieran el derecho a equivocarse o a un posible comportamiento injusto. No hay gente tan perfecta. Había algo más. Nosotros admirábamos su personalidad interminablemente rica, que dominaba la literatura checa y la universal; estimábamos su genio, que llegaba hasta el horizonte del presente y el pasado. Era imposible no tomar en serio sus conocimientos y enseñanzas, no reflexionar sobre ellos. Y nos imponía incluso su ejemplo moral. Salda nunca omitió una oportunidad para la lucha apasionada. Llegó a su posición, que no carecía de una cierta nobleza y de aristocracia mental, trabajando y luchando.
Incluso su vida privada era ejemplar. Era una bellísima persona. Aunque civilmente sencillo, todo el mundo se inclinaba de buen grado ante su rostro hermoso, noble y seguro. Era democrático, pero no sin maneras aristocráticas. Le creíamos. Y lo más importante: nos enseñó algo. Con una cierta lástima miramos hoy a los jóvenes autores que vagan por el mundo literario llenos de perplejidad y sin nadie que evalúe justamente sus obras.
Fue una persona que amaba a la bella humanidad y sabía reír de una manera preciosa. Igual que ríe cada persona libre convencida de su verdad.
Al principio de los años veinte (y si tuviera que decirlo de modo más preciso creo que era en el año 1921), me llamó Artus Cerník a Brno. Dirigía la sección cultural de la revista Rovnost de Brno, tenía mucho trabajo y quería que le ayudase. Tenía veinte años, había terminado los estudios y no me gustaba comer el pan de mi casa, del cual siempre había menos de lo necesario. Me decidí rápidamente. En vísperas de mi salida, fui al monte Vítkov. Pasé por todos los sitios conocidos, contemplé Praga y volví a casa por el otro lado. Me senté en la hierba y allí me despedí de la ciudad, que se estaba inundando con la oscuridad de la noche; una ciudad de la que no había salida nunca, a no ser las pocas semanas de vacaciones. Y para que la despedida fuera aún más festiva, de los matorrales salieron muchas luciérnagas. Cogí unas cuantas en una caja de cerillas y antes de acostarme la abrí. Lucieron durante mucho tiempo antes de que me durmiera. Probablemente hasta la madrugada.
Por la mañana temprano me senté en el tren y, por la tarde, Cerník me estaba esperando en la estación. Brno me gustó en seguida. En aquella época se solía decir que Praga era un pueblo grande y Brno una metrópoli pequeña. En Brno entonces ya había bares nocturnos donde los negros golpeaban los tambores con ritmo de jazz, mientras que en Praga se cantaban canciones sentimentales en las cervecerías.
Cerník y yo estuvimos viviendo al lado del río Svitava. Los pueblos los teníamos al lado mismo y llegar al bosque era una pequeña excursión.
En la revista Rovnost escribí, por poco dinero, grandes tonterías. En la sección cultural ataqué de una manera poco hábil e irritada a cuatro jóvenes autores de Brno: Chaloupka, Chalupa, Blatny y Jefábek. A Blatny le conocí poco después y nos hicimos amigos. Con Chalupa hablé de aquella acción juvenil mía en un aniversario suyo, mucho más tarde. Generosamente, hizo un gesto con la mano como si quisiera decir que no tenía importancia. Chaloupka se pegó un tiro en medio de su vida. Y cuando le hablé de ello, también en alguna celebración u homenaje, a Cestmír Jerábek, éste me contestó malhumoradamente. No me perdonó. Qué le vamos a hacer. El asunto debía de haber entrado muy profundamente en él.
Lástima de Chaloupka. Era una persona de talento.
Artus Cerník era un hombre y un amigo inapreciable. A base del título de redactor de la revista Rovnost y como miembro del grupo pragués de Devétsil intentó, y no sin éxito, ponerse en contacto con toda la Europa moderna cultural. Hablaba y escribía en francés y alemán, era un buen periodista, llevaba la pluma con habilidad. Además, era un buen organizador. En su pequeña habitación se amontonaban revistas y libros de todos los centros europeos. Tenía correspondencia con muchos escritores. Entre ellos, con Duhamel y Vildrac. Nos escribíamos con Goll y su señora, Claire. La correspondencia se convirtió en una relación amistosa, aunque no nos conocimos hasta mucho después. Luego Cerník se encontró con ambos en París, en la Rué Jasmin. Ése es el nombre de la calle que durante tanto tiempo escribíamos en los sobres. Para la revista Cerven, dirigida por Neumann, traduje un largo poema de Goll, «París en llamas», que Teige consideraba excelente. Pero pienso que no justificadamente del todo y también sin éxito. Cerník tenía correspondencia con Tzara, con Réverdy y con los poetas del Zenit yugoslavo. Escribía a España, a Alemania y a todas partes donde había surgido algún nombre nuevo que nos sonaba. En aquella época escribió una bella colección de poemas. Se llamaba El brillo del norte y fue el único libro de poesía cubista en nuestro país. Lástima que no se publicara. Sólo Neumann imprimió unos cuantos poemas de ella. Podría salir incluso hoy y sería digna de leer.
Artus Cerník hizo más por nuestra cultura moderna de lo que se sabe hoy en día. Es una pena que su nombre esté cayendo en el olvido.
En Brno me encontré por primera vez con el poeta Halas. Me paró un joven y me dijo cara a cara:
– ¿Verdad que eres Seifert?
Y yo dije sin pensarlo dos veces:
– Y tú eres Halas.
Así surgió una amistad que no acabó hasta la muy prematura muerte de Halas. Fue maravillosa. La recuerdo con un leal suspiro y con pena.
Halas aprendió a ser librero en la librería de Pisa de Brno. No sé dónde estaba empleado por la época en que nos conocimos. Ya no me acuerdo. Pero me parece, o mejor dicho lo sé seguro, que nunca tenía mucho dinero en los bolsillos. Pero no se ponía triste por eso.
El editor Zink me contó una vez, con gracia y cariño, una historia conmovedora de los años de aprendizaje de Halas.
En la tienda del librero Pisa, él era su superior inmediato. Sin duda bueno. Pero un día se dio cuenta de que en la sección de libros de viejo se perdían algunos ejemplares. Llamó al aprendiz Halas y éste le condujo a una estantería que estaba debajo, a mano, y donde se encontraron todos los libros que faltaban y otros sobre los que no se sabía nada: estaban todos bien arreglados, puestos uno al lado del otro: Baudelaire, Alfred de Vigny, Whitman, Barbey d'Aurevilly y otros de estas y otras nubes literarias parecidas, junto con los autores checos Toman, Srámek, Neumann y Mahen. Rápidamente le ordenó que devolviera los libros a los lugares que correspondían según el alfabeto del librero de viejo. Halas, naturalmente, obedeció. No con muchas ganas, pero estaba obligado. Cuando al cabo de un rato Zink volvió a Halas, le encontró con la cabeza entre las manos sobre el mostrador. Halas estaba llorando. Aquélla solía ser su lectura del mediodía, cuando se cerraba la librería y los demás empleados se iban a comer.
Apenas nos conocimos, Halas me presentó a Mahen. Halas adoraba a Mahen. Y tengo que confesar que Mahen me encantó desde el primer momento y para siempre. Había algo de agradablemente mefistofélico que resplandecía en su rostro. No le quitábamos los ojos de encima mientras hablaba, y todo lo que decía era interesante y gracioso. Leímos con entusiasmo sus Llamitas y Masera; su novela Compañero de la libertad todavía me resuena en la cabeza. Se me quedó en la memoria, sobre todo, una escena en la que una de las protagonistas ayudaba a su amante a desabrocharse la blusa.
En el jardín Nakoüsti, cerca del teatro, había un café. Entonces era una terraza que sólo estaba abierta en verano. La gente se sentaba sobre una especie de escenario elevado, bajo toldos de colores, y se sentía como a bordo de un vapor. Solía ir allí con Halas y Cerník, casi a diario. Algunas veces se unía a nosotros Mahen. A lo largo del café había un animado paseo de Brno.
Mahen contestaba con animación a los saludos. Le conocía casi todo Brno. Sobre todo la gente de teatro. Algunas veces llamaba a las enrojecidas bailarinas de ballet y nos presentaba con pompa como a los futuros poetas y les ordenaban que no nos mirasen con desdén porque seríamos poetas famosos. «Y luego les podéis necesitar. Quién sabe para qué», añadía y sonreía con picardía. Nos sentíamos felices cuando nos sonreían aunque estas sonrisas pertenecían más bien a Mahen que a tres chicos tímidos.
A Mahen le querían todos. ¡Ay, si tuviera que olvidarme de todo, de esto seguro que no!
De los conocidos que venían a la mesa, mi personaje predilecto era Lev Blatny. Venía con su silenciosa y amable esposa y con una compañera aún más fiel: la enfermedad mortal que al final se llevó a los dos. Era amistoso, pero más bien callado, aunque por su cabeza ya pasaban las futuras obras de teatro de las que la vida le permitió acabar sólo una parte. A sus pies, se removía el pequeño Iván, su hijo, también un futuro dramaturgo.
Con Mahen nos veíamos en todas partes. En la biblioteca donde hablaba a los lectores vacilantes, en las conferencias que daba él mismo o que, al menos comentaba con temperamento. En los estrenos de las obras de teatro no se sentaba en su palco sino con su bella mujer en las filas del público donde nadie le podía negar el derecho a comentar la obra con voz bastante alta. Era desenfrenado, violento y apasionado, pero al mismo tiempo amable e incansablemente abnegado. Su temperamento se tranquilizaba sólo al lado de la caña de pescar, donde tenía que callar. Pero entonces naturalmente no podíamos oír lo que tronaba, gritaba y cantaba en su cabeza.
Con el manuscrito de mis primeros poemas me fui por un tiempo a Praga, pero volví otra vez. Ya por poco tiempo. Tenía una cita con Halas en nuestro café preferido y allí nos vio Mahen. Era la pimavera y Mahen acababa de regresar del campo. Mientras yo tenía mil preguntas en la punta de la lengua, Mahen nos explicaba con detalles y sonriendo cómo había ayudado a un insecto a salir de la tierra con una cerilla. Luego me dio un golpe en la espalda y se precipitó a la reunión del teatro con un amistoso: ¡venga!
¡Cuántos años han pasado! Pero nunca me olvidaré de lo siguiente: Llegué a Brno desde los pobres edificios de pisos de Zizkov donde había visto mucha pobreza y miseria, pero un piso tan pobre como el que tenía Halas en el barrio periférico de Brno no había visto nunca.
Vivía con su abuela anciana, que sería seguramente una de sus Mujeres ancianas. No sé por qué le reprochaban ambiente pequeño burgués al poema. ¡Seguramente por culpa de la palmera de papel en el octavo verso!
En la pequeña y única habitación, adonde se entraba directamente de la calle, no había muebles. En la pared se veían dos clavos grandes para colgar ropa. En uno de ellos, estaba la ropa de la abuela; en el otro, la del nieto. La abuela dormía sobre dos cajas, encima de las cuales había puesto un colchón bastante usado. Halas dormía en el suelo. No obstante, tenían allí una cosa insólita. En un rincón había una jaula y en ella saltaba una ardilla. El animalito se alegraba cuando alguien entraba: las rayitas de los ojos le brillaban y esperaba un dulce. Ella fue la única que vivió bien allí. Y otra cosa que olvidaba: en el otro rincón estaba colgada una estantería con unos cuantos libros: nuevos nombres aristocráticos franceses, pero al lado de ellos el Manifiesto comunista y El universo como la conciencia y la nada de Klíma. Este era el mundo en que empezó a vivir el joven Halas, y éstas las páginas que hojeaba el poeta cuando inventaba sus primeras estrofas.
En Brno y en sus alrededores asistí con Halas a decenas de reuniones con programa cultural. No sé si los obreros nos entendían, pero escuchaban atentamente, preguntaban muchas cosas y nunca nos dijeron que no.
En la redacción de Rovnost había conocido al viejo Hybes. No mucho después, Hybes murió. Su funeral, cuando nos incluimos en las filas obreras, camino del cementerio de Brno, detrás del ataúd, fue la impresión más fuerte que sentí por parte obrera en aquella ciudad. No quiero que nadie considere esto como un cliché sentimental, pero entonces vi por primera vez cómo unos hombres mayores tenían lágrimas en los ojos. Los obreros querían de verdad a Hybes. Después de este intermezzo en Brno, Teige me hizo volver a Praga; pero Halas y yo seguimos escribiéndonos. Entonces ya se había fundado el Devétsil de Brno, y Halas, con Cerník y Václavek, empezaron a publicar la revista Pasmo, mientras Gotz encabezaba el grupo literario que imprimía Host do domu.
Y luego, Halas se despidió de Brno y vino a Praga.
Fue un hermoso día del principio del verano. El olor de primavera tardía, de los tilos y del verdor fresco hechizaba los corazones. Yo esperé a Halas delante del bar U Paukertü. Y cuando llegó, y despreciando los rayos del sol, nos fuimos a una acogedora, pero completamente cerrada, taberna, donde, según recuerdo, la luz estaba encendida durante todo el día. Nos sentamos en un rincón esperando al poeta Hora, que por la tarde estaba en la redacción. Halas nos leyó sus primeros versos y luego nos contamos cosas hasta medianoche, cuando cerraron el bar. Así que fuimos a un sitio cercano, donde cerraban más tarde. Las noches de verano, como sabéis, pasan de prisa. Recuerdo que cuando aparecieron en la ventana los primeros rayos de luz de la aurora, corrimos rápidamente las oscuras cortinas llenas de humo porque la aurora nos molestaba y nos hacía recordar el día siguiente, repleto de toda clase de obligaciones. O sea que la diosa de la aurora tenía que esperar un poco más para que saliéramos del humo espeso del local y respirásemos a pleno pulmón el aire fresco de la madrugada.
En el agradable bienestar del verano, cuando la vida humana parece más hermosa, pero también a veces en la primavera, que en esta región es especialmente atractiva, iba a ver a mi amigo el dramaturgo Jan Bartos a su ciudad, Turnov. Es verdad que tenía una casa en Praga, pero le gustaba pasar temporadas en Turnov. Allí estaba su casa. En Praga, según decía, sólo residía.
En el cielo azul volaban nubes blancas más a menudo allí. En Turnov solíamos dar paseos inolvidables. A veces hasta Hrubá Skála, pero más frecuentemente al más cercano y romántico castillo de Valdstejn, donde yo dormía. En Valdstejn había un cuadro de San Juan Bautista en cuyo rostro dicen que su autor pintó al poeta Macha. La semejanza es muy improbable. Bartos decía que iba allí a hacerle una reverencia al poeta después de cuyo nombre sigue una larga cuerda de seudocríticos, escritores mentirosos y otras clases de canallas literarios hasta estos días.
Muy a menudo visitábamos el valle del río Jizera y por allí caminábamos hasta Rocas Secas o el antiguo castillo de Frydstejn. En aquellos lugares el río es todavía joven y trae consigo algo de su belleza de las montañas, aunque ya fluye entre riberas bajas y verdes. Todo el mundo se siente tentado a sentarse por un momento sobre la orilla y escuchar el agua que corre. ¡Qué hermosos son los ríos antes de que orinen y se evacúen en ellos las feas y lúgubres fábricas!
Por el camino hay una taberna solitaria que parece abandonada, que se llama La cabra reflejada. Quién sabe de dónde ha sacado este bonito nombre. A veces nos parábamos allí. Nos encontrábamos frecuentemente con el profesor Zdenek Nejedly y su amigo de Turnov, el profesor Jelfábek.
Nos sentábamos con Bartos en el bar, casi siempre en la terraza. Bartos pedía una copa y pan blanco. Decía que éste es un verdadero gozo para los sibaritas que, al lado de sus gustos materiales, también tienen sentido para la filosofía.
A la orilla de este río no pude nunca dejar de recordar unos versos que había escrito un autor popular desconocido. En el poema se describe el baile en un bar de pueblo próximo al Jizera. Son unos versos sencillos, pero con una asonancia sorprendente que apreciaba también el maestro Nezval.
Al escritor Jan Bartos le conocimos en Devétsil, aunque nunca fue miembro de la asociación. Se encontraba con nosotros como un buen amigo. Era un poco mayor que nosotros, más cercano a la generación de Capek, y ya no tenía necesidad de hacerse miembro de ningún grupo. Este escritor, dramaturgo e historiador del teatro pertenecía a las personas más interesantes de nuestra juventud. Nos imponía, no sólo como poeta dramático de fantasía lírica e ironía cáustica al mismo tiempo, sino también como polemista, autor de invectivas venenosas con las que acosaba a la gente de teatro, actores y escritores. Pero también sabía leer la mano magistralmente y, con no menos especialización, construir horóscopos. ¡Nezval estaba fuera de sí! Aparte del excéptico Teige, todos nos sentimos encantados con este arte suyo. No es que le creyéramos mucho, pero teníamos curiosidad y de buen grado le extendíamos las palmas de las manos. Nezval le dio la suya. Era el único que le creía a Bartos y hasta le pidió que le enseñara su arte. Bartos no tuvo nada en contra. Nezval probaba muchas veces su capacidad en mi mano. Y hay que admitir que sus análisis eran cada vez más complicados e insólitos. Llegaba cada vez a más profundidad en esta extraña magia que ya un niño trae al mundo: tiene este secreto de la vida y la muerte firmemente inscrito en sus puñitos. Nezval se entusiasmaba con la claridad de mi mano y adivinaba muchas cosas en ella. Pero, de todas maneras, yo tenía la impresión de que se dedicaba a leer la mano para poder usar ese truco con las chicas. En las palmas de las manos de las muchachas leía con elocuencia y ardor. Pero no del todo desinteresadamente. Cuando ya no tenía nada que añadir y había leído y explicado todas las rayas, besaba a la chica en la palma de la mano y a veces la retenía en la suya.
No sé por qué Bartos se hizo precisamente amigo mío. De hecho yo era uno de aquellos que no creían demasiado en este arte refinado y cultivado hasta los más minuciosos matices. Pero, naturalmente, jamás le confesé este escepticismo blasfemo.
Le visitaba en su piso del barrio de Vinohrady cada martes. Durante varios años. La residencia de Bartos era algo muy distinto de lo que uno se puede imaginar por la palabra piso. Las ventanas de sus habitaciones estaban siempre sombreadas por las persianas y aun encima de ellas Bartos corría pesadas cortinas no transparentes. Todo el día tenía la luz encendida, aun cuando el sol de verano inundaba la calle y la casa con su calor. Todas las paredes de sus dos habitaciones estaban literalmente repletas de cuadros. Había un cuadro al lado del otro, igual que hay un sello al lado del otro en un álbum de un niño. Un escritorio y una biblioteca; éstos eran los únicos muebles en estas dos salas grandes. De su casa en Turnov se trajo unos cuantos óleos y aguadas de Navrátil. Alguien me dijo más tarde que no todos eran originales. No sé, entonces no me preocupaba mucho por estas cosas. También tenía un precioso dibujo de muchacho de Josef Manes, con un suave colorido. Luego, unos cuantos pintores antiguos checos, creo que Grund, Piepenhagen, Pinkas y otros. Probablemente era la herencia de su familia, a la que él añadía pinturas de maestros modernos: Zrzavy, Kremlicka, Spála y Josef Capek. Su tío, que hacía tiempo había dado la vuelta al mundo, le regaló una cuarentena de hermosas miniaturas hindúes. Bartos las apreciaba muy especialmente. ¡Pero basta! ¡Dejemos la cuenta! En fin, las salas estaban llenas, pero todo era interesante y precioso. Bartos entendía de arte.
El recibidor estaba lleno también. Lo que más había allí eran grabados antiguos. En un lugar llamativo, pero un poco en la sombra, había un cuadro de una mujer bella y joven dentro de un féretro. Era la mujer de Bartos y el óleo lo había pintado Josef Capek. Bartos comentaba todos los cuadros. Únicamente ante este cuadro callaba. No reveló que era hija de un famoso abogado, el profesor Henner, y hermana de la escritora Hennerova-Pujmanova. Tampoco me reveló, como es natural, el secreto conectado con este cuadro.
Después del casamiento, al que Bartos había forzado a la antigua familia patricia, compuso un horóscopo a su joven esposa. Era nefasto. Le predecía una muerte pronto y voluntaria. Y su mujer obedeció a las estrellas y se quitó la vida. ¡Así se comentaba la historia!
Cada vez que entraba en casa de Bartos, el amo cerraba la puerta con llave y encima colgaba una cadena. Le pregunté contra qué tomaba estas medidas de precaución.
– Contra los enemigos.
