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– No te engañes, Gabriel. Pon los pies en la tierra, amigo mío, que es donde estamos, por muy cabrona que sea. ¡Muertos de hambre, mendigos y nada más que mendigos! ¡Eso somos tú y yo! -Rufino Matamoros, de pie sobre la arena en dificultoso equilibrio beodo, desata su vehemencia tras dar otro largo trago de la botella-. ¡Malditos, como el héroe de tu novela!
Gabriel le dedica una resignada mirada de reojo antes de volver a posar la vista sobre el mar tan temido, que, sin embargo, lleva toda esta noche arrullándolos con su silenciosa cadencia, tal vez compadecido de que deban dormir en la playa a falta de mejor albergue. Piensa el poeta en Leonor, como lleva pensando sin descanso toda la noche y todo el día anterior, desde que la conoció. Esa mujer puede ser su salvación… A ella podría decirle, está plenamente seguro de ello, que su libro Todo el amor y toda la muerte no es una novela, sino la pura verdad de su vida. Que el muerto en vida que la protagoniza no es un personaje de ficción, sino yo mismo… Pero si osa hacerlo, desatará la ira de la muchacha transparente del fondo del mar, como ya ocurrió tiempo atrás en la aldea vasca. Gabriel, ansioso del amor verdadero pero aterrorizado ante él porque cuando se enamora convoca a la muerte, es un peregrino sentenciado a no amar jamás. Y sin embargo sueña con hablarle a Leonor. Sólo eso, hablarle… Si lo logro, sé que me ayudará.
– ¿Es que no existe la piedad para los poetas? ¡Di, Gabriel, amigo! ¿Es que no llevamos con nuestros versos alegría al alma femenina? ¡Al alma y al cuerpo, qué coño! ¿Quién sino nosotros les dice cosas bonitas mientras las montamos en descampados y veredas? Que sus ojos verdes son como Selene, que sus tetas de miel… -Matamoros congela en el aire el alzamiento de su brazo derecho, solemne y teatral sin saberlo remediar, hacia la luna menguante, y se desconcierta ante su natural color amarillo, que contradice su perorata borracha. Calla un instante y bebe otro trago para permitir a su mente rehacerse antes de continuar, renovadamente iracundo y trágico-: ¿Y el mar? ¿Este mar al que cantamos no podría llevarnos en volandas hasta América, tierra plena de hombres ricos y en consecuencia plena también de insatisfechas esposas de ricos?
Pero si me acerco a Leonor me arriesgo a verla morir por mi culpa, como pasó con la mujer de la aldea vasca…
– Ricos y millonarios, Gabriel. Porque también hay millonarios, que son esos ricos mucho más ricos que los ricos. Y sus esposas e hijas, todas también millonarias. ¡Sólo hay que cruzar este mar de mierda! ¡Voy a mandar un mensaje a los dioses! -decide de pronto Matamoros. Y, tras verificar que la botella está vacía, encuentra a pesar del delirio voluntad y ánimo para sacar del zurrón el tintero y la pluma. Toma al azar uno cualquiera de los poemas manuscritos propios o ajenos que, como Gabriel, siempre porta consigo y, alumbrado por la luna escasa, escribe trabajosamente al dorso las palabras de su mensaje-: Mi-llo-na-rias-de-A-mé-ri-ca-dos-pun-tos-a-rro-jo-al-mar-es-te-men-sa-je-en-u-na-bo-te-lla…
Gabriel lo mira con cariño. El infeliz Matamoros cree, y así lo proclama a derechas e izquierdas, contribuyendo a alimentar cierta leyenda local, que el poeta Gabriel Ortueño ha amado a todas las mujeres de la región, y aquellas a las que no ha amado aún está a punto de amarlas. ¡Si conociera la verdad…! A veces piensa el desdichado poeta que la maldición que lo encarcela podría remitir algún día, como mueren las fiebres y las infecciones o se componen los huesos rotos. Se imagina entonces a salvo, en la piel y el alma de un hombre normal, un hombre que pudiera buscar un amor y vivirlo, luchar por Leonor caso de sentirse correspondido, amarla siempre, toda la vida, hasta que los separara la sana muerte natural que aguarda a todos los humanos excepto a él. ¿Y si al amarla le traigo la muerte? ¿Dónde me refugiaré entonces? ¿Arriesgar de esa manera la vida de la desconocida no es lo mismo que asesinarla? ¿Cómo huiré de mí mismo si sucede?
