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Todo el amor y toda la muerte
Novela de Gabriel Ortueño Gil
El mar de este acantilado vive una maldición de amor… Todos hemos escuchado historias prodigiosas acontecidas a otras personas. Yo ahora os contaré una que me ocurrió a mí.
Puede que no deis crédito a mis palabras. Sin embargo, os aseguro que no miento. Cuanto voy a contar es rigurosamente cierto. Todo el amor y toda la muerte narra sin ocultamientos ni adornos mi odisea personal, mi tragedia, el dolor infinito que me atormenta y consume desde que protagonicé la más increíble de las aventuras.
Y narra, sobre todo, mi soledad.
Nada sospechaba sobre las espeluznantes sombras que me aguardaban cuando, alegremente invadido por esa euforia burda y engañosa con que en la ávida juventud nos tientan desde el horizonte los senderos de gloria, embarqué como soldado raso camino de la isla de Cuba, a bordo de un buque de guerra que zarpó del puerto de Palos el siete de enero del año del Señor de 1897.
El viento que henchía las velas era el mismo que inundaba mi pecho de fuerza viril y pasión marinera. Cuba me aguardaba. ¿Qué épicas empresas militares protagonizaría en la isla? ¡Cuánta ingenuidad! Porque si ancha es la mar océana, no lo es menos el abismo que media entre las intenciones que alientan el corazón de un hombre antes de comenzar su periplo y los logros verdaderos y por lo general escasos y ruines que suele coronar su cuerpo extenuado y vencido por la larga travesía de la vida. La épica de nuestra derrota cubana la han contado ya escritores, periodistas, políticos, veteranos mutilados, héroes… Por ello no me extenderé en su glosa. Sólo detengo mi relato para pedir un minuto de silencio por los amigos que yacen sin tumba ni misericordia en aquella tierra lejana donde jamás imaginaron que morirían. El segoviano Esteban, entrañable amigo que, embarcado conmigo, me pidió que le dibujara sobre cubierta, sirviéndome de la bayoneta a modo de tosca pluma, alguna referencia del lugar al que nos dirigíamos, pues al no haber acudido nunca a la escuela carecía de conocimientos sobre mapas, continentes y países. No imaginaba que un filo como el que yo blandía para representar la tierra que iba a ser su tumba lo degollaría en la primera refriega a la que fuimos arrojados. Rodrigo, andaluz intrépido, de palmas siempre dispuestas a la juerga y con un surtido interminable de coplillas cómicas en la boca que, al abandonar imprudentemente la posición donde unos pocos nos hallábamos sitiados, gritando fuera de sí que se volvía a su Sevilla natal, fue capturado, y durante toda la interminable noche, hasta que al amanecer fuimos rescatados, hubimos de oír los gritos de dolor, cada uno más espeluznante que el anterior y menos que el siguiente, que arrancaban de su garganta los suplicios de los mambises. Fui yo quien, mediada la mañana, lo hallé aún vivo, atado a un árbol frente a un fantoche hecho de ramas, hojas y hierbas que semejaban una forma humana, sobre la cual los verdugos de Rodrigo habían ido pegoteando cuidadosamente las tiras de piel que iban arrancando del cuerpo del desdichado. Mi amigo sevillano se me murió en los brazos, entre estas manos sostuve su cara transformada por el dolor y con estos ojos recogí su última mirada, y tal fue la impresión que padecí que allí mismo rogué a Dios Nuestro Señor, gracias a cuyos misteriosos designios nos hallábamos en Cuba disputando a los cubanos lo que por lógica geográfica parecía ser legítimamente suyo, que jamás me permitiera padecer muerte tan lenta y atroz. Muchas veces me pregunto qué pecado habré cometido para que no haya querido escucharme.
La tragedia comenzó una mañana de julio del año 1897.
¿Acaso importa todo lo anterior?
Seis hombres y un sargento habíamos sido enviados a una tarea de exploración cuyo objetivo y detalles he olvidado. Los muertos no suelen recordar qué bota se calzaron primero el día de su muerte.
El calor asfixiaba. Nos habían asegurado que no había mambises en la zona, pero los mambises nos atacaron a media mañana.
Desde la maleza, un fuego nutrido dio con dos de nosotros en tierra, el sargento uno de ellos, y nos arrinconó a los demás contra una pared cortada a pico sobre el mar. A veces me he preguntado si en realidad no serán todos los acantilados del mundo uno solo, puesto ahí por los dioses anteriores al nuestro para que los hombres sientan la tentación de arrojarse por él. ¿Estaba planeado desde el principio cercarnos así, bajo el yugo del sol enloquecedor y con la tentación de la masa líquida del mar a la vista, al alcance de un salto? Seguramente, porque al atardecer de ese día en que el aire fue fuego y la luz infierno, un soldado saltó al mar, incapaz de soportar más. Los demás, ansiosos por saber si se había matado o si el peligro que había asumido podía suponer una forma de escape, nos asomamos al abismo, despreciando el riesgo de quedar a tiro. Pero nadie nos disparó. Nuestros atacantes tenían otros planes para nosotros, ratones presos en una jaula invisible a merced de gatos endiablados. Lo comprendimos al mirar abajo.
El soldado, cuya caída había sido amortiguada por algunas ramas y finalmente por el colchón salvador del agua, chapoteaba torpemente en dirección a la playa, espantado por la visión de dos aletas triangulares siniestramente nítidas que cortaban el mar hacia él. Sin embargo, y debido a la maquiavélica ubicación de la pérfida trampa donde habíamos caído, tenía también una oportunidad de salvación, un siniestro dilema mortal: el agua, a merced de los escualos… o la orilla donde, machete en mano, feroces espectros humanos cubiertos de harapos le animaban entre chanzas obscenas a nadar hacia ellos. El instinto del soldado eligió la orilla. ¡Más le habrían valido los tiburones, portadores al fin y al cabo de la piadosa muerte instantánea en sus bocazas!
Los rebeldes de la orilla, sin contar a los que desde la maleza vigilaban fusil en mano que no huyéramos por tierra, debían de sumar veinte o veinticinco hombres, todos de piel oscura y bestialidad exultante. Quiero en honor a la verdad decir que durante mis meses de lucha, y aunque sea sabido que la guerra genera espantos y atrocidades, fui testigo de actos de nobleza con el enemigo en algunos guerrilleros mambises o en sus jefes. Pero estos que nos sitiaban no habían surgido de útero humano. No puedo, aunque debería en rigor hacerlo, relatar en estas páginas que leerán sensibilidades delicadas el descarnado aquelarre de violencia, sobre todo sexual, a que durante interminables horas fue sometido el infeliz. Basta reseñar que ni el alivio del desmayo le fue concedido, pues cuando perdía el conocimiento la hoja de algún machete experto sajaba su carne en brazo, muslo o espalda para traerlo de regreso, entre aullidos de clemencia, a su indescriptible realidad. Toda la noche duró su calvario, que concluiría sin embargo de forma aún más espeluznante. Al amanecer, los verdugos auparon a una barca su cuerpo quebrado y ya mutilado, pues su antebrazo izquierdo había sido amputado de un machetazo cuando con él intentó defenderse de los satánicos ritos sexuales. Adentrándose a remo unas decenas de metros en el mar, lo arrojaron al agua y aguardaron luego con inhumana frialdad a que la sangre derramada desde sus múltiples heridas atrajera a los tiburones. Casi exangüe y medio muerto, aún chilló y se revolvió el desdichado contra las fauces que desde la profundidad le arrancaban la vida a mordiscos. Me juré ante su imagen última, una suerte de sopa roja de carne, huesos y alaridos sobre la superficie calmosa del mar, que no sería ése mi destino, y en el acto comencé a buscar desesperadamente una jugada favorable sobre el penoso tapete de mi situación.
La encontré al mediodía del siguiente día. El sol llevaba horas atormentándonos de nuevo. Las fieras humanas del abismo, recuperadas de su orgía, nos animaban desde la playa a saltar, hambrientas otra vez de víctimas vírgenes. Mis compañeros, enloquecidos por la sed y tentados por el alivio del suicidio, extraviados e incapaces de razonar o de ver otra cosa que el destino que nos aguardaba, aceptaron mi liderazgo en el desesperado plan de fuga que les propuse.