No pregunté nada más. Sí que tenía muchos enemigos, sobre todo entre los artistas de teatro, pero no creo que fueran de aquellos que intentarían asaltarle en casa. O sea que las medidas eran más bien simbólicas. No le gustaban los actores a pesar de que le tenían que ser bastante próximos. Algunas veces mencionó que hoy en día los actores tendrían que caminar al lado de la acera, tal como les obligaba a hacer el ayuntamiento en el pasado.
Pero las dos o tres horas de mi visita semanal a casa de Bartos transcurrían conversando amistosa y cordialmente. Teníamos muchas cosas que contarnos. A los dos nos gustaba el café solo, bien cargado, que Bartos preparaba magistralmente en su cocina de mago, según decía. Pero en la cocina no dejaba que entrase nadie. Seguramente tenía allí todos los muebles necesarios, la cama y los armarios con ropa.
En aquella época, yo fumaba mucho, pero al lado de Bartos parecía un mero principiante, un fumador moderado. Bartos encendía un cigarrillo tras otro y, con vivo placer, inhalaba profundamente el humo. Fue un hombre fuera de lo común en todos los aspectos y, hasta cierto punto despreciaba su propia vida. Era delgado y más bien alto, con una cara interesante, cuya llamativa palidez era subrayada por su pelo rubio. Yo le apreciaba, pero cuando me estrechaba la mano, tenía por un momento la sensación de que tocaba a un ser que vive sin sol en las frías aguas de un río oscuro y lúgubre. El retrato de Kremlicka es fiel. Sin embargo, era un hombre alegre con un real sentido de lo cómico y lo grotesco; un amigo cariñoso y afable, aunque sus enemigos, reales o inventados, fuesen numerosos.
Le gustaban los caballos. Pero no en una pista de competiciones hípicas. Por el camino de su casa había un puesto de coches de punto. Siempre había allí dos o tres pares de caballos. Bartos se acercaba a cada uno de ellos y les ofrecía un trozo de pan o de azúcar que sacaba de su cartera. A los cocheros no les gustaba eso. Incluso le fruncían el ceño. Pero cuando aparecía en la calle, los caballos le reconocían, y le daban la bienvenida relinchando alegremente. Pero sus buenas acciones no dejaban de influir en los coches parados, que se movían. Y esto molestaba a sus amos, que, dentro de uno de ellos, jugaban a las cartas.
Jan Bartos escribió unas cuantas obras de teatro. No eran nada triviales. No obstante, solamente Cuervos tuvo éxito en los escenarios. Desde el punto de vista literario, las demás obras también eran interesantes y expresivas para su tiempo. Hoy en día están casi olvidadas.
Gracias a Bartos conocí a varias personas de interés en el ámbito teatral. Me presentó en su casa al robusto Arnost Dvorak, poeta, que agitó poderosamente el teatro checo. Llevaba uniforme de coronel y tenía aspecto macizo. Luego le conseguí una cita con F. X. Salda, cosa que solía ser bastante difícil. Los tres tenían cuentas sin arreglar con el Teatro Nacional y se unieron en una organización que tenía que hacer frente a la junta de la institución oficial de la Asociación dramática. El órgano de esta nueva organización teatral era Nova scéna revista que fundó Bartos y yo dirigí, al menos oficialmente. No salió mucho tiempo, pero fue sí el suficiente para que Bartos se creara nuevos enemigos.
Arnost Dvorak, el autor de las obras monumentales Los busitas y Nueva Orestiada, nos condujo una noche a la taberna U Suterü, donde nos esperaba el legendario filósofo y rebelde Ladislav Klíma, un amigo de Dvorak. La conversación, interesante y animada, con aquel hombre acabó más tarde en una borrachera en que él se embriagó tanto que no podía ni hablar. Bartos se salvó huyendo. Dvorak pidió excusas. Con su uniforme, no podía acompañar a una persona tambaleante; así que fui yo quien tuve que asumir la desagradable misión de llevar a Klíma a su agujero de mendigo. Al principio de la noche, le había concertado a Klíma una cita con Halas. Halas tenía ganas de conocerle desde hacía tiempo. Su primer libro era la lectura de juventud de Halas. Lo tenía entre sus diez libros predilectos. Pero Klíma no acudió a la cita. Ya no le volví a ver. Murió muy pronto. Me conmovió que unas horas antes de su muerte se acordase de mí y me mandara sus dos libros, El universo como la conciencia y la nada y Mateo el Honrado, con una dedicatoria amistosa.
Pero el momento solemne de mi amistad con Bartos estaba destinado a ocurrir más tarde.
Era un precioso día de primavera y la ciudad se bañaba en la luz del sol y en todos los perfumes cuando llamé a la puerta de Bartos y entré en la oscura y sofocante atmósfera de su casa. Sobre su escritorio, ante el cual nos sentábamos, había una botella de Pommery y dos copas. Me dio la bienvenida con más pompa de lo normal y, tras habernos sentado, intentó abrir la botella del vino espumoso. Pero no podía. Eso estropeó un poco el momento solemne. Le tuve que ayudar y el vino produjo una agradable fragancia en las copas. Cuando ya habíamos bebido un poco, me enseñó un sobre lacrado y sellado con un sello de plata. Era su testamento, que quería depositar en un notario. Pero como no confiaba en que el abogado cumpliera todos sus deseos, me pidió que fuera un correalizador de su última voluntad. Protesté diciendo que esta medida era aún precoz, pero me contestó en un tono tranquilo y natural que había decidido dejar este mundo en el momento que considerase más oportuno. Habló plácidamente de su muerte y me pidió que no intentase disuadirle de su decisión. Era difícil negarle lo que pedía y, estrechándole la mano, le prometí que me encargaría de que su testamento fuera cumplido hasta la última letra. En aquella ocasión me regaló un medallón de oro con San Jorge, enmarcado en filigrana de plata. Hoy lo lleva mi hija. El original de la época azul de Spála se lo regalé a Vancura. Yo no tenía entonces ni dónde colgarlo.
Con estos regalos sentí la desagradable sensación de tener que esperar su muerte. Pero mientras tanto, nada parecía indicar que tuviera que morir en un futuro próximo. Nunca más hablamos del asunto y yo intentaba no pensar en todo aquello. Cuando observaba sus intereses cotidianos en nuestro mundo cultural y leía sus brillantes y polémicos artículos contra la gente del mundo teatral, me acostumbré a mi encargo o, mejor dicho, me olvidé de todo y seguí mi amistad con Bartos igual que antes.
Naturalmente, Bartos me prometió también que me redactaría un horóscopo. Le tuve que dar mi fecha y hora de nacimiento exactas. Exactas hasta el último minuto. Mi madre, cuando le sacaba esos números, torcía la caberza sin comprender esa curiosidad mía. Pero tenía la fecha anotada en su libro de oraciones y me los dio de buen grado. Bartos estaba sorprendido por su precisión y mencionó que, de ese modo, sería más exacto su horóscopo.
Durante mi visita a casa de Bartos tuve que mirar un poco más que de costumbre el óleo de Josef Capek. No es que creyera en todo aquello, pero de todas maneras, en el fondo del alma de cada persona están escondidas dos cosas: la curiosidad y el miedo. Al final sonreí, miré por la noche al cielo lleno de estrellas y les susurré, para que no lo oyera nadie, que se fueran a freír espárragos, que no les hacía caso, y cerré la ventana con violencia. ¡Buenas noches!
Hacía un día bello y perfumado de junio. Era domingo y fui a Turnov, como tantas veces, y caminé con Bartos a lo largo del río Jizera. En la ciudad celebraban la fiesta de Corpus Christi con una procesión y cuatro altares en las esquinas de las calles. El pavimento estaba totalmente cubierto con pétalos de rojas dalias y de las primeras rosas, y a la vuelta de la esquina sonaba el célebre coro eclesiástico acompañado por las brillantes voces de las campanillas de rigor. A pesar de que en el aire todavía volaban las nubecillas casi invisibles del humo del incienso, el perfume de jazmín de los jardines hacía huir su santidad. ¡Qué día más bello en esta ciudad, una de las tres que forman el triángulo de los más hermosos paisajes checos, con la silueta de las ruinas del castillo Trosky en medio!
En la taberna La cabra reflejada estaban limpiando después del sábado, pero amablemente nos sacaron una mesa al sol, delante del edificio, y pusieron en ella un mantel blanco como la nieve. Desde la casa llegaba el olor de la cerveza y del humo de ayer.
El río brillaba y lucía en el sol como si sus olas hubieran lavado todas las ágatas todavía ocultas en el cercano monte Kozákov. Huía animadamente y susurraba entre las orillas verdes, para contar a toda prisa los secretos que le había confesado otro río salvaje, el Mumlava.
Bartos pidió como siempre una copa de vino y pan seco. Cuando acabó de beber y se comió todas las migas de pan que recogió con sus dedos finos y amarillentos de los cigarrillos, me miró significativamente diciendo que me había traído mi horóscopo. Y me entregó un sobre cerrado.
– Por favor, no abras el sobre hasta que estés en el tren o en casa. Pero si tienes curiosidad, puedes quedarte tranquilo. El horóscopo es hasta sorprendentemente feliz. Pero te quiero decir algo que no he escrito en el horóscopo. Seguramente no lo leerás tú solo. Tal y como te conozco, seguramente abrirás tu corazón a aquella señorita, buena y amable, que está a tu lado en Praga. Tal vez ella no lo comprenda y le duela. Te quiere sinceramente y tú vivirás más tiempo que ella.
»En el horóscopo hay un dibujo en el cual leí tu pasado y tu futuro destino. Se marcan por unos signos especiales, característicos, que se pueden juzgar a través de la situación de Mercurio y Venus, que estaban en conjunción. Es una constelación feliz, porque crea un carácter artístico y amoroso. Eros llena tu vida demasiado. Aunque influye positivamente en tu trabajo artístico, te debilita algo tu fuerza de voluntad. Las mujeres te preocupan desde la más temprana juventud. Y desgraciadamente no te dejarán tranquilo tampoco en la edad avanzada a la que llegarás, cuando en la mayoría de los hombres estos intereses se apagan. Las mujeres te preocupan y también te inspiran con su mera presencia, pero al mismo tiempo, y es una paradoja, te vuelven algo afeminado. No tienes mucha fuerza de voluntad. En cambio, las mujeres serán tus lectoras más fieles. Te convertirás en su poeta. No está mal.
»Llegas a la vida a través de un imaginario arco de triunfo que te habrán construido con sus sonrisas y sus besos. Por desgracia, eres demasiado despreocupado. Esta característica tal vez te ayude a llevar más fácilmente muchos problemas de la vida, pero a menudo produce dolor a tus allegados. Se diría que estás directamente obsesionado por los atractivos femeninos. Su belleza no te deja dormir. Estás torturado por un eterno deseo. Casi nunca piensas en otra cosa. Estás en medio del camino del descenso a la materia, pero por el momento no te afecta su maldad. No será siempre así. Pero ahora ya cito el horóscopo mismo. En fin, eres un ser completamente terrestre.
»Me ha extrañado que hasta el río mismo te excite con su dudosa feminidad. Acaso es culpa del nombre que hace tiempo le otorgamos en nuestra lengua materna. Y este nombre basta para excitar tu imaginación amorosa. En todas partes encuentras a una mujer. No es que eso sea malo, pero expresa tu carácter vago.
»Estoy observando con interés la diferencia entre nosotros dos que tal vez explica el hecho de que seamos amigos. Probablemente nos han unido unas características diametralmente opuestas. Hace un momento me di cuenta de que te gusta el olor de jazmín. A mí me es indiferente. Me siento feliz cuando, en otoño, caen sobre mis hombros las hojas muertas y secas de los abedules y cuando noto el primer olor de la putrefacción otoñal. Probablemente tú amas los primeros cambios primaverales de los pájaros, mientras que yo doy alegremente la bienvenida al grito de los cuervos cuando llegan en otoño a mi patio de Turnov. Tú te encuentras bien siendo cautivo de la belleza femenina. Yo evito a las mujeres. No es que las odie, pero prefiero que pasen de largo ante mi soledad. Tú seguramente no lo sospechas, pero la imagen que te has creado sobre la mujer es falsa. La mujer tiene dos caras. La otra no es amable ni buena: es terrible. Tú tienes confianza en las mujeres, pero serás castigado. No, la mujer no es el sexo débil. Al contrario, las mujeres son más fuertes que nosotros. Son más valientes que los hombres y saben ser terroríficas y despiadadas. No tienen compasión. Los hombres están dispuestos a olvidar muchas cosas y las olvidan de verdad. ¡Una mujer no olvida nunca!
Cuando Jan Bartos acabó este comentario sobre el juicio que las estrellas habían emitido sobre mí, nos levantamos despacio. Ya era mediodía. Y regresamos a la ciudad. Por el camino topamos con dos amigos, los profesores Nejedly y Jefábek, y nos quedamos charlando un rato con ellos.
Le pregunté al profesor Nejedly qué sabía sobre el extraño nombre de la antigua taberna de la orilla del río Jizera. Pero el profesor Jefábek sólo dio unas explicaciones bastante difusas. Así que no lo he sabido nunca. Porque nunca más volví a la taberna…
Con el tiempo, mis visitas a casa de Bartos se hicieron cada vez menos frecuentes, hasta que cesaron casi por completo. Me es difícil explicar exactamente por qué. En sus folletines, Machar excusa sus desacuerdos con el poeta Vrchlicky con la afirmación general de que la gente se encuentra y se desencuentra. En nuestro caso era probablemente esto lo que ocurría, pero entre nosotros no había ni una sombra de mala voluntad o enemistad. Más bien debió de ser un cierto cansancio de la regularidad o nuevos intereses de uno de los dos. Pero no sé de quién. Además de todo esto, me casé y esto fue un gran acontecimiento en mi vida y seguramente uno de los motivos del alejamiento. Después de algún tiempo, nos volvió a acercar la Historia del Teatro Nacional. Pero hay que explicar esto.
En la redacción del periódico Pravo lidu trabajaba desde hacía tiempo un redactor político, Jaroslav Jelínek. Era una persona modesta, pero nada vulgar. Aunque sólo fuese por el hecho de que dedicaba un interés intenso a las cosas culturales, aparte de su área política. Este hombre tenía una extraña idea a la cual sacrificó su tiempo y sus fuerzas: decidió que ya era hora de construir en Praga el segundo Teatro Nacional, y en seguida puso manos a la obra. A mí esta idea no me parecía tan buena, pero siguiendo el consejo de Bartos le prometí a Jelínek que colaboraría con él. A. M. Pisa, siempre tan sabiamente escéptico y reservado, conocía la vida teatral checa lo suficiente para aceptar la idea de Jelínek con una sonriente desconfianza. ¿Para qué construir un segundo Teatro Nacional si el primero está vacío? Pero Jelínek ya había instituido la Fundación para la construcción del segundo Teatro Nacional. F. X. Salda, que estaba enfadado con el primer Teatro Nacional, aceptó con alegría ser miembro de la Fundación. Suponía que la gente que había en torno al Teatro Nacional se enfadaría como mínimo. Y la verdad es que se irritaron hasta que se dieron cuenta de que la empresa era equivocada.
El redactor Jelínek empezó a recoger dinero en seguida. Consiguió reunir una suma bastante grande que, naturalmente, sólo había bastado para pagar los gastos de la primera propaganda de la idea y para la iniciación de las cuestaciones en toda la nación. Pronto se llegó a ver claramente que, a pesar de ser una hermosa idea, era poco real y no muy útil. De esta forma se redujo a un montón de billetes de mil coronas, con el que Jelínek no sabía qué hacer. Y entonces alguien, creo que precisamente A. M. Pisa, le sugirió que dedicase el dinero recogido a una empresa tal vez de menos magnitud, pero también noble y culturalmente interesante. Que dedicase el dinero a un proyecto no lucrativo, pero necesario y que probablemente nadie tendría el valor de realizar: publicar la Historia del Teatro Nacional.
Jelínek se decidió en seguida. ¡Y cuando hay dinero, todo es posible!
Rápidamente reunimos a los autores con apellidos más sonoros, a los profesores y escritores Salda, Fischer, Matéjícek, Nejedly y Tille. Él tomo introductorio, El Teatro Nacional y sus constructores, le fue encargado a Jan Bartos, que mientras tanto, como empleado del Museo Nacional de Praga, había fundado y dirigido el departamento teatral de dicho museo.
Los autores se pusieron a trabajar y al cabo de pocos años realmente había salido una obra maravillosa en ocho tomos en una edición muy representativa.
Yo también ejercí un cargo en esta empresa: hice la propaganda. Tengo una impresión bastante exacta de que lo hice muy mal. Para una actividad así me faltan las cualidades necesarias. Y gracias a esta función volé por primera vez en un avión. Entonces fue como una pequeña aventura. Volé a Bratislava, y de allí a Piestany, para buscar a Salda. Le llevaba un anticipo. Se había quedado sin dinero en un balneario y quería estar más tiempo. También empecé a relacionarme otra vez con Bartos. Le volví a visitar en su oscura casa, donde no había cambiado nada. Volvimos a tomar juntos un café bien cargado y fumamos cigarrillos gruesos como un dedo. Bartos acabó su estudio en un año. O tal vez menos. Su amplio trabajo estaba enfocado desde un punto de vista polémico, cosa indudable dado su autor. Era un estudio revelador, el primero y único de su época. Fue un trabajo que tuvo éxito y que representaba la obra de su vida. El hecho de tener que defenderlo después de haberse publicado le venía bien. La polémica era su atmósfera vital; la que necesitaba. La esperaba con franco placer. Gozaba sacando de aquel monumento nacional el oro falso que desde el principio hasta nuestros días fue agregado a él por los miembros de la clase pequeño-burguesa en forma del idilio patriótico. ¿Cómo, idilio? Eran las luchas que suelen acompañar a todas las grandes empresas históricas. Y gracias a Bartos, varios nombres ya medio olvidados de nuestra gente obtuvieron el brillo merecido.
Después que salió el libro, vi a Bartos pocas veces. Casi siempre en funerales. Y ya que probablemente suponía que me había olvidado de mi papel de realizador de su testamento, pidió a Nezval que le hiciera este favor y, con delicadeza, me lo anunció. Nezval le visitaba ya con cierta frecuencia. Bartos le enseñaba la ciencia de los horóscopos y Nezval era un alumno que no ocultaba su entusiasmo. Al cabo de poco tiempo, preparaban los horóscopos juntos. Nezval dominaba la lectura de la mano magistralmente. Cuando me leyó la mano por quinta vez, y siempre con más detalle, me fijé que llevaba en un dedo un gran anillo barroco que algunas veces había llevado Bartos y acerca del cual afirmaba que contenía la dosis necesaria de veneno mortal. Bartos se lo había regalado a Nezval en el momento en que le pidió el silencioso favor que yo había abandonado.
Bartos murió en el año 1946, relativamente joven. Dejó el mundo voluntariamente, tal como se lo había propuesto hacía años. No sé qué pasó con su rica colección. No se lo pregunté ni a Nezval, que estaría al corriente. Entonces se decía que se la había legado al presidente Benes.
Poco tiempo después de su muerte, vino Nezval a verme a toda prisa. Llegó a la redacción y, muy excitado, desplegó ante mí, en el escritorio, unas cuantas hojas. Era el horóscopo de Jan Bartos que Nezval había preparado hacía cosa de un año. Pero no se lo había entregado. No tuvo el valor.
La constelación de las estrellas predecía a Bartos una pronta muerte. Muy exactamente en cuanto al tiempo. Nezval se puso a explicarme, entusiasmado, el complicado y cuidadosamente dibujado diagrama, lleno de números y de letras griegas.
Le escuché atentamente, pero por desgracia tengo que confesar que no entendí nada de todas aquellas líneas. Se ve que la vida me negó siempre el privilegio de conocer el enigmático lenguaje de las estrellas.
A la antigua cervecería Na Vikárce, acogedoramente oscura porque en sus ventanas cae la sombra de la catedral, iba a veces el camarero del arzobispo. Digo algunas veces. Pero esto puede ser debido a que yo le veía allí sólo algunas veces. Vivía cerca. Yo también. Los dos la teníamos a la vuelta de la esquina.
Cuando durante las grandes fiestas acompañaba a su señor a la catedral de San Vito, se sentaba en el pescante del antiguo coche con el escudo del sombrero del cardenal en la puerta, al lado mismo del elegante cochero, que llevaba un sombrero de copa gris claro. El iba vestido de negro, con un sombrero normal en la cabeza. El coche con el cochero se quedaba en el segundo patio, ante la entrada a la sala española del Castillo, mientras el camarero acompañaba a pie a su señor hasta la catedral. Y en la sacristía le entregaba a los cuidados de los sacerdotes que le estaban esperando.
