40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

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El billete de cinco euros contiene una historia de muerte, resurrección y vida nueva pero incierta, piensa el recién nacido Bastian.

Muerte y resurrección. Incertidumbre. Yo.

La camarera acaba de depositar el billete en un platito marrón, junto a unas pocas monedas que constituyen el resto del cambio. Él lo mira sin atreverse a tocarlo, como si el simple contacto del desvaído color azul del papel manoseado fuese venenoso. ¿Cuál será la biografía de este billete? ¿Qué caminos habrá recorrido hasta llegar a la caja registradora de donde lo ha extraído la camarera para llevarlo hasta él? Pudo llegar hasta la cafetería en el bolso de una mujer joven que convidaba a una amiga para contarle dónde viajará de luna de miel, una historia de felicidad mediana como hay millones; o tal vez, en clave más dramática, vino en la mano sudorosa de un alcohólico que lo utilizó para pagar el vaso de cerveza que enseguida llevó temblando hasta los labios, temeroso de no lograrlo; o pertenecía a cualquier extranjero llegado un rato antes al aeropuerto, que lo habría usado nada más bajar del taxi para pagar su primer café en tierra española y, tal vez, hacerse una foto del momento que luego remitiría a sus amigos y familiares desde el teléfono móvil. Las cajas registradoras contienen tantas historias como billetes, tantas como monedas… Él ha aportado la suya, seguramente la más inaudita de todas, y también la más intensa: además de contener la muerte y resurrección propias, certifica su vida en vilo. Hace un momento entró al bar, ruidoso y atestado de oficinistas a la hora del desayuno, pidió un café solo y apenas la camarera se lo sirvió extendió hacia ella el billete de diez euros que llevaba en la palma de la mano, dentro del bolsillo lateral de la americana, apretado con tal fuerza que cuando lo puso sobre la barra hubo de abrir y cerrar varias veces la mano para recuperar la circulación. La joven tomó el billete, y el acto sencillo e inocente, probablemente repetido en ese mismo instante millones de veces en todo el planeta, supuso para él una frontera trascendental, única e irreversible; sobre todo irreversible.

Unas cuantas horas antes, puede que a las dos y media de la madrugada, puede que a las cuatro, lo ignora porque desde días atrás su insomnio no mira el reloj, se hallaba sentado en la cama de la pensión con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y los pies sobre la moqueta del suelo, uno a cada lado de la bolsa del dinero, cuando por fin tomó la decisión. La serpiente de silencio, inmóvil frente a él, lo acuciaba a ello… Y lo hizo así, de pronto. Un súbito chasquido luminoso le sacudió la mente con un golpe verbal.

¡Ya!

