40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 12

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11

– ¿Cómo llegaste hasta la playa? -se lanza por fin Bastian a preguntar tras haber enunciado y rechazado mentalmente otras formas de abordar la conversación con la desconocida que, frente a él, trata de aparentar calma y seguridad. Pero la delatan los pies descalzos, cuyas plantas restriega contra las baldosas en señal apenas perceptible de crispación interna, y las manos, que sin poderlo remediar tiran nerviosamente hacia abajo del borde del jersey de lana para cubrir unos milímetros más las piernas desnudas. Ha optado por el tuteo porque piensa que es lo natural tras haberla recogido de la playa, llevado hasta el caserón y acostado y arropado, sin contar con que durante todo ese tiempo ha tenido delante su cuerpo sin ropa. Por supuesto, la lógica de Bastian ha descartado durante las horas de convalecencia que se trate de Vera retornada, pero la insólita irrupción en su vida de la náufraga de la orilla le fascina irremediablemente. No es Vera rediviva. Pero podrían ser, de alguna manera, las turbulencias desatadas por Vera en la playa y en el acantilado las que hubieran succionado desde quién sabe dónde a la desconocida para depositarla sobre la arena con el objeto de que él, y sólo él, la descubriera y rescatara. No es Vera rediviva. Pero quién sabe.

Clara se toma su tiempo para responder, también ensaya y desecha fórmulas y estrategias hasta que comprende, con inesperado alivio, que lo mejor es la simple verdad. ¿Para qué mentir? Si quiere hacerme daño, me lo hará igual, y si no, ¿qué sentido tiene no decirle la verdad? Tal conclusión la relaja, sus pies dejan de frotar el suelo como si quisieran excavar una vía de escape. Siempre ha pensado que lo que tiene que ser, será.

– Vine buscando a Eloy -dice al fin, muy despacio. Su propia voz le suena un punto ronca, casi desconocida; un cálculo apresurado le permite precisar que éstas son las primeras palabras que dirige a una persona viva desde que partió de Madrid hacia Padrós hace cinco días, exceptuando el breve intercambio de frases con la recepcionista del hotel y las indicaciones que pidió a distintos viandantes hasta que le aclararon el camino de la playa; también ha hablado con Eloy, bastante, mucho… Pero eso no cuenta: el cálculo se refiere a personas vivas. Carraspea buscando suavizar la garganta y luego, para probar el ajuste vocal o porque es consciente de que la información que ha dado al desconocido es insuficiente, añade-: Murió hace diez días aquí, en Padrós. Un accidente de coche. Cuando volvía a Madrid, a nuestra casa.

El corazón de Bastian se encoge. También la ha traído un muerto. ¿Lo amaría? Seguro. Si no, no estaría aquí. ¿Otro amor traicionero, o de qué tipo? Ahora es él quien asienta los pies sobre el suelo, tenso y expectante, curioso.

– ¿Tu marido?

Ante la pregunta, Clara siente cómo sus músculos flaquean otra vez. Verbalizar una desgracia reciente es volver a traerla hasta primer plano, sacarla sin miramientos del camino de olvido o reposo que había iniciado, si ello es posible. Hundir uno mismo el cuchillo en la herida que cicatriza. Abrir los puntos de sutura. Pero sabe que explicarlo ahora es necesario, y puede que resulte además liberador. Traga saliva, cierra los ojos, los vuelve a abrir para clavarlos sobre el desconocido que aguarda.

– No. Eloy es mi hijo. Era mi hijo -pronuncia al fin, notando cómo la corrección del tiempo verbal le abre la carne.

Y calla, expectante sin saber qué espera, quieta como si el menor movimiento pudiera matarla de dolor. Bastian percibe la intensidad del silencio, el suyo propio desconcertado, y el de ella, tozudo y ensimismado. Bastian no es padre, pero sabe que la muerte de un hijo constituye un impacto emocional mayor que la muerte de cualquier otra persona, sea cual sea la relación que se mantenga con ella, y mira a Clara con respeto nuevo, recién nacido en ese instante. También ha captado y memorizado el tiempo verbal utilizado inicialmente por la mujer. Ha dicho «es». Ha hablado de su muerto en presente. Ese paralelismo con su propia obsesión le conmueve, es una marea repentina de solidaridad con la desconocida.