Cuando el arzobispo, revestido con la casulla, con la mitra puesta y el báculo en la mano, golpeando el suelo de una manera majestuosa, entraba en la catedral para sentarse en su trono con baldaquino, el camarero se ponía el sombrero y se iba a toda prisa a la cervecería Na Vikárce. Durante hora y media estaba libre. Se sentaba en la barra frente a la catedral. Luego no tenía otra cosa que hacer que escuchar un instante de cuando en cuando.
– Todavía están con el Agnus Dei -comentaba de repente-. ¡Camarero, póngame otra!
En Na Vikárce tenían muy buena cerveza de Pilsen.
En otras ocasiones, no iba a Na Vikárce hasta última hora de la tarde, cuando se acababa su servicio en el palacio. La cervecería estaba mucho más animada y él se sentaba en la sala. Con su firme pertenencia a estos lugares, santos y no santos, y a las cosas relacionadas con la catedral y el palacio, con su conocimiento detallado de todos los acontecimientos que podían ocurrir y estaban permitidos en estos lugares, era una de las autoridades locales, aunque en su conjunto hacía pensar en los tiempos idílicos del siglo pasado. El siglo veinte le marcó muy poco. Parecía uno de los personajes de los cuentos de Jan Neruda, con toda la gracia y el encanto de la antigüedad. Nada que fuese actual o moderno -al menos a primera vista- estropeaba su imagen.
Sabía todo lo que pasaba a su alrededor y le gustaba contar las historias que habían sucedido detrás de la puerta del palacio. Le excitaban especialmente las visitas de los personajes importantes que iban a ver a su amo. Una vez oí cómo contaba misteriosamente a los vecinos del Castillo que, a la semana siguiente, las carmelitas estarían cambiando la ropa de la reverenda Electa. Según él, el señor arzobispo ya había dado el permiso.
Yo ya conocía a esta dama anciana sentada en un sillón en un armario de cristal. Una vez vi por la ventana, al lado del retablo, el terrible rostro de aquella momia barroca de trescientos años de edad, cuando de niño salté la barandilla en la iglesia. Entonces la historia de la reverenda Electa era muy conocida, especialmente en el Castillo. Hoy en día se sabe poca cosa de ella.
El cuerpo de la reverenda madre Electa fue exhumado unos años después de su muerte, clandestinamente y bajo circunstancias muy extrañas. Había varias razones para la exhumación. Una de las hermanas sufría de constantes dolores de cabeza. Una vez, desesperada, puso la frente sobre la pared de la tumba de la priora y los dolores cesaron súbitamente. Pero éste no era el único milagro que ocurrió en la tumba de esta mujer. Poco tiempo después las hermanas excitadas corrían a la superiora contando que desde el sepulcro de Electa ascendía un suave perfume de jazmín. Cuando la superiora, que ocupó el puesto después de la priora Electa, estuvo convencida de la verdad de aquellas noticias extraordinarias, se decidió a una acción intrépida. Con varias ayudantes, en secreto, por la noche sacó el féretro de la tumba para abrirlo.
Pero ¡Dios santo! Me estoy vistiendo descaradamente con plumas ajenas. Todos estos detalles los cuenta un conocedor de toda clase de historias de Praga, de las épocas recientes y de las antiguas: el historiador Antonin Novotny, casi olvidado y menos valorado de lo que merece.
Pero hay que acabar el cuento sobre la priora difunta. Cuando las hermanas abrieron el féretro, lo primero que encontraron en ella fue una espesa capa de hongos grises. Después, apareció el cuerpo incorrupto de la primera superiora, en su tiempo una bonita italiana que había venido a Praga para fundar y dirigir la orden de las carmelitas.
En la época barroca no se reflexionaba mucho sobre las cosas. ¡Era un milagro! Las hermanas usaron sin la menor cautela una infusión de rosas y romero para limpiarle la cara a la difunta. Aquel líquido cosmético, que seguramente utilizaban ellas mismas, produjo un mal efecto sobre la muerta: la piel se volvió marrón en los sitios lavados.
El cuerpo fue examinado varias veces por los médicos. Durante el último examen se reunió todo un consejo de especialistas importantes. Era gente de apellidos sonoros, entre ellos algunos extranjeros famosos. Reexaminaron el cuerpo: tenían que volver a constatar su integridad. Al mismo tiempo confirmaron otra vez que la frente de la priora emitía un olor misterioso, parecido al de jazmín. Todo esto fue anotado protocolariamente. Esto ocurría en el año 1677 y los protocolos se han conservado.
Así fue como las piadosas carmelitas vistieron a la difunta nuevos hábitos del convento, los pertenecientes a su rango, la sentaron en un sillón y la depositaron en una gran vitrina de cristal.
No obstante, el destino milagroso de su cuerpo no es igual al de su ropa. Los insectos y el polvo estropean la ropa con el tiempo y de vez en cuando hay que cambiar a la difunta y ponerle un hábito nuevo. Como el convento estaba bajo el gobierno del arzobispo de Praga, no se podía llevar a cabo tal acción sin su permiso. Y eso acababa de ocurrir. El señor arzobispo dio su visto bueno.
Las carmelitas, aquella orden tan estricta que nos mandó después de la catástrofe de Bílá Hora, estaban rigurosamente encerradas en su convento. Aparte del sacerdote, que hacía la misa, tenían prohibido ver a un hombre. No podían ver ni a su padre, ni a su hermano. Y del sacerdote estaban separadas por las rejas. Estaban muertas para el mundo. La tela para el nuevo hábito era comprada por el sacristán en la tienda de Kyncl, en la plaza Staroméstské, y la priora se comunicaba con él por escrito. Con esto se acababa la participación de los hombres en esta ceremonia. Todo lo demás lo arreglaban las hermanas dentro del convento.
También era el sacristán quien vendía los pequeños recortes de la tela con que habían limpiado el sudor perfumado de la frente de la reverenda Electa. Sólo la falta de recursos financieros me impidió comprar esta reliquia cuando era pequeño.
Dudo mucho que los visitantes de la iglesia de ahora, si es que saben algo de este monumento, tengan ganas de trepar por la barandilla del altar y mirar en los ojos medio cerrados y profundamente hundidos de la italiana. El espectáculo del rostro envuelto en una tela blanca y adornado con una corona es inolvidable, terrorífico.
Pero el tiempo no se detiene. Los años se apresuran y corren con él. Yo no iba cómodamente a. Petfín y al jardín Seminárská, por la calle Karmelitská y Újezd. Me gustaban las gradas del castillo, y, además, ¡qué vista tan hermosa de la ciudad se desenvolvía desde la plataforma del Castillo! Así que cada vez tenía que pasar al lado del convento de las carmelitas, que siempre me hacía pensar en aquella tétrica ceremonia en que las carmelitas mudaban a su priora, difunta desde hacía trescientos años. Aquel cuerpo viejo e inerte de mujer, con los ojos entreabiertos y sangrientos, se entregaba a las manos entusiasmadas de las hermanas que, rezando con emoción, desnudan a la mujer muerta, le peinaban el cabello, le ponían una corona en la frente perfumada con jazmín y volvían a sentar a su antigua superiora en el trono.
¿Cómo pasar por allí y no recordarlo?
Sin embargo, detrás del convento surgía otra vez en el vivo día de hoy. Aquí está la casa de Los tres lirios, y, al pie de los muros sombríos, ya podéis dirigiros directamente al mirador.
¡Qué bien se estaba allí! Mucha gente joven en todas partes. En el restaurante del funicular brillaban los manteles blancos y el vagón pesado se iba arrastrando despacio hasta la colina.
Los ojos de las chicas fulguraban, y en los ojos se reflejaba todo. Todos aquellos ojos eran bonitos. Y cuando los ojos son bonitos, también es bonita la propietaria; y en ese caso pocas veces está sola.
Como siempre ocurre, una de ellas era la más bonita, la más graciosa, la más tierna, la más tentadora. Tenía en el cuello una fina cadena de oro y sobre la cadena un angelito de Rafael que apoyaba la barbilla en la mano. Y en todas partes se olía la embriagadora fragancia de jazmín.
Pero el angelito estorbaba.
Ver un camión de mudanzas delante de una casa de Zizkov era lo más común. A los habitantes de allí les gustaba cambiar de residencia. Se peleaban con los vecinos y en seguida se iban. O no se ponían de acuerdo con el propietario y a la semana siguiente aparecía delante del portal un camión enorme y torpe. Nosotros también nos habíamos mudado varias veces. No por esta clase de desacuerdos, sino para mejorar, un poco, y otras veces por el contrario, en busca de un piso más barato. Según las circunstancias de la vida. Durante varios años vivimos en una bonita casa nueva de la avenida Carlos, muy cerca de Sklenáfka, que así se denominaba el edificio de la esquina, con su torrecita visible desde todas partes. De hecho, nuestra casa estaba unida con aquel edificio, en cuya esquina había un restaurante. Era difícil encontrar lugares sin bares o restaurantes en Zizkov. En cada cuarta o quinta casa había alguno. En nuestras cercanías más próximas se encontraban cuatro cervecerías, dos hoteles y dos tabernas. A una de ellas solía ir en el pasado el poeta Jaroslav Vrchlicky. Sé por qué. Pero no lo diré.
Que la casa donde vivimos durante varios años era una de las mejores es evidente por el hecho de haber allí una charcutería. La tienda no era grande, pero nos perfumaba toda la casa. El olor nos golpeaba en la nariz incluso cuando caminábamos por la acera de enfrente y alguien abría la puerta. Yo inhalaba con placer aquel soplo de aire que surgía de la tienda. Era un cóctel exótico de toda clase de buenos olores mezclado de tal manera que formaba una atmósfera única y característica, común a las charcuterías de todos los tiempos. Así olían también las demás charcuterías. Yo lo sabía, aunque no las visitaba, eso no. Pero las miraba en todas partes. Es un perfume ahora ya irrepetible y perdido para siempre. No quiero ser un ensalzador de los tiempos pasados, pero lo busco en vano en las tiendas de hoy. Al mismo tiempo debo añadir, sin embargo, que entonces no había colas como hoy delante de los mostradores. Ni tampoco hay en las tiendas de ahora aquella especie de ambiente sagrado que caracterizaba a las tiendas de mi juventud. En las charcuterías uno se quitaba el sombrero al entrar, como se hacía en las farmacias, donde ahora la gente no se descubre hace tiempo. En las pastelerías también había un perfume especial. Cuanto mejor era el establecimiento, más fino era el olor. El de ahora es muy distinto. En cambio hay mucha gente, mucho barro, prisas y desorden. La poesía se ha esfumado.
Seguramente todo esto lo hacía el dinero, podríamos decir para simplificar el asunto.
En nuestra charcutería no comprábamos nada. Y cuando decíamos «ése compra en Kolman», que era el amo de la tienda, significaba que se trataba de un ciudadano más bien rico y dotado de un paladar de sibarita. Muy raramente, por lo general antes de las fiestas de Navidad, me mandaba mi madre allí en busca de alcaparras y anchoas. Kolman las tenía mejores que en otros sitios.
El amo solía estar delante de su tienda, tocado con el gorrito bajo y negro que llevaban los charcuteros y los dueños de las tiendas buenas, y sonreía amablemente a la vida y a la gente. La vida naturalmente sólo era nuestra calle. Yo saludaba con respeto a Kolman. Seguramente por una cierta consideración por los inaccesibles tesoros charcuteros que guardaba en su tienda y exhibía en el escaparate.
Cuando salía de mi casa no me olvidaba nunca de mirar el escaparate del señor Kolman. Cuando tenía tiempo y no me apresuraba camino del colegio o de otro sitio, me quedaba mirando bastante tiempo. Y una vez ocurrió algo muy excitante y memorable. El señor Kolman me saludó sonriendo, fue detrás del mostrador y, con la punta de un afilado cuchillo, me dio una rodaja de salchichón húngaro. Era la primera que comía en mi vida. Y como veis, todavía no lo he olvidado.
Casi cada día el señor Kolman arreglaba de forma distinta los tentadores productos de su escaparate. Levantaba el pesado cristal en su marco, lo aseguraba y movía con maestría sus raras golosinas. Igual que los pintores holandeses cuando se preparaban para pintar sus célebres naturalezas muertas. A cada momento salía del cristal para observar su creación desde más lejos.
En medio del escaparate solía haber un trdlovec monumental. Probablemente no sepáis lo que es eso. Ahora hay poca gente que lo sepa. Era una especie de pastel de charcutero. Nunca lo he visto en una pastelería, en cambio no había casi ninguna charcutería que no se enorgulleciera entonces con esa extraordinaria creación.
A primera vista, parecía una especie de tronco vacío. Su corteza formaba unos largos pinchos redondeados, dorados con azúcar enriquecido no sé con qué. Según yo observaba cuando cortaban el pastel, había varias capas de amasijo, unidas con pasta de almendras -entonces no me podía imaginar nada mejor- y de mermelada que se notaba muy poco. No sé cómo lo preparaban. Se cortaba desde arriba y se vendía a peso. Era muy caro. No tengo ni idea del gusto que tenía. Cuando el realizador Werich rodaba la película El panadero del emperador, buscó inútilmente a alguien que le pudiera preparar un trdlovec. Ya nadie lo sabía hacer. Al lado del orgulloso trdlovec me llamaban la atención unas pequeñas fuentes. En una de ellas había granitos negros de caviar y en la otra rodajas rosadas de salmón ahumado. Estas tres cosas pertenecían seguramente a la aristocracia del surtido de una charcutería. Estaban siempre en lugares destacados. Entre las grandes piezas expuestas llamaba la atención una barra de tamaño enorme de emmental. Me sonreía con sus agujeros grasosos y yo observaba cautelosamente cómo iba disminuyendo, porque el señor Kolman cortaba cada día un gran trozo que colocaba en la tienda, sobre el mostrador. Encima de la barra de queso suizo estaban atractivamente arreglados los demás quesos. Una bola roja de edam cortado, una barrita pequeña de roquefort mohoso, una caja abierta de camembert y un pastel de brie con regusto dulce. No os extrañéis de mis conocimientos. Cada queso tenía pinchado un rótulo en el que, con letra ornamental, el señor Kolman escribía todo lo necesario. En el fondo, en una barra metálica, colgaban los jamones, las negras anguilas ahumadas y los salchichones de todas clases. El húngaro, con su piel mohosa, el salchichón de Verona un poco arrugado, uno liso y gris de Milán, y otro negro, tirolés. Debajo de ellos estaba tumbada perezosamente una enorme mortadela, cuyo corte era una especie de sol que brillaba en el pequeño cielo de la charcutería. Éstos son, naturalmente, todos los embutidos que podía nombrar. Cada día estudiaba aquellos manjares y los conocía detalladamente. Incluso los precios. Sólo el sabor de todas aquellas cosas buenas era para mí, por desgracia, desconocido.
Entonces no me interesaban todavía las botellas de vino. Pero también llegué a conocerlas poco a poco. Y lo que aprendes de joven, siempre te sirve de mayor. Los caballeros de champán, rollizos de cuerpo, con su casco de papel dorado, estaban rodeados de bellezas del Rhin, mientras que los pobres vinos checos de Mélník, Ludmila y Tramín formaban un pequeño grupo como de servidumbre, y algunos de ellos incluso sostenían con la cabeza fuentes de cristal o de plata con ensaladillas de todas clases, bordadas de jamón rosado y adornadas con cuentas verdes de guisantes. Las preparaba el mismo señor Kolman en su cocina de la trastienda. Las fuentes del escaparate y de la tienda se vaciaban al atardecer.
Y casi lo olvidaba: a veces ondeaban en el escaparate orgullosos copetes gris-verdosos de piñas doradas. Y no hablo de las salchichas de Frankfurt amontonadas en un plato, de los embutidos y otras clases de géneros que llenaban el espacio que quedaba en el escaparate.
Mis padres compraban en la tienda de la señora Zvoníckova. Estaba delante de nuestra casa y sobre la acera tenía un barril abierto lleno de arenques cuyos ojos muertos y redondos me conmovían. El barril no estaba cubierto. ¡Es igual si el coche levantaba polvo! El señor Kolman también tenía un barril parecido y también estaba delante de la tienda, pero lo tapaba cuidadosamente con una tapa en que había una ventanilla de cristal. En su barril no había arenques sino anguilas italianas asadas con mantequilla, conservadas en escabeche, de Commocchio. A unos pasos de nuestra casa había la carnicería caballar del malhumorado señor Kovár, llena desde la mañana hasta la noche. En su escaparate había una gran pierna de caballo y sobre los palos colgaba un interminable salchichón rojo que producía fuerte olor a ahumado.
En todos los calendarios, en las paredes o sobre las mesas, corrían los años de la misma manera. Y luego vinieron los años malos, hambrientos, de la primera guerra. El señor Kolman cerró la tienda vacía, bajó la persiana metálica sobre el escaparate desierto y creo incluso que cambió sus tenazas de coger anguilas en escabeche y sus cuchillos afilados de cortar embutidos por un fusil y tuvo que ir a la guerra. Desapareció la belleza de su escaparate. Para siempre. ¡Pero no, no del todo! Alguien llevaba en la memoria su imagen. Era yo. Y hoy recuerdo todavía la belleza y el sabor de una rodaja de salchichón.
No mucho después de la guerra, a principios de los años veinte, me pidió el poeta S. K. Neumann que escribiera en la revista Proletkult unos versos para el 1 de mayo. Corrían mucha prisa. Los escribí en seguida. Neumann, mientras los estaba leyendo, dio unas fuertes chupadas a la pipa y sonrió maliciosamente. Yo sabía por qué. Pero los publicó. Los tituló «El día festivo». Y muy pronto aquello se convirtió en una gran vergüenza.
En los primeros versos del poema yo arreglaba las cuentas con nuestros burgueses. Y después, con los miembros de los dos partidos socialistas.
En aquella fecha pasaban por la plaza Václavské tres manifestaciones: la comunista, la socialdemócrata y la nacionalsocialista. Se trataba de demostrar quién era políticamente más fuerte. Al menos en Praga. Al día siguiente empezó en los diarios una polémica enconada sobre el número de manifestantes. Unas cifras eran las que facilitaba la policía, otras las que daba cada uno de los partidos. Naturalmente, nunca eran las mismas.
Y yo canté, alegremente:
Queremos un mundo nuevo, tal y como lo deseamos, porque la vida es bella y las flores huelen bien; la tierra respira una nueva alegría húmeda y nosotros los proletarios la añoramos.
Eso era pasable. No es que fuera algo nuevo, no era ni demasiado original ni hermoso, pero desde el punto de vista ideológico estaba bien y nadie se enfadaba. Lo peor era cuando llegaba cojeando, con una buena dosis de malicia, hasta el patético final:
Y el que pasa toda la vida en el ayuno, también quisiera, sin preocupaciones, sentarse tranquilo a la mesa llena de comida escuchando melodías tan bellas como el temblor de las alas de los ángeles.
Los versos malos también son versos, decía Jindfich Hofejsí. ¡Pero no hablemos por ahora de las cualidades musicales!
Según recuerdo, en aquellos años había en nuestro país escasez de comida. Sobre todo en mi casa. Mi padre estuvo parado durante bastante tiempo después de la guerra, así que las raciones en los platos no crecían. Esto me hizo cantar bajo el signo del materialismo más apegado en la tierra:
Nosotros también deseamos comer carne, y cenar ternera con su guarnición.
Hablando de estos versos quiero defenderme un poco y también recordar la amabilidad de Neumann. Este poeta tiene una pequeña parte de culpa, aunque muy pequeña e indirecta, de que hiciera estos versos. Era una buena persona y me parece que me tenía un cierto afecto. Al ver mi rostro demacrado de chico de la periferia, me llevaba algunas veces al restaurante Taverna, en el hotel Palace de la calle Jindfisská. Según me confesó, iba allí cuando tenía dinero. A Neumann le gustaba la carne de cordero, costumbre que adquirió durante la guerra, cuando servía en el frente sur. Pero lo que le encantaba era la carne de ternera muy tierna. Sobre todo los riñones de ternera. Y la rodilla de ternera. La comíamos juntos y había tanta que ni nos la podíamos acabar. Cuando la traían en una fuente, parecía algo colosal. Y acompañada con una ensaladilla, tenía un gusto estupendo. Estaba maravillado. Por entonces yo apreciaba muchísimo el sabor de estas comidas, hoy comunes.
Ahora llegamos a lo peor. Puse en el poema la mitad del escaparate del señor Kolman:
Etc., etc.
