40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

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El mar de este acantilado vive una maldición de amor… Clara rememora estas palabras desde el corazón de su alma derramada. Su cuerpo, exhausto por el insomnio del dolor, se asoma resuelto al borde de la pared de roca. La caída traería sin duda la liberación, el alivio de la muerte.

Bajo ella yace la cala estrecha y alargada entre paredes de piedra, como el fondo de un desfiladero que estuviera vivo y dotado de astucia, porque queda oculto bajo las aguas en cada subida de la marea. El paisaje es como lo describió Eloy por teléfono. Fue la última vez que hablaron, aunque por supuesto no pudieran sospecharlo en ese diálogo cotidiano de apenas cinco minutos. ¿Qué le dirías a la persona más importante de tu vida si tuvieras cinco minutos de reloj antes de que desapareciera para siempre?

La cala de arena amarillenta salpicada de piedras negras está desierta, sin otros intrusos que ella misma. El mar, ese mar supuestamente maldito de amor, es del color de la lluvia que le empapa la cara y la ropa. Se estremece, puede ser de frío o por las sacudidas de la emoción, pero también por los nervios. Se estremece porque está viva. Ella, lamentablemente, sí.

El mar de este acantilado vive una maldición de amor…, repite aún más despacio dentro de su cabeza. Y, porque tiene una trascendental tarea que cumplir, renuncia a la insistente tentación del abismo. Da un paso atrás, y luego otro y otro. Retrocede hasta hallarse ante los peldaños tallados en piedra que descienden hacia la playa. Descalza, pisa el primero de ellos. Son dieciséis en total, burdos y desiguales como mordiscos de gigante en la roca. Los cuenta mientras desciende. Han debido de servir para bajar hasta la arena durante años, puede que siglos. Todas las víctimas de esa supuesta maldición de amor del acantilado, quiere suponer, debieron de recurrir a ellos para descender hacia su destino. También Eloy.

Posa el pie sobre la playa y se detiene intentando percibir en la planta desnuda el vestigio de las huellas que apenas unos días atrás imprimió Eloy muy cerca, tal vez a centímetros, tal vez milímetros, de donde ahora pisa ella. Pero sólo siente un frescor suave e inhóspito. Avanza hacia el mar sorteando las piedras enterradas en la playa. ¿Qué profundidad tendrá el agua? Si el titán que construyó la escalera a dentelladas soplara con todas sus fuerzas y arrojara hacia el interior la arena de la playa entera, desbaratada en incontables millones de granos, tal vez ella se hallara posada de repente, como un pájaro sin alas, sobre una cima de piedra a cuyos pies, muy abajo, se viera penar a las víctimas de la maldición. Pero nada se mueve. Las piedras yacen inofensivas, calladas ante el paso de los siglos. No son negras como le pareció desde la altura, sino pardas, o verdosas, o grisáceas, y sus irregulares superficies cubiertas de musgo se ven salpicadas por conchitas de distintas formas y matices de color, todas igualmente mudas y pacientes. Al mirar la línea del horizonte, es consciente de que ansia un imposible: desea, más aún que seguir viviendo, que sea cierta la maldición de amor de este acantilado. Ése es su objetivo, y ciertamente le va la vida en él.

Otro estremecimiento. Éste no de frío o emoción, sino de inquietud. Adelante, ha llegado el momento.

Inspira, espira. Inspira, espira. Inspira y tras espirar otra vez se atreve a decir, por fin, en voz alta:

– El mar de este acantilado vive una maldición de amor.

Su voz, un temblor acobardado ante la muerte, es capaz, sin embargo, de transformar el silencio en un vértigo que le acaricia el vientre con delicadeza de amante intuitivo. Una presencia viva, al acecho, parece revolverse y rodearla, lista para atacar. Y las palabras lanzadas al aire logran, por su simple sonido real, hacer todavía más inverosímil lo inverosímil: que el mar, este mar, el mar de este acantilado salvaje, puede estar verdaderamente maldito.

