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El diálogo fue difícil, con trampas y puertas falsas surgiendo a cada paso, el más pequeño desliz podría haberlo arrastrado a una confesión completa, si no fuese porque su espíritu estaba atento a los múltiples sentidos de las palabras que cautelosamente iba pronunciando, sobre todo aquellas que parecen tener un único sentido, con ellas es necesario tener mucho cuidado. Al contrario de lo que se cree, sentido y significado nunca han sido lo mismo, el significado se queda aquí, es directo, literal, explícito, cerrado en sí mismo, unívoco, podríamos decir, mientras que el sentido no es capaz de permanecer quieto, hierve de segundos sentidos, terceros y cuartos, de direcciones radicales que se van dividiendo y subdividiendo en ramas y ramajes hasta que se pierden de vista, el sentido de cada palabra se parece a una estrella cuando se pone a proyectar mareas vivas por el espacio, vientos cósmicos, perturbaciones magnéticas, aflicciones.

En fin, don José salió de la cama, calzó los pies con unas zapatillas, se puso la bata que le servía también de manta supletoria en las noches frías.

A pesar de que el hambre apretaba, abrió la puerta para mirar la Conservaduría. Percibía dentro de sí un desgarro extraño, una impresión de ausencia, como si hubiesen transcurrido muchos días desde la última vez que estuviera allí. Sin embargo, nada había mudado, veía el largo mostrador donde se atendía a los requirentes e impetrantes, debajo, los cajones que guardaban las fichas de los vivos, después las ocho mesas de los escribientes, las cuatro de los oficiales, las dos de los subdirectores, la gran mesa del jefe con la luz encendida suspendida en lo alto, las enormes estanterías subiendo hasta el techo, la oscuridad petrificada del lado de los muertos. A pesar de que no había nadie en la Conservaduría General, don José cerró la puerta con llave, no había nadie en la Conservaduría General, pero él cerró la puerta con llave. Gracias a las vendas nuevas que el enfermero le aplicó en las rodillas, podía andar mejor, no sentía tirantez en las heridas. Se sentó a la mesa, deshizo el paquete, había dos cazos sobrepuestos, el de encima con sopa, el de abajo con patatas y carne, todavía todo templado. Tomó la sopa con avidez, después, sin prisa, acabó la carne y las patatas. Lo que me salva es que el jefe sea como es, murmuró, recordando las palabras del enfermero, si no fuese por él, estaría ahora muriendo de hambre y de abandono, igual que un perro perdido. Sí, es lo que me salva, repitió como si necesitase convencerse de lo que acababa de decir. Ya reconfortado, tras pasar por el cubículo que servía de cuarto de baño, se metió en la cama.

Estaba listo para rendirse al sueño cuando se acordó del cuaderno de apuntes en que había narrado los primeros pasos de su búsqueda. Escribo mañana, dijo, pero esta nueva urgencia era casi tan apremiante como la de comer, por eso fue a buscar el cuaderno.

Luego, sentado en la cama, con la bata puesta, la chaqueta del pijama abotonada hasta el cuello, al abrigo de las mantas, continuó el relato a partir del punto donde se había quedado.

El jefe dijo, Si no está enfermo, cómo explica entonces el mal trabajo que está haciendo en los últimos días, No sé, señor, tal vez sea porque estoy durmiendo mal. Con la ayuda de la fiebre, continuó escribiendo hasta bien entrada la madrugada.

No tres días, sino una semana, fue lo que necesitó don José para que le remitiera la fiebre y se le mitigara la tos. El enfermero acudió todos los días para ponerle la inyección y traerle comida, el médico un día sí, otro no, mas esta asiduidad extraordinaria, nos referimos a la del médico, no deberá inducirnos a juicios apresurados sobre una supuesta eficacia habitual de los servicios oficiales de salud y asistencia domiciliaria, ya que era consecuencia, simplemente, de la clarísima orden del jefe de la Conservaduría General, Doctor, tráteme a ese hombre como si me estuviera tratando a mí, es importante. El médico no atinaba con las razones del obvio trato de favor que le estaba siendo recomendado y mucho menos con la falta de objetividad de la opinión valorativa expresada, conocía de alguna visita profesional la casa del conservador, su manera confortable y civilizada de vivir, un mundo interior sin ninguna semejanza con el tugurio tosco de este don José permanentemente mal afeitado, y que parecía no tener sábanas para mudar. Sí, sábanas tenía don José, no era pobre hasta tal punto, pero, por motivos que sólo él conocía, rechazó secamente la propuesta del enfermero cuando éste se ofreció para mullir el colchón y sustituir las sábanas, que olían a sudor y a fiebre, En menos de cinco minutos le dejo la cama fresca, Estoy bien así, no se moleste, No es molestia, forma parte de mi trabajo, Ya le he dicho que estoy bien así. Don José no podía descubrir ante los ojos de nadie que escondía entre el colchón y el somier las fichas escolares de una mujer desconocida y un cuaderno de apuntes con el relato de su asalto al colegio donde ella había estudiado en el tiempo de niña y moza. Guardarlos en otro sitio, entre las carpetas de los recortes de gente famosa, por ejemplo, resolvería de inmediato la dificultad, pero la impresión de estar defendiendo un secreto con su propio cuerpo era demasiado fuerte, incluso exultante, para que don José se dispusiera a renunciar a ella. Para no tener que discutir otra vez el asunto con el enfermero, o con el médico, que, aunque sin hacer ningún comentario, ya había lanzado una mirada reprensora a las arrugadas sábanas y fruncido ostensiblemente la nariz ante el olor que desprendían, don José se levantó una de esas noches y, sacando fuerza de flaqueza, cambió él mismo las sábanas. Y para que ni el médico ni el enfermero pudiesen encontrar el menor pretexto para insistir en el asunto y, quién sabe, dar parte al conservador del incorregible desaliño del escribiente, entró en el cuarto de baño, se afeitó, se lavó lo mejor que pudo, después sacó de un cajón un pijama viejo, pero limpio, y volvió a meterse en la cama. Tan satisfecho y repuesto se sentía que, como quien juega consigo mismo, decidió describir en el cuaderno de notas, explícitamente, todos los pormenores, los higiénicos arreglos y cuidados por los que acababa de pasar. Era la salud que ya quería volver, como el médico no tardó en enunciar al conservador, El hombre está curado, con dos días más podrá volver al trabajo sin peligro de recaída. El conservador sólo dijo, Muy bien, pero con aire distraído, como si estuviese pensando en otra cosa.

Curado estaba don José, pero había perdido mucho peso, no obstante el pan y el condumio que el enfermero le traía regularmente, es cierto que sólo una vez al día, aunque en cantidad más que suficiente para la manutención de un cuerpo adulto no sujeto a esfuerzos. Hay que tener en consideración, sin embargo, el efecto consuntivo de la fiebre y de los sudores sobre los tejidos adiposos, en particular cuando no abundaban antes, como era el caso.

No estaban bien vistas en la Conservaduría General del Registro Civil las observaciones de carácter personal, principalmente las que tuviesen que ver con el estado de salud, por eso la delgadez y el aspecto lastimoso de don José no fueron objeto de comentario alguno por parte de los colegas y superiores, comentario oral, se quiere decir, ya que las miradas de todos ellos fueron bastante elocuentes en la común expresión de una especie de conmiseración desdeñosa, que otras personas, desconocedoras de las costumbres del lugar, habrían interpretado erróneamente como una discreta y silenciosa reserva. Para que se notase cómo le preocupaba haber estado ausente del servicio durante tantos días, don José fue el primero en colocarse por la mañana ante la puerta de la Conservaduría, esperando la llegada del subdirector más reciente en el cargo, que era quien estaba encargado de abrirla, como encargado estaba de dejarla cerrada al final de la tarde. La llave original, obra de arte de un antiguo cincelador barroco y símbolo material de autoridad, de la que la llave del subdirector era apenas una copia austera y subalterna, se encontraba en posesión del conservador, que aparentemente nunca la usaba, sea por causa del peso y de la complejidad de los adornos, que la tornaban incómoda de trasportar, sea porque, según un protocolo jerárquico no escrito y en vigor desde tiempos remotos, era obligatorio que él fuese el último en entrar en el edificio. Uno de los muchos misterios de la vida de la Conservaduría General, que realmente valdría la pena averiguar si el caso de don José y de la desconocida mujer no hubiese absorbido en exclusiva nuestras atenciones, es cómo se las arreglaban los funcionarios para, a pesar de los embotellamientos del tráfico que atormentan la ciudad, llegar al trabajo siempre por el mismo orden, primero los escribientes, sin distinción de antigüedad, después el subdirector que abre la puerta, a continuación los oficiales, manteniendo la precedencia, luego el subdirector más antiguo, y finalmente el conservador, que llega cuando tiene que llegar y no da satisfacciones a nadie. De todos modos, queda registrado el hecho.

El sentimiento de desdeñosa conmiseración que, como ha sido dicho, recibió el regreso de don José al trabajo duró hasta la entrada del conservador, media hora después de la apertura de los servicios, fue, acto continuo, sustituido por un sentimiento de envidia, comprensible a fin de cuentas, pero felizmente no manifestado con palabras o actos. Siendo el alma humana lo que sabemos, y no podemos jactarnos de saberlo todo, era de esperar. Ya en los días corría en la Conservaduría la noticia, introducida por puertas laterales y rumoreada por las esquinas, de que el jefe se preocupaba de una manera inusual por la gripe de don José, llegando al extremo de mandarle comida con el enfermero, además de ir a verlo a casa por lo menos una vez, y ésa dentro de las horas de servicio, delante de toda la gente, faltaba saber si no habría repetido la visita. De modo que es fácil de imaginar el escándalo sordo del personal, sin distinción de categorías, cuando el conservador, antes incluso de dirigirse a su lugar, se detuvo al lado de don José y le preguntó si ya se encontraba completamente restablecido de la enfermedad. Todavía mayor fue el escándalo porque ésta era la segunda vez que tal acontecía, todos tenían presente en la memoria aquella otra ocasión, no hace tanto tiempo, en que el jefe había preguntado a don José si estaba mejor del insomnio, como si el insomnio de don José fuese, para el funcionamiento regular de la Conservaduría General, una cuestión de vida o muerte.

