40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 32

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Es posible, físicamente posible, que pueda producirse de súbito la quietud absoluta en los seres vivos.

Bastian lo comprueba en propia carne ante la mujer del restaurante. Quietud absoluta, brutal, electrificada. Parálisis de los músculos y del espíritu, silencio riguroso en las vísceras expectantes, también inmóviles. El alma y el corazón atrapados en su movimiento cero.

Vera, ha pensado nada más verla. Vera, vuelve a pensar al acercarse y verificar que el parecido es tan grande, inverosímil de puro exacto, que tiene que ser ella. Y, sin embargo, hay un elemento diferenciador, todavía impreciso, que abre la puerta de la duda.

Durante el primer instante, la magia del parecido físico la ha traído para él desde la muerte, y la excitación es tan similar a la felicidad que podría merecer ese nombre a pesar incluso de las rabias adormecidas y los reproches, que ya comienzan a agitarse.

Da otro paso. Aún ignora cómo actuará. No puede acercarse sin más y saludarla tranquilamente, tampoco agarrarla de la solapa y maldecirla por su traición. Así habla la mente. ¿Y el deseo? Abrazarla. Permanecer unido a ella. Largo rato, largo rato, largo rato… Luego, lo que sea. Toda lógica se desbarata. La alegría instintiva se desboca como una mortal crecida de río ante la que nada puede la muralla endeble del odio largamente meditado.

Es en el siguiente paso, a dos metros de la mesa, cuando vuelve a adquirir protagonismo el elemento diferenciador, esa anomalía a punto de explosionar que todavía no logra definir. ¿Por qué la mujer no alza la vista? A la fuerza ha debido de percibir que alguien se halla plantado ante ella, mirándola… ¿Por qué no me miras?

Pero la mujer no parece verlo, y esa inexplicada invisibilidad le sirve para examinarla en detalle. La mujer pincha distraídamente con el tenedor brotes de ensalada mínimos que mordisquea con indiferencia, como si su boca fuera la boca de otra persona o comer fuera una molesta pero inevitable imposición de la vida. Igual que comía Vera, sólo porque hay que alimentarse.

Viste un jersey de cuello vuelto color ciruela bajo el traje de ejecutiva, pantalón y chaqueta oscuros. Bastian casi siempre vio a Vera desnuda o casi desnuda, bien a punto de desnudarse o bien a punto de vestirse, y de nada sirve cotejar el recuerdo indeleble de su pletórica piel bronceada con la palidez otoñal que se adivina en las manos y el rostro de la desconocida que come sin ganas. ¿Son sus manos las de Vera? ¿La zurda que desliza el dedo índice sobre la revista apoyada en la mesa, como si señalara algún dato especialmente importante, es la misma que lo masturbaba con avidez glotona para, de repente, parar y dejarlo al borde del éxtasis una vez y otra vez y otra vez? ¿Y esta diestra que agita nerviosamente el tenedor sostenido en el aire mientras los dientes mastican es la misma diestra que le aferraba la mano en los paseos por Padrós o le acariciaba el pecho y el vientre durante las largas conversaciones en el lecho? Han pasado cuatro años… ¿Quién es capaz de recordar durante tanto tiempo unas manos? Pueden haber adelgazado o engordado, la piel puede haberse ajado, segregado manchitas… Va a entrar en el examen del rostro cuando cree reconocer de pronto la anomalía, el elemento divergente entre la mujer del pasado y la del presente. Es el pelo, que muestra un corte distinto y también otro color. Vera llevaba el pelo muy corto y muy rubio, provocativamente amarillo; la mujer que sigue sin percatarse de su presencia luce melena hasta los hombros, y aunque su pelo es también rubio, aparece entreverado de tonos ceniza, como si el peluquero hubiera buscado apagar su color, desconectar el amarillo, o ella le hubiera pedido una ruptura radical de imagen. Tal vez ésa era la idea: cambiar de apariencia, ocultarse… Los ojos podrían suponer la prueba definitiva, las personas son su mirada, pero la mujer los oculta bajo unas grandes gafas opacas. ¿Otro disfraz? Porque lo cierto es que impiden a Bastian ver la cara en condiciones adecuadas para tener la certeza del sí o la certeza del no. Y es entonces cuando, proveniente del mundo real exterior a ellos, acontece el estallido.

