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La muerte vive dentro del hombretón vestido de lino blanco y tocado con un sombrero de ala ancha que mira desde la orilla el horizonte del mar. Mece entre los brazos el cuerpecillo de un bebé, y parece hablarle con dulzura infinita. Tal vez le está explicando al oído en qué consiste morir.
Gabriel, desde su extravío, ha reconocido a Tomás Montaña. El bebé sólo puede ser el hijo de Leonor.
– Venga, cabrón, tira para allá, que no tenemos todo el día -oye que chillan junto a su oreja. Es otra vez el guardia vestido de paisano. Su voz rasposa de alimaña sigue siendo el más sólido vínculo con la realidad de que dispone Gabriel. Al borde del desmayo, los ojos del poeta ven cómo su verdugo, medio acuclillado junto a él mientras le increpa, se desata el cinturón que le ciñe el cuerpo y con dos o tres ágiles giros de su muñeca en el aire lo convierte en un arma de cuyo extremo pende, obscena y mortal, la gruesa hebilla metálica-. ¿O quieres que te anime con esto?
Gabriel se obliga a obedecer y pugna por ponerse en pie. Obedecer. Eso es lo mejor, lo único, mientras retorna a él la capacidad de pensar. Se agarra trabajosamente a las piernas del guardia, que observa complacido el esfuerzo supremo de su víctima vencida. El segundo sicario, el borracho, está a unos metros, aparentemente desinteresado en la escena que tiene lugar en la orilla, y el otro, el malencarado, continúa manteniendo una desconcertante actitud de ausencia mientras juguetea con la cadena enrollada alrededor de las muñecas. ¿Se está apiadando del indefenso poeta? ¿Podría llegar a ayudarme? Pero las fuerzas que le quedan a Gabriel son insuficientes para completar pensamientos lúcidos. Aferrado a la camisa del guardia a la altura de los riñones, le resulta imposible izarse un milímetro más.
– ¡Tú! -Es el guardia otra vez. Disfruta dando órdenes que el otro no puede cumplir-. ¡Levanta la vista! ¡Mírame!
El poeta emplea sus últimas reservas en alzar los ojos, apenas entreabiertos. El rostro de su verdugo es una mueca lasciva de impunidad.
– ¿Quién te ha mandado que te levantes? ¿No estabas tan cansado? -pregunta en una caricatura de cortesía. Y, antes de que Gabriel pueda reaccionar o siquiera comprender la contradictoria verborrea, el puño cerrado del guardia ejecuta otra finta veloz para ajustar la hebilla contra los nudillos, se alza hacia atrás para tomar impulso y cae con toda su potencia sobre la cara desprevenida del poeta. Hay un ruido de tabla partiéndose, Gabriel cae al suelo ahogándose en saliva sólida y la cabeza le abrasa como una fogata encendida en su cerebro. Traga uno, dos, tres guijarros puntiagudos que le acuchillan la garganta, pero el mayor desgarro es moral: sabe que se trata de sus dientes. Le asalta el impulso de llorar de pura desvalidez, ha entendido que no hay límites en el daño que los otros van a hacerle. Estoy muerto, y no será fácil morir.
Vuelve a llamar con la mente a Leonor, pero esta vez ella no acude. No hay nadie. En la playa están solos él y su muerte.
– ¡A cuatro patas, como un perro! -le grita el guardia, y un instinto de supervivencia surgido no sabe de dónde le da fuerzas para obedecer otra vez, apoyarse en las palmas y las rodillas y manotear, torpe como un niño que aprende a nadar, hacia la gran silueta blanca que acuna al bebé-. ¡Vas muy despacio! ¡Me estás cabreando!
Y tras el grito siente Gabriel el impacto salvaje de un trallazo macizo contra la espalda. El cinturón y la hebilla han adoptado otra de las formas infinitas del sufrimiento que pueden contener para él, y se ensañan sobre su carne sin compasión, al ritmo de los gritos rabiosos del verdugo.
– ¡Guau! ¡Guau! ¡Perrito! -chilla, bailoteando en alguna parte, la voz del borracho.
Desprovisto ya del lastre de cualquier dignidad, y casi jubiloso por exhibir su docilidad ante el amo del látigo, que tal vez detendrá así el castigo, corre a cuatro patas por la playa, esforzándose por ser veloz y sumiso como el perro que le han dicho que sea, aunque en realidad se arrastre titubeante como el hombre quebrado que es, hasta que consume el último aliento de resistencia y cae de nuevo exhausto. Los latigazos, iracundos por la desobediencia, arrecian dispuestos a matarlo allí mismo. Pero resuena en el aire una voz nueva, suave y a la vez poderosa.
– Basta. Lo quiero vivo -se limita a susurrar.
Tiene que ser la voz salvadora del mismísimo Dios, porque a su orden la paliza concluye en el acto, aunque entonces el dolor concreto por cada golpe concreto se ramifica en otro dolor, uno inabarcable, monolítico y total que invade cada recodo de la carne y el ser de Gabriel, y comienza desde ahí a intensificarse.
Hunde la nariz y la boca en la arena húmeda. Es su patético refugio, la fantasía inviable de que atraviesa la tierra entera para llegar al otro lado del planeta, a salvo de sus torturadores. Si lo abandonasen en ese momento, incluso en ese estado, podría sobrevivir, arrastrarse hasta la cueva que comparte secretamente con Leonor, esperarla allí en la seguridad de que ella acabaría por acudir a curarle. Pero ahora lo urgente no es el cuerpo tumefacto, ni los huesos reblandecidos, ni el alma apaleada y malherida, sino la imprevisible voluntad del verdugo, que en cualquier momento amasará de nuevo su carne para fabricar dolor.