Casi no creyendo lo que oían, los funcionarios asistieron a una conversación de igual a igual, absurda desde todos los puntos de vista, con don José agradeciendo las bondades del jefe, habiendo llegado incluso a referirse abiertamente a la comida, lo que, en el ambiente estricto de la Conservaduría, tenía que sonar forzosamente como una grosería, como una obscenidad, y el jefe explicando que no podía dejarlo abandonado a la suerte mohína de los que viven solos, sin tener quién les traiga al menos una taza de caldo y les componga el embozo de la sábana, La soledad, don José, declaró con solemnidad el conservador, nunca ha sido buena compañía, las grandes tristezas, las grandes tentaciones y los grandes errores resultan casi siempre de estar solo en la vida, sin un amigo prudente a quien pedirle consejo cuando algo nos perturba más que lo normal de todos los días, Yo, triste, lo que se llama propiamente triste, señor, no creo serlo, respondió don José, tal vez mi naturaleza sea un poco melancólica, pero eso no es defecto, y en cuanto a las tentaciones, bueno, hay que decir que ni la edad ni la situación me inclinan hacia ellas, quiero decir, ni yo las busco ni ellas me buscan a mí, Y los errores, Se refiere a los errores del servicio, Me refiero a los errores en general, los errores de servicio, más tarde o más pronto, el servicio los hace, el servicio los resuelve, Nunca he hecho mal a nadie, por lo menos conscientemente, es todo lo que puedo decir, Y los errores contra sí mismo, Debo de haber cometido muchos, a lo mejor por eso me encuentro solo, Para cometer otros errores, Sólo los de la soledad, señor. Don José, que, como era su obligación, se había levantado al aproximarse el jefe, sintió de pronto que le flojeaban las piernas y una ola de sudor le inundaba el cuerpo. Palideció, las manos buscaron ansiosas el amparo de la mesa, pero ese apoyo no fue suficiente, don José tuvo que sentarse en la silla mientras murmuraba, Disculpe, señor, disculpe.

El conservador lo miró con expresión impenetrable durante algunos segundos y se dirigió a su lugar. Llamó al subdirector responsable del ala de don José, le dio una orden en voz baja, añadiendo, de forma audible, Sin pasar por el oficial, lo que significa que las instrucciones que el subdirector acababa de recibir, destinadas a un escribiente, debían, contra las reglas, la costumbre y la tradición, ser ejecutadas por él mismo. Ya antes, cuando el conservador envió a este mismo subdirector a llevar los comprimidos a don José, la cadena jerárquica había sido subvertida, pero esta infracción todavía podría justificarse por la desconfianza de que el oficial respectivo fuese incapaz de desempeñar satisfactoriamente la misión, que no consistía tanto en llevar pastillas contra la gripe a un enfermo como en echar una ojeada a la casa y contarlo después. Un oficial encontraría perfectamente admisible, esto es, explicada por sí misma y por el tiempo invernal que entonces hiciera, la mancha de humedad en el suelo, y, probablemente, no poniendo atención a las fichas depositadas sobre la mesilla de noche, regresaría a la Conservaduría con la satisfacción del deber cumplido para comunicar al jefe, Todo normal.

Hay que decir, sin embargo, que los dos subdirectores, y éste en particular, implicado en el proceso por la participación activa a que fue llamado, percibían que el procedimiento del conservador estaba determinado por un objetivo, por una estrategia, por una idea central. No podían imaginar en qué consistía esa idea y cuál era su objetivo, pero la experiencia y el conocimiento de la persona del jefe les decía que todas sus palabras y todos sus actos en este lance tenían que apuntar fatalmente a un fin, y que don José, colocado, por sí mismo o por circunstancias de la casualidad, en el camino, una de dos, o no pasaba de un inconsciente instrumento útil, o era, él mismo, su inesperada y a todas luces sorprendente causa. Raciocinios tan opuestos, sentimientos tan contradictorios, hicieron que la orden, por el tono en que fue comunicada a don José, se pareciera mucho más a un favor que el conservador le pedía a las claras y terminantes instrucciones que efectivamente había dado, Don José, dijo el subdirector, el jefe opina que el estado de su salud todavía no es bastante bueno para que haya venido a trabajar, visto el desmayo de hace poco, No fue un desmayo, no llegué a perder los sentidos, fue apenas un mareo momentáneo, Mareo o desmayo, momentáneo o para durar, lo que la Conservaduría General quiere es que usted se restablezca por completo, Trabajaré sentado lo más posible, en pocos días estaré como antes, El jefe piensa que lo mejor sería solicitar unos días de vacaciones, no los veinte de golpe, claro, pero quizás unos diez, diez días reposando, con buena alimentación, descanso, dando pequeños paseos por la ciudad, están ahí los jardines, los parques, el tiempo que se pone de rosas, una convalecencia en serio, en fin, cuando vuelva no lo vamos a reconocer. Don José miró asombrado al subdirector, verdaderamente no era conversación que se mantuviese con un escribiente, este discurso tenía algo de indecente. Obviamente, el jefe quería que él se marchara de vacaciones, lo que por sí mismo ya era intrigante, pero es que apenas mostraba una preocupación insólita y desproporcionada por su salud. Nada de esto correspondía a los patrones de comportamiento de la Conservaduría General, donde los planes de vacaciones eran siempre calculados al milímetro, de modo que se lograra, por la ponderación de múltiples factores, algunos sólo conocidos por el jefe, una distribución justa del tiempo reservado al ocio anual. Que, saltándose el programa de vacaciones ya elaborado para el año que corría, el jefe mandase sin más ni menos a un escribiente a casa era cosa que nunca se había visto. Don José estaba confundido, se le notaba en la cara. Sentía en la espalda las miradas perplejas de los colegas, notaba la impaciencia creciente del subdirector ante lo que debía de parecerle una indecisión sin fundamento, y estaba a punto de decir Sí señor como quien simplemente obedece una orden, cuando de súbito la cara se le iluminó toda, acababa de ver lo que podrían significar para él diez días de libertad, diez días para investigar sin ser atado a la servidumbre de las horas de servicio, al horario de trabajo, qué parques, qué jardines, qué convalecencia, en el cielo esté quien inventó las gripes, por tanto fue sonriendo como don José dijo, Sí señor, debía haber sido más discreto en la expresión, nunca se sabe lo que un subdirector es capaz de decirle al jefe, En mi opinión, reaccionó de un modo extraño, primero daba la idea de estar contrariado, o no había comprendido bien lo que le decía, luego fue como si le hubiera tocado el primer premio en la lotería, no parecía la misma persona, Sabe si él juega, Creo que no, era una manera de hablar, Entonces el motivo habrá sido otro. Don José estaba diciéndole al subdirector, realmente esos días me vendrán muy bien, debo agradecérselo al señor conservador. Yo le transmito su agradecimiento, Quizá debiera hacerlo personalmente, Sabe muy bien que no es ésa la costumbre, A pesar de todo, considerando lo excepcional del caso, dichas estas palabras, burocráticamente de las más pertinentes, don José giró la cabeza hacia donde estaba el conservador, no esperaba que él estuviera mirándolo, y menos aún que se hubiera percatado de toda la conversación, que era lo que sin duda pretendía mostrar con aquel gesto seco de la mano, al mismo tiempo displicente e imperioso, Déjese de agradecimientos ridículos, haga la solicitud y váyase.

En casa los primeros cuidados de don José fueron para la ropa guardada en el desván que le servía de armario.

Si antes estaba sucia, ahora se había transformado en una completa inmundicia, desprendiendo un olor agrio mezclado con el vaho del moho, hasta verdines se veían en las vueltas de los pantalones, imagínese, un fardo de ropa húmeda, chaqueta, camisa, pantalones, calcetines, ropa interior, todo envuelto en una gabardina que en aquel entonces chorreaba agua, cómo tendría que estar todo esto una semana después. Metió la ropa a bulto en una bolsa grande de plástico, se cercioró de que las fichas y el cuaderno de apuntes continuaran encajados entre el colchón y el somier, en la cabecera el cuaderno, a los pies las fichas, comprobó que la puerta de comunicación con la Conservaduría estaba cerrada con llave y, finalmente, fatigado pero con el espíritu tranquilo, salió para ir a una lavandería próxima de la que era cliente, aunque no de los más asiduos. La empleada no pudo o no quiso evitar una expresión de reproche cuando vació y diseminó el contenido de la bolsa sobre el mostrador, Perdone, si esto no ha estado de remojo en barro, lo parece, Casi acierta, don José, puesto a mentir, decidió hacerlo respetando la lógica de las posibilidades, Hace dos semanas, cuando traía esta ropa para limpiarla, se me rompió la bolsa y cayó toda al suelo, precisamente en un sitio que era un barrizal debido a las obras de la calle, acuérdese de que llovió mucho en esos días, Y por qué no trajo la ropa en seguida, Porque caí en la cama con gripe, sería un riesgo salir de casa, podía coger una neumonía, Esto le va a costar bastante más caro, tendremos que meterlo dos veces en la máquina, y así y todo, Qué le vamos a hacer, Y estos pantalones, mire en qué estado dejó los pantalones, no sé si realmente quiere que los limpie, fíjese en las rodilleras, parece que anduvo restregándose por una pared. Don José no se había percatado de la penuria a que quedaron reducidos sus pobres pantalones tras la escalada, medio pulidos por las rodillas, con un pequeño roto en una de las perneras, un perjuicio serio para una persona como él, tan mal provista de ropa. No tiene remedio, preguntó, Remedio tienen, será cuestión de mandarlos a una zurcidora, No conozco ninguna, Podemos ocuparnos nosotros, pero sepa que no le va a salir nada barato, las zurcidoras cobran lo suyo, Siempre será mejor que quedarme sin pantalones, O ponerles un remiendo, Remendados sólo podría usarlos en casa, nunca para ir al trabajo, Claro, Soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, Ah, usted es funcionario de la Conservaduría, dijo la empleada de la lavandería con una modulación nueva de respeto en la voz, que don José creyó mejor pasar por alto, arrepentido de haber claudicado diciendo por primera vez dónde trabajaba, un profesional de asaltos nocturnos en serio no andaría por ahí sembrando pistas, imaginemos que esta empleada de lavandería está casada con el empleado de la ferretería donde don José compró el corta vidrios o con el de la carnicería donde compró la manteca, y que luego a la noche, en una de esas conversaciones banales con que los maridos y las mujeres entretienen la velada, salen a relucir estos pequeños episodios del cotidiano comercial, por mucho menos han ido otros criminales a la cárcel cuando se creían a salvo de cualquier sospecha.

En todo caso, no parece que haya peligro aquí, salvo si se oculta una intención de abyecta delación en lo que la empleada está diciendo, con una sonrisa simpática, que por esta vez hará un precio excepcional, haciéndose cargo la lavandería del importe de la zurcidora, Es una atención especial que tenemos con usted, por ser funcionario de la Conservaduría, precisó.

