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– ¡A buscar a la policía, imbecil! -grito Marlowe, indignado.
– Este puede salir, es actor -indico el guardia-. Nadie más sale de acá, señores. ¡Ahora va a venir la policía!
El detective y su compañero corrieron por el pasillo iluminado. Se cruzaron con dos hombres y una mujer vestida de uniforme blanco, y Marlowe casi derriba a la enfermera. Al doblar, ambos se detuvieron bruscamente. Marlowe saco un atado de cigarrillos, pero estaba destrozado. Soriano buscó entre sus ropas y encontró los suyos. Entonces vio su mano derecha, herida, que conservaba algunos vidrios incrustados. Marlowe encendió los cigarrillos y dijo:
– No lo crea, Soriano: usted no es el toro salvaje de las pampas.
Caminaron en silencio. Doblaron a la izquierda primero y a la derecha después. De pronto Soriano se detuvo frente a una puerta y sonrió.
– Un baño. No daba más.
Entraron. Se ubicaron frente a dos mingitorios y estuvieron un largo rato. Un hombre de traje gris y anteojos se puso entre ellos. Marlowe lo miro.
– Perdóneme, ¿sabe dónde podemos encontrar al señor Dick van Dyke?
– Sigan el pasillo hasta hallar una oficina con su nombre. ¿Vienen del lío? -movió la cabeza indicando la dirección del microcine. Marlowe dijo que si-. ¿Qué pasó? Todo el mundo está agitado por eso -preguntó el hombre mientras se apartaba del mingitorio y abrochaba la bragueta.
– No sé -contesto Marlowe-; una gresca a oscuras.
Soriano se lavó la cara y empezó a secarse con el pañuelo.
– Ustedes intervinieron, ¿eh?
– Gracias por todo, amigo -interrumpió Marlowe y luego de hacer una seña a Soriano, salieron.
– ¿Qué le dijo?
– Es al final del pasillo.
Llegaron a la oficina. La puerta era de vidrio y adentro se veía una muchacha pequeña de piernas gruesas y muy blancas, que ordenaba papeles sobre un escritorio. Entraron. Marlowe dijo:
– Nos espera el señor Van Dyke.
La mujer los miró detenidamente de arriba abajo. Luego sonrió incrédula.
– ¿No deberían pasar por el sastre primero? Al señor Van Dyke no le gusta la gente desaliñada.
– No se ría de los pobres, hija. Tuvimos un accidente.
– ¿En el microcine? Andan buscando a dos provocadores que armaron un lío.
– ¡No me diga! Anuncie a Philip Marlowe, por favor.
– Pierde el tiempo. El señor Van Dyke está muy ocupado.
Marlowe hizo un gesto de disgusto, dio vuelta a la mesa y caminó hacia la puerta que decía "PRIVADO, HÁGASE ANUNCIAR". Soriano fue tras él. La muchacha lo tomó de la manga y dio un salto.
– ¿Adónde van? ¿Quieren que me echen?
– No se preocupe, hermosa, usted debería aparecer en las películas -dijo Soriano en su idioma.
– ¿Qué dice?
– Nada -contestó el argentino, ahora en inglés, mientras entraba por la puerta que Marlowe había dejado abierta.
– ¿Otro más? -dijo el hombre alto, morocho, que vestía traje gris hecho a medida.
– Él quiere hablarle de Laurel y Hardy -dijo Marlowe señalando a su compañero. Soriano arrastraba a la muchacha que seguía reteniéndolo de una manga y tironeaba.
– No entiendo -dijo Van Dyke, con gesto impaciente-. ¿Qué pasa con Laurel y Hardy?
– Usted los conoció ¿verdad? -preguntó el detective.
– A Stan si, a Hardy lo vi solo un par de veces.
Soriano dio un paso adelante, tratando de zafarse de la mujer que lo tenía agarrado de la manga.
– Usted fue alumno de Laurel -dijo en castellano-. Yo quiero saber algunas cosas sobre sus últimos días. Estoy escribiendo una novela.
– ¿Usted es español o mexicano? -pregunto el actor en ingles.
– Argentino. Estoy enojado con usted.
– ¿Está qué? -dijo Van Dyke, frunciendo el rostro.
– Dice que está enojado, señor Van Dyke. Vino a decirme que usted contrató a un escritor para que contara un montón de mentiras sobre Laurel.
– ¿Mentiras? Laurel aprobó todo lo que decía el libro.
– Eso no quiere decir que no fueran mentiras -contesto Marlowe, mientras se sentaba en un sillón. Miró a Soriano, sonrió, levantó las cejas y dijo en español-: ¿Va a llevarse a la muchacha? No cabrá en el diván.
Ella seguía aferrada al brazo del argentino.
– Usted es detective. Dígale que me suelte.
– Dice mi amigo que lo suelte.
La muchacha dio un paso hacia atrás. Sorpresivamente fría y resuelta, levantó un brazo y cruzó la cara de Soriano con una bofetada. El periodista se tocó la mejilla con una mano, hizo un gesto de furia amenazante, y la mujer desapareció tras la puerta. Marlowe, muy serio, miró a su compañero.
– ¡Que golpe! Debe dolerle.
– ¡Déjese de bromas! Hoy me han pegado más que en toda mi vida.
– ¡Esta comedia es incomprensible, señores! ¡Váyanse o llamare a la guardia! -dijo Van Dyke, bastante molesto.
– ¿Oyo, Marlowe? Eso lo entendí. Si viene el negro se arma otra vez y no quiero recibir más palizas.