La víspera, cuando la mancha roja de la sangre de nuestro compañero se había ido disolviendo, inevitablemente rendida a la superioridad salada del azul, y por último desapareció, musité para él una oración humilde, tan sentida como inútil, y me di luego a observar el promontorio de piedra que se erguía a cincuenta o sesenta metros del punto donde nuestro compañero, a cuyo sacrificio debíamos agradecer nuestra esperanza, había caído cuando se lanzó al espejismo de salvación del mar. Cincuenta o sesenta metros y luego, más allá del promontorio de roca, la cala de arena blanca en la que me había fijado cuando nos acercábamos sin saberlo hacia la emboscada. Si éramos capaces de nadar con velocidad y teníamos suerte para esquivar a los tiburones, expliqué a mis tres compañeros, podríamos alcanzarla y hallarnos lejos de los mambises, al menos lo suficiente para intentar el regreso. El mayor riesgo eran los tiburones, pues los de la orilla tardarían en reaccionar y cuando se lanzasen a la mar en las barcas podíamos ya estar lejos.
¿Qué posibilidades había? Seguramente ninguna, pero intentarlo era lo único que teníamos y estuvimos de acuerdo en hacerlo. Todos excepto un muchacho madrileño muy joven que no sabía nadar y al que aterrorizaba más la perspectiva de lanzarse al mar que la del suplicio. Trató de convencernos, primero con razones absurdas y luego con agresividad demente, cada vez más fuera de sí, para que nos quedáramos a resistir allí con él, bajo el sol, sin agua, comida ni apenas municiones. Llegó a amenazarnos, tal era su delirio. Pero en realidad, ¿quién puede calibrar los disfraces con que el destino disimula sus planes ocultos? De no haber sido por aquel muchacho y por su locura, yo no habría vivido la más extraordinaria aventura que fuera dado conocer a ser humano alguno, aunque también es cierto que la maldición que ahora me encadena y atormenta nunca se habría producido.
Sin más dilación, los otros dos hombres y yo nos lanzamos al vacío. Del salto recuerdo su insólita extensión temporal, que probablemente fue una figuración de mi cabeza en tan excepcional instante de tensión, y la sensación de que el acantilado me acogía, como un túnel de serenidad y paredes invisibles hacia la otra vida. Sin encomendarme a Dios, pues no me parecía de fiar si me había llevado hasta allí, ni al Diablo, que de todas formas me aguardaba ya en la hoja de los machetes o en los dientes de los tiburones, me esforcé por mantener el cuerpo rígido y la cabeza fría, no como mis compañeros, que manoteaban frenéticamente en el aire, como si se afanaran en escalarlo o quisieran mediante ese esfuerzo hacer brotar de sus espaldas milagrosas alas salvadoras. Uno de ellos, además, chillaba para contrarrestar la formidable sensación de vértigo, y su grito sólo sirvió para alertar a nuestros verdugos, que dormitaban en la playa inadvertidos de nuestra intentona y en el acto se pusieron en marcha para capturarnos.
Sonó de repente un disparo. No podían ser los rebeldes, cuyos fusiles habrían tenido que ser capaces de disparar balas en imposible trayectoria curvilínea para acertarnos. Entonces escuché, imprecisos en medio de la ensordecedora catarata de aire que me presionaba los oídos, los furibundos insultos en español que provenían desde arriba. El muchacho madrileño, perdida toda razón y piedad, nos insultaba salvajemente por haberlo abandonado y disparaba contra nosotros tildándonos de traidores al ejército, a la bandera y a la patria. Ese inesperado peligro desbarató la escasa sangre fría que tan trabajosamente había podido atesorar dentro de mí. Perdí la vertical, y mi cuerpo, como el de mis compañeros, se desmadejó en informe masa de carne que trataba de asirse al aire con pies y brazos crispados.
El segundo disparo me alcanzó de lleno. Me lo dijo antes que el dolor el calor denso y pegajoso que sentí extenderse como una siniestra mancha de aceite por mi espalda. ¡Acechado por tiburones y asesinos, venía a darme muerte el hombre con quien la víspera había entonado canciones de nuestra tierra!
Impacté contra el agua lanzando un patético grito de rabia y súplica, y aunque me sabía un apetitoso pedazo de carne entre los tiburones, cuyas aletas cortaban ya la superficie del mar en dirección hacia mí, el último hilo que me unía a la vida resolvió luchar. Desde niño fui un gran nadador, dotado de una capacidad pulmonar tan extraordinaria que algunos, bromeando, se preguntaban si no sería yo más pez que hombre, y encomendándome a ese recuerdo absorbí todo el aire de que fui capaz y me sumergí en las cristalinas aguas donde me aguardaba la muerte. De la herida en la espalda, que comenzaba ya a latir con dolor intenso y casi paralizante, manaba la sangre en estela rojiza que atrajo al más temerario de los tiburones. A pesar de la muerte atroz que nadaba veloz hacia mí, buceé en dirección al promontorio de piedra fijado como objetivo inicial. Pero no tenía posibilidad de alcanzarlo y, sabiendo que la ausencia de aire me reventaría de un momento a otro los pulmones, me revolví repentinamente en el agua para, al menos, morir de frente. Aquel gesto me concedió una tregua, porque el escualo, cuyas fauces se cernían ya, debió de desconcertarse ante la súbita sacudida del agua, y dudó un instante, lo que me concedió la décima de segundo necesaria para distinguir una oquedad en la piedra, ligeramente a la izquierda del rumbo que me había marcado. Hacia ella me lancé con el último impulso, y en ella me adentré justo cuando la boca del tiburón, en su nuevo ataque, chocaba a milímetros de mis pies contra los bordes de la angosta entrada de lo que resultó ser un túnel negro largo y estrecho. Si hubiera llegado a ser consciente de que iba a morir ahogado en un ataúd de piedra y oscuridad, la desesperación y la pena me habrían obligado a abandonar, pero el túnel negro largo y estrecho me transmitía, extrañamente, paz para confiar y ánimo para nadar. Me lancé a dar brazadas ciegas, ignorando los arañazos, limpios como cuchilladas profundas, de la piedra sobre mis brazos, piernas y manos. Al fondo latía la sombra remota de una claridad, y quise que el último acto de mi vida consistiera en alcanzar esa luz. Desemboqué con ese esfuerzo final en una caverna amplia de agua clara, al otro lado de cuya superficie inalcanzable reposaba, serena e indiferente, la gloriosa luz del día. Un esfuerzo más, ordeno mi irreductible cerebro, pero los brazos no respondieron ya, y, comprendiendo que era el fin, expulsé en una larga bocanada mi reserva mínima de aire para no alargar absurdamente mi agonía. Como imágenes de la vida que se me iba, burbujas incontables subieron bulliciosas, ellas sí libres, hacia la frontera con el aire hermoso y simple que afuera flotaba con desdén por mi fin.
Entonces una mano se apoyó en mi hombro. ¿Por qué supe que era una mano si en realidad no fue una mano? ¿Y cómo puedo decirlo si no llegué a verla, pues en realidad nada había que ver? Pero todo ello lo habría de saber después.
Con una finta velocísima de anguila serpenteante o águila dueña de las alturas celestiales, el ser, la cosa, lo que fuera, llamémoslo el aire que me había rozado, se materializó a medias ante mí. Vi, como dibujados con tinta invisible por ingenua mano infantil, unos enormes ojos de intensidad ajena a lo humano o terrestre que, aun así, se me figuraron los de una muchacha joven que nadaba, no encuentro forma más cercana a la verdad de describirla, envuelta en un manto de agua. Sí, no estoy loco: agua dentro del agua. Sí, no estoy loco: agua distinta al agua. Sí, no estoy loco: agua incolora, agua transparente, agua invisible en el agua cristalina azul. Vi entonces sus labios también invisibles, como invisible era el dedo esbeltísimo sin principio ni fin que se apoyó sobre ellos para reclamar mi sosiego. Y, a pesar del baile de turbulencias marinas que ejecutaba alrededor de mí la también intangible muchacha, me sentí relajado, inexplicablemente a salvo. Sus labios, entonces, se acercaron a los míos. Se posaron sobre los míos. Me besaron. ¿Así se lleva la muerte bajo el mar a los condenados, con un beso que parece de amor y vida y tal vez por ello resulta irrenunciable? Obedecí, ¿por qué no? Obedecí sin pensarlo y atreviéndome a mantener los ojos abiertos, incapaz de sustraerme al embrujo de aquella visión. Y en ese instante comenzó el milagro que he venido a narraros. Y en ese instante nacieron mi felicidad y mi desdicha.
