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Decir que la obra fue un éxito rotundo era decirlo humildemente. La audiencia se río y la audiencia lloró, que era casi lo que se suponía que hicieran. Pero porque la presencia de Jamie, se convirtió en algo realmente especial y pienso que quedaron impresionados como yo de que todo saliera tan bien como había salido. Tenían esa misma expresión que hice cuando la vi por primera vez. Terminamos la primera presentación sin ninguna dificultad, y la tarde siguiente aún más personas aparecieron, si es que es posible creer eso. Incluso Eric se acercó a mí después y me felicitó, que después de lo que me había dicho antes era toda una sorpresa.
"Los dos lo hicieron muy bien", dijo de manera sencilla. "Estoy orgulloso de ti, amigo".
Mientras lo dijo, la señorita Garber no dejaba de gritar, "¡Maravilloso!" A cualquiera que la escuchara o a quien sólo pasaba caminando, repitiéndolo una y otra vez tanto que seguí escuchándolo mucho después de que me acosté esa noche. Busqué a Jamie después de que habíamos jalado las cortinas para cerrar al final, y descubrí que ella ya se había ido, con su padre. Él tenía lágrimas en sus ojos – era la primera vez que lo había visto llorar – y Jamie lo tomó entre sus brazos, y se sujetaron por mucho tiempo. Estaba acariciando su pelo y diciéndole, "Eres mi ángel", a ella mientras sus ojos estuvieron cerrados, e incluso yo me sentí quedar sin habla.
Me di cuenta de que la "cosa correcta", no era tan mala después de todo.
Después de que se soltaron finalmente, Hegbert orgulloso y emocionado le hizo señas para que visitara al resto del elenco, y nos dio una barcada de las felicitaciones a todos detrás del escenario. Ella sabía que lo había hecho bien, aunque insistía en decir a las personas que no supo por qué era todo lo escándalo. Era su personalidad alegre normal, pero con ella parecía tan bonita, fue que la empecé a ver de una manera totalmente diferente. Estuve parado en el fondo, dejándola tener su momento, y admitiré que había una parte de mí que se sentía como el viejo Hegbert. También me sentía feliz por ella, y un poco orgulloso. Cuando me vio de pie lejos de ahí, se disculpó de los otros y caminó, parando finalmente cuando estaba cerca.
Mirándome, sonrío. "Gracias, Landon, por lo que hiciste. En verdad hiciste a mi padre muy feliz".
"No tienes nada que agradecer", dije, en respuesta.
La cosa extraña era, que cuando lo dijo, me di cuenta de que Hegbert la estaría llevando a casa, y por una vez deseaba que hubiera tenido la oportunidad de caminar con ella hasta allí.
El siguiente lunes era nuestra última semana de escuela antes de las vacaciones de Navidad, y el final de las clases ya estaba programado. Además, tuve que terminar mi aceptación para la UNC, que había más bien estado posponiendo debido a los ensayos. Planeé estudiar los libros bastante esa semana, haciendo la aceptación por la noche antes de que me acostara. Aún así, no podía dejar de pensar en Jamie.
La transformación de Jaime durante la obra había sido sorprendente, decir eso es poco, y supuse que había marcado un cambio en ella. No sé por qué pensé así, pero lo hice y estuve sorprendido que cuando la vi en las clases por la mañana vestía de la misma manera acostumbrada: suéter marrón, pelo apretado con su dona, falda de tartán, y todo eso.
Una mirada era todo lo que les tomó, y no podía dejar de sentirme apenado por ella. Ella había sido considerada como normal – incluso especial – el fin de semana, pero eso había parecido, lo había dejado pasar de algún modo. ¡Ah!, las personas eran un poco más amables con ella, y las únicas a quienes no les había hablado aún le decían que ¡qué trabajo tan bueno había hecho!, pero podía distinguir que eso no iba a durar mucho. Las actitudes forjadas desde la infancia son difíciles que quitar, y parte de mí se preguntaba si podría ponerse peor para ella después de eso. Ahora que las personas sabían que podía parecer normal en realidad, podrían ponerse más sin corazón.
Quería hablarle sobre mis impresiones, realmente lo haría, pero estaba planeando hacerlo después de que la semana terminara. No es que tuviera mucho que hacer, pero quería un poco de tiempo de pensar en la mejor manera de decirle. Para serle sincero, todavía me estaba sintiendo un poco culpable sobre las cosas que le había dicho en nuestra última caminata a su casa, y no era sólo porque la obra había salido fenomenal. Estaba más bien relacionado con todo el tiempo que pasamos juntos, Jamie no había hecho otra cosa más que ser amable, y sabía que me había equivocado.
