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Oyó el llanto enojado de un niño de pañales, Debe de ser el hijo, un susurro dulce de acune femenino, Será ella, de repente una voz de hombre dijo desde el otro lado, Ese niño no se va a callar nunca, el corazón de don José dio un brinco de susto, si la puerta se abriera, cosa que podría ocurrir, tal vez el hombre salga, Quién es usted, qué busca aquí, preguntaría, Qué hago ahora, se preguntaba don José, pobre de él, no hizo nada, se quedó allí paralizado, inerme, tuvo la suerte de que el padre del niño no cultivara el antiguo hábito masculino de ir al café después de cenar para conversar con los amigos.
Entonces, cuando sólo el lloro del niño se oía, don José comenzó a bajar la escalera despacio, sin encender la luz, rozando levemente la pared con la mano izquierda para no perder el equilibrio, las curvas del pasamanos eran demasiado pronunciadas, a cierta altura casi le ahogó una ola de terror al pensar en lo que sucedería si otra persona, silenciosa, invisible a sus ojos, viniese en aquel momento subiendo la escalera, rozando la pared con la mano derecha, no tardaría en chocar, la cabeza del otro topando contra su pecho, ciertamente sería mucho peor que estar en lo alto de la escalera de mano y que una araña viniera a lamerle la cara, también podría ser que alguien de la Conservaduría General lo hubiese seguido hasta aquí con la intención de sorprenderlo en flagrante delito y así poder juntar al proceso disciplinario, que probablemente estaría en curso, la pieza incriminatoria incuestionable que todavía faltaba.
Cuando don José llegó finalmente a la calle las piernas le temblaban, el sudor le corría por la frente, Estoy hecho una madeja de nervios, se reprendió. Después, disparatadamente, como si de pronto el cerebro se le hubiese desgobernado y movido en todas las direcciones, como si el tiempo todo hubiese encogido, de atrás para adelante y de adelante para atrás, comprimido en un instante compacto, pensó que el niño que había oído llorar tras la puerta era, treinta y seis años antes, la mujer desconocida, que él mismo era un muchacho de catorce años, sin ningún motivo para buscar a alguien, mucho menos a estas horas de la noche. Parado en la acera, miró la calle como si no la hubiese visto aún, hace treinta y seis años las farolas de la iluminación pública daban una luz más pálida, el pavimento no estaba asfaltado, era de piedras alineadas, el rótulo de la tienda de la esquina anunciaba zapatos y no comida rápida.
El tiempo se movió, comenzó a dilatarse poco a poco, luego más deprisa, parecía que daba sacudidas violentas, como si estuviese dentro de un huevo y forcejease por salir, las calles se sucedían superponiéndose, los edificios aparecían y desaparecían, mudaban de color, de forma, todas las cosas buscaban ansiosas sus lugares antes de que la luz del amanecer viniese mudar nuevamente los sitios. El tiempo se puso a contar los días desde el principio, ahora la tabla de multiplicar para recuperar el atraso, y con tanto acierto lo hizo que don José ya tenía otra vez cincuenta años cuando llegó a casa. En cuanto al niño llorón, ése sólo era una hora mayor, lo que demuestra que el tiempo, aunque los relojes quieran convencernos de lo contrario, no es igual para todos.
Don José pasó una noche difícil, a añadir a las anteriores, que tampoco fueron mejores. Sin embargo, a pesar de las fortísimas emociones vividas durante su breve excursión nocturna, apenas se cubrió la oreja con el embozo de la sábana, según su hábito, cayó en un sueño que cualquier persona, a primera vista, denominaría profundo y reparador, pero en seguida salió de él, bruscamente, como si alguien, sin respeto ni contemplaciones, lo hubiera sacudido por el hombro. Lo despertó una idea inesperada que irrumpió en medio del sueño, de un modo tan fulminante que no dio tiempo a que un sueño se tejiese con ella, la idea de que la tal mujer desconocida, la de la ficha, fuese en resumidas cuentas aquella que él había oído meciendo al niño, la del marido impaciente, en ese caso su búsqueda habría terminado, estúpidamente terminado, en el preciso instante en que debería comenzar. Una angustia repentina le apretó la garganta, mientras la razón afligida intentaba resistir, quería que él mostrase indiferencia, que dijese, Mejor así, menos trabajo tendré, pero la angustia no desistía, continuaba apretando, apretando, y ahora era ella quien le preguntaba a la razón, Y él qué hará, si ya no puede realizar lo que pensaba, Hará lo que siempre ha hecho, coleccionará recortes de periódicos, fotografías, noticias, entrevistas, como si no hubiese sucedido nada, Pobrecillo, no creo que lo consiga, Por qué, La angustia, cuando llega, no se va fuera con esa facilidad, Podrá escoger otra ficha y luego ponerse a buscar a esa persona, El azar no escoge, propone, fue el azar quien le trajo la mujer desconocida, sólo al azar le compete tener voto en esta materia, No le faltan desconocidos en el fichero, Pero le faltan los motivos para escoger a uno de ellos y no a otro, uno de ellos en particular y no uno cualquiera de todos los otros, No creo que sea buena regla de vida dejarse guiar por el azar, Buena regla o no, conveniente o no, fue el azar quien le puso en la manos aquella ficha, Y si la mujer fuera la misma, entonces el azar sería ése, Sin otras consecuencias, Quiénes somos nosotros para hablar de consecuencias, si de la fila interminable que incesantemente camina en nuestra dirección apenas podemos ver la primera, Significa eso que algo puede suceder todavía, Algo, no, todo, No comprendo, Vivimos tan absortos que no reparamos en que lo que nos va aconteciendo deja intacto, en cada momento, lo que nos puede acontecer, Quiere eso decir que lo que puede acontecer se va regenerando constantemente, No sólo se regenera como se multiplica, basta con que comparemos dos días seguidos, Nunca pensé que fuese así, Son cosas que sólo los angustiados conocen bien.
Como si la conversación no fuese con él, don José daba vueltas en la cama sin conciliar el sueño, Si la mujer es la misma, repetía, si después de todo la mujer es la misma, rompo la maldita ficha y no pienso más en el asunto. Sabía que estaba intentando encubrir la decepción, sabía que no soportaría regresar a los gestos y a los pensamientos de siempre, era como si hubiese estado a punto de embarcar para descubrir la isla misteriosa y en el último instante, ya con un pie en la plancha, apareciese alguien con un mapa abierto, No vale la pena que partas, la isla desconocida que querías encontrar está aquí, observa, tanto de latitud, tanto de longitud, tiene puertos y ciudades, montañas y ríos, todos con sus nombres e historias, es mejor que te resignes a ser quien eres. Pero don José no quería resignarse, continuaba mirando el horizonte que parecía perdido y, de repente, como si una nube negra se hubiese apartado para dejar que el sol apareciera, percibió que la idea que lo había despertado era engañosa, se acordó de que en la ficha constaban dos asentamientos, uno de matrimonio, otro de divorcio, y aquella mujer del edificio estaba ciertamente casada, si fuese la misma tendría que haber en la ficha un asentamiento del nuevo matrimonio, aunque es verdad que a veces la Conservaduría se equivoca, pero en eso don José no quiso pensar.
Alegando razones particulares de irresistible fuerza mayor, que se excusó de no explicar, recordando en todo caso que en veinticinco años de fiel y siempre puntual servicio era ésta la primera vez que lo hacía, don José pidió permiso para salir una hora más temprano. Siguiendo las disposiciones que regulaban la compleja relación jerárquica de la Conservaduría General del Registro Civil, comenzó formulando la pretensión al oficial de su sección, de cuya buena o mala disposición de espíritu dependerían los términos con que la solicitud sería transmitida al subdirector correspondiente, quien, a su vez, omitiendo o añadiendo palabras, acentuando esta sílaba o borrando aquélla, podría, hasta cierto punto, influir en la decisión final. Sobre esta cuestión, sin embargo, son muchas más las dudas que las certezas, porque los motivos que inducen al conservador a conceder o negar éstas u otras autorizaciones sólo por él son conocidos, no existiendo memoria ni registro, en tantos años de Conservaduría, de un único despacho, escrito o verbal, dotado de la respectiva fundamentación. Se ignorarán para siempre, por tanto, las razones por las que don José fue autorizado a salir media hora antes en lugar de la hora completa que había requerido. Es legítimo imaginar, aunque se trate de una especulación gratuita, no verificable, que el oficial, primero, o el subdirector, después, o ambos, hayan añadido que tan demorada ausencia afectaría negativamente al servicio, es más que probable que el jefe haya decidido aprovechar la ocasión para rebajar nuevamente a los subordinados con una de sus exhibiciones de autoridad discriminatoria. Informado de la decisión por el oficial, a quien se la transmitiera el subdirector, don José hizo cuentas del tiempo y concluyó que, si no quería llegar tarde a su destino, si no quería enfrentarse con el dueño de la casa de vuelta ya del trabajo, tendría que tomar un taxi, lujo donde los haya, tan infrecuente en su vida. Nadie lo esperaba, podía suceder que no hubiese nadie en casa a aquella hora, pero lo que deseaba, por encima de todo, era no verse obligado a enfrentarse con la impaciencia del hombre, sería más embarazoso satisfacer las desconfianzas de una persona así que responder a las preguntas de una mujer con un hijo en los brazos.
El hombre no abrió la puerta ni después se le oyó la voz dentro de la casa, de manera que estaría aún en el empleo o vendría de camino, y la mujer no traía al hijo en brazos. Don José comprendió en seguida que la mujer desconocida, tanto si estaba casada como divorciada, nunca podría ser aquella que tenía delante. Por muy bien conservada que estuviera, por muy bien que la hubiera tratado el tiempo, no es natural que alguien lleve treinta y seis años en el cuerpo y parezca tener menos de veinticinco en la cara.
