40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 4

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El bar Pedrín ha sido desde siempre uno de esos lugares que parecen a salvo del tiempo que todo lo pudre, y el propio Pedrín, al que Bastian observa faenar tras la barra limpiando vasos bajo el chorro del grifo, resulta idéntico al Pedrín que hace cuatro años otro Bastian, un Bastian que entonces aún no se llamaba Bastian ni era Bastian, un Bastian que todavía se llamaba y era Sebastián Díaz, observaba faenar tras la barra limpiando vasos bajo el chorro del grifo.

Ha llegado hasta aquí sin darse cuenta de que también era el destino del renqueante Julián, quien después de que Pedrín le sirviera un caldo caliente y un vino tinto ha ido a instalarse en una de las mesas del fondo del local, casi a oscuras, como si la luz del día tuviera ojos para verle y pudiera mofarse de su vejez o descubrir los desgarros secretos que tallaron su rostro de piedra entristecida. Bastian, con el codo derecho apoyado sobre el ángulo recto de madera de la barra en forma de ele, lo observa sin haber pedido aún su consumición. Sus ojos husmean por cada rincón, en cada detalle, ávidos de reconocer y recordar ese espacio geográfico que fue habitual en su pasado, y trascendental porque en él conoció a Vera. Grande y desangelado, el local languidece mortecino por la luz sin vida de la mañana lluviosa, que lo invade con desgana a través de los ventanales de la fachada, en la calle principal de Padrós. No hay clientes en la sala colmada de mesas con tableros cuarteados que imitan al mármol, sólo algunos parroquianos junto al palo largo de la ele de la barra, todos con un vaso de vino en la mano y una conversación vacua en los labios. Junto a la cafetera, un transistor viejo, que se diría robado de algún museo, emite noticias sobre las fiestas patronales y publicidad de algún restaurante cercano;

luego suena una canción de Jennifer Lopez que un tal Mario dedica a Jennifer Cifuentes, «su tocaya», en el día de su decimosexto cumpleaños. Jennifer Cifuentes, calcula Bastian, debía de tener doce años el día que Vera murió. ¿Se enteraría del tiroteo? ¿Qué le explicarían sus padres sobre el estallido de sangre y muerte que vino a desgarrar su paz de adolescente? ¿Y qué recordará o querrá recordar Julián de todo ello?

– ¿Me pone un café solo, por favor? -Bastian habla por fin en dirección a Pedrín. Procura aparentar indiferencia, pero en realidad es un momento importante. Bastian no ha camuflado su voz, ni piensa tampoco bajar los ojos cuando Pedrín le traiga el café. Si el camarero lo reconoce, actuará de una manera; si no lo reconoce, de otra.

Pedrín, sin mirarlo siquiera, asiente y se gira hacia la cafetera.

