40279.fb2
– Sebastián… -reclama la voz de Clara.
Bastian traga saliva, sus sentidos se erizan y descuidan un instante la atención sobre las curvas de la carretera del pueblo. Es la primera vez en cuatro años que escucha pronunciar su nombre en boca de un ser vivo. Nadie lo hizo después de Vera, ella fue la última, con la mirada fija sobre él, intensísima, y la palma de la mano cariñosamente posada sobre su mejilla, eso pareció entonces, como si quisiera quedarse allí para siempre. «Cuando todo haya pasado, dentro de dos horas, tendremos nuestra oportunidad, Sebastián». Se giró y fue hacia el edificio de apartamentos, resuelta a matar a quien se interpusiera entre ella y los seis millones de euros. Nunca volvió a verla. Pero ésa fue la última palabra que le oyó decir: Sebastián.
La mujer que por primera vez en cuatro años acaba de pronunciar su nombre verdadero lleva el vestido veraniego azul y las sandalias de tacón también azules de la otra mujer que, hace cuatro años, se dirigió a él por última vez con ese nombre verdadero. Las prendas son las mismas. Las mujeres, no. El espectro se asoma inesperadamente a la realidad, como una niña pizpireta que saluda con la mano, al otro extremo del pasillo.
– Dime -responde tras volver a fijar los ojos sobre la carretera.
– ¿Sabes cuántos estancos hay en el pueblo?
– No, ni idea, no fumo… -se encoge de hombros Bastian-, ¿Por?
– Tengo que encontrar a una chica llamada Emilia. Tiene un estanco. O trabaja en uno. Era amiga de Eloy -explica Clara con naturalidad. Ha resuelto eliminar de sus palabras el tono sombrío al referirse a su hijo, persuadida de que conviene a la índole fuertemente emocional de la tarea que se ha impuesto. Ya volveré a llorar después. No obstante, le ha producido cierto cosquilleo haber pronunciado el nombre de Emilia. Conoció a varias amigas de su hijo, aunque de ninguna le constase que hubiese sido su novia; ninguna, que ella supiese, fue más allá del breve idilio pasajero. Sin embargo, el tono de su carta sugería mayor intimidad con Emilia y, aunque se haya propuesto lo contrario, Clara no puede evitar sentir de nuevo la ausencia. Busca a una muchacha que fue novia de su hijo muerto. Voy a conocer a su viuda.
– El centro del pueblo es pequeño, no puede haber muchos estancos, no creo que más de dos o tres. Preguntamos en el hotel mientras subes a cambiarte -Bastian quiere, antes de nada, llegar al hotel para que Clara se cambie de ropa. El vestido de Vera y sus tacones son una intromisión impúdica del pasado en el presente, usurpan a sus recuerdos la identidad que les da el tiempo transcurrido.
– ¿Sabes bucear? -cambia de tercio inesperadamente Clara.
Ha logrado, o eso piensa, definir por fin el ensimismamiento de Bastian. Hasta ahora lo ha interpretado como timidez extrema. Lo que ocurre es que tiene miedo. Y por eso vive de puntillas.
– Sé flotar -responde Bastian amagando una sonrisa escueta, aunque trascendente: ¡Vaya! ¿Hace cuánto que no sonreía espontáneamente?-. En una piscina, en la orilla del mar, en un tramo de río que cubra poco. Fuera de eso, poco. ¿Por?
– Yo fui una gran buceadora, hace años. He buceado por todo el mundo. Enseñé a Eloy. Muchas veces nos sumergimos juntos. Hasta que lo dejé, hace tres años. Ya no sentía la misma seguridad bajo el agua, tuve un problema de corazón y no he vuelto a sumergirme…
– Mmm -asiente vagamente Bastian, preguntándose adónde quiere ir Clara con esa conversación.
– Eloy me dijo que buceó aquí, en la bahía de Padrós. Dime algo, cuando me encontraste en la playa… ¿Imaginaste por qué me había desmayado?
