40281.fb2
A Pilar
Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes.
“Libro de las Evidencias”
Encima del marco de la puerta hay una chapa metálica larga y estrecha, revestida de esmalte. Sobre un fondo blanco, las letras negras dicen Conservaduría General del Registro Civil. El esmalte está agrietado y desportillado en algunos puntos. La puerta es antigua, la última capa de pintura marrón está descascarillada, las venas de la madera, a la vista, recuerdan una piel estriada. Hay cinco ventanas en la fachada. Apenas se cruza el umbral, se siente el olor del papel viejo. Es cierto que no pasa ni un día sin que entren en la Conservaduría nuevos papeles, de individuos de sexo masculino y de sexo femenino que van naciendo allá fuera, pero el olor nunca llega a cambiar, en primer lugar porque el destino de todo papel nuevo, así que sale de la fábrica, es comenzar a envejecer, en segundo lugar porque, más habitualmente en el papel viejo, aunque muchas veces también en el papel nuevo, no pasa un día sin que se escriban causas de fallecimientos y respectivos lugares y fechas, cada uno contribuyendo con sus olores propios, no siempre ofensivos para las mucosas olfativas, como lo demuestran ciertos efluvios aromáticos que de vez en cuando, sutilmente, atraviesan la atmósfera de la Conservaduría General y que las narices más finas identifican como un perfume compuesto de mitad rosa y mitad crisantemo.
Pasada la puerta, aparece una mampara alta y acristalada con dos batientes, por donde se accede a la enorme sala rectangular en la que trabajan los funcionarios, separados del público por un mostrador largo que une las dos paredes laterales, con excepción, en una de las dos extremidades, del ala abatible que permite el paso al interior. La disposición de los lugares en la sala acata naturalmente las precedencias jerárquicas, pero siendo, como cabe esperar, armoniosa desde este punto de vista, también lo es desde el punto de vista geométrico, lo que sirve para probar que no existe ninguna irremediable contradicción entre estética y autoridad. La primera línea de mesas, paralela al mostrador, está ocupada por los ocho escribientes, a quienes compete atender al público. Detrás, igualmente centrada respecto al eje de simetría que, partiendo de la puerta, se pierde allá al fondo, en los confines oscuros del edificio, hay una línea de cuatro mesas. Éstas pertenecen a los oficiales. A continuación vienen los subdirectores, que son dos. Finalmente, aislado, solo, como tenía que ser, el conservador, a quien llaman jefe en el trato cotidiano.
La distribución de tareas entre la plantilla de funcionarios satisface una regla simple, la de que los elementos de cada categoría tienen el deber de ejecutar todo el trabajo que les sea posible, de modo que sólo una parte mínima pase a la categoría siguiente. Esto significa que los escribientes no tienen más remedio que trabajar sin descanso desde la mañana hasta la noche, mientras los oficiales lo hacen de vez en cuando, los subdirectores muy de tarde en tarde, el conservador casi nunca. La continua agitación de los ocho de delante, que tan pronto se sientan como se levantan, siempre corriendo de la mesa al mostrador a los ficheros, de los ficheros al archivo, repitiendo sin descanso éstas y otras secuencias y combinaciones ante la indiferencia de los superiores, tanto inmediatos como distantes, es un factor imprescindible para comprender cómo fueron posibles y lamentablemente fáciles de cometer los abusos, las irregularidades y las falsificaciones que constituyen la materia central de este relato.
Para no perder el hilo de la madeja en asunto de tal trascendencia, es conveniente comenzar sabiendo dónde se encuentran instalados y cómo funcionan los archivos y los ficheros. Están divididos, estructural y básicamente, o, si queremos usar palabras simples, obedeciendo a la ley de la naturaleza, en dos grandes áreas, la de los archivos y ficheros de los muertos y la de los archivos y ficheros de los vivos.
Los papeles de aquellos que ya no viven se encuentran más o menos organizados en la parte trasera del edificio, cuya pared del fondo, de tiempo en tiempo, en virtud del aumento incesante del número de fallecidos, tiene que ser derribada y nuevamente levantada unos metros atrás. Como será fácil concluir, las dificultades de acomodación de los vivos, aunque preocupantes, teniendo en cuenta que siempre está naciendo gente, son mucho menos acuciantes, y se han ido resolviendo, hasta ahora, de modo razonable satisfactorio, ya sea por el recurso a la comprensión mecánica horizontal de los expedientes individuales colocados en las estanterías, caso de los archivos, ya sea por el empleo de cartulinas finas y ultrafinas, en el caso de los ficheros. A pesar del incómodo problema de la pared del fondo, al que ya se ha hecho referencia, merece todas las alabanzas el espíritu de previsión de los arquitectos históricos que proyectaron la Conservaduría General del Registro Civil, proponiendo y defendiendo, contra las opiniones conservadoras de ciertas mentes tacañas ancladas en el pasado, la instalación de las cinco gigantescas armazones de estantes que se levantan hasta el techo a espaldas de los funcionarios, más atrasado el tope del estante central, que casi toca el sillón del conservador, más próximos al mostrador los topes de los estantes laterales extremos, quedándose los otros dos, por así decir, a medio camino. Consideradas ciclópeas y sobrehumanas por todos los observadores, estas construcciones se extienden por el interior del edificio más allá de lo que los ojos pueden alcanzar, también porque a partir de cierta altura comienza a reinar la oscuridad, ya que apenas se encienden las lámparas cuando es necesario consultar algún expediente.
Estas armazones de estantes son las que soportan el peso de los vivos.
Los muertos, esto es, sus papeles, están metidos por allí dentro, en peores condiciones de lo que debería permitir el respeto, por eso da el trabajo que da encontrarlos cuando un pariente, un notario, o un agente judicial vienen a la Conservaduría General requiriendo certificados o copias de documentos de otras épocas. La desorganización de esa parte del archivo está motivada y agravada por el hecho de que los fallecidos antiguos son los que están más próximos al área denominada activa, inmediatamente después de los vivos, constituyendo, según la inteligente definición del jefe de la Conservaduría General, un peso dos veces muerto, dado que es rarísimo que alguien se preocupe de ellos, sólo de tarde en tarde se presenta aquí algún excéntrico investigador de pequeñeces históricas irrevelantes. Salvo que algún día se decida separar a los muertos de los vivos, construyendo en otro lugar una nueva Conservaduría para depósito exclusivo de los difuntos, no hay remedio para la situación, como quedó claro cuando uno de los subdirectores, en infeliz hora, tuvo la ocurrencia de proponer que la organización del archivo de los muertos se hiciera al contrario, al fondo los remotos, más acá los de fecha fresca, en orden a facilitar, burocráticas palabras las suyas, el acceso a los difuntos contemporáneos, que, como se sabe, son los autores de testamentos, los proveedores de herencias y, por tanto, fáciles objetos de disputas y contestaciones mientras el cuerpo aún está caliente. Sarcástico, el conservador aprobó la idea, con la condición de que fuera el propio proponente el encargado de empujar hacia el fondo, día tras día, la masa gigantesca de los expedientes individuales de los muertos pretéritos, a fin de que pudieran ir entrando en el espacio recuperado los de reciente defunción. Queriendo hacer que se olvidara la desastrosa e irrealizable ocurrencia, y también para distraer su espíritu de la humillación, el subdirector no encontró mejor recurso que pedir a los escribientes que le pasaran algún trabajo, hiriendo así, tanto por encima como por debajo, la histórica paz de la jerarquía.
