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Todo el amor y toda la muerte
Novela de Gabriel Ortueño Gil
Prólogo de Rufino Matamoros
Al escribir este prólogo estoy firmando mi propia sentencia de muerte.
Sí. Me matará el Diablo al que me vendí hace muchos años.
Pero no importa. Es más, lo merezco. Porque fui traidor a lo más sagrado.
Traicioné una amistad verdadera, viva y única.
Y de todas formas estoy condenado. Si no me matan las turbulencias políticas que, Dios ampare a España, se avecinan tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de ayer, me matará la naturaleza, que es la muerte más infalible de todas y la única que no se ha encontrado todavía manera de eludir: tengo ochenta y dos años, casi ochenta y tres, y la bebida ha sido la única compañera de mi vida; eso sí, fiel y siempre a mi lado. Cada día desde que la conocí.
Por tanto, sé muy bien lo que hago cuando me pongo a escribir, que nadie piense lo contrario. Se lo debo a un hombre que tal vez lo lea y tal vez no, un hombre del que ignoro si vive o murió hace años, puede que décadas. Ignoro si fue bueno y honesto, aunque pienso que sí, y porque lo pienso así, así lo afirmo, o fue el más vil asesino, como defienden casi todos. Por razones que sólo conocemos el Diablo y yo, debo a ese hombre que tal vez fue bueno este prólogo, y quiero pagar mi deuda. Aunque escribiéndolo firme mi sentencia de muerte.
Primero hablaré como periodista, si merece tal apelativo alguien que hace demasiado tiempo, acorralado por el hambre y la más rigurosa miseria, accedió por dinero a mentir. Asesiné a la verdad, sí. Y no es sino ahora, sin duda demasiado tarde, cuando intento remediarlo.
Es igual, ahí va:
Hoy, 17 de febrero de 1936, se cumplen treinta y tres años, ocho meses y cuatro días del terrible asesinato que conmocionó a los habitantes de la villa de Padrós y de todos sus alrededores, allí hasta donde pudieron llegar los incipientes periódicos del principio del siglo XX y también las voces, espantadas voces, que lo narraron a todo el que las quisiera escuchar por colmados, casinos y pórticos de iglesia. Exactamente el día 13 de junio del año 1902 desapareció sin dejar rastro el hijo, a la sazón un bebé de apenas un año, del rico industrial y famoso indiano local Tomás Montaña y de su esposa, Leonor. Nunca se volvió a saber de él, pero al no hallarse el cuerpo tampoco se pudo probar que se tratara de un secuestro por motivos económicos, o por otros de índole más aberrante y monstruosa.
No pasó mucho hasta que los dedos acusadores comenzaron a señalar al poeta y aventurero Gabriel Ortueño Gil, el autor de este libro. Gabriel, el amigo al que traicioné. En 1897 había regresado de Cuba convertido en héroe de guerra, y hasta la fecha del crimen se dedicaba a recorrer los caminos de esta cornisa cantábrica nuestra, malviviendo del recitado de versos, actividad que, aseguraban las malas lenguas, no constituía sino el umbral más o menos encubierto para sus amoríos con mujeres de la zona, lo que le habría granjeado la lógica animadversión, y hasta la hostilidad abierta, de la población masculina de los lugares que frecuentaba, así como de las autoridades religiosas y civiles. Gabriel Ortueño Gil se hallaba en la zona cuando tuvo lugar la desaparición del pequeño, y aunque la Guardia Civil lo buscó para interrogarlo (es preciso señalar aquí, aunque resulte doloroso por el respeto que a todos nos merece la venerable figura del hoy anciano empresario Tomás Montaña, que hubo insistentes rumores sobre la relación amorosa que Gabriel mantenía por esas fechas con Leonor, esposa del empresario y madre del niño, algo muy verosímil dado el talante y fama del apuesto poeta aventurero) no pudo darse con su paradero, ni con rastro alguno que pudiera conducir a él. La prensa de entonces dio amplia cobertura a todo ello, en realidad de forma tremendista e irresponsable, y en la imaginación y posterior memoria de todos quedó fijada, sin pruebas, la idea de que el culpable de la muerte nunca probada del infante fue Gabriel Ortueño Gil, el anatematizado desde entonces como «poeta asesino».
Hasta aquí los hechos, como digo nunca demostrados aunque comúnmente aceptados como ciertos, que he narrado en mi condición de periodista.
