40339.fb2
Pero, en el preciso momento en que la hubo dejado delante de su casa de Milán con las maletas, bolsas, estuches y perrito y ella desapareció tras la verja y él, creyéndose liberado de su obsesión, dirigió sus pensamientos al resto de la vida -el trabajo, la familia, su madre, los amigos, la ciudad con todas sus distracciones cotidianas- con la esperanza de volver a saborear el gusto de los días de otro tiempo, esa tranquilidad general, tal vez trivial, de seguridad cotidiana, de satisfacción burguesa, por el camino, ya fácil, por el que tendría progresivas satisfacciones profesionales, se dio cuenta de que estaba solo.
Estaba solo y nadie estaba en condiciones de ayudarlo y ni siquiera de entenderlo ni de compadecerlo siquiera y el trabajo, la familia, los amigos, las veladas en compañía ya no le decían nada: en torno a él todo estaba vacío y carecía de sentido. No se había liberado, eso era lo que pasaba, no se había liberado lo más mínimo. Al pensar en ella, era presa, como antes, del tormento, la inquietud, la angustia, la infelicidad total.
Peor que antes, porque el pacto con Laide -aunque él intentara negarlo- le daba ahora una pizca de derecho sobre ella; desde aquella tarde él ya no era un amigo ocasional o un cliente apegado, era algo más, algo así como un amante oficial o protector (a fin de cuentas, si hubiera sido sincero, habría confesado que le había ofrecido un estipendio para ese fin precisamente: el de que ella pasara a ser, al menos en parte, suya, estuviera obligada a mantener una asiduidad a la que antes no podía aspirar él; sí, como ese derecho que tienen los peces gordos sobre las mantenidas; de nada le servía decirse que su caso era diferente, que él la dejaba libre, que sólo le pedía que se viesen un poco más a menudo con la certeza de no perderla de un día para otro, como hasta entonces era posible: sí, Antonio Dorigo, el artista sin prejuicios, se había vuelto un pez gordo también él, había asumido el miserable papel que siempre le había parecido sinónimo de mediocridad e impotencia).
Peor que antes, porque ahora aquel embrión de derecho volvía aún más insoportable la libertad de Laide, lo ponía aún más celoso. En el fondo, hasta entonces los encuentros con la muchacha eran concesiones maravillosas, un privilegio. Hasta entonces él había estado excluido del mundo de Laide, había como un muro que ocultaba su vida con sus misterios y él no presumía de poder conocerlos: su familia, los primeros amores, los novios, los "planes" con las alcahuetas, las veladas en el Due, el obscuro asunto de la Scala; sólo, que de vez en cuando ella salía para encontrarse con él. Antonio esperaba, ansioso: fuera, siempre que Laide aparecía, el alivio era indecible. Después ella volvía a entrar en su mundo, él ya no sabía nada más y renunciaba a esperar.
Pero ahora se había abierto una puertecita en el muro, él había entrado, tras dar sólo unos pocos pasos, y por allí había obscuridad, no se veía nada, menos aún que antes, cuando estaba fuera. No obstante, había entrado, por poco, por muy poco tal vez, se había acoplado en su vida y se sentía feliz de ello como de un paso adelante, de una conquista, pero, aun así, era peor que antes, ahora ya no era un extraño, en cierto sentido habría tenido derecho a saber y no sabía, ni siquiera podía preguntar ni indagar por miedo a arruinarlo todo. ¡Ay, si Laide hubiera tenido la sospecha de que por aquellas miserables cincuenta mil liras a la semana él se creía con derecho a mangonearla! ¿Acaso no le había dicho él mismo que la dejaba libre? Así, más aún que antes, se agolpaban y contorsionaban las pocas cosas que Laide le había contado de sí misma, cosas terribles incluso y que le infundían por dentro un escozor difícil de explicar y en el que se mezclaban la piedad, los celos, la ira y la lujuria y reavivaban su amor. Fragmentos infames y ambiguos, verdaderos y falsos, tal vez inventados incluso por ella con sutil malicia instintiva con el fin de excitarlo, volverse más interesante, mostrarse segura de sí misma, más allá del bien y del mal: mezcolanza de desvergüenza, descaro, sed confusa de vida, gusto por vengarse de su humilde suerte, orgullo popular, candor de niña. Por