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Es sabido cómo nuestros pensamientos, tanto los de inquietud como los de satisfacción, y otros que no son ni de esto ni de aquello, acaban, más tarde o más pronto, por cansarse y aburrirse de sí mismo, es sólo cuestión de dar tiempo al tiempo, es sólo dejarlos entregados al perezoso devaneo que les viene de naturaleza, no lanzar a la hoguera ninguna reflexión nueva, irritante o polémica, tener, sobre todo, el supremo cuidado de no intervenir cada vez que ante un pensamiento ya de por sí dispuesto a distraerse se presente una bifurcación atractiva, un ramal, una línea de desvío. O intervenir, sí, aunque sólo para impelirle con delicadeza por la espalda, principalmente si es de aquellos que incomodan, como si le aconsejáramos, Vete por ahí, que vas bien. Eso fue lo que hizo don José cuando le surgió aquella descabellada y providencial fantasía de la onda fotográfica y de la onda lectora, acto seguido se abandonó a la imaginación, la puso a mostrarle las ondas invasoras rebuscando en todo el cuarto tratando de hallar las fichas, que al final no se habían quedado sobre la mesa, perplejas y avergonzadas por no poder cumplir la orden que habían recibido, Ya saben, o encuentran las fichas y las leen y las fotografían, o regresamos al espionaje clásico. Don José todavía pensó en el jefe, pero se trató de un pensamiento residual, simplemente el que le era útil para encontrar una explicación aceptable al hecho de que hubiera vuelto a la Conservaduría fuera de las horas reglamentarias del servicio, Se olvidó de alguna cosa que le hacía falta, no puede haber otro motivo. Sin darse cuenta, repitió en voz alta la última parte de la frase, No puede haber otro motivo, provocando por segunda vez la desconfianza del pasajero que viajaba a su lado, cuyos pensamientos, a la luz del movimiento que lo hizo mudar de lugar, inmediatamente se tornaron claros y explícitos, este tipo está loco, apostamos que con estas o semejantes palabras lo pensó. Don José no notó la retirada del vecino de asiento, pasó sin transición a ocuparse de la señora del entresuelo derecha, ya la tenía ante sí, en el umbral de la puerta, Se acuerda de mí, soy de la Conservaduría General, Me acuerdo muy bien, Vengo a causa del asunto del otro día, Encontró a mi ahijada, No, no la encontré, o mejor dicho, sí, esto es, no, quiero decir, me gustaría tener una conversación con usted, si no le importa, si tiene un momento disponible, Entre, yo también tengo alguna cosa que contarle. Con más o menos palabras, fueron éstas las frases que don José y la señora del entresuelo derecha pronunciaron en el momento en que ella abrió la puerta y vio a aquel hombre, Ah, es usted, exclamó, por tanto él no precisaba preguntar, Se acuerda de mí, soy de la Conservaduría General, pero a pesar de eso no se resistió a hacer la pregunta, hasta tal punto constante, hasta tal punto imperiosa, hasta tal punto exigente parece ser esta nuestra necesidad de ir por el mundo diciendo quién somos, incluso cuando acabamos de oír, Ah, es usted, como si por habernos reconocido nos conociesen y no hubiera nada más que saber de nosotros, o lo poco que todavía quedara no mereciese el trabajo de una pregunta nueva.
No se había modificado la pequeña sala, la silla donde don José se sentara la primera vez se encontraba en el mismo sitio, la distancia entre ella y la mesa era la misma, las cortinas pendían de la misma manera, hacían los mismos pliegues, era también idéntico el gesto de la mujer al descansar las manos en el regazo, la derecha sobre la izquierda, sólo la luz del techo parecía un poco más pálida, como si la lámpara estuviese llegando al fin. Don José preguntó, Cómo sigue desde mi visita, y luego se recriminó por la falta de sensibilidad, peor aún, por la rematada estupidez de la que estaba dando muestras, tenía la obligación de saber que las reglas de educación elemental no siempre deben seguirse al pie de la letra, hay que tener en cuenta las circunstancias, hay que ponderar cada caso, imaginemos que la mujer le responde ahora con una sonrisa abierta, Felizmente muy bien, de salud, lo mejor posible, de ánimo, excelente, hace mucho tiempo que no me sentía tan fuerte, y él le suelta sin contemplaciones, Pues entonces sepa que su ahijada ha muerto, a ver cómo lo lleva. Pero la mujer no respondió a la pregunta, se limitó a encoger los hombros con indiferencia, después dijo, Durante unos días estuve pensando telefonear a la Conservaduría General, después abandoné la idea, calculando que más pronto que tarde vendría a visitarme, menos mal que decidió no telefonearme, al conservador no le gusta que recibamos llamadas, dice que perjudica al trabajo, Comprendo, pero esto se hubiera resuelto con facilidad, bastaba que le comunicara, a él personalmente, la información que tenía que dar, no era necesario que le avisaran. La frente de don José se cubrió repentinamente de un sudor frío. Acababa de conocer que, a lo largo de varias semanas, ignorante del peligro, inconsciente de la amenaza, estuvo bajo la inminencia del desastre absoluto que hubiera sido la revelación pública de las irregularidades de su comportamiento profesional, del continuo y voluntario atentado que estaba cometiendo contra las venerandas leyes deontológicas de la Conservaduría General del Registro Civil, cuyos capítulos, artículos, párrafos y puntos, aunque complejos, sobre todo debido al arcaísmo del lenguaje, la experiencia de los siglos habían acabado por reducir a siete palabras prácticas, No te metas donde no te llaman. Durante un instante don José odió con rabia a la mujer que tenía delante, la insultó mentalmente, la llamó vieja caquéctica, cretina, necia y, como quien no encuentra nada mejor para vengarse de un susto violento e inesperado, estuvo en un tris de decirle, Ah, es eso, pues entonces aguanta este viento, tu ahijadita, aquélla del retrato, palmó. La mujer le preguntó, Se siente mal, don José, quiere un vaso de agua, Estoy bien, no se preocupe, respondió él, avergonzado del malvado impulso, le voy a preparar un té, No es necesario, muchas gracias, no quiero molestarla, es ese momento don José se sentía más rastrero y humillado que el polvo de la calle, la señora del entresuelo derecha había salido de la sala, oía ruido de lozas en la cocina, pasaron algunos minutos, lo primero de todo es hervir el agua, don José se acuerda de haber leído en alguna parte, probablemente en una de las revistas de donde recortaba retratos de personas célebres, que el té debe hacerse con agua que ha hervido pero ya no hierve, se habría contentado con el vaso de agua fresca, pero la infusión le caerá mucho mejor, todo el mundo sabe que para levantar el ánimo decaído no hay nada que se compare a una taza de té, lo dicen todos los manuales, tanto los de oriente como los de occidente. La dueña de la casa apareció con la bandeja, traía también un plato de pastas, además de la tetera, de las tazas y del azucarero, No le he preguntado si le gustaba el té, sólo pensé que en estos instantes sería preferible al café, dijo, Me gusta el té, sí señora, me gusta mucho, Quiere azúcar, Nunca le pongo, de repente se puso pálido, a sudar, creyó que debía justificarse, Deben de ser los restos de una gripe que he pasado, En ese caso, de haber telefoneado, tampoco le hubiera encontrado en la Conservaduría General, o sea, tendría que contarle a su jefe lo que me pasó. Esta vez el sudor apenas humedeció las palmas de las manos de don José, pero aun así fue una suerte que la taza estuviera sobre la mesa, de tenerla asida en aquel momento, la porcelana habría acabado en el suelo, o se le derramaría el té, escaldándole las piernas al afligido escribiente, con las consecuencias obvias, inmediatamente la quemadura, después el regreso de los pantalones a la lavandería. Don José tomó una pasta del plato, la mordisqueó con lentitud, sin gusto, y, disimulando con el movimiento de la masticación la dificultad que tenían las palabras en salirle, consiguió formular la pregunta que ya se hacía esperar, Y qué información era esa que iba a darme. La mujer bebió un poco de té, extendió la mano dubitativa hacia el plato de pastas, pero no concluyó el gesto. Dijo, Se acuerda que le sugerí, al final de su visita, cuando ya se retiraba, que buscase en la guía telefónica el nombre de mi ahijada, Me acuerdo, pero preferí no seguir su consejo, Por qué, Es muy difícil de explicar, Pero tendrá sus razones, Dar razones para lo que se hace o se deja de hacer es de lo más fácil, cuando reparamos en que no las tenemos o no tenemos las suficientes, tratamos de inventarlas, en el caso de su ahijada, por ejemplo, yo podría ahora declarar que consideré que era preferible seguir el camino más largo y más complicado, Y esa razón, pregunto, es de las verdaderas, o de las inventadas, Convengamos en que tiene tanto de verdad como de mentira, Y cuál es la parte de mentira, En estar aquí procediendo de modo que la razón que le he dado sea tomada como verdad entera, Y no lo es, No, porque omito la razón de haber preferido aquel camino y no otro, directo, Le aburre la rutina de su trabajo, Ésa podría ser otra razón, En qué punto están sus investigaciones, Hábleme primero de lo que sucedió, hagamos cuenta de que yo estaba en la Conservaduría General cuando pensó telefonearme y que al jefe no le importa que llamen a sus funcionarios por teléfono. La mujer se llevó otra vez la taza a los labios, la colocó en el plato sin hacer el menor ruido y dijo, al mismo tiempo que las manos volvían a posarse en el regazo, nuevamente la mano derecha sobre la izquierda, Yo hice lo que le dije a usted que hiciera, le telefoneó, Sí, Habló con ella, Sí, Eso cuando fue, Algunos días después de que usted viniera, no me pude resistir a los recuerdos, ni siquiera conseguía dormir, Y que pasó, Conversamos, Ella debió de sorprenderse, No me lo pareció, pero sería lo natural después de tantos años de separación y de silencio, Se ve que sabe poco de mujeres, especialmente si son infelices, Ella era infeliz, Al poco tiempo comenzamos a llorar, las dos, como si estuviésemos atadas una a otra por un hilo de lágrimas, Le contó alguna cosa de su vida, Quién, Ella a usted, Casi nada, que se había casado pero que ahora estaba divorciada, eso ya lo sabíamos, consta en la ficha, entonces acordamos que vendría a visitarme en cuanto le fuera posible, Y vino, Hasta hoy, no, Qué quiere decir, Simplemente que no vino, Ni telefoneó, Ni telefoneó, cuántos días hace de eso, Unas dos semanas, para más o para menos, para menos, creo, sí, para menos, Y usted qué hizo, Al principio pensé que había cambiado de idea, que finalmente no quería reanudar las antiguas relaciones, no quería intimidades entre nosotras, aquellas lágrimas fueron sólo un momento de debilidad y nada más, ocurre muchas veces, hay ocasiones en la vida en que nos dejamos ir, en que somos capaces de contar nuestros dolores al primer desconocido que se nos presenta, se acuerda, cuando estuvo aquí, Me acuerdo, y nunca le agradeceré bastante su confianza, No piense que se trató de confianza, fue sólo desesperación, sea como sea, le prometo que no tendrá que arrepentirse, puede estar segura de mí, soy una persona directa, sí, tengo la certeza de que no me arrepentiré, gracias, Pero es porque, en el fondo, todo se me ha vuelto indiferente, por eso tengo la certeza de que no voy a arrepentirme, Ah.
Pasar de una interjección tan desconsolada como ésta a una interpelación directa, del género, Y después qué hizo, no era fácil, requería tiempo y tacto, por eso don José se quedó callado, a la espera de lo que viniese.
Como si también lo supiese, la mujer preguntó, Quiere más té, él acepto, Por favor, y acercó la taza. Después la mujer dijo, Hace unos días telefoneé a su casa, Y entonces, Nadie atendió, me respondió un contestador, Sólo telefoneó una vez, El primer día, sí, pero en los días sucesivos lo hice varias veces y a horas diferentes, le telefoneé por la mañana, le telefoneé por la tarde, le telefoneé después de la hora de cenar, llegué incluso a llamar a medianoche, Y nada, Nada, pensé que tal vez se hubiese ido fuera, Ella le dijo dónde trabajaba, No. La conversación ya no podía proseguir alrededor del pozo negro que escondía la verdad, se aproxima el momento en que don José diga Su ahijada murió, es más debía haberlo dicho así que entró, de eso la mujer lo acusará no tardando mucho, Por qué no me lo dijo en seguida, por qué hizo todas esas preguntas si ya sabía que ella estaba muerta, y él no podría mentir alegando que se calló para no darle de golpe, sin preparación, sin respecto, la dolorosa noticia, verdaderamente la causa única de este largo y lento diálogo habían sido las palabras que ella dijo a la entrada, también tengo alguna cosa que contarle, en ese momento le faltó a don José la serenidad resignada que le habría hecho rechazar la tentación de tomar conocimiento de esa pequeña cosa inútil, fuese la que fuese, le faltó la resignación serena de decir No vale la pena, ella murió. Era como si aquello que la señora del entresuelo derecha tuviera que comunicarle pudiese aún, no sabe cómo, hacer correr el tiempo hacia atrás y, en el último de los instantes, robarle a la muerte la mujer desconocida. Cansado, sin otro deseo ahora que el de retardar durante unos segundos más lo inevitable, don José preguntó, No se le ocurrió ir a su casa, preguntó a los vecinos si la habían visto, Claro que llegué a pensar en eso, pero no lo hice, Por qué, Porque sería lo mismo que entrometerme, podría no gustarle, Pero telefoneó, Es diferente. Se hizo un silencio, después la expresión del rostro de la mujer comenzó a cambiar, se tornó interrogativa, y don José comprendió que ella le iba a preguntar, por fin, qué cuestiones relacionadas con el asunto lo habían conducido hoy a su casa, si habían llegado a encontrarse y cuándo, si el problema de la Conservaduría General se había resuelto y cómo, Querida señora, lamento tener que informarle de que su ahijada ha muerto, dijo don José rápidamente.
La mujer abrió mucho los ojos, levantó las manos del regazo y se las llevó a la boca, Qué, Su ahijada, digo que su ahijada falleció, Cómo lo sabe, preguntó la mujer sin reflexionar, Para eso está la Conservaduría, dijo don José, y encogió levemente los hombros como añadiendo, La culpa no es mía, Cuándo murió, Traigo aquí la ficha, si quiere verla. La mujer extendió la mano, se aproximó el cartón a los ojos, después lo apartó mientras murmuraba, Mis gafas, pero no las buscó, sabía que no le iban a servir de nada, incluso queriendo no sería capaz de leer lo que allí estaba escrito, las lágrimas convertían las palabras en un borrón. Don José dijo, Lo siento mucho. La mujer salió de la sala, se demoró unos breves instantes, cuando regresó venía enjugándose los ojos con un pañuelo. Se sentó, se sirvió té de nuevo, después preguntó, Vino sólo para informarme del fallecimiento de mi ahijada, Sí, Fue una gran atención de su parte, Pensé, simplemente, que era mi obligación, Por qué, Porque me sentía en deuda con usted, Por qué, Por la manera simpática de recibirme y atenderme, por ayudarme, por responder a mis preguntas, Ahora que el trabajo que le encargaron llegó al final por la fuerza de las cosas, ya no tendrá que cansarse más buscando a mi pobre ahijada, De hecho, no, A lo mejor ya le han dado la orden en la Conservaduría General para comenzar la búsqueda de otra persona, No, no, casos como éste son raros, Es lo que tiene de bueno la muerte, con ella se acaba todo, No siempre es así, en seguida comienzan las guerras entre los herederos, la ferocidad de las particiones, el impuesto de sucesión que es necesario pagar, Me refería a la persona que muere, En cuánto a ésa, sí, tiene razón, se acaba todo, Es curioso, nunca llegó a explicarme por qué motivo la Conservaduría General quería localizar a mi ahijada, las razones de un interés tan grande, Como acaba de decir la muerte resuelve todos los problemas, Entonces había un problema, Sí, Cuál, No vale la pena hablar de eso, el asunto ha dejado de tener importancia, Qué asunto, Le pido que no insista, es confidencial, cortó don José desesperado. La mujer posó secamente la taza en el plato y dijo, mirando de frente al visitante, Hemos estado aquí, usted y yo, el otro día y hoy, y uno desde el principio siempre diciendo la verdad, otro desde el principio siempre mintiendo, No mentí, ni estoy mintiendo, Reconozca que en todo momento le he hablado claro, franca y abiertamente, que nunca se le pudo pasar por la cabeza que hubiese una sola mentira en mis palabras, Lo reconozco, lo reconozco, Entonces, si hay en esta sala un mentiroso, y estoy segura de que lo hay, no seré yo, No soy mentiroso, Creo que no lo es por naturaleza, pero venía mintiendo cuando entró aquí por primera vez y desde entonces ha mentido siempre, Usted no puede comprenderlo, Comprendo lo suficiente para no creer que la Conservaduría lo haya mandado alguna vez a buscar a mi ahijada, Está equivocada, le aseguro que me mandó, Entonces, si no tiene nada más que decirme, si su última palabra es ésa, salga de mi casa ahora mismo, ya, ya, las dos últimas palabras fueron casi gritadas, y la mujer, después de decirlas, comenzó a llorar. Don José se levantó, dio un paso hacia la puerta, después volvió a sentarse, Perdóneme, dijo, no llore, voy a contarle todo.