Don José podía haberle dado la espalda simplemente, o farfullar una explicación rápida, decir, por ejemplo, Perdone, me equivoqué, buscaba a otra persona, pero de una u otra manera la punta de su hilo de Ariadna, por usar el lenguaje mitológico de la orden burocrática, estaba allí, eso sin olvidar la razonable probabilidad de que vivieran otras personas en la casa, y entre ellas se encontrara el objeto de su búsqueda, aunque, como sabemos, el espíritu de don José rechaza con vehemencia tal posibilidad. Sacó la ficha de su bolsillo, mientras decía, Buenas tardes, señora, Buenas tardes, qué desea, preguntó la mujer, Soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil y estoy encargado de investigar ciertas dudas que han surgido sobre el registro de una persona que sabemos que nació en esta casa, Ni mi marido ni yo nacimos aquí, sólo nuestra hija, que tiene ahora tres meses, supongo que no se trata de ella, Qué idea, la persona que busco es una mujer de treinta y seis años, Yo tengo veintisiete, No puede ser la misma, claro, dijo don José, y luego, Cómo se llama. La mujer dio el nombre, él hizo una pausa para sonreír, después preguntó, Hace mucho tiempo que vive en esta casa, Hace dos años, Conoció a las personas que residían antes aquí, éstas, leyó el nombre de la mujer desconocida y los nombres de los padres, No sabemos nada de esa gente, la casa estaba desocupada y mi marido trató el alquiler con el agente del propietario, Hay en el edificio algún inquilino antiguo, En el entresuelo derecha vive una señora mayor, por lo que he oído es la inquilina más antigua, Probablemente hace treinta y seis años aún no viviría aquí, las personas hoy se mudan mucho, Eso no puedo decírselo, será mejor que hable con ella, y ahora tengo que irme, mi marido está a punto de llegar y no le gusta verme hablando con extraños, además estaba preparando la cena, Soy un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, no soy un extraño, y he venido aquí de servicio, si la molesté le pido disculpas. El tono melindroso de don José ablandó a la mujer, No, de verdad, no me ha molestado, sólo quería decir que si mi marido estuviese aquí le habría pedido de entrada la credencial, Yo le enseño mi carné de funcionario, vea, Ah, muy bien, se llama don José, pero cuando dije credencial quería decir un documento oficial donde se mencionara el asunto que está encargado de investigar, El conservador no pensó que encontraría desconfianzas, Cada uno tiene su manera de ser, y la vecina del entresuelo derecha, ésa, es el colmo, no abre la puerta a nadie, yo soy diferente, a mí me gusta conversar con las personas, Le agradezco la amabilidad con que me ha atendido, Siento no haberle sido más útil, Al contrario, me ha ayudado mucho, me ha hablado de la señora del entresuelo derecha y de la cuestión de la credencial, Menos mal que piensa así. La conversación tenía visos de continuar algunos minutos más, pero el sosiego de la casa fue súbitamente interrumpido por el llanto de un niño que se había despertado, Es su niño, dijo don José, No es niño, es niña, ya se lo había dicho, sonrió la mujer y don José sonrió también. En ese momento se oyó la puerta de la calle y la luz de la escalera se encendió, Es mi marido, conozco su manera de entrar, susurró la mujer, váyase y haga como que no ha hablado conmigo. Don José no bajó. Sin hacer ruido, de puntillas, subió rápidamente hasta el descansillo superior y allí se quedó, apoyado a la pared, con el corazón palpitando como si estuviese viviendo una aventura peligrosa, mientras los pasos firmes del hombre joven crecían y se aproximaban.
El timbre tocó, entre el abrir y el cerrar de la puerta de la casa aún se oyó el llanto de la niña, luego un gran silencio llenó la espiral de la escalera. Un minuto después la luz general se apagó. Entonces don José cayó en la cuenta de que todo su diálogo con la mujer había transcurrido, como si uno u otro tuviera algo que ocultar, en la penumbra cómplice del interior del edificio, cómplice fue la inesperada palabra que se le vino a la cabeza, Cómplice de qué, cómplice por qué, se preguntó, lo cierto es que ella no volvió a encender la luz que, tras el intercambio de las primeras palabras, se había apagado. Comenzó finalmente a bajar las escaleras, primero con todas las cautelas, después apresurado, sólo paró un instante para escuchar ante la puerta del entresuelo derecha, llegaba un sonido que debía de ser una radio, no pensó en llamar al timbre, dejaría la nueva investigación para el fin de semana, para el sábado o el domingo, entonces no le pillarían desprevenido, se presentaría con la credencial en la mano, investido de una autoridad formal que nadie se atrevería a poner en duda. Falsa credencial, claro está, pero que le evitaría, con la irresistible fuerza de un membrete oficial y de un sello auténtico, el trabajo de tener que disipar desconfianzas antes de entrar en el meollo de la cuestión. En cuanto a la firma del jefe, se sentía absolutamente tranquilo, no era verosímil que la longeva señora del entresuelo hubiera visto alguna vez la firma del conservador, cuyos floreados, pensándolo bien, gracias a su propia fantasía ornamental, no serían difíciles de imitar. Si todo ocurriese bien esta vez, como estaba seguro de que ocurriría, usaría el documento siempre que encontrase o previese dificultades en las futuras investigaciones, pues estaba convencido de que la búsqueda no acabaría en el entresuelo. Suponiendo que la inquilina fuese del tiempo en que la familia de la mujer desconocida vivía en el edificio, podría suceder que no se llevaran bien unos con otros, que todo se redujera, en la memoria cansada de la anciana, a unos cuantos recuerdos vagos, dependería de los años transcurridos desde la mudanza de la familia del segundo piso a otro lugar de la ciudad. O del país, o del mundo, pensó preocupado ya en la calle. Las personas famosas de su colección, vayan por donde vayan, llevan siempre un periódico o una revista siguiéndoles la pista y rastreándoles el olor para una fotografía más, para otra pregunta, pero de la gente vulgar nadie se acuerda, nadie se interesa verdaderamente por ella, nadie se preocupa de saber lo que hace, ni lo que piensa, ni lo que siente, incluso en los casos en que se pretende hacer creer lo contrario, se está fingiendo.
Si la mujer desconocida se hubiese ido a vivir al extranjero, quedaría fuera de su alcance, sería como si estuviera muerta, Punto final, se acaba la historia, murmuró don José, pero luego consideró que no sería así, que al marcharse, dejaría tras de sí una vida, tal vez sólo una pequeña vida, cuatro años, cinco años, casi nada, o quince o veinte, un encuentro, un deslumbramiento, una decepción, unas cuantas sonrisas, unas cuantas lágrimas, lo que a primera vista es igual para todos y en la realidad es diferente para cada uno. Y diferente también cada vez. Llegaré a donde pueda, remató don José con una serenidad que no parecía suya. Como si fuese ésa la conclusión lógica de lo que había pensado, entró en una papelería y compró un cuaderno grueso de hojas pautadas, de los que usan los estudiantes para apuntar las materias escolares a medida que creen que las van aprendiendo.
La falsificación de la credencial no le llevó mucho tiempo. Veinticinco años de cotidiana práctica caligráfica bajo la vigilancia de oficiales celosos y subdirectores exigentes le habían proporcionado un dominio pleno de las falanges, de las muñecas y de la llave de la mano, una firmeza absoluta tanto en las líneas curvas como en las rectas, un casi instintivo sentido de los trazos gruesos y de los finos, una noción perfecta del grado de fluidez y viscosidad de las tintas, que, puestos a prueba en esta ocasión, dieron como resultado un documento capaz de resistir las pesquisas de la lupa más potente. Delatoras, sólo las impresiones digitales y las impregnaciones invisibles de sudor que quedaron en el papel, pero la probabilidad de que se realizara cualquiera de estos exámenes era, evidentemente, ínfima. El más competente perito en grafología, llamado a declarar, juraría que el documento bajo juicio era de puño y letra del jefe de la Conservaduría y tan auténtico como si hubiese sido escrito en presencia de los testigos idóneos.
La redacción de la credencial, el estilo, el vocabulario empleado, aduciría a su vez un psicólogo, reforzando el informe del querido colega, muestran hasta la saciedad que su autor es persona extremadamente autoritaria, dotada de un carácter duro, sin flexibilidad ni fisuras, seguro de su razón, desdeñoso de la opinión ajena, como incluso un niño fácilmente podría concluir de la lectura del texto, que reza así, En nombre de los poderes que me fueron conferidos y que bajo juramento mantengo, aplico y defiendo, hago saber, como conservador de esta Conservaduría General del Registro Civil, a todos cuantos, civiles o militares, particulares o públicos, vean, lean y compulsen esta credencial escrita y firmada de mi puño y letra, que Fulano de Tal, escribiente a mi servicio y de la Conservaduría General que dirijo, gobierno y administro, recibió directamente de mí orden y el encargo de averiguar y agotar todo cuanto diga respecto a la vida pasada, presente y futura de Fulana de Tal, nacida en esta ciudad, a tantos de tal, hija de Beltrano de Tal y de Zutana de Tal, debiendo, por tanto, sin más comprobaciones, serle reconocidos, como suyos propios, y durante todo el tiempo que la investigación dure, los poderes absolutos que, por esta vía y para este caso, delego en su persona. Así lo exigen las conveniencias del servicio conservatorial y lo decide mi voluntad. Cúmplase.
