40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 31

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El vino también puede ser un cadáver», se le ocurre a Bastian mientras identifica entre las llaves del manojo la que abre la bodega; vinos muertos, en este caso por cuatro años a la intemperie de la desatención, sin discriminación de origen, edad o color: blancos, tintos y rosados; pueden llegar a ser decenas los litros picados en sus respectivos ataúdes de vidrio, botellas abandonadas a su suerte entre telarañas y castigadas cara a la pared de la bodega hasta que alguien quiera rescatarlas. En la nuca siente el resuello cavernoso de Julián, que le insta a apresurarse. La última vez que introdujo esta llave en la cerradura era Vera quien, restregándose desnuda contra su espalda también desnuda, le urgía a abrir. «El único sitio donde no hemos follado. ¿Cómo no me habías dicho que tenías una bodega?». Tras la pesada puerta surgen, desde el suelo hasta el techo, rejas que ocupan todo el ancho del acceso al interior abovedado. Las mandó instalar cien años atrás el dueño originario del caserón, y Bastian recuerda cómo de niño le inquietaba su apariencia de cárcel perpetuamente vacía, sin otros presos que las botellas mudas. «Parece un calabozo», dijo también Vera, y con risita malévola de niña traviesa se apartó de él para sacudir con todas sus fuerzas los barrotes ensamblados en el suelo de piedra y comprobar su solidez. «Sí, un auténtico calabozo», sentenció complacida. Las rejas siempre se mantenían cerradas, igual que se ven ahora, y Bastian repara de pronto en que nadie que no tuviera la llave pudo entrar a la bodega la mañana del fatídico disparo. Se vuelve hacia Julián para compartir el jubiloso dato, por él bastaría eso para descartar que al otro lado de la reja aguarde cadáver alguno, pero intuye a tiempo que el ex policía preguntará en el acto si Vera tenía copia de las llaves, y antes de que lo haga no tiene Bastian otro remedio que responderse a sí mismo que sí, que recuerda perfectamente cómo el entusiasta Sebastián insistió en entregarle una copia de las llaves para que pudiera entrar y salir como la dueña del caserón que a él tanto le habría gustado que llegara a ser. Y en aquel llavero se encontraban las llaves de la bodega. Sombrío de nuevo por causa del hallazgo traidor, que arteramente se ha vuelto contra él, se limita a abrir la reja en silencio y ceder el paso al ex policía. Julián cavila con las mandíbulas tensas como si quisiera quebrar entre los dientes sus pensamientos o sus temores.

– Chico -dice parándose en el umbral con gesto grave-, antes de que entremos tienes que saber cosas que yo sé y tú no. Los seis millones de euros no eran de Humberto, eso ya te lo he dicho. Pero Vera y Humberto vinieron juntos a Padrós, esto es nuevo para ti. El robo lo planearon entre los dos, como un matrimonio bien avenido, aunque la idea fuera de Humberto. Quería robar a sus antiguos jefes. Lo consideraba una indemnización. No sé si te he dicho que lo dejaron inválido de una paliza.

– ¿Para qué tipo de gentuza trabajaba? O mejor. Dime de una vez quién era Humberto. Llevo años queriendo saberlo. -Bastian ha alzado inesperadamente la voz, pero no es un enfado repentino, sino un intento de apartar la mente de la idea que logra desasosegarle cada vez que se manifiesta: Vera y Humberto vinieron juntos.

– Humberto… -Julián se interrumpe, como si meditara por dónde empezar. Parece un juez severo e injusto-. Era un empresario joven que recorría la costa cantábrica en busca de lugares donde pudieran invertir los constructores para los que trabajaba, esos jefes que te acabo de decir. Cuando lo conocí aún vivía la madre de Vera. Apareció por aquí un par de años antes de su muerte, sobre 1987, puede que algo antes. Vera tenía catorce años, o quince. Enseguida congeniamos. Él necesitaba alguien con influencia en el ayuntamiento, y vi que echándole una mano podía sacarme un buen dinero extra. Hicimos bastantes negocios. Muy rentables, pocas veces limpios del todo.

– ¿Entonces no era un mañoso, ni un asesino? ¿No era un torturador?

– Toda esta gente carece de escrúpulos. Es imprescindible para sus negocios inmobiliarios. Ganan mucha pasta, y cuando ya tienen demasiada prueban a ponerla en cestos todavía menos limpios. Mafiosos…, asesinos…, torturadores… Son palabras muy ampulosas. No es exactamente que ellos sean todo eso. Pero digamos que en un momento determinado pueden llegar a serlo. Ellos pueden serlo, yo podría serlo y lo cierto es que lo fui. Tú, por ejemplo, no podrías. A ti en cuanto abres el pico se te ve que tienes escrúpulos. Se te ve hasta en la forma de mirar. Pero ellos… Casi matan a Humberto. A mí me serraron la pierna. ¿Te parece suficiente?

