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Cuando Bastian pulsa el interruptor en la bodega, los tubos fluorescentes del techo parpadean con insistencia, como si se desperezaran tras un largo sueño, y acaban por bañarlo todo con un zumbido sordo de abejas encerradas que adquiere protagonismo sobre la propia luz blanca, fría y fea. Alguien le explicó una vez que esa luz es inadecuada para el vino, lo maltrata en vez de mimarlo. Si hubiera escuchado, sustituyendo los tubos por una penumbra más adecuadamente cálida, no estaría viendo ahora con tanta claridad la espalda del ex policía, los hombros caídos, derrotados, y todo el peso del cuerpo ladeado sobre el bastón. La ancha gabardina, como un telón teatral, le impide ver lo que su cuerpo oculta, pero en el suelo, junto al extremo del bastón, reconoce Bastian huesos que podrían ser humanos y tener la forma de un pie sobre el que se estira hacia arriba el hueso largo de la pantorrilla, tibia o peroné, sugiriendo que al otro lado del cuerpo de Julián se halla un esqueleto sentado, o al menos una de sus piernas.
El ex policía no se ha girado al sentir el fogonazo de luz, y Bastian, sin osar interrumpir su enigmática concentración en el silencio, avanza tímidamente por las baldosas del suelo y se adentra en el hogar del cadáver, esforzándose por hallar detalles que le permitan fijar su atención sobre ellos para distraer la mente, para no pensar que ese esqueleto puede ser el de Vera. En el suelo, junto a la pared de la izquierda, la reservada a los caldos más caros y antiguos, aún se ven restos de botellas rotas. Vera y él, la última vez, las estrellaron contra la piedra agarrándolas por el cuello, una tras otra, mientras jugaban al despilfarro orgiástico de echarse el vino sobre el cuerpo para que la lengua del otro lo lamiera. De nosotros sólo quedan esos vidrios rotos. Y, seguramente, tu esqueleto.
A la derecha de él, la vieja y pesada mesa de roble sigue estando en el lugar de siempre, aunque la diferencian ahora los elementos desconocidos que reposan sobre su superficie, abandonados allí mucho tiempo atrás. Son los objetos personales del muerto, y Bastian no puede evitar que su mente evoque la imagen cinematográfica de los reos que vacían sus bolsillos antes de ingresar en prisión. Hay lápices y cuadernos, un ordenador, papeles, también cigarrillos de la marca que fumaba Vera. El detalle es inquietante, pero queda eclipsado por el impacto que supone para Bastian reconocer sobre la mesa el teléfono móvil de Vera, de un color rojo inconfundible, gemelo del que Bastian guarda en el fondo del cajón más secreto de su refugio en Madrid. Ya tenía asumido que ella le mintió en varias ocasiones y también que su interés por la bodega era ajeno a su supuesto amor por él. Pero el móvil certifica que ella estuvo allí en alguna otra ocasión, tal vez en varias ocasiones, presumiblemente con Humberto, al que sin embargo tanto odiaba, según Julián. Peor aún, todo parece indicar que olvidó el teléfono el día del disparo, y que por tanto estuvo aquí oculta mientras él la aguardaba arriba, desesperándose por momentos. ¿Por qué? Si su teléfono está ahí, y esto es aún peor, quiere decir que el cuerpo sobre el jergón puede ser, muy probablemente, el de ella. Sobre la mesa está también el cargador del móvil, todavía enchufado a la corriente eléctrica. Es más prudente ocultar el hallazgo y examinar el móvil a solas, más tarde, de lo contrario corre el peligro de que Julián quiera quedárselo, pero la impaciencia es demasiado poderosa, y no puede evitar conectar el teléfono a su cargador. Una lucecita comienza a parpadear débilmente en la parte superior de la carcasa. La energía comienza a reanimar el móvil, y con él resucitarán las verdades desnudas contenidas en su interior. Algunas de esas verdades resultarán ser mentiras, Bastian lo sabe. Sólo se pregunta cuántas. Y cuáles.
– Chico… Ven aquí.