Trémula de susto, acabando a duras penas de leer el impresionante papel, la tal criatura correría a protegerse en el regazo de la madre, preguntándole cómo es posible que un escribiente como este don José, de natural tan pacífico, tan cuerdo de costumbres, haya sido capaz de concebir, de imaginar, de inventar en su cabeza, sin disponer de un modelo anterior por donde guiarse, dado que no es norma ni se verifican necesidades técnicas para que la Conservaduría General alguna vez haya presentado credenciales, la expresión de un poder despótico hasta tal punto, que es lo mínimo que se puede decir de éste. La asustada criatura todavía tendrá que comer mucho pan y mucha sal antes de comenzar a aprender de la vida, entonces ya no se sorprenderá cuando descubra cómo, llegando la ocasión, hasta los buenos pueden volverse duros y prepotentes, aunque sea escribiendo una credencial, falsificada o no. Dirán ellos como disculpa, Es que ése no era yo, estaba escribiendo, actuando en nombre de otra persona, y en el mejor de los casos lo que quieren es engañarse a sí mismos, pues, verdaderamente, la dureza y la prepotencia, cuando no la crueldad, se estaban manifestando dentro de ellos, y no de otro, visible o invisible. Aun así, sopesando lo que ha sucedido hasta ahora por sus efectos, es poco probable que de las intenciones y obras futuras de don José puedan advenir serios perjuicios al mundo, por tanto dejemos provisionalmente suspendido nuestro juicio mientras otras acciones más esclarecedoras, tanto en el buen sentido como en el malo, no dibujen su definitivo retrato.
El sábado, vistiendo el mejor traje, la camisa limpia y planchada, la corbata más o menos correcta, casi a juego, protegido en un bolsillo interior de la chaqueta el sobre timbrado con la credencial, don José tomó un taxi en la puerta de casa, no para ganar tiempo, el día era suyo, sino porque las nubes amenazaban lluvia, y no quería aparecer ante la señora del entresuelo derecha pingando desde las orejas y con las vueltas de los pantalones salpicados de barro, arriesgándose a que le cerrasen la puerta en la cara antes de que pudiera decir a lo que iba. Se sentía excitado imaginando cómo lo recibiría la anciana señora, el efecto que causaría en la vieja, le vino sin pensar el término peyorativo, la lectura de un papel como aquél, intimidatorio e intimidante, hay personas que reaccionan al contrario de lo que sería de esperar, ojalá no sea éste el caso. Tal vez hubiese empleado en la redacción términos demasiados duros y prepotentes, sin embargo la verosimilitud imponía que fuese fiel al carácter del conservador tanto como a la caligrafía, además todo el mundo sabe que siendo cierto que no es con vinagre como se atrapan moscas, tampoco es menos cierto que algunas ni con miel se dejan atrapar. Veremos, suspiró. La primera cosa que pudo ver, después de responder a las preguntas insistentes que llegaban de dentro, Quién es, Qué desea, Quién lo manda, Qué tengo yo que ver con esto, fue que la señora del entresuelo derecha, no era tan mayor como había imaginado, no eran de anciana aquellos ojos vivos, aquella nariz recta, aquella boca delgada pero firme, sin arrugas en las comisuras, donde la mucha edad se notaba era en la flacidez de la piel del cuello, probablemente se fijó en ese pormenor porque ya comenzaba a notar en sí mismo esa señal ineludible de deterioro físico y sólo contaba cincuenta años. La mujer no abría completamente la puerta, decía y volvía a decir que los asuntos de la vecindad no le interesaban, respuesta esta de lo más procedente, ya que don José, siguiendo un camino errado, comenzó anunciando que buscaba a una persona del segundo izquierda.
El equívoco pareció acabar cuando pronunció, por fin, el nombre de la mujer desconocida, entonces la puerta se abrió un poco más, para volver luego a la posición anterior, Conoce a esa señora, preguntó don José, Sí, la conocí, dijo la mujer, Sobre ella desearía hacerle algunas preguntas, Quién es usted, Soy funcionario autorizado de la Conservaduría General del Registro Civil, ya se lo he dicho, Cómo puedo saber que eso es verdad, Tengo una credencial firmada por mi conservador, Estoy en mi casa, no quiero ser incomodada, En estos casos, es obligatorio colaborar con la Conservaduría General, Qué casos, La aclaración de dudas existentes en el Registro Civil, Por qué no le preguntan a ella, No conocemos su dirección actual, si usted la conoce, dígamela y no la molesto más, Va para treinta años, si no me fallan las cuentas, que dejé de tener noticias de esa persona, Que entonces era una niña, Sí. Con esta única palabra, la mujer dio señal de considerar terminada la conversación, pero don José no desistió, si tenía que perder por cien, qué más le daba perder por mil.
Sacó el sobre del bolsillo, lo abrió y extrajo de dentro, con una lentitud que debería parecer amenazadora, la credencial, Lea, ordenó. La mujer sacudió la cabeza, No lo leo, no es asunto que me incumba, Si no lo lee, volveré acompañado de la policía, eso será peor para usted. La mujer se resignó a recibir el papel que le tendía, encendió la luz del pasillo, se puso unas gafas que traía colgadas al cuello y leyó. Después, devolvió el documento y franqueó la entrada, Es mejor que pase, los de enfrente deben de estar escuchándonos detrás de la puerta. Ante la alianza no declarada que el pronombre personal parecía representar, don José comprendió que había ganado el duelo. De una cierta indefinible manera, ésta era la primera victoria objetiva de su vida, es verdad que fraudulentísima victoria, pero si andan tantas personas por ahí pregonando que los fines justifican los medios, quién era él para desmentirlas. Entró sin alarde, como un vencedor cuya generosidad le impidiese ceder a la fácil tentación de humillar al vencido, aunque, en todo caso, apreciaría que su grandeza fuese notada.
La mujer lo condujo a una pequeña sala cuidadosamente ordenada y limpia, decorada con un gusto de otra época.
Le ofreció un sillón, se sentó también y, sin dar tiempo al visitante para nuevas preguntas, dijo, Soy la madrina. Don José esperaría todas las revelaciones menos ésa. Fue allí como un simple funcionario que cumple órdenes de sus superiores, por tanto sin ninguna implicación de naturaleza personal, así era necesario que lo viese la mujer que se sentaba enfrente, pero sólo él sabe el esfuerzo que tuvo que hacer para no sonreír de beatífico deleite. Sacó de otro bolsillo la copia de la ficha, la miró despacio, como si memorizara todos los nombres que contenía, luego dijo, Y su marido fue el padrino, Sí, Podría hablar también con él, Soy viuda, Ah, en la sorda exclamación hubo tanto de auténtico alivio como de sentimiento simulado, era una persona menos con la que combatir. La mujer dijo, Nos llevábamos muy bien, quiero decir, las dos familias, la nuestra y la suya, éramos amigos íntimos, cuando la niña nació nos pidieron que fuésemos los padrinos, Qué edad tenía la niña cuando cambiaron de casa. Creo que iba para los ocho años, Antes me dijo que hace treinta años que no tiene noticias de ella, Así es, Explíquese mejor, Recibí una carta poco después de que se mudaran, De quién, De la niña, Qué decía, Nada especial, era la carta de una criatura de ocho años, con las pocas palabras que sabe, es capaz de escribir a su madrina, Todavía la guarda, No, Y los padres, no le escribieron nunca, No, No es extraño, No, Por qué, Son asuntos privados, no son para divulgarlos, Para la Conservaduría General del registro Civil no existen asuntos privados. La mujer lo miró fijamente, Quién es usted, Mi credencial acaba de decírselo, Sólo me dice cómo se llama, es don José, Sí, soy don José, Puede hacerme las preguntas que quiera y yo no puedo hacerle ninguna, Para interrogarme a mí, sólo es competente un funcionario de la Conservaduría de la escala superior, Es usted una persona feliz, puede guardar sus secretos, No creo que alguien sea feliz sólo por guardar secretos, Es feliz, Lo que yo sea no importa, ya le he explicado que sólo la jerarquía está autorizada a preguntarme, Tiene secretos, No le respondo, Pero yo sí debo responder, Es mejor que lo haga, Qué quiere que le diga, Qué asuntos privados fueron ésos. La mujer se pasó la mano por la frente, dejó caer lentamente los párpados marchitos, después dijo sin abrir los ojos, La madre de la niña sospechó que yo mantenía una relación íntima con su marido, Y era verdad, Lo era, desde hacía mucho tiempo, Por eso se mudaron, Sí. La mujer abrió los ojos y preguntó, Le gustan mis secretos, Sólo me interesa de ellos lo que tenga que ver con la persona que ando buscando, además no estoy autorizado para otra cosa, Entonces no quiere saber lo que pasó después, Oficialmente, no, Pero, particularmente, tal vez, No es mi estilo espiar las vidas ajenas, dijo don José, olvidándose de las ciento cuarenta y tantas que guardaba en el armario, después añadió, Pero no le ocurriría nada muy extraordinario, puesto que me ha dicho que es viuda, Tiene buena memoria, Es una condición fundamental para ser funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, mi jefe, por ejemplo, y esto es sólo para que se haga una idea, se sabe de corrido todos los nombres que existen y existirán, todos los nombres y todos los apellidos, Y eso para qué sirve, El cerebro de un conservador es como un duplicado de la Conservaduría, No lo entiendo, Siendo, como es, capaz de realizar todas las combinaciones posibles de nombres y apellidos, el cerebro de mi jefe no sólo conoce los nombres de todas las personas que viven y de todas las que murieron, sino que también podría decirle cómo se llamarán todas las que van a nacer de aquí hasta el fin del mundo, Usted sabe más que su jefe, Ni pensarlo, comparado con él yo no valgo nada, por eso el conservador es él y yo no paso de un mero escribiente, Ambos saben mi nombre, Es cierto, Pero él no sabe de mí más que el nombre, En eso tiene razón, la diferencia estriba en que él ya lo conocía, mientras que yo lo he conocido al recibir esta misión, Y de un salto se ha puesto delante, está aquí, en mi casa, puede verme la cara, oírme decir que engañé a mi marido y es, en todos estos años, la única persona a quien se lo he contado, qué más es necesario para que se convenza de que junto a usted, su jefe no pasa de ser un ignorante, No diga eso, no es conveniente, Tiene alguna pregunta más, Qué pregunta, Por ejemplo si fui feliz en mi matrimonio después de lo que sucedió, Es un asunto ajeno al expediente, Nada es ajeno, así como todos los nombres están en la cabeza de su jefe, así el expediente de una persona es el expediente de todas, Usted sabe mucho, Es natural, he vivido mucho, Cincuenta años tengo yo, y ante usted no sé nada, No imagina lo que se aprende entre los cincuenta y los setenta años, Ésa es su edad, Un poco más, Fue feliz después de lo que ocurrió, O sea, que le interesa, Es que sé poco de la vida de las personas, Tal como su jefe, tal como su Conservaduría, Supongo que sí, Fui perdonada, si eso es lo que quiere saber, Perdonada, Sí, ocurre muchas veces, perdonaos los unos a los otros, como suele decirse, La frase conocida no es así, es amaos los unos a los otros, Da lo mismo, se perdona porque se ama, se ama porque se perdona, usted es un chiquillo, todavía tiene mucho que aprender, Veo que sí, Está casado, No, Nunca ha vivido con una mujer, Vivir, lo que se dice vivir, no he vivido, Sólo relaciones pasajeras, temporales, Ni eso, vivo solo, cuando la necesidad aprieta, hago lo que todos hacen, busco y pago, Se ha dado cuenta que está respondiendo preguntas, Sí, pero ahora no importa, a lo mejor es así como se aprende, respondiendo, Voy a explicarle una cosa, Dígame, Comenzaré preguntándole si sabe cuántas personas forman un matrimonio, Dos, el hombre y la mujer, No señor, en el matrimonio existen tres personas, está la mujer, está el hombre y está lo que llamo tercera persona, la más importante, la persona que está constituida por el hombre y la mujer juntos, Nunca había pensado en eso, Si uno de los dos comete adulterio, por ejemplo, el más ofendido, el que recibe el golpe más profundo, por muy increíble que esto parezca, no es el otro, sino ese otro que es la pareja, no es el uno, es la unión de los dos, Y se puede vivir realmente con ese uno hecho de dos, a mí ya me cuesta trabajo vivir conmigo mismo, Lo más común en el matrimonio es que se vea al hombre o a la mujer, o a ambos, cada uno por su lado queriendo destruir a ese tercero que ellos son, ese que resiste, ese que quiere sobrevivir sea como sea, Es una aritmética demasiado complicada para mí, Cásese, encuentre una mujer y después ya me dirá, A mí ya se me ha acabado el tiempo, Será mejor que no apueste, quién sabe lo que encontrará cuando llegue al fin de su misión o como le llame, Las dudas que me mandaron esclarecer son dudas de la Conservaduría General, no son las mías, Y qué dudas son ésas, si no es demasiado preguntar, Estoy bajo secreto oficial, no puedo responder, El secreto le aprovecha bien poco, don José, pronto tendrá que irse y se irá sabiendo lo mismo que cuando entró, nada, Eso es cierto, y don José movió la cabeza desalentado.
