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Tres días después, telefoneó a la señora Ermelina:
«Dígame una cosa: ¿podría ver a Laide mañana por la tarde?»
El hecho de que ella hubiera fingido no verlo se le había quedado atravesado, quería tener una explicación con ella.
«¿Laide?», dijo la señora Ermelina. «Mire, el otro día, que usted, señor Tonino, no pudo venir, ella llegó puntual, la pobre».
«¿Llegó a las cuatro?»
«A las cuatro en punto estaba aquí».
Resultaba inexplicable. A las cuatro era el ensayo en la Scala y él había visto a Laide allí, en el escenario. ¿O aquella sinvergonzona había llegado a tiempo al teatro para la entrada de los duendes? Tal vez eso explicara su actitud desganada.
Pero Dorigo prefirió no indagar con la señora Ermelina: eran cosas que no le incumbían. Quedaron para el día siguiente a las dos y media.
Pero la mañana siguiente Laide le telefoneó al estudio, era la primera vez y su vocecita con su erre particular le dio un extraño placer.
«Oye», dijo, «deberías hacerme un favor. A las dos y veinte tengo que salir para Roma».
«¿Para Roma? ¿Para qué?»
«Voy a casa de mis tíos, por una semana. Todos los años me invitan. Es una ocasión que no quiero perderme».
«¿Y la Scala?»
«Me he conseguido un certificado médico».
«Pues, ¿entonces no nos vemos?»
«No. Lo que quería preguntarte era si tú podrías adelantar la cita».
«¿A qué hora?»
«No sé: a la una, la una y cuarto. Así después puedes acompañarme a la estación».
«Entonces habrá que hacerlo todo aprisa y corriendo».
«Si tú no puedes, paciencia».
«No, no, veámonos. ¿Quedamos a la una?»
«A la una en casa de la señora Ermelina. Hasta luego».
¿Tendría precisamente ganas de verlo Laide? ¿O era sólo por las quince mil liras? Dorigo tenía un montón de trabajo, aquel día, pero arregló las cosas para estar libre. Saltarse el almuerzo poco le importaba.
A la una estaba en casa de la señora Ermelina. Ésta, que aún no había acabado de comer, le hizo acomodarse en el salón y volvió corriendo a la cocina, donde se oía otra voz de mujer. Él se puso a fumar.
La una y cinco, la una y diez. Volvió a aparecer la señora Ermelina.
«Todas igual, estas chicas. No tienen cabeza. ¿Sabe adónde tuve que ir anoche a buscar a Laide, que por teléfono no respondía?»
«¿Adónde?»
«Al night-club, al Due, donde hace su número».
«¿Hace ese número todas las noches?»
«Cuando está en Milán, sí».
«¿Por qué? ¿Sale con frecuencia?»
«Pues en estos últimos tiempos siempre está en Módena»
«¿Por qué en Módena?»
«Ella dice que va por asuntos de trabajo, para hacer fotografías de moda».
«¿En Módena?»
«Dice que hay una casa de modas importante, pero quién sabe».
«¿Y ahora? Ya es la una y cuarto y me ha dicho que va a tomar el tren de las dos y veinte».
«Pues no debería hacer cosas así».
«Seguro que ya no viene». (Debió de ser la vigésima vez que miraba el reloj, qué cosa más ridícula, ni que estuviera esperando a su amor; al fin y al cabo, se trataba tan sólo de una chica de alterne cualquiera, a disposición de quienquiera que tuviese veinte mil liras para gastar y probablemente menos incluso; no había que excluir que en otro sitio Laide se entregara incluso por menos, era probable incluso, esas chicas cuanto más ganan más gastan, nunca tienen bastante dinero, cinco mil liras más siempre vienen bien e incluso cuatro mil, incluso tres mil; al pensarlo, Dorigo sentía algo dentro, una rabia, un tormento, un escozor irracional, volvió a mirar el reloj, era la una y diecisiete.)
«No, no», dijo la señora Ermelina, «si ha dicho que va a venir, ésa viene, ya puede usted estar tranquilo», y puso una sonrisa maliciosa, «a mí no me dejan plantada».
«De todos modos, si tiene que partir a las dos y veinte, ahora ya no hay tiempo. Debe de estar ya en la estación…»
«Vendrá, vendrá, de eso no hay duda».
E hizo con la cabeza tres o cuatro veces una seña de asentimiento, entornando un poco los ojos. ¿Querría decir que seguro que Laide no se dejaba perder esas quince mil o diez mil liras o las que fueran? ¿O que nunca se atrevería a faltarle al respeto a ella, Ermelina? Faltaría más, no habría vuelto a poner el pie en su casa, aquella furcia, había miles y miles como ella en Milán, más guapas, jóvenes y lozanas incluso, que no deseaban otra cosa, y su clientela, la de Ermelina, era la más elegante de Milán, la más respetable, rica y segura; desde luego, las alcahuetas eran ya innumerables en la ciudad, pero las otras, ¡puah!, o explotaban a las chicas hasta chuparles la sangre o las metían en líos: no es plato de gusto para una estudiante de buena familia o una señora con marido e hijos y todo verse sorprendidas, por ejemplo, de buenas a primeras desnudas en la cama con alguien a quien ni siquiera conocen de nombre y después llevadas a la comisaría en el furgón y retenidas veinticuatro horas como mínimo en la prevención junto con las más guarras fulanas y que, además, avisen a sus familias, el escándalo, las escenas, y eso si no son menores de edad, porque, de lo contrario, acaban ante la Justicia. Mientras que con ella, Ermelina, podían estar tranquilas, entre sus clientes había demasiadas personas encumbradas para que pudieran crearle problemas y, además, a ella, a la señora Ermelina -tal vez quisiera decir también esto- las chicas le tenían miedo. Ella era la honestidad en persona, era una mujer con corazón, a cuántas de aquellas desgraciadas no había ayudado en los momentos difíciles, ella era como una madre para sus queridas niñas, pero, ¡ay de ellas si se arriesgaban a hacerle una faena! ¡Faltaría más! Ah, había habido alguna que lo había intentado, pero se le habían pasado las ganas para siempre. Hacía falta poco para deshonrar a una muchacha que se hubiera expuesto demasiado; ella, Ermelina, siempre estaba bien informada, lo sabía todo de todas ellas, a veces bastaba una llamada de teléfono a su casa, una notita anónima, para que sentaran cabeza. No habría sido la primera a la que ella, Ermelina, hubiese arruinado completamente.
De pronto Antonio se dio cuenta de que se había levantado del sofá, por la impaciencia, y estaba recorriendo, nervioso, el cuarto de extremo a extremo, incapaz de dominarse, mientras la señora Ermelina lo observaba complacida. Para la edad que tenía, ¡menudo deseo tenía, pues, el arquitecto!
«Mire», le dijo, «¿no le apetecería un café?»
«No, gracias», dejó escapar él, «ni siquiera he comido».
Ermelina soltó una carcajada:
«Ah, ésta sí que es buena… un hombre como usted… por Laide… ¡saltarse el almuerzo un hombre como usted! ¡Sabe que es un usted muy simpático! ¡Es lo que se dice un niño!»
En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Faltaba un minuto para la una y media.