Cuando acabé de hablar, me preguntó, Y ahora qué piensa hacer, Nada, dije yo, Piensa volver a sus colecciones de personas famosas, No lo sé, quizá, en alguna cosa tendré que ocupar mi tiempo, me callé un poco pensando y respondí, No, no creo, Por qué, Fijándose bien, la vida de esta gente es siempre igual, nunca varía, aparecen, hablan, se exhiben, le sonríen a los fotógrafos, están constantemente llegando o partiendo, Como cualquiera de nosotros, Yo no, Usted y yo, y todos, también nos exhibimos por ahí, también hablamos, también salimos de casa y regresamos, a veces hasta sonreímos, la diferencia es que nadie nos hace caso, No podríamos ser todos famosos, Para alegría suya, imagine su colección del tamaño de la Conservaduría General, tendría que ser mucho mayor, a la Conservaduría sólo le interesa saber cuándo nacemos, cuándo morimos y poco más, Si nos casamos, nos divorciamos, si enviudamos, si nos volvemos a casar, a la Conservaduría le es indiferente si en medio de todo eso somos felices e infelices, La felicidad o la infelicidad son como las personas famosas, tanto vienen como van, lo peor de la Conservaduría es que no quiere saber quiénes somos, para ella no pasamos de un papel con unos cuantos nombres y unas cuantas fechas, Como la ficha de mi ahijada, O como la suya, o la mía, Qué hubiera hecho de haberla encontrado, No sé, tal vez le hablase, tal vez no, nunca lo he pensado, Y pensó que, en ese momento, cuando al fin la tuviera enfrente, sabría tanto de ella como el día en que decidió buscarla, o sea, nada, que si pretendiese saber quién era ella realmente tendría que comenzar a buscarla otra vez, y que a partir de ahí podría ser mucho más difícil si, al contrario de las personas famosas, que les gusta exhibirse, ella no quisiera ser encontrada, Así es, Pero, estando muerta, podrá seguir buscándola, a ella no le importará ya, No la entiendo, Hasta ahora, a pesar de tantos esfuerzos, sólo ha conseguido averiguar que asistió a un colegio, por cierto, el mismo que yo le indiqué, Tengo fotografías, Las fotografías también son papeles, Podemos dividirlas, Y creeríamos que la estábamos dividiendo a ella, una parte para usted, una parte para mí, No se puede hacer nada más, esto fue lo que le dije en ese momento, creyendo que cerraba el asunto, pero ella me preguntó, Por qué no habla con los padres, con el antiguo marido, Para qué, Para saber alguna cosa más sobre ella, cómo vivía, qué hacía, El marido no querría esa conversación, las aguas pasadas no mueven molinos, Pero los padres, ciertamente, sí, los padres nunca se niegan a hablar de los hijos, incluso estando muertos, es lo que he observado, Si no fui antes, tampoco iré ahora, antes al menos podría decirles que iba enviado por la Conservaduría General, De qué murió mi ahijada, No lo sé, Cómo es posible, el motivo del fallecimiento tiene que estar registrado en su Conservaduría, En las fichas sólo apuntamos la fecha del óbito, no la causa, Pero existe con seguridad una declaración, los médicos están obligados por ley a certificar la defunción, no se limitan a escribir Está muerta cuando ella murió, En los papeles que encontré en los archivos de los muertos no constaba el certificado de defunción, Por qué, No sé, debió de caerse por el camino cuando archivaron el expediente, o se me cayó a mí, está perdido, sería lo mismo que buscar una aguja en un pajar, usted no se puede imaginar lo que es aquello, Por lo que me ha contado, lo imagino, No se lo puede imaginar, es imposible, sólo estando allí, Siendo así, tiene una buena razón para hablar con los padres, dígales que el certificado de defunción se extravió lamentablemente en la Conservaduría, que tiene que reconstituir el expediente si no el jefe lo penaliza, muéstrese humilde y preocupado, pregunte quién fue el médico que la atendió, donde murió, de qué enfermedad, si fue en casa o en el hospital, pregunte todo, aún tendrá consigo la credencial, supongo, Sí, pero es falsa, no se olvide, A mí me engañó, igual les engañará a ellos, si no hay vidas sin mentiras, también algún engaño podrá haber en esta muerte, Si usted fuera funcionaria de la Conservaduría General sabría que no es posible engañar a la muerte. Ella debió de creer que no merecía la pena responderme, y en eso tenía razón porque lo que yo dije no iba más allá de una frase efectista, hueca, de esas que parecen profundas y no tiene nada dentro. Estuvimos en silencio unos dos minutos, ella me miraba con cara reprensora, como si le hubiese hecho una promesa solemne y en el último momento le fallara. No sabía dónde meterme, mi voluntad era dar las buenas noches e irme de allí, pero hubiera sido una grosería estúpida, una indelicadeza que la pobre señora no merecía, son actitudes que realmente no forman parte de mi manera de ser, fui criado así, es verdad que no me acuerdo de haber tomado el té cuando era pequeño, pero el resultado acaba siendo el mismo. Cuando pensaba que lo mejor sería aceptar la idea, comenzar una nueva búsqueda en sentido contrario al de la primera, o sea, desde la muerte hacia la vida, ella dijo, No haga caso, son disparates de mi cabeza, cuando llegamos a viejos y nos damos cuenta de que el tiempo se acaba, nos ponemos a imaginar que tenemos en la mano el remedio para todos los males del mundo y nos desesperamos porque no nos prestan atención, Nunca he tenido esas ideas, Ya le tocará la vez, todavía es muy joven, Joven yo, estoy en los cincuenta y dos, Está en la flor de la edad, No juegue conmigo, Sólo a partir de los setenta llegará a sabio, pero entonces de nada le servirá, ni a usted ni a nadie. Como todavía me falta mucho para llegar a esa edad no supe si tenía que estar de acuerdo o no, por eso creí mejor callarme. Ahora ya podía despedirme, dije, No la molesto más, le agradezco su paciencia y su gentileza, y le pido que me disculpe, la causa de todo esto ha sido aquella locura que tuve, un absurdo como nunca se ha visto, usted estaba tranquila en su casa y vine aquí con artimañas, con historias engañosas, se me suben los colores de vergüenza al acordarme de ciertas preguntas que le hice, Al contrario de lo que acaba de decir, yo no estaba tranquila, estaba sola, contarle algunas de las cosas tristes de mi vida ha sido como quitarme un peso de encima, Menos mal que piensa así, Así pienso, y no quería que se fuese sin hacerle una petición, Dígame, haré todo lo que esté en mi mano para satisfacerla, No hay otra persona que lo pueda hacer mejor, lo que tengo que pedirle es simple, que me visite alguna que otra vez, cuando se acuerde y le apetezca, aunque no sea para hablar de mi ahijada, Vendré a visitarla con mucho gusto, Habrá siempre una taza de café o de té esperándolo, Ésa sería ya una buena razón para venir, pero no faltan otras, Muchas gracias, y mire, le vuelvo a decir que no haga caso de aquella idea mía, a fin de cuentas es tan loca como era la suya, Voy a pensarlo. Le besé la mano como la primera vez, pero entonces ocurrió algo que no esperaba, ella mantuvo mi mano agarrada y se la llevó a los labios. Jamás en mi vida una mujer me había hecho esto, lo sentí como un choque en el alma, un estremecimiento del corazón y aún ahora, de madrugada, tantas horas pasadas mientras escribo en el cuaderno los acontecimientos de este día, miro mi mano derecha y la encuentro diferente, aunque no sea capaz de decir en qué consiste la diferencia, debe de ser cosa de dentro, no de fuera. Don José paró de escribir, posó el lápiz, guardó cuidadosamente en el cuaderno las fichas escolares de la mujer desconocida que, finalmente, sí se habían quedado encima de la mesa, y los metió entre el colchón y el somier, hasta el fondo. Después calentó el guiso que sobrara del almuerzo y se sentó a cenar. El silencio era casi absoluto, apenas se notaba el ruido de los pocos coches que aún circulaban en la ciudad. Lo que se oía mejor era un sonido sofocado, que subía y bajaba como un fuelle distante, pero a ése estaba habituado don José, era la Conservaduría respirando. Don José se metió en la cama pero no tenía sueño. Recordaba los sucesos del día, la irritante sorpresa de ver al jefe entrar en la Conservaduría a la hora inhabitual, la agitada conversación con la señora del entresuelo derecha, de la que había dejado constancia en el cuaderno de notas, fiel en el sentido, no tanto en la forma, lo que se comprende y disculpa ya que la memoria, que es susceptible y no le gusta ser pillada en falta, tiende a rellenar los olvidos con creaciones de realidad propias, obviamente espurias, pero más o menos contiguas a los hechos de cuyo acontecer sólo le quedaba un recuerdo vago, como lo que resta del paso de una sombra. Le parecía a don José que todavía no había llegado a una conclusión lógica de lo que ocurriera, que aún debería tomar una decisión o de lo contrario las últimas palabras que le dijo a la señora del entresuelo, Lo voy a pensar, no serían más que una promesa vana, de aquellas que siempre aparecen en las conversaciones y que nadie espera ver cumplidas. Se desesperaba don José por entrar en el sueño cuando repentinamente le surgió, a saber de qué profundidades, como la punta de un nuevo hilo de Ariadna, la ansiada resolución, El sábado voy al cementerio, dijo en voz alta. La excitación le hizo sentarse bruscamente en la cama, pero la voz tranquila del sentido común acudió aconsejándole, Puesto que decidiste lo que vas a hacer, tiéndete y duerme, no seas niño, no querrás, a estas horas de la noche, ir al cementerio y saltar el muro, es una manera de hablar, claro. Obediente, don José se deslizó entre las sábanas, se tapó hasta la nariz, pero todavía se quedó un minuto con los ojos abiertos pensando, No voy a poder dormir. En el segundo minuto ya dormía.
Se despertó tarde, casi a la hora de abrir la Conservaduría, ni siquiera tuvo tiempo de afeitarse, se vistió atropelladamente y salió de casa en desatinada carrera, impropia de su edad y de su condición. Todos los funcionarios, desde los ocho escribientes hasta los dos subdirectores estaban sentados con los ojos fijos en el reloj de la pared, esperando que el puntero de los minutos se sobrepusiese exactamente al número doce. Don José se dirigió al oficial de su sección, al que debía dar las primeras satisfacciones, y pidió disculpas por el retraso, He dormido mal, se justificó aunque sabía, por experiencia de muchos años, que una explicación como ésta no serviría de nada, Siéntese, fue la respuesta seca que oyó. Cuando, en seguida, el último desliz de la manecilla de los minutos transitó del tiempo de espera al tiempo de trabajo, don José, aturrullado por los cordones de los zapatos, que se olvidara de anudar, aún no había alcanzado su mesa, circunstancia fríamente observada por el oficial que anotó el hecho insólito en la agenda del día. Pasó más de una hora antes de que el conservador llegase. Entró con una expresión concentrada, casi sombría, que hizo que el ánimo de los funcionarios recelase, a primera vista se diría que también él había dormido mal, pero lo cierto es que venía arreglado según su costumbre, afeitado a conciencia, sin una arruga en el traje, ni un pelo fuera de su lugar. Paró un instante junto a la mesa de don José y lo miró con severidad, sin una palabra. Abrumado, don José inició un gesto que parece instintivo en los hombres, el de llevarse la mano a la cara y frotar la barba para ver si está crecida, pero el gesto se interrumpió a mitad de camino, como si de esta manera pudiese disimular lo que para todo el mundo era evidente, el imperdonable desaliño de su figura. La reprimenda, pensaron todos, está al caer. El conservador se dirigió a su mesa, se sentó y llamó a los dos subdirectores. La idea general fue que el asunto se presentaba realmente feo para don José, de no ser así el jefe no habría convocado a sus inmediatos conjuntamente, querría oír sus opiniones sobre la pesada sanción que pretendía aplicar, La paciencia se le agotó, pensaron con alegría los escribientes, últimamente escandalizados por el tratamiento de inmerecido favor del que don José estaba siendo objeto por parte del jefe, ya era hora, sentenciaron in mente.
Sin embargo, pronto percibieron que los tiros no iban por ahí. Mientras uno de los subdirectores ordenaba que todos, oficiales y escribientes, se volvieran hacia el conservador, el otro rodeaba el mostrador y cerraba la puerta de entrada, fijando antes en el lado de fuera un letrero que decía Cerrado temporalmente por necesidades del servicio. Qué será, qué no será, se preguntaban los funcionarios, incluidos los subdirectores, que sabían tanto como los otros, o un poco más, porque el jefe sólo les comunicó que iba a hablar. La primera palabra por él dicha fue Siéntense. La orden pasó de los subdirectores a los oficiales, de los oficiales a los escribientes, hubo el inevitable ruido producido por el cambio de posición de las sillas, colocadas de espaldas a las respectivas mesas, pero todo esto se hizo con rapidez, en menos de un minuto el silencio de la Conservaduría General era absoluto. No se oía una mosca, aunque se sabe que las hay, algunas posadas en lugares seguros, otras agonizando en las inmundas telarañas del techo. El conservador se levantó lentamente, con la misma lentitud paseó los ojos por los funcionarios, uno a uno, como si los viese por primera vez, o como si estuviera intentando reconocerlos después de una larga ausencia, extrañamente su expresión ya no era sombría, o lo era en otro sentido, como si lo atormentase un dolor moral. Después habló, Señores, en mi condición de jefe de esta Conservaduría General del Registro Civil, heredero último de un linaje de conservadores cuya actividad fue históricamente iniciada con el depósito del más vetusto de los documentos custotiados en nuestros archivos, haciendo también uso legítimo de las competencias que me fueron consignadas y siguiendo el ejemplo de mis predecesores, he cumplido y he hecho cumplir con el mayor de los escrúpulos las leyes escritas que regulan el funcionamiento de los servicios, sin ignorar la tradición, antes al contrario teniéndola invariablemente presente en cada momento. Soy consciente de la mudanza de los tiempos, de la necesidad de una continua actualización de medios y de maneras en la vida social, pero comprendo, como siempre tuvieron a bien entender quienes antes de mí ejercieron el gobierno de esta Conservaduría, que la preservación del espíritu, de un espíritu que llamaré de continuidad y de identidad orgánica, debe prevalecer sobre cualquier otra consideración posible, so pena, si así no nos condujéramos, de asistir al derrumbamiento del edificio moral que, en cuanto que primeros y postreros depositarios de la vida y de la muerte, seguimos representando aquí.