Don José agradeció educadamente, pero sin efusión, y salió. Iba descontento. Andaba dejando demasiados rastros por la ciudad, hablando con demasiadas personas, no era éste el tipo de investigación que había imaginado, a decir verdad no había imaginado nada, la idea se le ocurre ahora, la idea de buscar y encontrar a la mujer desconocida sin que nadie pueda percatarse de sus actividades, como si se tratase de una invisibilidad en busca de otra. En vez de ese secreto cerrado, de ese misterio absoluto, dos personas ya, la mujer del marido celoso y la señora del entresuelo derecha, tenían conocimiento de lo que estaba haciendo y eso, por sí solo, era un peligro, por ejemplo, vamos a suponer que cualquiera de ellas, con el laudable propósito de ayudar en las búsquedas, como corresponde a buenos ciudadanos, se presenta en la Conservaduría en su ausencia, Deseo hablar con don José, Don José no se encuentra de servicio, está de vacaciones, Ah, qué pena, le traía una información importante acerca de la persona que busca, Qué información, qué persona, don José no quería ni imaginar lo que vendría después, el resto de la conversación entre la mujer del marido celoso y el oficial, Encontré debajo de una tabla suelta de mi dormitorio un diario, Un periódico, No señor, un diario, de esos que a ciertas personas les gusta escribir, yo también tenía un diario antes de casarme, Y qué tenemos que ver nosotros con ese asunto, en la Conservaduría sólo nos interesa saber que las personas nacen y mueren, Tal vez el diario sea de algún pariente de la persona que don José investiga, No tengo información de que don José esté investigando a alguien, de cualquier modo no es cuestión que incumba a la Conservaduría General, la Conservaduría General no se mete en la vida particular de sus funcionarios, No es particular, don José me dijo que iba en representación de la Conservaduría, Espere un momento, que voy a llamar al subdirector, pero cuando el subdirector se aproximó al mostrador ya la señora mayor del entresuelo derecha hacía ademanes de retirarse, la vida le había enseñado que la mejor manera de defender los secretos propios es respetando los secretos ajenos, Cuando don José vuelva de vacaciones, haga el favor de decirle que estuvo aquí la vieja del entresuelo derecha, No quiere dejar su nombre, No es preciso, él sabe de quién se trata. Don José podía respirar aliviado, la señora del entresuelo derecha era la discreción en persona, nunca diría al subdirector que acababa de recibir una carta de su ahijada, La gripe me ha trastornado la cabeza, pensó, son fantasías que no pueden suceder, no hay diarios escondidos bajo el entarimado, y no será ahora, después de un silencio de tantos años, cuando ella va a tener la ocurrencia de escribir una carta a la madrina, y menos mal que la vieja tuvo el sentido común de no decir cómo se llamaba, a la Conservaduría General le bastaría tirar de esa punta del hilo para descubrirlo todo en poco tiempo, la copia de las fichas, la falsificación de la credencial, para ellos sería tan simple como juntar piezas sueltas con un dibujo delante. Don José se dirigió a casa, en este primer día no quiso seguir los consejos que el subdirector le había dado, los de pasear, ir al jardín a recibir el sol en su pálida cara de convaleciente, en una palabra, recuperar las fuerzas que la fiebre había consumido. Necesitaba decidir qué pasos le convendría dar a partir de ahora, pero necesitaba sobre todo sosegar una inquietud. Dejará su pequeña casa a merced de la Conservaduría, pegada a la ciclópea pared como si estuviese a punto de ser engullida por ella.

Algún resto de fiebre debía de quedar aún en su desvaída cabeza para, de pronto, pensar que fue eso lo acontecido a las otras casas de los funcionarios, todas devoradas por la Conservaduría para que engordaran sus muros. Don José aceleró el paso, si al llegar la casa hubiera desaparecido, si hubiesen desaparecido con ella las fichas y el cuaderno de apuntes, no quería imaginar tal desgracia, reducidos a nada los esfuerzos de semanas, inútiles los peligros por los que había pasado. Se habrían congregado personas curiosas que le preguntarían si había perdido alguna cosa de valor en el desastre, y él respondería que sí, Unos papeles, y ellas volverían a preguntar, Acciones, Obligaciones, Título de crédito, es sólo en lo que piensa la gente común y sin horizontes de espíritu, sus pensamientos se centran en los intereses y ganancias materiales y él volvería a decir que sí, pero dando mentalmente significados diferentes a esas palabras, serían las acciones que cometiera, las obligaciones que asumiera, los títulos de crédito que ganara.

La casa estaba allí, pero parecía mucho más pequeña, o era la Conservaduría la que había aumentado de tamaño en las últimas horas. Don José entró bajando la cabeza, aunque no necesitaba inclinarse, el dintel de la puerta que daba a la calle estaba a la altura de siempre, y a él no lo habían hecho crecer que se viese, físicamente, ni las acciones ni las obligaciones ni los créditos. Fue a escuchar junto a la puerta de comunicación, no porque esperase oír del otro lado algún sonido de voces, la costumbre en la Conservaduría era trabajar en silencio, sino para aquietar los sentimientos de confusa sospecha que lo ocupaban desde que el jefe le había mandado solicitar vacaciones. Después levantó el colchón de la cama, tomó las fichas y las dispuso por orden de fechas sobre la mesa, de más antigua a más reciente, trece pequeños rectángulos de cartulina, una sucesión de rostros pasando de niña pequeña a niña mayor, del comienzo de una adolescencia a casi una mujer. Durante aquellos años la familia se había mudado tres veces de casa, pero nunca tan lejos que fuese necesario cambiar de colegio. No valía la pena ponerse a laborar complicados planes de acción, la única cosa que don José podía hacer ahora era ir a la dirección que constaba en la última ficha.

Fue al día siguiente por la mañana, pero decidió no subir a preguntar a los actuales ocupantes de la casa y a los otros inquilinos del edificio si conocían a la niña del retrato. Seguramente responderían que no la conocían, que vivían allí desde hacía poco tiempo o que no se acordaban, Comprenda, las personas van y vienen, realmente no recuerdo nada de esa familia, no vale la pena que le dé vueltas a la cabeza, y si alguien dijera que sí, que le parecía tener una idea vaga, añadiría a continuación que sus relaciones apenas habían sido las naturales entre personas de buena educación, No volvió a verlos, insistiría aún don José, Nunca más, después de que se mudaran nunca más los vi, Qué pena, Le he dicho todo lo que sabía, lamento no haberle sido más útil a la Conservaduría General. La fortuna de encontrar justo al principio a una señora del entresuelo derecha tan bien informada, tan próxima a las fuentes originales del caso, no podría acontecer dos veces, pero sólo mucho más tarde, cuando nada de lo que aquí se está relatando tenga ya importancia, don José descubrirá que la misma dichosa fortuna, en este episodio, había estado de un prodigioso modo a su favor, ahorrándole las consecuencias más desastrosas. No sabía él que uno de los habitantes del edificio era precisamente, por diabólica casualidad, uno de los subdirectores de la Conservaduría, puede adivinarse con facilidad la escena terrible, nuestro confiado don José llamando a la puerta, mostrando la ficha, quizá la falsa credencial, y la mujer que lo atiende diciéndole pérfidamente, Vuelva más tarde cuando mi marido esté en casa, esos asuntos son de su incumbencia, y don José regresaría, con el corazón lleno de esperanzas, y se toparía con un airado subdirector que daría inmediata orden de prisión, en sentido propio se dice, no en el figurado, los reglamentos de la Conservaduría General del Registro Civil no admiten liviandades ni improvisaciones, y lo peor es que no los conocemos todos.

Al haber resuelto, esta vez, como si el ángel de la guarda se lo hubiese recomendado con insistencia al oído, orientar sus averiguaciones hacia los comercios de las cercanías, don José se salvó, sin saberlo, del mayor desaire de su larga carrera de funcionario. Se contentó pues con mirar las ventanas de la casa donde la mujer desconocida vivió de pequeña y, para entrar bien en su piel de investigador auténtico, imaginó verla salir con la cartera de los libros para ir al colegio, caminar hasta la parada del autobús y ahí esperar, no merece la pena seguirla pisándole los talones, don José sabía perfectamente adónde se dirigía, tenía las pruebas competentes guardadas entre el colchón y el somier. Un cuarto de hora después salió el padre, toma la dirección contraria, por eso no acompaña a la hija cuando va al colegio, salvo si simplemente a este padre y a esta hija no les gusta andar juntos y ponen este pretexto, o ni siquiera lo ponen, habrá habido una especie de arreglo tácito entre los dos, para evitar que los vecinos noten la mutua indiferencia. Ahora sólo falta que don José tenga un poco más de paciencia, esperar que la madre salga para realizar las compras, como es costumbre en las familias, así sabrá hacia dónde le conviene dirigir sus pesquisas, el establecimiento comercial más próximo, pasados tres edificios, es aquella farmacia, pero don José duda, nada más entrar, que de aquí se pueda llevar alguna información útil, el empleado es un hombre joven y nuevo en la casa, él mismo lo dice, No la conozco, sólo llevo aquí dos años. Por tan poco don José no se va a desanimar, tiene lecturas de diarios y de revistas más que suficientes, además de la experiencia que la vida le viene dando, para comprender que estas investigaciones, hechas a la antigua usanza, cuestan mucho trabajo, y él es andar y andar, es recorrer calles y caminos, es subir escaleras, es llamar a las puertas, es bajar las escaleras, la misma pregunta mil veces hecha, las respuestas idénticas, casi siempre en tono reservado, No la conozco, Nunca he oído hablar de esa persona, sólo raramente sucede que venga de dentro un farmacéutico de más edad que oyó la conversación y es hombre de gran curiosidad, Qué desea, preguntó, Busco a una persona, respondió don José, al mismo tiempo que se llevaba la mano al bolsillo interior de la chaqueta para exhibir la credencial. No llegó a completar el movimiento, lo retuvo una súbita inquietud, esta vez no fue obra de ningún ángel de la guarda, lo que le hizo retirar la mano lentamente fue la mirada del farmacéutico, una mirada que más parecía un estilete, una broca perforadora, nadie lo diría, con aquella cara arrugada y aquellas canas, el resultado de mirar con tales ojos es poner en seguida en guardia a la más ingenua de las criaturas, probablemente por esta causa la curiosidad del farmacéutico nunca se da por satisfecha, cuanto más quiere saber, menos le cuentan. Así sucedió con don José. Ni presentó la credencial falsa ni dijo que venía de parte de la Conservaduría General, se limitó a sacarse de otro bolsillo la última ficha escolar de la muchacha, que en feliz hora se le ocurrió traer, Nuestro colegio necesita encontrar a esta señora debido a un diploma que no llegó a recoger en secretaría, don José asistía con placer, casi con entusiasmo, al ejercicio de capacidades inventivas que nunca imaginara tener, tan seguro de sí que no se dejó atrapar por la pregunta del farmacéutico, Y la están buscando tantos años después, Puede ser que no le interese, respondió, pero es obligación de la escuela hacer todo lo posible para que el diploma sea entregado, Y estuvieron esperando que ella apareciese todo este tiempo, A decir verdad, los servicios no se percataron del hecho, fue una lamentable falta de atención nuestra, un error burocrático, por decirlo de alguna manera, pero nunca es tarde para remediar un lapsus, Si la señora hubiera muerto, será demasiado tarde, Tenemos razones para pensar que ella vive, Por qué, Comenzamos consultando el registro, don José tuvo el cuidado de no pronunciar las palabras Conservaduría General, gracias a eso evitó, por lo menos en aquel momento, que el farmacéutico recordara que un subdirector de dicha Conservaduría General era su cliente y vivía tres portales más allá. Por segunda vez don José había escapado a la ejecución capital. Es cierto que el subdirector sólo de tarde en tarde entraba en la farmacia, esas compras, como todas las otras, con excepción de los preservativos, que el subdirector tenía el escrúpulo moral de adquirirlos en otro barrio, era la mujer quien las hacía, por eso no es fácil imaginar una conversación entre el farmacéutico y él, si bien no debe excluirse la posibilidad de otro diálogo, el farmacéutico diciéndole a la mujer del subdirector, Estuvo aquí un funcionario escolar que venía buscando a una persona que, tiempo atrás, vivió en la casa donde ustedes viven ahora, en cierto momento me habló de que había consultado el registro, pero, después de que se hubiera ido, encontré extraño que dijera registro en vez de Conservaduría General, parecía que ocultaba algo, hasta hubo un momento en que echó mano al bolsillo interior de la chaqueta como si se dispusiese a mostrarme alguna cosa, pero se arrepintió y corrigió, sacó de otro bolsillo una ficha de matrícula del colegio, le estoy dando vueltas a la cabeza para imaginar qué podría ser aquello, creo que debería hablar a su marido, nunca se sabe, con la maldad que anda por este mundo, A lo mejor es el mismo hombre que anteayer estuvo parado en la acera, mirando nuestras ventanas, Un tipo de mediana edad, un poco más joven que yo, con cara de haber estado enfermo hace poco, ese mismo, Es lo que yo le digo, mi olfato nunca me ha engañado, está por nacer todavía quien me venda gato por liebre, Qué pena que no hubiera llamado a mi puerta, le diría que volviera al final de la tarde, cuando mi marido estuviese en casa, ahora sabríamos quién era el fulano y lo que pretendía, Voy a estar alerta por si acaso aparece de nuevo por aquí, Y yo no me olvidaré de contarle la historia a mi marido. Efectivamente no se olvidó, pero no la contó completa, sin querer omitió del relato un pormenor importante, quizá el más importante de todos, no dijo que el hombre que rondaba la casa tenía la cara de haber estado enfermo hace poco tiempo. Habituado a relacionar las causas y los efectos, que en eso consiste, esencialmente, el sistema de fuerzas que rige desde el principio de los tiempos la Conservaduría General, allí donde todo estuvo, está y continuará estando para siempre ligado a todo, aquello que todavía está vivo con aquello que ya está muerto, aquello que va muriendo con aquello que viene naciendo, todos los seres a todos los seres, todas las cosas a todas las cosas, incluso cuando no parece que las una, a ello y ellas, más que aquello que a la vista los separa, el sagaz subdirector no habría dejado de recordar a don José, aquel escribiente que en los últimos tiempos, ante la inexplicable benevolencia del jefe, se ha comportado de un modo tan extraño. De ahí hasta desenredar la punta de la madeja y luego la madeja completa, habría un paso. Tal no acontecerá, sin embargo, a don José no volverán a verlo por estos sitios.