Bueno, y la catástrofe estaba montada. Primero se dejaron oír algunos lectores. Naturalmente sobre todo aquellos en cuyo nombre no había hablado. Entonces era muy joven y todos aquellos gritos me producían una alegría traviesa. ¡Qué interés; aunque fuese negativo! Epater le bourgeois, éste era uno de los lemas que más satisfacción me daba a la hora de ponerlo en práctica.
Pero los versos no sólo habían hecho enfadar a los burgueses. Bohumír Smeral, dirigente del partido comunista y redactor de Rudépravo, me llamó a la redacción y con amable firmeza me señaló que el poema era tonto y podía dañar la causa obrera. Yo ya empezaba a reconocerlo también. Pero era tarde. Puse «El día festivo» en mi segundo libro de poemas; prefiero no nombrarlo porque más tarde lo omití. El libro se estaba imprimiendo ya y no había nada que hacer.
Aquel romance de mayo no acabó de una manera divertida para mí. Los versos eran malos desde todos los puntos de vista. Yo ya me había dado cuenta. Pero la palabra pronunciada vuela mientras que la escrita queda. Y no se enrojece, según aprendíamos en clases de latín. Cuánto me hubiera gustado borrarlas del mapa. Por suerte, a causa de mi carácter algo despreocupado me salí de este asunto con el corazón libre.
A mi futura mujer le fue algo peor en su trabajo. En la oficina, tanto sus jefes como sus inferiores le tomaban el pelo recitándole aquellos versos.
No tengo mucho sentido para la historia de la literatura. Sin embargo, me parece que no estaría de más revivir algunas de estas voces y opiniones que han desaparecido hace tiempo, igual que los poco honrosos versos.
Cuando era estudiante me gustaba visitar la biblioteca del Museo para hojear allí la revista Moderní revue. Encontraba allí poemas de Bfezina, Neumann, Sova y Hlavácek. Leía polémicas que no entendía. Pero, después de la guerra, aquel periódico se situó muy a la derecha y muchos de los nombres sonoros abandonaron sus páginas. La primera persona que se dejó oír entonces fue un reaccionario intransigente, un estricto individualista, el crítico Arnost Procházka. Virgilio nos aconsejaba hablar siempre bien de los muertos, pero no me da la gana. Procházka era malvado, enemigo de todo lo progresista, propagador de una decadencia falsa y de la morbidez aristocrática. Con sus posturas reaccionarias no hacía más que crear mal humor.
Criticaba burlonamente una encuesta de la revista Most. La tercera pregunta de la encuesta la hacía explotar.
«La tercera pregunta -decía Arnost Procházka- es el colmo de la inmadurez ideológica de toda la encuesta. El nuevo arte tiene que ser de clase, proletario y comunista, según ha dictado uno de los jóvenes, jovencísimos "poetas". Por Dios, ¿es que los poetas se ejercitan masivamente, como los soldados? ¿Aprenden su oficio como los peluqueros? Preguntar una cosa parecida es grotesco y pedir esto a toda la generación sería absurdo. Sería el clericalismo más estúpido, el que conoce y reconoce únicamente su clase como correcta, la única iglesia del dios Proletario. A un poeta no se le puede prescribir o prohibir esta o aquella fuente de inspiración. Que se inspire en cualquier cosa, con la condición de que no escriba poemas a base de manifiestos ni programas de los partidos, sino que exprese de manera original sus propios pensamientos y emociones, no imitaciones, porquerías sacadas de todos los rincones, y que no obligue a los demás a que compartan sus opiniones y esperanzas. Haga lo que haga, cada poeta es, en el fondo, subjetivo. Algo así como poesía impersonal no existe; no existe el arte de masas. Ya el hecho mismo de que la gente joven pueda tomar en serio algo tan feo como es una dictadura del proletariado, el problema de clases o el comunismo, demuestra su bajo nivel intelectual.»
De esta forma seguía el crítico en su rabia desenfrenada, expresada en un checo aparatosamente estético, y después de citar con desdén dos poemas cortos de Hoffmeister, cerraba su ataque con la conclusión brutal:
«Además, un trozo de "poesía proletaria", unos versos que en la revista Proletkult había perpetrado Jaroslav Seifert.» Y aquí comenzaba una larga cita de «El día festivo», versos, la mayoría de los cuales ya había citado voluntaria y humildemente yo mismo. Y acababa patéticamente.
«Vaya gula: ¡tanto caviar! Y qué buen estómago revela esto. Pero aún mejor, directamente cementado de estupidez, tiene que ser el "estómago mental" que aguanta y digiere una poesía así.»
Mucho más tarde, de la revista Literární rozhledy llegó la voz tiernamente reprobadora, suave y amable, de Antonin Sova. Yo adoraba al poeta Sova. Me sentía agradablemente en la atmósfera de su poesía. Todos le querían. Especialmente Josef Hora. Nos conmovía asimismo su duro destino. Sova estuvo varias veces casi mortalmente herido. Su bella mujer abandonó al poeta enfermo, ya para siempre atado a su silla. Josef Hora contó su visita a Sova. El poeta le acogió con alegría, pero trató inútilmente de acercarse a él para recibirle. Dio dos o tres pasos tambaleantes, abrió los brazos y otra vez tuvo que dejarse caer en su silla. Sova se quedó solo con su hijo, que le fue fiel. Alguien nos enseñó la foto de su mujer. Era una señora verdaderamente hermosa y elegante. Probablemente se necesitarían un amor y una paciencia enormes para seguir siendo fiel al poeta. La vida jugó cruelmente en este matrimonio.
En un artículo que tituló «Al margen de la poesía social vieja y nueva», el poeta empieza a contar cómo, en los tiempos en que escribía sus Tristezas desahogadas, no pasaba una buena época.
«Experimentaba una especie de duro "vivir al día" proletario, con pocas alegrías y hambre frecuente.»
Cuando tenía que ir a un entierro o estaba invitado a una boda, algún amigo suyo más afortunado le tenía que dejar un abrigo negro. El mismo, cuando más tarde salió un poco de la pobreza, hacía el mismo favor a sus amigos. O sea, que desde siempre estaba en contacto con el destino de los oprimidos. También conoció las perspectivas de la vida de aquellos que tenían el poder y el dinero y oprimían. Este conocimiento le condujo a la búsqueda de una forma apropiada «para expresar los dolores comunes a toda la humanidad». Y éstas son Tristezas desahogadas. La generación joven -es decir, nosotros- no puede olvidar que su problema fue facilitado al haberse unido con los ideales del proletariado, de modo que, con la fuerza y el talento, podría crear un nuevo tipo de poesía social, más espiritual y más vital. Si la creación de los mayores es básicamente sentimental, sigue Sova, tendríamos que decir que la poesía de la generación joven, aparte de pequeñas excepciones, no ha dejado de serlo. ¿O es que aquellas protestas o descripciones llenas de detalles sibaritas de todas las buenas bebidas y comidas, de todos los placeres de los burgueses, aquella carrera detrás del dólar, aquel huir de la miseria en los bares con un conjunto de jazz que grita, aquel odio a la explotación de las fábricas, es que todo esto no son únicamente retos sentimentalmente expresados para no poder cumplir las obligaciones con la amplia sociedad en general? Mientras la humanidad se esté regenerando y hasta que el proceso odioso no acabe en la satisfacción de la clase oprimida, hasta entonces no puede surgir la ansiada poesía que cante lo positivo del trabajo común.
Básicamente era esto lo que Sova comentó ex post al margen de mis versos. ¿Pero cómo podíamos estar de acuerdo con el gran y estimado poeta si nuestras opiniones, tal como en seguida sabréis por una cita de Teige, estaban formuladas con bastante exactitud contra los burgueses, una clase con la que no queríamos unirnos de ninguna manera en un «trabajo común», pero a la que queríamos descuajar? Hasta entonces, no reconocíamos más que una poesía atacante, combativa, una literatura proletaria.
De las voces literarias más importantes que comentaron mi poema y sus torpes versos, dejo para el final la de S. K. Neumann. A este poeta no le alborotaron tanto los versos impertinentes que, de hecho, él mismo había publicado, sino el epílogo de Teige que cerraba el libro.
En él, Teige había hecho un gesto demasiado amplio y sobrevalorado la posición de la joven generación que venía de la colección misma. En el epílogo del libro se escribe:
«Nada más que el amor (así se llamaba el libro) no tiene tradiciones aparte de la suya propia y aquella que de hecho es la atmósfera de la juventud y la revolución de hoy. Temáticamente se mueve en el universo proletario. De él extrae el nuevo espíritu creativo y un nuevo valor. Sí, un nuevo valor. Canta el anhelo que de él surge. Destruye las ilusiones falsas sobre un obrero. Quita el mísero nimbo mártir-político que le habían adjudicado los burgueses y los poetas socialistas falsos. Lo muestra en la verdadera luz. Canta sus más primitivos sueños físicos, la ambrosía y el néctar sagrados en todas las apariencias mundanas.»
Es evidente que Teige, un espíritu más tarde intransigentemente crítico, sobrevaloró mis poemas bajo bandera roja en Nada más que el amor. Y Neumann, que entonces ya observó en Teige su futuro polemizador y obstinado, intentó arreglar las cuentas con él en su largo estudio El arte proletario. En el capítulo dedicado a mis primeros libros expresó claramente su decepción ante mi nueva poesía. Creía que después del primer libro, Ciudad en lágrimas, su autor iría más lejos. Según él, Seifert evolucionaba hacia una poesía primitiva sobre temas de placeres vulgares. Y Neumann sigue: «Si el epílogo del libro considera este poema como un "nuevo valor" que destruye las ideas falsas sobre el obrero, entonces no se puede tratar de nada más que de falta de educación sobre la cual será mejor callar para no perjudicar a otra gente joven.»
Hasta aquí Neumann y su comentario sobre mis versos.
Y con esto podría acabar. Pero se necesitan algunas palabras más para acabar esta historia de mayo, demasiado larga, en su punto justo.
En Literdrní noviny que había salido a mediados de octubre de 1928, Josef Hora publicó una interesante conversación con el poeta Ivan Olbracht. Entre otras cosas, Hora comentaba a Olbracht: «Algunas veces los artistas de origen proletario escriben una literatura burguesa y de lujo.»
Y Olbratch decía: «Es verdad. La gente no vive siempre a través de la vida y los objetivos de la clase de que surge, pero eso también podría ser una reacción psicológica: vives en la miseria, sueñas con el lujo. La literatura erótica más apasionada la escribe gente sexualmente hambrienta y sueñas con los más refinados banquetes si te acuestas sin haber cenado. De la misma manera, para mí todo fue claro en cuanto al conocido poema gastronómico de Seifert, que en su época causó sensación. Hoy en día el chaval ya puede permitirse el lujo de comer todo el queso emmental que le dé la gana, y también el vino. Por lo tanto es difícil que los montones de queso vuelvan a aparecer en sus poemas, y el vino sólo surgirá como metáfora.»
Después de más de medio siglo, sonó la última voz. Fue en la pluma de un joven historiador de Moravia. Escribió unas cuantas líneas no sé dónde, y allí vuelve a este asunto:
«Para la comprensión de la revolución por parte de Seifert es especialmente característico el poema "El día festivo". Hasta hace poco ha sido interpretado como las ansias de un poeta proletario por los placeres burgueses. En realidad se trata de una sincera manifestación de la juventud sana, a la que no le bastan las promesas y las remisiones al pasado, sobre una actitud muy diferente hacia el mundo que la que representaba la antigua poesía social, que no expresaba más que la compasión con el pobre.»
Lo escribió Jifí Rambousek y confío en que ésta sea la última voz que comenta aquellos versos malos y desafortunados.
Pero, en fin. Los franceses dicen: ¡Tanto gritar por una crepel Y yo podría decir: ¡Tanto hablar por una rodaja de salchichón húngaro!
En la época en que los escritores checos vagaban como huérfanos por los prados de su patria, y en que sólo estaban organizados en el Sindicato de los Escritores Checos, y en que esta organización era poco definida y estaba alejada de cualquier acción combativa, los escritores eslovacos proyectaron un congreso, siguiendo el modelo soviético, Trencianské Teplice, para proclamar su programa artístico-político, su unidad y, finalmente, su pertenencia sindical. Seguramente, en Bohemia nos retrasamos en este aspecto. Al congreso fueron invitados también algunos autores checos. Yo estaba entre ellos y fui con gusto. Conocía al poeta eslovaco Laco Novomesky, éramos amigos y nos queríamos.
La escritora eslovaca Zuzka Zguriska escribió luego sobre este congreso y sobre nuestra visita en sus memorias A través del precipicio de los años:
«En el año 1936, a finales de mayo, se organizó en la ciudad de Trencianské Teplice el primer congreso de los escritores eslovacos. Y allí nos encontramos por primera vez oficialmente con nuestros hermanos checos, con sus escritores. De los amigos eslovacos acudieron todos, desde los mayores -Gregor Tajovsky, Janko Jesensky y Vavro Strobár- hasta el entonces muy joven Janko Kostra…
»Janko vino vestido de uniforme. Estaba cumpliendo el servicio militar. Se sentó al lado de Seifert y escuchó con interés sus palabras sobre la poesía eslovaca.
»La tertulia de la noche, tomando una copa, era muy alegre. Yo veía a la mayoría de escritores checos por primera vez, pero me hice amiga de ellos en seguida. Marie Majerova también llegó a ser amiga mía. Le gustó mi seudónimo. Lo pronunciaba con dulzura, y cada vez que lo repetía me decía lo bien que sonaba. Jaroslav Seifert deslumhró a todo el mundo con su cordialidad y su gracia. Las copas sonaban, el vino brillaba y los ojos de todos nosotros resplandecían con la alegría de aquel cordial encuentro con nuestros escritores hermanos…» Etc.
Desde los tiempos de aquella juventud desenfrenada han pasado casi cuarenta años. Cuando uno se hace viejo, decide que tiene que ordenar sus cosas personales. Por ejemplo, la correspondencia. Pero aún no tengo valor. La tengo muy desordenada y me digo, para tener una excusa, que me queda mucho tiempo.
Entonces me dediqué a arreglar fotografías. Tengo unas cuantas. Las guardé durante mucho tiempo en cajas de bombones, que conseguía de cualquier forma. Pero en los últimos años me las traen mis dos nietas. Vacías, para ellas, no tienen valor. Y así ocurrió que en una de estas cajas, con una inscripción dorada, «Postre Marysa», encontré incluso una de las fotos de Trencianské Teplice. En ella estamos todos los que habíamos asistido al congreso literario.
Marie Majerova, con la señora Jirina Koptova, que vino con su marido, me llevaron frente al objetivo cogido del brazo. Y de esta forma llegué a encontrarme, contra mi voluntad, en el centro de la fotografía, donde tenían que estar sólo ellas con la señora Tilschova. En la solapa de la americana llevo una margarita y tengo aspecto de ser feliz. ¿Y cómo no iba a serlo si estaba en compañía de dos mujeres tan bonitas? En este momento, todos sonreían. Seguramente nos encontrábamos muy bien.
Las dos bellas mujeres ya han desaparecido. Marie Majerova murió hace poco. Durante mucho tiempo luchó con el tiempo y con la vejez. Hasta sus últimos días se rizó el pelo sobre la frente.
Josef Kopta también falleció. ¡Y no tenía ganas! Detrás de él, con un monóculo, está Hanus Jelínek, un guapetón que hacía la corte a ambas mujeres. El también está ya en el cementerio de Vysehrad y, si pudiese, miraría las alas del genio que está sentado sobre la tumba en el cercano cementerio de Slavín. Su vecina de entonces, la señora Tilschova, también ha muerto ya hace tiempo. El poeta Petr Kficka, autor de la hermosa Medynie Glogowskd, se fue en los años tempestuosos de los cuarenta, silenciosamente, como de puntillas. Ya ni recuerdo cómo. Josef Hora no disfrutó mucho tiempo del sabroso aire de la libertad y murió en junio de 1945. Y finalmente B. M. Klika dejó asimismo a sus infieles bailarinas del Teatro Nacional, que amó con tanta insistencia y tan en vano. A todas al mismo tiempo.
Cuando me miro a mí mismo en esta fotografía, me resuena en los oídos aquella frase estereotipada del teléfono: No cuelgue por favor, llegará su turno.
Ya no camino de prisa por la calle. Tengo la impresión de que, a la vuelta de la esquina, me esperan todos, escondidos.
Que me disculpen los colegas eslovacos, pero ya no me acuerdo de todo lo que estuvimos diciendo y de lo que pasó en el congreso. Pero, si me acuerdo de algo, es de la sonrisa en el rostro de Betka Ponicanova, una guapa chica que no dejaba de invitarme cordialmente a su mesa. Los eslovacos son mucho más afectuosos. Hasta hoy me da lástima. ¡A ver qué hace ahora!
En cambio, se sentó con nosotros el joven sacerdote y poeta eslovaco Rudolf Dilong. Era un fraile de la orden de los franciscanos. Y poeta surrealista. No sé cómo es posible esta combinación. Llegó al congreso en su motocicleta. Era tan natural que sorprendía. Pero se avino bien con el conjunto. El poeta Boleslav Lukác nos tomaba el pelo: decía que nos dejábamos hechizar por su hábito de monje y añadía que nos ganaría incluso un limpiachimeneas si alguien lo hubiera traído. Pero no tenía razón.
Dilong era un hombre animado y temperamental que hablaba con sinceridad, tenía muchas ideas y sabía contar anécdotas. Sus ojos no dejaron en paz a ningún rostro de chica de las allí presentes. Nos hicimos amigos íntimos y cordiales.
En la madrugada se levantó de la mesa, encendió en la puerta un cigarrillo, se arremangó la sotana y saltó sobre la moto. Se fue a una cercana iglesia a decir misa. Invitado por él, fui también a la iglesia. Con toda la humildad franciscana estaba arrodillado delante del altar, y la boca que hacía sólo un momento estaba cantando canciones de amor eslovacas, invocaba a Dios y oficiaba la misa con toda gravedad.
Al día siguiente, después del congreso, todos volvimos a nuestra casa. Yo fui con Hora a Bratislava. Él hacía trámites allí para su redacción.
Me es bastante difícil pasar por aquella ciudad sin detenerme en alguna de sus pequeñas tabernas, donde siempre se encuentra a alguien conocido. Estuvimos a punto de irnos a dormir, porque teníamos que salir muy temprano hacia Praga, pero alguien le aconsejó a Hora que visitásemos al menos por un momento un bar nocturno de Bratislava que estaba situado cerca de nuestro hotel, en una callejuela al lado del muelle. Allí hay un bello trozo de la Viena nocturna, ciudad que está a un par de horas de Bratislava.
Encontramos la casa con bastante dificultad. Se bajaba al bar por la escalera del sótano. Pero, en aquella época, valía la pena. Para un visitante de hoy, y sobre todo para el que ha conocido los países occidentales, ya no sería tan emocionante.
La sala, espaciosa y elegante, estaba dividida en pequeños departamentos medio cerrados. Desde la entrada nos sorprendió un agradable rumor de música gitana y un ligero perfume. Sobre las alfombras persas se movían silenciosamente cuatro chicas. Dos de ellas parecían húngaras. Eran morenas y abrían a los clientes sus grandes ojos negros enmarcados por largas pestañas. Las demás, como nos dimos cuenta al cabo de un instante, eran de Viena. Todas llevaban faldas largas hasta los pies y se movían entre las mesitas con sus zapatos elegantes. La parte superior de su cuerpo sólo estaba cubierta por un collarcito de perlas o una fina cadenita con una crucecita de oro. Y con un ligero perfume de muguete y de cuerpo joven. Repartían cigarrillos y bebidas en unas bandejas brillantes, eran amables y simpáticas y tenían una expresión tan natural como si estuvieran tapadas hasta el cuello.
Apenas nos sentamos, me dijo Hora:
– Lástima que tu franciscano no esté aquí con nosotros. Con su sotana, causaría sensación.
Dilong me escribió a Praga tres o cuatro veces. También me envió sus libros. Luego se sumió en el silencio.
Hasta cierto día. Estábamos en casa cuando alguien llamó a la puerta de una manera más bien tímida. Mi mujer se apresuró a abrir. Era una chica muy jovencita, con un niño en los brazos, envuelto en una manta. La invitamos a entrar, un poco sorprendidos, pero, todavía en la puerta, nos dijo:
– Soy la prometida de Rudolf y he venido a verlo. Me escribió que estaba con ustedes.
Lloró amargamente y nosotros sentimos mucha pena por ella.
Al cabo de algún tiempo me encontré otra vez en Bratislava, en una reunión de la editorial Druzstevní práce. En el restaurante Grandhotel topé con el amable Boleslav Lukác. Con amistosa malicia, me anunció que Dilong, antes del nacimiento de su hijo, levantó el vuelo y se fue a algún lugar de América del Sur. Y allí desapareció.
