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Salgo en coche mañana por la mañana, muy pronto. Tengo que estar en Madrid por la tarde. Por eso me apetece escribirte con calma, sobre la arena de la playa, frente al mar maldito, eso dicen, de este acantilado donde ha pasado todo. Quiero que luego releamos juntos la carta en el jardín, que me escuches con toda tu atención cuando me detenga en cada palabra y te cuente los detalles de cómo ha sido cada paso. ¡Qué excitación! ¡Por fin voy a tener el libro en las manos! Para seguir escribiendo, hago como el personaje de aquel poema de Ortueño Gil… Busco las palabras en este horizonte azul que tengo delante. O mejor aún, pienso en las palabras de aquella escritora que te gustaba tanto, la que contaba lo de absorber la luz. La frase me emocionó cuando la dijiste, pero ahora soy incapaz de recordarla. Te propongo un trato, o un juego, como quieras llamarlo. Cuando vayamos a leer juntos esta carta, me repites la frase antes. ¿De acuerdo?
El mar de este acantilado vive una maldición de amor, no puede haber otra explicación. Me obligué a comenzar a creerlo… y acabé por lograrlo. Ahora lo creo, ahora sé que es verdad. Pero ¿es que acaso no tuve las pruebas delante? ¿O qué, si no, era la silueta humana que se mantenía erguida en el fondo del mar? La vi con mis propios ojos. Créeme, no miento. Quiero traerte a Padrós para que la busquemos juntos. Para que la encontremos. ¡Una silueta humana en el fondo del mar! ¿Lo puedes concebir? ¡Y pensar que la descubrí por azar, cuando buceaba para relajarme!
Espero convencerte para que vengas. Al principio no tomaste en serio mi investigación sobre Gabriel Ortueño Gil, reconócelo. Te parecía absurdo, o directamente inviable, buscar la pista de quien tú misma definías como un escritor menor, ínfimo, que si obtuvo alguna notoriedad no fue por sus versos o sus cuentos, sino por el espeluznante crimen que cometió, más terrible teniendo en cuenta que era un héroe de guerra. Vale, admito las dificultades, siempre las admití. Pero es en un caso tan truculento donde me puedo lucir, y eso es justo lo que necesito para mi carrera. También, y sobre todo, para salir adelante. Eso sí que lo sabemos bien los dos.
Lo que me interesa de Ortueño Gil es que de él no se sabe casi nada, precisamente ahí está la gracia; ni la menor referencia en los anales literarios de principios del siglo XX, ningún texto suyo conservado, sólo la referencia a una novelita llamada Todo el amor y toda la muerte que debió de escribir aunque muy poca gente la haya visto ni leído, y de la que yo, por pura suerte, he conseguido fotocopiar un ejemplar. Nada, aparte de las noticias sobre su crimen en los diarios asturianos y gallegos de 1902. Sólo periódicos locales, porque en los nacionales ni palabra, ni siquiera esa frontera espacial logró superar. ¡Fue un escritor local, casi comarcal, y también un asesino local! Tengo esas noticias en mi armario, media docena de recortes, uno de ellos bastante extenso debido a la identidad de la víctima de Ortueño Gil, nada menos que un bebé de pocos meses, el hijo del cacique de Padrós, un tal Tomás Montaña; otras tres medias páginas relatando sin más los hechos y algún otro sueltito según el asunto se fue olvidando. Fotos, ni una. Gabriel Ortueño Gil es casi un fantasma, y de no ser por mi empeño podríamos quitar el «casi».
Porque en mi búsqueda he encontrado rastros inéditos, y también por eso me gustaría que vinieras; aparte de la silueta submarina, que seguro que te ha intrigado. Rastros como Emilia, de quien te hablaré con detalle en persona. Nunca había conocido a una mujer igual, lo entenderás cuando te cuente. Nada que ver contigo o con ninguna de mis amigas, algo totalmente distinto, nuevo, que me fascina. Voy a tener que implicarla hasta el final, con todas las consecuencias. Está directamente relacionada con la historia de Ortueño Gil, aunque por simple cálculo temporal parezca imposible. Ella misma no lo sospecha, tan tranquila en su mostrador del estanco, pero he llegado a la conclusión de que tiene la clave de aquel crimen. ¿Cómo?, te estarás preguntando… ¡Si aquello pasó hace más de cien años! Y se supone que la verdad es una y única, y que el tiempo no la cambia. ¿O sí? Yo espero demostrar que puede retorcerse sobre sí misma, distorsionarse, mutar hasta volverse otra. Voy a demostrar que la verdad se mueve, igual que se mecía la silueta humana que descubrí con mis propios ojos, sentada en el fondo de esta bahía que, visto lo visto, debe de estar ciertamente embrujada. Debes creerme. A nadie he hablado aún de esa silueta, de esa figura que no sé cómo denominar. ¿Me atrevo a llamarla persona? Pensarás que es imposible. También yo lo pensé, pero como comprenderás se convirtió, de la forma más inesperada, en mi principal hallazgo, el nuevo interés de mi investigación, aunque no esté relacionada con Ortueño Gil. Pero ¿y si lo estuviera?
Te describo los detalles. Era esbelta, no sé si alta o baja, porque estaba sentada sobre una roca del fondo, como el pensador de Rodin, no sabría decir si hombre o mujer; sin rostro, o al menos sin rostro en el que tuviera yo tiempo de fijarme, porque lo que ante todo llamó mi atención fue el bulto que mantenía junto al pecho, en la postura típica de quien arrulla a un bebé, y con esa imagen decidí quedarme: un adulto, hombre o mujer, eso no lo sé, sosteniendo en brazos a un niño pequeño, a un bebé… Ascendí a toda velocidad hacia la superficie, notando los martillazos de la presión en el pecho, y sobre todo aterrorizado por la intuición, ya sé que absurda y disparatada, pero te juro que también inexplicablemente verosímil, de que el bebé era el mismo al que cien años atrás asesinó Ortueño Gil… No me preguntes cómo, simplemente lo supe, lo sé con certeza. Y la única duda que restaba era la identidad del adulto: ¿podría ser el asesino, o su espíritu en pena, la noche fatídica en que raptó al pequeño? Pero entonces, ¿por qué mi retina, durante la brevísima visión, había percibido que el abrazo buscaba otorgar al cuerpo infantil una protección infinita?
Eres la primera a quien cuento todo esto; bueno, la segunda. Hablé con Emilia también. Pero aparte de vosotras nadie más iba a creerme, aunque en este instante, al leer mis palabras, seguro que estarás suponiendo que aluciné. Seguro que temes que he recaído en mis delirios, o peor aún, en todo lo demás tan terrible. Pero no te inquietes ni sufras, y créeme. Vi lo que vi. Estoy seguro. Y lo demostraré. Te traeré hasta este lugar, tomaré tu mano para bajar a la playa desierta y juntos nos adentraremos en el mar y bucearemos en busca de la sombra patética que arrulla al bebé muerto.
Contigo sé que lograré demostrarlo, y por eso te lo pido:
Cree en mí. Ayúdame.