La muchacha, pues debo decir que mi intuición adjudicó en el acto género femenino al ser invisible, fuese de la especie que fuese, abrió aquellos labios suyos sin carne y sin embargo vivos y su lengua, o lo que imaginé que debía de ser su lengua, buceó en mi paladar. ¿Por qué seguía vivo, si hacía ya interminables segundos que había expulsado la última partícula de aire? Con su boca hondamente adherida a la mía, las formas del inexistente cuerpo de la muchacha comenzaron prodigiosamente a alargarse, y alargarse, y alargarse hasta que se transformó en una serpiente inacabable que se lanzó frenética hacia la superficie y la hendió como un flechazo surgido desde las profundidades para hacer diana en el mismísimo corazón del aire. Un imposible estallido de felicidad y vida inundó en el acto mis pulmones. ¿Es necesario decir que no me detuve a estudiar el fenómeno, ni a dudar de su veracidad, ni a asombrarme ante él, sino que me limité a aprovecharlo? Porque, puesto a explicarlo, habría debido decirme a mí mismo que una maravillosa muchacha invisible había extendido de forma imposible su cuerpo hasta el cielo para tender un puente invisible entre mis pulmones y el exterior. No, no pensé. Sólo respiré, sólo bebí literalmente el aire que llegaba por tan prodigioso conducto, sólo lloré agradecido por aquella conmovedora, inmensa celebración de la vida que supuso el simple hecho de respirar, la idea del cielo hermosamente azul llenando de luminosidad mis pulmones. Y sólo deseé, con toda humildad, abrazar a mi increíble salvadora.
Y la muchacha, ni bajo la peor tortura sabría yo explicar cómo ni por qué, supo que ansiaba hacerlo. Asombrosamente, si a estas alturas puedo utilizar tal palabra en estas páginas, me oyó pensar bajo el agua, y al escuchar mi deseo vino a cumplirlo.
Un terremoto se desató sobre la superficie del agua, como si el mar y el cielo hubiesen buscado entrelazarse para desasirse de nuevo una vez saciados uno del otro. El terremoto bulló furioso, aunque yo sabía que también inofensivo, y se sumergió en picado sobre mí, tragándome de un solo bocado, ¡sí, tragándome!, como si fuera la boca de todos los tiburones de todos los océanos juntos. Una vez me hubo engullido, la boca, o el ser, o el terremoto, o la muchacha invisible, ejecuto una magia nueva y más deslumbrante. Comenzó a encogerse, se ajustó a mi cuerpo más y más, como la red alrededor de la presa, como el guante sobre la mano que en invierno busca cobijarse del frío que hace desapacible el mundo. Yo, sin embargo, ningún temor albergaba. La dejé hacer. La muchacha se pegó a mí casi completamente, quedando su piel elástica a cinco centímetros de la mía, lo que, si se me permite la torpe descripción, no era otra cosa que un traje hecho a medida relleno de aire en el hueco sobrante, a fin de que pudiese yo respirar. Puesto que la muchacha parecía conocer mis pensamientos, u oírlos, quise darle las gracias mentalmente, pero no fui capaz de más esfuerzos. El aire puro, limpio y salvador había resultado ser más poderoso que todos los enemigos y emociones contra los que había luchado en esas horas, incluso más que la todopoderosa muchacha, y él solo, sin más acción que la de inundar mis pulmones, logró que me rindiera al fin y entregara mis agotados sentidos a la tentación acogedora del desmayo. Antes de abandonarme a él, me sentí arrastrado por el impulso nadador de la muchacha que consigo me llevaba.
Boca arriba, inerte como el moribundo que yace quejumbroso pero lúcido en su lecho último, desvalido como el bebé surgido de las humedades protectoras de la cueva materna que ve, sin entenderla aún pero anhelándola ya, la primera luz del mundo que le aguarda, surqué las profundidades arrastrado a velocidad inimaginable y a la vez mimosa por la invisible muchacha del agua.
Respiraba en paz, y me era dado contemplar el silencioso corazón azul y transparente de los mares infinitos.
Si esto era la muerte, la amaba.
Si esto era la muerte, quería seguir amándola siempre.
Y debo decir que la muerte no está hecha de oscuridad, sino de agua clara tenuemente iluminada por una inalcanzable llamarada prendida muy a lo lejos, que no es sino la memoria de lo que fuimos, la esencia de lo que querríamos haber alcanzado, la sombra que antes o después vacilará hasta apagarse para no perdurar.
¿Qué otra cosa sino que estaba muerto pude pensar al principio, cuando tras recuperar el conocimiento, me hallé boca arriba sobre un lecho intangible, misteriosamente flotante cinco metros por debajo de la superficie del mar? Me mantenía sin esfuerzo, como un pez, y como un pez podía también respirar, lo que, unido al conocimiento de que había sido tiroteado en tierra y vapuleado y arañado bajo las aguas, sólo me permitió deducir que mi sereno levitar no era sino la incauta figuración de la muerte que se hacía mi necia mente temerosa. Sin embargo, tenía la facultad de sentir. Sentía la levedad de mi vuelo y la caricia de una imposible brisa marina en mi piel desnuda. ¿Y acaso sentir no es lo contrario de estar muerto? En ese lógico desconcierto, bendito a pesar de todo, continué instalado durante los segundos que aún me llevó recuperar la consciencia, y cuando lo hice hallé valor para extender la mano, única y exigua aventura que mi insólita situación me recomendaba emprender. Con la diestra me toqué, recorriéndolos, los hombros; reconocí el pecho y el vientre, los muslos. Percatado de mi desnudez, pretendí luego comprobar que seguía entero. Las rozaduras de la roca sobre mi carne, abiertas cuando me debatía intentando salir del negro túnel, estaban para mi asombro cerradas y cicatrizadas, y al atreverme a dar el siguiente paso de mi exploración, que consistió en elevar la cabeza para estudiarme con la vista, verifiqué que se habían convertido en pálidas estelas rosadas, desdibujadas como el recuerdo de un beso desganado. ¿Quién me había curado, y cómo y cuándo lo había hecho? Mi mano se animó entonces a tantear en busca del balazo. No fue fácil debido a la incómoda posición, y cuando llevaba algunos segundos buscando a ciegas por la espalda, retorcido con torpeza ineficaz, me estremecí al sentir que algo vivo me tomaba dulcemente de la muñeca y dirigía mis dedos hacia el lugar donde había entrado el tiro del soldado loco. Palpé y volví a palpar, confiado a la suavidad del guía que llevaba mi mano. No había sino piel limpia, inmaculada, sin rastro alguno de herida de bala. Supe de pronto, con esa claridad con que algunos sueños, mientras acontecen, nos explican y hacen aceptar sus imágenes más inverosímiles con apabullante sencillez, que la curación se había debido al ser invisible que me salvó de los tiburones, y que al parecer sumaba ahora a sus virtudes la capacidad de realizar milagros. Como si hubiera captado mi pensamiento, la presión que aún me ceñía la muñeca apretó dos veces, igual que si asintiera. Al parecer, tenía yo la capacidad de comunicarme con esa misteriosa vida mental que me envolvía, y comprenderlo fue el mayor de los muchos asombros que cada segundo bajo el mar me estaba deparando. Asintió de nuevo la fuerza sobre la muñeca, esta vez cinco o seis veces, apresuradas y tal vez alegres. Estaba, pues, allí, en comunión conmigo… Es más, debí aceptar que me encontraba dentro del ser, como un Jonás de carne y hueso absorbido por una ballena carente de cuerpo pero dotada, a cambio, de inteligencia y de capacidad de realizar prodigios. Todo se sumaba para ser aterrador y sin embargo todo era celestial, sedoso como el sueño apacible de un