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Cuando llegamos a Pekín en el expreso procedente de Xi'an, la ciudad atravesaba una de sus habituales tormentas de polvo amarillo procedente del desierto del Gobi y el viento, un viento que no cesó ni un momento mientras estuvimos allí, provocaba desagradables remolinos en todas las avenidas, paseos y callejuelas de la ciudad. Ese dichoso serrín amarillo que lo sepultaba todo se metía en los ojos, en la boca, en los oídos, en la ropa, en la comida y hasta en la cama. Además, hacía muchísimo frío. Las gentes llevaban orejeras velludas y caminaban enfundadas en unos enormes abrigos de piel que les hacían parecer osos polares y los árboles sin hojas, de ramas yermas, terminaban de darle a la capital imperial un aspecto triste y fantasmal. No era una buena época para visitar Pekín.
Fernanda y yo recuperamos, al fin, nuestra condición de occidentales para lo cual tuvimos que adquirir, con el dinero que nos quedó después de pagar los cuatro billetes de ferrocarril -dinero que yo traía conmigo desde Shanghai-, ropas femeninas adecuadas en las tiendas del llamado barrio de las Legaciones, una pequeña ciudad extranjera dentro de la gran ciudad china, fuertemente protegida por ejércitos de todos los países con presencia diplomática (aún no se habían olvidado los cincuenta y cinco días de terror vividos durante la famosa sublevación de los bóxers de 1900). Ataviadas otra vez como mujeres europeas y después de acudir al salón de belleza para arreglarnos el pelo, que nos había crecido mucho durante los tres meses y pico de viaje, pudimos buscar alojamiento en el Grand Hôtel des Wagons-Lits, de anticuado y señorial estilo francés, con cuartos de baño, agua caliente y servicio de habitaciones. Para que Biao y el maestro Rojo fueran admitidos en el barrio de las Legaciones, donde a todas luces estaban más seguros, tuvieron que hacerse pasar por nuestros criados y dormir en el suelo del pasillo del hotel delante de la puerta de nuestra habitación. El acusado régimen colonial de aquel barrio nos obligaba, para no llamar la atención, a tratarles en público de una manera despótica y despectiva que estábamos muy lejos de sentir, pero no pensábamos quedarnos en Pekín más tiempo del necesario. En cuanto vendiéramos los valiosos objetos del mausoleo, nos marcharíamos.
Sin embargo, no todos íbamos a regresar a Shanghai. El maestro Rojo anhelaba recuperar su tranquila vida de estudio en Wudang y sólo podía hacerlo volviendo a Xi'an, recogiendo los caballos y las mulas que habíamos dejado en el apeadero de T'ieh-lu al cuidado del dueño de la tiendecilla de comestibles y cruzando de nuevo los montes Qin Ling en dirección al sur. En cuanto tuviéramos el dinero, lo dividiríamos en tres partes: una para el monasterio, otra para Paddy Tichborne, y la tercera para los niños y para mí. Aún debíamos inventar una buena historia que justificase ante los ojos de Paddy el dinero que le íbamos a entregar sin vernos en la obligación de explicarle peligrosos secretos sobre la muerte de Lao Jiang que pudieran despertar en él el deseo de ponerse a husmear en los círculos políticos del Kuomintang y del Partido Comunista en busca de un buen artículo de investigación.
El primer día visitamos a los comerciantes de oro de Pekín, a los más importantes, y negociamos hasta obtener los precios que consideramos justos por nuestros artículos. Ninguno de ellos pareció extrañarse al ver a dos mujeres europeas con piezas chinas de tanto valor ni tampoco preguntaron por su origen. Al día siguiente fuimos a los mejores establecimientos de piedras preciosas, con idéntico resultado; y, por último, acudimos a los anticuarios instalados en la calle de la «Paz Terrena» de los que nos habían hablado muy bien, indicándonos que eran sumamente discretos y formales. Todo lo que había contado Lao Jiang sobre la compraventa de antigüedades procedentes de la Ciudad Prohibida era absolutamente cierto: muebles, piezas caligráficas, rollos de pinturas y objetos decorativos a todas luces demasiado valiosos para no proceder del otro lado de la alta muralla que separaba Pekín del palacio del derrocado emperador Puyi, se vendían en cantidades sorprendentes y a precios irrisorios. Me impresionó pensar que allí, tan cerca, estaba ese joven y ambicioso Puyi del que habíamos estado huyendo durante tantos meses. Él nunca había salido de la Ciudad Prohibida y, si alguna vez lo hacía, se rumoreaba en el barrio de las Legaciones, sería, sin duda, para marchar al exilio.
Obtuvimos una cantidad de dinero tan absolutamente vergonzosa que tuvimos que abrir a toda prisa varias cuentas bancarias en distintas entidades para no llamar demasiado la atención. Con todo, esta estratagema resultó inútil. Los directores de las oficinas del Banque de l'Indo-Chine, del Crédit Lyonnais y de la sucursal del Hongkong and Shanghai Banking Corp. no pudieron por menos que hacer su aparición para presentarme ceremoniosamente sus respetos en cuanto les fue comunicada la cantidad de dinero que estaba ingresando en sus bancos. Todos me ofrecieron cartas de crédito ilimitado y empezaron a llegar al hotel presentes e invitaciones para cenas y fiestas.
Ése fue otro problema. En cuanto el embajador francés y el ministro plenipotenciario de España, el marqués de Dosfuentes, descubrieron que la rica hispano-francesa de la que tanto empezaban a hablar los banqueros estaba alojada en el Grand Hôtel des Wagons-Lits, se empeñaron en organizar recepciones oficiales para exponerme ante las personalidades más destacadas de ambas comunidades. Tuve que presentar mis excusas reiteradamente para poder librarme de tales acontecimientos porque, entre otras cosas -como escapar de las crónicas sociales de la prensa internacional de Pekín-, ya teníamos el equipaje en el maletero del automóvil de alquiler que nos iba a llevar hasta la estación en la que debíamos coger el ferrocarril que nos conduciría hasta Shanghai, un expreso de lujo protegido por el ejército de la República del Norte, muy preocupado por la seguridad de los extranjeros y los chinos acaudalados que debíamos desplazarnos hacia el sur.