No dejará de haber quien proteste por no encontrarse en esta Conservaduría General ni una sola máquina de escribir, para no hablar de la ausencia de cualesquiera otros aparatos más modernos, porque los armarios y las estanterías sigan siendo de madera natural, porque los funcionarios hayan de mojar sus plumas en tinteros y usar el papel secante, habrá quien nos considere ridículamente detenidos en la historia, quien reclame de la autoridad la rápida incorporación de tecnologías avanzadas en nuestros servicios, mas si es verdad que las leyes y los reglamentos son susceptibles de ser alterados y sustituidos en cada momento, no puede suceder del mismo modo con la tradición, que es, como tal, tanto en su conjunto como en su esencia, inmutable. Nadie podrá regresar al pasado para hacer mudanza de una tradición que nació en el tiempo y que por el tiempo fue alimentada y sostenida.
Nadie podrá decirnos que cuando existe no ha existido, nadie osará desear, como si de un niño se tratase, que lo que ha acontecido no hubiera acontecido. Y si lo hicieran, estarían dilapidando su propio tiempo. Éstos son los fundamentos de nuestra razón y de nuestra fuerza, éste es el muro tras el cual nos ha sido posible defender, hasta el día de hoy, ora nuestra identidad, ora nuestra autonomía. Así deberemos continuar. Y así continuaríamos si nuevas reflexiones no nos indicaran la necesidad de nuevos caminos.
Hasta aquí no había surgido ninguna novedad del discurso del jefe, si bien es cierto que ésta era la primera vez que se oía en la Conservaduría General algo parecido a una declaración solemne de principios. La mentalidad uniforme de los funcionarios se formaba sobre todo en la práctica del servicio, regulada en los primeros tiempos con rigor y precisión, mas, en las últimas generaciones, tal vez por fatiga histórica de la institución, se permitieron las graves y continuadas negligencias que conocemos, censurables incluso a la luz de los más benevolentes juicios. Tocados en su embotada conciencia, pensaron los funcionarios que éste sería el tema central de la inesperada disertación, pero no tardaron en desengañarse. Es más, si hubiesen atendido mejor a la expresión fisonómica del conservador, habrían comprendido en seguida que su objetivo no era de carácter disciplinario, no apuntaba a una represión general, en ese caso sus palabras sonarían como golpes secos y todo su rostro se cubriría de desdeñosa indiferencia. Sin embargo no se registraban estas señales en la actitud del jefe, apenas una disposición semejante a la de quien, habituado a vencer siempre, se encuentra, por primera vez en la vida, ante una fuerza mayor que la suya. Y unos pocos, en particular los subdirectores y algún oficial, que creyeron deducir de la última frase proferida el anuncio de la introducción inmediata de modernizaciones que eran moneda corriente fuera de los muros de la Conservaduría General, tampoco tardaron en reconocer, desconcertados, que se habían equivocado. El conservador seguía hablando, Nadie se llame a engaño, sin embargo, creyendo que las reflexiones que estoy exponiendo nos conducirían simplemente a abrir nuestras puertas a los inventos modernos, no sería menester reflexionar para eso, bastaría con hacer llamar a un técnico especializado en tales materias y en un periodo de veinticuatro horas tendríamos la casa a rebosar de máquinas de toda condición. Por mucho que me duela declararlo y por escandaloso que a ustedes les resulte, lo que mis reflexiones pretenden poner en cuestión, quién me lo iba a decir a mí, afecta a uno de los aspectos fundamentales de la tradición de la Conservaduría General, esto es, la distribución espacial de los vivos y de los muertos, su obligada separación, no sólo en archivos distintos sino también en diferentes áreas del edificio. Se oyó un levísimo susurro, como si el pensamiento común de los asombrados funcionarios se hubiese hecho audible, otra cosa no podría ser, ya que ninguno de ellos había osado pronunciar palabra. Me hago cargo de que esto les perturbe, prosiguió el conservador, porque yo mismo, al pensarlo, me he sentido como si fuera responsable de una herejía, peor aún, me he sentido culpable de una ofensa a la memoria de todos aquellos que, antes de mí, ocuparon esta posición de mando, y también de cuantos trabajaron en lugares ahora ocupados por ustedes, pero el empuje incontenible de la evidencia me ha obligado a enfrentarme al peso de la tradición, de una tradición que, durante toda mi vida, había considerado inamovible. Llegar a esta conciencia de los hechos no es obra del azar ni obedece a una revelación instantánea. En dos ocasiones desde que soy jefe de la Conservaduría, he sido objeto de avisos premonitorios, a los que, en aquellos momentos, no atribuí especial relevancia, salvo por haber reaccionado ante ellos de un modo que no tengo reparos en catalogar como primario, pero que, hoy lo comprendo, preparaban el camino para que, con espíritu abierto acogiese un tercero y reciente aviso, del cual, por razones que a mi entender debo mantener secretas, evitaré hacer comentarios en esta ocasión. El primer caso, del que todos ustedes sin duda guardan memoria, tuvo lugar cuando uno de mis subdirectores, presente entre nosotros, propuso que la organización del archivo de los muertos se hiciese al contrario, es decir, más alejados los antiguos, más próximos los recientes.
Debido a la suma de trabajo que implicaría una mudanza tal, y teniendo en cuenta la escasez de funcionarios que padecíamos, la sugerencia se mostraba irrealizable del todo, y así se lo hice saber al proponedor, aunque en términos que me gustaría olvidar, y sobre todo que él los pudiese olvidar.
El subdirector aludido se ruborizó de satisfacción, volvió atrás la cara, mostrándose, y de nuevo mirando al superior asintió ligeramente con la cabeza, como si estuviera pensando, Si pusieses más atención a lo que te dicen. El conservador continuó, No me fue dado entonces percibir que, detrás de una idea en apariencia absurda, y que, en efecto, juzgada desde un ángulo operativo, de hecho lo era, latía una intuición de algo absolutamente revolucionario, una intuición involuntaria, inconsciente, sí, mas no por ese motivo menos efectiva. Bien es cierto que tampoco podría esperarse mucho más de la cabeza de un subdirector, pero el conservador que yo soy estaba obligado, tanto por los deberes connaturales del cargo cuanto por razones de experiencia, a comprender de inmediato lo que la futilidad aparente de la idea ocultaba. Esta vez el subdirector no miró hacia atrás, y si se ruborizó de despecho nadie lo notó porque tenía la cabeza baja. El conservador hizo una pausa para suspirar profundamente, y continuó, El segundo caso fue el que concierne a aquel investigador de materias heráldicas que desapareció en el archivo de los muertos y al que sólo una semana después conseguimos descubrir, a punto de expirar, cuando ya habíamos perdido todas las esperanzas de encontrarlo vivo. Tratándose de un episodio de características tan comunes, pues ciertamente no creo que haya nadie que, al menos una vez en la vida, no se haya perdido en el laberinto, me limité a tomar las providencias que se imponían, cursando una orden interna destinada a determinar el uso obligatorio del hilo de Ariadna, designación clásica y, si me permiten ustedes que así me exprese, irónica, de la cuerda que guardo en mi cajón. Que la medida fue acertada lo corrobora el hecho de que, desde entonces, no se haya verificado ningún caso semejante o siquiera parecido. Llegados a este punto, y según esta exposición, cabría preguntarse cuáles fueron las conclusiones que deduje del caso del heraldista perdido, y yo diré, con toda humildad, que si recientemente no hubiesen tenido lugar ciertos hechos y si esos hechos de referencia no hubiesen suscitado en mí ciertas reflexiones, jamás habría llegado a comprender el doble absurdo que representa separar a los muertos de los vivos. Es absurdo, en primer lugar desde el punto de vista archivístico, si se considera que la manera más fácil de encontrar a los muertos será buscándolos donde se encuentran los vivos, puesto que a éstos, por estar vivos, los tenemos permanentemente delante de los ojos, pero, en segundo lugar, representa también un absurdo desde el punto de vista de la memoria, ya que si los muertos no estuvieran en medio de los vivos más tarde o más temprano acabarían por ser olvidados, y después, con perdón por la vulgaridad de la expresión, es un engorro descubrirlos cuando los necesitamos, y ya se sabe que antes o después eso ocurrirá. Para todos los que me escuchan aquí, sin distinción de escalafones ni de circunstancias personales, debe quedar claro que estoy hablando, únicamente, de asuntos concernientes a esta Conservaduría General, y no del mundo exterior, donde, por razones que atañen a la higiene física y a la salud mental de los vivos, se usa enterrar a los muertos. Mas me atrevo a decir que es precisamente esa misma necesidad de higiene física y de sanidad mental la que debe determinar que nosotros, los de la Conservaduría General del Registro Civil, nosotros, los que escribimos y movemos los papeles de la vida y de la muerte, reunamos en un solo archivo, al que simplemente denominaremos histórico, a los muertos y los vivos, haciéndolos inseparables en este lugar, ya que, extramuros, la ley, la costumbre y el miedo no lo consienten. Firmaré, por tanto, una orden donde se especificará, primero, que a partir de la fecha del día de hoy, los muertos permanecerán en el mismo lugar del archivo que ocupaban en vida, segundo, que progresivamente, expediente a expediente, documento a documento, desde los más recientes a los más antiguos, se procederá a la reintegración de los muertos del pasado en el archivo que vendrá a ser el presente de todos. Soy consciente de que el segundo punto necesitará muchas decenas de años para hacerse efectivo, que ni a nosotros ni probablemente a la generación siguiente nos será dado asistir al momento en que los papeles del último muerto, hechos trizas, devorados por las polillas, oscurecidos por el polvo de los siglos, regresen al mundo de donde, por una última e innecesaria violencia, fueron retirados. Así como la muerte definitiva es el fruto último de la voluntad de olvido, así la voluntad de recuerdo podrá perpetuarnos la vida. Argumentarán tal vez, con supuesta argucia, si es que yo esperase opinión, que una perpetuidad como ésta de nada les valdría a los que murieron. Sería un argumento propio de quien no ve más allá de la punta de su nariz. En tal caso, y en el caso, también, de que yo creyera necesario responder, tendría que explicarles que sólo de vida he estado hablando aquí, y no de muerte, y si esto no lo han entendido antes, es porque nunca serán capaces de entender sea lo que sea.
La actitud reverencial con que la parte final del discurso había sido escuchada fue sacudida bruscamente por el sarcasmo de las últimas palabras.
El conservador volvía a ser el jefe que conocían desde siempre, altanero e irónico, implacable en los juicios, riguroso en la disciplina, como a continuación dejó claro, Sólo en su interés, no en el mío, debo aún decirles que el peor error en que incurrirían a lo largo de sus vidas sería considerar una señal de flaqueza personal o de disminución de autoridad oficial el hecho de que les haya hablado con el corazón y con la mente abiertos. Si no me he limitado simplemente a ordenar, sin explicaciones, como sería mi derecho, la reintegración o unificación de los archivos, es sólo porque quiero hacerles comprender las razones profundas de mi decisión. Es sólo porque deseo que el trabajo que les espera sea ejecutado con el espíritu de quien se siente edificando algo y no con el alejamiento burocrático de quien ha sido mandado a juntar papeles con papeles. La disciplina en esta Conservaduría seguirá siendo la que siempre fue, ninguna distracción, ningún devaneo, ninguna palabra que no esté directamente relacionada con el servicio, ninguna entrada fuera de horas, ninguna muestra de desaliño en el comportamiento personal, tanto en los modos como en la apariencia. Don José pensó, Esto va por mí, por no haberme afeitado, pero no se preocupó, probablemente la alusión se quedase en eso, en todo caso bajó la cabeza muy despacio, como un alumno que no ha estudiado la lección y que quiere escapar de ser llamado a la pizarra. Parecía que el discurso había llegado a su fin, pero nadie se movía, tenían que esperar la orden al trabajo, por eso se sobresaltaron todos cuando el conservador llamó en un tono fuerte y seco, Don José. El interpelado se levantó rápidamente, Qué querrá de mí, ya no pensaba que el motivo de la brusca llamada fuese la barba crecida, algo mucho más grave que una simple reprimenda estaba por llegar, era eso lo que la severa expresión del jefe le anunciaba, era eso lo que una angustia terrible comenzaba a gritarle dentro de la cabeza cuando lo vio avanzar en su dirección, detenerse frente a él, don José apenas puede respirar, espera la primera palabra como el condenado a muerte espera la caída de la cuchilla, el tirón de la cuerda o la descarga del pelotón de fusilamiento, entonces el jefe dijo, esa barba.
Después se volvió de espaldas, hizo una señal a los subdirectores para recomenzar el trabajo. Ahora se notaba en su cara una cierta placidez, un aire de extraño sosiego, como si también él hubiese llegado al final de una jornada. Nadie vendrá a comentar con don José estas impresiones, en primer lugar para que no se le llene la cabeza con más fantasías, en segundo lugar porque la orden es clara, Ninguna palabra que no esté directamente relacionada con el servicio.
Se entra en el cementerio por un edificio antiguo cuyo frontispicio es hermano gemelo de la fachada de la Conservaduría General del Registro Civil. Presenta los mismos tres escalones de piedra negra, la misma vieja puerta en el centro, las mismas cinco ventanas alargadas encima. Si no fuese por el gran portón de dos hojas contiguo a la delantera, la única diferencia visible sería la placa sobre la puerta de entrada, también con letras de esmalte, que dice Cementerio General. El portón está cerrado desde hace muchos años, cuando se hizo evidente que el acceso por allí se había vuelto impracticable, que dejara de satisfacer cabalmente el fin a que había sido destinado, esto es, dar paso cómodo no sólo a los difuntos y a sus acompañantes, sino también a las visitas que aquéllos viniesen a tener después. Del mismo modo que todos los cementerios de este o de cualquier otro mundo, comenzó siendo una cosita minúscula, una parcela breve de terreno en la periferia de lo que todavía era un embrión de ciudad, orientado hacia el aire libre de las campiñas, pero después, con el paso de los tiempos, como infelizmente tenía que ser, fue creciendo, creciendo, creciendo, hasta convertirse en la necrópolis inmensa que es hoy. Al principio estaba todo tapiado y, durante generaciones, cada vez que la apertura de dentro comenzaba a perjudicar tanto el alojamiento ordenado de los muertos como la circulación práctica de los vivos, se hacía lo mismo que en la Conservaduría General, se echaban abajo los muros y se levantaban un poco más atrás.