Creció con este episodio la negligencia, prosperó el abandono, se multiplicó la incertidumbre, hasta el punto de que un día desapareció en las laberínticas catacumbas del archivo de los muertos un investigador que, meses después de la absurda propuesta, se presentó en la Conservaduría General para llevar a cabo unas pesquisas heráldicas que le habían encomendado.
Fue descubierto casi por milagro al cabo de una semana, hambriento, sediento, exhausto, delirante, superviviente sólo gracias al recurso desesperado de ingerir grandes cantidades de papeles viejos que, no precisando ser masticados porque se deshacían en la boca, no duraban en el estómago ni alimentaban. El jefe de la Conservaduría General, que ya había pedido que le trajeran a su mesa la ficha y el expediente del imprudente historiador para darlo por muerto, decidió hacer la vista gorda ante los estragos, oficialmente atribuidos a los ratones, firmando después una orden interna que determinaba, bajo pena de multa y suspensión de salario, la obligatoriedad del uso del hilo de Ariadna para quien tuviera que ir al archivo de los muertos.
En todo caso no sería justo olvidar las dificultades de los vivos. Es más que cierto y sabido que la muerte, ya sea por incompetencia de origen ya sea por mala fe adquirida, con la experiencia, no escoge a sus víctimas de acuerdo con la duración de las vidas que vivieron, comportamiento éste, entre paréntesis digámoslo, que, si damos crédito a la palabra de las innumerables autoridades filosóficas y religiosas que sobre el tema se pronunciaron, acabó produciendo en el ser humano, de forma refleja, por diferentes y a veces contradictorias vías, el efecto paradójico de la sublimación intelectual del temor natural a morir.
Pero, yendo a lo que nos interesa, de lo que la muerte no podrá ser acusada nunca es de haber dejado a algún viejo indefinidamente olvidado en el mundo, sólo para que cada día sea más viejo, sin mérito que se conociese u otro motivo a la vista. Por mucho que los viejos duren, siempre les llega su hora. No pasa un día sin que los escribientes tengan que retirar expedientes de los anaqueles de los vivos para llevarlos al depósito del fondo, no pasa un día en que no empujen hacia el tope de los estantes a los que permanecen, aunque a veces, por capricho irónico del enigmático destino, sólo hasta el día siguiente. De acuerdo con el llamado orden natural de las cosas, haber llegado al tope del estante significa que la suerte ya se cansó, que no habrá mucho más camino para andar. El final del anaquel es, en todos los sentidos, el principio de la caída. Sucede, sin embargo, que hay expedientes que, no se sabe por qué razón, se mantienen en el borde extremo del vacío, insensibles a ese último vértigo, durante años y años y más allá de lo que la convención establece como duración normal de una existencia humana. Al principio esos expedientes excitan, en los funcionarios, la curiosidad profesional, pero pronto comienzan a despertar en ellos impaciencias, como si la descarada terquedad de los macrobios estuviese reduciéndose, comiéndoles, devorándoles sus propias perspectivas de vida.
No se equivocaban del todo los supersticiosos, si tenemos en cuenta los numerosos casos de funcionarios de todas las categorías cuyos expedientes tuvieron que ser prematuramente retirados del archivo de los vivos, mientras los papeles exteriores de los obstinados sobrevivientes iban amarilleando cada vez más, hasta convertirse en manchas oscuras y antiestéticas en los topes de los anaqueles, ofendiendo la vista del público. Es entonces cuando el jefe de la Conservaduría General dice a uno de los escribientes, Don José, sustitúyame aquellas carpetas.
Además del nombre propio de José, don José también tiene apellidos, de los más corrientes, sin extravagancias onomásticas, uno por parte de padre, otro por parte de madre, según la norma, legítimamente transmitidos, como podríamos comprobar en el registro de nacimiento existente en la Conservaduría si la sustancia del caso justificase el interés y si el resultado de la averiguación compensara el trabajo de confirmar lo que ya se sabe. Sin embargo, por algún motivo desconocido, si es que simplemente no se desprende de la insignificancia del personaje, cuando a don José se le pregunta cómo se llama, o cuando las circunstancias le exigen que se presente, Soy Fulano de Tal, nunca le sirve de nada pronunciar el nombre completo, dado que los interlocutores sólo retienen en la memoria la primera palabra, José, a la que después añadirán o no, dependiendo el grado de confianza o de ceremonia, la cortesía o la familiaridad del tratamiento. Que, dígase ya, el don no vale tanto cuanto en principio parece prometer, por lo menos aquí en la Conservaduría General, donde el hecho de tratarse todos de esa manera, desde el conservador al más reciente de los escribientes, no tiene siempre el mismo significado en la práctica de las relaciones jerárquicas, incluso se pueden observar, en la manera de articular la breve palabra y según los diferentes escalones de autoridad o los humores del momento, modulaciones tan distintas como son las de condescendencia, irritación, ironía, desdén, humildad, lisonja, lo que bien muestra hasta qué punto pueden llegar las potencialidades expresivas de una cortísima emisión de voz que, a simple vista, parece decir una cosa sola. Con las dos sílabas de José y la del don, cuando éste precede al nombre, sucede más o menos lo mismo.
En ellas siempre será posible distinguir, cuando alguien se dirige al nombrado, en la Conservaduría y fuera de ella, un tono de desdén, o de ironía, o de irritación, o de condescendencia.
Los restantes tonos, los de humildad y de lisonja, embaucadores y melodiosos, ésos nunca sonarán a los oídos del escribiente don José, ésos no tienen entrada en la escala cromática de los sentimientos que le son manifestados habitualmente. Hay que aclarar, sin embargo, que algunos de estos sentimientos son mucho más complejos que los antes enumerados, en cierto modo primarios y obvios, hechos de una sola pieza. Cuando, por ejemplo, el conservador dio la orden, Don José, múdeme aquellas carpetas, un oído atento y afinado habría reconocido en su voz algo que podría clasificarse, salvando la evidente contradicción de los términos, como una indiferencia autoritaria, esto es, un poder tan seguro de sí mismo que no sólo mostraba ignorar a la persona a quien se dirigía, a la que ni siquiera miraba, sino que dejaba claro, ya en ese momento, que no se rebajaría después a verificar el cumplimiento de la orden. Para alcanzar los anaqueles superiores, allá en lo alto, casi a ras del techo, don José tenía que utilizar una escalera de mano altísima y, como sufría, para su desgracia, de ese perturbador desequilibrio nervioso al que vulgarmente llamamos atracción del abismo, no le quedaba otro remedio, si no quería dar con los huesos en tierra, que atarse a los peldaños con una fuerte correa. Abajo a ninguno de los colegas de categoría, de los superiores ni vale la pena hablar, se les pasaba por la cabeza la idea de levantar los ojos para ver si el trabajo transcurría bien. Dar por entendido que sí era otra manera de justificar la indiferencia.
