40279.fb2 Todo el amor y casi toda la muerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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De aquí huí hace cuatro años, millonario y muerto.

Bastian inspira hondo ante el caserón del acantilado donde vivió tantos años de su existencia anterior, y cuando termina de liberar el aire con lentitud premeditada le parece que se ha volteado el tiempo en un retorno incontrolado hacia el pasado. ¿Qué pasaría si, como una caridad del azar que dirige y domina a los humanos, existiera la posibilidad de enmendar hechos pretéritos? ¿Qué pasaría si todo volviera a empezar? Y de nuevo es incapaz de evitar que la imagen de la ciega del restaurante tome por asalto su mente desguarnecida.

El jardín que rodea la casa está descuidado y sucio. El césped ya no brilla en su alegre verde de los tiempos pasados. Se ha transformado en una selva de hierbajos y greñas marrones, en fango donde crepitará la lluvia cuando las nubes descarguen de nuevo, pero aun así Bastian percibe un aire de posible, sólo posible, redención, una esperanza indefinida surgida de la simple contemplación de la fachada principal. He vuelto. No pudieron atraparme, ni torturarme, ni asesinarme. La quietud parece asentir, y Bastian siente cómo se le humedecen los ojos por un sentimiento primitivo de niño desasido de la mano materna. Lo deja fluir, se deja fluir. Hace mucho que nada lo conmueve, mucho que sus sentidos viven día y noche sometidos a dos brutales verdugos: su huida permanente, siempre inacabada, y la claustrofóbica impostura de novio a punto de casarse en la que se metió para añadir solidez a su identidad falsa; pero es justo ahora, sólo ahora, ante lo que fue su hogar, cuando tiene por primera vez plena consciencia de ello. El silencio, que podría ser de paz pero también de cripta, le estremece y a la vez le llama a dar el siguiente paso. Otra vez en guardia, empieza a rodear la casa vigilándola como si se tratara de un enemigo listo para el ataque, atento a esquivarla si se decidiese a saltar desde sus cimientos moribundos para engullirlo. Un frescor húmedo asciende a pesar de todo desde la tierra cubierta de hierba muerta, y por encima de los demás recuerdos asociados a ese olor huele a Vera, al lejano día de tormenta y lluvia tórrida en que, desnuda y frívolamente sádica, lo abandonó a la intemperie en la hora número treinta y uno de las ciento ochenta y siete, moribundo de deseo bajo el brutal aluvión de millones de gruesas gotas que vinieron a reventar sobre el bochorno asfixiante de las horas previas, cuando ella, a salvo en el caserón mientras él permanecía encerrado afuera con los relámpagos, comenzó a masturbarse frente a una de las ventanas de la planta baja sin haberle especificado previamente cuál, ahí radicaba el juego por el que hubo el frenético amante de localizarla correteando alrededor de la casa como perro rabioso. Aquí, hora tras hora de aquellos pocos días infinitos que parecieron uno solo dolorosamente corto, reinaron con mano dura las inmisericordes humedades de Vera, sus ocurrencias obscenas e irresistibles. Cuando por fin, cubierto por el manto implacable de la lluvia, la encontró tumbada sobre la mesa del salón, comenzó a aporrear el cristal para llamar su atención. Ella, calmosa, le dedicó una sonrisa amplia con los labios de la boca y del sexo, y como premio a su tesón sumiso le permitió contemplar cómo culminaba el orgasmo. Luego se levantó, caminó hasta la ventana al otro lado de la cual aguardaba él y cerró los postigos de madera abandonándolo bajo la lluvia, desconcertado y ansioso. Abrió a los pocos segundos la puerta, salió, lo tomó de la mano y en vez de refugiarse del aguacero como pretendía él, grotescamente encorvado, caminó airosa hasta el centro del jardín, con una sonrisa de poderío en el rostro capaz de ahuyentar a la mismísima lluvia. Terminaba la hora treinta y uno, y para rememorar el éxtasis devastador que vivió a continuación no precisa recurrir al guión de sus recuerdos. Bastan y sobran, como han bastado y sobrado siempre, las evocaciones de la piel y hasta de la razón, que incluso en los momentos de odio más meditado y álgido de estos cuatro años le han excitado traicioneramente, para empujarlo sin remedio a conceder una tregua a sus crispaciones y masturbarse reproduciendo en la pantalla de la memoria aquel clímax que estalló para ambos, o eso creyó él entonces, cuando entraban ya en su hora treinta y dos, bajo la lluvia más gloriosa de toda su existencia. Vera le hizo creer la mentira de que la felicidad de ambos era infinita y sería eterna. Y él la creyó. Quería creerla. «Seremos para siempre», sentenció otro amanecer soleado, de silencio tan impecable y transparente que creyeron haber muerto mientras dormían abrazados y felices, fusionadas a través de la piel las serenidades de ambos como si los dioses hubiesen olvidado desenchufarlos de esa paz inabarcable y nítida que sólo muy de vez en cuando conceden a los amantes.

