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ANTES de marcharse a su reino de Tracia, donde ya eran los días en que el rey debía dar la orden de llevar los rebaños desde las montañas a los abrigados valles, y habiéndole crecido con la luna de octubre lo suficiente la pierna infantil, que ya no necesitaba el estuche de madera, insistió Eumón en hacer el viaje de retorno por el condado de doña Inés, que quería conocer a aquella hermosa delirante. Y para que fuese prevenido, fue rogado Filón el Mozo que le diese al tracio una copia de la pieza dramática que había escrito con algunos de los sucesos más notorios de la incansable ensoñación amorosa de la soberana del Vado de la Torre.
– Me dice Egisto en confianza -explicó Eumón a Filón el Mozo-, que todo el desequilibrio de doña Inés viene de estar ella también a la espera de Orestes, sólo que para recibirlo con cama deshecha.
– Unos dicen que sí y otros que no, pero la verdad es que ella lo recibiría con gusto, aun llegando parricida y con el brazo diestro ensangrentado hasta el codo. ¡Orestes hace soñar a muchas!
Y como criador de mulas, siendo Eumón curioso de genealogías, escuchó con gusto a Filón contarle cómo doña Inés, de título y nombre tan insólitos en aquella parte, venía de gente gálica, salvada de un naufragio y emparentada con los piratas que hicieron el salvamento, y más tarde con la familia condal del país que reinaba en el Vado y en la Torre, y que en los itinerarios era conocido como el Paso de Valverde. Añadió Filón que en su pieza solamente recogía casos de los tiempos últimos, desde que había comenzado la guerra llamada de los Ducados, y que por ello no trataba de Orestes, que de este príncipe tenía ya varios actos de una tragedia, pero no la podía terminar, que Orestes no llegaba a cumplir la venganza.
– Yo estoy a la espera, como pueda estarlo el rey Egisto, porque conviene que haya un testigo para los siglos. Y todos los sucesos del mundo los reduzco a la gran expectación de la llegada del vengador, y tomo notas para adornar la historia. Y ahora mismo, cuando tú montes en tu caballo y marches hacia tu país, señor Eumón, subiré a mi biblioteca, y en uno de mis cuadernos, por si conviene prestarle este gesto a Orestes, apuntaré el que tú tienes frecuente de llevar el dedo índice de la mano derecha a la despejada frente, como ordenando a un oculto pensamiento que comparezca. Tengo apuntados, inclusive, gestos de animales, un desperezo de felinos, el alargar del cuello del lobo que asoma a una encrucijada, la paciencia distraída del hurón, la cabeza erguida del azor que acaba de entregar la pieza que ha cobrado… Mi Orestes será variado, porque es el hombre, el ser humano. Si el público de teatro fuese…tincado en fisiognómica, haría un acto solamente con los gestos, pasos, escuchas, dudas, preparativos para el acto vengador del joven príncipe. Lo titularía «La aproximación de Orestes», sería de gran utilidad para cazadores de bestias salvajes, y una luz estaría siempre sobre el rostro del protagonista, sobre sus manos, sobre sus pies, no dejando perder nada de la infinita muestra de sus movimientos.
Alabó Eumón los estudios dramáticos de Filón el Mozo, y agradeció la copia de la pieza que trataba de los amores de doña Inés, y todavía el autor no había decidido qué título darle, y añadió el tracio que en su reino no había teatro, pero que si llegaba el desenlace fatídico de la tragedia, que le mandase el texto en copia iluminada, que la leería en voz alta con mucho gusto, y pagaría por ella lo que Filón el Mozo pidiese.
Hizo fonda Eumón con sus dos oficiales de pompa en la posada del Mantineo, y pidió por favor al huésped que le diese una habitación desde cuya ventana pudiese contemplar a sabor la torre del Paso de Valverde. Y al amanecer, teniéndola con el verde y frondoso país como telón de fondo, se puso a leer la pieza de Filón el Mozo, que comenzaba con un prólogo en el que, gente huida de la guerra de los Ducados, pasaba la noche en la torre de doña Inés, durmiendo en el patio cubierto, y recibiendo limosna de pan y vino. El dramaturgo componía un coro de mujeres que se dolían de los robos de maíz y de ovejas, de las casas quemadas, de los bienes abandonados y de la aspereza de los caminos. Una contaba de que su casa estaba en un país de montes, otra que vivía en los llanos del pan, y una delgada y morena, que casara en la orilla del río, donde son verdes prados, contaba de un gordo al que decían «¡sí, señor!» a cada paso los que con él iban, y que fue quien dirigió la requisa de vacas para no se sabía cuál bando, y le había dejado a su marido, en secreto, un papel sellado que decía: «Cuando acabe todo, ocho vacas a éstos». El gordo era muy bebedor y palaciano, y nadie lo tomaría por hombre de guerra, añadió la mujer, si no fuese por el gorro. Aquellas campesinas parecían agarrarse a la más pequeña señal de caridad en un soldado. Abriendo el alba, no pensaban en otra cosa que en ponerse en camino y pasar la selva, cruzando la raya seca, adentrándose donde dicen Imperio, que allí reinaban en paz las leyes. Cargadas con sus petates se fueron, dando gracias por el pan, que era blanco, y por el abrigo cubierto. Llovía por la banda de la selva, pero hacia el sur el sol se acostaba sobre los montes azules. La torre quedaba en silencio, y solamente se oía el ir y venir de Ama Modesta, la criada mayor de doña Inés, recogiendo el pan y la jarra del vino, apartando las pesadas cortinas de paño verde para que entrase la luz del nuevo día. Había flores por doquier, y Filón el Mozo, describiendo el escenario, ponía camelias rojas aquí y acullá, jazmines sobre la repisa de la chimenea, y una rosa roja en un vaso, en lo alto de las escaleras, para que al aparecer allá arriba doña Inés pudiese recogerla y descender lentamente, con ella en la mano, acercándola a los labios. Para presentar doña Inés al público, Filón el Mozo había imaginado la llegada, atravesando los países en guerra, del Correo del rey, el cual era recibido por Ama Modesta en el pequeño salón. Filón estaba muy satisfecho de la escena, ya que le parecía que daba la figura y el tono de la dama, y que en los actos sucesivos de la pieza el desmedido enamoramiento, la súbita y encendida pasión, sería aceptada sin más por el respetable, vista la adivinación de amor de la palomita, la desusada amplitud de sus sueños, la clamorosa entrega de su
soledad.
Estaba Ama Modesta en su faena cuando llamaban por tres veces a la puerta, que era la seña matinal del Correo. ¿Habría oído la llamada doña Inés?
– No, todavía dormirá. Duerme como un pajarito, con el piquillo abierto.
Ama Modesta le abre al Correo. Del hombro derecho del Correo cuelga la gran cartera de cuero con las armas reales a fuego. Se quita el sombrero, se pasa las manos por la cara, admira las flores, dirige la mirada hacia la rosa roja, solitaria en el vaso. Filón titulaba este paso «El galán de Florencia», y lo había leído varias veces, y siempre con aplauso, en las veladas de la aristocracia de la ciudad.
AMA MODESTA. – ¡Buenos días, Correo!
CORREO. – ¿Cómo se descansó? ¡Buenos días nos dé Dios!
AMA MODESTA. – ¿Quién descansa en estos tiempos, Correo real?
CORREO- ¿ Hubo gente?
AMA MODESTA. – ¡Mujeres, pobres mujeres!