Al principio, un principio que venía de muchos siglos atrás, los funcionarios residían en la Conservaduría General. No propiamente dentro, en promiscuidad corporativa, sino en unas viviendas simples y rústicas construidas en el exterior, a lo largo de las paredes laterales, como pequeñas capillas desamparadas que se hubieran ido agarrando al cuerpo robusto de la catedral. Las casas disponían de dos puertas, la puerta normal, que daba a la calle, y una puerta complementaria, discreta, casi invisible, que comunicaba con la gran nave de los archivos, cosa que en aquellos tiempos y durante muchos años fue tenida como sumamente beneficiosa para el buen funcionamiento de los servicios, ya que los empleados no estaban obligados a perder tiempo en traslados a través de la ciudad ni podían disculparse con el tránsito cuando llegaban con retraso. Además de estas ventajas logísticas, era facilísimo mandar la inspección para verificar si faltaban a la verdad cuando se les ocurría presentar baja por enfermedad. Desgraciadamente, un cambio en los criterios municipales sobre el ordenamiento urbanístico del barrio donde se situaba la Conservaduría General, forzó la demolición de las singulares casitas, excepto una, que las autoridades competentes decidieron conservar como documento arquitectónico de una época y recuerdo de un sistema de relaciones de trabajo que, por mucho que pese a las livianas críticas de la modernidad, tenía también sus cosas buenas.
Es en esta casa donde vive don José.
No fue a propósito, no lo escogieron para ser el depositario residual de un tiempo pasado, si ocurrió así sólo hay que achacarlo a la localización de la vivienda, situada en un recodo que no perjudicaba a la nueva alineación, por tanto no se trató de castigo o de premio, que no los merecía don José, ni uno ni otro, se permitió que continuase viviendo en la casa, nada más. En todo caso, como señal de que los tiempos habían mudado y para evitar una situación que fácilmente sería interpretada como de privilegio, la puerta de comunicación con la Conservaduría fue condenada, es decir, ordenaron a don José que la cerrase con llave y le avisaron de que por allí no podía pasar más. Ésta es la razón por la que don José tiene que entrar y salir todos los días por la puerta grande de la Conservaduría General, como otra persona cualquiera, aunque sobre la ciudad se desencadene la más furiosa de las tormentas. Hay que decir, no obstante, que su espíritu metódico se siente libre obedeciendo a un principio de igualdad, incluso yendo, como en este caso, en su contra, aunque, también es verdad, hubiera preferido no tener que ser siempre él quien subiera por la escalera de mano para cambiar las carpetas de los expedientes viejos, sobre todo sufriendo de pánico a las alturas, como ya ha sido dicho. Don José tiene el encomiable pudor de aquellos que no andan por ahí quejándose de trastornos nerviosos y psicológicos, auténticos o imaginados, lo más probable es que nunca haya hablado del padecimiento a los colegas, de lo contrario éstos harían algo más que mirarlo recelosos mientras él está encaramado en lo alto, con miedo de que, a pesar de la seguridad de la correa, pierda el equilibrio y les caiga sobre la cabeza. Cuando don José regresa al suelo, todavía medio aturdido y disimulando lo mejor que puede el último mareo del vértigo, a los otros funcionarios, tanto a los iguales como a los superiores, ni siquiera les aflora al pensamiento el peligro que han corrido.
Ahora llega el momento de explicar que, incluso teniendo que dar aquel rodeo para entrar en la Conservaduría General y regresar a casa, a don José sólo le trajo satisfacción y alivio la clausura de la puerta. No era persona de recibir visitas de colegas en el intervalo del almuerzo, y, si alguna vez caía en cama, era él quien de motu propio iba a mostrarse a la sala, presentándose al subdirector correspondiente para que no quedaran dudas sobre su honradez de funcionario y para que no tuviesen que mandarle la fiscalización sanitaria a la cabecera.
Con la prohibición de usar la puerta, quedaban aún más reducidas las probabilidades de una intromisión inesperada en su recato doméstico, por ejemplo, si dejara expuesto encima de la mesa, por casualidad, aquello que tanto trabajo le venía dando desde hacía largos años, a saber, su importante colección de noticias acerca de personas del país que, tanto por buenas como por malas razones, se habían hecho famosas. Los extranjeros, fuese cual fuese la dimensión de su celebridad, no le interesaban, sus papeles se encontraban archivados en conservadurías distantes, si también le dan ese nombre por ahí, y estarían escritos en lenguas que no sabría descifrar, aprobados por leyes que no conocía, aunque usara la más alta escalera de mano no podría alcanzarlos. Personas así, como este don José, se encuentran en todas partes, ocupan el tiempo que creen que les sobra de la vida juntando sellos, monedas, medallas, jarrones, postales, cajas de cerillas, libros, relojes, camisetas deportivas, autógrafos, piedras, muñecos de barro, latas vacías de refrescos, angelitos, cactos, programas de ópera, encendedores, plumas, búhos, cajas de música, botellas, bonsáis, pinturas, jarras, pipas, obeliscos de cristal, patos de porcelana, muñecos antiguos, máscaras de carnaval, lo hacen probablemente por algo que podríamos llamar angustia metafísica, tal vez porque no consiguen soportar la idea del caos como regidor único del universo, por eso, con sus débiles fuerzas y sin ayuda divina, van intentando poner algún orden en el mundo, durante un tiempo lo consiguen, pero sólo mientras pueden defender su colección, porque cuando llega el día en que se dispersa, y siempre llega ese día, o por muerte o por fatiga del coleccionista, todo vuelve al principio, todo vuelve a confundirse.
Ahora bien, siendo claramente esta manía de don José de las más inocentes, no se comprende por qué pone tantos cuidados para que nadie sospeche que colecciona recortes de periódicos y revistas con noticias e imágenes de gente célebre, sin otro motivo que esa misma celebridad, ya que le es indiferente que se trate de políticos o de generales, de actores o de arquitectos, de músicos o de jugadores de fútbol, de ciclistas o de escritores, de especuladores o de bailarinas, de asesinos o de banqueros, de estafadores o de reinas de belleza. No siempre tuvo este comportamiento secreto. Es verdad que nunca quiso hablar del entretenimiento a los pocos colegas con quienes tenía alguna confianza, pero eso se debe a su natural reservado, no a un recelo consciente de caer en el ridículo. La preocupación de defender tan celosamente su privacidad surgió poco después de la demolición de las casas donde habían vivido los funcionarios de la Conservaduría General, o más exactamente, después de haber sido prevenido de que no podría volver a usar la puerta de comunicación.