– Pues le di varias vueltas, no creas. Podía ser que quisieras suicidarte, pero parecía una forma un poco estúpida, y lo descarté. Luego pensé también que eras alguna melancólica empedernida, un poco chiflada, que te habías desmayado por algún exceso de amor. También -y aquí se vuelve Bastian un instante- pensé que eras una mujer de mi pasado. Una muerta que volvía. Pero eso no, ya veo que no lo eres, ya veo que estás bien viva -opta por terminar con cierto tono de broma.
Clara sonríe brevemente y deja transcurrir una mínima pausa. Luego da su explicación tajante:
– Me desmayé de impotencia.
– ¿Impotencia?
– Por comprender que tenía mucho miedo a sumergirme de nuevo, por lo del corazón.
– Pero nada te obligaba a sumergirte, ¿no?
– ¿Cómo que no? He venido a Padrós para bucear en este mar, a los pies del acantilado. Eloy lo hizo, supongo que por puro placer, buceaba en cuanto había medio metro de agua. Pero aquí vio una cosa extraña bajo el agua. Algo increíble que me gustaría comprobar con mis propios ojos, pero…
– ¿Una cosa extraña bajo el agua?
– No lo creerías. Ya te he dicho, es increíble -remata Clara en tono frívolo. No quiere contar lo del hombre y el bebé sumergidos, porque Bastian pensará que está loca-. Oye, tú que has vivido aquí tantos años… ¿Has oído hablar de Gabriel Ortueño Gil, un poeta de principios de siglo?
Bastian desvía un instante la mirada, por primera vez recelosa más allá de la simple sorpresa, hacia Clara.
– Creí que habías venido a Padrós por tu hijo.
– Y así es.
Bastian sigue desviando la mirada desde las curvas de la carretera hacia Clara, intermitentemente. La mujer ha respondido con absoluta naturalidad, pero él dejó hace mucho de creer en las casualidades, y le parece bastante curioso que fe haya preguntado por Gabriel Ortueño Gil.
– El poeta asesino -deja caer con suavidad, y observa de reojo la reacción de Clara.
– Justo. Eloy estaba investigando sobre él. Para su tesis. ¿Qué sabes de él?
Bastian, acostumbrado a sospechar de todo y de todos, a temer a todo el mundo, a cerrar sus sentimientos a cualquier ser viviente que se le acerque, se dice de pronto que tal vez está exagerando su recelo hacia la desconocida. Voy a probar. ¿Por qué no? Respira hondo una vez y otra, asentándose en su decisión. Sí, voy a probar a confiar en ella.
– Pasó todo hace algo más de un siglo -comienza a explicar.
– En 1902, sí.
– Este hombre era poeta, o actor, iba por los pueblos recitando, viviendo de lo que podía. Era bastante popular, porque además de ser por lo visto un tío muy guapo, con fama de don Juan, fue un héroe en la guerra de Cuba. Pero aquí, en Padrós, cometió un crimen horrible.
– Mató a un bebé de pocos meses, lo sé -y de nuevo le viene a Clara a la cabeza la imagen submarina descrita por Eloy… un adulto, hombre o mujer, eso no lo sé, sosteniendo en brazos a un niño pequeño, a un bebé…
– Todavía peor, más cruel, más monstruoso. Sí, ésa es la palabra, monstruoso. El niño era hijo de su amante. Debió de ser una venganza, o algo así, una cosa de odio salvaje, demencial. Pero ahora sí que te voy a sorprender. Dime, ¿crees en las casualidades?
– No, no creo en las casualidades -afirma Clara, contundente. No creo en nada. Sólo quiero creer en Eloy.