CORREO (posa la gran cartera en el suelo). – ¡Les dio el baile, les picó la araña roja! ¡Que huya un hombre de la guerra, pase, pero mujeres!
AMA MODESTA. – ¡Se puso de moda huir! Y aunque huyeran señoras de atavío, por miedo a una falta de respeto, pase, ¡pero pastoras y lavanderas! (Pausa.) ¿Hay carta? ¡No sé para qué te lo pregunto!
CORREO. – ¿Cómo ha de haber carta? ¿Quién la escribirá? Una carta, ama, supone que alguien estuvo con la pluma en la mano dando noticias, poniendo cómo va de salud, el tiempo que hace, noticias de intereses, y mete el papel en el sobre, y baja de prisa por la calle que lleva al correo, y echa la carta en el buzón. ¿Hay ese alguien? Pues no, no lo hay.
AMA MODESTA. – Las que se aguardan en esta casa son cartas de amor.
CORREO. – Peor todavía, Modesta, ama Modesta. Si no hay gente para escribir de intereses, ¿cómo va a haberla para cartas de amor?
AMA MODESTA. – Pues ella las contesta.
CORREO. – ¿A quién? Escribe, eso sí, cartas muy razonadas, sí señor, muy bien puestas, de libro, que yo leí algunas. Dice: «¡Nunca salgo de mis sueños sonriendo! Pregúntaselo al lucero de la mañana». ¡Muy bonito! Pero, ¿a quién se lo dice? ¿ Existe ése, está esperando, tiene una flor en la mano, se mira en un espejo porque quiere que la carta de encendido amor lo encuentre galán con los rizos mostrándose bajo la montera? No lo hay, ama. Las cartas van, corren. Es su destino. ¡Quién sabe adónde van a parar las más de las cartas que se escriben! Aunque pongas las señas de uno que hay, señor Londres, calle de los Tabacos, 14, bajo, Alejandría, y le llegue la carta, ¿es el que tú piensas quien la recibe? Tú escribes de un ánimo y él está de otro, y no ve en la carta el cuidado tuyo, ni te ve escribir la alegría o la tristeza. Las más de las cartas le llegan a uno de un extraño.
AMA MODESTA. – Dos que bien se quieren, uno son.
CORREO. – Pero te repito que esos a quienes doña Inés escribe no los hay, ama. Son como figuras de poetas. Ella pone en el sobre: «Al caballero del verde tabardo, en París de Francia».
AMA MODESTA. – ¡Lo hay!
CORREO. – ¡Habrá cien! Pero la carta busca uno sólo. La carta dice así: (Hace que lee en un papel cualquiera que saca del bolsillo de la zamarra.) «Señor del tabardo verde, ésta que yo soy, segura servidora, muere de amor acariciando pañuelos de seda colorada. Ya viene el invierno, y ando sola por la casa, abriendo puertas, sin miedo al frío, a quien llega enamorado». Y yo, el Correo, no voy a andar corriendo detrás de todos los que vea pasar por las calles de tabardo verde, diciéndoles que monten en el mejor caballo y salgan por esta torre, suspirando.
AMA MODESTA. – ¡Uno de tabardo verde lo conocería ella, digo yo!
CORREO. – Pero ahora ya tiene el tabardo amarillo, o se pasó a la capa corta. No hay nadie, ama Modesta. Todos los que podrían escribirle a doña Inés son gentes de la imaginación, pedazos de niebla, que se ponen aquí para levantarse más allá, llevados por el viento. ¡Ella que siga soñando, y tú que no te canses de planchar pañuelos para que pueda seguir diciendo adiós desde las almenas! (El CORREO guarda el papel en el bolsillo de la zamarra. AMA MODESTA abre el aparador y se dispone a darle al CORREO un vaso de vino.)
AMA MODESTA (confidencial, mientras echa vino). – Algunas noches pasan hombres. Yo estoy en cama, con la puerta abierta, a la escucha de lo que hablan con ella, y por oír el acento extranjero de los más. Los hombres siempre hablan de ellos, y mi paloma solamente entiende de amor. Ellos la llevan por donde quieren, por las arboledas de sus pensamientos, que mi doña Inés no puede con los vagos ensueños suyos, y teme perderlos en una revuelta de la memoria de los que hablan. Los hombre son todos gallos, al menos en el hablar. Cuando a alguno le escucho el punto de la voz ronca, parece que también se quisiera echar encima de mí.
CORREO. – ¡A lo mejor empreñas de palabra!
AMA MODESTA. – No es cosa de risa, Correo. Y ella es pura como una golondrina que todavía no hubiese salido al aire de fuera del nido. Es como una fiebre, ¿sabes? Llega la sed hasta mí. Toda la casa se llena de sed. Y ellos se van, y la perla mía queda sola en el mundo, sollozando.
CORREO. – ¡Todos tenemos un tema! De mozo, yo soñaba que llegaba a rico. Me caían las onzas en la cara, y era como un jabón de olor fresco. Un día, en la posada de Lucerna, al levantarme encontré un carolus. Le caería a otro que había dormido en la misma cama. Nunca más volví a soñar con hacerme rico. ¡Perdido quedó el virgo del sueño! Y dejé de ser mozo desde aquel día, y comenzaron a asomar en mi rostro las arrugas.
AMA MODESTA. – ¡Soñar es muy cansado!
CORREO. – Pero es lo más antiguo que hay. ¡Antes que hablar!
AMA MODESTA se para, escuchando ruidos en el primer piso. Se habrá levantado DOÑA INÉS. AMA MODESTA se inclina sobre el CORREO, que se sentó a beber el vino. Bebe a sorbos, goloso.
AMA MODESTA. – Bajará ahora. Dile que no hay cartas, que con las guerras en las tierras y en los mares vecinos no pasan valijas, y que por miedo a los espías no dejan volar las palomas mensajeras. Puedes decirle también que encontraste uno en Florencia de Italia, que le va a escribir tan pronto como haya paso libre para cartas de amor. ¿ Y cómo será ése?
CORREO. – Puede ser alto, tirando a moreno, y sacando el reloj a cada poco.
DOÑA lNÉS asoma en la baranda del primer piso. Parece que encendiesen una luz allá arriba. Trae el rubio cabello suelto por la espalda, y una rosa blanca en la mano derecha.
DOÑA lNÉS. – ¿De quién hablabais? ¿Hay cartas?
CORREO. – ¡Buenos días, señora mía!
DOÑA INÉS. – ¿Buenos días? ¿No es ya la hora serótina y viene la noche con sus pasos hoscos?
AMA MODESTA. – ¡Es mañanita temprano, sol mío! Viene el día lloviznando.
DOÑA lNÉS. – ¡Dormí tanto! ¿Hay cartas? ¿Traes recados?
Baja lentamente las escaleras, inclinada sobre el balaustre. Baja como por música, la rosa donde tiene el corazón.
CORREO (poniéndose de pie, declamatorio). – Queman las cartas los soldados, roban las valijas por si vienen cartas con noticias de tesoros. ¡Ay, demonio de guerra! El hombre no sabe de la mujer, el padre del hijo, no hay romerías, y la gente duerme tirada por los suelos, con el miedo por almohada, y se pierde la ciencia de hacer las camas. Los Ducados se volvieron locos, andan los reyes perdidos por los caminos, y ni se siembra el pan, y las gentes huyen con un poco de fuego en la mano, de miedo que se acabe el fuego en el mundo. A las palomas mensajeras les tiran con flechas envenenadas.