De las diez tiendas de diferentes ramos a las que entró para hacer preguntas, contando con la farmacia, sólo en tres encontró a alguien que tuviese memoria de la muchacha y de los padres, el retrato de la ficha ayuda a la memoria, claro está, si es que simplemente no toma su lugar, es probable que las personas interrogadas apenas hubieran querido ser simpáticas, no decepcionar al hombre con cara de gripe mal curada que les hablaba de un diploma escolar de hace veinte años que no se había entregado. Cuando don José llegó a casa, iba exhausto y desanimado, el primer intento de su nueva fase de investigación no le había apuntado ningún camino por donde continuar, bien al contrario, parecía colocarse frente a una pared intransitable. Se lanzó sobre la cama el pobre hombre preguntándose a sí mismo por qué no hacía lo que el farmacéutico le había dicho con mal disimulo sarcasmo, Yo, si estuviese en su lugar, ya habría resuelto el problema, Cómo, interrogó don José, mirando en la guía de teléfonos en los tiempos modernos es la manera más fácil de encontrar a alguien, Gracias por la sugerencia, pero eso ya lo hicimos, el nombre de esta señora no consta, respondió don José, creyendo que tapaba la boca al farmacéutico, pero éste volvió a la carga, Sí es así, vaya a la Hacienda Pública, en Hacienda lo saben todo acerca de todo el mundo.

Don José se quedó mirando al aguafiestas, intentó disimular el desconcierto, esto no se le había ocurrido a la señora del entresuelo derecha, al fin consiguió murmurar, Es una buena idea, voy a comunicársela al director.

Salió de la farmacia furioso consigo mismo, como si en el último momento le hubiese faltado presencia de espíritu para responder a una ofensa, dispuesto a volver a casa sin más preguntas, pero después pensó resignado, El vino está servido, es necesario beberlo, no dijo como el otro, Quítenme de aquí este cáliz, vosotros lo que queréis es matarme. El segundo comercio fue una droguería, el tercero una carnecería, el cuarto una papelería, el quinto una tienda de artículos eléctricos, el sexto una de ultramarinos, la conocida rutina de los barrios, hasta el décimo establecimiento, felizmente tuvo suerte, después del farmacéutico nadie más le habló de hacienda o de guía telefónica. Ahora, acostado boca arriba, con las manos cruzadas bajo la cabeza, don José mira al techo y le pregunta, Qué podré hacer a partir de aquí, y el techo le responde, Nada, haber conocido su última dirección, quiero decir, la última dirección del tiempo que asistió al colegio, no te ha dado ninguna pista para continuar la búsqueda, claro que todavía puedes recurrir a las direcciones anteriores, pero sería una pérdida de tiempo, si los comerciantes de esa calle, que son los más recientes, no te ayudaron, cómo te ayudarían los otros, Entonces crees que debo desistir, Probablemente no tendrás otra salida, salvo que te decidas a preguntar en Hacienda, no debe de ser difícil, con esa credencial que tienes, además son funcionarios como tú, La credencial es falsa, De hecho, será mejor que no la uses, no me gustaría estar en tu piel si un día de éstos te sorprenden en flagrante, No puedes estar en mi piel, no eres más que un techo de estuco, Sí, aunque lo que estás viendo de mí también es una piel, además, la piel es todo cuanto queremos que los otros vean, debajo de ella ni nosotros mismos conseguimos saber quiénes somos, Esconderé la credencial, En tu caso, la rasgaba o la quemaba, La guardaré con los papeles del obispo, donde la tenía, Tú sabrás, No me gusta el tono con que lo dices, me suena a mal augurio, La sabiduría de los techos es infinita, Si eres un techo sabio, dame una idea, Sigue mirándome, a veces da resultado.

La idea que el techo dio a don José fue que interrumpiera las vacaciones y volviera al trabajo, Le dices al jefe que ya estás con fuerzas suficientes y le pides que te reserve el resto de los días para otra ocasión, esto en el caso de que todavía encuentres manera de salir del agujero en que te has metido, con todas las puertas cerradas y sin una pista que te oriente, El jefe va a encontrar extraño que un funcionario se presente al trabajo sin tener obligación y sin haber sido llamado, Cosas mucho más extrañas has estado tú haciendo en los últimos tiempos, Vivía en paz antes de esta obsesión absurda, andar buscando a una mujer que ni sabe que existo, Pero tú sí sabes que ella existe, el problema es ése, Mejor sería desistir de una vez, Puede ser, puede ser, en todo caso acuérdate de que no sólo la sabiduría de los techos es infinita, las sorpresas de la vida también lo son, Qué quieres decir con esa sentencia tan rancia, Que los días se suceden y no se repiten, Ésa es más rancia aún, no me digas que en esos lugares comunes consiste la sabiduría de los techos, comentó desdeñoso don José, No sabes nada de la vida si crees que hay alguna cosa más que saber, respondió el techo, y se calló.

Don José se levantó de la cama, escondió la credencial en el armario, entre los papeles del obispo, después buscó el cuaderno de apuntes y se puso a narrar los frustantes sucesos de la mañana, acentuando en particular los modos antipáticos del farmacéutico y su afilada mirada. Al final del relato, escribió, como si la idea hubiese sido suya, Creo que lo mejor es volver al trabajo. Cuando estaba guardando el cuaderno debajo del colchón se acordó de que no había almorzado, se lo dijo la cabeza, no el estómago, con el tiempo y el descuido de comer las personas acaban por dejar de oír el reloj del apetito. De continuar don José las vacaciones, no le importaría nada meterse en la cama el resto del día, quedarse sin comer, no cenar, dormir toda la noche pudiendo ser, o refugiarse en el sopor voluntario de quien ha decidido dar la espalda a los hechos desagradables de la vida. Pero tenía que alimentar el cuerpo para trabajar al día siguiente, detestaba que la debilidad lo pusiese otra vez a sudar frío y con ridículos mareos ante la conmiseración fingida de los colegas y la impaciencia de los superiores. Batió dos huevos, les añadió unas cuantas rodajas de chorizo, una buena pizca de sal gruesa, puso aceite en una sartén, esperó que se calentara hasta el punto justo, éste era su único talento culinario, el resto se resumía en abrir latas. Se comió la tortilla despacio, en pedacitos geométricamente cortados, haciéndola rendir lo más posible, apenas para ocupar el tiempo, no por deleite gastronómico. Sobre todo, no quería pensar. El imaginario y metafísico diálogo con el techo le sirvió para encubrir la total desorientación de su espíritu, la sensación de pánico que le producía la idea de que ya no tendría nada más que hacer en la vida si, como tenía razones para recelar, la búsqueda de la mujer desconocida había terminado.

Sentía un nudo duro en la garganta, como cuando le reñían de pequeño y querían que llorase, y él resistía, resistía, hasta que por fin las lágrimas se le saltaban, como también comenzaban a saltársele ahora, por fin.

Apartó el plato, dejó caer la cabeza sobre los brazos cruzados y lloró sin vergüenza, al menos esta vez no había nadie para reírse de él. Éste es uno de aquellos casos en que los techos nada pueden hacer para ayudar a las personas afligidas, tienen que limitarse a esperar allá arriba a que la tormenta pase, que el alma se desahogue, que el cuerpo se canse. Así le ocurrió a don José. Al cabo de unos minutos ya se sentía mejor, se enjugó bruscamente las lágrimas con la manga de la camisa y se fue a lavar el plato y el cubierto. Tenía la tarde entera ante él y nada que hacer. Pensó en visitar a la señora del entresuelo derecha, contarle más o menos lo que aconteciera, pero después consideró que no merecía la pena, ella le había dicho todo lo que sabía, y tal vez acabase preguntándole por qué demonios la Conservaduría General se esforzaba tanto a causa de una simple persona, de una mujer sin importancia, sería indecente falsedad responderle, además de estupidez rematada, que para la Conservaduría General del Registro Civil somos todos iguales, tal como el sol lo es para todos cuando nace, hay cosas que conviene no decir delante de un viejo si no queremos que él se nos ría en la cara. Don José recogió de un rincón de la casa un brazado de revistas y de periódicos antiguos, de los que ya había recortado noticias y fotografías, podía ser que algo interesante le hubiese pasado inadvertido, o que en ellos se comenzara a hablar de alguien que se presentaba como una aceptable promesa en los difíciles caminos de la fama. Don José volvía a sus colecciones.