Un día, va ya de camino de cuatro siglos que esto aconteció, el entonces curador del cementerio tuvo la idea de abrirlo por todos los lados, excepto por la parte que daba a la calle, alegando que ésta era la única manera de reanimar la relación sentimental entre los de dentro y los de fuera, muy disminuida por entonces, como cualquier persona podría verificar si reparase en el abandono en que se encontraban las sepulturas, principalmente las más antiguas. Creía él que los muros, aunque sirviendo de forma positiva a la higiene y el decoro, acababan teniendo el efecto perverso de dar alas al olvido, lo que por otra parte no debería causar sorpresa a nadie, diciendo como decía la sabiduría popular, desde que el mundo es mundo, que el corazón no siente lo que los ojos no ven. Tenemos muchas razones para pensar que fueran sólo de raíz interna los motivos que llevaron al jefe de la Conservaduría a tomar la decisión de unificar, contra la tradición y la rutina, los archivos de los muertos y de los vivos, reintegrando de esta manera, en el área documental específica abarcada en sus atribuciones, la sociedad humana. Por eso nos es más difícil comprender por qué no fue aplicada luego la lección precursora de un humilde y primitivo curador de cementerio, de pocas luces, sin duda, como era natural en el oficio y propio de su tiempo, pero de revolucionarias intuiciones, y que para colmo, lo registramos con tristezas, no tiene en su sepultura, señalando el hecho a las generaciones venideras, una lápida digna. Por el contrario, desde hace cuatro siglos andan cayendo anatemas, insultos, calumnias y vejámenes sobre la memoria del infeliz innovador, considerado como el responsable histórico de la situación presente de la necrópolis, a la que llaman desastrosa y caótica, sobre todo porque el Cementerio General no sólo continúa sin tener muros alrededor sino que además es imposible que los vuelva a tener alguna vez. Expliquémonos mejor.
Quedó dicho arriba que el cementerio creció, no, claro está, por obra y gracia de una virtud reproductora intrínseca suya, como fuera, permítaseme el macabro ejemplo, que los muertos imprudentemente hubieran generado muertos, sino porque la ciudad fue aumentando en población y por tanto también en superficie. Cuando todavía el Cementerio General estaba rodeado de muros, ocurrió, más de una vez, en épocas sucesivas, aquello que después, en lenguaje burocrático municipal, se denominaría brotes de expansión demográfica urbana. Poco a poco, los extensos campos de detrás del Cementerio comenzaron a ser poblados, surgieron pequeñas aglomeraciones, aldeas, caseríos, segundas residencias, que a su vez fueron creciendo aquí y allí, tocándose unas a otras, pero dejando aún entre medias amplios espacios vacíos, que eran campos de cultivo, o bosques, o pastos, o matorrales. Por ahí fue avanzando el Cementerio General cuando derribaron los muros.
Como una riada que comienza inundando las cotas de nivel inferior, serpenteando por los valles, y después, paulatinamente, va subiendo por las laderas, así las sepulturas fueron ganando terreno, muchas veces con grave perjuicio para la agricultura, cuando los propietarios, forzados por el asedio, no tuvieron otro remedio que vender las huertas, y otras veces contorneando pomares, trigales, eras y corrales de ganado, siempre a la vista de las poblaciones, y muchas veces, por así decirlo, puerta con puerta. Observado desde el aire, el Cementerio General parece un árbol tumbado, enorme, con un tronco corto y grueso, constituido por el núcleo original de sepulturas, de donde arrancan cuatro poderosas ramas, contiguas en su nacimiento, pero que después, en bifurcaciones sucesivas, se extienden hasta perderse de vista, formando, según el decir de un poeta inspirado, una frondosa copa en la que la vida y la muerte se confunden, como se confunden en los árboles propiamente dichos, las avecillas y el follaje. Ésta es la causa por la que el portón del Cementerio General ha dejado de servir como paso de las comitivas fúnebres. Se abre sólo de tarde en tarde, cuando un investigador de piedras viejas, después de haber estudiado en el lugar algún monolito funerario de los primeros tiempos, pide autorización para sacar unos moldes, con el consiguiente manejo de materias brutas, como son el yeso, la estopa y los alambres, y en ocasiones complementariamente, fotografías delicadas y precisas, de aquellas que necesitan focos, reflectores, baterías, fotómetros, sombrillas y otros artefactos, que, unos y otros, para no perturbar el servicio administrativo, no se permite que pasen por la pequeña puerta que une por dentro el edificio con el Cementerio.
A pesar de esta exhaustiva acumulación de pormenores, quizá considerados insignificantes, en caso de que, por regresar a las comparaciones botánicas, el bosque impidiera ver los árboles, es bien posible que algún oyente de este relato, de los atentos y vigilantes, de los que no han perdido el sentido de una exigencia normativa heredada de procesos mentales determinados sobre todo por la lógica adquirida de los conocimientos, es bien posible que el tal oyente se declare radicalmente contrario a la existencia y todavía más a la generalización de cementerios tan desgobernados y delirantes como éste, que llega al punto de pasearse, casi hombro con hombro, por lugares que los vivos habían destinado para su exclusivo uso, o sea, las casas, las calles, las plazas, los jardines y otros lugares públicos, los teatros y los cines, los cafés y los restaurantes, los hospitales, los manicomios, las comisarías de policía, los parques infantiles, las zonas deportivas, las de ferias y exposiciones, los aparcamientos, los grandes almacenes, las tiendas pequeñas, las travesías, los callejones, las avenidas. Que, aunque percibiendo como irresistible la necesidad de crecimiento del Cementerio General, en armonía simbiótica con el desarrollo de la ciudad y el aumento de la población, consideran que el espacio destinado al reposo final debería seguir ciñéndose a límites estrictos y obedeciendo a reglas estrictas. Un cuadrilátero vulgar de muros altos, sin adornos ni excrecencias fantasiosas de arquitectura, sería más que suficiente, en vez de esta especie de pulpo desmesurado, realmente más pulpo que árbol, por mucho que duela a las imaginaciones poéticas, extendiendo por ahí fuera sus ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro tentáculos, como si quisiese abarcar el mundo.
Que en los países civilizados el uso correcto, con ventajas certificadas por la experiencia, es que los cuerpos permanezcan bajo tierra unos cuantos años, cinco en general, al final de los cuales, salvo milagro de incorrupción, se retirará lo poco que haya sobrado del trabajo corrosivo de la cal viva y de la digestión de los gusanos, para dar espacio a los nuevos ocupantes. En los países civilizados no existe esta práctica absurda de los lugares a perpetuidad, esta idea de considerar para siempre intocable cualquier sepultura, como si, no habiendo podido ser definitiva la vida, la muerte lo pudiese ser. Las consecuencias están a la vista, este portón condenado, la anarquía de la circulación interna, el rodeo cada vez mayor que los entierros tienen que dar por fuera del Cementerio General antes de llegar a su destino, en un extremo cualquiera de uno de los sesenta y cuatro tentáculos del pulpo, que nunca lograrían alcanzar si no llevasen delante un guía. De la misma manera que la Conservaduría del Registro Civil, aunque la correspondiente información, por deplorable olvido, no fuera dada el momento adecuado, la divisa no escrita de este Cementerio General es Todos los Nombres, aunque deba reconocerse que, en realidad, es a la Conservaduría a la que estas tres palabras le sientan como un guante, por cuanto en ella todos los nombres efectivamente se encuentran, tanto los de los muertos como los de los vivos, mientras que el Cementerio, por su propia naturaleza de último destino y último depósito, tendrá que contentarse siempre con los nombres de los finados. Esta evidencia matemática, sin embargo, no es suficiente para reducir al silencio a los curadores del Cementerio General, que, ante lo que llaman su aparente inferioridad numérica, suelen encoger los hombros y argumentar, Con tiempo y paciencia aquí vendrán todos a parar, la Conservaduría del Registro Civil, bien vistas las cosas, no pasa de un afluente del Cementerio General. Excusado será decir que para la Conservaduría es un insulto llamarla afluente. A pesar de estas rivalidades, de esta emulación profesional, las relaciones entre los funcionarios de la Conservaduría y del Cementerio son claramente amistosas, de respeto mutuo, porque, en el fondo además de la colaboración institucional a que están obligados por la comunidad formal y contigüidad objetiva de sus respectivos estatutos, saben que andan cavando en los dos extremos de la misma viña, esta que se llama vida y está situada entre la nada y la nada.
No era la primera vez que don José aparecía en el Cementerio General.
La necesidad burocrática de realizar algunas verificaciones, el esclarecimiento de discrepancias, la confrontación de datos, la dilucidación de diferencias obligan a trasladarse, con relativa frecuencia, a los funcionarios de la Conservaduría al Cementerio, casi siempre los escribientes, poco los oficiales y nunca, ni necesario sería referirlo, los subdirectores o el conservador. También los escribientes y alguna que otra vez los oficiales del Cementerio General, por motivos semejantes, van a la Conservaduría, también allí lo reciben con la misma cordialidad con que van a acoger aquí a don José. Tal como la fachada, el interior del edificio es una copia fidelísima de la Conservaduría, debiendo en todo caso precisarse que los funcionarios del Cementerio General suelen afirmar que es la Conservaduría del Registro Civil la copia del Cementerio, y además, considerando que le falta el portón, incompleta, a lo que los de la Conservaduría responden que buen portón es ése, que está siempre cerrado. Sea como sea, aquí se encuentra el mismo mostrador largo que atraviesa el enorme salón, las mismas altísimas estanterías, la misma disposición del personal, en triángulo, con los ocho escribientes en la primera línea, los cuatro oficiales a continuación, los dos subcuradores, que así es como se llaman aquí, y no subdirectores, tal como el curador, en el vértice, no es conservador, y sí curador. Sin embargo, el personal burocrático no es todo el personal del Cementerio. Sentados en dos bancos corridos, a un lado y a otro de la puerta de entrada, frente al mostrador, están los guías. Hay quien, crudamente, sigue llamándoles enterradores, como en los primeros tiempos, pero la designación de su categoría profesional, en el boletín oficial de la ciudad, es guía-de-cementerio, lo que, reparando mejor, y al contrario de lo que se podría imaginar no corresponde a un eufemismo bien intencionado que pretendiese disimular la brutalidad dolorosa de una azada excavando un agujero rectangular en la tierra, antes bien es la expresión correcta de una función que no se limita a bajar al muerto a la profundidad, pues lo conduce también por la superficie. Estos hombres, que trabajan en pareja, esperan sentados, en silencio, que vengan los cortejos fúnebres, y después, pertrechados de la respectiva guía de marcha, rellenada por el escribiente a quien le tocó el difunto, se meten en uno de los coches de servicio que esperan en el aparcamiento, aquellos que tienen en la parte de atrás un letrero luminoso que se enciende y se apaga y que dice Sígame, como se usa en los aeropuertos, por lo menos en este punto tiene toda la razón el curador del Cementerio General cuando afirma que están más avanzados en la moderna tecnología que la Conservaduría del Registro Civil, donde la tradición todavía manda escribir con pluma de mojar en el tintero. Realmente, cuando se ve al coche fúnebre y a sus acompañantes siguiendo obedientemente a los guías por las cuidadas calles de la ciudad y por los malos caminos de los arrabales, con la luz dale que dale hasta el sitio donde será la sepultura, Sígame, Sígame, Sígame, es imposible no concordar que las mudanzas del mundo no siempre son para peor. Y, aunque el pormenor no sea de especial importancia para la comprensión global del relato, viene a propósito explicar que una de las características más significativas de la personalidad de estos guías es que creen que el universo está efectivamente regido por un pensamiento superior permanentemente atento a las necesidades humanas, porque si así no fuese, argumentan ellos, los automóviles no habrían sido inventados precisamente en el momento en que comenzaban a ser más necesarios, o sea, cuando el Cementerio General se había vuelto tan extenso que sería un verdadero calvario llevar al difunto al gólgota por medios tradicionales, fuese el palo y la cuerda, fuese la carreta de dos ruedas. Cuando sensatamente se les observa que deberían ser más cuidadosos con las palabras, pues gólgota y calvario son una y la misma cosa, y que no tiene sentido usar términos que anuncian el dolor a propósito del transporte de alguien que ya no tendrá que sufrir más, es seguro y garantizado que nos responderán con malos modos, que cada uno sabe de sí y sólo Dios sabe de todos.
Entró pues don José y avanzó directamente al mostrador, lanzando al pasar una mirada fría a los guías sentados, con quienes no simpatizaba porque su existencia desequilibraba numéricamente la relación de personal a favor del Cementerio. Siendo conocido de la casa, no necesitaría presentar el carné que lo identificaba como funcionario del Registro Civil, y, en cuanto a la famosa credencial, ni siquiera se le había pasado por la cabeza traerla, porque hasta el más inexperto de los escribientes, de un golpe de vista, sería capaz de percatarse de que era falsa desde la primera a la última línea. De los ocho funcionarios que se alineaban tras el mostrador, don José escogió uno de los que mejor le caían, un hombre algo mayor que él, con el aire ausente de quien ya no espera otra vida. Tal como a los otros, cualquiera que fuese el día, siempre lo habían encontrado allí. Al principio llegó a pensar que los funcionarios del cementerio no disfrutaban de descanso semanal ni de vacaciones, que trabajaban todos los días del año, hasta que alguien le dijo que no era así, que había grupos de eventuales contratados para trabajar los domingos, ya no estamos en el tiempo de la esclavitud, don José.
Parece inútil decir que el deseo de los funcionarios del Cementerio General, desde hace mucho tiempo, es que los eventuales se encarguen también de las tardes de sábado, pero, por alegadas razones de presupuesto y partida económica, la reivindicación no ha sido aún satisfecha, no sirviéndole de nada al personal del Cementerio la invocación del ejemplo de la Conservaduría del Registro Civil, que los sábados sólo trabaja por la mañana, por cuanto, según el sibilino despacho superior que negó el requerimiento, Los vivos pueden esperar, los muertos no. De todos modos, era insólito que un funcionario de la Conservaduría apareciese por allí de servicio precisamente en una tarde de sábado, cuando se suponía que estuviera disfrutando del ocio semanal con la familia, paseando por el campo u ocupado en ajustes domésticos que se guardan para cuando haya tiempo, o apenas vagueando, o, todavía, preguntándose para qué sirve el descanso cuando no sabemos qué hacer con él. Con el fin de evitar inoportunas extrañezas, que fácilmente se tornarían embarazosas, don José tuvo el cuidado de adelantarse a la curiosidad del interlocutor, dando la justificación que ya traía preparada, es un caso excepcional, de urgencia, mi subdirector necesita esta información el lunes a primera hora, por eso me pidió que viniese hoy al Cementerio General, en mis horas libres, Ah, bien, dígame de qué se trata, Es muy simple, sólo queríamos saber cuándo fue enterrada esta mujer.
El hombre tomó la ficha que don José le presentaba, copió en un papel el nombre y la fecha de fallecimiento y fue a consultar con el oficial respectivo. Don José no entendió lo que decían, aquí, tal como en la Conservaduría, sólo se puede hablar en voz baja, en este caso hay que contar también con la distancia, pero vio que afirmaba con la cabeza y, por el movimiento de los labios, no tuvo dudas de que decía, Puede informar. El hombre buscó en el fichero que se encontraba debajo del mostrador, donde estaban archivadas las fichas de los fallecidos en los últimos cincuenta años, los otros llenan las altas estanterías que se prolongan hacia el interior del edificio, abrió uno de los cajones, encontró la ficha de la mujer, copió en el papel la fecha necesaria y volvió donde se hallaba don José, Aquí tiene, dijo, y añadió, como si creyese que la información podía ser útil, Está en los suicidas. Don José sintió una contracción súbita en la boca del estómago, que es, más o menos, el lugar donde, según un artículo que leyera tiempos atrás en una revista de divulgación científica, existe una especie de estrella de nervios con muchas puntas, un enlace irradiante al que llaman plexo solar, sin embargo consiguió disimular la sorpresa con un fingimiento automático de indiferencia, la causa de la muerte constaría forzosamente en el certificado de defunción perdido, que él nunca ha visto, pero que, como funcionario de la Conservaduría, y más viniendo al Cementerio en misión oficial, no podía mostrar que desconocía. Con todo cuidado dobló el papel y lo guardó en la cartera, dio las gracias al informador, no olvidándose de añadir, entre oficiales del mismo oficio, manera simple de decir, pues no pasaban ambos de escribientes, que quedaba a su disposición para todo lo que necesitase de la Conservaduría y estuviese a su alcance. Cuando ya había dado dos pasos en dirección a la puerta se volvió, Se me ha ocurrido ahora una idea, aprovechar un rato de la tarde para dar un paseo por el Cementerio, si me autorizasen a entrar por aquí, evitaría dar un rodeo, Espere que voy a preguntar, dijo el escribiente. Comunicó la petición al oficial con quien antes había hablado, pero éste, en lugar de responder, se levantó y se dirigió al subcurador de su sección.