La mujer lo miró como si lo estuviera estudiando, después preguntó, Desde cuando anda con esta investigación, Propiamente hablando, comencé hoy, pero el conservador se va a enfadar mucho cuando aparezca con las manos vacías, es una persona muy impaciente, Sería una gran injusticia para con un funcionario que, por lo visto, no tiene reparo en trabajar los sábados, No tenía nada particular que hacer, era una manera de adelantar el servicio, Pues no adelantó gran cosa, no señor, Tendré que pensar, Pida consejo a su jefe, para eso es jefe, No lo conoce, él no admite que le hagan preguntas, da las órdenes y basta, Y ahora, Ya se lo he dicho, tengo que pensar, Entonces piense, De verdad usted no sabe nada, adónde fueron cuando salieron de aquí, la carta que recibió traería la dirección de quien la enviaba, debía traerla, sí, pero esa carta ya no existe, No respondió, No, Por qué, Entre matar y dejar morir, preferí matar, hablo en sentido figurado, claro, Estoy en un callejón sin salida, Tal vez no, Qué quiere decir, Déme un papel y algo que escriba. Con las manos temblándole, don José le pasó un lápiz, Puede escribir aquí mismo, en el reverso de la ficha, es una copia. La mujer se puso las gafas y escribió rápidamente algunas palabras, Ahí tiene, pero mire que no es su dirección, es sólo el nombre de la calle donde estaba la escuela a la que acudía mi ahijada cuando se mudaron, tal vez por ahí consiga llegar a donde quiere, si es que la escuela sigue estando allí. El espíritu de don José se encontró dividido entre la gratitud personal por el favor y la contrariedad oficial porque se hubiera demorado tanto. Despachó la gratitud diciendo, Gracias, sin más, y, aunque en un tono moderado, dejó que la contrariedad se manifestase, No puedo comprender por qué ha tardado tanto tiempo en darme la dirección de la escuela, sabiendo que cualquier información, por insignificante que parezca, puede ser de vital importancia para mí, No sea exagerado, A pesar de todo, le estoy muy agradecido y lo digo tanto en mi nombre como en nombre de la Conservaduría General del Registro Civil que represento, pero insisto en que me explique por qué se ha demorado tanto en darme esta dirección, La razón es muy simple, no tengo nadie con quien hablar. Don José miró a la mujer, ella estaba mirándolo a él, no vale la pena gastar palabras explicando la expresión que tenían en los ojos uno y otro, sólo importa lo que él fue capaz de decir al cabo de un silencio, Yo tampoco. Entonces la mujer se levantó del sillón, buscó en un cajón del mueble que estaba tras ella y sacó lo que parecía un álbum, Son fotografías, pensó don José con alborozo.
La mujer abrió el libro, lo hojeó, en pocos segundos encontró lo que quería, la fotografía no estaba pegada, se mantenía apenas por cuatro pequeños encajes de cartulina adheridos a la página, Aquí tiene, llévesela, dijo, es la única que conservo de ella, y ahora espero que no me pregunte si también tengo fotografías de los padres, No lo preguntaré. Don José alargó la mano vacilante, recibió el retrato en blanco y negro de una niña de ocho o nueve años, una carita que debía ser pálida, unos ojos serios debajo de un flequillo que rozaba las cejas, la boca quiso sonreír pero no pudo, se quedó así. Corazón sensible, don José sintió que sus propios ojos se arrasaban de lágrimas, No parece un funcionario de esa Conservaduría, dijo la mujer, Es la única cosa que soy, dijo él, Quiere una taza de café, Vendría bien.
Hablaron poco mientras bebían el café y mordisqueaban una galleta, apenas algunas palabras sobre la rapidez con que el malvado tiempo pasa, Pasa, y ni nos damos cuenta, hace poco todavía era mañana y ya la noche está ahí, en realidad se notaba que la tarde iba llegando al fin, pero tal vez estuviesen hablando de la vida, de sus vidas, o de la vida en general, es lo que sucede cuando asistimos a una conversación y no estamos atentos, siempre lo más importante se nos escapa. Acabó el café, las palabras habían acabado, don José se levantó y dijo, Tengo que retirarme, agradeció el retrato, la dirección de la escuela, la mujer dijo, Si alguna vez pasa por esta zona, después lo acompañó a la puerta, él extendió la mano, volvió a decir, Muchas gracias, como un caballero de otra época la acercó a sus labios, entonces la mujer sonrió maliciosamente y dijo, Tal vez no fuese mala idea buscar en la guía telefónica.
El golpe fue tan duro que don José, pisando ya la calle con sus desorientados pies, tardó en percibir que una lluvia fina, casi diáfana, de esas que mojan en sentido vertical y en sentido horizontal, además de en todos los oblicuos, le estaba cayendo encima. Quizá no fuese mala idea mirar en la guía, dijo malvadamente la vieja en la despedida, y cada una de estas palabras, en sí mismas inocentes, incapaces de ofender a la más susceptible de las criaturas, se había transformado en un instante en insulto agresivo, en atestado de insufrible estupidez, como si durante la conversación tan rica en sentimientos a partir de cierta altura, ella lo hubiese estado observando fríamente, para concluir que el desmañado funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, enviado a la búsqueda de lo que estaba lejos y oculto, era incapaz de ver lo que se encontraba delante de los ojos y al alcance de la mano. Sin sombrero ni paraguas, don José recibía la llovizna directamente en la cara, arremolinada y confusa como los desagradables pensamientos que iban y venían dentro de su cabeza, todos ellos, en seguida comenzó a notarlo, alrededor de un cierto punto central, apenas discernible, que poco a poco se tornaba más nítido. Era verdad que no se le había ocurrido algo tan simple y cotidiano como consultar la guía telefónica, que es lo habitual cuando se quiere conocer el número o la dirección de la persona a cuyo nombre está el teléfono. Su primera acción, si pretendía averiguar el paradero de la mujer desconocida, debía haber sido ésa, en menos de un minuto sabría dónde encontrarla, después, con el pretexto de esclarecer las imaginarias dudas de la inscripción en el Registro Civil, podría concertar con ella un encuentro fuera de la Conservaduría, alegando que deseaba ahorrarle el pago de una tasa, por ejemplo, y luego, arriesgando todo en un gesto temerario, en ese momento o días más tarde, cuando ya tuvieran confianza, pedirle, Cuénteme su vida. No había procedido así y, aunque fuese bastante ignorante en artes de psicología y arcanos del inconsciente, comenzaba ahora, con apreciable aproximación, a comprender por qué. Imaginemos un cazador, iba diciéndose así mismo, imaginemos un cazador que hubiese preparado cuidadosamente su equipo, la escopeta, la cartuchera, el morral de la merienda, la cantimplora del agua, la bolsa de red para recoger las piezas, las botas camperas, imaginémoslo saliendo con los perros, decidido, lleno de ánimo, preparado para una larga jornada como es propio de las aventuras cinegéticas y, al doblar la esquina más próxima, todavía al lado de casa, le sale al encuentro una bandada de perdices dispuestas a dejarse matar, que levantan el vuelo pero no se van de allí por más tiros que las abatan, con regalo y sorpresa de los perros, que nunca en su vida habían visto caer el maná del cielo en tales cantidades. Cuál sería, para el cazador, el interés de una caza hasta el punto fácil, con las perdices ofreciéndose, por decirlo así, ante los cañones, se preguntó don José, y dio la respuesta que a cualquiera le pareciera obvia, Ninguno. Lo mismo me pasa a mí, añadió, debe de haber en mi cabeza, y seguramente en la cabeza de todo el mundo, un pensamiento autóctono que piensa por su propia cuenta, que decide sin la participación del otro pensamiento, ese que conocemos desde que nos conocemos y al que tratamos de tú, ese que se deja guiar para llevarnos a donde creemos que conscientemente queremos ir, aunque, a fin de cuentas, puede que esté siendo conducido por otro camino, en otra dirección, y no para la esquina más próxima, donde una bandada de perdices nos espera sin que lo sepan, pero sabiéndolo nosotros, en fin, que lo que da verdadero sentido al encuentro es la búsqueda y que es preciso andar mucho para alcanzar lo que está cerca. La claridad del pensamiento, fuese éste o aquél, el especial o el de costumbre, verdaderamente después de haber llegado no importa tanto cómo se llegó, fue tan cegadora, que don José paró aturdido en medio de la acera, envuelto por la llovizna brumosa y por la luz de una farola del alumbrado público que se encendió en aquel momento por casualidad. Entonces, desde el fondo de un alma contrita y agradecida, se arrepintió de los malos e inmerecidos pensamientos, ésos, sí, muy conscientes, que había lanzado sobre la longeva y benévola señora del entresuelo derecha, cuando lo cierto es que le debía, no sólo la dirección de la escuela y el retrato, sino también la más perfecta y acabada explicación de un proceder que aparentemente no la tenía. Y como ella había dejado en el aire aquella invitación para que volviera a visitarla, Si alguna vez pasa por esta zona, fueron las palabras, suficientemente claras como para dispensar el resto de la frase, se prometió a sí mismo que volvería a llamar a su puerta un día de éstos, tanto para dar cuenta del avance de las pesquisas como para sorprenderla con la revelación del motivo auténtico de su negativa a consultar la guía de teléfonos.