Éramos tan absurdamente ricos que hubiéramos podido comprarnos el tren y hasta el propio barrio de las Legaciones de haber querido (algunas de las piezas vendidas resultaron tan valiosas -especialmente las del magnífico y ya inexistente jade Yufu- que los comerciantes llegaron a pujar por ellas, alcanzando así precios exorbitantes). Sería insensato mencionar la cantidad pero, desde luego, el monasterio de Wudang iba a poder remozarse por entero y Paddy Tichborne podría comprar la producción completa de whisky de Escocia durante el resto de su vida. Yo, por mi parte, además de saldar las deudas de Rémy y de hacerme cargo de Fernanda y Biao hasta que ambos fueran mayores de edad, no tenía ninguna idea concreta sobre lo que deseaba hacer. Volver a casa, continuar pintando, participar en exposiciones… Ésos eran mis únicos deseos. Ah, y también, por supuesto, comprarme ropa bonita, zapatos caros y sombreros preciosos.
Durante aquellos pocos días en Pekín, leíamos cada mañana cuidadosamente tanto los periódicos chinos como los extranjeros para cerciorarnos de que nadie -ni el Kuomintang ni el Kungchantang ni los imperialistas chinos ni los japoneses- mencionaba el affaire del mausoleo. La situación política china no estaba como para andarse con tonterías y así, unos por temor a las reacciones de las potencias imperialistas extranjeras, como ellos las llamaban, y otros para no verse hundidos en el descrédito y la repulsa de la opinión mundial, todos callaron el asunto y lo dejaron correr. Total, el Primer Emperador ya no podía representar el papel que habían querido asignarle los que buscaban la Restauración y, los que habían querido impedirla, conseguido su objetivo, ¿para qué ensuciarse confesando públicamente haber destruido, o participado en la destrucción, de una obra colosal e histórica como el mausoleo de Shi Huang Ti?
Cuando llegamos a la estación, atestada como siempre por una ruidosa muchedumbre, buscamos un lugar tranquilo para despedirnos del maestro Rojo. Aquel día era el domingo 16 de diciembre, de modo que sólo habíamos pasado juntos un mes y medio. Parecía increíble. Había sido un período tan intenso y tan lleno de peligros que hubiera podido valer por toda una vida. Nos resultaba imposible admitir que, en pocos minutos, fuéramos a separarnos y, lo que aún era peor, que quizá no volviésemos a vernos nunca. Fernanda, cubierta por un precioso abrigo de piel y tocada con un bonito gorro de marta cibelina como el mío, tenía los ojos llenos de lágrimas y un evidente gesto de tristeza en la cara. Biao, asombrosamente guapo con aquel traje occidental de tres piezas de tweed inglés y con el pelo muy corto y acharolado por la brillantina, ofrecía una apariencia magnífica, necesaria para ser admitido en aquel ferrocarril y en los vagones de primera clase.
– ¿Qué hará usted cuando vuelva a Xi'an, maestro Jade Rojo? -le pregunté con un nudo en la garganta.
El maestro, que guardaba su parte del dinero en pesadas bolsas cautelosamente escondidas bajo su amplia y desgastada túnica, parpadeó con sus ojillos pequeños y separados.
– Recuperaré a los animales y regresaré a Wudang, madame -sonrió-. No veo la hora de descargar en las mulas el peso abrumador de toda esta riqueza.
– Correrá un gran peligro viajando solo por aquellos caminos.
– Mandaré aviso al monasterio para que envíen gente en mi ayuda, no se preocupe.
– ¿No volveremos a verle, maestro? -gimoteó mi sobrina.
– ¿Vendrán ustedes a Wudang alguna vez? -En la voz del erudito taoísta había una nota de nostalgia.
– El día que menos se lo espere, maestro Jade Rojo -afirmé- alguien le dirá que tres extraños visitantes han cruzado a toda prisa Xuanyue Men, la «Puerta de la Montaña Misteriosa», y han ascendido corriendo el «Pasillo divino» preguntando a gritos por usted.
El maestro se sonrojó y bajó la cabeza con una tímida sonrisa, haciendo ese gesto tan suyo que siempre me provocaba el temor de que se clavara aquella barbilla tan peligrosamente pronunciada.
– ¿No ha vuelto a preguntarse nunca, madame, por qué flotaba en el aire el pesado féretro del Primer Emperador?
La mención a la cámara del féretro, que ahora parecía tan lejana, fue como una nota discordante que rompió la emoción del momento. Aquel lugar estaría unido para siempre en mi memoria a la última imagen que tenía de Lao Jiang en aquellas horribles circunstancias, con sus explosivos y sus arengas. De repente fui consciente de la gran cantidad de occidentales que nos rodeaban y que nos miraban con curiosidad, de las numerosas familias procedentes del barrio de las Legaciones que habían acudido a la estación para despedirse de sus parientes o amigos que se marchaban con nosotros.
– ¿Por qué flotaba? -preguntó Biao, rápidamente interesado.
– Era de hierro -explicó el maestro con énfasis como si aquello fuera la clave de todo el asunto.
– Eso ya lo vimos -repuse.
– Y las paredes de piedra -continuó. ¿Por qué no le entendíamos si la respuesta era tan obvia?, parecía estar diciendo.
– Sí, maestro, de piedra -repetí-. Toda la cámara era de piedra.
– La aguja de mi Luo P'an giraba enloquecida. Lo vi cuando abrí mi bolsa.
– Deje de jugar con nosotros, maestro Jade Rojo -se indignó Fernanda sujetando su bolso, sin darse cuenta, como si fuera a darle con él en la cabeza.
– ¿Imanes? -insinuó tímidamente Biao.
– ¡Exacto! -exclamó el maestro con alegría-. ¡Piedras magnéticas! Por eso mi Luo P'an no funcionaba. Toda la cámara estaba construida con grandes piedras magnéticas que atraían al féretro proporcionalmente y lo mantenían flotando en equilibrio. Las fuerzas de las piedras imán estaban igualadas en todas direcciones.