– Levantadlo -dice Dios.
Y otra vez acontece un milagro. Gabriel siente cómo su cuerpo inanimado se alza y queda misteriosamente sostenido en el aire, en remedo de una marcial posición de firmes que no puede ser real, porque sus piernas le cuelgan del tronco como hilos muertos. Manos férreas se encajan con fiereza bajo sus axilas y se abandona a ese soporte, aun sabiendo que es el enemigo, para recuperar mínimamente el resuello. Alguien tira de su pelo hacia atrás. Y entonces ve frente a él, muy cerca, la cara de Dios bajo su sombrero blanco de ala ancha. Lleva bigotón negro, y una única ceja, alargada y muy poblada, sirve de frontera natural entre la frente, con su enorme espacio para albergar pensamientos oscuros, y los rasgos de loco todopoderoso. Y llora. ¿Dios llora? Dos rastros de humedad le resbalan desde los ojos enrojecidos y se pierden por el laberinto azaroso de arrugas profundas que surcan la piel. El llanto de Dios, aunque ahora se muestre apaciguado o esté tomando un respiro, parece antiguo e interminable, infinito como el mismo ser que lo padece. Sin embargo, las evidencias de su martirio sin fin no le restan crueldad a la mirada, tampoco inmisericordia. Dios, ya lo decían en Cuba los curas castrenses, tiene que ser malo para que los humanos no nos desmandemos.
– Gabriel Ortueño Gil… -silabea despacio, escrutándole inquisitivamente-. ¿Sabes quién soy?
Gabriel, trabajosamente, emite un vago susurro de asentimiento. Responder, y hacerlo deprisa, es un salvoconducto para la supervivencia inmediata.
– Siempre soñé con ser un hombre bueno -continúa, enigmático, Tomás Montaña. El aire suena denso al entrar y salir de sus pulmones, como si respirar fuera para él una operación meditada y doliente, una intervención quirúrgica repetida varias veces por minuto. El bulto blanco que acuna contra el pecho permanece inmóvil. Montaña sostiene en la diestra un pañuelo con el que mimosamente humedece los labios del bebé, que duerme con placidez, oculto entre los pliegues de la mantita. Para no despertarlo, el hombre se esfuerza por hablar trazando en el aire sílabas casi mudas-. Pero he sufrido infinitamente. Y sigo sufriendo. Soy un hombre que sufre infinitamente. ¿Te parece justo, poeta?
Sin esperar respuesta, Montaña desvía la vista hacia el mar. Parece buscar en la línea difusa del horizonte el coraje que le permita seguir conteniendo el llanto. Casi invitaría a su corpachón a compadecerse de él si no fuera por las vibraciones de muerte presentida que aletean sobre él como buitres falderos al acecho.
– Y tú has venido para traerme más sufrimiento. Todavía más. ¿Es que te parece que tenía poco? Me has querido volver loco, y casi lo consigues. Por ti he bajado al agujero donde ningún hombre debería bajar jamás. Por ti he viajado al infierno, poeta.
Los desbaratados sentidos de Gabriel están concentrados en dos únicos afanes: respirar y escuchar. Respira porque no puede evitarlo. Escucha porque tal vez, sólo tal vez, Montaña esté dispuesto a escucharle a él. Los hombres que han conocido el infierno se reconocen entre sí, suelen ser solidarios con sus iguales, a veces tienen misericordia.
– Pero no, no es correcto que diga que has venido. Debo decir que has regresado. Porque ya estuviste aquí, ¿verdad?
Y su mirada, tras esa pregunta, descarga contra el poeta un relámpago de odio sólido que fulmina toda esperanza. Montaña vuelve la vista hacia el mudo bebé, y el rostro de la mole humana adopta una tierna y desvalida, aunque también demente, expresión cariñosa que podría ser paternal. Se deja caer pesadamente junto a la orilla y sumerge el pañuelo en la débil espuma de las olas que vienen a morir a sus pies antes de continuar aplicándolo a la carita infantil. ¿Da de beber al niño agua salada?, se sorprende Gabriel. Pero su quebrada lucidez no capta los presagios negros del acto.
– Bajadlo -ordena Montaña, otra vez feroz en su suavidad. Y las manos que sostenían a Gabriel por las axilas saltan como felinos veloces hasta sus hombros y tiran hacia abajo de él. Cae sin resistencia, desencuadernado. Es, y sabe que lo es, un fardo aterrado ante la hebilla que pende del cinturón a centímetros de su cara.
Más allá, también junto a la orilla, el borracho lanza piedras hacia el mar como un adolescente airado. Cerca de él, recostada sobre la arena, reposa inclinada hacia su derecha una barquita de madera sobre cuya proa está apoyado el tercer sicario, ensimismado como si nada de lo que acontece sobre la playa fuera con él. En ese instante realiza el gesto rutinario de llevarse la mano a la cabeza para echar el pelo de la frente hacia atrás, y Gabriel ve entonces que la gruesa cadena que tanto miedo le dio ciñe las dos muñecas del hombre. No es un arma. El sicario es un preso, como el propio poeta. Esa circunstancia, por completo incomprensible, le devuelve parte de la esperanza. Me salvará, ahora lo sé. No sé cómo, pero será mi salvador. Debo resistir, darle tiempo…
– Has estado en mi casa, ¿no es verdad?
