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De pronto, una ovación quebró la monotonía del acto, las luces tomaron un color más vivo y más alegre, todo Hollywood estaba de pie y aplaudía. Charles Chaplin había subido a la tarima y recibía el saludo de un hombre de anteojos y rostro emocionado.
"El genio del cine." "El cómico más grande de este siglo." "Estados Unidos le debía este homenaje." "Nadie hizo más que él por tanta gente."
John Wayne cayó sobre el escenario como una caja fuerte desde un décimo piso. Sobre él llovieron pedazos de vidrios multicolores y una cortina de terciopelo gris.
Hubo un silencio que duró tres segundos y luego una multitud de risas. El vaquero intentó ponerse de pie, pero el hombre que atravesó la puerta destrozada le dio una patada en la mandíbula, Wayne gimió y se desplomó hacia atrás. Soriano se paró. Todo el mundo estaba de pie. Chaplin había abierto la boca como si esos desastres le fueran ajenos y absurdos. Charles Bronson saltó al escenario y tiró su izquierda que se perdió en el aire. El hombre alto de traje raído le pegó un derechazo en el hígado y Bronson cayó sobre la primera fila de plateas. En un instante, Dean Martin y James Stewart estuvieron frente al pegador. Martin lanzó un gancho y Stewart un uppercut. El hombre trastabilló y el público bramó desde las plateas. Todas las cámaras enderezaron sus lentes hacia el centro del escenario. Martin tomó una silla y la lanzó contra el hombre. Este alcanzó a extender un brazo, pero el proyectil lo arrastró en su caída. Wayne se puso de pie. Tomó un micrófono y lo esgrimió. Los tres hombres avanzaron sobre el caído. La multitud ovacionaba. Soriano apretó el bastón de Charlie, subió al amplificador y desde allí se lanzo en el aire como una bala humana. Grito:
– ¡Huija, mierda! -y se estrelló la cabeza contra Wayne. En la caída arrastraron a los demás.
– ¡Arriba, Soriano viejo! -gritó Marlowe, mientras se ponía de pie-. ¡La fiesta recién empieza!
Stewart, Wayne y Martin estaban desparramados en medio del escenario. Soriano había aterrizado su cuerpo de ochenta kilos sobre los noventa de Wayne. El cowboy estaba aprisionado bajo el argentino, formando ambos una cruz de movimientos desesperados. Wayne aferró a su rival del cuello y apretó. El periodista se puso Colorado, quiso toser pero no pudo. Metió un dedo en el ojo derecho del actor y con una rodilla lo golpeó entre las piernas. Wayne gritó y se retorció. Soriano comenzó a levantarse y buscó con la vista a Marlowe. Un error estúpido: el puño derecho de Martin le dio en la mandíbula y lo levantó del piso. Cayó sobre Charles Bronson. Este lo detuvo con el brazo derecho y con el izquierdo le pegó en el estómago primero y en la nariz después. El argentino cayo boca abajo, con medio cuerpo fuera del escenario. Sangró sobre el vestido blanco de Mia Farrow. Le pareció un papelón. Cerró los ojos.
Marlowe avanzó hacia Martin. El actor retrocedió un par de metros hasta que su espalda se apoyó en un gran piano de cola. El detective le pegó en el cuello. Martin puso los ojos en blanco. Marlowe giró a toda velocidad, arqueó el cuerpo hacia atrás y esquivó un derechazo de Stewart. Levantó una pierna y la puso contra el estómago del hombre de pelo blanco que cayó sentado. Marlowe saltó a un costado y piso una mano de Wayne que seguía en el suelo. Un locutor de
traje azul y lentes de contacto celestes corrió hacia él con un micrófono en la mano.
– ¿Se da cuenta de que está pasando a la historia?
Marlowe lo miró. La sala desbordaba un entusiasmo ruidoso.
El locutor dijo que no recordaba una fiesta en la Academia de Artes y Ciencias más divertida, apasionante, estremecedora. Fue lo último que dijo esa noche. Marlowe lo levantó sobre su cabeza y lo arrojó contra Dean Martin que se acercaba.
En la platea, Mia Farrow había sentado a Soriano sobre su regazo como a un bebe y Julie Christie agitaba una carpeta frente a su cara para darle aire. El argentino ya no sangraba. Sonrió.