Yo sí que me quedé de piedra al oír aquello. ¿Tanta resistencia tenían los imanes? Por lo visto, sí.
– Pero, maestro -objetó Biao-, cualquier movimiento del sarcófago hubiera desequilibrado esas fuerzas haciéndolo caer.
– Por eso lo pusieron tan alto. ¿No recuerdas ya dónde estaba? Era imposible llegar hasta él y, a esa distancia del suelo y de la entrada a la cámara, nada le afectaba, ni el aire ni la presencia humana. Todo había sido cuidadosamente ajustado para que aquel gran cajón de hierro permaneciera eternamente quieto en el centro de las fuerzas magnéticas.
– Eternamente no, maestro Jade Rojo -murmuré-. Ahora ya no existe.
Los cuatro guardamos silencio, apenados por la pérdida irreparable de las cosas maravillosas que habíamos visto y que nadie podría volver a ver nunca. El silbato de vapor de la locomotora atronó en la gran estructura de la estación.
– ¡Nuestro tren! -me alarmé. Teníamos que irnos.
No me importó mi recobrado y elegante aspecto occidental ni tampoco la gente que pudiera estar contemplándome desde las cercanías; cerré mi puño derecho y lo rodeé con mi mano izquierda y, subiéndolo a la altura de la frente, hice una profunda y larga inclinación ante el maestro Jade Rojo.
– Gracias, maestro. Nunca le olvidaré.
Los niños, que me habían imitado y seguían con la cabeza inclinada cuando me incorporé, murmuraban también palabras de agradecimiento.
El maestro Rojo, muy conmovido, nos devolvió a los tres la reverencia y, sonriendo con una gran ternura, se dio la vuelta y se alejó en dirección a la puerta de la estación.
– Perderemos el tren -anunció de repente Fernanda, tan pragmática como siempre.
Durante las siguientes treinta y seis horas cruzamos China de norte a sur en el interior de aquellos agradables vagones en los que disponíamos de amplios y lujosos dormitorios, salones con piano y zona de baile y magníficos comedores donde los camareros chinos servían unas comidas exquisitas. Los platos hechos con pato o faisán, que en China son tan corrientes como las gallinas, eran los mejores porque estos animales, antes de ser asados, recibían una fina capa de laca -la misma que se utilizaba en los edificios, los muebles y las columnas- que los convertía en patos o faisanes laqueados, un manjar reservado en la antigüedad a los emperadores.
Gracias a los soldados que custodiaban el tren y que resultaron una presencia incómoda por su grosería y su brutalidad, el viaje transcurrió sin incidentes a pesar de atravesar zonas realmente peligrosas, en manos de señores de la guerra o de ejércitos de bandoleros (que, para mí, eran lo mismo, aunque me abstuve de hacer comentarios sobre el tema con nuestros amables compañeros de viaje porque éstos desconocían por completo la auténtica situación política de China y las condiciones en que vivía el pueblo chino). Durante el segundo día de viaje, el tiempo cambió y, aunque hacía frío, ya no era ese frío glacial de Pekín, de manera que pudimos pasar algún tiempo en los balcones del vagón disfrutando del paisaje. Nos acercábamos al Yangtsé, un río al que, por absurdo que parezca, me sentía unida por los muchos días pasados en sus aguas en dirección a Hankow. Si toda aquella gente tan elegante y simpática que nos rodeaba hubiera siquiera sospechado que los dos niños y yo habíamos remontado aquel río a bordo de barcazas y sampanes mugrientos, vestidos como pordioseros y huyendo de algo llamado Banda Verde, se habría alejado de nosotros como si tuviésemos la peste. ¡Qué lejos quedaban aquellos días y qué maravillosos habían sido!
Atravesamos durante horas inmensos arrozales cubiertos de agua antes de llegar a Nanking, la antigua Capital del Sur fundada por el primer emperador Ming, que yo recordaba ruinosa y de calles sucias por las que Lao Jiang caminaba alegremente evocando sus tiempos de estudiante. Pero sobre todo, lo que nunca olvidaría de Nanking era aquella inmensa Puerta Jubao o Zhonghua Men, como se llamaba en la actualidad, con aquel túnel subterráneo cuyo suelo representaba un antiquísimo problema de Wei-ch'i de dos mil quinientos años de antigüedad conocido como «La leyenda de la Montaña Lanke», que, ya entonces, resolvió el listísimo Biao. Allí nos atacó por segunda vez la Banda Verde, a resultas de lo cual Paddy Tichborne perdió una pierna al ponerse delante de los niños y de mí para protegernos. Tendría que mentirle a Paddy cuando llegáramos a Shanghai, pero le estaría eternamente agradecida por aquel gesto y, desde luego, le daría su parte completa del tesoro.
Tuvimos que abandonar el ferrocarril al llegar a Nanking, ya que la locomotora y los vagones debían ser transportados hasta el otro lado del Yangtsé en una operación que resultaba algo peligrosa y para la que convenía que el pasaje se encontrara fuera. Cruzamos el río, aquel inmenso, interminable río Azul en unos bonitos y cómodos vapores que esquivaban los pequeños juncos, los sampanes y las numerosas embarcaciones de gran calado con ágiles maniobras y aparente facilidad. Al anochecer, regresamos al tren y reanudamos nuestro viaje hacia Shanghai, adonde ya no nos faltaban muchas horas para llegar. Las estaciones por las que pasábamos sin detenernos se iban haciendo más numerosas y veíamos brillar los farolillos de papel rojo iluminando al gentío que se reunía en ellas.
Por fin, nuestro convoy se detuvo cerca de la medianoche en uno de los andenes de la Shanghai North Railway Station, la Estación del Norte de la que habíamos partido tres meses y medio atrás -recién llegadas a China Fernanda y yo-, cargados con nuestras bolsas de viaje y disfrazados de pobres campesinos. Ahora regresábamos en primera clase y con un aspecto tan elegante que hubiera sido imposible reconocernos.
