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Dios está en el espejo… Dios está en el espejo… Dios está en el espejo…
Como cada mañana de las últimas décadas, estas precisas palabras surgen resueltas de los labios de Leonor. Pronunciarlas constituye el único acto premeditado de su dispersa e interminable jornada, su última voluntad de condenada en vida, la oración diariamente clamada hacia los cielos que desde su mazmorra no puede ver.
Hace mucho que el todopoderoso espejo la salva de los suplicios del mundo. Cuando la afligen sus viejas penas, crueles y hondas como el dolor de huesos al que aún no ha logrado acostumbrarse, se coloca ante él y, apenas ve su rostro reflejado, se oficia el milagro. Porque la mujer que habita dentro del espejo es la auténtica Leonor, libre, etérea y real, mientras que la pobre anciana que a duras penas, casi contra su voluntad, sobrevive a este lado es un espectro lánguido, reo de cadena perpetua. Las celdas han ido variando a lo largo de los lustros, igual que sus carceleros, pero ella comprendió hace mucho que en realidad se trata de la misma celda, diabólicamente diseñada para alterar cada tantos años la forma de sus paredes y la apariencia de sus sombras, y también del mismo verdugo, un hechicero impasible capaz de cambiar su rostro, su corpulencia y hasta su sexo para confundirla y someterla mejor. Tomás Montaña lo contrató para volverla loca y lograr así que dejara de preguntar día y noche por el pequeño Damián, al que tan inhumanamente el indiano arrebató de su regazo aquella fatídica mañana. Pero a pesar de su astucia, el hechicero cambiante no se ha percatado de que ella posee esta ventana abierta a la libertad en el interior del espejo. Dios, más listo que el hechicero de las mil caras, siempre supo adaptar su forma y tamaño a las necesidades de cada nuevo encierro. El primer espejo en el que se encarnó fue uno de cuerpo entero, engarzado en recio y bien pulido marco de madera noble, cuando ella se vio confinada, hace innumerables años, en su propio dormitorio del caserón. Locura transitoria, diagnosticaron médicos infames pagados por su esposo. ¿Locura su lucidez, locura la revelación que le permitía visualizar cada noche, con el realismo incontestable de la intuición ciega, cómo Montaña dejaba morir de frío al pequeño y asesinaba después al desdichado Gabriel para cargarle con las culpas del atroz crimen? Nadie la escuchó, maldito mundo inmisericorde, maldito Padrós vendido al oro del indiano. Y cuanto más contaba su visión aquí y allá, más cargaban los médicos traidores la ponzoña de las pócimas que la adormecían y debilitaban. Habría muerto si un amanecer, tras pasar la noche desmayada sobre el suelo del dormitorio, no se le hubiese aparecido el buen Dios. Al despertar y alzar la cabeza hacia el espejo se produjo el comienzo del milagro. Vio en el espejo a una joven vigorosa y llena de ternura, asombrosamente parecida al recuerdo que tenía de sí misma cuando aún soñaba que podría llegar a ser feliz. Ven, invitó la joven del espejo extendiendo una mano amiga, ven… Y así pasó Leonor al otro lado por primera vez. Sentada ante el espejo surgía cada día el milagro. Después de mucho mirarse en él veía cómo adquiría juventud y lozanía la mujer sentada que la miraba desde el reflejo, y pronto era capaz, cogida de su mano, de atravesar la puerta para verse erguida al otro lado del cristal, donde apacible y prodigiosamente le era dado reunirse con Damián y con Gabriel, que la esperaban sobre la arena de la playa, jugando, tomando el sol o bañándose. Leonor disfrutaba de ellos durante unas horas, y luego, a fin de no despertar las sospechas de sus captores, regresaba a la celda para recomenzar con renovada energía, tras el hermoso asueto de dicha y risas, su guerra de aullidos y maldiciones. Ese mismo espejo, lleno de libertad clandestina y de vida, viajó con ella cuando meses o años después otros médicos también sobornados recomendaron llevarla a un lugar más discreto, a una celda todavía más cruel y profunda, donde sus espasmos de loca rabiosa y ya irrecuperable no alteraran durante el día y durante la noche la paz del caserón. Nadie entendió que esa supuesta demencia suya era en realidad fingimiento con el que buscaba vengarse del tiránico esposo que mató a su propio hijo y luego asesinó al hombre bueno que podía haberla ayudado a huir de la vida resignada. Leonor sabía que cada uno de sus gritos era una cuchillada en la conciencia de Montaña, y ante tan efectiva revancha la culpabilidad del indiano acabó por dictar que trasladaran a la repudiada esposa hasta la bodega, entre cuyas paredes quedaron sus alaridos encerrados a solas con los silenciosos vinos. Suplicó que le permitieran llevar consigo su espejo de tantos años, y ningún