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– Sí, soy yo -repite la sorprendida Emilia tras sus amplias gafas de concha. Comienza a preocuparle levemente la curiosidad, un poco pasmada, con que la miran desde el otro lado del mostrador del estanco la pareja de desconocidos, sobre todo la mujer. ¿Serán policías? ¿Habrá pasado algo?
– ¿Emilia… seguro? -apremia Clara, y al hacerlo percibe cómo hasta su compañero accidental de pesquisa, el ensimismado dueño del caserón, se desconcierta por esta insistencia suya-. Quiero decir… ¿No hay en Padrós otra Emilia?
– Y yo cómo voy a saberlo… -se parapeta la estanquera tras un escudo de educada sumisión ante quienes pueden representar algún tipo de autoridad. No los conoce de vista, a lo mejor son policías de Gijón o de Oviedo. O de Madrid…-. Pero, vamos, seguro que habrá alguna más, no es un nombre tan raro…
– Lo siento, es que me he expresado mal. Quería decir… -se esfuerza Clara por no incomodar a la mujer ni resultarle antipática, pero no ha podido evitar sorprenderse ante su edad y apariencia física. Por las palabras de Eloy se podía deducir que la Emilia citada en la carta era una amiga especial, tal vez su medio novia o una amante, algo así… Y ciertamente, le cuesta imaginar a su hijo, un muchacho alto, guapo, centro de atención de todas las fiestas y de las chicas de su edad que hubiera en ellas, estableciendo cualquier forma de relación íntima con esta mujer de aspecto bonachón, pequeña y regordeta, de enorme papada y mirada asustadiza, que debe pasar los setenta años-. Quería decir si sabe usted de alguna otra Emilia que atienda un estanco.
– De los tres que hay en Padrós de toda la vida, los del casco viejo, yo soy la única, eso seguro. Han abierto otro en el puerto, pero no sé si trabajará en él alguna Emilia. Y bueno, luego está mi sobrina. También se llama Emilia.
– Claro, ya entiendo. -Clara ve la luz de una explicación-. Seguramente a quien buscamos es a su sobrina. ¿Está por aquí?
– A esta hora, en el instituto. Mi sobrina estudia. Tiene trece años.
Las palabras, otra vez, se niegan a subir hasta la boca de Clara. Está claro que Eloy se refería a la Emilia estanquera, a esta Emilia que ella tiene enfrente ahora, y por eso la radiografía intentando hallar en cada una de sus características físicas o incluso en sus detalles de vestuario una clave que le permita comprender la relación con su hijo. Pero cada uno de esos datos nuevos, desde el descuidado tinte rubio de la mujer, excesivo para su edad aunque resulte entrañable, tal vez por ingenuo, hasta la chaqueta de punto gris un poco dada de sí que lleva sobre el vestido estampado, atemporal de puro antiguo, provoca un interrogante desgarrador en su alma de madre rota. Sueña hace tiempo que la muerte de Eloy es un edificio alto e inaccesible plagado de ventanas cerradas a las que ella, desde el exterior, busca y buscará durante el resto del tiempo asomarse para saber algo más de él, para verlo en la oscuridad interior aunque sepa que es imposible y cada mirada le arranque a mordiscos un poco de vida. Emilia es una de esas ventanas. La primera que tiene tan cerca, al alcance de la mano. Y su mente no es capaz de convocar los pensamientos ni las palabras para acceder a ella. Cierra los ojos buscando un instante a solas. Su horizonte desolado le chupa las fuerzas, y para no caer tiene que apoyarse en el mostrador. Bastian hace ademán de sostenerla. Sin saber qué decir, coloca la mano sobre el hombro de Clara y, a modo de única explicación o disculpa, arquea las cejas en dirección a Emilia.
Pero la estanquera deja de pronto de ser la estanquera. Incrédulo, Bastian ve surgir, crecer y solidificarse en la mirada que hasta ahora era la de una asustadiza anciana de provincias la resolución de un sentimiento poderoso e indefinible. Podría ser pena, pena sincera y bondadosa por el derrumbamiento de Clara, pero hay algo más.
