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– Pau.
– ¿Lali?
– Sí.
– Ah, ¿qué haces?
– Acá, en casa. ¿Cómo te fue?
– Rebién ¿y a vos qué onda?
– Bien.
– ¿No fuiste al colé?
– No, vos tampoco.
– Vine recansada del fin de semana con los viejos. Me agotaron. A esta altura del año ya ni te ponen falta.
– Che, Pau, hace como una hora que la panza se me pone redura. El fin de semana me pasó un par de veces, pero nada, después se me pasó, y todo bien, pero ahora es como más seguido, y no para. No sé. ¿Tenés idea qué puede ser?
– Ni idea.
– …
– …
– …
– ¿Te duele?
– No. Pero se pone como una roca.
– Che, ¿no será eso de las contracciones?
– No se.
– Me suena que las contracciones son algo así.
– ¿Así qué?
– Así, que se te pone la panza dura.
– …
– No estoy segura, ¿eh?
– Y si son, ¿qué tengo que hacer?
– ¡Ay, yo no sé de eso ni ahí!
– …
– Habría que preguntarle a alguien que sepa. ¿Querés que le diga a mi vieja?
– No, no embardes más la cosa.
– No, yo, si vos no querés, no digo nada,
– Ahora se me está pasando un poco.
– Ay, qué suerte.
– Sí.
– …
– …
– ¿Se te pasó?
– Sí, casi.
– ¿Nos vemos más tarde?
– Bueno.
– Bah, si estás bien.
– Sí, seguro voy a estar bien.
– A las cinco en el shopping.
– Dale.
– Chau.
– Chau.