– No te he olvidado, mi querido amigo. Soy pobre pero leal. Mira. -Matamoros saca a Gabriel de su ensimismamiento sacudiéndole con apremio el brazo-. También les he dicho al mar y a los americanos que te lleven a ti, que nos lleven a los dos.
Matamoros muestra el papel que ha envuelto en forma de cigarro y con resolución torpe lo sitúa en la boca de la botella vacía, reclamando la atención de su compañero, como un mago a punto de realizar el mayor de los prodigios, y lo empuja hacia el interior con el índice. Luego sella la botella con el tapón de corcho y la eleva triunfal hacia el cielo.
– ¡Allá vamos, América! -grita hacia la luz pastosa del amanecer que comienza a desperezarse, y arroja la botella hacia el mar tras tomar el escaso impulso que su estado le permite-. ¡Rufino Matamoros y Gabriel Ortueño Gil, poetas y amantes!
La botella se eleva como un pájaro sin vida y vuela camuflada a medias entre los rescoldos de la noche, antes de iniciar a plomo el descenso hacia las olas indiferentes. Matamoros, con los ojos y la boca muy abiertos y la lengua grotescamente colgada en rictus infantil de felicidad, ha seguido extasiado el dibujo completo del vidrio en el aire, pero el corazón se le congela en el rostro cuando se escucha el sonido inconfundible de un cristal rompiéndose en pedazos. No es necesario hallarse sobrio para entender que la marea estaba más baja de lo que él había calculado. La botella ha estallado contra una de las piedras planas de la orilla, dejando a la intemperie, desvalida sobre la arena fría del amanecer, la patética súplica de piedad que transportaba. Matamoros se deja caer sobre la playa como un saco vaciado de golpe y comienza a sollozar con la cabeza oculta entre las manos. El nimio revés ha sido la gota que desborda el vaso, el hilo último de resistencia que lo sostenía. Tal es la angustia de Matamoros que Gabriel abandona su propia desesperanza para darle un poco de consuelo.
– Venga, Rufino, venga… -recita mecánicamente, como tantas veces ha hecho cuando las borracheras de Matamoros desembocan en percepción negra del futuro.
Pero esta vez el cántico sombrío de la pena arrecia en lugar de apaciguarse, y Gabriel, aburrido de dar palmaditas en la espalda y susurrar absurdas fórmulas de optimismo falso, se aparta a un lado y vuelve a sentarse ante el mar, fijando la vista en la bola roja del sol que se anuncia en el horizonte. Está decidido: aun considerando los graves riesgos, no puede abandonar la comarca sin ver de nuevo a la mujer que tanto lo ha perturbado y colmado a la vez de bullicio vital, de esperanza ante el futuro.
– Voy a aceptar la oferta del Diablo -pronuncia entonces Matamoros, repentina e inauditamente sobrio.
Gabriel se vuelve. Matamoros ha dejado de gimotear, y se ve cabezonería rabiosa en la mirada que hasta hace un momento temblaba extraviada.
– Desde joven le puse ese nombre a la tentación de sentar la cabeza, buscar un trabajo como todos y dejar este deambular de poeta sin rumbo… ¡La oferta del Diablo! Pero claro, era un chaval… No se me abrían llagas en los pies por caminar y caminar sin fin, ni me martirizaban los huesos de tanto dormir al raso… -ahora hace una pausa llena de gravedad y toma aire antes de volverse y mirar muy serio a Gabriel-. Me rindo, amigo. Voy a dejarte aquí solo. Lo siento. Lo siento mucho.
Gabriel no ha sido consciente hasta este inesperado instante de la importancia de Matamoros en su vida. Este adiós va en serio, lo distingue de otros ataques previos de desesperanza. Este adiós es la inminencia del fin. Aunque nunca han sido amigos íntimos y a veces maldecía al borracho por sus dislates y cabezonerías, Rufino era la frontera final que lo separaba de la soledad. Ya no «es», desde ahora tendré que decir «era». Traga saliva al comprenderlo, y se gira por completo hacia su compañero para escucharle con atención y también, acaso, con la tímida intención de hacerle renunciar a esa oferta del Diablo, sea cual sea.
