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Don José durmió como una piedra.
Después de regresar de la arriesgada aunque bien resuelta visita a los padres de la mujer desconocida, quiso aún pasar al cuaderno los acontecimientos extraordinarios de su fin de semana, pero el sueño era tanto que no consiguió ir más allá de la conversación con el escribiente del Cementerio General. Se fue a la cama sin cenar, en menos de dos minutos estaba dormido, y cuando abrió los ojos, con la primera claridad del amanecer, descubrió que, sin saber cómo ni cuando, había tomado la decisión de no ir a trabajar. Era lunes, justamente el peor día para faltar al servicio, en particular tratándose de un escribiente. Cualquiera que fuese el motivo alegado, y por muy convincente que hubiera podido ser en otra ocasión, era considerado sospechoso de no ser más que un falso pretexto, destinado a justificar la prolongación de la indolencia dominical en un día legal y como norma dedicado al trabajo. Después de las sucesivas y cada vez más graves irregularidades de conducta cometidas desde que iniciara la búsqueda de la mujer desconocida, don José es consciente de que la falta al trabajo podrá convertirse en la gota de agua que colmará de una vez el vaso de la paciencia del jefe. Esta amenazadora perspectiva, sin embargo, no fue bastante para disminuir la firmeza de la decisión. Por dos poderosas razones, aquello que don José tiene que hacer no puede quedarse a la espera de una tarde libre. La primera de esas razones es que uno de estos días vendrá la madre de la mujer desconocida a la Conservaduría para recuperar las llaves, la segunda es que el colegio, como muy sabe don José, y con un saber hecho de dura experiencia, está cerrado los fines de semana.
A pesar de haber decidido que no iría a trabajar, don José se levantó muy temprano. Querría estar lejos de allí cuando la Conservaduría abriese, no vaya a suceder que al subdirector de su sección se le ocurra mandar a alguien a su casa, para preguntar si está otra vez enfermo. Mientras se afeitaba, ponderó si sería preferible comenzar yendo a casa de la mujer desconocida o al colegio, pero acabó inclinándose por el colegio, este hombre pertenece a la multitud de los que siempre van dejando lo más importante para después. También se preguntó si debía llevar consigo la credencial o si por el contrario sería peligroso exhibirla, teniendo en cuenta que un director de colegio, por deber del cargo, tiene que ser una persona instruida e informada, de muchas lecturas, imaginemos que los términos en que el documento se encuentra redactado le parecen insólitos, extravagantes, hiperbólicos, imaginemos que exige conocer el motivo de la falta de sello, la prudencia manda que deje esta credencial junto a la otra, entre la inocente papelada del obispo. El carné de identidad que me acredita como funcionario de la Conservaduría General deberá ser más que suficiente, concluyó don José, a fin de cuentas sólo voy a confirmar un dato concreto, objetivo, factual, que ha sido profesora de matemáticas en aquel colegio una mujer que se ha suicidado.
Todavía era muy temprano cuando salió de casa, las tiendas estaban cerradas, sin luces, con las persianas bajadas, el tránsito de los coches apenas se notaba, probablemente sólo ahora el más madrugador de los funcionarios de la Conservaduría estará levantándose de la cama. Para no ser visto en las inmediaciones, don José se escondió en un jardín que había dos manzanas más allá en la avenida principal, aquélla por donde circulaba el autobús que lo llevó a casa de la señora del entresuelo derecha, la tarde en que vio entrar al jefe a la Conservaduría. Salvo que se supiese de antemano que estaba allí, nadie conseguiría distinguirlo en medio de los arbustos, entre las ramas bajas del arbolado.
Debido a la humedad nocturna, don José no se sentó en un banco, empleó el tiempo paseando por las alamedas, se distrajo mirando las flores y preguntándose qué nombres tendrían, no es de sorprender que sepa tan poco de botánica quien se ha pasado toda su vida metido entre cuatro paredes y respirando el olor punzante de los papeles viejos, más punzante siempre que atraviesa el aire aquel olor de crisantemo y rosa a que se hizo mención en la primera página de este relato. Cuando el reloj marcó la hora de apertura de la Consevaduría General al público, don José, ya a salvo de posibles malos encuentros, se puso en camino del colegio. No tenía prisa, el día era todo suyo, por eso decidió ir a pie.