O, según dicen en América, se cayó en un agujero de queso emmental.
Se casó el poeta Halas, hubo muchas celebraciones y el joven matrimonio de Frantisek y Libuska Halas por fin se reunió. Halas escribió más de novecientas cartas amorosas a su novia. Era un gran amor. ¡Las cartas están aquí! El matrimonio encontró una casa modesta, pero acogedora, en el barrio de Vinohrady, en la calle Koufimská; y el joven arquitecto Heythum les diseñó un interior moderno. La biblioteca ocupaba una gran parte de la pared de la sala donde nos solíamos sentar.
El matrimonio Halas era generoso y su puerta estaba siempre abierta de par en par. Cada día venía alguien, a veces nos juntábamos cinco o seis. Dos visitantes acudían con frecuencia: el dibujante Frantisek Bidlo y el poeta Josef Palivec. El primero vivía cerca de ellos, en Vinohrady, y el otro a la vuelta de la esquina.
Halas tuvo que aguantar mucho de sus invitados por culpa de su sillón de poeta. Con buena intención, el arquitecto le diseñó un sillón moderno y cómodo que llamó «de poeta», porque en el respaldo de los brazos había fijada una tablita blanca de cristal y al lado un lápiz. Según el arquitecto, Halas tenía que sentarse en el sillón, pensar en el poema y en seguida apuntar cómodamente la idea del momento y el verso. Según me acuerdo, Halas nunca se sentaba en su sillón de poeta. Al menos no lo hacía delante de nosotros. Le disgustaba el sinnúmero de chistes con que los invitados solían agasajarle.
Y no sólo los invitados. La noticia del sillón de poeta llegó al público y el sillón se convirtió en un término de burla. Halas lo aguantaba a duras penas.
En cambio, Frantisek Bidlo, amigo íntimo de Halas, se sentaba con predilección y elegancia natural en el sillón. Sus palabras solían ser bastante venenosas, pero Halas quería sinceramente a Bidlo y le disculpaba con generosidad. Bidlo dibujaba a menudo a Halas; y sus dibujos, sobre todo los que había hecho sólo en presencia de los de la casa, no eran nada amables.
¡Pero es que Bidlo era así!
– Tiene la nariz respingona -decía de Halas-, y es fácil pintarlo.
Y también le gustaba dibujar a su mujer Bunka. Bunka le decían desde que era niña y ya nadie se sorprendía por ese apodo grotesco [Significa célula]. Cuando Bidlo quería hacer enfandar a Halas, la dibujaba por ejemplo en el cuarto de baño besándose con uno de sus amigos. Pero cuando ella misma se molestaba porque Halas había abierto unas cuantas botellas de vino, la dibujaba empinando el codo.
Eran bromas inocentes y, a pesar de las protestas de Halas, Bidlo rompía sus dibujos alegremente. Tenía un sinfín de ideas graciosas y alegres. Y a veces también bastante maliciosas.
Sentado en el sillón de poeta no se quedaba tranquilo. Sobre la tablita de cristal seguía dibujando, de costumbre a las personas presentes o a aquellas a las que en aquel momento estuviésemos poniendo verdes. Era una lástima que todos aquellos dibujos se borraran en seguida. Los acompañaba con palabras venenosas y no se salvaba nadie. No dejaba la boca tranquila, decía Halas.
Así, por ejemplo, una vez fuimos a casa de los Halas cuando en la plaza Václavské subió en el tranvía una mujer joven y bonita. Tenía alegría en los ojos. Bidlo la dejó sentarse en seguida. Lo tuve que pagar bastante caro. De pie frente a ella, Bidlo no tardó en hacerle la corte. Por suerte, ella se lo tomaba a broma y contestaba riendo. Pero cuando Bidlo se brindó a acompañarla a su casa, le aclaró ya medio en serio, que estaba casada y que en casa la esperaba su marido. Bidlo dijo tranquilamente que no importaba.
– Le diremos que hoy se acueste en el sofá.
Se echó a reír tanto que le salieron lágrimas en los ojos. En la próxima parada bajaba toda roja y Bidlo le hizo señales de despedida con la mano.
Halas le solía decir:
– ¡Tu lengua larga te causará un día una desgracia!
¡Nadie sospechaba de qué manera tan cruel llegarían a ser realidad estas palabras!
Por lo demás, Bidlo era un buen amigo e intentaba no hacer mal a nadie de nosotros, a pesar de su malicia venenosa. Durante mucho tiempo estuvimos recordando su visita a nuestra casa de Bfeznov.
Poco tiempo después de la ocupación alemana, se empezó a sentir un malestar incluso en cuanto a la nutrición. Los alimentos disminuían. Cuando nos regalaban una oca del campo, nos poníamos muy contentos. Habría sido difícil sacar a Bidlo fuera de sus lugares habituales si no hubiera existido la oca. Comía a gusto y con muchas ganas. Era un placer verle cuando saboreaba la comida. Después de comer, los niños le trajeron un papel y un lápiz para que les dibujara algo. Curiosamente cogió el lápiz e hizo unos veinte puntos sobre el papel.
– Son granitos de amapola -dijo con toda seriedad. Luego hizo unos cuantos semicírculos e indicó que era comino. De la misma forma pintó pimienta molida y paprika. Y al final les dio una hoja vacía y les dijo que en ella había pintado una nada y que era su mejor pintura. Pero tan pronto como se dio cuenta de la decepción de los niños, cogió el lápiz y con unas líneas magistrales dibujó un elefante que ponía la punta de la trompa en el agujero redondo de un barril. Era un elefante que bebía únicamente cerveza de Pilsen. Después añadió un tigre alegre que disfrutaba comiendo una salchicha de Frankfurt con mostaza. Al final dibujó su cara haciendo una horrible mueca.
Decía que afilaba su lápiz con una bayoneta que limpiaba semanalmente con veneno. Por eso, según él, sus dibujos eran tan agudos y venenosos. Tenía unos ojos extremadamente atentos. Bastaba un vistazo rápido para que encontrase en el rostro humano algo característico y lo transformase en soberbio dibujo grotesco.
Durante la ocupación nazi, íbamos cada viernes al selfservice situado enfrente del Palacio ferial. El restaurante estaba unido con una carnicería, cuyo amo nos vendía un trozo de carne sin cupones de racionamiento.
Bidlo no tenía dónde publicar sus dibujos durante la guerra. Los amigos se los compraban, sobre todo cuando ellos eran el objeto dibujado. Se encontraron unos cuantos compradores incluso en el restaurante, donde había una sociedad de lo más diverso. Había cantantes y actores de los teatros pragueses. Venía Jifí Plachy, el escultor Jindnch Wielgus, que tenía su estudio a unos cuantos pasos de allí; las actrices de cine, algunas de ellas con mala fama, como por ejemplo Adina Mandlova, una belleza con la conciencia sucia. Algunas veces vino el poeta Nezval. Y muchos artistas, más o menos conocidos. Bidlo venía a menudo. Decía que en su casa hacía frío. En el invierno quemaba papeles estropeados que mojaba en el agua, luego los arrugaba en pequeñas bolas y las secaba. Afirmaba que ardían como carbón, pero que tenía pocas.
Algunas veces salíamos del restaurante e íbamos a otro sitio en donde nos enterábamos de que tenían vino. De esta manera nos encontramos una vez, Palivec y yo, en un pequeño bar perdido en la avenida Veletrzní; allí tenían vino. Apenas nos sentamos, entró un joven oficial de las SS, tan borracho que no podía ni caminar. Bidlo lo observó y tranquilamente se sentó a su lado. Y en seguida empezó a hablarle. No oímos todo lo que le dijo, pero estuvimos muertos de miedo. Nos enteramos de ello más tarde, a través de Bidlo. El alemán estaba sentado y Bidlo no dejaba de hablarle. Esperábamos que se levantase y detuviera a Bidlo. Pero no pasó nada de eso; al contrario, parecía que el alemán escuchaba atentamente.
En primer lugar, Bidlo le pintó con negros colores el triste futuro que le esperaba. No le dejarían estar mucho tiempo en Praga. Iría al frente oriental, donde estaba el infierno. Las bombas rusas eran terroríficas. Quemaban todo lo vivo. Moriría antes de darse cuenta y su anciana madre esperaría en vano en Berlín una carta. No llegaría. Y cuando le anunciasen su muerte, la madre lloraría desconsoladamente y al final moriría de dolor. El alemán no pudo resistir una descripción tan conmovedora. Empezó a temblar y le cayeron unas lágrimas sobre su negro uniforme de muerte.
Luego, Bidlo se vanagloriaba de su hazaña. Decía que era el único checoslovaco que había hecho llorar a un oficial de las SS. Recordé las palabras de Halas. El alemán, tambaleando, salió; a nosotros se nos quitó un gran peso de encima y Bidlo sonreía con satisfacción.
Durante la guerra desaparecieron de las tiendas la cerveza y el vino. Lo que vendían no se podía beber. Naturalmente, desapareció también el alcohol casero. Durante la Primera Guerra Mundial la gente preparaba en casa cerveza negra. Era horrible. En la segunda guerra se fabricaba aguardiente. Mucha gente fabricaba sus propios instrumentos. Bidlo también consiguió un ingenioso aparato de cobre y cristal. En la olla de cobre se quemaba todo: fruta estropeada con azúcar, melaza sucia, miel, viejas mermeladas. Los tubos de cristal con vapores de alcohol se enfriaban en un lavadero con agua fría. Por eso el aguardiente fabricado en casa se llamaba «lavadera».
Después de la primera quemada goteaba una especie de líquido sucio que se tenía que volver a quemar. Los bebedores más exquisitos lo quemaban incluso dos veces, sabiendo que no habría más que la mitad de aguardiente.
Bidlo tenía su aparato en casa de sus amigos en la misma calle donde residía Halas. Vivía con su madre en un pequeño piso con balcones interiores y pronto lo supo todo el edificio. La fabricación de aguardiente estaba entonces rigurosamente prohibida. Preparando bebidas, Bidlo llegó a una cierta perfección. El gasto era soportable. No obstante, cuando llevaba las botellas a casa de Halas, Bunka se enfadaba de verdad. Si la bebida no era todo lo sabrosa que podría ser, su efecto, en cambio, era muy fuerte. Como castigo, Bidlo pintó a Bunka vestida sólo con medias bebiendo el producto del dibujante en una jarra.
Lástima, las palabras de Halas se cumplieron. Antes del final de la guerra, cuando ya no cabía duda ninguna de su resultado, Bidlo contaba en el restaurante U Procházkü, en lo que hoy se llama plaza Mírové, lo que pasaría con Hitler al acabar la guerra. Uno de los presentes era espía y a mediados de enero se llevaron a Bidlo a la Gestapo. Ya no volvió y nunca más le hemos vuelto a ver.
Le llevaron a Terezín. Al final mismo de la guerra enfermó de tifus y difteria. Cuando seleccionaban a los presos enfermos para eliminarlos, Frantisek Bidlo intentaba con todas sus fuerzas levantarse de su tabla y fingir que estaba sano. Han sobrevivido testigos que vieron aquella desesperada lucha por la vida.
El hermano de Bidlo, un alto oficial del ministerio de transportes, consiguió de la Gestapo en los últimos días el poder transferir a su hermano enfermo al hospital pragués de Bulovka. No sé cómo lo logró. Todavía vivo, se lo llevó al doctor Markalous, al hospital, donde Bidlo murió el 9 de mayo, un precioso día de primavera, el mismo día en que el ejército soviético llegaba a Praga y la ciudad estaba eufórica.
Después de la guerra, Halas se mudó a un piso un poco más espacioso del barrio residencial de Dejvice. Allí de nuevo siguieron visitándole sus numerosos amigos. Nos sentamos en una sala cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías de libros. Al lado de una de las paredes estaba el sillón de poeta. Ya nadie se sentaba en él.
Una vez, cuando estábamos solos con Halas y la inapreciable Bunka traía café, Halas miró hacia el sillón vacío y, con una voz que no lograba ocultar las lágrimas, se lamentó:
– ¡Lo mató su lengua demasiado larga!
En los últimos años de su larga y rica vida, Karel Horky residió en el antiguo barrio de Praga, Staré Mésto, en la calle Havelská, muy cerca de la antiquísima iglesia de San Havel. Cada vez que pasaba por allí y tenía tiempo, me detenía un momento en la iglesia. A causa de un pequeño recuerdo sentimental.
En la oscura iglesia, hoy casi desierta, al lado mismo de la entrada, a la derecha, hay un pequeño altar con una estatua, blanca en su tiempo y hoy cubierta de polvo, de la Vir gen de Lourdes con un rosario en la mano. La conozco bien y ahora explicaré por qué.
En la avenida Národní, no sé exactamente dónde, había tenido su tienda de pianos la señora Benesova-Machainova, una mujer extraordinariamente piadosa. Al volver una vez de Lourdes trajo a Praga la estatua de la Virgen y la dedicó a esta iglesia ahora apacible, pero bastante tormentosa en otros tiempos. Durante tantos siglos pueden ocurrir muchas cosas. Ahora está tranquila, silenciosa y llena de melancolía. Incluso está cerrada la mayor parte del día. Es que habían robado allí los paños y los candelabros del altar, según me explicó una señora mayor que vendía velas.
Cuando trajeron esta estatua de la Virgen a la iglesia para ponerla sobre el altar y bendecirla, las campanas repicaban y yo estaba allí.
No tenía más de trece años. Y estaba con mi madre. Ya ni me acuerdo cómo llegó a Zizkov la noticia de la celebración. Fuimos allí acompañados de la señora Ruzickova, de la calle Dalimilova, con quien mi madre mantenía una antigua amistad. La señora Ruzickova tenía una hija, Helenka, a la que llevó consigo para formar parte de la muchedumbre de congregantes que estaban esperando delante de la iglesia. Helenka tenía un año más que yo y aquel día estaba especialmente bonita. La celebración fue muy hermosa, eso es cierto. En principio, yo no sabía dónde mirar, pero ya que Helenka me gustaba, la miraba a ella. Su rostro, con las trenzas negras en las sienes, parecía volar entre las nubes del incienso.
Yo llevaba en la solapa de la americana una ramita de romero con una cinta blanca. Igual que un novio. Nunca he sabido por qué. La madre de Helenka vigilaba a la hija con mucho cuidado. No le quitó la vista de encima ni durante la ceremonia religiosa. No porque estuviera preocupada por ella, sino, probablemente, porque también le gustaba. Estaba realmente guapa.
Una sola vez conseguí llevar a Helenka fuera de las calles de Zizkov. Nos fuimos a Praga. Pero no caminamos juntos hasta después de la estación del tren, porque teníamos miedo de ser vistos por alguien de Zizkov. Pero ya que no estábamos seguros ni en las calles de Praga, nos refugiamos en la iglesia de San Havel, escondiéndonos al lado de la Virgen. La iglesia estaba casi vacía; sólo en el otro extremo dormía una anciana al lado de un estante con velas. Nos cogimos de las manos, y cuando nos aseguramos de que no había nadie, silenciosamente, nos besamos. Fue al principio del verano y la iglesia estaba repleta de un embriagador aroma de lirios marchitos.
¿Pensáis que era un pecado? ¿Que era una profanación de un lugar sagrado? Nada de eso. Estábamos rezando al mismo tiempo. Hasta la Biblia dice:
Sí, así es. Y he de sonreír recordando esto. ¡Con qué timidez le acariciaba la mano!
Helenka murió muy jovencita. En Zizkov hubo en cierto tiempo una epidemia de difteria. Yo la cogí también, pero me curé bastante pronto. Helenka murió.
Me he olvidado de ella como suele ocurrir cuando se es joven: rápidamente. ¡Pero hoy la recuerdo! Y la recordé siempre que iba a casa de los Horky. Era difícil no recordarla en aquellos lugares.
A Karel Horky le quería desde que era estudiante. Ya no me acuerdo qué era lo que más nos fascinaba de él. Probablemente fue su libro de lecturas que había encontrado en alguna parte el escritor, contemporáneo mío, Frantisek Némek. Lo leíamos con pasión. La admiración hacia Horky no nos abandonó ni cuando empezamos a leer autores como Gellner y S. K. Neumann. En él veíamos a un escritor valiente, libre e inconformista que no tenía miedo a decir lo que pensaba.
Después de varios años, cuando yo ya había publicado más de un libro y me podía considerar escritor, conocí a Horky. Estaba sentado en el café Slávie, leyendo el diario, cuando se paró ante mi mesa un hombre ya mayor, de aspecto agradable, de ojos inteligentes y melena canosa. Me miró afectuosamente:
– ¿Verdad que es usted Seifert? Yo soy Karel Horky.
Entonces nos hicimos amigos y de vez en cuando nos veíamos. Horky era una persona animada, con una enorme curiosidad, tal como solían serlo los periodistas buenos. Como autor de folletines yo le había situado desde hacía tiempo entre Jan Neruda y Karel Capek, dos maestros de este género. La vida no le dejaba descansar y el no dejaba descansar a la vida. Era impulsivo, rápido y atento, estaba en todas partes y sabía escribir muchas cosas. En su juventud todavía no se había inventado el reportaje, todo tenía que caber en la forma de folletín. Y le cabía. Sabía ser sinceramente humano y poéticamente cálido y convincente. Sabía hablar al corazón, como suele decirse, y al mismo tiempo mantenía un tono bastante elevado. De sus libros me interesó el primer tomo de sus memorias. El otro no lo conozco. Se llamaba La pipa de la paz. Era un libro animado y gracioso, contado con placer y, por ello, cautivador. Se trataba de un amplio fragmento de la vida literaria checa, no del todo desconocido, pero descrito de manera nueva, con humor y gracia. Es una lectura maravillosa para esos momentos en que las historias novelescas nos dejan de interesar. El libro salió, pero en seguida lo prohibieron. Sólo se salvó un ejemplar, quizás dos. No se prohibió por su contenido, sino a causa del nombre del autor. Porque Horky, en sus años jóvenes, estuvo alguna vez en la derecha de nuestra vida política. Así, por ejemplo, defendió a su suegro Dürich contra Masaryk, aunque hay que reconocer que nunca había sobrepasado la medida del buen gusto. Pero aquello le marcó para siempre, a pesar de que más tarde consiguió la simpatía de la gente con su postura tranquila e inteligente. Así lo demuestra su continua relación con gente del campo opuesto. Era un adversario, no un enemigo.
Cuando Horky cumplió setenta y cinco años, fui a felicitarle. Y le escribí una felicitación en verso. Bueno, no era exactamente una felicitación.
En uno de sus viajes por el mundo, de joven, Horky estuvo en Lourdes, donde hay un manantial milagroso. Estuvo allí siete días, lo observó todo a fondo y publicó a la vuelta un librito basado en su visita: Siete días en Lourdes. Lo escribió con rabia, con una brutalidad juvenil. Profanó la visión de la pequeña Bernardette Soubirous y también la de la que se le apareció. El librito alborotó a los católicos checos:
Por aquí pasó un poeta pecaminoso, así lo dice el librito.
Luego me dirigía con un ruego a la Virgen de Lourdes, cuya cueva sagrada atacó Horky con tanta intransigencia:
A ti seguro te importó poco y la vida siguió. Y como una burla, tu bella figura de San Havel como si mirara dentro de su casa.
De niño llevé tu imagen a esa iglesia, mirando las velas. Fue entonces cuando me enamoré en las trenzas negras de una chica.
Por eso vuelvo siempre a tu templo en el umbral de la vejez. Tu mirada sigue siendo tan bonita como lo era hace años.
Después, con una dosis de ironía, le pedía a la Virgen que perdonase al viejo poeta y que le concediese al menos otros veinte años de vida. Tenía muchos proyectos y muchas ideas; pero, en vez de la pluma, tenía que coger una bolsa de compras y buscar, como fue el destino de todos nosotros en aquellos días, algo de comer para su numerosa familia:
Para la leche y la carne hace cola, buscar víveres es su tarea. Adiós, Virgen, y te agradezco tu afán de cumplir mi ruego.
Unos días más tarde, Horky me visitó en mi casa. Solía venir a mi barrio para pasear por el jardín del convento de Santa Margarita.
Horky se lamentaba de que la gente se olvidase de aquel bello jardín donde había paseado ya el poeta Zeyer. El gran invernáculo barroco se estaba derrumbando, el antiguo octógono estaba todo empapado del agua inferior y tuvieron que cerrar el pozo Vojtéska porque las lavanderas del barrio venían a lavar allí la ropa. Los verdes túneles de los árboles se estaban secando y, finalmente, el precioso reloj de sol del césped estaba lleno de malas hierbas.