Claro que eso significaría confesarle que la credencial era falsa, que la búsqueda no había sido ordenada por la Conservaduría General, sino idea suya, e, inevitablemente, hablar del resto. El resto era la colección de personas famosas, el miedo a las alturas, los papeles ennegrecidos, las telas de araña, los estantes monótonos de los vivos, el caos de los muertos, el moho, el polvo, el desánimo, y por fin, la ficha que por alguna razón llegó agarrada a las otras, Para que no se olviden de ella, y el nombre, El nombre de la niña que aquí llevo, recordó, y sólo porque remolinos de agua seguían cayendo del cielo, no sacó el retrato del bolsillo para mirarlo. Si alguna vez se decidiese a contar a alguien cómo es la Conservaduría General por dentro, sería a la señora del entresuelo derecha. Es un asunto que el tiempo resolverá, decidió don José. En ese preciso instante el tiempo le trajo el autobús que le llevaría hasta cerca de su casa, con mucha gente mojada dentro, hombres y mujeres de edades y figuras varias, unos jóvenes, otros viejos, unos más acá, otros más allá. La Conservaduría General del Registro Civil los conocía a todos, sabía cómo se llamaban, dónde habían nacido y de quién, les contaba y les descontaba los días uno a uno, aquella mujer, por ejemplo, de ojos cerrados, aquella que lleva la cabeza apoyada en el vidrio de la ventana, debe de tener qué, treinta y cinco, treinta y seis años, fue suficiente para que don José diese alas a la imaginación, y si es ésta la mujer que busco, imposible no se puede decir que sea, la vida está llena de personas desconocidas, pero hay que resignarse, no podemos ir por ahí preguntándole a toda la gente, Cómo se llama, y después sacar la ficha del bolsillo para ver si aquella persona es la que queremos. Dos paradas más tarde salió, después se detuvo en la acera esperando que el autobús siguiese su viaje, seguramente quería cruzar la calle, y, como no llevaba paraguas, don José pudo verle la cara de frente a pesar de las gotillas que se agarraban a los cristales, hubo un momento en que, acaso impaciente porque el autobús tardaba en arrancar, ella levantó la cabeza y las miradas se encontraron. Así se quedaron hasta que el autobús se puso en marcha, continuaron así mientras pudieron verse, don José estirando y volviendo el cuello, la mujer siguiendo desde la calle el movimiento, ella, por ventura, preguntándose, Quién será éste, él respondiéndose, Es ella.
Entre la parada donde don José debía apearse y la Conservaduría General, atención muy loable de los servicios de transportes para con las personas que necesitaban arreglar sus papeles en el Registro Civil, la distancia no era grande. A pesar de eso, don José entró en casa mojado de arriba abajo. Se quitó rápidamente la gabardina, se mudó de pantalones, calcetines y zapatos, se frotó con una toalla el pelo que le chorreaba, y mientras hacía todo esto proseguía en su diálogo interior, Es ella, No es ella, Podía ser, Podía ser, pero no era, Y si era, Lo sabrás cuando encuentres a la de la ficha, Si fuera ella, le diré que ya nos conocíamos, que nos vimos en el autobús, No se acordará, Si no tardo mucho en encontrarla, seguro que se acuerda, Pero tú no quieres encontrarla en poco tiempo, quizá ni en mucho, si realmente lo quisieses habrías buscado el nombre en la guía telefónica, por ahí es por donde se empieza, No se me ocurrió, La guía está ahí dentro, No me apetece entrar ahora en la Conservaduría, Tienes miedo de lo oscuro, No tengo ningún miedo, conozco aquella oscuridad como la palma de mi mano, Di mejor que ni la palma de tu mano conoces, Si es eso lo que piensas, déjame en mi ignorancia, también los pájaros cantan y no saben por qué, Estás lírico, Estoy triste, Con la vida que llevas, es natural, Imagínate que la mujer del autobús fuera de verdad la de la ficha, imagínate que no la vuelvo a encontrar que aquélla era la única ocasión, que el destino estaba allí y lo dejé marchar, Sólo tienes una manera de salvar la situación, Cuál, Hacer lo que te dijo la inquilina del entresuelo derecha, la vieja, Más tiento con la lengua, por favor, Es vieja, Es una señora de edad, Déjate de hipocresías, edad tenemos todos, la cuestión está en saber cuánta, si es poca, se es joven, si es mucha, se es viejo, lo demás es cháchara, Acabemos con esto, Pues acabemos, Voy a mirar la guía, Es lo que te estoy diciendo desde hace media hora. En pijama y zapatilla, envuelto en una manta, don José entró en la Conservaduría. La insólita indumentaria le provocaba un cierto malestar, como si le perdiera el respecto a los venerables archivos, aquella eterna luz amarilla que, como un sol moribundo, flotaba sobre el escritorio del conservador. La guía está allí, en una esquina de la mesa, no estaba permitido consultarla sin permiso, incluso tratándose de una llamada oficial, y ahora don José, como ya hiciera antes, podría sentarse en el sillón, es verdad que lo hizo una sola vez, en un momento sin par que le pareció de triunfo y de gloria, pero ahora no se atrevía, tal vez por lo impropio de la vestimenta, por el temor absurdo de que alguien lo sorprendiese con aquella pinta, y quién podría ser, si nunca un ser vivo, a no ser él, por aquí anduvo fuera de las horas de servicio.
Pensó que sería conveniente llevarse la guía, en casa se sentiría más tranquilo, sin la presencia amenazadora de los altísimos estantes que parecían querer precipitarse desde las sombras del techo, allí donde las arañas tejen y devoran. Se estremeció como si las polvorientas y pegajosas telas le estuviesen cayendo encima y por poco comete la imprudencia de echar mano a la guía sin haber tenido antes la precaución de medir exactamente las distancias que la separaban, por arriba y a los lados, de los bordes de la mesa, y quien dice las distancias dirá también los ángulos, si no se diese la favorable circunstancia de que las inclinaciones geométricas y topográficas del conservador tienden abiertamente a los ángulos rectos y a las paralelas.
Entró en casa seguro de que poco después, al restituir la guía telefónica a su lugar, ésta quedaría en el sitio exacto, sin desvió de un solo milímetro, y que el conservador no tendría que ordenar a los subdirectores que investigaran quién la había utilizado, cómo, cuándo y por qué. Hasta el último momento estuvo esperando que ocurriera algo que le impidiese llevarse la guía, un murmullo, un estallido sospechoso, una claridad llegada súbitamente de los fondos mortuorios de la Conservaduría General, pero la paz era absoluta, ni siquiera el minúsculo roer de las mandíbulas de los bóstridos, los insectos comedores de madera, se oía.
Ahora don José, con la manta sobre la espalda, está sentado en su propia mesa, tiene enfrente la guía telefónica, la abre por el principio y se demora recorriendo las instrucciones de uso, los códigos, las tablas de precios, como si ése fuese su objetivo.