Acodado sobre la barra como otro parroquiano más o un inocente viajero de paso, Bastian desplaza la mirada por las mesas vacías hacia la situada junto al ventanal. Para él tiene protagonismo sobre las demás, casi vida propia. En esa mesa circular y más pequeña que las demás vio a Vera por primera vez cuando, apoyado sobre la barra tras pedir a Pedrín un café solo como acaba de hacer ahora, desplazó distraídamente la mirada sobre las mesas vacías, sin imaginar que en la de la ventana aguardaba, bajo forma humana de mujer, el punto de inflexión que acechaba a su vida. El minuto uno de la hora uno de las ciento ochenta y siete horas. En esa mesa circular y más pequeña que las demás, junto a la cual Vera ocupaba la silla ahora desocupada, hablaron por primera vez; en esa mesa circular y más pequeña que las demás la deseó por primera vez y en esa mesa circular y más pequeña que las demás fue incapaz de sospechar que nunca llegaría a librarse de ese deseo ponzoñoso, que esa obsesión o el odio hacia esa obsesión acabarían por traerlo de vuelta a Padrós, oculto bajo su identidad forzosamente inventada de Juan Bastian, con el objeto de revivirlo todo desde el primer minuto de la primera hora, literalmente desde el principio, entrando al bar Pedrín y pidiendo un café antes de desplazar la mirada sobre las mesas vacías hasta enfocar la silla desocupada que entonces ocupaba ella, junto a esa mesa circular y más pequeña que las demás. El gran ventanal se le antoja una pantalla sobre la que diabólicos dioses del tiempo proyectan caprichosos efectos especiales que los humanos, en su ingenuidad, llaman clima: hoy toca lluvia gris, furiosa por rachas, que golpea el cristal entre remanso apaciguado y remanso apaciguado e intensifica la melancolía espectral de la silla vacía sobre la que se asientan el recuerdo de Vera o la consternación por el hecho, hasta hace muy poco cierto y desde hace muy poco estremecedoramente cuestionable, de que lleva cuatro años muerta; en cambio, tocó sol pletórico y luz de alegría amarilla y caliente el día que la vio, con la cabeza de pelo muy rubio y muy corto inclinada sobre un periódico, los dedos de la diestra llevando desde la mesa a los labios una caña de cerveza y los de la zurda sosteniendo en alto un cigarrillo que le tapaba parcialmente la cara, que tal vez por ello él sintió la curiosidad impaciente de ver. «Su café, Sebastián», dijo aquel día Pedrín depositando la taza sobre el ángulo en ele de la barra. Sebastián Díaz era un habitante más del pueblo, una de esas personas que no son ni conocidas ni desconocidas, un rostro casi anónimo y a la vez cotidiano, más identificable por el hecho de que vivía en el caserón del acantilado que por sus fracasos o éxitos personales en cualquier campo, suponiendo que hubieran existido. Y tras dejar la taza añadió, en un susurro que parecía indicar algún afán de complicidad: «Aquella muchacha junto a la ventana ha preguntado por usted». «¿Por mí?», se atragantó él, el café a punto de derramarse por la grata sorpresa. «Quiere visitar el caserón. Busca al dueño. Parece que quieren rodar allí una película». Al girarse animado por una esperanza todavía sin causa real, contento con alegría que comprendía infantil, vio cómo la desconocida alzaba los ojos y sin más protocolo, como si hubiera oído las palabras de Pedrín, se ponía en pie y venía hacia él, resuelta y sonriente. No era guapa; ya entonces, aunque rendido de antemano a ella en ese momento inmediatamente anterior al instante cero de su relación, no la habría definido como una mujer guapa. Pero la belleza es una convención necia de la inteligencia humana, un término insuficiente para contener y definir lo incontenible y lo indefinible: ¿la química, el embrujo? ¿Lo incontenible, lo indefinible? La mirada de Vera, su expresión, su olor o su voz contribuyeron a que ansiara seguir teniéndola frente a sí una vez que se hubo aproximado y comenzó a hablar, pero hubo además una percepción insólita y sin precedentes que, todavía de forma inconcreta, debía de tener que ver con su agilidad de bailarina clásica ataviada con vaqueros y zapatillas deportivas. ¿Intuida capacidad de levitar? ¿Magia verdadera, inexplicable? ¿Alas ocultas bajo la camiseta blanca? ¿Alas invisibles que por tanto no era preciso ocultar?

Tonterías así recuerda Bastian que esbozó la mente de Sebastián, ya en aquel instante. «Así que usted es el dueño del caserón del acantilado», fueron las primeras palabras que oyó pronunciar a la mujer que dinamitaría su vida para reinar luego sobre casi toda su muerte, en el segundo uno del minuto uno de la primera de las ciento ochenta y siete horas de vida pura que quemarían juntos, camino de sus respectivas muertes bifurcadas.

– Su café, señor -dice Pedrín, y su gesto al depositar la taza sobre el ángulo en ele de la barra saca a Bastian de la ensoñación del pasado.