A pesar de que la distancia era mayor, don José entendió por el gesto de la cabeza y por el movimiento de los labios que iba a ser autorizado para servirse de la puerta interior.
El escribiente no volvió en seguida al mostrador, abrió primero un armario de donde retiró un gran cartón que después colocó debajo de la tapa de una máquina que tenía unas lucecitas de colores. Presionó un botón, se oyó el ruido de un mecanismo, se encendieron otras luces y luego salió una hoja de papel más pequeña por una abertura lateral. El escribiente volvió a guardar el cartón en el armario y por fin regresó al mostrador, Es mejor que se lleve un mapa, ya hemos tenido casos de personas que se pierden, después es una enorme complicación encontrarlas, los guías tienen que andar buscándolas con los coches y por esa causa se entorpece el servicio, se juntan los funerales ahí fuera a la espera, Las personas entran en pánico fácilmente, bastaría que siguiesen siempre en línea recta en una misma dirección, a alguna parte llegarían, en el archivo de los muertos de la Conservaduría General sí que es difícil, no hay líneas rectas, En teoría tiene razón, pero las líneas rectas de aquí son como las de los laberintos de corredores, están constantemente interrumpiéndose, cambiando de sentido, se da la vuelta a una sepultura y de pronto dejamos de saber dónde estamos, En la Conservaduría solemos usar el hilo de Ariadna, nunca falla, Hubo también una época en que nosotros lo utilizamos, pero duró poco tiempo, el hilo apareció cortado en varias ocasiones y nunca se llegó a saber quién había sido el autor de la tropelía ni la razón que tuvo para cometerla, Los muertos no fueron, seguro, Quién sabe, Esas personas que se perdieron eran gente sin iniciativa, podrían haberse guiado por el sol, Alguna lo habrá hecho, lo malo es que ese día el cielo estuviera cubierto, En la Conservduría no tenemos de aquellas máquinas, Pues le digo que dan mucho apaño al servicio. La conversación no podía proseguir por más tiempo, el oficial ya había mirado dos veces, y la segunda con el ceño fruncido, fue don José quien lo observó en voz baja, Su oficial ya nos ha echado dos miradas, no quiero que tenga problemas por mi causa, Le indico sólo el lugar donde la mujer está enterrada, repare en el extremo de este ramal, la línea ondulada que se ve aquí es un riachuelo que todavía va sirviendo de frontera, la sepultura se encuentra en este recodo, la identificará por el número, Y por el nombre, Sí, si, ya lo tiene, pero son los números lo que cuentan, los nombres no cabrían en el mapa, sería necesario uno del mismo tamaño del mundo, Escala uno por uno, Sí, escala uno por uno, e incluso así habría superposiciones, Está actualizado, Lo actualizamos todos los días, Y ya puestos, dígame qué le induce a imaginar que pretendo ver la sepultura de esta mujer, Nada, tal vez porque yo habría hecho lo mismo si estuviera en su lugar, Por qué, para tener la certeza, de que está muerta, No, la certeza de que estuvo viva. El oficial miró por tercera vez, hizo el movimiento de quien se va a levantar, pero no llegó a terminarlo, don José se despidió precipitadamente del escribiente, Gracias, gracias, dijo, a la vez que inclinaba ligeramente la cabeza en dirección al curador, entidad a quien las reverencias debían ir siempre encomendadas, como cuando se da gracias al cielo, aunque esté cubierto, con la importante diferencia de que en aquel caso la cabeza no se baja, se levanta.
La parte más antigua del Cementerio General, la que se ensanchaba unas cuantas decenas de metros por la parte trasera del edificio administrativo, era la que los arqueólogos preferían para sus investigaciones. Las vetustas piedras, algunas tan gastadas por el tiempo que sólo se conseguía distinguir en ellas unas rayas medio desvanecidas que tanto podrían ser restos de letras como el resultado de desvíos de un escoplo torpe, continuaban siendo objeto de intensos debates y polémicas en las que, perdida definitivamente, en la mayor parte de los casos, la esperanza de saber quién había sido puesto bajo ellas, apenas se discutía, como una cuestión vital, la datación probable de los túmulos. Diferencias tan insignificantes como unos míseros cien años para atrás o para delante eran motivo de larguísimas controversias, tanto públicas como académicas, de las que resultaban, casi siempre, no sólo violentas rupturas de relaciones personales, sino algunas mortales enemistades. Las cosas, si es posible, iban a peor cuando los historiadores y los críticos de arte aparecían metiendo la cuchara en el asunto, pues si era relativamente fácil, todavía, poner de acuerdo al cuerpo de arqueólogos sobre un concepto amplio de antigüedad aceptable para todos, dejando las fechas para después, ya la cuestión de lo bello y de lo verdadero situaba a los hombres y a las mujeres de la estética y de la historia tirando cada uno para su lado, no siendo nada raro ver a un crítico mudar súbitamente de opinión sólo porque la mudanza de opinión de otro crítico hiciera coincidir las dos. A lo largo de los siglos, la inefable paz del Cementerio General, con sus alas de vegetación espontánea, sus flores, sus trepadoras, sus densos macizos, sus festones y guirnaldas, sus ortigas y sus cardos, los poderosos árboles cuyas raíces muchas veces desenterraban las piedras tumulares y hacían subir hasta la luz del sol unos sorprendidos huesos, había sido objetivo y testigo de feroces guerras de palabras y de uno u otro paso a vías expeditivas. Siempre que incidentes de esta naturaleza sucedían, el curador comenzaba ordenando a los guías disponibles que acudiesen a separar a los ilustrados díscolos, dándose el caso, cuando alguna situación de imperiosa necesidad lo exigió, de presentarse en persona y figura para recordar irónicamente a los peleadores que no valía la pena despeinarse por tan poco en vida, puesto que, tarde o temprano, allí se reunirían todos calvos.
Del mismo modo que el jefe de la Conservaduría del Registro Civil, el curador del Cementerio General cultiva con brillantez el sarcasmo, quedando así confirmada la presunción de que este trazo de carácter sea considerado indispensable para acceder a sus altas y respectivas funciones, a la par, obviamente, de los competentes conocimientos prácticos y teóricos de técnica archivística. En alguna cosa, no obstante, historiadores, críticos de arte y arqueólogos reconocen estar en consonancia, el hecho evidente de que el Cementerio General es un catálogo perfecto, un muestrario, un resumen de todos los estilos, sobre todo de arquitectura, escultura y decoración, y por tanto un inventario de todos los modos de ver, estar y habitar existentes hasta hoy, desde el primer dibujo elemental de un perfil de cuerpo humano, después abierto y excavado con el pico en la piedra viva, hasta el acero cromado, los paneles reflectores, las fibras sintéticas y las vidrieras de espejo usadas de forma disparatada en la actualidad de la que se ha venido hablando.
Los primeros monumentos funerarios estaban constituidos por dólmenes, cistas y estelas, después aparecían, como una gran página extendida, en relieve, los nichos, las aras, los tabernáculos, las duernas de granito, las vasijas de mármol, las lápidas lisas y labradas, las columnas dóricas, jónicas, corintias y compósitas, las cariátides, los frisos, los acantos, los entablamentos y los frontones, las bóvedas falsas, las bóvedas verdaderas, y también los paños de muro montados con tejas sobrepuestas, las fundaciones de murallas ciclópeas, los tragaluces, los rosetones, las gárgolas, los ventanales, los tímpanos, los pináculos, los enlosados, los arbotantes, los pilares, las pilastras, las estatuas yacentes representando hombres de yelmo, espada y armadura; los capiteles con historias y sin historias, las granadas, los lirios, las perpetuas, los campanarios, las cúpulas, las estatuas yacentes representando mujeres de tetas apretadas, las pinturas, los arcos, los fieles perros recostados, los niños enfajados, las portadoras de ofrendas, las plañideras con la cabeza cubierta por un manto, las agujas, las nervaduras, los vitrales, las tribunas, los púlpitos, los balcones, otros tímpanos, otros capiteles, otros arcos, unos ángeles de alas abiertas, unos ángeles de alas caídas, medallones, urnas vacías, o fingiendo llamas de piedra, o dejando salir lánguidamente un crespón, melancolías, lágrimas, hombres majestuosos, mujeres magníficas, niños amorosos cercenados en la flor de la edad, ancianos y ancianas que ya no podían esperar más, cruces enteras y cruces partidas, escaleras, clavos, coronas de espinas, lanzas, triángulos enigmáticos, alguna insólita paloma marmórea, bandas de palomas auténticas volando en círculo sobre el camposanto.
Y silencio. Un silencio sólo interrumpido de cuando en cuando por los pasos de algún ocasional y ansioso amante de la soledad, a quien una repentina tristeza le llega desde las rumorosas cercanías, donde aún se oyen llantos a la vera del túmulo y en él se depositan ramos de flores frescas, todavía húmedas por la savia, atravesando, por decirlo así, el propio corazón del tiempo, estos tres mil años de sepulturas de todas las formas, espíritus y condiciones, unidas por el mismo abandono, por la misma soledad, pues los dolores que de ellas nacieron un día ya son demasiado antiguos para tener herederos. Orientándose por el mapa, sin embargo lamentando algunas veces la falta de una brújula, don José camina en dirección al sector de los suicidas, donde está enterrada la mujer de la ficha, pero a su paso es ahora menos rápido, menos decidido, de vez en cuando se detiene contemplando un pormenor escultórico manchado por los líquenes o por el escurrir de la lluvia, unas plañideras calladas en el intervalo de dos gritos, unas declaraciones solemnes, unas plegarias hieráticas, o deletrea con dificultad una inscripción cuya grafía, de paso, lo atrae, se comprende que ya desde la primera línea lleve tanto tiempo descifrándola, es que este funcionario a pesar de haber tenido que examinar algunas veces, allá en la Conservaduría, pergaminos más o menos coetáneos de esos tiempos, no es versado en escrituras antiguas, por eso nunca consiguió pasar de escribiente. En lo alto de un cerro suave, a la sombra de un obelisco que fue antes marco geodésico, don José se pone a mirar alrededor, hasta donde la vista le alcanza y no encuentra más que túmulos subiendo y bajando los accidentes del terreno, ladeando alguna vertiente abrupta, explayándose en las planices, Son millones, murmuró, entonces piensa en la enorme cantidad de espacio que se habría ahorrado si los muertos hubiesen sido enterrados de pie, hombro con hombro, en formación cerrada, como un ejército en posición de firmes, teniendo cada uno, como única señal de su presencia allí, un cubo de piedra colocado en la vertical de la cabeza, en el que se relatarían, en las cinco caras visibles, los hechos principales de la vida del fallecido, cinco cuadrados de piedra como cinco páginas, resumen del libro entero que había sido imposible escribir. Casi tocando el horizonte, más allá, más allá, más allá, don José ve unas luces que se van moviendo despacio, como relámpagos amarillos encendiéndose y apagándose a intervalos constantes, son los coches de los guías llamando a la gente que viene detrás, Sígame, Sígame, uno de ellos para de repente, la luz desaparece, quiere decir que ya llegó a su destino. Don José miró la altura del sol, después el reloj, se está haciendo tarde, tendrá que caminar a paso rápido si quiere llegar a la mujer de la ficha antes del crepúsculo. Consultó el mapa, deslizó por él el dedo indicador para reconstruir, aproximadamente, el camino que había recorrido desde el edificio de la administración hasta el sitio en que ahora se encuentra, lo comparó con lo que todavía le faltaba por andar, y estuvo a punto de perder el coraje. En línea recta, según la escala, serán unos cinco kilómetros, pero la línea recta continua, en el Cementerio General, como ya quedó dicho, no es cosa que dure mucho, estos cinco kilómetros a vuelo de pájaro será necesario añadirles dos más, o incluso tres, viajando por la superficie. Don José echó cuentas del tiempo y del vigor que aún le restaba en las piernas, oyó la voz de la prudencia diciéndole que dejase para otro día, con más calma, la visita a la sepultura de la mujer desconocida, toda vez que sabiendo dónde está, cualquier taxi o autobús de línea, podrían llevarlo, rodeando por fuera el Cementerio, hasta las proximidades del lugar, como hacen las familias cuando tienen que ir a llorar a sus seres queridos y a ponerles flores nuevas en los jarrones o a renovarles el agua, sobre todo en el verano. Estaba don José dirimiendo esta perplejidad cuando le vino el recuerdo de su aventura en el colegio, aquella tenebrosa noche de lluvia, aquel empinado flanco de montaña en que se había transformado la cubierta del alpende, y después la búsqueda ansiosa en el interior del edificio, chorreando de los pies a la cabeza, con las rodillas desolladas rozándole dolorosamente en los pantalones y cómo, por obra de tenacidad e inteligencia, consiguiera vencer sus propios miedos y sobreponerse a las mil dificultades que le trabaran el paso, hasta descubrir y finalmente penetrar en la buhardilla misteriosa, enfrentando una oscuridad aún más aterradora que la del archivo de los muertos. Quien a tanto fue capaz de atreverse no tiene ahora derecho a desanimarse ante el esfuerzo de una caminata, por más larga que sea, sobre todo si la está haciendo bajo la luz franca del claro sol, que, como sabemos, es amigo de los héroes. Si las sombras del crepúsculo lo alcanzaran antes de llegar a la sepultura de la mujer desconocida, si la noche viniera cortándole los caminos, diseminando en ellos sus invisibles asombros e impidiéndole seguir adelante, podría esperar el nacimiento del nuevo día tumbado en una de estas piedras musgosas, con un ángel de piedra triste velándole el sueño. O bajo la protección de unos arbotantes como aquéllos de allí, pensó don José, pero después se acordó de que un poco más adelante ya no encontraría arbotantes. Gracias a las generaciones que están por venir y al consiguiente desarrollo de la construcción civil, pronto comenzarán a inventarse maneras menos dispendiosas de sostener una pared en pie, de hecho en un cementerio es donde los resultados del progreso se encuentran más a la vista de los estudiosos o simples curiosos, hay incluso quien afirma que un cementerio así es como una especie de biblioteca donde el lugar de los libros se encontrase ocupado por personas enterradas, en verdad es indiferente, tanto se puede aprender con ellas como con ellos. Don José miró para atrás, desde donde estaba sólo conseguía alcanzar con la vista, por encima de las obras altas de los monumentos fúnebres, el dibujo distante del tejado del edificio administrativo, No imaginaba que hubiese llegado tan lejos, murmuró, y habiendo hecho esta observación, como si, para tomar una decisión sólo esperase oír el sonido de su propia voz, puso otra vez los pies en el camino.
Cuando por fin llegó al departamento de los suicidas, con el cielo tamizando las cenizas aún blancas del crepúsculo, pensó que se había equivocado de orientación, o que el mapa estaba mal dibujado. Tenía ante sí una gran extensión campestre, con numerosos árboles, casi un bosque, donde las sepulturas, si no fuese por las poco visibles piedras tumulares, más parecían macizos de vegetación natural. Desde aquí no se podía ver el arroyuelo, pero se sentía el levísimo rumor deslizándose sobre las piedras, y en la atmósfera, que era como cristal verde, flotaba una frescura que no era sólo la de la primera hora del anochecer.