médico se opuso a ello. Tampoco observaron los enfermeros que la mudaron de celda que ocultaba entre sus ropas Todo el amor y toda la muerte. Sin embargo, no hubo tanta suerte con el cofre donde había escondido el comienzo del poema de Gabriel. Fue imposible camuflarlo entre sus cosas durante el repentino traslado, y jamás se atrevió a pedir que se lo entregaran, pues Tomás Montaña habría inspeccionado ese objeto que con tanto ahínco reclamaba su esposa, y al hallar aquellas palabras de Gabriel las habría considerado prueba concluyente de los amores que, en la realidad, nunca mantuvieron ella y el poeta. Así que allí quedaron, huérfanas de toda mirada amorosa en el interior del cofre, esperando que algún día alguien las halle y trate de descifrar su enigmático contenido… Todo es nada, todo es a lo sumo tiempo que fluye… En su patético abandono entre botellas, no tardó en comparecer de nuevo Dios. Por su mediación sublime, la amiga reflejada en el espejo la invitó de nuevo a viajar con ella hacia la libertad. Fue tras uno de esos retornos, desesperados y dolorosos porque no podía reunirse de una vez y para siempre con los suyos, cuando una de las botellas de la bodega, repentinamente dotada de habla, le sugirió que buscase en el vino nuevos vigores con los que ampliar sus ofensivas coléricas. Leonor extrajo de su hueco individual en la pared una de las botellas de la bodega y rompió de un golpe seco el cuello de vidrio. Luego bebió, y merced al calor del alcohol fue aquel día más intenso y dichoso su etéreo paseo por la vida exterior, a la que ya no pertenecía, y también más profunda y balsámica la larga somnolencia que por la noche le dio cobijo. Cada mañana, desde ese día, abrazó el consuelo de una botella nueva. Tras vaciarla, tenía buen cuidado en retornarla de nuevo a su hueco con el cuello quebrado colocado hacia el interior, de manera que pasaba inadvertido el estropicio y podía ella continuar volando tranquila. Muchos de esos días renunciaba a escapar por el espejo salvador, aunque se sentaba igualmente ante él tras recitarle con fervor su oración diaria, y allí sentada leía y releía Todo el amor y toda la muerte. Mil veces releídas a lo largo del tiempo que pronto perdió definición, las palabras de Gabriel quedaron primero memorizadas en la mente febril de Leonor, y luego fue su corazón agonizante, enloquecido por la sed de ternura y sacudido por los efluvios etílicos, el que acabó por decidir que a pesar de todo y de todos, a pesar de la lógica y la ciencia, era cierta la aventura de la muchacha transparente del mar, y ciertos también por tanto los desvelos y sufrimientos del poeta cuando suplicaba ayuda para escapar de ella. ¡Pobre Gabriel!, se recriminaba Leonor, y los reproches enardecían su impotencia, su rabia y su sed. ¡Pensar que ella había sido la primera en creerlo loco, en negarle la ayuda de la fe en él! Gracias al vino, se fue mitificando Gabriel dentro de la mente de Leonor, y una noche acabó por aparecérsele en la bodega para decirle que no estaba muerto, sino que Damián y él la esperaban en el fondo del mar, protegidos de la carcoma de la muerte por la muchacha transparente, que, arrepentida del daño que había hecho al poeta, quería ahora concederle esta segunda oportunidad de amor. Poseída por la fiebre desde que lo supo, Leonor decidió que debía escapar de su encierro. Pero aún hubo de esperar otros dos cambios de prisión que aguardaban a su existencia. En ambos pudo conseguir un espejo. Había uno en el comedor común del hospital donde la llevaron desde la bodega, y en él se reflejaba tras la hora del desayuno para huir al exterior y decirles a Gabriel y a Damián que se aproximaba el día y debían ser aún pacientes. El segundo encierro, al que fue llevada años después, resultó mucho más sombrío y solitario, un manicomio donde se encerraba en vida a los locos para que no molestaran al mundo exterior, pero a cambio, y tal vez por la propia esencia de los internos, la vigilancia era más relajada. Lógico, pensó Leonor, el hechicero también envejece. En esta última etapa de su encarcelamiento salía al exterior con la ayuda mínima de un espejito de mano que heredó de una compañera que se cortó con él las venas una calurosa tarde de verano. Por ese trozo de espejo, picudo y cortante, salió Leonor para decirle a Gabriel que el día del reencuentro era inminente, pues ya nadie prestaba atención al cuerpo de anciana callada y mustia, en apariencia siempre adormilada, donde se ocultaban, tan vivas como el primer día, las obsesivas ansias de libertad de Leonor. Y así llegó el día. Aprovechando un descuido, salió por la puerta de la cocina donde llevaba años ganándose la confianza de la religiosa que supervisaba los trabajos diarios y se encontró en la calle.