DOÑA lNÉS. – ¿Nadie te habló de mí? Una palabra bien la guardarías en la memoria. ¿Quién te la robaría, escondida entre las otras?
CORREO. – ¡Me hablaron!
DOÑA lNÉS (corre hacia él, le coge las manos). – ¿ Dónde fue, cómo era, dio señas, dijo nombre? ¡Detente, no contestes todavía, piensa, recuerda bien, no vayas a equivocarte, no vayas a equivocarme! ¡El sol y la luna tienen sus caminos!
AMA MODESTA. – Siempre trajo noticias ciertas. Acuérdate de cuando anunció al milano. ¡Después pasó aquel de la gorra blanca, tan convidador!
DOÑA INÉS. – ¿Uno de gorra blanca? ¡Nunca tal conocí! ¡El único hombre para quien miré en la vida fue este de Florencia de Italia!
AMA MODESTA (sorprendida). – ¿Cómo sabes? ¿Quién te lo dijo?
CORREO. – ¿Escuchasteis? ¿Quién dijo que fue en Florencia?
DOÑA INÉS. – ¿Puedo no saber, acaso, dónde tengo mi corazón a tomar el sol?
AMA MODESTA y el CORREO se miran, pasmándose de la adivinación. DOÑA INÉS se ruboriza y besa la rosa.
CORREO. – Se acercó a mí, y me preguntó si era yo el Correo titulado del Paso de Valverde y la Torre del Vado, y le respondí que sí, quitándome la gorra, que lo vi muy principal. Era alto, muy moreno, y sin embargo gracioso, y con la barba recortada a dos puntas. Es moda allí. Me preguntó si podíamos tener una conversación en un patio, y le dije que sí. Sacó el reloj dos o tres veces mientras hablábamos. Me dijo, poniéndose muy grave: «Dile a aquella que tú sabes, mi rubio cabello, que cuando haya paso libre para cartas de amor que le escribiré contándole todos los jardines de mi corazón». Y con las puntas de los dedos, un beso echó al aire.
DOÑA INÉS. – ¡Felipe, Felipe mío, tan lejos! ¿No te dijo que se llamaba Felipe?
AMA MODESTA. – No tendría tiempo. Si miraba tantas veces la hora, es que tendría prisa.
DOÑA INÉS. – ¿Algo más urgente que yo? ¿Sacaba el reloj, Correo?
CORREO. – Por lo menos nueve veces durante aquel coloquio.
AMA MODESTA. – Los hombres tienen muchas urgencias.
DOÑA lNÉS. – ¿Cómo hacía, Correo?
CORREO (sacando del bolsillo del chaleco su grande reloj de plata y llevándolo al oído). – Hacía así. Hizo así las nueve veces.
DOÑA lNÉS. – ¡Déjame tu reloj! (Lo coge y lo lleva al oído. Ha dejado caer la rosa. Tiene el reloj del CORREO en el cuenco de las dos manos, junto al oído.) ¡Corazón, lleno, galopante corazón! ¡Bien te escucho, amor, batir! (Al CORREO.) ¿Decías que no traías carta de amor? ¡Aquí la tengo, todo un escrito corazón! ¡Bate, bate por mí, en Florencia de Italia, a la orilla del río, príncipe de los lirios! ¡Pam, pam, pam, pam!… ¡Hasta morir! ¡Hasta morir, ciego siervo de amor! (Pone el reloj en las mejillas, en el pecho, encima del corazón, sobre el vientre, apretándolo con las dos manos.) ¡Hasta no vivir! ¿Cómo podría responderte ahora mismo que soy toda de ti, una hojita de acacia que la lleva el viento?
Cae el telón lentamente
Eumón de Tracia sacó su reloj y lo escuchó, y se dijo que sería muy hermoso el tener un amor lejano y saber de él así. Y se dolió de sí mismo, que nunca lo habían amado tanto, ni se le habían ocurrido tales imaginaciones amorosas.
– Soy músico, pianista. Querían que tocase en la plaza, para que bailasen los soldados con las mozas. Pero no podían bailar con mi música. Yo toco, por ejemplo, como se ve la luna en un charco, o como se echa a dormir el viento en un bosque, o como brillan sus pies en el mar, o como mira una mujer enamorada a través del fuego. ¿Quién bailaría eso?
Doña Inés le sonrió, comprensiva. El músico se había levantado y se contemplaba en el espejo.
– Pudieron haberme dado muerte mientras huía. La noche era oscura como boca de lobo. Las luces hacen mucha compañía. En los conciertos, siempre me gustó tener algunas luces de más, encendidas encima del piano. Parecía como si me mirasen y alentasen, agradecidas porque las había
encendido. Su mano llegaba hasta mi frente. Todas las luces son diferentes, y sin embargo todas son familiares, viejas conocidas, sonrisas acostumbradas a responder a la sonrisa de uno.
El músico se acerca a la mesa, y pasa la mano, como acariciándolas, sobre las llamas de las pequeñas velas del candelabro de cinco brazos.
Se vuelve hacia doña Inés.
– ¿Sois la señora de la torre?
– ¿Podría serlo otra? Yo soy el palacio, este palacio, este jardín, este bosque, este reino. A veces imagino que me marcho, que abandono el palacio en la noche, que huyo sin despedirme, y conforme lo voy imaginando siento que la casa se estremece, que amenazan quebrarse las vigas, se desgoznan las puertas, se agrietan las paredes, y parece que todo vaya a derrumbarse en un repente, y caer, reducido a polvo y escombro, en el suelo. Todo esto depende de mí, músico, de esta frase que soy yo, en una larga sinfonía repetida monótonamente, ahora adagio, después allegro, alguna vez andante…
Doña Inés había dejado de sonreír. El músico se acarició la barba, la melena, se miró y remiró las manos una y otra vez.
– Yo escribo la música que interpreto. Sólo ella me gusta. Me siento al piano y voy abriendo las hojas del día o de la noche. Pongo en lo ancho del mundo agua que corre, pies descalzos de mujer, árboles, pájaros de colores, caminos alfombrados de rosas, y pozos en los que se miran pequeñas estrellas allá abajo, en el agua quieta…
– ¿Muchas estrellas?
Doña Inés pregunta confidencial.
El músico ha venido a sentarse junto a ella, en el diván cabe la chimenea.
– Alguna vez muchas, otras veces una sola, fría…
– ¿Dorada?
– Sí, será dorada. En lo que me fijo es en las ondas de la luz en el pozo, como si la estrella fuese una piedrecilla brillante que hubiese caído al agua.
– ¿Quieres comprobarlo en el espejo mientras yo me miro en él? Un espejo es un pozo a su manera.
El músico sonríe, y acaricia el pelo de doña Inés. Ha sido un gesto imprevisible. Por primera vez no tiene miedo. Sonríe.
– ¡Oh, eres una estrella muy hermosa! Si hubiese aquí un piano, te diría cómo te veo. ¡ Nunca me atrevía soñar que pudiese acariciar el cabello de una estrella!
– ¿Por qué huiste? ¿Perdió la guerra tu canción?
– Debería contestarte que huí porque mi corazón siempre sospechó de este refugio. La música y el amor se hacen con sorpresas muy semejantes. Como casi nunca salía de casa en mi ciudad, siempre fui muy dado a soñar con caminos: andaba y andaba, y en la noche más cerrada se encendía una luz, y yo podía posar mi fatigada cabeza en unas manos dulces y tibias, y dormir, escuchando una voz tierna cerca, muy cerca, casi en mi propia boca.
Doña Inés tenía el amor al alcance de la suya. Podía devorar, o ser devorada.