– Si fuera más joven -decía Horky-, tal vez encontrara una cierta belleza en este proceso de la muerte de un jardín. Pero cuando se es mayor, eso te oprime y te pone melancólico.
Había recibido de mis amigos una caja de puros de mucho valor y se la ofrecí a Horky, Le gustaba fumar puros.
Cuando encendió uno de ellos y el humo perfumado nos envolvió en su olor único y especial, se dirigió a mí sonriendo.
– Le estoy hablando de un viejo jardín, ¡pero de hecho le quiero decir otra cosa! Usted me hizo recordar mi viejo pecado. ¿Sabe lo que hice? Fui a ver la imagen. No es que rezara, no, pero mentalmente le pedí disculpas a la Virgen por mi poca cortesía. Ya sabe, la vida le enseña a cualquiera. No hacen falta palabras fuertes ni cuando se tiene razón. Y finalmente soy un feminista obstinado. Al final de mi vida me arrepentí un poco.
Y expulsó por la boca un elegante círculo de humo plateado.
A principios de marzo acostumbro visitar el cementerio de Vysehrad. Tengo allí a unos cuantos amigos y a veces me parece que estoy allí también, completamente solo. Este año era un día frío de principios de primavera y el cementerio estaba casi vacío. Ante todo me dirigí al poeta Hrubín. Su tumba es la más reciente. Murió exactamente el 1 de marzo.
Desde lejos pude ver ante su bajo sepulcro a una chica desconocida. Tenía en la mano un ramillete de campanillas de nieve y un librito de oraciones. Me detuve al lado de la cercana tumba del poeta Macha esperando que la muchacha se marchase. La tumba es estrecha y delante de ella sólo puede estar un visitante. Y además, quería estar solo.
Desde mi juventud tengo una cierta predilección por estos jardines de los muertos. Me gusta visitar los cementerios. He pasado mi infancia y adolescencia en una proximidad casi íntima con el cementerio Olsansky No estaba lejos de casa y teníamos allí un sepulcro infantil. Además, debajo de las ventanas nos tocaban a diario marchas fúnebres y se oía el rechinar de los carros que llevaban los féretros. Pero en mi predilección no había nada morboso. Iba allí a plantar flores y a regarlas. En el cementerio de Olsansky pasaba unas primaveras llenas de júbilo y unos otoños nostálgicos, pero no pensaba nunca en la muerte.
¡Hoy sí!
Todavía más frecuentemente vagaba por la parte antigua del cementerio, allí donde éste se une a las calles de Zizkov. Y una y otra vez volvía a buscar inscripciones en las tumbas. Cuando le conté a Nezval que me interesaban las inscripciones, me confesó que escribiría un libro titulado Inscripciones para las tumbas.
La chica que estaba delante del sepulcro de Hrubín, al cabo de un largo rato, puso el ramillete sobre su nombre, grabado en la piedra, junto a la cual habían crecido unos capullos de azafrán de color amarillo yema. Hacían pensar en unas llamitas cuyas velas estuvieran cubiertas de tierra.
Tuve que apartarme un poco para dejar pasar a la chica que volvía. Los caminos entre las tumbas son estrechos. Pero más vale que lo confiese: quería verla. Era muy joven y todo lo bonita que suelen ser las muchachas muy jóvenes. En la mano no tenía oraciones, sino una edición miniatura del Romance para corneta. Cuando se me acercó más y pude ver su rostro, el corazón me empezó a latir. ¡Por suerte estaba muy cerca del sepulcro de Macha!
Algo amoroso y como antiguamente hermoso me sopló alrededor del rostro. ¡Qué lástima!
Pero envidié un poco aquella lectura al compañero difunto.
Después de la muerte del poeta Josef Hora, iba a ver a este amigo fallecido a las gradas de Slavín. En verano estos escalones de piedra estaban encendidos por el sol y, con un perfume melancólico, se marchitaban las coronas de rosas colocadas sobre ellos. Ahora me detengo también delante del sepulcro de Hrubín. Son muchas las cosas sobre las cuales se puede meditar al lado de estas dos tumbas. Por ejemplo, sobre el hecho de cómo la gente no creía que Hrubín estuviese enfermo de verdad.
En su tumba acaricio la piedra que antes tocaban las olas del río Sázava y pienso que posiblemente fue la misma que pisaron los piececitos del pequeño Frantisek Hrubín. Le gustaba contar historias de aquel río perfumado.
Y cuando la aurora nos echaba fuera de la intimidad de las copas solíamos ir al puente de Elisa a mirar el río y a escuchar el fragor de la presa. El regreso, a veces, no era agradable. Nuestras mujeres, en casa, no dormían y lloraban. En cambio, la poesía sonreía. Hablábamos de ella toda la noche e innumerables veces le declarábamos el amor.
Después de la muerte de Hora nos venía a ver a casa la mujer del poeta, la señora Zdenka Horova. Se sentía triste. Cuando mi mujer se quejaba de que yo estaba poco en casa y que no dejaba de trasnochar, ella la apaciguaba:
– Querida mía, si mi marido no volviera hoy hasta por la mañana, no me enfadaría, no le reprocharía nada. Le daría una buena bienvenida, le ayudaría a desvestirse, incluso le lavaría los pies y le arreglaría los cojines para que estuviese cómodo.
Le añoraba. Tenía llaves de Slavín e iba allí con frecuencia. Pero no se sentía bien en aquel pasillo estrecho lleno de humedad, de arañas y del olor de las flores putrefactas y velas encendidas. Decía que si en aquellos momentos fatales hubiese podido reflexionar, habría preferido una tumba verde. Pero aun así, Hora, sí tiene una comodidad después de la muerte, si lo puedo expresar así.
Las urnas de algunos de aquellos cuyos nombres brillan con reciente novedad están depositadas en la última fila. Porque Slavín está lleno.
Mi amigo Jan Zelenka que, no sé con qué cargo, se ocupaba de la parte cultural de Slavín y del otro cementerio, se expresó con descortesía:
– Metimos las latas en la última fila como conservas de piña en la nevera.
Frantisek Hrubín yace en la otra parte del cementerio, la que está tocando a Slavín. Su tumba está apretada por los sepulcros vecinos, pero allí le cantan los pájaros.
Cuando Hrubín hubo cumplido sesenta años, la editorial Albatros celebró en la sala de conferencias de su palacio un homenaje al poeta. Era a mediados de septiembre y estaba lleno. Mucha gente quería estrecharle la mano.
Al final Hrubín se liberó de la muchedumbre y, un poco cansado, vino a sentarse a mi mesa. De esta forma tuvimos un momento, durante la celebración, para recordar otra cosa: los cuarenta años de nuestra amistad. Cuarenta años bajo su cielo azul, sin ninguna nube. Un poco ceremoniosamente, como no lo acostumbrábamos a hacer nunca, brindé a la salud de Hrubín. ¡Cómo podía sospechar que aquellas serían las últimas gotas de vino que beberíamos juntos!
Hemos bebido mucho vino durante esos largos cuarenta años. Dulce y áspero, caprichoso y lleno de tribulaciones, amargo y turbio, tal como eran nuestros caminos a través de la vida checa y las dos guerras.
¡Cómo podía sospechar que estábamos sentados allí por última vez! Pero sí que podía. Tenía que haberle mirado mejor a la cara. Cuando después de su muerte me enviaron a la editorial las fotos de Hrubín y una de ellas era la de la mesa donde estuvimos sentados juntos, me espanté al ver su rostro. Parecía ya tres veces besado por la muerte. En la foto, Hrubín miraba a alguna parte indefinida. Pero no, miraba como detrás de la vida. Y como desde dentro de su rostro, mal cubierto por una piel grisácea y transparente, me miraba otra cara, esa cara tan conocida de la decadencia humana, la sonriente calavera.
En septiembre, los días de sol están endulzados por las manzanas que maduran. Septiembre es tan bello como mayo. Pero noviembre se pone agrio de putrefacción y la mesa está vacía.
El día de la fiesta de los muertos, la primera después del fallecimiento del poeta, su sepulcro estaba cubierto de velas. En medio de ellas había un florero con un ramo de crisantemos.
De niño, cuando veía un crisantemo, no sé por qué, sentía ganas de llorar.
Antes de las fiestas navideñas solíamos firmar nuestros libros en alguna gran librería. Antes de navidades es agradable incluso lo que en otra época sería un trabajo indiferente o molesto. Hrubín nunca se ha podido quejar de la falta de lectores, tanto los pequeños como los grandes. En la gran sala de la librería serpenteaba una larga cola de lectores. Las madres y los padres venían con sus niños, sonaba un sinnúmero de voces infantiles y el poeta firmaba incansablemente, sonriendo. Sucedieron muchas historias pequeñas. Pero aquel niñito que, al lado de la mesa, comenzó a gritar llorando que el señor no le garabatease nada en su libro, no estaba equivocado del todo. A menudo teníamos que firmar tanto que acabábamos cansados, agotados. Hrubín acababa a veces con calambres en la mano.
En aquel otoño del año setenta y cinco los niños esperaban en vano a su poeta. Estaba enfermo y tenía que curarse en la sección neurológica. Le intentaban curar inútilmente; los dolores no cesaban. Una vez Hrubín me llamó desde el hospital. Por un capricho amistoso nos tratábamos de usted. Oí en el teléfono su voz:
– ¡Imagínese, Seifert! ¡Me parece que tengo lo mismo que tenía usted!
A pesar de todos los sufrimientos que trae esta enfermedad, no habría sido lo peor. Por desgracia fue otra cosa.
A finales de enero Hrubín fue, con su mujer y su hijo, a la ciudad de Ceské Budéjovice, para consultar un cirujano célebre.
Saliendo de Praga, en el muelle detrás de Manes, el coche tuvo que detenerse. Bajaron hacia el río para poder cambiar la rueda con más facilidad. Hrubín bajó del coche -su mirada resbaló por la superficie invernal del río turbio hasta el puente Carlos- y silenciosamente suspiró:
– Se ve que Praga no me quiere dejar.
Al cabo de unos días, Hrubín volvió a Praga muerto.
Un invierno, antes de Navidad, llegó a caer más nieve de la acostumbrada. Salí de casa y me fui al cementerio de Vysehrad. Hacía tiempo que no había estado allí. Si en el sepulcro de Hrubín no hubiera una reja repujada y una roca del río Sázava, sería difícil encontrar la tumba. Estaba cubierta de nieve.
Por el camino de regreso me volví varias veces y con un caprichoso interés miré las huellas de mis pies en la inmaculada sábana de nieve. Lo hice para poder suspirar como un viejo filósofo: «Ya que no nos es dado vivir durante mucho tiempo, dejemos algo detrás de nosotros como testimonio de nuestro paso por la vida.»
Estoy pensando en nuestra juventud. Hubo tiempos en que hasta un poeta principiante tenía posibilidades de leer en breve una apreciable cantidad de reseñas sobre su primer libro, tan sucinto; reseñas cortas y largas, algunas de ellas publicadas por revistas literarias especializadas y otras, en las secciones de cultura de los diarios. Eran unos tiempos en los que disponíamos de un amplísimo surtido de la crítica literaria más variada, tanto benévola como severa, tanto buena como mala; y en aquel entonces le era fácil saber a cualquiera frente a cuál de las tumbas de Vysehrad u otro lugar tenía que detenerse para dejar allí una flor en señal de su reconocimiento y para murmurar unas palabras de gratitud.
También yo lo sabía. Los autores de las reseñas me habían ido nombrando a algunos de los más afamados poetas. Lo más probable, para que hiciese mi elección. Neruda, Hálek, Sládek, Toman. Se habían olvidado de uno. Srámek también me gustaba. Empecé por Neruda. Me detuve en todas las tumbas, y al final llegué a la de Srámek. Entre todos ellos, él fue el último en morir, y sobre su sombría tumba sonríe, afectuoso, Humprecht. Desde lejos.
Si hace buen tiempo, me hago llevar, de tarde en tarde, al cementerio de Vysehrad y me siento en los escalones de algún sepulcro de Slavín. Me gusta ir allí. La compañía es buena, como dice un amigo mío que vive cerca y visita el cementerio con frecuencia.
Sé que no debemos sentarnos encima de una tumba, pero caminar me cuesta, me duelen las piernas; así que, quizá, los muertos me perdonen. Por lo demás, tengo dos compañeros allí, entre los poetas.
Las nubes pasan flotando sin que se las oiga. Los féretros, inmóviles, están en las profundidades de la tierra. Las voces de los muertos no rompen el silencio. Pero el lenguaje vivo de la poesía brota como un cálido manantial medicinal. La última vez que estuve allí, fue en este hermoso mes de amor. Olía a lilas; la tumba de Karel Hynek Macha se encontraba a dos pasos.
Salvo a Karel Toman, no he llegado a estrechar la mano a ninguno de estos poetas. No me encontré nunca en vida al admirable Srámek. Cuando miro su rostro, cuando veo su nombre, algo delicioso me acaricia la cara haciéndome pensar en las sonrisas y los besos de las chicas jóvenes. Me gustaban sus poesías sobre las muchachas.
A Toman, en cambio, sí le conocí. Incluso muy bien. Me había brindado su amistad. Vivía cerca de nosotros y me invitaba a ir a verlo. Cuando cayó enfermo y pudo salir más a la calle, quería estar al corriente de todo cuanto ocurría entre los escritores, entre los que eran sus amigos y compañeros. Apreciaba a Hora y siempre preguntaba por Hofejsí.
En verano, yo encontraba algunas veces en la puerta de su casa un papel con instrucciones para los visitantes, como los que se pueden ver en las puertas de los hoteles de Praga:
«Hoy, en el jardín.»
Era una broma amarga. Toman estaba enfermo y el jardincillo era pequeño y triste.
Alguna que otra vez, en verano, le llevaba agua de Vojtések, del manantial que había visto en el claustro de la abadía de benedictinos. Estaba fría y la bebía con gusto. Se la llevaba en una jarra que me había traído de Zbiroh. Había sido de J. V. Sládek.
Los caminos que habían conducido a Toman a la llanura de Bélohorsk fueron, más o menos, accidentales. Antes él vivía en Veleslavína, pero no se sentía a gusto allí. Estaba demasiado lejos de Praga y su piso era incómodo. Luego se trasladó a Brevnov y se encontró como si hubiera vivido en aquellos parajes desde siempre. Allí transcurrió también el penoso final de sus días. El docente Hejda consiguió sosegar su débil corazón cansado y, después, a lo largo de unos años, supo mantenerlo en un estado cuando menos aceptable. En medio de los desenlaces históricos que le andaban rondando, Toman vivió toda la guerra. A menudo yo le encontraba, mientras estaba combatiendo con empeño sus dolencias. Tampoco le ayudaba a curarse el no tener noticias de su hijo menor, desaparecido en el norte de Europa y al que la guerra había cortado todos los caminos para volver a casa.
Íbamos a ver a Toman en busca de unas palabras de aliento y de ayuda, cuando los tiempos se volvían especialmente feos. El poeta, esclavizado por su propio corazón y, a la vez, aquejado de insomnio, escuchaba día y noche las desesperantes noticias que le llegaban de todas las partes del mundo. «De nuevo estoy caminando por el mundo sin bajar de la cama -decía-; y albergo algunas ilusiones.» Aquellas ilusiones nunca eran desmedidas. Se estaba mal, muchas veces se estaba peor; pero las ilusiones seguían resplandeciendo, hasta que se tornaron realidad.
Brevnov es un suburbio bonito, sano, situado sobre las dos vertientes de un valle en cuyo fondo hay un estadio. Por allí soplan los perfumados vientos de los bosques de Kfivoklátsk. En el horizonte verdea la frondosa floresta de Hvézda («Estrella»), y de allí al Monte Blanco sólo hay unos pasos. Siempre que estaba en condiciones de hacerlo, Toman iba hasta allí en tranvía. Desde la terminal hasta la iglesia de la Virgen María de la Victoria hay muy poco trecho. Toman se sentaba a descansar en el patio de la iglesia. Desde los prados del Monte Blanco se ve Ríp perfectamente. ¡Cuántas veces habíamos mirado aquella cumbre durante la guerra!
Fue Hora quien me llevó a casa de Toman por primera vez. La mirada irónica, que las gafas volvían vidriosa, de Toman me lo hizo ver al principio como un ser algo extravagante. Su amistoso apretón de manos no ahuyentó aquella impresión de estar tratando con un ser extraño. Además, por aquel entonces Toman no compartía nuestro juvenil entusiasmo revolucionario y juzgaba nuestros primeros intentos poéticos con escepticismo y condescendencia. Cuando aparecieron los primeros poemas sin puntuación, manifestó sonriente que se los daba a sus hijos para que pusiesen todas las comas y puntos que faltaban. «¡Para que los niños aprendan!» Le gustaba Jindfich Horejsí. Éste le llevaba nueve años, pero habían compartido su época parisién.
«Nos encontramos una vez en El león de Belfort, y desde entonces no nos hemos separado en toda la vida», decía Horejsí y no se cansaba de contar cosas sobre Toman. Y no tenía poco que contar. Aquello era realmente hermoso. Por aquel entonces nos gustaban, más aún que los poemas, aquellos recuerdos y las proletarias andanzas sin rumbo fijo de Toman por los caminos torcidos de Francia e Inglaterra. Al igual que su manifiesto desdén por los pequeños burgueses bien nutridos y honrados. El polvo de los bulevares de París centelleaba delante de nosotros desde los pliegues de su abrigo, y se nos antojaba que sus botas tenían alas de ángel.
Muchas historias, aventuras y anécdotas están relacionadas con aquellos caminos torcidos. El redactor jefe Laurin nos hablaba de una reunión de amigos en Lány. Uno de los invitados mencionó a Toman, que había trabajado algún tiempo como bibliotecario del Senado. Un día, sin decir nada a nadie, Toman se marchó a París. Dejando su sombrero colgado en la percha. Otro invitado observó que los poetas no eran de fiar. A lo que Masaryk replicó:
– ¡Yo habría hecho lo mismo!
En la personalidad de Toman fulguraban ante nosotros las vidas y leyendas de los poetas malditos. Le queríamos. Para nosotros encarnaba la libertad romántica de los maestros y tratábamos de parecemos a él en todo. El vaso de vino se encontraba en nuestras manos con mayor frecuencia que la pluma. También su melódico retorno a la quietud del hogar lo vivimos nosotros, a través de su poesía, unos años más tarde. Digo nosotros, pues en realidad no fui yo solo, Los versos de Toman también le gustaban a Halas, aunque no se llevaba muy bien con él. Yo, en cambio, trabé con él una deferente amistad.
Conocí al poeta en los años anteriores a la guerra, cuando le gustaba -y la salud se lo permitía aún- pasar las tardes, y también algunas noches, bebiendo vino. No se negaba aquel placer, como tampoco lo desatendió nunca. Ocurría que, a veces, la luz del día ya cubría su regreso a casa con una alfombra soleada.
Una hermosa mañana de verano me mandó decir que bajase en seguida a verle, que estaba en la taberna de Rehák. Era un establecimiento pequeño, pero acogedor, situado en el primer patio de la Casa del Pueblo, y la gente iba allá a tomarse un trago de vino. Era el lugar donde se reunían los empleados de la Casa del Pueblo. Encontré a Toman, que después de una larga fiesta que se había prolongado toda la noche, estaba de muy buen humor. Me saludó con todo su corazón, y su corazón estaba rebosante. En momentos semejantes un hombre no se encuentra a gusto solo. Pero, apenas llegué yo, en cuanto me serví el vino, se abrió la puerta y en el umbral apareció mi mujer con mis dos hijos pequeños. Habían estado buscándome en la redacción y allí la enviaron a la taberna. Les había prometido a los niños hacer componer sus nombres en la linotipia para que tuvieran unos sellos personales. Mi mujer frunció el ceño. ¡Cómo no! A las primeras horas de la mañana y ya me encontraba bebiendo vino, en lugar de estar trabajando tranquilamente en la redacción. Pero Toman salvó la situación. Subió a los dos niños cariñosamente a sus rodillas, diciéndoles que les iba a contar la historia del pimpollo, la rosa y el sabio pajarito. Y acto seguido empezó a contarla. Ojalá supiera yo contar historias al menos aproximadamente como Toman. ¡Pero no sé hacerlo!