Siendo tan reciente, de tan pocos días, la sepultura de la mujer desconocida tendría que estar forzosamente en el límite exterior del terreno ocupado, la cuestión, ahora, es saber en qué dirección. Don José pensó que lo mejor, para no perderse, sería desviarse hacia la orilla del pequeño curso de agua y seguir después a lo largo del margen hasta encontrar las últimas sepulturas. La sombra de los árboles lo cubrió en seguida, como si la noche hubiese caído de pronto. Yo debería tener miedo, murmuró don José, en medio de este silencio, entre estos túmulos, con estos árboles que me rodean, y a pesar de eso me siento tranquilo como si estuviese en mi casa, sólo me duelen las piernas de haber andado tanto, aquí está el regato, si tuviese miedo podría irme de aquí en este mismo instante, bastaba atravesarlo, sólo me tengo que descalzar y remangar los pantalones, colgarme los zapatos al cuello y atravesar, el agua no me llegará ni a las rodillas, en poco tiempo estaría con gente viva, con esas luces que acaban de encenderse. Media hora después, don José alcanzó el extremo del campo, cuando la luna, casi llena, casi redonda, salía por el horizonte. Allí las tumbas todavía no tenían piedras grabadas con nombres cubriéndolas ni adornos escultóricos, sólo podían ser identificadas por los números blancos pintados en chapas negras clavados a la cabecera, como mariposas atrapadas. La luz de la luna se derramaba poco a poco por el campo, insinuándose despacio por entre los árboles como un fantasma habitual y benévolo. En un claro, don José encontró lo que buscaba. No se sacó del bolsillo el papel que el escribiente del Cementerio le había dado, no hizo ningún esfuerzo para retener el número en la memoria, pero lo supo cuando necesitó de él, y ahora lo tenía delante, iluminado de lleno, como si hubiera sido pintado con tinta fosforescente. Está aquí, dijo.
Don José pasó frío durante la noche. Después de haber preferido aquellas palabras rotundas e inútiles, Está aquí, se quedó sin saber qué más podría hacer. Era cierto que, al cabo de muchos y costosos trabajos, había conseguido, por fin, encontrar a la mujer desconocida, o mejor dicho, el lugar donde yacía, siete palmos contados bajo un suelo que todavía lo sustentaba a él, pero, en sus adentros, pensaba que lo más natural sería sentir miedo, estar asustado con el sitio, con la hora, con el runrunear de los árboles, con la misteriosa luz de la luna y particularmente con el singular cementerio que le rodeaba, una asamblea de suicidas, un ayuntamiento de silencios que de un momento a otro podrá comenzar a gritar, Vinimos antes de acabar nuestro tiempo, nos trajo nuestra propia voluntad, pero lo que percibía en su interior se parecía mucho más a una indecisión, a una duda, como si, creyendo haber llegado al fin de todo, su búsqueda todavía no hubiese terminado, como si haber venido aquí no representase sino otro paso, sin mayor importancia que la casa de la señora mayor del entresuelo derecha, o el colegio, o la farmacia donde hizo preguntas, o el archivo en que, allá en la Conservaduría, se guardan los papeles de los muertos.
La impresión fue tan fuerte que llegó al extremo de murmurar, como si pretendiese convencerse a sí mismo, Está muerta, ya no puedo hacer nada más, contra la muerte no se puede hacer nada. Durante largas horas había caminado a través del Cementerio General, pasó por tiempos, épocas y dinastías, por reinos, imperios y repúblicas, por guerras y epidemias, por infinitas muertes cotidianas, comenzando en el primer dolor de la humanidad y acabando en esta mujer que se suicidó hace tan pocos días, de manera que don José tiene la obligación de saber que contra la muerte no se puede hacer nada. En un camino hecho de tantos muertos, ninguno de ellos se levantó cuando lo oyó pasar, ninguno de ellos le rogó que le ayudase a reunir el polvo esparcido de la carne con los huesos descoyuntados, ninguno le pidió, Ven a soplarme en los ojos el hálito de la vida, ellos saben bien que contra la muerte no se puede hacer nada, lo saben ellos, todos lo sabemos, mas siendo así, de dónde viene esta angustia que atenaza la garganta de don José, de dónde esta inquietud del espíritu, como si cobardemente hubiese abandonado un trabajo a la mitad y ahora no supiese cómo volver a retomarlo con dignidad. En el otro lado del regato, no muy lejos, se ven algunas casas con las ventanas iluminadas, los focos mortecinos de las farolas públicas del suburbio, una ráfaga fugitiva de automóvil que transita por la carretera. Y al frente, apenas a unos treinta pasos, como tenía que suceder más lejos o más cerca, un pequeño puente que liga los dos márgenes del riachuelo, por tanto don José no tendrá que quitarse los zapatos y arremangarse los pantalones cuando quiera alcanzar la orilla. En circunstancias normales ya lo habría hecho, sobre todo teniendo en cuenta que no lo conocemos como persona de extremo coraje, que es el que necesitará para permanecer impasible en un cementerio por la noche, con un muerto bajo los pies y con una luna capaz de hacer caminar las sombras. Las circunstancias, sin embargo, son éstas y no otras, aquí no se trata de corajes o cobardías, aquí se trata de la muerte y la vida, por eso don José, aun sabiendo que tendrá miedo muchas veces esta noche, aun sabiendo que le aterrorizarán los suspiros del viento, que de madrugada el frío que baja del cielo se juntará al frío que sube de la tierra, don José se sentará bajo un árbol, acogiéndose al abrigo de la cavidad providencial de un tronco. Se alza el cuello de la chaqueta, se encoge todo lo que puede para guardar el calor del cuerpo, cruza los brazos resguardando las manos debajo de los sobacos y se dispone a esperar el día.
Siente el estómago pidiéndole comida, pero no le importa, nunca nadie ha muerto por haber prolongado el intervalo entre dos refecciones, salvo cuando la segunda tardó tanto en ser servida que no llegó a tiempo de servir. Don José quiere saber si realmente está todo terminado, o si por el contrario, todavía falta alguna cosa que se le hubiese olvidado, o mucho más importante, algo en que no haya pensado nunca y que sea, por fin, lo esencial de esta extraña aventura que el azar le ha deparado. Había buscado a la mujer desconocida por todas partes y acabó encontrándola aquí, debajo de aquel montículo de tierra que las hierbas salvajes no tardarán en tapar, si antes no viene el marmolista aplanándolo para sentar la lápida de mármol con la habitual inscripción de fechas, la primera y la última, y el nombre, aunque puede suceder que la familia sea de las que prefieren para sus difuntos un simple marco rectangular en cuyo interior después se sembrará un césped decorativo, solución que ofrece la doble ventaja de ser menos cara y de servir de casa a los insectos de la superficie. La mujer está, pues, allí, se cerraron para ella todos los caminos del mundo, anduvo lo que tenía que andar, paró donde quiso, punto final, sin embargo don José no consigue liberarse de una idea fija, la de que nadie más, a no ser él, podrá mover la última pieza que quedó en el tablero, la pieza definitiva, aquella que, desplazada en la dirección correcta, dará sentido real al juego, bajo pena, si no se hace, de dejarlo empatado para la eternidad.
No sabe qué mágico lance será ése, si decidió pasar la noche aquí no es porque albergue esperanzas de que el silencio le confíe al oído el secreto ni que la luz de la luna amablemente se lo dibuje entre las sombras de los árboles, está apenas como alguien que, habiendo subido a una montaña para divisar desde allí los paisajes, se resiste a regresar al valle mientras no sienta que en sus ojos deslumbrados ya no quepan más amplitudes.
El árbol al que don José se acogió es un olivo antiguo, cuyos frutos sigue recogiendo la gente de extrarradio a pesar de que el olivar se haya convertido en cementerio. Con la mucha edad, el tronco se ha ido abriendo de un lado, de arriba abajo, como una cuna que hubiese sido puesta de pie para que ocupe menos espacio, y es ahí donde don José dormita de vez en cuando, es ahí donde despierta bruscamente asustado por un golpe de viento que le abofetea la cara, o si el silencio y la inmovilidad del aire se hace tan profundos que el espíritu en duermevela comienza a soñar con los gritos de un mundo que resbala hacia la nada. A cierta altura, como quien decide limpiarse la mancha de una mora con otra, don José resolvió servirse de la fantasía para recrear mentalmente todos los horrores clásicos del lugar donde se encontraba, las procesiones de almas en pena envueltas en sábanas blancas, las danzas macabras de esqueletos restallándoles los huesos al compás, la figura ominosa de la muerte rasando el suelo con una guadaña ensangrentada para que los muertos se resignen a seguir muertos, mas, porque nada de esto sucedía en realidad, porque era sólo obra de la imaginación, don José, poco a poco, fue cayendo en una enorme paz interior, sólo perturbada a veces por las carreras irresponsables de los fuegos fatuos, capaces de poner al borde de un ataque de nervios a cualquier persona, por muy fuerte de ánimo que sea o conocedora de los principios elementales de la química orgánica. Y es que el timorato don José está demostrando aquí un valor que los muchos desconciertos y aflicciones que le vimos pasar antes no permitían esperar de su parte, lo que viene a probar, una vez más, que es en las ocasiones de mayor apuro cuando el espíritu da la auténtica medida de su grandeza.
Cerca de la madrugada, ya medio curado de espantos, reconfortado por el calor suave del árbol que lo abrazaba, don José entró en el sueño con notable tranquilidad, mientras el mundo a su entorno, lentamente, iba surgiendo de las sombras malévolas de la noche y de las claridades ambiguas de la luna que se despedía. Cuando don José abrió los ojos, el día clareaba. Estaba aterido, el amigable abrazo vegetal no debió de ser más que otro sueño engañoso, a no ser que el árbol, considerando cumplido el deber de hospitalidad a que todos los olivos, por propia naturaleza, están obligados, lo hubiera soltado de sí antes de tiempo y abandonado sin recursos a la frialdad de la finísima neblina que flotaba, a ras de suelo, sobre el cementerio. Don José se levantó con dificultad, sintiendo que le crujían todas las articulaciones del cuerpo, y avanzó torpemente buscando el sol, al mismo tiempo que sacudía los brazos con fuerza para calentarse. Al lado de la sepultura de la mujer desconocida, mordisqueando la hierba húmeda, había una oveja blanca. Alrededor, aquí y allí, otras ovejas pastaban. Y un hombre mayor, con un cayado en la mano, venía hacia don José. Lo acompañaba un perro vulgar, ni grande ni pequeño, que no daba señales de hostilidad, aunque tenía todo el aire de estar esperando una orden del dueño para manifestarse. El hombre paró al otro lado de la tumba con la actitud inquisitiva de quien, sin pedir una explicación, cree que se la deben, y don José dijo, Buenos días, a lo que el otro respondió, Buenos días, Bonita mañana, No está mal, Me dormí, dijo después don José, Ah se durmió, repitió el hombre en tono de duda, Vine aquí para ver la tumba de una persona amiga, me senté a descansar debajo de aquel olivo y me dormí, Pasó aquí la noche, Sí, Es la primera vez que encuentro a alguien a estas horas, cuando traigo las ovejas a pastar, Durante el resto del día, no, preguntó don José, Parecería mal, sería una falta de respeto, las ovejas metiéndose por medio de los entierros o dejando cagarrutas cuando las personas que vienen a recordar a sus seres queridos andan por ahí rezando y llorando, aparte de eso, los guías no quieren que se les incomode cuando están cavando las fosas, por eso no tengo otro remedio que traerles unos quesos alguna que otra vez para que no se quejen al curador, Siendo el Cementerio General, por todos lados, un campo abierto, cualquier persona puede entrar, y quien dice personas, dice bichos, me sorprende no haber visto ni un perro o un gato desde el edificio de la administración hasta aquí, Perros y gatos vagabundos no faltan, Pues yo no encontré ninguno, Anduvo todos esos kilómetros a pie, Sí, Podía haber venido en el autobús de línea, o en taxi, o en su automóvil, si lo tiene, No sabía cuál era la sepultura, por eso tuve que informarme primero en la administración, y después, como el día estaba hermoso, decidí venir andando, Es raro que no le hayan mandado que dé la vuelta, como hacen siempre, Les pedí que me dejasen pasar, y ellos me autorizaron, Es arqueólogo, No, Historiador, Tampoco, Crítico de arte, Ni pensarlo, Investigador heráldico, Por favor, Entonces no entiendo por qué quiso hacer toda esa caminata, ni cómo consiguió dormir en medio de las sepulturas, acostumbrado estoy yo al paisaje y no me quedaría ni un minuto después de la puesta de sol, Ya ve, me senté y me quedé dormido, Es usted un hombre de valor, Tampoco soy hombre de valor, Descubrió a la persona que buscaba, Es esa que está ahí, a sus pies, Es hombre o mujer, Es mujer, Todavía no tiene nombre, supongo que la familia estará tratando lo de la lápida, he observado que las familias de los suicidas, más que las otras, descuidan esa obligación elemental, quizá tengan remordimientos, deben de pensar que son culpables, Es posible, Si no nos conocemos de ninguna parte, por qué responde a todas las preguntas que le hago, lo más natural sería que me dijese que no tengo por qué meterme en su vida, Es ésta mi manera de ser, siempre respondo cuando me preguntan, Es subalterno, subordinado, dependiente, camarero, mozo de recados, Soy escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil, Entonces vino aposta para saber la verdad sobre el terreno de los suicidas, pero antes de que se la cuente, tendrá que jurarme solemnemente que nunca desvelará el secreto a nadie, Lo juro por lo más sagrado que tengo en la vida, Y qué es para usted, ya puestos, lo más sagrado de su vida, No sé, Todo, O nada, Tiene que reconocer que va a ser un juramento un tanto vago, No veo otro que valga más, Hombre, jure por su honra, antes era el juramento más seguro, Pues sí, juraré por mi honra, pero mire que le jefe de la Conservaduría se hartaría de reír si oyese a uno de sus escribientes jurando por la honra, Entre pastor de ovejas y escribiente es un juramento suficientemente serio, un juramento que no da ganas de reír, por lo tanto nos quedaremos con él, Cuál es la verdad del terreno de los suicidas, preguntó don José, Que en este lugar no todo es lo que parece, Es un cementerio, es el Cementerio General, Es un laberinto, Los laberintos pueden verse desde fuera, No todos, éste pertenece a los invisibles, No comprendo, Por ejemplo, la persona que está aquí, dijo el pastor tocando con la punta del cayado el montículo de tierra, no es quien usted cree. De repente, el suelo osciló bajo los pies de don José, la última pieza del tablero, su última certeza, la mujer desconocida finalmente encontrada, acababa de desaparecer, Quiere decir que ese número está equivocado, preguntó temblando, Un número es un número, un número nunca engaña, respondió el pastor, si levantasen de aquí éste y lo colocaron en otro sitio, aunque fuese en el fin del mundo, seguiría siendo el número que es, No le entiendo, Ya va a entenderme, Por favor, mi cabeza está confusa, Ninguno de los cuerpos que están aquí enterrados corresponde a los nombres que se leen en las placas de mármol, No me lo creo, Se lo digo yo, Y los números, están todos cambiados, Por qué, Porque alguien los muda antes de que traigan y coloquen las piedras con los nombres, Quién hace eso, Yo, Pero eso es un crimen, protestó indignado don José, No hay ninguna ley que lo diga, Voy a denunciarlo ahora mismo a la administración del Cementerio, Acuérdese de que ha jurado, Retiro el juramento, en esta situación no vale, Puede siempre poner la palabra buena sobre la mala palabra, pero ni una ni otra podrán ser retiradas, palabra es palabra, juramento es juramento, La muerte es sagrada, Lo que es sagrado es la vida, señor escribiente, por lo menos así se dice, Pero tiene que haber, en nombre de la decencia, un mínimo de respeto por los muertos, vienen aquí las personas a recordar a sus pariente y amigos, a meditar o a rezar, a poner flores o a llorar delante de un nombre querido, y ya ve, por culpa de la malicia de un pastor de ovejas, el nombre auténtico del enterrado es otro, los restos mortales venerados no son de quien se supone, la muerte así, es una farsa, No creo que haya mayor respeto que llorar por alguien que no se ha conocido, Pero la muerte, Qué, La muerte debe ser respetada, me gustaría que me dijera en qué consiste, en su opinión, el respeto por la muerte, Sobre todo, en no profanarla, La muerte, como tal, no se puede profanar, Sabe muy bien que estoy hablando de los muertos, no de la muerte en sí misma, Dígame dónde encuentra aquí el menor indicio de profanación, Haberles trocado los nombres no es chica profanación, Comprendo que un escribiente de la Conservaduría del Registro Civil tenga esas ideas acerca de los nombres. El pastor se interrumpió, hizo una señal al perro para que fuera a buscar a una oveja descarriada, después continuó, Todavía no le he dicho por qué razón comencé a cambiar las chapas en que están escritos