Gabriel se desconcierta ante la pregunta de Montaña, que sabe muy bien la respuesta. Él mismo ordenó que le llevaran en el carruaje al pueblo. ¿Qué pretende con esa pregunta? Otro hebillazo le explota sobre el hombro. Éste, por inesperado, le hace chillar.
– ¡Contesta cuando te pregunten! -le grita el guardia tras golpear-. ¡Y rápido, mira que te mato a hostias!
– Sí -silba una voz aflautada por el miedo. Gabriel se asusta. La voz parece haber salido de su garganta, pero él no la ha reconocido. Tengo más dientes rotos, toda la boca hecha astillas. Aun así se esfuerza en seguir explicándose-. Cuando la velada literaria. ¡Sólo esa vez!
– Mentira -se limita a susurrar Montaña. Hace una pausa y el universo entero parece detenerse por su aliento contenido-. También has estado en la habitación de mi esposa. Y no una vez. Varias veces.
– ¡No es cierto! -intenta articular Gabriel. Otro golpe, tan pegado a sus palabras que parece haber sido convocado por ellas, cae sobre la mitad de la espalda impactando contra la columna vertebral. El dolor es un escalofrío largo, interminable, que alcanza hasta la última terminal nerviosa de su cuerpo.
– ¡El señor Montaña sólo dice la verdad, cabrón! -grita el guardia. Gabriel se fuerza a callar, hundido en la desesperación. ¿Para qué intentar exculparse? Tal vez alguien lo vio escabullirse con Leonor hacia la caverna. ¿Quién iba a creer que entre ellos no ocurrió nada sexual, excepto el abrazo interminable por el que sintieron que eran y querían ser uno para el otro?
– ¿Te has fijado en la letra sobre la entrada de mi casa, la gran eñe de metal? Encima del portalón de hierro.
– Sí -se apresura Gabriel, y aunque tensa instintivamente el cuerpo para prevenir el nuevo latigazo, éste no llega. Dios no castiga siempre, sólo cuando le place.
– Es la letra de mi apellido, la eñe de Montaña. Con esa eñe marco todas mis propiedades. ¿Sabes por qué?
– No -casi monta Gabriel su monosílabo encima de la última palabra del otro. Alza el antebrazo con todo el cuerpo tensado para proteger la cara, pero también esta vez el castigo elige no venir.
– De muy joven emigré a América. Hace veinte… No, casi veintidós años, en mil ochocientos ochenta. A mis dieciséis, un crío. Fuimos José Sánchez, mi amigo de siempre, amigos desde niños, y yo. Trabajamos en cosas de todo tipo. Con ganado, trayendo y llevando manadas de reses de aquí para allá. Terrible. Mucho trabajo, poco salario. También fuimos vigilantes de diligencias. Y mineros, buscadores de oro. «Montana -me decían, porque a mí me llamaban así…-, Montana, todo el oro de este país ya lo han sacado otros». Pero nosotros acabamos por encontrarlo, mucho oro. Me llamaban Montana por el estado que tienen allá con ese nombre. Nadie sabía pronunciar la eñe de mi apellido. Por eso yo quise ponerla en mi casa, bien grande. Un hombre tiene que saber quién es y hacer que los demás lo sepan también. Vendimos la explotación, nos metimos en otros negocios, ganamos mucho más. Éramos muy jóvenes y muy ricos, y nos disponíamos a volver a casa cuando José murió asesinado. ¿Sabes quién lo asesinó? Lo asesinó el mar. Murió aquí -se interrumpe Montaña para señalar enigmáticamente el mar que le lame los botines-. En este mar. Porque todos los mares son un solo mar, ¿sabes? El mismo mar, uno solo. Yo lo odio. Es una trampa de agua que ha puesto el mundo para que se ahoguen los hombres. ¿No te parece, poeta?
– Sí -se atropella de nuevo Gabriel, tan presto para responder a ciegas, sea lo que sea, que no ve que el otro, sin reparar siquiera en la sumisión de su voluntad rota, habla para sí, a solas con sus espectros, a los que parece estar convocando.
– Los poetas deberíais hacer poemas contra el mar, desenmascararlo. ¿Por qué le escribís versos y novelas y os inventáis cualidades que no tiene? Os engaña a todos. Pero no a mí. Sólo vale para matar, créeme. Para hacer sufrir -y se interrumpe para mirar al bebé inmóvil y mudo, al que con todo amor sigue refrescando con agua salada. Los ojos rojos se le humedecen de nuevo. Montaña inspira despacio, largamente, como si sus diablos interiores necesitasen mucho oxigeno y se abasteciesen a través de sus pulmones. Gabriel no puede evitar entender a Montaña. ¿Acaso el mar no ha sido también una maldición para él, una maldición todavía viva y cercana?
Entonces, Montaña hace un gesto con la mano en el aire, ordenando al guardia que se aleje de ellos. Sólo continúa hablando cuando se hallan ambos a solas, con el bebé como testigo único de su conversación.