ejemplo: Le había contado que había entrado en la Scala muy pequeña, cuando tan sólo tenía cuatro años. No había ninguna joven como ella. Su madre era quien lo había querido y en la escuela de baile todas la llamaban "ratita". Erna Allasio, que en aquellos tiempos era la directora, se había encariñado con ella y poco a poco la niña había llegado a hacerlo bien. Había aprendido a dar el paso de despedida y a veces había hecho solos incluso, como las primeras bailarinas, pero el baile le resultaba una fatiga tremenda. A veces se sentía mal y a duras penas lograba dominarse. Hasta que una noche -estaban representando Vieja Milán- se había desplomado de repente, habían tenido que sacarla en brazos, había acudido el médico, que había diagnosticado un problema de corazón, pero, aun así, ella había querido continuar, con esfuerzos cada vez más terribles, por lo que ahora tenía el corazón destrozado: por ejemplo, ya no podía subir a la montaña, bastaban mil, mil doscientos metros, para que se sintiera mal. También por eso había decidido dejarlo, pero a ese respecto, cuando Antonio le hacía preguntas, se mostraba evasiva. No se entendía si había dejado la Scala definitivamente y cuándo lo había hecho o si aún seguía. De vez en cuando decía: «Esta mañana he ido a hacer ejercicios» o «Esta noche tengo trabajo». Él comprobaba en los programas y casi nunca había coincidencia. Si él insistía en preguntar, se ponía nerviosa. En una palabra, toda su vida de bailarina -y no había duda de que lo había sido: sabía demasiadas cosas de la Scala, conocía demasiados nombres, hábitos, proveedores de leotardos y zapatillas- estaba envuelta en una niebla y Dorigo empezó a dudar de que Laide siguiera yendo a la Scala desde hacía un tiempo y le desagradaba pensar que Laide hubiese dejado de ser bailarina. Era una lástima, la verdad, la calidad de bailarina de la Scala la habría enriquecido, la habría vuelto más importante, la habría sacado de la nefasta tropa de las chicas de alterne, habría hecho de ella una artista, en lugar de una puta sin oficio ni beneficio, la habría situado del modo más perfecto en el cuadro de Milán, cuya encarnación parecía Laide: una graciosa e impertinente banderita fluctuante en el inmenso escenario de tejados, chimeneas, iglesias y fábricas, sobre los patios recónditos, los viejos jardines, las historias, las supersticiones, las miserias, los sonidos, los delitos, las fiestas. Y, sin embargo, eran demasiadas las contradicciones y las lagunas. Entre otras cosas, ¿acaso era posible que en el cuerpo de bailarinas de la Scala, famoso en todo el mundo, tuvieran a una que todas las noches hacía un número en una sala de fiestas de fama dudosa? Antonio dudaba ya incluso de haberla visto de verdad en el escenario durante la prueba de Estrella vespertina. En el momento no había dudado de que fuera ella, pero, ¿no podría haber sido autosugestión? Es tan fácil confundir a una muchacha con otra, basta con que el peinado, el maquillaje, el traje sean diferentes y allí, para el ensayo, estaban todas vestidas de formas extrañas. ¿Cómo explicar, por lo demás, el hecho, inexplicable, de que Laide, si de verdad era ella, no se hubiese dignado hacerle un saludo, como si él no hubiese estado allí siquiera? ¿Cómo explicar que la compañera que se había acercado a la presunta Laide la hubiese llamado Mazza, cuando Laide se llamaba Anfossi? ¿Cómo explicar que, si la señora Ermelina había dicho la verdad, Laide hubiera ido a su casa a las cuatro precisamente aquel día del ensayo, precisamente cuando él la había visto o había creído verla en el escenario bailar el corro de los duendes? Otro recuerdo más: después de la representación, había pedido al fotógrafo de la Scala la foto de las nueve bailarinas vestidas de duendes, pero no había logrado reconocer a Laide: cierto es que, con aquel traje y el maquillaje, no resultaba fácil de distinguir. Había dos que podían ser Laide. Lo curioso fue que, cuando él, algún tiempo después, había enseñado la fotografía a Laide, al tiempo que le preguntaba: «Pero a ver, ¿quieres decirme cuál eres tú?», ella se había mostrado casi ofendida diciendo: «Ah, ¿así es como me quieres y ni siquiera eres capaz de reconocerme?»