La ropa que traíamos de Pekín nos sobraba en Shanghai. Nos fuimos de allí con el agobiante calor del verano y, aunque ahora era pleno invierno, no hacía tanto frío como para llevar pieles y gorros de marta que, sin embargo, nos dejamos puestos porque no queríamos congelarnos en los rickshaws a esas horas de la noche. Como daba por cierto que, siguiendo mis indicaciones, Monsieur Julliard, el abogado de Rémy, habría vendido la casa y subastado los muebles y las obras de arte, decidí que debíamos alojarnos en un hotel de la Concesión Internacional, lejos de la Concesión Francesa controlada por la policía de Surcos Huang, y por eso, por recomendación de una agradable compañera de viaje, aquella primera noche la pasamos en el Astor House Hotel, donde Biao, gracias a su imponente estatura, a su elegante aspecto occidental y a una considerable cantidad de dinero que le dimos al gerente, consiguió una pequeña habitación en la zona del servicio. Fue un favor muy especial, porque dar alojamiento a un amarillo podía menoscabar la buena reputación del hotel.
Me di cuenta en seguida de que movernos con Pequeño Tigre por las zonas reservadas para los occidentales iba a ser un grave problema. Como ejemplo baste decir que, cerca del Astor, había unos bonitos jardines públicos con un cartel en la entrada que rezaba en inglés: «Prohibida la entrada a perros y chinos». Aquello pintaba mal, así que, a la mañana siguiente, dejé a los niños en el hotel bajo el solemne juramento de que no lo abandonarían de ninguna de las maneras y tomé un rickshaw para ir a visitar a M. Julliard en su despacho de la calle Millot en plena Concesión Francesa.
Fue muy agradable pasear por la ciudad. La Navidad estaba cercana y algunos edificios ya habían sido engalanados con adornos propios de esas fechas. No reconocía los sitios ni los lugares destacados porque no había tenido tiempo de visitarlos durante mi primera estancia en Shanghai, pero fue una gran alegría para mí recorrer, por fin, el famoso Bund, la gran avenida situada en la ribera oeste del Huangpu, el río sucio y de aguas amarillas por el que habíamos subido a bordo del André Lebon hasta los muelles de la Compagnie des Messageries Maritimes el día de nuestra llegada a China. ¡Qué cantidad de autos, de tranvías, de rickshaws, de bicicletas…! ¡Qué cantidad de gente! Había riqueza y opulencia como no había visto en ninguna otra parte de aquel gran país. Personas del mundo entero habían encontrado en Shanghai el lugar donde hacer negocios y vivir, donde divertirse y morir. Como Rémy. O como tantos otros. De no serpor la corrupción que imperaba en la ciudad, por las bandas, las mafias y el opio, Shanghai hubiera sido una buena ciudad donde quedarse.
Atravesamos las alambradas que separaban ambas concesiones sin que los gendarmes nos pararan para pedirme la documentación, de lo que me alegré profundamente pues temía que mi nombre disparara algunas alarmas en la Sécurité dirigida por Surcos Huang. No es que le tuviera miedo después de lo sucedido en el mausoleo, pero prefería no remover las aguas turbias y pasar lo más desapercibida posible antes de abandonar Shanghai.
Nada había cambiado en el despacho de André Julliard en la calle Millot. El mismo olor a madera vieja y húmeda, el mismo cuartito acristalado y los mismos pasantes chinos deambulando entre las mesas de las jóvenes mecanógrafas. Incluso M. Julliard llevaba puesta la misma lamentable americana arrugada de la última vez. Se llevó una agradable sorpresa al verme y me recibió con afecto. Me preguntó qué había estado haciendo durante aquellos meses en los que había sido imposible encontrarme y le expliqué una extraña historia sobre un viaje de placer por el interior de China que, naturalmente, no se creyó. Mientras tomábamos unas tazas de té, volvió a sacar de un cajón el voluminoso legajo de la documentación de Rémy y me explicó que, en efecto, había vendido la casa y subastado el resto de propiedades, obteniendo una cantidad cercana a los ciento cincuenta mil francos, la mitad de la deuda, pero que aún quedaba por saldar la otra mitad. Los acreedores esperaban impacientes y algunos litigios se habían fallado ya en mi contra convirtiéndome prácticamente en una proscrita buscada por la ley.
– ¡Oh, pero no se preocupe por ello! -comentó muy sonriente con su fuerte acento del sur de Francia-. Esto, en Shanghai, es de lo más normal.
– No estoy preocupada, M. Julliard -repuse-. Tengo el dinero. Voy a darle un cheque por el valor total de lo que se debe y un poco más por sus servicios y por si apareciese alguna otra deuda imprevista. Si no fuera así, dentro de un año puede quedarse con el dinero.
Sus ojos se agrandaron detrás de los cristales sucios de sus quevedos y le vi dibujar con los labios una pregunta que no llegó a formular.
– No se ponga nervioso, M. Julliard. No voy a darle un cheque sin fondos. Aquí tiene una copia de una carta de crédito del Hongkong and Shanghai Bank y aquí… -dije sacando un flamante talonario y cogiendo la pluma que él me ofrecía-, los doscientos mil francos que van a poner fin a esta pesadilla.
El pobre abogado no sabía cómo agradecerme tan generosos honorarios y se deshizo en mil amabilidades y cortesías. Ya en la puerta de su despacho, a punto de irme, le rogué que fuera discreto en la forma de pago, que no saldara de golpe todas las deudas, que lo hiciera poco a poco para no llamar la atención.
– No se preocupe, madame -repuso con un gesto de complicidad que no conseguí adivinar a qué santo venía-, la entiendo perfectamente y así se hará. Quédese tranquila. Cualquier cosa que desee o que necesite, cualquier servicio que yo pueda prestarle, no dude en pedírmelo. Lo haré encantado.
– Pues, mire, sí tengo algo que pedirle -repliqué con una encantadora sonrisa-. ¿Podría encargarse usted de comprar en mi nombre tres pasajes de primera clase para Marsella o Cherburgo en el primer barco que salga de Shanghai?