– El mar, este mar que es el mismo mar, un diablo único que se disfraza de muchos mares para confundirnos, para hacer que bajemos la guardia, fue el que mató a mi amigo. Ocurrió en California, en una playa solitaria por la que ni siquiera teníamos que pasar. Éramos ricos, ya no necesitábamos nada. No necesitábamos a California, no necesitábamos a América. José no necesitaba bañarse. Hablábamos de nuestro regreso a Padrós convertidos en millonarios. ¡Cuántas cosas grandes íbamos a hacer por nuestro pueblo! Él quería construir una escuela. Pero entró al mar a bañarse, aquel día. Yo le esperé fuera, sobre la arena. Nunca me gustó el agua. No sabía nadar, ni tampoco he aprendido. Con el sol sobre la piel, con toda la vida por delante para hacer cosas… Me sentía feliz. Quería ayudar a la gente. Ya te he dicho que soñaba con ser un hombre bueno. Todo era hermoso, plácido, todos nuestros esfuerzos habían merecido la pena. Como si estuviera dentro de mi cabeza, pensando lo mismo que yo, José me saludó desde el agua, levantando el brazo y agitándolo. Le respondí. José, el mejor amigo que un hombre puede desear, qué gran suerte haberlo tenido a mi lado en América. El mar estaba tranquilo como el agua de un barreño. Volvió a saludarme, esta vez con los dos brazos, agitándolos mucho, con una urgencia rara. Me alarmé, corrí hacia la orilla. José alzaba los brazos una y otra vez, todo lo alto que podía, y luego los volvía a hundir. De pronto desapareció de la vista, tragado por el agua, y volvió a aparecer al cabo de unos segundos. Chillaba. Pedía auxilio. Comprendí que se estaba ahogando. El mar lo asesinaba delante de mis ojos. Impunemente. Intenté entrar al agua no sé cuántas veces. Juro que lo hice, hasta que me cubría por encima del muslo, y José quedaba ahí mismo, a tres metros de mí, hundiéndose y volviendo a salir. Extendía el brazo hacia mí. Y lloraba como un niño. ¿Crees que un hombre no puede llorar mientras se ahoga? Pues puede, te lo digo yo. Pero no fui capaz de acercarme. Mi pánico al mar, ni de niño me bañé en esta playa. Me alejaba cuando los demás chavales se metían al agua. José asomaba de pronto, como si brincara desde el fondo, desesperado, y luego volvía a hundirse, pidiéndome ayuda. Yo veía que cada vez estaba más muerto. Sí, cada vez que asomaba había muerto un poco más. Al final, quien saltaba y pedía ayuda era ya su cadáver. Y no pude hacer nada. Sólo correr por la orilla, llamarle, pedir socorro a gritos, tratar de entrar una y otra vez al agua y echarme atrás a los cuatro pasos. Mi amigo se ahogó a dos metros de mí. Si le hubiera dado un ataque al corazón en tierra habría tardado un segundo en estar junto a él. Pero el miedo, sí, mi miedo, me obligó a contemplar cómo moría ante mis ojos. El mar conocía mi debilidad, ¿no crees? Y nos tendió esa trampa a los dos. Quiso matarme a mí también. Destruirme. Allí permanecí horas, llorando de rabia y pena por mi amigo, llorando de impotencia. Yo también quedé un poco muerto. El cuerpo de José se hundió, desapareció bajo el agua y al cabo de un rato muy largo lo volví a ver otra vez a lo lejos, su piel blanca brillando al sol como un pez grande panza arriba. Luego se hundió de nuevo. Y se acabó. No he vuelto a dormir desde entonces. Volví a España, y nunca conté nada a nadie de la muerte de José, ni en América ni aquí. Sólo a una persona, sólo a mi esposa. Ella escucha, ella es buena. Ella sabe escuchar. Tú eres el segundo en saberlo. Creo que es justo que lo sepas porque he leído tu libro, poeta. Y te he descubierto. Sé que eres un enviado del mar, un sicario de este enorme hijo de puta de agua. No intentes negarlo, no servirá de nada. Se que has venido para quitarme lo mejor de mi vida. Me lo has quitado ya.
Gabriel ignora si es más prudente callar ante este peligroso perturbado o tratar de convencerle de su inocencia. Pero ¿cómo demostrar su inocencia cuando no ha sido acusado de nada? El borracho, unos metros más allá, se ha dormido junto a la orilla y ronca pesadamente, como un pedrusco con los pulmones irritados. Mientras, el hombre encadenado escucha con la cabeza gacha al guardia, que se ha acercado a él y le increpa con arrogancia autoritaria y en un momento, inesperadamente, levanta la mano y le suelta un bofetón que el otro acepta en silencio, sometido y humillado. Pero en parte Montaña tiene razón. Estoy aquí por el mar. Sin el mar estaría muerto hace años.
– Fue más o menos a los tres meses de llegar a España… Estaba construyendo mi caserón del acantilado, y también la escuela nueva del pueblo, que la pagué entera yo. ¿Sabes que se llama así, escuela José Sánchez, en homenaje a él? Pues te decía que llevaba yo más o menos tres meses en España cuando llegó José. Supongo que a un cadáver le puede llevar ese tiempo cruzar el océano nadando, ¿no? Tres meses. ¿Tú que crees?
Gabriel, estremecido, no responde. ¿Cómo no va a creer él, precisamente él, que en el fondo del mar todo lo imposible puede ser posible, y todo lo inimaginable real?