Sin pensarlo dos veces, aprovechó la estocada de la osadía, descorrió con un gesto seco y preciso la cremallera de la bolsa y permaneció expectante… Nada se movió en el interior, la bolsa no respingó, ni la vio luego agitarse por el ritmo de alguna respiración ominosa. Para asombro de su bulliciosa paranoia, era una bolsa normal: el objeto inanimado e inerte, sin demonios al acecho en el interior, que su razón llevaba insistentemente explicándole. Una y otra vez se había dicho a sí mismo que sus manos habían abierto ya la bolsa en Padrós, que estaba comprobado que ningún peligro le aguardaba en su interior, pero aun así esperó todavía un poco antes de separar los dos labios de la gran boca abierta de la bolsa, y cuando lo hizo se ayudó de un bolígrafo para no rozar la tela con los dedos. Miedos inverosímiles e ilógicos dirigían sus actos. Escrutó la oscuridad interior, acercó un poco más la cara y acabó por sentarse en el suelo, junto a la bolsa destripada, tras depositar el revólver sobre la cama, a su alcance. A los pocos segundos, el familiar hombre calvo del espejo, sentado en el suelo frente a él, y como él junto a una bolsa abierta, tomó la iniciativa. Lo vio meter resueltamente la mano izquierda en el estómago de la bolsa y palpar en su interior, primero la esquina derecha, luego la parte central… La bolsa respondió a la exploración con un gemido casi inaudible hecho de sonidos mínimos de papel contra papel, de papel sobre papel, de papel bajo papel. Una colmena de billetes de banco se desperezaba en infinitas formas rugosas al paso de los dedos del hombre del espejo. Cerró al azar el pulgar y el índice, como una pinza de precisión quirúrgica o de tragaperras que sortea chucherías, y tiró hacia arriba. La mano extrajo un único billete: los primeros diez euros de los seis millones que debía de contener la bolsa. Lo miró con curiosidad, le tuvo lástima al verlo bregado por la vida y envejecido, y mimosamente lo alisó y depositó sobre la cama, junto al revólver, adoptándolo en el acto como el primer amigo de su vida nueva. Luego, llevando su valor más allá que el del hombre del espejo, metió de golpe las dos manos y sacó un buen puñado de billetes, y luego otro, y luego otro. La mayoría eran billetes de cincuenta y de cien euros, también algunos de doscientos y de quinientos. Tras la octava incursión, resolvió atajar la tarea y volteó la bolsa, agregando de golpe todo su contenido al montículo de papel multicolor que había ido formando ante sus pies. La cascada de billetes arrastró en su caída fajos aislados como cadáveres en una riada. Ni su condición de aterrorizado condenado a muerte le impidió respingar con un remoto titubeo de euforia. ¿Existe tanto dinero? ¿Y está todo junto aquí, en mis manos? Volvió a sacudir la bolsa, súbitamente impaciente, codicioso como nunca habría sospechado. Ahora, como si la primera oleada hubiese sido una nimiedad o una broma gastada por los dioses de la abundancia a su ingenuidad de nuevo rico, cayeron sobre el colchón de dinero fajos de billetes de doscientos y quinientos euros, todos ceñidos a la perfección, como recién comprados en una tienda de lujo. Una suerte de primitivo alarido de guerra surgió, incontrolable, de su garganta. Tuvo que pensar en Vera muerta, recordarse que él mismo sería muy pronto un cadáver torturado por Humberto para amedrentar su instintiva alegría. Pero es imposible sentir decepción, indiferencia o repudio ante seis millones de euros en efectivo. Haber reunido la resolución necesaria para enfrentarse al contenido de la bolsa fue una prueba de valor que exigió el salto a la siguiente etapa. Tocaba ahora contar su fortuna. Entonces sí miró el reloj: las tres y diez de la madrugada. Inspiró y se lanzó a la tarea. Primero, ordenar la informe masa de dinero. Tomó los fajos de billetes y los catalogó: a un lado los de quinientos y a otro los de doscientos, también alguno de cien. Ninguna de las tiras de papel que los ceñían mostraba el logotipo del Banco de España. Era dinero negro, aunque perfectamente contado y atado en paquetitos de cien por minuciosos contables del hampa, en algún lugar difuso entre la casilla de salida de la legalidad de la Fábrica de Moneda y la meta última de la clandestinidad, en esta habitación de una pensión barata de Madrid. Apiló y apiló, parando a veces para secarse el sudor que la excitación ponía en su frente. En ocasiones, las columnas se venían abajo cuando la acumulación apresurada rompía el equilibrio, y se veía entonces obligado a empezar de nuevo, repartiendo en cuatro columnas menores los restos de la derrumbada torre de la riqueza. Cuando hubo alfombrado con montículos de dinero una zona del suelo, tomó papel y bolígrafo y empezó a contar con técnica de náufrago o convicto: un palito por cada fajo y una línea cruzada sobre cada línea de diez palitos. Cuando hizo la suma final salía una cifra de quinientos treinta y seis mil euros, sin contar los billetes pequeños. Sintió cómo la rabia le descolocaba las neuronas. ¿Sólo quinientos treinta mil? Por tres veces, como un usurero novato, sumó los parciales y los totales, y por tres veces salió la misma cifra: quinientos treinta y seis mil euros, más otros treinta y tantos mil en billetes sueltos. Eran las nueve y veinte de la mañana. Llevaba seis horas contando dinero, estaba hambriento y cansado, e incluso en algunos momentos había logrado olvidar la trágica aventura que lo había llevado hasta allí. Ahora, sin embargo, presidía sus emociones una colérica impotencia. Alguien, en el camino, se había quedado más de cinco millones de euros. De pronto su vida, como una desastrosa operación de bolsa, se había derrumbado hasta menos del diez por ciento de su valor de unas horas antes. Guardó los fajos en la bolsa, la cerró y la depositó junto a la puerta, consciente de que, con decepción y todo, acababa de cruzar otra frontera: no es lo mismo llevarse un saco de dinero de la mafia sin saberlo que contar ese dinero y apropiarse de él. Tomó la americana de lino, la extendió sobre la cama y arrojó encima los numerosos billetes sueltos. Y fue entonces, al disponerse a unir las mangas con un nudo para improvisar un hatillo, cuando vio, aislado sobre la cumbre de la montaña de dinero, un papelito doblado en cuatro que se diría cuidadosamente colocado allí por el inexistente y terco azar. Sus movimientos se congelaron en el aire: parecía un mensaje. ¿De quién? Pudo escuchar cómo se detenía su respiración en el interior de los pulmones. ¿Un mensaje de Vera? Se sentó sobre el colchón, ante los billetes cuyo valor había dejado de pronto de importarle. Tras algunos largos minutos contemplando inmóvil el papelito, no halló valor para leerlo en la soledad de su reclusión, y optó por tomarlo con cuidado extremo, no fueran a volatilizarse las palabras que contenía al sentir la sacudida, para depositarlo en el bolsillo superior izquierdo de la camisa. Ocultó en el armario la americana rellena de dinero, recuperó de su soledad sobre la cama el billete amigo de diez euros, lo apretó en la mano, tomó la bolsa con el grueso del botín y salió, despreocupado por la millonaria calderilla que había dejado al alcance de la señora de la limpieza. El papelito latía junto a su corazón. Caminó hasta el primer bar cercano sin dejar de apretar en la palma de la mano el billete de diez euros, hasta que pagó con él el desayuno a la camarera y pudo liberarse de la presión. Ante el platito marrón con las monedas del cambio, supo que había dejado atrás otra frontera. Tampoco es lo mismo apropiarse del dinero de la mafia que comenzar a gastarlo.