– ¿Me parezco?
– ¡Eres la misma! No podía haber otra. ¡Dame las manos! Sí, son las tuyas, fueron siempre las tuyas, eres tú. Siempre has sido tú. ¡Me dueles en las manos!
El músico, como llevado por la palabra manos, mira las suyas, las acaricia, las lleva a los labios.
Se levanta y se acerca otra vez a las luces.
Doña Inés teme perderlo.
– Me llamo Inés. ¡Llámame Inés!
Pero el músico está en sus recuerdos.
– Huí no sé por dónde, arrastrándome, a tientas. Me llevaron a la plaza y me sentaron ante un piano. Querían que tocase bailables para la juventud. ¿Bailables? ¡Ah, sí, una gallarda antigua! Una gallarda que bailaba mi madre, con cuatro reverencias y un pasito. La gente gritaba que no
quería eso. ¡Eso pasó de moda!, gritaban.
»-¡Queremos bailables nuevos!
»Gritaban y gritaban. ¡La canción de los nuevos alborotados! La cantaban amontonándose encima de mí para que yo la aprendiese en seguida. Uno, montado, con la punta de la lanza me ayudaba llevando el ritmo, y golpeaba con el talón en las teclas. ¡Podía herirme, agujerear mi mano izquierda! Gritaban que yo era un músico de mierda. Dos mozas medio desnudas se subieron encima del piano y taconearon. Las lanzas, las espadas, las hoces estaban cerca de mis manos, las buscaban, y yo huía sin moverme, huía de aquel bosque de hierro homicida, interpretando una música loca, la música de mi terror, cada vez más de prisa, más de prisa. Comenzaron a dar vivas y a bailar. Pero las hoces no se iban, brillaban ante mis ojos, cada vez más cerca, más afiladas, más curvas. ¡No podía seguir tocando sin tropezar con ellas! De un momento a otro comenzaría a sangrar. Y corrí. Me metí por entre las patas de los caballos, corrí por no sé qué alcantarilla. Una hoz enorme venía detrás de mí en el aire, dispuesta a caer sobre mi cuello. Tardé en darme cuenta de que era la luna nueva, mi amiga la luna nueva. Me detenía a palpar una mano con la otra, pasaba ambas por la cara, los ojos, las metía en la boca. Sí, estaban vivas, vivas como dos peces, como dos golondrinas…
El músico se ha arrodillado ante doña Inés, y ha apoyado su rostro en el cuenco de las manos de la hermosa. Llora. Doña Inés lo consuela.
– Ahora estás aquí para siempre, seguro. ¡Mandaré traer un piano, encenderemos todas las luces, pasaré las hojas de la partitura! ¡No llores, que estás a salvo! Si no quieres casarte, es lo mismo.
– ¿Casar? ¿Casarme contigo? ¿Y traerás un piano? ¿Mañana?
Doña Inés lo besa en la frente. Y sonríe.
– El piano tiene que venir en un barco. Llegará por el mar a Lucerna. Lo iremos a esperar, cada uno en su caballo. Yo en un caballo blanco y tú en un caballo negro. Las muchachas nos tirarán flores. Podrás tocar en el piano lo que quieras. ¿Me enseñarás la gallarda que bailaba tu madre? ¡Cuatro reverencias y un pasito! Te suavizaré las manos con secante de lirio y con país tostado de Venecia. Se ponen como seda virgen. Casi se puede decir que la piel se vuelve vidrio. ¡Mira las mías! Y nadie te las herirá nunca, tus palomas mensajeras!Nadie te las cortará, amor mío, no siendo yo! Yo, con jazmines.
Eso dijo doña Inés, y se acercó al búcaro de los jazmines, en la repisa de la chimenea. Con dos jazmines en cada mano se acerca al músico, e intenta golpearle en los dedos. El músico la mira aterrado.
– ¡No, no me cortes las manos! ¡Quiero que vivan! ¡No me mates las manos! ¡No me mates!
Y corre hacia la puerta, gritando. Y huye en la noche, con las manos delante de los ojos, luminosas como lámparas en las tinieblas.
Y doña Inés se queda sola, deja caer los jazmines al suelo, y sólo sabe decir:
– ¡Pero si el jazmín no corta! ¡Pero si el jazmín ni siquiera araña!
Filón el Mozo anotó al final de este apunte de acto que el músico lo hubo, y era un tal que el miedo habido en la revuelta lo volvió loco, y andaba por todas las polis buscando un lugar seguro en el que dejar sus manos, y alguien le dijo que no cabía caja fuerte más cerrada que la del Preste Juan de las lndias, que la vigilaba el basilisco. Y Filón tuvo de un mercader genovisco noticias de que había pasado el músico, que se llamaba Fidel, aunque él ocultaba su nombre, al León de Judá, y fue lo peor del asunto que en llegando ante el tesoro real salió el basilisco, con la mala fortuna de que la terrible bestezuela lo que primero miró del músico fue las manos, y tuvo el fugitivo que contemplar cómo comenzó a destruirse por ellas, antes de pasar todo su cuerpo a hedionda ceniza. Y todo fue por no avisar al Preste de su llegada, que éste, que pasa por avaro, le habría guardado las manos y lo hubiese mandado con otras de quita y pon por los países cristianos, cobrando él un tanto por el alquiler de las ortopédicas.
Doña Inés, en los días siguientes a la huida del músico, guardó luto.
A la puesta del sol llegaron dos soldados, con el recado de que un rey llegaba y que pedía por favor cama limpia. Ama Modesta les preguntó si era su rey, y sabían el nombre, y ellos contestaron que ahora de últimas había tantos coronados, que sólo los escribanos llevaban la cuenta.
– Yo -dijo uno, moreno y pequeño y picado de viruelas- era guardamontes en la paz, y bajé a la ciudad solamente una vez, cuando tenía ocho años. Me llevaron para que el rey me librase de una verruga que me había salido en un párpado. El rey pasó en un sillón cubierto, y echó la mano por entre los damascos, y la verruga se fue.
– Pues yo -dijo el otro, que era también pequeño, pero regordo y rubio- nunca vi un rey hasta ahora. Estaba al lado de un charco, y uno que dijeron que era el Correo real le lavaba los pies. Con mucho mimo, eso sí. No le vi la cara, que la tenía cubierta con una servilleta floreada. Tardarán poco en llegar. El Correo dijo que le hicieras una buena cama al coronado, y que metieras en ella dos canecos. Nosotros cumplimos. ¿Queda un vaso de vino?
Ama Modesta los convidó a una jarrilla de tinto y los contempló, compasiva.
– ¿Por qué estáis de soldados? ¿No tenéis hacienda?
– Amén de la guarda de los montes -dijo el moreno-, yo tenía un cabrón negro muy imparcial. Ahora lucho por ascender. Un sargento montado es una señoría.
– Yo -explicó el rubio- me alisté por ver mundo ¡Vas a ver mundo, Teófilo!, me dije, echando a correr tras el arcabuz. Y me metieron de retén en un castillo viejo, lleno de murciélagos, y el pozo cegado, que hay que ir a buscar agua a una mina apozada. Asomé la cabeza por una saetera para contemplar vuestro país de Valverde, tan sonado, y tropecé con los pies de un ahorcado, el antiguo señor de la Ribera, que gloria haya. ¡Mira!
Y mostró los zapatos bajos que gastaba, con hebilla de plata.
– ¡Son de charol! -comentó Ama Modesta-. Son como los del padre de mi señora, que en paz descanse.