Me volvió a mirar muy sorprendido pero asintió con la cabeza.
– ¿Incluso si saliese mañana mismo? -preguntó.
– Mejor si sale mañana mismo -dije alargándole mil dólares de plata-. En cuanto los tenga, hágamelos llegar a mi hotel, por favor. El Astor House.
Nos despedimos amistosamente, intercambiando frases de cortesía y agradecimiento mutuo y me marché de allí sintiéndome en paz con el mundo y con la grata sensación de no deberle nada a nadie por primera vez en mucho tiempo. Ser rica era muy cómodo, parecía que siempre pisabas sobre suelo firme y que llevabas una especie de escudo protector que te mantenía al margen de cualquier problema o contratiempo inesperado.
Mi siguiente parada de aquella mañana fue en el Shanghai Club. Confiaba en que Paddy Tichborne se encontrara bastante restablecido y que no le hubiera dado por beber más de la cuenta. Me llevé una gran sorpresa cuando el conserje me dijo que ya no residía allí, que se había trasladado a otro alojamiento -y, por la cara que puso, deduje que debía de tratarse de un lugar barato y pobre- en la barriada de Hong Kew. Me despedí del conserje y del busto del rey Jorge V con frialdad e indiferencia y recuperé mi asiento en el rickshaw tras darle las nuevas señas al culí.
Resultó que la barriada de Hong Kew se hallaba entre la Estación del Norte y mi hotel, por cuyas inmediaciones pasamos, pero no tenía nada que ver con el Shanghai que yo conocía. Era un lugar miserable, sucio, en el que todo el mundo daba la impresión de ser bastante peligroso. Las pintas de maleantes, ladrones e, incluso, asesinos que ostentaban los que circulaban por allí me hicieron temblar como si estuviera viendo a los mismísimos sicarios de la Banda Verde con los cuchillos en la mano. Esquivé las miradas curiosas y salí del rickshaw a toda velocidad cuando el culí se detuvo en un estrecho callejón chino frente a un edificio de ladrillos con el portal más oscuro que había visto en mi vida. Allí, en el segundo piso, vivía Tichborne. Algo muy grave debía de haberle sucedido para que ese antro fuera su nuevo hogar.
Llamé a la puerta con preocupación, esperando encontrarme cualquier cosa extraña al otro lado, pero fue el mismo gordo y canoso Paddy Tichborne que habíamos dejado en Nanking el que me abrió y, tras examinarme unos segundos desconcertado, una luz brillante se iluminó en sus ojos y en su cara se dibujó una enorme sonrisa.
– ¡Madame DePoulain! -casi gritó.
– ¡Mister Tichborne! ¡Qué alegría!
Y era cierto. Incomprensible, pero cierto: estaba contenta de volver a verle, muy contenta. Hasta que me fijé en sus muletas y mis ojos descendieron hacia su pierna derecha, que ya no existía por debajo de la rodilla. Llevaba la pernera del pantalón recogida hacia atrás.
– Pase, pase, por favor -me invitó, apartándose con dificultad por culpa de las muletas.
Aquel garito presentaba un aspecto lamentable. Toda la casa era una única habitación en la que se veía, a un lado, la cama de sábanas sucias y sin hacer; al otro, una diminuta cocina llena de cacharros sin fregar y de platos y vasos sucios; y, en el centro, un par de sillas y una butaca alrededor de una mesa desvencijada sobre la que había, cómo no, un montón de botellas vacías de whisky. Al fondo, junto a una pequeña repisa con libros, una puertecilla debía de llevar al patio comunitario y a los servicios. Olía mal y no sólo por la suciedad de la casa. Hacía mucho tiempo que Paddy no había tocado el jabón. Su cara, de hecho, estaba sin rasurar y su apariencia general era de desidia y descuido.
– ¿Cómo está, Mme. De Poulain? ¿Cómo están los demás? ¿Y Lao Jiang? ¿Y su sobrina? ¿Y el niño chino?
Me eché a reír mientras nos acercábamos poco a poco a los asientos. No hice ningún remilgo a la hora de ocupar una de aquellas sillas grasientas y llenas de manchas.
– Bueno, mister Tichborne, tengo una historia muy larga que contarle.
– ¿Consiguieron llegar al mausoleo del Primer Emperador? -preguntó ansioso, dejándose caer como un peso muerto en la pobre butaca, que crujió de manera peligrosa.
– Veo que está usted impaciente, mister Tichborne, y lo comprendo…
– Llámeme Paddy, por favor. ¡Qué alegría verla!
– Entonces, llámeme usted por mi nombre, Elvira, y así estaremos a la par.
– ¿Quiere usted tomar…? -se quedó en suspenso, echando un vistazo al mezquino y sucio cuartucho-. No tengo nada que ofrecerle, madame… Elvira. No tengo nada que ofrecerle, Elvira.
– No se preocupe, Paddy. Estoy bien.
– ¿Le importa que yo me sirva un poco de whisky? -preguntó, llenando hasta arriba un vaso sucio que había sobre la mesa.
– No, de ninguna manera. Sírvase, por favor -contesté, a pesar de que él ya estaba dando un trago tan largo que poco le faltó para beberse de golpe el vaso completo-. Pero, dígame, ¿por qué ha dejado el Shanghai Club?
Su mirada se tornó huidiza.
– Me echaron.
– ¿Le echaron? -pregunté aparentando una sorpresa absolutamente fingida.
– Cuando perdí la pierna, ¿recuerda?, ya no estaba en condiciones de trabajar como corresponsal de prensa ni tampoco como delegado del Journal dela Royal Geographical Society.
– Pero la falta de una pierna no es motivo para que le despidan -objeté-. Usted podía seguir escribiendo, podía desplazarse por Shanghai en rickshaw, podía…
– No, no, Elvira -me cortó-. No me despidieron por no tener pierna, me despidieron porque empecé a beber demasiado cuando salí del hospital y no era capaz de cumplir con mis obligaciones. Y, como puede ver… -dijo, rellenando el vaso de nuevo hasta arriba y dando otro largo trago-. Como puede ver continúo bebiendo demasiado. Bueno, cuénteme, ¿dónde está Lao Jiang?, ¿por qué no ha venido con usted?