los números de las sepulturas, Dudo que me interese saberlo, Dudo que no le interese, Dígame, Si fuese cierto, como es mi convicción, que las personas se suicidan porque no quieren ser encontradas, éstas de aquí, gracias a lo que usted llamó la malicia del pastor de ovejas, quedarán definitivamente libres de intromisiones, la verdad es que ni yo mismo, aunque lo quisiese, sería capaz de acordarme de los sitios cabales, sólo sé lo que pienso cuando paso ante una de esas lápidas con el nombre completo y las respectivas fechas de nacimiento y muerte, Qué piensa, Que es posible no ver la mentira incluso cuando la tenemos delante de los ojos. Ya hacía mucho tiempo que la neblina había desaparecido, ahora se advertía cómo era de grande el rebaño. El pastor hizo con el cayado un movimiento sobre la cabeza, era una orden al perro para que fuese reuniendo al ganado. Dijo el pastor, Es hora de irme con las ovejas, no sea que comiencen a llegar los guías, ya veo las luces de los coches, pero aquéllos no vienen aquí, Yo me quedo, dijo don José, Realmente está pensando en denunciarme, preguntó el pastor, Soy un hombre de palabra, lo que juré está jurado, Además, seguro que le aconsejarían callarse, Por qué, Imagínese el trabajo que daría desenterrar a todas estas personas, identificarlas, muchas de ellas no son más que polvo entre polvo. Las ovejas ya estaban reunidas, alguna, algo retrasada, saltaba con agilidad sobre las tumbas para huir del perro y juntarse a sus hermanas. El pastor preguntó, era amigo o pariente de la persona que vino a visitar, Ni siquiera la conocía, Y a pesar de eso la buscaba, La buscaba porque no la conocía, Ve cómo yo tenía razón cuando le dije que no hay mayor respeto que llorar a una persona que no se ha conocido, Adiós, Puede ser que todavía nos encontremos alguna vez, No creo, Nunca se sabe, Quién es usted, Soy el pastor de estas ovejas, Nada más, Nada más. Una luz centelleó a lo lejos, Aquél viene hacia aquí, dijo don José, Así parece, dijo el pastor. Con el perro al frente, el rebaño comenzó a moverse en dirección al puente. Antes de desaparecer tras los árboles de la otra orilla, el pastor se volvió e hizo un gesto de despedida. Don José levantó también el brazo. Se veía ahora mejor la luz intermitente del coche de los guías. De vez en cuando desaparecía, escondida por los accidentes del terreno o por las construcciones irregulares del Cementerio, las torres, los obeliscos, las pirámides, después reaparecía más fuerte y más próxima, y venía deprisa, señal evidente de que los acompañantes no eran muchos. La intención de don José, cuando dijo al pastor, Yo me quedo, era permanecer a solas unos minutos más antes de ponerse de nuevo en camino. La única cosa que quería era pensar un poco en sí mismo, encontrar la medida justa de su decepción, aceptarla, poner el espíritu en paz, decir de una vez, Se acabó, pero ahora le había surgido otra idea. Se aproximó a una sepultura y adoptó la actitud de alguien que está meditando profundamente en la irremisible precariedad de la existencia, en la vacuidad de todos los sueños y de todas las esperanzas, en la fragilidad absoluta de las glorias mundanas y divinas. Cavilaba con tanta concentración que no dio muestras de haber reparado en la llegada de los guías y de la media docena de personas, o poco más, que acompañaban al entierro. No se movió durante el tiempo que duró la apertura de la fosa, la bajada del ataúd, el relleno del hueco, la formación del acostumbrado montículo con la tierra sobrante. No se movió cuando uno de los guías clavó en la parte de la cabecera la chapa metálica negra con el número de la sepultura en blanco. No se movió cuando el automóvil de los guías y el coche fúnebre se apartaban, no se movió durante los escasos dos minutos que los acompañantes aún se mantuvieron al pie de la sepultura diciendo palabras inútiles y enjugando alguna lágrima, no se movió cuando lo dos automóviles que los trajeron se pusieron en marcha y atravesaron el puente. No se movió hasta que no se quedó solo. Entonces retiró el número que correspondía a la mujer desconocida y lo colocó en la sepultura nueva. Después, el número de ésta fue a ocupar el lugar de otro. El trueque estaba hecho, la verdad se había convertido en mentira. En todo caso, bien podría suceder que el pastor, mañana, encontrando allí una nueva tumba, lleve, sin saberlo, el número falso que en ella se ve a la sepultura de la mujer desconocida, posibilidad irónica en que la mentira, pareciendo repetirse a sí misma, volvería a ser verdad. Las obras de la casualidad son infinitas. Don José se marchó a casa. Por el camino, entró en una pastelería. Tomó un café con leche y una tostada. Ya no aguantaba más el hambre.
Decidido a recuperar el sueño perdido, don José se metió en la cama nada más llegar a casa, pero todavía no habrían transcurrido dos horas ya estaba otra vez despierto. Tuvo un sueño extraño, enigmático, se vio a sí mismo en medio del cementerio, entre una multitud de ovejas, tan numerosas que apenas dejaban distinguir los montículos de los túmulos, y cada una tenía en la cabeza un número que mudaba continuamente, mas, siendo todas iguales, no conseguía advertir si eran las ovejas las que cambiaban de número o eran los números los que cambiaban de oveja. Se oía una voz que gritaba, estoy aquí, no podía venir de las ovejas porque hace mucho tiempo que dejaron de hablar, tampoco podían ser las sepulturas porque no hay memoria de que alguna vez hayan hablado y, sin embargo, insistente, la voz seguía llamando, Estoy aquí, estoy aquí, don José miraba en aquella dirección y sólo veía los hocicos levantados de los animales, después las mismas palabras resonaban a sus espaldas, a la derecha o a la izquierda, estoy aquí, estoy aquí, y él se volvía rápidamente, pero no lograba saber de dónde venían. Don José estaba afligido, quería despertar y no lo conseguía, el sueño continuaba, ahora aparecía el pastor con el perro, entonces don José pensó, No hay nada que este pastor no sepa, él me va a decir de quién es esta voz, pero el pastor no habló, sólo hizo un gesto con el cayado sobre la cabeza, el perro rodeó a las ovejas, obligándolas moverse en dirección a un puente por donde pasaban silenciosamente automóviles con letreros luminosos encendiéndose y apagándose que decían Sígame, Sígame, Sígame, en un instante el rebaño desapareció, desapareció el perro, desapareció el pastor, sólo se quedó el suelo del cementerio cubierto de números, los mismos que antes estuvieran en las cabezas de las ovejas, pero, porque se encontraban ahora todos juntos, todos pegados por los extremos, en una espiral ininterrumpida de la que él mismo era el centro, no se podía distinguir dónde comenzaba uno y terminaba otro.
Angustiado, cubierto de sudor, don José se despertó diciendo, Estoy aquí. Tenía los párpados cerrados, estaba semiinconsciente, pero repitió dos veces con fuerza, Estoy aquí, estoy aquí, después abrió los ojos al mezquino espacio en que vivía hacía tantos años, vio el techo bajo, de estuco agrietado, el suelo con las tablas combadas, la mesa y las dos sillas en medio de la sala, si tal nombre tiene sentido en un lugar como éste, el armario donde guardaba las noticias y las imágenes de las celebridades, la esquina que llevaba a la cocina, el cubículo que servía de cuarto de baño, entonces fue cuando dijo, Tengo que descubrir una manera de liberarme de esta locura, se refería, obviamente, a la mujer ahora para siempre desconocida, la casa, pobre de ella, no tenía ninguna culpa, sólo era una cosa triste. Por miedo a que el sueño se repitiera, don José no intentó dormirse otra vez. Estaba acostado boca arriba, mirando al techo, esperando que éste le preguntase, Por qué me miras, pero el techo no le hizo caso, se limitó a observarlo sin mudar de expresión. Don José desistió de esperar que de allí le viniera ayuda, tendría que resolver el problema él solo, y la mejor manera seguía siendo convencerse de que no había problema alguno, Muerto el perro, se acabó la rabia, fue el dictado poco respetuoso que le salió de la boca, llamar perro rabioso a la mujer desconocida, olvidando por un momento que hay venenos tan lentos que cuando llegan a producir efecto ya ni nos acordamos de su origen. En seguida, cayendo en la cuenta, murmuró, Cuidado, la muerte es muchas veces un veneno lento, después se preguntó, Cuándo y por qué comenzaría ella a morir. Entonces fue cuando el techo, sin que parezca existir alguna relación, directa o indirecta, con lo que acababa de oír, salió de su indiferencia para recordar, Por lo menos hay todavía tres personas con quienes no has hablado, Quiénes son, preguntó don José, Los padres y el ex marido, Realmente, no sería mala idea hablar con los padres, al principio llegué a pensar en eso, pero decidí dejarlo para otra ocasión, O lo haces ahora o nunca, aún te puedes divertir andando un poco más de camino, antes de darte de bruces, definitivamente, con el muro, Si no estuvieses ahí agarrado todo el tiempo, como techo que eres, sabrías que no ha sido un divertimento, Pero ha sido una diversión, Cuál es la diferencia, Ve a buscarla a los diccionarios, que para eso existen, Pregunté por preguntar, cualquier persona sabe que una maniobra de diversión no es una maniobra de divertimento, Y qué me dices del otro, El otro, quién, El ex marido, probablemente será quien más cosas podrá contar acerca de esa mujer desconocida, imagino que la vida de casados, la vida en común, será como una especie de lente de aumento, imagino que no debe haber reserva o secreto capaces de resistir durante mucho tiempo al microscopio de una observación continua, Hay quien dice, por el contrario, que cuanto más se mira menos se ve, sea como sea no creo que valga la pena hablar con ese hombre, Tienes miedo de que se ponga a explicarte las causas del divorcio, no quiere oír nada que vaya en detrimento suyo, En general las personas no consiguen ser justas, ni consigo mismas, ni con los otros, de manera que él me contaría el caso tratando de mantener toda la razón, Inteligente análisis, sí señor, No soy estúpido, Pues no, estúpido no eres, lo que pasa es que empleas demasiado tiempo en entender las cosas, sobre todo las más simples, Por ejemplo, Que no tenías ningún motivo para buscar a esa mujer, a no ser, A no ser, qué, A no ser el amor, Es necesario ser un techo para tener una idea tan absurda, Creo haberte dicho alguna vez que los techos de las casas son el ojo múltiple de Dios, No me acuerdo, Si no te lo dije con estas precisas palabras, te lo digo ahora, Entonces dime también cómo podría querer a una mujer a la que no conocía, a quien nunca había visto, La pregunta es pertinente, si duda, pero sólo tú podrás darle respuesta, Esa idea no tiene pies ni cabeza, Es indiferente que tenga cabeza o tenga pies, te hablo de otra parte del cuerpo, del corazón, ése del que decís que es el motor y la sede de los afectos, Repito que no podía querer a una mujer que no conozco, a la que nunca he visto, salvo en retratos antiguos, Querías verla, querías conocerla, y eso, concuerdes o no, ya es amar, Fantasías de techo, Fantasías tuyas, de hombre, no mías, Eres pretencioso, te crees que sabes todo sobre mí, Todo, no, pero alguna cosa habré aprendido después de tantos años de vida en común, apuesto a que nunca habías pensado que tú y yo vivimos en común, la gran diferencia que existe entre nosotros es que tú sólo me prestas atención cuando necesitas consejos y levantas los ojos para arriba, mientras que yo me paso todo el tiempo mirándote, El ojo de Dios, Toma mis metáforas en serio, si quieres, pero no las repitas como si fuesen tuyas, Después de esto, el techo decidió callarse, comprendió que los pensamientos de don José estaban encaminados a la visita que iba a realizar a los padres de la mujer desconocida, el último paso antes de darse de bruces con el muro, expresión igualmente metafórica que significa, llegaste al final.
Don José salió de la cama, se aseó como debía, preparó algo de comer y, recuperado el vigor físico de esta manera, apeló al vigor moral para telefonear, con la indispensable frialdad burocrática, a los padres de la mujer desconocida, en primer lugar para saber si estaban en casa, después para preguntar si podrían, hoy mismo, recibir a un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil que necesitaba tratar con ellos de un asunto relacionado con la hija fallecida. Tratándose de cualquier otra llamada, don José habría salido para hablar desde la cabina pública que se encontraba al otro lado de la calle, pero, en este caso, cabía el peligro de que, al atender, distinguieran el ruido de la moneda cayendo en el interior de la máquina, hasta la menos suspicaz de las personas requeriría que le explicasen por qué razón un funcionario de la Conservaduría General telefoneaba desde una cabina, y además en domingo, sobre cuestiones de trabajo. Aparentemente, la solución de la dificultad no se encontraba lejos de don José, le bastaba entrar furtivamente una vez más en la Conservaduría y usar el teléfono de la mesa del jefe, pero el riesgo de este acto no sería menor, pues en la relación de llamadas telefónicas, todos los meses enviada por la central y verificada, número a número, por el conservador, forzosamente constaría la clandestina comunicación, Qué llamada es ésta, hecha desde aquí un domingo, preguntaría el conservador a los subdirectores, y en seguida, sin esperar respuesta ordenaría, Procédase a una investigación, ya. Resolver el misterio de la llamada secreta sería la cosa más fácil del mundo, era sólo darse el trabajo de conectar con el número sospechoso y oír de allí la información, Sí señor, en ese día nos telefoneó un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, y no sólo telefoneó, vino aquí, quería saber las razones por las que nuestra hija se suicidó, alegó que era para la estadística, Para la estadística, Sí señor, para la estadística, por lo menos fue lo que nos dijo, Muy bien, ahora escúcheme con atención, Dígame, Con vistas al completo esclarecimiento de este asunto es indispensable que usted y su marido se dispongan a colaborar con la autoridad de la Conservaduría, Qué debemos hacer, Mañana vienen a la Conservaduría para identificar al funcionario que los visitó, Allí estaremos, Pasará un coche a buscarlos. La imaginación de don José no se limitó a crear este inquietante diálogo, terminado éste pasó a las representaciones mentales de lo que acontecería después, los padres de la mujer desconocida entrando en la Conservaduría y apuntando, Es aquél, o dentro del coche que los recogió, observando la entrada de los funcionarios y señalando, Fue aquél. Don José murmuró, Estoy perdido, no tengo ninguna salida. Sí la tenía y cómoda, y definitiva, si renunciase a ir a casa de los padres de la mujer desconocida, o si fuese sin avisar antes, si simplemente llamase a la puerta y dijese, Buenas tardes, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, disculpen que venga a incomodarlos en domingo, pero el servicio en la Conservaduría se ha acumulado hasta tal punto, con tanta gente naciendo y muriendo, que hemos adoptado un régimen laboral de horas extraordinarias permanentes. Sería sin ninguna duda el procedimiento más inteligente, aquel que podría dar a don José las máximas garantías posibles sobre su seguridad futura, pero parecía que las últimas horas vividas, aquel enorme cementerio con sus brazos de pulpo extendidos, la noche de luna opaca y de sombras caminando, el baile convulsivo de los fuegos fatuos, el pastor viejo y las ovejas, el perro silencioso, como si le hubiesen extraído las cuerdas vocales, las tumbas con los números cambiados, parecía que todo esto le había confundido los pensamientos, en general suficientemente lúcidos y claros para el gobierno de la vida, de otra manera no se entendería por qué continúa empeñado en su idea de telefonear, menos se entiende aún que, ante sí mismo, la pretenda justificar con el argumento pueril de que una llamada previa le facilitará el camino para recoger las informaciones. Piensa que tiene una fórmula capaz de disipar de entrada la más leve desconfianza, que será decir, como ya está diciendo, sentado en el sillón del jefe, Soy del retén de la Conservaduría General del Registro Civil, esa palabra retén, cree él, es la ganzúa que le abrirá todas las puertas, y parece que no le faltaba razón, del otro lado ya están respondiéndole que Sí señor, venga cuando quiera, hoy no salimos de casa. Un último vestigio de sensatez hizo cruzar por la cabeza de don José el pensamiento de que, probablemente, acababa de hacer el nudo en la cuerda que lo ahorcará, pero la locura le tranquilizó, le dijo que la relación de llamadas tardaría unas cuantas semanas en ser remitida por la central, y, quién sabe, puede suceder que el conservador se encuentre de vacaciones esos días, o esté enfermo en casa, o simplemente ordene a uno de los subdirectores conferir los números, no sería la primera vez, lo que, con bastante probabilidad, significaría que el delito no se descubrirá, teniendo en cuenta que a ninguno de los subdirectores le agrada el encargo, Bueno, mientras el palo va y viene, descansa la espalda, murmuró don José para concluir, resignándose a los dictados del destino.