Puede tratarse de una coincidencia accidental, como hay tantas, porque no se ve qué relación inmediata o próxima existe entre aquel hecho y una necesidad de secreto tan repentina, pero es sabido que el espíritu humano, muchas veces, toma decisiones cuyas causas dice no conocer, se supone que lo hace después de haber recorrido los caminos de la mente con tal velocidad que luego no es capaz de reconocerlos y mucho menos reencontrarlos. Así o no, sea ésta u otra cualquiera la explicación, en una hora avanzada de cierta noche, trabajando tranquilamente en su casa en la actualización de los papeles de un obispo, don José tuvo la iluminación que iría a transformar su vida.
Es posible que una consciencia súbitamente más inquieta de la presencia de la Conservaduría General del otro lado de la gruesa pared, aquellos enormes anaqueles cargados de vivos y de muertos, la pequeña y pálida lámpara suspendida del techo sobre la mesa del conservador, encendida todo el día y toda la noche, las tinieblas espesas que tapaban los pasillos entre los estantes, la oscuridad abisal que reinaba en el fondo de la nave, la soledad, el silencio, es posible que todo esto, en un instante, por los confusos caminos mentales ya mencionados, le hiciera percibir que algo fundamental estaba faltando en sus colecciones, esto es, el origen, la raíz, la procedencia o, dicho con otras palabras, la simple certificación de nacimiento de las personas famosas cuyas noticias de vida pública se dedicaba a compilar. No sabía, por ejemplo, cómo se llamaban los padres del obispo, ni quiénes habían sido los padrinos que lo asistieron en el bautizo, ni dónde había nacido exactamente, en qué calle, en qué edificio, en qué piso, y en cuanto a la fecha del nacimiento, sí era cierto que por casualidad constaba en uno de estos recortes, sólo el registro oficial de la Conservaduría, evidentemente, daría verdadera fe, nunca una nueva información suelta recogida en la prensa, quién sabe hasta qué punto exacta, podía el periodista haberla oído o copiado mal, podía el corrector haberla enmendado al contrario, no sería la primera vez que en la historia del deleatur acontecía una de ésas.
La solución se encontraba a su alcance. La convicción inexorable que el jefe de la Conservaduría General alimentaba sobre el peso absoluto de su autoridad, la certeza de que cualquier orden salida de su boca sería cumplida con el máximo rigor y el máximo escrúpulo, sin riesgo de caprichosas secuelas o de arbitrarias derivaciones por parte del subalterno que la recibiese, fueron la causa de que la llave de la puerta de comunicación se mantuviese en poder de don José.
Que nunca tendría la ocurrencia de usarla, que nunca la retiraría del cajón donde la había guardado, si no hubiese llegado a la conclusión de que sus esfuerzos de biógrafo voluntario de poquísimo servirían, objetivamente, sin la inclusión de una prueba documental, o su fiel copia, de la existencia, no sólo real, sino oficial, de los biografiados.
Imagine ahora quien pueda el estado de nervios, la excitación con que don José abrió por primera vez la puerta prohibida, el escalofrío que le hizo detenerse a la entrada, como si hubiese puesto el pie en el umbral de una cámara donde se encontrase sepultado un dios cuyo poder, al contrario de lo que es tradicional, no le llegara de la resurrección, sino de haberla recusado. Sólo los dioses muertos son dioses siempre. Los bultos fantasmagóricos de los estantes cargados de papeles parecían romper el techo invisible y subir por el cielo negro, la débil claridad de encima de la mesa del conservador era como una remota y sofocada estrella. Aunque conocía bien el territorio por donde se movería, don José comprendió, cuando recobró la suficiente serenidad, que necesitaría del auxilio de una luz para no tropezar con los muebles, pero sobre todo para llegar sin demasiada pérdida de tiempo a los documentos del obispo, primero la ficha, luego el expediente personal. Tenía una linterna en el cajón donde guardaba la llave.
Fue a por ella, y después, como si llevar consigo una luz le hubiese hecho nacer un coraje nuevo en el espíritu, avanzó casi resoluto por entre las mesas, hasta el mostrador, bajo el que estaba instalado el extenso fichero de los vivos. Encontró rápidamente la ficha del obispo y tuvo la suerte de que el anaquel donde se encontraba archivado el respectivo expediente no estuviera a más distancia que la altura del brazo. No precisó de la escalera, pero pensó con aprensión cómo sería su vida cuando tuviera que subir a las regiones superiores de los estantes, allí donde el cielo negro comenzaba. Abrió el armario de los impresos, sacó uno de cada modelo y volvió a casa, dejando abierta la puerta de comunicación. Después se sentó y, con la mano todavía trémula, comenzó a copiar en los impresos blancos los datos identificadores del obispo, el nombre completo, sin que le faltara un apellido o una partícula, la fecha y el lugar de nacimiento, los nombres de los padres, los nombres de los padrinos, el nombre del párroco que lo bautizó, el nombre del funcionario de la Conservaduría General que lo registró, todos los nombres. Cuando llegó al final del breve trabajo estaba exhausto, le sudaban las manos, tenía escalofríos en la espalda, sabía muy bien que había cometido un pecado contra el espíritu del cuerpo funcionarial, de hecho no hay nada que canse más a una persona que tener que luchar, no contra su propio espíritu, sino contra una abstracción. Al indagar en aquellos papeles había cometido una infracción contra la disciplina y la ética, tal vez contra la legalidad.
No porque las informaciones contenidas fueran reservadas o secretas, que no lo eran, dado que cualquier persona podría presentarse en la Conservaduría solicitando copias o certificados de los documentos del obispo sin necesidad de explicar las razones del pedido o los fines a que se destinaban, sino porque había quebrado la cadena jerárquica procediendo sin la necesaria orden o autorización de un superior. Todavía se le pasó por la cabeza volver atrás, enmendar la irregularidad del acto rasgando y haciendo desaparecer las impertinentes copias, entregar las llaves al conservador, Señor, no quiero responsabilidades si algo llega a faltar en la Conservaduría y, hecho esto, olvidar los minutos, por así decir, sublimes que acababa de vivir. Sin embargo, le pudo más la satisfacción y el orgullo de haberlo conocido todo, fue ésta la palabra que dijo, Todo, de la vida del obispo. Miró el armario donde guardaba las cajas con las colecciones de recortes y sonrió de íntimo deleite, pensando en el trabajo que tenía ahora a la espera, las surtidas nocturnas, la recogida ordenada de fichas y expedientes, la copia con su mejor letra, se sentía tan contento que ni el hecho de saber que utilizaría la escalera de mano le quebró el ánimo. Volvió a la Conservaduría y restituyó los documentos del obispo a sus lugares. Después, con un sentimiento de confianza en sí mismo que no había experimentado en toda su vida, paseó el foco de la linterna a su alrededor, como si estuviese finalmente tomando posesión de algo que siempre le había pertenecido, pero que sólo ahora podía reconocer como suyo. Se detuvo un momento para mirar la mesa del jefe, nimbada por la luz macilenta que caía de lo alto, sí, era lo que debía hacer, sentarse en aquel sillón, a partir de hoy sería el verdadero señor de los archivos, sólo él podría, si quisiera, teniendo que pasar aquí los días por obligación, vivir por voluntad suya también las noches, el sol y la luna girando sin descanso en torno a la Conservaduría General del registro Civil, mundo y centro del mundo. Para anunciar el comienzo de algo, se habla siempre del día primero, cuando es la primera noche la que debería contar, ella es la condición del día, la noche sería eterna si no hubiera noche. Don José está sentado en el sillón del conservador y allí se quedará hasta el amanecer, oyendo el sordo rumor de los papeles de los vivos sobre el silencio compacto de los papeles muertos.
