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– ¿Cómo lo sabe? -pregunto Marlowe.
– Ella me lo insinuó. Está muy feliz y no puede ocultarlo. Una mujer sólo es tan feliz cuando encuentra al hombre de sus sueños. También me dijo que la seguían.
– Creo que si esto es exacto vamos a ser muchos detrás de una sola mujer -dijo Marlowe-. Deje los quinientos y vaya a su casa. Lo llamaremos en cuanto tengamos información.
Frers se puso de pie. Firmó un cheque y lo dejó sobre el escritorio. Estrechó la mano de Marlowe y saludo a Soriano con un movimiento de cabeza. Parecía más tranquilo.
– Confío en ustedes -dijo. Luego, salió.
Cuando cerró la puerta, Soriano se puso de pie, nervioso.
– Una rubia fatal, un marido cornudo y celoso, un hermano maniático y varios guardaespaldas. No, Marlowe, no voy a dejar que me agujereen en Los Ángeles por quinientos dólares. Sígala usted; yo escribo los informes.
– No se achique. ¿No tiene sangre? Se como manejar estos asuntos. Déjelo por mi cuenta. Esto va a ser una procesión de hombres detrás de una rubia posiblemente frígida. Yo voy a cerrar la procesión y a cuidar que no pase nada extraño. Usted tiene que alquilar un auto con chofer y seguirla. Cuando ella entre a algún lado, la espera. Manténgase siempre a una cuadra de distancia. Probablemente los otros estén más cerca. Si ve entrar sospechosos, vaya tras ellos. Donde usted entre, allá estaré yo.
– ¿Y por qué no vamos juntos?
– Sería muy evidente. Caeríamos en alguna trampa. Yo iré detrás de todos con la pistola preparada.
– Bueno, que sea lo que Dios quiera… Mi vieja cree que estoy en Los Ángeles calentando sillas de bibliotecas.
– No se deje traicionar por Edipo. Este es un país agitado.
– Si, buena mierda de explotadores imperialistas criminales. ¡Que boludo soy! Ya ni siquiera espero que los yanquis vayan a matarme a mi país; vengo directamente a la boca del tigre.
– No llore, Soriano. Es un tigre de papel.
Soriano se sentó junto al chofer, un negro enorme al que le faltaba un ojo y fumaba con boquilla. Marlowe se apoyó en la ventanilla abierta y miró a su compañero sin demasiada confianza.
– No se meta en líos y recuerde las instrucciones que le di. No intervenga para nada. Donde ella entre, usted espera. Tiene viáticos para media docena de cafés por la tarde. ¿Entendido?
– Si, ¿Cree que habrá tiros?
– No, no fantasee. Es un caso de infidelidad y celos. Esta noche tendremos todo resuelto.
El negro miraba sonriente, como si lo divirtiera el dialogo entre los dos hombres. Colocó un cigarrillo en la boquilla y puso en marcha el motor del Ford. Marlowe se apartó.
– Apúrese. A las cuatro, la señora Walcott saldrá de su casa. El chofer tiene la dirección; háblele en español. Es portorriqueño.
– Muy bien. Hasta luego, Marlowe. ¡Cuídese!
El detective rió y levantó un brazo para saludar al coche que partía. Tomaron una avenida de doble mano, donde los autos se pasaban velozmente unos a otros. A los costados se elevaban las palmeras deshojadas, frías, las casas eran chalets de una sola planta, envejecidos y decadentes. Soriano miraba en silencio mientras fumaba un cigarrillo. La carretera ondulaba sobre un cerro, hacía una ese y luego subía hasta la cima. Cuando tomaron la segunda curva, Soriano miró
hacia abajo y el horizonte le pareció una nebulosa, un sueño sin sentido. Los Ángeles estaba sumergida en el humo y se extendía subiendo y bajando a lo lejos, entre los cerros, hacia el mar. Del otro lado, el valle mezclaba el verde de la vegetación con algunos cuadros limpios en los que se veía una quinta o un club nocturno. Otra vez el argentino se sintió extraño en medio de esa ciudad. Cerró los ojos y se vio caminando por calles desiertas, ensombrecidas por edificios altos e interminables. Pensó en Marlowe, en la soledad que lo rodeaba; lo vio caído en el baño, herido y balbuceante; lo vio en su oficina, alegre ante la posibilidad de ganarse unos dólares y tuvo la sensación de que lo conocía desde siempre, de que podría volver a encontrarlo en cualquier esquina de Buenos Aires. Giró la cabeza otra vez y halló la sonrisa del negro que manejaba con la pericia de un profesional.