La bolsa a sus pies contiene una cantidad por fin precisa, esos quinientos treinta y seis mil euros que en los últimos días se han convertido en un apósito casi físico de su cuerpo, pues teme aún más perder la bolsa que ser sorprendido por sus perseguidores con ella encima. Debe ponerla a salvo y soltar a la vez el lastre que supone para su efectividad de movimiento, y debe hacerlo aprisa, pues ha resuelto que no leerá el mensaje de Vera hasta hallarse en un lugar donde se sienta mínimamente seguro. Pero ¿dónde guarda un fugitivo tan enorme cifra de dinero sucio en efectivo? Pide otro café y se sienta a la mesita del fondo, la más discreta del local. Toma del servilletero una hoja de papel y comienza a garabatear sobre ella: líneas hacia arriba, líneas hacia abajo y ningún plan en la primera servilleta; círculos, rectángulos, trapecios y ningún plan en la segunda; triángulos y borrones, y ningún plan en la tercera. Las primeras soluciones que se le ocurren son las obvias para las personas que viven dentro de la legalidad, pero él ya no se encuentra entre ellas, no exactamente, y por ello descarta abrir una cuenta corriente o contratar una caja de seguridad, o varias, en distintos puntos de la ciudad. Tanto dinero despertaría el recelo de los empleados del banco en el primer caso, y la propia ubicación de las sucursales donde se hallasen las cajas le supondrían, en la práctica, una movilidad menor que llevar la bolsa encima. Sin contar con que formalizar cualquiera de esas dos opciones requiere la presentación de un documento de identidad. Sólo tiene su carné de identidad a nombre de Sebastián Díaz Moyano, y la constatación de este hecho le muestra su desolación desde un ángulo nuevo e inesperado. Pero por otro lado, está el acicate del papelito en su bolsillo. ¿Y si es alguna clave, y si Vera le dice en él que lo espera en un lugar concreto? El ansia de saber choca frontalmente contra sus miedos. El mensaje podría ser también un regodeo burlón de sus perseguidores; ¿cómo puede saber que no le han seguido, que no son, sin ir más lejos, esos tres hombres que charlan animadamente en la calle? Sea como sea, el vértigo de la ansiedad se convierte en una brújula que estimula su determinación y guía sus pasos.