No pensaba que ella quisiera hablarme, tampoco, a decir verdad. Sabía que podía verme con mis amigos en el almuerzo mientras se sentaba en una esquina, leyendo su Biblia, pero nunca hizo un movimiento hacia nosotros. Pero cuando estaba dejando la escuela ese día, escuché su voz detrás de mí, preguntándome si me molestaría acompañarla a su casa. Aunque no estaba listo para decirle sobre mis ideas aún, estuve de acuerdo. Por los viejos tiempos, ustedes saben.
Un minuto después Jamie empezaría la plática.
"¿Recuerdas esas cosas que dijiste en nuestra última caminata a casa?" Preguntó.
Asentí con la cabeza, deseando que no lo hubiera sacado a colación.
"Tú prometiste hacer algo por mí", dijo.
Por un momento estaba perplejo. Pensaba que ya había hecho eso con mi participación en la obra dramática. Jamie continuó.
"Bien, he estado pensando en qué puedes hacer", continuó sin dejarme decir una palabra, "y es lo siguiente".
Preguntó si me molestaría recoger los botes y las latas que ponía en los negocios por todo pueblo a comienzos del año. Los ponía sobre los mostradores, generalmente cerca de las cajas registradoras para que las personas pudieran dejar caer su cambio. El dinero iba a ser destinado a los huérfanos. Jamie nunca quería preguntar a las personas directamente sobre el dinero, quería que ellos lo dieran voluntariamente. Eso, en su mente, era lo que un buen cristiano debía hacer.
Recordé haber visto los recipientes en lugares como la cafetería de Cecil y el teatro Crown. Mis amigos y yo solíamos tirar clips y tuercas ahí cuando los cajeros no estaban mirando, ya que ellos escuchaban como si fuera una moneda la que caía dentro, entonces nos iríamos riendo cómo si estuviéramos poniendo algo directo sobre Jamie. Solíamos bromear sobre cómo abriría una de sus latas, esperando algo bueno debido al peso, y solo encontrando tuercas y clips. A veces, cuando uno recuerda las cosas que solía hacer, uno hace una mueca de dolor, y fue exactamente lo que hice.
Jamie vio la mirada en mi cara.
"No tienes que hacerlo", dijo, obviamente desilusionada. "Sólo estaba pensando que debido a que la Navidad esta pasando tan rápidamente y como no tengo automóvil, me tardaré demasiado para recolectar todos…"
"No", dije interrumpiéndola, "lo haré. No tengo mucho para hacer de todos modos".
Entonces lo que hice comenzó el miércoles, aún cuando yo tuviera que estudiar para mis exámenes, aún con aquel uso que tiene que ser terminado. Jamie me había dado una lista de cada lugar donde ella había colocado los recipientes, y tomé prestado el coche de mi mamá y comencé en el otro extremo de la ciudad al día siguiente. Ella había puesto aproximadamente sesenta latas en total, y calculé que me tomaría sólo un día para recoger todos. Comparado a ponerlos, sería pan comido. Eso había tomado a Jamie casi seis semanas porque ella primero tuvo que encontrar sesenta latas y botes vacíos y luego ella podría poner tan sólo dos o tres en un día ya que no tenía un coche y no podía llevar tantos a la vez. Cuando comencé, me sentía más bien gracioso sobre ser quien recogía las latas y los botes, siendo que era el proyecto de Jamie, pero me recordé a mí mismo que Jamie me había pedido que le ayudara.
Fui por todos los negocios, recogiendo las latas y botes, y antes del final del primer día comprendí que eso iba a tomar un poco más de lo que yo había pensado.
Había recogido solamente unos veinte recipientes mas o menos, porque había olvidado una verdad de la vida simple en Beaufort. En un pueblo pequeño como este, era más que imposible entrar y agarrar la lata sin charlar con el propietario o saludar a otra persona a quien uno podría reconocer. Ese era el hecho. Por eso me sentaría allí mientras algún tipo estaría hablando del pez que había atrapado el otoño pasado, o me preguntarían cómo me iba en la escuela y mencionan que necesitaban una mano descargando algunas cajas en la parte de atrás, o tal vez querían mi opinión sobre si debían cambiar de lugar el estante de las revistas a o alguna otra cosa de la tienda. Jamie habría sido buena en eso, lo supe, y traté de actuar como ella lo hubiera hecho. Era su proyecto después de todo.