No se deja vencer, y saca del bolsillo del pantalón un sobre abierto doblado en dos con la carta de Eloy dentro: su posesión más preciada, el objeto más importante de su vida.

El tacto del papel arrugado le da fuerza para desnudarse y lanzar la ropa lo más lejos que puede. Luego se despoja de los pendientes, del collar de bisutería y de los anillos, del reloj. Los arroja lejos, muy lejos, cuanto más lejos, mejor. Lejos todo cuanto no sea su desnudez purificadora y todo cuanto no sea la carta de él: ése era el trato consigo misma, el motivo de venir a Padrós.

Cuando va a mojar los pies un impulso repentino la hace retroceder, asustarse de repente por el brío espumeante de las olas. ¿Y si la maldición fuese cierta, aunque sea imposible? ¿Y si es cierta y arrastró a Eloy? Al saltar hacia atrás ha debido de parecer una niña asustada, piensa. Pero sólo soy una mujer asustada. Se fuerza a perderle el respeto a su propio miedo. En realidad es fácil de vencer, basta cumplir la promesa que se hizo antes de venir: leer por primera vez la carta de Eloy en el mismo lugar donde él la escribió. Otro paso hacia delante, éste resuelto y animoso, sin posible vuelta atrás.

Entra en contacto con el agua, aguarda con el corazón latiendo en el pecho. No está tan fría como cabría imaginar en este desapacible día, incluso la siente tibia. ¿Será el primer síntoma del maleficio?

Intenta creer en su existencia real desde que recibió la carta. Y por supuesto, no lo ha conseguido a pesar de sus esfuerzos, a pesar de que este trozo de papel traía consigo el regalo extraordinario de devolverle con vida a Eloy, el lapso de una ilusión imposible que durará lo que tarde ella en leerlo. Por los laberintos del azar o del servicio de correos el sobre llegó días después de que él se hubiese matado con el coche, justamente cuando regresaba de este acantilado que sólo por ello no precisaría de sortilegio alguno para que ella lo considerara por siempre maldito. El cartero se lo entregó jovial, medio ausente, apartando de su oreja el auricular en miniatura del iPod que le asomaba del bolsillo mientras bromeaba sobre las vueltas que había dado la dichosa carta.

Clara se aferró al sobre, portándolo encima día y noche sin decidirse a abrirlo. Hacía ya días que, voluntariamente a solas, había desperdigado las cenizas por la colina cercana a la casa de la sierra de Madrid. Para ella, la carta contenía la última esencia de Eloy vivo, y temía que apenas la abriese el vestigio se evaporase al contacto con el aire, como un instante de felicidad que al consumirse transita del presente al pasado y del pasado al olvido. Por eso, el sobre cerrado fue templo, cámara acorazada y temblor de posible milagro durante unos días que alargó cuanto pudo. También contenía un enigma que no habría ido más allá de lo casi infantil si no llega a concederle trascendencia la mismísima muerte: ¿por qué Eloy, tan aficionado al móvil y a las tecnologías modernas, tan habilidoso redactando sms y manejando su BlackBerry, quiso usar lápiz y papel para escribirle, y se tomó la molestia luego de comprar un sobre, sellarlo y echarlo al correo? Ella conocía el motivo de su viaje, y quiso suponer que tal vez no había pretendido otra cosa que dar relieve y solemnidad a ese instante especialísimo de su vida haciendo algo que nunca antes había hecho: relajarse frente al mar como seguramente solía hacer a menudo Gabriel Ortueño Gil, el poeta asesino al que Eloy seguía la pista cuando la muerte lo sorprendió, y redactar en esa paz la carta para ella, que la muerte convertiría en única y última.

Una noche la abrió por fin, incapaz de resistir por más tiempo la tentación de devorar el aliento de él que pudiera contener, y leyó las primeras líneas, escritas también insólitamente a mano.