Paga el segundo café con las mismas monedas que le entregaron antes en el cambio y sale al exterior, caminando a buen paso hasta la calle Serrano. El trío de supuestos sicarios ni siquiera le ha dedicado una mirada. El trayecto a pie, treinta o cuarenta minutos bajo el incipiente sol matinal del verano madrileño, se transforma en calor pegajoso y sudor sobre la piel, en olor corporal repentinamente intenso, revelador de los días que, cae de pronto en la cuenta, lleva sin lavarse, sin cambiarse de ropa, sin desnudarse para intentar dormir. No le importa, casi lo prefiere. La suciedad se convierte en otro motor; cuanto antes actúe, antes se liberará de ella y será de verdad un hombre nuevo. No puedo ser Bastian mientras lleve la ropa y el sudor de Sebastián, se dice en un juego que es absurdo y efectivo a la vez, pues le hace acelerar el paso, aumentar su temperatura y su excreción de sudor, revolucionar el motor de la suciedad nítidamente percibida por el olfato. Recorre las tiendas más caras de la calle Serrano. En la primera elige camisas, ocho o diez; en la segunda, varios pantalones y dos o tres pares de zapatos; en la siguiente, ropa interior y complementos, y en la última, elementos de aseo. Todo sin mirar las etiquetas con los precios, se ha limitado a abrir la bolsa en el probador de la primera de las tiendas, sacar tres billetes de quinientos euros, otros tantos de doscientos y algunos más de cien, diez o doce, y con ellos, siempre uno distinto ante las cajeras de cada tienda a fin de obtener con el cambio billetes limpios de las posibles marcas con que la banda mafiosa pudiese haber señalado los fajos, ha ido pagando las sucesivas cuentas. También se detiene en una farmacia y, llevado de una súbita inspiración que le parece brillante, adquiere cinco altavoces nocturnos para bebés. La displicente exhibición de liquidez es un salvoconducto, una magia, un milagro: su barba de días no es ya la de un vagabundo desaseado que huye sino, por ejemplo, la de un viajero cosmopolita que entre vuelo transatlántico y vuelo transatlántico no ha tenido tiempo de rasurarse. Con esa reluciente convicción cruza la puerta giratoria de un hotel de cinco estrellas de la Castellana, muestra el carné de identidad de Sebastián Díaz Moyano y contrata, argumentando ante la indiferente señorita de la recepción una reunión de abogados de alto nivel que está organizando; la cortina de humo puede parecer ingenua, pero a él se le antoja efectiva: cinco habitaciones contiguas y comunicadas que alquila para una semana y paga por adelantado. Sube en el ascensor a la cuarta planta portando las cinco llaves, abre la puerta de la habitación central, que flanquean otras dos de las habitaciones alquiladas a cada lado y, sin pérdida de tiempo, va abriendo las puertas interiores que las comunican todas. En cada una de ellas abre la puerta que comunica con el pasillo, coloca el cartel de «no molesten», cierra e instala luego sobre la mesa el altavoz infantil, sintiéndose infinitamente ridículo por ello. La operación le lleva una hora larga, y al concluirla y tratar de conectar en la habitación del centro, su cuartel general, los cinco receptores de los altavoces no es capaz de hacer que funcionen, lo que le provoca un ataque de irritación y le lleva a recorrer de nuevo las cuatro habitaciones recogiendo a tirones los altavoces, que arroja luego de mala manera a una esquina. Está en la misma situación de peligro que al principio, aunque es cierto que si los sicarios del serrucho y el alfiler hubiesen logrado seguirlo hasta el pasillo de la cuarta planta del hotel tendrían cinco puertas delante, y no sólo una. Es algo, pero es más que nada. Además, la renuncia a la estrategia de los altavoces infantiles le otorga una sensación de dignidad recuperada que le permite, una vez ha llenado la bañera de agua caliente y espumosa, sumergirse en ella con la sensación de que está avanzando; no sabe hacia dónde, pero avanzando. La bolsa del dinero está en el suelo del baño, con el revólver sobre ella, bien al alcance, y la camisa con el papelito en el bolsillo pende de uno de los colgadores de la puerta. La mira cada poco mientras se afeita cuidadosamente. Al rato, el agua y el jabón han despegado del cuerpo de Bastian la suciedad acumulada por Sebastián Díaz. Sale del agua así de ingenuamente renovado, se envuelve en el albornoz, toma el papelito y sosteniéndolo entre los dedos se sienta en el centro de la amplia cama, ansioso como el amante que esperase ver surgir de un momento a otro, envuelta en los vapores del baño, a la mujer de sus sueños. Como haría también ese hombre figurado, aunque por razones distintas, se quita el albornoz. Siente que es su deber emocional leer desnudo el mensaje de Vera.