Había llegado la parte más difícil de la entrevista.
– Verá, Paddy, Lao Jiang ha muerto.
Su cara se desencajó.
– ¿Cómo dice? -balbuceó, atontado.
– Bueno, déjeme contarle toda la historia desde que usted resultó herido en Nanking.
Le expliqué que, por fortuna, un destacamento de soldados del Kuomintang que pasaba por Zkonghua Men en el momento en que estábamos siendo atacados por la Banda Verde nos salvó de morir aquel día. Ellos se encargaron de llevárselo a su cuartel y de proporcionarle asistencia médica.
– Eso lo sé -comentó-. Tuve mucha fiebre y no recuerdo todos los detalles pero algo hay de una pelea con un oficial del Kuomintang para que me trasladaran a un hospital de Shanghai cuando dijeron que había que amputarme la pierna.
– Exacto. El Kuomintang se hizo cargo de usted por ser extranjero y corresponsal de prensa. En cuanto les informamos, se ofrecieron a ocuparse de todo.
Primera parte de la nueva versión de la historia. No íbamos mal del todo. Mientras él bebía un vaso de whisky tras otro, le fui relatando nuestro viaje en sampán hasta Hankow, nuestra estancia en Wudang, lo que tuvimos que hacer para recuperar el tercer pedazo del jiance, los otros ataques de la Banda Verde, la peregrinación por las montañas hasta el mausoleo en el monte Li, cómo conseguimos entrar gracias al maestro Jade Rojo y su Nido de Dragón, y todo lo demás. Estuve hablando mucho tiempo, dándole toda suerte de detalles -pensaba en ese libro que, quizá, escribiría algún día-, pero le oculté a conciencia los detalles políticos del asunto. No volví a mencionar al Kuomintang, ni dije nada de los jóvenes milicianos comunistas, ni del Lao Jiang que se reveló en la cámara del féretro del Primer Emperador. Le conté, en cambio, que salimos los cinco de allí y que, cuando ya estábamos en el tercer nivel, subiendo por los diez mil puentes, una de las pasarelas se soltó, por vieja y gastada, y que Lao Jiang cayó desde una altura de más de cien metros y que no pudimos hacer nada por él; al contrario, tuvimos que correr, con grave riesgo para nuestras vidas, porque las gigantescas pilastras empezaron a venirse abajo, chocando unas contra otras, provocando un terremoto que hizo temblar todo el complejo funerario. Le expliqué el truco de los espejos en el nivel del metano, y también que, cuando ya estábamos saliendo del salón del trono, que se hundía bajo nuestros pies, apareció la Banda Verde y quiso detenernos pero que, viendo que todo el mausoleo se desmoronaba, echaron a correr con nosotros y que, cuando ya estábamos fuera, se marcharon sin ayudarnos, abandonándonos en mitad de la campiña.
– Sólo querían la tumba del Primer Emperador -farfulló Paddy, que arrastraba las palabras por culpa del alcohol. Se le veía dolido por la muerte de Lao Jiang, su viejo amigo, el anticuario de la calle Nanking.
– Lo cual nos lleva a la última parte y conclusión de esta historia -repliqué contenta, intentando animarle-. La Banda Verde ya no nos persigue. No le interesamos. Pero podría ocurrir que, como están al tanto de todo, si usted o yo nos paseáramos por Shanghai exhibiendo esto -y, al mismo tiempo, cogí de mi bolso un talón que había rellenado en el hotel antes de salir hacia el despacho del abogado y se lo puse delante, sobre la mesa-, podría ocurrir, como le digo, que la Banda quisiera amargarnos la vida.
Paddy alargó una mano, cogió el cheque, lo abrió muy despacio y leyó la cifra que yo había escrito. Se quedó lívido y empezó a sudar de tal manera que tuvo que pasarse por la frente, temblando, un pañuelo mugriento que sacó de un bolsillo del pantalón.
– No… No es… No es posible -balbuceó.
– Sí que lo es. En Pekín vendimos todas las joyas que habíamos sacado del mausoleo y dividimos en tres partes iguales la cantidad obtenida: una para Wudang, otra para usted y otra para mí.
– ¿Y los niños?
– Los niños se quedan conmigo.
– Pero yo no corrí tantos riesgos como ustedes, yo no llegué al mausoleo, yo…
– ¿Quiere callarse, Paddy? Usted perdió una pierna por salvarnos la vida, algo que nunca podremos agradecerle bastante, así que no se hable más.
Sonrió ampliamente y metió el cheque en el mismo bolsillo donde acababa de guardar el pañuelo.
– Tendré que ir al banco -murmuró.
– Tendrá usted que asearse antes -le recomendé-. Y, hágame caso, Paddy: váyase de China. No podemos fiarnos de la Banda Verde y usted es muy conocido en Shanghai. Coja un barco y vuelva a irlanda. No necesita seguir trabajando. Podría comprarse un castillo en su país y dedicarse a escribir libros. Nada me gustaría más que leer esta historia del tesoro del Primer Emperador en una buena novela que compraré en alguna de mis librerías preferidas de París. Los niños y yo podríamos visitarle de vez en cuando y usted podría venir a nuestra casa y quedarse con nosotros todo el tiempo que quisiera.
Le vi fruncir el entrecejo. No había continuado bebiendo. El vaso, lleno, permanecía abandonado sobre la mesa.
– Tendrá usted que conseguir los papeles de Biao -comentó preocupado-, si es que existen. No podrá salir de China sin documentación.
– Hablaré esta tarde con el padre Castrillo, superior de la misión de los agustinos de El Escorial -admití-, pero no me preocupa lo que me diga. El niño tiene ciertos contactos y podría conseguir documentación falsa en unas pocas horas. El dinero no es problema.