Cuando la iluminación de la ciudad se apagó y las cinco ventanas encima de la puerta grande aparecieron del color de una ceniza oscura, se levantó del sillón y entró en casa, cerrando la puerta de comunicación tras de sí. Se lavó, se afeitó, tomó el desayuno, guardó aparte los papeles del obispo, vistió su mejor traje y, cuando llegó la hora, salió por la otra puerta, la de la calle, dio la vuelta al edificio y entró en la Conservaduría. Ninguno de los colegas se apercibió de quién había venido, respondieron como de costumbre al saludo, dijeron, Buenos días, don José, y no sabían con quién estaban hablando.
Felizmente la gente famosa no es tanta. Incluso empleando criterios de selección y representatividad tan eclécticos y generosos como se ha visto que son los de don José, no es fácil, sobre todo cuando se trata de un país pequeño, llegar a la centena redonda de personajes realmente célebres sin haber caído en la conocida laxitud de las antologías de los cien mejores sonetos de amor o de las cien más pujantes elegías, ante los cuales nos asiste el pleno derecho de sospechar que los últimos escogidos sólo entraron para perfilar la cuenta. Considerada en su globalidad, la colección de don José excedía en mucho la centena, mas para él, como para el autor de las antologías de elegías y sonetos, el número cien era una frontera, un límite, un nec plus ultra, o, hablando en términos vulgares, como una botella de litro que, por mucho que se intente, nunca contendrá más que un litro de líquido. A este modo de entender el carácter relativo de la fama no le sentaría mal, creemos, el calificativo de dinámico, puesto que la colección de don Jesús, necesariamente dividida en dos partes, es decir, de un lado los cien más famosos, de otro los que no consiguieron tanto, está en constante movimiento en esa zona a la que convencionalmente llamamos de frontera. La fama, ay de nosotros, es un aire que tanto viene como va, es una grímpola que tanto gira al norte como al sur, y de la misma manera que una persona pasa del anonimato a la celebridad sin percibir por qué, tampoco es infrecuente que después de haberse pavoneado ante el entusiasta favor público acabe sin saber cómo se llama.
Aplicadas estas tristes verdades a la colección de don José, se comprende que haya también en ella gloriosas subidas y dramáticas caídas, uno que sale del grupo de los suplentes y entra en el grupo de los efectivos, otro que ya no cabe en la botella y tiene que ser arrojado fuera. La colección de don José se parece mucho a la vida.
Trabajando con empeño, algunas veces hasta bien entrada la madrugada, con las previsibles consecuencias negativas en los índices de productividad que estaba obligado a satisfacer en el tiempo normal de servicio, don José concluyó en menos de dos semanas la recogida y transposición de los datos de origen a los expedientes individuales de las cien personas más famosas de su colección. Pasó por momentos de inenarrable pánico cada vez que tuvo que encaramarse al último peldaño de la escalera para alcanzar los anaqueles superiores, donde, como si no fuera suficiente el sufrimiento de los mareos, parecía que todas las arañas de la Conservaduría General del Registro Civil habían decidido tejer las telas más densas, polvorientas y envolventes que alguna vez rozaran rostros humanos. La repugnancia, o más crudamente hablando, el miedo, le hacía agitar locamente los brazos para apartar el nauseabundo contacto, menos mal que llevaba el cinturón atado firmemente a los peldaños de la escalera, pero hubo ocasiones en que faltó poco para que ella y él cayesen atropelladamente hasta el suelo, arrastrando una nube de polvo histórico y bajo una lluvia triunfal de papeles. En uno de esos momentos de congoja, llegó al punto de pensar en desatarse y aceptar el riesgo de una caída desamparada, ocurrió eso cuando imaginó la vergüenza que mancharía para siempre su nombre y su memoria si el jefe entrase por la mañana y diese con él, don José, entre dos estanterías, muerto, la cabeza abierta y los sesos fuera, ridículamente atado a la escalera con una correa. Después concluyó que desatarse sólo podría salvarlo del ridículo, pero no de la muerte, y que siendo así no valía la pena. Luchando contra la amedrentada naturaleza con que vino al mundo, ya casi al final de la tarea, a pesar de haber trabajado casi a oscuras, logró crear y perfeccionar una técnica de localización y manipulación de los expedientes que le permitía retirar en pocos segundos los documentos que necesitaba. La primera vez que tuvo el valor de no usar la correa fue como si en su modestísimo currículo de escribiente hubiese inscrito una victoria inmortal. Se sentía exhausto, desvelado, con temblores en la boca del estómago, pero feliz como no recordaba haberlo sido alguna vez, cuando la celebridad clasificada en centésimo lugar, ahora identificada de acuerdo con todas las reglas de la Conservaduría General, ocupó su sitio en la caja correspondiente. Pensó entonces don José que después de un esfuerzo tan grande le vendría bien un descanso, y puesto que el fin de semana iba a comenzar, decidió posponer para el lunes la siguiente fase del trabajo, es decir, dar estatuto civil regular a los cuarenta y tantos famosos de retaguardia que todavía se encontraban a la espera. No soñaba que iba a ocurrirle algo mucho más serio que simplemente caerse de una escalera. El efecto de la caída podría ser que se le acabara la vida, lo que sin duda tendría su importancia desde un punto de vista estadístico y personal, pero qué representa eso, nos preguntamos, si siendo la vida biológicamente la misma, es decir, el mismo ser, las mismas células, las mismas facciones, la misma estatura, el mismo modo aparente de mirar, ver y reparar, y sin que la estadística se aperciba del cambio, esa vida pasó a ser otra vida, y otra persona esa persona.
Le costó mucho soportar la lentitud anormal con que los dos días se arrastraron, aquel sábado y aquel domingo le parecieron eternos. Empleó el tiempo en recortar periódicos y revistas, algunas veces abrió la puerta de comunicación para contemplar la Conservaduría General en toda su silenciosa majestad. Sentía que le gustaba su trabajo más que nunca, gracias a él podía penetrar en la intimidad de tantas personas famosas, saber, por ejemplo, cosas que algunas hacían lo posible por ocultar, como ser hijas de padre o de madre desconocidos, o desconocidos ambos, como era el caso de una de ellas, o decir que eran naturales de la capital de una provincia o de la comarca cuando habían nacido en una aldea perdida, en una encrucijada de bárbara resonancia, si no fue en un sitio que simplemente olía a estiércol y corral y que muy bien podía pasar sin nombre. Con estos pensamientos, y otros de tono escéptico semejante, don José llegó al lunes bastante repuesto de los tremendos esfuerzos cometidos y, a pesar de la tensión nerviosa acumulada por un querer y un temer en permanente conflicto, dispuesto a enfrentarse con otras aventuras nocturnas y otras temerarias ascensiones.