El camarero trae el segundo plato y se dirige a la mujer con natural desparpajo, como si fuera cliente habitual, incluso de diario.

– Albóndigas con tomate. Cuidado, la cazuela quema.

Con gesto ágil, retira el plato con las sobras de ensalada y pone sobre la mesa las albóndigas humeantes y luego, con naturalidad que a Bastian le parece cariñosa y llena de respeto, toma la mano derecha de la mujer y la dirige hasta el plato. La desvalida diestra queda en el aire, suspendida un instante. Después se posa sobre el mantel y comienzan los dedos a deslizarse tanteando, hasta que topan con el borde de la loza. La zurda rastrea en busca del vaso de agua, y cuando llega a tocarlo los dedos escalan por el cuerpo cilíndrico de cristal hasta ceñirlo y elevarlo hacia la boca. Una vez ha bebido, la mujer lo devuelve a su sitio sobre el mantel, comprobando previamente con los dedos de la otra mano que no hay obstáculos en el camino, y toma el tenedor para seguir comiendo. En esos breves instantes, un mazazo invisible ha golpeado el pecho de Bastian. Siente dolor intenso, un repentino ahogo, retrocede con pasos titubeantes, sostenido a duras penas por sus piernas desfallecidas, hasta apoyarse en la mesa de otros comensales, metiendo casi la mano en el plato de uno de ellos. Le increpan en tono jocoso, pero él sólo es capaz de sentir terror. Corre, sale a la calle, la cruza y huye del restaurante a toda prisa, con la cabeza baja como un delincuente que temiera ser reconocido o supiera de repente que toda su vida minuciosamente erigida en los últimos años con ladrillos de mentira acaba de desmoronarse, aunque aún no sepa con exactitud cómo, ni debido a qué. Sólo corre, sólo puede correr. Sólo huye, sólo puede huir como hace cuatro años.

Está ciega. Humberto. El alfiler.

Y por encima de la ira siempre en llaga hacia Vera, más allá de su traición, más allá del odio que no pudo exterminar al deseo, mucho más allá de la pena, el dolor y la melancolía destructora, surge ante sus ojos una imagen jamás entrevista que lo desmorona todo y convierte en trizas la nada… Vera, cuatro años atrás, encadenada tras sufrir quién sabe cuántas atrocidades, Vera torturada hasta la extenuación o la locura mientras ve venir sin prisas hacia ella, hacia sus ojos, el puntiagudo alfiler tras el que sonríe Humberto. ¡La capturaron! ¡Por eso no vino a por mí! Un vómito repentino le obliga a agacharse doblado entre dos coches, y esa reacción física le sirve de aval para esta nueva versión de su vida que, a pesar de todos los derrumbamientos que implica, ansia creer. ¡No pudo venir porque la atraparon! Bastian comprende que todo fue distinto a como siempre lo imaginó. Pero ¿distinto de qué manera? Las preguntas se disuelven ante una urgencia mayor contra la que choca de frente. No puedo perderla por segunda vez. ¿Cómo he podido irme del bar? Podría extraviarse entre estas calles nunca recorridas antes, y se lanza a una enloquecida carrera de retorno. Si pierde a la ciega, después de haberla tenido literalmente al alcance de la mano, se volverá loco, podría matarlo la cólera contra sí mismo. Acelera sin dejar de buscar en cada escaparate y en cada esquina, al borde del colapso, detalles reconocibles del recorrido anterior, y cuando surge desbocado desde una bocacalle y se topa con el restaurante, casi llora de felicidad, como si constituyera una victoria titánica sobre el destino haber sabido regresar al local. Cruza, abre la puerta y sí, la ciega continúa allí donde la dejó, removiendo su café mientras guarda en el bolso el dinero de la vuelta. Al comprobarlo expulsa un bufido eufórico, y recuperada en parte la capacidad de pensar con frialdad, decide salir de nuevo para apostarse frente a la puerta.

