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En el Indice Onomástico final han sido omitidos el rey Agamenón, doña Clitemnestra, las infantas Electra e Ifigenia y don Orestes, así como la Nodriza de Clitemnestra, cuyos retratos van aquí por separado, y en orden alfabético, según noticias tomadas a la vez de la Historia Antigua, de la tragedia, de las divulgaciones modernas, de los rumores de Argos, del obispo Fenelón, y de las memorias abreviadas de los alejandrinos, amén de Ateneo y Pausanias, y de otros.
AGAMENÓN. – Lo que se sabe del regreso del gran Agamenón es poca cosa. El noble rey, envejecido en las lejanas batallas, decía a sus soldados que había llegado para él la hora del retiro, y que añoraba su ciudad y las soleadas murallas, y que los más de los días que le quedaban de vida los gastaría en pasear por el campo, en compañía de su amada Clitemnestra, y en conversar con los embajadores extranjeros, excepto los martes, que los dedicaría a enseñarle a su hijo Orestes arte política. De las hijas no solía hablar, y confiaba en casarlas pronto con hidalgos adinerados. Cuando pisó tierra argólida al cabo de los tantos años de ausencia, reconoció en el aire un frescor perfumado que más de una vez, durmiendo en su tienda de piel, lo había despertado, como si por un roto entrase una corriente de aire a golpearle la frente. Ahora recordaba que esto sucedía cuando soñaba con los veranos de su país natal, del que no tenía más noticias que aquel soplo aromático. Ancladas las naves en la ribera, Agamenón decidió viajar lentamente hacia su ciudad.
– Vamos -le dijo a su caballo Eolo- a dividir el viaje en cinco jornadas, y avanzaremos solos, el séquito una legua más atrás. Saldremos mañana, a hora de alba.
A lo que el caballo asintió, confiando en que tras dormir una noche en tierra firme le habría pasado el mareo que no lo había abandonado durante todo el viaje, atado a un mástil en la cubierta de la nave de su amo. Lo que hizo que el piloto, recordando la «Odisea», lo comparase con Ulises, curioso de escuchar el canto triste y turbador de las sirenas. Eolo era el primer caballo de su familia que hubiese navegado, de lo que se sentía orgulloso, lamentando no poder enviar a sus parientes noticia de aquel ilustre viaje. Se tumbó Eolo a dormir en la serena noche otoñal, al arrimo de un roble. Ya había hojas secas en la hierba, que crujían bajo su panza, y levantando la cabeza podía ver a Agamenón sentado en el revés de su escudo de cuero, el casco sobre las rodillas, la blanca y larga cabellera al viento, contemplando la salida del creciente sobre las redondas colinas. El rey había cumplido los cincuenta, y graves arrugas surcaban su rostro. Eolo recordaba el día en que, potro a medio domar, fue presentado a Agamenón. El rey se dirigió a él, lo miró amistosamente, como si lo hubiese conocido de toda la vida, y sin más, lo montó a pelo. Eolo no se atrevió a encabritarse, protestando como solía de que le echasen encima a un jinete, y se dejó llevar por el campo, en un trote corto primero, y después en un galope alegre, en el que conoció la dureza de las rodillas reales. Al apearse, Agamenón le palmeó el cuello y el pecho, le miró la dentadura, le dio con el puño cerrado en los belfos, y desde entonces se hicieron amigos. Eolo no entendía el lenguaje del rey cuando éste hablaba con los otros aqueos, pero si estando solos el coronado se dirigía a él, el caballo comprendía las palabras regias, y quedándose el rey como ensoñando a su lado, antes de la batalla o de correr la liebre, apoyado con el codo en la silla, entonces Eolo llegaba a leer en la mente real los más secretos pensamientos. Agamenón, según Eolo, nunca tuvo la menor duda acerca de la fidelidad de Clitemnestra, y en gran parte porque en el matrimonio la había encontrado blanda, y muy distraída en la cama. Con lo cual, si otras cosas no lo probasen, puede creerse que el rey fue descuidado a la trampa mortal. En aquel último viaje, a Agamenón le gustó no ser reconocido en las posadas, y se hacía pasar por un noble señor bizantino, que viajaba por encontrar faisanes machos con los que mejorar sus bosques de Oriente. Era tan grande la emoción que sentía al recobrar la tierra natal -eso que esta emoción todavía no se usaba ni entre los griegos más sentimentales-, que agolpándosele en la memoria los sucesos de la infancia y de la mocedad, los mezclaba todos, y contaba un paso de cuando niño y lo injertaba en otro de hombre, y acababa riendo y diciéndole a Eolo que lo revivía todo a un tiempo, como si le anduvieran volando por la memoria retratos suyos, cada uno de diferente edad.