Como partía del jardín tuvo dudas sobre la dirección a seguir, pensó que si hubiera comprado el mapa de la ciudad, como fuera su intención, no necesitaría estar ahora pidiéndole a un agente de la policía que lo orientase, pero es verdad que la situación, la ley aconsejando al crimen, le proporcionó un cierto placer subversivo. El caso de la mujer desconocida había llegado al final, sólo faltaba esta indagación en el colegio, después la inspección de la casa, si tuviera tiempo todavía haría una visita rápida a la señora del entresuelo derecha para narrarle los últimos acontecimientos, y después nada más. Se preguntó cómo viviría su vida de ahora en adelante, si volvería a sus colecciones de gente famosa, durante rápidos segundos apreció la imagen de sí mismo, sentado a la mesa en la velada, recortando noticias y fotografías con una pila de periódicos y revistas al lado, intuyendo una celebridad que despuntaba o que, por el contrario, fenecía, alguna que otra vez, en el pasado, tuvo la visión anticipada del destino de ciertas personas que después se convertirían en importantes, alguna que otra vez había sido el primero en sospechar que los laureles de este hombre o de aquella mujer iban a comenzar a marchitarse, a secarse, a convertirse en polvo, Todo acaba en la basura, dijo don José, sin percatarse en aquel momento si estaba pensando en las famas perdidas o en su colección.
Con el sol dando de lleno en la fachada, el reverdecer de los árboles del patio, los arriates floreciendo, la apariencia del colegio no recordaba en nada al tenebroso edificio donde este don José penetró, en una noche de lluvia, por escalo y efracción.
Ahora estaba entrando por la puerta principal, le decía a una empleada, necesito hablar con el director, no, no soy encargado de educación, tampoco soy repartidor de material escolar, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, se trata de un asunto de trabajo. La empleada informó por el teléfono interior, dio conocimiento a alguien de la llegada del visitante, después dijo, Haga el favor de subir, el señor director está en secretaría, es en el segundo piso, Muchas gracias, dijo don José, y comenzó a subir la escalera tranquilamente, que la secretaría estaba en el segundo piso él ya lo sabía. El director estaba hablando con una mujer que debía de ser la jefa, le decía, Necesito el gráfico mañana mismo, y ella respondía, Cuente con ello, director, don José se había detenido en la entrada esperando que reparasen en su presencia. El director terminó la conversación, lo miró, sólo entonces don José dijo, Buenos días, señor director, después, ya con el carné de identidad en la mano, dio tres pasos adelante, Como podrá verificar, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, vengo por una cuestión de trabajo. El director hizo el gesto de rechazar el carné, después preguntó, De qué se trata, Es por causa de una profesora, Y qué tiene que ver la Conservaduría General con los profesores de este colegio, Como profesores, nada, aunque sí con las personas que ellos son o fueron, Explíquese, por favor, Andamos trabajando en una investigación sobre el fenómeno del suicidio, tanto en sus aspectos psicológicos como en sus incidencias sociológicas y yo estoy encargado del caso de una señora que era profesora de matemáticas en este colegio y que se suicidó. El director puso cara de pena, Pobre señora, dijo, es una historia muy triste que ninguno de nosotros, hasta hoy, consigue comprender, El primer acto a que procederé, dijo don José, usando el lenguaje más oficial que podía, será confrontar los elementos de identificación que constan en los archivos de la Conservaduría con la inscripción profesional de la profesora, Supongo que se refiere al registro como integrante de nuestra plantilla, Sí señor. El director se volvió hacia la encargada de la secretaría, Búsqueme esa ficha, Todavía no la habíamos retirado del cajón, dijo en tono de disculpa la mujer, al mismo tiempo que recorría con los dedos las fichas de un archivador, Aquí está, dijo. Don José sintió una contracción brusca en la boca del estómago, un conato de mareo que felizmente no fue a más le recorrió la cabeza, de hecho el sistema nervioso de este hombre se encuentra en un estado lastimoso, pero tenemos que reconocer que el caso no es para menos, basta recordar que tuvo al alcance de la mano la ficha que le está siendo mostrada en este momento, sólo con haber abierto aquel cajón, el que tiene el rótulo que dice Profesores, pero cómo podría entonces imaginar que la chiquilla que él buscaba vendría a enseñar matemáticas precisamente en el colegio en que había estudiado. Disimulando la perturbación aunque no el temblor de las manos, don José fingió que comparaba la ficha del colegio con la copia de la ficha de la Conservaduría, después dijo, Es la misma persona. El director lo miraba con interés, No se siente bien, preguntó, y él respondió simplemente, Es natural, ya no soy joven, Supongo que querrá hacerme algunas preguntas, Así es, Venga conmigo, vamos a mi despacho.
