40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 22

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– Y sin embargo, aún me queda esa esperanza… -templa el tono Gabriel para enfilar el último párrafo de Todo el amor y toda la muerte. Ha leído a Leonor en voz alta su libro, y la lectura ha sido la narración más precisa de su desdicha que se puede concebir, pues no en vano ha dedicado largas noches a redactarla y matizarla. No necesita Gabriel mirar el texto para recitar el desenlace. Lo conoce de memoria, y por ello tiende la mano hacia Leonor. Ella la toma mientras ambos se miran a los ojos-. Una mujer de carne y hueso que aparezca un día para romper con su sola presencia, con su amor sin límites, el terrible hechizo que me arrasa. Una mujer real que sea capaz de burlar a la muchacha transparente y sepa vencerla. Una mujer de generosidad humilde y verdadera que pueda, mediante sus besos hondos y sus palabras ciertas, insuflarme el aire que hoy me arrebata el mal del mar que vive, maldito, en este acantilado vuestro.

Finaliza y calla, exhausto por la verdad, cuya exposición ha supuesto un esfuerzo titánico, físico y moral. Leonor prometió escucharle y ha cumplido su palabra. Escruta los ojos enrojecidos del poeta tras la lectura, la súplica implícita en el jadeo de su respiración agitada. Parece temer su juicio, y no sospecha que en realidad es ella la que siente miedo y vacío inmensos.

Mientras escuchaba, han venido a la cabeza de Leonor los muchos rumores que corren sobre Gabriel Ortueño Gil. Unos lo presentan como seductor insaciable y desalmado. Otros afirman que vino de Cuba convertido en loco incurable, tal vez peligroso, que a veces había sido sorprendido abroncando al mar en playas solitarias, o implorándole. Acercarse al poeta, se dice, es adentrarse irresponsablemente en torbellinos desconocidos. Pero ya es tarde para plantearse eso. Ya es tarde para ella, comprende estremecida Leonor. Nunca ha concedido importancia a las voces de las mujeres anónimas que, al repetir esos bulos en voz baja y alborotadas por el rubor, echaban leña al fuego del mito romántico y bohemio del poeta. Seductor y amante lo acepto, pero loco… Aplastada por la realidad, posa Leonor su mano sobre la mejilla del poeta. Lo ve tan a su merced, tan pendiente de la palabra que ella vaya a pronunciar, del matiz que exprese su mirada o su sonrisa, hasta de las señales que puedan extraerse de la parsimonia o excitación con que respire. Pobre Gabriel… Solo y loco en este mundo terrible… Pero al compadecerlo, al acariciar su rostro y profundizar en la desvalidez que expresan sus ojos no puede evitar que la remueva por dentro un vértigo tierno. La razón le dice que lo aparte de sí. Pero ella no quiere hacerlo. O no puede. O no sabe.

– Entonces -quiere asegurarse y por ello pregunta con suavidad infinita-, ¿todo lo que acabas de leerme es verdad?

La voz de Leonor, su simple sonido más allá del significado de las palabras, es un bálsamo para Gabriel, el salvoconducto que le permite seguir manteniendo esperanzas sobre objetivos que no está seguro de saber definir: futuro, libertad, paz… Hablan desnudos, como deben hablar los amantes, aunque ellos todavía no lo sean del todo. Pero esa desnudez, aunque inocente, sigue conteniendo para ambos luminosidad en sí misma, y los blinda contra las dificultades y el dolor. A pesar de la locura de Gabriel, que sólo puede separarlos para siempre, Leonor siente que así unidos están a salvo del mundo exterior, sobrevuelan por encima de cotilleos malintencionados o realidades inhóspitas.

– Todo -susurra Gabriel tras unirse al cuerpo de Leonor y refugiar la cabeza sobre la carne del hombro femenino.

– ¿Existe la muchacha transparente?

– Existe. Yo he convivido con ella bajo el mar.

– Y ahora te acosa y te persigue…

– Y ahora me acosa y persigue…

– Te ahoga cuando te alejas de ella…

– Me falta el aire apenas pierdo de vista el mar. Tan cierto como que te estoy viendo.