Apenas un par de minutos después, la ciega sale a la calle y se detiene un instante para abrocharse un chaquetón de cuero que acaba de ponerse sobre el traje. Alza el cuello para protegerse la nuca, y este detalle nimio de desvalidez ante el aire frío desencadena en Bastian una inesperada oleada de ternura que es incapaz de explicar o controlar. Capturaron a Vera tras el ataque a Amir o Amin, está cada vez más seguro de que lo hicieron otros sicarios con los que nadie contó, cuando corría a reunirse con él para escapar juntos con el botín. Me amaba. Todo era cierto. Y ahora voy a comprobarlo. La estatura de la ciega es más o menos la misma que recuerda de Vera, pero la entidad física de los amantes también se desdibuja con el paso del tiempo. Por la altura podría ser Vera y también no serlo, y Bastian aguarda impaciente que se eche a andar para tener más datos. La ciega, como si buscara subrayar visualmente su condición de invidente, extrae del bolso un bastón blanco que despliega antes de enfilar la acera hacia la izquierda, pegada a la fachada con toda cautela. Bastian cruza a toda prisa, e instantes después se encuentra siguiéndola, dos metros por detrás de ella. ¿Qué leía en el restaurante?, se pregunta de pronto. Un texto en braille, obviamente. Pero ¿sobre qué tema? ¿Y eso qué importa?

Un cuerpo camina, una persona camina. No importa si se dirige hacia o regresa de, si va o viene. No importa el origen ni la meta, sólo la esencia que portamos. ¿Y cuál es la de esta ciega que camina indefensa ante la vida sobre sus zapatos bajos? Ésa es otra negación de la memoria, de la posible verdad recién revelada. Vera, en Padrós, caminaba siempre apresurada sobre tacones altos, impaciente por llegar a donde fuera para arrasar y partir de nuevo, fuera su destino el sexo con él o el encuentro fatal con Amir o Amin.

¿En qué parte falló el plan que ella presentó como infalible? Él, un pobre fracasado de provincias sin proyecto vital, no sabía lo suficiente de tramas criminales como para valorar si era así o no, pero siempre creyó que Vera, aunque fuera por la influencia de Humberto, poseía la necesaria experiencia. Para ella, apostada con los prismáticos en la atalaya del acantilado desde donde se dominaban los apartamentos, todo era muy simple. El emisario de Humberto llegaría con el dinero aquel miércoles de junio y al día siguiente, jueves, ella recogería en la ciudad las armas que había adquirido en el mercado negro. Bastian recuerda cómo esa expresión, «recoger las armas», le estremeció. Por primera vez pensó que todo podía ir en serio, que debía apartarse de esa mujer lo antes posible, que la muerte podía estar ya hospedada en Padrós, esperando el momento de salir a las calles. Por ello se negó a llevarla en coche, y Vera, decepcionada por su cobardía, herida por lo que llamó su traición, hubo de tomar el autobús, aunque a su regreso al día siguiente él fue a esperarla y la tensión de las horas previas al atraco volvió a unirlos, a fundirlos en ese abrazo único e infinito que, durante los cuatro años posteriores hasta hoy, él ha considerado repugnante mentira. Ese abrazo falso es, en realidad, lo único que le ha importado siempre. Todo lo demás le parecen minucias de una disputa entre delincuentes. Fue el abrazo, y la traición que comportaba, lo que le lanzó al miedo, a la huida, a la desolación.