– ¿Queda muy lejos? -dijo Soriano en español.
– ¿Que? -pregunto el chofer en ingles.
– Si queda muy lejos -insistió el argentino en su idioma,
– No entiendo -contesto en ingles el chofer, que sostenía la boquilla entre sus dientes muy blancos.
– ¿No habla español? -se sorprendió el periodista.
– No -dijo el negro, muy divertido-, el que habla español es Freddy.
– ¿Freddy?
– El que se fue con su compañero. Como él es argentino pidió chofer portorriqueño.
– No, no. El argentino soy yo. Hay una confusión -dijo Soriano, algo alarmado.
– ¿Que lío! -rió el negro-. Entonces el patrón se equivoco. Le dijo a Freddy: "Anda con el sudamericano. Es blanco, pero ustedes son todos la misma roña". El patrón es algo duro con los negros, pero nos paga bien. Es el mejor blanco que conozco, perdóneme usted.
– No le entiendo -dijo Soriano en inglés, con gesto contrariado-, hábleme pausadamente, tal vez comprenda algo.
– Vea, señor, a mi me pagan para manejar, no para charlar con los blancos. Me dice adonde vamos y yo manejo. Me dice que pare y yo paro, me dice que volvamos y vuelvo. ¿Entendió eso?
– No mucho.
Diana Walcott vivía en un chalet de dos plantas, en Beverly Hills. La casa, sobre una colina, estaba rodeada por un parque de pinos. La entrada para autos era automática. El sendero que conducía a la entrada principal era amplio y estaba cubierto de pedregullo gris. Los molinetes lanzaban agua en todas direcciones. Un jardinero negro trabajaba en unos claveles rojos que serpenteaban alrededor de la casa.
Soriano indicó al chofer que siguiera de largo y se detuviera a cien metros. Estacionaron a un costado del camino. A pocos pasos de allí nacía una calle secundaria. Los dos hombres permanecieron en silencio. El negro fumaba un cigarrillo tras otro y la sonrisa parecía pintada en sus labios gruesos. Tenía el pelo enrulado y muy corto.
A velocidad moderada, el Chrysler que conducía a Marlowe se ubico en la vía de la carretera que indicaba sesenta millas de máxima. El detective encendió su pipa y se recostó en el asiento.
– No pierda de vista al Ford -indico al chofer.
– Descuide -dijo Freddy.
Era un joven de rostro oscuro, de rasgos latinos, serio y orgulloso de su habilidad con el volante. Manejaba con una sola mano y con la otra sintonizaba la radio que transmitía en castellano. La voz de Armando Manzanero aparecía melosa y envolvente. Al compás, Freddy movía los hombros. Marlowe chupó la pipa y miró el tablero del coche.
– Es un buen auto -dijo.
– Es aguantador -contesto Freddy-, pero más lento que un cartero. Cuando termine de juntar unos dólares me comprare un Jaguar. Mi chica dice que primero debería comprar el departamento, pero yo pienso darme el gusto. Tengo la velocidad en la sangre, compañero.
– Le advierto que no quiero comprobarlo -dijo el detective, muy serio.
Freddy lo miró algo extrañado, se rascó la cabeza en la que el pelo lacio estaba apretado por una gorra, se echó dos chicles a la boca y observó:
– No es que me interese, pero me gustaría saber para que pidió un chofer que hablara español.
Marlowe miro a Freddy, aspiro la pipa y movió la cabeza.
– El que necesitaba un chofer con español era mi compañero.