– No sirven para la guerra, pero lucen -comentó el rubio.
Los soldados se fueron, y Ama Modesta se asomó a la puerta por verlos marchar, y por si ya venía el rey aquel, guiado por el Correo. Pero era éste, solo, quien se acercaba.
– ¿Viene ese rey?
– Lo dejé descansando en un banco, en el jardín. ¿Está la señora visible?
– Se está peinando. Bajará ahora.
– Entonces -dijo el Correo-, voy a pasarlo antes de que baje la señora condesa. Quiere estar siempre muy preparado para las visitas.
– ¿Le pongo un sillón?
– ¡Igual le gusta!
– Puedo ponerle un almohadón para los pies -sugirió Ama Modesta.
– Ponlo -asintió el Correo-. ¡Estos antiguos son muy mirados! Y de beber, agua con azúcar, que el vino le da urticaria. Estos coronados, los más de ellos están podridos. Voy en su busca, que hay que decirle los escalones.
– ¿Está ciego?
– Misterios, ama. Esta gente real no es gente como nosotros. ¡Tienen los Santos óleos de perpetuo en la nuca!
Salió el Correo en busca del rey, y a poco apareció llevando de la mano a un gran fantasmón, vestido con una casaca amarilla. Este paso lo escribió así Filón el Mozo,
titulándolo:
AMA MODESTA. – ¡Bienvenido sea el señor rey!
EL REY. – ¡Hola! Sentadme bien y abotonadme la casaca hasta las rodillas.
CORREO. – Sí, señor. Hay almohadón para los pies.
EL REY. – ¡Descalzadme! Un rey viste mejor descalzo.
AMA MODESTA. – Lo descalzaré yo. (Se arrodilla delante del REY y le quita los borceguíes.) Si mi señora quisiese, podía echarle en los pies un perfume de mérito. Tiene un estante lleno. Los más de los perfumes son de Siria.
EL REY. – ¡No quiero nada! ¡ Nunca me olieron los pies! Correo, ponme los ojos.
CORREO. – Sí, Alteza. (El CORREO mete la mano en la faldriquera del rey y saca de ella dos ojos de vidrio, que le pone con mucho cuidado, levantándole las párpados.) ¡Ya están!
EL REY. – Pásame una luz por delante, comprobando si quedaron bien centrados.
CORREO (pasándole el candelabro por delante). – ¡Quedaron! ¡Imponen!
EL REY. – Eso es lo que se pide, que impongan respeto. Yo siempre fui un rey serio. ¿ Estoy abotonado?
CORREO. – Hasta las rodillas, Alteza.
AMA MODESTA. – ¿No tiene sed, señor?
EL REY. – Desde que quedé viudo paso meses sin probar el agua. ¿Qué se dice por aquí de la guerra?
AMA MODESTA. – La gente huye, que se acaba el pan…
EL REY. – Aún puedo llegar a ser el señor rey de los fugitivos. ¡Lástima que haya perdido la mitra y que me hayan robado el caballo! Ni un rey puede vivir en paz en tiempos como éstos. ¡No tengo mujer, ni hijos, ni casa cubierta, y la bolsa vacía! ¿Quién anda por ahí arriba?
AMA MODESTA. – Es mi señora, la condesa soberana, que baja a saludarlo.
EL REY. – ¡Que haga las reverencias, Correo! ¡Yo estoy dos grados más alto en el protocolo bizantino, y aún no decaí del todo!
Baja DOÑA INÉS. Como siempre, en la mano una flor.
DOÑA INÉS. – ¡Buenas noches al rey!
EL REY. – ¡Haz una reverencia, condesa!
DOÑA INÉS (haciendo dos reverencias de corte). – Alteza, sed bienvenidos al Paso de Valverde.
EL REY. – ¡Dame la mano, que te la voy a besar!
DOÑA INÉS. – En una mano traigo una rosa y en la otra un colibrí. ¡No puedo daros la mano!
EL REY. – Un colibrí. ¿ De qué color es?
DOÑA INÉS. – El colibrí de esta banda es escarlata, y sólo canta al irse el invierno, cuando desaparece la nieve y abren las fuentes.
EL REY. – Siento no verlo. Suelta ese pájaro y dame la mano. Eso sí, que no venga volando a posarse en mi solideo.
DOÑA INÉS (hace que suelta el pajarito famoso, y le ofrece su mano izquierda al REY). – Aquí tenéis la mano que me calentaba el colibrí. ¡Salió por la ventana a la noche! ¡Le gusta la luna nueva!
EL REY (acariciándole la mano). – ¡No te la calentó mucho el colibrí! Es la mano izquierda un tulipán. Hace once años que estoy viudo. Me casaron de siete con una de diecinueve que tenía capital. Los padres de uno piensan en todo. Era gorda, muy gorda. Cuando se murió, me di cuenta de que nunca supiera lo que es amor.
CORREO. – ¡Pues era una señora muy risueña, cantando ópera, y meneando el polisón como las de París!
EL REY. – ¡Lo mismo insinúas que fui cornudo!
CORREO. – ¡A los siete años, qué sabe uno de eso!
EL REY. – ¡Yo no quiero morirme sin saber lo que es amor! ¡Di en este tópico! Lo primero de todo es ponerme en dialogante de amor, aprender a suspirar. ¡Tiene que haber alguna delgada de precio! ¿Dónde está el Capitán?
AMA MODESTA. – ¿Uno de espada, con esclavina apuntada?
EL REY. – ¡El mismo!
AMA MODESTA. – Pasó al atardecer con unas mujeres. Dijo que volvería. Como me pareció un caballero principal, le di a beber por la copa con pie de plata.
DOÑA lNÉS (coge la copa y la mira a la luz del candelabro). – Tiene los labios delgados. ¡Dejaron la señal en la copa!
EL REY. – ¡Mujeres! Tienen un rey de presente y están buscando en una copa los labios de un capitán. ¡Es mi capitán, el que guarda mi real persona, un criado mandado, uno que está a sueldo! ¡Si no cobra no come! Todos los días, antes de que me duerma, me recita prosas de amor. Llegado el momento, quiero hacer una declaración floreada. Hoy tengo mucho sueño y queda dispensado. Correo, ¡quítame los ojos!
CORREO. – Sí, Alteza. ¡Son unas piedras muy hermosas! (Le quita los ojos y se los mete en la faldriquera.)
DOÑA lNÉS. – ¡Brillaban como esmeraldas de Indias! ¡Nunca ojos tan bellos me miraron con tanto asombro!
EL REY (muy galante). – ¡ Alondra, te miraron por mí! Los que tenía puestos ahora eran mis ojos de otoño, pero los tengo también de verano y de primavera. ¡Un rey no es un pordiosero! Mañana, señora mía, te he de recitar una prosa en el jardín, con los ojos de verano puestos. Y tú tienes que responderme con otra. ¡Piensa que hace once años que quedé viudo, y que desde entonces los asuntos de gobierno no me permitieron acercarme a una mujer.
DOÑA INÉS (graciosamente burlando). – ¡Me gustan los príncipes castos y valerosos! Amo la tronada y el relámpago, estando sola en el campo. ¡Un hombre es un viento loco o no es nada! Tú, rey, serás una hermosa tempestad.
EL REY. – ¡Si pones esa voz, no dormiré! ¡Ay, qué paloma! ¡Cálzame los borceguíes, por favor!
DOÑA INÉS. – ¡Lo que me place! (Se arrodilla y lo calza.) ¡Tus pies parecen dos halcones gemelos!