Don José sonrió para sus adentros mientras seguía al director, Yo no sabía que su ficha estaba allí, y tú no sabes que me quedé una noche en tu sofá. Entraron en el gabinete, el director avisó, No tengo mucho tiempo, pero estoy a su disposición, siéntese, y apuntó al sofá que sirviera de cama al visitante, Desearía saber, dijo don José, si notaron alguna alteración en su habitual estado de ánimo en los días que antecedieron al suicidio, Ninguna, siempre fue una persona discreta, muy callada, Era buena profesora, De las mejores que el colegio ha tenido, Tenía amistad con algún colega, Amistad, en qué sentido, Amistad, sin más, Era amable, delicada con toda la gente, pero no creo que alguien de aquí pueda decir que tenía con ella relaciones de amistad, Y los alumnos, la estimaban, Mucho, Era saludable, Tanto cuanto creo saber, sí, Es extraño, Qué es extraño, Ya hablé con los padres y todo lo que oí de sus bocas, más lo que estoy oyendo ahora parece apuntar a un suicidio sin explicación, Me pregunto, dijo el director, si el suicidio podrá ser explicado, Se refiere a éste, Me refiero al suicidio en general, A veces dejan cartas, es cierto, lo que no sé es si podrá llamarse explicación a lo que en ellas se dice, en la vida no faltan cosas por explicar, eso es verdad, Qué explicación podrá tener, por ejemplo, lo que sucedió aquí unos cuantos días antes del suicidio, Qué sucedió, Me asaltaron el colegio, Sí, Cómo lo sabe, Perdone, mi sí quería ser interrogativo, tal vez no le haya dado la suficiente entonación, en cualquier caso los asaltos generalmente son fáciles de explicar, Excepto cuando el asaltante sube por un tejadillo, entra por una ventana después de partir el vidrio, anda por toda la casa, duerme en mi sofá, come de lo que encuentra en el frigorífico, usa el material de la enfermería y después se va sin llevarse nada, Por qué dice que durmió en su sofá, Porque estaba en el suelo la manta con la que suelo cubrirme las rodillas para que no se me enfríen, tampoco yo soy joven, tal como usted ha dicho, Presentó denuncia a la policía, Para qué, al no haber robo, no merecía la pena, la policía diría que está para investigar delitos y no para descifrar misterios, Es extraño, no hay duda, Verificamos en todas partes, todas las instalaciones, la caja estaba intacta, todo se encontraba en su sitio, Excepto la manta, Sí, excepto la manta, ahora dígame si encuentra alguna explicación para esto, Habría que preguntarle al asaltante, él deberá saberlo, habiendo dicho estas palabras don José se levantó, señor director, no le robo más tiempo, le agradezco la atención que se dignó prestar al infeliz asunto que me ha traído aquí, No creo que le haya ayudado mucho, Probablemente tenía razón cuando dijo que tal vez ningún suicidio pueda ser explicado, Racionalmente explicado, se entiende, Todo ha pasado como si ella no hubiese hecho más que abrir una puerta y salir, O entrar, Sí, o entrar, según el punto de vista, Pues ahí tiene una excelente explicación, Era una metáfora, La metáfora es siempre la mejor forma de explicar las cosas, Buenos días, señor director, se lo agradezco de todo corazón, buenos días, fue un placer conversar con usted, evidentemente no me estoy refiriendo al triste asunto, sino a su persona, Claro, son maneras de decir, Le acompaño a la escalera. Cuando don José ya estaba bajando el segundo tramo, el director se acordó de que no le había preguntado cómo se llamaba, No tiene importancia, reconsideró a continuación, es una historia terminada.