El papelito está doblado en cuatro. Lo desdobla una vez, lo desdobla otra, lo mira.

Once palabras en letras mayúsculas con tinta roja:

TODO ES NADA, TODO ES A LO SUMO TIEMPO QUE FLUYE.

La tinta de algunas letras aparece emborronada por zonas, como si nada más haber sido escritas una lengua húmeda las hubiese lamido para desdibujarlas.

Y al pie, la firma.

Vera.

Una bruma de silencio frío se expande por la habitación, vaciando la mente de Bastian. Herido por el recuerdo, abate la espalda muy despacio hacia atrás, hasta estirar su cuerpo derrengado y sin aliento sobre la cama. No hace ni… ¿Cuánto? ¿Quince días? ¿Veinte? Tal vez ni eso. Estaba desnudo como ahora sobre su cama del caserón, esa con dosel en la que nunca volverá a dormir. Las manos de Vera escribían la frase sobre un rectángulo de papel, utilizando a modo de escritorio agitado por la respiración el vientre de Sebastián, justo encima del vello púbico. Como una caricatura premeditadamente provocativa de niña traviesa, mostraba fruncidos los ojos y dejaba que asomase la punta de la lengua por la comisura izquierda de los labios mientras dibujaba las letras. Podría representar la imagen misma de la inocencia, pensó Sebastián, si estuviese sentada a la mesa del salón, con uniforme de colegiala y un vaso de leche y galletas a su lado, junto a los deberes colegiales; pero desnuda a cuatro patas sobre las sábanas sudadas parecía la felicidad en su forma más simple y a la vez compleja: la mujer amada desnuda con apacible impudor, plena de perversidad tierna y limpia. Nada más. Nada menos. Habían descubierto la frase sobre el fluir del tiempo un rato antes, por casualidad, durante uno de los paseos de exploración que entre escena sexual y escena sexual se obstinaba ella en dar por lugares recónditos del caserón, en este caso uno de los dormitorios de la primera planta, clausurados décadas atrás. Curioseándolo todo y haciendo preguntas sobre cada detalle de la casa, de sus antiguos ocupantes, de las estancias cerradas, Vera se había empeñado en abrir un armario cerrado con llave que, según echó cuentas Sebastián, llevaba allí desde siempre, sin que ni él ni sus padres antes hubieran intentado mirar en su interior. Ese armario, junto a otros muebles viejos, se había pasado años esperando a que alguien se decidiera a llamar al anticuario del Pueblo, pero por una cosa u otra nunca llegó a hacerse. Vera, igual que había explorado las estancias cerradas una por una, sin olvidar ninguna, se encaprichó en ese momento de mirar dentro del armario y él, vanidosamente henchido en su papel de amante desprendido y gran señor del castillo, no puso obstáculos a la idea de hacer saltar la cerradura, y como si fuera un juego de cazadores de fantasmas la reventaron entre los dos. El armario sólo contenía cofres de madera, cinco o seis de distintos tamaños, todos abiertos excepto uno, el más pequeño, de roble con adornos de cuero repujado, al que también había alguien echado la llave, quién sabe cuántas décadas atrás, y que por supuesto no dudaron un instante en forzar. Contenía un papel que ella tomó entre los dedos y se llevó ante los ojos. Sebastián observó con curiosidad y extrañeza el ensimismamiento, acaso un punto lúgubre, que asomó al rostro de Vera cuando leyó el texto. «Parece una sentencia de muerte», dijo tan repentinamente seria, demudada, que él le quitó el papel de las mano y leyó en un susurro… «Todo es nada, todo es a lo sumo tiempo que fluye»… La piel de Vera se estremecía aún por el escalofrío y él la estrechó entre sus brazos, consolándola con la narración de historias más o menos exageradas en ese momento sobre los amantes malditos que habían habitado en el caserón. «Seguro que follaban aquí mismo mucho antes de que mi familia comprase la casa», había relatado en tono dicharachero a pesar de que sabía bien, y por eso prefirió ocultarlo, que los dueños anteriores, el matrimonio de Tomás Montaña