Esas anomalías, que Laide había justificado a tambor batiente sin el menor embarazo, pero con historias bastante absurdas, resaltaban ahora como otras tantas pruebas de que la muchacha ya no estaba en la Scala. Un solo enigma permanecía irresuelto: ¿cómo es que, después de la salida a escena del ballet, cuando Antonio telefoneó a la señora Ermelina para fijar una cita con Laide, aquélla, en tono de broma, le había dicho: «¡Enhorabuena! Laide me ha dicho que lo vio en un palco, justo encima del escenario, y que estaba usted solito»?
Y eso era absolutamente cierto, el director le había dado permiso para ir a su palco, donde no había nadie más. Por otra parte, había que excluir que Laide hubiera presenciado el espectáculo desde la platea o desde otro palco, sin contar con que él, siempre tímido, se había mantenido un poco retirado, por lo que sólo desde el escenario o desde alguno de los palcos de enfrente podían verlo. ¿O tendría Laide a una amiga entre las bailarinas de la Scala que la mantenía informada de todo? Para satisfacer su curiosidad, Antonio habría podido pedir informaciones directamente a la escuela de baile y, desde luego, no le habrían dicho que no, pero, como ya habían acabado las representaciones del ballet, él ya no tenía motivo alguno para frecuentar el escenario y la escuela de baile. Si se hubiera dirigido a propósito para eso, habría parecido bastante extraño y en su fuero interno conocía ya la respuesta: le habrían dicho que Adelaide Anfossi ya no estaba. Tal vez hubieran añadido: «Mire, tenga cuidado con esa muchacha, fue expulsada hace tres años por motivos que más vale callar". Sí, le habrían dicho algo por el estilo, seguro, y para él, Dorigo, habría sido peor. No, mejor no indagar, mejor quedarse con el alma en paz. Total, Laide habría inventado, seguro, alguna otra trola, con Laide no se podía nunca aclarar nada.
Contaba que había estado de gira, con la Scala, en Alemania, Inglaterra, Sudáfrica, Egipto, México, Nueva York, donde había participado en una película, pero, si se le pedían detalles, no recordaba nada; si se le preguntaba dónde se había alojado, no recordaba nada. En cambio, sabía muchas cosas sobre los grandes hoteles de Italia, en todas las ciudades había frecuentado sólo los hoteles más lujosos.
«¿Cómo así? ¿Tan bien os alojaba la Scala?»
«Ah, no, desde luego que no, pero yo iba por mi cuenta y pagaba la diferencia».
Conocía también los hoteles de la Riviera. Decía que en el Bristol de Santa Margherita, o un nombre análogo, había habitaciones muy agradables, todas con baño, naturalmente, comunicantes de dos en dos. Él, desde luego, no le preguntaba con quién había estado. Habría respondido, como siempre, que había estado de vacaciones con su madre o su abuelo u otros parientes maduros e inocuos. En cambio, Antonio pensaba en excitantes fines de semana con hijos de millonarios o viejos industriales un poco entrados en carnes por los años y el trabajo, vestidos con prendas de Caraceni y muy acicalados, sometidos a electrocardiogramas semanales, pero con manos bastante gruesas, peludas y sudadas y que, con la respiración jadeante del tipo durante la cópula, apretaban ávidamente sus infantiles tetitas.
Muy poco después de que Laide riñera con la señora Ermelina, habían ido a casa de una amiga de aquélla, una tal Flora, que tenía un pisito por la parte de plaza Napoli. Antonio conocía, por haber estado dos o tres veces juntos, a aquella Flora, que decía ser estudiante de Derecho y era una muchacha esbelta: lástima que tuviese una cara demasiado oblonga, pero su cuerpo era magnífico. Cuando Antonio y Laide habían ido a hacer el amor en su casa, Flora no estaba y se habían puesto a hablar de ella. Laide sabía perfectamente que Antonio la conocía, pero no le importaba. Contaba que aquella Flora tenía a alguien que la mantenía en el hotel Gallia y le pasaba medio millón al mes y, sin embargo, ella, por una tontería de nada, había "metido la pata", por un capricho había mandado todo a la porra.