– Todas son flores en el campo de mis recuerdos, Eolo! -dijo el rey.
Cuando llegaron, anocheciendo y bajo una tibia llovizna, a la vista de la ciudad, Agamenón se apeó de Eolo y se descubrió. Había imaginado muchas veces aquella llegada, y la había soñado así, callada, sin trompetas ni salvas, regresando a su casa como si solamente hubiese faltado de ella una hora, y habiendo dejado los arreos militares en el rellano de la escalera, junto al astillero, entrar silenciosamente en el salón donde las infantas bordaban clavellinas en el blanco lino, Clitemnestra dormitaba acariciando el gato y escuchando una música lejana, y Orestes estudiaba en el mapa un viaje por mar, hacia poniente. Agamenón caminó hacia la ciudad con el sombrero negro en la mano diestra, y no se fijaba que con la gran pluma roja, sujeta con hebilla de oro en el ala, barría las hojas secas de los abedules, caídas al suelo. Eolo se estremeció con un terrible presentimiento: a la luz vespertina parecía que el rey fuese derramando sangre por el brazo de la espada. Silbó Agamenón por si lo atendían sus perros favoritos -¿vivirían todavía?-, y el silbido se perdió en el silencio serotino. Eolo relinchó, por ver si alertaba a algún perro, aunque no fuesen los del rey, imaginando que a Agamenón en aquel momento le gustaría escuchar un ladrido. Cuando llegaron a la puerta de palacio, Agamenón, con la llave que llevaba colgada del cuello con una cadena de hierro, abrió el portillo, y buscando en la hornacina de la pared halló el eslabón y el pedernal y las pajuelas rezumando resina. Las encendió, y con ellas las grandes antorchas que, en aros de hierros, se sostenían contra el muro. Las sombras del rey crecieron, y llenaron todo el portal. La cabeza de la sombra real golpeaba contra las bóvedas. Eolo asomó la cabeza por el portillo, no queriendo perder aquellos hermosos momentos de la vida de su amo, pero no queriendo tampoco estorbar con su presencia, que a lo mejor Agamenón recordaba, en aquel instante, otras llegadas suyas en otro caballo, para él muy querido, y ahora difunto. Agamenón se quitó la coraza, colgó la espada en una de las alcayatas del astillero, y se sentó en las escaleras. Quería entrar descalzo en el hogar, como cumpliendo un rito purificador. En las sandalias quedaba el polvo de otras patrias, y de los caminos. Y estaba descalzándose, cuando un rayo en forma de espada -o una espada en forma de rayo-, seguido de una sombra sudorosa cuyo hedor llegó hasta las narices de Eolo, se abatió sobre él. Eolo no vio más, que espantándose huyó en la noche. Nunca se volvió a saber de él. Los griegos, que son tan fabuladores, dijeron que se había convertido en viento vagabundo. Agamenón murió. Herido, se incorporó y cayó, y su cabeza golpeó siete veces contra la piedra del escalón, pues siete veces, mientras se le iba la vida, quiso incorporarse para ver quién era aquel, que en la casa propia, al fin de los años pisado el amado umbral, le daba muerte. Las antorchas se inclinaron sobre él, y su espada se soltó de donde la sostenía el ancho cinturón, y cayó sobre el rey. Sobre el pecho del rey. Se había levantado viento. Unos perros ladraron cuando el rey ya no podía escucharlos.