El día, si embargo, se torció desde la mañana. El subdirector a cuyo cargo estaba la responsabilidad de la intendencia comunicó al conservador que estaba notando, en las dos últimas semanas un gasto de fichas y de carpetas de expedientes que, incluso teniendo en cuenta la media de errores administrativamente admitida en el proceso de asentamiento, no tenía, ese gasto, correspondencia con el número de nuevos nacidos inscritos en la Conservaduría. El conservador quiso saber qué medidas había tomado el subordinado para averiguar las razones del insólito desajuste de consumo y en qué otras medidas estaba pensando para que el hecho no volviera a repetirse. Discretamente, el subdirector explicó que por el momento ninguna, que no se permitiría tener una idea, y menos aún promover una iniciativa, antes de exponer el caso a la consideración superior, lo que hacía en aquel momento.
Secamente, como siempre, el conservador respondió, Ya lo ha expuesto, ahora actúe, y que no oiga hablar más del asunto. El subdirector se fue a su mesa a pensar y al cabo de una hora llevó al conservador el borrador de una comunicación interna, según la cual el armario de los impresos se cerraría con llave, y ésta permanecería en su poder, como intendente responsable. El conservador escribió, Cúmplase, el subdirector cerró el armario, ostensiblemente para que todo el mundo se diera cuenta de la mudanza, y don José, después del primer susto, suspiró aliviado por haber tenido tiempo de terminar la parte más importante de su colección. Intentó recordar cuántas fichas de admisión tendría todavía de reserva en casa, tal vez unas doce, tal vez unas quince. Tampoco era tan grave. Cuando se acabasen, copiaría en hojas de papel común las treinta que todavía faltaban, la diferencia sólo ofendería la estética, No siempre se puede tener todo, pensó para consolarse.
Como hipotético autor del desvío de los impresos, no había motivo para que se sospechase más de él que de cualquier otro de sus colegas de categoría, dado que sólo ellos, los escribientes, rellenaban las fichas y las carpetas de los expedientes, pero los frágiles nervios de don José le hicieron temer todo el día que los estremecimientos de su conciencia culpada pudiesen ser percibidos y registrados desde fuera. A pesar de eso, salió bien parado del interrogatorio a que fue sometido. Con expresiones de rostro y de voz que intentó adecuar a la situación, declaró emplear el más riguroso escrúpulo en el aprovechamiento de los impresos, en primer lugar porque esa manera de proceder era propia de su naturaleza, pero sobre todo porque tenía presente, en todas las circunstancias, que el papel consumido en la Conservaduría General provenía de los impuestos públicos, cuántas y cuántas veces pagados con sacrificio por los contribuyentes y que él, como funcionario responsable, tenía el deber estricto de respetar y hacer rendir. Tanto por el fondo como por la forma, la declaración cayó bien en el ánimo de los superiores, hasta el extremo de que los colegas a continuación llamados a capítulo la repitieron con modificaciones mínimas de estilo, pero fue la convención tácita y generalizada, con el paso del tiempo, inculcada en el personal por la peculiar personalidad del jefe, de que nada en la Conservaduría, aconteciese lo que aconteciese, podría ir contra los intereses del servicio, lo que impidió que alguien reparara en que don José, desde su primer día de trabajo, muchos años atrás, nunca había pronunciado tantas palabras seguidas. Si fuese el subdirector instruido en los métodos escrutadores de la psicología aplicada, en menos de un suspiro habría echado abajo el engañoso discurso de don José, como un castillo de cartas en el que le hubiera fallado el pie al rey de espadas, o como una persona propensa a mareos a quien le sacuden las escalerillas. Receloso de que una reflexión a posteriori del subdirector instructor de la investigación le hiciese sospechar que allí había gato encerrado, don José decidió, para prevenir males mayores, que se quedaría en casa esa noche. No se movería de su rincón, no entraría en la Conservaduría ni aunque le prometieran la fortuna inaudita de descubrir el documento más buscado desde que el mundo es mundo, ni más ni menos que el certificado oficial de nacimiento de Dios. El sabio es sabio de acuerdo con la prudencia que lo exorne, se dice, y, aunque desoladoramente imprecisa e indefinible, hay que reconocer en don José, a pesar de las irregularidades que viene cometiendo en los últimos tiempos, la existencia de una especie de sabiduría involuntaria, de aquellas que parece que han entrado en el cuerpo por vía respiratoria o porque el sol da en la cabeza, y por eso no son consideradas dignas de particular aplauso. Si ahora la prudencia le aconsejaba la retirada, él, sabiamente, acataría la voz de la prudencia. Una o dos semanas de suspensión de las investigaciones ayudarían a borrar de su cara cualquier vestigio de temor o ansiedad que le hubiera quedado.
Después de cenar frugalmente, como era su costumbre y la necesidad obligaba, don José se encontró con toda una velada por delante sin tener nada que hacer. Durante media hora todavía consiguió distraerse ojeando algunas de las vidas más famosas de la colección, les añadió unos cuantos recortes recientes, pero su pensamiento no estaba allí, andaba vagando por la oscuridad de la Conservaduría, como un perro negro que hubiese encontrado el rastro del último secreto. Comenzó a pensar que no existía peligro alguno en utilizar simplemente las fichas que tenía de reserva, aunque fuesen apenas tres o cuatro, sólo para ocupar un poco la noche y luego dormir tranquilo.
La prudencia intentaba retenerlo, sujetándolo por la manga, pero, como todo el mundo sabe, o debía saber, la prudencia sólo es buena cuando se trata de conservar aquello que ya no interesa, qué mal podría acarrearle abrir la puerta, buscar rápidamente tres o cuatro fichas, bueno, cinco, que es número redondo, dejaría las carpetas de los expedientes para otra ocasión, así evitaba tener que servirse de la escalera. Esta idea acabó de decidirlo. Alumbrando el camino con la linterna en la mano trémula, penetró en la caverna inmensa de la Conservaduría y se aproximó al fichero.
