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Jaroslav Vrchlicky tenía aquel espectáculo casi debajo de sus ventanas. Sobre el Vltava, atados al parapeto con pesadas cadenas, se balanceaban en las ondas dos embarcaderos. Uno grande, destinado a los grandes barcos de vapor, que atracaban ceremoniosamente y llenos de dignidad, y otro más pequeño, para los vaporcitos que salían silbando cada minuto, mientras los que venían aminoraban a lo lejos el girar de sus ruedas para dar tiempo a que el embarcadero quedase libre. El pequeño estaba repleto de gente casi constantemente, mientras que en las dos cubiertas del grande solía quedar más espacio libre.
El enjambre de moscas se precipita con el aire, y zumba, raudo, por encima del vapor.
Hace un hermoso domingo de junio, luce el sol y Praga se vacía a toda prisa. Algunas de sus calles laterales recuerdan el abandono de un pueblecito agreste. Praga, si no se ha fugado lejos, hacia el bosque, se encuentra en la orilla del río.
Estoy en la cubierta del barco, acodado en la barandilla, viendo desfilar delante de mí Hrad, el Teatro Nacional, y Manes, y observando con qué rapidez se acerca Podolí. Allí también hubo un embarcadero. Pero hace mucho que no existe. Y en la orilla están gozosamente tumbados miles y miles de cuerpos humanos. Un sinnúmero de cuerpos jóvenes y viejos, esbeltos y menos atractivos, han cubierto la arena abrasadora. Y el vapor deja atrás esas desnudeces humanas y corre hacia Zbraslav, donde las más de las veces se permite el lujo de quedar inmóvil junto a la orilla, expuesto al calor del sol.
Un recuerdo luctuoso acude a mi memoria.
En la película americana El proceso de Nüremberg, con Spencer Tracy y Burt Lancaster, en la que la soberbia Marlene Dietrich interpreta un papel poco simpático, pero lo hace con precisión, ostentando las rosas de la singular belleza de sus setenta años, le pide al acusador público que se proyecten secuencias de los filmes encontrados en los campos de concentración. Las cintas son sobrecogedoras. Centenares de yertos cadáveres de presos torturados, amontonados con intencionada densidad, son enterrados por las pesadas palas de las apisonadoras en surcos de escasa hondura y cubiertos con barro.
Los cuerpos, uno tras otro, caen en sus poco profundas tumbas.
Ni una lágrima en ninguna parte.
A veces me parece casi imposible creer que, después de producirse aquellos hechos -no tan antiguos, en realidad-, nos coloquemos ante la barra de un merendero, nos tomemos una cerveza, un refresco, bromeemos con una chica bien peinadita que está detrás de la barra y sonriamos felices. ¿Cómo puede ser que nuestra vida -y entre aquellos muertos había decenas de miles de los nuestros- haya superado aquellos espeluznantes acontecimientos con tanta facilidad y que siga adelante como si en nuestras existencias jamás hubieran tenido lugar aquellos episodios terroríficos? No estoy hablando de los jóvenes. Pero nosotros fuimos casi testigos. ¡Qué pronto olvidan los vivos! Probablemente, así debe ser. Probablemente, de otro modo vivir sería imposible. Pues no lo recordemos.
Pero, ¡cómo no recordarlo!
Aquí, delante de nosotros, hay miles de cuerpos humanos. Pero están vivos, la gente se siente feliz y no piensa en la muerte. ¡Para qué! Pero también va avanzando hacia aquí la hora, esa apisonadora invisible y silenciosa que nos arrastra, uno a uno, a nosotros, yertos, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo, hacia los surcos de escasa profundidad para enterrarnos debajo del barro y del olvido.
Tal vez, con una diferencia. Alguien llora y suspira sobre nosotros un minuto. Pero luego llega el mismo silencio.
Ya me callo. No es un buen final para este comienzo.
Vamos por la vida de desengaño en desengaño. Si los encerramos dentro de nosotros y no se los mencionamos a los demás, a eso se le llama optimismo vital. Pero empiezan ya en la infancia y continúan hasta el final de la vida.
Uno de esos desengaños -y la desilusión aquella vez fue bien fuerte- lo viví siendo todavía niño. No me acuerdo en qué ocasión, tuve la posibilidad de visitar, junto con mi padre, el ayuntamiento de la Ciudad Vieja, y nos llevaron a ver la torre del carillón. Heinz, el famoso relojero de la plaza de la Ciudad Vieja, encargado de reparar y de revisar el carillón, nos explicó el funcionamiento del mecanismo del antiguo aparato. Los signos del zodíaco no me interesaban especialmente, pero en cambio, conocí de cerca, para mi triste sorpresa, a los apóstoles que siempre miraba desde la calle, debajo de la torre, con devoción y sin cansarme, que se me antojaban medio vivos y que en realidad no eran sino armazones de cuerpos afianzados sobre una rueda de madera. Que iba girando lentamente. No era Jesucristo el que pasaba de una ventana a la otra, sino sólo su mitad. Tampoco Juan, el preferido del Señor, tenía piernas, mientras que San Pedro, con sus llaves de plata, era tan sólo un mísero torso, exactamente como los demás.
Aquél fue un desengaño que me conmovió dolorosamente. La ilusión había terminado y nunca pude mirar la procesión detrás de las ventanas con la fascinación de antes.
A pesar de todo, debo reconocer que hasta ahora me detengo delante de la torre de la Ciudad Vieja y, si dispongo de un poco de tiempo, examino los escaparates de la torre, aunque no me interesan, para aguardar el momento en que empieza el modesto espectáculo y el rico hace sonar sus ducados, la muerte mueve la cabeza y castañetea, hasta que al final canta el gallo.
No estoy allí yo solo. Habitualmente, se detiene a mi lado algún grupo de extranjeros y visitantes de Praga. Los extranjeros suelen venir mucho. Los que se ven más, son los alemanes; también veía a franceses y a algunos americanos con una insignia en el ojal. Los americanos me llamaban la atención más que los otros. Quizás este mismo grupo acabara de estar en Houston, presenciando el lanzamiento de un cohete a la Luna. Quizá lo estuvieron mirando sumidos en un silencio impasible, con una curiosidad serena y natural. Pero aquí, con vivacidad y casi con excitación, se señalaban unos a otros los movimientos de las figuras y observaban emocionados la procesión mecánica de cada hora que desfilaba detrás de las ventanas azules del carillón.
¡Ay, estaba claro que no sospechaban que los apóstoles no tenían piernas!
Y luego dicen que ahora en Praga ya no se producen brujerías medievales, llenas de misterios imperfectos y de una belleza única.
No recuerdo que mi madre cantase alguna vez. Ni mientras estaba lavando la ropa, ni cuando nos acunaba a nosotros, los niños. Evidentemente, no puedo acordarme de mis primeros años, pero tenía una hermana unos años más pequeña que yo. En cambio, sigo oyendo en mi interior cómo me adormecía con su voz el reloj que en la cocina colgaba sobre mi cama. Era un reloj de cocina barato, con dos pesas. Había que tirar de ellas dos veces al día. Por la mañana y por la noche. En su esfera, un óvalo enmarcaba un dibujo popular: un ciervo volviendo la cabeza hacia su hembra en medio de un frondoso bosque. El reloj estuvo funcionando en nuestra casa durante cincuenta años. Al final se paró y, al morir mi madre, me lo llevé a mi casa. Durante mucho tiempo, sobre el reloj, olvidado detrás de una viga del desván, había estado cayendo el polvo; ningún relojero quería arreglarlo. El primitivo mecanismo estaba tan desgastado que ya era imposible ponerlo en marcha de nuevo. Era sencillamente incapaz de volver a funcionar. Al cabo de largos años, gracias a la amabilidad de un buen amigo, el reloj cuelga en mi habitación y funciona. Con asombrosa exactitud. Como las señales horarias de la radio.
Así, después de mucho tiempo, vuelvo a escuchar su claro sonido, sus crujidos y su tictac rítmico. Está algo afónico, como un viejo fumador de pipa. Como yo. Como mis poemas. Pero funciona, a pesar de todo, y da la hora. Un poco roncamente, pero con exactitud.
Este familiar tictac es, sin embargo, lo que más escucho de sus viejas vísceras. Me habla con entera claridad. Distingo en su voz cándida, pero siempre acompasada -si me quedo a la escucha y atiendo a su tictac-, muchísimas palabras. Mi oficio, en cierto modo, es también un poco esto.
Hacía una hermosa tarde de la mitad del verano. Me estaba preparando a dar un paseo hasta un cercano jardín soleado. La calle resplandecía en el calor y daba verdadera pena permanecer en casa. Miré al reloj. Faltaba poco para las tres, cuando el reloj anunció:
¡Llé-va-te-el-pa-ra-guas! ¡ Llé-va-te-el-pa-ra-guas!
Lo oí con perfecta nitidez. Qué disparate, le contesté al reloj; el cielo está azul, no hay una sola nube. Al cabo de una hora regresé a casa empapado hasta la médula de los huesos por una repentina tormenta de verano. El reloj me dijo, claramente:
¿Lo-ves-a-ho-ra? ¿Lo-ves-a-ho-ra?
No dejo de recordar, de vez en cuando, cómo, hace tiempo, en casa, me daba prisa:
¡Duér-me-te-ya-pe-que-ño! ¡ Duér-me-te-ya-pe-que-ño!
Por lo común, no tenía que repetírmelo muchas veces. Me quedaba dormido nada rnás envolverme en el edredón.
En los últimos años la gente se ha habituado a morir cómodamente, en una clínica. Pero si a mí se me concede despedirme del mundo en casa, en mi cama, no dudo que el reloj me murmure:
¡Ve-te-con-Dios! ¡Ve-te-con-Dios!
Según me contaba mi madre, su tictac me saludó también cuando vine a este mundo; así que todo quedaría en un orden perfecto.
Aún permanecerá algún tiempo colgado en la pared («le gustaba a papá»), hasta que un día lo devuelvan de nuevo a la viga del desván.
¡ Ya-pa-ra-siem-pre! ¡ Ya-pa-ra-siem-pre!
Dicen que los jóvenes sueñan y los viejos recuerdan. Pero no sólo son los recuerdos angustiosos, tristes y tiernos los que se arrastran detrás de un anciano. ¡Los viejos también sueñan! Y os asombraría saber cuan intensos llegan a ser los sueños de los viejos. Y con frecuencia, claro está, también son vanos. Los viejos se impacientan sólo con la espera de la muerte. No son tan apremiantes como antes. Y, si son razonablemente modestos, proporcionan momentos agradables y felices. Podéis creérmelo. Pero volvamos a los recuerdos a los que uno está condenado. Porque la vida sin ellos estaría vacía y desolada.
Ocurrió que una tarde de estío, cuando desde los cercanos jardines llegaba aún el olor fresco de la vegetación del verano, me encontré delante de un inmueble desconchado en la calle Riegrová de Zizkov. Ahora aquella calle lleva otro nombre. El edificio, rodeado de galerías, estaba triste y destartalado. Toda la calle que baja al Jardín del Paraíso estaba desolada, triste y ruinosa. Su devastación resaltaba aún más por las dos hileras ininterrumpidas de coches aparcados a lo largo de ambas aceras. Algunos de ellos estaban polvorientos, otros protegidos por unas lonas de un color gris sucio. La calle estaba casi muerta. Las tiendas habían sido cerradas o transformadas en viviendas y no se veía un alma. ¡Quién iba a andar por allí a esas horas!
Lleno de curiosidad, entré en la casa. El patio estaba casi igual que hacía tres cuartos de siglo. Y el jardín trasero, tan desarreglado y descuidado como otrora. La bomba de agua que chirriaba tan lastimeramente, había desaparecido. Todo estaba henchido de hollines, de silencio, de abandono.
El jardín era bastante espacioso. En él habían cabido no sólo un escenario del teatro de aficionados, sino también unas filas de sillas que sacaban del restaurante situado en el sótano. A unos pasos de allí había una taberna. En nuestro edificio tenía su sede una conocida sociedad de Zizkov, La Conversación Católica. Dirigía La Conversación Católica un cura belicoso, el padre Roudnicky. Así le llamaban en Zizkov, pero su nombre a secas se oía mucho en las reuniones políticas. Era un gallo de pelea clerical.
Presentó su candidatura durante las elecciones al parlamento austríaco y la sede de La Conversación Católica se convirtió en su cuartel general, desde donde dirigía la campaña de su partido. Sin éxito. Zizkov pertenecía a los socialistas populistas y a los socialdemócratas, que allí rivalizaban con éxito alternativo. El padre Roudnicky fracasó.
Aún no me había decidido a entrar en la casa cuando me quedé inmóvil de sorpresa. A la altura del primer piso del edificio una inscripción fresca atravesaba toda la fachada: «La Conversación Católica.»
Habían pasado tantos años. ¡Intentad repasar en vuestra mente todos los eventos, grandes y adversos, de este siglo! Habíamos tenido una guerra. Austria había caído. Transcurrieron los veinte años de la primera república y nuestra tierra fue invadida por Hitler. Estalló la Segunda Guerra Mundial. Cayó Hitler y el gran imperio se desmoronó. Decenas de millones de hombres murieron en los campos de batalla de todo el mundo y nuestra tierra conoció un sinfín de cambios y accidentes. ¡Pero La Conversación Católica resistió todos estos avatares del tiempo! Hace muy poco tiempo que su letrero fue borrado y desapareció.
También el enorme crucifijo seguía en el portal y en la roja lamparilla titilaba un pabilo encendido. Tampoco había cambiado nada en las galerías que durante las actuaciones de los aficionados se transformaban en el gallinero para los espectadores. Las tinas y las artesas seguían allí igual que antes. Y en las noches de verano todavía nos sentábamos en aquel lugar, cansados, cuando el viento traía rachas del aromático aire del Jardín del Paraíso y de los huertos de Reigr. Svatopluk Cech ha dedicado unas poesías a su casa y se queja de que
… los tacones de gente extraña
pisoteaban el sueño beatífico de mi juventud.
¿Cómo podía hablar yo de gente extraña? ¡Casi todo estaba exactamente igual a como lo había dejado en mi primera juventud!
Sólo los aficionados y su pequeño teatro habían desaparecido, tragados por el tiempo. ¡Pero eso no tenía nada de sorprendente, dada la competencia de tantos cines y teatros! Aunque aquello era bonito y divertido. Por supuesto, ya no me acuerdo de sus representaciones. En mi memoria queda una sola función. La pieza se titulaba El Norte contra el Sur. Bien entendido, trataba de la época de la guerra civil de América. No conozco el nombre del autor. Si recuerdo la representación es porque, en uno de sus episodios, una enorme explosión cambiaba el curso de la historia. La detonación artificial hizo temblar el escenario, la luz de las bengalas tiñó de rojo los rostros de todos los actores y espectadores, sobre la escena cayeron unos ladrillos de cartón y ante el público apareció un hombre con la camisa desabrochada, sin duda alguna el héroe de la historia. Se trataba de un episodio trágico; pero entre los espectadores sonaron en seguida unas carcajadas alegres. Me asomé sobre la barandilla de la galería, pero no comprendí nada.
Seguí sin comprenderlo algún tiempo más de mi infancia, hasta que, gracias a unas observaciones irónicas, vi de qué se trataba exactamente, y por qué la gente se reía del pobre actor olvidadizo. Todo se debía a un pequeño desarreglo en su indumentaria.
Salí despacio del portal y saludé tristemente con la mano a la escalera; también mis pies de niño ayudaron a gastarla.
Cada uno tiene en su vida recuerdos sentimentales al menos para un minuto.
Yo también.
El domingo 7 de julio de 1872, Paul Verlaine salió a la calle a comprar en una farmacia próxima una medicina para su mujer enferma. Por desgracia, en su breve camino se cruzó con Rimbaud. A Rimbaud no le costó mucho convencer a Verlaine para que huyera con él a Bélgica. En vez de ir a la farmacia, Verlaine y Rimbaud se fueron directamente a la estación. Tres días más tarde, Matilde recorría París preguntando en vano a sus amigos. Fue incluso al depósito de cadáveres, antes de saber que su marido, junto con el autor de El barco ebrio, se había marchado a la vecina Bélgica.
El recado fallido de la medicina, es, quizás, lo único que me hace pensar en aquel poeta en relación con el recuerdo que aquí voy a contar. Parece que no se debe enviar a los escritores a la farmacia cuando su mujer se pone enferma.
Pero debo empezar por otra cosa.
En los últimos años de la Primera Guerra Mundial vivíamos en un feo piso de un feo inmueble de la avenida Hus de Zizkov. El piso, situado en un edificio de la esquina de la calle, tenía, a pesar de todo, una enorme ventaja. La ventana de nuestra cocina y la galería daban a los extensos campos del monte Vitkov. En el campo que bajaba hasta la línea de ferrocarril crecía, ondulante, el botón de oro y, cuando llegaba la primavera y los arbustos florecían, las ondulaciones de los racimos inodoros, pero de un amarillo inconfundible, ofrecían un espectáculo singular. Frána Srámek escribió sobre estas flores unos hermosos versos. Cuando dejaba de florecer el codeso llegaba a nuestra ventana el dulce perfume de las acacias en flor, que crecían a lo largo de la vía férrea. Su olor invadía toda la casa, la galería y el oscuro patio separado del terraplén ferroviario por una alta muralla de ladrillo que se iba desconchando y detrás de la cual se encontraban dos depósitos de carbón. Aquel perfume primaveral hacía allí bastante falta. El patio era pequeño y lleno de charcos. Durante la guerra, los inquilinos llevaban a aquel lugar sus gallinas, que escarbaban en vano el suelo de piedra y picoteaban la argamasa de la muralla… A veces pasaba por allí, corriendo, en pleno día, una rata que compartía con las gallinas las sobras de la comida que los habitantes de la casa tiraban desde la galería. Hacia la noche, cuando empezaba a oscurecer, las gallinas se reunían ante la puerta del patio y esperaban pacientemente que alguien se la abriese. Luego, se precipitaban por la escalera, dando unos saltos cómicos, de un peldaño a otro. Sin dificultad, reconocían su piso y su puerta. También subían la escalera a saltos si tenían que poner un huevo, y entonces, gruñendo, exigían la entrada. Luego la casa se llenaba de alegres cantos maternos ante el milagro de aquel tesoro pequeño pero tan celebrado en los tiempos de guerra.
¿Me preguntáis dónde tenían los inquilinos las gallinas? Algunos, en la cocina, pero muchos en una pequeña despensa oscura cuya ventana daba al pestilente patio de luces y donde era imposible guardar los alimentos. Además, ¿qué alimentos iba a haber durante la guerra?
La ventana de nuestra pequeña y angosta habitación daba a una calle animada. Justo delante de nosotros, en la casa de El ángel dorado, con su relieve colgando sobre la taberna, vivía Frantisek Sauer, un personaje popular en Zizkov, buena persona y, al final de sus días, también autor de un libro sobre su vida.
La guerra terminó y en casa de Sauer se instalaron en seguida Jaroslav Hasek y su segunda mujer, a la que había traído de Rusia. El impenitente mistificador la presentaba como una princesa. No lo parecía. Mirábamos directamente a sus ventanas, de modo que podíamos ver los tardíos amaneceres de Süra -así la llamaban los vecinos de Zizkov-, que observaba con interés la vida de nuestra ruidosa calle.
En el edificio de al lado vivía mi compañero de colegio, mi amigo Ivan Suk, más tarde un lírico prometedor, el crítico favorito del Cesko slovo. Bastaba con salir a la galería y dar un silbido; Suk no tardaba en aparecer en la suya. Juntos jugábamos al billar. En la casa donde vivía Suk había una taberna. Creo que se llamaba, aunque no estoy muy seguro, El albañil. El amable arrendatario de la taberna, un formidable jugador de billar, nos inició en los secretos de este juego.
Alguna que otra vez aparecía en la taberna Jaroslav Hasek. No se quedaba mucho tiempo. Allí estaba demasiado cerca de su mujer, que en vano se empeñaba en retener a Hasek en su casa. Cuando alguien le preguntó un día por qué no venía a El ángel dorado, contestó que porque había que subir escaleras. En efecto; la entrada de la taberna tenía tres peldaños.
Una tarde de verano, Hasek vino a la taberna vestido con la ropa de andar por casa. Iba en camisa y con zapatillas. Con una mano sostenía el pantalón. Confesó que Sura le había escondido los zapatos, los tirantes y la chaqueta. Había salido sólo para ir a la farmacia; su mujer estaba enferma y el médico le había recetado unos polvos. Para aprovechar la salida, se había traído una jarra. Que el tabernero le echase un poco de cerveza, para tomarla de pie, y jugaría con nosotros una partida de billar. Jugaba muy mal. Al apurar su tercer vaso de cerveza, dijo que tenía que ir a buscar la medicina. La mujer le estaba esperando y él pasaría a recoger la jarra al volver de la farmacia. No pasó a recogerla nunca.
Al cabo de dos días, alguien llamó a nuestra puerta terminantemente. En el umbral estaba Sura, que nos inquirió, furibunda:
– ¿Dónde está Jarousek?
Lloró un poco hablando con mi madre y se marchó enjugándose las lágrimas.
No, Hasek no se encontró con ningún Rimbaud, ni se había marchado al extranjero. Regresó una semana después. Con la jarra de cerveza, pero sin la medicina. Evidentemente, la medicina ya no hacía falta. Su mujer ya estaba bien. «¡Demasiado bien!», añadía él, riéndose.
Durante aquel largo paseo en zapatillas y sin chaqueta a través de la Praga estival y de todas las tabernas existentes, Hasek escribió, rodeado por sus amigos y compinches, que no querían respetar su trabajo de ninguna manera, el volumen entero de Las aventuras del valeroso soldado Svejk. Escribía en una esquina de la mesa y, cuando tenía escritas unas páginas, alguno de sus compañeros llevaba el manuscrito al editor Synek, y éste le pagaba la parte correspondiente al trabajo entregado. Claro está, ni una corona más. El dinero alcanzaba para un día y una noche; y a la mañana siguiente debía ponerse a escribir de nuevo, si no quería sentarse delante de un vaso vacío.
Lógicamente, tal procedimiento de escritura suscita una pregunta: ¿Cómo habría podido salir el libro si lo hubiera escrito en calma, cómodamente sentado delante de su mesa de trabajo? Pero éste no es más que el eterno y fatídico «si» condicional. Quizás, si Hasek no lo hubiera ido escribiendo sobre las mesas cubiertas de charcos de cerveza, entre la algarabía de las conversaciones de taberna, rodeado de unos compañeros sedientos y para satisfacer esa necesidad de su pandilla, quizás entonces el libro no habría sido escrito jamás, ni Hasek sería el Hasek cuyo nombre es conocido hoy en toda Europa.
Hasek murió joven, como un héroe. También murió Sura. También ha desaparecido el fiel amigo de Hasek, su paciente compañero Frantisek Sauer. Sólo Svejk -aquel pícaro, extravertido y granuja con un magnífico sentido común, como caracterizó a Svejk el profesor Vondrácek- sigue viviendo con regocijo no sólo su peregrinación de Putim, sino la que hizo a través de casi todo el mundo, por los lugares a donde jamás se había propuesto llegar.
¿Quién de nosotros no leyó de niño, con regodeo y curiosidad, la «crónica negra» de los diarios, como se llamaban y siguen llamándose hasta ahora las noticias periodísticas sobre asesinatos, violaciones, accidentes y catástrofes? Pero lo que ahora se menciona con una brevedad implacable, se pintaba entonces con todo lujo de detalles sangrientos, escandalosos y morbosos. Aquellos comunicados corrían a cargo de unos periodistas especialmente hábiles y expertos en el tema, que se encontraban entre la policía criminal como en su casa, que conocían a todos los funcionarios y agentes y que competían entre ellos no sólo en la rapidez, sino también en la turbulencia de la descripción del suceso. Todo esto lo supe más tarde, trabajando en el periódico.
Sin embargo, de niño los leía con avidez y curiosidad y los ojos se me encandilaban. Pero los leía sin compasión. Sólo después de haber presenciado una vez una pelea cruenta, me quedé lo suficientemente turbado para comprender algo. Todas las descripciones de los periódicos no rozaban ni de cerca la plasticidad hiriente del hecho real que se desarrolló ante mis ojos. Varias veces había leído, como algo normal: «¡Apuñalado en una reyerta!» Pero cuando, por casualidad, una tarde, cuando había luz aún, vi el desenlace de un altercado y de una pelea que se produjeron en el parque Vrchlicky, donde dos hombres discutieron por una chica y uno de ellos sacó una navaja y se la clavó a su rival en el vientre, eché a correr aterrado. El acero de la navaja, que brillaba aún ante mis ojos, me persiguió una buena parte del camino, mientras la muchacha gritaba y el herido se contorsionaba sobre la hierba. Y tuvo que pasar un buen rato para que se me aquietara el corazón, que se me salía del pecho. La experiencia fue demasiado viva, demasiado real.
Aquéllos eran los años en que nos atraía y excitaba el parque situado frente a la actual Estación Central, al que se había otorgado, de forma bastante accidental, el nombre del gran poeta. Al atardecer, por su alameda principal y por los senderos laterales, paseaban las chicas y llamaban a los transeúntes invitándoles a pasar unos minutos de amor en la oscuridad de las frondosas matas o sobre un banco solitario. Nosotros, los chavales de las vecinas calles de Zizkov, observábamos desde lejos y conteniendo la respiración a aquellas muchachas de vestidos llamativos y de caras retocadas con los aceites cosméticos de la época, que eran más bien primitivos, como creo recordar. En todo caso, eran baratos. Aquél no era el único sitio que conocíamos a tal propósito. De la larga valla del Jardín del Paraíso, en la calle Pfemyslová, también se despegaban nocturnas sombras femeninas; y en la avenida Hus, en las proximidades de un hotel por horas, desfilaban incluso por las mañanas. Pero en el parque Vrchlicky había más chicas y la quietud del jardín nos resultaba mucho más romántica.
De día, sin embargo, el parque se convertía invariablemente en el lugar más inocente de la ciudad. En el lago, debajo de una roca artificial, nadaba una pareja de cisnes y, sobre el césped de la orilla, tiritaban unos patos salvajes. Todo estaba apacible y respiraba un amor idílico. Por los senderos deambulaban las madres empujando los cochecitos, los niños desmigajaban para los cisnes y los patos las rosquillas que los vendedores llevaban ensartadas en largas pértigas de madera. En los bancos estaban sentados los viejos; se pagaban dos hellers. Entre los arbustos en flor, pasaba a veces, lentamente, un carruaje.
Pero apenas empezaba a oscurecer y los visitantes diurnos se retiraban, aparecía la primera chica maquillada. Una joven caminaba por la alameda principal bajo la luz de las farolas; otra, menos atractiva, se refugiaba entre las tinieblas de los senderos más oscuros, cerca de la estación o en el otro extremo del parque, junto a las casas.
Más tarde, un amigo mío, que era un cínico reconocido, me decía: «Da lo mismo que el amor dure dos o tres años o dos o tres minutos.» Al fin y al cabo, ¿qué es, exactamente, el amor? Un francés, había olvidado su nombre, definía el amor como la fricción de dos epidermis.
La vida castigó terriblemente a mi amigo por decir esas cosas. Cuando rondaba la cincuentena y el pelo le empezaba a encanecer, se enamoró honda y desesperadamente de una chica de diecinueve años. Y, ya se sabe, no fue correspondido. ¿Cómo iba a serlo? Aquella pasión, vana y agotadora, lo atormentó durante varios años y el cabello se le volvió enteramente cano. Al final intentó escribir poesías. Y eso fue lo peor.
Una vez en verano lo encontré en la plaza de Václav. Tenía la cara triste y hablaba con exasperación.
El parque Vrchlicky queda a dos pasos. Al despedirme de mi amigo, me dirigí allí. Compré unas rosquillas y eché unos trocitos a los patos y cisnes.
Fue una comunión con el amor, si es que se puede utilizar una rosquilla para comulgar.
En mi niñez, era un charco pequeño y poco profundo, con juncos que crecían, aquí y allá, cerca de sus orillas. La superficie de la alberca estaba casi completamente lisa por la verdura, por las diminutas hojas de azumbar que la cubrían. Se decía que en la alberca desembocaban las aguas subterráneas del cementerio, después de lavar las silenciosas y secas lágrimas de los rostros de los muertos y sus blanquecinos huesos, más silentes aún.
Ahora pasa por allí una amplia carretera que conduce a la terminal de cargas de la estación de Zizkov. El muro que separaba el cementerio de la alberca fue demolido. De sus orillas han desaparecido las casitas y aquel acogedor restaurante en el que, al concluir sus funestos ritos, se sentaban los obreros del cementerio para chocar sus vasos alegremente Aquí, ya todo está cambiado y es extraño para mí. De niño venía a este lugar casi a diario.
Una vez, una joven desdichada intentó ahogarse aquí. La sacaron del viscoso pantano casi en seguida. Tenía en el pelo los sucios mechones verdes de las algas. La alberca no la había aceptado, simplemente. ¿Qué tenía que ver un amor desgraciado con su pestilente quietud?
Si alguna vez hubiese encontrado en el polvo de un camino una reluciente alhaja, no me habría sobrasaltado tanto como el día aquel en que vi en el agua de la alberca un pececito dorado. Sabe Dios cómo habría llegado hasta allí. Lo debía de estar pasando muy mal. En el agua pululaban las dafnias, que los aficionados a los acuarios venían a coger allí con unas menudas redes. Por lo visto, así fue como el pez dorado, que llegó a quitarme el sueño, había ido a parar a la alberca.
A unos pasos de la alberca se encontraba el chalet de Olsan, famoso hasta ahora, de St. K. Neumann. Estaba lo suficientemente lejos para que sus habitantes no sintiesen el hedor del agua putrefacta, pero no tanto como para que no oyesen por la noche los conciertos de las ranas. Como es lógico, fue años más tarde cuando me acerqué a la tapia del chalet para echar una mirada de curiosidad a su jardín silvestre. Sucedió en la época en que yo paseaba bordeando la alberca pero sin prestarle apenas atención.
Durante el curso quinto o sexto, en el gimnasio de Zizkov nos impartía clases el profesor Entlicher. Era especialista en filología clásica, pero también conocía bien los filósofos orientales y, además, cosa que no supimos comprender entonces, traducía baratas novelas policíacas, de ínfima calidad. También vertió al checo, para el editor Hunek, las novelas de aventuras de Salgari. Era solterón, un poco ridículo, y vivía cerca del gimnasio, junto con su madre. A veces, si hacía buen tiempo, cerraba el texto de latín y, en lugar de examinarnos, nos describía plástica, pintoresca y verídicamente la vida en la Roma antigua. Aquello era increíblemente apasionante. En su juventud había sido amigo de Gellner y el poeta le dedicó este epigrama:
Fue de joven un gran esnob y en misántropo se convirtió.
Yo disfrutaba alardeando de aquella amistad. En el gimnasio éramos tres chicos a los que nos unía la primera afición a la literatura. Némec era el más pequeño. Suk descubrió en los estantes de un librero de Zizkov, Jirman, los restos de la edición del libro de Gellner Después de nosotros, el diluvio. Dios sabe cómo llegarían allí. Una de las canciones de Gellner incluidas en su libro Las alegrías de la vida, anónimamente dedicadas a Marie Majerova, la adaptamos nosotros a la melodía de la popular tonada Una chica me regaló un anillo de oro. La berreábamos en todas las tascas. No hace mucho oí entonar aquella canción de Gellner en una taberna de Praga. Había resistido mucho tiempo. De Frantisek Gellner al anarquismo y a St. K. Neumann no había más que un paso. Así que, tras varios años, volví a encontrarme, junto con unos compañeros, cerca de la alberca de Olsan y de la tapia del chalet de Neumann. En el jardín seguían floreciendo las hileras de azucenas, junto a las que se sentaban los poetas y anarquistas Srámek, Mahen y Kácha; pero el propio Neumann estaba, desde hacía mucho tiempo, en Moravia. En el chalet vivía sólo Kamila, que estaba preparando El libro de buenos autores que le ayudaba a redactar Arnost Procházka. Neumann se había vuelto a casar y tenía una hija, Sofía. Más tarde la conocí.