EL REY. – ¡Ah, unos pies nobles, los pies de un rey militar! Me pusiste los borceguíes cambiados, el del pie derecho en el izquierdo y el del izquierdo en el derecho. ¡Deja, no los toques! ¡Tomo esto como una misteriosa señal galante!
Mientras DOÑA lNÉS calzaba al rey, entró el CAPITÁN, que se quedó en la puerta.
CAPITÁN. – ¡Misterioso amor, madeja nunca devanada!
EL REY. – Capitán, ¿por dónde anduviste? ¡Me iba a acostar sin ti!
DOÑA INÉS. – ¡Misteriosos encuentros en la noche, cuando va a ponerse la luna!
CAPITÁN. – ¡Encuentros de pájaros en las tinieblas!
EL REY. – ¡Ese saludo no me lo enseñaste!
CAPITÁN (sin hacer caso al REY, siempre dirigiéndose a DOÑA INÉS). – ¡Encuentros de picos de aves, que se cambian cintas con nombres escritos!
DOÑA INÉS. – ¡Timidez de las palabras!
CAPITÁN. – ¡Largo silencio que morirá en un beso!
EL REY. – ¡A la orden, capitán! ¡Mañana hay que enseñarme ese punto!
CAPITÁN. – ¡Alteza, mañana daremos dos lecciones!
EL REY. – ¡Los años pasan, capitán! ¡No quiero morirme sin saber lo que es amor!
DOÑA INÉS. – ¡Nadie debería morir sin saber lo que es amor, capitán!
EL REY. – Necesito descansar.
AMA MODESTA. – ¡Hay una cama hecha en el segundo! Ahora mismo llevo los dos canecos.
EL REY. – Hoy no los preciso. Que me abaniquen con plumas la nuca mientras subo las escaleras.
AMA MODESTA. – Hay un abanico napolitano.
EL REY. – ¿ Está permitido, capitán?
CAPITÁN. – ¡Sí, Alteza, que estamos en guerra!
EL REY. – Me olvidaba. ¡Demonio de guerra! Buenas noches, señora mía. ¿Cómo os llamáis?
DOÑA INÉS. – Doña Inés.
EL REY. – En confianza, yo me llamo Segismundo. ¡Adiós!
DOÑA INÉS. – ¡Adiós, señor rey!
El CORREO guía al REY por las escaleras, y detrás va AMA MODESTA abanicando la nuca real.
DONA lNÉS. – ¡Encuentros en la noche cerrada, cuando todas las aves del mundo y la luna nueva se fueron! Cualquier palabra entonces se llena de luz y sube hasta las estrellas. (El CAPITÁN se apoya en el respaldo del sillón que había ocupado el REY, y mientras habla, DOÑA INÉS se va acercando, se sienta y apoya una mejilla en el revés de una mano del CAPITÁN.)
CAPITÁN. – Las estrellas siempre están a la escucha de las palabras de los amantes. ¿Qué es hablar un corazón? En los ríos hay piedras que cantan al pasar el agua. En los ríos hay peces de plata que van y vienen, callados peregrinos. ¿Quién habla, quién canta? ¿Cantan, acaso, las mariposas que vienen en la noche a la luz de la casa? ¿Dónde he cogido estas palabras que voy vertiendo con mi boca, chispas, sabrosura somnífera, plumón de alondra, pétalos de rosa que se desprenden por saber de dónde viene el viento?
DOÑA INÉS. – ¡Mi corazón es un vaso que derrama!
CAPITÁN. – ¡Esa es otra lección! Los corazones son vasos llenos de caliente jengibre. ¿Quién osará añadir la gota que los hará verter? ¿O no la hay? Mejor sería llenarlos con nuestros sueños, y beber un poco yo de lo tuyo y tú de lo mío. ¡Démonos los secretos pensamientos! ¿Puedo ver si en el agua de tu vaso navega un clavel? ¡ Miraré con mis labios calientes!
DOÑA INÉS. – ¡Labios finos, quizá crueles! Los adiviné en la copa en que has bebido. ¡Mira si te esperaba! ¿ Se conocerán en los míos?
CAPITÁN (incorporándose y apartándose). – Si mezclas las lecciones, no te puedo seguir. Estábamos en el párrafo segundo de la comparación de los corazones con vasos de finísimo cristal.
DOÑA INÉS (levantándose). – ¿ Mezclar lecciones? ¿ Párrafo segundo? ¿Qué dices?
CAPITÁN. – ¡Las lecciones del libro! Con esto de la guerra casi se me olvidó la mitad. No puedo decirlo salteado.
DOÑA INÉS. – ¿Qué libro?
CAPITÁN. – «El Conversador Feliz de Amor». Ya me dijo mi mujer que no me fuese sin el libro, que podría quizá ganar algún dinero escribiendo alguna carta de ausente. Pero, en tiempo de guerra, ¡quién pensaba! ¡Y me sale cada asunto!
DOÑA INÉS. – ¿Por el libro? ¿Cabe amor en las letras de un libro? ¡Vete! ¡Mentira todo! ¡Palabras escritas! ¡Por el libro, Dios! (Huye escaleras arriba, llorando.)
CAPITÁN. – ¿Y qué tiene de malo por el libro? ¡Se para donde uno quiere!
Telón
Este rey Segismundo fue uno de los reyes antiguos de los Ducados, y se daba de primo con Egisto, según anotaciones de Filón. Segismundo se perdió en la tempestad que sorprendió a un grupo de fugitivos bajando hacia el mar, por la sierra, y eso que lo llevaban en el medio, porque decía que estando ungido preservaba del rayo. Pasados años apareció un ciego en Micenas, tocando un triángulo de plata, que tenía tres voces, según grosor de lado, y cantaba acompañándose con él canciones pícaras. Pasaba hambre, y a todos preguntaba de qué lado caía su país, pero no se acordaba del nombre de éste. Y Filón, por hacerle honor al muerto mísero en exilio, no lo quiso poner en sus apuntes, y hace que los dos soldados que anuncian que llega a la torre no sepan decir si es su rey o no. Escrúpulos morales que no son frecuentes en autores de comedias.
En la misma Venta del Mantineo estaba de moza de tabla y aguamaniles una llamada Liria, y sabiendo el huésped que Eumón curioseaba en las historias de doña Inés, se la llevó al tracio, ofreciéndole que por el regalo de una falda bajera, la muchacha le contaría lo que pasó yendo ella acompañando el cadáver de un sastre dicho Rodolfito, que lo llevaban a enterrar a la aldea de su viuda, que tenía un nicho al lado de una ermita en la que se veneraba a san Procopio, patrón de los gallos tartamudos, y en el camino pidieron permiso a doña Inés para posar el ataúd en el jardín de la torre, mientras los llevadores almorzaban en una taberna. Eumón aceptó la propuesta del Mantineo, y la moza, que era bonita y aparentaba muy limpia, el pelo recogido y las orejas pequeñas, y ladeaba un poco los ojos, lo que le hacía mucha gracia, contó que salió doña Inés a la puerta, y al pedido de la viuda contestó que podían posar, y lo hicieron en un banco de piedra. La viuda, como las buenas formas lo piden, comenzó a hacer el llanto del difunto. Era una mujer pequeña y delgada, pero con un hermoso pelo, que lo derramaba por la espalda, por debajo del pañuelo de seda negro.