– ¿Y Vera?

– Vera también.

– ¿También qué?

– También podría serlo. Por dinero y por venganza podría matar. Por eso vino, ya te lo he dicho. Para eso vino. Dinero y venganza. Los mismos motivos que Humberto. Venían buscando el mismo dinero, pero por venganzas distintas. Humberto quería vengarse de sus jefes. Se había pasado de listo con ellos, quiso hacer negocio por su cuenta y lo dejaron en silla de ruedas de una paliza. Vera me dijo que volvería a andar, pero cualquiera sabe si decía la verdad o era otra de sus mentiras.

– ¿Y ella? ¿De quién quería vengarse?

– De Humberto. Se había enamorado de él en el pasado, de una manera enfermiza, nada más verlo. Al poco de morir su madre. Se casaron en cuanto ella cumplió los dieciocho. Un camino como cualquier otro para escaparse de Padrós y de mí. Pero tengo que reconocer que, a buenas o a malas, se ha pasado quince años con Humberto, quince nada menos. O sea que algo muy fuerte habría entre ellos. También pudo ser el odio. El odio une mucho. Él al principio estaba loco por ella, enamorado, igual que tú todavía. Os entiendo a los dos. ¿Cómo no os voy a entender? Los casó el alcalde, en el ayuntamiento. Yo, mientras, estaba en el bar de la plaza, tomando una copa tras otra, rabioso. Desde allí los vi pasar hacia su nueva vida, ella muy guapa de blanco, feliz de largarse, por fin camino del mundo de ahí afuera. Qué mal le salió. Porque aunque no sepa nada de ese matrimonio, conozco bien a Vera. Sé cuándo odia, no olvides que en una época me odió a mí. Por eso sé que odiaba a Humberto. Da igual que hubieran venido juntos a robar ese dinero. Lo odiaba. Y al final también se vengó de mí. No sé si estaba planeado, a lo mejor fue sin querer. Pero así salió. Me dejó convertido en lo que ves ahora, condenado a vivir como una caricatura de lo que fui.

– Entonces -Bastian alza la mano, pidiendo tiempo para recomponer en su cabeza la información-, Humberto estaba aquí cuando el atraco. En Padrós. ¿Todo el tiempo?

– Todo, según me contó ella. Pero no llegué a verlo. Precisamente me pedían ayuda porque él estaba impedido y necesitaban un hombre activo que pudiera hacer la parte física del trabajo. Y por lo mismo, porque Humberto estaba impedido, necesitaban de un lugar donde pudiera esconderse discretamente. En cualquiera de los hoteles del pueblo un hombre en silla de ruedas habría llamado la atención. Y ahí entras tú.

– ¿Yo? -Bastian finge asombro ingenuamente, como si así pudiera esquivar la dura y obvia verdad.

– Sí, hombre, tú. Tú y esta casa. Y ahora dos cosas. Una: ¿diste a Vera las llaves de esta casa en algún momento?

– Sí -responde Bastian. Tampoco ha sido posible eludir esta pregunta que entrevió un momento antes.

– Bien. Y dos: ¿hubo algún momento de vuestra relación en que la dejaras sola en la casa? Me refiero a un rato, unas cuantas horas.

– Sí -confiesa Bastian.

