40313.fb2 Triste, solitario y final - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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– Lo que un detective puede conocer a una persona con la que ha hablado una docena de veces.

El hombre cobró un súbito interés por el detective. Sacó un atado de cigarrillos argentinos (en el otro bolsillo tenia los Lucky, pero pensó que esto despertaría, aunque sea de una manera trivial, el interés del norteamericano) y convidó uno a Marlowe. Dejó que le diera fuego. El argentino advirtió de pronto que el hombre que tenía ante sí no se parecía demasiado a otros que había conocido en Los Ángeles. Parecía un poco lejano y hosco, como si lo hubieran desclavado (se le ocurrió esa imagen) de una pared y en su lugar hubiera quedado un agujero inútil. El clavo, viejo y oxidado, hasta algo torcido, tampoco servía para nada. Desde su llegada, el argentino estaba solo, en un hotel barato y sucio, y se alegró de hallar a alguien con quien charlar sobre Laurel y Hardy.

– Discúlpeme -habló bajando la voz, como si tuviera vergüenza de lo que iba a decir-; tengo mucho interés en hablar con usted sobre Laurel. Si no es un inconveniente… creo que podría invitarlo a cenar esta noche, o a la tarde, no sé… me confundo un poco con los horarios de las comidas en este país.

– ¿Está solo?

– Sí. Soy periodista, pero no busco información. Estoy escribiendo una novela sobre Laurel y Hardy y pensé que usted…

– Conocí a un solo novelista, un tal Wade, y me trajo problemas. Usted no busca líos, ¿verdad?

– No. Parece estar siempre en guardia.

– Es parte de mi oficio. A causa de eso pasé los cincuenta. Tengo algunas palizas encima pero puedo darme el lujo de abandonar el cementerio caminando.

El argentino rió como si Marlowe hubiera hecho un chiste. El detective se mantuvo impasible, entonces el periodista dejó de reír y preguntó:

– ¿Qué me dice, acepta? No tengo mucha plata, pero puedo pagar una comida.

– Eso es bastante en estos tiempos.

El argentino metió la mano en el bolsillo de su saco y empezó a caminar por el sendero de ripio. Iba a hablar cuando advirtió que estaba solo. Se dio vuelta y vio a Marlowe parado ante la tumba de Laurel. Fue un instante. El detective caminó hacia él dando largas zancadas.

– ¿Cómo se llama?

– Soriano. Osvaldo Soriano.

– Soy Philip Marlowe. Con e al final. Eso me traía algunas dificultades con los cheques que me enviaban los clientes.

Soriano estaba riendo otra vez, pero al ver que el detective seguía impasible dejó de hacerlo.

– ¿Adónde va ahora?

– Voy a cerrar la oficina. Acompáñeme, si no le molesta viajar en ómnibus.

– No me molesta.

Viajaron de pie durante casi una hora. Cuatro negros iban en el fondo del ómnibus cantando y se comportaban de manera agresiva. Los blancos que los rodeaban trataban de mantenerse a distancia. Marlowe los miró un rato y dijo luego a Soriano, hablando en español:

– Los negros están haciendo lió otra vez. La policía tiene que calmarlos a palos todos los días. La ciudad está cambiando, no volverá a ser como antes. Antes era una mierda.

– ¿ Ahora será mejor?

– No dije eso. Dije que antes era una mierda. Los ricos se vinieron para acá y construyeron palacios en los valles, alrededor de Hollywood. Para ellos era como vivir un sueño. No había negros aquí. Llegaron de a poco, corridos de otros lugares. Vamos, tenemos que bajar.

Caminaron dos cuadras. El cielo plomizo dejaba caer una llovizna muy suave que humedecía las calles. La gente abría paraguas y hacia cola para conseguir taxis. Marlowe se detuvo a comprar cigarrillos.

– ¿Le gusta la ciudad?

– No mucho; estoy confundido. Nunca había hecho un viaje tan largo ni pensaba conocer Estados Unidos. No me gusta este país. Pero, no sé… hay algo grande…

– ¿Algo grande? Pilas de mierda, compañero. Cuando le den una paliza para sacarle la billetera se dará cuenta de que aquí no hay nada grande, como no sean los tesoros del Tío Sam.