Encontré, ya no sé dónde, un viejo folleto con el primer ensayo dedicado a Neumann. Lo había escrito Polan y estaba excelentemente escrito. Borovy volvió a publicarlo en una edición ampliada y nuevamente redactada, acompañada del conocido dibujo de Gellner.
Cuando me quedaba en casa solo declamaba, con un énfasis desmesurado y a voz en cuello, la cita que Polan hacía del poema de Neumann «De niño me agité en tu seno» que el poeta dirigía a Société:
¡Oh repudiada! Te haré parir hijos bastardos, vampiros sin Dios, me tiraré rabioso sobre tu cuello altanero, para que el limo manche tu sangre, despiadado e indeleble, para que los propios dioses incendien los templos que erigiste, para que con las trompetas de venganza penetren en tus ciudades de burgueses libertinos, y cuelguen los escudos de la libertad sobre los hogares, las cornisas y las vigas.
Recitaba el poema con una vehemencia tal y durante tanto tiempo, que algún vecino de la habitación de al lado o de arriba empezaba a dar golpes en la pared.
Nos acercamos muchas veces al viejo chalet de Olsan. Pero en vano. No vimos al poeta ni podíamos verlo. Yo coloqué una reproducción de una fotografía suya en el marco que, debajo de la reproducción, rodeaba una imagen de la Virgen María.
Por supuesto, los tres nos pusimos de parte de los anarquistas y, para que lo grotesco fuese más completo, como suele ocurrir en este mundo, encontramos compañeros que compartían nuestras ideas en la socialdemócrata Academia Obrera, donde el bibliotecario, el camarada Weis, respetable y bonachón, acabó concediéndonos, sin sospechar nada, un precioso cuartito. Aquello terminó mal. En nuestro ambiente, pero sin saberlo nosotros, surgió la idea del atentado contra la vida del Dr. Kramáf. Por suerte, el intento fracasó.
Abandonamos la Academia Obrera y nos refugiamos en la cafetería Unión, aquella famosa Unión sobre la que se ha escrito tanto que no me queda por añadir sino una cosa: que fue demolida y que, en su lugar, en la avenida Nacional, se halla la edificación de cristal de Albatros.
Me he alejado demasiado de las orillas de la alberca de Olsan. En Unión conocí a algunos de los visitantes, estupendos y afectuosos, del chalet de Olsan: a Michael Kácha y a Antonín Boucek. Y a la hermosa Luiza Stychova. Aquella belleza morena de ojos negros parecía haber salido de una novela revolucionaria rusa; nombraría directamente un hermoso relato de Andreiev si su título cruel no me impidiese emplearlo en esta ocasión.
Pero fue en los años de posguerra cuando, gracias a Boucek, vi a Neumann por primera vez. Lo habría reconocido aun cuando Boucek no le acompañase, pero la presencia de éste me confirmó la realidad.
Antaño llevaba una corbata negra y un sombrero negro de alas anchas. Sólo habían sobrevivido la eterna pipa y los labios apretados con firmeza. En lo demás, era un simpático señor de edad, en el que se detenía, aunque de pasada, más de un par de ojos de muchacha, como más tarde comprobé. Acababa de salir de la puerta del mercado de la calle Ovocná y llevaba una bolsa de malla. Aquello me emocionó, porque entonces no era frecuente ver a un hombre salir de un mercado cargado con una bolsa, La de Neumann estaba repleta de despojos de cerdo. Allí, en Zizkov, los llamábamos rabos de cerdo. Quizá no había en ello nada de extraño, aun cuando estilísticamente no me encajase del todo con la figura del autor de La gloria de Satán que nosotros conocíamos, y de Los apostrofes, orgullosos y apasionados. La red de la bolsa dejaba ver los rosados rabos de cerdo, y aquello se me antojó entonces bastante ridículo. A pesar de eso, me precipité hacia el poeta y le saludé con una profunda reverencia, a la que Neumann me contestó, natural y amable: «Hola.» Eso me permitió sentir la personalidad cívica del poeta: ¡Con los rabos de cerdo se preparaba un excelente gulasch segedinsky ¡
Conocí a Neumann poco después. Pero no ocurrió en Unión, sino en la calle Stepánska, en casa de Borovy, adonde Neumann me invitó después de enviarle yo algunos poemas míos.
Pero también me senté a su lado en Unión. Una vez trajo consigo a su hija Sofía, muy joven y muy guapa. Ninguno de nosotros podía apartar su mirada de ella. Al caer la tarde, él me pidió que la acompañase a casa. Quería quedarse un poco más. Pero su mujer se iba a preocupar, añadió. Yo estaba encantado. En aquel entonces Neumann vivía todavía en Santosca de Smíchovo.
Volví a hacer aquel camino varias veces. Nos sentábamos en el parque de Santosca y Sofía me cantaba canciones de Moravia. Me reveló que a Neumann le gustaba sobre todo la popular Miras a las caritas de las chicas en vez de vigilar tu carroza.
¡Ay, qué pena que Sofía no pueda ya decir nunca, junto a mí, lo hermosa que era aquella amistad tierna, tímida e inocente!
Si os hablase sobre un pariente mío, propietario de un restaurante muy antiguo, situado en medio de un jardín y llamado El árbol verde, junto a la entrada por el lado de Zizkov a la garita del cementerio de Olsan, donde tenía un almacén y un taller en el que doraba los moldes de estatuas y las atornillaba a las cruces de hierro en soportes de gres; y si os confesase que a causa de la multitud de cuerpos crucificados de Cristo perdí algunas de las ilusiones con las que mi madre me había adornado la vida, todo eso sería pura verdad; pero no es lo que tengo sobre mi corazón ni lo que me propongo deciros ahora.
Tampoco sería eso si avanzase un poco más para pasar, como lo hacía varias veces por semana, a lo largo de la muralla del cementerio hacia la parte de atrás de la capilla de San Roque. Me atraían allí los anchos parterres multicolores de trinitarias, margaritas, prímulas, ásteres y todas las demás flores clásicas que se plantaban sobre las tumbas. Allí estaban preparados unos pequeños tiestos que sólo había que volcar. Pero lo que me atraía más aún eran las dos o tres pilas de cemento con agua para los jardineros. Alguno de éstos cultivaba negros diticos que de vez en cuando emergían a la superficie para desaparecer en seguida de nuevo en el agua turbulenta. Pero tampoco esto se aproxima lo más mínimo a lo que me gustaría contaros en pocas palabras.
Por el jardín correteaba también una muchacha. Era pelirroja. En la escuela nos reíamos mucho del cabello rojizo. ¡Qué tontos éramos y cuan hermoso es el pelo cobrizo! Ahora a las mujeres les ha dado por teñirse el cabello de este color. La chica tenía la misma edad que yo. Aunque todavía no sé adivinar la edad con certeza. Más experimentada que yo sí que lo era, sin lugar a dudas. La chica correteaba descalza por el jardín y, de vez en cuando, su padre la llamaba para que le ayudase a escardar. Yo los veía con frecuencia. A veces, ella me dirigía una sonrisa. Cuando me vio contemplar los diticos y tratar de coger uno, vino corriendo hacia mí y declaró con ardor que no osase tocarlos, porque su hermano los estaba cultivando; pero que si traía algún bote de mermelada vacío, me daría uno.
Cuando a un joven se le manifiesta el amor, esta manifestación y el acercamiento pueden asumir las formas más variadas. Tristes y alegres, abrumadoras y grotescas. No es dado a cualquiera tener la suerte de vivir esta aparición viendo un pañuelo blanco sobre la frente, un vestido azul claro y unas manos juntas como las de la Virgen María, junto al manantial del jardín de la cueva sagrada.
Con frecuencia, ni siquiera se puede hablar de amor, sino de su imagen originaria o, mejor dicho, del primer encuentro con la mujer y con su misterio que, por muy conocido que sea, sigue siendo un misterio para el enamorado, que sólo con el paso del tiempo se vuelve algo más familiar. A veces ese primer encuentro puede ser el preludio de un amor verdadero, aunque no suele ocurrir así. En ocasiones llega incluso a ahuyentar el amor. Pero vosotros mismos lo sabéis muy bien. No os estoy diciendo nada nuevo.
En fin, la literatura lleva hablando sobre estos percances del amor, si mal no recuerdo, miles de años.
Por fin tuve aquel ditico negro metido en un tarro de mermelada, pero la chica se fue corriendo en seguida; el jardín estaba para colocarlo encima de las tumbas, y delante de la garita una mujer mayor estaba cortando la leña. Era su madre. Debo reconocer que me porté con cierta torpeza: me sonrojé y ni siquiera le di las gracias a la chica.
Una mañana de verano llegué junto al muro del cementerio. En el jardín no había alma viviente. En la capilla de San Roque sonaba el canto del domingo y la vida era hermosa. La chica me vio desde la garita y salió corriendo hacia el ancho parterre de ásteres estivales. Estaban en plena floración. Acto seguido, la chica se acuclilló, con las rodillas separadas, y se puso a arrancar la hierba que había entre las flores. Me detuve al otro extremo del parterre y me quedé mirándola, indeciso. Ella debió de sentir mi mirada. Permaneció un instante acurrucada y luego se volvió lentamente hacia mí con todo su cuerpo, dejando que su falda se deslizase por encima de sus rodilla, que abrió cómodamente. Era un día caluroso.
Me quedé estupefacto y por un instante se me cortó la respiración. La chica, con la cabeza baja, contemplaba mi espanto. Mi corazón latió más de prisa. En aquel preciso momento llegó una voz desde la garita. Alguien la estaba llamando. Juntó rápidamente sus blancas piernas, se levantó y echó a correr. Por el camino se volvió para enseñarme la lengua. Sin enfado; sólo burlona y pícara.
Primero me tambaleé; las rodillas se me doblaban y fui a refugiarme en el sendero de la parte baja del cementerio, por el que pasaban sin cesar los cortejos fúnebres acompañados de una música angustiosa. Me senté en el primer banco y no me moví hasta que mi corazón se aquietó. Aquellos minutos no los he olvidado nunca.
¡Ojalá fuese capaz de contar todo cuanto pasó por mi mente, mientras estaba sentado sobre aquel banco! ¡Ojalá fuese capaz de hallar las palabras apropiadas para describir mi primer sobresalto y mi primer conocimiento!
Desde entonces han transcurrido más de sesenta años. Más que eso, ¡ya lo creo! Pero aquella primera manifestación de la mujer me sigue acompañando todavía. No he conseguido olvidar nunca la dulce naranja abierta por la mitad y aún me reprocho el no haber tenido más valor.
Es lo que ocurre: que cuando uno se enamora, hace falta poco para que resuene en la lejanía la marcha fúnebre. Pero los ásteres estivales me siguen gustando todavía.
Sé muy bien que no me lo va a preguntar nadie, evidentemente, pero si a alguien le interesase y me interrogase sobre el matrimonio de mis padres, me vería obligado a caracterizar aquella unión recurriendo a una terminología enteramente moderna: fue una convivencia de dos solitarios cuyo modo de ver el mundo era completamente distinto. Mi padre era un socialdemócrata: mi madre, en cambio, era una apacible católica lírica, que acataba las leyes de Dios y las de la Iglesia siempre que fuese posible. Le gustaba ir a la iglesia: era una escapada del estereotipo de la cotidianidad, la escapada de la sucesión mecánica del trabajo de cada día. Era su poesía. Sin embargo, acudía a la comunión raras veces; quizás sólo en aquellos momentos de infortunios vitales que representaban para ella un castigo de Dios y cuando deseaba aplacar al cielo.
Así, de común acuerdo los dos, reaccionaban ante la vida cada uno a su manera, a veces no sin cierta abnegación y, durante la guerra, pasando hambre. Recuerdo muy bien cómo me cantaban las tripas. Mi madre vivía instantes de tranquilidad verdadera e infalible cuando se postraba sobre las húmedas losas heladas de la iglesia de Zizkov para contar sinceramente sus preocupaciones a la Virgen María e intentar, aunque en balde, colgar sobre sus hermosos brazos extendidos el rosario de sus lágrimas. Yo iba y venía entre los dos, pasando a veces, entre la mañana y la tarde del mismo día, de la «Bandera roja» a «Mil veces Te saludamos».
Pero os ruego que no busquéis en mí obsesivos disparates personales. Con frecuencia la poesía moderna se abalanza sobre los lectores desde unas posiciones enteramente subjetivas para que su verosimilitud cobre más relieve y resulte más convincente. También reclaman el derecho a la misma subjetividad unos géneros literarios menos serios, que suelen ofrecerla con la desventaja de ser, no sólo verosímil sino, a la vez, verídica. Yo quiero dejar el testimonio de una época para que la época conserve un testimonio de mí mismo, aun cuando no sé bien para qué.
¿Qué interés representaría, si no, para vosotros, una humilde familia de Zizkov, cuando en Praga había miles de familias como ésa?
Para mí se trata principalmente de sacar un poco de poesía a aquellos días corrientes que algunas veces querían ser menos corrientes de lo que les estaba destinado.
¡Mi hermoso y querido Zizkov! En una ocasión escribí en alguna parte que era el sitio más bonito del mundo. ¡Y era cierto!
Se habla de épocas grandes y pequeñas. Sin embargo, una época es siempre el umbral de la siguiente, de una gran época, y por esa causa tantas botas guerreras han pisoteado tantos brotes verdes. Los tiempos pasan como las aguas de un río. No he estado en la guerra. Prefiero el canto de los pájaros a las marchas militares.
En uno de los períodos tardíos y no especialmente alegres para nuestra familia, cayó en mis manos el certificado de matrimonio de mis padres. Para mi asombro, me enteré de que no se habían casado ni en Praga, donde vivía mi padre, ni en Kralupy, de donde era oriunda mi madre, sino en un pueblo pequeño situado en las proximidades de Kralupy, porque en aquellos tiempos en Kralupy no había iglesia.
La pequeña iglesia de Minici, lugar que ahora se ha convertido en una parte de Kralupy, está cubierta de moho y se encuentra sobre un apacible promontorio, mirando a un verde estanque, cuya agua, verde y turbia, agitan unos gansos y unos patos. Cuántas veces pensé en ir a echar un vistazo a esa iglesia. Pero los veranos pasaban y yo no llegaba a ir. Hasta hace poco.
Antaño los novios, antes de casarse, intercambiaban unos modestos regalos. Mi madre le compró a mi padre una leontina de plata para su reloj de bolsillo, de los que se llevaban entonces en el chaleco. Mi padre tenía una leontina trenzada del cabello de su difunta mamá, pero se le iba deshilachando, los pelos se cortaban, y a mi madre aquella leontina sencillamente no le gustaba. Me acuerdo muy bien de la que fue su regalo de boda. Tal vez no era muy lujosa, pero llevaba un dije que me fascinaba enormemente. Tenía, en ambas caras, un medallón de cristal. En un lado estaba el retrato de K. Marx y, si se daba vuelta al medallón, aparecía el de F. Engels.
Mi padre le regaló a mi madre una cruz de oro con una cadena también de oro. Como se puede ver, mis padres respetaban sus respectivas actitudes ante la vida. Los dos regalos, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial, fueron a parar varias veces a la Casa de Préstamos de Praga, como se llamaba aquel establecimiento estatal. Estaba emplazado en la calle Rüzová. Aunque de aquello lo ignoro casi todo. Lo cierto es que aquella institución no tenía nada que ver con las flores.
A la hora de la valoración, la leontina y el reloj rendían mucho menos que la maciza cadena de oro, por la que llegaban a dar hasta cincuenta coronas. Los dos regalos de boda tuvieron un final triste. Durante la guerra, mi padre no tenía trabajo y, llegado el momento, no tuvimos el dinero necesario para pagar los préstamos. Los dos objetos se perdieron -ése fue el término oficial- y fueron vendidos en la subasta. Mi madre lloró largamente.
Fingiría, si me quejase. La diferencia entre sus modos de ver el mundo no me causaba especiales contratiempos. Me gustaba acompañar a mi padre a las reuniones políticas y a los mítines, pero experimentaba casi el mismo placer cuando seguía a mi madre para entonar los largos cantos marianos y permanecer de pie junto al banco en que estaba sentada.
En aquel entonces había en San Procopio de Zizkov un capellán joven, Petr Kurz. El apellido es exacto, pero en cuanto a su nombre de pila, ya no estoy tan seguro. Era muy popular, sobre todo entre la feligresía femenina. En eslovaco, las chicas y las mujeres le llamaban «el hermoso señor padre». No obstante, cautivaba no sólo con su encanto personal, pues era joven e iba destocado, sino porque también era un excelente predicador. Cuando Kurz aparecía en el altar, la iglesia quedaba abarrotada de gente. Cuando se acercaba a la escalera de caracol del pulpito, entre los parroquianos se escuchaba un suspiro de devoción.
El párroco de Zizkov ya era viejo, así que era el capellán Kurz el que encabezaba las tradicionales romerías anuales a la Montaña Sagrada. Para las mujeres de Zizkov aquellas procesiones eran sus manifestaciones y nadie podía privarlas de su anual regocijo. Ni los no católicos, ni los ateos, ni los paganos. Era un evento singular y festivo.
La romería de la Virgen María de la Montaña Sagrada empezaba con una oración en la iglesia y con una petición de que les concediese el éxito de su peregrinación. Luego, la procesión se ponía en marcha, manteniendo un riguroso orden. Descendía de la alta escalinata de la iglesia y, en cuanto se abrían los dos batientes de la puerta, empezaban a tañer las campanas. Primero salían todos los oficiantes vestidos con sobrepellices blancas y con sotanas rojas y negras. El que iba a la cabeza llevaba el crucifijo; le seguían los portadores de los estandartes con las imágenes de los santos. Detrás de los oficiantes caminaban el sacerdote, que lucía una suntuosa capa pluvial, y luego unas mujeres viejas llevaban sobre un solio la estatua de Santa Ana. La verdad es que la talla de la madre de la Virgen María estaba hermosamente vestida, pero con el decoro y la dignidad propios de una dama mayor. Como lo estaban las que la llevaban y seguían a su patrona en varias filas.
Eran mujeres a las que ya no correspondía perseguir los oropeles mundanos. En su mayoría eran viudas y solteronas que volvían las espaldas a las alegrías del siglo. Detrás venía un enjambre de niñas vestidas de blanco con coronas de flores en la cabeza. Casi todas ellas sólo acompañaban a los romeros hasta la estación del Emperador Francisco José, ahora Estación Central, adonde también acudían luego para recibir la procesión a su regreso. Al grupo de las niñas le sucedían unas filas de muchachos que lucían trajes oscuros y que llevaban en la manga un brazalete con un emblema y unas cintas. Detrás de ellos, como una nubécula blanca y clorada, se alzaba, sobre unas andas livianas, la talla en madera de la Virgen María. Su atavío era objeto del orgullo de las beatas de Zizkov. No había encajes más finos y más trabajados que los que adornaban el amplio vestido y la capa de seda blanca que lo cubría. ¿Cómo iba a bastar con la pintarrajeada indumentaria de la estatua de madera? Los encajes, generosamente fruncidos, envolvían la estatua hasta por debajo de la capa. Sobre un sencillo pañuelo que cubría el pelo castaño de la talla, se ponía una alta corona, pesada y llena de piedras preciosas que, aunque eran de vidrio, tenían una belleza apropiada para la reina de los cielos. Era la parte más bonita de la procesión, el orgullo y la alegría de todos aquellos que habían trabajado sobre su hermosura sin escatimar tiempo ni dinero. ¡Cómo relucía la gran «M» sobre la capa de la Madre de Dios, cuántos collares de corales y de variadas cuentas de cristal rodeaban su cuello! Cuanto mayor era la cantidad de aquellos adornos, que para las personas habían sido pomposos, tanto más hermosa y más sagrada les parecía la imagen. Pues todos aquellos preparativos trabajosos, todas aquellas abnegadas labores eran, para las mujeres que las cumplían, un complemento imprescindible de su fe: acatamiento, rezos y cantos dirigidos a su Intercesora.
Hacía mucho que habían pasado los tiempos en que la procesión hacía andando el largo camino. Ahora se iba en tren. Ya no se disponía de tanto tiempo como antes, la época requería cada vez más velocidad. Pero incluso en la mundana estación, la procesión se despedía frente al andén con cantos y oraciones.
Cuando los romeros regresaban al día siguiente, felices y agotados, con las manos llenas de regalos, de pequeñas figurillas marianas, de rosarios, plegarias e imágenes, las niñas y los desafortunados que no habían podido ir a la Montaña Sagrada saludaban a la procesión con renovada solemnidad. El sacristán volvía a cubrir al padre Kurz con la rica capa pluvial y la procesión se encaminaba, cantando, hacia la iglesia, quizás algo cansada y triste, pero todavía solemne y digna. Las campanadas que la habían despedido, ahora la estaban saludando. Una vez dentro de la iglesia, las imágenes se depositaban delante del altar y los peregrinos se postraban en el suelo para dar las gracias por su feliz retorno. Y se alegraban por adelantado pensando en la romería del año siguiente. ¡Pero estalló la guerra!
Cuando murió el viejo párroco local, se convocó una representación municipal de Zizkov para decidir a quién se iba a proponer a las autoridades eclesiásticas como nuevo párroco. Tenían derecho a hacerlo.
La reunión fue dramática. Pero no lo fue dentro del ayuntamiento, donde todo se resolvió sin problemas ni roces, sino delante de su puerta, donde se había congregado un tropel nada despreciable de mujeres ansiosas por conocer lo más pronto posible los resultados de la sesión. Cuando se les comunicó que para el puesto de párroco estaba designado el padre Kurz, la turba se dispersó satisfecha.
Sin embargo, el consistorio no aprobó la proposición y se tuvo que celebrar una nueva asamblea. También aquella vez el desarrollo de la sesión -celebrada debajo de la célebre pintura de Liebscher La batalla en el monte Vítkov- fue pacífico. Sólo que la congregación bajo las ventanas del ayuntamiento era ahora más numerosa y estaba más inquieta. La reunión volvió a nombrar a Petr Kurz, y bajo las ventanas resonaron gritos de exultación. Lo sé porque yo también estuve allí.
Pero el consistorio rechazó su candidatura una vez más. Y todo se repitió de nuevo, con la única diferencia de que, delante del ayuntamiento, había aún más gente, porque las feligresas habían llamado en su ayuda a sus maridos. El elemento masculino confirió a la congregación cierto aire amenazador. También esta vez los padres de la villa recomendaron al padre Kurz. Y toda la plaza de Basel, en cuyo centro se levantaba el monumento de Karel Havlícek Borovsky, prorrumpió en exclamaciones belicosas.
El consistorio estaba hastiado y adoptó resoluciones tajantes. Kurz fue trasladado a la parroquia de Venkov y a Zizkov se envió a un párroco nuevo, un señor mayor y sonriente. Se llamaba Procházka y tenía méritos ante el Museo Etnográfico, al que había donado su colección de belenes populares. Había dedicado toda su vida a reunirla.
Zizkov, al menos su parte femenina, se sumió en la tristeza. Había llegado la hora de la amarga despedida.
La despedida habría sido mucho más dolorosa si una de las pías admiradoras del padre Kurz no hubiese tenido una feliz ocurrencia. Propuso que se le regalase al querido sacerdote, antes de marchar, un bonito cáliz de misa. La colecta se inició en seguida. Coronas y monedas más pequeñas llovieron en manos merecedoras de toda confianza y la suma, nada despreciable, fue reunida en una semana. Un grupo de mujeres escogió un cáliz profusamente dorado y con abundantes adornos, en cuyo soporte fue grabada una dedicatoria afectuosa. Y todo estaba dispuesto para celebrar su solemne entrega. No sé cuál había sido la participación de nuestra madre en aquella operación, pero también a ella, entre otras, le encargaron custodiar el cáliz en nuestra casa. Era un honor. Mi madre estaba contenta, mientras mi padre sonreía irónicamente. De este modo, también yo pude ver aquella obra de orfebrería, sagrado recipiente y recuerdo. El cáliz estaba adornado con piedras preciosas y descansaba sobre una suave almohadilla de terciopelo. No me atreví a tocarlo. Mi madre volvió a guardarlo apresuradamente, pero con respeto.
Mas por la noche, cuando los míos se durmieron, me acerqué al armario. Sus puertas chirriaban mucho. Tuve que ir abriéndolas milímetro a milímetro para no despertar a nadie. Levanté la tapa del estuche, que era bastante grande, y saqué el cáliz para ver mejor y más de cerca aquella belleza; lo llevé junto a la ventana, donde las farolas de la calle arrojaban un poco de luz. Rocé el borde del cáliz con mis labios, como si bebiera de él. En su dorado interior vi mi propio rostro caricaturizado, como reflejado en un espejo cóncavo.
¿Qué pude beber yo del cáliz vacío en aquellos instantes?
Un poco de luz y un poco de negra noche. ¿Un poco de misterio, un poco de esperanza, de fe, de amor? Sabe Dios.
Quizá conservo todavía aquel misterio en la punta de mi lengua y durante toda mi vida he intentado en vano nombrarlo. No lo sé.
Pero después de devolver el cáliz a su sitio, cuando me acosté de nuevo, tardé mucho en conciliar el sueño. Se me helaba el corazón.
Hace veinte años publiqué un libro de poemas cuyo título había estado buscando durante mucho tiempo. Hasta que Ladislav Fikar leyó el manuscrito y escribió sobre la portada una sola y sencilla palabra: «Mamá.» Y el libro se publicó así. Estoy convencido de que fue más bien el título que la calidad literaria lo que ayudó al libro a conseguir el éxito. Algunos pensaron que en las poesías había creado un retrato completo de mi madre. ¡Pues no faltaba más! Cuando me detengo ahora delante de las tumbas de mis padres, no puedo por menos que reconocer que estaba mucho más unido con mi padre. Su carácter era más afín al mío. Yo quería a mi madre, naturalmente, pero no dejo de creer que más bien se trataba de compasión por su amargo destino. Sea como fuere, sabéis que los caminos que recorre la idea del poema más sencillo, comprensible y transparente, pueden ser desmesuradamente complejos, ininteligibles y oscuros.
Bueno, ya está bien. Adiós.
Por fin, la tarde de un domingo de verano tuve la posibilidad de pisar la antigua escalinata, visiblemente ya pocas veces hollada, de la iglesia de Minici. En las rendijas de los escalones crecían malezas y frondosas hierbas. Un muro bajo rodeaba la iglesia. Antaño había allí un cementerio. Hoy lo han invadido hierbas salvajes y lo único que permanece en las tumbas arrasadas es el silencio. Eché una ojeada a través de las puertas encristaladas y no vi más que pobreza. Dentro había poca cosa. Los cristales de las ventanas estaban polvorientos, y aquella pobreza parecía más pobre y más abandonada de lo que quizás era en realidad.
Después del primer vehemente arrebato con el que me sobresaltó el conocimiento de «Zona» de Apollinaire y de sus «Alcoholes», me encontré sentado como un colegial, con las manos sobre las rodillas, en el despacho de Salda, en la calle Kanálská de Vinohrady. El me había llamado. Yo mismo, por supuesto, no me habría atrevido jamás a llamarle. Sucedió después de una velada de poesía, ya no puedo decir dónde ni cuándo se celebraba, a la que habíamos invitado por cortesía a Salda. Se disculpó, estaba enfermo y tenía que dar unas conferencias en la universidad. Pero, como pronto pude enterarme, le hablaron de nuestra velada. Con muchos pormenores. Detuvo en mí unos instantes su mirada escrutadora, luego llamó a la señorita Lenka y le exigió que me preparase el café.
– Para mí es una señal de estima, téngalo presente, querido señor mío. No se lo ofrezco a cualquiera.
Luego Salda empezó a hablar de la poesía moderna. Pero no decía nada sobre Apollinaire que, como luego resultó, conocía mucho mejor que yo, y me recomendó, al terminar su fervoroso discurso sobre el poeta, no olvidar la antigua poesía francesa.
– Creo que usted -me dijo Salda-, tendría que echar una ojeada a Verlaine. ¡Y no sólo eso! Intente traducirlo. No es tan difícil como parece a primera vista. Aprenderá lo que es la forma poética. La traducción de Sekanin no está mal, más bien al contrario, es buena para su época, pero está demasiado influida por el parnasianismo de Vrchlicky. Cada generación debe disponer de su traducción propia.
Luego Salda me citó, como sólo él sabía hacerlo, la hermosa versión de Viktor Dyk, cuya poesía, sin embargo, no le gustaba.
Sobre mi vida cayó un sueño largo y angustioso. Esperanzas, dormid, dormid, pasiones.
– Creo que le gustará Verlaine. Podrá aprender de él algo que vale la pena. Pero no tome ejemplo de su vida privada; fue un gran libertino.
Y Salda soltó la melodiosa risotada que tantas veces pude oír más tarde.
Algo me impidió en aquellos momentos vanagloriarme de haber traducido un poema de Verlaine. Era su famosa «Chanson d'automne». Pero no conocía aún su poesía lo suficiente para hablar de ella, si Salda me preguntase algo. Y Salda sabía preguntar. Tenía la experiencia de los coloquios. Después le mandé aquella traducción junto con otras dos, de cuyos originales Teige me había dicho que tenían una música maravillosa.
En la calle Valentinská, en la librería de un francés, un tal señor Pommeret, me compré una edición de poemas de Verlaine en cuatro volúmenes. Además, tenía una selección de sus poesías que había encontrado en el armario de Topic.
Mis conocimientos del idioma del poeta eran, en todo caso, más bien flojos. Tenía que preguntarle a Teige muchas cosas y también recurrí a la ayuda de una chica que por aquel entonces me hizo cometer ciertas ligerezas. Teige me explicó, aconsejó y enseñó muchas cosas.
Al cabo de algún tiempo llegué a tener traducidos unos veinte o veinticinco poemas, entre los cuales figuraban los más conocidos, los que se citaban con mayor frecuencia. Quería preparar una selección de cuarenta poemas. Pero Salda ya no me hablaba de Verlaine. Cuando más tarde imprimí unos ejemplares, me dijo que fuese a verlo y que le llevase mis traducciones. La publicación le gustó y, como pronto tenía que hablar en la universidad sobre la nueva poesía francesa, me pidió permiso para usar Las traducciones. Mi felicidad no conocía límites cuando me dirigía a toda prisa a la calle Kanálská.
– Son pocos, pero algo es algo. Siga traduciendo.
Sin embargo, nunca reanudé aquel trabajo.
Luego, Salda cayó enfermo y le recomendaron trasladarse de aquella calle triste y sin sol a alguna parte en donde hubiese jardín. Le encontraron una vivienda en Smíchov, en el chalet del escritor Lesehrad. La casa le gustó. Lesehrad y sus poemas, menos. Acordó con el propietario del chalet que sólo hablaría con él del trimestre del alquiler, pero jamás de poesía. Por lo que yo sé, Lesehrad lo trató con mucho tacto y no molestó a Salda con sus versos bajo ningún pretexto. Luego la enfermedad de Salda se agravó. Después de una tranquila estancia en Dobfichovice, Salda regresó a Smíchov. Desde el chalet, donde Lesehrad guardaba sus colecciones, hasta Sanopsa sólo había unos pasos. Sanopsa era el antiguo hospital de Smíchov. Allí fue donde vi a Salda por última vez. Se estaba muriendo. A pesar de la prohibición del médico, la señorita Lenka me abrió la puerta y vi al enfermo, que tenía la cara vuelta hacia la ventana. Murió aquel mismo día.
Después de la muerte de Salda fundamos la Asociación Salda. La disolvió la Segunda Guerra Mundial. El Dr. Chalupny fue su presidente. También fue albacea de Salda. Le pedí que buscase el folleto con mis traducciones. Chalupny, sin embargo, centró su interés principalmente en la correspondencia de Salda. Obviamente. Salda le había concedido plenos poderes para destruir todo de cuanto tuviese la menor duda, si no, sería conveniente ocultarlo al público. Mantuvimos largas discusiones con el Dr. Chalupny. Se atenía férreamente a la voluntad de Salda. Al fin y al cabo, no creo que quemase nada. Por lo menos, la mayor parte de la correspondencia de Salda con Rizena Svobodova -y era de esa correspondencia de lo que se trataba principalmente- ha sido publicada hace poco. Más tarde, también Chalupny cayó enfermo y murió. El editor Otta Girgal me prometió buscar mis poesías entre lo que se conservaba y había sido entregado al hermano de Salda. No sé si intentó siquiera hacerlo.