– Lo siento -dice sin mentir ni exagerar, con todo el humilde sentimiento verdadero de que es capaz. La mujer, acaso remotamente relajada, desplaza unos milímetros el pie izquierdo, luego acomoda de igual forma el derecho e inspira hasta el fondo de sus pulmones. Bastian cree percibir que sus labios quieren comenzar a dibujar una sonrisa de cortesía, aunque por último renuncien a ello.

Clara mira al hombre, midiendo el grado de autenticidad de su pésame. No miente. También él sabe lo que es sufrir una pérdida brutal.

– Gracias -replica con agradecimiento sincero.

Bastian se permite entonces relajar los hombros, que mantenía encogidos y crispados, y carraspea e intenta sonreír con naturalidad, pero su boca sólo descarga una mueca torpe.

– He puesto tu ropa a secar, pero temo… -comienza a explicar, y en el acto, al recordar que ella ha hablado de su hijo muerto, se arrepiente de su frívolo comentario. Carraspea otra vez, y cambia de conversación señalando la bola informe sobre la toalla-. También puse ese papel al calor. Me pareció que era importante. Lo que no sé es si se podrá recuperar.

– Muy importante, sí. Es una carta. Pero no importa. Me la sé de memoria.

Clara da dos pasos hacia la mesa donde reposa la carta de Eloy. Bastian ve las huellas de sus pies desnudos, brevemente silueteadas por la temperatura corporal sobre el suelo donde permanecía parada, como los pasos de un fantasma o una alucinación mínima, alargada lo que un guiño antes de desvanecerse.

La mujer tiene piernas firmes y bien formadas, bonitas y sensuales, constata Bastian fríamente, sin matiz erótico alguno. El esmalte rojo de las uñas de los pies aparece impecable, aunque resalta, desvalida entre las demás, una única uña sin pintar, descuido extraño en una mujer que parece gustar de arreglarse. Bastian siente un escalofrío al comprender lo que significa esa uña. Antes del mazazo, la desconocida tenía vida, sueños y ambiciones, proyectos a largo plazo y planes concretos, probablemente se pintaba las uñas en ese momento, tal vez para salir a cenar, y le faltaba sólo esa cuando la noticia de la muerte llamó a la puerta. La uña sin pintar representa la frontera entre el antes y el después, entre la vida y la vida sacudida por la muerte.

– El mar la ha hecho papilla. Voy a extenderla, a ver si no se han borrado las letras -Clara se ha atrevido a examinar en la mano la bola de papel, y habla para sí, sin dirigirse a Bastian. Suerte que memoricé tus palabras y tu último deseo…

Entonces, con convicción mayor que la experimentada ante las olas que casi se la llevan, cierra el puño alrededor de la bola de papel, lo único que le queda ya en el mundo, y la aprieta con toda la fuerza de su corazón. Se jura que aunque sea lo último que haga encontrará a la figura humana que parecía abrazar a un bebé en el fondo del mar. Y tan absurdo le suena a ella misma su juramento, acaso tan ridículo, que ni siquiera ha terminado de formularlo cuando ya siente su voluntad la tentación de resquebrajarse.

– ¿Qué decías de mi ropa? -pregunta, girándose hacia Bastian para eludir la desazón. Una prisa irracional la empuja a comenzar de inmediato sus pesquisas, aunque no supiera por dónde. Pero sí lo sabe. Emilia trabaja en un estanco. No habrá muchos en el pueblo-. ¿Dónde está mi ropa? Tengo que irme ahora mismo…

– La puse a secar… -Bastian señala con gesto inconcreto hacia el balcón, inesperadamente estremecido por la idea de que Clara se vaya.