Leonor alza los ojos hacia el techo de la cueva. Querría dejar la mirada ahí, prendida en la quietud desigual de la roca, a salvo de los vaivenes del corazón. Gabriel se ha liberado de sus miedos, pero éstos se han trasladado a ella. Piensa en el pequeño Damián. Soñó en huir con él, rescatarlo de la tiránica demencia instaurada en Padrós por su padre Tomás Montaña y darle un padre nuevo en la figura de este Gabriel bondadoso y lleno de ternura. ¿Cómo imaginar que es un pobre demente, un infeliz sin futuro al que no le queda otra cosa que el abrazo que ella le regala ahora? Se pregunta qué horrores debió de vivir el soldado Gabriel Ortueño Gil en Cuba para que su mente se haya refugiado en tal abismo de fantasía y delirio. Y sin embargo, este loco ha despertado en su interior sentimientos desconocidos a los que se siente incapaz de renunciar. ¿Y si al hacerlo pongo en peligro a Damián? Mira al techo de la cueva mientras acaricia el cabello de Gabriel. La piedra, unos metros más arriba, calla. La piedra, sin respuestas, está a salvo del amor y de los sueños de libertad. Pero su mutismo es en realidad una afirmación, solemne e irrevocable como los juicios de Dios: no habrá huida ni vida nueva. Leonor siente cómo la resignación regresa invicta, dispuesta a vengarse por su atrevimiento de retarla. Es hora de regresar a la rutina. Deshace con toda la dulzura que puede el abrazo que la entrelaza con el poeta. Él casi se había dormido, plácidamente entregado al calor de la primera mujer que le ha escuchado. Leonor lo mira con ternura, a pesar de todo. Pase lo que pase, su deuda con este infeliz será siempre inmensa. Gabriel le ha permitido saber que es posible mover lo inmóvil, agitar la vida paralizada, mirar cara a cara al espejo.

Se visten en silencio. Leonor se siente derrotada y, sin embargo, ve al poeta risueño como un niño feliz, tan eufórico por haberse liberado de la carga de la demencia que él cree confesión que ni siquiera ha intentado el acercamiento sexual a ella. ¿Y éste es el letal seductor, éste el amante que se torna imprescindible?

– Toma, esto es para ti. -Gabriel pone un papel en las manos de Leonor, rescatándola del hilo de sus pensamientos-. No lo leas ahora. Cuando te conocí quise hacerte un poema. No me salió, pero te regalo lo que escribí, sólo el principio. Pero lo lees luego, en tu casa.

Una congoja súbita arremete contra Leonor y está a punto de transformarse en lágrimas. Pero por muchas razones no quiere que Gabriel la vea llorar, y apresuradamente abandona la cueva, de retorno a la realidad. En la mano aprieta el frustrado poema como si fuera un pájaro caído que estuviera resuelta a curar y devolver al aire.

Ya en la playa, se detiene al ver cómo el poeta, en vez de seguirla hacia el camino, ha dado dos pasos hacia el agua y mira, clavado en la arena, la inmensidad del mar, que se va oscureciendo a medida que cae el crepúsculo.

– ¿Qué miras, Gabriel? -y en el acto se arrepiente de haber hecho esa pregunta, que el poeta, ensimismado, no responde. No es necesario, por desgracia Leonor sabe muy bien lo que la mirada de Gabriel rastrea entre las olas. ¿Y ella? ¿Qué mira ella? Sus ojos permanecen sobre la silueta desdibujada por el anochecer, quieren memorizar sus contornos, retenerla a toda costa porque de pronto siente que esta primera vez que se han visto y abrazado será también la última.

Pobre loco, tan solo en este mundo sin piedad.

Y pobre de mí, que lo daría todo por alargar este día.

Lo toma de la mano y tira dulcemente de él. Gabriel se resiste un instante, y la mira a los ojos.

– Contigo me siento con fuerzas para vencerla, para hacer que se vaya.

Leonor sonríe para no desbaratar la felicidad del loco, pero también calla, porque sabe que decir una sola palabra es seguirle el juego, exponerse a ser absorbida por el torbellino.

Emprenden el ascenso, de regreso a la normalidad detestada. Las sombras de la noche los custodian como carceleros que vigilaran el puntual regreso de los presos a su celda, tras el breve paseo diario al aire libre.

– A partir de mañana podremos abrazarnos más tiempo, dos días enteros. Tomás tiene previsto un viaje de negocios a la ciudad, y va a llevarse consigo al niño -propone Leonor, asombrada de sí misma, de su valor. Su corazón se ha adelantado a la razón. Simplemente, quiere volver a ver a Gabriel. Tal vez el torbellino la ha arrastrado ya.

– Te esperaré en la playa al amanecer de pasado mañana -susurra él, pletórico y tentador. Y en su voz envolvente, y en su evocadora mirada fundida con las sombras, y en su frágil respiración anhelante de ella encuentra Leonor las causas que hacen a este hombre infinitamente deseable para las mujeres que ignoran el extravío de su mente.