– ¡Ay, mi Rodolfito! ¡Ay, gentileza! ¡Ay, que no tuviste tiempo de gastar el sombrero que llevaste a la boda! ¡Ay, que no lo cansaban las manos en el azadón! ¡Ay, que lo sembrado por ti daba mil por uno, plantas lozanas!
Cuando cesó de llorar, explicó la viuda que su marido era sastre, pero que ella sólo sabía el planto que ha de hacerse a un marido labrador, y que lo importante, a lo que asintió doña Inés, era decirlo sentido. Acompañaban al sastre Rodolfito, además de su viuda, que era la legal, dos mozas, Alcántara y Liria, esta última la misma que contaba el suceso. Liria confesó que a ella le repugnaba el dolor de la viuda, porque sabía de buena fuente que hacía más de cinco años que el difunto no dormía con ella.
– Yo no me llevaba tampoco con Alcántara, que era otro de los amores del sastre, y discutiendo ambas con la viuda venimos a descubrir muchas cosas de nuestro Rodolfito, que yo se las tengo perdonado, y me pasmo de no haber sentido celos. Resultó que el sastre se ponía en la puerta de la tienda cuando Alcántara pasaba, y si tenía prendida en la solapa una aguja con hilo verde, era que quería tener un parrafeo en la alameda. Yo era la del hilo colorado, y cuando lo tenía en la aguja, yo tenía que salirle por detrás del palacio real. Para Alcántara se perfumaba con lima y para mí con orégano macho, en lo cual descubría cierta decencia y gentileza, pudiendo decir cada una que teníamos amores diferentes. En esto concordó doña Inés, que estaba muy atenta a nuestra conversación. Confesó la viuda que de novios, en las citas, Rodolfito la llamaba Endrina, Sevilla o Arabia, pero yo no le permití que me llamase de otra manera, como a él le gustaba, que podía existir la nombrada. A Alcántara, en cambio, le placía que le cambiase de nombre, y siempre llegaba a ella con una copla, poniendo en verso el nombre de una enamorada famosa. Alcántara decía que parecía como si lo trajese en el bigote, semejante a gotas de fresco rocío. «¡Te traigo -le decía- doña Galiana de Francia! ¡Pon la oreja en mi boca!» Y le cantaba aquello de «Galiana, donde va la manzana, tan temprana». Y Alcántara contó cómo le hacía cosquillas con el bigote rizado, y otras caricias, escandalizándose la viuda, que se santiguó de la rija del marido y de la liviandad de la moza.
– ¡Era un perrito, fuera el alma! -decía la viuda.
– Pero Alcántara retrucaba que ese era el mérito que tenía, y fue llegando a este punto cuando entró en el asunto doña Inés, que vimos que era un alma loca. Contaba Alcántara, y puedo repetir sin error sus palabras, porque eran las mismas que a mí me decía, salvo mudarme el nombre, que sentados ambos en la hierba, en el Campo de Armas, el sastre la abrazaba diciéndole:
«-Quisiera correr como agua por encima de ti, tomar tu forma, envolverte, mojarte, hervir en ti como en una caldera de hierro esmaltado. ¡Quisiera que no hubiese más noches en el mundo que ésta, más mujer en el mundo que ésta, más calentura que ésta, doña Inés del alma mía!»
Y fue en diciendo eso de doña Inés del alma mía cuando se sobresaltó la doña Inés condesa. Fuese hacia Alcántara y se interpuso entre ella y la caja del muerto. Me parece que la estoy viendo, desgarrándose el corpiño.
– ¿Doña Inés? -le preguntaba a Alcántara.
– Sí -respondió ésta-. ¡Cuando más me gozaba, más me llamaba doña Inés!
– Y entonces la señora, despeinándose, descalzándose, comenzó a gritar, a llorar y a suspirar, diciendo que aquello de doña Inés por ella era, que gastaba el nombre en otra no habiendo podido conseguirla. «¡Era por mí! ¡Este muerto es mío! ¡Éste era el que me amaba y me mandaba canciones por jilgueros!» Yo callaba, que conmigo Rodolfito estaba en paz, y además ya estaba apalabrada con un ganadero. Y doña Inés venga a arremeter contra Alcántara, y a decir que si ella le pedía a Rodolfito un ruiseñor que supiese llorar, Rodolfito se lo mandaba, y que ella, si quería, sería la dueña de las aves cantoras de toda la soledad del mundo. Y la viuda aprovechaba para decirle a la señora que si tan enamorada estaba de su marido, que bien podía poner los siete escudos que hacían falta para el entierro de primera, y aquí fue Troya, que doña Inés dijo que tenía que hablar a solas con el muerto, y que iba a hacerle un llanto cortés. Acariciando la caja, le hablaba a Rodolfito:
«-¡Recibí el ruiseñor que sabía llorar! ¡Ay, mi marquesito de amor, espuela reluciente, frasco de aroma, jinete del sol, viento del alba, libro de cien hojas! ¡Ay, palabritas de cera que yo ponía de molde con mi corazón en sus oídos! ¡Ay, manos tan besadas, cuando llegaba a caballo en la noche! ¡Ay, mariscal! ¡Ay, alfarero de mis sueños! ¡Ay, copas que se quebraron todas para siempre! ¡Ay, galán, galán, galán!»
– Todas nos echamos a llorar, que nunca oímos un llanto tan poético, y ella con las rubias trenzas deshechas poniendo besos en el ataúd. Yo pienso -terminó diciendo Liria- que algo tuvo que haber entre Rodolfito y la señora, y que todo aquello no podía ser solamente música de loca.
– ¿Y enterraron al sastre? -preguntó Eumón.
– Yo me quedé con mi ganadero, y al alba, cuando la señora princesa se quedó dormida, la viuda y Alcántara sacaron calladamente la caja, y el ama de llaves les dio para el entierro de primera.
– Por si resulta -les dijo- que era un señor conde disfrazado.
El último acto de la pieza de Filón el Mozo trataba de los últimos días de soledad y desespero de doña Inés, y se titulaba
Sucedía en el jardín de la torre del Paso de Valverde, en días de verano, cuando la guerra de los Ducados tocaba a su fin. Comienza el paso estando en el jardín AMA MODESTA y el MENDIGO.
AMA MODESTA. – ¿De qué te quejas? ¿No hay caridad en el mundo?
MENDIGO. – ¡Tengo asco de algún pan!
AMA MODESTA. – El pan, cualquier pan, es santo.
MENDIGO. – Desde que se revolvieron los Ducados, las gentes ricas les tienen miedo a los pobres, y dan más pan, pero escupen en él antes de darlo.
AMA MODESTA. – En todo este reino no hay quien escupa en el pan. Además, un gargajo no le llegará nunca al pan. ¡Sería el fin del mundo que le llegase!
MENDIGO. – ¡Si me trajeses una jarra de vino!
AMA MODESTA. – ¿Escupo en él?
MENDIGO. – ¡Aún estás de buen ver! ¡Igual te cuesta ese salivazo una noche agarrada!
AMA MODESTA. – ¡Eres muy pícaro! ¡Ni que fueses ciego!
(AMA MODESTA va a buscar el vino para el MENDIGO.)
Entra DOÑA INÉS. Viste de luto. Como siempre, una flor en la mano.
DOÑA INÉS. – ¿Por qué andas a pedir por puertas? ¿No eres un hombre fuerte y sano?
MENDIGO. – Pido para tener un motivo para andar. Si no tuviese que pedir por puertas, estaría lo más del día tumbado al sol, resoñando.
DOÑA INÉS. – ¿ Sueñas mucho?