Despacio, sin dejar de observar a la desconocida que pugna por contener el asomo de las lágrimas, Emilia eleva la esquina del mostrador y sale hacia ella. Bastian ve las pantorrillas gruesas y muy blancas, rematadas en las zapatillas de felpa a cuadros que cubren los pies. ¿Es posible conciliar esta estampa con el portento de intensidad de sus ojos? Emilia, para no apartar la vista de la mujer que llora en su estanco, camina de espaldas, llega hasta la puerta de la calle y la abre, eleva el brazo hacia el cierre metálico y tira hacia abajo de él con fuerza insospechada. El chirrido metálico lacera el aire y trae de golpe una oscuridad repentina, incompleta debido a la luz exterior que se cuela por la franja de medio metro entre el suelo y el cierre echado a medias. Clara abre los ojos, amparada por la penumbra. De pronto se siente remotamente a salvo, aliviada como si su dolor, hasta ahora infinito, hubiera pasado a tener límites y, por tanto, posible fin. Su mirada sabe que debe buscar la de Emilia, y lo hace. No es difícil: los ojos de la estanquera son un faro en la suave tiniebla. Dan un paso una hacia la otra. Bastian se aparta, consciente de que es un intruso en este encuentro, y su papel es y debe ser el de espectador mudo.
Emilia es diminuta, y no tiene otro remedio que elevar un poco los brazos para ceñir sus manos alrededor de los hombros de Clara, que baja su rostro hacia el de esta anciana de pronto inexplicablemente necesaria en su vida. Bastian, discreto ante la intimidad casi impúdica de ese abrazo, da dos pasos hacia atrás y se pregunta si para dejarlas un poco más a solas bastará con desviar la mirada hacia los estantes repletos de cajetillas de cigarrillos. Como amantes que hubieran dispuesto de la eternidad para acomodar sus cuerpos y convertirlo en uno solo, las mujeres abrazadas se miran, sus caras y labios a punto de fundirse mucho más allá de lo físico en un beso de los corazones y de las mentes, de las almas.
Eres la madre de Eloy… -se atreve por fin a susurrar Emilia con dulzura extrema, temerosa de que las palabras, y su sonido y significado, pudieran precipitar otra vez a Clara hacia el abismo de ausencia donde, paradójicamente, la frase que ella acaba de deslizarle en el oído es el único asidero real.
Clara intuye que es así, y aunque trata de contener su emoción ante la solidaridad inusitada de la estanquera, su llanto mudo acaba por crecer hasta liberarse. Es, súbitamente, una niña abandonada en un mundo hostil donde sólo existe el calor del abrazo de Emilia. A él se abandona, dejando que las piernas que hace un rato se niegan a sostenerla puedan doblarse por fin hacia el suelo. Cierra los ojos para ocultarse aún más del universo traidor, y por ello no ve que Emilia se agacha a la vez, acompañándola en la caída, adelantándose a ella para acogerla como un amoroso colchón de aire cuando su desmadejado cuerpo cae por fin.
– Voy a hablarte de tu hijo -musita Emilia-. Y también voy a entregarte su libro.
– ¿Su… libro? -la niña en que por un instante se ha convertido Clara parece deslumbrada por el inesperado presente de la vida. Alza la cara hacia la estanquera como si quisiera escucharla también con los ojos.
– Su libro, sí… Pero ahora, llora tranquila.
A escasa distancia de la figura que componen las dos mujeres sobre el suelo del estanco, Bastian ve estupefacto cómo Clara obedece y llora con el rostro oculto contra el pecho de Emilia, momentáneamente a salvo del asedio de la tristeza y el dolor. Incapaz de apartar la vista de esa estampa, se siente de pronto sacudido por percepciones extrañas que comienzan a removerse dentro de él. ¿Los sentimientos que se extirpó a sí mismo cuatro años atrás? Todo este tiempo ha estado convencido de que su capacidad emocional quedó adherida al espíritu de Sebastián cuando se desembarazó de él. Nada había vuelto a conmoverlo. Nunca y en ninguna circunstancia, como si la vigilancia de la propia supervivencia o la obsesión por los sicarios invisibles del serrucho y el alfiler hubieran destinado toda esa energía a la crispación monolítica del miedo. Y así debió de ser como, sin fuerza que los nutriera y regenerara, se desactivaron en él mecanismos como la risa espontánea, la confianza en los demás o la ternura, la peligrosísima ternura, traicionera como una mancha de grasa sobre la curva peligrosa, que acaba de asaltarle ante la dulzura firme, militante, con que Emilia ha abrazado a Clara y ante la valentía sentimental con que Clara ha aceptado ese cobijo.
Bastian se esfuerza por respirar calladamente, por no hacer el menor ruido cuando comienza a desplazarse hacia la salida muy despacio. No quiere distraer a las mujeres. No quiere que dejen de emitir ternura, aunque le aterrorice a él atreverse a sentirla. Sus pasos le llevan hacia el aire fresco de la calle, donde espera que el ataque de los sentimientos, lejos del foco de infección amorosa, remitirá hasta disolverse, permitiéndole volver a respirar. Con todo, las mira antes de salir. La estanquera susurra en el oído de su protegida palabras inaudibles para Bastian que, sin embargo, van logrando el milagro de consolar y aliviar a Clara.