En febrero de 1945 el piso del hermano de Salda fue bombardeado y una parte de su patrimonio se quemó, según la afirmación de Girgal. Pero allí no había, añadía él, nada que valiera la pena lamentar. A decir de algunos, los escritos habían sido salvados. Así pues, me desentendí del asunto. Además, poco después, Frantisek Hrubín empezó a traducir a Verlaine. Con una maestría y fidelidad muy superiores a las mías. Luego, después de Hrubín, Petr Kopta reemprendió el intento. Algunas de sus traducciones son realmente fieles al original. Aquellas versiones mías, que un día había hecho imprimir, se publicaron en una hermosa selección titulada El verbo en las cuerdas. Salió en El club de los amigos de la poesía. Entre ellas, uno de los poemas cuyo manuscrito estuve a punto de echar, junto con un ramito de violetas, sobre el féretro de Salda cuando lo descendieron a su tumba. Pero en el último momento lo pensé mejor y decidí abstenerme de una tontería tan banal. Guardé el manuscrito en un bolsillo.
Que no lo tome a mal la señora Písova, pero no creo que la calle Zborowská de Smíchov sea la más alegre de aquel barrio de la ciudad. No obstante, tengo que reconocer que hasta el jardín Kinsky hay apenas unos pasos. El río está allí mismo; de hecho, sólo se tardaba unos minutos hasta el Teatro Nacional, adonde Pisa y yo íbamos con cierta regularidad, pasando junto a la infeliz escultura de Vltava, obra de Pekárek, cuya cabeza, altivamente erguida, en primavera quedaba blanca de las cagadas de las gaviotas. También quedaba cerca la bella y misteriosa Kampa, con la Diablesa. Y, pese a todo eso, la calle Zborovská es triste. Sus tiendas no son nada vistosas; el comercio se concentra en una calle paralela, en la de S. M. Kirov. Los edificios son tan uniformes como los de Vinohrady, y las ventanas miran a las de enfrente con cierta pesadumbre.
Pero para mí aquella calle es más deprimente aún. En uno de sus edificios había pasado casi toda su vida A. M. Pisa. Con cuánta alegría acudía a verlo, y su piso alto no me asustaba para nada. Me sentía feliz al mirar su rostro afable, sonriente y algo irónico, del que yo podía decir con toda franqueza que lo quería. Nos conocíamos desde hacía cincuenta años, pero sólo durante la guerra nos convertimos en amigos íntimos. Si llevábamos un tiempo prolongado sin vernos, es decir, una semana o diez días, me conformaba con saber que los dos estábamos en Praga, el uno cerca del otro, que podíamos sentarnos en alguna parte o llamarnos por teléfono.
Al escuchar su voz, yo contestaba regocijado a su alegre ironía y a su cordialidad vivaz. Eran minutos en los que él necesitaba hablar y reírse a gusto, para después retornar en seguida a su mesa de trabajo.
Hace unos años que la señora Písova acompañó sus restos al cementerio de Sárka. Es un cementerio bonito, si se puede decir eso de un cementerio. Una popular iglesia antigua vigila allí a sus muertos, oteando los hermosos valles de los dos Sárkas, que nacen en Liboc y terminan cerca de Podbaba. Las raudas corrientes de los dos ríos se entrelazan.
Se cobijó detrás del muro del cementerio, en sus tinieblas, apacible y modestamente, sin espectacularidad, exactamente igual que había vivido. Habíamos trabajado juntos durante varios años en la Casa del Pueblo. Aquéllos fueron unos años difíciles y amargos. Nuestras ventanas, que daban al patio trasero, estaban casi enfrente la una de la otra. Cada día lo veía inclinarse sobre su mesa. Como también había tenido la posibilidad de conocer su despacho con una alfombra tendida sobre el suelo y tan pisoteada que tenía hasta agujeros, pues acostumbraba a pensar paseando arriba y abajo, podía imaginarme bien su día de trabajo. Trabajaba hasta altas horas de la noche. Al final de su vida, pocos minutos antes de morir, se quejó ante su médico de haber trabajado demasiado durante su vida. Nunca antes había hablado así de su trabajo.
Era puntual y escrupuloso. Como editor, incluso, era exageradamente minucioso: vigilaba despiadadamente cada palabra, cada coma, hasta que todo estaba correcto. En realidad, así debe ser. Sí. Pero Pisa era un poco más minucioso todavía.
No sabía dejar las cosas a medias. Trabajaba con una honradez ejemplar. Ni un solo manuscrito de los que se le confiaban era lo suficientemente mediocre para que no lo leyese hasta el final.
Cuando el jefe de la editorial, después de leer un manuscrito, le declaraba que no podía publicarse a causa de sus múltiples defectos y le pedía que escribiera unas líneas por pura formalidad, media página a lo sumo, le redactaba un estudio de varios folios.
Había empezado a hacer el calor del verano y ya nos preparábamos para ir de vacaciones, cuando el cartero me entregó un voluminoso paquete. Era un manuscrito de cientos de páginas. El autor no sólo había ilustrado el libro él mismo, sino que también lo había encuadernado como pudo. Pero las habilidades manuales eran lo de menos. Lo hojeé y tuve la firme convicción de que se trataba de la obra de un grafómano ambicioso, bien conocido en la redacción, quien, en efecto, no escatimaba trabajo ni esfuerzos. ¡Si supiera a quién poner ahora por testigo para que confirmase que mi pretensión no era sino una broma! Porque envolví el manuscrito de nuevo y lo mandé a la redacción para que se lo diesen a Pisa como si alguien lo hubiera traído a la editorial. Yo estaba muy contento por haberme quitado de encima aquel mamotreto. Como hay Dios, de verdad lo pensaba así. Pero otras preocupaciones me hicieron olvidar el manuscrito y cuando, al cabo de una semana, una calurosa tarde de verano, entré en el despacho de Pisa, lo encontré allí sentado, con la camisa arremangada, a punto ya de terminar la lectura del manuscrito. Me dirigió una mirada de reproche y dijo: «¡Vaya trabajo que me diste! Con el calor que hace aquí, llevo toda la semana leyendo.» Para mi vergüenza, debo confesar que no tuve valor de contarle la verdad.
Sólo en los archivos de Ceskoslovensky spisovatet han quedado más de quinientos informes y reseñas editoriales. Pero, ¡cuántos años estuvo trabajando allí! Muy pocos. Y aquel testimonio de una diligencia enorme, aquella prueba de su trabajo anónimo, eran conocidos sólo por unos pocos.
Como crítico de teatro dejó más de un millar de reseñas. Son más de mil noches pasadas en el teatro. Además, si se trataba de un estreno realmente importante, un día antes publicaba un estudio previo sobre la pieza. Y aún no sé cuántas reseñas redactaría Pisa sobre libros, ni cuántos libros había tenido que leer para eso. A todo ello se añaden los artículos y ensayos literarios, prólogos y epílogos a libros, y otros escritos.
Todo eso es aquella alfombra, hollada hasta agujerearla, de su despacho un tanto sombrío, angosto y alargado, donde había un sofá antiguo sobre el que nunca descansaba su propietario, sino pilas de libros, en sucesión constante.
Durante aquel largo verano vivimos muchos minutos hermosos. ¡Sí que tengo cosas que recordar! Cuando cumplió los cincuenta, le dediqué un largo poema optimista que concluía con estos versos:
Pero también vivimos juntos algunos momentos amargos. Preferiría no acordarme de ellos. Al día siguiente de empezar la ocupación de marzo íbamos juntos por la plaza de Wenceslao. Los SS, engalanados y con sonrisas petulantes, paseaban por las dos aceras, y los habitantes de Praga, llorosos, debían cederles el paso. Confío mucho en que la mayoría de ellos quedase en alguna parte, cerca de Stalingrado.
También pasamos por allí el nueve de mayo, cuando los alemanes nos dejaron marcharnos del cuartel de Karlíná y en la plaza entraban los polvorientos tanques que llevaban a los soldados soviéticos y a los nuestros, cuando toda la plaza, junto con la estatua de San Wenceslao, estaba todavía blanca de la cal de los edificios recién bombardeados y se desparramaban por el suelo los papeles alemanes que se arrojaban desde sus oficinas. ¡Pero todo eso ocurrió hace tantísimo tiempo! Alejo de mi memoria, también, esos hermosos momentos, pues están relacionados con otros, los más tristes.
Ya no voy nunca a tumbarme en la orilla del Vltava, cerca de Zbraslav, donde algunas veces estuve sentado junto con Vancura y con uno de los personajes de su Un verano entretenido, y el guardia Súra, otro de los protagonistas de aquel libro, nos traía de una piscina cercana frías botellas de cerveza. Para mí sería igualmente penoso sentarme bajo los frondosos arbustos de lila en un rincón del jardín Kisnky. De vez en cuando nos sentábamos allí, Pisa y yo, y él, en aquellos momentos, era feliz.
Pero jamás olvidaré un día que viví al lado de Pisa; y lo recuerdo con un placer especial. Si pudiera, cada año iría a visitar de nuevo aquellos lugares.
Ocurrió en junio, en plena época de la siega. El día anterior habíamos asistido a una velada, en Náchod. Pisa daba una conferencia y los actores de Náchod recitaban poesías. Al día siguiente fuimos en autobús al valle de Ratibof. Como sabéis, hasta allí hay un buen trecho de camino.
Soy hombre de ciudad. Nací en una ciudad y allí pasé toda mi vida. Cuando estaba enfermo y me curaba en el pequeño balneario de Duba, situado al pie de la montaña Krusne, tomaba casi a diario el tren eléctrico para ir a tomar un café solo en la cafetería de Teplice. «No era el café lo que querías -se reía Pisa-, pues lo tenías en Duba, sino que te atraía el olor de las acequias.»
Pisa era de provincias. Había nacido en un pequeño pueblo del sur de Chequia y se sentía feliz al encontrarse en el campo y debajo de los verdes árboles. Le gustaba el jardín Kisnky. Cuando estaba en flor, procuraba entrar en él aunque sólo fuese unos instantes. Si podía, salía a pasear por Kampa. Al breve camino que atravesaba la tranquila Kampa lo llamaba en broma la vereda de Pisa. Al café, donde yo pasé tantos hermosos días de primavera y de verano, sólo venía por la noche, al terminar la última función de teatro.
Pero también yo viví en el valle de Babice unos momentos fascinantes que, por lo visto, sólo podemos vivir en nuestra vida en esta tierra y en este país, sagrados como la realidad que respetamos y la leyenda que acariciamos.
Desde la mañana se anunciaba un día precioso y el pequeño castillo Ratiboíy resplandecía en la lejanía con unos colores vivos y sugestivos que recordaban aquel magnífico grabado de Vincenc Morstadt, quien había logrado no perder ni uno solo de sus hermosos detalles. En un valle lejano se estaba segando la hierba y, cuando sopló una suave brisa cálida, sentimos lo mismo: el aroma del heno, el de la hierba recién segada y, claro está, el de los campos granados en los que el sol bebía el rocío de la mañana campestre, y nuestros ojos no se cansaban de mirar todos los colores, las pastinacas blancas y doradas, los azules rizos de la salvia y las amapolas de un rojo sanguíneo. Además, había allí ligustros tiernamente rosados, y no hablemos ya de todo el verdor que se estremecía y ondulaba sin cesar.
El camino que cruzaba el prado estaba cubierto de hierba aplastada y en sus bordes había tomillo y el quedo llanto de las lagrimitas de un rojo oscuro, sin las cuales un día de verano no lo es del todo.
Atisbamos también los húmedos subterráneos poblados por los duendes y nos apresuramos a marcharnos para oír de nuevo el roce de las afiladas guadañas en la lejanía. Deseamos, en aquellos instantes, la locura del amor.
Vimos a una muchacha menuda, cuyos pies, bronceados por el sol, corrían sobre la alta hierba. Hela aquí, corre, corre a toda prisa, y, cuando echa las trenzas por encima de su hombro, sus ojos despiden un brillo que sólo tienen los ojos de los niños. Corretea junto a nosotros, tal vez nos está diciendo algo de sí misma, pasa rozándonos, como si no estuviéramos en el camino. Sentimos ganas de acariciar el aire perfumado que había perturbado su inesperada aparición, quisimos tocar el prado por el que estaba corriendo y el propio camino que estaban pisando sus pies de niña. Y los seguimos con la mirada, cuando se precipitaron a nuestro lado arrancando al mismo tiempo una flor solitaria de acedera que quedó prendida entre los dedos de la chica, semejante a una piedra rara de esas que, en épocas pasadas, lucían en los dedos de los pies las hermosas princesas de antaño.
Sucedió hace más de medio siglo. Karel Teige y yo llamamos, no sin cierta desconfianza, a la puerta de la editorial de Václav Petr, todavía pequeña entonces, para ofrecerle el manuscrito de mi tercer libro: En las ondas de la TSF. En aquellos tiempos aún no existía aquí la radio, ni siquiera esa misma palabra, y para designar la telegrafía sin hilos se utilizaba esta abreviatura francesa.
Nuestra desconfianza no estaba infundada. Para aquella época, el libro era realmente insólito. A partir de su título. Era uno de los primeros libros que reafirmaban una nueva tendencia artística; así que no sólo yo, su autor, sino también Teige, que lo había preparado tipográficamente, habíamos hecho lo posible para que el espíritu del poetismo se desprendiese de sus páginas no sólo con fuerza, sino también con una imparcialidad provocativa. Poéticamente, no sólo era un diminuto apunte de cosas importantes, sino que, entre sus poemas más importantes, estaban esos versos marcados por el lema invertido de Macha.
En el rostro, una pena leve,
una carcajada honda en el corazón.
Esperábamos que el editor se mostrase al menos extrañado, que dudase sobre si valía la pena publicar un libro tan insólito. Nos dejó asombrados. Hojeó el manuscrito y, al cabo de dos o tres meses, el libro fue publicado exactamente como lo habíamos deseado.
Teige se aplicó a fondo. La respetable imprenta de Obzina de Vyskov tuvo que utilizar, para la composición de las galeradas, cuantos tipos había en sus cajas, pero, además de esto, tuvo que abandonar todas las clásicas reglas tipográficas que venía heredando y perfeccionando desde los tiempos de Gutenberg para ponerse a la altura de los estándares modernos de la presentación del libro. Los títulos y los textos de los poemas estaban compuestos con los tipos más variados. Cada poema estaba impreso de una manera distinta. Unos arriba de la página, otros, en su parte inferior. El viejo señor de Vyskov sacudía la cabeza al ver semejantes procedimientos, pero cumplía. La juventud de hoy tildaría los esfuerzos de Teige de rodeo tipográfico.
A los lectores les divertía sobre todo el breve poema «El ábaco de amor».
El poema -si es que se puede hablar de un poema- fue impreso sobre la muestra tipográfica de un ábaco para niños. Pero hoy tengo que añadir a estos versos un pequeño comentario. Por aquel entonces, en las confiterías se vendían durante el invierno unas manzanas australianas de verdad. No tenían un sabor especial, pues maduraban durante su transporte. Pero eran hermosísimas. Cada fruto estaba envuelto en un fino papel de seda, y el señor Paukert, el pastelero de la avenida Nacional, las exponía en su escaparate colocadas sobre una fuente, y cada manzana estaba un poquitín desenvuelta, para que se pudiese admirar la excepcional belleza de su color. Eran insólitas. Y caras. Pero esto ya no tiene nada que ver con mis poemas.
Hace algún tiempo aquel libro, hoy ya histórico, debía haberse publicado de nuevo, en una edición facsímil. Pero no se publicó. ¡Lástima!
Le tiendo mi mano, mi querido señor Petr, por encima de este abismo de tiempo y de vida. Los dos somos ya viejos. ¡Pero es agradable recordar los tiempos en que uno era joven, y se alegraba de todo lo nuevo, y no pensaba en la muerte, y no tenía miedo a nada!
En uno de los primeros días de junio acompañamos a Jindfich Hofejsí hasta su tumba del cementerio de Vysehrad. Cuando regresábamos, el tranvía nos dejó en la calle Myslíková, donde teníamos que hacer el transbordo. Esperamos unos minutos en la parada. Entonces fue cuando Hora me propuso pasar por Túmovka, un viejo café que estaba a la vuelta de la esquina, al final de la calle Lazarská. Horejsí iba allí cada día. En cierta época, nosotros también.
En la mesa situada junto a la ventana, donde se sentara a lo largo de años, colocando delante de sí sus libros y papeles, encontramos a su buen amigo Karel Konrád. Estaba solo y en su interior estaba entonando ya un pequeño réquiem a la voz de ruiseñor, expectante de que alguien se le uniese.
Cuántas veces encontré, durante los años pasados, a Hofejsí trabajando aquí. Los encargos de traducciones solían ser urgentes. Las más de las veces se trataba de obras francesas para el Teatro Nacional. Pero se equivocaría quien pensase que le molestaba si alguien le interrumpía o incluso se sentaba a su mesa. El tumulto y el humo, el ambiente típico de un café antiguo y popular, eran indispensables para que él pudiese trabajar. Se había acostumbrado a aquel café. Traducía de prisa y seguía escribiendo, a la vez que contestaba a las preguntas de sus amigos, sentados a cierta distancia. Nada le importunaba. Se tomaba un café solo tras otro; a veces alternaba el café con una jarra de cerveza y fumaba sin parar. Por la tarde llegaba a tomarse una decena de cafés. Y por la noche, ya no le quedaba nada para la cena.
Pero cuando estaba traduciendo poesía, se comportaba de una forma completamente distinta. En aquellos momentos nadie se atrevía a molestarle. Estaba irascible, nervioso, y todo el mundo optaba por dejarlo en paz. Encendía un cigarrillo con la punta del otro y permanecía absorto en sus pensamientos. La poesía no es una broma, decía; es algo terriblemente importante. La poesía es más importante que el puente sobre el valle de Nusel. En aquella época los periódicos habían entablado una discusión gratuita acerca de aquel puente.
Era, junto con Dyk y Capek, uno de aquellos traductores que le exigían a la traducción de un poema, además de su personalidad, una equivalencia absoluta con el original. Si al lector se le tapaba el nombre del autor, no debía sospechar que se trataba de una traducción, según su teoría. Nada debía recordarle que los versos habían rebasado el área de su idioma original para encontrarse, no sin cierto esfuerzo, pues toda traducción es un esfuerzo, en un reino lingüístico distinto. Con este criterio juzgaba Hofejsí la calidad de una traducción. Le gustaba Hanus Jelínek, pero no aceptaba varias versiones de Vrchlicky de Vítézslav Nezval. En su opinión, estos dos poetas traducían con excesiva libertad e insertaban en sus versiones demasiado de su propia personalidad. A menudo, desgraciadamente, cosas menos deseables aún. A veces la prisa, a veces la negligencia y la superficialidad.
¡Hay que ver esos franceses!, añadía. Mientras a ellos se los traduce con amor, ellos vierten a poetas extranjeros tan sólo en una miserable prosa. ¡El propio Baudelaire, que sí que estaba enterado de la reforma poética, traducía al maravilloso Poe únicamente en prosa!
El checo es un idioma espléndido. Se puede traducir al checo cualquier cosa, no sólo sin detrimento para la forma del original, que no es tan difícil, sino también conservando la fuerza de la expresión poética. El checo domina la poesía del autor más complejo. Aunque hace pensar mucho. Éstas eran sus palabras.
A Hofejsí no le gustaban las rimas fáciles y gastadas. La rima debe posarse sobre el verso como una mariposa se posa sobre una flor. Y eso no es fácil. El lo conseguía muchas veces al cien por cien.
Entre los poetas que traducía, le gustaba mucho Rictus, pero el que más le gustaba era Corbiére. A menudo reproducía, con una coquetería leve y bien oculta, su pose literaria.
El arte no me conoce a mí, yo no conozco el arte, contestaba junto con Corbiére cuando le preguntábamos sobre sus propias poesías, para las que le quedaba muy poco tiempo. Cuando un camarero se le dirigió preguntándole qué iba a tomar, citó al poeta: «¡Tengo todos los deseos y ni un solo franco!»
Le encontré en la presentación de una selección de Los amores amarillos, que más tarde fue publicada por Melantrich. Me leyó unos poemas, pero el que él prefería era el dedicado al poeta y su pipa, que también había traducido.
… Cambio el firmamento del cielo por la oscuridad, la mar, el desierto y los milagros. El turbio ojo se les adhiere…
¡ Ya en el otro mundo gira
el alma, la vergüenza de su vida!
…Yo me apago. -El se duerme.
Duerme, sin más: Yo arrullaré a la Mariposa Nocturna. Goza de tu sueño hasta que termine… ¡Pobrecillo mío!… Si el humo lo es todo,
Será verdad que todo es humo…
Cuando terminó de leerme el poema, me quedé realmente hechizado. El lo advirtió, aunque yo no decía nada. Metió la mano en el bolsillo y me tendió una pipa.
– Cójala. Es de París. La compré en un bar de Montparnasse a un marinero borracho. Es probable que la pipa haya pertenecido a Tristan Corbiére.
La pipa tenía un aspecto en cierto modo inusual y obsceno y llamaba la atención. Cuando, unos días más tarde, la enseñé en Slávia, Nezval manifestó un entusiasmo desmedido. Le gustaba todo lo sobrenatural, todo cuanto rayaba en lo trascendental; era metafísico, absurdo e imposible, y me convenció de que la pipa podía haber pertenecido realmente al propio Corbiére. Esas cosas ocurrían, y no en vano Corbiére había sido poeta del mar y marinero. Clavó en la pipa una mirada tan codiciosa que no lo dudé: le pedí que no se lo dijera a Horejsí y le regalé la pipa.
¡Me gustaría saber quién la tiene ahora y quién fuma en ella!
Bastantes cavilaciones le costó a Hofejsí el nombre del marinero Hrbác (Jorobado), al que Corbiére había dedicado un poema largo y solemne. El marinero tenía un apodo que era el nombre de una pista alquitranada dividida en dos que se utilizaba para la construcción de barcos. En vano buscaba en checo una palabra específica que tuviese este significado, hasta que alguien le aconsejó pasar por la taberna del marinero Pepek en Vinohrady. Allí se reunían los marineros checos después de surcar todos los mares del mundo. En efecto, cuando explicó a uno de ellos, que acababa de regresar de Tolón, de qué se trataba, supo que aquella pista en checo se llamaba dvouítrán. Volvió a casa rebosando alegría. Tenía nombre para el protagonista del poema y, en voz baja, se alabó a sí mismo: «¡Si Corbiére lo supiera!»
Sucedía a veces que por la noche, ya tarde, al guardar sus papeles y libros en su carpeta, y cerrar la estilográfica, tenía que llamar en voz baja al dueño: «¡Señor dueño, sin pagar!» Después el dueño contaba los cafés, cervezas y cigarrillos, lo apuntaba todo en la cuenta que metía en la separación correspondiente de una cartera tan abultada que no le cabía en el bolsillo del pecho y tenía que llevarla en el de atrás del pantalón. Entonces salía Hofejsí del café al aire libre.
Pero no iba lejos: entraba en la taberna de Kuman, situada debajo de la torre de la Ciudad Nueva, al final de la calle Vodicková. Desde Túmovka hasta allí había unos cien pasos.
Íbamos allí con cierta frecuencia. En aquel lugar se encontraban los personajes más variados de toda Praga. Los bebedores de vino y los abstemios disfrutaban allí por igual de sus comidas con cebolla y mostaza.
Justo enfrente de Kuman tenía su vieja farmacia Jaroslav Bednáf, farmacéutico y poeta. Allí mezclaba y preparaba no sólo medicinas, sino también poemas, igualmente empapados, hasta después de mucho tiempo, de los misteriosos aromas de la vieja farmacia.
Una vez en que Bednáí tenía guardia nocturna, Hoíejsí llamó a su puerta e introdujo por la ventana para los clientes nocturnos, protegida por una persiana, un papel en que había escrito con mayúsculas: «polvos contra el SUEÑO.»
Y un instante después apareció en la ventana la mano de Bednáf con veinte coronas.
Cuando Horejsí se casó, estábamos seguros de que acabaría por abandonar su mesa en la cafetería. Le conocíamos poco. No la abandonó. Tuvo una hija. Pero no estaba muy hecho a la vida matrimonial. No lo sé con exactitud, pero había oído decir que su matrimonio no fue ni apacible ni demasiado feliz.
Así nos entregábamos a los recuerdos, sentados en su mesa de siempre, ya abandonada. Cuando nos levantamos, Karel Konrád me dio una palmadita en el hombro y, ceremonioso, me pidió que hablase también sobre su tumba, como había hablado en Vysehrady.
– Ha sido hermoso y conmovedor. Una señora que estaba a mi lado me dejó toda la manga empapada de lágrimas, después del funeral.
Para no estropearle el sombrío chiste, se lo prometí, poniendo una cara seria, de circunstancias, y estrechándole la mano.
Treinta años más tarde, en diciembre del año 1971, cumplí la promesa que le había hecho a Konrád.
La diferencia de diez años y pico que había entre Hora y nosotros -me refiero a Halas y Holán- fue fácilmente borrada con un apretón de manos amistoso cuando el poeta vino a vernos. Pero esos diez años volvieron a emerger y tardaron en desaparecer, cuando cuidábamos de Hora y cuando hablábamos de la poesía. Hacía tiempo que era un poeta reconocido y hacía tiempo que dominaba los misterios de la poesía, que para nosotros aún permanecían impenetrables. Apenas estábamos afilando nuestras plumas poéticas (yo contra los bordes de las aceras) cuando Hora era ya el primer poeta de la literatura checa moderna.
Pero también esta diferencia se olvidaba después de unos tragos de vino. ¿Acaso Hora no venía del país de los mejores vinos tintos checos? Por aquel entonces los ruiseñores nos cantaban a menudo:
Quieres irte, aún falta mucho para el día, era un ruiseñor, y no una alondra, fue su canto que acompañó tu oído alertado.
Tuve suerte. Llevaba ya tiempo trabajando muy cerca de Hora y hasta podía verlo sentado a su mesa de redacción, mientras estaba redactando algo o escribiendo su columna cultural para el Rudé pravo. En la redacción, escribía también poesías que no estaban destinadas para el número del día siguiente y que llegaron a formar parte de sus libros posteriores y de la literatura. Obviamente, yo tenía una enorme curiosidad por su trabajo poético, quería ver su rostro en el momento en que se encendía bajo su frente la luz de las estrofas salpicadas de rocío. Siempre estuve convencido de que la mayor parte de estas estrofas las tejía con los rayos de la luz. Pero, incluso en aquellos minutos, Hora era prosaicamente reservado y miraba su manuscrito metido en el carro de su máquina de escribir a través de una nubecilla de humo de tabaco y sólo el cigarrillo olvidado en el borde del cenicero revelaba su ocupación.
Una vez encontré a Hora cuando estaba de bastante mal humor. Le dolía la cabeza, estaba tomando pastillas y bebía agua de soda. No era difícil adivinar que había despreciado el agradable y acogedor calor de su colchón, y sus dedos, amarillos de nicotina, delataban una noche pasada en blanco. Me confesó que había estado, junto con Hanus Jelínek y Viktor Dyk, en El desesperado, que era y sigue siendo hasta ahora una simpática tasca sombreada por los faldones de la vieja chaqueta de Jungmann en la plaza Jugnmann. Eran unos tiempos caracterizados por una situación política tirante y, alrededor de una botella de vino, habían estado discutiendo diversos problemas. Viktor Dyk polemizaba magistralmente.
Hora tenía ante él una hoja metida en la máquina y ya densamente cubierta hasta la mitad con un solo párrafo. Le eché una mirada de soslayo, como distraídamente, haciendo como que no la veía. En aquel momento difícil, cuando las ideas tardaban en ocurrírsele, Hora se estaba riñendo a sí mismo: «Josef, vete a…», y así cien veces seguidas. Cuando me marchaba, arrancó el papel y, convencido de que yo no había visto nada, arrugó la hoja y la tiró en la papelera.
En cuanto Hora salió de la redacción, rescaté su manuscrito de la papelera. Pero en seguida me avergoncé de mí mismo y rompí la hoja.
Karel Toman confesó una vez que llevaba la idea de un poema en la cabeza hasta que todos sus versos estaban listos. Luego se sentaba a la mesa y sin un solo tachón escribía el poema en su forma definitiva. Hora, y no creo que fuese el único, escribía obedeciendo al impulso de un primer verso feliz.
Cuando me pongo a escribir, nunca sé bien ni cómo voy a continuar ni cómo terminaré. Un verso deshace el nudo del siguiente, decía Hora en casa de Capek.
Carel Capek, en cambio, con una sonrisa bonachona en los labios, declaraba que al mojar la pluma y escribir la primera frase, tenía la obra entera en su cabeza y podía decir cómo sonaría la última frase.
Pero los versos de Hora eran algo completamente distinto que una sucesión accidental de ocurrencias. No solamente era parco en su afecto, sino también en sus palabras. Aunque la poesía se compone de palabras, decía, no deben ser demasiadas. Le gustaba Toman. Le resultaba afín, también, por su origen lugareño. Durante una de las conferencias manifestó que el poema checo moderno más hermoso era «Septiembre» de Toman: «Mi hermano terminó de arar y desenganchó al caballo.» «Aquel final ya no me gusta tanto, pero los primeros diez versos están moldeados en bronce», decía. A los dos, a él y a Toman, les gustaba Sova.
En el año 26 me encontré, junto con Hora y su mujer, en Krkonosí. Vivíamos en «Pee» y nos dirigíamos a la casa de Kolínsky. Cuando llegamos, el ronco megáfono que estaba instalado en su fachada anunció la muerte de Sova. Hora se tambaleó y debajo de sus gafas brillaron las lágrimas. Luego, en voz baja, quizá sólo para sus adentros, murmuró el hermoso y popular poema de Sova dedicado a los viejos en las lindes del campo. Aquellos versos resbalaron entonces por mi mente. Hoy me producen escalofríos.
Hora era un hombre de pueblo. Le gustaba hablar del campo y recordar Dobfín en Roudnica, Laba y los prados de Ríp. Yo había viajado a Kralupy y vi Ríp desde la otra orilla. Aunque Hora tenía unas manos delicadas y suaves, su osamenta era fuerte como la de los labradores que trabajan duramente en los campos. Le vaticinábamos que iba a vivir muchos años.
A veces también las alondras nos cantaban:
Oh, ¿era una alondra, la pregonera de la mañana, no el ruiseñor?
El actor Vladimír Smeral cuenta en sus memorias que nos encontraba a altas horas de la noche entregados a una plática tranquila, como dos viajeros nocturnos y solitarios.
Hoy, cuando me detengo frente a Slavín de Vysehrady, tengo la sensación de que el genio allí sentado sobre el féretro de piedra todavía no ha enterrado muy hondamente, con su pie descalzo, la poesía de Hora. Estoy seguro de que su belleza retornará de nuevo.
En efecto; todavía no es tan imposible sentarse a la mesa y escribir poesías. También un poeta malo es poeta, decía Jindrich Hofejsí. Pero es mucho más difícil, creo, escribir poesías que le quiten a la gente el sueño. Poesías que conmuevan como un beso soñado e inesperado. Que abrasen como la picadura de una abeja. Que permanezcan en la mente causando embeleso, tristeza, asombro o alegría.
Un poeta debe proponerse que el lector no pueda liberarse de sus versos. Que no pueda olvidarlos, que le acompañen por lo menos una parte de su vida.
Todavía sigo oyendo la voz de Hora, aunque la voz suele ser lo primero que olvidamos de un muerto.
Los versos de Hora, casi igual que los de Neruda, perduran en el conocimiento de muchos checos. Hora estaba hecho de la tierra y del aire de su país. La época le marcó y él marcó hondamente su época.
Es inolvidable. Llegó a engrosar el número de los grandes poetas checos.