– ¿Sabes quién era la madre del bebé? -Bastian alarga un poco la pausa, inesperadamente divertido por la intensa curiosidad que ha logrado despertar en Clara. Pero no es sólo eso, se demora también en el aprecio de esta conversación relajada, interesante, llena de estímulo, con una mujer que nada sabe de sus turbulencias pasadas, una mujer que leal y apaciblemente lo ha aceptado como Sebastián, el hombre que, simplemente, la ha ayudado tras su desmayo. Tras cuatro años, la primera vez que soy el que fui-. Pues la madre era una mujer que vivía con su marido en mi casa, en la casa donde has estado hace cinco minutos. ¿Qué te parece? Mis padres la compraron en los años sesenta, cuando llevaba ya un tiempo deshabitada. La dueña se llamaba Leonor, y el marido, Montaña, Tomás Montaña. Fue a América de joven y volvió muy rico. Era el amo de Padrós, aunque lo cierto es que hizo mucho por el pueblo, todo el mundo lo quería. Esa letra eñe enorme que cuelga de la entrada de mi casa la puso él, por eso en el pueblo a Leonor se la llamaba Leonor la de la Eñe. La habitación donde has estado era la suya. Has dormido en su cama.
Clara, que no cree en las casualidades, siente un estremecimiento en todo su cuerpo y en toda su razón. La mente trata de definir la causa exacta de su crispación sin conseguirlo. Mira a Bastian en silencio, vapuleada por emociones indescifrables. El azar, o quien se oculte bajo ese disfraz, la ha depositado, literalmente, sobre la cama de la mujer cuya historia investigaba su hijo. Clara siente que su vínculo con los pasos que dio Eloy en Padrós es ahora de una solidez inquebrantable, y sólo puede conducirla hasta el último aliento del espíritu de su hijo. El vértigo la invade. Hace un instante estaba ante un abismo desconocido. Ahora se ha lanzado de cabeza a él.
– ¿Qué fue de Leonor?
– Murió.
– Hombre, ya… Obvio, ha pasado un siglo.
– Obvio, sí, aunque bueno, no tanto… También surgieron leyendas sobre su fantasma, que erraba buscando a su hijo. Un chaval que llevaba los bueyes de regreso al establo vio a su fantasma en los años cincuenta. Todo esto lo sé bien, en detalle, hasta lo de los bueyes, porque ya te imaginas que en Padrós lo he hablado mil veces con los vecinos. En los pueblos, este tipo de leyendas son comunes. Si ahora hay poco en qué entretenerse, imagínate en 1900. Leonor debió de morir a finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta, creo. Todo el mundo piensa que cuando el chaval de los bueyes la vio ya era un fantasma.
– ¿Entonces no es seguro cuándo murió? ¿Ni cómo?
– No, ni cuándo ni cómo. Estaba muy trastornada, loca desde la muerte del hijo. Cuarenta años loca, ¿te imaginas? El marido la llevó a un sanatorio mental no muy lejos de aquí, todavía quedan restos del edificio. Pero un día Leonor, ya anciana, desapareció del sanatorio, escapó. Y no se supo más de ella. A mí, de joven, me daba cierto morbo vivir en una casa con esta historia tan dramática dentro.
Mientras habla, recuerda el día en que Vera, tras conocer alrededor de la hora ciento diez la historia que acaba él ahora de contar a Clara, sintió el obsceno apremio de hacer el amor sobre la cama de dosel de Leonor, por si se avenía el espectro de la desdichada a formar un trío con ellos. Lo hicieron entre risas, sin que por supuesto acudiera fantasma alguno. Pero hoy, tras fluir sin prisas ni aspavientos el tiempo inexorable, también son sombras transparentes aquellos Sebastián y Vera que se abrazaron sobre la cama arrebatada al espíritu de una loca que murió de pena, y de pronto aquel acto le parece lo que no le pareció entonces: la vejación indigna de la intimidad del espectro.
– ¿Y el marido, el tal Tomás Montaña?
– También chiflado, supongo que por la muerte del bebé. Tomás Montaña, a pesar de todo su dinero y de todo el cariño y respeto de la gente, murió también con la cabeza perdida. De muerte natural, sobre mil novecientos cincuenta y poco. Se dice que en sus últimos tiempos se paseaba por el caserón con los revólveres que trajo de América al cinto, pegando tiros. Si quieres, luego volvemos y te enseño algunos balazos en las paredes.