– Su libro, sí… Lo tengo ahí dentro… -le parece a Bastian que acaba de decir Emilia justo cuando él se agacha y desliza el cuerpo por el hueco del cierre metálico hacia el frío confortador de la plaza.
Permanece apoyado en la fachada, bajo el viejo cartel con la palabra «Estanco» burdamente pintada sobre él. Piensa que esta extraña estanquera, dueña al parecer de sensibilidades casi sobrenaturales, podría muy bien haber sido testigo de la entrada de Amir o Amin en esta plaza. Casi siente Bastian celos de Clara, consciente de que le gustaría tener su propio rato a solas con Emilia. ¿Podría captar mis inquietudes? ¿Podría verte, darme pistas de dónde estás?
No hay nadie, absolutamente nadie en la plaza, excepto un mínimo vestigio humano al otro lado de la cristalera de uno de los bares: bandeja en mano, un camarero sirve al cliente que se halla sentado a una de las mesas interiores. El camarero se convierte en una silueta difusa, levemente deformada por el cristal esmerilado, cuando cruza ante el ventanal en el recorrido de ida y luego en el de regreso, y el cliente no es más que un bulto identificable sólo por el antebrazo izquierdo a la vista, que calmosamente baja hacia el vaso de vino que acaban de servirle. Fuera de esos dos candidatos a espectros nadie podría ser testigo de cómo Bastian inspira con fuerza, repeliendo aún la ofensiva de ternura que a punto ha estado de doblegarlo dentro del estanco. Casi le alivia el golpe seco que rasga el aire a su espalda. Emilia ha echado el cierre del todo, aislándolo de las amorosas vibraciones que electrifican el interior del local. Las mujeres han elegido estar a solas, no ser molestadas, y Bastian agradece ese rechazo que lo aboca de nuevo a la estable paz de sus miedos y le permite regodearse en la contemplación del lugar donde estuvo la mesa a la que se sentaron Vera y él la mañana en que comenzó a hablarle de los sucesos y personas que acabarían por arruinarle la vida… «Humberto, si se lo propone, puede parecer cualquiera de todas las cosas buenas que no es».
Le sorprende la fluidez con que surgen, precisas y casi literales desde su memoria, las frases que fueron componiendo la conversación. Tal vez aquellas palabras de Vera fueron las verdaderamente importantes, y no las frases de amor que generosa y manipuladoramente derrochó a lo largo de las ciento ochenta y siete horas. «Cualquier cosa buena que se te ocurra: un médico altruista, de esos que ayudan en África, un poeta capaz de escribir y decir cosas maravillosas, un padre bondadoso, un marido ejemplar, el premio Nobel de lo que se te ocurra. Es el seductor más seductor que ha nacido, pero también el mayor hijo de puta, un cabrón culto y simpático. Yo lo imagino desayunando cada mañana con el Diablo mientras comentan los titulares de prensa. En uno de esos ratos debieron de inventar entre los dos la tortura del alfiler. Es dueño de esa mirada que si quiere te folla, y se jacta de poseer a raudales la mayor virtud del ser humano, como él mismo la llama: la inmoralidad perfecta. Eso y su pinta de aristócrata decidieron su profesión: canalla de guante blanco», recuerda Bastian que escupió Vera sin tomar aire, inspirada por el odio y la rabia, con el cuerpo apoyado muy rígido contra el respaldo de la silla metálica y la mirada perdida sobre los trazos azarosos que la uña de su índice, esmaltada de rojo sangre, dibujaba sobre la redondez desnuda de la rodilla. Él escuchaba en silencio inquieto, pero también solidario con la mujer de la que se había enamorado, y para transmitírselo desplazó la diestra y le apretó la rodilla con ternura protectora. No eran capaces el hombre y sus manos de estar separados de esa piel y esa carne de mujer. «¿Cómo es que entraste en la vida de un personaje así?», quiso saber, y al formular la pregunta fue consciente de que estaba eludiendo la verdadera cuestión que la ansiedad de enamorado le empujaba precipitadamente hacia los labios: si era cierto o no que, pese al tono irritado, la descripción de Humberto había estado presidida por un fondo de fascinación. «Lo conocí por mi padre, que era aparejador y trabajó algunas veces para Humberto, en sus negocios inmobiliarios. Empecé a trabajar para él, de esto hace ya diez años. En mala hora». Asomó en los labios de Vera el soplo de una sonrisa plena, de cariñosos recuerdos limpios, al referirse a su padre. «Era el colmo de la honradez, mi pobre padre. Así le fue. Murió ya. El pilar que me sostenía, mi referencia. Al perderlo me metí en negocios feos, errores que se cometen y se pagan. El dinero fácil tienta, sobre todo si no lo tienes. Parecían simples operaciones de compraventa de casas, aunque a nivel muy alto. Tardé bastante en comprender que se blanqueaba dinero del narcotráfico, y cuando lo supe ya