– ¡Cómo ha cambiado usted, Elvira! -exclamó, soltando una carcajada-. Antes era tan remilgada, tan timorata -Se dio cuenta de pronto de las insolencias que estaba diciendo y replegó velas-. Discúlpeme, no quería ofenderla.
– No me ofende, Paddy. -Era mentira, claro, pero había que decir eso-. Tiene usted razón. He cambiado muchísimo, más de lo que se imagina. Y para bien. Estoy contenta. Sólo hay algo que me preocupa.
– ¿Puedo ayudarla?
– No, no puede -repuse, contrariada-, salvo que esté en sus manos cambiar el mundo y conseguir que Biao no sea rechazado en París por ser chino.
– ¡Ah, eso va a ser muy difícil! -exclamó, quedándose pensativo.
– No sé cómo voy a resolver este problema. Biao tiene que estudiar. Es increíblemente inteligente. Cualquier especialidad de ciencias será perfecta para él.
– ¿Sabe de qué me estoy acordando? -murmuró Paddy-. Del «incidente de Lyon».
– ¿«Incidente de Lyon»?
– Sí, ¿nolo recuerda? Ocurrió hace un par de años, a finales de 1921. Después de la guerra en Europa, Francia reclamó mano de obra a sus colonias en China para cubrir el déficit de las fábricas. Se enviaron ciento cuarenta mil culíes. Al mismo tiempo, como propaganda, se invitó también a los mejores alumnos de todas las universidades de este país a continuar sus estudios en Francia, con la intención, decían, de promover las relaciones y el contacto entre ambas culturas. No quiera saber cómo terminó aquella historia -gruñó, retrepándose en el asiento-. A los pocos meses de llegar los primeros becarios, la Sociedad de Estudios Franco-Chinos estaba en bancarrota, no había ni un franco para pagar los gastos de estudios e internados. Los jóvenes, casi todos de buenas familias o especialmente inteligentes, como Biao, tuvieron que ponerse a trabajar en las fábricas junto a los culíes para poder comer y otros, con más suerte, encontraron trabajo como lavaplatos. Los demás se convirtieron en pordioseros que vagaban por las calles de París, Montargis, Fontainebleau o Le Creusot. El embajador de China en Francia, Tcheng Lou, se lavó las manos como Pilatos y anunció que no pensaba hacerse cargo de aquellos desgraciados entre los que, además, empezaban a hacer furor los ideales comunistas transmitidos, todo hay que decirlo, por el propio Partido Comunista Francés, que encontró en ellos un campo abonado y listo para sembrar.
Le escuchaba horrorizada, imaginando a Biao en semejante situación. ¿Qué sería considerado el niño en Francia? ¿Un culí chino, un lavaplatos, un obrero de fábrica, un revolucionario comunista…?
– A finales de septiembre de 1921 -siguió contándome Paddy-, los estudiantes organizaron una manifestación frente a las puertas del Instituto Franco-Chino de Lyon, ubicado en el fuerte Saint-Irénée. El embajador Tcheng manifestó que el Imperio Medio no pensaba hacerse cargo de aquellos agitadores así que, tras una dura carga policial en la que hubo bastantes heridos, algunos de aquellos estudiantes fueron expulsados del país y otros consiguieron que sus familias les mandaran dinero para pagarse el billete de regreso.
– ¿Intenta decirme que sería mejor dejar a Biao en Shanghai? -me angustié.
– No, Elvira. Le informo de lo que el niño se va a encontrar en Europa. No se trata sólo de Francia. La mentalidad colonial europea es un muro muy alto contra el que Biao va a tener que enfrentarse. Da igual que sea listo, bueno, honrado…, incluso rico. Da igual. Es chino, es amarillo, tiene los ojos rasgados. Es diferente, es de las colonias, es inferior. Siempre se pararán a mirarlo cuando vaya por la calle y le señalarán con el dedo en Francia, en Alemania, en Bélgica, en Italia, en Inglaterra, en España…
– Creo que es usted demasiado pesimista, Paddy -me sublevé-. Sí, será diferente, pero acabarán acostumbrándose a su diferencia. Llegará un momento en que las personas más cercanas, sus compañeros de aula, sus profesores, sus amigos no notarán que tiene los ojos rasgados. Será sólo Biao.
– Y, además, necesitará un apellido -apuntó Paddy-. ¿Le adoptará usted? ¿Se convertirá en la madre legal de un chino?
Ya sabía yo que iba a llegar ese momento.
– Si es necesario, lo haré -repuse.
Me miró largamente, no sé si con lástima o con admiración, y, luego, haciendo un gran esfuerzo, se incorporó y recogió sus muletas. Yo también me puse en pie.
– Cuente con mi ayuda -dijo sin más-. Ahora, voy a asearme, como usted me ha sugerido que haga, y voy a ir al banco. Me compraré ropa y un pasaje para Inglaterra. Después, pasaré por su hotel, aunque no me ha dicho dónde se aloja…
– En el Astor House.
– Me pasaré, pues, por el Astor y… No, mejor aún, me alojaré yo también en el Astor House y volveremos a hablar sobre este asunto. Gracias, Elvira -murmuró, tendiéndome una mano. Se la estreché con calor y me dirigí a la puerta, seguida por los rítmicos taconazos de sus muletas.
– Nos encontraremos, pues, en el hotel -dije a modo de despedida. Él sonrió.
– Hasta luego.
Pero ya no volvimos a verle. Aquella tarde, a la vuelta del orfanato tras arreglar todo el asunto de la documentación de Biao con el padre Castrillo, el conserje me entregó un sobre con los billetes de primera clase que M. Julliard había adquirido para los niños y para mí en el paquebote Dumont d'Urville que salía al día siguiente, miércoles 19 de diciembre, a las siete de la mañana, en dirección al puerto de Marsella. Junto al sobre del abogado, había otro con una nota firmada por Patrick Tichborne en la que me pedía disculpas por no acudir a la cita; había tenido la gran suerte de encontrar pasaje en un vapor que partía esa misma noche rumbo a Yokohama. Tras mucho pensar, había decidido marcharse a Estados Unidos, a Nueva York, donde podría conseguir que le pusieran la mejor pierna ortopédica del mundo. Prometía localizarme en París en cuanto volviese a Europa.