Mira a los ojos al camarero. Pedrín, que de cerca parece haber engordado un poco, no emite la menor señal de reconocimiento, ni siquiera un chispazo de duda. Estoy a salvo. Aunque en su caso, estar a salvo signifique que ha sabido borrar en estos cuatro años todo vestigio de él, que logró dejar de existir con objeto de escapar de los sicarios invisibles del serrucho y el alfiler, tan resuelto en su objetivo que incluso en el último año ha buscado camuflarse tras el disfraz de rutinaria normalidad burguesa, fingiendo que formaba una familia de la única forma en que es posible fingirlo sin fisuras: formándola de verdad. ¿Qué pensarían su novia madrileña Pepa y sus ejemplares padres, que tanto lo quieren como futuro yerno, si supieran que este viaje no es un asunto laboral sino su resuelta búsqueda del reencuentro con una muerta? Dejar de existir es comenzar a existir de otra manera, es nacer como espectro. Y se pregunta si, de espectro a espectro, Vera lo estará viendo en este instante desde la silla vacía. Muchas veces, dentro de estos cuatro años, ha pensado y piensa que los muertos observan a los vivos, aunque no puedan ya actuar ni a favor ni en contra de ellos, aunque sólo puedan limitarse a mirar, a envidiarlos por no hallarse, como ellos, atrapados sin salida en el silencio de la nada.

Bastian deposita una moneda de dos euros sobre la barra, toma el platito con la taza de café y va hacia la mesa circular junto al ventanal. Se acomoda en la silla que ocupó frente a Vera al aceptar su invitación de sentarse con ella, ya en el minuto dos del huracán. ¿Sabría ella desde el principio que él aceptaría sin dudar? Tal vez lo apostó contra sí misma, o contra quienes fueran sus cómplices ocultos. «Seis millones de euros en billetes usados a que el dueño del caserón viene detrás de mí como un perrito». La lluvia repiquetea con renovada fuerza contra el cristal que atravesaban entonces pictóricos rayos de sol. Vera necesitaba, ésa fue la primera mentira explícita, ver el caserón por si servía para rodar una película en cuyo equipo de producción colaboraba. Él la miraba en silencio, rogando que no dejara de hablar. Todo era, hace tiempo que lo tiene dolorosamente asumido, una representación teatral quién sabe cuántas veces ensayada, pero entonces daba igual. Vera movía sin descanso sus manos alargadas y ágiles, como un hipnotizador pérfidamente disfrazado de muchacha inocente. Hoy y desde hace mucho él siente que aquellos dedos eran cuchillos, pero entonces los imaginó estilizados acróbatas desnudos, de piel tibia y suave, en cuya danza se atrevió a interpretar signos explícitamente seductores dedicados a él. Vera podría haber hablado hasta el infinito, él la habría escuchado siempre… Y entonces, al rememorarlo, le asalta otra vez la idea, verosímil desde la irrupción de la ciega del restaurante, de que la tragedia de cuatro años atrás fue distinta a como él creyó, memorizó, vivió… ¿Imaginas, Vera, que no hubieras muerto? Se deja mecer un instante por la tentación de ese sueño que de ser cierto, lo sabe bien, tendría mucho de pesadilla situada más allá de lo infernal, y para no enfrentarse a ello juega a pensar que en realidad Vera y Sebastián no se levantaron de la mesa al inicio de la tarde de aquel día de verano, hace cuatro años largos, sino que siguen aquí, anclados en lo que pareció una nube inabarcable de felicidad. Podrías haber hablado durante estos cuatro años. Aquí, sin movernos. Yo te habría escuchado sin parpadear.

La invitó a conocer el caserón del acantilado, naturalmente. También ha supuesto siempre que eso estuvo previsto. «Seis millones a que me invita a visitar el caserón». Se pusieron en pie y juntos salieron a la calle igual que él, ahora solo, se pone en pie y sale a la calle. Fue en ese trayecto mínimo hacia el coche cuando creyó saber qué la hacía tan diferente, tan ajena al mundo y tan superior a él: Vera no caminaba, sino que volaba, parecía volar. Y quien a su lado fuera, se atrevió a decidir Bastian cuando todavía era Sebastián Díaz, podría levantar el vuelo junto a ella, planear sobre el mundo, elevarse hasta lo más alto y flotar allí indefinidamente, ajeno a vientos y tormentas. Delirar ante una mujer adecuadamente hermosa es fácil para el hombre adecuadamente proclive a ello, cómo no va a serlo para uno cuya vida parecía desde demasiado tiempo atrás el soso intermedio sin fin de un espectáculo aburrido al que había acudido solo, sin nadie al lado con quien hablar.

Subieron al coche y fueron juntos hacia el caserón.

Sube al coche y va solo hacia el caserón, fielmente escoltado por su obsesión, que ya ha resucitado por completo y campa a sus anchas alrededor y dentro de él.