estaba implicada». Bastian recuerda cómo escuchaba Sebastián, por una parte con la lógica preocupación esmerada y sincera, pero también invadido por fascinación teñida, incluso, de cierta euforia sin duda infantil. Esa narración de hechos delictivos, al ser inconcreta y ambigua y pertenecer además a un pasado que parecía superado, había adquirido un tono casi inocente. Pero, de paso, confería a la mujer que lo tenía deslumbrado un aura romántica, de frontera con la aventura extrema, que le permitía a él dejarse llevar, sin riesgos reales, por la fantasía de estar viviendo un salvaje idilio con una transgresora de los límites de la sociedad. Asomado al abismo del crimen sin peligro de caer en él, el deseo puramente sexual bullía como agua al fuego. Su mano renunció al cariño protector con que acariciaba la rodilla femenina y descendió con ansiedad por la Pantorrilla de carne dorada y prieta, hasta ceñir el tobillo y desde ahí deslizar los dedos hacia el pie desnudo mientras su mirada expresaba el interés de saber más, de seguir sabiendo para poder alimentar la trepidante aventura de la imaginación sin dar nada a cambio. Vera, intuyéndolo así aunque él no lo captara entonces, alzó un poco el pie, que pendió así más cerca de la mano masculina, aparentemente a su merced. Fue un gesto de aproximación física que buscó subrayar la reciprocidad del deseo, seguramente para amortiguar el probable impacto de la siguiente frase: «Me impliqué hasta el fondo. Mucho… Mucho… Entre otras cosas, porque al poco de conocer a Humberto me casé con él». En aquella décima de segundo sostuvo Vera una pausa alargada, y Bastian sabe ahora que lo hizo para observar la reacción de Sebastián. Sus ojos, le parece recordar, lograron disfrazar de sorpresa la inquietud desatada en las tripas por ese súbito protagonismo de Humberto. «El muy cabrón puso casi todos sus chanchullos a mi nombre. Por eso quiso casarse, para blindarse con una esposa. Que las cosas estén a nombre de otro no te salva de la cárcel, pero puede darte tiempo para escapar, eso debió de calcular. Cuando vi dónde me estaba metiendo, me largué. Hace dos años. Dos años de tranquilidad, pero dos años también de retorno a la miseria». Vera se estiró en la silla como si esas palabras contuviesen alguna fórmula secreta de relajación y alargó a la vez ambas piernas hasta colocarlas sobre los muslos de Sebastián. No brotaron en la mente masculina recelos ni interrogantes sobre la pasión excesiva con que esa mujer más joven se estaba entregando a él, y si hubieran surgido los habría enterrado bajo tierra. Pero incluso desde su seguridad temeraria, que hoy no dudaría en definir como suicida, quiso saber para qué había venido Vera a Padrós, y se lo preguntó. A Bastian, ahora, le irrita rememorar la facilidad con que se dejó embelesar por aquella sonrisa que exhibió ella como prólogo de la pregunta con que respondió a su pregunta. «¿Por qué he venido a Padrós o por qué he venido hasta ti? No, espera, deja que conteste a las dos», suspiró hondamente Vera durante unos segundos con la mirada clavada al otro lado de la plaza, como si allí se encontrara alguien que pudiera ayudarla, hasta que habló muy despacio, como si hubiese elegido con rigor absoluto las palabras que pronunció: «He venido para vengarme de Humberto. Hacerle pagar de una sola vez todas las putadas que me hizo. Voy a robarle un dinero que va a traer a Padrós en los próximos días. Dinero negro, mucho. Ésa es la primera respuesta. La segunda es que, aunque no estaba previsto, aunque seguramente sería mejor que no hubiese ocurrido, me he enamorado de ti». Ante esta frase, vertida por Vera con seriedad que pareció afligida de puro intensa, Sebastián sintió cómo un brutal impacto de alegría le convulsionaba el cuerpo entero. Un cañonazo de felicidad que hizo estallar en mil pedazos el fracaso de su vida previa. Incluso sabiendo la verdad como la sabe hoy, debe reconocerlo: si Sebastián hubiera sospechado entonces que todo era mentira, no le habría importado. Pero no lo sospechó. Incluso fue necesario que transcurrieran unos instantes para que bajase de las nubes y recordase que Vera también había hablado de cometer un robo. «Seis millones de euros, amor. Mil y pico de los millones antiguos. Para eso he venido a Padrós. Para eso quise alquilar el caserón, sin suponer que iba a pasar entre nosotros lo que ha pasado. Por eso conté el cuento del rodaje de la película. Todo formaba parte de mi plan. De ese plan para el que necesito tu ayuda». Mi ayuda… El pasado y el presente giran alrededor de esa idea que la razón y la lógica acumuladas a lo largo de su existencia gris le instaron a rechazar de forma tajante. Sin embargo, pesó más el deseo fiero y pleno que ella había traído a su vida, y dijo sí a todo.