y su esposa Leonor habían conocido la tragedia, el asesinato de su bebé y la posterior locura de la mujer. «Podíamos convocar a sus fantasmas y hacer con ellos intercambio de parejas», bromeó Vera, plenamente recuperada de repente para la alegría. «Así que es una sentencia de amor, ¿eh? No de muerte… Espera, voy a hacerte un regalo». Y minutos después se encontraba copiando la frase en un papel apoyado sobre el vientre desnudo de Bastian, que la miraba con embeleso, demasiado enamorado para preguntarse por qué una mujer como ella había elegido a un hombre tan mediocre y apagado como él. Pero no quería saber la respuesta, nunca quiso, sólo le interesó disfrutar de la posible mentira que parecía tan inmensa verdad. Vera, que juguetonamente fingía teatral concentración en la escritura de la frase letra a letra y se detenía unos instantes en la contemplación de cada una de ellas, tomó con suavidad, casi indiferencia, el pene al alcance de su mano izquierda y se lo llevó a la boca sin apartar la vista del papel, evocando todavía la imagen de la colegiala que se aplica con el lápiz. Fue esa idea de la felación displicente, ejecutada sin prisa ni glotonería, como mero recurso para hallar mayor concentración ante el papel, la que provocó en Sebastián una erección férrea y peculiar, presidida por la morbosa sensación de que Vera despreciaba a su miembro. Se lo sacaba cada poco de la boca y lo masajeaba con la mano sin prisa ni pasión, antes de pararse de golpe para escribir, llevada de una repentina inspiración, otra letra más y retomar entonces la fría masturbación del pene que enseguida volvía a llevarse a la boca. La extrañeza de sentirse ausente en su propia erección era ajeno a ella, le provocó una excitación de violencia inexplicable, primitiva, y culminó en la eyaculación más desconcertante de toda su vida, rara, como una expulsión de semen acontecida en la lejanía de su ser. Sintió que la dejaba transcurrir sin disfrutarla, en silencio, demasiado absorto en la actuación de Vera, cuya mano aceleró la fricción casi con desdén, sin apartar la vista del papel ni mostrar reacción alguna, ni instintiva ni meditada, a los golpes de semen que le cayeron sobre los labios y la mejilla antes de que se le aflojase el miembro en la misma mano. La limpió sobre el muslo de Sebastián y luego, al fin, alzó la vista hacia él y sonrió, tal vez por constatar su expresión de entrega estupefacta. Tomó el papel donde había escrito la frase y lo usó como servilleta para limpiarse los labios y la mejilla, como una jovencita pulcra y bien educada. «No se refiere al tiempo, Sebastián. Ya lo he entendido», dijo entonces misteriosamente. Y con una expresión obscena que habría sonrojado a los demonios que inventaron la lujuria se encaramó hasta su cuello y se recostó a su lado, caricatura repentina de mujer saciada que reposa su cuerpo extenuado de placer junto al del sabio amante incansable. «Se refiere al semen». Dobló el papelito embadurnado en cuatro y lo puso sobre el pecho masculino. Luego susurró: «Todo es nada, todo es a lo sumo semen que fluye». Bastian, al rememorarlo con el recuperado papelito sobre el pecho, siente que la inexistencia de Vera, la ausencia de su cuerpo junto a él, es lo que verdaderamente llena la habitación, y se expande bajo las otras puertas como una niebla invisible y malsana, hasta ocupar por completo su patético fortín de cinco habitaciones de lujo que, en repentina inspiración pesimista, le parecen ahora no el enigma de cinco puertas que podría hacerle ganar tiempo ante sus asesinos, sino un agujero sin salida al que se puede acceder por cinco puntos distintos, en vez de por uno sólo, que a cambio sería más fácil de vigilar. No quiere vivir así ni un minuto más, se está diciendo cuando en ese instante suena de nuevo el móvil. Pero esta vez, enardecido por su resolución, lo descuelga en el acto. Desea que sean sus perseguidores. Sabe que lo son.

