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Escupió al suelo. El gato miró la saliva y bajó las orejas.
– No me provoque. Tiene una pistola y está borracho.
– ¿Una pistola?
– En la cintura.
Marlowe bajo la vista. Tiró de la empuñadura y sacó la pistola.
– No es mía. La última vez que la vi, hace muchos años, la usaba un detective sobrio, que pagaba sus impuestos y tenía clientes importantes y enemigos que podían emboscarlo en un callejón.
– Un gran hombre.
– Un hombre, compañero. ¿Se burla?
– No me burlo.
– ¿Va a pelear o no?
– No.
Hubo un silencio. Los dos hombres se miraron largamente. De los ojos de Marlowe saltaron dos lagrimas transparentes como gotas de agua, corrieron entre las arrugas de la cara y cayeron al suelo. El ruido fue terrible en la habitación vacía; la pistola había escapado de las manos del detective. El gato corrió a refugiarse en la cocina. Marlowe alzó las manos y las puso muy cerca de sus ojos nublados. Estaban raspadas y sangrantes, sucias de tierra. Las bajo y sus ojos apenas sostuvieron la mirada del argentino.
– Me caí.
– ¿Anduvo jugando a la mancha?
Otra vez se miraron. Marlowe sacudió la cabeza y las lágrimas saltaron de sus ojos. Retrocedió hasta la pared.
– Deme café.
Soriano se puso de pie, apagó la radio y caminó lentamente hasta la cocina. Encendió el gas y puso el agua. Escuchó los pesados y vacilantes pasos del detective que entró en el baño. Marlowe se paró frente al espejo. Miró sus manos desgarradas, su imagen gastada, las ropas abiertas. Tragó. Tenía la boca seca y afiebrada. Abrió la ducha y metió la cabeza en el agua. Tuvo un mareo. Soriano escuchó el ruido seco y luego sintió un dolor en el pecho. Llenó una taza de café y fue hasta el baño.
– ¡El cafe! -grito a través de la puerta.
No hubo respuesta. Una furia súbita, desesperada, se apoderó del periodista. La taza salió despedida contra la puerta y se hizo añicos. El café formó figuras que cambiaron hasta agotarse en pequeños ríos que fluyeron hacia el piso. De una patada abrió la puerta del baño.
El cuerpo del detective estaba estirado y parecía un pescado fláccido sobre el que alguien habría abandonado un traje gris. La mitad del cuerpo colgaba dentro de la bañadera y el agua le mojaba el torso. El detective se movió, intentó levantarse, pero volvió a caer. Un hilo de sangre le marcaba el pómulo derecho. Se incorporó muy despacio. Giró la cabeza mojada, sucia, sangrante, y fijó sus ojos en el hombre que estaba parado a sus espaldas.
– Váyase -murmuro.
– Usted me da pena, detective. Ya no reconoce ni su propia pistola. Un trago lo pone belicoso y después se cae solo.
Marlowe se puso de pie. Se sentía mal, pero de pronto descubrió que tenía la mente despejada y fría. Pasó junto a Soriano sin mirarlo, atravesó la puerta y entró al living. Encendió un cigarrillo. El gato cruzó la habitación a la carrera y maulló frente al detective. Marlowe lo levanto y el animal desapareció entre sus brazos.
– Me caí, Soriano. Me lastimé y rompí el único traje decente que me quedaba. Estoy viejo y le agradezco que me lo recuerde. Usted es un joven valiente que roba una billetera con una pistola en la mano, pero antes me encierra en el baño para que no me de vergüenza. Le agradezco también. El viejo Marlowe no sirve para carterista ni para borracho.
– No se ponga dramático.
– No, pierda cuidado. Yo también me sentí joven el día en que un actor viejo y destrozado vino a decirme que se estaba muriendo. Le dije que se fuera a un asilo de ancianos. No me hizo caso. Se murió en una pensión, como un perro.
– Mire, Soriano, es fácil y podemos ganarnos quinientos en un par de días.
Al otro lado de la línea, en casa de Marlowe, el periodista tardó en despertarse completamente. Por la ventana se filtraba una luz débil. Eran las diez de la mañana.
– No sea ridículo, Marlowe. Es como si yo le pidiera que escriba una novela.
– No me desafíe. Faulkner terminó La paga del soldado en un mes.
– Esta alegre esta mañana.
– Es un caso simple. Usted sigue a la mujer y yo al marido.
– ¿Y que hay que descubrir?
– Poco. Cuando usted averigüe con quien se acuesta ella por las tardes, se lo decimos al hermano y él nos da trescientos dólares. Ya me anticipó doscientos.
– ¿Por qué tiene que cuidar usted al marido?
– La sigue a todas partes. Si la encuentra con el amante podría matarla. Entonces usted la sigue a ella, el marido también y yo los vigilo a todos.
– Nunca seguí a nadie, Marlowe. No tengo pasta de detective. Además, habrá que alquilar autos y yo no tengo el registro internacional.
– Pone todas las dificultades, ¿eh?
– No se trata de eso. Me parece que usted esta loco.
– Comprenda. No puedo llamar al detective Archer porque él anda en cosas más importantes. Tampoco pienso pagarle a un pies planos mientras usted duerme panza arriba.
– Está bien. Voy para allá a que me explique todo. Pero le aviso que no quiero terminar en la cárcel.
– No sea cobarde. Acá la policía es amable con los blancos y los extranjeros.
A mediodía la gente se atropellaba en las veredas, corría hacia los bares para tomar café, entraba y salía de las oficias, Soriano pagó el taxi y entró en el edificio donde alquilaba Marlowe. Cuando abrió la puerta, el detective estaba sentado frente a un hombre gordo, rubio, de mirada huidiza, que pestañeaba tras los lentes sin marcos. Marlowe se puso de pie, ceremoniosamente, y habló en inglés.
– Señor Frers, este es el señor Osvaldo Soriano, mi socio
Soriano estrechó la mano del hombre. Sonreía y lo hacia muy bien, Se sentó.
– Mi socio -agrego Marlowe- es detective de la sucursal Pinkerton de Buenos Aires. Colabora conmigo mientras visita Los Ángeles. Es un profesional! excelente, Richard Frers miró a Soriano, que seguía sonriendo, Se sacó los lentes y los limpió con un pañuelo. Estaba nervioso y no podía ocultarlo, aunque hacia esfuerzos por mostrarse sereno. Preguntó a Soriano:
– ¿Cree que podrá averiguar lo que necesito?
Soriano puso cara de no entender, aunque no dejó de sonreír.
– Seguro. El señor Soriano averiguará todo en seguida -dijo Marlowe, mirando al argentino que entonces entendió la pregunta de Frers.