bebé arrullado por el aire limpio de lo hermoso de la vida. Con igual naturalidad que la de ese bebé en la cuna, probé a girarme sobre mi inexistente lecho, y el simple trazo del deseo en mi cabeza lo convirtió en realidad con mimo infinito. Me encontré boca abajo, respirando con igual naturalidad, sin angustia, deslumbrado por la cristalina inmensidad sin límites del mar submarino que se ofrecía a mi mirada. ¿Podría, me atreví a pensar, desplazarme nadando? Y en el acto, por arte de la magia ya venturosamente familiar, empecé a avanzar sin más motor que el de mi simple capricho. Quise ir más rápido, y el movimiento se aceleró. Surqué como un feliz halcón desconcertado el cielo de agua turquesa con sus nubes de roca en el horizonte del fondo y sus pájaros con forma de pez, que se apartaban a mi paso, a nuestro paso, como afables súbditos multicolores. ¿Fue ese vértigo indescriptible el que, al cabo de un buen rato de dominar el mar con mi deseo, dio protagonismo a la piel y a la carne? Tan relajado y en paz, y tan vigorosamente feliz a la vez llegué a sentirme, que el instinto no pudo sino preguntarse qué niveles de delirio y plenitud alcanzaría el eufórico vuelo si me acompañase en él una mujer hermosa, dueña como yo del mar. Y entonces, lo juro, percibí que una mujer sin carne ni cuerpo, constituida sólo de sensualidad y alma, se tendía junto a mí y, apretando su costado desnudo contra el mío, me rodeaba el cuello con un brazo intangible de levedad conmovedora: no estaba solo, tenía una compañera en el cielo submarino. Me besó, y comenzamos a flotar juntos en un éxtasis que, al venir dictado por mi mero pensamiento, no encontró fronteras ni se afligió por los absurdos pudores artificiosos que ensucian la belleza honda de la sensualidad. Bajo el mar se disuelven todas las órdenes perversamente ideadas para reprimir los afanes de expansión de nuestra felicidad, y el placer, que os aseguro inabarcable, muestra la puerta del amor eterno que en la superficie nos está vetada. Mi culminación fue un espasmo interminable que entre sacudidas violentas contra el mar entero expulsó de mi cuerpo, a la vez que el semen que inundó el agua, esos miedos a la vida que tanto nos disminuyen, las mezquindades del corazón y los fantasmas del espíritu, los sucios recuerdos aferrados a mi más fea memoria. Después, sin poder evitarlo, lloré lágrimas de felicidad, recogido mi agradecido sollozo contra el cuello cálido del ser inexistente que me acababa de regalar la posesión del universo. Tanto me había dado que sentí la necesidad apremiante de entregarle también algo, y fue lo único que estuvo a mi alcance: darle cariñoso nombre, pues me resultaba intolerable que mi mente, al besarla calladamente, no se refiriera a ella de alguna manera concreta y amorosa. Complicada tarea, dar nombre a quien no podía ser contenida en una palabra, pues era a la vez paz y terremoto, ola frágil y océano entero, inteligencia viva que me escuchaba sin que yo hablase y sexualidad animal que arrancaba la vida para volvérmela a dar. Opté por llamarla «muchacha transparente». Le gustó, lo sé porque, al oírlo en el silencio de mi pensamiento, se abrazó a mí. Y así enmarañados, flotando yo en ella y velando ella por mi mente y mi respiración, nos quedamos dormidos.
Opto por narrar el resto del idilio callando, pues no hay en mi talento palabras para describir lo que viví los meses siguientes con una amante sublime, salvaje y tierna como fue para mí la muchacha transparente. Pero también es verdad que no ha nacido el ser humano para saber retener los tesoros que en el camino de la vida encuentra, y esta aventura mía de amor tuvo fin, como tienen antes o después todas las aventuras de amor. O ingenuamente eso creí yo… ¡Ojalá hubiera sido así! Pero no quiero adelantar acontecimientos, ni cometer la injusticia de contar a medias la historia de quien tanto me dio al principio. Aunque luego se pudriera todo, aunque hubieran de ramificarse hasta hoy mismo, hasta ahora, mi oscuridad y el horror que de ella fluye para envolverme sin resquicio de salida.
Antes quiero confesar y declarar, porque entiendo que servirá a quien juzgue la muerte de inocentes que aconteció después, o la que tal vez haya de acontecer irremediablemente mañana, que fui dichoso con la muchacha transparente durante largas semanas, varios meses, puede que un año. No puedo precisarlo, pues si ya es difícil concebir o atender cualquier forma de medida temporal cuando nos inunda la felicidad y cada instante de nuestra vida es un río desbocado por el deslumbramiento, resulta imposible hacerlo en un lugar que, como el mío, era un universo nuevo y pleno donde se nutría de luz invisible incluso la oscuridad más profunda de los fondos marinos donde tantas veces nos amamos. Os preguntaréis qué comía y bebía, o cómo era la convalecencia de mis heridas… Yo respondo que no lo sé, ni necesitaba saberlo. Era suficiente percibir que la muchacha transparente permanecía siempre a mi alrededor, extendiendo su cuerpo invisible hasta la superficie cuando era necesario para alimentar nuestra burbuja de aire fresco, o capturaba para mí los peces que se detenían curiosos a observar nuestra permanente danza, o me subía desde el suelo del mar ofrendas de moluscos que mimosamente abría para mí. ¿Pide un bebé explicaciones científicas sobre el origen de la leche materna que le da vida y paz? Pues en la misma placidez contemplativa se mantenían mi cuerpo y mi espíritu.
Al haber sido incapaz de medir el tiempo de mi felicidad, tampoco puedo ubicar el día en que mi vida bajo el mar comenzó a enturbiarse y surgieron las ciénagas. Tal vez el ser humano está condenado a ver agitada su vulnerabilidad por turbulencias inevitables como los accidentes geográficos, los ríos y montañas que pueblan los mapas y los países, tal vez sea yo y sólo yo quien no puede hallar reposo si carece de tormentas en su horizonte. Sea como sea, desperté un día herido por el lanzazo inesperado de la melancolía por la vida en tierra. A estas alturas ya era infinita, sí, infinita, he dicho bien, la unión mental entre la muchacha transparente y yo, y noté cómo en el acto se revolvía también, inquieta por mi insólito desvelo. ¡Ah, esa primera sombra fugaz que antes o después aletea, aparentemente nimia, sobre todos los deslumbramientos de amor que en el mundo han sido y serán! Esa insignificancia, casi siempre carente de importancia en sí misma, contiene sin embargo la constatación irrevocable de que ese amor nuestro que creíamos perfecto, luminoso y para siempre contiene fisuras, carencias, grietas que podrían empezar a abrirse, resquebrajando la fragilidad de nuestros anhelos… Lo sublime se desmorona con puntualidad cuando lo humano recupera su esencia. Y la mía, ¿no estaba naturalmente concebida para desarrollarse y acontecer en tierra firme? La pálida sombra, lánguida y flaca, comenzó a rodar por las laderas de mi corazón, convertida pronto en alud de inquietudes y añoranzas. La muchacha transparente lo entendió a la vez que yo, y su felicidad se vio en el acto también enrarecida. La vi triste. La supe triste. La sentí triste. La convivencia submarina, obligatoriamente perpetua para que no pereciese yo, no permitía que respirasen aliviadas nuestras soledades individuales, y muy pronto, como si fuera el hijo surgido del amor que habíamos vivido, el negro peso del hastío nació y comenzó a crecer, fuerte y dolorosamente sano, y sumado a mi añoranza por la tierra fue el arponazo que hirió de muerte nuestra indefensa felicidad.
