40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

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19

– ¿Éste es el libro? ¿El libro de Eloy? -pregunta Clara con sílabas desalentadas, incapaz de ocultar la decepción.

Emilia la ha invitado a pasar hasta su vivienda contigua al local del estanco, el piso bajo con salida a la calle donde ha vivido desde que nació hace más de setenta años. Es pequeño, acogedor, convencional en su decoración de muebles imitación madera, mesa camilla con mantel de hule y platos de cerámica decorando las paredes. Es pequeño e insignificante, y sin embargo para Clara representa la gran catedral del mundo, porque según han establecido las dos mujeres rememorando el día y la hora del accidente, en esta casa pasó Eloy los últimos minutos antes de subirse al coche que conduciría hacia su propia muerte. Emilia fue la última persona que lo vio con vida, la última con la que habló. Por eso es única, insustituible, sagrada. Y por eso Clara permanece callada en esta estancia del piso, mientras absorbe con la mirada las paredes, los huecos, las sombras que podrían contener vestigios de su hijo. La estanquera, comprendiéndolo, se ha limitado a permanecer discretamente apartada, en silencio respetuoso, y sólo cuando Clara ha lanzado un breve respingo, indicando que su recogimiento ha terminado, se ha acercado ella a la cómoda. De su interior ha extraído el libro de Eloy, llevándolo con las dos manos, como una ofrenda, hacia Clara.

– Es tuyo -ha subrayado antes de entregárselo con solemnidad, persuadida de estar traspasando un objeto que contiene vida frágil e inmortal-. Sabía que vendrías a por él. Eloy me contó cosas de ti, y sabía que antes o después vendrías. -Clara ha sostenido la mirada de Emilia sin atreverse a bajar la vista hacia el libro de su hijo muerto. Nada le han dicho el tacto áspero del papel ni de la portada, cartón basto o cartulina gruesa, que protege el breve volumen. ¿Tan poco escribió Eloy? ¿O tanto? Un número superior de páginas, quinientas o mil, le habría resultado menos desasosegante. En un libro extenso los sentimientos pueden camuflarse, extraviados en el bosque de papel. Sin embargo, un librito como éste sólo contiene lo esencial, la vida y la muerte sin hueco para adjetivos, anécdotas o elucubraciones. Un libro corto, una de dos: o contiene la verdad o no contiene nada. ¿Qué dirá de mí? ¿Y de sus dos años malos? ¿Cómo contará el horror de su cumpleaños? Todas esas palabras escasas e intensas están ahí, a su alcance, y constituyen por ello un temible, aunque también irrenunciable, salto al vacío. Antes de lanzarse a él, Clara ha buscado en los ojos de Emilia una última bocanada de aliento. Y luego, por fin, ha mirado el libro. La sorpresa y el desencanto han desmantelado su vuelo cuando estaba lista para iniciarlo. Es entonces cuando no ha podido evitar preguntarlo:

– ¿Éste es el libro? ¿El libro de Eloy?

El libro que tiene entre las manos es un volumen antiguo, puede que adquirido en alguna librería de viejo. Se titula Todo el amor y toda la muerte. Ese nombre nada le dice, pero sí el de su autor:

– Gabriel Ortueño Gil -repite, casi para sí, el nombre de aquel oscuro escritor de principios del siglo veinte al que tanta importancia daba Eloy en su carta. No se trata de un libro que hubiera escrito Eloy para ella, comprende recriminándose su propia ingenuidad. Es sólo que Emilia, con toda su buena voluntad, lo ha bautizado así, «el libro de Eloy», porque debe considerarlo un objeto propiedad de su hijo. ¿Por qué te obsesionaste tanto por Gabriel? Sin él no habrías venido a Padrós. Estarías vivo. Y no puede evitar que una corriente de odio, no del todo involuntario, se transmita desde su corazón hacia el nombre maldito.

– Gabriel Ortueño Gil, sí… -asiente Emilia mientras deposita sobre la mesa camilla, al lado de Clara, una bandeja que ha traído de la cocina. De un cazo de aluminio sirve agua hirviendo sobre tazas distintas, una redonda y blanca y otra alargada y verde, con publicidad de un periódico local, y añade luego sendas cucharadas de un preparado casero de hierbas y flores que conserva en un tarro de cristal. No hay protocolo en Emilia, sólo naturalidad a la vista y verdad intuida, invitación a la confianza-. Estas hierbas son muy relajantes, las recojo yo y las mezclo con manzanilla. Bueno, las recogía. Ahora ya no puedo subir hasta el acantilado. Es allí donde crecen. Con estas pobres piernas mías… Es triste hacerse viejo, se tiene más tiempo para verlo todo peor. Últimamente me las trae mi sobrina Emilia, cuando sube por allí. A Eloy esta infusión le gustó mucho -concluye la estanquera, y con esa frase da sentido a toda la explicación previa-. Gabriel Ortueño Gil, sí. Murió hace más de cien años, al menos eso se pensó siempre. Pero ahí está, dando todavía guerra a los vivos. ¿Sabes por qué tengo su libro? Son los caprichos que tiene la vida. Ábrelo, mira la primera página. Ahí, donde viene la fecha.