– Un pescador aseguró haber visto un cadáver flotando a unas millas de la costa. En Padrós no se había ahogado nadie por esos días, ni tampoco en los pueblos cercanos, y el rumor pronto se apagó. Pero yo sabía que era José. Es natural que quisiera volver a su pueblo. En América me lo repetía a menudo. «Tomás -me decía-, si me muero aquí júrame que me llevarás para que me entierren en Padrós». Quería mucho a este sitio, es lógico que volviera. Yo había sido muy honrado con su dinero. Lo primero que hice fue entregar la mitad de todo cuanto traía a la madre de José y a su hermana. Y no sólo eso. Conté las aventuras que habíamos vivido, exagerándolas. José me salvó la vida una vez, cuando asaltaron la diligencia que custodiábamos. Mató al forajido que estaba a punto de dispararme a mí. Yo conté que había matado a tres, que en América era un español muy conocido, una leyenda. Hice muchas cosas en su memoria. Pagué mucho de mi bolsillo para que el ayuntamiento le pusiera una plaza. La plaza Indiano Sánchez, la principal de Padrós, es para él. Y ahora estaba aquí… Había vuelto. Yo sabía que vendría a visitarme en cualquier momento. Y, en efecto, una noche vino a mí. Nos abrazamos largamente, lloramos los dos. Él tenía la carne y la piel muy frías, y ni junto a la chimenea entraba en calor. Tampoco con el coñac que le di. Aquella primera noche fue muy dura, muy dolorosa, muy triste. Me contó lo solo que se sentía en la muerte… También me dio las gracias por cuidar de su madre y de su hermana, y por todos los honores en su memoria. Hablamos toda la noche, y al amanecer se dispuso a marcharse. Yo le dije que podía quedarse en casa, que le construiría una habitación en la casa que me estaba haciendo, que le haría una planta entera, pero no podía ser. Me dijo que tenía que volver al mar, que ése es el lugar de los ahogados. ¿Sabías que allí están todos los ahogados que ha habido? Claro, dónde si no iban a estar… Además, José no quería que nadie lo viese muerto, tan frío y consumido, él, que había sido tan guapo. Pero prometió que volvería. Entonces, antes de salir, se volvió junto a la puerta. Me miró a los ojos y dijo… «Tomás, ¿por qué no me salvaste? Era dar un paso más, cogerme de la mano… ¿Por qué no me salvaste, Tomás?». Y se fue. Recuerdo cómo me estremecí y lloré, desesperado por la culpa, acorralado por mi cobardía, mi infamia. Los culpables debemos pagar, ¿no crees, poeta? Yo llevo años pagando, y todavía debo pagar más, para siempre. Porque entiendo a José, está solo en la muerte, y viene para sentirse acompañado. ¿A cuánto asciende la deuda que uno tiene con la persona a la que ha dejado morir? ¿Lo sabes tú? La deuda con la persona a la que uno ha asesinado. Porque asesiné por abandono, ¿no te parece? Es una deuda incalculable, infinita. José lo sabía tan bien como yo, y yo le recibía y atendía sabiendo que era mi deber. Venía a menudo, algunas épocas todos los días. Y me daba mucho a cambio de mi amistad. Me aconsejaba, me advertía de la gente que me quería mal… Dejó de venir hace tres años más o menos, cuando apareció mi amada Leonor, la mujer que has venido a robarme. Con Leonor me sentí limpio. Es tan hermosa, tan llena de amor y bondad. Me sinceré con ella, le hablé de José. Leonor fue mi consuelo, mi salvación. Me preguntaba, con ese inmenso cariño suyo, cosas sobre mi pasado y sobre mi culpa. Me intentaba curar de la culpa. Yo le contestaba con el corazón en la mano. Y hablando llegaba a respirar liberado, podía dormir, sentirme limpio… La amo, y con ella fui feliz el primer año. Todo el tiempo pensaba en verla contenta, le daba todo lo que tengo, vigilaba que no le faltara de nada, cuidaba de que nadie se atreviera a robármela. Porque había hombres en Padrós que la deseaban, y me aterraba que pudiera enamorarse de otro. Me asustaba tanto cuando iba sola a cualquier sitio… Le pedí que dejara de hacerlo, que fuera siempre conmigo o con alguien de mi confianza. Para protegerla, sólo para protegerla. Pero fue inútil. Cuando quedó embarazada se apartó aún más de mí, comenzó a eludirme, me esquivaba. Ya no era mi consuelo, ni mi sostén. ¿Qué había pasado? Cada noche la he visitado en su lecho para mostrarle mi amor. Y todo se derrumbó cuando nació su hijo, este bebé que yo creía que era de mi sangre, que yo creía hijo mío… Pero por suerte para mí, entonces volvió José. Y ahora, gracias a él, sé que todo es por tu culpa. Llevas meses viéndola, acostándote con Leonor a escondidas. Robándomela. Dónde os encontrabais, di. ¿De qué manera os ocultasteis, que ninguno de mis espías os ha podido pillar?
– Pero si yo acabo de conoceros a tu esposa y a ti… No hace ni una semana… Nunca había estado antes en Padrós… -susurra apenas Gabriel, sintiendo cada sílaba más débil, más desolada. Montaña es un demente, y él está a su merced. ¿Acaso importa otra cosa?
– Claro, claro… ¿Tú qué vas a decir? No vas a aceptar tu culpa… Es inútil que lo niegues. José me ha contado la verdad. Y gracias a él todo encaja. Sé muy bien, no lo niegues, que llevas dos años viéndote a mis espaldas con Leonor. Sé muy bien que su hijo, este bebé que creía mío y lleva mis apellidos, es tuyo.