Sin embargo, la ciega podría traer ahora la negación de toda aquella oscuridad. Camina despacio, todos sus movimientos parecen hipotecados a las coordenadas de rumbo que le va suministrando el extremo del bastón blanco, y en esas circunstancias los datos que Bastian puede extraer resultan falsos, confusos como mínimo. Si es Vera, sus pasos titubeantes lo contradicen y niegan, y Bastian resuelve que tiene que ir un poco más allá. Cuando la mujer se detiene ante un semáforo es la oportunidad para tomarla del brazo, tocarla con la esperanza de que el contacto entre ambos responda con el chispazo de siempre. Se coloca a su lado y la mira de reojo, con el corazón presionándole la yugular en el cuello. Es un disimulo absurdo, ridículo, ya que ella no puede ver, y se permite entonces mirarla con impunidad que le resulta remotamente vergonzante, indigna de quien fue, de quienes fueron. ¿Son sus labios, su perfil, sus mejillas? Imposible saberlo; en un rostro, la expresión lo es casi todo, y la ciega, en las antípodas de la alegría vital que derrochaba Vera, muestra una crispación resuelta, perenne, que la hace diferente, opuesta. ¿Acaso no es cierto que si el rostro de la felicidad se entristeciese drásticamente dejaría de parecer feliz? Pues así ocurre en esta cara: es la de Vera pero no es la de Vera. Puede ser tan sólo, ¿por qué no?, una inocente mujer ciega que se parece mucho al fantasma de Bastian. Esta opción se vuelve veraz y le hace sentirse ridículo en su cabezona persecución. Cambia para los peatones el disco verde, y Bastian ciñe el antebrazo de la mujer, que asiente con un breve gesto seco de agradecimiento. Cruzan, él aprieta cada vez más, y desplaza arriba y abajo la mano por ese brazo que sólo emite señales mudas, del todo distorsionadas por el grosor del chaquetón y de la ropa debajo de él. Ya en la otra acera, todavía se niega a soltar la presa hasta que es la propia ciega la que, un poco extrañada y todavía irreconocible bajo las gafas que en la distancia corta parecen aún más anchas, se desembaraza de él con una levísima sonrisa, inimaginable hasta unos segundos antes, y una palabra musitada apenas entre dientes:

– Gracias…

La voz.

¿Ha sido la voz que hace cuatro años pronunció la misma palabra con similar brevedad cuando él, tras la tensión generada por no haberla llevado la víspera a la ciudad se ofreció para acompañarla al día siguiente hasta la entrada de la torre de apartamentos, y esperarla cuando saliese con el dinero? ¡Era tal el miedo a perderla que se impuso sobre el miedo a Humberto!

«Gracias…».

¿Ha sido la misma voz?

La ciega echa de nuevo a caminar y él la mira como miró aquel día a Vera cuando se dirigía hacia la puerta giratoria de la torre. La última vez que te vi, ya no supe más. Excepto unas horas más tarde, cuando angustiado por la inútil espera al volante regresó a la casa y se encontró con la bolsa del dinero, su pasaporte para la interminable escapada. Por fuerza hubo de ser en la torre de apartamentos, ha pensado siempre, donde se torcieron las cosas y Vera murió o, según podría interpretarse ahora, fue capturada y torturada.

Como si hubiera contado los pasos exactos desde el restaurante, la ciega empuja sin dudarlo la puerta de cristal de un café y pasa al interior. Bastian aprieta el paso para ir detrás, con un temor infantil de que haya una puerta trasera por la cual pueda la mujer escabullirse y burlarlo. Es un local moderno que recuerda a los viejos cafés, con impecables espejos nuevos artificialmente envejecidos y mesitas imitación madera. La ciega debe de ser una cliente habitual que viene todos los días a la misma hora y toma siempre lo mismo, porque la camarera la saluda sonriente, aunque sin pronunciar su nombre ni otra pista que a Bastian le pueda dar más datos, y sin que ella lo pida comienza a prepararle su consumición: un sofisticado café con nata y espuma que luego le lleva en una bandejita hasta la estrecha barra adosada a la pared del fondo, bajo uno de los enormes espejos falsos. Bastian le pide un café solo, espera a que se lo sirva, va con él hacia la pared del fondo y, como un cliente más, se sienta junto a la ciega. El espejo le devuelve el reflejo de ambos. Para cualquier observador externo podría ser la imagen de una pareja bien avenida, incluso feliz, que ha hecho un alto en el largo camino de la convivencia para tomar un café. La ciega sostiene la taza en el aire por el asa y sopla hacia la superficie del café, demasiado caliente. Ese detalle es el único que pinta con un toque de vida su gélida quietud. Estática, ensimismada e inexpresiva, parece mirarse fijamente al espejo, a solas con sus pensamientos. Bastian piensa qué frase podría atreverse a decirle de pronto…