Vrchlicky, al final de sus días, se quejó con amargura:
«Oh, ¡música de la poesía, ya no volveré a leerte!»
Era cierto; nunca volvió a leer la poesía de Hora.
Una tarde de verano, Hora y yo estábamos esperando a F. X. Salda. Daba una conferencia en Klementin y quería entrar unos minutos en la taberna de Herbst, situada justo enfrente de la entrada de Klementin, en la esquina de las calles Karlová y Liliová. Cuando llegó, sorbimos sólo simbólicamente de nuestros vasos. Lo requería el respeto al anciano caballero. Salda tuteaba a Hora amigablemente. También nos tuteaba a nosotros, pero no era más que una sonrisa del señor profesor, una sonrisa que no podía ni debía ser sobreestimada. Nosotros, por supuesto, le tratábamos con deferencia, de usted, y acudíamos, gustosos, a ayudarle a ponerse el abrigo y le tendíamos el bastón. Si había suficiente sitio, los dejaba en la esquina de la mesa, igual que los sacerdotes de la primera época de la cristiandad depositaban su espada en el lado de la Epístola. A requerimiento de Salda, Hora le leyó unos poemas de su libro que estaba en preparación, Las cuerdas al viento, que Salda saludó con muchos elogios cuando por fin fue publicado.
A las diez Salda subió en un taxi y Hora y yo, después de despedirnos de él, regresamos a nuestros vasos que habíamos dejado intactos. Cuando llegó la hora de cerrar, bien pasada la medianoche, fuimos a Supe, a la calle Spálená, donde siempre era fácil encontrar a algún conocido. Luego nos separamos. Hora emprendió su largo camino a Kosif y yo me dirigí, por la avenida Nacional y el Mercado de Esquina, a mi casa. Era noche cerrada, la luna no había salido aún y el aire era perfumado: unos minutos antes había caído una hermosa lluvia.
La confluencia de unas calles históricas y el triángulo formado por unos edificios antiquísimos y la iglesia de San Martín habían creado, hace mucho tiempo, una plazoleta que hasta ahora lleva el nombre del Mercado de Esquina. Es un lugar agradable enclavado en el centro de la Praga más animada, donde incluso hoy los sentidos pueden recuperar la calma. Durante años hubo en aquella plaza un mercadillo de flores y, desde la ventana de uno de los edificios, Mozart, al volver a casa por la noche y al quitarse la incómoda peluca, había contemplado el acogedor espacio. Los polvos desparramados por la peluca parecen flotar todavía hoy sobre los tejados de las casas.
¡Mercado de flores! ¡Qué belleza!
Es lástima que no me creáis, si os digo que, cada vez que paso por aquel sitio, las flores, sus colores y sus aromas suenan, fluyen, fulguran y brotan como el agua argentina de una fuente romana.
Hacía mucho tiempo que el mercado había cerrado. Pero todavía quedaban puestos de flores. Cuando entré en el mercadillo silencioso, me sentí tan cansado que no tuve más remedio que sentarme en la lona con la que los vendedores cubrían por la noche su mercancía frágil y olorosa. Recuerdo bien aquellos instantes. Me senté sobre un pequeño hundimiento de la lona que después de la lluvia primaveral conservaba un poco de agua. Sentí su frío. Pero nada más sentarme, me quedé dormido. Profundamente.
Me desperté poco después. Para mi gran asombro, no me encontraba en el Mercado de Esquina, sino que estaba sentado sobre un banco en medio de la rosaleda de Stromovec. Hacía una fresca mañana de junio, el reloj de la torre de la vieja feria dio una hora mañanera y las rosas empezaron a abrirse. También las rosas necesitan dormir por la noche.
Al día siguiente, le conté esta aventura a Hora. Se desternillaba de risa. En cambio, Nezval, partidario de todo lo fantástico y misterioso, me persuadió de que me había llevado a Stromovec un ángel, aquel que en la orquesta angélica toca la trompeta. Hasta ahora sigo sin saber qué aspecto tiene ese instrumento, pero aquella noche sí que lo oí tocar.
Los milagros son una cosa soberbia, pero es una pena que ya no funcionen, dice Bernard Shaw. De modo que me veo obligado a creer que, por sorprendente que fuera mi aventura, fue algo muy sencillo. Dormido, me levanté y seguí el familiar camino pasando por el puente Eliscin a la otra orilla, hasta Stromovez. Vivíamos cerca de allí.
El puente ya no existe. Era bello y majestuoso. Los días de fiesta sobre sus torres ondeaban las banderas.
Hace muchos, muchos años, cuando yo era todavía envidiablemente joven y sano y me encontraba en Marienbad sólo de paso, no había ocurrido jamás que no diese una vuelta por allí bordeando la columnata del manantial de la Cruz.
Pensaba en J. W. Goethe y trataba de atraer bajo los viejos árboles al excepcional visitante del balneario y a su amada de diecisiete años. Sólo que la elegante columnata no estaba entonces allí; había otra, la original, pero esos árboles en cuya penumbra verde nos paseamos ahora ya debían de estar allí. Sí, esos árboles acompañaron entonces con su rumor los pasos de la célebre pareja amorosa.
Un hombre sabio, interesante y, además, guapo, a cuyos pies, si sólo quisiera, se encontrarían mujeres, quizá nada inteligentes, pero sí hermosas, ¡y con aquella chica a su lado, con una muchacha carente de un atractivo especial, como lo demuestra su retrato, pero sobremanera atractiva y culta, como se refleja ella misma en sus escritos!
Mira por dónde le dio, diría nuestra madre, sin miramientos por el genio.
Menos mal que alguno de los dioses, cuando la enfermedad privó al gran anciano del don de palabra, le concedió explicarse tan bien a través de sus poesías. Y la malaventurada casa de Klebelsberg, que más tarde desencadenó la tragedia del corazón del poeta, se ha conservado esculpida en sus hermosas estrofas.
Pero todo esto es muy conocido y me extrañaría a mí mismo el estar hablando de estas cosas, si no fuera porque quiero que me sirvan de referencia, aunque antigua, para gimotear aquí mi declaración de amor y así despedirme de este precioso lugar.
Una parte de la culpa de la tristeza que Goethe tuvo que conocer al final de sus días, corresponde a los propios baños.
Cada vez que me encuentro en aquellos parajes y miro a las blancas columnas de los manantiales, lo quiera o no, tengo que pensar en algo bello. En las mujeres, en el aroma de su cabello, en el amor, en el cariño. Juzgadme como queráis. Cada vez me encuentro embelesado y subyugado por el amoroso ambiente de los hermosos baños. Esta es la palabra precisa: un ambiente amoroso tiernamente implacable y cruel, que cautiva y turba. La ternura y el amor: ésta es la atmósfera de los maravillosos baños.
Por nada en el mundo quisiera manosear la intachable memoria del abad y de los monjes que construyeron los baños y que, desde el principio, se propusieron adornarlos con un reflejo de la aureola de la Virgen María. Hoy la gente pronuncia el nombre de los baños y se le ocurren cien cosas distintas, pero nunca piensan en la Virgen María. No obstante, algo de su preciada imagen ha quedado aquí. Siempre se me ha antojado que no fueron hombres, sino, más bien, mujeres, las que estuvieron presentes mientras se construían los baños. Que fueron mujeres las que habían decidido dónde tenían que brotar los manantiales medicinales, dónde se situaría aquella casa, dónde se abriría en años venideros la espléndida y frondosa copa de este arce. Sí, justamente aquí deben estar las blancas columnas y la picea erguida, el rojo tejo y el negro pino.
En los Baños Marianos (Marienbad) predominan dos colores, el blanco y el dorado, y los dos están anegados en el verdor.
Las casas, los árboles y los senderos se distribuyen aquí en un orden tan equilibrado, con una armonía tal, como si los hubiera estado disponiendo una mano de mujer con un pañuelo de encaje entre los dedos. Todo respira aquí algo inefablemente delicioso.
Esta casa, por ejemplo. Si la viésemos en cualquier otra parte, pasaríamos a su lado sin prestarle la menor atención. Pero aquí encaja con el ambiente de todo lo demás y, ¡qué bonita es! El atractivo ubicuo de los baños nos lleva a buscar en ellos una magia que, a lo mejor, no poseen.
Quizás exagero un poco, pero no importa.
La propia naturaleza desciende, complacida, de los prados circundantes y llega hasta los baños mismos, hasta los lugares en donde prevalece sobre las tijeras y los azadones. Se abraza estrechamente a las fachadas de algunas casas y brota por detrás de los edificios, en sus patios. Las ardillas saltan de las ramas de los árboles a las cornisas. Un día compartieron conmigo las lonchas de jamón que yo había puesto al fresco de la ventana.
La ligera arquitectura de la columnata, hermosa como un sueño, que se despliega rítmicamente, similar más bien a un alto invernadero para palmeras y enhiestas orquídeas, se abre hacia las copas de los árboles y sus encajes de hierro se funden paulatinamente con el verdor. Cuando está llena de gente, zumba como una fastuosa y gigantesca caracola. Además, se oye la música. Y junto con la música, unas suaves risas en bocas de mujer que se abren como se abre un pimpollo. Siempre me he sentido feliz aquí.
Desde la base de las columnas albas hasta los peldaños del manantial de la Cruz desfilan grupos de gente. Van y vienen. Beben el agua fría, se tratan las más variadas enfermedades. Las dolencias del tracto digestivo y la tristeza, las inflamaciones de la vesícula biliar, las piedras biliares, el amor desgraciado y los catarros de las vías respiratorias. La bebes una sola vez y se te antoja que ya estás mejorando. Vuelves a pasear arriba y abajo, alguien te dirige, con la mayor inocencia, una sonrisa, y tienes que regresar una vez más para contestar a la sonrisa. ¡Ayuda a curarte!
También fui a ver la casa de Goethe, detrás de la iglesia.
Está a dos pasos de la columnata. ¿Cómo podía dormir el poeta sobre un lecho tan pequeño y angosto? Había visto semejantes camas de matrimonio en la casa de Havlícek de la plaza, en Havlíckovy Brod. Por lo que parece, en aquel entonces se conformaban con menos comodidades. Desde la apacible plazoleta en cuyos rincones se oculta aún el aroma del siglo pasado, os sumergís de nuevo en la multitud de huéspedes de los baños que se pasean por la columnata. La orquesta está interpretando una vieja melodía de Marta de la Armada y el desdichado Lyonei llora su amor perdido. No, Goethe no pudo escuchar esta ópera. Faltaba mucho todavía para que fuera escrita. Durante mi infancia y mi adolescencia, en cambio, medio siglo después de su estreno, la ópera y, sobre todo, esta melodía, vivieron la plenitud de su gloria. En el Teatro Nacional y en los organillos. Ya lo veis; no ha dejado de sonar todavía, cuando los oyentes empiezan a aplaudirla con entusiasmo. Hasta ahora la vieja melodía romántica sigue llegando a sus corazones.
También yo estoy arrebatado. No tanto por la melodía como por el recuerdo. Había escuchado esta ópera siendo aún un adolescente, cuando fui por primera vez al Teatro Nacional. Entre aquella noche de gallinero y hoy, está toda mi vida. A veces me parece que se ha disipado a mis espaldas, como un espejismo. Pero soy desagradecido con mi vida. Ha habido en ella más de lo suficiente para un hombre: disparates, cobardías y decepciones, heridas y besos, desconsuelos y esperanzas y más esperanzas, cuando las primerizas se extinguían. ¡Cuántos rostros, vivos y muertos, alumbra de pronto la luz de mi memoria! Se habían asomado a mi vida, y yo a la suya. Algunos se apresuraron a proseguir su ruta, otros se quedaron. Unos pocos permanecieron allí para siempre. Me estoy consolando a mí mismo. Pero sin sinceridad. Este clavo del garrote asesino lo sienten sobre su cogote, probablemente, todos.
Pero tú sigue cantando, Lyonei, mi héroe romántico. Voy a escuchar un poco más.
Era una calurosa mañana de septiembre. En la columnata había poca gente todavía; dentro de poco llegarían los músicos. «Tengo sed, voy a tomar algo», me dije con resolución; entonces, frente a mí, escuché una exclamación de alegría:
– ¡Por fin te hemos encontrado, llevamos tres días buscándote!
Pensé en Skrivánek. El día antes me habían dicho en el balneario que me estaba buscando un tal señor Skfivánek. Declaraba haber sido mi amigo del colegio y condiscípulo. Yo no le recordaba: habían transcurrido casi setenta años desde que me sentaba en los verdes pupitres de la escuela de Zizkov.
Adopté una expresión de leve asombro y, complacido, afirmé:
– ¡Eres Skrivánek!
En efecto, era él. Miró alborozado a su mujer.
– ¿Ves? Ya te decía que me iba a reconocer en seguida. Nos sentábamos en el mismo banco.
Sin embargo, a decir la verdad, ante mí empezó a dibujarse la silueta de un niño y pronto me acordé de un chiquillo menudo y diligente, sentado al otro lado del pupitre. Nos tratábamos poco. Y eso es todo. No recuerdo nada más.
Me llevaron a la terraza del hotel. Pidió un helado de vainilla para su mujer. Cuando acerqué el vaso a la boca y ella se inclinó sobre el platillo con el emblema de los baños y el del estado papal, aproveché la oportunidad para mirarla mejor. Era mucho más joven que su marido y parecía simpática, hasta bonita. Estaba claro que no compartía el entusiasmo de su marido y aquello me gustó.
Para mantener la conversación y no tener que hablar mucho, le pregunté qué había estado haciendo durante las largas décadas que no nos habíamos visto. El hombre estaba esperando la pregunta.
– Soy abogado -empezó escrutándome con la mirada-. Pero tengo que contártelo todo desde el principio.
Y me relató, sin prisas y detalladamente, cómo se trasladaron de Zizkov a Plzen y, luego, a Praga de nuevo. Después de terminar los estudios de derecho, su influyente padre le colocó en las oficinas de una gran empresa comercial. Las oficinas eran grandes, tenían varios departamentos. Así empezó su carrera.
Le estaba escuchando distraídamente y miraba, por encima de su hombro, al otro lado de la avenida principal. Junto a la casa Tepelsky entre los matorrales, se oculta un pequeño estanque con un par de cisnes y unos patos coloreados. Los patos, rápidos y hambrientos, se abalanzan sobre los regojos que les tira la gente. Los cisnes los recogen poco a poco, con una verdadera dignidad y cierta displicencia. Los trozos que caen lejos, quedan allí, porque no los advierten.
Mi compañero de estudios iba narrándome, despacio y con precisión, todas sus vicisitudes. Hablaba de sus jefes, de sus ascensos y de su trabajo. Al encontrarse en el despacho de la primera planta, que tenía una vista maravillosa, había alcanzado, por lo visto, la cumbre de su vida. Se convirtió en el jefe del departamento y un sirviente le cambiaba a diario el agua en el jarrón con flores frescas.
Desde la ventana del hotel podía ver bien los rostros de la gente. Todos tenían las cuantiosas ocupaciones propias de los baños y de por sí resulta agradable que de uno cuide mucha gente. Alguna que otra vez mi mirada rozó la cara de mi taciturna vecina. Escuchaba con indiferencia. Evidentemente, ya conocía bien la historia de su marido.
Yo seguía escuchando sin prestar mucha atención, pero me enteré de sus dificultades en la época de la ocupación alemana. Fue destituido y en su sillón se instaló una alemana gorda y con gafas. Tuvo que volver a la oscura oficina de la planta baja que daba al patio trasero. Menos mal que sabía bien el alemán. A veces los alemanes le llamaban para que les explicase algo. Pero, para su carrera, aquello no significaba casi nada.
Como soplaba el viento por encima del tejado de la casa Tepelsky a veces me llegaban fragmentos de la música desde la columnata. Era como ir dando mordiscos a un azucarillo rosa.
Después de la guerra, Skfivánek se sintió mejor. No sólo el bueno de Skfivánek, al fin y al cabo. Recuperó, desgraciadamente ya no por mucho tiempo, su sillón, volvió a mirar desde su ventana al río y el sirviente de la oficina cuidó de nuevo sus flores a diario.
Mi compañero se calló, buscó con los ojos al camarero y le pidió un café. En aquellos breves segundos rocé levemente la mano de su mujer que ella tenía sobre las rodillas. En Marienbad no se prohibe hacerlo. Al principio tuve un poco de miedo. Mi vecina se sonrojó, pero acto seguido en sus ojos y labios afloró una tenue sonrisa y me miró a los ojos con fijeza.
Ya habíamos pagado y nos habíamos levantado, cuando Skfivánek se me dirigió como de pasada:
– Y tú, ¿qué ha sido de ti, en todo este tiempo?
– Pues, a decir la verdad -le contesté-, ¡prácticamente nada!
– ¡Nada, lo ves!
Y me miró con una honda satisfacción.
Ya no puedo decir con seguridad dónde vi los zapatos de la señorita Ulrika von Lewetzow. Creo que fue en el museo de Loket. Unos zapatos ya nada viscosos, después de todo el tiempo que había pasado; los endurecidos zapatos de la joven del paseo de los Baños Marianos que son, dicen, exactamente los mismos a cuyo encuentro se precipitaba el enamorado poeta. Al menos, los que los habían guardado sostenían que era así.
Está bien, ¡dejémoslo! Después de su separación, Goethe vivió unos años más. Ulrika no volvió a casarse. Quedó sola hasta la muerte. A lo largo de toda su vida, que no fue breve, acarició, por lo que parece, sus recuerdos.
Su corto amor santificó también aquellos lugares al borde del bosque Imperial, donde desde entonces los ciervos han vuelto a tocar sus fanfarrias de amor muchas veces.
Siempre he leído La elegía de Goethe con emoción, pero sin comprenderla profundamente. Tardé largos lustros en llegar a entender su resplandor postrero. Tuvo que pasar mucho tiempo, quizás quince años, quizás más.
Este verano voy a cumplir justamente la misma edad que tenía Goethe cuando se enamoró con tanto ardor de Ulrika. Ahora sé bien que, si un hombre decide poner fin para siempre a todas las locuras, a todos los sueños y a todas las tonterías a las que estaba tan acostumbrado de joven, empieza a ser viejo. En el momento en que hace un recuento complacido de sus años y sólo consulta a su razón, todo se termina en este valle de lágrimas. Aquel hermoso amor ya no me hace sonreír para mis adentros. Ya no me extraña el atrevimiento de aquel anciano. Soy más inteligente y comprendo sus versos. No es tan fácil ir ahuyentando siempre de sí el desaliento de la vejez, pero es la única manera de escapar a la desesperación. También sé ahora que no es nada ingenioso mezclar el café azucarado con las lágrimas de uno.
Todavía estoy aquí y me alegro de ello. Me siento en un banco frente a la columnata y mis ojos se precipitan detrás de unos pasos elásticos que a los pocos instantes se pierden en la lejanía junto con una falda cortita. Creo que, desde hace tiempo, la moda no era tan lujosamente seductora como lo es en estos últimos años. Es más arrebatadora que los escotes del siglo pasado.
– ¿Mirando a las chicas? -me saluda un médico conocido.
– Así es, doctor. ¡Estoy escogiendo zapatos de mujer para echarme a correr a su encuentro!
El músico de Vysokomyt E J. Bohm -le llamaban «señor director»- fue el último discípulo de Antonin Dvofák. Estaba ciego. Perdió la vista cuando era ya mayor, y, sin embargo, después de eso aprendió a tocar el piano.
En su acogedora casa conocí también a Noemi Jireckova, la hija de Hermenegild Jirecek, no el político progresista, sino el histórico de la segunda mitad del siglo pasado.
Noemi tenía en aquel entonces ochenta años y pocos de sus vecinos de Myt sabían que la recatada anciana había sido en tiempos una reputada pianista y que detrás de sí tenía una vida intranquila, pero esplendorosa, rica en éxitos sobre el podio de los conciertos. La primera vez nos tocó, además de La catedral sumergida de Debussy, el Claro de luna. Le gustaba Beethoven y procuraba lograr una interpretación lo más fiel posible de sus composiciones para el piano.
En las reuniones siguientes le pedimos que volviese a tocar la sonata. Siempre lo hacía de buena gana. Le gustaba tocarla. La popular composición para piano la devolvía a los momentos felices de su vida. Ella misma lo reconocía así. Le gustaba mucho aquella pieza. Pero después de cada interpretación pedía disculpas. Ya era vieja y muchas notas se le quedaban en el piano. Sus dedos, de los que se ha escrito en alguna parte que tenían una habilidad fulminante, estaban algo entumecidos por la vejez y por el reuma. Sin embargo, tocaba con un fervor, una inspiración y una veneración muy sinceros. Me abrió la antigua puerta de la ciudad de Myt el afable y gentil arquitecto Jaroslav Hosek, oriundo de aquella ciudad. Los acontecimientos del año cuarenta y ocho le liberaron de las preocupaciones por la fábrica de su padre, así que tenía mucho tiempo y, a la par, gusto y capacidad suficientes para pensar en la vida cultural de su patria. No sólo me presentó a Noemi, de la que, cuando ella no se encontraba bien, cuidaba solícitamente, sino que también organizó para mí una velada con los estudiantes en el teatro local. Fue en aquella ocasión cuando me invitó a ir a Myt.
Hacía una noche hermosa. Los estudiantes tocaban música y recitaban, y aunque faltaba poco para el fin de curso, incluso los alumnos de octavo estaban indolentes y alegres.
En el transcurso de aquella velada conocí a la estudiante K, atractiva y encantadora. ¡Ah, sí! Todas las chicas allí eran encantadoras, ¡mentiría si dijera otra cosa! Pero aquélla me dejó hechizado apenas salió a actuar.
Tenía unos ojos hermosos. Quedé convencido de que eran los ojos más hermosos de las tierras de la corona checa. ¡Tenían un brillo tan cautivador!
Dediqué al encuentro con aquel ser maravilloso el siguiente poema, si es que se puede llamar así. De hecho, es más bien un folletín versificado. Hosek publicó Romance de la joven en una impresión suelta.
Sé que no es demasiado correcto citarse uno a sí mismo. Nunca lo hago. Pero, ahora, aquellos versos se me imponen. No creo que pudiera decirlo en prosa.
Como es lógico, me daba perfecta cuenta de que en los próximos días me podía tocar presenciar su examen de fin del curso como miembro de la comisión e incluso como uno de los profesores superiores. Pero ahora, al recordar aquella época, pienso en ella como en unos años libres de preocupaciones, muy lejanos aún de la vejez. ¡Ay!
Poco después de los exámenes, la chica se casó. Nos escribimos hasta ahora. Tiene dos hijos muy apuestos. El mayor ya frecuenta los bailes, pero los ojos de la mujer conservan su brillo hasta ahora. Escribo estas líneas en el año en que en Myt se celebra el centenario no vivido de Noemi Jireckova, que murió a la edad de noventa años, en 1964. Así que podéis echar cuentas.
Han pasado justamente veinte años desde que yo llenaba en Myt de vino tinto mi vaso aristado.
Me encontré con Noemi poco después de que el médico jefe de Vysokomyt, el doctor David, le permitiera prescindir de sus cuidados. Fue él quien, además de ayudarle durante la perniciosa crisis de su salud, la devolvió, tras muchos años, al piano. Había un piano en el hospital. Apenas se sentó al piano, se restableció en seguida, también anímicamente. A partir de entonces empezó a tocar, de vez en cuando, de nuevo.
Fui a ver al médico jefe. En parte, porque estaba casado con una mujer de Jicín a la que yo conocía. En su hospital, el médico jefe también tenía monjas. Eran unas religiosas que después del año cuarenta y ocho tuvieron que abandonar su habitual trabajo y se las destinó a Myt. Se marcharon obedientes y obedientes cambiaron los libros de texto por los platos de los enfermos. Cruzaron conmigo unas palabras. Eran hermanas maestras de Bfevnov. Desde las ventanas de su vivienda de entonces veía sus jardines Kajetánce Vítézslav Nezval. Alguna vez me había hablado de ellas y, si no me equivoco, las mencionó en sus versos o en sus memorias. Una de las monjas era muy joven. Se ponía siempre detrás y el rubor teñía sus mejillas. ¡En balde! Era muy guapa y se llamaba Humilitas. La superiora no le quitaba el ojo de encima. Tenía sus motivos. Undsetova se quejó en su famosa novela de que los padres enviaran al convento sólo a sus hijas no del todo logradas. Decididamente, éste no era el caso.
¡Diantre! ¡Cómo no voy a jurar! Me habría enamorado de ella allí mismo. ¡Habría sido un hermoso milagro medieval! El médico no se habría enterado de nada y los enfermos de Vysokomyt olerían a azucenas.
La aventura tuvo un final feliz: no volví a verla nunca más en mi vida.
Entre todas las mujeres que encontré en Myt, la que más me apasionó fue Noemi Jireckova. Todavía llevaba alrededor de su cabeza la aureola de la fama y en las arrugas de su viejo rostro descubrí los rastros de su belleza joven. Si no hubiera sido por aquello, me atraería también por otra razón. Había sido el último amor de Jaroslav Vrchlicky. El último y también infortunado, como pronto supe por su relato. El fulgor amoroso del Claro de luna no alumbró ya la anciana frente del poeta.
Noemi nos invitó, a Hosek y a mí, a su viejo chalet, donde vivía con su hermana enferma.
Hasta el camino del suburbio de Vysokomyt, que pasaba junto a una aldea despoblada, dejaba sentir todo el peso del tiempo. Karel Havlícek Borovsky había recorrido aquel camino cuando una vez fue a buscar a Hermenegild Jirecky. Los restos enroscados de las vides, muertas o a punto de morir, clamaban solas por su muerte definitiva. Exactamente como el chalet de los Jirecek, otrora hogar de una familia medianamente pudiente, junto con sus dos habitantes, parecía invocar, en voz baja, la muerte, con su tristeza y su quietud.
Cuando penetré en la atmósfera rancia que se había estancado allí desde la primera mitad de nuestro siglo, no pude menos que evocar El lamento brutal de las cosas en descomposición. Entre los muebles antiguos, descoloridos y desvencijados, un piano ya enmudecido y trastos enteramente incomprensibles habitaban las dos ancianas encorvadas, cuyos ojos sólo brillaban cuando les preguntábamos por sus recuerdos. Qué luctuosa debe ser la vejez, cuando todos los conocidos, amigos y enemigos, ya han muerto y el hombre se queda a solas con su cuerpo enfermo y corcovado como aquellas ramas de las viejas vides. En el chalet reinaba la pesadumbre. Llegamos allí en los tiempos en que alguien, atendiendo al llamamiento de Hosek, solicitó al ministro de Cultura de entonces que le otorgase a Noemi una pequeña pensión que ahuyentó de los polvorientos aposentos por lo menos el hambre y el frío, ya que no podía espantar la sombra de la soledad, de la vejez y de las enfermedades. Hasta hacía poco, Hosek venía aún a ver a las hermanas con una fiambrera llena de sopa y alguna otra comida, pues -por extraño que parezca- ni siquiera en aquella situación tan difícil, no podían o no querían decidirse a separarse de una parte de sus joyas de familia, que no eran pocas y que guardaban celosamente. Ni de las sortijas, ni de la cadena de oro, atributo de nobleza. Para ellas hubiera representado un pecado y una falta de respeto ante sus recuerdos.
Noemi Jireckova nos recibió con un efusivo y cariñoso afecto. No eran muchos los que venían con buenas intenciones a preguntarle sobre aquellos que habían pasado por su vida para llenarla de alegría y sonrisas o de lágrimas. ¿Y de qué sirven los tristes soliloquios?
Tenía casi ochenta años. Hecha un ovillo, bajo su raído chal bordado con hilos de plata, nos contaba su vida.
Al principio se quejó a Hosek: «La gente me envidiaba porque era famosa. Pero a nadie se le ocurría pensar en los sacrificios que me había costado serlo.»
Nos habló de su juventud, de la hija de una familia nada opulenta, pero tampoco indigente. Su padre había sido el tutor del príncipe de la corona Rudolf y, a lo largo de toda su vida, a pesar de su conciencia nacional de checo, a todas luces sincera, mantuvo su estima por el trono de los Habsburgo. En este sentido, como es obvio, se enfrentaba a Karel Havlícek. Noemi tuvo una infancia de niña prodigio y sus padres supieron descubrir en sus interpretaciones pianísticas un talento excepcional. Así que, en vez de vivir las alegrías que a esta edad viven otros niños, pasaba varias horas al día sentada ante el piano. Tocaba con placer y con aplicación, aunque hubo interrupciones impuestas por sus enfermedades, bastante frecuentes y contumaces, y entonces el piano debía permanecer cerrado. Nunca había tenido una salud demasiado buena. Los nombres de sus profesores de música de Viena ya no significan nada para nadie. Debía su formación como intérprete a su profesor de Vymar, un discípulo de Liszt, Bernard Stavenhagen, en cuya casa conoció a un virtuoso tan renombrado como Eduard Riesler. El mejor período de su vida estaba todavía por delante. Y llegó cuando conoció a Frantisek Ondricek. El respeto por su personalidad y su maestría se transformó muy pronto en una amistad sincera y tierna. Desafortunadamente, a finales del siglo pasado, terminó con una separación, pero dejó marcada a Noemi para el resto de sus días. Junto con Ondricek, dio numerosos conciertos en muchas ciudades de nuestra tierra.
– Hasta ahora nadie en el mundo ha tocado la sonata c-moll de Grieg como usted -le dijo una vez Ondricek.
Luego siguieron un éxito tras otro. Tocó con la Filarmó nica Checa, conoció a Dvofák y a Foerster. Los dos admiraban su arte. Más tarde, al asistir a una fiesta, conoce a Jaroslav Vrchlicky. Pronto surgen la amistad y la predisposición al amor. Pero, desgraciadamente, sólo por parte de Vrchlicky, quien de pronto la abruma con sus cartas y viene a verla a Opat. Noemi no le hace caso a Vrchlicky. Sigue siendo, como ella misma confiesa, fiel a Ondricek. Vrchlicky regresa a casa ya gravemente enfermo y al año siguiente muere, desconsolado, en Domazlice.
Noemi me dedicó una fotografía deslucida en la que aparece junto con Vrchlicky En el rostro del poeta se lee ya el sello de la muerte, que augura el inminente fin del poeta. Le pregunté si conservaba las cartas de Vrchlicky No, Noemi las quemó después de la muerte del poeta. Podíamos creerla. Había alcanzado esa edad en la que ya no se miente. Más tarde me mandó con Hosek dos cartas del poeta. Son de la primera época. Las dos cordiales, pero sólo amistosas.
Noemi murió al alcanzar casi los noventa años. Un año más tarde murió también su hermana, con la mente ya confusa.
Poco después de morir la hermana, el chalet de los Jifecek fue saqueado. Todas las joyas de familia desaparecieron. Los libros, enmohecidos y rancios, estaban desparramados por el suelo. También se perdió una parte de su desordenado archivo. Se extravió el singular libro de conciertos de cuya existencia se tenían noticias. En vano Hosek lo estuvo buscando en el museo local, donde se depositó lo que quedaba del patrimonio. Del delincuente no se supo jamás.
Las ventanas estaban rotas y en el tejado había un agujero.
Antes que nada tengo que confesaros que soy algo sibarita. Me agrada comer, y como con verdadero placer. Lo reconozco de buena gana, pues no es nada terrible. Pero no soy un gastrónomo, ¡eso no! Lo como todo; pero para mí una buena comida sólo es la carne y odio con toda mi alma la zanahoria estofada.
¡Por el amor de Dios, no me habléis de los campos de concentración!
El sabor y el olor de las comidas, lo mismo las preparadas por afamados hombres de altos gorros blancos que las que hacían mi madre y mi mujer en casa, se me olvidan, por desgracia, como la melodía de la canción que sólo he escuchado una vez. En vano trato de reconstruirlos en mi mente, en vano piensa mi lengua atormentando con desasosiego mis olvidadizos labios. ¡Qué lástima!
Pero sí hay un plato que recuerdo con nitidez, y cuyo sabor vuelve a extenderse sobre mi lengua siempre que lo deseo. Porque se trata de un plato que me gustó sobremanera y que fue acompañado por una vivencia intensa y, a la vez que una vivencia, por un hombre estupendo.