Un día inevitable fue el último. Emergimos, desgarradas las almas y mudos los pensamientos ante el desgajamiento inminente. Percibía la pena inmensa de la muchacha transparente en mi piel desnuda y en la desgana exhausta con que me llevaba hacia la orilla. La luz del sol recuperado, brillando intensa en el cielo azul, me resultó indiferente, ajena, y puedo asegurar que cuando llegamos a escasos metros de la orilla y la muchacha se separó de mí sentí el desmembramiento del alma más intenso que haya experimentado ser vivo sobre la tierra. ¡Abandonaba, adulto y lúcido, el útero materno de una felicidad que se había demostrado verdadera! Igual que les pasa a los bebés que vienen al mundo, sentí en los pulmones la cuchillada de la primera bocanada del aire sucio del mundo. Y también lloré. Lloré por la pérdida de mi paraíso de serenidad. Y lloré por la muchacha transparente. Una vez hube nadado hasta la playa me volví. Y la vi: un impulso salvaje e invisible surgido desde el fondo del mar que subió hacia los cielos como un tornado de espuma y agua furiosa milagrosamente sostenido en el aire y, tras alcanzar su altísimo techo de dolor y lágrimas, se dejó caer, desmoronado como el aliento último de un moribundo, para fundirse sin retorno con la inmensidad oculta bajo la apacible superficie turquesa.
Pensé, roto por la aflicción, que era la última vez que la veía. Me equivocaba. Por desgracia, me equivocaba.
En la playa, los sentidos retornaron a mí en orden azaroso.
Primero fue el olor simple y profundo del mar, que impregnó el aire entero a mi alrededor. Durante mi aventura había carecido de sensaciones olfativas, pero sólo me di cuenta entonces, por contraste con la intensidad del salitre en la nariz.
Luego, el tacto. Mi piel y mi carne desnudas eran mecidas por un vaivén de oleaje suave como la espuma de un beso, vestigio evanescente de la larga levedad submarina. Pero enseguida sentí contra el pecho y el vientre una realidad hostil, sólida: arena, una playa.
Alarmado, abrí los ojos y me fue dado contemplar ese paisaje que, quienes limitados porque no han amado libres y salvajes bajo los océanos, han dado en llamar paraíso en la tierra: la arena blanca, fresca, acogedora tal vez para otros, de una playa rodeada por una furiosa eclosión verde de árboles y plantas. Examiné mi cuerpo, mi posición. Yacía desnudo boca abajo sobre la orilla, verdadera frontera metafórica y literal entre los dos universos donde había transcurrido mi odisea: la tierra de la que partí y a la que retornaba y el sublime lecho de paz y pasión del mar que, no obstante, abandonaba como el ladrón en la noche. El sol me ardía en la espalda, y me vino a la cabeza que podía ser el primero de los castigos físicos que mi mundo se disponía a infligirme por haber desertado de él.
Resolví ponerme en pie, dispuesto a regresar de una vez al lugar donde, me gustase o no, pertenecía, pero antes cerré los ojos y, con toda la delicadeza de que fui capaz, bebí un sorbo de agua salada, y luego otro y otro. Fueron besos inútiles y acaso avergonzados de sí mismos con los que me despedía de la muchacha transparente. Quise creer que allí, en la espumeante orilla, su espíritu, antes de partir, recogió la huella de mis labios. Una ola más poderosa que las demás, viva y nerviosa, ascendió por mi cuerpo, acariciándolo, y luego resbaló sin remisión arena abajo, iniciando el camino que la llevaría de regreso a las profundidades. Fue su beso último, su adiós.
Y tras él vino de vuelta la vida impura, fea y real.
Como si hubiera sido una señal apremiante, recuperé de golpe el quinto sentido y oí el sonido del mundo: rumores de viento y olas, chillidos exultantes de aves, signos de vida por doquier que, tras largos meses, tal vez más de un año embelesado por la hermosura del silencio, se me antojó insoportable. Fue esa agresión de ruidos apacibles la que me puso en pie de un salto, prevenido y en guardia contra el lugar al que voluntariamente había querido regresar.
Entonces descubrí al hombre bajo el cocotero.
Asustado, calibré dónde ocultarme, qué posibilidades tenía de escapar sin ser visto. A pesar del tiempo transcurrido, la danza de los machetes sobre la carne de los prisioneros latía viva en mi recuerdo, igual que sigue haciéndolo hoy. Pero el hombre bajo el cocotero no se había percatado aún de mi presencia, lo que me animó a examinarlo un poco más de cerca. Ciertamente no parecía una amenaza, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra el tronco y la cabeza caída a un lado en difícil ángulo, como si hubiera perdido el conocimiento. Incluso podía estar muerto. Se hallaba solo, y ello me animó a aproximarme.
Vi entonces que el tajo de un machetazo le había desgarrado el muslo izquierdo desde la cadera hasta la rodilla, y donde una vez hubo carne y sangre sólo se veía ahora un afanoso enjambre de insectos verdosos y negros. Era un soldado español, como yo. Los jirones de su uniforme me recordaron que una vez, muchísimo tiempo atrás, antes de mi fabulosa aventura, yo había vestido ropas como aquéllas. Prendido a lo que restaba de su camisa llevaba cosidos los galones de teniente, aunque la fiebre y el sufrimiento habían arrebatado al desdichado toda gallardía y honor. Así que el mundo no había cambiado en mi ausencia: allí seguía el ejército español, muriendo y matando en la isla. Ninguna gloria patriótica se percibía en aquel ser patético secado al sol, cuyo tormento a nadie reportaba beneficio. Pero precisamente por ello no podía abandonarlo allí. Cargué con él a hombros, sorprendido de la fuerza física que me permitió alzarlo como si no pesara más que un chaval raquítico, lo que, en definitiva, era de alguna forma, y eché a andar sin alejarme de la costa. Intuía que de toparme con algún peligro siempre podría correr al agua y pedir ayuda a la muchacha transparente, de la que quise imaginar que, por alargar un poco nuestra despedida, seguía avistándome desde mar adentro.
¿Cuánto caminé bajo el sol? ¿Y por qué no me agotaba? Una determinación ciega, motivada más por el afán de prestar auxilio al herido, del que por alguna causa me sentía responsable, que por regresar yo mismo a la civilización, me animaba a continuar dando un paso tras otro sin atender al cansancio o a la sed que, extrañamente, no comparecían para apoyar al verdadero tormento: el del sol y su fuego.
Había caído ya la noche cuando, de súbito, casi me di de bruces con una patrulla española. Primero me aterré ante las sombras en movimiento que se adivinaron en la nada negra, pero cuando se adentraron en el círculo de luz que dibujaba la luna sobre el camino reconocí que los espectros vestían nuestro uniforme. Y no pude por menos de echarme a reír con carcajadas histéricas cuando verifiqué que mucho mayor que mi susto fue el de ellos, espeluznados ante la aparición de un hombre desnudo, casi literalmente despellejado por el sol, que cargaba a una piltrafa humana todavía viva.
Algunas horas después, aseado y revitalizado por las dosis de agua que medidamente me iban suministrando, reposaba sobre una cama limpia. «Por fin a salvo», dijo el médico que me atendió antes de retirarse, pero en aquella mazmorra de higiene pegajosa y resecas sábanas blancas yo me sentía un inválido atrapado en un mundo mugriento… ¿Dónde estaba mi mar, dónde la muchacha transparente? Aquella primera noche de convalecencia la pasé acurrucado junto a la fantasía de que dormía con ella, amándonos sin límite en el océano de mi imaginación.
El amanecer convocó cacareos de gloria militar alrededor de mi lecho: dos o tres oficialotes de alta graduación me observaban en silencio, acompañados del médico y de un capellán que limpiaba continuamente el sudor de su frente. El teniente que había hallado bajo el cocotero, al que lamentablemente había sido preciso amputar la pierna y del que más valía no esperar que recuperara la cordura ni el habla, era hijo de un importante general, quien, feliz tras haber recuperado al primogénito perdido, recomendó que se me concediera una condecoración y se tramitara mi inmediato regreso a España. Esa noticia, que me habría hecho sentir júbilo antes de mi aventura, logró ensombrecer mi espíritu. Y sin embargo, ¿no era lo que había anhelado mi melancolía, acumulada a lo largo de tantas noches submarinas? Así de contradictorio es el ser humano, o así somos, al menos, algunos hombres. Cuando disfrutaba con la muchacha transparente pensaba en el retorno al hogar, y ahora que ese afán se veía cumplido mi mente volaba de nuevo buscando fundirse bajo las olas con su cuerpo intangible. Si contaba mi aventura de amor sería tomado por loco, así que callé y guardé para mí los detalles y el recuerdo de sus besos.