Ahora hablaré como el ser humano que trató a Gabriel a lo largo de meses, durante los que pude considerarme compañero de fatigas y hasta amigo del supuesto asesino.
Por eso, además de redactar este prólogo que me matará, he financiado también la exigua tirada de esta humilde edición de Todo el amor y toda la muerte, la única novela de Gabriel, cuyo manuscrito me entregó para su custodia el día que nos vimos por última vez, unas semanas antes del fatídico 13 de junio de 1902, y precisamente en este mismo lugar donde ahora he tenido el capricho de escribir mi prólogo, sobre la playa de Padrós que tantas veces nos acogió sobre su ancha cama de arena sin pedir nada a cambio. Como aquel día, el mar, «el mar de este acantilado que vive una maldición de amor», está encapotado, y desde el oeste nubes oscuras presagian lluvia. Entonces yo era un hombre vencido que pedía clemencia a la vida. Hoy soy un viejo que, por recuperar un poco de la dignidad que vendió, escribe sentado sobre la misma arena, con un paraguas abierto apoyado en la espalda y una hoja blanca de papel entre las piernas. Han pasado treinta y cuatro años. Pero hoy no pido clemencia. Ni para mí ni para Gabriel.
Ignoro, y no me importa saberlo, si Todo el amor y toda la muerte es una buena o una mala novela. Probablemente no es buena, aunque si en los años venideros las modas literarias, que van y vienen como las mareas, deciden que los relatos fantásticos o terroríficos como éste son dignos de ser leídos y alabados, acaso hallará Gabriel Ortueño Gil hueco para acomodar su nombre en algún Olimpo de nuestras letras. Sí quiero señalar algo sobresaliente, incluso excepcional, que distingue a este librito. Gabriel defendió siempre, y en varias ocasiones lo hizo delante de quien esto firma, que por tanto fue testigo de primera línea, que cuanto se cuenta en su novela es rigurosamente cierto, que no hay invención alguna en la prodigiosa historia de la muchacha transparente. ¿Estrategia de escritor para forjarse un aura de misterio y fascinación? ¿O prueba irrefutable de que, como tantas veces oí decir en el pasado, Gabriel Ortueño Gil no era sino un pobre demente cuyo hogar natural debiera de haber sido el hospital provincial de los locos? En todo caso, ¿no estamos todos locos, cada uno a su manera?
No leas Todo el amor y toda la muerte, amigo lector, si estás entre quienes, sumisos ante la opinión de la mayoría, aceptan de buen grado que un hombre pueda ser condenado sin juicio, hallado culpable sin pruebas, condenado porque sí. Léela sólo si te interesa acercarte a la peripecia vital de un ser desgraciado que quiso… ¡Bah! ¿Acaso importa? Todos somos humanos. Todos tenemos derecho a cometer errores. Y todos merecemos aspirar al perdón, hasta los peores de nosotros.
Yo te traicioné hace muchos años, Gabriel, vendiéndote al Diablo en la tierra, el Diablo con nombre y apellidos que amañó tu perdición eterna con mi desgraciada complicidad… Ese mismo Diablo que ahora, sólo por haberme atrevido a contar todo esto, acabará conmigo cualquier noche de luna llena, similar a aquella otra en la que, abordándome en un camino desierto, me tentó. No me preocupa. Los viejos a los que ya no nos queda nada, ni siquiera tiempo, podemos permitirnos la dignidad última de escupir a los malvados. ¿Qué Pueden hacer en revancha? ¿Matarnos?
Este prólogo y esta edición son para ti, Gabriel. Jugarme la vida por tu novela es un acto de lealtad y amor que te debo hace demasiados años. Te lo debo a ti y me lo debo a mí. Como aquel mensaje en una botella que quisimos enviar a América (¿cómo nos habría ido allí, amigo? ¿Cuánta felicidad que nos estaba reservada no fuimos a recoger?), de nada servirá. O tal vez sí. Tal vez alguien, en alguna parte, lea algún día Todo el amor y toda la muerte, y crea en tu inocencia.
Y quiero terminar con una frase de un libro que supongo que no llegarías a leer, pues fue escrito en el año 1900, cuando tú y yo éramos tan pobres que no podíamos comprar libros, sólo escribirlos. Se llama Lord Jim, y una de sus frases, cuando mucho después lo leí, me hizo pensar en ti, y también en mí: «Es necesario contemplar una tormenta en alta mar para hacerse una idea de la magnitud del universo, pero ¿cuántas tormentas en alta mar son necesarias para describir el sentimiento que atraviesa por un instante el corazón de un hombre?». Un abrazo donde quieras que estés, amigo.