– Sí -se limita a decir al descolgar. Es un «sí» sin signo de interrogación ni puntos suspensivos. Un sí seco, sólido, arrogante. La respiración del otro lado capta el reto monosilábico y lo encaja con una pausa que lo mismo puede parecer calculadora, colérica o hasta conciliadora. Tal vez Humberto, al otro lado del teléfono, esté dispuesto a perdonarle la vida a cambio del dinero.

– Sigues teniendo algo que no te pertenece -se le oye decir con frialdad sin fisuras.

– Sí -se copia Bastian a sí mismo.

– Y sigues deseando hablar de Vera.

– Sí -intenta repetirse él, pero esta vez la sílaba ha temblado en un estremecimiento invisible e intangible, pero no inaudible: Humberto lo ha oído, y en el acto adquiere su voz un tono de victoria.

– ¿No crees que deberíamos hablar de ello en persona? Podemos citarnos donde tú digas. Ya imagino que no me vas a dar la dirección de tu casa, así que elige un lugar público, con varias entradas y salidas, un lugar donde te sientas seguro.

Bastian siente cómo dentro de él la duda lucha y se desgarra contra sí mismo dentro: el miedo contra el afán de saber de Vera.

– De acuerdo -resuelve por fin-. En la rotonda del hotel Palace, en Cibeles. ¿Te parece en dos horas?

– Demasiado pronto para mí. Antes debo resolver cierto asunto. Pero el sitio me parece bien. El viernes a las doce en la rotonda del hotel Palace -y cuelga sin darle tiempo a replicar.

El viernes es tres días después. La demora puede esconder una estrategia para que el pánico lo ablande, o un truco para que piense que durante esa tregua se halla a salvo… En cualquier caso, el inminente encuentro con sus tres días de aplazamiento es un regalo que le acaba de hacer el enemigo, por supuesto sin imaginarlo. La conversación le hace reaccionar. Instintivamente pone en marcha una cuenta atrás de tres días. Setenta y dos horas es el tiempo del que ahora dispone para fortificar su futuro. Y no duda. Por primera vez en todo ese tiempo, no duda. Sus movimientos, por su precisión repentina, parecen una coreografía meticulosamente ensayada: salta de la cama, se viste con las ropas recién compradas poniendo buen cuidado en que su cuerpo no roce ninguna de las prendas de Sebastián, que guarda en la misma bolsa de la tienda de firma donde ha agrupado los altavoces infantiles, recoge todo rastro de sí, ¿de él, del otro?, y antes de abandonar la habitación sólo detiene su frenética actividad ante el papelito desdoblado sobre la cama sin deshacer, apenas hollada como si en ella hubiera agonizado un cuerpo etéreo o se hubiesen abrazado amantes espectrales, y duda un instante, hasta que su recién estrenada determinación le recomienda meter otra vez el papelito doblado en el bolsillo superior de la camisa sudada de Sebastián antes de introducir ésta en la bolsa de basura. Así lo hace. Sale a la calle tras devolver en recepción las cinco llaves mascullando alguna excusa sin que, de nuevo, sea en absoluto necesario hacerlo y, tras recorrer unas cuantas manzanas, arroja al primer contenedor que se cruza en su camino la bolsa con los restos de Sebastián Díaz. También el papelito. Libre de su propio cadáver, continúa su camino impulsado por el repentino envalentonamiento que de ninguna manera quiere dejar pasar porque, ciertamente, está iluminando con ideas que podrían funcionar.

De su anterior época en la ciudad, alguien a quien conocía de oídas a través de alguien que a su vez conocía a ese alguien de oídas, alquilaba apartamentos por semanas sin hacer demasiadas preguntas, ¿cómo no lo ha recordado antes? Localiza su número haciendo un par de llamadas previas, habla con él presentándose como Juan Bastian, alguien que lo llama de parte de un conocido común y, forzándose a olvidar las paranoias y en consecuencia más seguro de sí, es capaz de explicarle el tipo de apartamento que busca. En el acto se citan en una dirección del barrio de San Blas, él ansioso por tener casa y el otro ansioso, así le ha parecido a Bastian, por coger en mano dinero fresco. No se equivoca. Cuando, ya en el apartamento, se estrechan las manos y el otro le pide algún documento de identidad, Bastian saca a la luz, como si fuera un movimiento casual, tres mil euros en efectivo a la vez que explica que le han robado el carné, que ya ha gestionado la tramitación de uno nuevo, que entendiendo la irregularidad que ello supone se ofrece a pagar cuatro meses por adelantado en efectivo, sin recibo a cambio… El otro ni siquiera le deja acabar. Se guarda el dinero con un gesto tranquilizador y casi lo abraza antes de marcharse, encantado de su inesperado golpe de suerte. Bastian, una vez a solas, se sienta con la espalda rígida en el sofá barato del salón, empeñado en oír en el silencio los sonidos de su nueva vida.