Entraron a la oficina. Marlowe abrió con una llave grande y Soriano sintió una oleada de aire pesado. La sala olía a encierro. Los sillones eran viejos y estaban cubiertos de polvo. Marlowe levanto un par de sobres del suelo y los dejó sobre el escritorio sin abrirlos. Soriano se sentó en un sillón y pidió un cenicero. Marlowe hizo un gesto indicando que tirara la ceniza al suelo. Luego saco una camisa limpia de un cajón y se cambio allí mismo; limpio sus viejos zapatos con una cortina, encendió un cigarrillo y llamó por teléfono al servicio de recepción. Nadie lo había buscado.

– No se preocupe -dijo a la telefonista-, ahora encuentro a la gente en el cementerio.

Colgó. Soriano se había levantado para apagar el cigarrillo en un cenicero, sobre el escritorio. Allí vio también un tintero seco, el teléfono negro, cartas sin abrir, papeles. Todo estaba cubierto por una leve capa de polvo. El argentino observó atentamente. Marlowe se dio cuenta, pero estaba acostumbrado a que la gente que entraba a su oficina se alarmara por el desorden. Soriano levantó la cabeza hacia el brazo de luz del techo y se quedo mirando. Marlowe sonrió por primera vez.

– Son Rosie, Mary y Joanne. No pudieron conmigo.

Eran tres polillas muertas que aspiraban a un entierro natural, ya que el polvo las estaba cubriendo. Soriano calculó que llevarían varios meses allí.

Marlowe apagó la luz, cerró la puerta y fueron hacia el ascensor. Afuera vieron que había dejado de llover.

Entraron en un restaurante de tercera. La hora de la cena había pasado y quedaba poca gente: una pareja con las manos entrelazadas sobre la mesa, un viejo borracho que dormitaba con la barba caída sobre el pecho, tres taxistas negros que discutían a gritos. El salón era frío y la luz demasiado triste. Se sentaron en una mesa alejada. Marlowe saco los cigarrillos y se paso la mano por la cara. Se dio cuenta de que llevaba dos días sin afeitarse y otro tanto sin darse una ducha. Pidieron un guiso barato.

– Cuénteme quién es usted -dijo Marlowe.

– Vivo en Buenos Aires. Trabajo en un diario. Desde hace algunos años investigo la vida de Laurel y Hardy. Quería escribir algo sobre ellos, una biografía o una obra de teatro. Me costó decidirme. Por fin empecé una novela. Quería conocer Los Ángeles para ubicar la acción con detalles. Estuve juntando plata para venir. Tuve que empeñarme un poco. La devaluación de la plata argentina ponía los dólares cada vez mas lejos.

– ¿Cuánto tiempo estará aquí?

– Hace una semana que vine, planeaba quedarme otra más, pero ando muy escaso de plata.

– No se preocupe, yo tengo que quedarme toda la vida y ando con veinte dólares en el bolsillo.

– Usted es un tipo extraño. Los pocos americanos de su edad que conocí están horrorizados por los soldados muertos en Vietnam, por la droga, por la fuga de sus hijos, pero andan en autos veloces, tienen su vida organizada.

Marlowe miró al argentino, fumo un par de pitadas de su cigarrillo y luego esbozó una sonrisa -la segunda de la noche- mientras sacaba su billetera.

– Mire. Este permiso de detective privado me habilita para meter las narices en asuntos ajenos. En eso anduve desde que abandoné la policía. ¿Usted cree que me sirvió de algo? Me golpearon, me acertaron algún balazo, me echaron a patadas de todas partes, estuve preso y un día la hija de un millonario me hizo el cuento del príncipe azul.

Marlowe extendió la servilleta sobre la camisa limpia. Comieron en silencio. Soriano habla empezado a sentir una cierta simpatía por ese hombre, como si de pronto hubiera descubierto que había otra manera, insólita, de ser norteamericano.

– ¿Qué hace todos los días? -preguntó por fin el argentino.

– Termino de gastar los dólares que me deja algún cliente, me siento en mi oficina y espero otro. ¿Qué haría usted?

– No sé. Usted es un tipo inteligente, puede ganarse la vida de muchas maneras.

– ¿Es que no entiende? Estoy cansado de tanta comedia. No quiero ganar dinero en esta cloaca. Es inútil andar a los tiros. No hay nada que defender. Creo que nunca lo hubo. Ahora todo el mundo tiene un muerto en la familia y el que no, está solo como un perro. Este país ha estado sumergido en la mierda desde hace muchos años, pero la gente decía que el olor era de margaritas silvestres. Cuando los vietcong empezaron a revolver la mierda, la cosa cambió. ¿Usted ha visto gente feliz aquí?

Soriano no contestó.

– Siga buscando, haga la prueba. Quizás pueda escribir otra Love Story.

– Está bastante amargado.