– ¡Está vivo! ¡Está vivo! -gritó la Farrow. Todos aplaudieron. El argentino se quitó el saco.
– Téngalo -dijo a Julie Christie-: esta pelea es a muerte.
Sobre ellos pasó una silla. Un hombre menudo se puso de pie, levantó la cabeza y miró al periodista.
– No permitiré que terminen con Hollywood -declaró. Soriano lo reconoció de inmediato.
– No se meta, enano. ¿Tiene un cigarrillo? -Mickey Rooney le pegó en la cara. Las mujeres rieron. Soriano sacó un pañuelo y lo pasó por su frente-. Buen golpe -dijo.
La derecha del argentino salió como un cañonazo y dio en la nariz del petiso que se desmayó. Marlowe se hacia fuerte en la tarima de Chaplin. Jackie Coogan lloraba frente a él y trataba de tomarlo de las piernas.
– ¡Papá!, ¡papá!
Marlowe se agachó y dijo paternalmente:
– No soy su papá.
– ¿Y a usted quién lo conoce? -respondió Coogan y le escupió en la cara.
Media docena de policías entraron por la puerta de servicio. Llevaban cachiporras de goma y el más pequeño, que tenía galones de jefe, levantó un altoparlante.
– ¡Aquí está la autoridad! -gritó-. ¡Cálmense y no entorpezcan la tarea de la ley! ¡Desalojen la sala por el pasillo cen…!
Julie Christie metió el saco de Soriano en la boca del parlante. El sargento tragó saliva, se atoró y bajó el artefacto.
– Se trabó -dijo mirando a Jane Fonda. Ella sonrió dulcemente. Puso sus manos sobre la cabeza del policía y tiró la gorra hacia abajo, tapándole los ojos.
– Eso no esta bien -dijo Marlowe, que había saltado desde la tarima. Dio un golpe en la cabeza del sargento y lo dejó caer suavemente sobre él. Miró a un agente-. Tome el mando. El sargento esta indispuesto.
– ¿Quién es usted? -gruño el policía que era gordo y tenía pies planos.
– Un detective -contestó Marlowe y le mostró la credencial con una mano mientras sostenía al sargento desmayado con el otro brazo.
– No se haga el vivo -dijo el policía-, podemos quitarle la licencia.
Alrededor del grupo se había formado una rueda de actores y colaboradores. Chaplin, solo, estaba parado en la tarima mientras Coogan lloraba a sus pies.
– Ingratos -farfulló.
– Soy de la escolta del señor Chaplin -dijo Marlowe-; tengo un compañero que lo custodió desde Suiza. Debo responder por el ante el gobierno.
El policía no pareció convencido. Hubo un tumulto entre el grupo y apareció Wayne.
– ¡Conozco a ese hombre, es un impostor! -gritó el cowboy mientras se tapaba el ojo magullado con una mano aplastada.
– ¿Quién es usted? -preguntó el policía.
– ¿Yo? -Wayne rió con dificultad.- No es el momento de hacerse el estúpido.
– ¿Qué dice? -gritó el gordo de pies pianos-. Voy a detenerlo por desacato.
– ¡No sea imbecil! -grito Wayne-. ¿Nunca fue al cine?
– No tengo oportunidad. Pierdo mucho tiempo con granujas como usted.
Marlowe sacó una derecha corta, seca, disimulada, que achato la mandíbula de Wayne. El vaquero se dobló y cayó en brazos de Mickey Rooney. Era mucho peso para el petiso. Los dos fueron al suelo.
– Se insolentó -justifico Marlowe, mirando al policía.
– Está bien -respondió el de pies pianos-, voy a pedir refuerzos. -Sacó una pistola.- Por ahora no se mueva nadie. -Salió a toda carrera.
Soriano se había deslizado por el escenario hasta la tarima de Chaplin. Dijo en castellano:
– ¿Ahora tiene llorón propio? -miro a Coogan.
– ¿Otra vez usted? -pregunto Chaplin en inglés-. ¿Qué se propone?
– Nada -dijo el argentino y se acercó al grupo que rodeaba a un policía y a Marlowe.
Los otros cuatro agentes formaban una fila ordenada