Convaleciente, mis días transcurrían tristes e infinitos, y cualquier incidente o suceso, por nimio que fuera, aliviaba mi tedio. Una mañana, trajeron a un soldado destrozado por los machetes enemigos. Debía de rondar los veinte, y era delgado y de corta estatura. Aunque en aquella jaula del infierno los rostros de todos los heridos eran el mismo rostro crispado, doliente y barbudo, aquel hombre desnudo y casi exangüe, con múltiples heridas de arma blanca en su carne, me resultó extrañamente familiar, y no supe, cuando lo depositaron sobre un catre vecino al mío, si estaba tan sólo desmayado o había muerto minutos antes. Reflexionaba sobre lo afortunado que a pesar de todo podía considerarme, cuando el hombre abrió los ojos y tras examinar muy despacio, creo que sin reconocer nada, el lugar donde había despertado, me miró. Traté de sonreírle pero no pude, tan impresionante era su faz de muerto que retornaba a la vida. Con gran asombro por mi parte, él sí me reconoció a mí, llamándome incluso por mi nombre de pila. Tenebrosamente, se refirió a una emboscada en la que había caído, y cuyas circunstancias y escenario resultaban tan parecidas a las de mi propia emboscada que ambas se dirían paralelas, si no idénticas. En su tenaz delirio, comenzó a desgranar detalles que yo había vivido y por supuesto recordaba: la hora del asalto, la misma en ambos casos; el mismo sol abrasador, el mismo desdichado que decidió saltar primero al mar y fue a caer en manos de los torturadores… También el mismo plan de fuga, que según el resucitado había planteado yo. ¿La locura me tendía una trampa? Ese soldado era, según él, uno de los siete que habíamos caído en la celada rebelde y en concreto, caí entonces en la cuenta, el madrileño que por miedo eligió no saltar al mar y, fuera de sí, disparó contra nosotros, alcanzándome en la espalda. Según contó, había caído en manos del enemigo a las pocas horas de quedar solo, cuando, rabioso y medio ciego por la luz del sol, agotó el último cartucho. Sufrió inimaginables tormentos y vejaciones, pero un pequeño contingente que había salido en nuestra busca apareció a tiempo de rescatarlo aún con vida. Escuché sin inmutarme, con esa afabilidad condescendiente con que recomiendan atender a los locos, y, quitándole importancia a la cuestión, le pregunté cuándo había ocurrido todo esto. Él respondió sin titubeos que la emboscada había tenido lugar sólo cuatro días antes. Me sobresaltó el imposible salto temporal, aunque ante él me limité a asentir con indiferencia, y al poco me giré, fingiendo que dormía. ¿Cuatro días? ¿Qué cuentas se hacía el desdichado? Yo había vivido el amor submarino durante intensas semanas que conformaron el paso de meses y más meses, no menos de un año antes de que la idea del regreso a casa comenzara a asfixiarme. ¿Cuatro días? Ridículo, me dije. ¡Imposible! Intenté dormir sin lograrlo. Pero la inquietud, subrayada por la respiración de silbidos entrecortados del resucitado loco, echó un pulso contra mi lucidez que se alargó toda la noche, y no fue hasta la primera luz del amanecer cuando el agotamiento, imponiéndose sobre los desasosiegos, me arrastró hasta el sueño.
Cuando desperté, el soldado ya no estaba, y esa ausencia que debería haber resultado tranquilizadora me preocupó aún más. Pregunté al doctor apenas entró, y él, que traía buenas nuevas sobre mi recuperación y el consiguiente retorno a España, corroboró con total naturalidad que el ataque había acontecido el lunes anterior; por tanto, siendo viernes el día en que hablábamos, habían pasado sólo cuatro días. Cuatro días, me repetí desconcertado. Entonces era cierto. Y comencé a temer por la salud de mi pobre mente vapuleada. ¿Habría perdido el juicio? Pregunté por el madrileño, que incluso en su extravío podía suministrarme alguna información añadida, pero el infeliz había muerto a primera hora de la mañana.
El mundo se convirtió de repente en una mentira por la que yo transitaba cauteloso, como si también se apoyaran mis sentidos y mi inteligencia en el bastón del que me servía para caminar. Cada paso que daba traía una pregunta nueva que requería su correspondiente constatación: ¿hoy es ciertamente viernes? ¿Esta enfermera es real? ¿Los disparos que resuenan a lo lejos son auténticos o ficticios?
¿Y la muchacha transparente?
Un anochecer me escabullí hasta la cercana playa. Bajo el cielo sin luna, el mar era una invisible masa de negrura que yo, en pie cerca de la orilla, identificaba por el callado rumor de la espuma a mis pies. Inspiré varias veces. Necesitaba valor y decisión para dar respuesta a la pregunta que habitaba en mí y me comía la vida:
¿Y la muchacha transparente?
Resueltamente, arrojé el bastón a un lado y me quité la camisola. Para hablar de tú a tú con el mar hay que estar desnudo, sin adornos ni apoyaturas. Me adentré un paso en el agua y luego otro. La masa salada me lamía las pantorrillas, tal vez era ella que retornaba… Otro paso y otro, al quinto resbalé sobre una leve irregularidad del terreno y la razón vino a recordarme que me hallaba aún muy débil, y que ese mar era hogar de tiburones que a veces se aventuraban cerca de la orilla. Al sexto paso, cuando una ola más vigorosa chocó contra mí y percibí cómo el leve impacto se transformaba en caricia de sal que ascendía por mi muslo, rodeándolo y ciñéndolo antes de aflojar y retirarse, creí que era ella, esta vez sin duda. Pero no hubo remolinos de felicidad presagiándose, ni se alzó entre las olas negras la reconocible algarabía de succiones que en el pasado me habían invitado a acompañarlas hasta el infinito fondo marino. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no comparecía? En el séptimo paso resbalé, y al caer tragué agua. Se inundó mi garganta de sal, tosí y escupí por la náusea y el instinto me hizo ponerme en pie, aterido y tembloroso, repentinamente temeroso de la realidad del mar, que me forzó a exiliarme del idílico mundo de la muchacha y cambiarlo por el mío, para el cual yo había vivido cuatro días de alucinado extravío en el interior de la jungla en vez de un año de felicidad bajo el mar. Expulsado de la felicidad por mi propia razón, cargado el espíritu de miedos en lugar de respuestas, con la mente en pugna brutal contra los sentimientos, comencé a recular hacia la orilla, y cuando la alcancé gateé en busca del bastón como un amante desarbolado por la duda, ridículo en mi desnudez súbitamente indigna. Hui sin mirar atrás. ¿Qué habría visto de haberme vuelto? El mar negro, invisible. O lo que es lo mismo: nada.
Al día siguiente embarqué para España. Llevaba una medalla de héroe prendida sobre mi famélico pecho huérfano de amor.
El barco zarpó un amanecer. Me devolvía a casa, igual que en su día me había sustraído de ella. Viajábamos a bordo héroes, cadáveres y tullidos. A los primeros, los más escasos, nos habían dado una medalla; a los otros, un ataúd o unas muletas que otros mutilados habían usado previamente. Nos miraban con respeto paternal los mismos oficiales que, a gritos y pistola en mano para matarnos si retrocedíamos ante el enemigo, nos habían llevado al matadero. Una noche soñé que los héroes, los tullidos y los cadáveres, éstos milagrosamente resucitados, nos amotinábamos y lográbamos el control del buque, pero al llegar a puerto en busca de venganza contra los vivos, nos abatían los fusileros vestidos de gala que componían parte de la parada dispuesta en nuestro honor para recibirnos con banda de música y discursos de gloria; a nadie satisface que muertos putrefactos, con barbas descuidadas y ojos enloquecidos por la pena, vengan cuchillo en mano a exigir cuentas y cobrar en sangre su infortunio.