CLITEMNESTRA, DOÑA. – De sangre real, y divinal -lo que probaba con una plumilla como de paloma que le había nacido en la rabadilla-, fue casada niña con el rey Agamenón, famoso en el campo de Troya. Su mayor gracia era la blancura de su piel, y siempre fue aficionada a vestirse de azul. Vivió al lado de Agamenón, su marido, años dichosos, comiendo bizcocho con miel y bebiendo sangría, con la única molestia de que el rey era muy viril e incontinente, y la despertaba por las noches dándole fuertes palmadas en las nalgas. Cuando el rey se fue a la guerra con sus siete naves, Clitemnestra quedó con sus tres hijos en el palacio, servida por cien esclavas, y lo más del día lo pasaba preguntando noticias del ausente, mandando sacar agüeros, y escuchando lecturas sosegantes inglesas, que le hacía el enano Solotetes. Pasaron los años, mermaron las rentas reales con los disturbios democráticos y los mayordomos ladrones, no llegaban noticias de Agamenón, y los augures no daban respuestas concordantes. Por la Hélade Firme y por algunas islas se había corrido la noticia de que Agamenón había dado muerte a su hija Ifigenia para firmar perpetua amistad con los dioses y un regreso victorioso, las arcas llenas de oro y plata, lo que con testimonios que figuran en la primera parte de este texto se demuestra ser falsedad, ya que Ifigenia vivía oculta en una torre del palacio, perpetuamente joven, asegurando con esta insólita mocedad virginal el paso de la tragedia de Filón el Mozo que se refiere al regreso de Orestes vengador, que ella recibiría la primera, por anuncio de voces secretas en la noche, encendiendo las luces. El hijo Orestes y la hija Electra emigraron cuando tuvieron la certeza de que su madre Clitemnestra se desmayara en los brazos de Egisto. El joven Orestes, antes de montar a caballo, escupió contra la puerta de palacio y degolló el lebrel preferido del amante, anunciando así su oposición al concubinato. Egisto había entrado en palacio, poniendo así fin con este trabajo a una larga mocedad en perpetuas vacaciones, para que los caballos, los halcones y los perros de Agamenón no olvidaran a su amo en la larga ausencia. Egisto, que aunque pequeño era fornido, se ponía un casco redondo, en el que cabía dentro muy sentado Solotetes, y aumentada así su estatura, calada la visera, cargando de talones al andar, el enano desde su asiento imitaba la voz del rey, y Egisto paseaba entre los caballos hablando de hipódromos, o llamando por sus nombres a los labradores -todo por la voz de Solotetes-, que acudían meneando la cola. La segunda vez que Egisto vino a ella, Clitemnestra quiso negarse, por temor a que el marido adelantase el regreso, pero no pudo, que se echó a reír al ver al pretendiente en camisón bordado, con una palangana micénica en una mano y una palmatoria en la otra, la toalla doblada en la cabeza, como si al uso de los burgueses argólidos actuase de recién casado en la primera noche. Clitemnestra, hay que decirlo, se consideraba viuda, muerto Agamenón en lejanas colinas fatales, y no tuvo inconveniente alguno en que Egisto se pusiese por rey interino, aunque según los peritos tal forma no constaba en ninguna de las constituciones de los griegos, y nada dice de ella la «Política» de Aristóteles. Después del regreso y muerte de Agamenón, y ya viuda legalizada, se celebró en palacio una boda privada para tranquilizar la conciencia de la reina. Clitemnestra, bobalicona y sensible, no comprendía cómo le daban a ella aquellos sustos, y por qué su hijo Orestes iba a aparecer una noche de truenos a dar muerte a su Egisto, y que mejor hubiese sido que el infante permaneciera en la casa, cobrando las rentas, guardando las ovejas, ayudando a mantener el gobierno real, y casándose con una rica que sacase a aquella familia de aprietos. Clitemnestra con lo que mejor soñaba, recostada en su sillón, era con cisnes blancos y con bolas de cristal, de colores. Siempre tenía frío en la espalda, y a hora de alba despertaba y le rogaba a Egisto que se arrimase a ella por la espalda y la calentase. Se dormía, y dos horas después despertaba, sudada y contenta, y corría a hacer el desayuno. Envejeció lentamente, escondida en aquel enorme caserón, cuyos muros se agrietaban y cuyas tejas rotas las volaba el viento. Llovía dentro como afuera, y los reyes tuvieron que refugiarse en una celda de la bóveda baja que había servido de depósito de carteristas de feria. Todos los criados se habían ido. Ya nadie regalaba nada. Clitemnestra dormitaba y se bababa. Egisto traía flores y se las prendía en el pelo. La reina fue quedándose ciega, y recordando a las cien esclavas de antaño, las llamaba por sus nombres, imperiosa, y entonces Egisto, que había aprendido de Solotetes rudimentos de imitación de voz humana, respondía que iba a lo mandado. Clitemnestra advertía que no le pisasen la cola del manto, y volvía a dormitar, los pies envueltos en una piel de macho cabrío. Y así iban los días, pasando, pasando. Guiado por el pinche de la taberna de la plaza, que cuando Egisto tenía alguna moneda les traía algo de pichón y de vino, apareció una vez un germánico que había inventado una batidora de espiral para hacer manteca, y pedía permiso, mediante pago, para poner a la reina Clitemnestra en unos grandes carteles en toda tierra de vacuno, diciendo que aquel artefacto era el alemán legítimo y el preferido de las Majestades. Tomó un perfil de Clitemnestra, la cual le pidió que si el cartel era de colores la vistiese de azul, a lo que accedió el alemán muy fino. Pagó una onza por los derechos. Clitemnestra pidió a cuenta de ella vino dulce y una docena de pastillas de jabón de olor, le regaló unos calcetines a Egisto, y escondió la vuelta debajo de un azulejo, tan bien que nunca más la encontró. De aquí nació la leyenda del tesoro de Clitemnestra. Vieja, arrugadita, encorvada, fue perdiendo el sueño, y pasaba las noches en vela, a la escucha, por si se oían espuelas en los pasillos. Ella se metía en la cama, a lo largo, pero Egisto se acostaba atravesado, vestido, con la corona sujeta a la cabeza con un cordón, y abrazado a los pies de Clitemnestra.