El plato es las hojuelas rusas. El hombre, Román Jakobson, y la vivencia, quiero contárosla con pelos y señales.
¿Habéis probado alguna vez las hojuelas rusas?
No importa, os daré la receta. Es sencilla, aunque no precisamente barata. Pero, al fin y al cabo, podéis prescindir del caviar.
Las hojuelas no son otra cosa que nuestras, tan conocidas, lívance. Pero en Rusia las hacen de harina de cebada, sin sal y de tamaño de un plato. Después de freirlas, las hojuelas se ponen una encima de otra para que se conserven más tiempo calientes. Eso es todo. Cuando se han preparado las suficientes, empezamos a comerlas. Y aquí llega lo importante. Al extender una hojuela sobre el plato, echamos encima un poco de caviar, una loncha de salmón ahumado, un trozo de pepinillo, una rodaja de salchicha, una aceituna deshuesada, un filete de arenque u otros aderezos por el estilo. Luego enrollamos la hojuela, le echamos mantequilla derretida y nata dulce y espesa.
Cuando luego lo probáis, todas las células del gusto que tenéis en la boca se regocijan. Dejadlas gozar hasta que comáis por lo menos cinco hojuelas. Yo la primera vez comí siete, pero es demasiado.
Las hojuelas sólo piden vodka. No os opongáis, os convertiríais en vuestros propios enemigos. A veces os parece que han sido inventadas para poder acompañarlas con vodka. Cada hojuela, con notable insistencia y rotundidad, exige que se la rocíe con una copa de vodka. Y mucho mejor, con un vaso. ¡Qué bien saben entonces!
Creo haber descrito con mucha exactitud las hojuelas y su guarnición, pero no puedo decir con la misma precisión cómo llegó a Praga Román Jakobson. Supongo que vino a nuestra república con la primera misión soviética que se instaló en el antiguo palacete Tereza de Zizkov, situado entre el Jardín del Paraíso y el Riegrovy. Asistiendo a una de las primeras recepciones celebradas en la misión, vi por primera vez el simpático rostro de Jakobson.
Las recepciones del palacete Tereza, escasas, pues sólo se ofrecían con motivo de alguna fiesta, no eran, ¡ay!, únicamente las mesas llenas de manjares insólitos y exóticos, claro que no. Es imposible no recordar las fuentes colmadas de un jamón rosa pálido, que solían destacarse en las mesas, las lonjas de salmón ahumado de un rosa subido, los atrayentes tarritos de caviar, los platos con pescados de toda clase coloreados como las flores y los montoncillos de diversas frutas extrañas, entre ellas unas uvas gigantescas que se conocían con el nombre de «dedos de señorita», porque sus granos eran notoriamente oblongos. Allí se reunían muchas personalidades destacadas e interesantes, y entre ellas sobresalía la del embajador Antonov-Ovseyenko, del que todos nosotros nos enamoramos de inmediato. También Román Jakobson estuvo allí. Se nos acercó y en seguida nos trató como amigos. Nosotros -en seguida también- le consideramos como uno de los nuestros.
Nos llevaba unos años y tenía su manera propia de ganarse el afecto y el cariño. Su simpatía y cordialidad eran suaves y modestos. La importancia con que se presentaba al principio no tardaba, en transformarse en un centenar de leves sonrisas. Su aspecto llamaba la atención… Había en él algo oblicuo. Supongo que se debía al ligero desplazamiento que sufría la córnea de su ojo izquierdo. Te miraba a la cara y te estaba hablando, pero su cabeza estaba vuelta de lado, así que daba la impresión de que miraba a otra parte y hablaba a alguien más. Pero, por lo que parecía, a él no le importaba en absoluto y a nosotros, desde luego, menos aún.
Unos días después se sentaba con nosotros en un café, como si hubiera estado viniendo allí durante años.
Además de nosotros, alrededor de la mesa se habían sentado varios poetas y pintores extranjeros a quienes invocábamos siempre en el curso de nuestros interminables debates y discusiones. Las más de las veces era Apollinaire, con la cabeza vendada como le había dibujado Picasso. A nuestro lado se sentaba también Mayakovsky, estrepitoso sin pompa, y el enigmático y sorprendente Jlébnikov, que le gustaba a Jakobson especialmente y sobre quien había escrito un libro.
En nuestro país, Jakobson se explicaba bien en todas partes. Pronto habló checo. Lo había aprendido en tres semanas.
Cuando nos encontramos con él por segunda o tercera vez, sacó del bolsillo un ejemplar de Los Doce de Biok y me propuso traducir el poema. Me lo dictó línea por línea y yo fui vertiendo su texto en unos versos horrendos. Tengo que decir que, al principio, el poema no me interesó en absoluto, aun cuando en la Unión Soviética le concedieran una importancia excepcional. Lo traduje con notable falta de maestría y, además, torpemente. Más tarde Antonin Boucek publicó la traducción en sus Actualidades y curiosidades. Todavía me asusto cuando veo la separata de la traducción en la biblioteca. Al cabo de algún tiempo, Jindrich Honzl llevó Los Doce al escenario del antiguo Teatro Svandov. Y entonces ocurrió algo que todavía le hacía reír a Jakobson más de treinta años después, cuando venía a verme en Praga. En el poema hay un episodio en que las mujeres apostadas en la calle gritan a los transeúntes sus nocturnas proposiciones amorosas. Por culpa de mi horrenda traducción, Honzl no comprendió los versos y se los hizo recitar a un soldado del Ejército Rojo que estaba de centinela, con un fusil de bayoneta y con un viejo yelmo ruso. Por suerte no se fijó nadie. Interpretaba el papel del desgraciado guerrero el futuro editor Jan Fromek.
Pero esta historia la he anotado sólo con tiza, encima de una pizarra escolar. ¡Venid a borrarla! Jindfich Honzl era una persona formidable y un insigne director de teatro.
En el Café Nacional, al que nos trasladamos de Slávie al cabo de un tiempo, saludábamos a Román como un invitado excepcional. No frecuentaba el café tanto como nosotros. Nosotros estábamos allí a diario. Jakobson nos citaba a varios poetas. Así, sobre la mesita de mármol, las mañanas se animaban con el ruido del tambor cuando nos decía las poesías de Mayakovsky. Antes de que nos llegaran de Moscú algunos libros de poetas soviéticos, conocimos también a Essenin, aquellos poemas que a veces son susurrantes y angustiosos como las hojas muertas de abedules en otoño y otras veces amargos como el seco pan negro de la revolución, y también los poemas de Pasternak, muchos de los cuales son incluso más bellos que los de Pushkin.
Con la misma rapidez con que había aprendido el checo, Jakobson comprendió los problemas de la poesía checa. Obviamente, se imponían las comparaciones con la rusa y, ya en el año veintiséis, Fromek publicaba su libro sobre la poesía checa. Cuando aquel mismo año el eminente lingüista checo Vilém Mathesius fundó el Círculo Lingüístico de Praga, grupo que se ganó la fama mundial que todavía perdura, Jakobson fue uno de sus primeros miembros y llegó a ser su vicepresidente. Creo que de ninguna manera perjudicaré a sus demás miembros si atribuyo la pujanza y el papel iniciador a Jakobson, que jamás dejaba a la gente que le rodeaba que se contentase con lo que hacía, al tiempo que él siempre compartía, sin vacilar, con nosotros todos los problemas que se presentaban. Incluso después de cambiar su vida en Praga, apresurada, bohemia y errática, por la cátedra de la Universidad de Brno.
Jakobson ofreció a la filología checa un eficaz método analítico para el estudio de la poesía. Se diferenciaba enormemente de la precaria práctica que existía entonces y contribuyó a aumentar el carácter científico de la crítica checa. Fue un hito con el que deberíamos marcar el comienzo de unos criterios estéticos más profundos y sobre todo una mayor atención a la problemática de la presentación lingüística de la obra, a su estilo, a su trascendencia en el tiempo y en el proceso social.
¡Cuánto dejó aquel hombre a nuestro país en unos pocos años! Nos enseñó a mirar las antiguas creaciones literarias como auténticas obras de arte y detectó en los antiguos cantos checos los vestigios de la cultura eclesiástica eslava de antaño.
¡Pero qué resbaladizo era aquel hielo frágil! La valoración de la labor científica de Jakobson todavía espera en nuestro país la atención de los especialistas. Sólo yo parezco recordar aquel pasado efímero y bello.
Mientras Jakobson estaba en Praga, ni siquiera su intensísimo trabajo científico le impedía sentarse de tarde en tarde ante un vaso lleno de vino. Que no solía ser sólo uno. Cuando por la noche nos levantábamos cansados, él permanecía fresco, tan rebosante de temperamento como cuando había llegado y abierto la puerta. Nadie ni nada podían con él. En esto era insuperable. Sabía beber y yo se lo envidiaba.
Durante una de sus visitas a Vancura, a Zbraslav, apostó ante uno de los invitados que bebería de un trago una botella de vodka. La bebió y ganó. Fue todo un rito. Jakobson tumbó en el borde de la mesa una botella llena, se arrodilló delante de la mesa, descorchó la botella y la acercó a la boca. Escondió las manos detrás de la espalda y de veras vació la botella bebiendo a lentos largos sorbos. Se levantó y salió. En vano le estuvimos buscando en los siguientes minutos. Una hora más tarde apareció entre los invitados fresco y sobrio. Pasó algún tiempo hasta que confesó que había estado durmiendo en la cama que había en un cuarto contiguo. No le encontramos allí porque se había metido debajo del edredón de arriba con tanto cuidado que no desordenó los alisados pliegues de las mantas ni de la colcha. En la superficie del lecho no había una sola arruga.
Durante la Segunda Guerra Mundial, si mal no recuerdo, estuvo un tiempo en los países nórdicos, pero pronto se marchó a América. En los Estados Unidos su labor lingüística llegó a su apogeo, sobre todo cuando logró aplicar a su trabajo las modernas corrientes de la teoría de la informática. Su investigación filológica fue apreciada por los especialistas de todo el mundo.
Después de la guerra, a lo largo de toda su estancia en los Estados Unidos -hasta hoy en día-, Jakobson ha sido un propagandista apasionado del arte y, sobre todo, de la literatura checa. Atrajo una especial atención a la literatura checa porque, en una serie de estudios científicos, utilizó ejemplos escogidos en la literatura checa y eslovaca, y algunos investigadores extranjeros conocieron entonces por primera vez nuestra literatura. Su extensa obra científica, que engloba descubrimientos sorprendentes del campo de la lingüística, de la semántica, de la poética y del conocimiento de la literatura, repercutió también de forma palpable en otros campos. Concretamente, aquellas experiencias de Jakobson fueron aprovechadas por la etnografía. Pero una desgracia cruel y siniestra acechaba a Jakobson en Estados Unidos. Cuando llevaba al editor el abultado manuscrito de un nuevo libro, le atropello un coche. Al caer dio con la cabeza en el manuscrito, lo cual le salvó la vida, pero las ruedas del coche le dejaron destrozadas las dos piernas. Sin embargo, habla del accidente bromeando. El conductor de otro vehículo lo vio postrado en la carretera, gravemente herido, y vino corriendo para ayudarle. Trajo una cantimplora llena de whisky y le dio de beber de ella.
– ¿De dónde es? -preguntó al herido el solícito conductor.
– Soy ruso -le contestó Jakobson.
– ¿Ruso? ¡Entonces siga bebiendo!
Por suerte, aquellas piernas destrozadas se las compusieron, así que ahora todo está en orden.
Pero, por Dios, ¡que no se os enfríen las hojuelas rusas!
Todavía no nos conocíamos mucho cuando Jakobson vino para invitarnos a una fiesta. A Teige, a Nezval y a mí. ¡Habrá hojuelas! El olor de aquel exquisito manjar amontonado sobre la mesa, un manjar que nunca habíamos probado antes, inundaba toda la pieza. Junto a la fuente había unas botellas de vodka. Esto nos resultaba ya más familiar, después de nuestras visitas a la villa Tereza. ¡Las botellas llenas de un líquido brillante y transparente parecían algo tan inocente! Y sobre los demás platos había una profusión de viandas de todas clases.
En Holesovec, Jakobson vivía en la esquina formada por los jardines Dukelsky y la plaza Strossmayer. En aquel edificio había una gran librería. La hermosa mujer de Jakobson estaba haciendo ya las últimas hojuelas. Estudiaba medicina en Praga y creo que todavía sigue viviendo en Brno. Trabaja como médico de niños en el departamento de pediatría del hospital.
Nos invitó cordialmente a la mesa. El piso amueblado que habían alquilado tenía decoración escueta y convencional de gusto pequeño-burgués. ¡No importaba! Ellos lo llenaron en seguida de un simpático desorden propio de dos almas bohemias e informales. Por todas partes había libros y papeles escritos. Si alguien buscaba un pañuelo limpio, hurgaría en vano en los cajones del ropero. En cambio, encontraría los pañuelos sobre el estante de la librería. Está dicho: Jakobson es un científico, antes que nada. Sus trabajos reúnen todos los atributos de la ciencia, pero su rica imaginación lo lleva a una relación esencialmente poética con la realidad. Esta bipolaridad -un científico no académico y poeta- era una parte básica del encanto de su personalidad. Así le veía yo también. Por eso había encontrado tantos amigos en nuestro país y por eso fue querido por todos ellos.
Nos sentamos de inmediato a la mesa, y el montón de las hojuelas fue menguando rápidamente. Jakobson nos indicó una y otra vez que, si queríamos saborear a fondo cada hojuela que descendía a nuestros estómagos rozando el corazón, teníamos que mojarla con una copita de vodka. Cuanto más grande, mejor. Como el rocío que salpica una hermosa rosa abierta.
Comí hasta siete hojuelas. Nezval comió más, pero no las contaba, corno él mismo reconoció. También le correspondió una botella de vodka que estaba delante de su plato. Jakobson se lo servía celosamente. También él lo bebía, pero el vodka resultaba totalmente impotente ante él. Sonreía y estaba visiblemente satisfecho con el éxito de su agasajo.
Nos marchamos hacia la medianoche.
Cuando Jakobson nos abrió el portal, Nezval fue el primero en salir. Fue un error. No debíamos haberle dejado irse. Mientras nos despedíamos, desde la acera nos llegó un grito. Nezval se estaba peleando con un guardia que estaba apostado junto a la casa. Odiaba a los policías con toda su alma.
Nos acercamos corriendo, pero quedamos inmóviles, sin poder hacer nada. El grito de indignación, incontenible, resonaba en la tranquila calle vacía. Cuando el guardia decidió multar a Nezval por gritar y sacó un grueso bloc, Nezval se lo arrancó de las manos. Los papeles se desparramaron alrededor de ellos. Pero el guardia ya había silbado pidiendo auxilio y desde la calle adyacente acudía otro, pisando fuertemente con sus botas. Cuando recogieron los papeles, sujetaron a Nezval por los brazos y, desatendiendo sus vehementes protestas, le llevaron a la comisaría situada en la calle Strojnická, cerca del recinto ferial.
Añadamos que hacía una hermosa noche de mayo. Misteriosa, estrellada y silenciosa. Desde el bosque del Rey llegaba el suave perfume de los árboles en flor, los cisnes de la alberca ya estaban durmiendo, los enamorados se amaban y el reloj de la torre del Palacio Industrial dio, algo ronco, la hora.
Como es lógico, fuimos detrás de nuestro compañero. Estuvimos explicando a los guardias que Nezval era un poeta. Sin resultado. Se mantuvieron firmes e implacables. No les importaba nada de aquello. Los poemas no les impresionaban y, por supuesto, no los leían. La poesía les preocupaba un comino, así de sencillo. Cuando quisimos penetrar en la comisaría, nos cerraron la puerta en las narices dando un portazo y, por aquella noche, Nezval desapareció para nosotros.
Unas semanas más tarde comparecía ante el tribunal de Praga. Le condenaron a tres meses de libertad vigilada. Buscamos alguna protección. Creo que no valía la pena. En cualquier caso, no se le había encarcelado, porque hasta entonces Nezval no había tenido antecedentes.
Quise ayudarle como testigo, y cuando el juez me preguntó si Nezval estaba muy borracho, le dije que tenía la lengua gorda. ¡Se dice así! Pero el juez observó que no podía ser cierto, pues estaba gritando tan fuerte que se le oía en todo Holesovec. Y es que, en aquellos tiempos, la embriaguez constituía un atenuante.
Aquel mismo día fuimos a celebrar el fallo. Cuando terminamos, como si fuera nuestro sino, encontramos de nuevo delante de la taberna a un policía. Nezval se llevó un dedo a los labios en señal de que guardásemos silencio, y se acercó al policía de puntillas, por detrás, con la intención de mojar el odiado uniforme como lo hacen los lobos para marcar su territorio de caza. En el último momento, Karel Teige le detuvo y eso le salvó.
Cuando en el año treinta y ocho, en la época ya crítica, Jakobson, que no era ario, iba a marcharse al extranjero, le encontré por casualidad justo en el momento en que entraba en el andén. Creo que los dos nos alegramos de aquel encuentro imprevisto. La despedida fue breve y apresurada, pero emocionante.
– Me encontraba a gusto en esta tierra y fui feliz aquí -me dijo Jakobson.
– Si te agrada oírlo, te diré que me siento checo y que estoy triste.
En aquel instante, asomaron a sus ojos dos parcas lágrimas. Me estaba mirando a la cara, pero parecía que miraba a otra parte y que hablaba a alguien más. Pero allí no había nadie más que yo.
Sosteniendo en la mano una copa de porcelana en la que estaba dibujada una gacela sobre una roca, yo paseaba asiduamente por la columnata de Karlovy Vary que, aunque había sido diseñada por el mismo arquitecto que el Teatro Nacional, no puede parangonarse con la de Marienbad. Siguiendo la prescripción del médico, sorbía el agua tibia y amarga, pasaba del manantial del Molino al de la Sirenita y al de Carlos IV, aunque la recomendación se me antojaba algo arbitraria. Aparentemente, los manantiales son todos iguales, brotan en el mismo sitio; sólo varía su temperatura. ¿Pero qué entiendo yo de eso?
Debo decir que la cuestión, tan vivamente discutida por entonces en los balnearios, de si aquellas aguas medicinales rejuvenecían y manaban a la superficie desde el magma de la tierra, o de si se trataba de aguas del suelo absorbidas por la tierra y que volvían a ella, me dejaba más bien indiferente. Pero mi vesícula biliar me atormentaba y había venido a los baños para ponerla en orden. Pese a ello, la idea de que estábamos bebiendo la leche de la madre tierra directamente de su seno, todavía me sigue pareciendo más cautivadora que la patente realidad de que se trataba del agua que un día había arrastrado el lodo y el fango de los caminos de nuestras tristes vidas.
Me gusta ver el pulular cotidiano de los clientes de los baños con sus cajitas de pastillas en la mano, y observo sus rostros que se repiten a diario. Al llegar a una edad avanzada -dice André Gide-, siento menos curiosidad por los países, incluso por los más hermosos, pero cada día me siento más curioso con respecto a la gente. Aunque el científico Jean Jeans nos asegure sinceramente que no somos más que moho. Pero, ¡qué cosas ha conseguido hacer este moho y cuánto ha creado!
Cuando terminé de beber el agua, me senté en un banco húmedo al lado del Manantial y me quedé escuchando su incesante rumor, bajo una lluvia de gotas microscópicas. El sonido monótono del agua que fluye hace más fácil recordar, soñar y meditar. Allí fue donde un día me encontró Vítézslav Nezval. Hacía mucho que no nos habíamos visto, y me alegré.
Recordé un episodio. Poco después de la guerra llegó a Praga el pintor Josef Sima, nuestro buen compañero. Lo recibimos con los brazos abiertos; ansiábamos conocer las noticias del París de la época de la guerra y de la posguerra, al cual seguíamos amando y que para él era su segunda patria. Durante la guerra, Sima había colaborado con el maquis. Pero hablaba de su trabajo sin darle importancia.
Una vez, al reunimos en el antiguo Café Nacional, inquirió, con una ironía fina como la seda, si Nezval llevaba a su importante despacho su bastón balzaquiano. Por aquel entonces, Nezval fue llamado a ocupar el cargo de jefe de un departamento del Ministerio de Información. Ya casi nos habíamos olvidado de su extraño bastón.
Muchos años antes de la guerra, Nezval irrumpió una tarde en el café y blandió, triunfante, un bastón descomunal, más parecido a una pequeña estaca, que colgaba de una correa en su muñeca. Era liso y en su pomo había un trozo de vidrio pulido. Había sido Sima quien, a petición de Nezval, le dibujó el famoso bastón de Balzac. Pero todo se redujo a un suspiro de desilusión. Porque Balzac, aun endeudado, llevaba en su bastón una auténtica piedra preciosa y Nezval sólo tenía un pedazo de cristal sin valor. Lo mismo le ocurría entonces a nuestra literatura en el mundo.
Nezval siempre manifestaba con notorio estrépito su alegría ante un encuentro. Era su modo de ser. Se excedía un poco en aquellas efusiones, pero nos conocíamos desde hacía mucho tiempo.
También a él le había traído a Karlovy Vary su vesícula biliar infectada. Como me confesó, también pensaba quitarse algún que otro kilo. Estaba bastante gordo, y eso no era bueno. Había sufrido un infarto.
Por el momento le bastaba con los baños. Tenía múltiples ocupaciones. También cuidaba la elegancia de su aspecto. A lo que prestaba menos atención o, en todo caso, trataba con la mayor indolencia, era a su salud. Aunque había dejado de fumar, fue, a lo que parece, lo único que cumplió con perseverancia. Cuando yo encendí un cigarrillo, me lo quitó de la boca y lo aplastó ruidosamente contra el suelo. Así me vi obligado a fumar sólo cuando él no me veía.
En cuanto al radical régimen de adelgazamiento que se le prescribió en el sanatorio, simplemente no lo observaba. Era el único que se atrevía a recorrer en coche las calles de los baños. Cuando en el comedor del sanatorio dejaba el tenedor sobre la mesa -tenía para el almuerzo una zanahoria hervida en agua- se metía en el restaurante de enfrente de la columnata y encargaba un filete del tamaño de un plato, o bien una chuleta. Una ración doble. Los médicos conocían sus inobservancias dietéticas, pero no podían hacer nada. La equívoca convicción de que se curaba lo suficiente con aguas y medicinas le infundía cierta euforia brusca y su irrefrenable temperamento no le permitía descansar.
Aquel verano -corría el año cincuenta y seis- en Karlovy Vary se trataba también el mariscal Budienny. Nos lo encontramos cuando volvía a los manantiales. Nezval lo saludó efusivamente. Budienny le devolvió el saludo con una sonrisa amistosa.
Las cosas le iban peor con las chicas que en la columnata, suscitaban la curiosidad de Nezval. Se paraba a su lado y les murmuraba algo confidencial. Alguna soltaba una carcajada, a la otra le salían los colores a la cara y estaba a punto de echar a correr. Sólo cuando se enteraban de que se trataba de Nezval, aceptaban su galanteo sin tanta turbación y algunas estaban visiblemente halagadas. No sé cómo está esto ahora, pero entonces las mujeres y las chicas amaban no sólo la poesía, sino también, quizás, a sus autores. Aquello estaba bien, ¡ya lo creo!
Yo esperaba, cada mañana, en la breve cola que se formaba delante del manantial del Molino. Un día vi a Nezval caminando a toda prisa. Estaba enormemente excitado. En seguida supe por qué. Me hizo salir de la cola para comunicarme, lleno de alborozo, que iba a hacer un viaje a la India.
La Unión de Escritores Checoslovacos enviaba, de tarde en tarde, a sus miembros al extranjero. Nezval estaba sorprendido y no ocultaba que la idea del viaje le alegraba. Hacía mucho que deseaba conocer aquella tierra misteriosa y bella. Ya estaba imaginando a las gráciles indias en sus saris color crema y se prometía que, desde Delhi, iría a ver sin falta los viejos templos de Khadzurah.
Cuando íbamos a casa de Teige, en la calle Cerná, y hurgábamos en la enorme biblioteca del anciano caballero, en la que había numerosos manuscritos, escrutábamos con amor una antigua monografía alemana dedicada a la India y sobre todo las páginas en que estaban las imágenes de aquellos antiquísimos lugares sagrados de los indios. Las fachadas del templo de Khadzurah estaban cubiertas de estatuas. Igual que un general de medallas. Eran innumerables. Quizá varios centenares, o más. Eran estatuas de amantes, de bailarines y de bailarinas. Los amantes estaban enlazados en estrechos abrazos y adornaban el templo con las actitudes amorosas más secretas y más íntimas. Aunque a mí más bien me recordaban los números acrobáticos de la familia Blondini en el trapecio, cuando estuvo aquí el circo de Kludsky. A su lado, una bailarina alzaba unos pechos tan redondos que parecían bolas de billar.
En nuestra tierra, como es sabido, los amantes buscan un escondrijo para su amor. En Krec, cerca de Praga, se ocultaban en la concavidad de un viejo roble hueco, a la que trepaban por sus ramas bajas. No sé por qué en Khadzurah habrían escogido la fachada de un templo. En fin, ¡están allí desde el siglo diez, así que nada!
¿Cómo no iban a atraernos aquellas imágenes? Eramos jóvenes, hacía mucho que conocíamos unas traducciones lapidarias del Kama-Sutra y, por supuesto, sentíamos curiosidad por el amor. ¡Cómo no! Por eso nos agradaba hojear aquella monografía de vez en cuando.
Acto seguido, Nezval completó aquel recuerdo con el sabor de los platos insólitos y exóticos; y el aire se llenó del olor dulzón que despedían los manjares, junto con los excitantes olores y sabores de la fruta que durante su visita a la India le esperaría en todas partes.
Yo disipé súbitamente aquellos momentáneos sueños sobre la cocina india y la fruta. Pocas semanas antes había regresado de un viaje por Vietnam y China una amiga de mi mujer, que había contraído allí una desagradable enfermedad. Los parásitos. Lamblias. Estaba en la cama de un hospital, y no era ella sola. Casi todos los que habían vuelto de aquellos países asiáticos pagaron su curiosidad gastronómica con algún mal tropical. Sobre todo con parásitos intestinales.
Se me escapó, y lo lamenté en seguida. No tendría que haber sido yo quien señalase a Nezval aquellos inconvenientes. Debería haber dejado que se lo dijesen los médicos. Había cometido un error. Su alegría, se extinguió. A pesar de su vida despreocupada y sus horarios nefastos, Nezval era un hipocondríaco.
Al día siguiente, frente al manantial del Molino, me declaró que no iba a ir a ninguna parte. Había hablado con los médicos y éstos le confirmaron mis palabras. Nezval llamó a Praga y renunció al viaje.
¡Adiós, amantes de Khadzurah! Fue la señora Pujmanova la que se fue a la India.
Como consecuencia de aquella desilusión, viví junto a Nezval otros minutos amargos. Fuimos a Supraphon a escuchar nuevos discos. Nezval había invitado a Karlovy Vary a su hijo Robert y a su madre. Les esperaba con impaciencia.
Me enseñó su fotografía con el orgullo de un padre feliz. Nezval no ocultaba su amor paterno. El muchacho tenía un parecido extraordinario con él. Conocí a la señora O. en los baños, pero no vi allí a su hijo. Ya no lo recuerdo. Quizás no había venido.
Tomando mi café en la pastelería Elefant, vi un día al médico y poeta húngaro Fuchs. Conocía bien a Nezval, pero no se llevaba bien con él. Sin embargo, Fuchs hablaba de Nezval con cordialidad y, después de conocer a un médico que estaba al corriente de la situación de Nezval, me trajo noticias desagradables. Los médicos que lo trataban ya no le daban a Nezval, desgraciadamente, mucho tiempo de vida. Estaba demasiado obeso para su débil corazón, Su corazón no lo resistía. Un año y medio, casi exactamente.
Me despedí de Karlovy Vary. ¡Adiós a las aguas! ¡Que el Manantial siga brotando y haciendo ruido hasta los felices años venideros! Kosta Biebl le dedicó un hermoso poema. Cuando hablamos de los años futuros, pensamos siempre en alguna felicidad por venir. Pero no sucede así. Cuando en la torre de San Vito instalaron el nuevo reloj, el dignatario eclesiástico que lo consagró y lo bendijo le deseó que siguiese funcionando hasta los felices años futuros. Poco después entraban en nuestro país las tropas alemanas.
En la cueva que hay debajo del Manantial se hacen unas rosas sorprendentes. Se coge una flor viva y se la sumerge en el agua que fluye de la pila del manantial hasta el río Teplé. En muy poco tiempo, la rosa se cubre de los minerales pardos y verdes del agua y queda petrificada. Propiamente dicho, es la máscara mortuoria de la exquisita flor.
No. No voy a llevar conmigo este sorprendente recuer-do de Karlovy Vary.
Dos años más tarde, en la primavera del año cincuenta y ocho, estuve ingresado bastante tiempo en la clínica de Motol. Allí, la primavera es triste. Los árboles vetustos no se animan a vivir. En abril murió Nezval. Después de todas sus andanzas, murió en brazos de su mujer Fáfinka, que lo seguía queriendo. Murió como se lo había predicho él mismo con su horóscopo: en la Semana Santa. Seis semanas después moría la señora Pujmanova.
En un cuarto del hospital vecino al mío estaba una enferma, hija del profesor Vratislav Jonás, de la clínica de Vinohrad. Era joven y su padre venía a verla a diario. El profesor no era nada insociable; hicimos amistad y me enteré de cosas muy curiosas. El estaba esperando la llegada del profesor Niederle y nos sentamos en un banco frente a la unidad de reanimación. Me habló de la señora Pujmanova, que estaba ingresada en la clínica de Vinohrad.
Al volver de la India, cayó enferma acusando claramente los síntomas de una afección tropical. Le descubrieron parásitos en el tracto digestivo. Tras someterla a un tratamiento infructuoso, decidieron operarla. Pero no encontraron nada. Los síntomas de la enfermedad volvieron a manifestarse. Una vez más se la intervino quirúrgicamente, y los médicos tampoco detectaron los parásitos. Poco después, Pujmanova fallecía. La autopsia mostró una pequeña úlcera en el duodeno. Era una úlcera corriente, sólo estaba sangrando. En todo aquello había funcionado la psicosis de las enfermedades tropicales, que llegó a confundir incluso a médicos eminentes.
No sé con qué sobornaría Nezval a las estrellas, qué les daría ni qué les prometería, para sacarles un horóscopo favorable para su hijo. Me enseñó aquel horóscopo que él mismo había calculado y en el cual creyó. Era excepcionalmente favorable.
La vida del joven Robert no fue, sin embargo, del todo feliz. Los singulares destinos que Nezval trazaba en su prosa, alcanzaron también a su hijo. Un día su madre le encontró tocando el piano con las venas de las muñecas abiertas. Lo salvaron en el último momento. No por mucho tiempo. Poco después decidió de nuevo poner fin a su joven vida. Aquella vez lo consiguió. Se arrojó por la ventana y se mató.
Murió sin haber catado todavía mucho de la vida que su padre había sabido saborear con todos sus sentidos. Sin embargo, su rostro se parecía mucho al de su padre.
A mediados de un otoño, durante los primeros años cincuenta, Holán y yo fuimos a Frenstát, que no está lejos de Radhost. Teníamos allí unos amigos, unos conocidos, y Frantisek Halas nos había hablado muy bien de aquella ciudad. Allí amaban la poesía.
Pero por una vez tuvimos que estar constantemente ojo avizor y obrar con cautela. Sólo así pudimos evitar enamorarnos de la joven y cautivadora Mahulenka P. Pero Holán juzgó sabiamente que, para nosotros, le sobraba su condición de casada; así que al cabo de tres días dijimos adiós al hospitalario Vlcina, nos despedimos de sus simpáticos habitantes y nos marchamos a toda prisa a la vecina Frycovice. Es un pequeño pueblo minero de Ostravia, donde nuestro amigo Frantisek Martínek regentaba entonces píamente su indigente parroquia.