Julián se ha hecho a un lado, y ahora resulta brutalmente rotundo el espectáculo arácnido del esqueleto desbaratado. Carece de calavera, como si la cabeza hubiera sido arrancada de golpe por el estertor último de la muerte, que además quebró el resto del cuerpo en una postura grotesca de piernas estiradas y brazos retorcidos.
¿Y estos huesos tristemente solos es todo lo que queda de ti?
– Justo lo que imaginaba -dice Julián en tono otra vez vigoroso, incluso exultante-. Es el cabrón de Humberto. Terrible final, ¿eh? ¡Me encanta verlo así!
– ¿Humberto? -Bastian, todavía aturdido, no es capaz de asimilar y procesar la buena noticia, pero su intuición le alegra instintivamente al captar el rejuvenecimiento casi literal, físicamente perceptible, del ex policía, que sólo puede deberse a su convicción de que el cadáver no es el de Vera. Bastian siente también que la vida retorna a él.
– Sí. Es Humberto. Como yo pensaba.
– ¿Por qué estás seguro? Es un esqueleto. Sin cabeza.
– Chico -Julián sonríe hacia Bastian con cierta conmiseración irónica-, ¿te has fijado dónde está sentado?
El desmadejamiento de huesos muertos yace sentado en una silla de ruedas. Bastian no puede evitar sonreír abiertamente. Julián le imita. Vera podría seguir viva, no hay nada en la bodega que certifique lo contrario, y esa expectativa es suficiente para unir por un instante a los dos hombres que de alguna manera rivalizan por su recuerdo.
– Ahí tienes el arma -añade Julián señalando hacia la zona del suelo situada a la derecha del esqueleto.
Hay un revólver a medio metro de la rueda de la silla. Es idéntico al que Bastian lleva consigo. Cierto, Vera fue a la ciudad a por las armas, siempre habló en plural. Uno de los revólveres lo dejó en el bolsillo de la americana de Sebastián. El otro, al parecer, era para Humberto.
El ex policía une los dedos índice y corazón de su mano derecha, simulando el caño de un revólver, y lo hunde bajo la barbilla de Bastian:
– Apoyó aquí el cañón y apretó el gatillo. Es la mejor forma de matarse, la más segura. Se voló la cabeza, ya lo has visto. Y aquí al lado tienes la cabeza, lo que queda de ella.
La calavera, azarosamente caída sobre el suelo, parece un trozo quebradizo y gris de cáscara de huevo, con huecos donde debieron de estar los ojos y restos de dientes sujetos aún al recuerdo carcomido de lo que fue la mandíbula. El disparo desintegró toda la parte trasera del cráneo, y el resto que permanece, la frente y los pómulos, casi tiene la forma de una máscara de carnaval vieja y cubierta de polvo.
– Humberto se suicidó… -el susurro que surge de los labios de Bastian no es una pregunta, sino la verificación estupefacta de que si eso es cierto, y obviamente lo es, él lleva cuatro años ocultándose de un muerto.
– Así parece. No soportó el juego de Vera. Ignoro qué pasó entre ellos dos, pero cuando Vera tuvo a su marido en silla de ruedas, a su merced, pensó que había llegado el momento de hacerle pagar.
– ¿No pudo haber sido ella quien disparase?
– No podemos estar seguros de nada, ni lo estaremos nunca. Pero mi versión es que el tiro que oíste aquella mañana, antes de salir pitando como un conejo, lo disparó Humberto contra sí mismo, en este mismo sitio donde sigue desde entonces. Lo entendió todo y enloqueció. Se desesperó. Habían pasado dos días desde el golpe y se encontró aquí encerrado, acuérdate de la reja echada, y abandonado para morir de hambre. Pero lo peor sería su duda: ¿Vera vivía y era ella quien lo había dejado aquí atrapado, huyendo con el dinero? ¿O Vera estaba muerta y no podía venir a rescatarle? Bonito panorama, ¿eh? Yo voto por la primera opción. Vera, en cuanto tuvo el botín en sus manos, vino aquí, te dejó tu parte mientras tú seguías como un gilipollas esperándola en la puerta del edificio de apartamentos, y antes de largarse con todo lo demás debió de bajar para despedirse de Humberto y dejarle bien claro que lo abandonaba aquí, inválido, encerrado y condenado a muerte lenta. Ésta es mi versión. Seguro que hay otras, pero ésta es la mía. ¿Has visto esos surcos en el suelo?
Julián señala los círculos blancuzcos que aquí y allá, al lado de la rampa de salida y junto a las botellas, cerca de la mesa y del camastro, destacan sobre las baldosas de pizarra negra como rayas de tiza trazadas por un niño enfadado. Relatan los giros y más giros de la silla de ruedas y el progresivo enloquecimiento de Humberto, su conciencia del abandono y su rebelión contra la muerte encerrada a solas con él en la bodega. Puede que gritase, aunque sus gritos no se oyesen. Tal vez gritó durante los dos días que pasé en el sofá, ante la puerta. O tal vez, como hizo Sebastián, se entregó a un enmudecimiento depresivo y resignado, una revisión lúcida del daño que pudo haber hecho a Vera y que acabó por llevarle a esta condena y ejecución. Bastian comprende que puede haber más versiones de lo que ocurrió en la bodega, y surgirá una nueva cada vez que su mente lo evoque.
– ¿Cuál fue tu papel el día del asalto? -se decide por fin a preguntar a Julián.
También esta pregunta parece suponer en sí misma un juicio contra el ex policía, que la escucha como si fuera una sentencia junto al esqueleto de la silla de ruedas, y luego se deja caer sobre el jergón instalado contra la pared que nunca antes había estado allí. Vera debió de traerlo para que su marido durmiera en él. Julián inspira con melancolía, el cansancio parece estar adueñándose otra vez de su espíritu. Sentados uno junto al otro, el esqueleto y el ex policía parecen obscenamente hermanados por la muerte. El primero es un cadáver ya viejo, experimentado y veterano; el segundo, ensaya para llegar a serlo algún día no demasiado lejano.
– Mi papel fue uno que no había hecho antes en toda mi vida. El papel de padre. Cuando Vera vino a proponerme su plan me quedaron claras dos cosas: que quería mi ayuda y que deseaba ver muerto a Humberto, por lo menos bien jodido. Dijo que ayudarla era una deuda que tenía con ella, y puede que en parte tuviera razón. Lo del odio a Humberto no llegó a decirlo, pero me di cuenta yo. Y ya ves, no me equivoqué.
– Llevaba diez años sin verte, aparece y te pide que la ayudes a cometer un atraco. Así, sin más. ¿No te pareció raro?
– Al contrario, era un círculo que se cerraba. Ese dinero negro, en realidad, llevaba diez años siendo el único vínculo entre Vera y yo. Ten en cuenta que yo ya había trabajado, por mediación de Humberto, para sus jefes, y cuando la parejita se fue seguí trabajando para ellos. Sin ir más lejos, si yo sabía que en ese apartamento pasaban la noche los recaderos del dinero es porque ese apartamento lo buscamos juntos Humberto y yo. Estábamos todos en el mismo ajo. No me pareció raro que volviéramos a unirnos justo por eso. Fue natural, justo, Vera y yo. En alguna parte al otro lado de ese dinero, al otro lado de esos negocios, yo sabía que se encontraba ella. Y de pronto, un día, fue ese dinero el que me la trajo de vuelta. Quedamos a las afueras de Padrós, en una playita a la que solía llevarla de pequeña. Yo para entonces había ascendido, era muy conocido en el pueblo. Me convenía el sitio discreto que propuso. Fui de paisano, no me apetecía exhibirme con el uniforme. Y allí nos vimos, en la misma arena, tantos años después, frente a frente. El tiempo que todo lo jode. No me abrazó, no me dio un beso, no me dijo ni hola. ¿Por qué iba a hacerlo? Yo tampoco lo intenté. Me pidió ayuda para el día del atraco y un escondite para Humberto. A cambio, me ofrecía el treinta por ciento, un diez por el escondite y otro veinte por ayudarla contra Amir, o como se llamase. El diez por ciento que te llevaste tú era lo que tenía presupuestado para el escondite desde el principio, supongo que te das cuenta. Sabía que el golpe era el viernes siguiente por la mañana, pero no volví a tener noticias de ella, incluso pensé que había desistido. Pero ese viernes algo me llevó a la torre de apartamentos. Antes os había visto remolonear por el pueblo, y me di cuenta de que te estaba liando para que fueras tú quien la ayudase. Ya te dije que me sonabas de vista, y pedí informes sobre ti. Un mindundi, un tipo normal, mediocre. Con escrúpulos. Imposible que sirvieras para el atraco. En cambio deduje que el escondite para Humberto tenía que ser tu propia casa sin que tú lo sospecharas. Intuí que todo seguía su curso, y me preocupé. Aquel viernes me aposté a primera hora cerca de los apartamentos, como un padre responsable. No es broma, fue la preocupación por Vera lo que me llevó hasta allí.
Y Julián, tras confesar este sentimiento, se detiene esperando acaso algún aplauso moral de Bastian, la constatación, aunque sea mínima, de que hubo en ese gesto algún grado de reivindicación de su esencia y dignidad paternas. Antes de continuar alza la mano para echar el flequillo de pelo cano que le cae desde la frente a la ceja, pero apenas lo ha colocado en su lugar vuelve el flequillo a descolgarse e inicia a la altura de los ojos un suave aleteo, como si estuviera vivo y flotara en el aire. Bastian repara en ello sin darle importancia.
– Al poco -continúa el ex policía-, llegasteis en tu coche. ¿Lo recuerdas, verdad?
– Como si fuera ahora. Para mí era el fin. Había llegado el momento de la realidad, y la realidad traía el fin. Tú acabas de decirlo: no sirvo para vuestro mundo. A mí, eso de robar a unos criminales, primero me pareció una broma, luego, cuando Vera insistía, la broma se volvió de mal gusto y pesada. Y después, cuando entendí que hablaba en serio, supe que nunca sería capaz de mezclarme en ello. Tú dices que es cobardía, a mí me parece sentido común. Puedes hasta llamarlo rutina de vivir tranquilo y dentro de la ley, lo que quieras. Pero en mis planes jamás entró meterme en algo que luego pudiera traerme lo que precisamente me trajo. La víspera del golpe, el jueves por la noche, todo fue para mí una despedida. Follar con Vera, abrazar a Vera, dormir con Vera, despertar junto a Vera. De todo eso llegaba el fin. Nos levantamos para ir hacia el edificio, yo había prometido llevarla hasta allí. Luego pensaba marcharme, verla bajar del coche y alejarse e irme. Cuando paré, a una distancia discreta del edificio, sacó el arma que había traído de la ciudad. Por el arma supe que todo era cierto, que no iba a despertarme de ninguna pesadilla, que ella y yo nos encontrábamos en la realidad. La agarré de la mano, fue mi momento de mayor valor. Le dije que se quedara conmigo, que volviéramos a casa, le dije que lo que yo tenía era suyo, que no se metiera en esa aventura que sólo podía acabar mal. Se me quedó mirando, creo que valoró mi propuesta y creo que hasta se emocionó. Tú te reirás, pero yo estoy seguro de que por un momento logré emocionarla.
– Pero bajó del coche.
– Sí, bajó del coche. La vi alejarse, esperé a que entrara en el edificio y eché mano a la llave para encender el motor y marcharme. Pero no pude. No podía ayudarla, ni quería hacerlo. Pero tampoco podía abandonarla. Ni quería hacerlo.
Me quedé esperando. No sabía qué esperaba. Tal vez que reapareciera y aceptara mi propuesta. O que saliera corriendo con el dinero y me necesitase. Sólo sé que me quedé. Horas, hasta que me comieron los nervios y decidí esperar en mi casa. Y hasta hoy.
– Tú no habrías sido de ninguna ayuda, pero cuando vi que te quedabas en el coche comprendí que Vera pretendía enfrentarse sola a un pistolero profesional. Entré al edificio por la puerta de atrás. Ella subió en el ascensor, y se me adelantó unos pocos minutos. No sé con exactitud qué pasó dentro del apartamento, pero cuando abrí la puerta de la escalera de servicio salían ella y Amir, él encañonándola. Era un profesional, lo que pretendía era matarla en otro sitio para no quemar el escondite del apartamento con una muerte. Intervine entonces. Por supuesto, había llevado mi arma, y pude sorprender a Amin y desarmarlo. Pero ahí mi suerte ya estaba echada. Él entendió que yo, el policía municipal de Padrós que colaboraba con su gente, era el cómplice del robo, tal vez incluso quien lo había planeado. Ya no había marcha atrás. Vera se me quedó mirando. No me atrevo a estar tan seguro como tú de que se emocionase. Pero al menos vi sorpresa en su rostro. Y creo que le dio todo su valor al hecho de que la salvara. Pero enseguida volvió a lo suyo. Volvió al apartamento a por el dinero y salimos, de nuevo por la puerta de servicio. Vera insistió. Parece que te conocía un poco y no le apetecía que siguieras allí esperando, como en efecto estabas, y nos vieras salir. Subimos al coche de Amir, él y yo detrás y Vera conduciendo. Cuando nos alejamos te vimos al tomar la calle principal, ahí seguías como un pardillo. Amir trató de convencerme de que lo dejara libre, incluso se ofreció a olvidarlo todo si lo dejábamos libre y devolvíamos el dinero. Yo lo habría hecho. Vera, por supuesto, no. Lo tenía en el asiento, a su lado, todo para ella. Y fue entonces cuando dijo que había que matar al pistolero. Supe que hablaba en serio, se notaba en la voz, en la mirada. En su sangre fría. Iba a hacerlo, y yo me dejé llevar por el impulso. Cuando estábamos cerca de la plaza ordené a Amir que bajara, le arrojé al suelo el arma que le había quitado y le pegué tres tiros en el pecho. Nos alejamos a toda velocidad, pero él aún tuvo fuerzas para dispararnos hasta vaciar el cargador, fueron todos esos tiros los que aquella mañana alteraron la paz de Padrós, aunque fue poco revuelo en comparación con la llegada de Amir a la plaza, desangrándose. Maté a un hombre, el primero y único de mi vida, para proteger a Vera. Ese impulso me perdía para siempre, pero no pude evitarlo. No sé si ella reparó en lo que acababa de hacer para salvarla, ni sé si lo pensó más tarde. No tenía tiempo que perder. Me miró, sería la última vez que lo hiciese, y me dijo: «Gracias por salvarme. Lo mejor es que te bajes». Sólo eso, ni media palabra más. Tenía sus planes bien pensados, vaya si los tenía. Y en ellos no entraba yo, ni tú, ni por supuesto éste, que estaría mordiéndose las uñas en su silla de ruedas, pensando que su mujercita venía a recogerlo para cuidar de él el resto de su vida. «¡Bájate!», repitió, esta vez gritando. Había terminado su décima de segundo de ternura. Lo hice, me bajé en la primera esquina. Tenía una extraña paz, ganas de dormir. Había matado a un hombre y me había buscado la ruina. Y no lograba sentir remordimiento, ni ansiedad, ni siquiera excitación. Sólo aquella paz, aquellas ganas de dormir. Vera pisó el acelerador. Nunca he vuelto a verla. Regresé a casa, pensando cómo esquivar el terremoto que se me venía encima. No era fácil, pero tenía que intentarlo. Me puse el uniforme, fui a la plaza diciendo que había oído los tiros, ayudé a levantar el cadáver… Allí te vi por casualidad dos días después, cuando huías en coche hacia Madrid. Tenías cara de fugitivo, ¿sabes? De acojonado. Tal vez sabías algo más, y por eso busqué informes sobre ti. Entre otras cosas, supe que habías comprado tres móviles unos días antes, todos de prepago, para no asociarlos a ninguna cuenta y dejar rastros. Pensé que Vera estaba contigo, que se habría quedado uno de ellos. Fue fácil conseguir que me dieran los números, y probé a llamar a los tres. En uno acabaste por contestar tú.
– Pensando que eras Humberto. Me he pasado cuatro años pensando que él y sus hombres me perseguían para torturarme, para cegarme con ese alfiler al que tanto miedo tenía Vera -y Bastian vuelve a pensar en la ciega del restaurante. También en el móvil cuya batería se carga a unos metros de él. Nunca supo para qué quería Vera ese tercer móvil, y ahora acaba de entenderlo. Era un teléfono para que Humberto y ella estuvieran siempre comunicados.
– Pues gracias a que comprasteis esos móviles pude encontrarte. Te llamé, y fuiste tan tonto de decirme que estabas en Madrid. Iba a por ti, supongo que ya lo sabes, porque imaginaba que podías decirme algo más de Vera. No quería el dinero, ni lo quiero ahora, eso siempre me ha dado igual. Quería hablar con ella. Creo que quería recuperarla, aunque fuera un poco. La había salvado, me lo merecía. Merecía volver a estar en su vida. Iba a coger el coche para ir a Madrid y plantarme en el Palace, y fue entonces cuando me pillaron. No conté con que el tal Amin, mientras se moría, tuviera la serenidad de llamar por el móvil a sus jefes para contarles qué había pasado. Me llevaron a un garaje. Un tipo al que nunca había visto me serró la pierna por tres sitios para que le dijera dónde estaban mi cómplice y el dinero. Aguanté el dolor por Vera. Sólo un rato, hasta que sacaron el alfiler, ahí me desmoroné. Veo que Vera te habló de ello. Era su terror desde niña. Quedarse ciega. El alfiler era la marca de fábrica de esta gente, cegaban así a sus víctimas antes de continuar con la tortura. Sabía que no iba a aguantarlo y pedí hablar con alguno de los jefes. Vino y le propuse un trato, ciertamente con mucha osadía. Había dos opciones, le dije. Una, que yo sabía dónde estaban mi cómplice y los seis millones. La otra, que no lo sabía. Si lo sabía, podía acabar por confesar pero también morir sin hablar, eso habría que verlo para saberlo. Cincuenta por ciento de posibilidades de que ellos no recuperaran el dinero. Y si no lo sabía, lo cual era la verdad, le recalqué, no podría decirlo por mucho que me torturasen. Cien por cien de posibilidades de no volver a ver los seis millones. Además, se encontrarían con un policía muerto. Aunque se deshicieran del cadáver habría investigación, podría llegar a husmearse en sus negocios sucios. Mi muerte no era conveniente. Por eso, les propuse devolverles parte del dinero, entregándoles los inmuebles que en esos años, como pago de diversos trabajos sucios y comisiones que ellos mismos me habían hecho, había ido acumulando. No alcanzaba la cifra de seis millones, pero pasaba de cuatro. La condición era que un médico me viese cuanto antes la pierna y luego que me dejasen libre y en paz. Y aceptó, para mi sorpresa aceptó. Se definió como un hombre de negocios. Seguiría buscando a Vera y acabaría por encontrarla, dijo, pero de momento aceptaba mi trato. Y se sorprendió mucho cuando le dije que esa cómplice era mi hija y, por tanto, la esposa del hombre que ya antes había intentado engañarles. También prometió buscar a Humberto y vengarse de él. Puede que a la fecha de hoy sigan buscándolo. Y aquí estoy yo, vivo, cojo y malviviendo de mi pensión de policía municipal después de haber sido un hombre rico.
– ¿Sabían que yo existía?
– Lo que sabían es que su hombre de confianza en la policía municipal, su hija y su yerno inválido planearon y ejecutaron el robo. Un asunto de familia claro y evidente. Nunca han ido a por ti, no tienen ni puta idea de que existes, ni mucho menos de que te llevaste el diez por ciento de la pasta sólo por haber facilitado un escondite a este esqueleto, cuando todavía estaba vivo.
El relato de Julián ha ido acumulando peso sobre los hombros de Bastian como si las palabras fueran de hierro, pero es la constatación de que nunca ha estado en el punto de mira, la gota que colma el vaso y supera su resistencia. Se sienta sobre el camastro, junto al ex policía, como si estuviera agotado, y echa la cabeza hacia atrás hasta apoyarla sobre la pared de la bodega. También a él le pide el cuerpo dormir como se lo pidió a Julián tras matar a Amir o Amin, dormir a salvo del mundo como parece dormir el esqueleto. Ha invertido cuatro años de su vida en ser un fugitivo sin perseguidor, una víctima sometida al capricho de torturadores inexistentes, un muerto al que nadie llegó a matar. Una sensación de frescor casi húmedo le recorre la nuca, y por un momento sospecha que su mente suda cuello abajo, febril de incertidumbre ante los propios pensamientos. Pero la cuchilla de frío es una simple corriente de aire, la misma que todo el tiempo ha reclamado su atención meciendo el flequillo de Julián, dando así cierta apariencia de vida a la máscara pétrea en que se había transformado el rostro del ex policía mientras evocaba sus recuerdos. Casi por simple curiosidad, Bastian vuelve la vista hacia arriba en busca de la fuente de aire, y descubre que ésta se cuela por el cristal roto del ventanuco situado un metro por encima del jergón donde acaba él de sentarse. Nadie que no hubiera sido el dueño de la casa habría dado la menor importancia al detalle. Pero Bastian sí. Algunos años atrás esa pared, carcomida por la humedad y el tiempo, hubo de ser restaurada, y él aún recuerda cómo insistió en que los ventanucos fueran sólidos, de gruesos cristales dobles esmerilados que impedían ver a través de ellos. Las inclemencias del exterior no han podido romper esos cristales, y se le ocurre que pudo hacerlo el esqueleto cuando aún vivía. Bastian se alza sobre el colchón, persuadido de que el examen del estropicio podría arrojar algún dato nuevo, otra pizca de luz borrosa sobre el rastro de Vera. Los dos cristales están rotos con meticulosidad y limpieza, sin dejar en el marco una sola esquirla de vidrio, pero es evidente que Humberto sólo pudo romper la capa interior. La otra habría quedado fuera de su alcance por centímetros. ¿Entonces fue Vera quien hizo el trabajo para dejar diáfana la vista del exterior? ¿Por qué? Bastian, agachado sobre el colchón, a la altura aproximada que sería accesible para un inválido, ve desde el ventanuco lo mismo que veía Humberto arrodillado encima de la cama. Y se estremece.
¿De verdad fuiste tan perversa con él? ¿Tanto lo detestabas?
Como si se hallase en el mejor palco de un teatro, tiene ante él la vieja pérgola herrumbrosa y con la pintura descascarillada que en el pasado fue uno de los lugares más hermosos del jardín. Era el espacio favorito de Vera para el sexo. Siempre insistía en llevarlo hasta allí para desbocar sus obscenidades más indómitas con tesón mayor que en ningún otro rincón de la casa. Y mientras, comprende Bastian ahora, el posesivo y celoso Humberto, el Humberto acaso violento y maltratador con el que según Julián tantas justificadas cuentas pendientes tenía Vera, miraba y miraba y miraba, impotente y consumido de rabia, ese espectáculo representado en exclusiva para él por una mujer que sabía que observaría fascinado y sin poderlo remediar, que iba a aguantar ese martirio moral en silencio riguroso para no delatarse. Los huecos de los ojos de la calavera parecen mirar a Bastian, parecen asentir. Cuatro años atrás la máscara ósea quedó cara al ventanuco, como si el destino hubiera condenado a Humberto a seguir mirando, más allá de la muerte, la ventana demasiado alta tras la cual la mujer por la que en vida estuvo obsesionado se regodeaba en exhibir impunemente sus para él ya inalcanzables orgasmos.
– Escucha… -dice Julián a su espalda. Bastian ha sentido por la variación de pesos en el colchón que el ex policía se ponía en pie un momento antes. Lo busca con la mirada. Está al otro lado de la estancia, junto a la mesa de roble, y sostiene junto a la oreja el móvil que Bastian puso a cargar-. Mensajes de Vera…
Esas tres palabras resultan suficientes para que Bastian salte al suelo a toda prisa. Su movimiento sacude levemente al esqueleto, que también parece azogarse ante la perspectiva de los mensajes. Julián, con la respiración contenida, escucha con los ojos muy abiertos, como si pudiera ver las palabras antes que oírlas. Uno de los mensajes le golpea con fuerza invisible y le hace temblar, tambalearse un instante. Otro le acierta todavía más de lleno, y debe apoyarse en la mesa de roble. Bastian se planta ante él, muy cerca, no para auxiliarle sino para reclamar su ración de los mensajes. Él también quiere oír la voz de ultratumba contenida en el móvil. Buscando intimidad, el ex policía se dirige hacia la salida calmosamente, muy despacio, para no arriesgarse a perder por culpa del sonido de su propio movimiento ni una sola sílaba. Bastian lo sigue a corta distancia, observa su caminar mecánico, la veloz merma de sus energías, que le escapan por las heridas que va abriendo el móvil. Cuando atraviesa el estrecho pasillo, ya casi en penumbra, sus pasos parecen sostenerse en el apoyo único del bastón, como si la vida y la carne del cuerpo se estuvieran disolviendo en el aire. Bastian piensa que, para cuando llegue al jardín, Julián será también un esqueleto, paupérrimamente guarecido bajo la gabardina que el viento sacudirá de aquí para allá.
En el exterior, el ex policía da todavía unos pasos vacilantes antes de soltar el móvil sin rabia, con la indiferencia con que dejaría caer el corazón de una fruta tras devorar la pulpa y exprimir el jugo. Bastian se lanza sobre el móvil y lo rescata del suelo embarrado con voracidad de perro hambriento. Todavía parpadea en el indicador de batería un resto de vida, y se apresura a pegarse el móvil al oído para escuchar. Surge la voz de Vera dirigiéndose a Humberto, y oírla supone ante todo un impacto emocional intenso e informe. Igual que hizo Julián al apartarse de él un minuto antes, ahora es Bastian quien, como si ello tuviera el menor sentido, se gira poniéndose de espaldas con los hombros encogidos para proteger del mundo exterior la voz del espectro. Para él, que durante años ha escuchado hasta memorizarlos los mensajes que atesora en el móvil oculto en un cajón de su casa, estos que brotan ahora le resultan totalmente nuevos, vivos y jóvenes como la voz que los pronuncia, y por ello logran el milagro de que Bastian, en vez de pensar que son palabras dichas cuatro años atrás y recuperadas desde ese pasado para ser escuchadas hoy, prefiera sentir que es él quien ha viajado en el tiempo, y se encuentra horas antes de que aconteciera el fatídico viernes del robo. Son sólo tres mensajes que Vera debió de dejar cuando Humberto dormía o estaba distraído, pues la imagen que resulta más lógica es la del inválido permanentemente pegado al móvil para tener noticias del exterior. Casi en el acto identifica Bastian las dos frases que han golpeado a Julián. En ambas se refiere Vera al ex policía con desprecio inmisericorde. «El muy cabrón de mi padre dice que no lo hará, pero verás como al final nos ayuda». «Me encantaría ver su cara cuando sepa que le echamos la culpa del robo». Bastian, hipnotizado por la pletórica voz de Vera, tiene que escuchar dos veces los mensajes para comprender su contenido, y una tercera para verificarlo. Sobre él sólo se dice una frase, y la ansiedad de su obsesión le impide definir si es buena o mala. «A éste, al de la casa, mejor no hacerle daño, ¿no?». Sólo esas palabras, que apenas tiene tiempo de encerrar en la memoria antes de que la batería del móvil muera. Lo guarda mimosamente en el bolsillo, imaginando que si Humberto, una vez encerrado, no usó el teléfono para pedir ayuda es porque Vera debió de tener la previsión de dejar el aparato sin saldo. Terrible agonía añadida: contar con un teléfono al que tu verdugo puede llamarte para regodearse en tu sufrimiento pero que tú no puedes utilizar para pedir socorro.
Ahora ha entendido también que cuando vino a dejarle la bolsa con el diez por ciento fue cuando aprovechó para deslizar el revólver en el bolsillo de la americana donde lo encontró. ¿Con qué intención? Como todo con la meticulosa Vera, resulta ambiguo: tal vez para que se matase y no pudiese dar pistas sobre ella, tal vez para que tuviese un arma con que defenderse de sus perseguidores. ¿Quién puede saberlo, aunque en uno de los mensajes hable de no hacerle ningún daño?
El ex policía se ha alejado a cierta distancia mientras él escuchaba una y otra vez los mensajes, y ahora es una figura progresivamente pequeña y lejana, cada vez más cerca del borde del acantilado, al otro lado de la casa.
Bastian intuye que se va a arrojar al mar y se apresura hacia él. No sabe si por impedirlo o para ser feliz testigo de su muerte.