– No… -comienza Gabriel a explicar. El miedo y la angustia le ponen lágrimas en los ojos. ¿Tiene algún sentido decirle a este demente que nunca se ha acostado con Leonor, que apenas la ha abrazado unas horas, que lo único que ha hecho con ella es leerle su novela? Va a intentarlo, pero antes de hablar calla, consciente de la inutilidad de cualquier intento para salvarse. Sólo le queda esperar un milagro. Y mira suplicante hacia el mar. Entonces ve una ola lejana, más grande y de espuma más blanca que las otras, y su mente, desde el delirio del dolor, comienza a imaginar un plan.
– Yo siempre soñé con ser un hombre bueno. Y tú me has hecho adentrarme en el infierno. Mira esta nueva desgracia, poeta. Mira cuánto daño has traído a mi vida.
Entonces Tomás Montaña se arrodilla junto al caído Gabriel, deposita sobre la orilla el cuerpo del bebé y aparta la ropa sucia de arena que lo cubre de forma que pueda verse el rostro. La carita, avejentada y envilecida por un rictus seco de muchas horas, es una máscara fea de boca deforme, torcida a un lado tras el último aliento, y ojos muy abiertos, aterradoramente obstinados en escrutar la nada. La piel es de color leche agria. Y si alguna vez hubo alma en este cuerpecillo debió de huir despavorida ante la llegada de la muerte.
Siente Gabriel la náusea del dolor como si efectivamente el hijo fuera de él, como si con toda su voluntad hubiera deseado concebirlo con Leonor y junto a ella verlo crecer y llegar a ser feliz. Grita sin fuerzas cuando imagina el sufrimiento de madre que espera a Leonor. Se volverá loca. Morirá de dolor. Ya no acunará más a su hijo, no volverá a verlo porque el hombre que lo ha matado, su propio padre, va a deshacerse de él como de un gato muerto. Por eso abraza Gabriel al pequeño cadáver y se deja ir en sollozos. Sus lágrimas son todo el escudo que puede oponer a la muerte, a la tragedia, a la larga oscuridad que se avecina. Montaña, al compás de su respiración frenética, estudia la quiebra emocional del poeta y con júbilo feroz la interpreta como prueba fehaciente de su culpabilidad. Son ciertas las sospechas sobre su esposa que llevan tiempo atormentándole, decide desde lo alto de su mente a la deriva. Son ciertas las que desde ahora se dará a inventar.
– ¿Ves lo que has logrado, Gabriel Ortueño Gil? ¡Ahora vuestro hijo está muerto! Lo has matado tú. ¡Es tu culpa! Desde que te vi aparecer por mi casa no duermo un momento, siempre vigilante para atrapar la verdad. Por eso llevé conmigo al bebé en mi viaje a la ciudad. Quería estar a solas con él, hablarle sin su madre delante, que me hablase él a mí y me dijese la verdad aunque fuese en silencio, sólo con la voz del alma. Me aparté del camino, lo traje aquí, a solas pasamos la noche este pobre niño inocente y yo. Le hablé y le hablé, pero no respondía. Nada me dijo. Y cuando desperté al amanecer, maldito poeta, malditos tú y el infierno que trajiste para mí, lo hallé muerto. Quién sabe si fue el frío. Muerto a pesar de que a lo largo de toda la noche lo apreté contra el pecho para darle calor, para protegerlo. Él no tenía la culpa de lo que sois vosotros. Ni yo tampoco. Yo, aún menos que él. Siempre soñé con ser un hombre bueno, poeta. Y mira lo que ha pasado por tu lujuria y tu pecado.
Montaña calla de repente, y parece concentrarse en retomar el ritmo natural de la respiración. Poco a poco, recupera también cierto sosiego en la mirada, como si tras su explosión hubiera decidido que es tiempo de enterrar las desgracias y mirar adelante. Su cerebro, desasido del hilo irremediablemente roto de la razón, es ya capaz de encontrar lógico el peor dislate, natural la mayor aberración.
– ¡Sixto! -llama al guardia mientras se incorpora dejando al bebé muerto junto a Gabriel. Y cuando su corpachón alcanza a ponerse en pie ya se ha desprendido de su corazón todo rastro de misericordia.
El guardia llega hasta ellos tirando del brazo del hombre encadenado, que lo sigue sumisamente. Sólo será necesario un gesto mudo de Montaña para que Sixto se ponga en marcha, pero el destino de Gabriel estaba sellado desde antes de que el poeta fuera emboscado. Sabiendo que va a morir, aún le sorprende cómo su mano atrapa el cadáver del bebé y lo atrae hacia sí, como si quisiera protegerlo con su último aliento, como si buscara preservar ese cadáver para Leonor, entregárselo para que al menos pueda enterrar a su hijo. Si la muchacha transparente le ayuda en su plan, podrá lograrlo.
Montaña no les dirige una sola mirada. Comienza a alejarse por la arena, camino del resto de su vida. Gabriel le ve mover los labios. Habla consigo mismo, o tal vez agradece a José que esté junto a él en tan tristes momentos.
– ¡Tú, poeta, cabrón! ¡Prepárate, que vas de viaje!