Al cabo de unos minutos, un ímpetu repentino, no pensado, le obligó a pasar rápidamente las páginas, hacia delante, hacia atrás, hasta parar en la que corresponde al nombre de la mujer desconocida. O no está, o son sus ojos los que rehúsan ver. No, no está. Debía venir a continuación de este nombre y no viene. Debía estar antes de este nombre y no está. Ya lo decía yo, pensó don José, y no era verdad que lo hubiese dicho alguna vez, son maneras de darse la razón contra el mundo, de desahogar, en este caso, una alegría, cualquier investigador de la policía habría manifestado su contrariedad asestando un puñetazo en la mesa, don José no, don José enarbola la sonrisa irónica de quien, habiendo sido mandado en busca de algo que sabía que no existe, regresa con la frase en los labios, Ya lo decía yo, o ella no tiene teléfono o no quiere su nombre en la guía. Su satisfacción fue tal que, acto seguido, sin perder tiempo pensando en los pros y los contras, buscó el nombre del padre de la mujer desconocida, y ése sí estaba. Ni una fibra de su cuerpo se estremeció. Bien al contrario, decidido ahora a quemar todos los puentes tras sí, arrastrado por un impulso que sólo los auténticos investigadores pueden experimentar, buscó el nombre del hombre de quien la mujer desconocida se había divorciado y también lo encontró. Si tuviese aquí un mapa de la ciudad, ya podría señalar los cinco primeros puntos de paso averiguados, dos en la calle donde la niña del retrato nació, otro en el colegio, ahora éstos, el principio de un diseño como el de todas las vidas, hecho de líneas quebradas, de cruces, de intersecciones, pero nunca de bifurcaciones, porque el espíritu no va a ningún lado sin las piernas del cuerpo, y el cuerpo no sería capaz de moverse si le faltasen las alas del espíritu. Tomó nota de las moradas, después apuntó lo que tendría que comprar, un mapa grande de la ciudad, un cartón grueso del mismo tamaño donde fijarlo, una caja de alfileres de cabeza coloreada, rojos para ser vistos en la distancia, que las vidas son como los cuadros, conviene siempre mirarlos cuatro pasos atrás, incluso si un día llegamos a tocarles la piel, a sentirles el olor, a probarles el gusto. Don José estaba tranquilo, no le perturbaba el hecho de saber dónde vivían los padres y el antiguo marido de la mujer desconocida, éste, curiosamente, bastante cerca de la Conservaduría General, claro que más tarde o más temprano tendría que llamar a su puerta, pero sólo cuando sintiese que llegaba el momento, sólo cuando el momento ordenase, Ahora. Cerró la guía telefónica, la devolvió a la mesa del jefe, al lugar exacto de donde la había retirado, y regresó a casa. En el reloj era hora de cenar, pero las emociones del día debieron de distraerle el estómago, que no daba señales de impaciencia. Se sentó de nuevo, arrebujó su cuerpo en la manta, estiró las puntas para cubrirse las piernas y alcanzó el cuaderno que había comprado en la papelería. Era tiempo de comenzar a tomar notas sobre el avance de la búsqueda, los encuentros, las conversaciones, las reflexiones, los planes y las tácticas de una investigación que se anunciaba compleja. Los pasos de alguien que busca a alguien, piensa, y, verdaderamente, aunque la procesión va por el principio, ya tiene mucho que contar, Si esto fuese una novela, murmuró mientras abría el cuaderno, sólo la conversación con la señora del entresuelo derecha sería un capítulo.
Tomó la pluma para comenzar, pero a mitad del gesto, sus ojos encontraron el papel donde anotó las direcciones, le rondaba algo en lo que no había pensado antes, la contingencia, más que probable, de que la mujer desconocida, después de divorciarse, se fuera a vivir con los padres, la contingencia, igualmente posible, de que fuese el marido quien hubiera dejado la casa, manteniéndose el teléfono a su nombre. De ser éste el caso, y considerando que la calle en cuestión se encontraba en las proximidades de la Conservaduría General, quién sabe si la mujer del autobús no sería ella.
El diálogo interior dio muestras de querer recomenzar, Era, No era, Era, No era, pero don José hizo oídos sordos esta vez, e, inclinándose sobre el papel, comenzó a escribir las primeras palabras, así, Entré en el edificio, subí hasta el segundo piso y escuché ante la puerta de la casa donde la mujer desconocida nació, entonces oí el llanto de un niño de pecho, pensé que podía ser el hijo, y al mismo tiempo un arrullo de mujer, Será ella, después supe que no.
Al contrario de lo que casi siempre se piensa, cuando se ven las cosas desde fuera, no suele ser fácil la vida en las entidades oficiales, menos aún en esta Conservaduría General del Registro Civil, donde, desde tiempos que no podremos llamar inmemoriales porque de todo y de todos se halla registro en ella, por obra del esfuerzo persistente de una línea ininterrumpida de grandes conservadores, se concentraron en grado sumo todas las excelencias y pequeñeces del oficio público, aquellas que hacen del funcionario un ser aparte, usufructuario y al mismo tiempo dependiente del espacio físico y mental delimitado por el alcance de su plumín. En términos simples, y con vista a una más exacta comprensión de los hechos generales abstractamente considerados en este preámbulo, lo que don José tiene es un problema por resolver. Sabiendo cuán costoso le resultó arrancar a las reluctancias reglamentarias de la jerarquía aquella media hora de baja en el trabajo, gracias a la cual evitó ser sorprendido en flagrante por el marido de la joven señora del segundo piso izquierda, podemos imaginar las aflicciones que está pasando ahora, noche y día, intentando encontrar una justificación útil que le permita solicitar, no una hora, sino dos, no dos, sino tres, que probablemente serán las que necesite para llevar a cabo, con provecho suficiente, la visita a la escuela y la indispensable investigación en sus archivos. Los efectos de esta inquietud constante, obsesiva, se manifestaron pronto en errores en el trabajo, en faltas de atención, en súbitas somnolencias diurnas debidas a los insomnios nocturnos, en resumen, don José hasta aquí apreciado por sus varios superiores como un funcionario competente, metódico y dedicado, comenzó a ser objeto de avisos severos, de amonestaciones, de llamadas al orden, que sólo sirven para confundirlo aún más, sin contar que, por el camino que va, puede tener como certísima una respuesta negativa si alguna vez llega a requerir la ansiada dispensa. La situación alcanzó tales extremos que, después de haber sido analizada, sin resultado, sucesivamente por oficiales y subdirectores, no quedó otro remedio que elevarla a la consideración del conservador, quien, en los primeros momentos, no conseguía comprender lo que pasaba, de puro absurdo. Que un funcionario hubiese descuidado hasta ese punto sus obligaciones era algo que imposibilitaba cualquier benevolente inclinación que aún pudiese existir para una decisión exculpatoria, era algo que ofendía seriamente las tradiciones operativas de la Conservaduría General, algo que sólo una enfermedad muy grave podría justificar. Conducido el delicuente a su presencia, fue esto mismo lo que el conservador preguntó a don José, Está enfermo, Creo que no, señor, Si no está enfermo, cómo explica entonces el mal trabajo que está realizando en los últimos días, No sé, señor, tal vez sea porque estoy durmiendo mal, En ese caso, está enfermo, Sólo duermo mal, Si duerme mal, es porque está enfermo, una persona saludable duerme siempre bien, a no ser que tenga algún peso en la conciencia, una falta censurable, de aquellas que la conciencia no perdona, la conciencia es muy importante, Sí señor, Si sus errores en el servicio están causados por el insomnio y si el insomnio está causado por acusaciones de la conciencia, entonces es preciso descubrir la falta cometida, No he cometido ninguna falta, señor, Imposible, la única persona que aquí no comete faltas soy yo, y ahora qué pasa, por qué mira la guía de teléfonos, Me he distraído, señor, Mala señal, sabe que siempre debe mirarme cuando le hablo, está en el reglamento disciplinario, yo soy el único que tiene derecho a desviar los ojos, Sí señor, Cuál es su falta, No sé señor, en ese caso todavía es más grave, las faltas olvidadas son las peores, He sido cumplidor de mis deberes, La informaciones de que dispongo a su respecto eran satisfactorias, pero eso, precisamente, sólo sirve para demostrar que su mala conducta profesional de estos días no es consecuencia de una falta olvidada, sino de una falta reciente, de una falta de ahora, La conciencia no me acusa, Las conciencias callan más de lo que debían, por eso crearon las leyes, Sí señor, tengo que tomar una decisión, Sí señor, Y ya la he tomado, Sí señor, Le aplico un día de suspensión, Y la suspensión, señor, es sólo de salario o también de servicio, preguntó don José viendo encenderse un vislumbre de esperanza, De salario, de salario, no se puede perjudicar al servicio más de lo que ya lo ha sido, además, no hace mucho tiempo que le di media hora libre, no me vaya a decir que esperaba que su mal comportamiento fuese premiado con un día entero, No señor, Deseo, por su bien, que le sirva de enmienda, que vuelva rápidamente a ser el funcionario correcto que era antes, por el interés de esta Conservaduría General, Sí señor, Nada más, regrese a su lugar.
Desesperado, con los nervios deshechos, a punto de llorar, don José fue donde le mandaron. Durante los pocos minutos que había durado la difícil conversación con el jefe, el trabajo se había acumulado en su mesa, como si los otros escribientes, sus colegas, aprovechándose de la deteriorada situación disciplinaria en que lo veían, quisieran, por propia cuenta castigarlo también. Además, unas cuantas personas esperaban su turno para ser atendidas. Todas estaban frente a él, y no era por casualidad, o porque pensaran, cuando entraron en la Conservaduría General, que el funcionario ausente quizá fuese más simpático y acogedor que los que estaban a la vista a lo largo del mostrador, sino porque esos mismos indicaron que era allí adonde debían dirigirse.
Como el reglamento interno determinaba que la atención a las personas tenía prioridad absoluta sobre el trabajo de mesa, don José se puso en el mostrador, sabiendo que por detrás le seguirían lloviendo papeles. Estaba perdido. Ahora, después de la airada advertencia del conservador y del subsiguiente castigo, aunque inventase el nacimiento imposible de un hijo o la muerte dudosa de un pariente, podía sacarse de la cabeza cualquier esperanza de que lo autorizasen en un periodo de tiempo inmediato a salir antes o entrar una hora después, media hora, un minuto, aunque fuese. La memoria, en esta casa de archivos, es tenaz, lenta en olvidar, tan lenta que nunca llega a borrar nada por completo. Tenga don José, de aquí a diez años una distracción, por muy insignificante que sea, y verá cómo alguien le recordará en seguida todos los pormenores de estos desafortunados días.