– Un periódico nuevo ha abierto oficina en la ciudad. Necesitan un pinche, alguien que haga un poco de todo, ya sabes…
– No. No sé -se irrita Gabriel, sorprendiéndose a sí mismo de su agresividad; es por causa del miedo a la soledad, que se expande dentro de él como una boca dentada-. ¿Tú, pinche de un periodicucho? ¿Tú? ¿«El primer poeta del Cantábrico»?
– ¡Gabriel, por favor…! Sabes que tengo tanto de escritor como de fraile… Mira, soy mucho más viejo que tú. ¿Crees que con cuarenta y ocho años me apetece empezar de recadero? Pero es un sueldo, amigo. Me lo ofreció el señor aquél gallego, el de la fiesta de cumpleaños donde fui a recitar el mes pasado. Le hizo gracia la poesía que le compuse a su hijo, y ya ves, el hombre se ve que es buena persona… ¡Dormiré en una cama de pensión, Gabriel! ¡Todas las noches! Y comeré caliente. Platos de lentejas, sopa, carne… ¿Hace cuánto no comes carne? Además, tengo planes de futuro. En un periódico que empieza siempre vendrá bien alguien que sepa hacer frases más o menos apañadas. Y yo eso lo sé hacer, ¿no?
– ¿No quedamos en que no sabes escribir? -estalla Gabriel sin poder evitarlo. Matamoros, en vez de enfadarse por el exabrupto, entiende tristemente que la ira de su amigo no es sino miedo a quedarse solo en los caminos. Y va a ocurrir hoy, ahora, en este amanecer que se perfila ya en el cielo sobre el horizonte del mar.
Se abre un inmenso silencio de dolor entre los dos hombres. Matamoros se pone en pie, recoge todo lo deprisa que puede sus mínimas posesiones repartidas sobre la arena y se dispone a partir. Gabriel, por su parte, se levanta también, apartándose unos pasos para dejarle hacer. Matamoros carga el zurrón al hombro, mira de nuevo a su amigo. Ambos notan que el corazón les late con fuerza, ambos saben que al otro le late también.
– Claro que no sé escribir, amigo mío… -dice Matamoros con ternura inesperada-. Por eso mismo, porque voy a necesitar que el azar y si me apuras hasta Dios y la Virgen María se pongan de mi lado, lo que me hace falta no es que maldigas por dejarte, sino que me desees suerte. Mucha suerte.
Gabriel observa el rostro envejecido de quien en los dos últimos años, antes y después de Cuba, ha sido su compañero en el camino y en la vida, su aliado contra el mundo. Tal vez no volverán a verse, seguro que no volverán a verse.
– Suerte, amigo. Mucha suerte -susurra Gabriel. Y luego lo abraza, sintiendo cómo el otro le corresponde con toda su fuerza de borracho noqueado por la resaca. Los dos huelen a sudor y a polvo del camino. Matamoros, además, a vino malo.
Al separarnos no volveremos a vernos.
Cuando nos separemos, estaremos solos.
Suerte, amigo.
Suerte, amigo.
Es un abrazo intenso y mudo. Ambos son demasiado pudorosos, les acobarda o avergüenza confesar sus verdaderos sentimientos.
– Tengo algo para ti, Matamoros -rompe Gabriel el silencio y se aparta del otro para buscar en su zurrón. Matamoros no ha tenido tiempo de preguntarse a qué puede referirse su amigo cuando éste ya se halla de nuevo ante él, agitando un puñado de hojas toscamente cosidas. Matamoros, comprendiendo de qué se trata, rehúsa en el acto a aceptar, con tajantes aspavientos de la cabeza y las manos. Pero su corazón se ha conmovido y, en el fondo, tiembla de agradecimiento.
– ¡No, Gabriel, de ninguna manera! ¡El original de Todo el amor y toda la muerte nunca! ¡Es tuyo! ¡Jamás!
– ¡Venga, Rufino, coño! Que estas hojas no valen nada.
– ¿Tu novela no vale nada? ¿Y cuando vendas los ejemplares que te quedan, cómo imprimirás más?
– Llevo treinta o cuarenta ahí guardados. Al paso que me los compran, tengo para los próximos quince años. De verdad, quiero que lo tengas tú.
