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La dieta de los libros

Si alguien representaba en Selonsville el amor a los libros y a la cultura era Madame Mercier. Llevaba de bibliotecaria desde el nacimiento del siglo y no se cansaba de alentar a los pocos visitantes para que probaran su dieta de un libro por semana.

«Es lo mínimo pata tener la cabeza bien amueblada», solía decir.

Decidido a obtener las tres estrellas que le faltaban aquel mismo día, Michel entró corriendo en la biblioteca municipal cuando el reloj marcaba las tres y cuarto.

Ya en la sala de lectura, un aprendiz con cara de lagarto le informó con desgana que la jefa no llegaría hasta las cuatro de la tarde. Contrariado con aquel imprevisto, se sentó a la mesa donde reposaban en desorden los periódicos locales de la semana anterior.

Al abrir el primero de ellos, y luego el segundo y el terceo, el rostro de Michel pasó del rojo encendido a un blanco sepulcral. No había sido consciente de hasta qué punto eran conocidas sus fechorías. A medida que leía sintió cómo un sudor frío le bajaba por la frente:

«EL FANTASMA DE LAS TIJERA SIEMBRA EL PÁNICO EN LA CIUDAD».

«UNA COMISIÓN CIUDADANA PREPARA PATRULLAS URBANAS PARA CAZAR AL AUTOR DE LOS ATAQUES».

«EL ALCALDE DE SOLNSVILLE OFRECE UNA RECOMPENSA DE 300 FRANCOS A QUIEN APORTE INFORMACIÓN PARA DETENER A EL TIJERAS».

«LAS PRIMERAS DESCRIPCIONES DEL BANDIDO MÁS PELIGROSO CAUSAN ASOMBRO: EL TIJERAS ES UN NIÑO».

Michel se alejo a toda prisa de la mesa de los periódicos, como si el solo hecho de estar allí lo convirtiera en sospechoso. No podía permitir que lo capturaran justo el día que iba a completar su misión.

Cuando la eterna bibliotecaria -nadie sabía a ciencia cierta qué edad tenía -entró en la sala, el niño corrió en dirección a ella como un náufrago hasta su tabla de salvación. No había tiempo que perder. En cuanto alguien lo reconociera, le echarían el guante y todo habría terminado.

Para Eri y también para él.

La mujer cuyas gafas tenían una montura tan antigua como el siglo escrutó al pequeño con indignación:

– ¿Has venido a jugar a la biblioteca? ¡Largo de aquí!

– Madame Mercier, vengo a empezar la dieta de los libros.

La expresión de la mujer se suavizó al oír aquello. Una docena de ojos observaban sin disimulo aquella conversación insólita entre la bibliotecaria de Selonsville y el niñato al cual casi nunca habían visto allí.

– Yo también quiero leer un libro por semana.

– Pssst… Estás molestando a los lectores. Además, eres muy pequeño para leer tanto. Deberías empezar por…

– ¡Quiero empezar hoy mismo! -dijo elevando la voz deliberadamente.

La treta obtuvo el efecto deseado.

– Acompáñame al despacho. Vamos a tener una conversación privada tú y yo.

El caminito de ambos hacia la minúscula oficina al fondo de la sala fue seguido por la totalidad de los lectores, que levantaron los ojos de los libros para no perderse aquella curiosa escena.

Si alguno de ellos había visto a Michel con las manos en la masa, pensó, en cuestión de segundos sería denunciado y capturado. En cualquier caso, era demasiado tarde para cambiar de idea. Había que jugarse el todo por el todo.

Madame Mercier cerró el despacho de un portazo e inclinó las antiguas gafas sobre el niño.

– ¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo?

– Quiero leer -prosiguió en su papel-. No puedo ser toda la vida un niño de orfanato. Por eso tengo prisa en aprender y quiero empezar la dieta hoy mismo. Un libro por semana, ¿no?

– Tranquilo, chiquillo… -lo calmó la bibliotecaria, admirada por aquella tenacidad-. No se trata de leer mucho, sino de amar lo que lees, que viene a ser lo mismo que amar a las personas. A fin de cuentas, los libros están escritos por seres humanos y la mayoría hablan de otros seres humanos. Por tanto, leer es un acto de amor. Por el mismo motivo debemos acercarnos al arte, a la música, a todo lo bello que puede crear un ser humano que ama la vida.

Eres la persona que buscaba, se dijo Michel mientras se preguntaba cómo lograría arrancar una estrella de la bibliotecaria, que siguió sermoneándolo.

– Lo del libro semanal lo dijo porque muchos habitantes de Selonsville no leen ni un libro al año. Es una forma de empujarlos a que se interesen más por la lectura.

Tras decir esto sacó del bolsillo da la blusa un pañuelo para limpiarse las gafas. Michel entendió que había llegado su oportunidad:

– No se asuste, Madame Mercier, pero una araña está subiendo por ese pañuelo.

La bibliotecaria soltó el trozo de tela con un grito y salió disparada del despacho. Mientras Michel agradecía que la aracnofobia fuera un miedo tan extendido, se dispuso a librar la siguiente batalla.