No podía decir lo mismo don José, a él todavía le faltaba dar el último paso, buscar y encontrar en casa de la mujer desconocida una carta, un diario, un simple papel donde cupiese el desahogo, el grito, el no puedo más que todo suicida tiene la estricta obligación de dejar tras de sí antes de retirarse por aquella puerta, para que los que aún van a continuar de este lado puedan tranquilizar las alarmas de su propia consciencia diciendo, Pobrecillo, tuvo sus razones. El espíritu humano, sin embargo, cuántas veces será necesario decirlo, es el lugar predilecto de las contradicciones, además ni se ha observado últimamente que ellas prosperen o simplemente tengan condiciones de existencia viable fuera de él, y ésa debe de ser la causa de que don José ande dando vueltas por la ciudad, de lado a lado, arriba y abajo, como perdido sin mapa ni guía, cuando sabe perfectamente lo que tiene que hacer en este último día, que mañana ya será otro tiempo, o que él será otro en un tiempo igual a éste, y la prueba de que lo sabe es haber pensado, Después de esto, quién seré yo mañana, qué especie de escribiente va a tener la Conservaduría General del Registro Civil. Dos veces pasó frente a la casa de la mujer desconocida, dos veces no paró, tenía miedo, no le preguntemos de qué, esta contradicción es de las que están más a la vista, don José quiere y no quiere, desea y teme lo que desea, toda su vida ha sido así. Ahora, para ganar tiempo, para retrasar lo que sabe que será inevitable, decide que primero tiene que almorzar, en un restaurante barato, como impone su magra bolsa, pero sobre todo que quede lejos de estos sitios, no sea que a un vecino curioso le dé por sospechar de las intenciones del hombre que ya pasó dos veces. Aunque su aspecto no se distinga del que tienen habitualmente las personas honestas, lo cierto es que nunca tenemos garantías firmes sobre lo que se ve, las apariencias engañan mucho, por eso las llamamos apariencias, a pesar de que en el caso a examen, atendiendo al peso de la edad y a la frágil constitución física, a nadie se le ocurriría decir, por ejemplo, que don José vive de escalar casas con nocturnidad. Prolongó el frugal almuerzo lo más que pudo, cuando se levantó de la mesa ya pasaba mucho de las tres, y sin prisa, como si arrastrara los pies, se fue aproximando a la calle donde la mujer desconocida había vivido. Antes de torcer la última esquina paró, respiró hondo, No soy miedoso, pensó para darse ánimos, pero era, como les sucede a tantas personas de coraje, valiente para unas cosas, cobarde para otras, no es por el hecho de haber pasado una noche en el cementerio por lo que se le quitará el temblor de piernas de ahora. Metió la mano en el bolsillo exterior de la chaqueta, palpó las llaves, una, la del buzón de correos, pequeña, estrecha, quedaba excluida por naturaleza, las dos restantes eran casi iguales, una era de la puerta de la calle, otra de la puerta del apartamento, ojalá acierte en seguida, si el edificio tiene portera y es de las que asoman la nariz al menor ruido, qué explicación dará, podrá decir que está allí autorizado por los padres de la señora que se suicidó, que viene por causa del inventario de los bienes, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, señora, aquí tiene mi carné y, como se ve, me confiaron las llaves de la casa. Don José acertó con la llave a la primera tentativa, la guardiana de la puerta, si la finca la tenía, no apareció preguntándole, Adónde va, señor, aunque es bien cierto lo que se dice, que el mejor guarda de viñas es el miedo a que el guarda venga, por tanto se aconseja comenzar venciendo el miedo, después veremos si el guarda aparece.
El edificio, a pesar de antiguo, tiene ascensor, con lo que le están pesando las piernas a don José nunca conseguiría alcanzar el sexto piso donde la profesora de matemáticas vivía. La puerta chirrió al abrirse, sobresaltando al visitante, repentinamente con dudas sobre la eficacia de la justificación que había pensado dar a la portera en el caso de que lo interpelara. Se deslizó con rapidez al interior de la casa, cerró la puerta con todo cuidado y se encontró en medio de una penumbra densa, a la que le faltaba poco para ser oscuridad. Palpó la pared junto al marco de la puerta, encontró un interruptor, pero prudentemente no lo hizo funcionar, podría ser peligroso encender las luces.
Poco a poco los ojos de don José estaban habituándose a la penumbra, se diría que en situación semejante lo mismo le ocurre a cualquier persona, pero lo que comúnmente no se sabe es que los escribientes de la Conservaduría General, dada la frecuentación regular al archivo de los muertos a que están obligados, adquieren, al cabo de cierto tiempo, facultades de adecuación óptica absolutamente fuera de lo común. Llegarían a tener ojos de gato si no los alcanzase primero la edad de la jubilación.