Clara obedece. El libro tiene unos créditos escuetos, sólo la dirección del impresor en Oviedo y la fecha de edición: 17 de febrero de 1936.

– ¿Has visto? Es la misma fecha que viene al final del prólogo, que por cierto, lo escribió un periodista de aquí, de Padrós. Por esa fecha tengo yo el libro, no por otra cosa. Un día de hace muchos años, yo tendría veintitantos, imagínate el tiempo, lo trajo mi pobre padre que en paz descanse. Venía muy ilusionado. Lo había comprado para mí en la feria del libro de Gijón. En mi casa no comprábamos muchos libros, fue una casualidad que mi padre viera la fecha de éste, o que alguien se la mostrara. Resulta que yo nací ese mismo día, el 17 de febrero de 1936. Aquí, en Padrós. ¿Qué te parece? Cuando pienso que mientras ese señor escribía su prólogo en algún sitio del pueblo, a lo mejor aquí al lado, yo nacía en esta casa… A lo mejor hasta a la misma hora. Por eso lo he guardado siempre como un misal. De una religión sólo mía. Y por eso, cuando apareció Eloy, únicamente pude dejarle hacer fotocopias. Él entendió que no podía dárselo. Ahora es tuyo, quiero que lo tengas. Pensé que si venías merecías que te lo diera.

– No tan rápido, por favor -interrumpe delicadamente Clara-. Entiende, me vienen mil preguntas a la cabeza. ¿Cuándo apareció Eloy en tu casa, en tu vida? Dime de qué manera vino.

Continúa sin poder figurarse cómo llegaron a intimar su hijo y la estanquera casi inválida, prácticamente recluida entre su mostrador y su casa, lo suficiente para que él llegara a sentarse donde ella se encuentra ahora, tomando la misma infusión casera y con el mismo libro de Gabriel Ortueño Gil en las manos.

– Mi sobrina me trajo su anuncio -explica Emilia como si eso aclarara algo.

– ¿Su anuncio?

– Eloy estaba interesado en Gabriel.

– Lo sé. Había oído hablar de él no sé dónde y quiso hacer un reportaje. Le gustó eso del «poeta asesino» -asiente Clara-. Y es verdad, ¿no? Era asesino. Le asesinó a él, al atraerle hasta este lugar.

– Puso un anuncio en la panadería -aclara Emilia pasando por alto el resquemor de Clara-. Y supongo que en más sitios del pueblo. Mi sobrina lo vio en la panadería. En el anuncio pedía información sobre Gabriel, cualquier tipo de información, y a mí me pareció que debía enseñarle el libro. ¿Por qué no? Pensé que era importante para él. Hasta me parece que todavía debe de estar ahí, dentro del libro.

– ¿El anuncio? -pregunta Clara, y de inmediato se lanza a buscarlo. Un objeto que tocó Eloy es de alguna manera Eloy Puede llevar adheridos rastros de su espíritu, sombras de su tacto. Las páginas, rugosas y apelmazadas por la convivencia con el tiempo, no se deslizan con facilidad entre los dedos. Hay entre las dos primeras un sobre azul claro con algunos papeles doblados, que aparta y deja sobre la mesa al ver que no son el anuncio de Eloy. Por tres veces tiene Clara que volver a comenzar la revisión, hasta que la ansiedad le lleva a sacudir el libro boca abajo aunque a la vez con suavidad, para que no sienta Emilia que ha perdido el respeto a ese objeto que la estanquera siente su hermano de papel y tinta. Entonces, meciéndose con una calma que parece querer retar a la paciencia de Clara, sí se desliza hacia el suelo una hoja de papel cuadriculado con barbas en uno de los lados. La observa mecerse en el aire y, así hipnotizada, casi logra visualizar a su hijo arrancando de un tirón una hoja de su cuaderno de espiral metálica en el lomo, esos que maniáticamente usaba siempre porque le traían recuerdos del colegio, para redactar el anuncio. La hoja con el regalo inesperado, palabras que Eloy eligió con su mente y rotuló con su mano, se posa al fin sobre el suelo. Clara la recoge sabiendo que el acto traerá desgarros emocionales. «Periodista de Madrid busca datos sobre el escritor de principios de siglo Gabriel Ortueño Gil, llamado "el poeta asesino". Cuestión de vital importancia». Y debajo, el nombre y teléfono.

– Periodista…

Clara se emociona intensamente ante esta palabra. Le produce un remoto orgullo, ya estéril, que su hijo se considerara a sí mismo profesional de un oficio que en realidad nunca llegó a ejercer. Pero pensaba hacerlo. Iba en serio. La cuestión de vital importancia era él, su futuro… Y esta reflexión, a la que desde su legitimidad de madre otorga rango de evidencia, le hace alzar la vista para verbalizarlo. Emilia no necesita escuchar explicaciones, pero ella sí necesita decirlas.