La puerta principal está cerrada. Sobre ella aún se sostiene engarzada al aparatoso anclaje original, herrumbroso pero resistente al tiempo, la enorme eñe mayúscula de hierro que muchos años atrás, al parecer más de cien, ordenó instalar el primer dueño del caserón, el indiano Tomás Montaña. Es otro vestigio del pasado, tal vez el más antiguo de todos. Bastian traga saliva al aferrar en el bolsillo la llave de la que nunca se desprendió, y comprende de repente que la ha guardado todo este tiempo porque su inconsciente deseaba volver, o necesitaba volver, o incluso se desesperaba por volver. ¿Para qué, exactamente? La llave entra con suavidad en la cerradura y el miedo crece y se regodea invicto en sus tripas. ¿Y si los sicarios del serrucho y el alfiler aguardan dentro? Nunca deja de temer que en cualquier momento, de la forma más inesperada y en el más insospechado lugar, pueda aparecer el sonriente Humberto flanqueado por sus hombres para decirle: «Aquí te quería pillar». Pero ya no hay retorno, ni tampoco quiere que lo haya. Si gira la llave hacia la derecha descorrerá el cerrojo, la puerta se abrirá y entrará en su propio pasado.

Se permite creer que el tiempo no existe, y al lograr imaginarse cuatro años antes se ve a sí mismo, ve a Sebastián Díaz corriendo hacia el coche con la bolsa del dinero tras cerrar la Puerta sin mirar atrás. Paró en seco, regresó a la casa y recoge su chaqueta de lino, tal vez empujado únicamente por la inercia de muchos años de vida sin sobresaltos. Qué absurda ingenuidad, regresar a por una chaqueta cuando estás condenado a la muerte más atroz… Aquel momento pareció el final y sin embargo fue el principio. ¿O el principio, el verdadero principio, ha sido el encuentro con la ciega? Dudan los dedos temerosos, congelados en el aire a un milímetro de la llave, y por último Bastian decide dar una segunda vuelta de inspección antes de abrir, sin atreverse a reconocer que en realidad es el miedo lo que le impide entrar.

Saca del coche unos prismáticos que al partir tuvo buen cuidado en cargar y tras caminar hasta el borde del acantilado enfoca con ellos el edificio de apartamentos que se yergue en el siguiente promontorio de roca, a dos o tres kilómetros, también sobre el mar. Es un edificio construido en el año 1971, una treintena de apartamentos de lujo que se planificaron cuidadosamente para que sus propietarios estuvieran a salvo de las miradas indiscretas. Sólo desde el acantilado del caserón, sólo desde donde Bastian observa ahora con los prismáticos la amplia terraza de la quinta planta del edificio, puede observarse éste. Esa decisión de la empresa constructora, tomada treinta y tres años antes de los hechos, fue en realidad el desencadenante de todo. Si el edificio no hubiera estado allí Vera jamás lo habría enamorado arteramente, si lo hubiesen construido cincuenta metros más allá, al amparo de la mirada del habitante del caserón, Sebastián Díaz nunca habría tenido que huir, ni metamorfosearse en Bastian. Treinta y tres años, cincuenta metros… Números mínimos, trascendentes, puede que mortales, distintas nomenclaturas del azar. Una vez sorprendió a Vera haciendo lo mismo que él ahora, espiar con prismáticos la terraza del quinto piso. ¿Cómo haber sospechado entonces que no miraba el paisaje, tal y como explicó candorosamente? ¿Que en realidad su único afán era disponer de un promontorio desde el cual vigilar a la cautelosa silueta masculina que, únicamente al anochecer, salía a la terraza para beber al amparo de las sombras? Espectro al que espiaba una mujer que hoy es a su vez un espectro. ¿Me espiará alguien a mí? Bastian, tras los prismáticos, no puede contener una risita amarga al observar la terraza de la quinta planta. Muestra las persianas herméticamente clausuradas, y de la barandilla cuelga un cartelón: «Se vende o alquila». El paraíso más hermoso y el infierno más espeluznante acaban invariablemente igual, vacíos y esperando a su siguiente inquilino; antes o después, cualquier lugar, con independencia de que haya acontecido en él una sublime historia de amor o la venganza dictada por el odio más desgarrado acaba con el cartel de «Se vende o alquila». Quien regresa al pasado que no lo ha convocado puede volverse un intruso en su propia historia. Él nunca lo habría hecho de no ser por la ciega.

Enfoca los prismáticos hacia el mar, hacia la playa batida por una lluvia ahora fina que parece reponer fuerzas para el siguiente asalto. Abajo, la masa de agua azul de la bahía en marea baja reposa lejana y callada, aunque haya sido testigo de tantas cosas… Tal vez el mar sabe lo que pasó realmente. Si fuera una persona podría contarme la verdad.

Y exactamente entonces se sobresalta al encuadrar la silueta lejana pero nítida de un cuerpo sobre la orilla.

Una mujer desnuda boca arriba.

¿Vera?

La razón sabe que ni es ni puede ser Vera, pero le viene a la cabeza un amanecer en que, al despertar solo en la cama que compartían desde que ella se instaló en el caserón, salió a buscarla y, auxiliado como hoy de unos prismáticos, la localizó paseando solitaria y pensativa por la playa desierta que comenzaba a iluminar el amanecer. Aquella imagen lo enamoró aún más, recuerda mientras se apresura a tomar el camino que conduce hacia la playa de hoy, hacia la mujer desnuda de ahora. Hace tiempo que casi siempre es sincero consigo, es su única virtud adquirida en la muerte, y por eso admite que no es el afán de socorrer a la desconocida lo que le impulsa, sino una desazón de origen confuso aunque imaginado, una ebullición repentina que no puede definir pero tampoco dejar de atender.

Corre hacia el coche, pisa el acelerador hacia la playa.

Si todos los espectros estamos condenados a espiarnos, ¿los de quiénes me observan a mí ahora?