Aunque el suelo estuviese enmoquetado, don José creyó que sería mejor descalzarse los zapatos para evitar cualquier choque o vibración que pudiese denunciar su presencia a los inquilinos del piso de abajo. Con mil cuidados descorrió los cerrojos de los postigos de una de las ventanas que daba a la calle pero sólo los abrió lo suficiente para que entrase alguna luz. Estaba en un dormitorio. Había una cómoda, un armario, una mesilla de noche. La cama, estrecha, de soltera, como se decía antes. Los muebles eran de líneas simples y claras, lo contrario del estilo bazo y pesado del mobiliario de la casa de los padres. Don José dio una vuelta por las restantes habitaciones del apartamento, que se limitaban a una sala de estar amueblada con los sofás de costumbre y una estantería de libros que ocupaba de extremo a extremo una pared, una habitación más pequeña que servía de despacho, la cocina minúscula, el cuarto de baño reducido a lo indispensable.
Aquí vivió una mujer que se suicidó por motivos desconocidos, que había estado casada y se divorció, que podría haber vuelto a vivir con los padres después del divorcio, pero que prefirió continuar sola, una mujer que como todas fue niña y muchacha, que ya en ese tiempo, de una cierta e indefinible manera, era la mujer que llegó a ser, una profesora de matemáticas que tuvo su nombre de viva en el Registro Civil junto a los nombres de todas las personas vivas de esta ciudad, una mujer cuyo nombre de muerta volvió al mundo vivo porque este don José fue a rescatarlo al mundo de los muertos, apenas el nombre, no a ella, que no podría un escribiente tanto. Con las puertas de comunicación interiores todas abiertas, la claridad del día ilumina más o menos la casa, pero don José tendrá que despacharse en la búsqueda si no quiere dejarla a medias. Abrió un cajón de la mesa del despacho, pasó los ojos vagamente por lo que había dentro, le parecieron ejercicios escolares de matemáticas, cálculos, ecuaciones, nada que le pudiese explicar las razones de la vida y de la muerte de la mujer que se sentaba en este sillón, que encendía esta lámpara, que sostenía este lápiz y con él escribía. Don José cerró lentamente el cajón, todavía comenzó a abrir otro pero no llegó al final del movimiento, se detuvo pensando un largo minuto, o fueron solamente uno pocos segundos que parecieron horas, después empujó el cajón con firmeza, después salió del despacho, después se sentó en uno de los sofás de la sala y allí se quedó. Miraba los viejos calcetines zurcidos que traía puestos, los pantalones sin raya un poco subidos, las canillas blancas y delgadas, con escaso vello. Sentía que su cuerpo se acomodaba a la concavidad suave del tapizado y de los muelles del sofá dejada por otro cuerpo, Nunca más se sentará aquí, murmuró. El silencio, que le había parecido absoluto, era cortado ahora por los sonidos de la calle, sobre todo, de vez en cuando, con el paso de un coche, pero había en el aire también una respiración pausada, un latir lento, sería tal vez la respiración de las casas cuando las dejan solas, ésta, probablemente, aún no se percató de que tiene alguien dentro. Don José se dice a sí mismo que aún hay cajones para examinar, los de la cómoda, donde se suelen guardar las ropas más íntimas, los de la mesilla de noche, donde intimidades de otra naturaleza son generalmente recogidas, el armario, piensa que si abre el armario no resistirá al deseo de recorrer con los dedos los vestidos colgados, así, como si estuviese acariciando las teclas de un piano mudo, piensa que levantará la falda de uno para aspirarle el aroma, el perfume, el simple olor. Y están los cajones de la mesa del despacho que no llegó a investigar, y la pequeña cajonera de la estantería, en algún sitio tendrá que estar guardado aquello que busca, la carta, el diario, la palabra de despedida, la señal de la última lágrima. Para qué, preguntó, supongamos que tal papel existe, que lo encuentro, que lo leo, no será por leerlo por lo que los vestidos dejarán de estar vacíos, a partir de ahora los ejercicios de matemáticas no tendrán solución, no se descubrirán las incógnitas de las ecuaciones, la colcha de la cama no será apartada, el embozo de la sábana no se ajustará sobre el pecho, la lámpara de la cabecera no iluminará