– Vendré a la playa al amanecer de pasado mañana -dice, mirando a los ojos del torbellino. Y luego lo mira largamente cuando por fin se aparta de ella y emprende el camino del pueblo: una figura alta y desgarbada, portadora de engañosa felicidad transitoria y de desgracia segura, que eleva a modo de despedida el brazo antes de desaparecer, tragado por la oscuridad. Un nuevo presagio negro impulsa a Leonor a apretar entre las manos el papel que Gabriel acaba de darle. «Aférralo -parece sugerirle-, tal vez sea lo único que tendrás».

Ya en la casa, y apenas concluye con sus obligaciones de esposa, las gratas de atender a Damián y abrazarlo y las ingratas de explicar al celoso Tomás dónde ha estado y de recibirlo luego en el lecho, se refugia en la soledad protectora de su dormitorio y desdobla entonces el papel, cuyo contenido lee y se dice a sí misma en voz alta, tratando de evocar, al otro lado de las sílabas, lo mejor de la mirada del poeta, lo que en él está a salvo de su propia locura, si es que hay algo:

– Todo es nada, todo es a lo sumo tiempo que fluye.

Pero la frase, que ella esperaba cargada de sentimiento amoroso, la desconcierta por su oscuro pesimismo, por su fatalidad imposible de casar con las expectativas que ella había dejado fluir. Siente que ha descrito Gabriel las tristezas de su vida, intuidas por su sensibilidad de poeta. Probablemente es incapaz de adentrarse más allá en el terrible mundo de mentiras donde a ella la han coronado reina contra su voluntad. Tomás Montaña asegura que la ama sin límites, y que ella es lo más importante de su vida. Sin embargo, percibe desde hace tiempo su rechazo permanente, el asco que crece día a día dentro de su cuerpo y de su espíritu, y por ello se ha aprovechado de su inmenso poder en Padrós para armar alrededor del matrimonio un gigantesco entramado teatral. Allí donde va, glosa en voz alta y arrogante el gran amor que siente por su esposa, y cómo ella le corresponde. Y los sumisos habitantes del pueblo, a fin de agasajarle la imaginación, representan pegajosamente la pantomima de que envidian su felicidad, la perfección de su matrimonio y el amor inabarcable que se profesan. Leonor, violada cada noche por el hombre que dice morir de amor por ella, sale cada día al balcón de este reino de la mentira y saluda a sus súbditos porque no tiene otro lugar al que ir, y teme represalias que podrían acabar por hacer daño al pequeño Damián. Tal vez Gabriel, con su frase, ha querido mandar unas palabras en su auxilio, una idea al rescate de su esperanza. ¿Habrá querido decir que sus desdichas acabarán por pasar? ¿Le sugerirá que para ser feliz es preciso vivir el momento presente, y es su verso inacabado una invitación a abrazarle sin pensar en mañana? En cualquier caso, es la frase que este hombre loco e inútil para la vida ha escrito pensando en ella.

¿Es necesario más?

El papel, por su peripecia de humedad y sudor en el zurrón de Gabriel y luego en la mano y en el regazo donde Leonor lo ocultó al llegar a casa, muestra la tinta desdibujada en algunos de los trazos, y le hace sentir urgencia por copiar el ininteligible verso para ponerlo a salvo. Tal vez así lo entienda algún día. Se acerca al escritorio, toma papel de carta y pluma y, con su letra mejor dibujada, se aplica en transcribir una por una, como si compusieran un reto contra el mundo, las palabras de Gabriel.

Todo es nada, todo es a lo sumo tiempo que fluye.

Luego, mientras deja reposar la tinta, contempla su obra, y lo hace tan fijamente que la frase, como si tomara confianza, parece relajarse ante sus ojos y comienza a mostrar su hasta ahora oculto sentimiento amoroso. Son palabras exclusivas para ella.

¿Es necesario más?

Dobla el papel y lo guarda bajo llave en su cofre favorito, pequeño y de madera de roble, con adornos de cuero repujado. Inexplicablemente, siente que esos trazos de tinta son un seguro de pervivencia, lo que quedará del abrazo de Gabriel y Leonor más allá de la muerte, un enigma seguramente indescifrable para quien, hallándolo en el futuro, se pregunte quién escribió esas palabras y por qué.

Se mira Leonor al espejo. La hermosa joven reflejada sonríe vagamente, y hace que ella se anime por dentro. Y fortalecida por la complicidad de la mujer del espejo, Leonor se acerca a la cuna, besa a Damián y lo arropa, y luego se acuesta mirando al dosel sobre ella antes de cerrar los ojos.

Pasado mañana al amanecer, en la playa.

¿Por qué no?