Probablemente a esto se refería el conservador cuando dijo que las peores faltas son aquellas que aparentemente están olvidadas. Para don José, el resto del día fue como un penoso calvario, forzado de trabajos, angustiado de pensamientos. Mientras una parte de su consciencia iba dando explicaciones acertadamente al público, rellenando y sellando documentos, archivando fichas, la otra parte, monótonamente, maldecía la suerte y la casualidad que acabaron transformando en curiosidad morbosa algo que no llegaría siquiera a rozar la imaginación de una persona sensata, equilibrada de cabeza. El jefe tiene razón, pensaba don José, Los intereses de la Conservaduría deben estar por encima de todo, si yo fuera juicioso, normal, ciertamente no me habría puesto, a esta edad, a coleccionar actores, bailarinas, obispos y jugadores de fútbol, es estúpido, es inútil, es ridículo, bonita herencia voy a dejar cuando muera, menos mal que no tengo descendientes, lo malo es que todo esto, quizá, me venga de vivir sin compañía, si tuviese una mujer. Llegado a este punto, el pensamiento se interrumpió, después tomó por otra vía, un camino estrecho, confuso, a cuya entrada se puede ver el retrato de una niña pequeña, a cuyo fin está, si estuviera, la persona real de una mujer hecha, adulta, que tiene ahora treinta y seis años, divorciada, Y para qué la quiero yo, para qué, qué haría yo con ella después de haberla encontrado. El pensamiento se cortó otra vez, desanduvo bruscamente los pasos dados, Y cómo crees que la vas a encontrar, si no te dejan ir a buscarla, le preguntó y él no respondió, en ese momento estaba ocupado informando a la última persona de la fila de que el certificado de defunción que había solicitado estaría listo al día siguiente.
Con todo, hay preguntas tenaces que no desisten y ésta lo atacó de nuevo cuando, cansado de cuerpo, exhausto de ánimo, entro por fin en casa. Se había echado sobre la cama como un trapo, quería dormir, olvidar la cara del jefe, el castigo injusto, pero la pregunta se acostó a su lado, deslizándose susurrante, No la puedes buscar, no te dejan, esta vez era imposible fingir que estaba distraído hablando con el público, todavía intentó hacerse el desentendido, dijo que encontraría una manera, y si no la encontraba, desistiría del todo, sin embargo la pregunta insistía, te dejas vencer con facilidad, para eso no merecía la pena que falsificaras una credencial y obligaras a aquella infeliz y simpática señora del entresuelo derecha a contar su pecaminoso pasado, es una falta de respeto entrar en las casas de esa manera, invadiendo la intimidad de las personas. La alusión a la credencial le hizo sentarse en la cama de repente, asustado. La tenía en la chaqueta, anduvo con ella durante todos estos días, imagínese que por una razón u otra se le cae, o que con el aturullamiento de los nervios, le da un síncope, de esos que dejan a una persona sin conocimiento, y un colega cualquiera, sin mala intención, al desabotonarle para que pudiese respirar, ve el sobre blanco con el timbre de la Conservaduría General y dice, Qué es esto, y después un oficial, y después un subdirector, y después el jefe. Don José no quiso ni pensar en lo que vendría a continuación, se levantó de un salto, tomó la chaqueta que estaba colgada en el respaldo de una silla, sacó la credencial y, ansioso, mirando alrededor, se preguntó dónde diablos podría esconderla. Ningún mueble tenía llave, sus escasas pertenencias se encontraban al alcance de cualquier espíritu fisgón que entrara. Entonces reparó en las colecciones alineadas en el armario, allí debía de estar el remedio para la dificultad. Eligió la carpeta del obispo e introdujo el sobre, un obispo no excita la curiosidad por mucha fama de piadoso que tenga, no es un ciclista ni un corredor de fórmula uno. Volvió a la cama aliviado, pero la pregunta se había quedado esperándolo, No has adelantado nada, el problema no es la credencial, lo mismo da que las escondas o que la muestres, no será eso lo que te lleve a la mujer, Ya te he dicho que encontraré una manera, Lo dudo, el jefe te ató bien atado de pies y manos, no te permite que des un paso, Esperaré a que las cosas se calmen, Y luego, No sé, ya se me ocurrirá una idea, Podrías resolver el asunto ahora mismo, Cómo, Telefoneas a los padres, les dices que hablas en nombre de la Conservaduría, les pides que te den la dirección, Eso no lo hago, Mañana vas a casa de la mujer, no soy capaz de imaginar qué conversación será la vuestra, pero al menos te quedarás en paz, Probablemente no le hablaré cuando la tenga delante, Siendo así, por qué la buscas, por qué andas investigándole la vida, También junto papeles sobre el obispo y no estoy interesado en hablar con él algún día, Me parece absurdo, Es absurdo, pero ya era hora de hacer algo absurdo en la vida, Me quieres decir que si llegas a encontrar a la mujer, ella no se enterará de que la estuviste buscando, Es lo más seguro, por qué, No lo sé explicar, De todos modos, ni a la escuela de la niña conseguirás ir, las escuelas como la Conservaduría General, están cerradas los fines de semana, En la Conservaduría puedo entrar siempre que quiera, No se puede decir que sea una proeza realmente extraordinaria, la puerta de tu casa da allí, Se ve que nunca tuviste que ir por ti misma, Voy donde tú vas, asisto a lo que haces, Puedes continuar, Continuaré, pero tú, a la escuela, no entras, Veremos. Don José se levantó, era hora de cenar, si es que merecen tal nombre las ligerísimas colaciones que acostumbra a tomar de noche. Mientras comía, iba pensando, después lavó el plato, el vaso y el cubierto, recogió las migajas que habían caído al mantel, siempre pensando, y, como si el gesto hubiese sido la inevitable conclusión de lo que había pensado, abrió la puerta que daba a la calle. Enfrente, al otro lado de la calzada, había una cabina telefónica, a tiro de piedra, por decirlo así, en veinte pasos alcanzaría la punta del hilo que se llevaría su voz, el mismo hilo le traería una respuesta, y allí, bien en un sentido, bien en otro, se acabarían las búsquedas, podría volver a casa tranquilo, recuperar la confianza del jefe, después, girando en su propio e invisible rastro, el mundo retomaría la órbita de siempre, la calma profunda de quien simplemente espera la hora en que todas las cosas se cumplan, si es que estas palabras, tantas veces dichas y repetidas, tienen algún significado real. Don José no atravesó la calle, se puso la chaqueta y la gabardina y salió.
Tuvo que cambiar dos veces de autobús antes de llegar a su destino. La escuela era un edificio largo, de dos pisos y buhardillas, separado de la calle por una valla alta. El espacio intermedio, una franja de terreno donde crecían, dispersos, algunos árboles de pequeño porte, debía de utilizarse para el recreo de los alumnos. No había ninguna luz. Don José miró alrededor, la calle estaba desierta a pesar de que no era tarde, es lo bueno de estos barrios periféricos, sobre todo si el tiempo no está para abrir las ventanas, los vecinos se recogen en el interior de sus casas, y además de eso, no hay nada que ver fuera.
Don José caminó hasta el final de la calle, cambió de acera, ahora viene andando en dirección a la escuela, despacio, como alguien a quien le gusta salir a tomar el fresco nocturno y no tiene a nadie esperándole. A la altura del portón, se agachó como quien acaba de descubrir que lleva el cordón de un zapato desabrochado, el truco es viejo y gastado, no engaña, pero se usa a falta de otro mejor, cuando la imaginación no da para más.
Con el codo empujó el portón, que se movió un poco, no estaba cerrado con llave. Metódicamente, don José hizo un segundo nudo sobre el primero, se levantó y golpeó con el pie en el suelo para comprobar la solidez de la lazada, y prosiguió su camino, ahora más aprisa, parecía haber recordado de pronto que sí le esperaba alguien.
Los días que faltaban de la semana los vivió don José como si estuviese asistiendo a sus propios sueños. En la Conservaduría no lo vieron cometer ni un error, no se distrajo, no confundió un papel con otro, despachó cantidades ingentes de trabajo que en otro momento le habrían hecho protestar, en silencio, naturalmente, contra el trato deshumano de que los escribientes son víctimas desde siempre, y todo esto fue hecho y soportado sin una palabra, sin un murmullo. El conservador lo miró dos veces desde lejos, sabemos que ésa no es su costumbre, mirar a los subordinados, mucho menos a los de baja categoría, pero la concentración espiritual de don José alcanzaba tal grado de intensidad que era imposible no percibirla en la atmósfera perennemente suspendida de la Conservaduría General. El viernes, en el momento de acabar el trabajo y sin que nada lo hiciese prever, el conservador infringió todos los reglamentos, despreció todas las tradiciones, asombró a los funcionarios todos, cuando, al salir, y pasando al lado de don José, le preguntó, Está mejor.