De todos, el menos sorprendido fue el conservador. Habiendo, como de costumbre, entrado cuando todo el personal ya estaba en sus lugares y trabajando, paró durante tres segundos al lado de la mesa de don José, pero no pronunció palabra. Don José esperaba ser sometido a un interrogatorio directo sobre los motivos de su regreso anticipado al trabajo, pero el jefe se limitó a oír las explicaciones inmediatamente presentadas por el subdirector de la sección, a quien después despidió con un movimiento seco de la mano derecha, unidos y tensos los dedos índice y corazón, medio recogidos los restantes, lo que, según el código gestual de la Conservaduría, significaba que no estaba dispuesto a oír una palabra más del asunto. Confundido entre la primera expectativa de ser interrogado y el alivio de que lo hubieran dejado en paz, don José procuraba aclarar las ideas, concentrar los sentidos en el trabajo que el oficial le había puesto encima de la mesa, dos decenas de declaraciones de nacimiento cuyos datos deberían ser transcritos en las fichas y éstas archivadas en los ficheros del mostrador, en el competente orden alfabético. Era un trabajo simple, pero de responsabilidad, que, para don José, todavía débil de piernas y de cabeza, al menos tenía la ventaja de que se podía hacer sentado.

Los errores de los copistas son los que menos disculpa tienen, no resuelve nada que nos digan, Me distraje, por el contrario, reconocer una distracción es confesar que se pensaba en otra cosa, en vez de tener la atención puesta en nombres y en fechas cuya suprema importancia les viene de ser ellos, en el caso presente, quienes dan existencia legal a la realidad de la existencia. Sobre todo el nombre de la persona que nació. Un simple error de transcripción, el cambio de la letra inicial de un apellido, por ejemplo, haría que la ficha se colocara fuera de su lugar, incluso muy lejos de donde debería estar, como inevitablemente tendría que acontecer en esta Conservaduría General del Registro Civil, donde los nombres son muchos, por no decir que son todos.

Si el escribiente que, en tiempos pasados, copió en una ficha el nombre de don José hubiese escrito Xosé, equivocado mentalmente por una semejanza de pronunciación que casi alcanza la coincidenia, sería el colmo de los trabajos dar con la desorientada ficha para inscribir en ella cualquiera de los tres registros corrientes y comunes, el de matrimonio, el de divorcio, el de muerte, dos más o menos evitables, el otro nunca. Por eso don José va copiando con prudentísimo cuidado, letra a letra, las comprobaciones de vida de los nuevos seres que le fueron confiados, ya lleva transcritas dieciséis declaraciones de nacimiento, ahora atrae hacia sí la decimoséptima, prepara la ficha, y la mano de pronto le tiembla, los ojos vacilan, la piel de la frente se cubre de sudor. El nombre que tiene frente a él, de un individuo de sexo femenino, es, en casi todo, idéntico al de la mujer desconocida, sólo en el último apellido existe una diferencia, y, aun así, la primera letra es la misma. Se dan, por tanto, todas las probabilidades de que esta ficha, llevando el nombre que lleva, tenga que ser archivada a continuación de la otra, por eso don José como quien ya no puede dominar más la impaciencia al aproximarse el momento de un encuentro muy deseado, se levantó de la silla apenas acabó de hacer el registro, corrió al cajón respectivo del fichero, fue pasando los dedos nerviosos por encima de las fichas, buscó, encontró el lugar. La ficha de la mujer desconocida no estaba allí. La palabra fatal relampagueó inmediatamente dentro de la cabeza de don José, la fulminante palabra, Murió. Porque don José tiene la obligación de saber que la ausencia de una ficha del archivo significa irremisiblemente la muerte de su titular, son incontables las fichas que él mismo, en veinticinco años de funcionario, retiró de aquí y transportó al archivo de los muertos, pero ahora se niega a aceptar la evidencia, que sea ése el motivo de la desaparición, algún descuidado e incompetente colega cambió la ficha de lugar, tal vez esté un poco más delante, un poco más atrás, don José, por desesperación, quiere engañarse a sí mismo, nunca, en tantos y tantos siglos de Conservaduría General, una ficha de este archivo estuvo colocada fuera de su sitio, sólo hay una posibilidad, una sola, de que la mujer aún esté viva, es que su ficha se encuentre temporalmente en poder de uno de los otros escribientes para cualquier asentamiento nuevo, Tal vez se haya vuelto a casar, pensó don José, y, durante un instante, la inesperada contrariedad que le causó la idea le mitigó la perturbación. Después, casi sin darse cuenta de lo que hacía, puso la ficha que había copiado de la declaración de nacimiento en el lugar de la que desapareciera y, con las piernas trémulas, volvió a su mesa.

No podía preguntar a los colegas si tendrían, por casualidad, la ficha de la señora, no podía andar alrededor de sus mesas mirando de soslayo los papeles en los que trabajaban, no podía hacer nada aparte de vigilar el cajón del fichero, para ver si alguien iba a reintegrar en su sitio el pequeño rectángulo de cartulina distraído de allí por equivocación o por un motivo menos rutinario que la muerte. Las horas fueron pasando, la mañana dio lugar a la tarde, lo que don José consiguió digerir del almuerzo fue casi nada, alguna cosa tendrá en la garganta para que tan fácilmente le surjan estos nudos, estas estrecheces, estas angustias. En todo el día ningún colega abrió aquel cajón del fichero, ninguna ficha desencaminada encontró el camino de regreso, la mujer desconocida estaba muerta.

Esa noche don José volvió a la Conservaduría. Llevaba consigo la linterna de bolsillo y un rollo de cien metros de cuerda resistente. La linterna contenía una pila nueva, para varias horas de duración de uso continuo, pero don José, más que escarmentado por las dificultades que se vio obligado a enfrentar durante su peligrosa aventura de escalada y robo en el colegio, había aprendido que en la vida todas las preocupaciones son pocas, principalmente cuando se abandonan las vías rectas del proceder honesto para encaminarse por los atajos tortuosos del crimen. Imagínese que la minúscula lámpara se funde, imagínese que la lente que la protege y que intensifica la luz se suelta del encaje, imagínese que la linterna, con pila, lente y lámpara intactas, se cae en un agujero al que no llega ni con el brazo ni con un gancho, entonces, a falta del auténtico hilo de Ariadna, que no se atreve a usar a pesar de que nunca se cierra con llave el cajón de la mesa del jefe donde, con una linterna potente, se encuentra guardado para las ocasiones, don José utilizará un rústico y vulgar rollo de cuerda comprado en la droguería que le hará las veces y que reconducirá al mundo de los vivos aquel que, en este momento, se prepara para entrar en el reino de los muertos. Como funcionario de la Conservaduría General, don José dispone de toda la legitimidad para acceder a cualquier documento de registro civil, que es, no sería necesario repetirlo, la propia sustancia de su trabajo, por tanto alguien podrá extrañarse de que, al notar la falta de la ficha, no hubiese dicho al oficial de quien depende, Voy adentro a buscar la ficha de una mujer que ha muerto. La cuestión es que no bastaría anunciarlo, tendría que dar una razón administrativamente fundada y burocráticamente lógica, el oficial no dejaría de preguntar, Para qué la quiere, y don José no podría responderle, Para tener la certeza de que está muerta, adónde iría a parar la Conservaduría General si comenzase a satisfacer estas y otras curiosidades, no sólo morbosas sino también improductivas. Lo peor que podrá resultar de la expedición nocturna de don José será que no consiga encontrar los papeles de la mujer desconocida en el caos que es el archivo de los muertos.

Claro que, en principio, tratándose de un óbito reciente, los papeles deberán estar en lo que vulgarmente se designa entrada, pero aquí el problema comienza en la imposibilidad de saber, exactamente, dónde está la entrada del archivo de los muertos. Será demasiado simple decir, como insisten optimistas recalcitrantes, que el espacio de los muertos empieza necesariamente donde acaba el espacio de los vivos y viceversa, tal vez en el mundo exterior las cosas, de alguna manera, pasen así, dado que, salvo acontecimientos excepcionales, aunque no tan excepcionales cuanto nos gustaría, como son las catástrofes naturales o los conflictos bélicos, no es habitual que se vea en las calles a los muertos mezclados con los vivos. Ahora bien, por razones estructurales, y no sólo, en la Conservaduría General esto puede acontecer. Puede acontecer, y acontece. Ya habíamos explicado antes que, de tiempo en tiempo, cuando la congestión causada por la acumulación continua e irresistible de los muertos comienza a impedir el paso de los funcionarios por los corredores y, en consecuencia, a dificultar cualquier investigación documental, no hay más remedio que echar abajo la pared del fondo y volver a levantarla uno cuantos metros atrás. Sin embargo, por un involuntario olvido nuestro, no se mencionaron entonces los dos efectos perversos de esa congestión. En primer lugar, durante el tiempo en que la pared está siendo construida, es inevitable que las fichas y los expedientes de los muertos recientes, por falta de espacio propio en el fondo del edificio, se vayan aproximando peligrosamente y rocen, del lado de acá, los expedientes de los vivos que se encuentran ordenados en la parte extrema interior de las respectivas estanterías, dando origen a una franja de delicadas situaciones de confusión entre los que aún están vivos y los que ya están muertos. En segundo lugar, cuando la pared se encuentra levantada y el techo prolongado, y ya el archivo de los muertos puede volver a la normalidad, esa misma confusión, fronteriza, por decirlo así, tornará imposible, o por lo menos pernicioso en alto grado, el transporte, para la tiniebla del fondo, de la totalidad de los muertos intrusos, con perdón de la impropia palabra. Se añade aún a estos no pequeños inconvenientes la circunstancia de que los dos escribientes más jóvenes, sin que el jefe o los colegas lo sospechen, no tienen reparos, de vez en cuando, sea por deficiencia de su formación profesional, sea por graves carencias en su ética personal, en soltar en cualquier parte un muerto, sin darse el trabajo de ir allá adentro para ver si habría o no un espacio libre. Si esta vez la suerte no estuviera del lado de don José, si no le favoreciera el azar, la aventura del asalto a la escuela, comparada con la que aquí le espera, a pesar de lo arriesgada que fue, había sido un paseo.