MENDIGO. – Todos los días y a casi todas las horas. ¡No me cuesta nada! Y veo lo que sueño. Tanto, que algunas veces levanto la mano para tocar el sueño, que está muy cerca, de bulto.
DOÑA INÉS. – ¿Qué sueñas?
MENDIGO. – Que llego a Toledo, verbigracia, o a Damasco, y me saluda la Señoría, y me traen asados montados, y como en mesa de mantel. También sueño que ando vestido de paño merino.
DOÑA INÉS. – ¿Y con mujeres?
MENDIGO. – Sueño con dos.
DOÑA INÉS. – ¿Son dos de por aquí?
MENDIGO. – No, son dos que no hay. Son dos sobrinas. Vaya, les llamo sobrinas porque antes soñaba con una tía de ellas, que tampoco la hay. Sueño con la sobrina pequeña y con la mayor, que es morena. Ando con las dos a un tiempo, de galanteo, sin decidirme. Todo lo paso en charlas, hasta que me duermo.
DOÑA INÉS. – ¿Y qué más sueñas?
MENDIGO. – ¡No te rías! Sueño que me hacen rey.
DOÑA INÉS. – ¿Vestido de rey?
MENDIGO. – Sí, con sombrero con plumas, como Egisto, y me llevan en una silla cubierta por el condado, con una bota de vino colgada del techo.
DOÑA INÉS. – ¿Nunca has soñado conmigo? ¡Muchas veces me mirabas!
MENDIGO. – Un día en que estabas muy escotada, con una blusa verde, de codos en la ventana. Después, decías adiós a alguien con un pañuelo ¡No sé a quién despedías! Pero debía ser uno montado, y que iba con prisa, que poco después le ladraron los perros de las casas del vado.
DOÑA INÉS. – ¿No lo has visto salir?
MENDIGO. – No, solamente escuché los perros.
DOÑA INÉS. – ¡Lo viste salir!
MENDIGO. – ¡No vi a nadie! Te vi a ti, te contemplé desde debajo del tajo, y me eché a soñar, cubriéndome la cabeza con la chaqueta de pana. Era por mayo.
DOÑA INÉS. – ¡Era por mayo! Pasara toda la noche conmigo. ¡Mis besos lo tenían con la boca abierta! Apareció muerto en la selva, cuando fueron a cortar el roble bravo para las doblas de los yugos, en septiembre. Tenía una hoz clavada en el rostro, y el pecho desnudo comido del lobo.
MENDIGO. – ¿Lobo? Sería de una rata. En la selva hay ratas moriscas, el pelo ojo de perdiz, siempre hambrientas. Yo quería hacerme una bufanda con sus pieles, pero harían falta diez o doce.
Entra AMA MODESTA con la jarra de vino.
Dichos. AMA MODESTA
DOÑA INÉS. – ¡Fue él, ama Modesta! ¡Fue éste!
AMA MODESTA. – ¿Quién, madama?
DOÑA INÉS. – ¡El que mató!
MENDIGO. – ¡Tontería! ¡No mato las pulgas por no perder de dormir!
DOÑA INÉS. – ¡Al de Atenas! ¡Al que mandaba su retrato pintado en un vaso! ¡Al que apareció muerto en la selva!
AMA MODESTA. – ¡Nunca oí nada de ése!
DoÑA lNÉS. – ¿No oíste que me lo habían matado? ¿Quién me mata todos los amores? ¿Dónde se hacen sombra? ¿Cómo voy a poderme casar, agasajar un esposo querido, parir hijos, si me matan los amores no bien nacen? ¡No, parir hijos no! Se parecerían al padre, le quitarían el amor mío al padre. ¡El mío ha de ser un amor célebre, hasta morir, como en el teatro! ¿Cómo acostarme con el padre de mis hijos?
MENDIGO – ¡Eso es una vaguedad! A mí me da igual cualquiera de las dos sobrinas. La verdad es que la morena me salió algo más robusta.
AMA MODESTA. – ¡Nadie te mata los amores, prenda! ¡Hoy has dormido poco, reina mía!
DOÑA INÉS. – ¡Me los matan! Todos tienen celos, y yo siempre sola, un alfiler perdido en un suelo de arena. ¿Podía tener tanto amor yo sola? Todos los que pasan, todos, se enamoran de mí, todos me buscan en la noche. «¡Huimos de la guerra!», dicen. No hay guerra, no la hay. Inventan eso para estar a mi lado, para llorar en mis manos. (Se acerca al MENDIGO y le ofrece las manos.) ¡Bésame las manos! ¡No tengas miedo! (Retirándolas.) ¡No, no me las beses! ¡Tú matas, mataste, tienes sangre en los ojos!
AMA MODESTA. – ¡Siempre lo tuve por un hombre honrado!
MENDIGO. – Dejé mi casa por una vuelta de ánimo. Soy de los de la parada de los Ducados. ¡Pregunta por los de Onofre! El toro lucero todavía es mío.
DOÑA lNÉS. – ¿Un toro lucero? ¡No, no, no! Tiene que ser un hombre. Si mataste fue porque me amabas. ¿Te gusto? ¿Quieres que me desnude? ¡Cuida de mí, que no puedo con tanto soñar! ¡Algún día tiene que ser verdad, tiene que llegar la gran hora, la loca hora preciosa! ¡Dame una limosna! ¡Dame pan!
MENDIGO (sorprendido, revuelve en la bolsa que lleva al costado).- Esta corteza es de los ricos de Trizás. ¡Igual es de las salivadas!
DOÑA lNÉS. – ¡No me importa! ¡Dame una limosna! Te juro que no se la pediré a nadie más, que estaré toda la vida comiendo este pan a tus pies. (Se arrodilla a los pies del MENDIGO, se abraza a sus piernas.) ¡La comeré día a día, con los ojos alegres! ¡No te me vayas! ¡Por algo mataste!
MENDIGO. – ¡Una señora tan ilustre y tan ida!
AMA MODESTA. – ¡Una almita muerta de sed!
DOÑA INÉS. – ¡Átame a tus soñares con piedras del río, no me lleve el viento!
MENDIGO. – ¡Yo no me ato por nada! ¡ Ni por mil escudos de oro!
DOÑA INÉS. – ¡Yo me ato para no morir!
AMA MODESTA. – ¡No durmió nada mi reina! ¡Nunca duerme nada!
DOÑA INÉS. – ¡Para no morir, bien mío!
MENDIGO. – ¡En las casas de los pobres, te dan o no te dan, pero no hay estas farras!
El tracio Eumón dio fin a la lectura de la pieza de Filón el Mozo, y compadeció a aquella princesa doña Inés, y quitándose el estuche de madera de la pierna infantil vio que ya estaba casi a su tamaño natural. Se dijo que era una pena el no haberse enterado antes de aquellos apetitos de amor de la soberana condesa, y como que él ya iba advertido por la literatura de Filón, que saldría muy bien del paso si decidiese hacer algún día una visita a doña Inés. Si la visita tuviese lugar, le mandaría por escrito el resultado al dramaturgo, para que añadiese un cuadro a su pieza. Pero el tracio se temió a sí mismo, que se consideraba sentimental, y pudiese ser doña Inés la sirena del río que lo retuviese en aquel vado para siempre.
Eumón llamó a grandes voces a sus ayudantes de pompa, y dispuso salir para su reino lejano. Y cuando montaba en su bayo, se volvió para contemplar la oscura torre de doña Inés, que nadie creería, piedras tan negras y espesas hiedras, que fuese el estuche de una corza rubia, coronada de rosas.