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El amor más perfecto

Era la pareja más desigual que había visto en sus nueve años de vida. Aunque ambos debían rondar los 30 años, le bastó una mirada de soslayo para comprobar lo que los diferenciaba.

La mujer era terriblemente fea. Tal vez por alguna enfermedad congénita o producto de algún accidente que le había desfigurado la cara, su rostro era casi grotesco. Tenía un párpado más caído que el otro, y una nariz grande y ganchuda bajo la que sonreían unos labios finos como el papel. Su barbilla era en extremo prominente, como las de las brujas de las películas. El cuadro se completaba con una piel opaca y granítica.

Michel estaba acostumbrado a ver toda clase de tullidos en aquella ciudad de provincias, y no le costaba encontrar algo agradable en cada persona con la que se cruzaba, pero reconoció que aquel caso era excepcional. No había ningún rasco que pudiera salvarse en aquella mujer tan poco agraciada.

En contraste con ella, el hombre que le hacía mimos y le susurraba galanterías al oído era notablemente apuesto. Aunque desde su posición lo veía de espaldas, su atlética espalda y el pelo ondulado y brillante le daban un aporte casi principesco.

Michel se dio cuenta de que muchos hombres y mujeres del local miraban con asombro aquella pareja de tortolitos, que no dejaban de reír y acariciarse.

Ajenos a la expectación que habían creado, la pareja seguía disfrutando de su intimidad mientras el camarero les servía dos copas de vino. Tras hacer un brindis aquel dandy la besó sin importarle la dentadura amarillenta y torcida de ella. Luego le acarició la mejilla deslustrada.

Por primera vez desde la mañana anterior Michel experimentó algo parecido a la felicidad. Se preguntaba quién sería aquella mujer monstruosa -según los cánones de belleza al uso- que recibía tantas atenciones del guapo caballero.

Su cabeza infantil imaginó que debía de ser una gran pianista que tenía enamorado a un melómano, o bien a una candidata al Nobel de Física que despertaba la admiración en el mundo científico.

Entretenido con estas cábalas, Michel vio cómo la pareja, tras pagar la cuenta, se disponía marchar. Ella se levantó para ponerse el abrigo, ayudada caballerosamente por su compañero. Luego tomó el bolso y un bastón que entregó con delicadeza al dandy.

Era un bastón blanco.

El apuesto varón cruzó entonces el café rozando los objetos que encontraba en su camino hacia la salida. Era ciego, como el amor verdadero.

Su compañera le abrió la puerta con gentileza y, antes de salir al frío de la calle, le dio un tierno beso.

Michel supo que acababa de encontrar lo que buscaba, porque no podía imaginar amor más perfecto.

Palpó las tijeras en su bolsillo y se decidió a seguirlos. Aprovecharía el primer descuido de ella para cortar una estrella del elegante abrigo de su compañero. No resultaría difícil.

Antes de salir tras ellos, sin embargo, lo detuvo el grueso cocinero, que volvía de la calle cargado con un saco de patatas.

– Ella ha encontrado a su príncipe azul -dijo al ver que el niño no perdía de vista a la pareja- en este empleado de correos ciego y él a su princesa de cuento de hadas.

– Eso es porque no puede verla -repuso Michel.

El cocinero soltó una breve carcajada antes de decir:

– Se nota que estás pez en esto del amor. Recuerda lo que dijo el pobre Saint-Exupéry, el escritor que se estrello en su avioneta hace dos años: lo esencial es invisible a los ojos. Todos somos príncipes y princesas hasta que nuestra pareja nos convierte en ranas. Tenlo en cuenta cuando escojas a tu chica: de ti depende que se sienta como una princesa o como una rana.

Michel pensó en Eri y en cómo le hubiera gustado que fuera su princesa. Estaba dispuesto incluso a saltar como una rana de vez en cuando para hacerla reír si era necesario.

– El príncipe o la princesa azul vive dentro de nosotros -concluyó el cocinero antes de liberar al chico-.Ése es el secreto de la atracción: si no te amas porque creer que eres una rana, ninguna princesa te amará. Dicho de otro modo: si no estás enamorado de la vida, la vida no se enamorará de ti.

Tras agradecer estas palabras Michel salió corriendo hacia la pareja sin que el cocinero entendiera por qué.