¿Por qué desea que no lo haga? Sin poderlo remediar, mira embrujado a la mujer a quien ya vio desnuda en la playa, y durante el trayecto hacia la casa, y al meterla en la cama y arroparla. Sigue sin ser una mirada sexual, se compone más bien de intuición admirativa, de apoyo incomprensiblemente incondicional a los motivos desconocidos que la animan. Es imposible que Bastian sepa la decisión de Clara, pero su seguridad la muestra beligerante ante sus ojos, tan indiscutiblemente viva y envidiable… La mujer atraviesa la estancia y sale al balcón. Él no evita el impulso de seguirla. La encuentra examinando, contrariada, las prendas puestas a secar sobre la barandilla de piedra, el pantalón vaquero, todavía multiplicado su peso por el agua de mar y la lluvia absorbidas, la camiseta, tan empapada que parece una copia transparente de sí misma, y las zapatillas playeras, también caladas e inservibles. Sin que Bastian entienda por qué ni para qué, Clara extrae resueltamente los cordones de ambas y, obedeciendo lo que aparenta ser una ocurrencia súbita, une los dos extremos con un nudo que fija con media docena de tirones secos. Antes, cuando Clara dijo que Eloy era su hijo, Bastian se hizo preguntas sobre el padre del chico, por qué no ha venido con ella o simplemente quién es, pero la actitud física y mental de Clara, y hasta cada uno de sus movimientos, explican sin verbalizarlo, con misteriosa contundencia, que siempre ha sido una mujer esencialmente solitaria, que ese padre se fue un día, o nunca estuvo. Sola ella. Sola ella con su hijo. Y otra vez ella sola, más sola, desde la muerte de Eloy.

– ¿Me dejas algo de ropa para llegar al hotel? -reclama sin apartar la vista de su tarea.

Por causa de esa pregunta irreprochablemente ingenua, Bastian nota cómo el corazón comienza a golpearle en el pecho. Unas horas atrás, cuando acostó en la cama a la mujer, pensó que sería correcto, y un gesto que sin duda la tranquilizaría al despertar, dejarle alguna ropa seca sobre la mesa, como el jersey suyo que ella lleva puesto. Estaba pensando que sus ropas masculinas obviamente no servían, cuando de repente recobró vida un recuerdo borrado que se abalanzó sobre él desde el armario de roble situado a su espalda. Retornó un instante de su vida con Vera que evidentemente había olvidado por nimio e intrascendente, y por tanto no venía recogido en el meticuloso guión donde había reconstruido sus ciento ochenta y siete horas. En una de las primeras, quién sabe si la número veintisiete, o la diecinueve, o la veintidós, Vera depositó en el fondo del armario una bolsa verde con ropa por si se quedaba a dormir alguna noche y, que él supiese, nadie la había movido de allí. Avanzó hacia el armario con cautela y miedo, con excitada incertidumbre, y tras una primera duda tiró con determinación de la manilla metálica, guardando en la retina la constatación de su propio desasosiego reflejado en el espejo de la puerta del armario. La llave estaba echada, pero una ansiedad creciente, enfermiza, no le concedió la calma necesaria para ponerse a buscarla. Con el atizador de la chimenea había forzado sin miramientos la puerta, como si tras la plancha de madera se hallase la solución jamás entrevista a cuatro años de vigilia y desvalidez. La cerradura saltó… Y allí estaba la bolsa verde. Un impulso le ordenó cerrar de nuevo sin tocarla, sin dedicarle más que esa primera mirada estupefacta y asustada que no le había sido posible evitar. Se prometió no abrir la bolsa ni fisgar en su interior, pues la imagen le resultaba patética además de grotesca, pero ahora las palabras de Clara han roto su plan, le dan bula para romper su promesa. Ahora es el destino quien quiere que abra la bolsa.

– ¿Tienes ropa, sí o no? -apremia Clara, que por un instante ha visto rebrotar su desconfianza ante la crispación dubitativa de su salvador.

– En el armario… -dice por fin Bastian en un hilo de voz.

Clara, con el cordón anudado aferrado a la diestra, entra de nuevo en la estancia. Bastian escucha el chirrido de la puerta del armario al abrirse, y el levísimo roce de tela contra tela que se oye a continuación le indica que la mujer ha depositado la bolsa sobre la cama. El sonido de la cremallera rasga el aire como un latigazo; si algún retazo del espíritu de Vera permanecía atrapado en la bolsa verde, ahora, ya liberado, debe de estar revoloteando furioso por la habitación, como una avispa lúcida dentro de un tarro de cristal.

