40345.fb2
Michel salió del hospital tan mustio que, sin darse cuenta, en lugar de caminar hacia el centro sus piernas se dirigieron hacia el cementerio municipal. Aquel camposanto lleno de caídos en combate no parecía el mejor lugar para encontrar a amantes, pero aun así empujó la verja y entró en el recinto.
El viento había dejado de fustigar la ciudad, pero un cielo plomizo y crepuscular amenazaba con descargar una tormenta de un momento a otro.
Antes de que pudiera preguntarse qué demonios hacía ahí, Michel reparó en un joven vestido de soldado que se inclinaba sobre una losa. Besó dos veces el mármol y luego permaneció de rodillas ante la tumba.
El cazador de estrellas quiso saber si aquel amor reverencial iba dirigido a una amada, como le sucedería a él si no lograba despertar a Eri. Gobernado por la curiosidad de niño, atravesó el camposanto hasta situarse a escasos metros de la tumba.
Vio que pertenecía a un hombre de edad aproximada de aquel soldado. Vincent había dejado el mundo a los 22 años. Había caído en 1940 en los primeros compases de la guerra.
El soldado que había besado la tumba dos veces giró lentamente hacia Michel y lo miró con sorpresa.
– ¿Qué haces aquí? -le preguntó con voz de mando.
– Vengo a hacerte compañía. Me da pena verlo solo entre los muertos.
Este comentario hizo reír al soldado, que se sentó junto a la tumba del tal Vincent y le explicó:
– He venido a rendir visita a alguien que es mi amigo y padre de mis hijos.
– ¿Cómo? -preguntó Michel asombrado-. Eso sí que no lo entiendo. Si son sus hijos…
– Sí, mis hijos tienen un padre biológico, que soy yo. Pero también tienen un padre espiritual, el que reposa bajo esta losa. Por tanto, tienen una madre y dos padres. ¿Te gustaría oír esta historia?
– Desde luego. Que alguien tenga dos padres a la vez puede explicar por qué yo no tengo familia.
El soldado se tomó el comentario a broma y dejó escapar una risita mientras atraía al niño a su lado. Luego se colgó una pica de los labios y, tras encender el tabaco en la cazoleta, empezó su relato:
– Vincent y yo éramos los mejores amigos de un regimiento que defendía este lado de los Alpes. Éramos íntimos, aunque nuestras vidas no podían ser más diferentes. Cuando me llamaron a filas, yo estaba casado y mi mujer esperaba gemelos. Él, en cambio, era un viva la Virgen que no tenía novia fija ni atadura de ninguna clase. Su sueño era hacerse marino y viajar por el mundo cuando terminara este asco de guerra. Pero entonces…
El soldado detuvo su narración para dar profundas caladas a la pipa, como si lo que estaba a punto de contar fuera demasiado amargo para soltarlo sin más. Un fino velo de lágrimas enteló sus ojos al llegar a esta parte de la historia.
– Una noche el sargento nos hizo avanzar hacia una posición sobre una loma que acababa de abandonar el enemigo. En lo alto había una cabaña donde habían vivido los soldados. Al acercarnos silenciosamente oímos con claridad un gemido que surgía del su interior.
– Un herido -apuntó Michel.
– Exacto. Sus jefes lo habían abandonado allí durante la retirada. Y no teníamos duda de que iba armado. El sargento le gritó que se rindiera y le prometió que sería hecho prisionero sin más, que no habría interrogatorios ni represalias de ninguna clase. Pero no obtuvimos respuesta. Incluso dejó de gemir, como si tratara de adivinar nuestros movimientos alrededor de la cabaña, que no tenía ni siquiera una ventana. Sólo aquella puerta. Y estaba entreabierta.
A medida que se acercaba al desenlace, el pequeño seguía aquella aventura con los ojos muy abiertos, como si intentara ver en el oscuro interior de la cabaña.
El soldado dio una última bocanada a su pipa antes de seguir.
– Tras media hora de espera el sargento tomó una decisión fatal. Era un tipo bastante cobarde, así que me eligió a mí para que abriera la puerta y encañonara al herido. Incluso me dio permiso para disparar a ciegas, cosa que nunca hubiera hecho… porque Vincent se ofreció para ir en mi lugar. Es más, prometió dispararme por la espalda su me acercaba a la puerta.
– ¿Y eso por qué?
Una lágrima tembló en el ojo del soldado antes de responder:
– Dijo que yo tenía esposa y dos hijos en camino, mientras que a él no lo esperaba nadie. Por eso prefería arriesgarse en mi lugar por si las cosas se torcían… Y así fue. Antes de que abriera la puerta fue abatido de un tiro.
Entre ambos surgió un incómodo silencio, sólo quebrado por las primeras gotas de lluvia.
– Puesto que Vincent se sacrificó por mí -dijo recuperando el ánimo-, mis hijos tienen dos padres, porque yo les di la vida a ellos y Vincent me la dio a mí. ¿Entiendes?
Michel bajó la cabeza conmovido. El soldado concluyó:
– Por tanto, nunca te atrevas a decir que no tienes familia, porque eso es mentira. Hay vínculos más poderosos que los de la sangre.
– De acuerdo, nunca más lo diré. Pero, ya que la guerra ha terminado, ahora que has honrado a tu amigo, ¿puedo llevarme un trocito de tu uniforme?