Al amanecer de otra noche de insomnio creí ver a la muchacha transparente bullendo tras la estela del barco. Fue un mazazo de alegría, aunque también de incertidumbre, que el destino propinó contra mi alma. Llevaba tiempo intentando convencerme de que mi aventura marina había sido un sueño, y casi lo había conseguido cuando, al surgir ante mis ojos el conocido revuelo de espuma, volvió a erguirse en mí el fantasma alto y febril del deseo. Por un instante me vi, eufórico e irresponsable, suicida sin retorno, descolgándome por la borda para retozar con la muchacha, pero la inoportuna, o quién sabe, acaso oportunísima, aparición de otro soldado madrugador vino a frustrar mi plan, y no alcancé a saber si la corriente que se deslizaba bajo la superficie era o no la muchacha. ¿Venía tras de de mí, me seguía amando? Dentro de mi corazón colisionaron de frente el anhelo por volver a sumergirme con ella contra la convicción de que su existencia constituía la mayor amenaza para mi pobre salud mental.
Al avistar tierra española, mi razón cautelosa ya había trazado un plan de supervivencia que, cabal pero dolorosamente, exigía la renuncia a ese amor capaz de volverme loco. Apenas desembarcamos, y una vez hubimos rendido todos nosotros, los vivos en posición de firmes y los muertos callados en sus féretros de madera, los honores e himnos debidos a la bandera por la que habían perecido nuestras almas y en algunos casos también nuestros cuerpos, me apresuré a recuperar mi vida de civil, guardándome en el bolsillo los duros que por salvar al teniente moribundo me entregaron, y tomé el primer tren cuyo destino fuera el corazón más seco de la seca Castilla, el lugar más alejado posible del mar, habitado por lugareños que ni lo hubieran visto ni soñaran con que fuera para ellos posible conocerlo algún día. Allí renacería yo, allí olvidaría. Allí, acaso, volvería a amar.
La lentitud del tren que se alejaba de la costa me sugería el ritmo adecuado para reflexionar sobre la vida, sobre el amor y la muerte, cuando, al enfilar un tramo recto, la locomotora aceleró y el azul del mar que en la lejanía aún se distinguía entre montañas desapareció de pronto tras una colina. En el mismo instante me atacó el infierno con todos sus fuegos. Me abrumó un bochorno repentino, que crecía y crecía portando la ansiedad más acuciante. Luego sentí escalofríos, convulsiones, y enseguida, nítida y abrumadora por segundos, la falta de aire que se solidificaba en mis pulmones y me ahogaba. Espoleado por un terror sin medida, pues no existe para el ser humano angustia más grande que la tenaza de la asfixia, intenté respirar violentamente, con desesperación, pero el aire no llegaba a mis pulmones. Me puse en pie, corrí sin saber hacia dónde, y si continúo hoy con vida es porque en vez de razonar qué pasos debía dar me limité a seguir las órdenes de mi instinto.
Salté del tren en marcha, intuí que era eso o morir. La ejecución del acto implicaba mi renuncia a separarme del mar, y eso me salvó. Mi claudicación, al ser verbalizada por la mente, debió de llegar también a la muchacha transparente, que, de una u otra forma, tenía que hallarse detrás de mis ahogos, y me fue concedida una tregua. Pude respirar algo, muy poco, lo suficiente para no morir. Era como si alguien tirara de una correa ceñida con fuerza a mi cuello. Boqueando grotescamente, como un pez fuera del agua, sin decir palabra y moviéndome muy despacio para no agotar mis reservas de aire, aguardé al siguiente tren de vuelta hacia la costa y subí a él. Una vez partió, avancé a través de los vagones hasta la locomotora, con objeto de restar esos metros insignificantes a la distancia que me separaba del mar: mi nuevo, tiránico e inmisericorde pulmón.
Un rato después me dejaba caer de rodillas, como el esclavo irremediable que ya era, sobre la orilla de una playa solitaria, y allí, junto al mar, sentí que me invadía el éxtasis de la plena respiración vivificante jubilosamente recuperada.
Pero ya no era un acto libre. Ante mis ojos se encabritaron las aguas en furiosa agitación, como una advertencia en forma de tornado de espuma, y esa misma noche, a la luz de una vela junto a la ventana abierta sobre el mar de una pensión portuaria, me entregué al único consuelo que en esos momentos sentía a mi alcance. Comencé a redactar la historia de mi vida y de este amor verdugo.
Como suele suceder en todos los amores humanos que se rompen, también en mi caso llegó el momento, fallido e insuficiente siempre, del desolador análisis racional, de los intentos de explicación sobre por qué no fue lo que tenía que haber podido ser. ¡Cuánto tiempo de la historia del mundo se ha dilapidado, para nada, en tratar de responder a esta cuestión! Había vivido y gozado bajo el mar sin hacerme preguntas, ni una sola, pero ahora mis recuerdos, al carecer de cualquier anclaje con la realidad, se negaban como Judas de sí mismos: no, no es posible respirar en el mar. No, no puede un hombre volar bajo aguas. No, no existe la muchacha transparente. Porque ella, ¿quién o qué era? Ante ésta, todas las demás dudas flaqueaban, y a la luz vacilante de la vela comparecía, retomando protagonismo, el espectro de otra posibilidad cada vez más verosímil, cada minuto más real: nada de lo que viví había existido, todo era una alucinación de mi mente perturbada por la fiebre y el terror a los machetes. Pero entonces, ¿mis ahogos en el tren? ¿Y la vida, hinchando mis pulmones cuando regresé sumiso al redil del mar? El ángulo de la ventana me permitía ver un rectángulo del puerto. Las barcas se mecían suaves y seguras, a salvo en el agua que las acogía y mantenía a flote, pero el plácido bamboleo tenía para mí otro significado que cuanto antes debía clarificar y ordenar.
A la mañana siguiente, muy de madrugada, intenté con ingenuo sigilo escapar otra vez de la muchacha transparente. ¿Acaso no sabía que ella estaba en mis pensamientos y podía por tanto adelantarse a cada uno de los pasos que para burlarla intentase dar? Amparado en las últimas sombras de la noche salí a la vereda y caminé a buen paso tierra adentro. Tenso y demudado, lleno de temores, dejé atrás varias curvas del sendero y una pequeña altura del terreno, pero si volvía la vista, cosa que hacía en cada curva, como un niño temeroso del castigo paterno, todavía podía divisar, perdiéndose en la lejanía, la perversa quietud azul. Fue al iniciar el ascenso de una larga cuesta de tierra amarillenta cuando, sin previo aviso, sentí el fortísimo trallazo de la correa que ceñía mis pulmones. Me lancé a correr despavorido, apostándolo todo a la idea de que la influencia de la muchacha tuviera un radio de acción limitado, pero la asfixia me obligó a frenarme en seco y deshacer con igual frenesí el camino recorrido hasta el punto donde, por verse de nuevo el mar, pude volver a respirar. Sin detenerme a pensar en la terrorífica cárcel donde me hallaba preso, intenté otras cinco veces, a cuál más desesperada y agónica, atravesar el cerco intangible. En los cinco casos hube de darme por vencido, literalmente al borde de la muerte en cada ocasión, y ya sin fuerzas, humillado y lleno de temor, regresé por propio pie a mi prisión sin barrotes: la entera extensión de la costa, a la que me hallaba encadenado por mis pulmones maldecidos, era mi celda de aire y luz. El mar inabarcable, mi juez y mi condena igualmente sin límites.
¿Por qué esa obsesión criminal de la muchacha transparente por mantenerme a su lado? Yo no era ya suyo, y de buen grado me había permitido partir cuando nada le habría sido más fácil, en la profundidad donde reinaba, que retenerme junto a ella. La cercanía del mar me daba vitalidad y valor, lo mismo que me debilitaba el alejamiento de él, y por ello salí resueltamente de la pensión y crucé el pueblo desierto hasta la playa bañada por la luna llena. Desnudo, me aventuré entre las olas, retando a la muchacha transparente, convocándola con el deseo.