Para mantener las cosas en movimiento, no tardaba mucho tiempo en las tiendas. Al final del primer día todo el cambio estaba empaquetado en dos botes grandes, y los llevé hasta mi habitación. Miré algunas facturas – no demasiado – pero yo no estaba en realidad nervioso sino hasta que vacié el contenido en mi piso y vi que el cambio consistía principalmente en peniques. Aunque no había muchas tuercas o clips como había pensado que podría haber, todavía no estaba desalentado hasta que conté el dinero. Había $20.32. Incluso en 1958 eso no era mucho dinero, especialmente cuando los dividía entre treinta niños.
No me desalenté, sin embargo. Pensando que era un error, salí el día siguiente, acomodé unas docenas de cajas, y charlé con otros veinte propietarios mientras juntaba latas y botes. El resultado: $23.89.
El tercer día fue aún peor. Después de contar todo el dinero, incluso yo no podía creerlo. Había solamente $11.52. Ésas eran de tiendas de la costa, donde los turistas y los adolescentes como yo pasaban el rato. No podía creerlo, realmente dejaba en que pensar.
Ver lo poco que había sido juntado en total – $55.73 – me hizo sentir horrible, considerando que los botes habían estado ahí por casi todo un año y que yo mismo los había visto en incontables ocasiones. Esa noche se suponía que vería a Jamie y le diría la cantidad que había, pero no podía hacerlo. Me había dicho que quería algo muy especial ese año, y eso no era tanto como para hacerlo – incluso yo sabía eso. En vez de eso le mentí y le dije que yo no iba a contar el total y que lo podíamos hacer juntos, porque era su idea, no la mía. Era demasiado deprimente. Prometí llevar el dinero la tarde siguiente, después de que la escuela terminara. El día siguiente era 21 de diciembre, el día más breve del año. La Navidad estaba solamente a cuatro días de distancia.
"Landon", me dijo después de contarlo", ¡esto es un milagro!".
"¿Cuánto hay?" Pregunté. Supe exactamente cuánto había.
"¡Casi hay doscientos cuarenta y siete dólares aquí!". Era completamente feliz cuando me miró. Debido a que Hegbert estaba en casa, yo estaba sentado en la sala, y eso es donde Jamie había contado el dinero. Fue apilado en pequeñas torres ordenadas por todo el piso, casi todas eran monedas de veinticinco y de diez centavos. Hegbert estaba en la mesa de la cocina, escribiendo su sermón, e incluso él giró su cabeza cuando escuchó el sonido de su voz.
"¿Piensas que eso es suficiente?" Pregunté inocentemente.
Lágrimas pequeñas estaban corriendo por sus mejillas cuando miró la habitación, todavía no creyendo en lo que estaba viendo justo en frente de ella. Incluso después de la obra, no había sido tan feliz. Me miró.
"Es… realmente maravilloso", dijo, sonriendo. Había más emoción de la que alguna vez había escuchado en su voz antes. "El año pasado, solamente junté setenta dólares".
"Me alegro que resultó mejor este año", dije a través del grumo que se había formado en mi garganta. "Si no hubieras puesto esos botes tan temprano en el año, no podrías haber recolectado tanto".
Sé que estaba mintiendo, pero no me preocupaba. Por una vez, hice lo mejor que pude haber hecho.
No ayudé a Jamie escoger los juguetes – pensaba que ella sabría mejor lo que los niños querrían – de todos modos insistió en que fuera con ella al orfanato en la Nochebuena con el propósito de que pudiera estar ahí cuando los niños abrieran sus obsequios.
"Por favor, Landon", había dicho, y con ella tan emocionada y todo, sólo no tenía el corazón para desairarla.
Así que tres días después mientras que mis padres estaban en una fiesta en la casa del Alcalde, me vestí con una chaqueta y mi mejor corbata y caminé al auto con el regalo de Jamie bajo de mi brazo. Había gastado mis últimos dólares en un suéter bonito porque eso era lo único que se me ocurrió darle. No era exactamente la persona más imaginativa para las compras.
Se suponía que estaría en el orfanato a las siete, pero el puente estaba levantado en el puerto de Morread City, y tuve que esperar hasta que un barco de carga pasara despacio a través del canal. Por consiguiente, llegué algunos minutos tarde. La puerta principal ya estaba cerrada con llave a esas alturas, y tuve que tocar hasta que el Sr. Jenkins me escuchó definitivamente. Él buscó su juego de llaves hasta que lo encontró, y un momento después abrió la puerta. Entré, frotando mis brazos para ahuyentar el frío.