Soy Sebastián Díaz, el tipo al que dejaste colgado en Padrós…

Tengo quinientos mil euros tuyos…

Por fin te he encontrado, ahora puedo vengarme…

¿Qué ha sido de ti estos años?…

Me ha dado un vuelco el corazón al verte…

Creo que te sigo amando…

Pero se limita a callar, mirando la imagen del espejo. Con cautela meditada, dejando de lado toda impulsividad, invierte el tiempo que le lleva a la ciega tomar su café en observarla con toda la proximidad impune que las circunstancias permiten. Luego expulsa muy despacio el aire de los pulmones, hasta dejarlos vacíos, y temerariamente inclina la cabeza hacia la mínima piel del cuello femenino que asoma bajo el jersey de cuello vuelto. Cuando se halla a escasos centímetros de la carne desnuda cierra los ojos a fin de no distraer sus sentidos y lentísimamente, en riguroso silencio exterior a pesar de que lo ensordecen sus propios latidos, la huele. Inspira con emoción contenida, como un catador al que le fuera la vida en la acertada catalogación de las esencias, y poco a poco logra aislar y apartar el aroma del café, aislar y apartar el perfume elegido por la ciega esa mañana, aislar y apartar los olores del mundo hasta quedarse solo, conmovido y aterrado, ante las sensaciones olfativas que le llegan desde la exigua zona de piel desnuda. ¿Es ella, puede ser ella? Si los olores tuvieran color y textura, éste que ahora le inunda los sentidos camino del corazón y de la memoria sería blanco y suave, así le parece. También resulta limpio, cargado con la nitidez de la pureza, y evoca un amanecer junto a Vera en que ella dormía profundamente, y él, como acaba de hacer ahora, se aproximó a su cuello y aspiró el perfume de su desnudez. Ella, al sentirlo entonces, se giró. Olía a serenidad, a ese bienestar de los cuerpos que en el amanecer se abrazan para desperezarse de cara al nuevo día, amparados uno en los brazos del otro. Fue uno de los momentos de mayor felicidad real de su vida: la hermosura absoluta existía y era así de simple. Bastian ha buscado en ese recuerdo la prueba definitiva de que la ciega y Vera son la misma mujer, pero el destino ha querido jugar con él, desconcertarlo. No es el olor de aquella felicidad vivida, sino otro. El olor de una posible felicidad presagiada. La piel de la mujer ciega huele a su propia serenidad, contiene su propia promesa de hermosura aguardando el amanecer. Bastian, con el aire retenido en los pulmones, osa abrir los ojos. Y ve la piel, tan cerca que podría aventurar la lengua para rozarla, humedecer con su saliva esa carne para adentrarse más hondamente en la verdad. Pero ahora debe renunciar, y al apartarse como un ladrón ve cómo ese rectángulo de desnudez abismal, lleno de preguntas, se aleja sin retorno. Nunca pudo despedirse de Vera. Le fue amputada con un hachazo seco tras empujar la puerta giratoria de la torre de apartamentos. Sin la concreción de un adiós, sin una sola palabra, sin miradas. Sólo océanos de incertidumbre, desesperación, melancolía… La ciega termina su café y se levanta. Bastian no puede aún ponerse en pie.

Es ella.

No es ella.

Viva o muerta, Vera lo sigue zarandeando con sensaciones extremas.

Extrañamente sereno tras la insólita intimidad que siente haber vivido con la ciega al oler su carne, la sigue más de cerca, apenas tres pasos por detrás de ella. Si la torturaron, piensa de repente, no me delató. Un escalofrío intenso lo recorre al decirse, explícito como nunca antes, que en esos casi cuatro años nunca, en ningún momento, ha sentido que nadie lo seguía realmente. ¿Habré estado a salvo siempre? Pero entonces su vida, su permanente escapada, su noviazgo con Pepa, su rutina… ¿Maté a Sebastián por nada? ¿Para qué nació y ha vivido Bastian?