Sixto y el hombre encadenado, dócil aunque sin resuello ya por tanto esfuerzo, lo agarran y tiran de él hacia la barquita varada en la arena. El cuerpo de Gabriel carece de sensaciones, no tiene dolor ni miedo. Toda su energía se concentra en abrazar al bebé, en luchar con lo poco que le queda para no dejarlo abandonado en la orilla, como un triste pez muerto a merced de las gaviotas. El borracho duerme aún, y Sixto lo despierta con un puntapié suave en el vientre. El otro se queja y abre los ojos, se sienta en la arena sin saber muy bien dónde está.
– Mira, poeta, te voy a presentar a mi amigo Fermín -dice el guardia señalando al hombre encadenado-. Daos la mano, venga.
El llamado Fermín duda, cada vez más claramente atemorizado, y Gabriel siente que su capacidad de sufrimiento físico ha sido rebasada, lo que de alguna manera le pone a salvo de los maltratos y le da una ventaja.
– Hijo de puta -se atreve a susurrar en dirección al guardia.
A Sixto parece complacerle la mínima rebelión, indica que todavía hay voluntad que domeñar por la fuerza. Alza el cinturón y comienza a descargar golpes sobre la espalda de Gabriel, al ritmo de las sílabas que se esmera en pronunciar muy despacio.
– Que… os… deis… la… ma… no.
A Gabriel lo trae de vuelta a la realidad el miedo a morir en tierra, sobre la arena. La barquita que el borracho empuja hacia el mar puede ser, aún, una esperanza de salvación. Por ello hace un esfuerzo sobrehumano y, sin dejar de proteger el cuerpecillo muerto, eleva la diestra hacia la mano que tiende a su vez Fermín.
– Así me gusta, que seáis educados. Mira, Fermín, éste es el poeta hijo de puta al que hay que matar. Y tú, poeta, aquí tienes a Fermín, que es el que te va a abrir en canal con esta faca. ¿A que sí, Fermín?
Y Sixto, dibujando una sonrisa, extrae desde algún punto de su espalda, bajo la camisa, una faca que abre y exhibe ante Gabriel como si fuera un juguete o un regalo precioso.
– ¿Qué te parece? -pregunta socarrón-. Mira. Esta hoja se hunde aquí -explica mientras apoya la punta del arma sobre su propio estómago-, a la altura del vientre, bien hondo, y luego se tira con fuerza hasta arriba, para abrir bien las tripas y la carne y todo lo que se pille en el camino. Así, abierto y destripado, es como te va a tirar Fermín al mar, para que te vayas al fondo bien rápido y nunca más se vuelva a saber de ti. ¿A que sí, Fermín?
Fermín, sin poderlo evitar, palidece y vomita sobre la arena.
– Es que Fermín no ha matado nunca a nadie, poeta. Tú vas a ser el primero. Podría matarte yo, me encantaría hacerlo, pero no quiero ensuciarme, no vaya a ser que algún día se sepa y me vea en un lío. Por eso lo va a hacer Fermín. Lo teníamos en una celda por robo, para llevarlo al juez. Ya le hemos pillado varias veces, y esta vez le va a caer una buena, diez o doce añitos no te los quita nadie, ¿eh, Fermín? Y como no quiere ir a la cárcel, va a hacerme este favor a cambio de que lo deje ir.
El borracho, resoplando y entre maldiciones, ha logrado poner la barquita a flote tras perder el equilibrio varias veces. Sixto libera de las cadenas a Fermín, que logra tirar de Gabriel hasta encaramarlo por la borda. El guardia, al ver los esfuerzos de Gabriel por seguir agarrando el cadáver infantil, tiene una ocurrencia. Los encadena uno al otro, el cuello infantil a la muñeca adulta, y mira luego su obra, muy divertido, sin imaginar que acaba de favorecer el plan de Gabriel.
– Venga -insta a Fermín, poniéndole la empuñadura de la faca en la mano-. Acaba, que va siendo hora de comer.
Fermín y Gabriel, a bordo ambos de la barquita, se miran con impotencia que los paraliza.
– No tengo más remedio. Perdón, perdón -Fermín, con patética mirada, suplica al poeta, y parece la víctima él-. No puedo ir a presidio, tengo mujer y un niño pequeño. Perdón, perdón.
Se le escapan los ojos hacia el muñeco de gélida carne humana que yace entre ellos, enganchado del cuello por la cadena como un cachorro muerto, y tal vez reconoce en él a su hijo, o intuye oscuros presagios. Gabriel, en el delirio temerario que le otorga la proximidad de la muerte, no presta ya atención a lo que acontece sobre la barquita. Piensa en la muchacha transparente que lo arrebató una vez de las manos de la muerte, en Cuba. Piensa que podría volver a suceder. Y por ello apremia a Fermín:
– No dudes. Hazlo y arrójame cuanto antes al agua, todo lo mar adentro que puedas. Sólo te pido eso. Lo más adentro que puedas.
Sólo esa obsesión sostiene a Gabriel: volver a sanar, regresar de la muerte como ya hizo una vez y, aunque sea su último acto sobre la tierra, devolverle a Leonor el cadáver de su hijo y decirle la verdad.
No lo maté yo, amor. No lo maté yo.
– Fermín -acierta a pronunciar el poeta.
El infeliz asesino a la fuerza eleva la vista hacia Gabriel, sorbiendo las humedades que le resbalan de la nariz por el sollozo. Sixto, contrariado e impaciente, se adentra en el agua para abordar la bamboleante barquita.