ELECTRA. – Hermana mayor de Orestes. Huyó con el infante por el asco de ver a Egisto en la cama de la madre. Era pequeña y morena, y llevaba al cuello, colgada de una cadena de bronce que figuraba en los anillos coronas reales y cabezas de toro, una cajita de plata en la que guardaba unas hilas empapadas en sangre de Agamenón, que le había dado el de pompas fúnebres que se hizo cargo del cadáver de su padre. Hay autores que aseguran que la vehemencia que ponía Electra en que la venganza había de ser cumplida en Egisto, nacía de que la infanta se había enamorado del amante de su madre, viéndolo siempre tan lucido de polainas, peinado de flequillo y mandando a cada paso a comprar pasteles de hojaldre, contando los chismes de la aristocracia y de un viaje que había hecho a Sicilia, donde lo confundieron con un príncipe secreto que esperaban para levantarse contra los Altavilla de Aragón, y lo querían poner a él de tirano, diciendo cuándo había que vendimiar y si el eclipse era fasto o nefasto, y sentado sobre un cajón con reliquias de los primeros mártires, calzados unos guantes bordados, que esos los había traído de la aventura y no entraban en ellos sus anchas manos, pero sí le venían justos a Electra, a quien Egisto se los regaló. Otros decían que Electra andaba despechada, porque era ella la hija que había de quedar en palacio, perpetuamente moza, esperando la llegada de Orestes, en vez de Ifigenia, y quería pronta venganza para que Ifigenia se pusiese a envejecer, como a ella le sucedía. Y aun parecía que el que Ifigenia no envejeciese, que era el precio de las súbitas arrugas que a Electra le surgían en la frente y en las comisuras de labios, e imaginaba que envejeciendo Ifigenia, ella remozaría, y volvería a la suave piel de los quince años, a los pechos levantados y tan redondos, a la cintura estrecha, al vientre plano y a los delgados tobillos. Cuando los parientes griegos de los infantes de Argos, Orestes y Electra -y eran veintidós, según las genealogías alejandrinas-, se cansaron de tenerlos de huéspedes, como Orestes había de estar todo el día manteniéndose en forma, entrenándose en el picadero y en la sala de armas, Electra hubo de ganar el sustento de ambos y se colocó en Tebas en casa de un fundidor de dientes de oro, cuya mujer se había vuelto loca en el teatro, y tenía tres niños pequeños, a los que Electra lavaba y peinaba y enseñaba a leer, amén de ayudar a meter la loca en una barrica con tapa de rosca, mediada de vino tinto caliente, cuando se ponía frenética. El fundidor, que tenía la casa, por el humo de los hornillos, fuera de puertas, daba a ambos hermanos comida y cama. Por entonces se supo que Electra, quedando ella de prenda sin desplazamiento, había convencido al fundidor de que le entregase a Orestes un oro que tenía para hacerle una dentadura completa al caballo favorito de un rico señor dálmata que negociaba en aceites aromáticos, y habiendo muerto el caballo de inanición, estaba el oro en la caja fuerte, en espera de nuevas órdenes; con ese oro Orestes salió para cumplir la venganza. Electra se tumbó en el camino y obligó a Orestes a que su caballo la pisase al pasar, lo que el noble bruto hizo con el casco izquierdo en la nuca, como si tuviese el sentido de los ritos antiguos. Los más opinan que la propia Electra no volvió a tener noticias de él. Las últimas que de la infanta llegaron a Filón el Mozo fueron que Electra seguía en Tebas, con el cabello suelto, cada vez con más arrugas, y descuidada en el vestir. Le había dado por hablarse a sí misma durante todo el día, y aun en sueños, en voz alta, contándose lo que imaginaba que estaría haciendo Orestes, por dónde andaría, quién le afilaría las espadas, la capa del caballo o el nombre de la nave, qué almorzaba, el color de la capa, y hasta con qué mujeres andaría, y fue suerte este parloteo, que la loca, escuchándola, se distraía de sus manías y terrores, y andaba sumisa detrás de Electra, y anhelante, como el lector de novelas por entregas que se quedó estupefacto en el «Se continuará», y espera el nuevo cuaderno para saber en qué paró aquella caída de la carroza en el abismo, o si el raptor de la niña no fue descubierto y la vendió a unos gitanos. Corrieron entonces rumores de que Electra y el fundidor se entendían, en parte porque a éste lo rechazaba la mujer loca, y en parte porque la infanta quería dinero para enviárselo a Orestes si éste lo mandaba pedir por un criado de confianza. Pero también se dijo que ella no había tenido otro amante que el propio hermano, y eso con engaños, fingiéndose Electra en el pasillo, a oscuras, ser una criada de planchado que había en la casa, y no por calores que Electra tuviese, y en ramo de príncipes no había cerca más que el hermano, sino por haber hijo y darse así una espada de repuesto, en el caso de que fallase Orestes la venganza. Pero Filón el Mozo, que es la autoridad a quien hay que seguir en el personaje Electra, escribió una escena en la que pretendía dejar al descubierto el motivo de haberse metido la infanta en la cama de Orestes, y fue para, llegada el alba, descubrirse y decirle que aquel pecado era uno más a sumar en la cuenta de Egisto, culpable de que ellos anduviesen por el mundo sin casa ni ley. El final de Electra se ignora, aunque lo más probable es que no haya salido de Tebas, de la casa del fundidor de dientes de oro, quien le estaba muy agradecido por haberle apaciguado la loca, la cual había engordado, se pintaba los ojos y se vestía de lujo. Aunque el fundidor no sabía que aquel adobarse de su mujer, y ponerse galana en el patio, debajo del naranjo, con el traje escotado y los zapatos esmirnos, que dejan ver el meñique pintado de rosa, era por si volvía Orestes, del que se había enamorado locamente por lo que de él había oído a Electra.