El padre Frantisek era un anfitrión cordial y, además, buena persona. Nos había invitado ya varias veces y, cuando por fin llegamos a Frycovice, nos recibió literalmente con los brazos abiertos. Nada más cruzar el alto umbral de la parroquia, nos envolvió la vaharada del aroma de la carne estofada.
Podéis pensar de mí lo que queráis, pero cuando las células del gusto de mi boca se refocilan, amo la vida con todo mi corazón.
Frantisek era de Hana de Olomouce. En la cocina se estaban ya guisando dos solomillos que le habían enviado de casa y sobre la mesa alegraba la vista la belleza de las cenas de Hana. Aunque no estaba escrito en ninguna parte, se le podía leer en los ojos: bienvenido sea quien entra con buen corazón. Apenas nos sentamos a la mesa, Frantisek, solemne, apareció trayéndonos la temblorosa carne estofada, un magnífico rábano con manzanas y una barra de pan. Estaba dorado, porque lo habían hecho en un viejo horno de ladrillo. Entiendo bastante de eso. Mi mujer es hija de panaderos. Bueno, viva el padre Frantisek. Su casa de párroco era sencilla y algo triste. Allí faltaba una mujer. Todo lo demás era bueno y digno de atención. La carne, exquisita; la cena, inolvidable. En cuanto terminamos de comer, Frantisek salió para traernos, con una alegría pueril, dos botellas de vino blanco. Era vino de misa.
Al comienzo de los años cincuenta no teníamos todavía demasiado vino. El año anterior, además, algunos de los viñedos, ya descuidados durante la guerra, se habían helado y la cosecha fue desastrosa.
Mi amigo Goldi quizás hubiese confirmado, como conocedor, que el vino tenía un cuerpo algo flojo, que era algo ácido y que le faltaba azúcar, aunque podría venir bien con un steak de ternera y con espárragos. Sin embargo, no nos hubiera preocupado mucho su opinión. El vino estaba bien frío y la carne estofada era humeante y olorosa.
No podía haber nada más agradable que apoyarse cómodamente en el respaldo de la silla, estirar las piernas bajo la mesa y charlar amistosamente, bebiendo el vino en un ambiente cordial.
Era octubre. Por las mañanas hacía frío, pero la vieja chimenea de azulejos crepitaba apacible y amorosamente, calentándonos. Nos sentíamos a gusto. En la pared colgaba un gran crucifijo de antigua talla artesana, y el Crucificado -eso era lo más importante- estaba sonriendo desde la cruz. No lo sé, quizás a nosotros.
Creo conveniente contar una cosa: cuando nací, sobre mí se inclinaron las parcas. La primera dijo: «Beberá vino.» La segunda añadió a eso: «¡Y con gusto!» Y la tercera agregó: «Pero sólo tinto.» Mi viejo amigo el profesor J. Brumlík, que nos trataba -él nos trataba a todos, a Nezval, a Halas, a Holán y a mí-, nos advertía que la etiqueta de los vinos blancos debería llevar la clásica calavera con dos tibias. Stambachr, el alcalde de Pavlovice, que una vez me invitó a un restaurante de su pueblo, apartó de sí la botella de vino blanco que le habían traído y dijo: «¡Quítenme de aquí este vinagre!»
Subrayo esto, sólo para que sobre mí caiga la menor parte de la culpa. Yo bebía poco y con cierta indecisión.
El padre Frantisek llevaba su casa parroquial solo. El viejo reloj de la cocina marcaba su tictac algo irritado ante el vacío y en una esquina de la ventana colgaba una telaraña polvorienta. Sólo de tarde en tarde una vieja vecina de la casa de al lado venía a limpiar un poco, y los domingos, cuando decía dos misas, le preparaba también algo de comida. Los demás días se las arreglaba él solo. Eso le daba mucho trabajo, pero no se quejaba: era paciente y modesto. Sólo la soledad le agobiaba. Sobre todo en invierno. Y en especial, al anochecer. En verano, jugaba con los niños al fútbol. Así llegamos en nuestra conversación al celibato, pero ya habíamos terminado la tercera botella y Frantisek estaba abriendo la cuarta.
La mujer es el tema eterno de las conversaciones entre hombres. A veces nos gobierna con sabiduría y de forma casi imperceptible. Con astucia, suavemente y como de lejos. Hacía falta aquí. Pero no estoy seguro de que lograse apaciguar con suavidad el ritmo frenético de aquella velada.
Hablando de aquella estricta disposición eclesiástica, Frantisek evocó un suceso gracioso. No lo presenció él mismo, lo conocía de segunda mano; era joven entonces.
Después de la Primera Guerra Mundial, cuando la Igle sia católica de nuestro país se tambaleó algo, después de su colaboración con Austria, al separarse de la Iglesia checoslovaca, resonó, y no sólo aquí, sino por todo el mundo, el llamamiento a abolir el celibato. En nuestro país lo exigían sobre todo los jóvenes sacerdotes católicos.
¿Cómo no? La mujer, claro está, es algo excepcionalmente hermoso e indispensable para la vida de un hombre. ¡Ay-ay-ay! La vida sin ella es punto menos que imposible. Las mujeres son el azúcar blanco más delicioso en ese amargo cáliz de la vida.
En aquellos tiempos presidía la conferencia episcopal de Moravia el simpático doctor Ant Stojan, un sacerdote que comprendía profundamente las necesidades de la gente, sobre todo las de los pobres. Hacía tiempo que debía ser consagrado. En Roma ya se estaba negociando esto. Donde podía, sonreía; donde era necesario, ayudaba. Era un ángel que en lugar de las alas tenía el báculo de obispo. Le querían todos cuantos le rodeaban. Cuando los jóvenes sacerdotes de Moravia supieron que iba a Roma, le pidieron que plantease allí su insistente solicitud. El doctor Stojan prometió hacerlo gustosamente.
En el congreso nacional de sacerdotes católicos, en el que Stojan apareció poco después de volver de Roma, se esperaban con impaciencia las noticias del desenlace de su misión en Roma. El doctor Stojan no decía nada. Callaba. Entonces uno de los sacerdotes se lo preguntó directamente.
El doctor Stojan se levantó, descendió en silencio del podio y, al acercarse al que se le había dirigido, se quitó la cruz pectoral con su cadena de oro, símbolo del poder pastoral, se la colgó al cuello del joven sacerdote y, campechano, explicó su gesto: «Hermano, ¡ahora ve a Roma a tratarlo tú!»
Cuántas veces recordé y me reí con esa vieja historia, pues durante varios meses, y sobre todo después de agosto del sesenta y ocho, fui presidente de la Unión de Escritores Checoslovacos. Muchos de los miembros nos encargaban, una y otra vez, transmitir sus mensajes a los organismos políticos supremos. Por desgracia, ¡ni yo era un eclesiástico superior, ni se trataba del celibato, ni llevaba en mi pecho una cruz con cadena de oro!
La tercera y la cuarta botellas estaban ya junto con las otras, al lado de la puerta. Pero la hospitalidad de Frantisek no conocía límites. Fue a buscar la quinta. Al descorcharla, cometió la imprudencia de mencionar que sólo quedaban dos en la bodega. No tenía que haberlo dicho. Unos minutos más tarde Holán le exigía la sexta. Frantisek fue a buscar también la sexta. Ya sin tanta alegría.
Aquel momento me era bien conocido. Era el momento fatídico en que a la vieja casita de Kampa, donde vivía Holán, empezaban a acudir los invitados noctámbulos. La casita pertenecía a la familia Nostic, y uno de ellos, Bedfich, se la dejó a Josef Dobrovolsky. El abad azul era una de aquellas sombras nocturnas y le gustaba retornar a su casa. Incluso cuando la habitaba Holán. Antes, cuando en la primera planta de la casa vivía Jifí Voskovec, todo estaba tranquilo. Ni siquiera Jan Werich me había contado nada semejante. Aunque venía a ver a Holán con frecuencia. A veces, le reemplazaba el difunto Frantisek Halas.
Lo que Dobrovolsky hizo con Holán, no lo sé. Pero sí barrunto lo que hicieron con Halas. Se avenían bien y Halas era más rico en su experiencia de la muerte.
Holán trabajaba toda la noche. A veces se lo podía ver detrás del alto ventanal de la planta baja. Cuando despuntaba el día, se iba a acostar. A veces también llamaban a aquella ventana otros poetas que, al caer la noche, no querían aún regresar a casa. Por lo que sé, se les abría siempre.
Cuando Frantisek descorchaba la sexta botella, en su frente se dibujó una pequeña arruga.
También el vino de comunión se repartía entonces con cartilla y, según el reglamento eclesiástico, durante la misa no se podía utilizar otro. Era un vino natural, sin destilar y libre de mezclas. Tampoco ningún metal podía tocar el vino. Así fue contravenido el reglamento eclesiástico, aun cuando Frantisek, por lo que parece, no tenía intención de violarlo.
Cuando también fue vaciada la sexta botella, me quedé a la expectativa de lo que iba a pasar. Sucedió lo que yo presentía. Holán le pidió al sacerdote la séptima botella. ¿Creéis que era una atrocidad? ¡En absoluto! El padre Frantisek la trajo sonriente y la descorchó con alegría.
Si entre los poetas de los años veinte había un rostro de veras poético, no lo tenían ni Halas ni Nezval. Como contó Lída Vancurova, Vancura, que quería mucho a Nezval, había dicho de él: tiene cara de diablo, pero canta como un ángel. Lo tenían, sin duda alguna, Biebl y Holán. El rostro de Biebl estaba lleno de un apacible cariño y de una ternura femenina. Holán tenía un rostro más bien demoníaco, pero guapo; el de un galán. Todavía hoy, su aspecto deja ver con facilidad que jamás le ha gustado transigir. Sabe librarse pronto de un enemigo. Como también de un amigo, en los instantes en que quiere sumergirse en su soledad. Le señala la puerta, simplemente. Aunque nunca se aparta de su mesa, es un aventurero.
En los años de su juventud perdió, con un gesto hasta cierto punto resuelto, un empleo nada lucrativo en el Departamento de Pensiones. Por lo que sé, a Capek y, sobre todo, a Hora, les costó ciertos esfuerzos proporcionarle al joven y prometedor poeta unos modestos recursos que todavía le llegan hoy. Holán, testarudo y rebelde, prefería vivir en una pobreza independiente. Cuando se veía obligado a dar la señal de SOS, este llamamiento jamás sonó a desesperación, sino que era lanzado con orgullo y hasta con cierta altivez. Holán afianzó su soledad con una fe incandescente en su predestinación poética; y de ese afianzamiento se desprendían, como llamas de fuego, hermosos poemas. Le costaba aceptar con resignación un desengaño. De hecho, había algo imperioso en sus modales. Así que, cuando clavó sus expresivos ojos oscuros en el pobre Frantisek, éste se levantó sin decir palabra y alegremente trajo también la última botella, que se proponía guardar para la iglesia. Me susurró que en la sacristía tenía aún media botella y se puso a meditar a cuál de las parroquias vecinas iba a dirigir su vieja motocicleta.
Cuando la reserva de la mísera bodega parroquial quedó definitivamente agotada y terminamos de beber con calma la última botella, desde el patio nos llegó por la ventana el canto del primer gallo. Había amanecido.
Antes de despedirnos, Holán cumplió con su ceremonial de los tiempos de la guerra, cuando el vino escaseaba. Levantó sobre la mesa la botella que acabábamos de vaciar y esperó unos instantes hasta que de la botella vacía cayeran unas gotas más. Solían ser cinco.
¡Las cinco gotas de Holán! Acabamos llamando así aquel triste ceremonial de despedida.
Luego, por la mañana, nos marchamos a Hukvald.
Era un húmedo día de otoño y el sol anegaba la tierra en una tristeza transparente. Ahora, para mí, el otoño es la estación más hermosa del año. No, no os impongo esta opinión en absoluto. Tenéis vuestra primavera. Yo también la tuve. Me gustan el marrón, el verde oscuro y el amarillo. Cuando veo en primavera lagartijas ambarinas, aún me quedo embelesado. Me gusta el alegre amarillo. Y el húmedo sol.
Estábamos sentados en un banco al abrigo de las negras ruinas de Hukvald. Delante de nosotros resplandecía el bosquecillo de abedules y sobre nosotros negreaba el monte Babi. Sopló el viento y llovieron abundantes hojas amarillas. Un espectáculo similar no lo veréis sino una vez al año.
Yo ya conocía aquel cerro bajo. Me había hablado de él Nezval. Era el lugar de los paseos amorosos de Leos Janácek con la hermosa Kamila Stósslova. Cuando Nezval hablaba de aquellos paseos, asumía un aire significativamente importante y significativamente entornaba los ojos. Durante su último encuentro, Janácek contrajo una pulmonía y poco después murió en Ostrava. Tenía setenta y cuatro años.
¿Cuántos?
¡Setenta y cuatro!
¡Vaya!
Yo entonces no había cumplido aún los cincuenta. Holán tenía justo cuarenta y cinco años y unos días. ¡Qué trecho de hermosa vida teníamos todavía por delante!
Digo: un trecho de hermosa vida.
¡Lástima!
Antes yo creía que la cuestión de si la fotografía es un arte o algo distinto, estaba ya resuelta. ¡No lo está! Yo creía que la fotografía era un arte y así lo decía. Ahora todavía hay muchos que intentan convencernos de que ni siquiera la fotografía que a la usanza de nuestros días se llama instantánea tiene con el arte nada en común. La rechazan con firmeza, como también rechazan al patrono de los pintores, a San Lucas, quien, como es sabido, consiguió retratar a la Virgen María, con lo que puso el fundamento del antiguo y glorioso gremio de pintores. Pues que se declaren del gremio también los fotógrafos, si les parece. Nunca se ha prohibido a nadie tener un patrono en el cielo. ¡Que lo tenga! Quizás pueda rezar ante él. Digan lo que digan, ¡sí que hay algo artístico en la fotografía!
Pero ahora no es de este problema del que quiero hablar.
Estoy sentado en un banco del jardín de Petfín, el sendero está inundado de luz perfumada y me impaciento esperando al fotógrafo Josef Sudek. ¡Fue hace tantos años! Llegó bastante más tarde. Le gustaba echar la siesta, me confesó.
Por aquel entonces, cierta prestigiosa editorial de Praga quería publicar una extensa monografía dedicada a esta ciudad. Sudek debía proporcionar las fotografías y a mí querían encargarme el prólogo y los eventuales comentarios a las imágenes. Aunque no se había convenido nada definitivo, me hacía ilusión colaborar con Sudek. Luego el proyecto fue modificado. La editorial concedió a Sudek dos o tres meses para preparar los materiales fotográficos. Él se rió de ellos. Lo más pronto que los tendría sería dentro de dos años. Pero no porque fuera lento. Era escrupuloso, preciso y trabajaba pensando. No le gustaban las prisas en el trabajo. Sería mejor que confiasen el libro a un reportero de periódico. El llevaba años fotografiando Praga, pero ¡iba a fotografiarla toda su vida, eso seguro! Y aun así, su labor no estaría terminada.
Aquella vez, en Petrín contábamos todavía con Praga y yo me disponía a ayudar a Sudek. Ya llegaba. Ya traía el aparato montado sobre el trípode y llevaba las dos cosas sobre el hombro izquierdo, del que también colgaba la bandolera de un pesado bolso. En él tenía unos objetivos más y los accesorios necesarios para el trabajo. Para un brazo no era poco. Su aparato era antiguo y nada moderno, pero lo elogiaba y le era fiel a lo largo de los años. Con aquel aparato hizo la mayor parte de sus trabajos.
Praga resplandecía aquel día con toda su fastuosa belleza. Estaba henchida de luz primaveral y toda inundada por el claror festivo. Alguien había limpiado todas las ventanas de Mala Strana y había desempolvado las viejas cornisas. Los prados en flor de los huertos de Strahov y del Seminario semejaban una catarata espumeante que fuese cayendo desde el alto Strahov a las calles de Mala Strana. Pero era silenciosa. Completamente muda. En lo alto, sobre ella, revoloteaba una bandada de palomas grises que trazaban con sus alas sobre el cielo azul unas curvas precisas, elegantes, parecidas a las que con sus patines dibujaba otrora sobre el hielo, bajo el puente Eliscin, una chica que yo conocía.
¿Dónde está hoy aquel hielo?
¿Dónde estará aquella dulce chica, con sus botines de piel de conejo?
¡Caramba!
Y, al cabo de los años, ¿dónde está también aquel espléndido puente que se alzaba sobre el río y en su mitad se balanceaba ligeramente, como una moza que se dispone a ponerse a bailar? A veces pasaba por él junto con Hrubín a altas horas de la noche, cantando algo en voz baja y con los brazos amistosamente echados por los cuellos.
¿Pero de qué me sirve angustiarme tanto? Sudek ya había clavado su trípode en la arena del sendero. Se quedó un instante mirando alrededor, trasladó el aparato a otro sitio y así hasta tres veces. Todo ello, con la mano izquierda. En el costado derecho de su abrigo ondeaba una manga vacía. La Primera Guerra Mundial le llevó un trozo del hombro y el brazo derecho. No hablaba de eso nunca. Cuando se alistó en el ejército, era bibliotecario diplomado. Cuando regresó, no era nada. Para salir de apuros, estudió para fotógrafo, se enamoró de su oficio y llegó a dominarlo magistralmente.
Para disponer del aparato se ayudaba con los dientes. Ahora precisamente sostenía con la boca un trozo de tela oscura y con su melena despeinada parecía un león llevando un trozo de carne en la boca. Quise ayudarle. Bueno, que le abriese el bolso y le diese la cajita número uno. Con la palma de la mano y los dedos hizo una especie de catalejo y lo acercó a un ojo. Estuvo escrutando largamente, con atención, la eternamente hermosa mezcolanza de tejados y torres de Mala Strana. Le pedí que fotografiase también el torreón que se alzaba sobre la antigua escalinata del Castillo Viejo; tenía en la mente unos versos y un recuerdo agradable.
Estuvo esperando la luz propicia durante mucho tiempo. Quizás media hora, quizás una hora entera. Como no apareció, tomó el aparato y nos fuimos a una senda de arriba. Y esperamos de nuevo. Pugnaba con la luz como Jacob con el ángel.
Volvió a desaparecer una decena de veces bajo la tela negra. Sumido enteramente en su ensimismamiento, no hablaba, y sólo de vez en cuando canturreaba para sí mismo su melodía favorita, Suena la música. En el momento decisivo, cuando ya se disponía a abrir la cajita, me ordenó sostener el desvencijado trípode. Todo aquel rito era ciertamente lento, pero preciso y riguroso. Cuando por la tarde reveló aquellas cinco o seis placas, las dejó a un lado, insatisfecho. La luz no estaba bien. Ninguna de ellas correspondía a sus intenciones, y al día siguiente retornamos al mismo sitio y todo volvió a repetirse.
Por desgracia, tampoco había salido la fotografía de la fortaleza con su típico torreón. Así que olvidé por un tiempo los versos y el grato recuerdo que palidecieron envueltos en aquella vetusta oscuridad, en la que los recuerdos suelen extinguirse con el tiempo.
Una hermosa mañana estival pasaba yo por la orilla del río, cerca del puente de Carlos. Junto al pretil vi a un pintor que trabajaba con un gran lienzo y, sobre el puente, a dos más. No sé en qué estarían pensando aquellos pintores mientras trabajaban. Tal vez en que incluso un mal pintor era pintor; o no pensaban en nada en absoluto y sólo mojaban su pincel en los colores. En Montmartre, los hay a docenas. En momentos semejantes debéis acordaros de la belleza de las fotografías.
¡Viva la fotografía! Todavía es joven, pero será eterna. Miro una de tantas fotografías que Sudek hizo de Praga. Esa belleza de oscuro terciopelo, esa profundidad de la suave negrura. Qué rica es la variedad de los grises en los sitios donde se desprende una luz clara. Esas sombras, delicadas y tiernas, que traen a la mente las sombras de una transparente ropa interior de mujer.
Sudek y yo estuvimos en Beskudy. Fuimos adonde nos llevaron los pies. Despectivos, dejamos atrás el funicular y nos abrimos paso alegremente a través de los intransitables y feos campos de Radhost, Trepamos sobre las peñas del bosque y saltamos por encima de las raíces de los árboles, desarropados por las riadas primaverales, cuando Sudek se detuvo de pronto y dijo: «Alto, ¡suena la música!» Me llamó para que le diera el trípode. La cámara la llevaba él, sin soltarla de la mano. Clavó el trípode en el musgo; se había fijado en una raíz rojiza y retorcida junto a la que yo había pasado sin advertirlo. Se instaló encima de ella, dio unos pasos atrás y volvió al aparato. Las raíces oprimían una piedra resquebrajada como abrazándola.
Cuando, más tarde, vi en casa de Sudek aquella fotografía, no daba crédito a mis ojos. ¡La raíz era en la foto tan hermosa como una escultura de Miguel Ángel! Y luego dicen que la fotografía no es arte.
Sudek era todo un personaje en Praga. Pero no en el sentido ridículo, en absoluto. ¡Los fotógrafos jóvenes se referían a él siempre con gran respeto llamándole «señor Sudek»!
Se le conocía muy bien en el ámbito cultural de Praga. Era un visitante fiel y, tal vez, el más asiduo, de las salas de exposiciones y conciertos de Praga. No había una sola exposición mínimamente importante en la que no se encontrase a Sudek. A veces, en repetidas ocasiones. A todas partes iba solo. Transitaba de un cuadro a otro, taciturno y ensimismado. Comprendía las artes plásticas. Lo atestiguan no sólo sus propios trabajos, sino también su interés por el mundo de la escultura y de la pintura. Fue amigo y compañero de muchos artistas ilustres. Fotografiaba para ellos sus obras. Ellos le pagaban con sus cuadros.
Desde su juventud seguía con atención la obra de Frantisek Tichy. Pero no la seguía sólo platónicamente. Cuando Tichy deambulaba por París y por Praga sin un céntimo en el bolsillo y lo pasaba mal, le compraba gustoso sus dibujos y pinturas. Por lo demás, los precios que Tichy le fijaba a Sudek no eran nada exorbitantes. Sudek le pagaba en seguida y enviaba el dinero a París con puntualidad. A menudo aquel dinero era el único del que disponían Tichy y su mujer para mantenerse, sobre todo en París. Claro está, luego, cuando los precios de las pinturas de Tichy subieron diez, veinte veces y más, el pintor recordaba con pesadumbre las riquezas que Sudek había acumulado durante sus años de penuria. Sudek las guardaba y las vigilaba celosamente. Jamás accedió a prestarlas, ni siquiera para las exposiciones. El sabía por qué.
Después de la muerte de Sudek las pinturas de Tichy fueron encontradas en su segunda casa, la que la comunidad de Praga había, alquilado para él al final de su vida, ya sólo unos años, en Újezd de Mala Strana. Estaban enrolladas y escondidas debajo de la cama, en un rincón bastante húmedo.
No invitaba a nadie a aquel piso. Almacenaba allí los regalos de los pintores y escultores cuyas obras fotografiaba. Lástima que a nadie se le haya ocurrido todavía componer un catálogo y organizar una exposición con los retratos de Sudek. Deben de ser cuantiosos. Y no hablo de las fotografías que se le habían hecho a lo largo de tantos años. Eran innumerables.
Durante toda su vida en Praga, fue también un oyente constante, realmente leal e infatigable, de todos los conciertos notables. No sé si entendía de música lo suficiente para hablar de ella como un conocedor, pero le gustaba y sabía escucharla. Una vez, cuando vino a nuestra casa, le puse discos con fragmentos de veinte composiciones distintas. De la música clásica y moderna. Reconoció a casi todos los autores sin equivocarse.
Siempre que en la Sala Smetana o en la de la Casa de Artistas se daba algún concierto interesante, su manga vacía, que solía escapársele del bolsillo, se balanceaba en alguna parte cercana a los escalones del órgano. Si no, Sudek estaba en el anfiteatro, entre el público que escuchaba de pie; allí se sentaba en el suelo, sin hacer caso de nadie, sin dejar que nadie le molestase, y se quedaba absorto escuchando la música.
Al principio los acomodadores de las salas de conciertos se quedaban algo perplejos al verlo llegar. Su aspecto llamativo les despistaba. Pero, con el tiempo, se acostumbraron a aquel visitante asiduo y perseverante, y todas las puertas le eran abiertas. Durante los entreactos, daba vueltas por los pasillos iluminados, entre los elegantes oyentes, moviéndose con la mayor calma entre los caballeros de trajes negros y las damas magníficamente peinadas y con largos vestidos de noche. Se podía decir que no le preocupaban lo más mínimo.
Cuando un hombre está solo en el mundo y, además, con un solo brazo, y este brazo, encima, es el izquierdo, le resulta demasiado difícil vestir ropas elegantes. Aunque vivía con él una hermana suya, ésta, a lo que parece, no se preocupaba mucho y el atuendo de su hermano le importaba casi tan poco como el suyo propio. A todas luces se limitaba a atarle los cordones de los zapatos por las mañanas. Aun así, solía andar por la calle con los cordones desatados. Su aspecto mundano le importaba a Sudek un comino. Había erigido, sobre sus miserias corporales y sus indigencias humanas, su original estilo propio de viejo vagabundo medieval. No se afeitaba la barba durante semanas, como tampoco se cortaba el cabello, aunque esto se notaba menos. Consideraba un sinsentido planchar la ropa arrugada y ponerle remiendos. Cuando perdía los botones, sólo volvía a coser el más indispensable. Los demás no le preocupaban. El aspecto exterior era para él lo último del mundo.
Solía decir que el mundo era un gigantesco baile de máscaras y que él, indolente, paseaba por él disfrazado de mendigo. Cuando alguien se lo reprochaba, por mucha delicadeza con que lo hiciera, se enfadaba mortalmente. Quizás con razón. En eso era único y muy suyo.
Trabajaba, a la par que vivía, durante años, en una pequeña choza desvencijada, con tejado de pizarra, situada en el patio de un inmueble de Mala Strana, en Újezd. Casi enfrente del funicular y a dos pasos del palacio de Michnovsky. Dividió el minúsculo espacio de lo que antaño era un estudio fotográfico por excelencia, como con un solo movimiento de la mano, en tres más minúsculos todavía. El cuarto oscuro era el más cómodo. Había allí una bañera de piedra con agua corriente y una bombilla roja. Y nada más. El resto de la casa estaba lleno a rebosar de una multitud de trastos. La parte de atrás representaba una especie de comedor. Había allí una mesa y dos sillas. La mesa, por supuesto, estaba llena de cacharros. De los de cocina y de los fotográficos. Por las noches se sentaba allí, junto a su hermana. La última estancia era un recibidor. Pero servía principalmente como almacén de placas expuestas. Y también, de salón de música. El gramófono estaba colocado en el suelo. Por la noche, cuando abrían las dos camas plegables, el cuarto se transformaba en un dormitorio que era para ponerse a llorar. No obstante, aquella pobreza no afectaba en absoluto a los propietarios de la choza ni conseguía amargarles el ánimo. Sólo veían la pobreza los que venían de visita. El propio Sudek no la notaba ni se preocupaba lo más mínimo por ella. Era feliz con su modo de vida. En fin, ésa era su felicidad manca.
Pero se me olvidaba algo. Sudek tenía una rica discoteca. Dónde guardaba su colección, no tengo la menor idea. Lo cierto es que tenía varias decenas, quizás un centenar, de discos raros reunidos a lo largo de décadas.
En pocas palabras: allí reinaba un desorden fantástico.
El surrealismo de Bretón estaría allí en su sitio. Un dibujo de Jan Zrzavy yacía enrollado junto a una botella de ácido nítrico colocada encima de un plato en el que había, además, un mendrugo de pan y una salchicha mordida. Y encima de todo aquello colgaba el ala de un ángel barroco junto a una boina de Sudek que había alcanzado el final de su existencia terrena.
La hermana de Sudek miraba todo aquello con una calma envidiable. Era consciente de que cualquier intervención en nombre del orden y de la limpieza habría estropeado la armonía. Sudek, por su parte, se orientaba con precisión en medio de aquel desorden singular, de todos aquellos chismes y trastos. Como un organista ante la profusión de teclas y pedales. Si necesitaba algo, tendía la mano al lugar exacto sin detenerse a pensar.
Si se acordaba de un disco de cuarenta años de edad que conservaba desde su juventud pasada en Colonia, sumergía la mano en lo hondo de todas las cosas amontonadas y sacaba el disco a la luz. Como por milagro, estaba entero.
El singular desorden de las cosas era tan pintoresco, tan insuperablemente exuberante, que se aproximaba a una obra artística y extremadamente refinada. Basta sólo con ver los detalles ilustrativos que el propio Sudek proporcionó para su monografía, publicada por Artia.
La ventana del estudio daba a un diminuto huerto. Cuando decimos «huerto», ante nuestros ojos aparece un pequeño trozo de tierra lleno de colores, olores, cariño y sonrisas. Pero el huerto de Sudek era, tal vez, el más triste de todos los huertos de Praga. Allí no había nada. Un par de arbustos, un árbol retorcido y una acumulación de hollines de Mala Strana. Pero en la ventana que daba a aquel lastimero trozo de naturaleza surgieron algunas de las más hermosas fotografías de Sudek. Imágenes de una luminosidad excepcional, llenas de embrujo poético y de una belleza cautivadora.
Una vez a la semana se reunían en el estudio, en aquel espacio, tan absurdo, de diez a quince amigos de Sudek. Cómo cabrían allí, no me lo explico. Uno de ellos me contó que se sentaba en la cabeza de Bedfich Smetana, de Josef Wagner. Los demás se acomodaban en el suelo o se quedaban de pie. Sudek organizaba unos conciertos únicos. Se acurrucaba junto al gramófono y el estudio se llenaba de la música más sublime y más hermosa de muchos siglos. Desde Bach y Vivaldi hasta Stravinsky y Webern. Sudek poseía un surtido de las más raras grabaciones. Los discos asequibles los compraba, los difíciles de conseguir se los enviaba el profesor Brumlík, en otro tiempo su vecino de Mala Strana, y algunos más, sus amigos, desde la misma América. Sudek tenía una preferencia especial por Vivaldi
El nombre de Josef Sudek tenía cierta resonancia mundial. En mis manos cayó una revista americana de fotografía. Sudek era mencionado en ella como uno de los fundadores mundiales de la fotografía moderna y uno de sus creadores artísticos. Era uno de los que habían convertido la fotografía -ahora sí que lo diré- en arte. En nuestro país hubo varias personalidades destacadas. Pero sólo él llevó a cabo la metamorfosis de la fotografía de un documento en arte. Al mismo tiempo, la fotografía seguía siendo un producto mecánico de los dispositivos fotográficos.
Las visitas femeninas y las oyentes de sus conciertos le traían a menudo muestras de su arte culinario. Las más de las veces eran pastas o tortas bábovka. También había bábovkas imperiales que en ciertas ocasiones excepcionales estaban rellenas de nata montada. ¡La bábovka imperial es algo soberbio! La propia palabra bábovka (mujeruca) tiene cierto sentido peyorativo, pero cuando la cubre una capa ondulada de azúcar, almendras y vainilla, se convierte en un pecado. Me refiero, claro está, al pecado dietético. Al mismo tiempo, cómo no, ante nuestros ojos aparece la idílica imagen de varias damas con miriñaques, al estilo Biedermeier. Se sientan alrededor de una mesa afiligranada que corona, entre tacitas y teteras, una hermosa bábovka. Hecha también al estilo Biedermeier. ¡Ah, tiempos hermosos y tranquilos!
Un día encontré a mi amigo saboreando una bábovka. Sin tacitas ni teteras con rosas. Sentado a su mesa, en la parte trasera del estudio. ¡Era todo un espectáculo! Pero, ¡qué digo espectáculo! Era todo un concierto.
El aroma de la bábovka se sobreponía triunfalmente al olor a podredumbre y moho del viejo estudio destartalado y de todos sus objetos.