Rufino Matamoros
Padrós, 17 de febrero de 1936
– Rufino Matamoros… ¿Existe? Quiero decir, ¿es un personaje real de Padrós? -pregunta Clara.
– Un antiguo periodista de aquí, poco conocido. Lo poco que sé de él es por Eloy, que se molestó en seguirle el rastro. En el periódico, en las bibliotecas, preguntando a los más viejos, no sé decirte. Hasta encontró un par de fotos suyas. Matamoros era un tipo corriente, bajo, gordito, con aire simpático y un poco cara de ratón. Eloy me contó que trabajaba en un periódico comarcal desde principios de siglo, y que fue siempre un segundón. Pero hay dos cosas que llamaron la atención de tu hijo. La primera, que Rufino fue el firmante de casi todos los artículos que en 1902 atacaban, y con mucha rabia, a Gabriel Ortueño Gil y lo señalaban como el asesino del bebé.
– Pero en el prólogo es su gran defensor. Raro, ¿no? Tendría mala conciencia. ¿Y la segunda cosa?
– Que Matamoros adivinó su propia muerte.
– ¿Lo mataron en la guerra? -igual que por instinto odia a Gabriel, Clara tiene simpatía por el viejo periodista. Tal vez por esa imagen que él da de sí mismo, escribiendo a solas con el mar en la playa de Padrós, igual que hizo Eloy cuando escribió la carta, igual que ella misma al leerla. ¿Será ésta la maldición de este acantilado? ¿Su capacidad de atraer a la gente para que cuenten ante él su dolor y su soledad?
– No, él no llegó a verla. Murió sin saber que hubo guerra civil. Tuvo un accidente poco antes, en junio de 1936. Tu hijo decía que fue el Diablo, porque los viejos no vamos dando saltos de roca en roca, y Rufino Matamoros se despeñó por el acantilado, muy cerca de aquí. Así murió. Y del libro de Gabriel… Eloy hizo fotocopias, pero primero lo leyó como loco, entusiasmado, ahí mismo, en esa silla donde estás tú ahora. Decía que era verdad.
– ¿Verdad? ¿Lo que cuenta Gabriel en la novela? -suspira Clara, atragantándose con la pregunta porque siente cómo sus temores, los peores, van a comenzar a volverse realidad. Y mira casi de reojo, como si fuera un ser vivo y peligroso, al librito que sostiene entre las manos. Sabe que debe leerlo, y hacerlo en el mismo lugar, en la misma silla donde lo leyó Eloy, posee un enorme sentido simbólico y real-. ¿Te molesto mucho si me quedo aquí y lo leo en un rato? No es muy largo…
– Has venido a eso, ¿no? -pregunta Emilia con dulzura. Sagaz como siempre, se ha adelantado a la petición de Clara y ha sacado del armario una almohada y unas mantas que deposita en el sofá junto a ella-. A buscar a Eloy, a conocer todos los pasos que dio antes de irse. Te dejo sola, estarás mejor. Aquí tienes esta manta por si tienes frío. Ponte cómoda.
– Sí, he venido a eso -asiente Clara. Y con una sonrisa agradece a Emilia su hospitalidad infinita.
La estanquera sale y apaga la luz del techo. Clara continúa sentada, renunciando a recostarse aunque se desplaza hacia la lamparita de la mesilla a su derecha. Abre el libro tras acariciar con las yemas de los dedos, junto a su cuello, la masa de papel seco que fue la carta de Eloy y comienza a leer. Pero por dos veces tiene que abandonar. El antiguo reloj de pared, verdadera reliquia del pasado que Emilia mantiene en funcionamiento, le impide concentrarse con su preciso tic tac metálico. Clara se aproxima a él y detiene el mecanismo que le da movimiento. Sabe que la estanquera aprobaría su gesto.
Ahora sí hay silencio absoluto en la estancia, el silencio del tiempo parado. Y de pronto, piensa que Eloy pudo hacer lo mismo cuando se dispuso a leer Todo el amor y toda la muerte apenas un puñado de días antes. Así lo quiere creer Clara, y así lo cree.
Sólo entonces, aferrada a uno de los extremos de ese hilo invisible que su imaginación acaba de extender hacia el otro lado de la muerte para que su hijo agarre la otra punta, se siente lista para comenzar a leer.