Podría preguntarse para qué le servirá a don José una cuerda tan larga, de cien metros, si la extensión de la Conservaduría General, a pesar de las sucesivas ampliaciones, todavía no pasa de los ochenta. Es una duda propia de quien imagina que todo en la vida se puede hacer siguiendo cuidadosamente una línea recta, que es siempre posible ir de un lugar a otro por el camino más corto, tal vez algunas personas, en el mundo exterior, juzguen haberlo conseguido, pero aquí, donde los vivos y los muertos comparten el mismo espacio, a veces hay que dar muchas vueltas para encontrar a uno de éstos, hay que rodear montañas de legajos, columnas de procesos, pilas de fichas, macizos de restos antiguos, avanzar por desfiladeros tenebrosos, entre paredes de papel sucio que se tocan allá en lo alto, son metros y metros de cordel los que tendrán que ser extendidos, dejados atrás, como un rastro sinuoso y sutil trazado en el polvo, no hay otra manera de saber por dónde queda que pasar, no hay otra manera de encontrar el camino de regreso. Don José anudó una punta de la cuerda a una pata de la mesa del jefe, no lo hizo por falta de respeto, sino para ganar unos cuantos metros, se ató la otra punta al tobillo y, soltando tras de sí, en el suelo, el rollo que a cada paso se va desliando, avanzó por uno de los corredores centrales del archivo de los vivos. Su plan es comenzar la búsqueda por el espacio del fondo, allí donde deberán estar el expediente y la ficha de la mujer desconocida, aunque, por las razones ya expuestas, sea poco probable que el depósito haya sido efectuado de forma correcta. Como funcionario de otro tiempo, educado según los métodos y las disciplinas de antaño, al carácter estricto de don José le repugnaría pactar con la irresponsabilidad de las nuevas generaciones, comenzando la busca en el lugar donde sólo por una deliberada y escandalosa infracción de las reglas archivísticas básicas un muerto podría haber sido depuesto. Sabe que la mayor dificultad con la que tendrá que luchar es la falta de luz. Quitando la mesa del jefe, sobre la cual continúa brillando tenuemente la lámpara de siempre, la Conservaduría está, toda ella, a oscuras, sumergida en densas tinieblas. Encender otras lámparas a lo largo del edificio, incluso siendo desmayadas como son, sería demasiado arriesgado, un policía cuidadoso al hacer la ronda del barrio, o un buen ciudadano, de esos que se preocupan por la seguridad de la comunidad, podrían advertir a través de las altas ventanas la difusa claridad y darían la alarma inmediatamente. Don José no tendrá por tanto más luz que le valga que el débil círculo luminoso que, al ritmo de los pasos, pero también por el temblor de la mano que sostiene la linterna, oscila ante él.

Es que hay una gran diferencia entre venir al archivo de los muertos durante horas normales de trabajo, con la presencia, detrás, de los colegas que, a pesar de poco solidarios, como se ha visto, siempre acudirían en caso de peligro real o de irresistible crisis nerviosa, sobre todo mandándolo el jefe, Vaya a ver lo que le pasa a aquél, y aventurarse solo, en medio de una gran noche, por estas catacumbas de la humanidad, cercado de nombres, oyendo el susurrar de los papeles, o un murmullo de voces, quién los podrá distinguir.

Don José alcanzó el final de los estantes de los vivos, busca ahora un paso para alcanzar el fondo de la Conservaduría General, en principio, y según como fue proyectada la ocupación del espacio, éste tendría que desarrollarse a lo largo de la bisectriz longitudinal de la planta, aquella que imaginariamente divide el trazado rectangular del edificio en dos partes iguales, pero los desmoronamientos de expedientes, que siempre están sucediendo por más que se empujen las masas de papeles, convertían algo que estaba destinado a ser acceso directo y rápido en una red compleja de caminos y veredas, donde a cada momento surgen los obstáculos y los callejones sin salida. Durante el día, y con todas las luces encendidas, aún es relativamente fácil que el investigador se mantenga en la dirección correcta, basta ir atento, vigilante, tener el cuidado de seguir por los senderos donde se vea menos polvo, que ésa es la señal de que por allí se pasa con frecuencia, hasta hoy, a pesar de algunos sustos y de algunas preocupantes demoras, no se ha dado ni un solo caso de que un funcionario no haya regresado de la expedición. Pero la luz de la linterna de bolsillo no merece confianza, parece que va creando sombras por su propia cuenta, don José, ya que no osa servirse de la linterna del conservador, debía haberse comprado una de esas modernas, potentísimas, que son capaces de iluminar hasta el fin del mundo. Es cierto que el miedo de perderse no lo amilana demasiado, hasta cierto punto la tensión constante de la cuerda atada al tobillo lo tranquiliza, pero, si se pone a dar vueltas por aquí, a andar en círculos, a envolverse en el capullo, acabará por no poder dar un paso más, tendrá que volver para atrás, comenzar de nuevo. Y ya algunas veces lo tuvo que hacer por otro motivo, cuando la cuerda, demasiado fina, se introdujo entre las montañas de papeles y se quedó atascada en las esquinas, y ahí ni para atrás ni para adelante. Por todos estos problemas y enredos, se comprende que el avance tenga que ser lento, que de poco le sirva a don José el conocimiento que tiene de la topografía de los sitios, tanto más que ahora mismo se desmorona una enorme rima de expedientes que obstruían hasta la altura de un hombre lo que tenía todo el aspecto de ser el camino seguro, levantado una densa nube de polvo, en medio de la cual revolotean espantadas las polillas, casi transparentes por el foco de la linterna. Don José detesta estos bichos, que a primera vista se diría que han sido puestos en el mundo de adorno, de la misma manera que detesta los lepismas que también proliferan por aquí, son ellos, todos, los voraces culpables de tantas memorias destruidas, de tanto hijo sin padres, de tanta herencia caída en las ávidas manos del estado debido a falta de habilitación legal, por más que se jure que el documento comprobatorio fue comido, manchado, roído, devorado por la fauna que infesta la Conservaduría General, y que por una simple cuestión de humanidad eso debería ser tenido en cuenta, desgraciadamente no hay quien convenza al procurador de las viudas y de los huérfanos, que debería estar a favor de ellas y de ellos, pero que no está, O el papel aparece o no hay herencia. En cuanto a las ratas, no vale la pena hablar de su capacidad destructora. En todo caso, a pesar de los numerosos estragos que causan, también tienen estos roedores su lado positivo, si ellos no existiesen la Conservaduría General ya habría reventado por las costuras, o tendrían el doble de longitud. A un observador desprevenido podrá sorprender cómo aquí no se multiplican las colonias de ratones hasta la aniquilación total de los archivos, sobre todo considerando la imposibilidad más que patente de una desinfección cien por cien eficaz. La explicación, aunque haya quien alimente algunas dudas sobre su total pertinencia, estaría en la falta de agua o de una suficiente humedad ambiental, estaría en la dieta seca a que los bichos se encuentran sujetos por el medio en que escogieron vivir o donde la mala suerte los trajo, de lo que habría resultado una atrofia notoria de la musculatura genital con consecuencias muy negativas en el ejercicio de la cópula. Contrariando esta tentativa de explicación, hay quien insiste en afirmar que los músculos no tienen nada que ver con el asunto, lo que significa que la polémica continúa abierta.

Entre tanto, cubierto de polvo, con pesados harapos de telas de araña pegados al pelo y a los hombros, don José alcanzó por fin el espacio libre existente entre los últimos papeles archivados y la pared del fondo, separados todavía por unos tres metros y formando un corredor irregular, más estrecho cada día que pasa, que une las dos paredes laterales. La oscuridad, en este lugar, es absoluta. La débil claridad exterior que aún logra atravesar la capa de suciedad que cubre por dentro y por fuera los tragaluces laterales, en particular los últimos de cada lado, que son los más próximos, no consigue llegar hasta aquí debido a la acumulación vertical de los atados de documentos, que casi alcanza el techo. En cuanto a la pared del fondo, toda ella, es inexplicablemente ciega, es decir, no tiene siquiera un simple ojo de buey que ahora venga en ayuda de la escasa luz de la linterna. Nunca nadie pudo entender la tozudez de la corporación de arquitectos que, amparándose en una poco convicente justificación estética, se opuso a modificar el proyecto histórico y autorizar la apertura de ventanas en la pared cuando es necesario desplazarla, a pesar de que un lego en la materia sería capaz de percibir que simplemente se trata de satisfacer una necesidad funcional. Ellos deberían estar aquí ahora, refunfuñó don José, así sabrían lo que cuesta.

Las rimas de papeles dispuestas a un lado y a otro del paso central tienen alturas diferentes, la ficha y el expediente de la mujer desconocida podrán estar en cualquiera de ellas, en todo caso con mayores probabilidades de ser encontrados en una de las rimas más bajas, si la ley del mínimo esfuerzo fuera preferida por el escribiente encargado del depósito. Desgraciadamente no faltan en esta nuestra desorientada humanidad espíritus tan retorcidos que no sería de extrañar que al funcionario que archivó el expediente y la ficha de la mujer desconocida, si es que efectivamente los trajo aquí, se le ocurriese la idea maliciosa, sólo por gratuita ojeriza, de apoyar precisamente en la rima de papeles más alta la enorme escalera de mano usada en este servicio y colocarlos encima, en el tope de todo, así son las cosas de este mundo.

