40345.fb2
Michel deambuló perdido por las calles nevadas sin importarle que el orfanato ya se hubiera dado la voz de alarma ante su ausencia.
Consumidas todas las lágrimas, buscaba desesperadamente a alguien que pudiera darle un consejo para ayudar a Eri.
Revolvió libros de medicina en la biblioteca municipal. Aunque sólo tenía una moneda de un franco, preguntó por remedios al boticario y también al curandero. Abordó incluso a un grupo de enfermeras que se dirigían a un centro de rehabilitación de heridos de guerra.
Nadie sabía decirle qué hacer.
Cuando oían la palabra «coma», los rostros de compasión parecían decirle que su amiga había emprendido un viaje sin retorno. Eri dormía para siempre hasta que su corazón enfermo dejara de latir.
Al borde del agotamiento, Michel se refugió de la suave nevada bajo un oscuro soportal. Se sentía tan triste y desesperado que casi pisó a una anciana humilde que tiritaba envuelta en su manta.
– Por el amor de Dios -le imploró la mujer con voz quebrada-, ¿me puedes conseguir un mendrugo de pan?
El niño bajo la mirada hacia ella. Adivinó bajo la manta húmeda y manchada un saco de huesos que no tardarían en hallar su último reposo en la fosa de los pobres. Compungido, buscó en su bolsillo su única moneda y se la entregó a la mendiga.
Pareció que los ojos fueran a salirle de las cuencas al exclamar:
– ¡Un franco!
Michel ya se marchaba cuando la anciana, tras guardarse la moneda, lo retuvo con sus manos huesudas y temblorosas mientras le decía:
– Con eso tengo para comer una semana. ¿Puedo ayudarte en algo? Pareces triste.
– Y lo estoy. Éste es el día más triste del mundo. Usted no puede ayudarme, buena señora.
– ¿Cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera sabes quién soy. Empezaré por mi nombre: me llamo Herminia. Ven a sentarte a mi lado, alma de Dios.
Para no ofender a la anciana, Michel se acurrucó junto a ella y dejó que compartiera su vieja manta con él. Tras presentarse, le explicó con todo lujo de detalles lo que había sucedido aquella mañana desde que su amiga no había logrado despertar.
Herminia escuchaba asintiendo suavemente, y esperó hasta el final del relato para dejar que su dulce voz resonara bajo el soportal.
– El matasanos ese tiene razón sólo en parte. Tu amiga Eri tiene el corazón enfermo, pero no es una enfermedad que se pueda curar en un hospital.
– Ya me han dicho que no hay mucha esperanza -confirmo Michel con triste resignación.
– ¿Quién es el bobo que ha dicho eso? ¡Mientras esperas algo de la vida siempre hay esperanza! Sólo he dicho que su corazón no necesita las curas de un hospital, sino otra cosa. Nueve cosas para ser más precisos.
Michel miró asombrado a la mendiga, que de repente hablaba con vigorosa autoridad:
– Eri tiene el corazón enfermo por falta de amor que ha sufrido desde que fue abandonada en el orfanato.
– ¿Y qué puedo hacer para ayudarla?
La anciana respiró profunda y ruidosamente, como si rescatara una lección sepultada por las nieves del tiempo.
– Para curar a tu amiga existe un remedio que me reveló un curandero que hacía milagros en el pueblo donde crecí, en un lugar de Sudamérica muy lejos de aquí. No es fácil…
– Exacto, porque para curar la falta de amor hay que tejer un corazón lleno de estrellas.
El niño miró a la anciana sin entender nada. Ésta sonrió antes de explicar:
– Es un remedio que no falla. Debes encontrar en Selonsville nueve personas que seas un ejemplo de nueva clases diferentes de amor. Para ello tienes diez días. Pero ahora viene lo más difícil: recortarás una estrella de la ropa de cada una de ellas sin que se den cuenta. Cuando tengas nueve, me los traes y yo tejeré con ellos un corazón lleno de estrellas para que se lo lleves a Eri.
– ¿Y con eso se curará?
– Bueno… -le dirigió una mirada enigmática antes de seguir-. Lo cierto es que cuando tengas ese corazón aún faltará algo… Una estrella secreta, la número diez, que es la que permite que las otras nueve tengan el poder.
– ¿Y dónde encontraré esa estrella?
– Cuando hayas aprendido las claves del corazón, tendrás que descubrir por ti mismo cuál es el secreto último del amor que todo lo cura.