Ha dejado de llover y Bastian avanza hacia el centro de la solitaria plaza. El olor de humedad que sube desde los adoquines mojados le conforta, como un certificado de que ha logrado regresar invicto sobre aquel obsesivo deseo que se empeñó en lanzarlo a los brazos de la muerte cuatro años atrás. Hay movimiento en el bar de los espectros aburridos tras el cristal esmerilado. El antebrazo izquierdo que pareja animado por vida propia apura el vaso de vino, deja unas monedas y se pone en pie con el resto del cuerpo oculto por la pared. Bastian identifica el objeto que la mano del antebrazo recoge de la superficie de la mesa. Es un bastón, que con su simple presencia pone rostro y nombre a su propietario. ¿Habrá estado Julián observándole durante todo el tiempo que él ha dedicado a rememorar? ¿Debo inquietarme? Un jubilado difícilmente puede resultar amenazador, pero éste fue policía; municipal, pero policía. Me reconoció apenas llegué a Padrós ayer, seguramente en el mismo bar Pedrín. ¿Y qué? Reconoció a un viejo vecino del pueblo donde siempre ha vivido.
Julián sale del bar mirándole directamente a los ojos. Sin dudarlo comienza a caminar hacia él muy despacio, para exhibir seguridad y ponerlo nervioso o, tal vez, a causa de la cojera, que impone a sus pasos un insoslayable ritmo de parsimonia. Bastian podría escapar, hacerlo incluso sin evidenciar que se trata de una huida, de otra etapa de la misma fuga sin fin. Bastaría con que caminase sin prisa en la dirección opuesta para poner distancia entre el tullido y él. Pero la resolución de Julián y su mirada de acero le dicen que esa huida sólo retrasaría las cosas, y decide no moverse de donde está. Bastian lanza una mirada hacia el cierre echado del estanco. Echa de menos la protección de las mujeres, seres reales y dolientes, pero ajenos a su obsesivo drama.
Julián tarda casi un minuto en llegar y pararse frente a él, cara a cara. La barba de dos o tres días, descuidada por simple dejadez de viejo desgajado del mundo, es el primer signo de vida que se observa en el rostro pétreo, grisáceo y apagado como si llevara años sin pronunciar una palabra ni dignarse escucharla. La voz rasposa que sale de sus labios casi inmóviles, que hacen pensar a Bastian en la presencia de un ventrílocuo invisible, parece arañar el aire:
– Has tardado cuatro años en volver.
Bastian siente una inesperada corriente de terror raspándole la columna vertebral.
¡Esta voz…!
Nunca, mientras vivió en Padrós, cruzó una sola palabra con el policía. Pero ahora ha reconocido su voz. Se mantiene tenso, sin decir nada, aguardando a que el otro vuelva a hablar para verificarlo.
– ¿Te tomas un vino conmigo, ahí mismo, en el bar del que acabo de salir? He cruzado la plaza para invitarte.
– ¿Por alguna razón especial? -Bastian, a pesar de todo, acierta a recuperar una mínima iniciativa. No cabe duda: es la voz del teléfono móvil, la voz que en los primeros días de su fuga le llamó incesantemente, la voz que le preguntó por Vera con preocupación sincera, intensa, dolorosa, la voz con la que se citó en el hotel Palace, a donde nunca acudió nadie. Julián era su perseguidor tenaz, aquel que desapareció de pronto sin dejar rastro.
– ¿Por qué? -Julián suelta una risita corta antes de iniciar el camino hacia el bar, convencido de que el otro va a ir tras él-. Porque en esta misma plaza mataste gente y yo fui testigo de ello. Por eso.
La estrategia funciona. Bastian lo sigue resueltamente.
El miedo no importa. Ha llegado el momento de desnudar a la verdad.