Érase un reino y vivía en él un rey que tenía una mujer joven y bella. Una mañana, el rey decidió ir de cacería a un oscuro bosque. En vano le imploraba la reina que no fuese. ¡Había tenido un sueño horrendo aquella noche y, además, justamente hoy era su cumpleaños y se iba a celebrar una fiesta! El rey no dijo nada. Besó a la reina en la frente, subió al caballo y se marchó. Pronto desapareció entre los árboles del negro bosque y la reina lo perdió de vista. Pero aquel día el bosque parecía embrujado. No se movía una hoja, los pájaros no cantaban y no se veía por las sendas ni una sola alimaña. El bosque estaba completamente muerto. Al adentrarse más en la espesura, el rey sintió una terrible sed. Pero en ninguna parte había un manantial, ni murmuraba un arroyo. En aquel momento, un repugnante cuervo se posó sobre el hombro del rey y graznó: «Rey, sígueme.» El rey arreó al caballo y se fue siguiendo al cuervo, hasta que llegó a una choza medio derruida, en la que vivía una vieja bruja. La mujer le preparó al rey un brebaje. El rey lo probó con cautela. La bebida sabía como el mejor vino, así que el rey apuró el vaso hasta el fondo. Pero apenas el rey hubo visto el fondo del vaso, la bruja y el cuervo desaparecieron de repente, y el rey sintió que la cabeza le daba vueltas. Entonces se dio cuenta de que se había perdido en el bosque. En vano miraba alrededor suyo. Estuvo mucho tiempo andando, pero siempre regresaba al mismo sitio. Y sólo daba vueltas y más vueltas. Estaba ya completamente desesperado, cuando vio en la senda un rosal. Sobre el rosal había un solo pimpollo, una sola pequeña rosa, y junto a la rosa estaba sentado un pájaro sabio. El pajarito le pió al rey que debía seguir por la misma senda hasta que llegase a una roca verde.
El rey hizo como el pajarito le había dicho y, al encontrarse frente a una verde roca, vio un manantial. Se inclinó en él y bebió con avidez. Era una fuente milagrosa. Apenas se levantó, notó que la cabeza ya no le daba vueltas y encontró el camino en seguida. No tardó en descubrir delante de él su palacio real. La reina esperaba sentada junto a la ventana; estaba triste y bordaba algo. En cuanto vio al rey, lo dejó todo, clavó la aguja en la almohadilla y, alborozada, echó a correr a su encuentro. Se abrazaron felices. «Querida esposa mía -le preguntó el rey-, ¿qué estabas bordando?» La reina se sonrojó y le enseñó su camisón de seda, sobre el que había bordado el pimpollo, la pequeña rosa y el sabio pájaro.
Los niños escucharon la historia con desconfianza, mi mujer se echó a reír. Todo estaba en orden, de repente. ¡Este poeta sí que sabe lo que hace!
Tuve que volver a contar el cuento muchas veces a los niños. Siempre andaban pidiendo el cuento de la taberna, y yo, antes de empezar, siempre precisaba: «Escrito por Karel jaromír Toman.»
Poco después de la muerte del poeta, Borovy publicó la edición definitiva de su lírica. Toman había reunido en el libro la obra de toda su vida. Le había faltado poco para verlo. El tomo no era nada voluminoso. Cuando el poeta estaba vivo aún, Nezval se refirió al pequeño libro con unas palabras de menosprecio. A Toman le dolió saberlo. De hecho, era todo un antípoda de Nezval. Nezval lanzaba a sus lectores miles de versos con gran fausto y, como decía Milan Kundera, le exigía a su público que los recibiese con gran fausto. Yo vi trabajar a Nezval. Encendía un cigarrillo, se sentaba a la máquina y el papel corría por debajo de sus dedos con un largo poema. El autor volvía al manuscrito sólo de pasada. El poema estaba listo. Por lo menos así nacían sus poemas surrealistas, que son innumerables.
Toman iba por el camino de la vida como sembrándolo de pequeñas joyas con su mano. Pero la alegría de aquellos que las han recogido lealmente es muy grande. Sabía todos sus poemas hasta la última línea. En eso se parecía a Bezruc, el autor de un solo libro.
Sus poesías no están envueltas en ningún misterio. No hay en ellas nada que descifrar. Son claras y llegan a la gente. Son verídicas. Y verosímiles. Tampoco hay en ellas líneas que reflejen una presurosa contingencia, ágilmente revestida tan sólo con una rima oportuna. Están libres de esos rellenos coloreados que tantas veces encontramos en ciertos poemas en cuyas plumas se agolpan los poemas con premura. Los de Toman son irrepetibles, están fuera de todo parangón. Son plena y profundamente checos.
No obstante, Toman no escribía fácilmente. Pagaba sus poemas con la vida. No provenían de las ligeras y generosas manos de la destreza poética. En su mayoría, son pequeños dramas creados por la parca soberanía de un maestro y por la mano experta de un buen trabajador.
Alguna que otra vez anduve con Toman por el hermoso camino campestre que conduce al estadio. En aquellos tiempos no estaba aún arreglado como lo está ahora. Debajo de nosotros se extendía Smichov, humeante y rugiente. A lo largo del camino, allí y allá, se veían arbustos de escaramujo en flor. A Toman le recordaban las familiares lindes, entre las plantaciones de su tierra, y los miraba con amor.
«¿Me preguntas cómo escribo poesías? En realidad, casi no las escribo. Desconozco el montoncillo de papel que va menguando hoja por hoja, mientras se escriben unos versos no del todo logrados y hay que arrugar el papel y tirarlo. Paso mucho tiempo con la idea de un poema, lo pienso despacio, reflexiono sobre cada línea. Cambio las palabras hasta que el verso y, luego, todo el poema, estén terminados y, a mi juicio, no tengan defectos. Siento el placer del trabajo creativo antes de coger en mi mano la pluma para anotarlo simplemente. Éste ya es un trabajo enteramente mecánico.»
F. X. Salda, en su estudio sobre Toman, que posee el rigor de una verdad conocida, ha resumido este proceso creativo muy acertadamente: «Se nota que estos versos de Toman han sido recitados durante largas caminatas y paseos, sobre rutas infinitas, y que el poeta, antes de apuntarlos, los sabe de memoria.»
Toman cuenta que se quedó maravillado al leer aquel ensayo. Le escribió una carta a Salda dándole las gracias y describiendo el asombro que le causó la perspicacia de éste.
Sin embargo, para mí, que nunca he despreciado enseñanzas, aquel procedimiento era demasiado ajeno. Porque, para mí, el verso que no es inmediatamente registrado sobre un papel, no existe. Yo he escrito con cierta facilidad, pero he arrugado mucho papel. Las poesías me salían por la punta de iridio de mi estilográfica. Pero después de escuchar las palabras de Toman empecé a verlo de modo distinto. Quince palabras expresan la idea del poeta y, en este instante, la idea, como en una ligera danza, empieza a volar y se convierte en un verso. Por eso al magnífico poeta le bastaba con pocas palabras, pues en su obra estaba todo él, entero y grande.
Casi frente a las ventanas de la casa de Toman se levantaba la antigua fábrica de ladrillos de barro de Brevnov. Durante la guerra, los soldados alemanes se entrenaban allí disparando con cartuchos de verdad. Los estampidos de los tiros acompañaban a los latidos del corazón de Toman. Escuchaba con angustia los unos y los otros.
Al final de su vida tenía tres deseos. Quería celebrar el día de la liberación, ver a su hijo y hojear, sobre la colcha del lecho, una edición completa de su obra poética.
El destino, que no lo mimaba demasiado, le proporcionó el cumplimiento de los tres.
Celebró el día de la liberación. Aquel día abandonó, con cierto esfuerzo, el lecho y se puso sus ropas domingueras. Poco después pudo abrazar a su hijo y, por último, hojeó, por lo menos, las galeradas de sus Poemas y al final de ellas escribió unas líneas de epílogo que concluían con un triste saludo dirigido a los lectores.
Después de su muerte, el nombre de una calle de Bfevnov que antes se llamaba K Ladronee (Hacia Ladronka) fue cambiado por el de Toman. Es una bonita calle que ahora se sitúa al borde del cinturón verde. Está llena de sol, de viento y de tormentas de primavera. Desde sus aceras se ve la espaciosa campiña del sur de Praga. A la derecha, detrás de la iglesia de Stodulki, azulean las bajas estribaciones de Brd, a la izquierda se ven por la noche las luces de los automóviles que salen del bosque de Ládva. Y en medio de ella, se ve a lo lejos la torre de televisión de Cukrák, que se alza sobre Zbraslav. Junto a la vieja granja de Ladronka, la calle baja hacia la Bélohorska.
Se me encargó que anunciase a los habitantes de Brévnov el cambio de nombre de la calle. Pusieron una pequeña tribuna para una persona, en medio de la calle, cerca del parque, justo al lado de un arbusto de escaramujo que todavía sigue allí. Aquel día, precisamente, floreció.
Habitábamos uno de los desconchados y tristes inmuebles de la avenida Hus de Zizkov. Uno de los que estaban condenados a la demolición, como lo estaban casi todos los demás edificios de aquella parte de la ciudad. La vida en él era bastante difícil y agobiante. El único conducto de agua corriente, que estaba en el pasillo, era utilizado por los siete inquilinos, y cuando hacía un invierno un poco duro y alguien dejaba por la noche el grifo mal cerrado, por la mañana, en el pasillo, encontrábamos una pista de patinaje y teníamos que desparramar ceniza sobre ella. El edificio no tenía lavandería; en invierno se lavaba en las cocinas, y en verano, en la galería o en el oscuro patio. Pero las mujeres tenían miedo de ir allá, porque las ratas, de hasta un cuarto de metro, se deslizaban junto a sus desgastadas zapatillas. ¿El baño? Era algo tan excepcional, tan raro, como hoy lo es un laboratorio orbital. Y prefiero no mencionar siquiera este último servicio, tan imprescindible.
En la avenida Hus, delante de nosotros, había una barraca que parecía una cabaña rústica. Además, en la casa estaba situada una famosa taberna. De día, era una tasca común y corriente, adonde se iba a tomar una cerveza; pero por la noche el local se convertía en un glorioso centro de peregrinación. Era conocido con el nombre de El ángel dorado. En efecto; sobre la entrada había un relieve dorado con un ángel de tamaño natural. Se encontraba más bien tendido de costado, pero sus alas apaciblemente desplegadas permitían comprender que estaba volando, a punto casi de aterrizar en el mostrador. Servía en ese mostrador una hermosa tabernera, con un blanco delantal lleno de encajes. Me gustaba ir allí, aunque, según decían, detrás de la esquina tenían una smkhovska mejor y ponían una ración más grande.
De niño -pero cuando era muy niño todavía- también rezaba ante aquel ángel dorado. Sin embargo, pronto comprendí que mis oraciones no iban bien orientadas. Que el ángel no era como debía ser.
En cambio, las vistas desde el ventanuco de la cocina de nuestra vivienda y desde la galería eran hermosas. Nos maravillaba ver los campos de Zizkov invadidos por la vegetación silvestre. Cuando llegaba la primavera, florecían allí decenas y decenas de viejos arbustos de botones de oro. ¡Ay, qué bello era aquello! Como si cascadas de agua dorada estuvieran bajando hacia nuestra cocina. Fue en aquella casa donde leí en Cerven los nuevos versos de Srámek sobre el codeso. Los recité en voz baja, acodado en la barandilla de nuestra galería:
Oh tristeza, un día de mayo fui ayer a buscar al poeta: debajo del codeso en flor, y no era un sueño.
Ahora estos versos ya no me gustan tanto. Son de los más flojos del poeta. Pero entonces me hechizaban.
Cuando, bordeando la línea de ferrocarril que corría junto a los campos, florecía la hilera de crespas acacias, un aroma espeso y exquisito invadía por la noche no sólo la galería, sino también las escaleras sin luz, desterrando de ellas los olores de guisos achicharrados. Era delicioso. Por aquel entonces un olor similar estaba de moda y muchas mujeres se lo ponían como perfume. Era el aroma del amor, como el de las rosas, y mi corazón daba un brinco de tarde en tarde.
Sobre las acacias, incluso sobre aquellas que crecían al lado del ruidoso semáforo, habían hecho sus nidos las tórtolas que en verano nos endulzaban la brevedad y la rutina de los días. Las tórtolas eran limpias y blancas. No como esas mugrientas tórtolas balcánicas que hace poco se han instalado aquí; no endulzan los días, sino que lanzan gritos abominables y están grises de hollines, porque para sus juegos amorosos escogen las negras chimeneas de los tejados de las casas.
En la galería del inmueble vecino, donde tenía su comercio Cvikr, un conocido mayorista de Zizkov, vivía mi amigo más íntimo, Ivan Suk. En el colegio estudiaba en un curso superior, porque tenía un año más que yo, pero trabamos amistad rápidamente. El también escribía poesías. A unos pasos detrás de la esquina, en la calle Cimburkova, vivía Frantisek Nemec. Su padre era sastre y su casa parecía aún más lúgubre que la nuestra. Sus ventanas daban a una calle sombría, y la cocina, al oscuro patio del bloque de viviendas. Nemec era más pequeño que nosotros, pero no tardamos en hacernos amigos. También él escribía poesías.
Los tres escribíamos poesías.
Así que, para terminar, no me queda nada mejor que cantar la gloria a la juventud y a la poesía. ¡Por triplicado!
La Casa del Pueblo
No teníamos más que una escapatoria de la miseria en que vivíamos los tres y de las privaciones que cada vez estaban más a la vista delante de nosotros: la puerta de la Casa del Pueblo en la calle Hybernská. El camino no era largo ni infranqueable.
El ansia por llegar a ser poetas lo más pronto posible, y la loca ligereza que conoce todo joven indolente, se nos subían a los colegiales a la cabeza y poco después nos encontramos en la antigua librería y sala de lecturas de la Academia Obrera de la Casa del Pueblo. Allí todo era algo vetusto y desvencijado, y la sala de lecturas era más bien tenebrosa; a veces se tenía que encender la luz incluso de día; pero dentro hacía calor, y nos acogían con cariño y naturalidad, por lo que pronto nos sentimos allí como en casa.
«¿Habéis ido ya a ver aquel raro árbol viejo que tienen en el jardín?», me preguntó mi padre. Cuando negué con la cabeza, me aconsejó con insistencia que no olvidásemos ir a verlo.
En la Academia obrera leíamos cuanto caía en nuestras manos: libros, folletos y la prensa. Pero, sobre todo, poesía.
Al cabo de unos días, el viejo bibliotecario Weis nos preguntó si ya habíamos estado en el jardín de la Casa del Pueblo y si nos habíamos fijado en el singular árbol viejo. Se llamaba ginkgo y había sido plantado allí por los antiguos dueños del palacio. ¿No lo habíamos visto? Pues tenéis que ir a verlo cuanto antes.
Por aquellos tiempos encontrábamos en la avenida Hus a un hombre curioso. Nos sacaba una cabeza, lucía un largo abrigo oscuro, un amplio sombrero negro y una corbata negra ondeante, de las que sólo llevaban los artistas y los anarquistas. Corbatas parecidas nos las hacían en casa con viejos trapos deshilachados.
«Es Neumann», nos dijo una vez Némec; y nosotros aceptamos su dudosa afirmación con fervor y a partir de entonces saludábamos, corteses, al desconocido transeúnte. Nuestro sobresalto fue descomunal cuando un día coincidimos con él en la sala de lectura de la Academia. Acercarnos a él y conocerlo, seguramente, no representó para nosotros problema alguno, ni siquiera fue un atrevimiento. Sí que era un escritor, como supimos, y hasta también era un anarquista, pero no era Neumann. Se llamaba Vít Kárník y era un autor de segunda fila ya hace tiempo olvidado. Ni siquiera en su época llegó a ser famoso. Por otra parte, tampoco había escrito mucho. Unos cuantos cuentos publicados en Lumír. Pero nos cayó bien y pronto fuimos amigos. ¡Era de Zizkov y escribía poesías! Pocos días más tarde nos preguntó si habíamos visto en el jardín de la Casa del Pueblo el ginkgo. ¿No? ¡Pues debéis verlo!
En realidad, en la sala de lectura se reunían otros jóvenes visiblemente deseosos de trabar amistades. Entre todos, se destacaba, a causa de su pelo rojizo, un estudiante de Vinohrad. Se llamaba Pavel y escribía poesías. Más tarde nos trajo un cuaderno lleno de poemas. En sus versos daba salída a su pasión con extrañas palabras. Uno de aquellos versos me ha perseguido a lo largo de toda mi vida. A menudo hasta lo digo en voz alta, a pesar mío:
Hace falta regular la degenerada eclíptica de la Tierra,
Por entonces leíamos aquello con auténtica veneración.
Formábamos ya un pequeño grupo y, claro está, hacíamos más ruido de lo que se podía tolerar en una sala de lecturas. Por eso el bibliotecario nos designó un pequeño cuarto aislado de la galería, donde se amontonaban viejas sillas rotas y había un enorme escritorio de tapa inclinada. Lo aceptamos con entusiasmo. Cuando lo ordenaron un poco, para nosotros, y quitaron los copos de polvo, una decena de muchachos, con Kárník a la cabeza, nos metimos en el cuarto y lo animamos en seguida. Desde la galería podíamos observar la vida del primer patio, por el que desfilaban dirigentes del partido, redactores famosos y el personal de la imprenta. Cuando aparecía por allí la famosa Marie Majerova, nos llamábamos el uno al otro.
Fue entonces cuando se nos sumaron dos estudiantes más: Vladimír Gregor y A. Stastny. Stastny ya había terminado sus estudios, a decir verdad. No le gustaba estudiar y aceptó una plaza de oficinista en los Ferrocarriles Nacionales. La inteligencia taciturna de Gregor nos subyugaba. Era ocurrente al hablar, pero se pronunciaba poco y lo hacía con reserva. Eso le confería un verdadero jaez aristocrático, destacándolo entre nosotros, muchachos vivaces y habladores. Al mismo tiempo, era afable con todo el mundo. Fumaba mucho. Los dedos de sus manos estaban manchados de nicotina. También aquello era una particularidad suya. Era anarquista y despreciaba a los socialdemócratas.
Vladimír Gregor, ya no sé cómo, estuvo una vez en el secretariado del partido socialdemócrata y luego nos describió, con mucha ironía, el busto de Marx, de tamaño natural que allí tenían, en la sala de conferencias. En realidad era un busto del emperador Francisco José al que le había quitado la cabeza para reemplazarla por la de Marx. Pero la frondosa barba de Marx no llegaba a tapar la casaca del emperador, con su cuello alto. Años después pude ver la escultura. Era verdad.
A propuesta de Gregor, pronto nos declaramos Asociación de Estudiantes Anacionales. No me acuerdo cómo imaginábamos en aquellos tiempos la actividad de la Asociación, pero lo cierto es que la ideología no nos preocupaba gran cosa. Con un letrero provocativo nos bastaba. Nos dijimos que éramos anarquistas y fuimos a ver a St. K. Neumann, al que rodeaban, entre otros, Michael Kácha, Josef Korber y Luiza Stychova.
¡Luizicka Stychova!
Era guapa y atractiva. Tenía el pelo negro, muy corto, unos ojos negros cautivadores y se parecía a las revolucionarias rusas que morían en el exilio. Luiza tenía una sonrisa tierna que se asemejaba a una flor que se iba abriendo poco a poco. No nos cansábamos de mirarla; nos gustaba a todos. Pero Luiza despreciaba todo juego amoroso y ardía en sus ideas revolucionarias. ¡Quería destruir el mundo!
A veces iba a Uniónka. Nosotros también. Con cierta regularidad, se reunían allí los restos del movimiento anarquista de Praga. Que ya no tenía ni líderes ni dirigentes. No, no os riáis de aquellos revolucionarios. En el norte, entre los mineros, las corrientes anarquistas seguían siendo sorprendentemente fuertes. Leíamos con apasionamiento los ejemplares raros y hacía tiempo agotados del Novy kult que había redactado, interesante y agresivamente, St. K. Neumann. Nos los prestaba Kácha.
Michael Kácha era zapatero. Su taller, sin embargo, había cerrado aun antes de que llegase Bata. Sin duda, fue uno de los primeros zapateros con los que Bata acabó. No obstante, se las arreglaba para prestar apoyo a grupos anarquistas desde su minúsculo taller. Por lo menos, cuando empezaban. Kácha acabó dejando el taller para dedicarse a la publicación de libros y periódicos. Pero tampoco se enriqueció con esa nueva actividad. Los restos de ediciones los colocaba en su fastuosa biblioteca, que se vio obligado a vender en los últimos años de su vida para poder comer. El doctor Kamill Resler, un conocido bibliófilo, le compró toda su colección de literatura anarquista, y Halas se enorgullecía de una excelente edición completa de «Las novelas más hermosas del mundo» que, a lo largo de los años, venía publicando Vilímek. Dio por ella mucho más de lo que Kácha le había pedido.