IFIGENIA. – Después de la muerte de Agamenón a su regreso de Troya, y por supuestas invocaciones y augurios ciertos, se consideró que era indispensable para el cumplimiento de la venganza de la infanta se conservase en la dulce belleza de sus dieciséis años, con el cabello recogido en dos trenzas y la redonda pantorrilla realzada por el zapato de medio tacón. Así como Electra era pequeña y morena, Ifigenia era alta y rubia, y en la blanca piel salía a su madre. Temiendo que a la niña le llegasen correos secretos de Orestes anunciando la arribada silenciosa del vengador, Egisto la tenía encerrada en alta torre sin puertas, de la que se entraba y salía por un ascensor de roldana chirriante, adosado al exterior, y obra de un arquitecto boloñés. Ifigenia vivía con su antigua nodriza y un gato de Angora, sordo como suelen los más de éstos que son de ojos azules, mirándose en los espejos, y le dio por no visitar a su madre y por pasar horas enteras recortando en forma de corazón papeles de colores e imaginando viajes de novios, con novios que no había, y pues no sabía geografía, por países que tampoco. Y papeles tuvo para recortar porque un soldado que la había visto una mañana en los baños, antes del encierro, y le había gustado la mozuela, soltaba veletas, y aprovechaba los vientos, y cuando la veleta estaba a pique sobre la torre, disparaba su carabina contra la caña de amarre, y la veleta, como paloma cortada en dos en su vuelo, caía en la terraza almenada. El soldado se licenció, y la infanta tuvo que contentarse con recortar, haciéndolos cada vez más pequeños, los propios corazones azules, verdes, rojos, amarillos… Egisto explicaba el encierro de Ifigenia con un sueño que había tenido, que aparecía Electra con unas uñas enormes y desgarraba el rostro de su hermana, y se llevaba su mano derecha para llamador de una puerta, decía Electra huyendo. Y Egisto aseguraba que salvaba a Ifigenia de las iras de la terrible Electra. Con el paso de los años, Ifigenia se iba haciendo luminosa, y bajo la transparente y blanquísima piel se adivinaban los delicados huesos. El pelo, bajo el peine, sonaba musical, como dicen que suele hacerlo el de las sirenas. Una tarde de invierno, cuando estaban en la
cocina calentando agua para la colada, le dio un ataque a la nodriza, tal que cayó con la boca abierta. Ifigenia tocó la campana de alarma, y vino Egisto con dos criados, que por entonces todavía tenía servicio, y disponiendo el entierro de la nodriza, le rogó a Ifigenia, la cual se había escondido en un armario, que se mostrase, que quería rogarle que se decidiese a pasar una semana de descanso en la cama de su madre, y que él dormiría en el trono, mientras no le buscaban un ama de llaves. Ifigenia dijo que no salía, que no quería que la viesen sin lutos, y que no precisaba de compañía. Egisto y Clitemnestra, como del esfuerzo que hizo el esclavo que manejaba el ascensor al bajar el ataúd con la nodriza dentro se le estranguló una hernia y murió, no podían, que no hallaban sustituto, pasar a consolar a Ifigenia, y poco a poco se fueron olvidando de ella, y debía encontrarse bien, se decían si la nombraban, que no tocaba la campana. Ifigenia quedó sola en la torre -el gato escapó al cementerio y se echó a morir encima de la sepultura de la nodriza-, figura primaveral, alas doradas por sombra, rosa que no sabía marchitarse. No comía ni bebía. Paseaba por las salas polvorientas y oscuras. Se había acabado el gas para los quinqués y se habían consumido todas las velas. Ifigenia se sentaba en la cocina, junto al hogar, pero ya no había nada con que hacer fuego. Orestes no venía y ella no envejecía. Se consolaba con la amistad que creía que le tenían los espejos, pero los espejos de la sala, grandes ojos redondos en las paredes, la devoraban. Filón el Mozo le explicó a Eumón el tracio que Ifigenia solamente se alimentaba de aire