Colocó la guía de teléfonos en el sitio justo de la mesa, encuadrándola rigurosamente con el ángulo recto de la tapa, limpió el auricular con el pañuelo para borrar las impresiones digitales y entró en casa. Comenzó por abrillantar los zapatos, después cepilló el traje, se puso una camisa limpia, la mejor corbata y ya tenía en la mano el tirador de la puerta cuando se acordó de la credencial. Presentarse en casa de los padres de la mujer desconocida diciendo simplemente, Soy la persona que telefoneó de la Conservaduría, no tendría, seguro, en cuanto a poder de convicción y autoridad, el mismo efecto que ponerles ante los ojos un papel timbrado, sellado y firmado, otorgando al portador plenos derechos y facultades en el ejercicio de sus funciones y para cabal cumplimiento de la misión que le había sido asignada. Abrió el armario, buscó el expediente del obispo y retiró la credencial, sin embargo, de un primer vistazo, comprendió que no servía. En primer lugar, por la fecha, anterior al suicidio, y en segundo lugar, por los propios términos de la redacción, por ejemplo, aquella orden de averiguar hasta el fondo todo lo concerniente a la vida pasada, presente y futura de la mujer desconocida, Ni siquiera sé dónde está ella ahora, pensó don José, y en cuanto a una vida futura, en ese momento recordó la copla popular que dice, lo que está tras la muerte, nunca nadie lo vio ni lo verá, de tantos que allí fueron, nunca ninguno volvió acá. Iba a reponer la credencial en su lugar, pero en el último instante tuvo que obedecer una vez más al estado de espíritu que lo viene obligando a concentrarse de manera obsesiva en una idea y a persistir en ella hasta verla realizada.
Ya que se había acordado de la credencial, tendría, indefectiblemente, que llevar una credencial. Volvió a entrar en la Conservaduría, fue al armario de los impresos, mas se había olvidado de que el armario de los impresos, desde la investigación, estaba siempre cerrado. Por primera vez en su vida de persona pacífica sintió un ímpetu de furia, hasta el punto de pasársele por la cabeza dar un golpe en el cristal y mandar al diablo las consecuencias. Felizmente recordó a tiempo que el subdirector encargado de velar por el consumo de impresos guardaba la llave del armario respectivo en un cajón de la mesa, y que los cajones de los subdirectores, como era norma rigurosa en la Conservaduría General, no podían estar cerrados, El único que aquí tiene derecho a guardar secretos soy yo, dijo el jefe, y su palabra era ley, que al menos por esta vez no se aplicaba a los oficiales y a los escribientes por la simple razón de que ésos, como se ha visto, trabajan en mesas simples, sin cajones. Don José se envolvió la mano derecha en el pañuelo para no dejar la menor señal de dedos que lo denunciase, tomó la llave y abrió el armario de los impresos. Sacó una hoja de papel con el timbre de la Conservaduría, cerró el armario, repuso la llave en el cajón del subdirector, en ese momento la cerradura de la puerta exterior del edificio crujió, oyó deslizarse la lengüeta una vez, durante un instante don José se quedó paralizado, pero en seguida, como aquellos viejos sueños de su infancia, en que, sin peso, sobrevolaba los jardines y los tejados, se movió ligerísimo sobre las puntas de los pies, cuando la cerradura acabó de abrirse ya don José estaba en casa, jadeante, como si el corazón se le hubiese subido a la boca. Pasó un largo minuto hasta que del otro lado de la puerta se notó que alguien tosía, El jefe, pensó don José, sintiendo las piernas flaquear, escapé de puro milagro. De nuevo se oyó la tos, más fuerte, tal vez más próxima, con la diferencia de que ahora parecía deliberada, intencional, como si quien entró estuviese anunciando su presencia. Don José miraba aterrorizado la cerradura de la delgada puerta que lo separaba de la Conservaduría. No tuvo tiempo de girar la llave, sólo el picaporte mantenía la puerta cerrada, Si él viene, si mueve el picaporte, si entra aquí, gritaba una voz dentro de la cabeza de don José, te sorprende en flagrante delito, con ese papel en la mano, la credencial sobre la mesa, la voz no le decía nada más que esto, tenía pena del escribiente, no le hablaba de las consecuencias. Don José retrocedió despacio hasta la mesa, tomó la credencial y la escondió, así como la hoja sacada del armario, entre la ropa de la cama, todavía por hacer. Después se sentó y quedó a la espera. Si le preguntasen qué esperaba, no sabría responder. Pasó una hora y don José comenzó a impacientarse. Del otro lado de la puerta no venía ningún otro ruido. Los padres de la mujer desconocida ya estarían extrañándose por la demora del funcionario de la Conservaduría, se parte del principio de que la urgencia es la característica principal de los asuntos que están a cargo de un retén, sea cual sea su naturaleza, agua, gas, electricidad o suicidio. Don José esperó un cuarto de hora más sin moverse de la silla. Al fin de ese tiempo reparó en que había tomado una decisión, no era simplemente seguir una idea fija como de costumbre, se trataba de una decisión, aunque él mismo no supiese explicar cómo la había tomado. Dijo casi en voz alta, Lo que tenga que ocurrir ocurrirá, el miedo no resuelve nada.
Con una serenidad que ya no lo sorprendía, recogió la credencial y la hoja de papel, se sentó a la mesa, colocó el tintero delante y, copiando, abriendo y adaptando, redactó el nuevo documento, Hago saber, como Conservador de esta Conservaduría General del Registro Civil, a todos cuantos, civiles o militares, particulares o públicos, vean, lean y compulsen esta credencial, que Fulano de tal recibió directamente de mí la orden y el encargo de averiguar todo lo que se relacione con las circunstancias del suicidio de Fulana de tal, en particular de sus causas, tanto próximas como remotas, tras este punto el texto quedó más o menos idéntico, hasta el rotundo imperativo final, Cúmplase.
Lamentablemente, el papel no podría llevar el sello, inaccesible ahora por la entrada del jefe en la Conservaduría, pero lo que contaba era la autoridad expresa en cada palabra. Don José guardó la primera credencial con los recortes del obispo, introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta la que acababa de escribir y miró con aire desafiante la puerta de comunicación. El silencio del otro lado continuaba. Entonces don José murmuró, Me da igual que estés ahí como que no estés. Avanzó hacia la puerta y la cerró con llave, bruscamente, con dos vueltas rápidas de muñeca, zap, zap.
Un taxi lo llevó a la casa de los padres de la mujer desconocida. Llamó al timbre, apareció una señora que aparentaba unos sesenta y pocos años, más joven por tanto que la señora del entresuelo derecha, con quien el marido la había engañado hacía treinta años, Soy la persona que telefoneó de la Conservaduría General, dijo don José, Haga el favor de entrar, estábamos esperándolo, Disculpe por no haber venido en seguida, pero aún tuve que tratar de otra cuestión muy urgente, No tiene importancia, entre, entre, yo voy delante. La casa tenía un aire sombrío, había cortinas tapando las puertas y las ventanas, los muebles eran pesados, en las paredes oscurecían cuadros con paisajes que nunca debieron de existir. La dueña de la casa hizo pasar a don José a lo que parecía un despacho, donde esperaba un hombre bastante mayor que ella, Es el señor de la Conservaduría, dijo la mujer, Quiere sentarse, invitó el hombre, señalando una silla. Don José sacó la credencial del bolsillo, sosteniéndola en la mano mientras decía, Lamento tener que incomodarles en su luto, pero el trabajo así lo exige, este documento les dirá con toda precisión en qué consiste mi misión aquí. Entregó el papel al hombre, que lo leyó acercándoselo mucho a los ojos y al final dijo, Debe de ser importantísima su misión, para que un documento redactado en tales términos se justifique, es el estilo de la Conservaduría General, incluso tratándose de una misión simple como ésta, de investigación de causas de suicidio, Le parece poco, No me interprete mal, lo que quise decir es que cualquiera que sea la misión que se nos encargue y para la que se considere necesario llevar credencial, es ése el estilo, Una retórica de autoridad, Puede llamarla así. La mujer intervino preguntando, Y qué pretende la Conservaduría saber de nosotros, La causa inmediata del suicidio, en primer lugar, Y en segundo lugar, preguntó el hombre, Los antecedentes, las circunstancias, los indicios, todo lo que pueda ayudarnos a comprender mejor lo sucedido, No es suficiente para la Conservaduría saber que mi hija se mató, Cuando les dije que necesitaba hablar con ustedes por razones de estadísticas, estaba simplificando la cuestión, Ahora podrá explicarse, ha pasado el tiempo de contentarnos con los números, hoy en día lo que se pretende es conocer, lo más completamente posible, el cuadro psicológico en que se desarrolla el proceso de suicidio, Para qué, preguntó la mujer, si eso no restituye la vida de mi hija, La idea es establecer parámetros de intervención, No le entiendo, dijo el hombre. Don José sudaba, el caso se presentaba más complicado de lo que previera, Qué calor, exclamó, Quiere un vaso de agua, preguntó la mujer, Si no es una molestia, Por favor, la mujer se levantó y salió, en un minuto estaba de vuelta. Don José, mientras bebía, decidió que tenía que mudar de táctica. Posó el vaso en la bandeja que la mujer sostenía y dijo, Imagínense que su hija no se ha suicidado aún, imagínense que la investigación en que la Conservaduría General del Registro Civil se encuentra empeñada ya ha permitido definir ciertos consejos y recomendaciones, capaces, eventualmente si son aplicados a tiempo, de detener lo que antes designé como proceso de suicidio, Fue a eso a lo que llamó parámetros de intervención, preguntó el hombre, Exactamente, dijo don José, y sin dar tiempo a otro comentario asestó la primera estocada, si no pudimos impedir que su hija se suicidase, tal vez podamos, con la colaboración de ustedes y de otras personas en situación idéntica, evitar muchos disgustos y muchas lágrimas. La mujer lloraba, murmurando, Mi querida hija, mientras el hombre se secaba los ojos pasándoles, con violencia contenida, el dorso de la mano. Don José esperaba no sentirse obligado a usar un último recurso, que sería, pensó, la lectura de la credencial en voz alta y severa, palabra por palabra, como puertas que sucesivamente se fuesen cerrando, hasta dejar una salida única al oyente, cumplir inmediatamente el deber de hablar. Si esta posibilidad fallara, no le quedaría otro remedio que encontrar a toda prisa una disculpa para retirarse lo más airosamente posible. Y rezar para que a este obstinado padre de la mujer desconocida no se le ocurriera telefonear a la Conservaduría para pedir aclaraciones sobre la visita de un funcionario llamado don José, no me acuerdo del apellido. No fue necesario. El hombre dobló la credencial y se la devolvió. Después dijo, Estamos a su disposición. Don José respiró aliviado, tenía, por fin el camino abierto para entrar en materia, Su hija dejó alguna carta, Ninguna carta, ninguna palabra, Quiere decir que se suicidó así, sin más ni menos, No sería sin más ni menos, ciertamente tendría sus razones, pero nosotros no las conocemos, Mi hija era infeliz, dijo la mujer, nadie que sea feliz se suicida, cortó el marido impaciente, Y era infeliz por qué, preguntó don José, No sé, ya de chiquilla era triste, yo le pedía que me contase lo que le pasaba y ella me respondía siempre con las mismas palabras, no me pasa nada, madre, En ese caso la causa del suicidio no fue el divorcio, Al contrario, si alguna vez llegué a ver a mi hija contenta fue cuando se separó, No tenía buena relación con el marido, Ni buena ni mala, fue un matrimonio como tantos, Quién pidió el divorcio, Ella, Hubo algún motivo concreto, Que nosotros supiésemos, no, fue como si hubiesen llegado los dos al final de un camino, Cómo es él, Normal, es una persona bastante normal, de buen carácter, nunca nos dio motivos de queja, Y él la quería, Creo que sí, Y ella, le quería, Creo que sí, Y a pesar de eso no eran felices, Nunca lo fueron, Qué extraña situación, La vida es extraña, dijo el hombre. Hubo un silencio, la mujer se levantó y salió. Don José se quedó en suspenso, no sabía si sería mejor esperar a que ella regresase o continuar la conversación. Temía que la interrupción le hubiese desencaminado el interrogatorio, la tensión ambiental casi se podía tocar. Don José se preguntaba si aquellas palabras del hombre, La vida es extraña, no serían aún el eco de su antigua relación con la señora del entresuelo derecha, y si la brusca salida de la mujer no habría sido la respuesta de quien en aquel momento no podía dar otra. Don José tomó el vaso, bebió un poco de agua para ganar tiempo, después hizo una pregunta sin pensar, Su hija trabajaba, Sí, era profesora de matemáticas, Dónde, En el mismo colegio en que había estudiado antes de ir a la universidad. Don José tomó otra vez el vaso, estuvo a punto de tirarlo con la precipitación, ridículamente tartamudeó, Disculpe, disculpe, y de pronto le faltó la voz, el hombre lo miraba con una expresión de curiosidad desdeñosa, mientras él bebía, le parecía que la Conservaduría General del Registro Civil, a juzgar por la muestra, estaba bastante mal servida de funcionarios, no merecía la pena que apareciera uno armado con una credencial de ésas para después comportarse como un imbécil. La mujer entró en el momento en que el marido estaba preguntándole irónicamente, No querrá que le dé el nombre del colegio, tal vez pueda serle de alguna utilidad para el buen resultado de su misión, Se lo agradezco mucho.