«Ah, si a mí me saliera una situación semejante, me la habría conservado bien, yo, no me la habría dejado escapar, seguro».
«¿Por qué? ¿Se la encontró en la cama con otro?»
«Ni siquiera. No creo. Debió de ser una estupidez, una venganza, ahora no recuerdo».
«¿Y quién era? ¿Un viejo?»
Ella se rió:
«Si le daba medio millón a ésa, seguro que no tenía veinte años».
«Y si uno así te ofreciera otro tanto, ¿aceptarías?»
«Vaya, ya estás tú en seguida… No querrás compararme con ese putón, espero… Nunca he visto a nadie trajinar como ella».
Entretanto, quitaba la colcha de la cama, la plegaba con cuidado, se veía que procuraba hacer las cosas bien, para quedar bien con Flora, e incluso ordenaba, volviendo a meter en la estantería discos apilados sobre una silla, colgando una bata tirada en el suelo, vaciando el cenicero.
Antonio:
«Pero si me ha dicho que está en la Universidad».
«Sí, la universidad del coito… Menuda guarra está hecha ésa. Le gustan también las mujeres».
«¿Por qué? ¿Lo ha intentado contigo también?»
«Pues yo creía que lo hacía fingiendo: vosotros, los hombres, os excitáis con ciertas escenas y resulta que…»
«¿Estuvisteis las dos con un hombre?»
«Una sola vez, te lo juro: la señora Ermelina insistió tanto».
«¿Y quién era él?»
«¿Él? No lo recuerdo».
«¿Y Flora lo hacía en serio?»
«Si hubieras visto cómo se puso a besarme, parecía volverse loca del gusto».
«¿Y tú la seguías?»
«¡Figúrate! A mí me daba asco».
Seguía la conversación en tono de broma, pero a cada frase a Antonio se le encogía el corazón en un puño: profanación, vergüenza, celos, tanto más amargos por el irritante candor con que Laide contaba las proezas.
«¿Y cuánto ganará Flora?»
«Dinero gana, seguro, pero tiene que pensar en su familia, le chupan por todos lados. Por eso, siempre está sin blanca. A mí, por ejemplo, aún me debe quince mil liras».
«¿Cómo es eso? ¿Te proporcionó a alguien? ¿Hace también de alcahueta, entonces?»
«Es un asunto antiguo. Ni siquiera nos conocíamos, tú y yo. Por lo demás, no era para nada malo, era para una excursión».
«Una excursión que acabaría en la cama, ¿no?»
«Ya estás tú. Ni por asomo. Simplemente, una excursión y se acabó. Ella se había comprometido y no había podido ir, conque me rogó que fuera yo».
«Bueno, si era uno que pagaba, no lo haría por nada, me imagino».
«¿Sabes que eres muy poco amable?… Tú, con tal de ofender…»
«Pero perdona, me parece que no es necesario ser demasiado malpensado para imaginar…»
«Imaginar una leche… ¿Tú crees que todos son como tú? Furio Sebasti, por ejemplo…»
«¿Quién es ese Sebasti?»
«Habrás oído hablar de él, ¿no? El de la grifería».
«¿Es rico?»
«¡Quién lo fuera como él! Tiene un yate en Portofino en el que caben treinta invitados».
«¿Y tú has estado a bordo?»
«Yo, no, pero de vez en cuando me telefonea, me lleva a comer y después al teatro acaso y todas las veces me da veinte mil».
«¿Así porque sí? ¿Sólo por llevarte de paseo?»
«Bueno, pero pierdo una noche, ¿no?»
«¿Y te telefonea a menudo?»
«Hace meses que no lo veo. Siempre anda viajando por el mundo».
«¿Y cómo es que él te telefonea y yo no puedo hacerlo?»