Respondió don José que sí, que estaba mucho mejor, que no había vuelto a tener insomnio, y el conservador dijo, Le hizo bien la conversación que tuvimos, pareció que iba añadir algo más, alguna idea que súbitamente se le hubiese ocurrido, pero cerró la boca y salió, no faltaba más, anular el castigo impuesto sería una subversión de la disciplina. Los otros escribientes, los oficiales e incluso los subdirectores miraron a don José como si lo vieran por primera vez, las pocas palabras del jefe lo convertían en una persona diferente, es más o menos lo que sucede cuando se lleva a un niño a bautizar, se lleva a uno y se trae a otro. Don José acabó de arreglar la mesa, después esperó su turno de salida, estaba reglamentado que el primero en retirarse sería el subdirector más antiguo, después los oficiales, luego los escribientes, siempre según el orden de antigüedad, al otro subdirector le competía cerrar la puerta. Contra lo acostumbrado, don José no dio la vuelta a la Conservaduría General para ir a casa, se encaminó hacia las calles de alrededor, entró en tres tiendas diferentes y en cada una hizo una compra, medio kilo de manteca de cerdo en una, una toalla de rizo en otra, y también un pequeño objeto, cosa de nada, que cabía en la palma de la mano y que guardó en un bolsillo exterior de la chaqueta, porque no necesitaba ser envuelto. Después se fue para casa. Pasaba mucho de la media noche cuando salió. A esas horas eran pocos los autobuses en circulación, sólo de tarde en tarde aparecía uno, por eso don José, por segunda vez desde que la ficha de la mujer desconocida le apareciera, decidió tomar un taxi. Sentía una especie de vibración en la boca del estómago, como un zumbido, un frenesí, pero la cabeza permanecía calma o, simplemente, era incapaz de pensar. Hubo un momento en que don José, encogido en el asiento del taxi como si tuviera miedo de ser visto, todavía intentó imaginar lo que le podría suceder, las consecuencias que tendría en su vida, si el acto que estaba a punto de cometer se malograse, pero el pensamiento se escondió detrás de una pared, De aquí no salgo, dijo desde allí y él comprendió, porque se conocía bien, que el pensamiento lo quería proteger, no del miedo, sino de la cobardía. Cerca del destino, ordenó parar el taxi, recorrería a pie el poco camino que le faltaba, llevaba las manos en los bolsillos, sosteniendo, debajo de la gabardina abotonada, los paquetes que contenían la manteca y la toalla. En el momento en que iba a doblar una esquina para entrar en la calle donde se encontraba la escuela, le cayeron unas gotas de lluvia sueltas, sustituidas luego, cuando se aproximaba al portón, por un fuerte chaparrón que barrió ruidosamente la calzada. Se dice, desde los tiempos clásicos, que la fortuna protege a los audaces, en este caso el intermediario encargado de la protección fue la lluvia o, con otras palabras, el cielo directamente, si anduviera alguna persona por aquí a estas horas tardías estaría, sin duda, más preocupada en resguardarse del súbito aguacero que en observar los manejos de un sujeto de gabardina que, a juzgar por la edad que aparentaba, se escapó del chaparrón con una rapidez inesperada, ahora mismo estaba aquí y ya no está. Guarecido debajo de uno de los árboles de la cerca, el corazón batiéndose como loco, don José respiraba ansiosamente, maravillado por la agilidad con que se había movido, él, que en materia de ejercicios físicos no iba más allá de trepar hasta el tope de la escalera de la Conservaduría General, y Dios sabe con qué voluntad. Estaba a salvo de las miradas de la calle, y creía que, pasando cautelosamente de árbol en árbol, podría alcanzar la entrada de la escuela sin que nadie de fuera se apercibiese.
Tenía la convicción de que no había guarda dentro, en primer lugar por la ausencia de luz, tanto el otro día como ahora, y después porque las escuelas, salvo por razones particulares y excepcionales, no son cosa que valga la pena asaltar. Excepcionales y particulares eran sus razones, por eso había ido allí, armado de medio kilo de manteca, una toalla y cortavidrios, que éste era el objeto que no necesitaba ser envuelto. Ahora tenía que pensar bien en lo que iba a hacer.
Entrar por la parte delantera sería una imprudencia, un vecino que viviese en uno de los pisos altos del otro lado de la calle podría asomarse para contemplar la lluvia que seguía cayendo fuerte y ver a un hombre rompiendo la ventana de la escuela, hay muchas personas que no moverían un dedo para evitar la consumación del acto violento, por el contrario, echarían la cortina y volverían a la cama, diciendo, Allá ellos, pero hay otras personas que si no salvan el mundo es sólo porque el mundo no se deja salvar, ésas llamarían inmediatamente a la policía y se asomarían al balcón gritando, Al ladrón, dura palabra que don José no se merece, como mucho falsificador, pero esto sólo lo sabemos nosotros.
Dio la vuelta a la finca, tal vez sea por allí más fácil, pensó don José, y posiblemente tenga razón, son tantas las veces que las partes traseras de los edificios están mal cuidadas, con trastos viejos arrumbados, cubos esperando un nuevo uso, latas viejas de pintura, ladrillos partidos de una obra, lo mejor que puede desear quien pretende improvisar una escalera, alcanzar una ventana y entrar por ahí.
De echo, don José encontró algunos de estos útiles, pero estaba todo ordenado bajo un alpende adosado a la pared, meticulosamente según parecía palpando aquí y allá, sería menester mucho trabajo y tiempo para escoger y retirar, a oscuras, lo que mejor se adecuase a las necesidades estructurales de la pirámide por donde debería ascender, Si consiguiese subir al techo, murmuró, y la idea en principio era excelente, dado que había una ventana dos palmos más arriba de la junta de la parte superior del alpende con la pared, Incluso así, no sería fácil, el techo es muy inclinado y con esta lluvia estará resbaladizo, escurridizo, pensó. Don José sintió que perdía el ánimo, es lo que le acontece a quien no tiene experiencia en asaltos, quien no se ha beneficiado de las lecciones de los maestros escaladores, ni siquiera se le había ocurrido inspeccionar antes el lugar, podía haber aprovechado el otro día cuando comprobó que el portón no estaba cerrado con llave, la suerte le pareció tanta en esa ocasión que prefirió no abusar.
Tenía en el bolsillo la pequeña linterna eléctrica que usaba en la Conservaduría General para iluminar las fichas, pero no quería encenderla aquí, una cosa es un bulto en medio de la oscuridad, que puede pasar más o menos inadvertido, otra cosa muy diferente, y peor, es un anillo de luz paseándose y denunciándose, Miren dónde estoy. Resguardado bajo el alpende, oía la lluvia del techo y no sabía qué hacer. A este lado también había árboles, más altos y frondosos que los de la parte delantera, si detrás se escondían algunos edificios no podía verlos desde donde estaba, Por tanto, tampoco ellos pueden verme a mí, pensó don José y, después de haber dudado todavía un momento, encendió la linterna y la movió de un lado a otro, de una pasada rápida. No se había equivocado, el depósito de hierro viejo de la escuela estaba dispuesto y acondicionado con criterio, como si fuesen piezas de maquinaria encajadas unas en otras. Volvió a encender la linterna, esta vez apuntado el foco hacia arriba. Tumbada sobre los trastos, suelta del resto, como pieza que de vez en cuando se usa, había una escalerilla.
Sea por el inesperado descubrimiento, o por un recuerdo repentino e incontrolado de las alturas de la Conservaduría General, a don José le pasó una cosa por la vista, modo expresivo y corriente de decir que dispensa, con comunicativa ventaja, el uso de la palabra vértigo en bocas populares que no nacieron para eso. La escalerilla no era tan alta que alcanzase la ventana, pero daba para subir al alpende, y, a partir de ahí, que sea lo que Dios quiera.
Así invocado, Dios decidió ayudar a don José en el trance, lo que no tiene nada que ver de extraordinario si tenemos en cuenta la cantidad enorme de asaltantes que, desde que el mundo es mundo, tuvieron la suerte de regresar de sus asaltos, no sólo forrados de bienes, sino también enteros de cuerpo, o sea, sin castigo divino.
Quiso pues la providencia que las chapas onduladas de cemento que formaban el techo del alpende, además de ásperas en el acabado, tuvieran en las aristas inferiores un reborde que sobresalía, a cuyo atractivo ornamental el diseñador de fábrica, imprudente, no supo resistirse. Gracias a eso, y a pesar de la fuerte inclinación del alpende, pie aquí, mano allá, gimiendo, suspirando, raspando con las uñas, desollándose las puntas de los zapatos, don José consiguió reptar hasta arriba. Ahora no faltaba más que entrar. Bien, ha llegado el momento de decir que como escalador y efractor, don José usa métodos absolutamente desactualizados, por no decir antiguos e incluso arcaicos. Tiempo atrás, no sabe cuándo ni en qué libro o papel, leyó que la manteca de cerdo y una toalla de rizo son los complementos obligatorios de un cortavidrios siempre que se pretenda entrar con intención malsana por una ventana, y de esos insólitos auxilios, con fe ciega, se había provisto. Podía, evidentemente, para abreviar la tarea, dar un simple puñetazo en el cristal, pero temió, al planificar el asalto, que el inevitable estallido, subsiguiente al golpe, alarmase al vecindario y, si era cierto que el mal tiempo con sus ruidos naturales contribuía a disminuir el riesgo, lo mejor sería ceñirse estrictamente a la disciplina del método. Así, apoyados los pies en el reborde providencial, hincadas las rodillas en la aspereza de las chapas, don José se puso a cortar el cristal con el diamante a ras del marco de la ventana. A continuación, con el pañuelo, jadeando por culpa del esfuerzo y de la mala postura, secó como pudo el vidrio, para no perjudicar la deseada adherencia de la manteca, o de la que quedaba, puesto que los violentos esfuerzos que acometiera para escalar el plano inclinado habían convertido el paquete en una masa informe y pegajosa, con las consecuencias que se imaginan en la integridad de la ropa que traía puesta. A pesar de todo, consiguió esparcir por el cristal una capa aceptablemente espesa de grasa, sobre la que después, con la mayor minuciosidad posible, pegó la toalla que, al cabo de mil contorsiones, logró sacar del bolsillo de la gabardina. Ahora tenía que calcular con precisión la fuerza del golpe, que no debía ser ni tan débil que tuviese que repetirlo, ni tan fuerte que redujese a nada la adherencia de los vidrios al paño. Oprimiendo la parte superior de la toalla contra el marco con la mano izquierda para que no se escurriera, don José cerró el puño derecho, echó el brazo atrás y asestó un golpe seco que felizmente resultó, sordo, sofocado, como el disparo de un arma provista de silenciador. Había acertado a la primera, proeza notable para un aprendiz. Uno o dos pequeños fragmentos de cristal cayeron al interior, nada más, pero eso no importaba, dentro no había nadie. Durante algunos segundos, a pesar de la lluvia, don José se mantuvo tumbado sobre el alpende, para recobrar las fuerzas y saborear el triunfo. Después, enderezando el cuerpo, introdujo el brazo en la abertura, buscó y encontró el pestillo de la ventana, Dios mío, qué dura es la vida de los asaltantes, la abrió de par en par y, agarrándose al pretil, con la ayuda angustiosa de los pies, que ya no encontraban puntos de apoyo, consiguió izarse, alzar una pierna, después otra, para acabar cayendo al otro lado, suavemente, como una hoja que se hubiese desprendido del árbol.