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Inés subió a un taxi y fue a su casa. Entró en la cocina. Fue a la pileta de lavar los platos y se puso los guantes de goma. Unos guantes anaranjados, de goma gruesa, talle M. Movió los dedos en el aire como probando distintos movimientos. Se sintió torpe, se sacó los guantes de un tirón, y los estrelló contra la pared de azulejo blanco, justo en la guarda de la tetera y la taza azul y blanca. Salió y fue a su cuarto. Se torció el tobillo entre el tercer escalón y el cuarto. Rengueó el resto de la escalera pero no aminoró su marcha. Estrelló la puerta de su cuarto contra la pared. Entró. Fue a su placard y lo revolvió. Cada estante, cada cajón. No encontró lo que buscaba. Se tomó un instante para pensar. Recordó. Fue al cuarto de Lali. Se alegró de que no hubiera regresado.
Se subió a un banco y metió la mano hasta el fondo del último estante del placard de su hija. Su brazo se movió a un lado y al otro, tanteando. Reapareció su mano con una bolsa de plástico. Se bajó, abrió la bolsa y sacó un vestido amarillento que alguna vez fue blanco. El vestido de comunión de Lali. Lo tiró al piso. Luego tiró la cofia, la canastita de las estampitas, un rosario. Sacó un guante. Se fijó que fuera el derecho. Se lo puso con dificultad. Era chico y estaba endurecido por los años. Juntó todo rápido y salió del cuarto. Entró en su dormitorio con el guante puesto. Fue directo a la mesa de luz de Ernesto, agarró el revólver y las balas que alguna vez habían sido de Alicia. Que alguna vez estuvieron puestas en el tambor. Con la mano derecha. Sin apretar demasiado, apenas sosteniéndolo, para que no se borraran las huellas de Ernesto. Necesitó la mano izquierda para cargarlo y se ayudó con un pañuelo. Metió todo en la cartera, el revólver cargado, el pañuelo, y por último el guante. Fue a su cuarto y se cambió. Buscó en el placard y vio el traje color arena del día en que fue al departamento de Alicia. Le pareció adecuado terminar esta historia como había empezado, y se lo puso. Algo le pesaba en el bolsillo del traje, metió la mano y se encontró con las llaves de Alicia, el manojo de llaves etiquetado que había encontrado en el cajón del escritorio. Las acomodó en el bolsillo como para que no hicieran tanto bulto, pero no se atrevió a dejarlas.
Bajó corriendo las escaleras, cerró la puerta de un golpe, sin llave, y se fue.