40313.fb2
– Son un par de locos. Primero entran sin permiso, tan rotosos como dos vagabundos, después usted se sienta en mi mejor sillón como si estuviera en su casa y me hace preguntas impertinentes. Su amigo provoca a mi secretaria y se hace golpear, luego pelean entre ustedes y se insultan. ¡Esto es demasiado!
Van Dyke abrió un cajón y saco una pequeña pistola calibre 22 corto. Marlowe abrió los brazos.
– ¡Otra vez!
Soriano levantó las manos. Por su cara redonda corrían algunas gotas de sudor. Miró a Marlowe.
– ¿Ahora nos van a pegar un tiro? Yo vine a buscar información sobre Laurel y Hardy, no a jugar a los cowboys.
– ¿Qué dice el gordo? No me cae simpático.
Marlowe, en ingles:
– Es un buen muchacho. Nació al sur del río Grande y le falta educación, pero no es su culpa.
Y en castellano:
– Usted no cae simpático en este edificio, compañero. Diga una frase de disculpa o va a llamar al negro.
– ¡Que lo llame, que mierda!
– No sea mal hablado, tenemos una pistola enfrente.
– ¡Déjense de hablar en cocoliche! ¡Fuera de aquí! -grito Van Dyke.
Marlowe se puso de pie.
– Vamos, Soriano. Este hombre no es el mismo que veo en las comedias de TV.
– Creí que usted era capaz de desarmar a un tipo como ese, Marlowe. Se está poniendo viejo.
– Ya veráa lo que hago. Vamos.
Salieron. Marlowe cerró la puerta tras de sí y se paró frente al escritorio.
– ¿Qué número tiene el matón ese? -señaló la oficina del actor.
– Marque el uno -dijo la secretaria, aterrorizada ante la mirada de los dos hombres que tenía enfrente. El detective tomó el teléfono y llamó.
– Le habla Marlowe, señor Van Dyke.
– ¿Quien?
– ¡Marlowe, estúpido! Mire por la ventana y me verá en la cabina del teléfono.
Hubo un ruido en la línea. Marlowe dejó el tubo y se lanzó contra la puerta que se abrió violentamente. En dos zancadas estuvo sobre el actor que miraba por la ventana. Lo levantó de las solapas y con la rodilla lo golpeó en el estómago. Soriano, que estaba parado en la puerta, hizo un gesto de sorpresa.
– Perdóneme por lo que dije antes.
– No es nada. Guarde la pistola -le entrego el arma del actor.
Van Dyke había caído de rodillas tomándose él estomago. De su boca salía una baba verde. El pelo le caía sobre la frente mientras el saco, que tenía un solo botón abrochado, estaba inflado como una bolsa.
– Déjemelo, Marlowe.
– ¿Ahora que está blandito? No, compañero, no le pegue nunca a un hombre que está peleando con otro.
De pronto, por la puerta abierta, entraron tres hombres seguidos por la secretaria. Uno era el negro. La furia le había deformado el gesto y un tic le hacía temblar el labio inferior.
– ¡Agarren a ese! Al gordo me lo cargo yo.
Los dos hombres se lanzaron sobre Marlowe. Uno de ellos le tiro un golpe alto que el detective esquivo. El otro, más sereno, quiso pegarle en el estómago, pero el detective se hizo a un lado y le dio un codazo en la cara. El primero, que media menos que la estatua de Washington, lo golpeó con una cachiporra de goma y Marlowe vio dar vueltas la habitación. Cayó de rodillas junto a Van Dyke y pareció que ambos estaban rezando frente a un altar.
– ¡Quietos! ¡Se termino! -Soriano tenía la pistola de Van Dyke en la mano derecha.
Con las ropas casi destrozadas, el pantalón muy caído, la barriga hinchada y las piernas chuecas muy abiertas, parecía un cowboy tardío.
– ¡Las manos arriba, vamos! -gritaba en castellano y agitaba el arma amenazadoramente- usted también, Van Dyke!
Marlowe empezó a levantarse y se corrió hacia la pared. Con su voz gangosa repitió, sin énfasis, en inglés:
– Las manos arriba y contra la pared. -Miró al negro que tenía los ojos húmedos por la rabia.- Le dije, amigo: no se meta con el argentino, está invicto.
– ¡Hijo de puta…! Lo voy a seguir hasta el infierno.
– Traduzca, Marlowe, no entiendo nada. ¿El negro está enojado?
– Un poco, pero reconoce que usted es mejor que él.
– Tenga la pistola. Yo no se como se maneja el seguro.
– ¡Ah, no! Usted les apuntó. Yo voy a ver que juguetes tienen.
Marlowe palpó a cada uno. El negro tenía un revolver 38 de caño largo y los otros pistolas 45 y cachiporras. El detective guardó el arsenal en el baño y echó llave.
– Rajemos -dijo Soriano.
– ¿No le va a pedir el teléfono a la chica?
– Claro. ¿Cuál es tu teléfono, querida?
La muchacha sonrió y quiso hacer un puchero, pero no le salió; dijo un número.
– Téngame la pistola, Marlowe, voy a anotarlo.
– No exagere. ¿Se cree Sam Spade? -Dos hombres habían bajado las manos y empezaban a darse vuelta.- Sin comentarios, amigos -dijo Marlowe-. Sam Spade escribirá un verso para su dama y nos vamos enseguida.