Y recuerda que un día él tuvo que ir a la ciudad, y entre la ida y la vuelta se ausentó la tarde entera. A su regreso ocurrió inesperadamente un hecho nimio pero trascendente. Debía de ser la hora cuarenta y cinco o la hora cuarenta y seis. Cuando entró en la casa las luces estaban apagadas, y todo lo cubría el silencio del crepúsculo. La buscó en la oscuridad de las amplias dependencias sin encontrarla, hasta que lo guió la luz tibia que surgía de la cocina, al otro lado de la casa. A medida que se acercaba percibía con nitidez mayor el canturreo de una voz femenina que parecía dichosa. Él captó en el acto las metáforas que podía encerrar la escena y se permitió el lujo de regodearse en ellas: avanzaba en la solitaria oscuridad hacia una voz de mujer que surgía desde la luz leve intuida al fondo. Vera se hallaba desnuda en la cocina, preparando una tarta de chocolate a la que luego supo dar mejor utilidad erótica que gastronómica. Él permaneció unos instantes junto al quicio de la puerta, observándola sin delatarse mientras removía el chocolate puesto al fuego. Todavía hoy la recuerda medio de perfil, ensimismada y apacible, tan contenta que su voz alzaba el tono eufórico en el estribillo de la canción. A él le pareció entonces una niña feliz. Y hoy se lo parece igualmente, a pesar de las acusaciones de Julián. Aunque fueran ciertas. ¿Es que las asesinas no pueden sentirse niñas felices? La imagen de Vera resultaba coherente con la paz de la casa, era parte de ella o acaso la originaba. Otras veces, cuando exhibía con lujuria su cuerpo, siempre solía portar algún sabio elemento mínimo que ensalzaba su desnudez y la hacía más sexual: un larguísimo collar enrollado sin fin alrededor del cuello y el vientre, unos zapatos de tacón de altura inverosímil, una simple pulsera… Minucias, objetos inanimados sacados del cajón del mundo para tomar vida sobre su cuerpo. Sin embargo, aquella vez su desnudez surgía de la tierra y del aire, era esencial y profunda, contenía la verdad y la vida. Sintió el impulso de abrazarla más allá del afán sexual, inhibido e inimaginable en aquel instante iniciático, y casi le mareó la ternura desbocada que le inspiraron aquella piel pura y aquella desnudez limpia. Estupefacto de sí mismo y de su inaudito deseo súbito, quiso que esa mujer permaneciese en su vida para siempre. Aquel instante infinito terminó, como todos los instantes infinitos, muy aprisa y sin previo aviso. Ella se volvió de pronto, y sin sobresaltarse por su presencia le regaló una sonrisa de bienvenida que pareció pletórica y sincera. Bastian comprende de repente que pudo ser aquel instante la causa de que haya él penado a lo largo de estos interminables cuatro años.

– Pues aprovechó aquel rato para meter a Humberto en la casa -dice demoledoramente Julián-. Y para ser más exactos, aquí, en esta bodega.

– No puede ser -Bastian intenta salvaguardar sus recuerdos del ataque del cruel agresor. Julián quiere ensuciar su amor entero, negarlo y anularlo, volatilizarlo.

– ¿Cuántas veces bajasteis a esta bodega? -insiste Julián.

– Una vez. Una sola.

– ¿Lo ves? Mientras echabais el polvo de turno ella vio que era el escondite ideal. Y luego aprovechó aquella ausencia tuya para traer a Humberto. Le empujaría sin esfuerzo por esa rampa que he visto en la entrada. Llevará ahí cien años, pero parece hecha a medida para una silla de ruedas. Después tuvo buen cuidado de que tú no volvieras por aquí. ¿Puede ser como estoy diciendo?

Bastian calla para no admitirlo en voz alta, pero lo cierto es que su realidad, la que recuerda y quiere cierta, la que durante tanto tiempo ha alentado y recreado con la imaginación y el deseo, no se contradice en ningún punto importante con las elucubraciones del ex policía. Sí, todo podría coincidir.

– El escondite ideal, sí… -repite Julián-. Aunque a lo mejor no era sólo un escondite. A lo mejor era también una celda.

Y Bastian ve cómo el ex policía se acerca a las rejas y tras examinarlas las sacude con fuerza, verificando su solidez en un gesto muy parecido al que hizo Vera cuatro años atrás. ¿También ella pensó que podía ser una celda?

El ex policía, sin mirar siquiera a Bastian, se adentra de pronto en el estrecho pasillo que conduce a la estancia principal de la bodega. Bastian aguarda expectante. Le asalta la fantasía de que, transcurridos unos segundos, tendrá lugar un cruce de disparos entre Julián y el cadáver, que se revolverá furioso al ver invadido su hogar. Pero el silencio se alarga, y acaba por ser aún más inquietante. La fantasía del indeciso Bastian visualiza ahora la imagen del ex policía parado ante los restos de ceniza del cuerpo descompuesto que pudo pertenecer a Vera, y siente que incluso esos rescoldos apagados, polvo muerto y desperdigado por los aires vigorosos de cuatro inviernos, merecen ser protegidos frente al inmisericorde Julián. El impulso lo lanza a atravesar el pasillo, y tras un breve recodo curvado desemboca en la bodega. Su diestra, por el vicio adquirido de la memoria, recuerda el lugar de la pared donde se halla el interruptor de la luz y sus dedos lo buscan. Antes de encender, Bastian se paraliza por la escena que se siluetea al fondo, bajo la última luz crepuscular que se cuela en la bodega por los altos ventanucos enrejados. Julián se halla en pie, parado ante algo que Bastian no puede ver, aunque en el acto intuya que es la causa de su estremecimiento. Es el momento inaplazable de la verdad desnuda, y Bastian pulsa el interruptor.