La llamé con la imaginación e infaliblemente, nada más pensarla, la sentí llegar hendiendo la superficie del mar con su afilada invisibilidad. Los borbotones a mi alrededor podían expresar júbilo o ira, pero no me arredré. En el agua, junto a la muchacha, me sentía poderoso e invencible, reciamente dotado para surcar el océano dentro de ella y, de hecho, ansioso de repente por hacerlo. ¡Qué extraños pueden ser los resortes del deseo, qué hermosos pero también, a veces, qué incomprensibles y enfangados! Estaba solo en la oscuridad de aquel mar hostil, a merced de la muchacha que había intentado varias veces matarme y, sin embargo, todo se nubló ante mi vista excepto el ansia de sentirla. Me zambullí con la arrogancia de saberme también deseado, seguro y risueño, citándola mediante el eco submarino de los latidos de mi corazón, al que desbocaba el éxtasis inminente de sentir a mis pies los océanos enteros, de saberlos míos.
Nos amamos el resto de la noche y todo el amanecer, en las profundidades y entre la espuma donde sobre la arena se funden el mar y la tierra. Alguien que a primera hora de aquella mañana se hubiera asomado a la playa sin saber nada de nuestra pasión habría visto tan sólo mi cuerpo desnudo, plácidamente exhausto sobre la orilla, y sin duda no se habría percatado de que allí, envolviéndome, reposaba también ella, invisible y desnuda, lujuriosa de plenitud y poderío puros.
Sin encontrar mejor denominación para su afán por mí decidí que estaba enamorada, aun a sabiendas de que no podía sostenerse racionalmente ninguna forma de explicación sobre los actos de un ser invisible e intangible cuya esencia, ¡caso de que efectivamente la tuviera!, era, como mínimo, misteriosa e indescifrable. ¡Pero la palabra amor puede explicar y justificar tantas cosas que no tienen explicación ni pueden justificarse! Enamorada o no, la muchacha transparente se negaba a dejarme marchar, y poseía la capacidad de matarme si intentaba alejarme de ella. ¿Para qué, desagraciadamente, necesitaba saber más? Los escritores tendemos a explicarlo todo en nuestros libros, pero ésa es la mayor inverosimilitud de las novelas: querer atar todos los cabos, responder a todas las preguntas cuando la realidad, en ese sentido una verdadera novela inacabada, casi nunca lo hace, y se mueve ante nosotros llena de lagunas legítimas, de preguntas en el aire, de motivaciones inimaginables. ¿Mis infinitas preguntas sobre la muchacha transparente la convertían en irreal? No… Mis pulmones, para desgracia mía, demostraban que no. La muchacha existía, y reinaba en mí.
Bajo la losa terrible de esa conclusión innegable regresé a la pensión, donde, arropado por la serenidad extraña que concede el agotamiento moral llevado más allá de su propio límite, dormí todo el día y toda la noche. Al siguiente amanecer, titubeante y derrotado, literalmente temeroso de cada bocanada de aire y preso de mi propio aliento, inicié una nueva vida, forzándome a pensar que mi inaudita situación, al fin y al cabo, era similar a la de los tuberculosos que se ven obligados a residir en escenarios de alta montaña y aire libre. El mar era mi montaña, donde el aire libre me esclavizaba. Mi residencia podía ser el mundo entero siempre que la costa se hallase cerca.
Así probé a vivir. No me alejaba de la costa aunque tampoco me acercaba a ella, lo que me parecía una gran victoria. En esa balanza equilibrada transcurrieron algunas semanas, sin cánticos de deseo que me reclamaran desde el mar ni amenazadoras llamaradas de oleaje desencadenándose sobre su superficie. Reconstruí mi vida, volví a cantar poesías y cuentos por los pueblos y ciudades que tuviesen la costa cerca, y también, pues nada hay más humano que la incandescente tentación por los amores novedosos, cuyos primeros instantes de brillo son un tipo de fruta jugosa que no se halla en ningún otro árbol de la tierra, osé un día dejarme arrastrar por la mirada franca de una joven real, que pisaba con sencilla firmeza real la tierra real donde pastaban sus terneros, también reales.
Fue en una aldea vasca junto al mar, y aunque no importan a mi relato los detalles de su carnal y sincera entrega, sí diré que nos vimos tres o cuatro veces, obligadamente clandestinas por razones que tampoco viene al caso enumerar. Su cuerpo y el calor de su cariño me llenaron de alegría recuperada, pero sobre todo me hicieron ver que podía haber vida más allá de la muchacha transparente. Tal vez, pensaba, algún amor verdadero mío acabaría por espantarla, le haría volver a ese lugar inexplicable del que también inexplicablemente había surgido. Fue una pista que no pude explorar, Porque una mañana supe que mi entrañable vaquera había muerto, extrañamente ahogada cuando nadaba en el apacible mar en marea baja de la playa de su aldea. No volví por allí, no tuve el valor de acercarme a mirarla por última vez, para posar sobre su mejilla el beso de una lágrima desde mi mirada emocionada. Hui. Abandoné la zona, la provincia, la costa vasca. Hui como si la hubiera matado yo, durmiendo durante el día, oculto igual que un prófugo, y caminando en la oscuridad porque la noche me reclamaba como un purgatorio merecido. Una playa desierta se cruzó en mi camino, y bajé hasta su orilla para desfogar mi ira. Llamé con gritos obscenos, furiosos, a la muchacha transparente, le chillé mi odio y lloré, patético ante ella, mi amor sencillo y limpio por la cálida joven vasca. Durante una hora, tal vez dos, escupí hacia el indiferente mar todos mis reproches, los sufrimientos contenidos y las esperanzas frustradas, y cuando el puro agotamiento físico me dobló las rodillas y caí, lloroso y roto, sobre la callada espuma, dejé que me arrastrara el recurso último de la súplica, que fue también la humillación final. Entonces se extendió sobre el mar del amanecer un silencio anómalo, y las gaviotas que hasta unos segundos antes habían ido punteando la arena con sus huellas alzaron el vuelo, súbitamente inquietas. Incluso el sol rojo pareció detener su salida, conteniendo el aliento. Algo inmenso a lo que mi ignorancia había dado en llamar muchacha transparente se movió bajo la superficie del agua y comenzó a alzarse, desplazando hacia el cielo la masa entera del mar hasta donde mi vista podía alcanzar. Se alzó y se alzó y se alzó como un gigante parsimonioso e interminable, y cuando hubo cubierto por completo el cielo y su luz, y las nubes, y cualquier vestigio del horizonte, se quedó quieto, mirándome en silencio desde su solemnidad sin ojos. Al poco, cuando quedó evidenciado que su volumen y su voluntad lo eran todo y yo era nada, comenzó a replegarse hacia el interior de su propia esencia todopoderosa, intangible y letal, y desapareció otra vez bajo las aguas. ¿Es posible contemplar espectáculo mas grandioso y aterrador? Y sin embargo, cuando desapareció sentí también la desolación de haber perdido para siempre la belleza desnuda en su plenitud de verdad absoluta.
¿Qué puedo añadir sin acrecentar en vuestras mentes la idea de que escucháis a un pobre loco? Aquí me tenéis, juzgad a esta pobre alma derrotada por el amor, compadecedme pues así vivo, cerca todavía de la costa que me concede la limosna del aire, sin atreverme a huir, sin osar amar a una mujer de carne y hueso, pues la podría matar y quién sabe si morir yo.
Y sin embargo, aún me queda esa esperanza… Una mujer de carne y hueso que aparezca un día para romper con su sola presencia, con su amor sin límites, el terrible hechizo que me arrasa. Una mujer real que sea capaz de burlar a la muchacha transparente y sepa vencerla. Una mujer de generosidad humilde y verdadera que pueda, mediante sus besos hondos y sus palabras ciertas, insuflarme el aire que hoy me arrebata el mal del mar que vive, maldito, en este acantilado vuestro.