– Mi hijo no llegó a ejercer el oficio. Pasó una época deprimido… Dos años muy largos, terribles. No es fácil de explicar -casi se disculpa Clara, dubitativa y algo avergonzada. Siente inexplicablemente desbaratada la seguridad que ha presidido toda su vida ante la bondad simple y sabia, todopoderosa, de la anciana estanquera-. Le daban accesos de agresividad…

– Eloy me lo contó todo -zanja con ternura rotunda Emilia, y para dar calor a sus palabras apoya su mano sobre la de Clara.

– ¿Todo? -se inquieta Clara. Entiende que cuando Emilia dice todo puede querer decir todo, incluido el cumpleaños último, que estuvo a punto de ser, o en realidad fue, escisión traumática entre ella y Eloy, la frontera salvaje con la puerta fin de su relación.

Todo -asiente, apaciguadora, Emilia.

Clara no dice nada; no puede.

– Me contó lo de las drogas -continúa Emilia, y la palabra levanta entre las dos mujeres un largo momento de silencio-. Me contó que empezó a tomar muchas, y que teníais broncas tremendas por eso. Me contó cómo pensaba que no era adicto. Y me contó que decidió dejarlo el día de ese cumpleaños, hace unos meses. Cuando empezasteis a discutir. Y él, fuera de sí, te pegó. Me lo contó todo, sí.

Clara mira sin respirar. Siempre ha creído que las existencias, muchas existencias, pueden definirse por uno solo de sus instantes, resumirse en él, incluso ser él y nada más que él. Siente o sabe que nacemos como carne desnuda, inadvertidos sobre los sentimientos y virtudes de quienes nos preceden y traen, también sobre sus taras y terrores, y morimos igual pero envejecidos, carne desnuda que se reseca en contacto con el aire, preguntándonos en muchos casos quiénes fuimos y para qué. Sin embargo, esos dos momentos del nacimiento y la muerte, intrascendentes para todos excepto para quien los vive, no son sino los límites del camino, la esfera que contiene nuestro pequeño mar de minutos en medio de los cuales, llegado el recuento final, siempre recordamos uno: la hora cero y el minuto cero y el segundo cero que marcó un antes y un después en nuestro devenir. El eje de nuestra alma, marcado a cuchillo sobre nuestro corazón, un relámpago que rasga de repente el lánguido atardecer. El de Clara está ahí, justo donde acaba de pulsar Emilia con habilidad quirúrgica y exactitud matemática. Eloy se lo contó… A una desconocida…. Tiene que forzarse a respirar de nuevo. No sabe cómo responder, qué frase o qué simple palabra podría decir a continuación. Pero Emilia sí.

– Quería ser periodista, vi muy claro que lo decía de verdad. Da igual que no llegase a serlo. Lo importante es que cuando murió quería serlo. Eso es lo que debe contar, aunque sólo tú y yo lo sepamos. Yo lo tuve enfrente, ahí, donde estas sentada tú. Y sentí que era una persona salvada. Porque antes de morir ya se había puesto a salvo de sí mismo. Y el que logra eso, ya está a salvo de todo lo demás.

Clara escucha sumisa, con estupefacción serena, casi desconcertante de puro placentera. Ya no se hace preguntas sobre esta extraña anciana, ya no quiere ponerla en duda ni cuestionarla con su implacable razón de hierro. Sólo quiere confiar en ella.

– ¿Por qué, Emilia?

– ¿Por qué qué?

– Por qué todo… ¿Por qué llegó hasta aquí? O mejor, qué le trajo… Hasta aquí, hasta ti, hasta este libro. ¿Quién era Gabriel? ¿Por qué se cuentan esas cosas absurdas de este acantilado? Eloy las creyó. Me dijo no sé qué disparate de un hombre sumergido en el fondo del mar, acunando a un bebé. Temí que hubiera vuelto a caer, que su desintoxicación se hubiera roto otra vez, una vez más, aquí, en Padrós. El hombre sentado en el fondo del mar es un delirio de drogadicto, ¿cómo no va a serlo?

– Me lo contó a mí también, cierto.

– Y el accidente… Me atormenta que se estrellara por culpa de estar drogado. Es la pregunta de mi vida, Emilia. Mientras no la conteste, no podré volver a estar viva. ¿Eloy había recaído y seguía enganchado a la muerte o estaba curado y tenía un proyecto? Hay indicios de que podía haber vuelto a drogarse. Pero sus últimas palabras fueron para pedirme que le creyera.

– Lo sé, también me lo dijo. Él quería reparar todo lo malo que había hecho. Reparar su cumpleaños. Reparar que te pegó, que pegó a su madre. Pero ya no puede darte respuestas. Te toca buscarlas a ti. Podrías empezar por aquí -concluye la estanquera señalando el libro.

Clara inspira, impaciente y nerviosa. Quiere saber de Eloy, no leer una novelucha antigua. Pero confía en Emilia. No tiene otra opción que confiar en ella. Abre el libro, y para no saltarse ningún paso comienza por ese prólogo fechado el 17 de febrero de 1936. Si su autor lo hubiera escrito un día antes o un día después, el padre de Emilia no habría adquirido el libro, divertido por la coincidencia con el nacimiento de su hija. Y en tal caso, ni Eloy ni ella habrían llegado jamás a tenerlo entre las manos.