40313.fb2 Triste, solitario y final - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 27

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– ¿Qué pasa?-preguntó a uno de cara redonda y bigote que parecía una cerca de ligustrinas.

– No sé -dijo el policía-; había un lío y nos llamaron. Cuando le diga a mi mujer que estuve acá y vi a todas estas celebridades no lo va a creer.

– Llévese uno de muestra -dijo Soriano en español y se metió entre la gente. Sacó un cigarrillo y lo encendió.

– Acá está prohibido fumar -dijo un hombre de traje azul con cara de funcionario.

Soriano forcejeó hasta llegar al centro de la reunión. Apareció tras el policía y alcanzó a ver la pistola que golpeaba el pecho de Marlowe.

– Usted me gusta. Hágase cargo de la situación con mi apoyo -dijo el agente al detective.

Soriano no pudo escuchar. Sacó el revolver, lo tomó por el caño y con la culata golpeó al policía que cayó hacia adelante, sobre Marlowe.

– No hago más que sostener policías -gruño el detective-. Usted siempre tan oportuno.

El argentino miró a su alrededor.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Por nada -contestó Marlowe en castellano-; ¿golpea a todos los canas que encuentra de espaldas?

– Le estaba apuntando a usted -se disculpó Soriano.

– ¡Latinoamericano! -grito Jane Fonda y abrazó a Soriano. El argentino la besó en la boca.

– ¡Un nuevo romance ha nacido en Hollywood! -gritó un periodista que gesticulaba frente a una cámara de la NBC.

– ¡Mierda! -grito Marlowe en ingles-. loco?

– Por favor, no diga malas palabras -lo amonestó el periodista de la NBC-. Estamos en el aire. ¡Esto es sensacional!

Soriano apartó a la Fonda. Afuera se escuchaban sirenas. Levantó su saco del suelo y se lo puso. Estaba estropeado.

– Mejor nos vamos, Marlowe. Creo que el plan no salió bien.

Por la entrada principal irrumpió una docena de policías armados con lanzagases.

– Cagamos -dijo Soriano en voz baja-, otra vez adentro.

La multitud empezó a moverse como un hormiguero espantado. Wayne se incorporó y enfrentó a Marlowe.

– No sé quién es usted, pero dedicaré el resto de mi vida a buscarlo.

– No se moleste -dijo el detective, y metió una mano en el bolsillo-. Tome mi tarjeta.

– Voy a triturarlo, proyecto de detective. Se lo juro.

– Péguele, Marlowe -dijo Soriano e hizo un gesto con el puño.

– No. Ahora hay que salir de aca -miró a Wayne-. ¡Hasta la vista, vaquero!

La sala se había convertido en un gallinero donde nadie ponía orden. La gente corría de un lado a otro buscando la salida, derribaba butacas y todo lo que hallaba a su paso. Los policías no podían hacerse oír y se conformaron con bloquear las puertas. A medida que la gente iba acercándose a la salida era llevada a una sala contigua. Marlowe miró hacia el escenario y vio a Chaplin acurrucado en un rincón. Estaba despeinado y tenía miedo.

– ¡Sígame! -gritó a Soriano.

Abriéndose paso entre la gente llegaron al escenario y subieron. El detective se acercó a Chaplin. Un hombre rubio, corpulento como un ropero, lo apartó de un empellón.

– ¿Adónde cree que va? -vocifero. Marlowe lo estudio, miró a Soriano. El argentino sacó su revolver y apuntó.

– Quieto -dijo Marlowe-; el gordo está caliente hoy. Acérquese, amigo.

El ropero avanzó con los brazos pegados al cuerpo y el mentón echado hacia adelante, como preparándolo para una paliza. El detective le pegó en la mandíbula. Fue un golpe justo, preciso. El ropero vaciló, pero sus ojos dijeron que eso no era bastante para un hombre como él. Soriano dio un paso al frente y le pegó en la nariz. El mueble levantó un brazo para devolver el golpe, pero Marlowe le pegó otra vez en el mentón. Cayó sobre el escenario y por el ruido que hizo se diría que había roto veinte tablas del piso.

– Le dije que no le pegue a un hombre indefenso -protestó Marlowe.

– ¿Ah si? -contestó el argentino-. ¿Qué hizo usted cuando yo le estaba apuntando?

– Oiga, no empiece. Mejor hablamos con este caballero -señalo a Chaplin, que miraba como si esperara su turno para entrar en el degolladero. Marlowe se acerco-. Encantado -dijo, y extendió su mano-. Soy Philip Marlowe, detective privado. Este es un amigo argentino. ¡Ah, ustedes ya se conocen!

– Si -respondió Chaplin sin estrechar la mano del detective-. Entró en mi habitación y quiso golpearme.

– No puedo creerlo, él no le pegaría a un enano.

– ¿Qué quiere decir? -pregunto Chaplin, molesto.

– Nada. Que es un tipo pacifico.

– Matones -contesto el cómico-. Pude ver lo que hicieron aquí. Han arruinado la fiesta, me han puesto en ridículo. Cualquiera se hace famoso a costa mía.

– Mire, señor -dijo Marlowe, muy serio-, yo tenía un asunto pendiente con este vaquero barato y debía acariciarlo un poco, aquí o en el infierno. El señor Soriano quería conversar con usted y no pudo hacerlo porque es algo torpe con el inglés. Todo eso provocó alguna confusión, lo admito, pero no creo que haya que exagerar.

– Ustedes golpearon a mis guardias y me maltrataron. ¡Voy a destruirlos!

– ¿Usted también? -preguntó en inglés, y agregó en español-: No nos quieren aquí, Soriano.

– No nos quieren en ninguna parte -respondió el periodista-, hay que cambiar de aire.

– Escuche, señor Chaplin -Marlowe se inclinó hacia adelante, comprensivo-, admito que usted no este contento con la fiesta. Los americanos somos muy desagradecidos, pero ahora vamos a salir a tomar aire y usted vendrá con nosotros.

– ¿Es un secuestro?

– A medias. Yo tengo una pistola y mi compañero un revolver. Saldremos de aquí juntos, como buenos amigos. Una vez afuera queremos charlar con usted media hora. Eso es todo.

– No voy a salir con ustedes -protestó el actor-; creo que van a chantajearme.

– ¡Mire, payaso! -dijo Marlowe, furioso-. ¡Levántese y mueva su esqueleto! Si dice algo a los policías lo dejó seco ahí mismo. No estamos bromeando. A cualquier pregunta conteste que somos sus guardaespaldas. ¡Vamos, camine!

Chaplin se levantó. Marlowe caminó adelante del actor y Soriano cerraba la fila. El detective sacó su pistola y fue apartando gente con los codos y las manos. Jane Fonda se acercó a ellos.