Unos metros delante de la ciega, junto a la esquina por la que se dispone a cruzar, hay dos chavales apoyados en un coche. Uno de ellos ve a la mujer y mediante un codazo reclama al otro que la mire también. ¿Es un juego inocente o están sopesando lo fácil que sería pegar un tirón al bolso que lleva en bandolera? Bastian, sin saber por qué, acelera hasta ponerse entre la mujer y los chavales y camina unos metros junto a ella, hasta dejar atrás el peligro tal vez imaginado. Le late el corazón, pero no es por los chicos, sino por el inesperado valor que ha desplegado para pegarse a ella, por su decisión de ponerse a su lado para protegerla. En los siguientes metros la mujer gira imperceptiblemente la cabeza en dos o tres ocasiones, como si sus entrenadas sensibilidades hubieran detectado al intruso que continúa caminando a su lado. Debo hablarle. Decirle quién soy. Aguantó la tortura por mí. ¿Y si era cierto su amor? Bastian siente, cree, imagina que la ciega lo acepta, que lo quiere junto a ella, y es él quien se azora y angustia, quien siente el aire inmovilizado en los pulmones. Tal vez me ha estado esperando todo este tiempo. Tal vez vive en la miseria. Bastian sabe que en el momento más inesperado, en la primera esquina, en el siguiente portal, la ciega se irá. ¿Y si me añora? Cuando llegue a su casa será el final. ¿Y si me ama?

La ciega echa entonces mano al bolso. Bastian se alarma, se aterroriza cuando ve que extrae de él un manojo de llaves. El fin. Enmudecido por su propia excitación, extiende la mano para tocarla. Será un gesto irreversible. El roce más leve la alertará, le hará volverse, su voz alta y clara preguntará quién está ahí. Yo, resuelve Bastian que responderá. Yo. Ese vocablo, ese escueto golpe de voz, es la respuesta más sincera de todas, la única real.

Pero la ciega, con las llaves en la mano, se halla ya ante la puerta de cristal del portal de su vivienda, y los dedos de Bastian siguen congelados a dos milímetros de su antebrazo. Todo se precipita de forma vertiginosa, atrozmente veloz, devastadora. La ciega abre la puerta, entra al portal y vuelve a cerrar. Los dedos de Bastian no se han decidido, y cuando lo hacen es tarde. La ciega, tan ajena a su presencia como lo ha estado todo el tiempo, ha desaparecido ya en el interior.

Se ha ido. Bastian queda a la deriva en la incertidumbre. Sus dedos, ya inútilmente apresurados, se lanzan hacia delante pero sólo chocan contra su propio reflejo en el cristal de la puerta cerrada.

Es el fin, aunque la vea aún en el interior, detenida ante los buzones, que tantea en busca del suyo. Bastian piensa en aporrear la puerta. ¿Y luego? Encajonado en sus propias angustias, responde al impulso patético e infantil de sacar el móvil y hacer una foto de la mujer que, tras cerrar de nuevo el buzón, se gira hacia la derecha camino del ascensor.

Es la foto de un fantasma: inmersa en la penumbra del portal, se ve una silueta humana que gira a un lado, nítidamente desenfocada por el movimiento del cuerpo y las bajas condiciones de luz. Tenerla es mejor que nada, y Bastian, temiendo de pronto que su móvil pueda estropearse, decide protegerla enviándosela a sí mismo al teléfono que permanece oculto en el cajón de sus espectros, a salvo de la bondad de Pepa.

Mentalmente memoriza la dirección de la ciega. Es el portal número dieciséis de la calle Curvatura.

Volveré. Encontraré las palabras precisas que decirte y volveré.

La decisión lo tranquiliza, y comienza a alejarse, de retorno al hogar normal que tan brutalmente acaba de ver sacudidos sus cimientos.

Piensa en el papelito con semen seco, en el revólver y en el propio teléfono móvil donde ha enviado la foto. Si fueran seres vivos, esos objetos estarían alborozados: Vera, en forma de foto espectral, ha vuelto de entre los muertos para reunirse con todos ellos, en la oscuridad inmóvil del cajón bajo llave del despacho de Bastian.