la página del libro, lo que acabó, acabó. Don José se inclinó hacia delante, dejó caer la frente sobre las manos, como si quisiese seguir pensando, pero no era así, se le habían acabado los pensamientos. La luz se quebró de pronto, alguna nube está pasando en el cielo. En ese momento el teléfono sonó. No se había fijado antes, pero allí estaba, en una pequeña mesa, en un rincón, como un objeto que pocas veces se utiliza. El mecanismo del grabador de llamadas funcionó, una voz femenina dijo el número de teléfono, después añadió, No estoy en casa, deje el recado después de oír la señal. Quien quiera que hubiese llamado, colgó, hay personas que detestan hablarle a una máquina o, en este caso, se trató de una equivocación, de hecho si no reconocemos la voz que sale de la grabadora no merece la pena continuar. Esto habría que explicárselo a don José, que nunca en su vida había visto un aparato de éstos de cerca, aunque lo más probable sería que él no prestase atención a las explicaciones, tan perturbado lo pusieron las pocas palabras que oyó, No estoy en casa, deje el recado después de oír la señal, sí, no está en casa, nunca más estará en casa, quedó apenas su voz, grave, velada, como distraída, como si estuviera pensando en otra cosa cuando realizó la grabación. Don José dijo, Puede ser que vuelvan a telefonear, y con esa esperanza no se movió del sofá durante más de una hora, poco a poco la penumbra de la casa se iba haciendo más densa y el teléfono no sonó más. Entonces don José se levantó, tengo que irme, murmuró, pero antes de salir todavía dio una última vuelta por la casa, entró en el dormitorio, donde había más luz, se sentó un momento en el borde de la cama, una y otra vez deslizó la mano despacio por el embozo bordado de la sábana, después abrió el armario, allí estaban los vestidos de la mujer que había dicho las definitivas palabras, No estoy en casa. Se inclinó hacia ellos hasta tocarlos con la cara, el olor que desprendían podría llamarse olor de ausencia, o será aquel perfume mixto de rosa y crisantemo que de vez en cuando recorre la Conservaduría General.
La portera no apareció preguntándole de dónde venía, el edificio está silencioso, parece deshabitado. Fue este silencio lo que hizo nacer en la cabeza de don José una idea, la más osada de su vida, Y si me quedo aquí esta noche, si yo duermo en su cama, nadie lo sabría. Dígase don José que no hay nada más fácil, que sólo tiene que subir otra vez en el ascensor, entrar en el apartamento, quitarse los zapatos, hasta puede suceder que alguien vuelva a equivocarse de número, Si es así tendrás el gusto de oír una vez más la voz velada y grave de la profesora de matemáticas, No estoy en casa, dirá ella, y si, durante la noche, acostado en su cama, algún sueño agradable excita tu viejo cuerpo, ya sabes, el remedio está a mano, sólo tendrás que tener cuidado con las sábanas. Son sarcasmos y groserías que don José no merece, su osada idea, más romántica que osada, así como vino, así se fue, él ya no está dentro del edificio, sino fuera, parece que lo ayudó a salir el recuerdo doloroso de la imagen de sus viejos calcetines zurcidos y de sus canillas delgadas y blancas, de escaso vello. Nada en el mundo tiene sentido, murmuró don José, y se encaminó hacia la calle donde vive la señora del entresuelo derecha.
La tarde está en el fin, la Conservaduría General ya cerró, no son muchas las horas que restan al escribiente para inventar la historia que justifique haber faltado al trabajo durante un día entero. Todos saben que no tiene familiares a quienes necesite acudir de urgencia, y, aunque los tuviese, no puede haber disculpa para su caso, compartiendo pared con la Conservaduría, era sólo entrar y decir desde la puerta, Adiós, hasta mañana, tengo una prima muriéndose.
Don José decide que está todo hecho, que lo pueden despedir si quieren, expulsarlo del funcionariado, tal vez el pastor de ovejas necesite un ayudante para cambiar los números de las tumbas, sobre todo si anda pensando en ensanchar su campo de actividad, de hecho no hay motivo para que quede limitado a los suicidas, a fin de cuentas los muertos son iguales, lo que es posible hacer con unos puede ser hecho con todos, confundidos, mezclarlos, qué más da, el mundo no tiene sentido.