Clara apenas escucha los detalles biográficos de Tomás Montaña. Una imagen del relato ha adquirido protagonismo, pegándosele al corazón encogido: Leonor erraba buscando a su hijo…
– El mar de este acantilado vive una maldición de amor -dice Clara en voz baja, y la frase que sustentaba la carta de Eloy les hace callar como si el mar que bordea la carretera por la que avanza el coche tuviera efectivamente poderes sobrenaturales. Con la vista en el camino de curvas y la emoción fijada sobre sus respectivos muertos, Bastian y Clara llegan hasta las callejuelas del centro y, tras un laberíntico recorrido, Bastian frena con suavidad en una placita en medio del pueblo, ante un antiguo palacete convertido en apacible hotel familiar.
– Aquí está tu hotel. Aparco en ese hueco mientras subes. Te acompaño a buscar el estanco y ya te dejo. ¿Te basta una hora?
– Me sobran quince minutos -corrige Clara. Pero en vez de apearse permanece mirando a su compañero, con la sensación de que éste desea añadir algo.
A Bastian le gustaría que Clara no se moviera del coche, que durante el resto del día siguieran hablando como acaban de hacerlo ahora, que sus respectivos pasados les concedieran la tregua de un día agradable, paseando bajo la lluvia de noviembre. Pero sabe que no puede ser.
– Vale. Quince minutos -dice tan sólo.
Cuando Clara desciende por fin y rodea el coche camino de la entrada del hotel, Bastian ve alejarse a una mujer que por una décima de segundo, el vestido y las sandalias, mi imaginación, mi delirio, le vuelve a parecer Vera, saturando de plenitud emponzoñada su vida, en cualquiera de sus ciento ochenta y siete horas inmortales.
También él se apea, y cierra de un portazo furioso, como si el coche tuviera la culpa de los picos de su obsesión. ¿Por qué entraría a aquel restaurante y miraría hacia la esquina donde la ciega comía solitaria?
Ya estaba acostumbrado a la rutina de mi muerte en vida…
En una de las terracitas que ofrecen las habitaciones del hotel, una del segundo piso, cuelga de una percha metálica, parcialmente visible desde la posición de Bastian, un traje de buceo negro mecido suavemente por el aire. Bastian comprende que es la habitación de Clara, y siente renovado respeto, casi emoción, hacia la mujer. La salud le impide sumergirse, pero por su hijo ha traído el traje de buceo. Y buceará, acabará por bucear en busca de esa cosa extraña que Parece hallarse bajo el agua. Qué suerte tienes, Eloy. Te aman. El traje negro vacío, desvalido ante el viento, representa bien a su propietaria, esta Clara solitaria, rota y valiente. ¿Quién eres, Clara? ¿Por qué has aparecido? Hay movimiento repentino en el segundo piso del hotel. El ruido de la puerta de la terraza al abrirse rasga un instante la paz de la placita. Un antebrazo, obviamente el de Clara, aparece un instante para colgar junto al traje de buceo el vestido azul que perteneció a Vera. Desaparece el antebrazo, se rasga otro instante la paz de la placita al cerrarse la puerta de la terraza, y Bastian queda a solas con su propia inquietud, fascinado por el inimaginable significado de la visión: dos vestidos de mujer sostenidos en la nada, danzando huecos ante él.
– ¡Oye, chaval! -grita como si buscara huir del hilo de sus pensamientos, llamando a un chico de trece o catorce años que pasa junto a él con un cigarrillo encendido entre los dedos-. ¿Sabes dónde puedo comprar tabaco? ¿Un estanco por aquí?