«Él es amigo de mi hermano, pero tú eres muy aburrido, la verdad, con todas estas preguntas. ¿Qué más quieres saber?»
Él calló. A saber qué clase de excursión habría sido. Las presentaciones cuando ella hubiera llegado a la cita. Dos hombres y dos mujeres, seguro.
«Ah, ¿eres tú la amiga de Flora? Estás muy bien. Te felicito».
Montarían en el coche.
«Pues, ¿sabes que me alegro de que Flora no haya podido venir? Eres exactamente el tipo de chavala que me va. Yo las tetazas no las aguanto. Mientras que tú… déjame sentir… Eh, ¡caray! Déjame un momento… no irás a poner pegas, espero… si eres amiga de Flora… total, aquí nadie nos ve… Oh, muy bien, así… y ahora, mientras conduzco, pon la manita aquí».
Una ira, una rabiosa impotencia en Antonio, mientras con la imaginación reconstruía la escena, pero Laide lo hizo volver en sí:
«¿Se puede saber por qué pones esa cara? ¿En qué estás pensando?»
La primera vez que Antonio la había llevado a casa de Corsini, Laide le había enseñado cardenales en los brazos y en los muslos.
«¿Cómo te los has hecho?»
«Al hacer el numero en el Due», respondió ella con una punta de orgullo. «Él, el bailarín, en determinado momento me da un empujón y yo ruedo por el suelo. Se reciben ciertos golpes al hacer el blues».
«¿También anoche fuiste?»
«Sí, ¿por qué? Por cierto, tendrías que hacerme un favor. Cuando salgamos, acompáñame a la Feria de Muestras: total, desde aquí son dos pasos».
«¿Para qué?»
«Anoche un amigo, uno de los que van siempre al Due, me acompañó a casa y me olvidé la pulsera y el reloj en su coche».
«¿Cómo así?»
«Con la prisa por vestirme y salir, me los llevé en la mano y me los dejé en el asiento».
«Me parece un poco extraño».
«Tú siempre dispuesto a pensar mal, la verdad. Es sólo un buen amigo y, cuando digo amigo, quiero decir que no hay nada más».
Él no insistió, no hablaron más de eso, pero, cuando salieron, él no pudo resistir el deseo de quedarse un poco con ella, no le importaba llegar tarde a la oficina. Tampoco lo retuvo la vergüenza de acompañarla a ver a un hombre que probablemente la noche anterior, en la obscuridad, en el automóvil… («No, tesoro, aquí no, esta noche no… en el coche no me gusta… Ten cuidado, que me estropeas la falda… Bueno, entonces espera, que me quito la pulsera…») Lo encontraron sentado en una caseta de electrodomésticos, se levantó, fue a su encuentro, era un tipo de unos treinta años, bastante insignificante.
«Pero he dejado el coche al comienzo de Via Domodossola, está un poco lejos».
Laide a Antonio:
«¿Qué? ¿Vienes tú también?»
«No, es tarde, es mejor que me vaya».
«Hasta luego, entonces, tal vez después pase a saludarte al estudio. Adiós, adiós y gracias».
El hombre y Laide se alejaron. Él se fue solo, ya la ansiedad y la exasperación le subían, impetuosas, como el agua de una boca de alcantarilla, mantenida repentinamente cerrada, pero, cuando desaparece la tapa, se desencadena la presión del fondo. Pero, ¿por qué lo exponía Laide a situaciones tan humillantes? ¿Lo hacía aposta? ¿Se divertía atormentándolo? ¿O lo hacía inconscientemente, porque le parecía que no tenía nada de malo? Entretanto, él se sentía precipitarse cada vez más abajo, se acordaba del profesor Unrath de El ángel azul. ¡Oh, qué cierta era esa historia! Cuando había visto la película, en los buenos tiempos jóvenes y despreocupados, le había parecido inverosímil. Un estimado profesor de instituto degradarse hasta ese punto. Ahora lo entendía. ¿El amor? Es una maldición que cae encima y resulta imposible resistírsele.