Con método, sin precipitaciones, hasta pareciendo recordar los gestos y los movimientos de la noche que pasó en la buhardilla del colegio, cuando la mujer desconocida probablemente aún estaba viva, don José comenzó la búsqueda. Había por aquí mucho menos polvo cubriendo los papeles, lo que es fácil de comprender si se tiene en cuenta que no pasa ni un solo día sin que sean traídos expedientes y fichas de personas fallecidas, lo que, en lenguaje imaginativo, pero de un mal gusto evidente, sería lo mismo que decir que en el fondo de la Conservaduría general del Registro Civil los muertos están siempre limpios. Sólo allá en lo alto, donde los papeles, como ya ha sido dicho, casi alcanzan el techo, el polvo cribado por el tiempo se va tranquilamente asentado sobre el polvo que el tiempo cribó, hasta el punto de que es necesario desempolvar, sacudir con fuerza las carpetas de los expedientes que se encuentran arriba, si queremos saber de quiénes se tratan. De no descubrir en los niveles inferiores lo que busca, don José tendrá que sacrificarse nuevamente a subir una escalera de mano, pero esta vez no necesitará estar encaramado más que un minuto, no tendrá tiempo de marearse, de un vistazo el foco de la linterna le mostrará si algún expediente ha sido colocado allí en los últimos días. Situándose el fallecimiento de la mujer desconocida, con alta probabilidad, en un lapso de tiempo asaz corto, correspondiente, día más, día menos, según cree don José, a uno de los periodos en que estuvo ausente del trabajo, primero la semana de la gripe, después las brevísimas vacaciones, la verificación de los documentos en cada una de las pilas puede ser efectuada con bastante rapidez, y aunque la muerte de la mujer hubiese ocurrido antes, inmediatamente después del día memorable en que la ficha fue a parar a las manos de don José, incluso así el tiempo transcurrido no es tanto que los documentos se encuentren ahora archivados debajo de un número excesivo de otros expedientes. Este reiterado examen de las situaciones que vienen surgiendo, estas continuas reflexiones, estas ponderaciones minuciosas sobre lo claro y lo oscuro, sobre lo directo y lo laberíntico, sobre lo limpio y lo sucio, pasan, todas ellas, tal cual se relata, en la cabeza de don José. El tiempo empleado en explicarlas o, hablando con más rigor, en reproducirlas, aparentemente exagerado, es la consecuencia inevitable, no sólo de la complejidad, tanto de fondo como de forma, de los factores mencionados, sino también de la naturaleza muy especial de los circuitos mentales de nuestro escribiente. Que va a pasar ahora por una dura prueba. Paso a paso, avanzando a lo largo del estrecho corredor formado, como se dijo, por las rimas de documentos y por la pared del fondo, don José se ha aproximado a una de las paredes laterales. En principio, abstractamente, a nadie se le ocurriría considerar estrecho un corredor como éste, con su confortable anchura de casi tres metros, pero si esta dimensión se piensa en relación con la largura del corredor, el cual, se repite una vez más, va de pared lateral a pared lateral, entonces tendremos que preguntarnos cómo es posible que don José, al que sabemos propenso a serias perturbaciones de índole psicológica, como es el caso de los vértigos y de los insomnios, no haya sufrido hasta ahora, en este cerrado y sofocante espacio, un violento ataque claustrofóbico. La explicación quizá se encuentre, precisamente, en el hecho de que la oscuridad no le deja percatarse de los límites de ese espacio, que tanto pueden estar aquí como allá, teniendo visible, frente a él, la familiar y tranquilizadora masa de papeles. Don José nunca estuvo aquí tanto tiempo, lo normal es llegar, colocar los documentos de una vida terminada y luego volver a la seguridad de la mesa de trabajo, y si es cierto que, en esta ocasión, desde que entró en el archivo de los muertos, no puede sustraerse a una impresión inquietante, como de una presencia que lo rodea, lo atribuye a ese difuso temor de lo oculto e ignoto a que tienen humanísimo derecho hasta las más valerosas de las personas. Miedo, lo que se llama miedo, don José no lo tuvo hasta el momento en que llegó al final del corredor y se encontró con la pared. Se agachó para examinar unos papeles caídos en el suelo, que bien podían ser los de la mujer desconocida, tirados a boleo por el funcionario indiferente, y, de pronto, antes incluso de tener tiempo para examinarlos, dejó de ser don José escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil, dejó de tener cincuenta años, ahora es un pequeño José que comienza a ir a la escuela, es el niño que no quería dormirse porque todas las noches tenía una pesadilla, obsesivamente la misma, este canto de pared, este muro cerrado, esta prisión, y más allá, en el otro extremo del corredor, oculta por la tiniebla, nada más que una pequeña y simple piedra, una pequeña piedra que crecía lentamente, que él no podía ver ahora con sus ojos, pero que la memoria de los sueños soñados le decía que estaba allí, una piedra que engordaba y se movía como si estuviese viva, una piedra que rebosaba por los lados y por arriba, que subía por las paredes y que avanzaba hacia él arrastrándose, enrollada sobre sí misma, como si no fuese piedra sino barro, como si no fuese barro sino sangre espesa. El niño salía de la pesadilla gritando cuando la masa inmunda le tocaba los pies, cuando el garrote de la angustia estaba a punto de estrangularlo, pero don José, pobre de él, no puede despertar de un sueño que ya no es suyo. Encogido contra la pared como un perro asustado, apunta con la mano trémula el foco de la linterna hacia la otra punta del corredor, sin embargo la luz no va tan lejos, se queda a medio camino, más o menos donde se encuentra el paso al archivo de los vivos. Piensa que si diera una carrera rápida podría escapar de la piedra que avanza, pero el miedo le dice, Ten cuidado, cómo sabes tú que no está parada allí, esperándote, vas a caer en la boca del lobo. En el sueño, el avance de la piedra iba acompañado por una música extraña que parecía nacida del aire, pero aquí el silencio es absoluto, total, tan espeso que engulle la respiración de don José, de la misma manera que la tiniebla engulle la luz de la linterna. Que la engulló por completo ahora mismo. Fue como si la oscuridad, bruscamente, hubiese avanzado para pegarse como una ventosa en la cara de don José. La pesadilla del niño, sin embargo, había terminado.

Para él, entienda quien pueda el alma humana, el hecho de no ver las paredes de la cárcel, las próximas y las distantes, era lo mismo que si no estuvieran, era como si el espacio se hubiese ensanchado, libre, hasta el infinito, como si las piedras no fuesen más que el mineral inerte de que están hechas, como si el agua fuese simplemente la razón del barro, como si la sangre corriese sólo dentro de sus venas y no fuera de ellas. Ahora no es una pesadilla de la infancia lo que asusta a don José, lo que le paraliza de miedo es otra vez el pensamiento de que podrá quedarse muerto en este canto, como cuando, hace tanto tiempo, imaginó que se podría caer de otra escalera, muerto aquí sin papeles en medio de los papeles de los muertos, aplastado por la tiniebla, por la avalancha que no tardará en precipitarse desde lo alto, y que mañana lo descubrirían, Don José faltó al servicio, dónde estará, Ha de aparecer, y cuando un colega venga a trasladar otros expedientes y otras fichas, allí lo encontrará, expuesto a la luz de una linterna mejor que ésta que tan mal le sirvió cuando más necesitaba de ella.

Pasaron los minutos que tenían que pasar para que don José, poco a poco, comenzase a percibir dentro de sí una voz que decía, Hombre, hasta ahora, quitando el miedo, no te ha sucedido nada malo, estás ahí sentado, intacto, es cierto que la linterna se te ha apagado, pero tú para qué necesitas una linterna, tienes la cuerda atada al tobillo, presa por la otra punta a la pata de la mesa del jefe, estás seguro, igual que un nascituro ligado por el cordón umbilical al útero de la madre, no es que el jefe sea tu madre ni tu padre, pero en fin, las relaciones entre las personas, aquí, son complicadas, lo que debes pensar es que las pesadillas de la infancia nunca se realizan, mucho menos se realizan los sueños, aquello de la piedra era realmente horrible, pero es indudable que tiene una explicación científica, como cuando soñabas que volabas sobre los huertos, subiendo, bajando, flotando con los brazos abiertos, acuérdate, era una señal de que estabas creciendo, la piedra también tuvo su función, si hay que vivir la experiencia del terror entonces que sea pronto mejor que tarde, además de eso tienes la obligación de saber que estos muertos no son en serio, es una exageración macabra llamar a esto su archivo, si los papeles que tienes en la mano son los de la mujer desconocida, son papeles y no huesos, son papeles y no carne putrefacta, ése fue el prodigio obrado por tu Conservaduría General, transformar en meros papeles la vida y la muerte, es cierto que quisiste encontrar a esa mujer pero no llegaste a tiempo, ni siquiera eso fuiste capaz de conseguir, o quizá querías y no querías, dudabas entre el deseo y el temor como le suceda a tanta gente, bastaba con que hubieses ido a hacienda, no faltó quien te lo aconsejase, se acabó, lo mejor es dejarla estar, ya no hay más tiempo para ella y el fin del tuyo está por llegar.

Rozando la inestable pared por los expedientes, con mucho cuidado para que no se le venga encima, don José, lentamente, se levanta. La voz que le hiciera aquel discurso le decía ahora cosas como éstas, Hombre, no tengas miedo, la oscuridad en que estás metido aquí no es mayor que la que existe dentro de tu cuerpo, son dos oscuridades separadas por una piel, apuesto que nunca habías penado en ello, transportas todo el tiempo de un lado para otro una oscuridad, y eso no te asusta, hace un instante poco faltó para que te pusieses a dar gritos sólo porque imaginaste unos peligros, sólo porque te acordaste de la pesadilla de cuando eras pequeño, querido amigo, tienes que aprender a vivir con la oscuridad de fuera como aprendiste a vivir con la oscuridad de dentro, ahora levántate de una vez, por favor, guarda la linterna en el bolsillo, que no te sirve de nada, guarda los papeles, ya que insistes en llevártelos, entre la chaqueta y la camisa, o entre la camisa y la piel que es más seguro, agarra la cuerda con firmeza, enróllala a medida que vayas avanzando para que no se te enrede en los pies, y ahora hala, no seas cobarde, que es lo peor de todo. Rozando levemente todavía la pared de pared con el hombro don José aventuró dos pasos tímidos.

Las tinieblas se abrieron como un agua negra, cerrándose tras él, otro paso, otro más, cinco metros de cuerda ya han sido levantados del suelo y enrollados, a don José le vendría bien poder disponer de una tercera mano que fuese palpando el aire por delante, pero el remedio simple, bastará que suba a la altura de la cara las dos manos que tiene, una que irá enrollando, otra que irá siendo enrollada, es el principio de la devanadora.

Don José casi está saliendo del corredor, unos pasos más y estará a salvo de un nuevo asalto de la piedra de la pesadilla, la cuerda ahora se resiste un poco pero es buena señal, significa que está presa, junto al suelo en la esquina del paso que lleva al archivo de los vivos. Durante todo el camino hasta llegar, extrañamente, como si alguien los estuviese lanzando desde arriba, fueron cayendo papeles y papeles sobre la cabeza de don José, despacio, uno, otro, como una despedida. Y cuando, por fin, llegó a la mesa del jefe, cuando, antes incluso de desatar la cuerda, se sacó de debajo de la camisa el expediente que recogiera del suelo, cuando lo abrió y vio que era el de la mujer desconocida, su conmoción fue tan fuerte que no le dejó oír el ruido de la puerta de la Conservaduría, como si alguien acabase de salir.