Más nervioso de lo que creyera antes, giraba la cabeza a un lado y a otro con desconfianza, como si estuviera siendo observado por millares de ojos escondidos en la oscuridad de los pasillos entre los estantes. Todavía no se había rehecho del choque de la mañana. Tan rápido como le permitieron sus dedos tensos, abrió y cerró cajones, buscando en las diferentes letras del alfabeto las fichas que precisaba, equivocándose una y otra vez, hasta que finalmente consiguió reunir los primeros cinco famosos de la segunda categoría. Ya asustado de verdad, volvió a casa corriendo, con el corazón dándole saltos, como un niño que va a la despensa para robar un dulce y vuelve de allí perseguido por todos los monstruos de las tinieblas. Les dio con la puerta en la cara y cerró con dos vueltas la llave, no quería pensar que aún tendría que volver esa noche a la Conservaduría para colocar las malditas fichas en sus lugares.
Con la intención de calmarse, bebió un trago de la botella de aguardiente que guardaba para las ocasiones, tanto las buenas como las malas. Por culpa de la prisa y de la falta de costumbre, dado que en su insignificante vida hasta lo bueno y lo malo habían sido raridad, se atragantó, tosió, volvió a toser, casi sofocado, un pobre escribiente con cinco fichas en la mano, creía él que eran cinco, con el esfuerzo de la tos las había dejado caer, y no eran cinco, eran seis, esparcidas por el suelo, como cualquier persona podrá ver y contar, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, un único trago de aguardiente nunca produjo este efecto.
Cuando por fin pudo recuperar el aliento, se agachó para recoger las fichas, una, dos, tres, cuatro, cinco, no había duda, seis, a medida que las recogía iba leyendo los nombres que allí constaban, famosos todos, menos uno. Con la precipitación y la agitación de los nervios, la ficha intrusa se había pegado a la que le precedía, de finas que eran la diferencia de grosor apenas se notaba. Está claro que por mucho que se perfile y retoque una caligrafía, copiar cinco registros sumarios de nacimiento y vida es trabajo que en poco tiempo se despacha.
Al cabo de media hora ya don José podía dar por terminada la velada y abrir otra vez la puerta. De mala gana, reunió las seis fichas y se levantó de la silla. No le apetecía nada entrar en la Conservaduría, pero no había otro remedio, el fichero tenía que estar completo y en debido orden a la mañana siguiente. Si fuese necesario consultar una de estas fichas y no estuviese en su lugar, la situación se agravaría. De sospecha en sospecha, de indagación en indagación, alguien acabaría observando que don José vive pared con pared con la Conservaduría General, que, como bien sabemos, no goza de la elemental protección de una vigilancia nocturna, a alguien se le ocurría preguntar dónde estaba aquella llave de acceso que no llegó a ser entregada. Lo que tiene que ser, tiene que ser, y tiene mucha fuerza, pensó sin originalidad don José, y se dirigió a la puerta. A medio camino, de súbito, paró, Es curioso, no me he fijado si es de hombre o de mujer la ficha que vino pegada. Volvió atrás, se sentó de nuevo, demoraría así un poco más en obedecer a la fuerza de lo que tiene que ser. La ficha es de una mujer de treinta y seis años, nacida en aquella misma ciudad, y en ella constan dos asentamientos, uno de matrimonio, otro de divorcio. Como esta ficha hay con certeza centenas en el fichero, si no millares, por tanto no se comprende por qué estará don José mirándola con una expresión tan extraña, que a primera vista parece atenta, pero que es también vaga e inquieta, posiblemente es éste el modo de mirar de quien, poco a poco, sin deseo ni renuncia, se va soltando de algo y todavía no ve dónde poner la mano para volver a sujetarse. Siempre habrá quien apunte supuestas e inadmisibles contradicciones entre inquieto, vago y atento, son personas que se limitan a vivir así como así, personas que nunca se encontraron con el destino de frente. Don José mira y vuelve a mirar lo que se halla escrito en la ficha, la caligrafía, excusado será decirlo, no es suya, tiene un trazo pasado de moda, hace treinta y seis años otro escribiente anotó las palabras que aquí se pueden leer, el nombre de la niña, los nombres de los padres y de los padrinos, la fecha y la hora del nacimiento, la calle, el número y el piso donde ella vio la primera luz y sintió el primer dolor, un principio como el de todas las personas, las grandes y pequeñas diferencias vienen después, algunos de los que nacen entran en las enciclopedias, en las historias, en las biografías, en los catálogos, en los manuales, en las colecciones de recortes, los otros, mal comparando, son como una nube que pasó sin dejar señal de su paso, si llovió no llegó para mojar la tierra. Como yo, pensó don José. Tenía el armario lleno de hombres y mujeres de los que casi todos los días se hablaba en los periódicos, sobre la mesa la partida de nacimiento de una persona desconocida, y era como si los hubiese acabado de colocar en los platillos de una balanza, cien en este lado, uno en el otro, y después, sorprendido, descubriera que todos aquellos juntos no pesaban más que éste, que cien eran igual a uno, que uno valía tanto como cien. Si alguien entrara en casa en este momento y le preguntase de sopetón, Cree, realmente, que el uno que usted también es vale lo mismo que cien, que los cien de su armario, para no irnos más lejos, valen tanto como usted, respondería sin dudar, Querido señor, soy un simple escribiente, nada más que un simple escribiente de cincuenta años que no ha sido ascendido a oficial, si creyese que valía tanto como uno solo de los que tengo guardados, o como cualquiera de estos cinco de menos fama, no habría comenzado la colección, Entonces por qué no deja de mirar la ficha de esa mujer desconocida, como si de repente ella tuviese más importancia que todos los otros, Precisamente por eso, estimado señor, porque es desconocida, Vamos, vamos, el fichero de la Conservaduría está lleno de desconocidos, Están en el fichero, no están aquí, Qué quiere decir, No lo sé bien, En ese caso, déjese de pensamientos metafísicos para los que su cabeza no me parece que haya nacido, ponga la ficha en su lugar y duerma en paz, Es lo que pretendo hacer, como todas las noches, el tono de la respuesta fue conciliador, pero don José aún tenía alguna cosa que añadir, En cuanto a los pensamientos metafísicos, querido señor, permítame que le diga que cualquier cabeza es capaz de producirlos, aunque muchas veces no consigna encontrar las palabras.
Al contrario de lo que deseaba, don José no pudo dormir con la relativa paz de costumbre. Perseguía en el laberinto confuso de su cabeza sin metafísica el rastro de los motivos que lo habían llevado a copiar la ficha de la mujer desconocida, y no conseguía encontrar uno solo que hubiese podido determinar, conscientemente, la inopinada acción. Apenas conseguía recordar el movimiento de su mano izquierda tomando una ficha en blanco, luego la mano derecha escribiendo, los ojos pasando de un cartón a otro, como si en realidad fuesen ellos los que estuvieran transportando las palabras de allí para acá. También se acordaba de cómo, sorprendido consigo mismo, entró tranquilamente en la Conservaduría General llevando la linterna en la mano firme, sin nerviosismo, sin ansiedad, de cómo colocó las seis fichas en sus lugares, de cómo la última ficha había sido la de la mujer desconocida, iluminada hasta el instante postrero por el foco de la linterna, después deslizándose para abajo, hundiéndose, desapareciendo entre el cartón de una letra antes y una letra después, un nombre en una ficha, nada más. A media noche, extenuado de no dormir, encendió la luz. Después se levantó, se puso la gabardina sobre la propia ropa interior y se sentó a la mesa. Se durmió mucho más tarde, con la cabeza descansando en el antebrazo derecho y la mano izquierda posada sobre la copia de una ficha.