"Ah… Ya estás aquí", dijo con felicidad. "Te hemos estado esperando. Vamos, te llevaré a donde todos están".
Me llevó al salón de recreo, al mismo lugar en que había estado antes. Pausé por sólo un momento para exhalar profundamente antes de entrar definitivamente.
Era incluso mejor de lo que había imaginado.
En el centro de la habitación vi un árbol gigante, decorado con espuma y luces y cientos de arreglos hechos a mano. Debajo del árbol, por todos lados había obsequios envueltos de todos tamaños y formas. Los niños estaban en un semicírculo grande sobre el piso y sentados juntos. Estaban vestidos con sus mejores ropas, – supuse – los niños llevaban pantalón azul marino y camisas blancas mientras que las niñas tenían sus faldas tipo marinera y sus blusas también blancas.
Se veía como si hubieran limpiado porque habría un evento grande allí, y la mayoría de los niños tenían nuevo corte de pelo.
Sobre la mesa al lado de la puerta, había un tazón de galletas, con forma de árboles de navidad y salpicadas con azúcar verde. Podía ver a algunos adultos sentados con los niños; algunos de los niños más pequeños estaban sentados sobre las piernas de los adultos, sus caras embelesadas poniendo atención como si escucharan alguna gran historia sobre la noche de Navidad.
No vi a Jamie, sin embargo, por lo menos no en ese momento. Fue su voz la que reconocí primero. Era la única que leía una historia, y por fin la ubique. Estaba sentada en el piso en frente del árbol con sus piernas dobladas debajo de ella.
Para mi sorpresa, vi que esa noche su pelo se soltaba con holgura, justo como lo tenía la noche de la obra. En lugar del suéter marrón viejo que había visto tantas veces, llevaba uno de cuello en V color rojo que de algún modo acentuaba el color de sus ojos azul cielo. Incluso sin el centellear en su pelo o un vestido blanco y largo ondeando, la visión de ella era arrebatadora. Sin notarlo siquiera, había estado conteniendo la respiración, y podía ver al Sr. Jenkins sonreír mirándome de reojo. Exhalé y sonreí, tratando de recuperar el control.
Jamie pausó solamente una vez para mirar. Me veía estar en la entrada, volvió entonces a leer a los niños. Le tardó otro minuto o más el terminar, y cuando lo hizo, se puso de pie y alisó su falda, caminó alrededor de los niños para abrirse paso hacia mí. No sabiendo dónde quería que fuera, me quedé donde estaba.
Para aquel entonces el Sr. Jenkins ya se habían escabullido.
"Siento que hayamos empezado sin ti", dijo cuándo me habló por fin, "pero los niños estaban tan emocionados".
"Está bien", dije, sonriendo, pensando en lo linda que se veía.
"Estoy tan feliz de que pudieras venir".
"Pues aquí estoy".
Jamie sonrío y extendió su mano hacia la mía. "Ven conmigo", dijo. "Dame una mano con los obsequios".
Pasamos la siguiente hora haciendo solo eso, y miramos cuando los niños los abrieron uno por uno. Jamie había ido de compras por todo el pueblo, recogiendo algunas cosas para cada niño, obsequios individuales que nunca habían recibido antes. Los obsequios que Jamie compró no eran los únicos que los niños recibieron, sin embargo – tanto el orfanato como las personas que trabajaban allí habían comprado algunas cosas también. Cuando tiraban el papel alrededor de la habitación era toda una locura, habían gritos de deleite por todos lados. A mí, al menos, me pareció ver que todos los niños habían recibido más de lo que esperaban, y se dedicaban a agradecerle a Jamie una y otra vez.
Cuando por fin todos los obsequios de todos los niños fueron abiertos, la atmósfera empezó a calmarse. La habitación fue ordenada por el Sr. Jenkins y una mujer a quien no conocía, y algunos de los niños más pequeños estaban empezando a quedarse dormidos debajo del árbol. Algunos de los más grandes ya se habían ido a sus habitaciones con sus obsequios, y habían apagado las luces. Las luces del árbol hicieron una sensación etérea con el tocadiscos que había sido puesto en la esquina y que en ese momento hacía sonar la canción de "Noche de Paz". Todavía estaba sentado sobre el piso junto a Jamie, que estaba abrazando a una niña que se había quedado dormida en su regazo. Debido a toda la conmoción, no habíamos tenido una oportunidad de hablar realmente, algo que no nos había importado mucho. Estábamos mirando fijamente las luces del árbol, y me preguntaba qué estaba pensando Jamie. A decir verdad, no lo sabía, pero tenía una expresión tierna sobre ella. Pensé – no, la conocía tanto – que ella estuvo contenta por como todo había salido, y en el fondo, yo también. Ya hasta este punto esa era la mejor Nochebuena que yo alguna hubiera pasado.