y de sueño, y que los espejos, viéndose perecer en la penumbra de la sala, vampiros al fin, acordaron devorar a la infanta, que ya no era más que una sonrisa como un rayo de luz. Pero no podían devorarla mientras Orestes viviese, porque Ifigenia tenía que estar encendiendo las luces en la escena de la venganza, ella, la más bella de las luces. Pero aprovechándose los espejos de un rumor que corrió del naufragio de la nave en que viajaba Orestes, y por ende de la muerte de éste, se hicieron con el cuerpo de la niña un velo que sólo ondeaba de aquí para allá, y sorbieron aquella que iba a ser para ellos una suave claridad matinal, y la resurrección. Pero la torre se llenó de ratas, y eso fue todo, ratas, ratas, ratas, lo que los espejos contemplaron hasta que las telas de arañas los cubrieron, y su azogue se pudrió, como si después de muerta Ifigenia, se hubiese convertido en carne humana. (Hay otras opiniones: que la raptó el soldado de las veletas; que aprovechó para huir el ataúd que debía llevar el cuerpo de la nodriza solamente, y llevó el suyo también; que la mandó matar con veneno en malvasía de Chipre su hermana Electra, y que aquella pupila griega, que no daba la edad, se llamaba Amarilis y murió de un vómito después de pasar la noche con un boyero en casa de la Malena, era ella, saliendo en busca de Orestes, y necesitaba de dinero para el pasaje. Pero el autor está por la versión de los espejos, y gusta de imaginarse a aquella dulzura casi infantil caminando sin tocar el suelo, mientras las ratas se esconden, y los enormes, sucios, leprosos espejos se conciertan en la sombra.)
NODRIZA, LA. – La nodriza de Clitemnestra se llamaba Oretana, y decía que era de una familia de tejedores hespéridos, habiendo huido de su país por vergüenza, que bailando por broma en plenilunio, en compañía de otras mozas -y allá se llevan los pechos sin ceñidor, y la falda corta abre por el lado derecho hasta la cadera-; digo que bailando con un muñeco de mimbre cada una, al que habían puesto sombrero y calzas, sin saber cómo, ella de aquel baile salió preñada. Le echaron sus íntimas la culpa a las bragas, que eran de un cartero que pasaba por mujeriego. Salió Oretana, repito, del país, y fue a parir a un bosque cerca de Sicilia, y lo que dio a luz fue una especie de cestillo redondo, con asa rizada. No sabiendo qué hacer con él, lo dejó en una iglesia de bernardinas, colgado junto a la pila del agua bendita, porque ella no se había atrevido a bautizar a aquel extraño fruto de su vientre, y pensó que la gente que entraba en el templo, al santiguarse salpicaría al engendro, y aunque de tan oculto e imperfecto modo, pasaba el niño, por llamarlo así, a cristiano. Se llenó Oretana de leche, y estaba en la plaza de Tarento esperando clientes, que era un año de sequía y las vacas no daban, cuando apareció un pregonero con trompeta, solicitando ama de cría para una infanta de Grecia. Oretana se ofreció, y el pregonero venía acompañado de un criador persa de gatos sordos, gran catador de leche por exigencia de su oficio, el cual halló perfecta la de la hespérida, con el tanto de grasa pedido. Y así fue como Oretana pasó a ser nodriza de Clitemnestra. Cuando llegó la era de casar la niña, Oretana, que le había tomado amor a la infanta, dijo que prefería un elegante rico que entendiese de hebillas y pasease en carroza, y se disgustó cuando Clitemnestra fue dada a Agamenón, aunque era rey, porque lo tuvo por bárbaro, cazador que olía a perros, y siempre diciendo que atravesaba a dos escitas con su espada larga, que no había virgos y que el hombre no toleraba la charla de las mujeres. Oretana favoreció lo que pudo los amores de Egisto con la reina, y le echaba a éste cantáridas en el desayuno, y cuando Agamenón halló la muerte a manos del usurpador, la nodriza se vengó del rey, llamándole cabrón desde lo más alto de las escaleras.