Y así ha llegado el día en que, tras encontrarse en la calle, ha podido pronunciar las palabras que lleva larguísimo tiempo prometiéndose que serían las primeras que pronunciaría:
– Soy libre.
Y así, libre, se orienta como puede para regresar a Padrós, donde todo comenzó y donde todo ha de terminar.
Y así, de regreso a Padrós, se encuentra una mañana, la segunda o la tercera desde que huyó, en un camino donde avista a un ser humano vivo, el primero que se cruza en su deambular entre las sombras de la noche para eludir el riesgo de que la descubran y la vuelvan a encerrar. Es un joven campesino que tira de un par de bueyes uncidos a un carro, y que respinga al ver ante sí a la espectral anciana cubierta con un vestido blanco manchado de barro. Él no puede saber que surge de años de encierro, de envejecer en la soledad, la pena y el desconocimiento de los sucesos del mundo, nutrida únicamente por el recuerdo a la deriva de su olvidada esperanza de felicidad arrancada de cuajo. Tampoco imagina que la anima y sostiene una resolución firme e indestructible.
– ¿Está muy lejos Padrós? -pregunta Leonor, temerosa del atemorizado muchacho.
– Por ahí, a dos kilómetros andando, está el pueblo -responde el joven a toda prisa para no irritar al fantasma, a la bruja, al súcubo, al diablo disfrazado de anciana.
– ¿Y el caserón del acantilado, sigue allí donde siempre estuvo?
– Allí sigue. A muy poco del pueblo, tirando por una carreterita nada más pasar Padrós.
Los ojos de Leonor se anegan entonces en lágrimas traidoras que no ha sentido venir. Le ha emocionado comprobar que sigue existiendo la facultad humana de preguntar y ser respondido. Y tanto se conmueve ante ese simple milagro de la vida que, aunque tiene prisa y no quiere pararse, se deja llevar por la tentación de volver a experimentar esta mínima y enorme aventura de preguntar y ser respondido.
– ¿Qué día es hoy?
– Miércoles -el joven, cada vez más nervioso por lo que podría ser un inminente interrogatorio de esta poderosa bruja, tal vez un demonio venido del más allá, eleva la voz con cierto aire marcial.
– Miércoles… -se conmueve de nuevo Leonor. Miércoles, los días no son uno único e interminable, extendido durante años y años con soplos de noche negra en medio. Los días siguen teniendo nombre. Hay lunes y sábados. Hay miércoles-. Miércoles… Miércoles…
El joven campesino, ignorando qué fuerzas oscuras puede convocar esta maga salida del infierno, recuerda cómo su padre le tiene dicho que no conviene irritar a la gente poderosa y por eso, para congraciarse con la misteriosa mujer que acaso ya no le escucha, se esfuerza por ser amable y condescendiente.
– Sí, señora, miércoles 4 de septiembre de 1951.
Será por haber pronunciado esta fecha que el joven, al contar en los días y semanas y meses siguientes su encuentro con la mujer arrebatada que buscaba la casa del acantilado, podrá recordarla. Dos días antes, se pudo cotejar luego, había huido la pobre loca del manicomio, y por esa significativa coincidencia fijaron las habladurías comarcales en ese 4 de septiembre el inicio de la leyenda de Leonor la de la Eñe, con su arrebato de amor y su vestido blanco manchado de barro.
Pero ella será ya ajena a toda esa especulación. Ha oído la fecha, 4 de septiembre de 1951, y un rescoldo de lucidez le permite hacer el cálculo mientras recorre los cientos de metros que la separan de Padrós, que atraviesa después impunemente, amparada por la temprana hora del amanecer: han pasado casi cincuenta años desde el día en que su bebé le fue arrebatado, desde el día en que desapareció Gabriel… Hoy, ahora toma sentido el poema que él comenzó a escribir. Ciertamente, todo ha sido tiempo fluyendo. Cuarenta y nueve años, dos meses y tres semanas, se deleita en precisar todavía un poco más cuando avista el caserón del acantilado. Sonríe por primera vez en todo ese tiempo, y le sorprende ver que sigue recordando cómo se hace. Sonríe orgullosa, porque nadie ha sido capaz de doblegar su voluntad ni la fuerza de su afán. Y al fin aquí está, decidida y valiente, tan ansiosa por abrazarse a su destino durante largo tiempo arrebatado que no se demora un solo segundo en contemplar el escenario donde se desencadenó y tuvo lugar la tragedia, sino que llega a la cima sobre el acantilado, inspira con toda la fuerza de que son capaces sus viejos pulmones ansiosos de libertad, busca por última vez apoyo en el rostro del espejo y se arroja pletórica y feliz al mar donde Gabriel y Damián llevan cuarenta y nueve años, dos meses y tres semanas aguardando que vaya a reunirse con ellos.