Salgo en coche mañana por la mañana, muy pronto. Tengo que estar en Madrid por la tarde. Por eso me apetece escribirte con calma, sobre la arena de la playa, frente al mar maldito, eso dicen, de este acantilado donde ha pasado todo. Quiero que luego releamos juntos la carta en el jardín, que me escuches con toda tu atención cuando me detenga en cada palabra y te cuente los detalles de cómo ha sido cada paso. ¡Qué excitación! ¡Por fin voy a tener el libro en las manos! Para seguir escribiendo, hago como el personaje de aquel poema de Ortueño Gil… Busco las palabras en este horizonte azul que tengo delante. O mejor aún, pienso en las palabras de aquella escritora que te gustaba tanto, la que contaba lo de absorber la luz. La frase me emocionó cuando la dijiste, pero ahora soy incapaz de recordarla. Te propongo un trato, o un juego, como quieras llamarlo. Cuando vayamos a leer juntos esta carta, me repites la frase antes. ¿De acuerdo?

«Sí, Eloy, de acuerdo», había respondido ella iniciando sin percatarse un diálogo con el texto, con toda la respiración concentrada inútilmente en contener las lágrimas arrancadas por las palabras manuscritas, por la idea de pronto insoportable de que esas letras irregulares las había trazado, aunque fuera en las inmediaciones de la propia muerte, la mano todavía viva de Eloy. Y aunque se sentía arrastrada por la impaciencia por saber más, interrumpió en ese punto la lectura y decidió trasladarse hasta el lugar donde él había escrito la carta para concluirla allí, y llorar a gusto sobre sus palabras últimas.

Por eso es aquí, por fin aquí, donde carraspea para aclararse la garganta, consciente de que le asalta cierto pudor cuando recita en voz muy baja, conmovida, sólo para ellos dos, para ella y para lo que reste de él, la frase que una vez, mucho tiempo atrás, escribió Simone Weil sin imaginar que en la lejanía de un futuro difuso una mujer quebrada la recitaría para un muerto ante el mar solitario bajo la lluvia, aun a sabiendas de que quienes perdieron la vida no pueden retornar por la magia de palabra alguna que pueda ser pronunciada sobre la tierra.

– El único pecado consiste en la incapacidad de absorber la luz -dice Clara, y aunque no cree en oraciones de ningún tipo se regala el instante de una duda, una pausa de silencio a la que finalmente, antes de que la disuelvan el crepitar de la lluvia o el rumor breve del oleaje, prefiere poner ella misma conclusión regresando a la carta.

El horizonte era azul mientras Eloy escribía, así lo dejó escrito, y es gris ahora, cuando, desnuda sobre la playa, relee ella hasta donde interrumpió la lectura. Antes de continuar, mira a su alrededor: todo es aire gris, todo es arena silenciosamente empapada por la llovizna que presagia tormenta. ¿Se sentaría aquí mismo Eloy para escribir, o sería unos metros más allá? ¿Junto a la escalera de la roca o con las piernas colgando desde lo alto de la pared de piedra? No, en la carta se describe instalado sobre la arena, como ella ahora… El paralelismo le estremece la piel.

… El mar de este acantilado vive un maldición de amor, no puede haber otra explicación. Me obligué a comenzar a creerlo… y acabé por lograrlo. Ahora lo creo, ahora sé que es verdad. Pero ¿es que acaso no tuve las pruebas delante de mis propios ojos?

Clara desea fervientemente que resulte más fácil dejarse influir aquí, en el corazón palpitante del supuesto prodigio, que en la seguridad rutinaria de la casa en Madrid. Desea que le resulte posible llegar a creer. Lo necesita. Si logra creer, se repite, tal vez encuentre el mensaje que Eloy podría haberle mandado desde el otro lado de la muerte. Y si no logra creer…

Si no logro creer, avanzaré mar adentro. Hasta que la corriente me arrastre. Hasta que no haya posible retorno.