La decisión de don José apareció dos días después. En general no se dice que una decisión se nos aparece, las personas son tan celosas de su identidad, por vaga que sea, y de su autoridad, por poca que tengan, que prefieren dar a entender que reflexionaron antes de dar el último paso, que ponderaron los pros y los contras, que sopesaron las posibilidades y las alternativas, y que, al cabo de un intenso trabajo mental, tomaron finalmente la decisión. Hay que decir que estas cosas nunca ocurren así. A nadie se le pasa por la cabeza la idea de comer sin sentir suficiente apetito y el apetito no depende de la voluntad de cada uno, se forma por sí mismo, resulta de objetivas necesidades del cuerpo, es un problema físico-químico cuya solución, de un modo más o menos satisfactorio, será encontrada en el contenido del plato. Incluso un acto tan simple como es el bajar a la calle a comprar el periódico presupone no sólo un suficiente deseo de recibir información, que, aclarémoslo, siendo deseo, es necesariamente apetito, efecto de actividades físico-químicas específicas del cuerpo, aunque de diferente naturaleza, como presupone también, ese acto rutinario, por ejemplo, la certeza, o la convicción, o la esperanza, no conscientes, de que el vehículo de distribución no se atrasó o de que el puesto de venta de los periódicos no está cerrado por enfermedad o ausencia voluntaria del propietario. Además, si persistiésemos en afirmar que somos nosotros quienes tomamos nuestras decisiones, tendríamos que comenzar dilucidando, discerniendo, distinguiendo, quién es, en nosotros, aquel que tomó la decisión y quién es el que después la cumplirá, operaciones imposibles donde las haya.
En rigor, no tomamos decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros. La prueba la encontramos en que nos pasamos la vida ejecutando sucesivamente los más diversos actos, sin que cada uno vaya precedido de un período de reflexión, de valoración, de cálculo, al final del cual, y sólo entonces, nos declararíamos en condiciones de decidir si iremos a almorzar, a comprar el periódico o a buscar a la mujer desconocida.
Por estas razones, don José, aunque fuese sometido al más intenso de los interrogatorios, no sabría decir cómo y por qué tomó la decisión, oigamos la explicación que daría, Sólo sé que era la noche del miércoles, estaba en casa, de tan cansado que me encontraba ni quise cenar, todavía sentía la cabeza dándome vueltas por haber pasado todo el santo día encima de aquella escalera, el jefe debería comprender que ya no tengo edad para esas acrobacias, que no soy ningún muchacho, aparte del padecimiento, Qué padecimiento, Sufro de mareos, vértigos, atracción del abismo, o como se llame, Nunca se quejó, No me gusta quejarme, Es bonito por su parte, continúe, Estaba pensando meterme en la cama, miento, ya me había quitado los zapatos, cuando de repente tomé la decisión, Si tomó la decisión, sabe por qué la tomó, Creo que no la tomé yo, que fue ella quien me tomó a mí, Las personas normales toman decisiones, no son tomadas por ellas, Hasta la noche del miércoles, también yo pensaba así, Qué sucedió en la noche del miércoles, Esto que le estoy contando, tenía la ficha de la mujer desconocida sobre la mesilla, me puse a mirarla como si fuese la primera vez, Pero ya la había mirado antes, Desde el lunes, en casa, no hacía otra cosa, Estaba madurando la decisión, O ella a mí, Venga, venga, no vuelva otra vez con ésas, Me calcé de nuevo los zapatos, me puse la chaqueta y la gabardina y salí, ni me acordé de la corbata, Qué hora era, Sobre las diez y media, Adónde fue después, A la calle donde nació la mujer desconocida, Con qué intención, Quería ver el sitio, el edificio, la casa, Finalmente está reconociendo que hubo una decisión y que, como debe ser, fue usted quien la tomó, No señor, simplemente tuve consciencia de ella, Para escribiente no hay duda de que sabe argumentar, En general no se repara en los escribientes, no se les hace justicia, Prosiga, El edificio estaba allí, había luz en las ventanas, Se refiere a la casa de la mujer, Sí, Qué hizo a continuación, Me quedé allí unos minutos, Mirando, Sí señor, mirando, Sólo mirando, Sí señor, sólo mirando, Y después, Después, nada más, No llamó a la puerta, no subió, no hizo preguntas, Vaya idea, ni siquiera se me pasó tal cosa por la cabeza, a esas horas de la noche, Qué hora era, Entonces serían ya las once y media, Fue a pie, Sí señor, Y cómo volvió, También a pie, O sea que no tiene testigos, Qué testigos, La persona que lo hubiera atendido en la puerta, de haber subido, el conductor de un tranvía o de un autobús, por ejemplo, Y serían testigos de qué, De que estuvo realmente en la calle de la mujer desconocida, Y para qué servirían esos testigos, Para probar que todo eso no fue un sueño, Dije la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, estoy bajo juramento, mi palabra debería bastar, Podría bastar, tal vez, si no hubiese en su relato un pormenor altamente delator, incongruente por así decirlo, Qué pormenor, La corbata, Qué tiene que ver la corbata con este asunto, Un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil no va a ninguna parte sin la corbata puesta, es imposible, sería una falta contra la propia naturaleza, Ya le dije que no estaba en mí, que fui tomado por la decisión, Eso es una prueba más de que soñó, No veo por qué, Una de dos, o usted reconoce que tomó la decisión como todo el mundo, y yo estoy dispuesto a creer que fue sin corbata a la calle de la mujer desconocida, desvío de conducta profesional censurable que por ahora no pretendo examinar, o insiste en decir que fue tomado por la decisión, y eso, más la irreversible cuestión de la corbata, sólo en estado de sueño sería admisible, Repito que no tomé la decisión, miré la ficha, me calcé los zapatos y salí, Entonces soñó, No soñé, Se recostó, entró en el sueño, soñó que iba a la calle de la mujer desconocida, Puedo describirle la calle, Tendría que probarme que nunca había pasado por allí, Puedo decirle cómo es el edificio, Vamos, vamos, de noche todos los edificios son pardos, Los que son pardos de noche son los gatos, Los edificios, también, Entonces no cree en mí, No, Por qué, si me permite la pregunta, Porque lo que afirma que ha hecho no entra en mi realidad, y lo que no entra en mi realidad no existe, El cuerpo que sueña es real, por tanto, salvo opinión más autorizada, también tiene que ser real el sueño que está soñando, El sueño sólo tiene realidad como sueño, Quiere decir que mi única realidad fue ésa, Sí, fue ésa su única realidad vivida, Puedo volver al trabajo, Puede, pero prepárese porque todavía vamos a tener que tratar la cuestión de la corbata.