Le contaba que su madre nunca la había querido. De niña, le hacía vestidos muy bonitos, le regalaba juguetes magníficos, aunque sólo para quedar bien ante los vecinos, pues no la quería. Por una cosita de nada le daba capones, que le hacían un daño terrible, y desde entonces Laide había padecido siempre dolores de cabeza atroces. Su madre no la quería, sino que la odiaba y odiaba también a un chico que era su novio, un muchacho estupendo y, el día en que ese muchacho murió en un accidente de moto, su madre fue la primera en enterarse y se apresuró a telefonear a Laide, que estaba en la Scala.
«Una buena noticia», le dijo, «gracias a Dios, tu amor se ha estrellado con la moto: muerto en el acto. La verdad es que me alegro».
Entonces ella se había ido al baño y con un cortaplumas se había cortado las muñecas y después, para que los demás no se dieran cuenta, se las había vendado y había salido corriendo, pero la sangre salía a borbotones y había caído al suelo desmayada en medio de la galería, conque la habían llevado a un hospital y había pasado en él varios meses.
«¿Será posible?», decía él. «¿Por qué había de odiarte así? ¿Nunca tenía gestos de bondad?»
«¿Sabes cuándo era buena conmigo? Cuando llevaba dinero a casa».
«¿Y no te preguntaba cómo lo habías ganado?»
«Ah, ella no se andaba con sutilezas. Le daba igual de dónde procediera, bastaba con que hubiese dinero. Entonces sí que se mostraba afectuosa: Laidina por aquí, Laidina por allá. ¡Qué asco!»
«¿Y no sospecharía la vida que hacías?»
«Lo sabía mejor que yo, vaya si lo sabía, pero, ¿qué le importaba yo? Con tal de que llegaran a casa las habichuelas».
Contaba que, como su hermana casada esperaba un hijo, ella tenía que buscarse casa propia y, naturalmente, contaba con él, Antonio, sin decirlo. Antonio había preguntado a sus conocidos y un colega le había ofrecido un pisito, tipo garçonnière, que el mes siguiente debía dejar. Antonio y Laide habían ido a verlo, pero ella había huido al instante.
«Huy, por favor, ni pensarlo. Me conozco demasiado esa casa. ¿Sabes quién vive en el piso de arriba? Matilde».
«¿Y quién es esa Matilde?»
«Pero si ya te he hablado de ella» (pero no era cierto). «Una casa de ésas».
«¿Y tú has ido a ella algunas veces?»
«Ésa tenía una especialidad. Los clientes acudían todos por la mañana, a las diez, a las once».
«Y eso, ¿por qué? ¿Comerciantes que bajaban de la provincia?»
«No, no, eran auténticos señores, unos tipos que no veas. Recuerdo a uno, un joven que tampoco estaba mal y se había encaprichado conmigo. Todas las mañanas, ¿comprendes?, durante diez días consecutivos. Después me harté».
Había incluso una pérfida vanidad en las palabras de Laide, como una chiquilla que contara sus triunfos escolares.
«E imagínate», añadió, «la última vez salí de allí media hora antes de que llegara la policía. Imagínate, menor de edad como era».
«¿Y qué sucedió?»
«A mí, nada. Ella, Matilde, estuvo encerrada seis, siete meses, lo contaron todos los periódicos».
«¿Y sigue viviendo allí?»
«No lo sé seguro, porque no he tenido más noticias, pero creo que sí. ¡Figúrate si voy a vivir en la misma casa!»
Un día que iban en el coche, Laide le había pedido que se detuviera delante de un quiosco de periódicos para comprar una revista de modas. Cuando tuvo la revista en la mano, le enseñó la portada: dos muchachas en traje de baño en una playa, una de pie y la otra tendida en la arena.
«Pero, ¡cómo! ¿No me reconoces?»
«¿Cuál? ¿Ésta que está de pie?»
«¡Pues claro! ¿No ves que soy yo?»
Antonio se quedó perplejo: se le parecía, no cabía duda, pero Laide tenía la nariz más pronunciada y la boca más fina.
«¿No ves estos gruesos labios? No son los tuyos precisamente».
«Muy bien, hombre. Pero tú no sabes cómo nos maquillan antes de posar. Además, hay que poner la boca de determinado modo. Es lógico que después cueste reconocerme».