Pero no lo hizo. Ya no hubo más noticias de Paddy. Nunca volvimos a saber de él. Supongo que consiguió su pierna ortopédica y que se dedicó a vivir como un rey y a emborracharse en alguna parte del mundo con la fortuna conseguida en el mausoleo del Primer Emperador.
Los niños y yo regresamos a mi casa de París. Fernanda, debido a todo lo que había aprendido en China y, sin duda, a una cierta propensión familiar, desarrolló con los años un agudo sentido de la independencia que la convirtió en una mujer de genio terrible. Cuando el joven y brillante Biao entró en el afamado Lycée Condorcet, mi sobrina decidió que ella también quería estudiar. Mientras nos construían una espléndida casa en las afueras de París, me vi obligada a ponerle profesores particulares de las mismas asignaturas que tenía Biao en el lycée. Después de mudarnos, continuó estudiando y cuando Biao ingresó en l’Université de París, en La Sorbonne, para cursar ciencias físicas, ella fue la primera mujer extranjera que pudo matricularse -no sin que yo tuviera que recurrir a todas las amistades e influencias que me fueron posibles- en L'École Libre de Sciences Politiques, donde, al poco tiempo, conoció y se comprometió con un joven diplomático de ideas modernas que sabía manejarla como nadie.
Biao resistió con valentía las difíciles pruebas que tuvo que soportar en París por su condición de oriental. Nunca se tomó a mal las bromas de mal gusto ni los obstáculos que algunos idiotas pusieron en su camino. Continuó adelante como un tren sin frenos, doctorándose a los pocos años con las calificaciones más altas y todos los laudes universitarios existentes y, como en Francia no conseguía encontrar trabajo, acabó aceptando el contrato de una empresa norteamericana radicada en California que le hizo una oferta laboral digna de un emperador. Al poco de llegar a Estados Unidos conoció a una chica llamada Gladys y se casó con ella (ésa fue la primera vez que crucé el Atlántico) y un año después, Fernanda se casaba también con André, el diplomático experto en supervivencia, y se marchaba a un país impronunciable del continente africano.
¿Qué hice yo? Bueno, mientras tuve a los niños en casa, me dediqué a pintar y a comprar pintura. Gasté una considerable cantidad de dinero en adquirir cuadros de mis pintores favoritos y me convertí en una coleccionista de renombre. También abrí varias galerías de arte y una espléndida academia de pintura en la rue Saint-Guillaume. Cuando Fernanda y Biao se marcharon, me dediqué a viajar por Europa para visitar museos y exposiciones. Poco después, en 1936, un grupo de militares fascistas dio un golpe de Estado en España y comenzó la Guerra Civil. Me fui entonces al sur, a la frontera, donde colaboré personal y económicamente con los refugiados republicanos que huían del país. Era una tarea interminable, agotadora. Cruzaban a millares los Pirineos todos los días huyendo del ejército enemigo y estaban perdidos, sin dinero, sin comida y sin conocer el idioma. Llegaban sucios, enfermos, heridos, desmoralizados… Fue un trabajo muy duro que, cuando parecía tocar a su fin, tuvo su inmediata continuación en la Segunda Guerra Mundial. Para entonces yo había cumplido ya los sesenta años y Biao, que tenía dos niños de corta edad, me ordenó tajantemente que saliera de Europa y me fuera a California con su familia y con él. Fernanda, desde el país africano impronunciable, me aconsejó que lo hiciera, dijo que era lo mejor, lo más seguro, que Francia no tardaría en caer en manos de los nazis y que ella y sus dos pequeños hijos me seguirían en poco tiempo.
Y así fue como, en 1941, mi colección de pinturas y yo partimos rumbo a Nueva York en transatlántico y, luego, atravesamos en un tren especial aquel inmenso país de costa a costa hasta llegar a la ciudad de Los Ángeles. Tres meses después llegó mi sobrina con los pequeños. Como en casa de Biao no había sitio para tanta gente, compré una villa preciosa en Santa Mónica, donde se concentraban casi todas las galerías de arte de Los Ángeles, y también me compré un automóvil.
Al terminar la guerra, André dejó el cuerpo diplomático francés y se vino a California para trabajar como directivo en una empresa de exportación de cítricos donde le fue muy bien y prosperó mucho. Pero quien realmente prosperó fue Fernanda, que entró a trabajar por pura casualidad en el departamento de Asuntos Legales y Negocios de los estudios de cine Paramount, y hoy en día es el terror de los representantes artísticos de los actores más importantes de Hollywood. Los estudios están encantados con ella y yo sé por qué.
Ahora tomo el sol y sigo pintando. No me convertí en una pintora famosa pero sí en una famosa coleccionista y en una importante mecenas de grandes pintores. Ya soy muy mayor. Demasiado. Pero eso no me impide ir a la playa con mis nietos, ni nadar en la piscina de casa, ni conducir mi automóvil. Mi médico dice que tengo una salud de hierro y que seguramente llegaré a cumplir los cien años. Yo siempre le digo:
– Doctor, hay que vivir aprendiendo a reconocer lo que hay de bueno en lo malo y lo que hay de malo en lo bueno.
Y él se ríe y afirma que tengo unas ideas muy raras. Como ésa de hacer ejercicios taichi todas las mañanas al levantarme. Yo también me río pero, entonces, recuerdo a la vieja Ming T'ien mirando aquellas hermosas montañas que no veía:
– Actuar precipitadamente acorta la vida -me repite una y otra vez sin dejar de sonreír.
– Sí, Ming T'ien -le respondo.
– ¡Y acuérdate de mí cuando llegues a mi edad! -me grita antes de desaparecer.
Y, entonces, sigo moviendo mi energía qi en el jardín de casa, bajo el sol, con calma, con el pelo suelto como recomendaba el Emperador Amarillo.