Cuando don José llamó a la puerta de la señora del entresuelo derecha, sólo tenía pensamientos para la taza de té que tomaría. Tocó una vez, dos veces, pero nadie abrió. Perplejo, inquieto, llamó al timbre del entresuelo izquierda. Apareció una mujer que preguntó en tono seco, Qué desea, Nadie atiende en aquel lado, Y qué, Puede decirme si ocurrió alguna cosa, Qué cosa, Un accidente, una enfermedad, por ejemplo, Es posible, vino una ambulancia a buscarla, Y eso cuándo ha sido, Hace tres días, Y no ha sabido más noticias, sabe por casualidad dónde está, No señor, disculpe. La mujer cerró la puerta dejando a don José a oscuras. Mañana tendré que ir a los hospitales, pensó.
Se sentía exhausto, todo el día andando de un lado para otro, emociones todo el día, ahora este choque para rematar. Salió del edificio y se quedó parado en la acera preguntándose si podría hacer algo más, preguntar a otros inquilinos, no todos serán tan desagradables como la mujer del entresuelo izquierda, don José volvió a entrar en el edificio, subió la escalera hasta el segundo piso, llamó a la puerta de la casa de la madre de la niña y del marido celoso, a esta hora ya habrá vuelto del trabajo, pero eso no tiene importancia, don José sólo va allí para preguntar si saben alguna cosa de la vecina del entresuelo derecha. La luz de la escalera está encendida, la puerta se abrió, la mujer no trae a la criatura en brazos y no reconoce a don José, Qué desea, preguntó, Perdone que la incomode, venía a visitar a la señora del entresuelo derecha, pero ella no está y la inquilina del otro lado me ha dicho que se la llevaron hace tres días en una ambulancia, Sí, es cierto, Sabe por casualidad dónde se encuentra, en qué hospital, o en casa de algún familiar.
Antes de que la madre de la criatura tuviera tiempo de responder, una voz de hombre preguntó desde dentro, Quién es, ella volvió la cabeza, Es una persona preguntando por la señora del entresuelo, después miró a don José y dijo, No, no sabemos nada.
Don José bajó la voz y preguntó, No me reconoce, ella dudó, Ah, sí, me acuerdo, dijo en un susurro, y, lentamente, cerró la puerta.
En la calle don José hizo señal a un taxi, Lléveme a la Conservaduría, dijo distraídamente al conductor. Hubiera preferido ir andando, para ahorrar su poco dinero y para terminar el día como lo había comenzado, pero la fatiga no le permitía dar un paso.
Creía él. Cuando el conductor anunció, Llegamos, don José vio que no estaba frente a su casa, sino ante la puerta de la Conservaduría. No merecía la pena explicar al hombre que debía dar la vuelta a la plaza y seguir por la calle lateral, finalmente sólo tendría que caminar unos cincuenta metros, ni tanto. Pagó con las últimas monedas, salió y cuando asentó los pies en la calzada y levantó la cabeza vio que las ventanas de la Conservaduría estaban iluminadas, Otra vez, pensó, inmediatamente se le desvaneció la preocupación por la suerte de la señora del entresuelo derecha y el recuerdo de la madre de la criatura, el problema, ahora, es encontrar la justificación para el día siguiente.
Volvió la esquina, allí estaba su casa, baja, casi una ruina, empotrada en la alta pared del edificio, que parecía presto a aplastarla. Entonces unos dedos brutales apretaron el corazón de don José. Había luz dentro de casa. Estaba seguro de haberla apagado cuando salió, pero, teniendo en cuenta la confusión que reina desde hace tantos días en su cabeza, admitiría que se hubiese olvidado, si no fuese por aquella otra luz, la de la Conservaduría, las cinco ventanas iluminadas intensamente. Metió la llave en la puerta, sabía a quién iba a ver, pero se detuvo en el umbral, como si las convenciones sociales le impusiesen mostrarse sorprendido. El jefe se encontraba sentado a la mesa, delante tenía algunos papeles cuidadosamente alineados. Don José no necesitaba aproximarse para saber de qué se trataba, las dos falsas credenciales, las fichas escolares, de la mujer desconocida, el cuaderno de apuntes, la carpeta del expediente de la Conservaduría con los documentos oficiales. Entre, dijo el jefe, la casa es suya. El escribiente cerró la puerta avanzó hacia la mesa y paró. No habló, sentía en el cerebro un remolino líquido donde todos los pensamientos se disolvían. Siéntese, ya le he dicho que está en su casa. Don José observó que encima de las fichas escolares había una