«Pues será eso».
«¡Cómo que será eso! ¿Quién quieres que sea, si no.
Un poco después, cuando se despidieron delante de la casa de ella, Laide recogió del asiento de atrás la revista, volvió a enseñarle la portada y exclamó, radiante:
«¡Hay que ver qué nena más preciosa tienes!»
Él habría jurado que la bella bañista no era ella y, prestando más atención, se dio cuenta de que también la forma de las orejas era diferente, pero no se atrevió a insistir más. Más aún: también él lo creyó. No, era imposible que fuese una mentira: si lo hubiese sido, Laide habría puesto otro tono de voz, no habría podido mostrarse tan firme y perentoria. ¿O sería que la propia Laide, aun no habiendo posado nunca para esa foto, había acabado convenciéndose de que la bella bañista era precisamente ella?
Un día le contó que Fabrizio Asnenghi, el más joven de los condes Asnenghi, sentía debilidad por ella. Es riquísimo, dijo, y tiene un pisito delicioso por la parte de Via XX Settembre. Un tipo muy distinguido, muy cortés, hombre apuesto, además, pero un poco aburrido, desde luego. Cuando iba a su casa, antes de pasar al asunto, tenía que quedarse más de una hora escuchando discos, mientras él fumaba su pipa y bebía whiskey y después todas las veces la acompañaba a su casa con su Flaminia Sport y le metía en el bolso un cheque de cincuenta mil. Además, a veces Fabrizio daba fiestas: un montón de gente, todos mamados, y se veía de todo.
«Ah, ¿te entregas también a las orgías?», dijo Antonio, que se sentía sin respiración.
«¿Estás loco?»
«Las chicas desnudas todas, me imagino».
«Ah, sí, las hay que se ponen a hacer un estriptis, chicas de la alta sociedad, si vieras, pero, mira, yo no. ¿Sabes lo que hago yo? Me quedo en el bar y me pongo a preparar las bebidas. En esos follones yo ni siquiera me aventuro a bailar. Me quedo en el bar y de allí nadie me mueve, aunque se burlen de mí».
Eran los retazos dispersos de un retrato que Antonio no lograba descifrar. Cosas tristes, miserables, abyectas incluso. Al pensarlo, sólo resultaba una figura triste, desdichada, aferrada ávidamente a las más pobres ilusiones de las revistas del corazón. ¿Era buena? ¿Generosa? ¿Lúcida? No. Cuanto más se consumía Antonio pensándolo, más resultaba Laide un problema irresoluble. Tendido en la cama, Antonio se pasaba las horas muertas mirando fijamente dos grietas en el techo en forma de 7, extrañamente semejantes. En esas hendiduras irregulares se concentraban su obsesión y su sufrimiento. Las palabras, los gestos, las caras de ella volvían a aparecer ante él, mientras contemplaba las dos finas fisuras inmóviles por encima de él, socarronas, maliciosas, llenas de filosofía. Se repetía, palabra por palabra, lo que ella le había dicho: exclamaciones, cosas estúpidas y triviales, mentirijillas, recuerdos de cuando era niña. Todo parecía conjurarse para representarla como una muchacha desgraciada, perdida en el potente flujo de la ciudad que día tras día se lleva por delante a hombres y mujeres y los devora. Dios, ¿por qué la amaba así? ¿Por qué no podía por menos de hacerlo? ¿Qué podía darle? Todo parecía responder que no, que Laide no podía ser otra cosa para él que humillación y rabia, que por allí sólo le esperaba la perdición.
Y, sin embargo, en aquella desvergonzada y tozuda chiquilla resplandecía una belleza que él no lograba definir, porque era diferente de todas las demás chicas como ella, listas para responder al teléfono. Las otras, en comparación, estaban muertas. En ella, Laide, vivía maravillosamente la ciudad, dura, decidida, presuntuosa, descarada, orgullosa, insolente, en la degradación de las almas y las cosas, entre sonidos y luces equívocos, a la tétrica sombra de los edificios, entre las murallas de cemento y yeso, en la frenética desolación, como una flor.