Si no fuera por la ocasional amabilidad de los visitantes, compañeros y compañeras que le invitaban a comer, la alimentación de Sudek sería horrenda de forma casi permanente. Solía recorrer los autoservicios de los distritos en los que le tocaba trabajar. Una vez fue a ver a una amiga mía y ésta le ofreció probar una sopa puré que le gustaba a Sudek especialmente. Comió seis platos, llenos hasta el borde, y unos panecillos. Como prueba de su absoluta satisfacción, se desabrochó unos botones y suspiró con delectación. Pero jamás hablaba de comida; despreciaba la alimentación correcta, su selección y, al fin y al cabo, su calidad.
Esta mañana, mientras yo estaba preparando unas hojas de papel y llenaba la estilográfica para anotar estos recuerdos de Sudek, la cartera llamó a nuestra puerta y me entregó una carta de los Srutek, un matrimonio de pintores de Litomerice. Habían sido amigos de Sudek. En su carta había unas líneas de palabras calurosas dedicadas a Sudek. Recordaban cómo viajaba por su tierra y el gran interés con que fotografiaba Stfedohofí. Decidió hacer aquel trabajo después de ver en Perugia los últimos paisajes hechos por Filia en aquella tierra. Contaban con gracejo cómo Sudek espantaba a las mujeres que labraban los campos cuando, en una zanja cercana a la carretera, se metía dentro de un saco negro para cambiar las placas. Luego, cuando fue al estudio de Srütek, vio en la pared la fotografía de una rosa blanca sobre la ventana y observó:
– Es una rosa de los Seifert. Tendría que ir a verlos. Hace mucho que no he estado allí.
No fue. Prorrumpió en terribles quejidos de dolor y murió.
Menciono con agrado aquella rosa de nuestro jardín que el propio Sudek había escogido hacía tiempo. Es una de sus más hermosas fotografías, hecha sobre la ventana polvorienta que da a un diminuto huerto detrás de un inmueble de Mala Strana.
Sentí algo de tristeza, tengo que reconocerlo. Estaba hablando con un joven prosista checo, culto, moderno y renombrado. Había leído mi manuscrito y, de pronto, con una amable extrañeza, me preguntó:
– Perdone, ¿quién era Bohumil Polan?
Jamás había oído hablar de él, jamás había leído nada suyo. Así se pagan a veces, si puede decirse de esta manera, la timidez y la aristocrática humildad que no tienen nada que ver con la autoestilización, sino que son innatas, como lo es el color del pelo o de los ojos. Y además, la avanzada edad. Hacía ya unos años que Polan había cumplido los ochenta. Era casi demasiado, sobre todo si el autor había dejado de escribir desde hacía mucho tiempo. Y no porque no pudiese. No quería. Si de joven ya escribía poco, ¿para qué iba a escribir ahora, cuando ya nadie prestaba especial atención a sus opiniones, y a él mismo le parecía que había dejado de pertenecer a esta época? Pero sí que pertenecía. Su voz hacía falta.
Cuando cumplió ochenta años, su aniversario fue celebrado apaciblemente. Se publicó una selección de sus ensayos y artículos, hecha con bastante cuidado, pero cuya aparición, como a veces ocurre en nuestra tierra, pasó casi inadvertida. Y casi no tuvo lectores. La selección de estudios y reseñas dedicados al teatro que se publicó fuera de Praga, tampoco tuvo repercusión. Y eso fue todo.
Aunque, a lo largo de años, Polan hizo la crítica de los espectáculos del teatro de Plzen, y fue su custodio y el que establecía casi siempre su repertorio, cayó en un olvido total. Cuando murió, ya no le valió el velo de calicó negro que sólo bajaron del techo para que no se dijera, sin un suspiro y sin lágrimas. Murió y fue olvidado muy pronto. También es probable que nadie del público del teatro actual supiera de él. También es probable que hubiese firmado dos mil palabras. Pero no lo sé a ciencia cierta.
Pero Bohumil Polan había mantenido la literatura crítica checa a lo largo de medio siglo. Fue el primero en escribir un magnífico ensayo sobre el joven St. K. Neumann. Los juicios que entonces emitió, conservan su vigencia todavía. Escribió sobre Srámek y Toman. Era de aquellos a los que no eran ajenas las artes plásticas y sabía escribir de ellas como antes lo había hecho Salda.
Nuestra generación quería a Polan. Teníamos en él un comentarista consagrado. Para Halas, Konrád y Biebl, Polan era su buen y fiel amigo. Polan tenía amistad también con los Pisa. Conoció a nuestra generación en sus comienzos, cuando él era ya un hombre maduro, y la siguió casi hasta su final.
No era un crítico corriente. Igual que Salda, se detenía en las cuestiones y los autores que le interesaban. Los demás los ignoraba. Por otra parte, ni perseguía ni fomentaba polémicas, como hacía Salda, quien, sin disimular su goce, contribuía a ellas con sus escritos. Tampoco hacía caso de quienes intentaban provocarle y de los que él desaprobaba vivamente.
Salda se acercó a nuestra generación principalmente a través de la literatura. Seguía nuestros primeros libros con notoria escrupulosidad. Y así descubrió entre nosotros a unos cuantos, unidos a él por amistosa afinidad. Eran, en primer lugar, Hora y Halas.
Polan estuvo presente entre nosotros no sólo como crítico, sino, al mismo tiempo, como amigo. Creo que se encontraba a gusto con nosotros. De sus coetáneos sólo tenía a un amigo, al que nunca dejó de visitar durante sus viajes a Praga: era el histórico Werstadt.
Polan fue uno de los últimos que cultivó, a la vez que dominó, el arte epistolar. Sus cartas no son una improvisación apresurada, sino un acto meditado. Están escritas como una pequeña obra literaria, muy pensadas en cuanto a su forma, tienen un bello estilo y leerlas es un placer. Se me ocurren los gloriosos nombres de las épocas en que la correspondencia era todavía un arte. ¿Cómo va a serlo ahora?
Se escriben a toda prisa unas líneas o se marca un número de teléfono. Ahora, salvo los enamorados, claro está, nadie tiene tiempo ni paciencia para sentarse ante una hoja de papel y escribir una carta larga.
En la época en que, desde la vecina Alemania, empezaron a llegar las primeras amenazas indisimuladas, venía a Praga más a menudo. Decía que en Plzen le faltaba el aire. Pero no era miedo por su persona. No conocí a nadie que hablase de su muerte con mayor calma. Quizá en Plzen se oía demasiado la algazara de las cervecerías de Munich; quizá se veía demasiado bien el negro humo que salía día y noche de las chimeneas de las industrias Skoda. Quizá le resultaba demasiado fácil contar las armas que salían por la gigantesca puerta de la fábrica de Plzen.
En aquellos tiempos siniestros, cierta tarde de sol nos dirigíamos por la orilla del río al Café Nacional, cuando de pronto en la isla Slovanská resonó la música acariciadora de las Danzas eslavas de Dvofák. Un instante después nos adentrábamos resueltamente entre los viejos árboles de Éofín.
Sabíamos muy bien que no se trataba ni del régimen, ni de la república, sino que se trataba de todo: se trataba de nuestro idioma, de nuestra cultura y de todo lo que puede llamarse espíritu checo; y que borrar del mapamundi una nación no representaba ningún problema para Hitler. En aquellas horas alarmantes, Antonin Dvofák nos resultaba extraordinariamente próximo. Tal vez no tenía el gesto orgulloso de creador altivo de Wagner, ni la sublimación aristocrática de Liszt; tal vez carecía del encanto triste de Chopin y no poseía un chaleco de seda floreada como Hándel, ni había nada heroico en su rostro, que parecía más bien el de un miembro del honrado oficio de zapatero.
Era un hombre sencillo, un proletario que -como decía Josef Wagner mientras trabajaba en el monumento de Dvofák que se colocó delante de Rudolfin- podría pasar perfectamente por un zapatero de Nelahozev, si no fuera por su prominente frente de genio. Precisamente aquella sencillez suya era tan checa, estaba tan arraigada en nuestra tierra, que ninguno de los valiosos adelantos extranjeros consiguió extirparla.
Por desgracia no tengo estudios de música, pero sin la música mi vida sería peor. La necesito, necesito escucharla a diario y casi nunca tengo la suficiente.
Las Danzas eslavas. No pasa un solo día que no se escuche alguna de ellas. Oímos en ellas algo así como toda la riqueza del embrujo musical que es patrimonio de nuestro pueblo, toda la concordia de su gente y su irresistible atracción por el baile. En las Danzas, como en todas sus melodías, Dvofák, con un solo gesto creador, hizo brotar la alegría de su música.
Cuando nos vimos al fin bajo los viejos árboles de Zofín, estaban tocando ya la última. Es aquella en la que la belleza, fresca, e infatigable, se levanta en el baile, se sienta sobre la hierba de esta tierra y mira al cielo.
Las hojas de los árboles se movían apenas y el agua del río era exactamente de ese tono rosa que tiñe la cara de una chica para cuyos ojos murmuráis algo amorosamente bello y dulcemente amoroso. Los árboles sobre el río, por azar, lo han oído también. Y ya no es una danza, sino un gesto que acompasadamente se alza y cae en la quietud del atardecer de verano.
Recordé un hermoso relato de Mrstík. Un viejo sacerdote sale al anochecer a dar un paseo fuera de su aldea. El sol anega el campo en su luz ya crepuscular y todo alrededor está tan maravilloso y bello que el viejo cura, al ver aquella tierra tan querida, no resiste y se hinca de rodillas ante tanta hermosura.
Íbamos andando, y toda Praga estaba, en aquellos momentos de la puesta de sol, maravillosa y deslumbrante. ¡Cómo resistir ante tal encanto! El Teatro Nacional fulguraba a unos pasos de nosotros y al otro lado reposaba Hradcany, como las joyas de la corona de esta tierra, exhibidas por alguien ante nuestros ojos sólo por un breve instante.
Con la cabeza y con el corazón sentíamos distintamente la cercanía y los desastres de la guerra como un enfermo de reumatismo nota en sus huesos la proximidad de la lluvia.
¡Y pensar que todo aquello podría dejar de existir! En lugar del teatro habría sólo unos muros negros de humo, y allá donde está Hradcany se levantaría un triste cúmulo de ruinas.
La Danza número dieciséis se iba acallando poco a poco y un escalofrío recorría nuestras espaldas.
Cada vez que recuerdo a Polan, amable y amado, resuena en mí aquel terrible minuto que vivimos un día de verano, en junio del año 1937.
Que nos perdone Karel Leger si terminamos con sus versos. No tendría por qué disculparme al hacerlo, son hermosos. Pero mi intención es otra. El familiar y tan querido Kolín de su relato poético Sobre el sol dorado me hace revivir aquel minuto en Praga:
… Pero, ¿Praga sigue ahí? «Signe», digo, «¡sigue/» «¿Sigue?» «Sigue, sigue.»
Sólo en la pared del amplio pasillo de la Academia Obrera de la Casa del Pueblo vi el descolorido y polvoriento retrato hecho por Naske de los colaboradores de Vecerm'k Prava. Fue hace tiempo. Se veía allí el rostro de una mujer joven y bella, con un gorro frigio en la cabeza. La nariz bien modelada, imperceptiblemente respingona, los ojos oscuros y la frondosa cabellera pertenecían a la escritora Marie Majerova, que años atrás le había servido de modelo al pintor.
En la portería de la Casa del Pueblo estaba sentado un hombre mayor. «Mi hijastra Marica», me dijo un día cuando ella pasaba por el primer patio. El apellido del portero era Majer.
Su físico encarnaba el tipo de la belleza checa y su hermoso rostro parecía el de algunas mujeres de Manet. Creo recordar que muchos hombres la seguían con una mirada de aprecio. Era en realidad insólitamente guapa. Junto con Helena Malífova, hermana de la señora Naskova y, por tanto, cuñada del pintor Nasek, formaban una cautivadora pareja entre las mujeres de su generación.
Marie Majerova me atraía. Helena Malífova me era próxima humanamente. Sin embargo, me encontraba con Majerova con mayor frecuencia. Era redactora de la Komunis-ticke nakladatelstvi (Editorial comunista), en la que yo trabajaba, y responsable de la revista infantil Kohoutek («El gallo»). A veces yo publicaba allí algunas poesías, de las que me avergüenzo ahora sinceramente. Sólo una circunstancia me disculpa: las escribía en la imprenta, cuando la revista ya se estaba componiendo; es decir, en el último momento, sobre la mesa del cajista.
Marie Majerova me regaló un gato de angora. Entonces vivía aún en la calle Cukrovarnická de Stfesovice. Yo ya me atrevía -por lo menos, creía que era atreverme- a llamarla con el íntimo nombre de Mafenko. Me llevaba veinte años y todos sus amigos y conocidos la llamaban sencillamente Maíko.
Tenía un enorme gato de angora, amante permanente de todas las gatas de angora del vecindario, cuyos propietarios consideraban su deber obsequiarla sólo a ella con dos gatitos de pura sangre. A veces no daba abasto con ellos.
Lo llevé a casa de mis padres. Al principio estuvieron algo indecisos. La casa era pequeña y, por si fuera poco, ¡un gato! Pero aquello no duró ni una hora; se enamoraron del gatito. Para nuestro asombro, el gato sentía más afecto por mi padre, quien pasaba menos tiempo en casa y jugaba con él menos que nadie. Por la tarde esperaba a mi padre junto a la puerta, con una exactitud sorprendente. Dónde tendría su reloj gatuno, no lo sé. Hay que decir que era una gata. Era suave como la seda, muy limpia y cariñosa. Por la noche dormía con mi padre. En la cama, claro está, y, como aquellos perritos palaciegos que velaban por el emperador chino, también ella dormía junto a su cabeza.
Cuando una vez vine a ver a Majerova en su casa de Stfesovice me preguntó: «¿No notas que huele a gato?» Sobre la alfombra, en medio de la habitación, estaba tumbado el gato, como el tirano Nerón sobre su canapé en el circo y también, como él, tenía esmeraldas en los ojos.
Le aseguré que en la habitación no olía a nada. ¡A nada en absoluto!
Pero sí olía. Y muy fuerte.
Mis recuerdos de aquella poetisa están relacionados para siempre con la imagen de París de cincuenta años atrás. La gente de hoy dice que, entonces, en París, estaba más guapa. Un día, mi mujer y yo deambulábamos desconcertados por aquella ciudad, cuando justo debajo de la Torre Eiffel encontramos a Majerova. Estaba esperando allí a Viktor Dyk y a la mujer de Hasek. Al día siguiente se unió a nosotros. Yo no acababa de maravillarme, ¡qué bien sabía moverse por París! Como si hubiera nacido francesa y con el encanto parisién. Nos encontró un hotel bonito y barato, fue con nosotros a la Comedie Frangaise a ver Tartufo de Moliere y nos llevó también al Folies Bergéres.
¡Dios mío, qué bien me sentía allí! Estaba sentado entre dos mujeres de las que me atrevo a decir que eran bellas y delante de mí se desplegaba un suntuoso desfile de espléndidas muchachas, varias docenas de desnudas beldades. Aquello era como un desfile del mundo del amor parisién. Todas parecían guapas y llamativas y en su mayoría lo eran. Yo estaba completamente perdido en aquel ambiente perfumado de mujeres. ¡Maupassant tenía razón!
La violetera, esa hermosa canción, sonó por primera vez en aquella temporada. Desde aquel escenario se difundió por todo París y salió fuera de él. Entonces no era lo mismo que ahora, cuando el mundo está anegado de canciones, una más baladí que la otra.
En aquella época se bailaban todavía shimmies y javas. cQuién se acuerda hoy de aquellas melodías? En cambio, la deliciosa La violetera me sigue todavía. Cuando la oigo, y eso no ocurre con frecuencia, no puedo menos que sonreír como sonreíamos siempre al recordar momentos de una felicidad inesperada.
A partir del año cuarenta y ocho, Marie Majerova tuvo un éxito tras otro. Su sueño se había realizado. Y el camino de su vida se llenó de resplandor y brillo. Qué gran ruta, tan tortuosa, le había tocado recorrer a la apuesta criadita de Budapest.
Entretanto, yo me iba alejando de su proximidad, pero estoy convencido de que aquello no significaba displicencia por su parte. Seguía muy ocupada consigo misma, con su éxito y con aquella felicidad que le había correspondido. Nunca escatimó esfuerzos ni trabajo.
Cuando cumplió los ochenta, no pude abstenerme de escribir una felicitación amistosa en la que evoqué los tiempos pasados. Me contestó cordialmente.
Era una anciana, pero todavía atractiva y elegante. La poetisa checa más anciana. Se había propuesto envejecer lo más lentamente posible y creo que lo consiguió. Debajo de su sombrero asomaban unos bucles de niña que, al parecer, le costaban muchos cuidados.
A partir de aquel día, oí su voz por teléfono más a menudo. Incluso estuve con ella la víspera de su muerte. Fue muy triste.
Con el paso del tiempo se iban marchando sus coetáneos, conocidos, amigos. Había sobrevivido a todos sus amigos. Murió Helena Malífova. Al final de la guerra, murieron Horan y Neumann; en los años cincuenta, también murió Olbracht, un compañero de Viena. Después de una vida animada, al final quedó sola. Los jóvenes seguían otros caminos. De los amigos mayores, sólo quedaba A. M. Pisa, quien, con una atención desmedida y una exactitud ingeniosa, le redactaba sus escritos. Ella supo apreciar su trabajo y tenía a Pisa en gran estima. Cuando Pisa murió, su voz sonó triste por el teléfono.
De tarde en tarde, acompañaba al matrimonio Pisa a Mélník. A Písa le gustaba el amplio panorama de las tierras de Chequia que se divisaba desde las ventanas del restaurante del castillo. Ante aquel paisaje único, sorbía su rosado Crement rosé, escogido por su perlada frescura y su aroma agradable. Nos llamó para decir que le gustaría ir con nosotros a Mélník para recordar a A. M. Pisa. Se lo prometí gustoso y fuimos allí con mi mujer. Pero la mujer de Pisa no pudo venir, no sé por qué. Por desgracia, aquel día el bar y el restaurante del castillo estaban cerrados. Era el día de limpieza, así que nos fuimos al cercano Libéchov, a una hermosa taberna situada sobre una colina. A la escritora la reconocieron en la taberna y, apenas nos sentamos, ya se estaban friendo las truchas con mantequilla y el Crement rosé se estaba enfriando; escogido por aquel recuerdo.
Marie Majerova lanzaba de vez en cuando un suspiro. Por la inesperada desaparición del querido A. M. Pisa, tan dolorosa. La artrosis la atormentaba aquel día más que nunca. El barómetro estaba bajando y sus articulaciones lo acusaban.
En Libéchov se servía el vino en copas altas, en las que se bebía a gusto. Me bebí la primera y pedí la segunda, aunque no tenía la menor intención de inducir a Majerova a seguir mi ejemplo. Me miró brevemente y me dijo:
– Ahora eres mi último amigo de los años veinte que me queda. Diría que mi último compañero, ¡pero te vas a enfadar! No tendría que hacerlo, esta mañana me dolía el corazón. Pero voy a tomar una más.
La miré a la cara. Seguía siendo ella, Marie Majerova. Su piel ya no estaba cubierta de aquel suave vello como otrora, la sangre ya no teñía su terso cutis, sus ojos ya no brillaban tanto; pero seguía siendo ella, aun cuando de su belleza no quedaban sino unas leves huellas, sólo visibles para el que la había conocido bien.
– ¡Todavía ahora te sentaría bien aquel revolucionario gorro rojo!
Ella sonrió, me dio las gracias con los ojos y acarició mi mano apoyada en la mesa.
– ¡Qué va! Esto ya es el final.
Quedó un instante pensativa y luego habló en voz baja. Nunca la había oído hablar de aquella manera. Jamás hablaba de la muerte. No iba a los funerales de casi nadie.
– Me gustaría que convirtiesen la gran habitación de la planta baja en la mía. Que pusieran allí la librería que tengo arriba, en mi cuarto, y todas las pinturas. La señora Béhounkova se quedará en mi casa a cuidar de ella y del jardín. Lo tengo convenido con ella. No me gusta pensar en la muerte, pero, como ves, ya es hora de que lo haga.
Como suele suceder, todo pasó de forma distinta.
Por el camino de regreso estuvo callada. Majerova callaba. Se sentía mal y de vez en cuando se llevaba la mano al corazón. Cuando llegamos, la señora Béhounkova, su amiga, secretaria y enfermera, casi tuvo que llevarla en brazos desde el coche.
Al día siguiente se quedó en la cama y poco después murió en la clínica.
A veces recuerdo los rostros de las dos mujeres. Al primero, el más joven, le sienta realmente muy bien el gorro francés. Helénica Malírova está encantadora con la cabeza descubierta, sobre todo cuando sonríe.
Después de mucho tiempo he vuelto a abrir el libro de sonetos de Shakespeare. Ya conocía los sonetos, acostumbraba a leerlos abriendo el libro al azar. Ahora se ha abierto la página con el segundo soneto y sus primeros versos llamaron mi atención en seguida.
Cuando cuarenta inviernos rocen tus sienes
y surquen tu rostro liso como el arado de la tierra…
Quizás, en mi juventud, estos versos tenían todavía una parte de razón. Pero hoy, si su insigne autor se encontrase por casualidad en la plaza de Vacláv, muchas lectoras de estos versos, que tuviesen precisamente alrededor de esos cuarenta años, sentirían un atroz deseo de agredir a su autor con sus paraguas plegables.
Reconozcamos, pues, que hoy las mujeres, a sus cuarenta años, se encuentran en la cumbre misma de la femineidad y de la belleza y no tienen por qué contar todavía con el fin de su vida amorosa.
Si en los tiempos del reinado de Francois Arouet Voltaire la hermosa Ninon de Lénelos supo atraer con sus encantos hasta los sesenta años y en aquella edad estaba rodeada por numerosos admiradores y amantes y quedó en la historia como algo milagroso, yo podría nombrar, no a una sola, sino a varias mujeres que la igualarían en este sentido. Y si pensáis en Marlene Dietrich, ésta, al fin y al cabo, la supera. Creedme, he visto a algunas con mis propios ojos. Aunque no fuesen precisamente autoras de aforismos como Ninon, con toda seguridad no eran tontas. Al prolongarse la vida humana, también se hizo más larga la perduración de la belleza femenina.
Pero esto no es lo único en que las mujeres han cambiado sustancialmente desde los tiempos de sus madres y abuelas.
Las mujeres de hoy no sólo abren su corazón al amor más de prisa que cuando nosotros éramos jóvenes, sino que tampoco la edad de veinticinco años ya no representa para ellas la amenaza de quedarse para vestir santos, como acontecía hasta hace poco. Y aman desde la primera juventud femenina.
Una médico joven me contó que tenía que tratar con mamás de dieciséis años que no querían serlo por nada en el mundo. Se había encontrado también con una de catorce años que hablaba de su situación con la mayor prudencia.
Pero tampoco es todo eso. Las mujeres han cambiado también en otro aspecto.
Vino a verme un joven artista-fotógrafo. Antes que nada se vanaglorió enseñándome unas increíbles secuencias, con su juego de luces y sombras, y al final extrajo de las profundidades de su voluminosa cartera un sobre con fotografías que abrió tras una vacilación. Colocó las fotos sobre la mesa. Eran unos desnudos femeninos, realmente hermosísimos. Además, las mujeres que habían posado, de pie o sentadas, ante su objetivo, eran guapas. Me quedé desconcertado y le pregunté si eran profesionales del strip-tease o algo más interesante todavía. Me miró con cierta extrañeza. ¿Pero qué dice? Una de aquellas muchachas era maestra; otra, oficinista, y la tercera, estudiante.
No eran sino unas chicas completamente corrientes que, como más tarde me anunció, despreciaban, de acuerdo con el espíritu de la época, todos los prejuicios y se habían liberado de todas las prohibiciones. Sentí una ligera envidia.
Mientras miraba las fotografías, confieso que con cierta morosidad, me acordé de una pequeña historia de los tiempos de mi juventud. La viví en una sombría habitación del Pravo lidu, adonde nunca llegaban los rayos del sol y en la que A. M. Pisa redactaba su columna cultural.
Aunque tenga muy poco que ver con aquel episodio y se relacione con él a través de una sola persona, no puedo desaprovechar la ocasión para decir unas palabras acerca de mi excepcional amigo, al que quería sinceramente.
Redactaba la columna cultural con una minuciosidad y una precisión inhabituales. Era especialmente exigente, desde luego, consigo mismo. Durante las vacaciones yo le sustituía. Por lo general, se iba a Luhacovice, que le gustaba mucho; y sin embargo, se marchaba nervioso y se diría que no del todo contento. Tenía miedo, pues yo le parecía demasiado indolente y capaz de incurrir en ligerezas. Por eso me lo dejaba todo dispuesto hasta el último detalle. A veces yo no hacía mucho caso de sus indicaciones y consejos, amargándole así sus días de vacaciones. Una vez hasta estuvo a punto de interrumpir su descanso en Luhacovice para venir a toda prisa a Praga; tanto le había inquietado mi manera de redactar la columna. Por suerte, tenía una mujer inteligente en casa. Por lo demás, él tenía una parte de razón. En realidad, yo no era ni aproximadamente tan escrupuloso como le gustaría que fuese; pero, a mi juicio, también él exageraba en sus desvelos periodísticos. Hoy los criterios son ya enteramente distintos. Pero en aquella época me disgustaba y yo reconocía mi culpa.
Junto con el doctor J. Tráger, Pisa preparaba las reseñas teatrales. Entonces se escribía inmediatamente después del estreno. Para las ediciones de la tarde las redactaba la misma noche, pues los diarios nocturnos se imprimían ya por la mañana. En la edición matinal, la reseña debía aparecer al día siguiente. Si se trataba de un estreno importante, Pisa escribía una reseña previa sobre la otra, para informar a los lectores antes del estreno. Los viejos actores lo recuerdan bien. Abrían el periódico con impaciencia.
Sobre libros, Pisa escribía junto con el doctor K. Polak. Sobre exposiciones, informaba el pintor y crítico Jifí Krejcí, hijo del escritor F. K. Krejcí. Por último, sobre música, conciertos y otros eventos musicales, escribía R. J.
Prefiero no dar su nombre. Le llamábamos señor concejal, en recuerdo de su carrera administrativa en un ministerio. Era un caballero vivaz y afable que siempre encontraba alguna forma de distraernos en la redacción y cuyo optimismo vital nos animaba no poco. Pisa le trataba con cordialidad, aun cuando sus manuscritos le proporcionaban cierto trabajo.
Sabía hablar. Se sentaba y recordaba. ¡Tenía tanto que recordar! Había sido amigo de Oskar Nedbal, vivió a su lado una parte de su vida humana y musical y estaba familiarizado con su destino, que terminó con un salto desde la ventana. Las mujeres han cambiado de verdad. No me atrevo a juzgar si para mejor o para peor. Cada época crea su moral y los jóvenes miran al pasado con extrañeza. Claro está, al cabo de un tiempo los niños posan la misma mirada de asombro sobre su propio comportamiento. Por lo tanto, ¿de qué sirve maldecir o alabar? ¡La vida es así!
En cierta ocasión, el simpático señor concejal vino a vernos y su rostro estaba algo más alegre y quizás también había en él un aire desacostumbrado. Había algo que no le cabía en el pecho.
No le cabía y comenzó a hablar. A veces nos llamaba «chicos».
– Chicos, ya soy viejo.
Rondaba los sesenta, pero entonces aquello ya era vejez.
– Hace poco he soñado con Nedbal. Me invitaba con insistencia a un concierto suyo. Sospecho dónde. Voy a confiaros una cosa y le pediría al doctor Pisa que lo ocultase. Que haga luego con ello lo que mejor le parezca. No se trata de nada importante ni de un secreto del que podría avergonzarme después de mi muerte. Sin embargo, no quiero desecharlo. Y me gustaría que nadie lo descubriese en nuestra casa.
Extrajo de su carpeta un viejo sobre oficial, con el membrete del Ministerio de Cultura, y sacó de él un pañuelo de seda doblado. Estaba un poco amarillento. Cuando lo extendió sobre la mesa de la redacción, vimos unas amapolas silvestres bordadas, entre las que estaba recortado un agujero ribeteado con seda, roja también.
– Cuando era joven -continuaba el señor concejal-, me enamoré de una guapa muchacha. Era preciosa, de veras. Pero tan tímida como preciosa. Más vale que os diga de una vez que no me casé con ella. Nos separamos, pero la separación no fue dramática. Si mal no me acuerdo, ninguno de los dos tenía la culpa, ni ella ni yo. Guardo unos hermosos recuerdos. Por lo demás, ella también. Vive y su matrimonio es feliz. Por eso no quiero comprometer su felicidad zafiamente. Nos queríamos de verdad.
«Llevábamos ya una temporada saliendo juntos y yo intentaba conseguir de ella algo más que unos tímidos besos. Pero tropecé con una resistencia tan firme que incluso me dejó extrañado. No obstante, no desistí de mis ruegos ni de mi empeño, y volví a encontrarme con la misma resistencia una y otra vez. Pero vosotros mismos lo sabréis. ¡Somos tan brutos, los hombres! Tenemos la mala costumbre de no cansarnos en nuestro afán y no hay nada en el mundo que pueda detenernos en nuestra brutalidad amorosa. Pero la chica se resistía y se resistía.
«Cuando pienso en el comportamiento del hombre, se me ocurre que si una mujer se enamora de otra mujer, es más bien anormal, pero sí mucho más hermoso y dulce. Pero, ¡es tan poco probable!
»Le pedí entonces que me explicase por qué se defendía con tanto ahínco y, a mi juicio, sin sentido alguno. Durante mucho tiempo no quiso confesármelo, hasta que al final, toda sonrojada, me susurró al oído que le daba una vergüenza espantosa. Acto seguido puse manos a la obra y por fin la persuadí. Accedió, pero yo debía prometerle que tendría los ojos cerrados y, además, le cubriría el regazo con un pañuelo. Y así lo hice. En fin, incluso los delicuentes, al robar, utilizan el pañuelo para no dejar huellas dactilares. En aquel instante tañeron las campanas de Praga y su solemne son retumbó repetida y prolongadamente. Claro está, sólo yo las oía. Pero os aseguro que tañeron de veras.
Se lo creí fácilmente al señor concejal. Me había pasado algo semejante a mí.
Estaba yo sentado con Halas en el magnífico café veraniego de Brno. Era verano y, bajo el toldo del café, al aire libre, flotaban los maravillosos aromas de huertos. Y nosotros, Halas y yo, teníamos entre veinte y treinta años. Eramos de la misma edad. Estábamos sentados al lado de la barandilla de madera del café a todo lo largo de la cual se agitaba la muchedumbre dominical. El simpático Jifí Mahen pasó por allí, nos vio, se acodó despreocupadamente en la barandilla y se puso a charlar con nosotros. También despreocupadamente, pues de pronto vio un corrillo de alegres muchachas a las que conocía bien. Eran jóvenes bailarinas de un teatro situado en las proximidades, y que él regentaba severamente. También nosotros conocíamos a las muchachas. Las vimos y las seguimos tímidamente con la mirada.
De repente Mahen se calló, dio un paso adelante, cogió a una chica de la mano y le dijo: «Véruska, ése es un joven poeta de Praga. Te está mirando como Tristán a Isolda. Ven aquí, dale un beso.» ¡Cómo iba a desobedecer a su jefe!
Al sentir sus labios sobre los míos, yo también oí de repente a los ángeles cantar sobre mí sobre los árboles. Por desgracia, sólo un momento. ¡Qué hermoso fue aquello! ¡Y también yo fui el único que los oyó cantar!…
El señor concejal prosiguió:
– Al cabo de un tiempo, la chica vino a verme y me trajo este pañuelo para que lo guardase. Y hace cuarenta años que lo tengo guardado.
Metió el pañuelo en el viejo sobre y se lo entregó a Pisa. Pisa lo escondió en el profundo cajón de su escritorio.
El señor concejal J., sin embargo, sí fue al concierto de Nedbal. Murió poco después. Pisa y yo asistimos a su sepelio en la iglesia de San Simón y Judas de Frantisek, la de la clínica de los hermanos de la caridad, y yo le dediqué unos versos en Pravo iidu.