llave igual que la suya. Está mirando la llave, preguntó el conservador, y con calma prosiguió, No piense que se trata de una copia fraudulenta, las casas de los funcionarios, cuando las había, siempre tuvieron dos llaves de comunicación interna, una, claro está, era para uso del inquilino, la otra quedaba en poder de la Conservaduría, todo se armoniza, como ve, Excepto que haya entrado aquí sin mi autorización, consiguió decir don José, No la necesitaba, el dueño de la llave es el dueño de la casa, digamos que ambos somos dueños de esta casa, tal como usted parece que se considera lo bastante dueño de la Conservaduría para distraer documentos oficiales del archivo, Puedo explicarlo, No es necesario, he seguido regularmente sus actividades, además su cuaderno de apuntes me ha sido de gran ayuda, aprovecho la ocasión para felicitarlo por la buena redacción y propiedad del lenguaje, Mañana presentaré mi dimisión, Que yo no aceptaré. Don José lo miró sorprendido, Que no aceptará, No señor, no aceptaré, Por qué, si puedo preguntarle, Puede, una vez que estoy dispuesto a convertirme en cómplice de sus irregulares acciones, No comprendo. El conservador tomó el expediente de la mujer desconocida, después dijo, Ya va a comprender, pero antes cuénteme lo que pasó en el cementerio, su narración se detiene en la conversación que tuvo con el escribiente de allí, Llevará mucho tiempo decirlo, En pocas palabras para que me quede con el cuadro completo, Atravesé a pie el Cementerio General hasta la zona de los suicidas, dormí debajo de un olivo, a la mañana siguiente, cuando me desperté, estaba en medio de un rebaño de ovejas, y después supe que el pastor se entretiene cambiando los números de las tumbas antes de que coloquen las lápidas, Por qué, Es difícil de explicar, todo gira alrededor de saber dónde se encuentran realmente las personas que buscamos, él cree que nunca lo sabremos, Como aquella a la que ha llamado la mujer desconocida, Sí señor, Qué ha hecho hoy, He ido al colegio donde ella había sido profesora, he ido a la casa donde vivió, Descubrió alguna cosa, No señor, y creo que no quería descubrir nada. El conservador abrió el expediente, sacó la ficha que viniera pegada a las de las cinco últimas personas famosas de quien don José se había ocupado, Sabe lo que yo haría si estuviese en su lugar, preguntó, No señor, Sabe cuál es la única conclusión lógica de todo lo que ha sucedido hasta este momento, No señor, Hacer para esta mujer una ficha nueva, igual que la antigua, con todos los datos exactos, pero sin la fecha del fallecimiento, Y luego, Luego la coloca en el fichero de los vivos como si ella no hubiese muerto, Sería un fraude, Sí, sería un fraude, pero nada de lo que hemos hecho y dicho, usted y yo, tendría sentido si no lo cometiésemos, No consigo comprender. El conservador se recostó en la silla, se pasó lentamente las manos por la cara, después preguntó, Se acuerda de lo que dije allí dentro el viernes, cuando se presentó en el trabajo sin afeitar, Sí señor, De todo, De todo, Por lo tanto recordará que yo hice referencia a ciertos hechos sin los cuales nunca habría llegado a comprender lo absurdo que es separar los muertos de los vivos, Sí señor, Necesitaré decirle a qué hechos me refería, No señor.
El conservador se levantó, Le dejo aquí la llave, no pretendo volver a usarla, y añadió sin dar tiempo a que don José hablase, Hay todavía una última cuestión por resolver, Cuál, señor, En el expediente de su mujer desconocida falta el certificado de defunción, No conseguí descubrirlo, debe de haberse quedado en el fondo del archivo o se me cayó por el camino, Mientras no lo encuentre esa mujer estará muerta, Estará muerta aunque lo encuentre, A no ser que lo destruya, dijo el conservador. Se volvió de espaldas sobre estas palabras, en seguida se oyó el ruido de la puerta de la Conservaduría cerrándose. Don José se quedó parado en medio de la casa. No era necesario rellenar una nueva ficha porque ya tenía la copia en el expediente. Era necesario, sí, rasgar o quemar la original donde había sido escriturada una fecha de muerte. Y todavía estaba allí dentro el certificado0 de defunción.
Don José entró en la Conservaduría, fue a la mesa del jefe, abrió el cajón donde lo esperaba la linterna y el hilo de Ariadna. Se ató una punta del hilo al tobillo y avanzó hacia la oscuridad.
Fin