Que el tiempo psicológico no corresponde al tiempo matemático lo había aprendido don José de la misma manera que adquirió en su vida algunos otros conocimientos de diferente utilidad, en primer lugar, naturalmente, gracias a sus propias vivencias, que no es él persona, a pesar de que nunca haya pasado de escribiente, de andar por este mundo sólo viendo andar a los otros, sino también por el influjo formativo de unos cuantos libros y revistas de divulgación científica dignos de confianza, o de fe, según el sentimiento de la ocasión, e incluso, digámoslo, de una u otra ficción de género introspectivo popular, donde, con diferentes métodos y añadidos de imaginación, igualmente se abordaba el asunto. En ninguna de las ocasiones anteriores, sin embargo, había experimentado la impresión real, objetiva, tan física como una súbita contracción muscular, de la efectiva imposibilidad de medir ese tiempo que podríamos llamar del alma, como en el momento en que, ya en casa, mirando una vez más la ficha del fallecimiento de la mujer desconocida, quiso, vagamente, situarla en el tiempo transcurrido desde que iniciara la búsqueda. A la pregunta, Qué estaba usted haciendo ese día, podría dar él una respuesta prácticamente inmediata, le bastaría consultar el calendario, pensar sólo como don José, el funcionario de la Conservaduría que estuvo ausente del trabajo por enfermedad, Ese día me encontraba en cama, con gripe, no fui al trabajo, diría él, pero si a continuación le preguntasen, Relaciónelo ahora con su actividad de investigador y dígame cuándo fue eso, entonces ya tendrá que consultar el cuaderno de apuntes que guardaba bajo el colchón, Fue dos días después de mi asalto al colegio, respondería. De hecho, tomando como buena la fecha de óbito inscrita en la ficha que lleva su nombre, la mujer desconocida había muerto dos días después del deplorable episodio que transformó en delincuente al hasta ahí honesto don José, pero estas confirmaciones cruzadas, la del escribiente por la del investigador, y la del investigador por la del escribiente, en apariencia más que suficientes para hacer coincidir el tiempo psicológico de uno con el tiempo matemático del otro, no los aliviaban, a éste y a aquel, de una impresión de vertiginosa desorientación. Don José no se encuentra en los últimos peldaños de una escalera altísima, mirando hacia abajo y observando cómo éstos se van tornando cada vez más estrechos hasta reducirse a un punto al tocar el suelo, pero es como si su cuerpo, en lugar de reconocerse uno y entero en la sucesión de los instantes, se encontrase repartido a lo largo de la duración de estos últimos días, de la duración psicológica o subjetiva, no de la matemática o real, y con ella se contrajera y dilatara. Soy definitivamente absurdo, se reprendía don José, el día ya tenía veinticuatro horas cuando se decidió que las tuviera, la hora tiene y siempre tuvo sesenta minutos, los sesenta segundos del minuto vienen desde la eternidad, si un reloj comienza a retrasarse o a adelantarse no es por defecto del tiempo, sino de la máquina, por tanto yo debo tener la cuerda averiada. La idea lo hizo sonreír blandamente, No siendo el desajuste por lo que sé, en la máquina del tiempo real, sino en la mecánica psicológica que lo mide, lo que tendría que hacer es procurarme un psicólogo que me reparase la ruedecilla. Sonrió otra vez, después se puso serio, El caso tiene una fácil solución, es más, ha quedado solucionado por naturaleza, la mujer está muerta, no se puede hacer otra cosa, guardaré el expediente y la ficha si me quiero quedar con un recuerdo palpable de esta aventura, para la Conservaduría General será como si la persona no hubiese llegado a nacer, probablemente nadie necesitará estos papeles, también puedo dejarlos en cualquier parte del archivo de los muertos, a la entrada, junto con los más antiguos, aquí o allí da lo mismo, la historia es igual para todos, nació, murió, a quien va a interesarle ahora quién haya sido, los padres, si la querían, la llorarán durante un tiempo, después llorarán menos, después dejarán de llorar, es lo acostumbrado, al hombre del que se divorció tanto le dará, es cierto que ella podría tener actualmente una relación sentimental, vivir con alguien, o estar a punto de casarse otra vez, pero eso sería la historia de un futuro que ya no podrá ser vivido, no hay nadie en el mundo a quien le interese el extraño caso de la mujer desconocida. Tenía delante el expediente y la ficha, tenía también las trece fichas de la escuela, el mismo nombre repetido trece veces, doce imágenes diferentes de la misma cara, una de ellas repetida, mas todas ellas muertas en el pasado, ya muertas antes de haber muerto la mujer en que después convertirán, las viejas fotografías engañan mucho, nos dan la ilusión de que estamos vivos en ellas, y no es cierto, la persona a quien estamos mirando ya no existe, y ella, si pudiese vernos, no se reconocería en nosotros, Quién será este que me está mirando con cara de pena, diría. Entonces, de pronto, don José se acordó de que había otro retrato, el que la señora del entresuelo derecha le había dado. Sin esperarlo, acababa de encontrar la respuesta a la pregunta de a quién podría interesar el extraño caso de la mujer desconocida.

Don José no esperó al sábado. Al día siguiente, cerrada la Conservaduría General, fue a la lavandería para recoger la ropa que había mandado limpiar. Oyó distraído a la concienzuda empleada, que le decía, Fíjese bien en este trabajo de zurcido, fíjese, pase los dedos por encima y dígame si nota alguna diferencia, es como si no hubiese ocurrido nada, así suelen hablar las personas que se contentan con las apariencias. Don José pagó, se puso el paquete debajo del brazo y se fue a casa a mudarse de ropa. Iba a visitar a la señora del entresuelo derecha y quería estar limpio y presentable, aprovechar no sólo el trabajo perfecto de la zurcidora, realmente merecedor de alabanzas, sino también la raya rigurosa de los pantalones, el reluciente planchado de la camisa, la recuperación milagrosa de la corbata.

Se disponía a salir cuando un morboso pensamiento le pasó por la cabeza, que es, hasta donde se sabe, el único órgano pensante al servicio del cuerpo.

Y si la señora del entresuelo derecha también ha muerto, verdaderamente no parecía vender salud, además, para morir basta estar vivo, y con esa edad, se imaginó tocando el timbre, una vez, otra vez, y al cabo de mucha insistencia oír abrirse la puerta del entresuelo izquierda y aparecer una mujer diciendo, enfadada con el ruido, No se canse, no hay nadie, Está fuera, Está muerta, Muerta, Exactamente, Y cuándo ha sido eso, Hace unos quince días, usted quién es, Soy de la Conservaduría General del Registro Civil, Pues no parece que su servicio funcione muy bien, es de la Conservaduría y no sabe que ella ha muerto. Don José se llamó a sí mismo obsesivo pero prefirió resolver el asunto allí mismo, en vez de tener que soportar la mala educación de la mujer del entresuelo izquierda. Entraría en la Conservaduría y en menos de un minuto verificaría en el fichero, a estas horas las dos empleadas de la limpieza ya habrían terminado el trabajo, tampoco necesitan mucho tiempo, se limitan a vaciar los cestos de los papeles, barren y enjuagan ligeramente el suelo hasta los estantes de detrás de la mesa del jefe, es imposible convencerlas, por las buenas o por las malas, de que vayan más allá, tiene miedo, dicen que ni muertas, también éstas son de las que se contentan con las apariencias, qué se le va a hacer.

Después de haber ido a la ficha de la mujer para recordar el nombre de la señora del entresuelo derecha, su madrina de bautismo, don José entreabrió la puerta con todo cuidado y acechó, como previera, las empleadas de la limpieza ya no estaban, entró, fue rápidamente al fichero y buscó el nombre, Aquí está, dijo, y respiró aliviado. Volvió a casa, acabó de arreglarse y salió. Para utilizar el autobús que le llevaría hasta cerca de la casa de la señora del entresuelo derecha, tenía que ir a la plaza de enfrente de la Conservaduría, la parada estaba allí. A pesar de lo avanzado del atardecer, flotaba aún sobre la ciudad mucha de la luz del día que quedaba en el cielo, antes de veinte minutos, por lo menos, no comenzarían a encenderse las farolas de la iluminación pública. Don José esperaba el autobús con algunas otras personas, lo más probable era que no pudiese ir en el primero que pasase. Efectivamente, así aconteció. Mas un segundo autobús apareció en seguida y éste no venía lleno. Don José entró a tiempo de conseguir lugar al lado de una ventanilla. Miró afuera, notando cómo la difusión de la luz en la atmósfera, por un efecto óptico nada común, iluminaba de un tono rojizo las fachadas de los edificios, como si para cada una de ellas el sol estuviese naciendo en ese instante. Allí estaba la Conservaduría General, con su puerta antiquísima, y los tres escalones de piedra negra que le daban acceso, las cinco ventanas alargadas de la delantera, toda la finca con un aire de ruina inmovilizada en el tiempo, como si la hubiesen momificado en vez de restaurarla cuando la degradación de los materiales lo reclamaba. Alguna dificultad del tráfico impedía al autobús ponerse en marcha. Don José se sentía nervioso, no quería llegar demasiado tarde a casa de la señora del entresuelo derecha. A pesar de la conversación que habían tenido, tan plena, tan franca, a pesar de ciertas confidencias intercambiadas, algunas inesperadas en personas que acababan de conocerse, no quedaron tan íntimos como para llamar a la puerta a horas impropias. Don José miró otra vez la plaza, la luz había mudado, la fachada de la Conservaduría General de pronto se volvió gris, pero de un gris todavía luminoso que parecía vibrar, estremecer, y entonces fue cuando, al mismo tiempo que el autobús finalmente arrancaba, desviándose despacio hacia el carril de circulación, un hombre alto, corpulento, subió los escalones de la Conservaduría, abrió la puerta y entró. El jefe, murmuró don José, qué hará en la Conservaduría a estas horas. Impelido por un súbito e inexplicable pánico, se levantó bruscamente del asiento, hizo un movimiento para salir, provocando un gesto de sorpresa e irritación en el pasajero de al lado, después volvió a sentarse, desconcertado consigo mismo. Sabía que el impulso era correr a casa, como si tuviera que protegerla de un peligro, lo que evidentemente sería un absurdo lógico. Un ladrón, imaginando, ya puestos, otro absurdo, que el jefe lo fuese, no entraría por la puerta de la Conservaduría para llegar a la suya. Pero también rozaba el absurdo que el jefe, después de acabada la jornada, hubiese vuelto a la Conservaduría, donde, como en este relato quedó a su debido tiempo aclarado, no tendría ningún trabajo a la espera, don José pondría las manos en el fuego por eso. Suponer que el jefe de la Conservaduría fuera a hacer horas extraordinarias sería más o menos lo mismo que pretender imaginar un círculo cuadrado. El autobús ya abandonó la plaza, y don José continúa rebuscando los motivos profundos que lo habían impelido a proceder de aquella desorientada manera. Acabó decidiendo que la razón radicaría en el hecho de haberse habituado, desde hace unos cuantos años, a ser el único residente nocturno del conjunto de edificios formado por la Conservaduría General y su casa, si es que ésta era merecedora de que le diesen el nombre de edificio, sin duda adecuado desde un punto de vista lingüístico riguroso, pues edificio es todo cuanto fue edificado, pero obviamente impropio en comparación con esa especie de dignidad arquitectónica que de la palabra parece emanar, sobre todo cuando la pronunciamos. Haber visto entrar al jefe en la Conservaduría lo impresionaba del mismo modo que se impresionaría, pensó, si cuando volviera a casa, lo encontrase sentado en su sillón.