Entonces le paraliza un terror repentino y nuevo. Le lleva unos segundos localizarlo y definirlo, y cuando lo logra salta literalmente del sofá, sale a la calle, se sube al primer taxi y le da la dirección del lujoso hotel de la Castellana. Al llegar a destino, paga al conductor sin esperar el cambio, desprecia la cortés reverencia con que el portero del hotel se apresura a abrirle la puerta y corre por las calles hasta reconocer, a la tercera intentona, la esquina donde se halla el contenedor. Con ansiedad de toxicómano en abstinencia se pone a rebuscar entre la basura y da un respingo de alivio cuando localiza la bolsa que horas antes arrojó allí. Busca hasta encontrar la camisa y, con ella ya en las manos, se sienta sobre el bordillo de la acera, tranquilizando la agitada respiración, por completo indiferente a las miradas curiosas o reprobatorias de los transeúntes. Sí, ahí sigue, en el bolsillo superior… Lo mira largamente, sin alegría, resignado al vínculo irrompible con el trozo de papel. ¿Por qué he vuelto a recuperarte? Sin vislumbrar posibles respuestas, pero satisfecho, guarda el papelito en el interior de su flamante billetera con el gesto, no puede saberse si agotado o impaciente, del borracho que tras días sin beber siente aproximarse la hora de la recaída. La historia de amor, aparentemente todopoderosa, por la que él apostó que llegaría a ser feliz se metamorfosea en ese justo instante, transformándose en la calavera de su desvanecida ilusión. Así se ve, así se siente, así es: él, u otro que no logra dejar de ser él, atesorando con patológica determinación el resto último y único del naufragio, el papel manchado con su propio semen muerto donde la mujer soñada copió un puñado de palabras robadas a otro tiempo, acaso a otra historia de amor, once palabras falsas a las que él concede en ese momento rango de legado sincero, once palabras que ahí, sentado en la acera junto al contenedor de basura, resuelve portar consigo como si fueran el carné de identidad del alma de Juan Bastian, la memoria del extinto Sebastián, el corazón de la a pesar de todo amada y deseada Vera. El papel le conforta como el primer trago a los tejidos alcoholizados y alimenta además su obsesión, en la que se recrea para sentir renovado alivio irreal. Desde ese momento, el papel va con él. Siempre. También cuando, cumplido el plazo de setenta y dos horas, cruza la puerta del hotel Palace y, antes de adentrarse en la rotonda, finge interesarse por los escaparates de las tiendas de marca del vestíbulo y lanza desde allí miradas de reojo para tratar de identificar a los sicarios invisibles del serrucho y el alfiler. Seguramente estarán desperdigados por el vestíbulo del hotel, mientras Humberto aguarda tomando un café muy tranquilo, sabiéndose dueño absoluto de la situación. ¿Cómo será? Siempre oyó decir de él que era un hombre de enorme atractivo, de poder seductor irresistible. ¿Sabrá que he sido amante de la mujer que fue su pareja? ¿Lo habrá enfurecido eso más aún que el robo? Bastian está casi seguro de que podrá identificar a Humberto entre los clientes del bar. Sin embargo, la rotonda del Palace está desierta a las diez de la mañana de ese viernes, a excepción de los clientes alojados en el hotel que desayunan a esa hora y de los camareros que los atienden. Ninguno imagina que ese recién llegado de cráneo rasurado y ropa de marca que se sienta a una mesa de la rotonda, bien a la vista, es un hombre que se ha matado a sí mismo, un hombre al que además van a matar quienes con él se han citado.