40313.fb2
– Es muy fácil -dijo Marlowe-: cuando salga un tipo le damos un golpe y le sacamos la billetera. Usted tiene experiencia en eso.
– Cuando volvamos a Los Ángeles voy a buscar a un cura que me confiese. Cada vez que miro su cara me remuerde la conciencia.
– ¿Tiene hambre? -pregunto Marlowe.
– No, todavía estoy eructando el banquete de anoche.
Marlowe revisó los bolsillos de su pantalón y encontró solo los documentos en la billetera.
– Nos pelaron, compañero.
– Hay que hacer la denuncia -respondió Soriano.
– Déjese de bromas, ya me está cansando. ¿Cree que vine a las montañas a tomar sol?
– No creo nada. Estamos sin un dólar y por lo menos hay que volver a la ciudad. ¿Se le ocurre alguna manera de conseguirlo?
– No sé. Hablar con los tipos del bar. Quizás alguno nos lleve.
– Muy bien. Vamos a lavarnos un poco. Si usted muestra la chapa nos van a llevar.
Entraron al bar. Una veintena de personas comía jamón con huevos, tomaba café o Coca Cola. Siguieron hasta el baño. Funcionaba una sola canilla. Marlowe se lavó la cara y sintió otra vez que las heridas le quemaban. Soriano se miró al espejo. Descubrió un rostro tumefacto.
– Apúrese, Marlowe, eso es una ducha.
El detective se apartó de la pileta y se pasó las mangas de la camisa por la cara. Su aspecto no había mejorado mucho, pero tenía los ojos más abiertos. Soriano se echó agua sobre la cara, luego se agachó y metió la cabeza bajo la canilla. Por fin sacudió el pelo y salió detrás del detective. Se acercaron al hombre del mostrador. Marlowe saco su identificación.
– Necesitamos llegar a Los Ángeles.
– Cada vez es más duro ser policía, ¿eh? -comentó el hombre moviendo la cabeza de arriba hacia abajo-. ¿Tuvieron problemas con los hippies?
– Aja -Marlowe asintió-. En la playa. Los sorprendimos en pleno viaje. Se pusieron nerviosos.
– Mierda, señor -dijo el hombre, que había empezado a sudar-, pura mierda. Si encuentro a Crystal con uno de esos barbudos, le rompo la cabeza. No es época para tener hijos, se lo digo yo. ¿Tiene hijos, señor?
– Seis.
– ¡Jesucristo! Lo compadezco -dijo el del mostrador.
– ¿Cree que alguien podrá llevarnos a la ciudad? -pregunto Marlowe, impaciente.
– Crystal los llevara. Ella tiene que ir a Hollywood. La policía debería ocuparse de despejar la zona de barbudos. Las montañas están llenas de ellos. Hacen campamentos. Verdaderas orgías. Me han robado cuatro veces este año.
– ¿Tendrá un par de cigarrillos?
– ¡Por supuesto, teniente! -buscó tras el mostrador y alargó un paquete-. Quédese con ellos. No siempre viene gente sana a pedirme cosas.
– Gracias -dijo Marlowe y alargó un cigarrillo a Soriano-. ¿A que hora sale Crystal?
– Voy a avisarle. ¿Por que no comen algo?
– No quisiéramos molestar. No tenemos dinero. Los barbudos se quedaron con todo.
– ¡Cristo! Después dicen que se cagan en el dinero… -el hombre acercó su cara a la de Marlowe-. Un día de estos voy a dejar seco a uno de ellos -sonrió y tardó un minuto en retirar su cara por la que corría sudor-. Jamón con huevos para dos! -gritó. Luego salió por una puerta pequeña que estaba cubierta por una cortina. Una muchacha blanca, de unos veinte años, que tenía una cicatriz en el mentón, sirvió la comida.
– ¿Qué le contó? -pregunto Soriano.
– Nada. Le mostré la tarjeta de Diners.
Comieron en silencio. El patrón, que había regresado, los contemplaba con simpatía. La cortina se abrió y apareció una muchacha rubia, de unos dieciocho años, que tenía el pelo atado sobre la espalda. Era pecosa y parecía atrevida. Vestía pantalón ajustado y un sweter.
– ¿Ustedes son los policías? Marlowe asintió con la cabeza. Soriano miró a la muchacha y comentó: -Está buenísima. Ella le sonrió. Marlowe tradujo: -Dice que usted es muy simpaticá. Él no habla inglés. Es un detective de Interpol.
– ¡Que fascinante! -dijo la muchacha-, voy a llevar a dos policías conmigo.
Marlowe y Soriano se pusieron de pie. Estrecharon la mano del dueño del bar.
– Gracias, amigo -dijo Marlowe-, todavía queda gente de bien en este país.
– Mande a sus muchachos a pasear por este lugar, teniente; le aseguro que se divertirán. -Pierda cuidado.
Subieron a un Chevrolet blanco. Marlowe se sentó adelante.
La muchacha manejó a toda velocidad. -Basta de juego -dijo-; a mi pueden decirme la verdad.
Marlowe la miro.
– Cualquiera se da cuenta de que ustedes no son policías -agregó-; esto es absurdo.
– No somos policías -reconoció Marlowe-, yo soy detective privado y el es periodista.
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué?
– ¿Se puede saber que les pasó?
– La policía nos dio una paliza.
– ¿Anduvieron en líos?
– Hace una semana que ando en líos. Desde que conocí a este -señalo a Soriano.
– ¿Qué pasa? -pregunto el argentino, inclinándose hacia adelante.
– Si no se ofenden les diré que ustedes parecen una caricatura. Nadie anda por las carreteras de California con la cara y las ropas destrozadas haciéndose pasar por policías para que los lleven a Los Ángeles.