ORESTES. – Además de lo que se dice en la tercera parte de este libro de los viajes, amistades, dudas y secretos pensamientos de Orestes, conviene explicar el final de la gran aventura, según los testimonios más veraces. Orestes llegó a la ciudad donde había reinado y sido muerto su padre Agamenón, en lo más crudo del invierno, un día de aguanieve, y anocheciendo. Sabía que tenía que apartar la cabeza para no tropezar con el farol que colgaba en la bóveda de la puerta del Palomar, por si había espía esperando desconocido, que no lo tomase por tal. Detuvo su caballo, y contempló aquellos lugares, que siendo los de su niñez y sus juegos, no reconoció. La ciudad había perdido parte de sus murallas, y donde fue la puerta del Palomar, que daba entrada a la Plaza Real, había ahora una ancha alameda, a la que se descendía desde la plaza por seis anchos escalones. El palacio real había sido derruido, y solamente quedaba en pie la torre, que a propuesta de varios eruditos locales y del dramaturgo Filón el Mozo -que a los sesenta años cumplidos firmaba Filón ll-, el Senado había acordado que se llamase Torre de Ifigenia. A la torre octogonal de oscuras piedras, torre sin puertas y con la hiedra trepando hasta las puntiagudas almenas, la rodeaba verde césped, y
solamente un rosal, que daba en el verano hermosas rosas rojas, había sido plantado allí. En el momento de la llegada de Orestes, el viento se llevaba una, la última, que había esperado a los finales días otoñales para brotar. Habiéndose apeado Orestes del caballo, y llevándolo de la brida, caminó despacio a lo largo de la alameda, buscando entrar por detrás de la basílica a la calle de Postas, cuya tercera casa a mano derecha era la del augur Celedonio. Orestes la recordaba muy bien, porque había ido allí a buscar, de parte de su padre, los augurios que el rey había mandado sacar para saber si el príncipe Orestes, que cumplía siete años, podía comenzar los estudios de cetrería e ir a clase con un halcón encaperuzado en el guante. A Orestes no se le había olvidado el recibimiento que le había hecho Celedonio, vestido de blanco, con un paño negro por la cabeza, y mostrándole en una bandeja de plata las entrañas de una liebre cazada por el gerifalte del rey, y con un palito adornado con unos hilos amarillos, señalándole un punto extremo favorable, que indicaba que al príncipe se le daría muy bien la altanería. Orestes, de regreso a palacio con la bandeja en las manos, fue aplaudido por la gente que lo reconoció. Toda aquella noche había soñado con azores, que lo rodeaban obligándole a ponerse una caperuza de cuero. No encontraba la casa del augur, ni tampoco la del diestro Quirino, que se anunciaba con una muestra de espadas de latón colgadas de una rama de fresno sin desbastar, y que el viento hacía entrechocar ruidosamente. Un cerero embufandado ponía las tablas de su escaparate, cerrando el negocio, y Orestes se le acercó, preguntándole si aquella era la calle de Postas, como él creía, y si no estaban por allí las casas del augur Celedonio y del diestro Quirino. Orestes se había quitado la boina, saludando, y mostraba la espesa y brillante cabellera blanca. El cerero, que respondía al saludo quitándose un bonete de pana con orejeras, se hizo repetir la pregunta, y mirando con curiosidad la ropa anticuada del forastero y su larga espada, le contestó que Celedonio había emigrado hacía años para un país que no recordaba, y en el que todavía se usaban augurios, y que había regresado, enfermo y con una pelada que le había borrado la barba, ganándose después malamente la vida con adivinanzas y suertes sobre partos de vaca o pedrisco que echaba a los labriegos, y vendiendo letras secretas contra el malojo, y que un día apareció muerto. Y en lo que se refiere al diestro Quirino, ese había tenido que marcharse de la calle, porque la viuda de un senador, que todavía estaba muy lozana y daba muchas recomendaciones para los burócratas, entre los que tenía pretendientes, se quejaba del ruido de las espadas de latón de la muestra. Y Quirino la muestra no la quería bajar.
– Se mudó -dijo el cerero invitando a Orestes a entrar en la cerería, dejando el ruano arrendado en una argolla de hierro que había en la pared, junto a la puerta-. Se mudó a una casa en los arrabales, con todos sus maniquíes y floretes, y el criado finés de masajes, y a poco de vivir allí, como la casa estaba junto a un molino de viento, y Quirino tenía siempre las ventanas abiertas por mor de la práctica continua de la respiración científica, pescó dos pulmonías seguidas, y se murió.