El chico lo mira con recelo, rascándose la barbilla como si buscase rastros del primer asomo de barba. Está harto de que los adultos le repitan que fumar mata, pero éste no parece un pelmazo, sino alguien extraviado que ni siquiera ha reparado en que el estanco está ahí mismo, a cinco metros de donde ha aparcado el coche, y por eso le cae simpático. Se lo señala agitando con suavidad el índice arriba y abajo, muy despacio, recreándose en la arrogante indolencia de su gesto, que le hace sentirse superior al adulto, y luego se aleja, regalándose, retador con el mundo, una calada profunda.
Bastian lo mira y se ve a sí mismo de adolescente. Optó por no fumar porque pensó que la imagen del cigarrillo en la mano desacreditaba su vocación de buen chico conservador y cabal, siempre con las mejores notas escolares. Su sólido acatamiento a toda forma de orden, calcado del acatamiento previo de sus padres, no le había permitido eludir el fracaso profesional ni vital, ni tampoco ser inmune a la seducción letal de Vera; tal vez fue incluso determinante para que ésta se produjera, hasta puede que ella lo considerara al elaborar su plan: «Busco hombre de cuarenta-cuarenta y tantos, vida gris y mediocre, a ser posible educado en colegio de curas. Imprescindible no haber vivido jamás una salvaje pasión sexual». Bastian se pregunta, cuando el chico fumador ha girado en la esquina desapareciendo de su vista, si el desparpajo que ha exhibido ante él se desarrollará en el futuro, evolucionará hacia una personalidad segura de sí, pletórica, dominadora de su entorno. ¿Qué habrías hecho si el dueño del caserón llega a ser un vividor experimentado? ¿Con qué recursos me habrías seducido entonces?
– Buenos días. ¿Trabaja aquí una chica llamada Emilia? -nada más entrar al estanco vacío de clientes, se dirige al sesentón calvo y alto, de gafas de gruesos cristales apoyadas sobre la punta de la nariz, que anota cifras en un papel inclinado sobre el mostrador. Si éste hubiera sido el dueño del caserón, ¿también te habrías apañado para hacerlo enloquecer?
El hombre alza la vista a la vez que se ajusta las gafas con un instintivo golpe seco. Inspira gravemente antes de contestar. Bastian piensa que algunas personas inspiran gravemente antes de contestar hasta la pregunta más simple. El estanquero es una de ellas.
– No, aquí no.
– ¿Y en algún otro estanco del pueblo? ¿Le suena?
El hombre inspira de nuevo.
– No.
Bastian se fuerza a sonreír:
– Y… ¿hay algún estanco más por aquí cerca?
Tras inspirar, esta vez largamente, el hombre extiende el brazo derecho hacia la puerta. Bastian cree que lo está expulsando de su local.
– En la plaza Indiano Sánchez, por ahí a la derecha.
– Sé dónde está la plaza, gracias. Y ahora caigo en que también me suena el estanco. Un millón de gracias -agradece a la vez que retrocede hacia el exterior. El hombre inspira y vuelve a enfrascarse en sus cuentas antes de que Bastian llegue a salir.
Sí, ¿qué habría pasado si éste llega a ser el dueño del caserón?
A Clara le han sobrado algunos de los quince minutos para encontrarse lista junto al coche. Ataviada a su estilo, el que debe de ser el verdadero, con pantalón vaquero, jersey verde, botas negras y una cazadora de cuero también negra, genera en Bastian una insólita desazón: le alivia que ya no vista como Vera, le decepciona que ya no vista como Vera.
– Emilia trabaja en el estanco de la plaza del pueblo, me lo han dicho en recepción. ¿Sabes llegar?
Se le ha adelantado para conseguir, rápida y efectiva, la información que buscaban. Es lista, resuelta, imparable. Le gusta, y por ello le dedica una sonrisa mientras se pone a su lado para descender por una calle a la izquierda, y luego otras dos a la derecha, antes de desembocar en la plaza. En el trayecto le pregunta:
– ¿Has colgado el vestido azul junto al tuyo de buzo por alguna razón?
– Manías de orden -lo mira Clara con naturalidad que desarma cualquier recelo-. Lo puse en el lavabo mientras me duchaba. Con el gel del hotel. No es lo mejor, pero olía a humedad, seguramente por llevar tanto en esa bolsa. Y luego lo tendí.