Era una persona magnífica. Estaba cojo, caminaba con dificultad y, sonriendo, decía que lo suyo era todo lo contrario al refrán: «Huye como un zapatero.» Le teníamos respeto no sólo como a un viejo revolucionario intrépido, sino también por ser un fiel custodio de los recursos de los grupos anarquistas. Amaba su libertad y sabía aborrecer con soberbia.
Todos éramos militantes de la socialdemocracia. Tanto Stastny como Gregor. Decíamos que nos hacía falta militar en el partido más izquierdista, aunque fuese aquel partido obrero; pero en el corazón estábamos con Neumann y con los míseros restos de los grupos anarquistas.
Una vez vino a vernos el valeroso anarquista Petránek. Estaba a favor de una libertad total y vivía a salto de mata. Nos llevaba diez años y por aquellas fechas tuvo una hija. Le puso el nombre de Bakunina Satanela. Pero la niña murió pronto.
Por culpa de aquel nombre, como observó Frantisek Némek.
La cartera
El miércoles 8 de enero de 1919, por la noche, llamó a nuestra puerta Ivan Suk y desde el umbral nos anunció, atropelladamente, que Stastny acababa de atentar contra la vida del doctor Kramár. Le había disparado un tiro de revólver. La noticia había sido hecha pública en el tablón de Národná politika. Sin embargo, no sabía ningún detalle concreto. Me puse el abrigo y fuimos a toda prisa a ver a Némec. No estaba en casa. íbamos en busca de Kárník, cuando, un instante después, los pelos se nos pusieron de punta. Acabábamos de recordar que, hacía unos días, durante una reunión de la Asociación, cuando se habló del doctor Kramár, Kárník pronunció una frase fatídica: «¡A ese tipo tendría que cargárselo alguien!» Kárník era incapaz de matar una mosca, pero aquella frase resplandeció delante de nosotros en el aire como un letrero luminoso.
Tampoco Kárník estaba en casa. En cambio, encontramos allí a Némek. Estaba sentado, inmóvil, en una silla, junto a una máquina de coser; por el piso se desplazaban tres hombres extraños, policías, claro está. Nos detuvieron hasta que, como dijeron, Kárník hubiese vuelto. De modo que Suk y yo nos sentamos delante de la otra máquina de coser. Las hermanas de Kárník eran sastras. Kárník vivía en su casa y ellas le daban de comer. Estaba aquejado de tuberculosis y no podía trabajar.
Al dirigirse a casa, Kárník supo por los vecinos que la policía estaba esperándole. Dio media vuelta y fue a sentarse en la cafetería Proutkov, adonde a veces íbamos a jugar al billar. Por fin, no aguantó más y al anochecer volvió a casa.
Estábamos algo decepcionados. Nos enviaron a casa y a Kárník se lo llevaron a la comisaría. El consolaba a sus hermanas: «Estaré de vuelta antes de que os hayáis tomado el café de la mañana.» Y estuvo. Pero al día siguiente fueron a buscarnos a nosotros. Hasta nos llevaron en tranvía. Una degradación semejante nos enojó; pero cuando regresamos, antes de comer, nos sentíamos perfectamente tranquilos. Aquello fue muy irritante para los cuatro. La espera había sido mejor que el propio interrogatorio. Durante éste tuve que contar la aparición y los objetivos de la Asociación de los Estudiantes Anacionales. Desde luego que conocíamos a Stastny, pero nunca habíamos barruntado nada sobre sus planes.
En casa nos esperaban, para la comida, unas albóndigas en mermelada de ciruelas y condimentadas con semillas de amapola. Cuando volvía de la comisaría a casa, me alegraba por adelantado, me gustaban mucho.
Lo que había pasado en realidad, lo supimos por los periódicos. El parte de la CTK (Agencia Telegráfica de Checoslovaquia) comunicaba al público, con emoción y sucintamente, más o menos esto: «Al salir ayer el primer ministro Dr. Kramáf de su salón de recepciones de Hrad y al detenerse a hablar con una persona de su conocimiento, el escritor Langer, un joven desconocido disparó contra él su revólver. El Dr. Kramáf se volvió hacia su agresor, pero en ese momento se produjo el segundo disparo, que hirió al primer ministro en la parte derecha del tórax. Sin embargo, la bala quedó atrapada en la cartera que el Dr. Kramáf llevaba en la chaqueta. Mientras tanto, el criminal fue detenido por los guardias de Hrad. Se llama Stastny y es militante socialdemócrata. Ya hace unos días se había visto a Stastny entrar en Hrad. El agresor se negó a hablar del atentado. Reveló únicamente que es miembro de una asociación, pero no quiso precisar nada respecto a su existencia. El atentado había sido preparado por la asociación y él mismo se ofreció a efectuarlo. Se negó a dar más detalles.»
El comunicado publicado por los periódicos añadía que el Dr. Kramáf se encontraba bien y que inmediatamente después del atentado presidió el consejo de ministros.
¡Y luego se dice que el dinero no da la felicidad! Pero eso lo añado yo.
Durante el interrogatorio, me porté de forma tan convincente que me creyeron; al cabo de media hora habían terminado conmigo y me enviaron a casa, para que mi mamá no se asustara. A mis dos amigos les pasó más o menos lo mismo.
La policía de la época posterior a la sublevación no era demasiado escrupulosa. Aunque yo les decía la verdad, parece que me creyeron con excesiva facilidad. Además, no tardaron en sacarle la confesión completa a Stastny, quien confirmó nuestra inocencia. Detuvieron sólo a Vladimír Gregor. A Kárník le interrogaron a fondo, dado su aspecto anarquista algo salvaje.
A pesar de todo, aquellos dos disparos de revólver acribillaron nuestras románticas ocurrencias políticas como dianas de un campo de tiro. De golpe nos volvimos más inteligentes y más astutos, si se puede llamar así. Pero, decididamente, caímos de las nubes a la tierra y el choque no nos hizo daño.
Junto con Stastny fue inculpado también Vladimír Gregor, quien resultó ser el instigador intelectual del atentado. Los dos fueron condenados a muchos años de cárcel. Ya no me acuerdo cuántos. Por lo demás, no tiene importancia. Stastny, por deseo expreso de Kramáf, pronto fue indultado, y Gregor, algo más tarde, murió en el sanatorio carcelario para enfermos mentales. Como se supo después, estaba muy enfermo de tuberculosis.
Después de aquel acontecimiento nos expulsaron de la Casa del Pueblo. No fue por mucho tiempo. Nos llevó allí de nuevo Hora, quien había empezado a imprimir nuestras poesías en su suplemento literario. El cuarto de la galería. estaba, sin embargo, otra vez cerrado y se volvían a almacenar allí las sillas rotas.
Al cabo de algún tiempo encontré a nuestro profesor del gimnasio de Zizkov, J. Entlicher. Como, más que un pedagogo severo, era un amigo y un compañero, le conté, gustoso, nuestro episodio político. Me escuchó, mientras yo le hablaba fogosamente sobre la asociación y el atentado; asentía con la cabeza, pero me di cuenta de que en sus labios estaba aflorando una interrogación. Cuando terminé, me preguntó algo sorprendente e inesperado:
«¿Pero habéis visto el ginkgo en el jardín detrás de la Sala Rosada?» Tuve que negar con la cabeza.
En la literatura mundial, no existe una sola biografía de F. M. Dostoievski, cuyo autor no recuerde y subraye que Dostoievski había sido condenado a muerte y vivió el instante en que la muerte le rozó. Claro. ¿Quién habría dejado de mencionar aquellos minutos realmente turbadores, en que los condenados -y Dostoievski entre ellos- fueron conducidos a la plaza Semionovsky de Petrogrado y que, en los últimos segundos el zar les concedió el perdón? Qué vivencia tan patética y angustiosa para un escritor que supo desnudar el alma humana con una delectación creadora genial, para mirar el fondo mismo de la sangre humana, empujada y revuelta en el cuerpo por todas las pasiones e ímpetus imaginables.
El propio Dostoievski, en cambio, escribe sobre aquel momento culminante de su vida con una sencillez asombrosa. Al mismo tiempo, en sus escritos posteriores procedentes de Siberia, adonde fue enviado después de la absolución y desde donde le dirigió a su hermano numerosas cartas exasperadas en las que describía detalladamente todos los tormentos y crueldades que soportaban los presos y que no podían compararse con el horror de una muerte cercana, habla de aquellos minutos con absoluta serenidad y sencillez: le pusieron las ropas blancas de la ejecución y los ataron a los tres a los postes. En los últimos instantes se le permitió a Dostoievski abrazar a sus amigos. Luego les dieron a besar la cruz y, sobre sus cabezas, rompieron las espadas, porque los condenados pertenecían a la nobleza. En los últimos segundos se dio cuenta de cuánto quería a su hermano. Eso es todo. Y lo relata con la misma concisión y sosiego con que yo lo escribo aquí.
El mayo de 1945 nos sorprendió a los periodistas y trabajadores de la redacción, así como a los empleados administrativos, en la Casa del Pueblo de la calle Hybernská donde preparábamos el nuevo diario libre de Praga. Junto a nosotros, trabajaban allí los impresores en el primer número de posguerra del ya nada ilegal Rudépravo. Cuando el sábado 5 de mayo los ciudadanos empezaron a quitar los letreros alemanes de las calles de Praga y a detener a los soldados nazis y la sublevación de Praga estalló, nos quedamos en la redacción y se unieron a nosotros los impresores: cajistas, linotipistas y el personal auxiliar. También acudieron los periodistas y nos pusimos a trabajar de inmediato. Poco después rezumbó la rotativa y los vendedores salieron a recorrer la ciudad con los primeros ejemplares. Cuando en las calles resonaron los primeros disparos, en la Casa del Pueblo se refugiaron también los ocasionales transeúntes que ya no podían cruzar la calle sin exponerse al peligro y que ni siquiera podían subir a Zizkov ni hacia la Puerta de Polvo. Sobre la Casa del Pueblo ondeaba la bandera checoslovaca y un estandarte rojo. En el jardín de la casa los castaños estaban en flor. Y entre los castaños crecía el árbol de ginkgo, bastante raro en nuestra tierra, recuerdo de los tiempos en que el palacio pertenecía aún a los Kinsky y disponía de un jardín noble.
La estación de Masarykov estaba ocupada por los checos y los alemanes la bombardeaban. Un obús cayó en la Casa del Pueblo y por su patio volaba la metralla de las granadas y las balas. Como los alemanes se habían fortificado no sólo en la YMCE, en Poríc, sino también en el vecino Anglobanco, los proyectiles silbaban sobre nuestras máquinas de escribir y sobre los moños de nuestras mecanógrafas. Por fin toda nuestra redacción se refugió en el sótano, donde estaban la rotativa y la estereotipia, y hasta más abajo, en el almacén de papel. Yo escribía mis poemas de mayo encima de los rollos de papel de periódico del almacén y la escritura se me daba de maravilla. ¡Vaya mesas de trabajo! Las noches se confundían con los días y transcurrían las dramáticas jornadas, ¡el sábado, el domingo, el lunes y el martes!
La guarnición, que según las órdenes del mando de la sublevación sito en los cuarteles de Jan Zizek, en la plaza Josefsky, tenía que defender la Casa del Pueblo, era reducida y estaba humildemente pertrechada. Las escasas municiones se multiplicaron cuando se desarmó a los soldados alemanes que habían ocupado el cercano hotel Monopol, situado frente a la estación. La situación cambió pronto, y no a nuestro favor, cuando los alemanes tomaron la estación de Masarykov y fusilaron a todos cuantos estaban allí guarecidos. Sólo unos pocos lograron refugiarse en la Casa del Pueblo, donde llegaron en el último momento y con las manos vacías. Los acontecimientos se producían uno tras otro. Los alemanes se hicieron fuertes en un inmueble de la esquina de las calles Havlícká y Hybernská. Allí encontraron una tienda en cuya bodega se guardaban el vino y el champán. Recibieron la orden de explorar los sótanos, que se comunicaban entre sí, y en seguida se encontraron en la Casa del Pueblo, así que nuestra diminuta guarnición se repartió entre el sótano y la entrada principal. Los alemanes se acercaron a la mampara blindada. Uno de los defensores del sótano hizo uso de su fusil y mató al primer soldado que intentó entrar. El soldado cayó al suelo justo delante de mí y por primera vez pude ver cómo era la muerte de cerca. Desde el suelo el soldado pidió a sus compañeros que disparasen, pero él mismo ya no conseguía ni levantar el fusil. No tenía fuerzas para oprimir el gatillo del arma. Tan de prisa se le escapaba la vida por la herida del vientre.
Durante unos instantes estuvimos chapoteando, perplejos, en su sangre, pero el oficial que apareció en el vano de la puerta nos ordenó levantar las manos. Reunió a las mujeres que quedaron en el sótano, dijo a los hombres que saliéramos por la puerta de servicio a la calle Havlícká, para dirigirnos hacia el vestíbulo de la estación de Masarykov, envuelta en llamas. Los soldados que nos escoltaban nos aseguraron, sonriendo, que en la estación se nos fusilaría en el acto. Pero antes tuvimos que sentarnos en los raíles. A unos pasos de nosotros se elevaba la pila de los cadáveres de los checos a los que se acababa de fusilar. Sólo debíamos esperar a que saliese el largo convoy sanitario que se había detenido detrás de nosotros. Estaba abarrotado de heridos graves, que yacían sobre las literas, unos encima de otros. Por puro capricho, ante nuestros ojos mataron a un joven al que, por debajo del abrigo, le asomaba una antigua bayoneta austríaca, y a un viejo del que algunos soldados alemanes dijeron que lo habían visto disparar. La sangre que sale de la herida en la nuca no es ningún bello espectáculo. El viejo estuvo callado, pero el muchacho, antes de morir, gimió lastimeramente.
No lo sé a ciencia cierta, pero supongo que fue porque no podían sacar con rapidez el convoy sanitario de la estación, y porque el incendio se iba propagando; el caso es que nos ordenaron levantarnos y, en columna de a dos, nos llevaron por la terminal de cargas a la calle Hybersnká y luego, arriba, hacia Zizkov. La dirección de los ferrocarriles, situada en la periferia de Zizkov, estaba ardiendo. También la casa de enfrente, El Búlgaro, estaba en llamas. El calor del incendio era tan insoportable que tuvimos que protegernos las caras con pañuelos.
Cuántas veces, ay, cuántas veces había recorrido yo, feliz y tranquilo, este camino que pasa por encima de la estación. Desde mi más tierna infancia. Me precipitaba por él cuando me marchaba, feliz, a Kralupy, donde pasaba todas las vacaciones y, a la vuelta, hacia los brazos de mamá. A menudo deambulaban por aquel camino unas vacas asustadas, que no sabían ni a dónde iban.
Desde la calle Hrabovká enfilamos Karlíná calle abajo, dirigiéndonos al cuartel de Jifí de Podébrad. Allí nos pusieron delante de un paredón y tuvimos que esperar de nuevo. Se nos volvió a comunicar que nos iban a fusilar en el patio del cuartel. Pero, en el patio, los alemanes estaban ocupados en preparar su huida de Praga y aún no habían acabado su trajín.
Mientras dábamos vueltas alrededor de Hrabovká, nos acarició la brisa primaveral cargada del aroma de las lilas del jardín que está en la cumbre de Vítkov, donde yo, lleno de una alegría ligera e inocente y con risa despreocupada, entrelazando mis dedos con los de una muchacha, había paseado alguna que otra tarde o noche viendo abajo el humo de la estación. Recordé distintamente cómo olían las pardas violetas de verano, de cuyo perfume todavía sigo teniendo sed. Desde el pabellón del mirador que aún permanece allí, se contempla una de las vistas más hermosas de Praga, aunque esté un poco empañada por el vapor de las locomotoras de la estación que se halla al pie de la colina.
Dos veces desfilaron junto a nosotros los parlamentarios, de ida y de vuelta, con una bandera blanca sobre el hombro. Pasaron sin mirarnos. No barruntábamos siquiera que, en aquellos minutos, se iban realizando unas negociaciones que se prolongaron mucho tiempo. Vivimos los amargos instantes hasta el final, cuando los alemanes decidieron canjearnos por un grupo de mujeres, niños y viejos alemanes que los nuestros habían detenido en su intento de fuga. No tengo la menor idea de cuánto tiempo estuvimos esperando frente al cuartel. El reloj me lo había quitado un soldado alemán, al salir de la Casa del Pueblo. Pero me pareció que habíamos estado allí una eternidad.
Luego, de repente, los alemanes nos ordenaron disolvernos. Al acercarnos de nuevo a las barricadas, cerca del puente de Troya nos encontramos con Pisa y dos compañeros más. Pasamos la última noche tormentosa allí, en casa de unos amigos, y desde las ventanas del edificio, que entonces estaba casi solitario, vimos el ejército de Schorner, una de cuyas unidades se situaba en la carretera que unía Bulovká con el puente de Troya. La misión de aquel ejército consistía en destruir la ciudad y retirarse para rendirse a los americanos. Afortunadamente, no consiguieron su primer objetivo. El segundo, lo lograron sólo en parte. Pero es una historia conocida.
A pesar de la evidente disparidad entre un escritor de fama mundial y el lírico de un país pequeño, le envidié un poco a Dostoievski, si se puede decir así, aquella experiencia única: haber sido condenado a muerte, conocer el instante en que el hombre debe decir, irremediablemente, adiós a la vida, aceptar la inminencia del hecho, para luego volver a saborear la realidad y la dulzura de la vida y salvarse. Conocer aquellos breves minutos terribles en que el tiempo arrastraba apresuradamente al hombre hacia su final, para luego contemplar la extensa vastedad del tiempo que se explaya delante de él como sublime paisaje. ¡Qué drama debe estar viviendo el hombre en aquellos escasos instantes! ¡Cuánto significa un instante similar para cualquiera, y sobre todo para un escritor, pues éste posee la capacidad de formular con precisión una experiencia semejante!
Incluso si estuviese haciendo comparación con algo diferente de esta vivencia humana, quisiera decir de mí mismo lo siguiente:
Cuando Pisa y yo estuvimos frente al paredón del cuartel de Karlíná, saqué del bolsillo un trozo de queso y un poco de pan que me había procurado a la manera alemana al salir del hotel Monopol. El pan y el queso ya no estaban frescos, pero los comimos con avidez. Luego empecé a pensar en mi familia. Sabía que estaban enteramente fuera de peligro. Al mismo tiempo, mi subconsciente no admitía en absoluto la idea de que no volvería a verlos. Con resolución, ahuyenté aquellos pensamientos. Miré las casas tristes y tétricas de enfrente. Todas las ventanas, quizás por precaución, estaban cerradas. En aquel momento, una cortina se levantó un poco dejando ver la cara de un hombre. Luego distinguí, cerca del viaducto de Karlíná, el urinario público de chapa del que guardaba unos recuerdos grotescos.
Muchos años atrás, un dibujante anónimo, pero obviamente hábil, trazó con tinta alquitranada un desnudo femenino en la postura más crítica. De adolescentes íbamos con frecuencia a mirar aquel dibujo. Se conservó allí durante bastante tiempo. ¡Nos trastornaba! Además, para nuestros años era una vivencia completamente excepcional. Mientras estábamos esperando junto al cuartel, aquel dibujo me vino a la mente con nitidez, aunque aquel recuerdo nada decoroso casi se me había borrado de la memoria.
Eché otra ojeada a las ventanas grises de enfrente. De la chimenea salía humo y se me ocurrió que aquella gente, feliz porque no tenía que aguardar delante del paredón del cuartel, nos estaría mirando de tarde en tarde, por detrás de los visillos corridos, mientras iba haciendo la comida. Por el amor de Dios, no lo consideréis valor, pero en aquellos instantes, os lo juro, no pensé en la muerte; aunque, y lo teníamos muy en cuenta, nos estaba esperando a dos pasos de allí, en el patio.
Y cuando nos hicieron disolvernos, cuando respiramos el dulce aire de la libertad, cuando oímos la radio de Praga anunciar por todo lo alto la capitulación de los alemanes, puedo decir que olvidamos en seguida los momentos vividos aquella mañana.
Pero ¿y al cabo de los años?
Hace poco me encontré en el mismo sitio donde vivimos aquella penosa experiencia, y no me acordé de nada en absoluto. Sólo al volver a casa comprendí que había pasado por allí sin darme cuenta de ello.
Hoy recuerdo aquellos horribles instantes como un niño recuerda el sarampión del año pasado, cuando está corriendo hacia un balón nuevo.
Sí, creedme. Es así. Y que os vaya bien. ¡Adiós! ¡Y ojalá no haya más guerras!