– No me has dicho tu nombre -levanta la voz Bastian hacia el interior. En realidad, nada le importa el nombre de la desconocida, pero siente la necesidad de comprobar que no es Vera resucitada o reencarnada, Vera la que ahora está desplegando las prendas de ropa sobre la cama.

Me llamo Clara -dice la voz felizmente reconocible de la desconocida.

Bastian, relajado por esa pueril constatación, se apoya sobre la barandilla de piedra, mirando hacia el mar. Lo importante es que no se ha transformado en el espectro de ella, piensa cuando le sobresalta otro ruido seco, duplicado, que sólo puede ser el de alguno de los pares de zapatos de tacón de Vera que dormían encerrados en la bolsa verde y Clara ha dejado caer al suelo, primero uno y luego el otro. Se está calzando tus zapatos.

– ¿Y tú? ¿Cómo te llamas? -resuena otra vez la voz de Clara.

Bastian se toma su tiempo para responder, la mirada clavada en el cielo lluvioso que, sorpresivamente, comienza a mostrar zonas azules, sin rastro de oscuridad ni vestigio de la tormenta, lagunas de luz que destacan sobre el gris como manchas de humedad en una pared inmaculada. El cielo de noviembre se está convirtiendo en el cielo de verano de hace cuatro años. Cambio de decorado, como las elipsis del cine.

– Juan Bastian -miente entre labios, con temeroso tono inaudible. Pero ¿realmente miente?

En el interior, Clara no ha escuchado la respuesta. Está ocupada en vestirse con la ropa de verano que ha encontrado. Ha optado por un vestido azul corto, sin mangas, y un par de sandalias de tacón muy alto también azules que destacan el contraste entre las nueve uñas esmaltadas y la única sin pintar. La mira como si reparase en ella por primera vez, pero no se permite caer en la trampa tendida por la lástima de sí misma. La ropa es por completo inadecuada para este día de noviembre, y el calzado, imposible para regresar caminando hasta el hotel, pero no hay nada más apropiado en la bolsa, y le pedirá a su salvador que la acerque en coche. Tal vez también conozca a la estanquera, la tal Emilia.

Tras vestirse, Clara toma el cordón de las zapatillas y se acerca a la mesa donde, sobre la toalla, sigue reposando el cadáver de la carta de Eloy.

– ¿Cómo dices que te llamas? -repite hacia el exterior. Mientras, repentinamente resuelta, introduce uno de los puntiagudos remaches metálicos en la bola pastosa en que se ha convertido la carta, atravesándola con la mitad del cordón y uniendo ambos cabos con un nuevo nudo.

Afuera, Bastian sigue callando su nombre verdadero, hipnotizado por el cambio del tiempo, que parece querer convertirse en el de cuatro años atrás. Casi inverosímiles de puro veloces, rayos de sol atraviesan el gris opaco del cielo tormentoso como espadas en la caja mágica de un prestidigitador. Luce el sol, como cuando huí. Y siente que si ahora mirase hacia el jardín frente al caserón con la apropiada concentración, se vería a sí mismo cuatro años atrás, subiendo frenético al coche y pisando el acelerador hacia la nada y hacia el miedo, escapando segundos después de que el disparo, el disparo único pero suficiente para precipitarlo todo, el verdadero pistoletazo de salida de su odisea, hubiese resonado al amanecer rasgando la falsa paz silenciosa del caserón donde Sebastián Díaz se ocultaba.

– Me llamo Sebastián. Sebastián Díaz -dice entonces en tono un poco más audible y resuelto, y por el mágico concurso de tan simple matiz siente fluir por su espíritu una fortaleza nueva. Es la primera vez en cuatro años que ha pronunciado su verdadero nombre. Y de repente comprende, casi conmovido, por qué no quiere que la desconocida caída del cielo se aparte de su lado. Con ella puedo volver a ser yo.

En la habitación, frente al espejo del armario, Clara se cuelga del cuello el improvisado collar de cordón de zapatilla que ha fabricado con sus manos desnudas. La joya más fea, barata e importante del mundo: un diamante de papel hecho con las palabras de su hijo muerto. La fuente de fe por la que apostarlo todo.

Aquí estoy, Eloy. He venido para creerte.