– Mmm… Oye, discúlpame, es una simple curiosidad. ¿A qué te dedicas?
Durante las horas en que Clara permaneció desmayada, Bastian elucubró, entre otras cosas, sobre el oficio de esta mujer surgida de las aguas, y su fantasía había sugerido que podía ser artista, tal vez pintora o escultora o, más pragmático pero también dentro de lo creativo, ejecutiva de una casa discográfica o una productora de televisión, tal vez editora o galerista de arte, galerista especializada en arte africano, o centroamericano, o algo así.
– Soy economista. Trabajo para una firma holandesa especializada en auditorías. ¿Por?
– No, por nada. Curiosidad -zanja Bastian el tema, remotamente decepcionado.
La plaza, entre el tiempo desapacible y la hora laboral, se encuentra desierta. A Bastian le parece el negativo triste, apagado, de la colorida foto de años atrás, cuando Vera y él aparecieron desde otra de las callejuelas buscando, a pesar de la temprana hora, un lugar para desayunar. Habían pasado juntos la noche, abrazados, y por la mañana, tras el sexo implacable, fueron a desayunar en el pueblo y resurgieron las preocupaciones de Vera, que Sebastián quiso hacer suyas para demostrarle la sinceridad de su amor. A pocos metros del estanco hacia el que se dirige ahora con Clara, y en el que ni siquiera reparó entonces, quedaban sin desmontar algunas mesas de las cenas al aire libre de la víspera, y entre los dos despejaron la superficie de una de ellas y se sentaron, imaginando que algún camarero acabaría por aparecer antes o después. Vera permaneció en silencio con gesto solemne, concentrada en problemas que su rostro nunca había exteriorizado así. Medio minuto, tal vez un minuto. Él la observaba, contagiándose de la gravedad. Era la hora noventa, o la hora noventa y cinco. El tiempo, aunque él lo ignorase entonces, apremiaba ya a Vera, y a pesar de que le urgía solicitarle ayuda, debía también mostrarse cautelosa a la hora de exponer un plan criminal a un hombre normal y corriente. Podía asustarse, huir. Contárselo debía ser necesariamente un movimiento de alta precisión, como el primer golpe del joyero sobre el diamante en bruto: la precipitación no tendría vuelta atrás. «Estoy metida en un lío muy gordo, necesito tu ayuda», le había adelantado horas antes a modo de preámbulo para que las palabras comenzasen a operar sobre él, predisponiendo su mente enamorada. «Y supongo que para contártelo bien es necesario que empiece por hablarte de Humberto», continuó apenas se hallaron con sendos cafés frente a sí, tras pedírselos por señas a un camarero somnoliento que había asomado desde la puerta del bar. Ahí había vuelto a escuchar el nombre de Humberto ya escuchado antes una vez, pero ahora le pareció que Vera lo pronunciaba con un matiz más complejo que el simple miedo, y más perturbador que la lineal inquietud. La frase siguiente, tal vez por toda esa ambigüedad significativa, se le quedó pegada a la memoria. La recuerda aún, la revive hoy, y por supuesto la entiende en su totalidad ahora, mientras entra detrás de Clara al estanco, fascinado por la idea de que ahí al lado, apenas a unos metros de donde está pisando en este instante, Vera lo miró a los ojos y habló muy despacio, esmerándose en dotar de dramatismo a sus palabras: «Humberto, si se lo propone, puede Parecer cualquiera de todas las cosas buenas que no es».
Bastian recuerda cómo Sebastián sintió que las tres sílabas que componían el nombre de Humberto venían teñidas de algo parecido a la admiración, y por ello alentaron un imperceptible viento frío sobre su amor sin fisuras ni límites. La paz salvaje de la posesión exclusiva se descolocó, levemente estremecida por el temblor de lo que, quisiera él o no, parecía razonable denominar celos.