Le eché un vistazo. Con las luces sobre su cara, se veía tan bonita como nunca antes la había visto.
"Compré algo para ti", dije al fin. "Un obsequio, quiero decir". Hablé despacio así que no despertaría a la pequeña, y esperé que no se notara el nerviosismo en mi voz. Dejó de ver el árbol para mirar hacia mí, sonriendo sin hacer ruido. "No tenías que hacer eso". Manteniendo su voz baja también, y parecía casi musical.
"Lo sé", dije. "Pero quería hacerlo". Había guardado el obsequio en otro lado, y lo busqué para dárselo, le di el obsequio envuelto lindamente.
"¿Podrías abrirlo para mí? Mis manos están un poco ocupadas ahora mismo". Miró a la pequeña niña, y luego a mí.
"No tienes que abrirlo ahora, si no quieres" Dije, encogiendo los hombros, "no es problema".
"No seas absurdo", dijo. "Solamente lo abriría en frente de ti".
Para aclarar mi mente, miré el obsequio y empecé a abrirlo, empezando con la cinta con el propósito de no hacer mucho ruido, abriendo el papel hasta que se viera la caja. Después de terminar, levanté la tapa y jalé el suéter, sujetándolo para mostrárselo. Era marrón, igual al que generalmente usaba.
Pero pensé que podía usar uno nuevo.
Comparado con el placer que había visto antes no esperaba una gran reacción de su parte.
"¿Lo ves?, eso es todo. Te dije que no era mucho", dije. Esperé que no estuviera desilusionada por eso.
"Es hermoso, Landon", dijo seriamente. "Me lo pondré la próxima vez que te vea. Gracias."
Nos sentamos silenciosamente por un momento, y otra vez empecé a mirar las luces.
"También te traje algo, a ti", murmuro Jamie. Miró hacia el árbol, y mis ojos persiguieron su mirada fija. Su obsequio todavía estaba debajo del árbol, parcialmente escondido, y lo busqué para tomarlo. Era rectangular, flexible, y un poco pesado. Lo traje hacia mí y lo sujeté sin tratar de abrirlo siquiera. "Ábrelo", dijo, mirándome.
"No puedes darme esto", dije jadeando. Ya sabía qué estaba dentro, y no pude creer lo qué había hecho. Mis manos empezaron a temblar. "Por favor", me dijo con la voz más amable que alguna vez había escuchado, "ábrelo. Quiero que lo tengas".
Forzosamente abrí el paquete despacio. Cuando estaba definitivamente libre del papel, lo sujeté suavemente, con miedo de dañarlo. Lo miré fijamente, me fasciné, y despacio pasé mi mano por encima, pasando mis dedos por encima – de pronto las lágrimas llenaron mis ojos. Jamie extendió la mano y la apoyó en la mía. Estaban tibias y blandas.
Le eché un vistazo, no sabiendo qué decir. Jamie me había dado su Biblia. "Gracias por hacer lo que hiciste", me dijo con voz muy baja. "Fue la mejor Navidad que alguna vez he tenido".
Me volteé sin responder y extendí la mano hasta donde había dejado mi copa de ponche. El coro de "Noche de Paz" todavía estaba sonando, y la música llenó la habitación. Tomé un sorbo del ponche, pues trataba de aliviar la resequedad repentina en mi garganta. Cuando bebí, todas las veces que había estado con Jamie estaban inundando mi mente. Pensé en el baile de bienvenida y lo que había hecho por mí esa noche. Pensé en la obra dramática y qué angelical se veía ese día. Pensé en las veces en que la había acompañado a casa y cómo la había ayudado a recoger los botes y las latas llenas de los peniques para los huérfanos.
Cuando estas ideas estaban pasando por mi cabeza, mi respirar repentinamente se quedó quieto. Miré a Jamie, luego hacia el techo y después alrededor de la habitación, haciendo todo lo posible para guardar la serenidad, entonces de regreso a Jamie otra vez. Me sonrío y le sonreí y todo que podía hacer era preguntarme cómo es que me había enamorado de una niña como Jamie Sullivan.