Hiéreme, Fermín… Echa mi cuerpo al mar.
Gabriel intenta decirlo en voz alta pero la voz no le fluye.
Ya avanza Sixto dispuesto a rematar él mismo el trabajo, y el poeta, convencido de que su única oportunidad es llegar vivo, aunque sea en estado agónico, al mar profundo, no duda en lanzarse sobre la hoja que Fermín sostiene ante sí con las dos manos.
Siente Gabriel frío intenso en el vientre, un estilete de hielo puro que entra rasgando y rompiendo, y cuando el horrorizado Fermín se impulsa hacia atrás trastabillando como si el herido de muerte fuera él, sale velozmente de las tripas trayendo detrás un borbotón rojo. Al poeta le sube hasta la nariz el olor de su propia sangre y se le ciegan los ojos con lágrimas de pena infinita. Así huele mi vida al irse…
Pero en el acto aleja la tentación de abandonarse, y para hallar ánimos se dice que ha logrado la mínima tregua que deseaba. Está herido de muerte. Pero no está muerto. Entre ambos extremos pueden hallarse los minutos que necesita. Sixto, ante la vista de la sangre, sonríe satisfecho y se para con el agua hasta la cintura cuando estaba casi a punto de llegar hasta ellos. Luego, de un empujón que le hace perder pie y hundirse hasta el cuello soltando una imprecación, enfila hacia el mar la proa de la barquita de la muerte. Y grita a Fermín:
– Rema hasta que yo te diga, y entonces tiras al poeta al mar. Antes, le atas al tobillo el saco de piedras que tienes ahí al lado. ¿Me oyes? Te vigilo desde la playa. Más te vale obedecer.
A pesar de todo, la voz de Sixto es para Fermín el único faro que guía en la niebla a su desbaratada razón. El reo, llorando como un niño, comienza a remar al ritmo de la cantinela que entre hipidos le sale de los labios, inconcretamente dirigida hacia el poeta:
– Perdón… Perdón…
Gabriel se agacha hasta acomodarse sobre la proa. Teme desmayarse, y trata de no mirar hacia la fuente de sangre que le mana del vientre. Pero casi le marea más la sensación de calor húmedo empapando la mano que tapona la herida. No puede permitirse el miedo, y el dolor tardará todavía un poco en venir. Sin embargo, la tristeza de sentirse morir es tan intensa como amplio el horizonte del mar. Los primeros espasmos ya se anuncian entre escalofríos, y Gabriel se esfuerza por pegar el cuerpecillo muerto encadenado a su cuerpo y ceñirlo todavía más con el cinturón, que arrastra torpemente desde su cintura hacia el pecho. ¿Puede concebirse sostén más endeble para enfrentar la eternidad?
– Perdón… Perdón… Tengo un hijo pequeño, una mujer y un hijo pequeño… -repite Fermín sin dejar de remar, y es tan grande su ansiedad que se traduce en fuerza contagiada a los brazos. Pronto la playa queda atrás, lejana como una pesadilla irreal, y Gabriel, pensando que si hay alguna opción se halla en el fondo, se ata él mismo el saco de piedras al tobillo antes de que las fuerzas le abandonen por completo, y luego, sintiendo inminente el inevitable desmayo, emplea el último soplo de aire de su cuerpo en alzar la mano y decir, simplemente:
– Aquí…
Fermín entiende y obedece en el acto la orden, que en este caso le da el hombre al que acaba de matar. Tal vez no será ya capaz de tomar una sola decisión por sí mismo en lo que le quede de vida. Detiene la barca y se incorpora, va hacia Gabriel sujetándose con ambas manos a los lados de la borda y cuando llega hasta él y le ayuda a dejarse caer al mar aún susurra por última vez:
– Perdón… Perdón…
El saco de piedras arrastra a Gabriel y al cuerpecillo muerto pegado a su pecho directamente hasta el fondo. La imparable inmersión tiene algo de la velocidad euforizante que sintió bajo las aguas de Cuba cuando la muchacha transparente compareció para salvarlo, y gracias a ese recuerdo vivificador halla fuerzas para abrir los ojos y distinguir en la media oscuridad submarina un promontorio rocoso hacia el que logra dar dos, tal vez tres brazadas antes de desfallecer.
Por fin, es el saco de piedras el que decide el punto donde ha de morir, y su cuerpo desciende suavemente hasta posarse sobre una ancha roca que sobresale del fondo, como un milagroso asiento natural donde acomodarse para descansar por el resto de los tiempos.
Las últimas burbujas de aire, solitarias y espaciadas, abandonan su cuerpo y se disuelven en el agua, desprovistas ya de toda fuerza. Es el final. Gabriel llama a la muchacha transparente como tantas veces hizo antes, pero no siente su proximidad acudiendo a envolverlo.
También ella me ha abandonado.
Se ahoga, muere. Y tras aferrar cariñosamente el diminuto cadáver del bebé, fija su último pensamiento para que le quede adherido a la mente y al cuerpo por el resto del tiempo de la muerte.
Te amé. Y no fui el asesino de tu hijo.
Una luz blanca apacible ocupa el mar entero y lo rodea. La última chispa de su pensamiento, antes de rendirse a esa luminosidad que lo vuelve ciego, aún se aferra a la esperanza.
Esta luz…
La muchacha transparente…
Viene a protegerme.
Hasta que Leonor venga y vea cuál es la verdad.