No hace mucho llamé ala señora Písova y, entre otras cosas, le pregunté, como de pasada, si en el legado de Pisa había encontrado el pañuelo de seda del señor concejal J. Un pañuelito con amapolas rojas. Las mujeres son listas. Mucho más listas de lo que nos creemos. Cuando se trata de ser listo, decía Pisa, una mujer vale más que tres hombres.
– No lo encontré. Ni me había hablado de él. Pero si se trata de algo erótico, puede estar seguro de que Tonícek lo quemó después de su muerte.
Entre todas las variadas cosas posibles que se vendían en la feria de Kralupy, estaban también las estampas multicolores de las imágenes de los santos. Se las extendía a lo largo de la calzada sobre una lona remendada y ocupaban mucho sitio. Por eso se las desterró desde el mercado que se situaba en la plaza, hasta la pequeña explanada que se abría delante del ayuntamiento. Como la virtud puede ser vecina del vicio, y la beatitud, del negro pecado, pronto se instalaron junto a las estampas cantantes de romances de feria, un hombre y una mujer, con sus cuadros pintados sobre unos lienzos que colgaban en las rejas de la puerta de la finca de Karban. El hombre cantaba señalando con una larga vara las distintas partes del cuadro en que estaba representado un argumento horripilante. Era una especie de cómic de entonces. La mujer, que a ratos unía su voz de soprano al canto del hombre, vendía los textos impresos.
Desde una ventana de la planta baja del ayuntamiento me sonreían dos chicas de Janat que había conocido aquel verano. A veces las chicas escuchaban los cantos conmigo y se tragaban los horrores a palo seco, como yo. Yo tenía diez años.
También fue delante de aquellas estampas donde oí por primera vez el nombre de la ciudad de Jicín y vi por primera vez su vieja puerta con torres. En aquellos cuadros pintados «a mano», como precisaba el cantante, tenía un aire muy tétrico. Y con motivo. La canción hablaba de la tragedia del sastre Trnka de Jicín, que estranguló con sus propias manos a su mujer, madre de cinco hijos, para casarse con su amante de Zeleznice, que le estaba esperando en la alameda de los tilos, punto de citas de los enamorados de Jicín. Lo hizo de modo que pareciese que su mujer se había quitado la vida ella misma. Pero, como suele ocurrir, todo terminó de una forma muy distinta.
El sastre Trnka fue detenido y procesado. Lo ahorcaron en Hradec Králove. Su desdichada amante quiso cuidar de los pobres huérfanos, pero su solicitud fue denegada. Por lo que parece, no era mala chica. Prueba de que sus remordimientos no cesaban es que decidió morir y se arrojó de la torre de Jicín, frente a la entrada del templo de Santiago, donde las viejas vendían pequeñas coronas y ramos de primavera.
Diez años después escribí sobre aquel asesinato sanguinario un poema que ahora me hace sonreír con perplejidad. Era ingenuo y malo. ¡Aquella canción de feria era más bonita!
Escribí el poema ya después de haber conocido Jicín. La chica que me gustaba y que más tarde se convirtió en mi mujer era oriunda de Jicín. Vivía en Praga, pero casi cada domingo iba a casa. A veces yo la acompañaba. Durante una de mis visitas a Krec Antal Stasek me manifestó, cordialmente, que en Jicín siempre había muchas chicas guapas y que entre ellas siempre había una que era la más guapa, y me sonrió picaramente. Él tenía entonces ya casi ochenta años.
La primera vez que fui a Jicín, fue con mi compañera. Ya al pasar Kopidlne, empezó a apoderarse de ella un ligero desasosiego. Desde la ventana del tren me señaló con fervor las colinas que rodean Jicín. Estaban en la lejanía, grisáceas como semillas de amapolas. Eran Kumburk, Brdlec, Tábor. Aquella baja de la izquierda, ya era Velis. Luego vimos el alegre Zebín, con su pequeña capilla. Estábamos casi en Jicín. Cuando apareció Zebín, divisamos en la lejanía las torres de Jicín, debajo de las cuales se extendía el propio Jicín.
Al principio no comprendía su impaciente entusiasmo, pero me enamoré de Jicín desde mi primera visita.
Ya lo sé. Puede ser que Tele sea más interesante y más bonita. Que en otros sitios, quizás en Slavonice y en Susic, haya edificios más dignos de atención. Pero Jicín, con su plaza cuadrada, con sus torres, su castillo y su catedral, tiene su propio encanto, su propio hechizo: el de la sencillez y el de cierta hermosa obviedad. No hay nada excepcionalmente grande ni enfático; pero todo, de un modo u otro, nos llega al corazón. Por algo el altivo duque de Friedland tenía preferencia por Jicín.
Cuando iba a Jicín solo, me asomaba también a la ventanilla del tren para ver antes las colinas que rodeaban la ciudad, los apacibles montes de Krkonos. Apenas veía la torre, tenía ganas de echar a correr para abrazarla por la cintura y besarla. En su reloj dorado y negro. Así ocurre cuando un lugar está marcado por las lágrimas de una gran felicidad.
El día en que pasé por primera vez bajo la puerta de las torres y me encontré en la plaza de Jicín, era un domingo. Para empezar, mi guía me enseñó el templo de Santiago y el castillo situado en su inmediata proximidad y bajo cuyas arcadas tintineaban todavía las espuelas de los jinetes de Wallenstein. Pero antes de dar una vuelta por la hermosa plaza, me llevó a la esquina más cercana, donde, en la oscuridad de la bóveda de una arquería, había una pastelería. Era propiedad de Lukes, el mejor pastelero de Jicín.
Allí, por supuesto, ya no tintineaban las espuelas, pero detrás del mostrador sonreía la amable señora Lukesova. Ya no era muy joven, pero seguía siendo guapa y atractiva. Además, cómo podría ser joven, si nos contó que a su pastelería solían venir los oficiales austríacos a cortejar a la joven esposa del pastelero, mientras ella les servía en copas de cristal licores dorados, rojos y rosados. Así que también allí habían tintineado las espuelas. Pero la galanteaban en vano. No se había conservado ningún rumor, ¡y eso es la mejor prueba!
Tenía unas manos pequeñas, algo hinchadas, pero bien formadas y no me importaría que sirviese los pasteles en vez de con una pala de plata, con sus hermosos dedos. De las mujeres como ella los hombres decían que eran mollettes. Blandas. Los franceses, que de estas cosas entienden mucho, inventaron ese adjetivo para hablar de ciertas mujeres.
A veces la cortina roja del fondo de la pastelería se apartaba, dando paso a un caballero mayor y canoso, con un mandil de seda y un alto gorro blanco, que traía en una fuente de porcelana una nueva muestra de su magistral creación pastelera. Siguiéndole, irrumpía en la pastelería una nube del cálido perfume de un horno cercano.
¡Pero también fuimos a ver Santiago!
Los domingos por la mañana tocaba en la plaza una banda militar y la gente paseaba por los porches, que empezaban en Lukes, pasaban junto a la farmacia y llegaban hasta el ayuntamiento. Como es lógico, la aplastante mayoría de los paseantes eran jóvenes. Jicín era una ciudad estudiantil.
Estaban tocando exactamente «La canción de las hilanderas» de El holandés errante, cuando, sin especial alegría, nos metimos en aquel hervidero de juventud despreocupada y en seguida se nos quitaron diez años de encima.
En verano, las puertas de la pastelería de Lukes estaban siempre abiertas y a los que pasaban por delante les asaltaba el olor a caramelo, a avellanas, a chocolate y a pistacho. Y a la aromática confitura de frambuesa.
Por la tarde aquel paseo de estudiantes se desplazaba a la avenida Hus.
No era tan festivo. Durante aquel paseo se hacía notar, con el aroma nutritivo y suave del pan, el horno del padre de mi mujer.
El olor a pan es el olor de todos los olores, Es el proto-olor de nuestra vida en la tierra. Lo inhalamos y pensamos en la guerra. También recordamos la católica oración de las oraciones, en la que se pide este alimento de cada día. Nuestra mamá tenía bordadas con hilo rojo sus palabras, junto con una hogaza abierta, el cuchillo y el salero, sobre un grueso lienzo colgado encima de la mesa. Es el aroma de la armonía, de la tranquilidad y del hogar.
Mi suegro también hacía el pan para la guarnición local. Por la tarde, cuando cargaba la ración militar en las carretas, el olor inundaba toda la calle.
Los domingos por la mañana, los cocineros militares traían a la panadería enormes bandejas con la carne para que la asaran en los hornos de la panadería. Las más de las veces era carne de cerdo. Se sentía un aroma que despertaba hasta las lenguas más profundamente dormidas. Los trabajadores de la panadería recibían luego, por haber ayudado a prepararla, una buena porción de carne sobre un pedazo de pan fresco. No era difícil adivinar lo bien que les sabía. Cuando algún soldado me ofrecía, también a mí, un bocado, yo no lo rechazaba. Ha pasado ya medio siglo y todavía lo recuerdo con frecuencia.
Por cierto, ¿habéis comido alguna vez aquellas empanadillas de jamón que se hacían en Viena? ¿No? Entonces, no habéis probado algo muy bueno.
Pero, ¡por amor de Dios, no hago más que hablar de las vivencias más terrenas! Creeréis que peco de voluptuoso. Pero ni yo mismo lo creo, aunque conozco mis defectos y me agrada comer bien.
Tampoco echo en olvido las cuestiones culturales. No acostumbro a mirar el cielo sino cuando va a llover, y la metafísica me resulta más bien lejana, pero pienso a menudo en el alma humana, que, según dicen, no existe.
Jaroslav Vrchlicky y J. B. Foerster encontraron entre las murallas de aquella ciudad no sólo sus amores, sino también la inspiración de su obra.
Los diligentes aficionados de Jicín le brindaron a Foerster su Eva. El compositor quedó fascinado, no sólo por la representación, sino también por la intérprete del papel principal. Más tarde, agradecido, dedicó a la ciudad su Suite de Jicín. Jaroslav Vrchlicky dirigió a su amiga de Jicín decenas de hermosas cartas de amor. Las cartas se conservan, pero no han sido publicadas hasta ahora.
Cómo salió del paso J. B. Foerster, no lo sé. Cómo salió Vrchlicky, sí. ¡Fue horroroso, como siempre! Pero ya estamos al borde mismo de los rumores de una ciudad provinciana. Así que dejemos esos recuerdos y vayamos mejor a la alameda de los tilos. Los tilos en flor son hermosos y su frondoso ramaje entrelazado forma sobre nuestras cabezas un tenebroso túnel de miel que miles de abejas llenan con sus zumbidos.
¡Cuan grato es este paseo para los jóvenes! Se ocultan detrás de los anchos troncos, cuya edad sobrepasa ya los trescientos años, y la miel llueve sobre ellos.
El paseo dominical ondea y resuena en la parte norte de los porches. A lo lejos, en su extremo superior, hay un edificio que destaca por su desolación oficial, desentonando con el ritmo de las demás fachadas. Es la cárcel de Jicín. Había allí un supervisor, Vik, que tenía una hija muy guapa.
Un domingo de verano, Anicka Vikova nos vio desde la ventana, cuando cruzábamos la plaza, y salió corriendo a nuestro encuentro. Conocía a mi mujer, pero era conmigo con quien quería hablar. Se sentía muy desdichada. Se precipitó a contarme sus pesares.
Por nada en el mundo quería quedarse en Jicín. Deseaba con toda su alma marcharse a Praga. Que yo le buscase en Praga algún trabajo. Si no podía hacerlo, se iría a Praga sola, a la ventura, y encontraría cualquier colocación, aunque fuese de criada.
Anicka Vikova era una joven realmente guapa y sus oscuros ojos fulminaban a cualquiera con su cautivadora mirada tamizada por unas largas pestañas negras. Quise disculparme, diciendo que yo era bastante torpe en asuntos de esta índole; pero no lograba ponerme fuera del alcance de sus hermosos ojos suplicantes. Su petición me parecía absurda. Sus oscuras trenzas, relucientes y gruesas, estaban enrolladas a la antigua usanza, alrededor de su cabeza. Estaba sencillamente bella.
No había remedio, me vi obligado a prometerle que en Praga le buscaría algo, aunque no tenía ni idea de cómo ni de dónde.
Pues sí; le encontré un empleo en Praga. Por pura casualidad. No diré dónde, tengo para ello mis motivos, pero no estaba lejos de mi trabajo y por aquel entonces eso no era muy usual. Por supuesto, yo no sospechaba en absoluto que me encontraba ante una serie de circunstancias accidentales que, finalmente, para Anicka Vikova resultaron fatídicas.
Mientras yo echaba de menos en las calles de Praga la plaza calentada por el sol y perfumada por el viento de las montañas, ella, desventurada, no deseaba otra cosa que abandonar ciertos lugares. Nada le impediría huir de sus confínes y de su alcance.
No creo mucho en el destino. Sería insoportable pensar que el hombre tiene sus caminos de la vida marcados y establecidos, para seguirlos como un juguete de niño arrastrado con la cuerda. Pero, en cambio, no puedo descartar que hay veces en que las circunstancias de uno se reúnen en un juego extraño que se asemeja al destino. El hombre no intenta siquiera oponérseles y se deja llevar de buen grado hacia su perdición.
Jean Cocteau, en una obra suya que aquí ya está medio olvidada, cita una antigua leyenda iraní: Un joven jardinero se presenta de repente ante su señor y le pide con vehemencia que le preste un caballo veloz. Por la mañana se ha encontrado con la Muerte y ésta le amenazó.
Quiere irse hoy mismo a Ispahán para rehuirla. El amo le presta su caballo y por la tarde tropieza con la Muerte. «¿Por qué has amenazado hoy a mi jardinero?» «No le he amenazado -le contestó la Muerte -; simplemente me ha sobresaltado y, con el susto, levanté una mano, por haberlo encontrado aquí, cuando hoy tengo que matarlo en Ispahán.»
Algo parecido ocurrió también en mi familia. Yo tenía una hermana. Contenta y feliz, vivía en la quieta Rüzodol, cerca de Liberec. Si había algo que no le interesaba, que no deseaba y que le resultaba incluso desagradable, era el camino a Praga. Vivía completamente tranquila con su familia, entre las rosas de su jardín. Hay mucha gente como ella. Pero un día tuvo el deseo, repentino y extraño, de viajar a Praga. No tenía ningún motivo que lo justificase. Sólo un ansia irrefrenable de ir allá. En vano quisieron disuadirla de su propósito. Además, su yerno, que debía llevarla, no tenía tiempo. ¡Le convenció! Se fue con su hija… A pocos kilómetros de Liberec tuvieron un accidente. A nadie le pasó nada, ni el coche sufrió daños. Sólo mi hermana estaba muerta.
Exactamente así se me presenta el anhelo fatídico de Anicka Vikova. Después de su llegada a Praga viví de cerca dos amores suyos. Para que se me entienda bien, yo no me metía dentro de su vida. Pero un día me lo exigió y, además, se trataba de dos amigos míos. Tengo que reconocer que, a lo que parecía, ella no tenía la culpa de ninguna de las dos aventuras amorosas. La tuvo la belleza de la muchacha. Primero se enamoró de ella mi amigo el pintor M. Confieso que yo no sospechaba lo que un amor repentino puede hacer de un hombre aparentemente normal e inteligente. El que dejase de trabajar, era, al fin y al cabo, comprensible. Lo peor fue que también dejó de comer y se arrastraba por las calles de Praga como un alma en pena. Aunque, tratándose de situaciones tan delicadas, nunca sé actuar ni tengo ganas de hacerlo, por el bien de mi amigo, a quien quería, me vi obligado a intervenir de forma harto implacable. Aquello se prolongó sólo unas angustiosas semanas. Hace mucho que el pintor murió, pero, durante bastante tiempo, al recordar aquella historia, se agarraba de la manga de mi chaqueta y temblaba aterrorizado.
Poco después se enamoró de Anicka Vikova otro compañero mío. Aquella vez fue algo más complicado. También Anicka Vikova se enamoró un poco del escritor S. Desgraciadamente, su amante era un hombre casado. Entonces ella me pidió un favor casi imposible. La mujer de mi amigo S. era joven y bien parecida. Así que también esta aventura tuvo que terminar de un modo razonable y Anicka Vikova, por algún tiempo, desapareció de mi vida. Sólo de tarde en tarde oía hablar de ella. Una vez incluso la encontré. De nuevo estaba insatisfecha. No le bastaba con estar en Praga. Se sentía desdichada, quería ir a París o a Berlín. En aquello, por supuesto, yo no podía ayudarla. Y me puse muy contento al saber que se había enamorado de un corresponsal berlinés en Praga. Le deseé mucha felicidad. Y como ella seguía su destino con tenacidad, pronto se marchó con su amigo a Alemania.
Probablemente antes de la ocupación de Checoslovaquia, cuando los preparativos para la guerra de Alemania llegaron a su apogeo, los dos huyeron a Praga de nuevo. Su marido consideró que lo más seguro era marcharse a Moscú, pero Anicka Vikova se quedó en Praga.
Al comenzar la ocupación, la detuvieron y encarcelaron en Pankráce. Los que la vieron, entre ellos el autor de Reportajes al pie del patíbulo, cuentan que seguía siendo muy guapa, que no se había derrumbado y que conservaba su esbeltez. En su pelo habían aparecido canas. Fue ejecutada en los días de la Heydrichiada.
Además, fue fusilada en el campo de tiro de Kobylise, como Vladislav Vancura.
Era el mes de junio de un hermoso verano. Un verano hermoso en el paraíso checo es más hermoso aún. Al menos, a mí así me parece. En este terruño me siento en casa. ¡Es como si fuera el mío!
A fines de mes me fui a las rocas de Prachov. Por el camino me senté a descansar en la piedra del monumento que se erigió allí en memoria de los caídos en la malograda batalla de Jicín de 1866. Entonces no habían transcurrido aún cien años después de aquella batalla.
Me quedé mirando largamente hacia abajo, a Libun y Trosky. Por aquellos tiempos esta vista estaba descubierta. Ahora se alza delante del mirador una muralla de árboles.
¡Qué vista era aquélla! La pequeña Libun, idílicamente atractiva, se perdía, junto con su diminuta iglesia, en el verdor de los prados llenos de flores, mientras Trosky, en lontananza, era a veces gris, a veces azul y por la noche rosado. El encanto indolente de aquella tierra invitaba a sumergirse en ella, y el canto de las alondras sujetaba el cielo sobre ella como una hebilla reluciente en el dosel de brocado sobre un tálamo nupcial.
De repente, por el gres ennegrecido del monumento se deslizó hacia mí una largartija azul. Miró a su alrededor y, al verme, desapareció en la tupida hierba, detrás del monumento.
Adiós, nunca más en mí vida volveré a verte. Luego aterrizó un ojo de pavo real. Sigilosamente removió sus alas y reemprendió su vuelo al primer soplo de viento. Por último, acudió presuroso un pequeño escarabajo negro, recorrió la piedra y, cuando descubrió la inscripción grabada, trepó trabajosamente de una letra a otra. Sólo entonces me fijé en la leyenda alemana. En el lugar en que me encontraba empezaba el campo de batalla. Esta había sido su retaguardia.
Sus antiguos testigos de Jicín hasta hoy se complacen contándola. Por la mañana del veintiocho de junio, sobre las nueve, en Jicín cundió la noticia de que los prusianos se estaban dirigiendo hacia la ciudad.
Su artillería pesada apareció cerca de Libun y, pasando por Kneznice y Jinolice, se dirigió a Jicín. Instantes después, el estandarte de los cazadores austríacos fue izado en la altura de Cefovka, que se encuentra al lado de la ciudad. Un pequeño destacamento de dragones ocupó el terreno entre el camino de Kbelnik y el embalse de Jicín. Todos estos lugares se ven desde el monumento de Prachov. Los prusianos pagaban cada paso suyo con mucha sangre derramada y, sin embargo, seguían peleando sin detenerse ante nada. El primer tiro de los cañones austríacos decapitó a un artillero prusiano que no había tenido tiempo de guarecerse, y con ello se entabló el duelo de artillería por encima de la ciudad. Los prusianos luchaban incansables. Sus fusiles de aguja eran mejores y «hacían el trabajo» mucho más de prisa que los anticuados fusiles austríacos. Los oficiales prusianos, a su vez, eran notablemente mucho más experimentados. El general austríaco Clam Gallas no interrumpió su comida en una taberna de Jicín ni siquiera cuando la artillería sajona llegó a Jicín para cubrir la retirada caótica de sus soldados del campo de batalla. El combate fue perdido y las tierras próximas al embalse de Ostruzen estaban cubiertas de cadáveres. Allí había peleado la infantería austríaca.
El propio Jicín estaba lleno de bajas. En las iglesias, en los cuarteles, en las escuelas, en el castillo y en la prisión de Kartouz yacían los heridos y moribundos, y faltaban gentes que pudiesen darles al menos un trago de agua.
En el camino de Kbelnik había dragones muertos. Los dragones, esos viejos galanes, estaban sin sus caballos y sin sus yelmos. A otros los cascos les habían resbalado hacia la frente y sus vistosos bigotes se erizaban sobre sus rostros muertos con cierto aire cómico. ¿Dónde estaría la belleza de aquellos yelmos dorados y la altivez de aquellos pantalones rojos?
Jicín se llenó en seguida con las tropas victoriosas. Los ruidosos prusianos estaban en todas partes. En las tabernas y en las casas de la villa. Robaban siempre que podían y se lo llevaban todo, sin dejar nada, cuanto les gustase. El ejército austríaco y muchos civiles habían huido hacia Praga.
Hoy un pequeño escarabajo negro corretea por los nombres de los oficiales caídos y reina un silencio estival maravillosamente perfumado.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial vine a Jicín y di una vuelta por la plaza. Conté los muertos. Tampoco eran pocos. En la plaza había unos ricos comercios que habían pertenecido a los judíos de Jicín. Casi todos ellos habían muerto. Entre mis amigos de Jicín, fue diezmada y casi exterminada la familia Goliat.
Otto Goliat tenía, en una vieja casa gótica de la plaza, un comercio de telas. Cada mañana colgaba en los batientes de madera de la amplia puerta las muestras de sus mercancías. Pero no era el comercio su alegría ni fue su prosperidad lo que hizo famoso a su dueño. Participaba en la vida de su ciudad y trabajaba en el consejo municipal. Caminaba huraño y adusto, como un profeta del Viejo Testamento. No era mala persona como muchos creían. Era justo. Sobre su mesita de noche tenía el Libro de los cantares, de Heine. Pero la gente quería a su mujer. Fueron asesinados; ellos dos y su hijo menor.
Ahora la vida continúa su galopar. En la casa de los Goliat hay ahora una verdulería; en sus escaparates reverberan montones de naranjas y limones y las puertas se mantienen cerradas. Cuando paso junto a la prisión de Jicín, siento una punzada en el corazón.
Anicka Vikova, ¡el mundo es horrendo!
No hace mucho recibí de un lector desconocido una carta amistosa. Me escribía que hace poco estuvo en Jicín y, como había leído también mis poemas sobre Jicín y sobre el sastre Trnka, no resistió la tentación y contó las estrellas que hay en el nimbo de la Virgen María que está en la plaza. En el poema escribo:
Sólo la estatua de piedra en medio de la plaza se alzaba y en su frente lucían trece estrellas de hojalata.
«Examiné el nimbo y conté catorce estrellas. ¡Usted se equivocó al contar!»
El autor de la carta, probablemente, la firmaba, pero no encontré sus señas. Si pudiera responderle, le escribiría:
«En absoluto, apreciado señor. Las conté bien. Las contamos incluso dos veces. Si en el nimbo de la estatua mariana de la plaza de Jicín hay catorce estrellas, se ha producido un pequeño milagro, por increíble que parezca.
»La decimocuarta estrella debió de aparecer allí en el instante mismo en que la hermosa cabeza de Anicka Viková cayó sobre la arena del campo de tiro de Kobylise.»
Conozco bastante bien Sobotka y sus aledaños. Está justo al otro lado de Jicín, adonde yo iba con frecuencia. Son unos pasos, unos sepulcros, unos doce kilómetros aproximadamente. Si Sobotka no me gustase, tendría que codiciarla. Primero una fortaleza hermosamente oscura, luego el tilo de Semtín, el exótico Humprecht y, por supuesto, el espejo forestal, hondo y misterioso: el embalse Nebákov. Y también, claro está, unas hermosas vistas a Troska y, por último, el poeta que abrazó y amó toda aquella tierra y acarició su polvoriento suelo.
Todo terruño está ultimado por un poeta. Un poeta descifra sin dificultad los misterios de su belleza mientras la canta.
Yo, entonces, ya conocía Sobotka y me sabía casi de memoria muchos versos de Srámek dedicados a aquella tierra. Había publicado ya mis primeros libros y deseaba conocer al poeta. ¡Me imaginaba con derecho a conseguirlo, y con un derecho irrefutable! Qué derecho sería aquél, ¡era lo de menos! Recuerdo vivamente el momento en que St. K. Neumann abrió un abultado sobre que contenía unos nuevos poemas de Srámek. El autor los enviaba a Cerven. Recuerdo muy bien que eran «Romance», «Codeso» y «El imprudente». Más tarde Srámek los incluyó en la edición ampliada de La esclusa. Cuando Neumann los leyó -hay que decir que toda la redacción de Cerven le cabía en la cartera que llevaba consigo- vi encenderse en sus ojos primero una expresión de satisfacción, luego una sonrisa leve y, al final, una alegría radiante.
– Lee esto -me dijo-. Son los poemas más hermosos que se han escrito durante los últimos años en nuestro país.
Frana Srámek pasaba la mayor parte de su tiempo en Praga, y vivía cerca, al otro lado de la colina. Pero yo quería encontrarlo en su maravilloso mundo, en casa de su madre, en Sobotka.
Pero antes de que me decidiera a escribir a Srámek, Karel Capek telefoneó a Hora para que fuésemos a verlo, pues también Srámek iba a ir. Fuimos allá felices. Hora tampoco le conocía hasta entonces. Pero Srámek no apareció, como ya había ocurrido otras veces. «Es de los tímidos -observó Capek-, pero en otros aspectos es una bellísima persona. Debéis conocerlo sin falta. Tened paciencia.»
Luego le escribió a Srámek una carta diciendo que me gustaría ir a verlo a Sobotka, pues viajaba a Jicín con frecuencia. Me contestó que viniese, que estaría allí todo el mes de julio y que le gustaría.
Salí de Praga para Sobotka casi a mediados del mes. Desde la estación fui directamente a la plaza. Caminaba sin acobardarme. Le llevaba un saludo y un mensaje de Neumann.
Pero en su casa me dijeron que «el señor poeta» se había marchado dos días antes. Su mujer había caído enferma en Praga. No importaba, volvería otra vez.
Ladislav Stehlík, en el libro El checo, instrumento del poeta, cuenta que llamé a la puerta de Srámek a primera hora de la mañana y que el poeta se estaba afeitando. Tenía que esperar un poco, pero yo, según dice, no esperé. No es cierto. Es una pequeña mentira. En todo caso, tuve que perdonársela a Stehlík en seguida, ya que en aquella relación citaba también un veredicto lisonjero de Srámek acerca de mis poemas y de mí. Así que me callo. Pero, claro está, yo habría esperado a Srámek en Sobotka hasta la noche.
La tercera vez que intenté ir a verlo, fue mientras yo veraneaba en Jicín.
¿Va a llover?
¡Qué va! Sólo por la noche ha llovido un poco y huele a lluvia de verano. La tierra está como recién lavada, es toda rosas, toda brillo, toda sonrisas. Fui.
Desde Jicin es un paseo agradable. Se pasa junto a dos embalses, a la izquierda queda el pueblo de Velis, donde Jaroslav Jezek tocaba el órgano, y de pronto se nos aparece Trosky, que nos sigue un rato en nuestro camino.
Hace más de cien años, en 1855, chapoteaba por aquel camino el joven Antal Stasek, en aquel entonces Antonin Zemann, alumno de segundo año del gimnasio de Jicín. Sorm, su compañero, mayor que él, le acompañaba a Sobotka. En alguna parte, por detrás de Jicín, encontraron a un hombre viejo, de pelo gris. Se detuvo a hablar con ellos. Era Josef Kajetán Tyl. Al despedirse, estrechó las dos manos con cordialidad.
La mano que había estrechado Tyl, estrechó también la mía. Me di cuenta de repente, cuando Stasek murió, y me pregunté a mí mismo qué mensaje silente y, quizás, apenas barruntado, transmitían a través de mí las manos de los viejos poetas del siglo pasado a nuestros días y a quién se lo iba a entregar yo, en este país pequeño y no demasiado feliz.
A unos minutos de Sobotka está la aldea Samsina. Las guías turísticas indican que desde aquella aldea se abre una de las vistas más hermosas de Trosky.
¡Sí, es verdad! Conozco muchas vistas a aquellas ruinas, pero la que ofrece Samsina resulta especialmente hermosa de veras.
En realidad, ¿cómo puede una ruina ser tan bonita? Me quedé allí largo rato pensando hechizado en aquel símbolo pétreo de esta tierra, sin el cual es imposible imaginar siquiera estos campos.
Quizás ni se sabe qué aspecto tenía aquella fortaleza, pero lo cierto es que no fue tan llamativa como lo son sus ruinas, con dos columnas de basalto colocadas una al lado de la otra. La imagen de Trosky empieza a despuntar a partir del momento en que las manos saqueadoras de los soldados suecos destruyeron la fortaleza. Después de los suecos llegaron el viento, el agua, el frío y el tiempo, para que la devastación continuase consumando su obra. Estaba a punto de decir «su obra de destrucción»; pero no, aquello no fue precisamente una destrucción. Crearon un monumento pintoresco y fascinante. Hoy vigilamos cada piedra para que no resbale al precipicio entre las dos rocas, y hacemos todo lo posible para conservar las ruinas para el tiempo nuestro y para los tiempos venideros.
Su imagen, el dibujo de Zdenka Braunerova, fue introducida como viñeta en los libros de Paul Claudel. La gente del país la lleva en sus corazones.
Cuántas ruinas trágicas vimos al final de la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, era la representación de la barbarie humana y de la destrucción; por otro, era la imagen de la impotencia y de la desesperación. Pero estas ruinas, cuyo nombre resaltamos con una T mayúscula, hace tiempo han recobrado una nueva integridad.
La ruina Trosky que amamos nos sonríe desde lejos.
Pero de nuevo había venido a Sobotka en vano. Aquella vez el poeta no había llegado aún. No importa, algún día le encontraré allí.
No lo conseguí hasta el año 1952, cuando tuve que empujar la cancela del cementerio de Sobotka.
Antes incluso de que fuese a Sobotka, Karel Novy me envió una de las viejas ediciones de Kobra del Mayo de Macha. Al abrir el libro, encontré en él una vieja carta de Srámek dirigida a mí. Seguramente fue Karel Novy quien metió la carta allí. Aunque era sólo un breve saludo, era cordialmente amistosa. Por lo visto, Srámek confió la carta a un recadero, y éste no la llevó a su destino. No recibí la carta. Novy la compró por pocas coronas a un anticuario.
El bajo sepulcro del poeta se encuentra junto al muro, bajo Humprecht, entre los árboles. ¡Ah, no sabéis que el rumor de estos árboles es como el son de las arpas! Sobre la pequeña torre de Humprecht la luna brilla como un cuerno de oro en los labios de las brisas, vientos y huracanes, por eso, sobre el sepulcro del poeta, jamás reina el muerto silencio de los cementerios.
Al salir del cementerio, con la cabeza llena de versos de Srámek, me pregunté adonde dirigirme para que las poesías tardasen más tiempo en desvanecerse de mi mente. Decidí pasar por los lugares que el poeta había amado. Al cabo de un rato resonó sobre mi cabeza el rumor del tilo de Semtín y en seguida me encontré frente al sombrío Kostí. Ya no volví al camino. Bajé a la fortaleza y desde allí caminé por el maravilloso valle, en el que todo es tierno y hermoso como su propio nombre, Plakánek (Plañidero). Me alegraba por adelantado de ver la Roubenka del poeta, un pequeño manantial en la roca. Pero ya desde lejos vi que, aunque desde la muerte del poeta había transcurrido tanto tiempo y tantos días, el manantial seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas.