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– Pasó una mañana de hace veinte años. Yo empezaba a ser un viejo. Vera tenía diecisiete años para cumplir dieciocho.
La voz de Julián, como el penúltimo aliento de un desahuciado, resuena rasposa al atravesar la tráquea hacia el aire frío, y se desmenuza en sílabas apenas audibles al contactar con él. Su cuerpo, escorado hacia la derecha, fía todo el peso al bastón, que contagiado de su quiebra moral podría partirse. Alrededor de sus piernas aletean sin brío los faldones de la gabardina, como banderas de un ejército aniquilado. El viento, casi quieto, parece haber demorado su paso sobre el acantilado para escuchar al ex policía, que sin embargo se empeña en hablar al vacío sobre el mar de tú a tú, con ensimismamiento solemne. Tal vez ve levitar entre las sombras del crepúsculo que se apaga el espíritu de algún confesor dispuesto a absolver su pasado.
– Fue en nuestra playa, esa misma en la que años después nos encontramos para hablar de robos y crímenes, de matar y morir. Casi no tiene arena, nunca la ha tenido. El oleaje es fuerte, por eso suele estar desierta. Yo iba allí para pensar a solas. La madre de Vera había muerto semanas antes y me sentía descolocado, sin saber qué hacer, esperar un ascenso o probar suerte en la ciudad, aunque suerte de qué… Todavía no había aparecido Humberto en mi vida, en nuestra vida. Todavía era un policía municipal del montón. Honesto, aunque tampoco tenía opción de no serlo. Mi sueldo y poco más. Eso, y ganas de tener otras cosas. Aquel día había en la playa una mujer bañándose a lo lejos. Parecía desnuda. Me acerqué.
Bastian permanece atento, un metro por detrás de él, listo para evitar su caída accidental o premeditada. No le importa que Julián viva o muera, pero quiere oír lo que se ha lanzado a contar. La masa del mar se desdibuja ante ellos, fundida con la primera oscuridad de la noche. Sólo el susurro del oleaje recuerda que ahí mismo, a un paso, está el abismo.
– ¿Has pensado que una mujer desnuda, desnuda en el mar, es una de las cosas más fuera del tiempo que existen? En una playa llena no, eso es distinto, ahí una mujer, que además no suele estar desnuda, pasa más inadvertida. Se oye gritar a los niños, la gente lee o pasea… Piensa un momento. La playa, normalmente, está llena de las cosas que hemos creado en este mundo nuestro: los periódicos y los libros que leen los veraneantes, sus bañadores, sus toallas, las sombrillas, los móviles sonando, las latas de refresco, hasta las risas parecen embotelladas, todas iguales… Pero una mujer que se baña desnuda entre la espuma, entre las olas, sin signos de civilización a la vista… Eso es otro asunto. Eso está fuera del tiempo. Ves la escena y comprendes que puede ser de ayer mismo, de hace veinte años o de hace quinientos, también de dentro de mil. Una mujer desnuda en el mar. Con ella no hay reglas, no hay leyes, ahí no entran Dios ni los curas.
La voz de Julián, al evocarlo, parece haber hallado aliento nuevo. Bastian también se extasió siempre ante el indómito paisaje que se domina desde este punto del jardín sobre el acantilado, sin otro vestigio de la mano humana que las lejanas torres de apartamentos. Aquí mismo sorprendió a Vera vigilándolos con los prismáticos, aquí empezó ella a contarle su plan falso, su premeditada mentira primera: «Quiero robar a Humberto, necesito que me ayudes»; aquí mismo podría Humberto haberlos espiado a ellos sólo con estirar un poco el cuello.
– Yo también me desnudé, ¿por qué no? Fue un impulso, seguramente también una osadía. ¿Y qué? La playa era tan mía como suya. Y al desnudarme fue como si la mujer se hubiera desnudado más todavía. Saltaba y jugaba con las olas, enérgica, incansable, hermosa… No me había visto aún. Sentí que me había quitado todos los lastres. De pronto no era un viudo aburrido, no llevaba uniforme, no tenía una hija adolescente y pesada. No era honrado, ni era bueno… ¡Qué magnífico instante! Nunca he sabido qué pretendí. No era follar, ni provocar a la mujer, tampoco molestarla. Creo que sólo quería eso, exactamente eso: sentirme libre de todo. Cuando comenzó a acercarse a la orilla, yo también fui hacia el agua. Enseguida dejó de nadar y saltar, puso el pie en el fondo y echó a andar hacia la arena, con las olas estallándole detrás. Y entonces vi que era Vera. ¿Te imaginas? Jamás me había visto desnudo. Ni yo a ella desde que cumplió los doce o trece años. No supe cómo reaccionar, me quedé callado, esperando. Ella se enfadó mucho. No es que estuviera avergonzada, o crispada. Estaba enfadada, muchísimo. Y retadora, lo vi en cómo cogía la toalla y se frotaba, gestos secos que cortaban el aire, parecía que quería despellejarse a sí misma. Se vistió y se fue sin decir una palabra, clavándome los ojos cada poco, cada vez más indignada.
Abajo, el agua invisible a causa de la noche debe de estar helada. La piel de Bastian se escalofría al imaginar la zambullida. De niño se figuraba que la soledad del náufrago en el mar debía de ser aún peor cuando moría el día y venía la oscuridad. Y piensa en la mujer ciega, en su noche continua. Si es efectivamente Vera, ¿qué tristeza la invadirá al añorar los días en que su cuerpo pletórico y joven reinaba sobre este mar y esta tierra, sobre él? Tu espíritu libre, encerrado en un cuerpo sin ojos… De pronto, una oleada de ternura hacia la ciega lo arrasa por dentro, y se vuelve sentimiento definido, con formas propias. Si estuviese en Madrid iría en este mismo instante a buscarla para preguntárselo sin adornos ni miedos… Vera, ¿eres tú? La verdad, la verdad desnuda. Y entonces, estupefacto, siente surgir en su interior el afán inesperado y desinteresado de abrazar a esa desconocida y de hacerlo con independencia de que sea Vera o no, estrecharla junto a sí como mínimo consuelo inútil contra su oscuridad sin retorno.
– Y yo me quedé allí, pasmado ante el mar. No dije nada, dejé que se fuera sin decir nada. No hablé, ni pensé. Me quedé quieto como un imbécil, hasta que el frío me hizo reaccionar y volví a casa. Hará alrededor de veinte años. Pues fíjate qué te digo: siempre he pensado que Amir o Amin, o como coño se llamase, murió aquella mañana. Todavía no nos conocía, seguramente entonces era un chaval y estudiaba en el instituto. Pero aquella mañana quedó escrito que yo acabaría matándolo. ¿Te gustan las mujeres muy jóvenes, chico?
Julián gira el cuello con pesadez rígida de hombre agotado o lobo viejo. Sin embargo, sus ojos entrecerrados todavía emiten chispas enrojecidas y húmedas, lágrimas por el pasado perdido o por el presente interminable que destacan en mitad del rostro desdibujado por la proximidad de la noche. De no ser por la iluminación tenue que les da la luna, en cuestión de minutos los dos hombres dejarían de verse, serían uno para el otro bultos informes, sostenidos frente a frente por el afán de saber de Vera. Bastian comprende que el ex policía no aguarda su respuesta. Al volverse hacia él, Julián sólo ha querido constatar que continúa a su espalda, vigilante pero también escuchándole con el oído bien atento. Por primera vez en tantos años está relatando su historia a un ser vivo. Quién sabe cuántas veces la habrá contado al acantilado, a la playa o a las paredes de su casa, al espíritu de su hija desaparecida o simplemente a la noche.
– A mí no de manera especial, las mujeres muy jóvenes nunca me llamaron. Ni cuando yo mismo era joven ni ahora que soy un viejo. Pero con Vera fue otra cosa. Tardé días en darme cuenta de lo que me había pasado en la playa, y mira que era bien simple: sentía por mi hija un deseo salvaje, ¿qué te parece? Mayor del que había sentido por ninguna mujer en toda mi vida. Deseo feroz, deseo sin amor ni ternura. Por culpa de este mar, por culpa de encontrarnos desnudos en la playa sin ley. En una piscina con gente no habría pasado, ni en la ducha, lo puedo asegurar. Es un pecado que se sale del catecismo, ¿verdad? La Biblia se me queda pequeña. No bastarían todos los curas del mundo poniéndome penitencias en fila. Deseo por mi hija, qué simple suena… Me asusté, claro que me asusté. Me asusté mucho. Puedo parecerte un canalla, seguro que lo soy. Pero aquello… Porque lo peor es que no era sólo deseo por su cuerpo. Era también mental, enfermizo.
– ¿Follaste con ella? -pregunta Bastian con repentina fiereza. Un impulso irrefrenable, afán de vengar a Vera o cólera pura, lleva la mano de Bastian hacia el revólver dormido que sigue sin saber disparar.
El instinto de Julián capta amenazas indefinidas en el tono, puede que incluso odio repentino, en la voz del otro. Y no se equivoca. El instinto de Bastian ha crispado su mano en el aire, a centímetros del bolsillo donde guarda el arma. Aunque no sepa disparar piensa que podría aporrear la cabeza de este viejo maldito, reventarlo y arrojarlo al mar a patadas con la complicidad del acantilado. Pero Julián intuye que la indignación percibida en Bastian es de todas formas insuficiente para resolverlo a golpear, y esboza una sonrisa oblicua de victoria. El ex policía vuelve a ser el hombre que ya una vez fue capaz de matar, y es ese hombre el que se planta ante Bastian, retador y otra vez poderoso.
– Jamás le puse un dedo encima. Pero lo soñé muchas veces, y no todas me arrepentí de haberlo soñado. ¿Es que no viene a ser lo mismo? El deseo y la culpa me volvieron loco. Vera lo notó, y me castigaba. Se paseaba con poca ropa en verano. Su naturalidad fingida me sacaba de quicio, como cuando se encerraba en el cuarto con algún niñato de su pandilla. Quería joderme, ver hasta dónde aguantaba. ¿Por qué? Al principio no lo supe. También le entró fiebre amorosa por su madre. Puso fotos suyas por toda la casa, y una con marquito de plata en mi mesilla de noche. No me atreví a quitarla. Por las noches, al acostarme, la guardaba en el cajón, y a la mañana siguiente la sacaba de nuevo para que Vera no la echara en falta. Y una noche, mirando la foto antes de guardarla, comprendí que todo era una venganza. Siempre traté mal a la madre de Vera. La despreciaba, la puse en segundo plano dentro de su propia vida, me era indiferente lo que sintiera y pensara, y lo demostraba todo el tiempo. No la maltrataba físicamente, pero tampoco la quería. Me daba igual que estuviera a mi lado o no, y me dio más o menos igual que se muriera, para qué voy a engañarme a estas alturas. Vera se dio cuenta de todo, y quiso hacérmelo pagar. A ella también le tocó, fui cualquier cosa menos un buen padre. Estaba, sí, pero a la vez no estaba, ¿entiendes? ¿Por qué iba Vera a quererme, si no hice nada para merecerlo? La madre había sido mi delito, y la hija fue mi juez y mi verdugo. Vera se daba cuenta de que la deseaba, ésa es mi teoría, estoy seguro de ello. Su asco hacia mí debía de ser enorme, insoportable. Lógico, ¿no? Con la mayoría de edad tuvo todas las armas que necesitaba. Por esa época vino Humberto, y acabó por irse con él. Y cuando volvió diez años después, maté a un hombre para que ella no se pringara en un crimen. Maté por ella. Por ella casi me cortan la pierna. Por ella lo perdí todo, hasta el último euro. Por ella soy un cojo y malvivo de mi pensión. Por ella soy este viejo.
El fiero rostro de Julián se ha vuelto una pura aflicción atemorizada que refulge en la noche, suplicando un veredicto de inocencia sin atreverse siquiera a verbalizarlo; un certificado, aunque sea falsificado, de culpa redimida, la mentira de una mirada compasiva. Bastian, por primera vez superior y fuerte ante él, le sostiene la mirada y calla, firme en un silencio que nada otorga hasta que es el otro, derrotado en esta batalla tras la que no habrá otra, quien tiene que rebajarse a preguntar:
– ¿Sabes si está viva? Cada noche sueño que la encontró el hombre del alfiler. ¿Sabes algo de ella?
Imaginario o real, el hombre del alfiler, igual que el propio Julián, es lo más oscuro que Bastian ha conocido; ambos representan lo más repulsivo y violento de la vida. También lo era para Vera. La fijación por saber de ella, por encontrarla, casi le ha llevado un rato antes a proponerle a Julián una suma de fuerzas en la búsqueda, pero ahora entiende hasta qué punto habría sido siniestra y obscena esa alianza, enfermiza y sucia como el mundo del que Vera luchó por escapar. Bastian, que ha venido acosando al espectro de la mujer que amó más allá de la muerte durante cuatro años que también a él le quitaron la vida, siente ahora que debe preservar su paz al otro lado de esa misma muerte. Ésta es, de pronto, su responsabilidad mayor, nítida e irrenunciable. Se sabe el único escudo entre el obsesionado Julián y esa mujer real, la ciega, sea Vera o no lo sea, con la que tiene pendiente su encuentro crucial. Por eso, y porque no puede ni quiere tener lástima del ex policía, elige libremente la mentira como forma de salvar la verdad.
– No. No sé nada de Vera. No.
Y calla de nuevo, renovadamente firme e inmisericorde, más doloroso por causa de esta resuelta palabra suya casi mortífera que por la utilización del revólver inútil, cuyo verdadero sentido y destino le es inesperadamente revelado apenas ha fulminado a Julián con su seca sílaba. El ex policía tarda en asimilarla, a su rostro le lleva unos segundos expresar la magnitud del impacto de esa negación contra su alma. Es un No rabioso, un No con colmillos que le ha entrado por el oído para morder el cerebro y bajar luego a masticarle las tripas. El gran No de su vida, el No final que, sin dejar de roerle por dentro, habitará en él durante el tiempo que le reste. Los rasgos de Julián, envejecidos de repente, adquieren una repentina y probablemente involuntaria expresión amarga, y se solidifican en ella. A Bastian le parece, como esa mañana cuando lo vio, una máscara modelada por la culpa. Tal vez lo lleva siendo todos estos años, y hoy se le ha concedido una tregua de ablandamiento, la recuperación de la movilidad facial para relatar su historia en un puñado de horas, antes del retorno a la condena de endurecimiento perpetuo.
– Una mujer desnuda en el mar… -acierta a pronunciar Julián. Y su boca se congela, abierta a medias sobre los puntos suspensivos. Julián es otra vez de piedra, su barba sin rasurar es de nuevo el signo más visible de vida en esta cara que lucha, ya inútilmente, contra la expresión resignada de la vejez irreversible.
Se gira muy despacio, con languidez de cadáver derrotado, y comienza a alejarse hacia el camino del pueblo. Iluminada por la luna, todavía se alarga un poco la pervivencia de la silueta cada vez más difusa que renquea sobre el bastón hacia su fusión con la oscuridad. La noche, como un gran pez, abre la boca para tragarse a Julián, y en cuanto tiene a su presa entre los dientes aletea veloz para sumergirse en la profundidad. Bastian busca durante unos segundos cualquier rastro físico del ex policía, una prueba visual que poder oponer a la repentina sospecha de que nunca ha estado ahí, junto a él, pero no la encuentra.
De noche y a solas, ¿quién no es un espectro?