Matamoros calla, y su silencio es una aceptación en el fondo orgullosa. Inspira hondo y mira fijamente a los ojos de Gabriel antes de pronunciar en tono trascendente:
– Gabriel… Yo te juro que cuando me vaya bien me encargaré de que se haga justicia a este manuscrito y al gran poeta que lo escribió -y, tal vez por los rescoldos del vino, no puede evitar Matamoros que le ilumine la mirada el brillo de una lágrima. ¿Cómo podrá nunca saber nadie si el hombrecillo miente o dice la verdad al proclamar su juramento?-. Te lo juro por mi vida, que no vale nada pero es lo único que tengo.
– Rufino… -Gabriel piensa si debe ser ahora el momento siempre eludido de compartir parte de su verdad con Matamoros. Y, sabiendo que tal vez no se dé otra oportunidad, se lanza-: Rufino, amigo, hay algo muy importante que debes saber de mí. Nadie lo sabe, y puede que nadie lo sepa nunca. Por eso quiero que lo sepas tú. Si me pasa algo, al menos quedará alguien que conozca quién fui…
La borrachera desaparece por completo de la mirada de Matamoros ante el tono insólitamente serio de Gabriel. Pone toda su atención en memorizar cada palabra, cada sílaba. Algo le dice que van a hacerle partícipe de un secreto vital, y quiere corresponder con toda la lealtad de que sea capaz.
– Lo que se cuenta en Todo el amor y toda la muerte -continúa Gabriel- no es un cuento fantástico, amigo. Todo lo que se cuenta es verdad, ocurrió. Me ocurrió a mí. Sé que es increíble. Sé que no tiene explicación. Y sé que me arriesgo a que pienses que estoy loco. Pero te juro por mi vida, que también es lo único que yo tengo, aunque valga menos que la tuya, que es la pura verdad.
Matamoros calla sin saber qué decir. Ha intuido en los ojos de Gabriel la tremenda importancia de lo que acaba de confesar, pero también ha leído con anterioridad el manuscrito que le ha sido cedido. Y sabe que lo que se cuenta en él es un puro delirio. Quien lo pretenda cierto sólo puede ser calificado de loco. Matamoros se inquieta, horrorizado ante la intensa gravedad de Gabriel. Es obvio que no miente. Pero entonces, está rematadamente loco.
Al apartarse uno del otro no se miran a los ojos, esta vez ya no. Matamoros parte hacia la carretera que casi alumbra el nuevo día sin volver la vista atrás, sin saber contener las lágrimas, por fin a salvo de la mirada de su amigo. Matamoros, que siempre pensó que vagabundeaba con un hombre más fuerte que él, comprende ahora que el infeliz al que abandona a la deriva de la soledad no es más que un pobre demente. ¿Qué será de él?, se aflige mientras acelera el paso. ¿Qué será de él?
Por su parte, Gabriel, que lucha siempre contra los sentimientos porque si le vencen siente que estaría perdido, se vuelve hacia el mar para no ver a su amigo alejarse. Matamoros, que no era nada, lo era en realidad casi todo. Por salvarse de la pesadumbre que un vagabundo no se puede permitir, busca refugio pensando en Leonor. A esa hora seguramente está ya despertándose o alimentando al bebé. Está decidido: la verá otra vez más, y luego todas las veces que esa primera vez traiga consigo. Hasta que logre explicarle en detalle esa verdad que acaba de adelantar a Matamoros. Hasta que Leonor le escuche y decida si quiere ampararlo de los miedos que le acechan. El primer paso, decide animado por su determinación, es aceptar la propuesta de la pianista, que tras el éxito de la velada quiso contratarlo para la fiesta local, tres días después. Envalentonado, comienza a dar zancadas por la orilla, dispuesto a ensayar su representación a fin de que sea lo más brillante posible. Leonor lo merece.
Entonces, ve cómo el mar comienza a encabritarse en una transformación veloz, irritada, como si la masa de agua hubiera sido sacada a empellones del apacible sueño nocturno. Gabriel se planta en la orilla, firme ante la virulenta efusión marina que tan bien conoce. El mar de este acantilado vive una maldición de amor, de sobra lo sabe. Pero esta vez hay una diferencia.
Esta vez, Gabriel Ortueño Gil va a enfrentarse a la muchacha transparente del fondo del mar aunque le cueste la vida.