Orestes le agradeció al cerero, que dijo llamarse señor Aquilino, el convite para entrar en la tienda, que la noche era de las más frías, y habiendo cesado de llover y estando el cielo despejado, luciendo las estrellas, comenzaba a helar, y en la tienda, junto al mostrador, había un brasero, cuyo calor acariciaba la piel. La tienda era pequeña, y del techo colgaban los haces de velas, de diversos tamaños, rizosas o lisas, y de colores. La cera melera daba su aroma cálido. Desde una viga iluminaba la tienda una lámpara de tres brazos, con pequeñas y anchas velas rojas, de grueso pabilo. Orestes se sentó en la silla que le ofreció Aquilino, desabrochó la zamarra y desciñó la espada, y mirando las manos que tendió sobre el brasero, las llevó después al rostro. Aquilino, que se había sentado a su lado, y era un hombrecillo delgado y con bigote a lo káiser, algo cargado de hombros, le dijo al príncipe que acontecía salir uno de la ciudad natal; dejar familia y amigos, y tras viajar muchos años volver a la amada patria, y no encontrar a nadie conocido, ni serlo uno mismo de nadie.
– A veces ni aún de nombre. ¿ Hace mucho que faltas?
Orestes lo miró con aquella mirada suya tan fatigada.
– ¡Cincuenta años!
– ¡Saliste muy mozo! -comentó el cerero-. ¡Hubo muchos cambios! Por tus maneras, me pareces de la aristocracia.
– Estaba emparentado con la gente real.
– ¿Con Agamenón?
– ¡Con Agamenón!
– Siento que no haya venido Orestes a vengarlo. Egisto mucho mandar a comprar velas para que no pasase sustos por los pasillos su amada Clitemnestra, pero de pagar, nada. Mi padre le fiaba, pero cuando yo heredé la tienda, le negué crédito. Yo le vendía a Filón el Mozo o el Segundo, dramaturgo de tabla de la ciudad, velas para sus lecturas nocturnas, de pabilo trenzado resinado, que dan luz seguida y blanca, y se las iba a llevar a su casa, porque me gustaba que leyese escenas de las obras que escribía, y a él le gustaba leérmelas, y me avisaba de que, cuando en la representación se llegase a tal frase, que yo podía silbar o aplaudir, y así pasaba por entendido en los puntos críticos de los asuntos dramáticos. Y lo que más me gustaba, es lo que tenía preparado de la vuelta de Orestes, saliendo por el camino de las viñas, entre las columnas del templo antiguo, precedido de un perro que se llamaba Pilades. Cuando Filón estaba en la cama, ya en las últimas, yo le fui a llevar una vela con capirote, para que la luz no le molestase en los ojos, y la cera aromada con agua de melón que quitase el olor de orines que hay en los cuartos de los enfermos, y el poeta me rogó que abriese un cajón y que cogiese de él una bola que guardaba allí, y donde figuraba la entrada de Orestes con la muerte de Egisto y Clitemnestra.
– ¿Conservas la bola? -preguntó Orestes.
– ¡Ahora la verás!
Y apartando una cortina verde que daba paso a una pequeña trastera, Aquilino sacó una caja, dentro de la que estaba, envuelta en un paño negro, la bola dicha, y era una bola de nieve muy preparada, y dentro de ella un Orestes vestido de rojo, con una espada larga, atravesaba al rey Egisto, que aparecía coronado y con una capa blanca. A sus píes estaba ya caída Clitemnestra, vestida de azul. Aquilino movió la bola, y comenzó a nevar sobre el parricida y sus víctimas. Caía lentamente la nieve, llenaba la corona de Egisto y cubría el pelo rubio de Orestes, poniéndoselo tan
blanco como ahora lo tenía.
– ¡Es una escena preciosa!
Orestes no lograba mover la mirada de aquella escena, que debía haber sido la gran hora de su vida, esperada por todas las gentes, por los propios dioses inmortales. Permanecieron largo rato en silencio él y Aquilino, y el cerero de vez en cuando volvía a hacer nevar en la bola.
– ¿Qué habrá sido de Orestes? -preguntó el propio Orestes, con una voz fría y distante, por simple curiosidad.
– ¿Quién puede responder a esa pregunta sino Orestes? -respondió Aquilino envolviendo la bola y guardándola en la caja.
Orestes se puso en pie, ciñó la espada y abrochó la zamarra. Preguntó a Aquilino dónde había una buena posada, y el cerero le indicó que entrando a la izquierda por la primera calle estaba el Mesón Nuevo, que era de un genovés, y tenía vinos muy decentes, y las camas eran limpias. Orestes se despidió de Aquilino, muy agradecido, y prometió hacerle una visita al siguiente día, y contarle de su vida y nación. Montó a caballo y se dirigió hacia el Mesón Nuevo, pero al llegar a la primera travesía dio vuelta, alcanzó la alameda por detrás de la basílica y salió al campo. Se había levantado viento, las nubes cubrían el cielo y comenzaba a nevar. Caían copos finos como en la bola de nieve del cerero. Gruesas lágrimas rodaban por el rostro del príncipe. Nunca, nunca podría vivir en su ciudad natal. Para siempre era una sombra perdida por los caminos. Nevaba.